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PROYECTO PERSONAL DE VIDA

I

Mario González Jurado

¿Por qué un proyecto personal de vida como herramienta para el proceso de crecimiento en la vida de fe de los/las jóvenes? ¿Para qué un proyecto personal?; ¿qué papel puede jugar dentro de dicho proceso de crecimiento? ¿Cómo se puede plantear esta iniciativa para que sea bien acogida y asumida? ¿Qué actores han de intervenir en la utilización de dicha herramienta? ¿Siempre ha de ser igual la forma de afrontar un proyecto personal de vida?

Alguna de estas preguntas puede formar parte de nuestras inquietudes como agentes de pastoral juvenil. Detrás de nuestro trabajo pastoral siempre está la inquietud de favorecer que cada persona descubra una nueva forma de contemplar y de vivir la existencia, guiada por los valores del Reino. En nuestro propio caminar hemos ido utilizando una serie de mediaciones que nos han ayudado a ello: vivir un proceso de crecimiento en grupo, contar con el testimonio de otros hermanos/as mayores y, entre otros, haber realizado un proyecto personal de vida a través del cual hemos vehiculado nuestro propio crecimiento guiados por el Espíritu.

Si yo he descubierto en mi proceso que la actitud de servicio es fundamental para crecer, éste es mi principal argumento para saber que a los/las chavales/as que acompaño también les será de utilidad. Otra cuestión será la forma y manera de plasmar y de vivir dicha actitud en personas de otra generación y con distinta sensibilidad a la mía. De igual modo ocurre si he descubierto el valor de recurrir a un proyecto personal de vida (en adelante PPV).

Si yo no he trabajado nunca un PPV o lo he hecho con un resultado infructuoso, tal vez sea mejor que me plantee si estoy en una situación idónea para proponérselo a otros, porque “nadie da lo que no tiene”.

En todo caso, que estas líneas que vienen a continuación puedan servir tanto a los que están convencidos como a los dudosos del valor del PPV, para recibir nuevas ideas que alimenten nuestro trabajo pastoral.

1. ¿POR QUÉ UN PPV?

Los seres humanos nos percibimos como seres abiertos, en construcción, por hacer. En suma, somos un proyecto de vida, nos lo planteemos o no de un modo abierto y consciente.

Albergamos en nuestro interior una serie de preguntas existenciales a las que vamos buscando respuesta a lo largo de nuestra vida. El camino de búsqueda de las respuestas a estas grandes preguntas e inquietudes se teje en una serie de etapas, no necesariamente lineales, que requieren de una lectura conjunta para que podamos comprender la trayectoria seguida hasta el momento y la dirección hacia la que apunta para seguir avanzando.

Por otra parte, en nuestra sociedad actual, marcada por el pluralismo de opciones vitales y por la dificultad de encontrar grandes referentes colectivos con los que sentirse plenamente identificados, resulta más precisa que nunca la tarea personal de construir unas convicciones y actitudes propias que ofrezcan un marco de sentido, y de hacerlo acompañados por otras personas que se muevan en una búsqueda común a la nuestra.

Centrándonos en nuestra actividad pastoral, los/las jóvenes que han recibido una invitación de Jesús, “ven y sígueme”, perciben de modo intuitivo que habrá que recorrer un camino para llegar a parecerse a ese modelo de vida que encuentran en Él. Dicha intuición se ve reforzada por la presencia de testigos (catequistas, cristianos de otras comunidades…), que también están en camino y a los que el/la joven puede tomar como referencia más cercana de este proceso vital que conlleva “revestirse de la nueva condición humana”.

Elaborar un PPV y tenerlo como referente de nuestra vida no es la solución para todas estas cuestiones. No es “el” modo de resolver los grandes interrogantes existenciales del ser humano, ni “el” ingrediente esencial en la construcción de la propia identidad ni, por supuesto, “el” modo de transformarse en el hombre o mujer nuevo/a. En mi opinión es algo más modesto, hasta prescindible en determinadas épocas de nuestra vida -al menos como una tarea metódica y explícita- pero desde mi propia experiencia y la de muchos/as otros/as hermanos/as, creo también poder afirmar que se puede convertir en una herramienta de gran valor para avanzar en todos estos órdenes. Y como tal, creo que merece la pena ser conocida y propuesta.

2. ¿Para qué un PPV?

Concretamente, el PPV es una mediación para el crecimiento espiritual de las personas. Este crecimiento se da a través de un proceso -del que hablaremos enseguida- que puede ser vivido de un modo más o menos consciente por la persona que lo experimenta. La apuesta inicial es que cuando se utiliza el PPV, hay más posibilidades de avanzar en dicho proceso y que, por lo tanto, merece la pena que lo intentemos.

