—¿Qué hace una malabarista saltimbanqui
en la sesión inaugural de la
experiencia «Volver a Creer»?
—Pues mostrar que cualquier persona,
venga de donde venga, o sea como sea,
con piercings y rastas o sin ellos, puede
emprender la aventura de acercarse a
Dios y mantener con Él una relación de
amistad. Con este pequeño espectáculo
inicial, que compartiré con una bailarina
de danza oriental y un sacerdote cantautor,
queremos mostrar que la fe no excluye
la modernidad y que se puede vivir
en un clima desenfadado y tranquilo,
sin estridencias ni fundamentalismos,
en medio del mundo de hoy. La idea es
transmitir que todo el mundo, desde la
gran diversidad que ofrece la sociedad
actual, puede emprender el camino de
la fe. Desde la experiencia «Volver a
Creer» queremos atraer a la gente, especialmente
a la que se ha alejado de la fe o
a la que nunca ha tenido, e invitarla a
conocer de cerca a Jesús y descubrir los
tesoros, a menudo escondidos, de la fe
cristiana.
—¿Pero eres realmente malabarista
profesional?
—No, no... [ríe]..., ¡qué va! En mi
juventud, muy alocada por cierto, hice de
malabarista como forma de divertirme
en la calle con mis amigos. Con la puesta
en marcha de esta nueva edición de «Volver
a Creer» pensamos que podía ser
interesante rescatar esta afición para dar
un mayor atractivo a la propuesta. No deja
de ser, por tanto, un modo de atraer a la
gente y mostrar que el cristianismo no está
reñido con la diversión y la alegría...
—¿Qué te ha llevado a participar
activamente en el equipo organizador
del «Volver a Creer»?
—El motivo principal es que yo misma
he vivido en primera persona los beneficios
de esta propuesta. Hace cuatro años,
después de haberme alejado de la Iglesia
y de Dios, una persona me habló de la
experiencia de «Volver a Creer» que
tenía lugar en la parroquia de San Ramón
de Penyafort. En aquellos momentos yo
estaba a la búsqueda de una propuesta
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Fui a Taizé y aquello me impresionó.
Comenzaba a desear con fuerza
tener fe y rezaba a menudo diciendo:
«¡Dios, si existes, yo te quiero conocer!»
En este contexto y con esta actitud llegué
al «Volver a Creer», que me ofreció un
método y una comunidad para mi búsqueda.
A través de esta experiencia di los
primeros pasos en la oración, en la relación
personal con Dios y comencé a
aprender a vivir su presencia en mi vida
de cada día. El cristianismo se convirtió,
no en una serie de obligaciones, sino en
una relación personal. Ahora conozco a
Jesús un poco más, le amo y le intento
seguir. Puedo decir que en este camino
me siento acompañada por el Espíritu
Santo. Saber que Dios me ama me da
alegría interior, sentimientos de agradecimiento
y confianza.
—¿Hay un antes y un después de
esta experiencia?
—No exactamente, porque forma parte
de un proceso, aunque sí se ha producido
un cierto cambio de concepción de
vida. Con todo, no puedo decir que mi vida
sea ahora completamente feliz y sin sufrimiento,
pero sí puedo afirmar que comienza
a tener un sentido, un fondo que le da
un carácter mucho más pleno. ¡La fe lo
cambia todo! Tengo aún muy poca fe y
me cuesta sentir depende qué cosas y
no poder decir mi opinión, pero me
siento amada por Dios y creo que lo
más importante es la relación con Él.
Al mismo tiempo la experiencia de
«Volver a Creer» me ha ofrecido la posibilidad
de compartir esta aventura interior
con otras personas. Se ha creado una
pequeña comunidad que nos ayuda a
crecer en la fe y a enriquecernos mutuamente.
Me he dado cuenta de que la fe en
solitario no lleva a ninguna parte y que
son necesarios los hermanos para caminar
juntos.
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