Maria Juana explica su vocación
A pesar de su escasa presencia pública, las mujeres componen el grueso de los religiosos católicos que hay en España. Sobre todo en los últimos años, en los que el descenso de vocaciones ha sido mucho más acusado entre las congregaciones masculinas que las femeninas. En un entorno social cada día menos pautado por las creencias, las alrededor de 50.000 mujeres consagradas a la vida religiosa aparecen con una imagen cada vez más alejada del mundo actual. La poca visibilidad de su papel dentro y fuera de la Iglesia las ha convertido en figuras extrañas -por desconocidas- para la mayoría de los ciudadanos.
Así de "rara" se reconoce María Juana Costa, una novicia de 25 años recién cumplidos, que espera celebrar la profesión temporal de los votos en apenas unos meses. La orden a la que pertenece, las Misioneras Seculares de Jesús Obrero, se distingue de las congregaciones de monjas porque no llevan hábito, desarrollan una vida profesional y no están obligadas a vivir en comunidad. "No suelo decir que soy una novicia -confiesa-, ni mucho menos trato de explicar la diferencia entre ser monja y una misionera seglar. De esta manera, si no sale el tema, paso por una persona normal (ríe). En el caso de que se presente la cuestión. obviamente lo cuento y la gente guarda un respetuoso silencio, mientras que en sus caras se refleja una expresión de ´¡anda, dónde se ha metido esta pobre chica´".
María Juana Costa forma parte de un reducido grupo de jóvenes que se prepara por las tardes para la vida consagrada en un instituto de estudios religiosos del centro de Madrid. Por las mañanas, ella continúa impartiendo clase a alumnos de primaria en un colegio dirigido por la congregación a la que pertenece. Desde su juventud, y aceptando que va a contracorriente, trata de explicar qué le ha empujado a escoger este tipo de vida y cómo ha logrado encajarlo en el mundo que le rodea.
"No creo que falten vocaciones. Lo que pasa es que somos libres y hay perble sonas que no responden a esa llamada porque hay mucha presión", indica, al tiempo que critica el "relativismo" imperante. En su opinión, "hay mucho miedo al compromiso, una tendencia a lo superficial y se nos educa para no pensar en lo espiritual".
La decreciente participación de los jóvenes en las parroquias, esa secularización progresiva, la vincula al predominio de "valores pasajeros, del vivir cada uno para sí", aunque destaca fenómenos recientes como el auge del voluntariado: "Antes, el que veía que era posibién cambiar las cosas se iba de cabeza al seminario; ahora se apunta a una ONG".
Ni siquiera en una familia católica practicante, como los Costa, sentó muy bien que uno de sus cuatro hijos -la única chica- decidiera convertirse en misionera. "Fue divertidísimo dar la noticia, algo así como una traca. Mi madre se puso a llorar, mi padre llegó a decir que era ´algo que ya no se lleva´y mis hermanos se quedaron de piedra, como la Cibeles".
Superado el shock inicial, su entorno familiar comenzó a asimilar con más tranquilidad la nueva situación. "Tenía 22 años, quería y quiero ser radical. ¿Y hay mayor radicalidad que decir ´mi vida, para Dios´?", se pregunta. "Curiosamente parece que los radicales son aquellos que se tiran por un puente con un arnés, cuando no hay nada más revolucionario que Jesús". ¿Por qué entonces la mayoría de la gente no entiende como arriesgado entregarse a la vida religiosa, sino más bien como algo retrógrado? "Porque no se mira más allá de lo evidente".
Después de dos años de una formación que concluye en breve, María Juana espera realizar la profesión temporal de los votos (pobreza, castidad y obediencia). Hasta dentro de seis u ocho años no podrá celebrar la profesión perpetua de los votos. "La profesión perpetua no se toma como un paso definitivo -comenta-; desde que entras en la congregación es para toda vida".
Ella procede de Ciempozuelos, en el sur de la comunidad de Madrid, pero buena parte de sus compañeras son extranjeras: vienen de Chile, Paraguay o China. Desde hace años, el descenso de vocaciones autóctonas se ha ido compensando con la formación de jóvenes nacidas en otros países. Como María Juana admite, la escasez de novicias hace que dentro de cada congregación "te sientas como una hija única".
Cuando se trata de indagar sobre las causas del paulatino alejamiento entre los ciudadanos y los dictados fijados por la jerarquía eclesiástica, la novicia madrileña defiende que "la Iglesia va más lenta que la sociedad, pero tam-hay que tener en cuenta que la jerarquía sólo es una parte de la comunidad que forman los católicos". Además relativiza las críticas que recibe la institución: "los curas, las monjas, estamos siempre en el punto de mira; en cuanto uno cae, parece que todos somos así".
Sonríe con sinceridad y trata de transmitir felicidad a la hora de explicar su decisión, que define como fruto de un enamoramiento. "Yo no renuncio a nada. Lo que quiere Dios es que sea feliz y que esté alegre. Y Él me da alegría y paz".
(Artículo de Alicia R. de Paz, aparecido en el suplemento dominical de La Vanguardia 22.05.2005)
