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LA APASIONANTE TAREA DE DESPERTAR EL ALMA HUMANA

 

100 años de la Institución Teresiana y 75 del martirio del fundador, san Pedro  Poveda


«Ante  la mirada amorosa de Nuestra Señora   de   Covadonga   nació   una idea,  una  idea  buena  para  dar  renovado aliento  a una vida  cristiana  exigente y a una generosa misión  de evangelizar  y humanizar los diversos sectores sociales, y que el fundador puso en práctica con determinación, dulzura y competencia, hasta llegar hoy  a numerosos  países de cuatro continentes». Son palabras de la Bendición  apostólica   de  Benedicto XVI  a  la  Institución   Teresiana, el  8 de noviembre de 2010, en las vísperas del I Centenario de su fundación por san Pedro Poveda Castroverde (1874-1936), en 1911.
Este venturoso  momento estuvo precedido, a comienzos  del  siglo  XX, por  la «vocación a este género de apostolado» recibida  por el padre Poveda,  según  propia confesión,  ante otra imagen de Nuestra Señora, la Virgen de  Gracia  que  preside  la  ermita  nueva de las cuevas que rodean la ciudad  de Guadix (Granada). Allí restauró el culto, evangelizó sin descanso y fundó escuelas para aquellos niños y adultos carentes de recursos. Pero ante la «Santina» de la Cueva asturiana, consciente de que el problema  social comenzaba  a plantearse en términos pedagógicos  y de que el laicado  tenía  una  misión  importante que cumplir, concibió un amplio proyecto  de  coordinación  y  forma ción  del  profesorado católico,  ofrecido  a cuantos  estuvieran  dispuestos  a mejorar   su  preparación  profesional con los nuevos métodos que empezaban  a  surgir   y  a  actuar  en  coherencia  con  su fe. Porque  «la  escuela será cual sea el maestro»,  como  solía repetir  don  Pedro.

La creación de Academias para la formación complementaria de jóvenes estudiantes de magisterio —la primera,    femenina,    en   O viedo   en 1911— y de centros pedagógicos y revistas  para  el  profesorado en  ejercicio,   fue   dando   lugar   a  una   Obra que,  acogida  a la titularidad de santa Teresa  de Jesús, quedó  muy  pronto  organizada en la Institución Teresiana, un proyecto definido y dinámico, porque «¡quién sabe hasta donde podremos llegar  si  Dios  bendice la Obra!», en palabras del fundador.

Virtud y ciencia, oración y estudio, piedad  y  cultura,  esfuerzo y naturalidad, humilde   sencillez  y  sólida preparación profesional,  son los ejes sobre  los  que  se articula este nuevo  carisma  en la Iglesia y para la sociedad.     La    explícita referencia  a la capacidad  testimonial de los primeros cristianos;  la decidida opción por la mejor preparación profesional  de  la  mujer   en  el  momento  en que esta comenzaba  a acceder a las aulas universitarias y la voluntad de  presencia  evangelizado ra en los ámbitos  más propios de los laicos,  dio  impulso a esta Obra,  que pronto fue atisbando nuevas perspectivas.

«La   Encarnación  bien  entendida, la persona de Cristo, su naturaleza  y su vida  dan,  para  quien  lo  entiende, la  norma   segura  para   llegar   a  ser santo con la santidad  más verdadera, siendo   al   propio   tiempo  humano con el humanismo verdad. Así seremos generosos y nuestra Obra será simpática.  ¿Modelo? Santa Teresa de Jesús». Son tempranas palabras del fundador —1915— en las que quedó formulada la base teologal  del  carisma.  Lo  mismo  que  en  las posteriores,  de  1932: «Hay  que  demostrar con los hechos que la ciencia  hermana bien  con la santidad  de vida».

La Institución Teresiana quedó  or ganizada desde el comienzo  con un núcleo  garante de su identidad y unidad, formado por mujeres plenamente  dedicadas  a esta Obra  en entrega total  a Jesucristo,  y por  varias
asociaciones cuyos miembros se comprometen con el mismo espíritu  y misión. Es un modo institucional de responder asociativamente, como   fieles   laicos   del pueblo   de Dios  y  con una  concreta  misión que cumplir, a la lla mada universal  a la santidad, conscientes a las más altas y profundas exigencias del Bautismo.

