¿LOS NIÑOS PUEDEN TENER VOCACIÓN? volver al menú
 

 

Tuve conciencia de mí mismo como músico,
a los cinco años,
oyendo a los aldeanos cantar al unísono
mientras regresaban de sus labores
                                (Stravinski)

¿LOS NIÑOS?

     Hay una pregunta que preocupa a no pocos cristianos. Padres y madres de familia, sobre todo. ¿Puede tener vocación su hijo de once, de trece años? ¿Auténtica vocación?
     Hasta no hace mucho, en la práctica, el camino casi exclusivo para llegar al sacerdocio pasaba por el seminario menor. Providencialmente, en España y fuera de España, hubo quienes vieron en ello un exclusivismo perjudicial para la vida de la Iglesia. Y pensaron, y probaron con hechos, que el Señor llama a cualquier hora. Que a cual­quier hora hay que escuchar su palabra.
     Pero los hombres somos extremistas. Y en más de algún sector, consciente o inconscientemente, ahora se ha ido al otro extremo: nada de niños; los niños no saben lo que se hacen; sólo las vocaciones de adultos son auténticas.
     Hay, por ejemplo, quienes no acaban de entender «qué pueda ser ese "germen de vocación" de que habla el Vaticano II, porque los niños no tienen suficiente madurez humana y cristiana para desear de un modo verdaderamente consciente el sacerdocio». Y ya en este camino, se ha llegado a escribir en una revista destinada a la juventud frases como ésta: «La inclinación sacerdotal desde la niñez es perjudicial por los complejos anímicos que lleva consigo».
     Esta última afirmación es suficientemente grave para preocupar a todo padre o madre que amen de veras a sus hijos. Y hasta lleva lógicamente a malpensar de la normalidad psíquica de la mayoría de los actuales sacerdotes.


LUZ INDIRECTA

     No en plan polémico, sino para ofrecer elementos de juicio, me atrevo a transcribir unas frases de personas autorizadas. Son testimonios indirectos. La luz indirecta, con frecuencia, ilumina más. Ciega menos.
     Recuerdo ahora aquellas lacónicas palabras del padre Tourde, superior general del Oratorio: La Iglesia no llama más que a adultos, pero desde su infancia. A mí, a los nueve años.
     Monseñor Renard, obispo de Versalles, tiene estas frases en una pastoral que llamó notablemente la atención: El seminario menor es el medio normal querido por la Iglesia para probar, estudiar y cultivar la vocación al sacerdocio. No escoger los medios más aptos para lograr el fin puede llegar a ser una falta grave de imprudencia. La familia cristiana que cuenta con las gracias actuales necesarias para educar a los hijos, ¿está segura de tenerlas cuando se trata de prepararles para el sacerdocio?
     Pienso también en la respuesta que dio el cardenal Siri cuando le pregunté por qué se había hecho sacerdote: He aquí mi sencilla, verídica y brevísima respuesta: Me he hecho sacerdote porque he nacido con esta idea, y jamás he tenido otra. No puedo decir cuándo me vino, porque se confunde con mis primeros recuerdos.
     Testimonio no muy distinto el del cardenal Lercaro: El camino misterioso que, en el designio amoroso de Dios, me llevó al altar fue en realidad un sendero casi escondido a mí mismo; de modo que no sabría, todavía hoy, aislar su principio. Me atrevería a decir que pensé ser sacerdote desde el primer momento en que empecé a pensar algo.
     Y Juan XXIII se expresaba así a los alumnos del pontificio colegio Beda, de Roma, testimonio éste valiosísimo, ya que en dicho colegio se preparan para el sacerdocio sólo vocaciones de adultos: La respuesta a la invitación divina puede darse en todas las edades. Para algunos será la vida entera entregada al Señor desde la infancia, como ocurrió con el venerable doctor Beda... Los años no cuentan para Dios, sino la intensidad del amor con que se corresponde y sirve
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¿CONTRADICCIÓN?

