Rezar en la aldea global
Once vocaciones de fes distintas explican cómo compaginan la vida diaria con la espiritualidad
La fe mueve montañas. Si no, que se lo pregunten al barcelonés Enric Andreu. Él encontraba que su compañera de colegio Sara era una chica excesivamente estrafalaria y con un look incluso agresivo. Exactamente lo contrario que ella opinaba de él, a quien veía como a un chico demasiado serio y pijo. El azar hizo que una noche él la acompañara a casa y, como tantas parejas ante un portal, iniciaran una de esas largas conversaciones que muchas veces, en lugar de convertirse en una fugaz despedida, marcan el inicio de una relación. El tono de la conversación distó mucho de aquello de "te subes a ver unos vídeos y, si no te gustan, te vistes y te vas". Hablaron de su fe y sobre cómo ambos, diseñadores de oficio, sentían un vacío al no haber hallado la mejor manera de servir a Dios.
La conversación no sólo limó los prejuicios que durante años les habían distanciado sino que acabó en boda, en abandono de su carrera profesional y su dedicación exclusiva a una nueva tarea que llena sus vidas y también la de su bebé Henoc: son misioneros cristianos evangélicos y dedican toda su energía al trabajo con jóvenes, para que éstos crezcan y acaben de formar su carácter teniendo presente la palabra de Dios y sus enseñanzas. "Somos muy felices - aseguran- porque hemos conseguido que nuestra vida tenga todo el sentido a través de servir a Dios, porque podemos estar todo el día juntos haciendo lo que habíamos soñado poder hacer". Jóvenes, habiendo abandonado el trabajo y con un bebé de pocos meses, uno podría preguntarse de qué viven. "De donativos, de la caridad de personas que quieren apoyar nuestra labor... y conseguimos llegar a final de mes".
Su quehacer diario consiste en organizar actividades para llenar "lejos de los vicios" el tiempo de ocio de un número variable de jóvenes a quienes, desde la proximidad de la edad y a través de su experiencia de vida, dan apoyo y consejo cuando se sienten desorientados. Las actividades pueden consistir en citarse para tomar algo en una cafetería, un concurso de playstation o quedar en la playa para jugar a voleibol. Las convocatorias las hacen por teléfono, correo electrónico o móvil. "El curso acaba de empezar y, la verdad, estamos un poco decepcionados porque somos menos de los que pensábamos", explica Enric Andreu, en la playa de Castelldefels, al lado de un grupo formado por una treintena de jóvenes.
Su jornada incluye la lectura reposada de la Biblia, de otros textos afines, la meditación sobre los mismos, el rezo y la organización de actividades para jóvenes. Se podría decir que, con algunos detalles, no dista mucho de la del rabino Gabriel Mazer quien, recién llegado de EE.UU., asiste espiritualmente a la comunidad judía Atid de Catalunya, un movimiento renovado en el judaísmo, considerado abierto y progresista.
Para ser rabino hay que pasar un proceso de formación largo y exigente desde el punto de vista académico y, además de los textos sagrados, el rabino dedica muchas horas a la lectura y análisis de textos filosóficos y cabalísticos. Las actividades para jóvenes también son una parte fundamental de su actividad, puesto que en su formación interviene, entre otras cosas, la enseñanza del hebreo y su intensa preparación para poder ser miembros activos de la comunidad. Como rabino, dirige las celebraciones religiosas.
La parte más dura del oficio, para Mazer, es confortar a las personas que están pasando un mal momento, a las que han vivido una tragedia personal, a las que se preguntan cómo Dios ha permitido que les sucediera eso. Con palabras idénticas, e incluso con la misma cara de contrariada resignación, se expresa mosén Manel Valls, rector de la parroquia de Sant Vicenç de Sarrià y oficiante en el programa del circuito catalán de TVE La missa,que dirige desde hace quince años: "No puedo acostumbrarme a la muerte, a ver morir a la gente en mis brazos, al sufrimiento ajeno. No hace mucho, supe que un chico había muerto en un accidente y decidí visitar a sus padres quienes, de entrada, se sintieron incómodos con mi presencia; el padre me dijo que los funerales no se iban a celebrar en mi parroquia porque ya habían decidido que tuvieran lugar en el colegio del chico. Tuve que cogerle por el cuello de la chaqueta para detenerle y poderle decir que yo no era un funcionario de la funeraria, que estaba ahí porque la muerte del chico, con quien había cruzado unas pocas palabras días antes en el ascensor al ir a visitar a un vecino enfermo, me había descompuesto y quería compartir el sufrimiento de la familia".
Sufrimiento: una palabra clave en el proceso de la gente de fe. Sufrimiento y convivencia con el mismo. Tina Parayre, jefa del servicio de voluntarios del Hospital de Sant Joan de Déu de Esplugues de Llobregat, tiene una larga experiencia de convivencia con el dolor, pues son muchos ya sus años de dedicación a las labores de apoyo a los enfermos y sus familiares en varios centros médicos. "Yo tenía esa fe que se aprende de pequeña sentada en la falda de una madre creyente. Es un tipo de fe sobre la que no te formulas preguntas. Pero cuando empecé a trabajar en el Hospital de Sant Joan de Déu y vi a los hermanos me cambió la vida. Eran, son, unos chicos jóvenes y guapos, que habían renunciado a formar una familia para vivir en comunidad, habían optado por vivir permanentemente en el centro del sufrimiento - hospitales, centros de acogida, terminales- y siempre mantenían una sonrisa en los labios: me dije que ahí había gato encerrado."
