POR QUÉ ME HICE SACERDOTE volver al menú
 

    
   
     Tuve la gracia de tener una madre fervorosa que me enseñó a amar a Dios. A ella sola confió el Señor los años de mi infancia, porque mi padre no practicaba desde sus quince años, y sólo a los cincuenta y siete (cuando yo tenía diecisiete) volvió al camino de la Iglesia. Durante mi niñez y mi adolescencia, no conocí, por tanto, un clima cristiano en mi familia: jamás una oración con mis padres; jamás asistimos juntos a la santa misa. Un detalle: mi padre rehusó asistir a mi primera comunión solemne, y se quedó en casa mientras estábamos en la iglesia.
     Siendo profesor del conservatorio y, por tanto, miembro de la enseñanza oficial, me llevó a una escuela primaria neutra, y luego al «ateneo» (institución de enseñanza confiada a profesores laicos, que cuidaban de mantener la más estricta neutralidad). Fuera de los cursos voluntarios de religión no recibí hasta los 14 años más formación religiosa que la que me daba mi madre. Y sin embargo, a los 12 años, el día de mi primera comunión solemne, cautivado por la actividad apostólica del coadjutor de mi parroquia, me hice por primera vez la pregunta: ¿Por qué no sacerdote?

     Pero la atmósfera poco moral del ateneo pronto hizo que la olvidase. Además, como la música me interesaba vivamente, quería llegar a ser profesor como mi padre y me preparaba siguiendo cursos de noche en el conservatorio. En ese período de la adolescencia, el corazón iba despertándose y, como la mayor parte de mis compañeros, encontraba muy interesantes a las chicas y... ¡sabía tener mis preferencias!
     A los catorce años y medio, el resultado era lamentable; demasiado absorbido por el estudio del piano, fracasé en mis exámenes del ateneo; por otro lado, en el conservatorio no saqué más que un tercer accésit, resultado netamente insuficiente para esperar hacer carrera en la enseñanza musical. En cuanto a la vida cristiana, era muy vacilante. En pocas palabras: era un estudiante mediocre, más preocupado de divertirme que de estudiar.

     Ante el desconcierto de mis padres, un tío mío me hizo entrar en el colegio de los jesuitas; allí seguí cursando el bachillerato de ciencias. Este cambio tuvo para mí el efecto de un latigazo, y gracias a mi profesor —un seglar— subí rápidamente la cuesta. Muy asombrado por algunos excelentes resultados escolares, recobré la confianza en mí. La atmósfera general de un colegio católico y la influencia de dos jóvenes jesuitas que daban gran impulso a nuestros juegos y a nuestras excursiones, fueron otros medios de los que Dios se sirvió para cambiar radicalmente la orientación de mi vida. De ser el último en el ateneo, pasé a cuarto, y al año siguiente, terminé primero. Además había buscado un director espiritual y comulgaba a menudo.
     La enseñanza me atraía más que nunca y mi sueño era entonces consagrarme a la juventud llegando a ser profesor seglar. Por esto, el curso siguiente iría a una escuela Normal dirigida por los hermanos de las Escuelas cristianas para empezar los estudios de profesor de ciencias.
     Fue entonces, una tarde —un miércoles, víspera de la Ascensión— cuando mi hermano me dijo: «Sabes que uno de tu clase estudia latín para hacerse sacerdote?». Lo ignoraba, pero me quedé desconcertado, tanto que no pude dormir en toda la noche. Me decía: «¿Y por qué yo no? Ser profesor seglar, está muy bien; pero ¿no sería más útil a la juventud como sacerdote?».                   

     Durante las largas horas de la noche se desarrolló el combate entre la gracia de Dios y mis objeciones. ¿No fundar una familia, cuando encontraba tan atrayentes a las chicas? Y luego, ¿qué diría mi padre si le hablaba del sacerdocio? ¿Valía la pena renunciar a mis éxitos escolares para dedicarme al estudio de los rudimentos de una lengua?... Por la mañana,el día de la Ascensión, mi decisión estaba tomada irrevocablemente: Sería sacerdote, con la gracia de Dios.

