volver al menú
 

La  misericordia de Dios
tiene  la última palabra sobre  el mal

El  valor pedagógico de la Confesión —para sacerdotes  y penitentes—  en el discurso del  Papa  Benedicto XVI al curso  de la Penitenciaría apostólica

Queridos amigos:

Me  alegra  daros  a cada  uno  mi  cordial bienvenida. Saludo al cardenal Fortunato Baldelli, penitenciario mayor, y  le  agradezco las  amables  palabras  que  me  ha  dirigido.  Saludo al  regente de  la Penitenciaría, monseñor Gianfranco Girotti,  al personal, a los colaboradores y a todos  los participantes  en  el  curso  sobre  el  fuero interno, que  ya se ha convertido en un  encuentro tradicional y en una    ocasión  importante   para profundizar en los temas relativos al sacramento de la Penitencia.

Deseo reflexionar   con   vosotros  sobre   un   aspecto   a  veces no  considerado suficientemente, pero de gran importancia espiritual y pastoral: el valor pedagógico de la Confesión sacramental. Aunque es verdad  que es necesario  salvaguardar siempre  la objetividad de los  efectos del Sacramento y su correcta celebración  según    las   normas del  Rito de la Penitencia, no  está fuera  de lugar reflexionar sobre cuánto puede educar  la fe, tanto del  ministro como  del  penitente.  La  fiel  y generosa  disponibilidad de  los  sacerdotes  a escuchar  las confesiones, a ejemplo de los grandes  santos  de la historia, como  san Juan  María  Vianney, san Juan  Bosco,  san Josemaría  Escrivá, san Pío  de Pietrelcina, san José Cafasso  y san Leopoldo Mandić, nos  indica a todos  que  el confesonario puede  ser  un  «lugar»  real de  santificación.

¿De qué  modo educa  el sacramento de la Penitencia?   ¿En  qué  sentido su  celebración tiene   un valor pedagógico, ante  todo para  los  ministros? Podríamos partir  del   reconocimiento  de  que   la misión sacerdotal constituye un  punto de observación  único y privilegiado, que  permite contemplar diariamente el  esplendor de  la  Misericordia divina.  Cuántas veces en la celebración del  sacramento  de la Penitencia, el sacerdote  asiste a auténticos milagros de conversión que, renovando el «encuentro con  un  acontecimiento, una  Persona» (Deus  caritas   est, 1), fortalecen también su fe.  En el fondo, confesar  significa  asistir a tantas  «professiones fidei» cuantos son  los  penitentes, y contemplar la acción  de Dios misericordioso en la historia, palpar los  efectos  salvadores  de la cruz y de la resurrección de Cristo, en todo tiempo y para todo hombre.

Con  frecuencia nos encontramos ante auténticos dramas existenciales  y  espirituales,  que no  hallan  respuesta en las palabras  de  los  hombres,  pero   que son  abrazados  y  asumidos  por el  Amor divino, que  perdona y transforma: «Aunque vuestros pecados sean como  escarlata, quedarán blancos como   nieve» (Is 1, 18). Conocer y, en cierto modo, visitar el abismo del corazón   humano,  incluso  en  sus aspectos   oscuros,   por   un   lado pone  a prueba la  humanidad y la fe del  propio  sacerdote; y, por  otro, alimenta en él la certeza  de que  la última palabra sobre  el mal del  hombre y de la historia es de Dios, es de su misericordia, capaz  de hacerlo nuevo  todo (cf.  Ap  21, 5).

