CON EL HORROR QUE LE TENGO AL NEGRO... volver al menú
 

I

     Tenía diez años. Es decir, ¡de esto hace ochenta y seis años! Era un buen diablillo, mala cabeza, buen corazón. Mis padres me llevaron a los Hermanos de la Chapelle. Y allí tascaba el freno impaciente. El hermano director era un hombre macizo, rechoncho, sin un pelo. Se llamaba Arsicio para los padres, Bombón para los alumnos.
     Muchas veces me encontraba en apuros con él. Imaginaos: ¡pretendía que yo trabajara!, ¡que aprendiera mis lecciones!, ¡que hiciera concordar los participios! Un montón de cosas inútiles, inventadas por los viejos para aburrir a los jóvenes.

     El hermano Bombón era terrible.
     Un día, en un estudio sin vigilancia, uno de nosotros, para estirar las piernas, se subió al poste de hierro que sostenía el techo.
     Mala suerte: en ese momento entró el hermano Bombón. Inmediatamente todas las narices se hundieron en los cuadernos. El desgraciado escalador, todavía no localizado, se agarraba a lo alto con toda la fuerza de sus pantorrillas. Pero pronto, no pudiendo más, se dejó caer como una masa. ¡Plum! ¡Imaginaos la reacción!

     Todavía tengo en los oídos el tictac del reloj cuando, castigado, conjugaba el verbo: «Yo cazo moscas y las meto en el tintero».
     El hermano Arsicio, rígido en sus reprensiones, era de una dulzura maternal al final de la tempestad.
     Tenía una gran bolsa llena de bombones en la que escarbaba para secar nuestras lágrimas cuando terminaba de echarnos un rapapolvo en su despacho.
     De ahí su nombre de «hermano Bombón».
     ¡Ah!, esos bombones: una de las alegrías de mi infancia.

     Un día el hermano Arsicio me hizo, en su despacho, la pregunta más inesperada:
     —¿Has pensado alguna vez qué vas a ser?
     ¿Lo que iba a ser? Confesé que no lo había pensado demasiado... ¿Militar, por el uniforme? ¿Escuela Naval? ¿Politécnica? ¡Qué idea! Yo, que odiaba las matemáticas... Además mis padres eran de condición modesta. Sin embargo, trabajando duro, podría obtener una beca, como tantos otros. Pero todos esos anteproyectos eran muy vagos e inconsistentes.
     Mientras, el hermano Arsicio me miraba con sus ojos profundos. Trataba evidentemente de conocer qué podía bullir en mi mente de niño.

     Cuando terminé de desgranar el vago rosario de mis sueños, el hermano Arsicio me dijo:
     —En resumen, ¿estás en blanco?
     —No comprendo...
     —Quiero decir que no tienes ninguna idea verdaderamente fija.
     —No, ninguna.
     —¿Nunca has pensado hacerte sacerdote?
     —¿Yo? ¡Nunca!
     Me quedé estupefacto con la pregunta.
      Y era verdad: nunca había pensado en hacerme sacerdote, así como el sílex no tiene conciencia de la chispa que saldrá de él cuando lo golpeen en el sitio justo.
     —Ya sabes, o mejor dicho, no sabes - siguió el hermano Arsicio - qué espléndida vocación es el sa­cerdocio; la mejor de todas, porque se trabaja con lo eterno.
     —¿Con lo eterno? Cada vez comprendo menos.
     —Te lo explicaré...
     Y durante unos minutos, con voz cálida, el Hermano desarrolló su pensamiento sencillamente, sin grandes frases, como un hombre serio que explica a un novato una cuestión que éste no podría entender solo.

     Salí de la escuela desconcertado.
     Por la noche, en la cena, conté a mis padres la conversación con el hermano Arsicio.
     Mi padre, que no practicaba, levantó la cabeza diciendo:
     —¿Quién sabe? Nunca hay que decir: «De esta agua no beberé». El hermano Arsicio tiene experiencia; te conoce; te quiere. Cuando ha dicho lo que acabas de contar, es que tiene sus razones... Ya se verá...
     Aquella noche, al acostarme, una perspectiva nueva, como una aurora, se elevó en mi espíritu, asombrado, espantado, ante esta posibilidad de verme ¡hecho sacerdote!
     Me decía: «¡Qué ideas tiene el hermano Arsicio!... Sirvo tanto para sacerdote como para buzo. Por lo pronto, quiero casarme. Y además, ponerme una sotana... con el horror que le tengo al negro...».
     ¡Pobre hermano Arsicio!
     Y pasó el tiempo. El tiempo, que tanto sabe poner las cosas en su punto.

     Esta pregunta directa que me había hecho súbitamente el hermano director se quedó en mí. Y día tras día, se abrió camino. Miraba más al joven coadjutor. Le observaba en la misa, en el catecismo, en las expl­caciones. Me conmovió mucho mi primera comunión. Y una tarde, por el camino, volviendo de una peregrinación a Longpont, dije al hermano Arsicio:
     —¿Quién sabe? ¡Puede ser!
     Entonces me abrazó duramente, bajo las estrellas:
     —¡Qué hermosa vocación! Pero hay que defenderla. Al diablo le gusta mucho meterse en esto.

     El pobre hermano Bombón murió dos años después, gastado hasta los huesos por todos nosotros. Pero me vio entrar en el seminario menor.
     É1 fue quien, antes que nadie, me hizo aquella pregunta, cuya respuesta fue mi sacerdocio.
     Por eso, todos los días de mi vida, rezo por él. Y me siento dichoso de hacer subir hacia su humilde memoria este testimonio de su pequeño alumno de otro tiempo, que, sin él, quizá no habría podido ser nunca sacerdote.


II

     Querido abbé Jorge Sans Vila:
     ¿Por qué me hice sacerdote?
     Porque la Providencia es la que ha guiado mis pasos. «Non vos me elegistis, sed ego elegi vos».
Dios se sirvió de un buen hermano de las Escuelas Cristianas para atraerme hacia sí. Fue este hermano el primero que me habló del sacerdocio y de su grandeza.
      Y fue un coadjutor de mi parroquia el que recogió la idea y me llevó al seminario menor. Por eso ruego por ellos todos los días. Tengo 96 años.
     Evidentemente, al principio, no veía más que mi caso personal. Pero, poco a poco el horizonte del apostolado fue mostrándoseme inmenso... Y es por eso por lo que a mi ministerio parroquial añadí el del periodismo. Éste fue, querido hermano, el origen de mi vocación.
     Con mis mejores sentimientos in Xto. Iesu.

Pierre l’Ermite


043 Pierre l’Ermite (Mons. Edmond Loutil) nació en 1863. Párroco de San Francisco de Sales de París. Apóstol de la pluma con su artículo semanal en «La Croix» durante 70 años y sus novelas. Su respuesta a «Por qué me hice sacerdote» tiene dos versiones: la primera, con su estilo juguetón, nos trasporta al mundo de los niños; la segunda, escrita con mano temblorosa el 2 de febrero de 1959, la recibí pocas semanas antes de su santa muerte.- J.S.V.