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TU PROYECTO DE VIDA
1. EL PROYECTO
ES UNA DECISIÓN
El proyecto
de vida no es otra cosa que una decisión personal. Una
buena decisión implica los medios para conseguir lo que
quieres. Así, no es creíble que una persona haya
decidido adelgazar, si sigue comiendo tan desmesuradamente como
antes. El proyecto es creíble por su concreción,
es decir, porque baja a los detalles de la vida ordinaria y,
aunque sea muy sencillo, es operativo. Quizá has hecho
buenos propósitos de año nuevo muchas veces. Pero
es sorprendente constatar que ese tipo de propósitos
pocas veces se cumplen. Y es que suelen hacerse solamente desde
la buena voluntad, pero sin concretarse. En ocasiones son propósitos
ambiciosos y poco realistas.
Una buena decisión es muy distinta. Suele ser más
o menos modesta y se concreta en unos medios por los que se
puede alcanzar el objetivo. Te proponemos que hagas un proyecto
sencillo y práctico. Un buen proyecto de vida está
referido a los tiempos y lugares actuales. No vale proyectar
para una situación en la que quisieras estar en el futuro.
Cuando se dé esa situación, entonces proyectarás.
Hoy tienes una realidad concreta y en referencia a ella debes
plantear tu futuro. El proyecto es una decisión en tu
situación actual y por tanto no puedes decidirlo todo
de una vez. No puede ser definitivo. Hacer un proyecto de vida
significa optar provisionalmente por unos objetivos más
o menos importantes, pero siempre será provisional y
mejorable. Lo que es realmente trascendente es que te haga crecer,
aunque sea sólo un poco:
Estaba una vez un
campesino contemplando un gran monte de mazorcas de maíz.
Llegó un compañero y le preguntó qué
hacía. Él respondió: estoy pensando en todo el
trabajo que tengo con este gran montón de mazorcas: hay
que pelarlas y desgranarlas una por una. Y cada vez que las
veo tengo menos ganas de trabajar. Su amigo le contestó:
si desde que llegaste hubieras comenzado con la primera mazorca,
el monte sería mucho menor.
Hacer un proyecto no significa remediarlo todo de una vez. Eso
es imposible. Significa simplemente ponerte a trabajar ya para
que, poco a poco, se hagan accesibles los grandes objetivos
que se te pueden ocurrir. Hacer tu proyecto es decidir de un
modo práctico y operativo, implicarte más en tu
propio proceso humano, creyente y vocacional; es entrar en una
dinámica de conciencia de tu propio proceso.
2. CON SENTIDO DE TOTALIDAD
Hay un requisito difícil para cualquier proyecto de vida,
especialmente si quieres que sea muy vocacional. Es el sentido
de totalidad. Un verdadero proyecto no intenta atajar aspectos
periféricos. Debe referirse a todo lo que eres, a tu
vida con todo lo que implica. La totalidad tiene dos sentidos:
1. Que incluya los distintos aspecto de tu vida y los desarrolle
lo más integralmente posible: los aspectos humanos, la
vida espiritual, los valores morales, la formación específica,
la vida eclesial y comunitaria.
2. Que toque el fondo de tu realidad, aquello que más
te preocupa y más te cuesta superar. Para ello es necesario
que afrontes tu realidad con valentía, de modo que cada
día vayas superando esos aspectos más oscuros
de tu personalidad, sobre los que muchas veces te cuesta hablar.
3. UN PROYECTO REALISTA
El realismo es una característica absolutamente necesaria
en cualquier proyecto. Porque pretendemos mejorar las cosas
a partir de su situación objetiva. Hay dos extremos que
van contra el realismo: el optimismo idealista y el pesimismo.
Un proyecto demasiado optimista, tanto que se desconecta de
la realidad, es imposible que se realice. Sería el caso,
por ejemplo, de un matrimonio que, después de veinte
años de distanciamiento, quiera arreglarlo todo en una
semana. Habitualmente será imposible, por más
buena voluntad que haya de por medio. Sería mucho mejor
proponerse iniciar el diálogo, renovar los detalles personales,
es decir, objetivos más referidos a la realidad de esos
veinte años.
Puede suceder lo contrario. Que la deficiencia está por
la línea del pesimismo. Las personas pesimistas son incapaces
de ver eso que la realidad tiene de positivo, de bueno, objetivamente.
Y como no lo ven, no pueden explotarlo. En nuestro ejemplo,
un proyecto pesimista se propondría, ya que han pasado
veinte años de conflictos, mantener una relación
educada y sin problemas para llevar la cosa en paz... pero sin
pretender conseguir una renovación del matrimonio. Esta
opción no es un proyecto, porque no hace crecer la realidad
del matrimonio. Es un programa de acción estratégica
muy cómodo y fácil.
Para evitar estos dos extremos, es muy conveniente que hagas
un análisis de tu situación actual, y desde allí
formules los retos u objetivos que te plantea. Un buen mecanismo
para lograr que tu proyecto sea realista es que, después
de elaborarlo, lo presentes a tu acompañante vocacional,
para que te lo critique y te ayude a mejorarlo. También
es bueno que no te pongas plazos muy largos. Los plazos cortos
ayudan a que tu proyecto no se despegue de la realidad. Consecuentemente
tendrás que hacer remisiones y reformulaciones del proyecto
con cierta frecuencia. Te proponemos un plazo entre un mes y
tres meses. Dentro del plazo que fijes, conviene que te mantengas
en lo propuesto con mucha fidelidad. De esta manera podrás
comprobar si los medios que elegiste son realmente prácticos.
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