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El jueves 26 de febrero 2009, Benedicto XVI se reunió, en la sala de las Bendiciones del palacio apostólico vaticano, con los sacerdotes de la diócesis de Roma para la audiencia cuaresmal. El encuentro revistió la forma de diálogo:  ocho sacerdotes le hicieron preguntas al Santo Padre y él, improvisando, les respondió a cada uno. Entre los temas que se tocaron figuraban:  la grave crisis económica, la formación de los presbíteros, el fenómeno de la secularización, la emergencia educativa, la acción caritativa, el valor de la liturgia, el significado del ministerio del Obispo de Roma, la Palabra de Dios y el concilio Vaticano ii. Ofrecemos las preguntas de los sacerdotes juntamente con las respuestas que les dio Su Santidad.

 

No hay justicia sin justos


Santidad, soy don Giampiero Ialongo, uno de los muchos párrocos que desempeñamos nuestro ministerio en la periferia de Roma, concretamente en Torre Angela, en el confín con Torbellamonaca, Borghesiana, Borgata Finocchio y Colle Prenestino. Estas periferias, como muchas otras, a menudo están olvidadas y descuidadas por parte de las instituciones. Me alegra que nos haya convocado esta tarde el presidente del municipio. Veremos qué sale de este encuentro con las autoridades municipales.
En nuestras periferias, quizá más que en otras zonas de nuestra ciudad, existe un fuerte malestar como consecuencia de la crisis económica internacional que comienza a gravar sobre las condiciones concretas de vida de numerosas familias. Como Cáritas parroquial, y sobre todo como Cáritas diocesana, hemos puesto en marcha muchas iniciativas encaminadas ante todo a la escucha, pero también a una ayuda material, concreta, a todas las personas que se dirigen a nosotros, sin distinción de raza, cultura o religión.
A pesar de ello, somos conscientes de que cada vez más se trata de una auténtica emergencia. Me parece que muchas, demasiadas personas -no sólo jubilados, sino también personas que tienen un empleo regular, un contrato a tiempo indeterminado- encuentran grandes dificultades para cuadrar las cuentas familiares. Regalamos paquetes de víveres o ropa; a veces damos ayuda económica concreta para pagar los recibos o el alquiler. Eso puede constituir una ayuda, pero creo que no es la solución. Estoy convencido de que como Iglesia deberíamos preguntarnos qué más podemos hacer, y sobre todo qué motivos han llevado a esta situación generalizada de crisis.
Deberíamos tener la valentía de denunciar un sistema económico y financiero injusto en sus raíces. Yo creo que, ante los desequilibrios introducidos por este sistema, no basta un poco de optimismo. Hace falta una palabra autorizada, una palabra libre, que ayude a los cristianos, como la que usted ya ha pronunciado, Santo Padre, para administrar con sabiduría evangélica y con responsabilidad los bienes que Dios ha dado para todos y no sólo para unos pocos. Aunque ya en otras ocasiones hemos escuchado su palabra sobre esto, me gustaría escucharla una vez más, en este contexto. Gracias, Santidad.


