NATANAEL volver al menú
 


     Los periodistas son terribles. Para hacer una entrevista a una «estrella» son capaces de cabalgar sobre un bólido made in USA. Y cosas peores.
     Federico Revilla hace unos días se metió de rondón por el cielo hasta que dio con el apartamento de Natanael. El tema que trataron: la vocación. Natanael también experimentó aquel «tirón». Y no intentó escurrirse.

J. S. V.



—Pero tu primera reacción se nos antoja un poco escéptica.
—Sí; pregunté: «¿Acaso puede salir algo bueno de Nazaret?».

—¿Tan mala fama tenía Nazaret?
—Era un poblacho sin importancia. No obstante, Jesús salió precisamente de «allí», como si se hubiera impuesto a sí mismo una llamada a la insignificancia.

—¿No fuiste a su encuentro con el freno de aquella prevención?
—Tal vez. Era la prevención de quienes no le conocen del todo. ¡Es tan diferente conocer a Jesús por referencias a conocerle cara a cara!

—Tus referencias eran de primera mano.
—Aun siéndolo... El cruce de la mirada de un hombre con la mirada de Jesús es algo totalmente inexpresable, irresistiblemente arrebatador.

—¿Te miró de un modo especial?
—Del más especial de los modos: el que obliga a seguirle.

—¿Obliga?
—Como la sombra de un árbol obliga a detenerse en un mediodía de verano

—Jesús te acogió con un elogio. ¿Influyó ese elogio en tu entusiasmo posterior?
—No, porque no elogiaba nada mío. Elogiaba la espera de su llegada que Dios había puesto en mi alma: eso significa ser «un buen israelita». El israelita es el hombre que vive de la espera del Mesías, como el cristiano es el que vive de su presencia. Yo recibí en el seno de mi familia aquella piedad hecha de espera: entre los míos, era casi el aire que respirábamos.

—¿Es muy importante ese «clima» de la familia para responder a la llamada de Jesús?
—Importantísimo. Las actitudes, los gestos, las reacciones de la familia impregnan al niño hasta lo más profundo. Nuestros padres nos dan una especie de «sexto sentido» para las cosas de Dios. Es el que menos se advierte, pero a la postre es el único fundamentalmente útil.

—¿Cómo le pueden ellos«preparar los caminos»?
—De la manera más suave. No hacen falta grandes discursos: basta «vivir» sencillamente al modo que Jesús nos enseñó, preocupándose del prójimo como la cosa más natural del mundo. En las familias que no se «cierran», que sienten las alegrías y las tristezas ajenas como si fueran propias, brota con toda naturalidad eso tan bonito que llamáis «vocación»: una mirada que se cruza con la de Jesús y que, al verle tal como es, se marcha gozosamente tras Él.

—¡Con todas sus consecuencias!
—Sí, inagotables consecuencias, no sólo para el que ha sido llamado, sino para quienes le prepararon silenciosamente a serlo. Los padres, como tales, son siempre algo así como un esbozo de Dios. Imagínate cuánto más lo serán los que han engendrado, no sólo material, sino también espiritualmente, a «otro Cristo». La semejanza se hace todo lo estrecha que es posible aquí abajo. A esas personas, que tan bien le copian, Dios les tiene preparadas chorreadas de gracias. El padre de un sacerdote es el hombre más feliz que se puede imaginar: feliz, en el sentido más pleno, de hombre «logrado», realizado.

—Si no hubieras sido hijo de tus padres, ¿hubieses respondido a la llamada de Jesús?
—No lo sé. Pero, aunque hubiera respondido, seguro que no hubiera sido con aquella lisa facilidad, con acuella soberana firmeza de quien llega por fin al destino deseado.

—¿Es la tuya la vocación ideal?
—Si hay vocación, es ideal. Cuando Jesús llama a alguien, «esas» circunstancias son las mejores, y no otras.

—Y si comparamos entre vocaciones de niños y de adultos?
—Cuando hacen falta tantos brazos en los campos del Señor, es inútil andar con distingos. ¡Bienvenidos unos y otros! Ninguno tendrá ocasión de sestear.

