HOJAS DE UN DIARIO IV volver al menú
 

     Hay épocas de la vida en las que uno siente necesidad de encontrarse a sí mismo a través de un diario. Es la adolescencia.
     Si se escribe un diario luego no es tanto para guardar vivencias propias cuanto para recoger jirones de vida, puntos de vista, reflexiones surgidas aquí y allí al correr de los días.
     Este diario tiene un denominador común: la preocupación vocacional. Inútil querer encontrar en él un tratado de teología completo. El título ya lo dice: son hojas de un diario.


4, JUEVES, MARZO

     —¿Publicarás al final tu «diario» completo? (Temí un fondo de ironía en sus palabras. Pero me equivocaba.) «Me gusta lo que escribes porque esto mismo lo puede escribir cualquiera.»
     (Esto mismo lo puede escribir cualquiera. Conforme. Me marean los que para hablar con Dios necesitan ponerse corbata, los que para hablar de él tienen que ahuecar la voz. Dios no está lejos. Está en nosotros. Y en las pequeñas cosas. En los acontecimientos de cada día. Basta con abrir los ojos para descubrir su huella, su presencia. «Yo creo que diariamente están sucediendo pequeños milagros a nuestro lado, y que Dios escucha nuestras plegarias; sólo que lo hace en silencio, como si quisiera evitar un ruido innecesario»).
     —No, no pienso publicar mi «diario» completo. Por la sencilla razón de que un «diario» si es vital nunca puede completarse. Mientras tengamos vida podremos llenar hojas y hojas.


10, MIÉRCOLES

     Victorino me pide «algo» para enfermos. Algo para repartir. «Lo de Oswaldo ya lo conocen. Además, procura enmarcarlo en otro ambiente. Mis enfermos no son oligofrénicos. Son normales.»
     Le he contestado que reparta entonces el «juego de las estampas». Que allí hay pensamientos, ventanas, para oxigenar a los enfermos. Victorino es buena persona. Le oía al otro extremo del teléfono aceptando mis razones.
     Al colgar, de repente, me he acordado de «Vol de nuit», de Saint-Exupéry. Fabián, el piloto que avanza decidido hacia Buenos Aires, al sumergirse en la noche descubre cómo cada choza perdida en el valle es igual que un faro. Los de la choza no oyen siquiera el ruido del motor del avión, creen que su luz es inútil; que no sirve para nada. Los hombres queremos palpar el eco de nuestra voz, de nuestra luz. Creemos con demasiada frecuencia que nuestra vida es inútil. Pero siempre, cerca o lejos, alguien se encuentra acompañado, orientado, por la antorcha encendida de nuestra esperanza.
     Victorino, ¿por qué no les dices a tus enfermos que los sacerdotes, los futuros sacerdotes, en nuestra noche necesitamos de su luz, de su pequeña gran esperanza?


14, DOMINGO

     El P. Estaníslao ha preparado y lanzado la «insignia de los padres de los consagrados»: sacerdotes, religiosos y religiosas.
     En campo de plata una cruz roja (verde, si tienen más de un hijo consagrado) en esmalte, con la leyenda Deo sol¿ pues ellos dieron sus hijos a Dios solo, Es su honra y su mérito y merecen llevar una insignia; los dos, el padre y la madre.
     Bien, muy bien, pero que muy bien. Padres y madres. Hace años vi cómo en una ciudad imponían una insignia a las madres de los sacerdotes diocesanos. Los padres quedaban abajo, en la penumbra. Como si ellos no tuvieran que ver nada con la vocación del hijo. Sólo a las madres de los sacerdotes diocesanos, como si los sacerdotes pertenecientes a órdenes e institutos religiosos no contasen para Dios. Como si los padres y madres de los Hermanos y Religiosas fuesen de una categoría inferior. ¡Y luego dirán algunos que el mundo no mejora!
     Insignia de los padres de los consagrados a Dios. De todos. En rojo, si Le dieron un hijo. En verde, si más de uno.
He escrito al P. Estanislao y le he pedido dos insignias, de color verde. El 4 de agosto, mi hermano y yo impondremos una a nuestra madre. Luego, los tres, llevaremos la otra a la tumba de padre. ¡Qué gran corona para el aniversario de su muerte!


18, JUEVES

     «L'appel de nos clochers» (La llamada de nuestros campanarios) es la revista vocacional de la diócesis de Quimper. Desde el próximo número, el 69, llevará otro nombre:«Les appels de Dieu» (Las llamadas de Dios).
     ¿Por qué este cambio? Para evitar el equívoco de quienes creen que las ciudades no son campo adecuado para el florecimiento de la vocación. Error muy grave ahora que los pueblos van quedando desiertos en ese éxodo a las ciudades.
Pero, ¿por qué el plural? Muchos cristianos siguen creyendo que la vocación, la llamada, es un privilegio, un honor, una excepción, algo anormal.
     Por cada niño o joven que dice «sí» a Dios aceptando consagrarse a su servicio exclusivo, hay muchas personas que también le dicen «sí» a través de su vida cristiana. No hay que olvidar que la vocación de los hijos ahonda sus raíces en el corazón de los padres, en la ilusión de unos hermanos y familiares. Son verdad aquellas palabras que hace tiempo escribí a Manuela II: «Dios nunca llama a un individuo. Llama a una familia, llama a un pueblo. La vocación es una familia, es un pueblo que madura en Dios. Cuando un hijo, una hija, se consagran a Dios, todos los familiares ingresan con él en el seminario o en el convento».
     Un singular o un plural —tienen razón los de Quimper— no sólo tiene importancia en clase de gramática.


