HOJAS DE UN DIARIO II volver al menú
 

     Hay épocas de la vida en las que uno siente necesidad de encontrarse a sí mismo a través de un diario. Es la adolescencia.
     Si se escribe un diario luego no es tanto para guardar vivencias propias cuanto para recoger jirones de vida, puntos de vista, reflexiones surgidas aquí y allí al correr de los días.
     Este diario tiene un denominador común: la preocupación vocacional. Inútil querer encontrar en él un tratado de teología completo. El título ya lo dice: son hojas de un diario.


4, JUEVES, JUNIO

     Al salir de misa me esperaban Carolina y Hucho. Hemos ido a desayunar juntos a un bar. Luego me han acompañado un rato. Les he visto alejarse, dándose la mano, luminosamente, sonriendo alegres. Y me he sentido feliz de que el Señor me haya escogido para «testigo» del amor de sus hijos.
     Cuando fui ordenado sacerdote ya intentaba ser testigo de Dios. Pero con la candidez de mis 23 años lo entendía sobre todo como algo activo, dar testimonio.
     Ahora descubro otro matiz, algo más positivo, mucho más humilde: presenciar el obrar de Dios, ver cómo el que santifica las almas es Él, no yo. Me gusta este nuevo aspecto de mi sacerdocio. Dios es más Dios.


16, MARTES

     «La vocación es como un itinerario con señales de pista. Cada señal lleva a la señal siguiente, sin saber el término definitivo. Más que un conocimiento del futuro es una correspondencia amorosa,»
     Uno escribe frases bonitas y queda satisfecho. Las escribe casi siempre pensando en los demás. Pero llega un buen día y se da cuenta que también le sirven a él. Porque la vocación no es un problema exclusivo de la adolescencia. Es un camino que va a Dios, Y Dios es siempre un desconocido. Su voluntad, también. Sólo la esperanza permanece inmutable,


29, LUNES

     Una buena novela de tarde en tarde, tonifica. Acabo de leer «La Perla», de John Steinbeck. Es una obra deliciosa, enormemente triste, con una melodía purísima. He apuntado esta frase:
     Cada hombre y cada mujer es como un soldado que Dios coloca para custodiar una parte de la fortaleza del Universo. Unos están en las murallas y otros en el interior del castillo, pero todos han de ser fieles a su puesto de centinela, sin abandonarlo nunca, o de lo contrario el castillo quedaría expuesto a los asaltos del Infierno.


13, LUNES, JULIO

     Tercer día de la «semana» de orientación vocacional. Cuarenta muchachas de diversas ciudades. Buena gente. ¡Qué bien cantan! Y no sólo el «Tantum ergo».
     Las más atrevidas han venido a quejarse: «¿Nos va a hablar de la vocación, sí o no?»
     El caso es que no les estoy hablando de otra cosa desde el principio. El primer día lo dediqué todo entero a hablar de Dios. El segundo tratamos de la Iglesia. Por la noche hacemos juntos un rato largo de oración, sumergiéndonos en Dios, llamándole Padre, sabiéndonos miembros de un Cuerpo, piedras vivas de un templo...
     ¡Tontas, más que tontas! ¿No veis que la vocación sólo consiste en oír a Dios a través de su Iglesia?


18, SÁBADO

     En el tren, de noche, es cuando brotan las confidencias muy curiosas. Cuando todo el departamento va hundiéndose en el sueño surge casi siempre el vecino que empezando por la botánica viene a desembocar en el dogma.
     «Tengo un crío que quiere ser Hermano. Estudia cuarto. Bueno, ya aprobó la reválida. Casi con matrícula, ¿sabe? Véalo qué salado (y me enseña una foto arrugada). Yo le digo que es una lástima que quiera ser Hermano, ¿no cree? A mí mujer le gustaría que fuera cura de pueblo, para tenerlo cerca. Yo pienso que, alabado sea Dios, porque también los paganos necesitan curas allí y de algún sitio han de salir. Pero, ¿Hermano?, ¿sólo Hermano?»
     Entre ronquidos de los vecinos y el traqueteo del tren le digo al buen hombre que antes yo también creía que decir misa era lo más importante, pero que poco a poco he ido descubriendo que san José nunca dijo misa y sin embargo es un santo de los buenos, que Dios — hablando con franqueza — es muy caprichoso y que lo mejor es dejarle con la suya (por lo menos cuando rezamos el «padrenuestro» le pedimos siempre que se haga su voluntad), que el mejor zapato es el que coincide con nuestro pie, que en el cielo no habrá un presbiterio reservado para los curas... Y más cosas, claro.
     Cuando llegó la hora de bajar, con su mano tosca me acarició la cara al despedirse. Casi como lo hace mi padre cuando llego a casa.


1, SÁBADO, AGOSTO

     Carlos es un bachiller que ingresó en el seminario hace cosa de un año. Su hermano Guillermo me da así la noticia de su salida:
     «Mi hermano Carlos regresó hace unos días a casa. El Señor le hizo ver que su camino seguía en otra forma. Me lo han cambiado, ha vuelto un hombre cristiano con pasta de santo. Sólo un año y dos meses bastaron para darle temple y ahora el Señor le quiere profesor seglar. En casa, padres y hermanos alegres por el regreso».
     Bien por la familia de Carlos y Guillermo. Muy bien. Pasó el tiempo en el que ir al seminario suponía como una consagración definitiva. Pasó el tiempo en el que las familias se avergonzaban de que un hijo descubriese la voluntad de Dios. ;Aleluya!


5, MIÉRCOLES

     Ayer murió mi padre. Hay que decirlo así. Si lo dices con otras palabras más cristianas mucha gente no te entiende. Te miran luego a los ojos y al hallarlos serenos todavía lo entienden menos. Es triste que sea así.
     «Padre de dos hijos sacerdotes. Tiene el cielo asegurado. ¡Qué suerte!» Sí, claro que sí. Pero la suerte no la regalan, se gana a pulso, se amasa con fe fecunda y esperanza heroica. La «suerte» para mi padre viene de muy lejos: cuando veía cómo la casa se quedaba vacía de hijos que iban al seminario; cuando los amigos le decían que era de tonto quedarse solo, y él sonreía; cuando antes del trabajo, muy de mañana, iba a misa todos los días; cuando rendido de cansancio rezaba el rosario después de cenar... Él creía en Dios y creía a Dios. Sencillamente. Silenciosamente. Con una infinita confianza. ¡Qué suerte!


11, MARTES

     Sebitas, el acólito que ha ayudado la misa a mi hermano, contestaba con una pronunciación impecable. Curioso muchachito tan diminuto. Al terminar la elevación, como quien no hace nada, ha besado con mimo la punta inferior de la casulla. Nunca lo había visto.
     Digan lo que quieran los liturgistas de estas «innovaciones», quizás en los libros de pastoral de las vocaciones en vez de tanto baremo, tantos percentiles, tendríamos que dar más cabida a ritos como éste. Llevan una gran carga afectiva.
     La vocación, no hay que darle vueltas, igual que la vida, se abona mejor con detalles de estos que con logaritmos.

Jorge Sans Vila


036 Vale la pena dedicarse a la causa de Cristo, que quiere corazones valientes y decididos. Vale la pena consagrarse al hombre por Cristo, para llevarle a Él, para elevarlo, para ayudarle en el camino hacia la eternidad. Vale la pena hacer una opción por un ideal que os procurará grandes alegrías. Vale la pena vivir por el Reino el celibato sacerdotal, vivirlo responsablemente, aunque os exija no pocos sacrificios. El Señor no abandona a los suyos. — JUAN PABLO II