     Entonces, ¿en qué quedamos? La ley del péndulo está muy metida en nuestra natu­raleza: izquierda, derecha; derecha, izquierda; izquierda, derecha... Sólo un instante el péndulo ocupa el punto equidistante, pero aun entonces su ritmo «hacia» le colorea, le esclaviza. El sensacionalismo puede ser muy fotogénico, pero la pastoral, por lo general, no es fotogénica.
     En cuanto a lo de la vocación, quizá la oposición no sea tan grande como a primera vista parece. La vocación, como casi todo, puede estudiarse desde un doble ángulo. Hace años Vogel recordaba a los educadores que se extrañaban de los contrastes y fuerzas opuestas en la educación: El desarrollo del pensamiento pedagó­gico es equivalente a la progresiva conciencia de las antinomias pedagógicas.
     Los que dicen que es imposible la vocación de un niño se sitúan en un ángulo psicológico, humano. Tienen en cuenta la madurez del niño y del adolescente. Y, claro, nadie dirá nunca que un niño o un adolescente estén maduros.
     Los otros examinan la vocación desde arriba, desde Dios. Piensan en Dios creador. Y cuando estudian la vocación nos hablan de tres como etapas de esa voz divina: primera, la vocación creadora de Dios llamándolos a ser; segunda, la llamada redentora de Jesucristo, que por el bautismo nos incorpora a su vida y nos hace hijos de Dios; tercera, la llamada que el Señor dirige a todos y a cada uno de los cristianos para trabajar en favor del Cuerpo total de Cristo.
     Si la vocación fuese algo meramente humano, el primer ángulo, el psicológico, sería el único verdadero. Si Dios al llamarnos no nos dejase libres, mejor prescindir de toda psicología. Aquí está la antinomia: Dios y nosotros, autoridad y libertad, ser elegido y elegir. Negar uno de los dos polos es excesivamente simplista.
     Los defensores del ángulo psicológico no encuentran razones «definitivas» para la vocación en un niño o en un adolescente. Es que no las hay. Pero ¿acaso hay razones «definitivas» entre los adultos?


¿QUÉ ES LA VOCACIÓN?

     Mala cosa querer dar definiciones. Siempre son parciales. Preguntar qué es la vocación es enfocar mal el problema, casi es perder el tiempo. Nadie sabe lo que es la vocación, nadie puede saberlo. Porque la vocación, así, en abstracto, no existe. La vocación es una amistad (niños, adolescentes y adultos pueden ser amigos de Dios). La vocación es un servicio (adultos, niños y adolescentes pueden servir a Dios). La vocación es el soplo del Espíritu que hincha nuestra pequeña vela (siempre somos pequeños frente a Él). La vocación es un itinerario con señales de pista. Más que un conocimiento, más que una elección nuestra, es una correspondencia amorosa. La vocación... nadie «tiene» vocación. Es ella la que nos tiene a nosotros. Como la fe. Fe y vocación. Llamamiento a la filiación divina y llamamiento al servicio de los hijos de Dios. La vocación, igual que la fe, no es un ejercicio gimnástico o cerebral. La fe, igual que la vocación, es un don.
     En la práctica pasa que Dios, además de omnipotente, omnisciente, eterno y muchos adjetivos de éstos, es «caprichoso»: escoge a quien quiere, como quiere y cuando quiere. Pero si tiene alguna preferencia, la historia de la salvación lo muestra bien claramente, es hacia los pobres y hacia los niños

Jorge Sans Vila

042 «Eso de la vocación de los críos pequeños es muy discutible y ya no se lleva» /¿Por qué un niño no puede tener conciencia siete años después que Stravinski, de que Dios necesita de sus manos para seguir bendiciendo, de sus labios para seguir hablando, de su vida para seguir salvando a los hombres sus hermanos?- J.S.V.