CÓMO VE USTED AL SACERDOTE volver al menú
 

     En 1957, pensando en esta publicación vocacional, pregunté a diversos pensadores cómo veían al sacerdote, qué esperaban de él.
     Ésta es la respuesta del P. José María de Llanos. Su pluma, y más aún su vida, recuerdan la figura de Juan Bautista.

J.S.V.


     Aparentemente malos son estos tiempos para el sacerdote católico, tan malos que no es extraño vernos a los sacerdotes correr hacia una desviación de nuestra esencia a precio de la existencia. Malos tiempos, basta asomarse no más al espíritu de esta nueva cultura —o por mejor decir, de este paso y trance de nuestra cultura occidental—, para percatarse de la situación. De un lado hay que reconocer que el decidido y precipitado clima del momento tiene que echar en cara al sacerdocio todo lo que él históricamente representa de un ayer demasiado remoto. Sí, conservamos con nuestro depósito sagrado, conservamos demasiadas cosas para que estos audaces hombres de hoy no dejen de mirarnos como interesantes índices o epígonos de lo que se va. Esto es así.

     Pero además la ruptura se agrava con el desnivel advertible en lo que respecta a temperatura espiritual. Lo único realmente notable de nuestra época, ese arrollador avance de la técnica no puede por menos de aportar consigo un materialismo entrañable y difuso que fatalmente va dejando en la penumbra a todo varón y a toda institución que profesen el espíritu y la fe. Por más que pretendamos tecnificarnos, la sotana es vista con extrañeza en un mundo cada día más seguro de sus maquinarias y sus modernas ciencias. A lo más nos toleran, nos perdonan, nos protegen... Y si son fieles y creyentes, entonces surge un nuevo desplazamiento.

     Me refiero a lo que trae consigo la llamada edad adulta del laicado. Sin duda que tal crecimiento significa un hermoso progreso en la vitalidad eclesiástica, pero con él la tradicional posición del sacerdote situado por encima, no sólo mediador sino tantas veces protector y tutelador de los fieles, va cediendo el paso a una más humilde y sencilla situación. Unos fieles se sienten en su trabajo conscientemente oferentes de la creación, otros se sienten en su paternidad elevados a un sublime rango sacramental. Nunca como hoy este carácter religioso de la más humilde tarea y este carácter bendito del matrimonio habían elevado más a los llamados seglares a una conciencia clara de su dignidad. El sacerdote ya no concentra en sí todo o casi todo el valor de lo sacral, ya los seglares se sienten también partícipes. Y en este despertar, en esta aurora de los nuevos tiempos, no parece ser seamos ya los indudables protagonistas. Ni siquiera en estos planos.

     Así es por un proceso histórico que entra en lo providencial y que debemos admitir serena y alegremente. Nuestro sacerdocio perdiendo parte de todo lo que, no Jesús, sino la historia de los hombres, había ido acumulando sobre él, nuestro sacerdocio entra en período de reconcentración, de cierto aislamiento. Bien, y la prueba más elocuente de ello la encontramos en ciertas y cada vez más abundantes maneras de defenderse contra tal realidad histórica. Son muchos los hermanos sacerdotes que no resignándose a esta desventaja que nos ofrece la historia pretenden con comprensible ingenuidad «hacerse» a los nuevos tiempos, originando una serie de estampas novísimas más interesantes por lo que tienen de valientes o decididas que por lo que encierran de acierto.

     Nos referiremos en concreto a dos no más. No cabe duda que en los países de paz religiosa el tipo de funcionario eclesiástico, pieza encajada en la administración moderna de la ancha Iglesia, dice no poco del impacto que la nueva clase del futuro, la de los funcionarios sociales, hace en el mismo seno de la clerecía. Y entre estos inteligentes funcionarios vemos surgir también con cierta pujanza a los técnicos del espíritu, sacerdotes metidos progresivamente en una actividad naturalista y moralista, bien relacionados con la de los siquiatras y demás médicos de los cuerpos. Un sacerdocio visto así casa perfectamente con lo que los tiempos van dictando. Un técnico del espíritu es inteligible en un mundo donde van a predominar técnicos no sólo de lo físico y estelar, sino de lo administrativo y lo artístico.

     El sacerdote que se empeña en acomodarse y situarse en su tiempo se tecnifica esforzada y generosamente. Reconozcámoslo hasta con fraternal simpatía. A su lado y no menos fruto del día vemos también alzarse el correspondiente tipo sacerdotal que se acomoda por el otro extremo, el de la inquietud. Pues si es cierto que lo técnico ofrece una perspectiva positiva y aleccionadora del mañana, no es menos cierto que ella va rodeada de una atmósfera de inquietud y desazón. El mundo de hoy ofrece casi mezclados la seguridad del primero con esta inseguridad y angustia. El sacerdote en ella también acusa su presencia y en la forma más generosa y audaz: el tipo de sacerdote joven que llamaríamos para entendernos revolucionario está a la orden del día. Sacerdote tan comprometido con la empresa de hacer este mundo mejor, menos malo, más justo, que llega indiscutiblemente a encajar bien en el panorama de nuestra inquietud presente, pero... tampoco el sacerdote puede y debe centrar toda su acción en esta empresa formalmente temporal.