¡Cuánto puede   aprender el  sacerdote   de  penitentes  ejemplares por  su vida  espiritual, por  la seriedad con  que  hacen  el  examen   de  conciencia, por  la transparencia con  que  reconocen su pecado y por  la docilidad a la enseñanza  de la Iglesia y a las  indicaciones  del   confesor!  De  la  administración  del  sacramento de la Penitencia podemos recibir profundas lecciones  de humildad y de fe.  Es una llamada muy  fuerte para cada sacerdote  a la conciencia de su propia identidad. Nunca podríamos escuchar  únicamente en virtud de nuestra humanidad las confesiones de los  hermanos. Si  se acercan  a nosotros es sólo  porque somos  sacerdotes, configurados con  Cristo sumo  y eterno  Sacerdote,  y hemos sido  capacitados para actuar  en su nombre y en su persona, para hacer realmente presente  a Dios que  perdona,  renueva y  transforma.  La  celebración del  sacramento de  la  Penitencia  tiene   un  valor  pedagógico para  el  sacerdote, en orden a su fe, a la verdad y pobreza de su persona,  y  alimenta en  él  la  conciencia de  la  identidad  sacramental.

¿Cuál  es el valor pedagógico del  sacramento de la  Reconciliación para  los  penitentes? Lo  primero que  debemos decir  es que  depende ante  todo  de la  acción   de  la  Gracia y  de  los  efectos  objetivos del  Sacramento en  el  alma  del  fiel.   Ciertamente, la  Reconciliación  sacramental es uno   de  los  momentos en que  la libertad personal y la conciencia de  sí mismos están  llamadas a expresarse  de  modo  particularmente evidente. Tal vez  también por esto,   en  una   época   de   relativismo  y  de   consiguiente conciencia atenuada del  propio ser, queda debilitada  asimismo la  práctica sacramental. El  examen  de conciencia  tiene  un  valor pedagógico   importante:  educa   a  mirar con sinceridad la propia existencia,  a confrontarla con  la verdad del Evangelio y a valorarla con parámetros no sólo humanos,  sino   también  tomados  de la Revelación divina. La confrontación con los Mandamientos, con  las Bienaventuranzas y, sobre todo, con el Mandamiento  del   amor,   constituye la primera gran  «escuela  penitencial».

En nuestro tiempo, caracterizado  por  el ruido, por  la distracción y por  la soledad, el coloquio del  penitente con  el confesor  puede   representar una  de las pocas  ocasiones,  por  no  decir   la  única,  para   ser  escuchados  de  verdad  y  en  profundidad.    Queridos  sacerdotes,    no dejéis  de  dar  un  espacio  oportuno al  ejercicio  del  ministerio de la Penitencia en el confesonario: ser acogidos y escuchados   constituye también un  signo   humano de  la  acogida y  de  la  bondad de  Dios hacia  sus hijos. Además, la confesión íntegra de los pecados educa  al penitente en la humildad, en el reconocimiento de  su  propia fragilidad y,  a la  vez,  en  la conciencia de  la  necesidad del  perdón de  Dios y en  la  confianza en  que  la  Gra cia divina puede  transformar la vida. Del mismo modo, la escucha  de  las amonestaciones y  de los  consejos  del  confesor es importante para  el juicio sobre  los actos,  para  el  camino espiritual y para  la curación interior del penitente. No olvidemos cuántas conversiones y cuántas  existencias  realmente santas han  comenzado  en   un   confesonario. La  acogida de la penitencia y la escucha  de  las  palabras «Yo  te absuelvo de tus  pecados» representan,   por   último, una  verdadera  escuela  de  amor  y  de  esperanza,  que  guía  a la  plena   confianza en  el  Dios Amor  revelado en Jesucristo, a  la  responsabilidad y  al  compromiso de la conversión continua.

Queridos sacerdotes,  que  experimentar nosotros en primer lugar la Misericordia divina y ser sus humildes instrumentos nos  eduque a una  celebración  cada  vez  más fiel  del  sacramento de  la  Penitencia  y  a una  profunda gratitud hacia  Dios, que «nos   encargó   el  ministerio de  la  reconciliación» (2 Cor  5, 18).  A  la  santísima Virgen María, Mater misericordiae  y  Refugium   peccatorum, encomiendo los  frutos de  vuestro curso  sobre  el  fuero interno y el ministerio de todos  los confesores,  y con  gran afecto  os bendigo.