2.1. Una visión del proceso de crecimiento espiritual

En todo proceso de crecimiento espiritual –me atrevería a decir que, independientemente de la fe de que se trate- se suelen dar las siguientes etapas:

a.Fase desestructurante (“muerte del hombre/mujer viejo/a”)

Cuando la persona descubre (en nuestro caso) en la persona de Jesús y su causa, el Reino, un valor muy importante para su vida e incluso el más importante, de manera inevitable va viviendo un proceso de contraste entre sus actuales opciones vitales, valores, actitudes y actuaciones y aquellos con los que se quiere asemejar o asumir.

Alguien podría plantear con toda lógica: -Pero este proceso, ¿termina en algún momento como para considerarlo una fase? Porque, al menos en mi caso, después de muchos años intentando ser cristiano, me siento permanentemente en contraste.

Y tendríamos que darle toda la razón. Sin embargo, también es cierto que hay una etapa en la que dicho proceso se da de manera particularmente significativa, en donde el deseo de cambiar y de crecer en la dirección del evangelio resulta muy intenso.

b.Fase de reelaboración y objetivación (“éxodo”)

Tras ese primer gran impulso de la fase anterior, la persona se encuentra en la necesidad de conocer y reflexionar qué ha de hacer para pasar desde lo que “realmente es” a lo que “realmente está llamado a ser”.

Resulta por tanto fundamental conocer con detenimiento la persona de Jesús y su mensaje del Reino para ir adquiriendo un nuevo modo de mirar la realidad en general y la realidad personal. Para adquirir este conocimiento profundo no habrá que desdeñar ninguna mediación posible: la oración, como encuentro personal con ese Dios que habita en nosotros; el estudio de la Biblia y de la teología como ayuda para adquirir una idea más objetiva y razonable de nuestra fe; la experiencia de la fraternidad, como espacio donde construir una parábola del Reino; el compromiso por la justicia y la solidaridad con los pobres y marginados, como expresión del dinamismo espiritual que condujo a Jesús.

Así mismo ayudará enormemente si la persona se embarca en la tarea de un mayor conocimiento de su personalidad: de sus auténticos valores, deseos y necesidades, de sus mecanismos y respuestas defensivos, etc., queriendo apreciar mejor de qué barro estamos hechos, para hacernos planteamientos de fe más realistas y positivos con nuestra propia persona.

c.Fase reestructurante (“nacimiento del hombre/mujer nuevo/a”)

La persona ha ido descubriendo y construyendo una nueva identidad en la fase anterior, al constatar la realidad de su ser y la realidad de lo que está llamado a ser según los ideales evangélicos. En cierto modo, ha encontrado su propia “consigna espiritual” (de la que hablaremos más adelante), desde la cual va a seguir organizando y estructurando su vida presente y futura.

En esta fase, la pregunta no será tanto ¿qué he de hacer para vivir conforme al Dios de Jesús y construir el Reino? sino más bien ¿cómo puedo vivir estas nuevas situaciones que se me van dando, desde mis opciones de fe?

Esta visión del proceso de crecimiento espiritual refleja un dinamismo que podríamos representarlo en una doble dirección:

- De manera lineal, histórica, de modo que la vivencia de una fase me va abriendo las puertas de la siguiente.

- De manera circular y hacia abajo (como una elipse), puesto que nos vamos encontrando permanentemente ante la necesidad de tomar opciones nuevas y de afianzarnos en las anteriores con un mayor grado de compromiso. Y hacia abajo, para que recordemos la paradoja de que el/la cristiano/a crece cuando se hace más pequeño, cuando está con “lo pequeño” de nuestro mundo.

2.2. Realizar un Proyecto de Vida como metodología de trabajo

Si observamos nuestras trayectorias personales y sociales, creo que podemos constatar que se producen muchos cambios sin que medie una voluntad consciente de que ocurran. Al mismo tiempo, tenemos la experiencia de que cuando dejamos las cosas a su libre albedrío, en muchas ocasiones no ocurre nada o no llegamos al punto deseado.

Si aplicamos estos comentarios a nuestro proceso de crecimiento espiritual, también podemos observar que nos han ido ocurriendo muchas cosas sin que hayamos hecho nada por conseguirlo. Y, al mismo tiempo, tendremos que reconocer que, durante otras temporadas en que nos hemos dejado llevar, no hemos crecido, nos hemos movido en otra dirección e incluso hemos ido hacia atrás.

Hoy en día, ningún grupo humano que desee alcanzar sus objetivos los acometerá sin elaborar un proyecto o un plan para conseguirlos. Individualmente no estamos tan acostumbrados a funcionar de este modo sino en determinados aspectos de nuestra vida: por ejemplo, podemos programarnos el tiempo de estudio para una asignatura o el número de horas que a la semana vamos a practicar deporte. Pero nos parecería extraño programar toda nuestra vida, desde un enfoque de proyecto.

A esta dificultad hay que sumar que, en la vida espiritual de una persona, se supone que interactúan de manera simultánea Dios y la persona. En tono de broma, podríamos decirnos “para qué planifico mi vida, si Dios va a hacer lo que le parezca bien”.