Vacaciones en el convento "Jesús dijo que quien busca encuentra. Yyo busqué y encontré una respuesta a ese misterio", explica Tina Parayre, quien acabó vinculada para siempre a la orden del Císter de una forma curiosa: "Una amiga me llevó a pasar unos días tranquilos de vacaciones a un convento cercano a Burgos. Pensé que era un sitio bonito y agradable, sin más. Pero al volver a Barcelona no podía sacarme de la cabeza el dichoso convento ni a las monjas que vivían en él. Me preguntaba con preocupación qué me estaba pasando. Hasta que con ocasión del noveno centenario de la orden del Císter, el entonces Papa Juan Pablo II pidió a la orden que se abriera y diera opción a los laicos para trabajar a su lado. No sé por qué, las monjas me llamaron y me dijeron que me comprara la regla de san Benito. La leí y, al poco, hice mis votos como oblata misionera. Mi casa está en el convento, mi misión junto a mi familia y mi trabajo".
Los compromisos con la fe no son cosa para tomarse a la ligera. Dicen que a quien madruga Dios le ayuda. Y menudos madrugones. Montserrat Falguera, monja budista del monasterio Sakia Tashi Ling, en el macizo del Garraf, inicia su jornada con rezo y meditación a las 5 de la mañana. Es la misma hora a la que se inicia la primera oración y lectura diaria de dos capítulos del Corán para Jamal El Attouaki, coordinador del Centro Cultural Islámico. La diferencia es que Jamal, al terminar, vuelve a dormir un rato, si puede, sobre las 6, a la hora que se levantan para sus primeros rezos el capuchino Joan Botam, junto al resto de frailes del convento franciscano de Sarrià, Tina Parayre, que llega a las 7 al hospital para los primeros rezos en comunidad y posterior celebración eucarística, mosén Manel Valls, que prepara con esta meditación matinal la misa que oficia a las siete y media... La gente de fe madruga y sorprende al lego la cantidad de personas que participan de oficios religiosos y rezos a diario antes de acudir al trabajo.
Y el que no madruga, trasnocha. El padre Rewel, rector de la parroquia personal de la comunidad filipina en Cataluña, trabaja fundamentalmente desde las cinco de la tarde hasta las tantas, cuando terminan las interminables reuniones con los responsables de las variadas actividades que desarrolla este colectivo de más de 15.000 personas. "Dedico las mañanas a rezar, a meditar, y a intentar poner orden en la gran cantidad de papeleo que generan las reuniones, en gran parte derivados de problemas para regularizar la documentación de muchos miembros de la comunidad. En Barcelona no hay una representación diplomática filipina plena, con lo cual se agudizan los problemas. Yo estuve hace unos años en Barcelona, y me encantó la Rambla y pasear. ¡Es tan diferente, ahora, vivirla sintiendo la diferencia entre ser turista o inmigrante!".
Profesen la fe que profesen, todos están convencidos que ésta les beneficia a si mismos y a los demás. Tanto Tina Parayre como Montserrat Falguera sostienen que la gente se acerca a la fe y al servicio a los demás, a menudo, porque les hace sentirse bien o les ayuda a sobrellevar una crisis. "Aunque pueda parecer egoísta, no se puede decir que sea un mal principio el aliviarse a sí mismo a través de la entrega a los demás", explica Parayre, a lo que, de forma coincidente, Falguera apostilla: "Para mantenerse en una vía espiritual hay que dar un paso más, un paso que a veces parece que sea hacia el vacío, con un compromiso de vida que va mucho más allá del sanarse a sí mismo".
Hay una serenidad compartida entre las personas con fe. Tienen todos ellos en sus rutinas diarias horas para la introspección: "Hay un tiempo para dormir, uno para trabajar, para comer, para digerir y, claro está, también un tiempo para la oración y la meditación", sentencia Jamal. Más allá de cuestiones metafísicas, algún efecto debe tener en estas personas el acometer sus labores tras haberse mentalizado sobre la necesidad de que éstas se rijan por una actitud de bondad y servicio.
En lo metafísico es donde hay más disensiones. La familia Camps reza junta a diario y Josep, el padre, contempla desde su coche a diario "lo que Dios nos da y me llena de alegría", sea sol o tormenta. Espera un juicio final e intenta junto a los suyos saber cómo es y qué quiere el Creador. Mosén Leandre, que considera que todos sus actos son oración, dedica muchas horas al estudio de su formidable colección de Biblias, y se exclama cuando hay quienes creen que Dios les ha fallado: "El problema es que hay quien se hace una imagen, una foto fija de Dios, se crea unas expectativas determinadas que luego se ven frustradas. Yo a esta gente les pregunto: ¿y a ti quién te a dicho que Dios es así?".
A otros varios, ni siquiera les importa que su forma de actuar sea vista únicamente como una praxis de vida despojada de elementos sobrenaturales: "Religión, filosofía, forma de vida... seguro que lo que hago aquí se puede hacer desde otra parte, con resultados similares" dice uno de los entrevistados. ¿Cuál es, pues, la diferencia entre una religión y una ONG, donde mucha gente se acerca también con una clara vocación de servicio? "El formar parte de una tradición", afirma Montserrat Falguera. Ese "paso más", el compromiso, está en la continuidad y en el traspaso de una tradición de una generación a otra, modificándola en algunos aspectos, pero manteniendo siempre elementos que muestren dónde están las raíces. Como las pinturas de escuela bizantina de Neculai Saftiu, regidas por cánones inmutables, desde hace siglos, con una técnica en la que no se pueden cometer errores so pena de tener que empezar de cero.
(Escrito por Albert de la Torre en La Vanguardia, 06/11/2005)
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