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La vocación es una atracción. Si el carisma y la vida de aquellos que tienen una vocación en la Iglesia no es seductora y atractiva, por así decirlo, no se dan las condiciones para que surjan vocaciones.
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La vocación es una llamada y una gracia. En nosotros no se da la posibilidad de inspirarla y hacerla surgir. La iniciativa es de Dios. Es necesario rezar y trabajar, acoger y agradecer, aunque sólo sea por una sola vocación.
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La vocación es un camino estrechamente unido a la maduración en la fe, en un diálogo con Dios que dura toda la vida. Ésta es la condición fundamental para que surja la vocación y para desarrollar la vida cristiana en todas sus dimensiones.
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Todos y cada uno experimentamos esta llamada, porque Dios tiene un proyecto para cada persona. Es necesario que todos nos hagamos conscientes de ello. A nosotros nos toca ayudar a que cada uno descubra su propia vocación con un programa apropiado.
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Es necesario un trabajo directo y explícito por las vocaciones de especial consagración o servicio. No podemos creer que surgen espontáneamente. No se puede caer en una pastoral vocacional genérica.
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Toda comunidad y cada persona en ella debe estar profundamente implicada en el descubrimiento y ayuda a las vocaciones. No podemos caer en posturas equivocadas, como pueden ser aquellas en las que se renuncia a proponer a los jóvenes formas de vida cristiana exigente y de seguimiento radical de Cristo.
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Los jóvenes sienten la necesidad de una experiencia directa y de contacto con las realidades de contenido vocacional. Nuestras parroquias, escuelas, colegios, grupos de voluntariado deben constituirse como comunidad donde se experimentan ministerios al servicio de una misión y se ayuda a un encuentro con Jesús.
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Se debe comenzar con una catequesis vocacional a fondo ya en la niñez y en la adolescencia. Y no se puede abandonar este trabajo cuando los jóvenes entran en la universidad o en lugares parecidos. El acompañamiento debe ser consistente en lo que se refiere a la fe y a la práctica cristiana: presentar a Cristo como proyecto del hombre, invitar al seguimiento, cultivar el primado del Espíritu, favorecer el radicalismo evangélico como profecía, ofrecer una dirección espiritual.
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La referencia a un ámbito comunitario es indispensable. Nadie tiene vocación en soledad y en aislamiento. También por ello se recomienda a las Iglesias locales el que organicen la comunidad como una articulación rica de ministerios y servicios para la misión. Se sigue el criterio de "ven y verás".
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En el camino de la fe se dan experiencias que son especialmente reveladoras de las características y exigencias de las vocaciones y que ayudan a madurar más rápidamente las capacidades vocacionales. .
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En muchos casos es necesaria la invitación explícita. El ambiente social no sugiere una vocación de especial consagración. Será siempre la seducción de Cristo la que determine otra orientación de vida. Y aquí reside nuestra capacidad de pastores-educadores de los jóvenes. Los discípulos se sintieron seducidos por Jesús, pero para captar que podían seguirle tuvieron que escuchar la invitación: "Sígueme".
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El acompañamiento o dirección espiritual es algo necesario. Y aquí tal vez exista otro punto débil: nuestra capacidad de mostrar, entusiasmar, indicar los pasos y las condiciones, invitar a alcanzar metas más exigentes, curando aquello que para Dios no está bien y ayudando a asumir todo aquello que contribuye a dejarle espacio en la vida, ver periódicamente el camino recorrido. Necesitamos acompañantes espirituales que sean no sólo comprensibles, sino que propongan y sean expertos en vida espiritual.
( J. Vecchi, Rector Mayor de los Salesianos. Traducción de F. Lansac)
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