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Las vocaciones: «instrumentos de la ‘orquesta’ de Dios»

El año pasado me tocó celebrar la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones en el Centro de Orientación Vocacional (COV) de Córdoba (Argentina). Al terminar la eucaristía pude escuchar de lejos el diálogo entre dos jóvenes.

-¡Sugerente imagen!

-Y muy apropiada para explicar el sentido de esta jornada de oración.

-Formar una gran y única «orquesta», sigue siendo el sueño de Dios.

-¡Nunca se me habría ocurrido!

-Dios en su «orquesta» cuenta ya con ‘director’ (Jesucristo) y ‘partitura’ (la Palabra de Dios). El gran desafío es integrar en ella a todos los instrumentos.

-¡No entiendo!

-Está clarísimo. En la «orquesta de Dios» los instrumentos son las propias personas, agrupadas igualmente en tres grandes familias. La familia de l@s laic@s, la de l@s consagrad@s y la de los ministros ordenados. Cada persona, como si de un instrumento se tratara, tiene un timbre característico (vocación) que nos permite adivinar de qué instrumento se trata y a qué  familia pertenece.

 -¡Y qué bien suenan todos juntos!

-Sin duda. Dios ha adornado a cada persona con abundantes gracias y cualidades; les ha invitado a formar parte de su «orquesta»; les ha proporcionado las mediaciones adecuadas para que puedan descubrir su timbre característico; les ha ayudado a cultivar y desarrollar su propia singularidad; pero, sobre todo, les ha hecho descubrir su complementariedad personal y familiar:

la familia de l@s laic@s, colocada en el corazón del mundo, llevan a cabo su tarea evangelizadora a través del ámbito familiar, laboral, cultural, económico, político, social…  Tratan de integrar la fe y la vida.

la familia de l@s consagrad@s, llamada a ser parábola del Reino, signo de que Dios es el único absoluto, tratan de vivir en el día a día su seguimiento radical al Señor en pobreza, castidad y obediencia.

la familia de los ministros ordenados (obispos, sacerdotes y diáconos), identificada con Cristo buen Pastor ¾que no vino a ser servido sino a servir, que partió el pan y se dejó partir entregando su vida por nosotros, que estuvo al lado de los más débiles y necesitados¾ convoca, vertebra y preside la comunidad cristiana.

-Y ¿no es fácil equivocarse de familia?

Aquí se interrumpió la conversación. Otros compañeros del grupo reclamaron su atención y se marcharon con ellos.

Me quedé pensativo imaginándome cómo la hubieran concluido.

-Dios, que se las sabe todas, es bien consciente de que muchos hombres y mujeres pueden despistarse o desorientarse, por eso ha llamado y dotado de una fina sensibilidad a personas e instituciones para que, en cada tiempo y cultura, puedan ayudarles a despertar, acompañar, discernir, formar y sostener su propia vocación.

-¡Hermosa, aunque ardua y delicada, tarea!

-No siempre resulta fácil conseguir que cada uno descubra y escuche la música que resuena en su interior. Más difícil todavía es que la comparta con los demás.

-Lo que resulta evidente es que ya no tenemos coartada ni podemos seguir lamentándonos por más tiempo...

-Efectivamente. Dios sigue llamando a cada uno por su nombre y le ha dotado con la gracia necesaria para que sea testigo de su Reino en el corazón del mundo. A cada quien le toca descubrir y decidir ahora «desde dónde» desea compartir (‘poner al común’) lo mejor de sí mismo… La alegría y la paz interior serán el mejor signo de autenticidad. La plenitud de sentido y de vida, su fruto más preciado.

-¡Cómo no alzar, una vez más, nuestra voz agradecida al Señor por las mediaciones humanas que ha puesto en nuestro camino para escrutar y discernir la voluntad de Dios (vocación)! ¡Cómo no reconocer y valorar la tarea oculta y callada de tantos «viveros» (hogares, comunidades cristianas, centros educativos, grupos, movimientos…) donde crecen y maduran las vocaciones (laicales, religiosas y especialmente las vocaciones al ministerio ordenado)!

