El proyecto
de vida no es otra cosa que una decisión personal por
descubrir mi vocación.
Una buena decisión implica los medios para conseguir
lo que quieres.
El proyecto es creíble por su concreción, es
decir, porque baja a los detalles de la vida ordinaria y, aunque
sea muy sencillo, es operativo.
No vale proyectar para una situación en la que quisieras
estar en el futuro. El proyecto es una decisión en tu
situación actual y por tanto no puedes decidirlo todo
de una vez.
No puede ser definitivo. Hacer un proyecto de vida significa
optar provisionalmente por unos objetivos más o menos
importantes, pero siempre será provisional y mejorable.
No intentar atajar aspectos periféricos, debe referirse
a todo lo que eres, a tu vida con todo lo que implica:
1. Que incluya los distintos aspectos de tu vida y los
desarrolle lo más integralmente posible: los aspectos
humanos, la vida espiritual, los valores morales, la formación
específica, vida eclesial y comunitaria.
2. Que toque el fondo de tu realidad, aquello que más
te preocupa y más te cuesta superar (afrontar mi realidad
con valentía).
Hay dos extremos que van contra el realismo: el optimismo
idealista y el pesimismo. Un proyecto demasiado optimista, tanto
que se desconecta de la realidad, es imposible que se realice.
Las personas pesimistas son incapaces de ver eso que la realidad
tiene de positivo, de bueno, objetivamente. Y como no lo ven,
no pueden explotarlo. Para evitar estos dos extremos:
1. Hacer un análisis de tu situación actual, y
desde allí formular los retos u objetivos que te plantea.
2. No te pongas plazos muy largos (lo despegarías de
la realidad).
3. Tendrás que reformular el proyecto con cierta frecuencia
(un plazo entre un mes y tres meses).
Para que exista proyecto personal tienen que darse algunas
condiciones básicas en la persona que lo hace:
1. Autonomía: Capacidad de tomar la vida en las propias
manos para vivir la aventura de la propia libertad.
2. Autenticidad: Capacidad de adentrarse serenamente en sí
mismo, para avanzar en un proceso de conocimiento y aceptación:
a) conocerse, esto
es, saber quién soy y cómo soy en mis cualidades
y limitaciones y en mis fondos existenciales.
b) reconocerse, esto es, no defenderme ni ocultarme de mí
mismo, sino poderme decir con serena lucidez: ese soy yo.
c) aceptarse, es decir, quererme como soy, incluidas mis limitaciones,
que es como Dios me quiere.
3. Discernimiento:
Apertura al Espíritu, único capaz de iluminar
los fondos del corazón y de lograr el milagro de hacernos
salir de nuestro connatural narcisismo para confiar nuestras
vidas a Dios.
Deberemos cuidar
muy especialmente las mediaciones que nos ayuden a alcanzar
este autoconocimiento. Sin duda, una de las mediaciones más
eficaces para el autoconocimiento es la del acompañante
y la de todas aquellas relaciones interpersonales que se mueven
a estos niveles (grupo de revisión de vida).
1. Para sentirse comprendido: quien quiere conocerse como es
debido tiene que abrirse a un confidente libremente elegido
y merecedor de tal confianza.
2. Para confrontar con alguien que nos ayude a objetivar nuestra
realidad. Una cosa es mirar con intensidad, y otra ver bien.
Podemos hacer todos los días el examen de conciencia,
podemos confiar todos nuestros secretos más íntimos
a las páginas de un diario... y, con todo, podemos seguir
sin conocernos. Con todo ello podríamos, incluso, reforzar
falsas imágenes sobre nosotros mismos.