HOJAS DE UN DIARIO I volver al menú
 

     Hay épocas de la vida en las que uno siente necesidad de encontrarse a sí mismo a través de un diario. Es la adolescencia.
     Si se escribe un diario luego no es tanto para guardar vivencias propias cuanto para recoger jirones de vida, puntos de vista, reflexiones surgidas aquí y allí al correr de los días.
     Este diario tiene un denominador común: la preocupación vocacional. Inútil querer encontrar en él un tratado de teología completo. El título ya lo dice: son hojas de un diario.


7, JUEVES, MAYO

     Jorge, con sus 6 años recién cumplidos, acaba de hacer la Primera Comunión. Él contaba a sus amiguitos que «papá tiene un amigo cura». ¿Quién más indicado para darle la Comunión que «el amigo de papá»?
     Por la tarde, en un momento que nos han dejado solos, jugando con el metano, le he preguntado «de amigo a amigo»:
     —¿Qué le pediste hoy a nuestro Señor?
     —Crecer.
     —¿Crecer, para qué?
     —Para que me dejen fumar.
     —¿Y qué más?
     Me mira con aire de complicidad.
     —Júrame que no lo dirás.
     —Hombre, jurar... no hace falta. Te lo prometo.
     —¿Palabra?
     —Palabra.
     Y me beso los dos dedos en forma de cruz.
     —Bueno, pues le he dicho que quiero ser como tú.
     —¿Y por qué?
     —Toma, porque sí.

     «Porque sí.» No está mal la razón. ¿Es que alguna vez hay «razones» válidas para seguir la llamada? En el fondo cuando se le hace caso a Dios ¿no es siempre porque sí? ¿El mérito no estriba en llegar a tener un alma tan libre que no necesite de argumentos?


11, LUNES

     Carta de la Madre Ana Josefa: «Me gustaría que escribiese un boletín titulado «Carta a Mercedes», al estilo de «Carta a Esteban». Casi se puede decir lo mismo».
     Me encanta esta visión común de todas las vocaciones de servicio.
     Le he contestado: «Pero, Madre, sí casi es lo mismo, ¿para qué otra carta?» La Madre se enfadará un poco, pero pronto se le pasará. Ya me lo sé. Son curiosas las amistades por carta. Poco a poco llegas a descubrir el temperamento de las personas. Quizá más que hablando.
     A pesar de mi respuesta, la Madre adivina ya, y yo también, que a la larga no habrá más remedio que escribir la carta a Mercedes.


13, MIÉRCOLES

     Carta de Tomás. Está en Chile desde hace 4 años. Buena persona. Me propone lanzar una encuesta entre sacerdotes europeos que trabajan en América. Chile que les pregunte: «¿Por qué se fue usted a América?» Quien formula la pregunta no es un amargado. Lo sé. La encuesta contribuiría a descubrir los caminos de Dios. «Sería una hermosa llamada y mensaje», dice Tomás. Y me acuerdo de las palabras de Francisco Javier:

     Muchos cristianos se dejan de hacer en estas partes por no haber personas que en tan pías y santas cosas se ocupen. Muchas veces me mueven pensamientos de ir a los estudios de esas partes, dando voces como hombre que tiene perdido el juicio, y principalmente a la universidad de París, diciendo en Sorbona a los que tienen más letras que voluntad para disponerse a fructificar con ellas, cuántas almas dejan de ir a la gloria y van al infierno por la negligencia de ellos.

     «¿Por qué se fue usted a América?».
     «¿Por qué cree usted que debería ofrecerse para ir a misiones?»


21, JUEVES

     —Padre, hábleles de la vocación.
     —Madre, yo no sé hablar bien de estas cosas.
     —¿Es usted de los que no creen en las religiosas?
     —Yo quiero creer en los cristianos, Madre.

     Y la Madre se marcha apenada. Y yo me quedo triste. Porque probablemente hablábamos en un idioma distinto. Y así no es posible el diálogo.

     No creo, no puedo creer, que las vocaciones surjan en plan cinegético o como se buscan fresas silvestres. La vocación es una maduración del alma. Supone un contexto, unos reflejos cristianos, una generosidad creciente, una servicialidad contrastada. Vocación y raquitismo se repelen. Cálculo y vocación se oponen. Se requiere un corazón grande para poder amar mucho, para olvidarse de sí porque los otros cuentan, porque Él cuenta.


22, VIERNES

     A pesar de todo, nos temen. No lo notamos casi, pero nos temen. Son siglos y siglos de veneración, de admiración, de distanciamiento, que pesan inconscientemente. Y no es por evitar la soledad por lo que uno quisiera mezclarse, ser uno de ellos. Estar con Dios no es estar solo. Que quede bien claro. Y cuando el trabajo se amontona, viene bien la distancia. Es práctica. Es por muchos que podrían servir a Dios en el sacerdocio si no tropezasen con esa barrera sicológica. Cuesta tener que «separarse», tener que «pasarse». Sí, hay algo de paso a otra casta. Hay en nuestro pueblo difuminada la herejía docetista, un docetismo clerical, claro: el sacerdote un ser angélico. Como si la ley de la gravedad no contase para él. Ni la Eucaristía es pan de los ángeles, ni el ministro del Cuerpo de Cristo es un ser espiritado.


24, DOMINGO

     Vengo de dar una conferencia sobre la vocación. El público no ha quedado muy conforme. Ni yo del público. Duele, al parecer, que la vocación se presente como un servicio. Gusta más que el Señor tenga que decir a cada uno entre deliquios de amor: «Hijo, hija, te quiero para mí». Gusta. Pero la vocación no es un gusto.


27, MIÉRCOLES

     «Le mando ese muchacho para que le examine, a ver si tiene vocación.»
     Hay frases corrientes, izas desafortunadas. «Tener vocación» y «perder la vocación», por ejemplo. Una y otra dan por supuesto que la vocación es algo sólido, macizo, definitivo. Vocación, don de Dios, pero un don que mide tanto y pesa tanto. Un don parecido a la fruta que si te descuidas se estropea. Un don que se rige por las leyes de la fugaz Fortuna que pasa y no vuelve.
     ¿Jonás «tenía» vocación? Jonás «perdió» la vocación? ¡Eso hubiera querido él!
     Qué acertadas aquellas palabras de J. Green: «Dios nos sigue paso a paso. A veces, para que se vaya, tenemos que decirle que se marche, como a un mendigo. Pero siempre vuelve».

Jorge Sans Vila


035 Vale la pena dedicarse a la causa de Cristo, que quiere corazones valientes y decididos. Vale la pena consagrarse al hombre por Cristo, para llevarle a Él, para elevarlo, para ayudarle en el camino hacia la eternidad. Vale la pena hacer una opción por un ideal que os procurará grandes alegrías. Vale la pena vivir por el Reino el celibato sacerdotal, vivirlo responsablemente, aunque os exija no pocos sacrificios. El Señor no abandona a los suyos. — JUAN PABLO II