- ¡Cómo no empeñarnos en hacer de cada grupo eclesial una verdadera comunidad de llamados que llaman y acompañan, a su vez, a otros llamados…! ¡Cómo no integrar la dimensión vocacional en cada comunidad y colorear de manera significativa toda la actividad pastoral!

-¡Cómo no seguir pidiéndole al Señor las vocaciones que la humanidad necesita para que se visibilice nítidamente el Reino de Dios!  Recemos fervientemente para que Él nos siga regalando:

Educadores, filósofos, historiadores y artistas (literatos, pintores, músicos, cantantes…) que sepan plasmar y transmitir con belleza una imagen integral del hombre.

Ingenieros y arquitectos que pongan la técnica al servicio de la felicidad de las familias y de las comunidades.

Contables y economistas, administradores y directores de empresas cuyo valor máximo no sea el dinero sino la dignidad de las personas.

Políticos, diplomáticos y militares que busquen la paz y el progreso de todos.

Médicos, bioquímicos, farmacéuticos que colaboren con el Creador conservando la vida y preservando la salud de sus hermanos sin sentido mercantilista.

Hombres y mujeres entregados a los más pobres y marginados: asistentes sociales, auxiliares de la medicina, rehabilitadores que ven en el rostro de los que sufren y en los más necesitados la imagen de Cristo y les proporcionan una mayor dignidad humana.

· Ingenieros agrónomos y técnicos de la industria que sepan planificar y explotar los recursos de la tierra racionalmente y en bien de todos.

· Abogados, jueces y notarios que interpreten correctamente la ley y defiendan la justicia.

· Obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, misioneros y misioneras, laicos y laicas consagradas que, ante la sed de Dios que hoy tiene la humanidad, extiendan la buena noticia a todas las gentes.

· Etcétera.

 La «centralidad de Cristo» como afirma reiteradamente el papa Benedicto XVI es la que permite que fructifiquen todas las demás gracias divinas, se multipliquen todos los carismas y se asegure la valoración correcta del sacerdocio ministerial. El sacerdote, «primer violín» en la orquesta, ayuda a que cada uno «afine» y «armonice» (conjunte) su timbre de voz a la ‘partitura’ que Cristo interpretó. Se trata de una vocación «humanizadora-divinizadora», de servicio, que por su fina sensibilidad de espíritu descubre el carisma con que Dios ha adornado a cada uno, reconoce su propia dignidad personal y favorece su complementariedad.

Concluyo con el testimonio que Mons. Edmundo L. F. Abastoflor ofreció en mayo de 1994 durante el I Congreso continental latino­americano de vocaciones celebrado en Itaicí (Brasil). Al ser consagrado obispo de Potosí (Bolivia) en 1985 se percató enseguida del exiguo número de sacerdotes con que contaba la Diócesis. No se resignó a creer que cualquier intento iba a resultar inútil como le auguraban. Y comenzó a trabajar pacientemente con un puñado de laicos. Les acompañó en su proceso personal hasta que fueron madurando y llegaron a descubrir y valorar su propia vocación cristiana. Lo más sorprendente fue que ellos mismos no sólo acogieron con gratitud su propia vocación sino que se convirtieron en verdaderas mediaciones para la llamada y el acompañamiento vocacional de otros muchos… Nueve años después providencialmente aquella Diócesis se había visto enriquecida con una ingente «patrulla» de cristianos comprometidos y se había multiplicado el número de consagrad@s y de sacerdotes. No se me olvidará jamás ni el aplauso que arrancó del auditorio ni la sabia pedagogía divina que, aplicada adecuadamente, es siempre convergente.

Ángel Javier Pérez Pueyo

Comisión Episcopal de Seminarios