| |
LA VOCACIÓN, COMO ITINERARIO PERMANENTE DE BÚSQUEDA, HECHA ORACIÓN
Texto del capítulo 1 del libro "Proslogion" de san Anselmo
Y ahora, hombre, huye por un momento de tus ocupaciones, despréndete un poco de tus pensamientos turbulentos. Ahora desecha tus agobiantes preocupaciones, pospón tus fatigosas actividades. Entrégate algo a Dios, y descansa algo en él. Entra en el refugio de tu espíritu, excluye todo excepto a Dios y lo que te ayude a buscarlo, y, cerrada la puerta, búscalo.
Ahora di, dile a Dios: busco tu rostro, tu rostro busco, Señor (Salmos, XXVI, 8). Ahora bien, tú, Señor mi Dios, enseña a mi corazón dónde y cómo buscarte, dónde y cómo encontrarte. Señor, si no estás aquí, ¿dónde he de buscarte en tu ausencia? Si estás en todas partes ¿por qué no te veo presente? Pero es cierto que moras en una luz inaccesible; y ¿dónde está esa luz inaccesible y cómo llegaré a ella? ¿Quién me conducirá y me introducirá en ella, para que te vea en ella? Además, ¿en qué signos, bajo qué faz te buscaré? No te vi nunca, Señor mi Dios, no conozco tu rostro. ¿Qué hará, pues, Señor, qué hará el que está desterrado lejos de ti? ¿Qué hará tu siervo que ansía tu amor y que queda tan separado de tu rostro? Anhela verte, y tu faz está demasiado alejada de él. Desea acercarse a ti, y es inaccesible tu morada, Quiere encontrarte, y no conoce tu lugar. Aspira a buscarte, e ignora tu rostro. Señor, tú eres mi Dios, y tú eres mi Señor, y jamás te he visto. Tú me hiciste y me rehiciste, y todos mi bienes me los conferiste; y aún no te conozco. En fin, he sido hecho para verte, y aquello para lo cual he sido hecho nunca aún lo hice. ¡Oh miserable suerte del hombre, que perdió aquello para lo cual ha sido hecho!¡Oh dura y siniestra caída ésta! ¡Ay! ¿Qué perdió y qué encontró? ¿Qué cosa se alejó y cuál se quedó? Perdió la beatitud para la que ha sido hecho, y encontró la miseria para la que no ha sido hecho. Se alejó aquello sin lo cual es infeliz, y se quedó aquello que por sí mismo no es más que miseria. Entonces comía el hombre el pan de los ángeles, que ahora apetece; ahora come el pan de los dolores, que entonces no conocía. ¡Ay, aflicción pública de los hombres, gemido universal de los hijos de Adán! Él eructaba de saciedad, nosotros suspiramos de hambre. Él tenía la abundancia, nosotros mendigamos. Él poseía, en su dicha, y todo lo abandonó desgraciadamente; nosotros carecemos de todo, en nuestra desdicha, deseamos miserablemente, y ¡ay! nos quedamos sin nada. ¿Por qué no conservó para nosotros aquello que había de faltarnos tan penosamente? ¿Por qué nos privó de la luz y nos rodeó de tinieblas? ¿Por qué nos quitó la vida y nos infligió la muerte? En nuestra desgracia, ¿de dónde hemos sido expulsados? ¿A dónde empujados? ¿De dónde precipitados? ¿A dónde sepultados? De nuestra patria hacia el exilio, de la visión de Dios hacia la ceguera nuestra, del gozo de la inmortalidad hacia la amargura y el horror de la muerte. ¡Cambio desdichado de tanto bien en tanta miseria! Desafío grave, dolor grave, conjunto grave. Pero ¡ay! desdichado de mí, yo, uno de entre los hijos desdichados de Eva y alejados de Dios, ¿qué empecé? ¿Qué hice? ¿A dónde tendía? ¿A dónde llegué? ¿a qué aspiraba? ¿por qué suspiro? Busqué lo bueno, y he aquí la turbación; tendía hacia Dios, y tropecé conmigo mismo. Buscaba descanso en mi retiro, y encontré en mis adentros tribulación y dolor. Quería que el regocijo de mi mente me hiciese reír, y el gemido de mi corazón me obliga a rugir. Esperaba alegría, y he aquí la fuente densa de mis suspiros.
Y tú, Señor, ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo, Señor, te olvidarás de nosotros? ¿Hasta cuándo desviarás tu faz de nosotros? ¿Cuándo mirarás hacia nosotros y nos oirás? ¿Cuándo iluminarás nuestros ojos, y nos mostrarás tu faz?¿Cuándo te devolverás a nosotros? Mira, Señor, hacia nosotros, óyenos, ilumínanos, muéstrate a nosotros, Devuélvete a nosotros, para que tengamos un bien sin el cual tantos males tenemos. Ten piedad de nuestros esfuerzos, y de nuestras aspiraciones hacia ti, que nada podemos sin ti. Nos invitas, ayúdanos. Te suplico, Señor, no me dejes desesperar suspirando, pero hazme respirar esperando. Te suplico, Señor, amargo es mi corazón por su desolación, suavízalo con tu consuelo. Te suplico, Señor, hambriento empecé a buscarte, no me dejes en ayunas de ti; famélico me acerqué, no me dejes retroceder. Pobre vine hacia el rico, mísero hacia el misericordioso, no me dejes volver vacío y despreciado. Y si estoy suspirando antes de haber comido, después de mis suspiros dame con que comer. Encorvado, Señor, sólo puedo mirar hacia abajo; levántame, para que pueda tender hacia arriba. Mis iniquidades me vienen por encima de la cabeza; me envuelven, y como un fardo pesado, me agobian. Libérame, descárgame, para que su abismo no me apriete en su boca; permíteme mirar hacia tu luz, aunque sea desde lejos o desde la profundidad. Enséñame a buscarte, y muéstrate a aquel que te busca; pues no puedo ni buscarte si no me lo enseñas, ni encontrarte si no te muestras. Que te busque deseándote, te desee buscándote, te encuentre amándote, te ame encontrándote. Confieso, Señor, y te lo agradezco, que creaste en mí esa imagen tuya, para que, recordándote, yo piense en ti y te ame; pero está tan borrada por la atracción de los vicios, tan ennegrecida por el humo de los pecados, que no puede cumplir su fin si tú no la renuevas y la reformas.
No intento, Señor, penetrar tu altura, pues yo no comparo en ningún, modo mi entendimiento con ella; pero deseo entender algo de tu verdad, en que cree mi corazón y que ama. Por tanto, no trato de entender para creer, sino que creo para entender. Pues creo que no puedo entender sin haber creído antes.
|
|