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Experiencia comunitaria: cinco Congregaciones religiosas hacen comunidad juntas
Un grupo de monjas francesas han decidido instalar en Rennes una comunidad ciertamente original, formada con hermanas de diferentes congregaciones. Este proyecto es también una experiencia que busca nuevas formas de vida en común.
« Nos dicen que lo que hacemos aquí es una solución de futuro. No sé si podemos decir eso. Estamos en el presente, respondemos a lo que se nos pide hoy y ya eso es una bella experiencia que merece la pena. » Ann, 38 años, de la congregación Hijas del Espíritu Santo, reparte su tiempo entre la pastoral juvenil, el servicio vocacional diocesano en Rennes y un segundo ciclo de teología en París.
Con otras cuatro monjas, se instaló en septiembre de 2006 en una casa del centro de Rennes para vivir la experiencia de una comunidad intercongregacional, resultado de un proyecto detenidamente reflexionado por las responsables institucionales y por monjas jóvenes que se plantean la vida consagrada del mañana (La Croix del 27 de febrero de 2006).
¿Cómo reaccionar ante el envejecimiento que experimentan sus comunidades y la disminución de las vocaciones y cómo favorecer la puesta en marcha de un trabajo en común? « No vivimos esto como un repliegue, dicen todas a una voz, sino como una manera de reaccionar y responder a las urgencias y a los desafíos que nos plantea la sociedad, sin hacer desaparecer por supuesto la espiritualidad y la identidad de nuestras congregaciones. Trabajamos juntas porque hay mucho que hacer. Se trata de reflexionar bien sobre nuestro compromiso en la Iglesia e imaginar lo que debemos recrear. »
Misión comunitaria
Consejera en economía social y familiar en un centro de acogida para peticiones de asilo de Ille-et-Vilaine, es también miembro del centro de monjas jóvenes de esta región francesa y acompaña a una muchacha de 17 años que se prepara para el bautismo. « El corazón de todo esto es nuestra misión comunitaria », resume la hermana Ann.
El interés y la riqueza de esta nueva comunidad residen también en el trayecto personal de cada monja y en el encuentro intergeneracional. Jeannette, 72 años, Hija del Espíritu Santo, fue profesora en un instituto profesional de Landivisiau (Finistère) antes de irse ocho años a Camerún para fundar un centro de formación para la promoción de la mujer.
Desde su vuelta a Bretaña (Francia), ella es el punto de enlace entre su congregación y las misiones africanas. « Las hermanas Blancas, que están en África, tienen centros en Francia que les permiten financiar y mantener sus misiones de laicos. Mi trabajo consiste en ayudar a las hermanas africanas a hacerse autónomas para financiar sus proyectos en lo que concierne a la salud y a la educación. »
"Enviadas juntas"
« Cuando existe un compromiso en actividades de servicios gratuitos, decidimos juntas la misión y el compromiso. Esto forma parte de nuestra misión común, explica la hermana Marie Antoinette, de 64 años, monja del Sagrado Corazón de Jesús, profesora. Si nuestra respuesta es un sí, cada una de nosotras nos comprometemos con todas. »
Su vida en comunidad es todo lo contrario de una simple convivencia o de una yuxtaposición de compromisos apostólicos. El texto de su misión, redactado en común con las responsables institucionales, expresa claramente el sentido de su comunidad: « Ustedes son enviadas juntas para vivir de Cristo alimentándose de la riqueza de los diferentes carismas de sus congregaciones. Están llamadas a edificar una comunidad fraterna. Tomarán parte, como comunidad, de la misión de la Iglesia al lado de los jóvenes. Serán atentas y creativas. Sus compromisos profesionales y asociativos serán también el lugar de su misión comunitaria. »
La línea de conducta está pues claramente definida y hace de esta comunidad "intercongregacional" un lugar verdadero de vida. Los horarios recargados y las agendas a veces difíciles de conciliar no irán en detrimiento de los tiempos de vida de comunidad , de la comida y de la oración de cada día. « Nuestras diferencias son una riqueza, subraya la hermana Jeannette. Esta vida en común nos obliga a una cierta humildad, a una gran sencillez y a una gran verdad. No nos importa el aparecer sino el ser. »
La alegría como signo
¿Cómo pues, perteneciendo a congregaciones distintas y teniendo un trayecto particular de vida, consiguen reencontrarse en el seno de la misma comunidad? La alegría que emana de esta asamblea reunida alrededor de la mesa del comedor, la vivacidad de los intercambios y sobre todo la impresión que ellas tienen de que todas comparten por igual el éxito de su proyecto, es un gran signo.
« Vivir intercongregacionalmente nos obliga a volver todavía más a nuestra propia congregación, tal vez para suplir la falta del lazo que supone el alejamiento, dice la hermana Chrystelle. Pasamos todas un fin de semana al trimestre en el seno de cada uno de nuestros institutos. »
Todo esto sirve, dice la hermana Gaëlle, para ir a lo esencial en cada una de las congregaciones y dejar lo superfluo. Las cinco muestran el enriquecimiento de lo que ellas viven.
« La comunidad, está convencida la hermana Ann, se reúne en nombre de Cristo. Se alimenta de nuestras diferencias humanas y espirituales. Yo entro en la oración y en la palabra de Dios gracias a lo que me aportan las otras, y es lo que va a moverme interiormente y a hacerme vivir mi misión de otro modo. Es en esto en lo que realmente hay una fundación: unas piedras se ponen junto a las otras. Y aquí la oración se hace evangelio compartido »
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Jean-Luc POUSSIER, à Rennes
(La Croix 09.01.2008) |
(Traducción del francés de F. Lansac)
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