Para comunicar la felicidad que da la fe
1.¿Como surgió mi vocación? Quizás fue por un sacerdote que desde chiquillo me llevaba con él a cualquier viaje que hacía, me animaba, me atraía su ejemplo de vida. O tal vez fue aquella religiosa misionera que venía al pueblo cada 2 ó 3 años y nos enloquecía a los niños con cantos, sus obras de teatro o sus vivencias como misionera. No, no, creo que fue cuando fui por primera vez a un campamento vocacional que organizaba el Seminario y me lo pasé "pipa". ¿O tal vez fue cuando tomé la primera comunión y me metí a monaguillo? No, no, seguramente fue con el pasar de los años en el Seminario cuando fui comprendiendo y entendiendo muchas cosas y les iba dando respuesta a mis interrogantes...
La verdad no lo sé; el origen de mi vocación es algo que siempre me ha intrigado a mí mismo porque no se encuentra una respuesta clara. Estoy seguro que el origen no está en este hecho o en aquel otro, sino en un sin fin de circunstancias y de personas de las que el Señor se vale para decirte que te necesita y te quiere como Sacerdote. Todas las ideas anteriores y algunas más no cabe duda que han sido decisivas de una u otra manera en mi camino vocacional. Todas ellas, en conjunto, son la explicación al "cómo" de mi vocación.
2.Dificultades y alegrías en mi camino vocacional. Dificultades siempre hubo: unas por la edad misma, otras por la rebeldía interior con todo lo establecido, algunas por no encontrar apoyo y comprensión en jóvenes de tu edad, no pocas por las exigencias y radicalidad misma del Evangelio y del mismo Señor. Se superan con la madurez, gracias a personas que Dios pone en tu camino para apoyar tu hombro, tu vida y tus ilusiones y que enriquecen y fortalecen tu vida interior y tu espíritu; también se superaron por el trato y conocimiento de Jesús.
Alegrías hubo muchas más que dificultades. De cada dificultad surgían 3 ó 4 o multitud de alegrías por las respuestas mismas que encuentras a tus interrogantes, por las razones que descubres en la Palabra de Dios para estar alegre, por la alegría misma de tu opción de vida, de sentirte realizado en esa opción.
El Seminario y los formadores siempre han sido una referencia de alegría y de entusiasmo para mi proceso vocacional.
3.¿Para qué quiero ser sacerdote? El "por qué" va unido al "para qué": la causa o la razón de mi sacerdocio no se puede separar de la finalidad y entrega del mismo: por Dios y para Dios.
La finalidad está ya en el origen de mi vocación: la voluntad de Dios. Quiero hacer realidad esa voluntad de Dios sobre mi persona: la entrega, el servicio al Evangelio dándome sin reservas a los demás. Muchas personas desean, esperan impacientes la noticia de que existe ALGUIEN que les quiere, que les ama y cuida incluso sin que ellos lo sepan. La felicidad que da la fe hay que comunicarla. En este tiempo concreto que vivimos, descubro cada día que las personas siguen buscando a Alguien que dé sentido a sus vidas, que llene lo que está vacio... El interrogante se encuentra en si nosotros estamos dando lo que se nos pide, en si ofrecemos medios concretos y suficientes que nos lleven a un Dios cercano, al Jesucristo del Evangelio. Desde aquí veo que el testimonio dado con la vida es la más elocuente predicación. Sin este testimonio de vida, tanto nuestra preparación intelectual como nuestras programaciones diocesanas, resultarían vanas ilusiones.
Ahora ya no "sueño" mi ministerio presbiteral, hace 5 años tal vez sí. Y digo que ahora no "sueño" porque pienso que el Espíritu no consagra sobre ficciones sacerdotales, sino que consagra desde lo que vivo, desde mi propia realidad. La gracia del Sacramento se va desgranando, va saliendo a la luz en cuanto vivo como pastor de la comunidad y de las personas concretas que mi Obispo (la Iglesia) me ha asignado, en cuanto existo y vivo por ella; si por ella rezo, estudio, trabajo, me sacrifico.
El sacerdote debe dar vida a las muchas situaciones y ambientes en que se encuentra o en las que desempeña su ministerio. En todo ello teniendo siempre en cuenta que de nada sirve el "hacer" si falta el "estar con Cristo". La gente no pide imposibles ni "personas perfectas", sino hombres llenos de Dios y con ganas de trabajar y hacer el bien.4.- Texto (bíblico) como lema de mi vida. "Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir" (Jer 20,7).
Siempre me gustó y atrajo la historia y vocación de Jeremías. Hay que observar la historia misma: el profeta se fía de Dios, se desanima y lo intenta olvidar ante las dificultades; vuelve a Dios, le da de nuevo la espalda y lo rechaza. Es un "me fío, pero no me arriesgo demasiado y no me entrego totalmente". Siempre así, hasta que la seducción de Dios puede más que cualquier problema o contrariedad de la vida.
Me identifico en esta historia del profeta y en esa lucha interior.
