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ACOGER A LOS JÓVENES EN NUESTRAS COMUNIDADES MONÁSTICAS

Mikaël Takahashi O.S.B.

 

"Un hecho es más fuerte que un lord-mayor", dicen los ingleses. Comencemos, pues, por una comprobación: los candidatos y candidatas no se presentan a las puertas de los monasterios de habla francesa, en Bélgica. Y del pequeño número que se presentan, pocos atraviesan la puerta de entrada, y menos todavía son los que perseveran allí; uno de cada diez, en el mejor de los casos, uno incluso dos de cada tres.
¿Cómo aparecen estas "raras aves"? Groso modo podemos decir que tienen entre veinticinco y treinta años, quizás más, y provienen de medios muy diferentes. En estos tiempos en que las distancias más largas se franquean en menos de veinte horas, no nos debe asombrar que las vocaciones de América latina o Asia vengan a desarrollarse entre nosotros. Esto me recuerda precisamente el caso de una americana que ha descubierto un monasterio alemán donde ha ingresado a través de Internet; el futuro nos reserva probablemente más sorpresas todavía en este campo. Su pasado está marcado de una manera muy diversa, a veces penosamente: religiosos/as de vida apostólica, viudos/as, divorciados...
En este contexto, la vida en un noviciado no puede ser fácil. Un extranjero permanece siempre como extranjero, en algunas cosas. Las diferencias de cultura, de educación, de experiencias de vida pueden aportar un enriquecimiento, pero pueden también hacer aparecer unos desfases difíciles de superar. A nivel de formación, los problemas están ahí; los más jóvenes difícilmente pueden seguir todos los cursos con los ancianos y todos deben, sin embargo, ser iniciados a la vida monástica, que es una vida cenobítica, comunitaria. La consigna de S. Juan (1Jn 4, 1) que san Benito retoma en el capítulo 58 de su Regla, requiere actualmente una mayor atención todavía. "Probad los espíritus para discernir si provienen de Dios". Y por otra parte, no se puede perder de vista lo que, en su Prólogo, el Padre de los monjes de Occidente se dirige a "cualquiera que tú seas".
Un punto importante, sin duda, , tan importante como el de la formación de los novicios y de sus relaciones entre sí, es el de la relación entre la comunidad y los hermanos y hermanas más jóvenes. Es evidente que para los jóvenes, la dificultad es más grande al entrar en una comunidad envejecida, que para esta comunidad acoger a uno o dos jóvenes de otras culturas y mentalidades. En general, los ancianos y los más jóvenes se llevan bien; hay una cierta connivencia entre ellos. Los problemas pueden surgir del lado de aquellos que llamamos habitualmente "la edad media" y que, después advertimos que no son completamente de una edad media...Estos monjes, varones y mujeres, todavía en plena actividad, asumen uno u otro cargo; tienen los ojos puestos en los novicios o en los jóvenes profesos y, como son poco numerosos, no pasa nada, los consideran como unos ignorantes o no gran cosa, aun cuando algunos novicios han ejercido, a veces, importantes responsabilidades antes de su ingreso en el monasterio. Esta relación entre la "edad media" y los últimos llegados se puede anquilosar si no llegan nuevas vocaciones que modifiquen esta situación.
Pero también puede suceder que la comunidad desee confiar responsabilidades comunitarias a los jóvenes profesos; lo cual lleva sus riesgos.
Una vez más, san Benito tiene una palabra bien clarificadora: "Los jóvenes honren a los ancianos; los ancianos tendrán un afecto especial para con los menores" (RB 63, 10)
La vida cristiana, y en consecuencia la vida monástica, es acogida mutua; debe haber, pues, intercambio de una parte y de otra.

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 Los jóvenes pueden tener ideas, reflexiones y experiencias que aportar a la comunidad. La Regla (c. 61) invita al Abad a que examine con prudencia las opiniones y las amonestaciones de monjes extranjeros que pasen por el monasterio. ¿Quién sabe si la comunidad no podría encontrar allí una orientación si sabe reaccionar a las propuestas o proposiciones de los jóvenes?
Los contactos con las religiones orientales, en las que los laicos pueden vivir la vida monástica por un tiempo que establecen ellos mismos, han vuelto a plantear de nuevo la cuestión del compromiso temporal; uno escucha a veces el término de monaquismo temporal, lo cual no tiene mucho sentido. Me parece que entre nosotros no se ha avanzado mucho acerca de este tema. En la práctica, crearía muchos problemas. Los candidatos "temporales" ¿ no harían más difícil la perseverancia de los otros? Se podría considerar el formar aparte a estos candidatos, asegurándoles un maestro de formación para ellos solos; pero entonces, ¡qué inversión para las comunidades que actualmente disponen de pocos efectivos!
Sin embargo, podría ser un servicio válido, en la Iglesia, para aquellos jóvenes que al final de sus estudios, buscan dar un sentido a su vida distinto del éxito profesional y la eficacia. Una temporada de cierta duración en un monasterio les permitiría profundizar en la propia fe, en el contacto con el Evangelio, descubrir que una vida pobre y obediente quizás sea una fuente de libertad interior. Para los cristianos de las jóvenes iglesias donde no existen largas tradiciones monásticas cristianas, como en Occidente, esta apertura de las comunidades podría ser una experiencia enriquecedora, sin que por ello se impusiera a los candidatos un compromiso de por vida.
La dificultad para resolver los problemas actuales es una llamada a una lúcida revisión de la vida. Ciertamente, la vida monástica en Bélgica de habla francesa está enfrentada a una situación nada envidiable. Pero "¿quién nos separará del amor de Cristo?". Que sea de verdad en Él donde se funde nuestra esperanza.