 
Ante todo, quiero dar las gracias al cardenal vicario por sus palabras de confianza:  Roma puede dar más candidatos para la mies del Señor. Sobre todo debemos orar al Señor de la mies, pero también debemos hacer lo que está de nuestra parte para animar a los jóvenes a decir sí al Señor. Desde luego, son precisamente los sacerdotes jóvenes quienes deben dar ejemplo a la juventud de que es hermoso trabajar para el Señor. En este sentido, estamos llenos de esperanza. Oremos al Señor y hagamos lo que esté de nuestra parte.
Ahora afrontemos esta cuestión, que toca el nervio de los problemas de nuestro tiempo. Yo distinguiría dos niveles. El primero, es el de la macroeconomía, que luego se realiza y afecta incluso al último ciudadano, el cual siente las consecuencias de una construcción equivocada. Naturalmente, denunciar esto es un deber de la Iglesia. Como sabéis, desde hace mucho tiempo estoy preparando una encíclica sobre estos puntos. Y, en este largo camino, veo que es difícil hablar con competencia, porque, si no se afrontan con competencia ciertas cuestiones económicas, no podemos ser creíbles. Por otra parte, también es preciso hablar con razonamientos éticos, fundados y suscitados por una conciencia formada según el Evangelio.
Así pues, hay que denunciar esos errores fundamentales que ahora se manifiestan en el hundimiento de los grandes bancos estadounidenses; son errores en el fondo. En definitiva, se trata de la avaricia humana como pecado o, como dice la carta a los Colosenses, la avaricia como idolatría. Debemos denunciar esta idolatría que va contra el verdadero Dios, que es la falsificación de la imagen de Dios, suplantándola con otro dios, "mammona". Debemos hacerlo con valentía, pero también de forma concreta, porque los grandes moralismos no ayudan si no se apoyan en conocimientos de las realidades, los cuales ayudan también a comprender qué se puede hacer en concreto para cambiar poco a poco la situación. Y, para poder hacerlo, naturalmente es necesario el conocimiento de esta verdad y la buena voluntad de todos.
Aquí llegamos al punto principal:  ¿existe realmente el pecado original? Si no existiera, podríamos apelar a la razón lúcida, con argumentos accesibles a cada uno e irrefutables, y a la buena voluntad que existiría en todos. Sólo de este modo podríamos seguir adelante y reformar la humanidad. Pero no es así. La razón, incluida la nuestra, está oscurecida, como constatamos cada día, puesto que el egoísmo, la raíz de la avaricia, consiste en quererme a mí mismo por encima de todo y en considerar que el mundo existe para mí. Este egoísmo lo llevamos todos. Este es el oscurecimiento de la razón:  puede ser muy docta, con argumentos científicos estupendos, y a pesar de ello sigue oscurecida por falsas premisas. De este modo, avanza con gran inteligencia, a grandes pasos, pero por un camino equivocado.
También la voluntad, como dicen los santos Padres, está inclinada. El hombre sencillamente no está dispuesto a hacer el bien, sino que se busca sobre todo a sí mismo, o busca el bien de su propio grupo. Por eso, encontrar realmente el camino de la razón, de la razón verdadera, ya no resulta fácil, y en el diálogo se desarrolla con dificultad. Sin la luz de la fe, que entra en las tinieblas del pecado original, la razón no puede salir adelante. Y la fe luego encuentra precisamente la resistencia de nuestra voluntad. Esta no quiere ver el camino, que también sería un camino de renuncia a sí mismo y de corrección de la propia voluntad en favor de los demás y no de sí mismo.
Por eso, hay que hacer una denuncia razonable y razonada de los errores, no con grandes moralismos, sino con razones concretas, que resulten comprensibles en el mundo de la economía de hoy. Esta denuncia es importante; para la Iglesia es un mandato desde siempre. Sabemos que en la nueva situación que se ha creado en el mundo industrial, la doctrina social de la Iglesia, comenzando por León xiii, trata de hacer estas denuncias -y no sólo las denuncias, que resultan insuficientes-, sino también de mostrar los caminos difíciles donde, paso a paso, se exige el asentimiento de la razón y el asentimiento de la voluntad, juntamente con la corrección de mi conciencia, con la voluntad de renunciar en cierto sentido a mí mismo para colaborar en lo que es la verdadera finalidad de la vida humana, de la humanidad.
Dicho esto, la Iglesia tiene siempre la misión de estar vigilante, de hacer todo lo posible por conocer las razones del mundo económico, de entrar en ese razonamiento y de iluminar ese razonamiento con la fe que nos libra del egoísmo del pecado original. La Iglesia tiene la misión de entrar en este discernimiento, en este razonamiento; de hacerse escuchar, incluso en los diversos niveles nacionales e internacionales, para ayudar a corregir. Y esto no resulta fácil, porque muchos intereses personales y de grupos nacionales se oponen a una corrección radical. Quizá sea pesimismo, pero a mí me parece realismo, pues mientras exista el pecado original no llegaremos nunca a una corrección radical y total. Sin embargo, debemos hacer todo lo posible para lograr al menos correcciones provisionales, suficientes para ayudar a la humanidad a vivir y para poner freno al dominio del egoísmo, que se presenta bajo pretextos de ciencia y de economía nacional e internacional.
Este es el primer nivel. El segundo es ser realistas y ver que estas grandes finalidades de la macro-ciencia no se realizan en la micro-ciencia, la macroeconomía en la microeconomía, sin la conversión de los corazones. Si no hay justos, tampoco hay justicia. Debemos aceptar esto. Por eso, la educación en orden a la justicia es un objetivo prioritario; podríamos decir también que es la prioridad. San Pablo dice que la justificación es efecto de la obra de Cristo. No es un concepto abstracto, que se refiera a pecados que hoy no nos interesan, sino que se refiere precisamente a la justicia integral. Sólo Dios puede dárnosla, pero nos la da con nuestra cooperación en diversos niveles, en todos los niveles posibles.
No se puede crear la justicia en el mundo sólo con modelos económicos buenos, aunque son necesarios. La justicia sólo se realiza si hay justos. Y no hay justos si no existe el trabajo humilde, diario, de convertir los corazones, y de crear justicia en los corazones. Sólo así se extiende también la justicia correctiva. Por eso, el trabajo del párroco es tan fundamental, no sólo para la parroquia, sino también para toda la humanidad. Porque, como he dicho, si no hay justos, la justicia sería sólo abstracta. Y las estructuras buenas no se realizan si se opone el egoísmo incluso de personas competentes.
Nuestro trabajo humilde, diario, es fundamental para conseguir las grandes finalidades de la humanidad. Y debemos trabajar juntos en todos los niveles. La Iglesia universal debe denunciar, pero también anunciar qué se puede hacer y cómo se puede hacer. Las Conferencias episcopales y los obispos deben actuar. Pero todos debemos educar en orden a la justicia. Me parece que sigue siendo verdadero y realista el diálogo de Abraham con Dios (cf. Gn 18, 22-23), cuando el primero dice:  ¿En verdad vas a destruir la ciudad? Tal vez haya cincuenta justos, o tal vez diez. Y diez justos bastan para que la ciudad sobreviva. Ahora bien, si no hay diez justos, la ciudad no sobrevivirá, a pesar de toda la doctrina económica. Por eso, debemos hacer lo necesario para educar y garantizar al menos diez justos y, si es posible, muchos más. Con nuestro anuncio hacemos precisamente que haya muchos justos, que esté realmente presente la justicia en el mundo.
Como efecto, los dos niveles son inseparables. Por una parte, si no anunciamos la macro-justicia, no crecerá la micro-justicia. Pero, por otra, si no hacemos el trabajo muy humilde de la micro-justicia, tampoco crecerá la macro-justicia. Y, como dije ya en mi primera encíclica, siempre, con todos los sistemas que puedan existir en el mundo, además de la justicia que buscamos, es necesaria la caridad. Abrir los corazones a la justicia y a la caridad es educar en la fe, es llevar a Dios.

