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Te escribo, querido Jonás...

Relatos de un discípulo

José Miguel Nuñez

Este material que se presenta a continuación, ha sido concebido como un intento de narrar en primer persona los acontecimiento referidos a Jesús de Nazaret desde la perspectiva de un discípulo, Silas, en su encuentro transformador con el Maestro.

          Tras la experiencia desoladora de su muerte, Silas escribe a su amigo Jonás contando su experiencia de encuentro con Jesús. El joven discípulo hace memoria de algunos momentos compartidos junto a él y cómo la palabra del profeta galileo, su mirada y sus signos han transformado su manera de vivir y le han hecho descubrir horizontes nuevos en su propia historia.

          Este material ha sido utilizado en encuentros catequéticos con jóvenes universitarios. Metodológicamente pueden ser utilizados independientemente en una presentación a modo de monólogos (de tanto éxito últimamente), escenificados por algún animador con capacidad y posibilidades. El relato, si se cree conveniente, puede ir acompañado del texto escrito entregado posteriormente y las pautas adecuadas para algún trabajo en grupo.

Ven y sígueme...

Seguimiento y discipulado

          Los acontecimientos, los momentos vividos, las emociones... se agolpan en mi mente y afloran a borbotones. Trato de poner un poco de orden en mis recuerdos. Quisiera, querido Jonás, que pudieras entender lo que supuso para mí conocerlo. Fue la primera vez que hablamos y me sorprendió que supiese mi nombre. Seguramente le habría llamado la atención que llevase con ellos algún tiempo y me hubiera mantenido discretamente distante. Supe más tarde que Santiago, a quien conocía desde niño, le había hablado de mí. ¿Sabes? Lo cierto es que aquella noche tardé en conciliar el sueño.

Vente conmigo...

          Empezaba a hacer buen tiempo. Las tardes se alargaban y el sol, más perezoso que de costumbre, se obstinaba en arder con un fuego intenso en el horizonte. Por entonces, me había unido establemente al grupo desde hacía unas semanas y comenzaba a entenderme con aquel puñado de galileos a los que me unía la incertidumbre de no saber muy bien dónde iba a acabar aquello.

Una tarde, cansados de la jornada y sentados alrededor del fuego después de haber tomado un bocado, por fin me decidí.

Maestro...

Di, Silas.

¿Qué tengo que hacer para ser una persona lograda?

Lo sabes bien, ¿no? Cumple los mandamientos...

Maestro, ya lo intento desde que tengo uso de razón, desde que era pequeño me enseñaron a amar a Dios y a mi prójimo, ¿no se resume en esto la ley?

Todos estábamos pendientes de su respuesta. Creo que había estado hábil en mi planteamiento... Pero Jesús se me quedó mirando con expresión serena y añadió ...

Muy bien, Silas, muy bien... pero, ¿sabes? Si quieres encontrar el camino de la vida... vende lo que tienes y dáselo a los pobres. Después, con el corazón liberado, ¡vente conmigo!

No supe qué responder. Bajé la cabeza y continué jugueteando con las brasas simulando estar distraído. Tras un silencio algo embarazoso, la conversación continuó comentando perezosamente algunas anécdotas del día y mi pregunta – y su respuesta – se desvanecieron en la noche como el humo del fuego termina por desaparecer cuando trepa en la oscuridad.

Sin embargo, no pude evitar seguir ensimismado en su respuesta: “si quieres encontrar el camino de la vida...”. ¿Vender lo que tengo? ¿Liberar el corazón? Me pareció estar fuera de sitio, me sentí algo herido por su aparente salida de tono y pensé en que al día siguiente volvería a casa... ¡Qué torpe fui! Mi orgullo no me dejó descubrir la hondura de su propuesta. Mi seguridad no me permitió percibir el brillo de su mirada y la radicalidad de sus palabras. Fui un estúpido, Jonás. Perdí la oportunidad aquella noche, al abrigo de las sombras, de quedarme para siempre atrapado en la luz de su fuego.

¡No sabes cuántas veces se repitió esta misma escena! Algo había en la mirada de aquel galileo que subyugaba cuando cruzabas tu mirada con la suya...

          Ahora lo sé. Aunque, a decir verdad, creo que siempre lo he sabido. Era su irresistible mirada, la fuerza de sus palabras y la ternura de sus manos lo que provocaba la cercanía de aquellos hombres y mujeres a Jesús. Fueron muchos los que se sintieron atraídos por el ideal, la propuesta y el estilo de Jesús de Nazaret y se acercaron -quizás con curiosidad-  a aquel hombre de ojos penetrantes y abierta acogida. En su encuentro, sintieron su palabra cálida y la subversiva invitación a dejarlo todo por el Reino que ya había irrumpido en sus pobres historias porque Dios había estado grande, una vez más, con ellos.

(Tomado de José Miguel Nuñez en Misión Joven, n. 334, 2004)