19, VIERNES

     En el colegio donde resido hoy hay órdenes, Un grupo de muchachos han madurado en sacerdotes hace un rato. Están ilusionados.
     Durante la imposición de las manos me he distraído pensando que no sabían lo que el Obispo les estaba haciendo. Sueñan ahora con servir a Dios. Servir a Dios de una manera concreta, heroica, importante. Pero luego el Señor querrá que le sirvan de esta o de otra manera. Es hermoso que nuestras ilusiones florezcan luego de manera insospechada. Porque de hecho la realidad muchas veces supera las imaginaciones más atrevidas. Porque El tiene más imaginación. Porque ve más. Porque sabe más.
     «Al mirar ahora, cuando voy a cumplir 47 años, la historia de mi vocación, dos cosas me llaman la atención. Primeramente, desde que soy sacerdote sólo se me han confiado ministerios en los que nunca pensé ni remotamente cuando me preparaba para el sacerdocio. Y lo digo no como protesta sino en acción de gracias. Es que cuando decimos "sí" a Dios, para entregarle nuestra vida, no se lo decimos para poder realizar nuestros puntos de vista, sino para ser sus instrumentos. Se da como un riesgo aceptado previamente, para hablar humanamente, o más bien se pone la confianza en Dios.
     Porque si nosotros desconocemos siempre a dónde Él nos guía, £1 lo sabe y nos va preparando. Y éste es el segundo aspecto que quiero destacar: cada una de las etapas de mi vida, siendo cada una de ellas profundamente enriquecedora, constituían al mismo tiempo una preparación providencial extraordinariamente fecunda para la etapa siguiente, para la nueva tarea.
     Es que "Dios no cambia", decía san Vicente de Paúl. A pesar de las apariencias, Él va realizando su idea y a nosotros no nos queda más que ir correspondiendo lo mejor que sepamos» (Mons. J. Delarue).


31, MIÉRCOLES

     Ayer encontraron un libro olvidado. ¿Quién no se deja un libro alguna vez? Era de un muchacho que estudia bachillerato. Un libro de texto.
     Lo que llamó la atención del profesor fue un calendario que servía de señal. Un calendario de bolsillo. Aparentemente un calendario más.
     Por una cara los doce meses del año con los días en negro y rojo, tachados uno a uno. ¿Quién no lo ha hecho alguna vez? Por la otra el dibujo de P. Macià representando una familia, padre, madre y tres hijos, con la frase: Escoge, Señor, para tu servicio a uno de nuestra familia.
     El muchacho —nadie le hubiera sospechado— había añadido a mano estas cinco palabras: y que éste sea yo. ¡Qué maravillosa oración!

8, JUEVES, ABRIL

     —Aquí hay una vieja que no sé qué pide, me ha dicho el portero.
     He bajado.
     Una abuela viene a mi encuentro:

     —Quiero una insignia encarnada de esas que llevan las madres de los sacerdotes. No de botón, sino con imperdible.
    
     —Es que mí nieto estudia el décimo curso y pronto será sacerdote. ¿ Le conoce usted?

     —Yo quiero que me amortajen con la insignia. ¿Verdad que no está prohibido?

     —Es que es distinto llegar allá y poder decir: «Mi nieto, el Alberto, dice misa, señor san Pedro». ¿Cuánto cuesta?

     He ido por la insignia. Pensé regalársela, pero lo hubiera tornado a mal. Contó las pocas monedas como un niño que ilusionado alcanza por fin su codiciado y largamente soñado juguete. La besó dos veces. Se la prendí en el pecho.

     —¿No me dirán nada de llevarla ya ahora? Mire que faltan todavía dos años.

     «Todavía dos años.» Y luego dirán que el tiempo pasa veloz. Para la abuela de Alberto esos 24 meses cuánto costarán en pasar. Pero ella resistirá. Estoy seguro.
     Mientras se alejaba pequeña, arrugada, esperanzada, me he acordado del comienzo de la segunda carta que san Pablo escribió al joven Timoteo:

     «Doy gracias a Dios, a quien sirvo, a ejemplo de mis mayores, con pura conciencia, y sin cesar hago memoria de ti en mis oraciones noche y día, deseoso de verte, acordándome de tus lágrimas, para llenarme de gozo con la memoria de tu sincera fe, que fue también la de tu abuela, Loida, y la de tu madre, Eunice, y que no dudo es la tuya».

     La historia se repite: «Tu sincera fe, que fue también la de tu abuela». Tu sincera vocación, que fue también la de tu abuela...

     P. D. La abuela murió 4 semanas antes de la primera misa de Alberto. Estaba ya muy achacosa, y como es muy posible que los médicos no la hubiesen dejado salir de casa, yo pienso que ella se las arregló así para ver la misa desde allá arriba, desde «preferencia».

Jorge Sans Vila


038 Vale la pena dedicarse a la causa de Cristo, que quiere corazones valientes y decididos. Vale la pena consagrarse al hombre por Cristo, para llevarle a Él, para elevarlo, para ayudarle en el camino hacia la eternidad. Vale la pena hacer una opción por un ideal que os procurará grandes alegrías. Vale la pena vivir por el Reino el celibato sacerdotal, vivirlo responsablemente, aunque os exija no pocos sacrificios. El Señor no abandona a los suyos. — JUAN PABLO II