— Pero, señor, hace bastante tiempo que la aventura ha terminado y que, recobrada la razón, mi amo descansa, en paz, en su aldea de La Mancha, después de tantas y tan arriesgadas contiendas.
— Tonterías, amigo Sancho y fiel escudero, un valeroso caballero como yo no puede estar en sosiego, jamás. Si hemos dejado el campo de batalla ha sido por obra de esos malditos encantadores que, con su hechicería, nos han hecho dormir más de la cuenta. No te olvides, Sancho, que la bruja utilizó magia negra para convertir al príncipe en sapo. ¿O es que tu mamá, cuando aún eras un chiquillo, no te narraba los cuentos de encantamiento?
— Sí, por supuesto que sí, señor. Por eso les tengo tanto odio a esos malhechores.
Y sin poder contenerse:
— ¡Oh encantadores aciagos y mal intencionados, y quién os viera a todos ensartados por las agallas, como sardinas en lercha!
— No me atajes, Sancho, con tan largos parlamentos. Cuando un noble de mi alcurnia habla, los demás deben callarse. ¿O acaso te has olvidado que pertenezco a una familia de ilustre prosapia y rancio abolengo?
Y prosiguiendo:
— ¿No te das cuenta de que el mundo se ha vuelto loco otra vez?
Y pensaba para sus adentros: (¿o es que alguna vez ha sido cuerdo?).
— Por eso es menester salvarlo del inminente derrumbe a que se halla expuesto.
— Pero, señor, los tiempos han cambiado. Ya nadie cree en el ideal caballeresco. Y si nuestras figuras y atuendos ya eran ridículos antaño, ¿cómo no serán hogaño?
— Los tiempos cambian, sí, es verdad. Pero los hombres siguen siendo siempre iguales o, quizá, peores. Y volviéndose al escudero:
— Date prisa, Sancho. Ensilla a tu rucio y salgamos por el mundo que difíciles empresas requieren mi decisión y esfuerzo.
— Y blandiendo la espada, por poco no cercenó las largas orejas tiesas del pollino de Sancho que, asustado, se encabritó y desapareció en un santiamén, por entre el matorral, rebuznando y dando corcovos.
— Pobre amo – murmuró el escudero – su quijotería le lleva a defender siempre causas perdidas.
— ¿Qué estás cuchicheando, Sancho?
— ¡Nada, nada, señor! Se me pasó por la cabeza cuán atemorizados se quedarán los maleantes ante la invencible fuerza del audaz caballero don Quijote, honra y prez de la andante caballería. Aquel para quien están guardados los peligros y los osados hechos. Cuando mi valeroso señor saca por los injusticiados su espada, todos esos valentones corren, desbandados como sabandijas a su agujero.
— Así me gusta oírte, amigo Sancho, por ser propio de las ánimas bondadosas reconocer la majestad de los que han nacido para gloriosas hazañas.
Y, habiendo picado con las espuelas a su Rocinante, éste se puso a correr haciendo rechinar su estropeada armadura como gozne de orín.
No se habían distanciado mucho cuando una manada de jabalíes enloquecidos por el hambre saltó sobre nuestros personajes, amenazándoles con los vigorosos colmillos que les sobresalían de la boca. Asustado, Rocinante alzó las patas delanteras derribando al suelo a don Quijote que, caído en un charco, con la lanza en ristre, llamaba por Sancho que se había trepado a un árbol, mientras el rucio coceaba defendiéndose de sus agresores. El relincho del caballo y el rebuzno del asno atronaban el aire con tal barahúnda que hizo huir, a la desbandada, a los despavoridos cerdos salvajes que se habían ido por lana y salían trasquilados.
Con mucho esfuerzo Sancho consiguió erguir a su amo que, tapándose las narices por la tufarada, le pregunta:
— ¿Qué has hecho, Sancho?
— Perdón, señor, pero el miedo que me dieron esos malditos jabalís me hicieron soltar los intestinos.
— Apártate de mí tus posaderas malolientes y vete a limpiarte que estás hecho una mofeta apestando el aire.
Y mohíno:
— ¡Cómo si no bastara tanta adversidad me toca aun soportar a ese cagueta!
Agachándose para coger el yelmo que su chifladura creía ser el de Mambrino, pero que en realidad no era más que una bacía de barbero pintiparada, se la puso en la cabeza y, limpiándose el fango de la armadura, prosiguió su marcha con la frente enhiesta, mas el espíritu alicaído por los contratiempos y flechazos que la mala fortuna, de continuo, le asestaba.
¿Qué otras aventuras no le sucederán a ese empecinado soñador e idealista para quién sólo lo imposible es digno de ser soñado?
Dejemos que la Historia lo consigne en sus páginas, mientras nosotros, pobres mortales, incapaces de alzar el vuelo como él a la más alta cumbre, arrastramos, por el suelo, los fracasos y miserias de los que no han sabido soñar al contemplar la gran pobreza humana redimida de sus bajos egoísmos por la santa locura de los ideales y de los sueños de belleza y de bondad inaccesibles.
Prosiguiendo su camino, allí van, en sendas monturas, don Quijote y su fiel escudero Sancho, porque en el mundo hogaño, tal como en el de antaño, hay muchos agravios que deshacer y muchísimos entuertos que enderezar