La compleja Institución Teresiana así constituida, fue aprobada  por  primera  vez en Jaén en 1917: por  el obispo    como   Pía unión  de  fieles,  a  tenor del recién promulgado Código de derecho canónico,  y por  el
Gobernador,  como   Asociación civil según  la  vigente   Ley  de  asociaciones. Impulsado por el nuncio apostólico en  España,  en  1923 el  fundador decidió solicitar aprobación pontificia, obtenida del  Papa Pío  XI, por  el Breve  apostólico Inter   frugiferas, el  11  de  enero  de  1924. Así,  en fecha tan  temprana,  quedó  aprobada a perpetuidad la «Pía  Unión Primaria Institución Teresiana» establecida en  la  diócesis  de  Madrid, con  base en los Estatutos  que previamente habían  sido  presentados,  y  aprobados, en la Congregación del  Concilio, dicasterio  que entonces  se ocupaba  de los clérigos  y los laicos.

Más tarde,  en 1929, con sencillez  y humildad, el  fundador se expresaba en estos términos: «Hemos inaugurado  un  camino   nuevo  en  el  Derecho  canónico   y  dado  la  pauta  para otras obras, pero ¿habremos dado el ejemplo  de virtud y perfección?», porque  él vinculó siempre la forma canónica sencilla de la Institución Teresiana —una asociación  de fieles laicos—  explícitamente  querida   por él, con la mayor santidad de sus miembros.

Personalmente dio  este testimonio de santidad  en la mañana  del  28 de julio de 1936, cuando  ofreció  su vida en martirio a causa de la fe. «Humillaciones, abatimientos, contrariedades, persecuciones, sufrimientos, martirio, todo  ello viene como consecuencia legítima» de seguir  los pasos  del   Maestro,  había   escrito   en 1920, por  lo  que,  en su interior,  antes de que se desencadenara la violenta persecución religiosa,  ya había realizado  esta suprema inmolación. También fue mártir la maestra Victoria  Díez,  el 12 de agosto  del  mismo año 1936.

En  ese momento, un  nuevo  Breve pontificio,  Litteris  apostolicis, de  29 de junio de 1935, había reconocido la universalidad de la Institución Teresiana, presente  ya en Italia y América del sur. Pero fue María  Josefa Segovia,  principal colaboradora de san Pedro Poveda en la fundación de la Obra  y directora general desde 1919, quien  con heroica fortaleza  e inquebrantable esperanza, llevó  la Institución Teresiana a cuatro continentes, haciéndola verdaderamente universal. Impulsó también a todos  los miembros de esta Obra  a la más exigente preparación profesional y a la mayor   santidad,   bien  consciente  de que  estas eran  las  específicas  claves de la más profunda fidelidad.

En  1993 la  Institución Teresiana vivió  la inmensa  alegría de la beatificación  de su fundador pro  virtutibus et  martirio, junto con  la  de  Victoria Díez  y Bustos  de Molina. Diez  años después, en 2003, en su quinta visita apostólica  a España,  era canonizado el  beato  Pedro   Poveda  en  Madrid. En  esta última ocasión  dijo  de él el Papa Juan Pablo II: «San Pedro Poveda, captando  la importancia de la función social  de la educación,  realizó una importante tarea humanitaria y educativa  entre los marginados y carentes de recursos. Fue maestro de oración,  pedagogo  de la vida  cristiana y de las relaciones  entre la fe y la ciencia, convencido de que los cristianos debían aportar valores y compromisos sustanciales para la construcción de un mundo más justo y solidario. Culminó su existencia  con la corona  del martirio».

Ahora,  en la aludida Bendición apostólica,  «el  Santo  Padre  se une a la acción  de gracias a Dios  por  tantos dones recibidos  de su bondad durante  estos años, por  los frutos de santidad alcanzados, particularmente en su santo fundador, la beata Victo ria Díez y la venerable María Josefa Segovia,  e invita a  las  Teresianas  y sus asociados a renovar  con  gozo  su compromiso  de  cultivar con  esmero en su corazón  la presencia de Cristo, según  la  gran  maestra  en  las  cosas del espíritu,  santa Teresa, de manera que  su vida  sea ejemplo  en el mundo   y  sus  actividades   proyecten   en cada  ser  humano   la  luz   de  Dios».

También «confía  a la  santísima  Virgen María  las iniciativas y celebra ciones de esta importante conmemoración, con el fin de que alcancen muchos  frutos en esa apasionante  tarea de despertar el alma cristiana y humana   en  el  mundo de  la  educa ción,  la cultura y la promoción integral  de la persona».

También «confía  a la  santísima  Virgen María  las iniciativas y celebraciones de esta importante conmemoración, con el fin de que alcancen muchos  frutos en esa apasionante  tarea de despertar el alma cristiana y humana   en  el  mundo de  la  educa ción,  la cultura y la promoción inte gral  de la persona».

 

María Encarnación González Rodríguez

Postuladora  general de la Institución
Teresiana