Asumiendo estos retos, creo que podemos decir que si alguien quiere vivir activamente su existencia y, en este caso, su proceso de crecimiento espiritual, tendrá más posibilidades de ir avanzando si proyecta y revisa su vida desde su fe y si lo hace “como si todo dependiera de sí”.

3. ¿Qué es un PPV?

En los apartados anteriores hemos comentado algunas razones de por qué hemos de utilizar el PPV en el trabajo pastoral con los/las jóvenes y también para qué sirve, al servicio de qué proceso de crecimiento está.

Conviene que, de un modo sencillo, describamos también lo que entendemos por PPV, para que cada lector sepa situarse debidamente.

El Proyecto Personal de Vida es un medio o instrumento que utilizo para favorecer el crecimiento espiritual, esto es, para avanzar en el seguimiento de Jesús y en la construcción del Reino, desde un proceso paulatinamente integrador de nuestra FE, nuestra VIDA y nuestro MUNDO, sabiendo de dónde parto (mi realidad actual), a dónde quiero llegar (la realidad a que me siento llamado) y qué camino voy a utilizar para conseguirlo.

4. Mediaciones en el trabajo del PPV

Nos preguntábamos al inicio de este artículo quiénes son los actores implicados en la utilización de esta herramienta pastoral. Sin ninguna duda, el protagonista principal es el/la joven que decide hacer un PPV. Si uno no tiene la firme y decidida voluntad de llevar algo a cabo, no sale adelante, nadie puede hacerlo por nosotros, sin nosotros.

Desde una lectura de fe, también podemos afirmar que el protagonista primero es Dios mismo quien, a través de su Espíritu, provoca en nosotros deseos favorecedores del crecimiento.

Sin duda que este mismo Espíritu se sirve de otras mediaciones indirectas para que el/la joven descubra el valor del PPV y se decida a llevarlo a cabo. Veamos dos de las que, a mi juicio, son más importantes.

4.1. El catequista o agente de pastoral juvenil

Llegamos de nuevo al punto por el que empezamos; nosotros/as, catequistas o agentes de pastoral juvenil, que también estamos en proceso, que nos encontramos en tantas ocasiones perdidos/as ante un reto tan grande como favorecer que los/as chavales/as descubran a Jesús y el Reino y quieran tenerlos como referentes de vida, ¿de verdad nosotros/as somos una mediación para que alguien quiera plantearse llevar a cabo un PPV?

De lo que sí podemos tener certeza es de que estamos llamados/as a serlo. Que lo estemos siendo de hecho reclama un análisis personal que cada uno/a debe hacer.

Desde luego, si uno comparte el esfuerzo honesto que está llevando a cabo para ser seguidor/a de Jesús, con nuestros aciertos y fracasos y, como parte de ese seguimiento, damos fe del valor que ha tenido para nosotros/as realizar un PPV, suscitaremos una base de confianza en los/las jóvenes que acompañamos que, muy probablemente, desemboque en el deseo de hacer lo mismo. O como mínimo, nos legitimará para plantearles la posibilidad de probar la bondad de hacerlo.

Pero además, el/la joven espera que su catequista le oriente en el modo de hacer este PPV e incluso le dé seguimiento en los primeros momentos, hasta que vaya adquiriendo una cierta autonomía en el manejo del mismo.

4.2. La comunidad o grupo comunitario

Normalmente, cuando una persona -joven o adulta- se plantea la necesidad de vivir un proceso de fe, se le ofrece un grupo o un espacio colectivo donde poder vivirla. La experiencia cristiana no es nunca, por tanto, una experiencia solitaria, aunque sí sea personal.

En mi opinión, en los primeros años de pertenencia a un grupo juvenil, el/la joven no vive esas relaciones desde una conciencia de fraternidad sino de compañerismo. No obstante, se va creando una experiencia de búsqueda común muy especial, que no se da en ningún otro espacio de relación. En este primer momento, quizá lo que más funcione sea la “presión social”, o sea, ser y actuar como los demás, para no sentirme un bicho raro. Si, en este momento, se plantea hacer un PPV, en la medida que el resto del grupo lo lleve a la práctica, me sentiré más motivado a hacerlo yo también.

Un momento importante es aquel en que uno descubre que su propio crecimiento condiciona el del resto del grupo o comunidad. Cuando descubro ese “nosotros”, entonces, no utilizaré el PPV sólo como un instrumento para mi propio crecimiento espiritual, sino también como una pieza más del puzzle que favorece el crecimiento comunitario. De hecho, no es extraño que el hecho de que varios miembros tengan un PPV favorezca la idea de elaborar un proyecto conjunto.

Finalmente, también los grupos comunitarios pueden, como fruto de su propio proceso, elaborar su “proyecto comunitario” de vida. Cuando esto ocurre, es frecuente que dicho proyecto se proponga como eje referencial desde el cual los distintos miembros elaboren su PPV.

(Tomado de Eclesalia, diciembre 2003)