     El primer paso fue advertir a mi antiguo profesor seglar con quien tenía mucha confianza. Cuando le expuse mi deseo de pasar a la sección de latín para hacerme sacerdote, me dijo sencillamente: «¡Es curioso! Precisamente la semana que viene iba a pedirte que reflexionases sobre esto». ¿No era una confirmación de los designios de Dios? El Señor se servía de un profesor seglar para mostrarme el camino del sacerdocio.
     Pero ¿y mi padre? Seguía viviendo alejado de la Iglesia y —tengo que confesarlo— tenía miedo de sus cóleras. Mi madre se encargó de decírselo. Su respuesta fue muy serena: «Si este es su deseo, bien está. No quiero llevarle la contraria». ¡Mi padre, no creyente, no me cerraba el camino! Y en cambio ¡cuántos padres católicos y practicantes se oponen a su hijo cuando éste les revela su deseo de hacerse sacerdote!
     Y así es como, ocho días después de la Ascensión, en pleno mes de mayo, se decidió que abandonaría los estudios de ciencias y que un padre me enseñaría latín y griego.

     A las diez y media, en el recreo, reuní en un rincón del patio a mis treinta condiscípulos y les anuncié mi decisión. Lejos de encontrarme ante unos tontos que se ríen porque un compañero desea hacerse sacerdote, todos unánimemente me felicitaron y me animaron. Era el cuarto que dejaba el curso para empezar estudios de latín con vistas al sacerdocio.
     Aunque mi decisión siguió siempre firme, no faltaron momentos de cansancio: entonces confiaba mis penas a la santísima Virgen. Por otro lado, encontré en los «scouts» un campo de actividades de que se tiene gran necesidad cuando se es joven.

     Y éstos son los caminos por los que me condujo Dios. Pocas veces habla Él con voz clara y formal a un joven, y pierden el tiempo los jóvenes esperando que Dios se dirija a ellos por teléfono. No, basta casi siempre mirar el pasado y buscar el hilo que liga los acontecimientos para sentir que es Dios quien prepara el terreno hasta llegar el momento en que uno se pregunta: ¿Por qué yo no?
      El haber tenido un padre no creyente, haber encontrado malos compañeros, haber sido mal estudiante, encontrar dificultades a las cuales tan pocos jóvenes escapan, todo esto no es obstáculo para llegar a ser sacerdote.
     Ni le está cerrado el camino a un joven porque haya emprendido estudios de ciencias, estudios profesionales o de otro tipo: en cualquier edad se puede estudiar latín. Yo empecé a los dieciséis años y medio; otros a los veinte o veinticuatro. Cuando se ama al Señor, cuando se quiere ser lo más útil posible al prójimo, no hay barrera que pueda cerrar el paso.

     Y cuando un muchacho me dice que se interesa por las chicas y que siente desbordar el amor en su corazón, no deduzco por eso: «Entonces, el sacerdocio no es para ti». Le digo: «Me pareces un muchacho equilibrado, porque es normal que a tu edad se sienta despertar el amor. Eso me da confianza sobre tu madurez de sentimientos. Por otra parte, ¡la Iglesia tiene tanta necesidad de sacerdotes! ¡Hay tantas almas que serían mejores si encontrasen en su camino un sacerdote que las orientase hacia Dios! ¿No podrías ofrecerlo todo por la redención de las almas?».

     Cuando un sacerdote se dirige a un muchacho para decirle: «¿No has pensado nunca en hacerte sacerdote?», le hace un honor. Es que le juzga bastante equilibrado, bastante favorecido por Dios, bastante generoso para que considere esta manera de darse a la humanidad. En un tiempo en que los hombres tienen necesidad de un «suplemento de alma», ¿qué medio hay más eficaz que el sacerdocio? El Señor prepara lentamente a muchos jóvenes; pero son demasiado pocos los que se inclinan sobre su vida para descubrir en ella la invitación del Maestro.

Fernand Lelotte


017 Los sacerdotes no caen del cielo con los bolsillos repletos de estrellas y la boca llena de bendiciones. Los sacerdotes nacen en una familia. Es en su familia donde han aprendido a decir «padre», «madre», «hermanos». Al principio con sólo minúsculas. Luego, sólo luego, con mayúsculas: «Padre» (que estás en los cielos), «Madre» (de Jesús y nuestra), «Hermanos» (todos los hijos de Dios). ¡Estan fácil comprender el amor de Dios cuando nuestros padres se han amado, cuando nuestros padres nos han amado!- Jorge Sans Vila