     El mundo pues que nos rodea de tal modo se hace poco habitable al sacerdote sin más, al de Jesús, al del testimonio evangélico y la mediación, que vemos surgir toda esa interesante gama de nuevas maneras de acomodarse el sacerdote, de situarse y hacerse comprensible. Aquí un peligro, aquí más que en la indiferencia o incomprensión del gran ámbito que nos rodea. Creo que precisamente porque entramos en un tiempo poco propicio para la figura sacerdotal, precisamente por ello se alza ante nosotros la santa y hermosa ocasión de nuestra autenticidad más radical, más genuina. A menos radio de acción, más capacidad de concentración, a menos espacio donde poder respirar y movernos a gusto, más oportunidad de purificarnos por dentro y ser el sacerdote a los ojos de Dios verdaderamente sacerdote. Y bendiciendo a la historia que tras habernos gastado demasiado en muchos oficios y actividades ahora comienza a arrinconarnos o a invitarnos a discretas retiradas.

     Opino que va sonando para nosotros esa hora vespertina, anuncio de una noche que tampoco será — así sigo adivinando — la de los martirios gloriosos de otros siglos. No nos van a dar tanta importancia, ni siquiera nos van a odiar directamente. Y aquí la alegría de la prueba del desierto intentando una vez más la casi imposible hazaña sacerdotal, la de alcanzar el nivel de una desmundanización entrañablemente humanizada. Me explico.

     No somos de este mundo, el Señor nos lo anunció sin lugar a dudas o distingos, no pertenecemos a un espacio social y unas costumbres que incluso en los países de fe, constituyen ese campo de acción del Mal Espíritu, que llamamos mundo. Ni bajo la etique ta de la técnica ni bajo la de una revolución por el mundo mejor, podemos los testigos de Jesús comprometernos con el mundo. No somos de él, los fieles laicos tienen en este mundo —feo o hermoso, como sea— una misión y papel que no es el nuestro. Si los eclesiásticos alguna vez lo ocupamos fue por aquello del poder supletorio o aquello otro de la minoridad de edad de los seglares. Dejémosles ofreciendo al Padre sus esfuerzos y rigiendo sus caminos.

     No somos de este mundo y si el mundo que ahora se va cociendo también lo reconoce y nos lo avisa, agradezcámoselo, no hagamos piruetas. Pero siempre que compensemos la actitud así purificada con la respuesta generosa al deber de encarnarnos. Porque sin encarnación no hay redención, y el sacerdote del Hijo del Hombre tiene que ser humano hasta los tuétanos y el mediador entre Dios y la tierra tiene que vivir día a día esta suprema y misteriosa cruz, una mano extendida hacia arriba y la otra bien inmersa en la miseria de los hombres. En tal incómoda postura, ¿quién es el que media? ¿No significa la cruz precisamente la tal incomodidad? ¿Quién pretende sacrificar en otra actitud que no sea la del crucificado? ¿Habrá, pues, que desmundanizarse —compromiso con el cielo— y humanizarse —compromiso con la tierra— descubriendo en nuestra propia carne y espíritu cada día la cifra que nos diga qué es y cómo se vive una existencia que sin ser del mundo sea de los hombres. Y estamos en pleno misterio de la encarnación —una persona y dos naturalezas — proyectado sobre los que n] un día escogió. Con la angustia y congoja, titubeos y ambivalencias que todo ello implica.

     ¿Solución? Permítaseme una. Va a tener cierto aire y paralelo con la de Nazaret donde otro sacerdote pasó la mayoría de su vida encarnada y desmundanizada. La sociedad de los pobres, de los pequeños, de los últimos, la hermandad y compromiso con ellos, creo que ofrece al sacerdote de este tiempo una fórmula no sólo apostólica —evangelizar a los desheredados—, sino una fórmula formativa del sacerdocio, un acierto en cuanto a su cómo purificarse y encontrar su puesto en la historia y su servicio urgente al Señor. Nazaret otra vez como encuadramiento histórico de un sacerdocio suficientemente desplazado de un momento cultural que se concentra en las ciudades. Nazaret otra vez, la marcha hacia los pobres donde el sacerdocio católico encontrará no tan sólo necesarias rectificaciones de pasadas actitudes, sino fuerzas nuevas y luz nueva para penetrar más en el Mensaje. Y la mejor y más cristiana plataforma para esperar la nueva integración del sacerdocio en lo que venga. Hacernos entonces, es decir, desde ahora, más pequeños con los pequeños, más silenciosos con los siempre silenciosos, más cordiales con los incesantemente necesitados, más hijos del «carpintero» con sus compañeros de clase. Y ello sin ademanes revolucionarios, sin proclamaciones ruidosas, sin apenas darnos cuenta de ello. Como quien humildemente sirve, sin más. Así entreveo la más oportuna estampa del sacerdocio inmediatamente futuro.

     Sé que esta opinión no será por muchos compartida. No quisiera con ella ofender ni despreciar, ni menos todavía, creerme con la cifra exclusivamente feliz. Pero en la crisis que vivimos los sacerdotes de Cristo así opina uno de ellos, y por supuesto, dudando de su misma proposición. Pero, ¡necesitamos tanto de ella!

José María de Llanos


041 La obra de la redención no se realiza en el mundo y en el tiempo sin el ministerio de hombres entregados, de hombres que, por su oblación de total caridad humana, realizan el plan de la salvación, de la infinita caridad divina. Esta caridad divina hubiera podido manifestarse por sí sola, salvar directamente. Pero el designio de Dios es distinto; Dios salvará en Cristo a los hombres mediante el servicio de los hombres. El Señor quiso hacer depender la difusión del Evangelio de los obreros del Evangelio. — PABLO VI