PRESENCIA DEL OBISPO EN EL SEMINARIO
La presencia del obispo en el seminario es muy importante para los seminaristas. Es a él a quien corresponde una responsabilidad más directamente formativa de acompañar en cierta manera todo el itinerario del candidato, desde el ingreso en el seminario hasta la ordenación de presbítero.
El significado de una presencia asidua del obispo en el acompañamiento a sus candidatos al sacerdocio está unido fundamentalmente a su responsabilidad de construir, desde el seminario, el presbiterio diocesano, como muy bien lo expresan los documentos del Concilio (LG 28; ChrD 28, 11 y 15; PO 7-8).
La presencia del obispo en el itinerario formativo es un signo indispensable y un estímulo para que vaya madurando en los candidatos al sacerdocio el sentido de una profunda pertenencia a la Iglesia particular en la que, en el futuro, deberán realizar su misión y su servicio pastoral. De este modo, el sacerdote se sentirá llamado no a construir “su” parroquia o a formar “su grupo”, sino que se pondrá a disposición de la Iglesia; a preocuparse en comunión con su obispo y con el resto de los hermanos de que la comunión crezca en toda la diócesis, que la Iglesia se manifieste como comunión universal.
Desde este punto de vista, esta presencia tiene sentido también en los seminarios interdiocesanos. En estos, al compartir con sus mismos seminaristas el camino y la vida de la diócesis por parte del obispo, tiene todavía mayor importancia como vínculo de unión con aquella Iglesia particular de la que provienen los jóvenes y en la que son destinados a ser incardinados.
Pero, a fin de que el significado de la presencia del obispo pueda tener también de hecho una incidencia formativa y espiritual para la vida de los candidatos y no sea interpretada de manera puramente burocrática, no hay que entender el “estar” del obispo con sus seminaristas simplemente como tener celebraciones litúrgicas o encuentros comunitarios. Es necesario que se tengan también encuentros personales con cada uno de los candidatos. A través de estos encuentros, el candidato al sacerdocio puede abrirse espontáneamente al propio obispo y puede de ese modo comenzar a experimentar la relación con la autoridad episcopal como la relación del hijo con la figura del padre que sabe, puede y quiere ayudarle a realizar la propia vocación. A través de diálogos sinceros y abiertos la formación espiritual del seminarista puede recibir una gran ayuda para comprender el valor de la autoridad y para interiorizar el significado teológico y espiritual de la institución jerárquica. Y para que el “el presbiterio con el obispo” llegue a ser una familia, es necesario que crezca la franqueza de la relación, pero también la disponibilidad y la posibilidad de ofrecer cualquier sugerencia y servicio.
La obediencia por tanto no debe perder su significado y su aspecto de exigencia, pero no debe ser exigida con una actitud superficial que evita los roces y el proceso de maduración necesaria para construir una comunión auténtica y madura entre el presbítero y su obispo.
Cardenal Z. Grocholewski,
Prefecto de la Congregación para la educación católica
Segundo Encuentro de “nuevos obispos” (Roma 15-24 de septiembre de 2002)
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