—Entre tus compañeros, no todos eran como tú: había un Mateo, un Iscariote... ¿Cómo explicas que Jesús les llamase también?
—Porque no llama a quien se lo merece, sino a quien Él quiere. En el fondo, nadie merece ser llamado a ayudarle.

—¿Le hacemos falta?
—Quiere que le hagamos falta.

—¿Tú comprendías a Mateo o a Iscariote?
—Si un hombre que ha seguido a Cristo no comprende a sus hermanos, ¿quién les va a comprender?

—No te molestaba hallarte a su misma altura?
—Me encantaba. Todo lo que nos hace sentir más a fondo la bondad de Dios es una inyección de alegría en nuestra vida.

—Vosotros, dispensadores de la bondad de Dios, debisteis ser unos hombres-alegría.
—Y con nosotros cuantos han seguido la misma llamada. Por nuestras manos humanas pasa el torrente de la misericordia de Dios. ¡La tocamos, la repartimos! No puede concebirse acción más exaltante. Al mismo tiempo, nos da la medida de nuestra pequeñez. Pero es éste un sentimiento apacible, que nos induce a entregarnos más y más en brazos del Maestro.

—¿Es todo llano en vuestro camino?
—Nada de eso, pues precisamente hemos de sentir como nadie las flaquezas, los errores, las cobardías y las vacilaciones de nuestros hermanos, encima de los nuestros propios. Jesús no nos apartó obstáculos. Si nos dio el poder de obrar milagros fue en beneficio de los demás, pero no en el nuestro. No nos quitó ni uno solo de nuestros defectos: esto debía ser cosa personal de cada uno.

—Dime en una sola palabra qué es vuestra vida.
—Combate.

—Vuestro afán.
—Darnos.

—Vuestro remanso.
—Cristo vivo en la Eucaristía.

—Vuestro tormento.
—Tantos hombres que se nos escapan de las manos.

—Vuestro objetivo.
—El cielo.

—¿Para vosotros?
—En el cielo no caben «para nosotros» ni «para vosotros»: el cielo es la casa de todos. Cuanto sea fragmentar o separar no sirve para descubrir el cielo. Quien aspire al cielo «para sí», puede desengañarse: no está deseando el cielo, sino algo muy diferente, una felicidad propia, más o menos espiritual y más o menos pura. En el cielo, el egoísmo está completamente derretido.

—Comprendo: por eso vuestra misión consiste en irlo abriendo a todos, a todos...
—Sí, dilo muy alto: ¡a todos! Esta palabra me llena la boca. Es una de las que, menos mal traducen algo de la inmensidad del misterio cristiano: redención de todos, esperanza de todos, perdón de todos...

—Para «todos», doce fuisteis muy poquitos...
—Pero inundamos el mundo. También son muy pocos los sacerdotes hoy. También ellos se sienten abrumados, como nosotros entonces, por la magnitud de la tarea... ¡Pero también ellos van marcando sendas inmensas de salvación!

—¿No es desalentador ver cuánto queda por hacer?
—Lo será para quien no tenga fe.

—¿Sabes que hace falta una fe muy firme?
—Sí. Para seguir a Cristo no valen virtudes con cuentagotas. Se necesitan una fe ciclópea, una esperanza infatigable, una caridad abrasada y abrasadora.

—¿Es frecuente hallar ese triple heroísmo?
—En el corazón de los hombres cabe mucho más de lo que vosotros mismos suponéis, créeme.

—Tu visión, a fin de cuentas, es muy positiva. ¿No lo ves todo, desde ahí arriba, mejor de cómo en realidad es?
—No olvides que Jesús elogió también mi sinceridad. Yo he procurado ser sincero.

—¡Y lo has sido!

Federico Revilla


027 La obra de la redención no se realiza en el mundo y en el tiempo sin el ministerio de hom bres entregados, de hombres que, por su oblación de total caridad humana, realizan el plan de la salvación, de la infinita caridad divina. Esta caridad divina hubiera podido manifestarse por sí sola, salvar directamente. Pero el designio de Dios es distinto; Dios salvará en Cristo a los hombres mediante el servicio de los hombres. El Señor quiso hacer depender la difusión del Evangelio de los obreros del Evangelio. — PABLO VI