 

El valor de la liturgia


Santo Padre, soy don Marco Valentini, vicario en la parroquia de San Ambrosio. Durante mi etapa de formación no veía tan claramente como ahora la importancia de la liturgia. Ciertamente, no faltaban las celebraciones, pero no comprendía bien que "la liturgia es la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza" (Sacrosanctum Concilium, 10). Más bien, la consideraba un hecho técnico para el éxito de una celebración, o una práctica piadosa, y no un contacto con el misterio que salva, un dejarse conformar a Cristo para ser luz del mundo, una fuente de teología, un medio para realizar la tan anhelada integración entre lo que se estudia y la vida espiritual.
Por otra parte, yo creía que la liturgia no era estrictamente necesaria para ser cristiano, o para la salvación, sino que bastaba esforzarse por cumplir las Bienaventuranzas. Ahora me pregunto qué sería la caridad sin la liturgia. Pienso que sin la liturgia nuestra fe se reduciría a una moral, a una idea, a una doctrina, a un hecho del pasado, y los sacerdotes pareceríamos profesores o consejeros, más que mistagogos que introducen a las personas en el misterio. La Palabra de Dios es un anuncio que se realiza en la liturgia y que mantiene una relación sorprendente con ella:  Sacrosanctum Concilium, 6; y Prefacio del Leccionario, 4 y 10.
Pienso también en el pasaje de los discípulos de Emaús o en el del funcionario etíope (cf. Hech 8). Por eso, pregunto:  sin quitar nada de la formación humana, filosófica, psicológica, en las universidades y en los seminarios, ¿nuestra misión específica no requiere una formación litúrgica más profunda? En el actual ordenamiento y estructura de los estudios, ¿se está aplicando suficientemente la constitución Sacrosanctum Concilium, n. 16, cuando dice que la liturgia se debe considerar una de las materias necesarias, de las más importantes, de las principales; que se ha de enseñar bajo los aspectos teológico, histórico, espiritual, pastoral y jurídico; y que los profesores de las demás materias deben cuidar de que se vea claro su nexo con la liturgia?
Hago esta pregunta porque, tomando como punto de partida el prefacio del decreto Optatam totius, me parece que las múltiples acciones de la Iglesia en el mundo e incluso nuestra eficacia pastoral dependen en gran parte de la autoconciencia que tengamos del inagotable misterio de ser bautizados, confirmados y sacerdotes.



Si he entendido bien, se trata de la cuestión:  ¿cuál es, en el conjunto de nuestro trabajo pastoral, múltiple y con muchas dimensiones, el espacio y el lugar de la educación litúrgica y de la realidad de la celebración del misterio? En este sentido, me parece que también es una cuestión sobre la unidad de nuestro anuncio y de nuestro trabajo pastoral, que tiene muchas dimensiones. Debemos tratar de encontrar un punto de unificación, para que nuestras diversas ocupaciones sean todas juntas un trabajo de pastor. Si entendí bien, usted está convencido de que el punto de unificación, el que crea la síntesis de todas las dimensiones de nuestro trabajo y de nuestra fe, podría ser precisamente la celebración de los misterios. Y, por consiguiente, la mistagogia, que nos enseña a celebrar.
Para mí realmente es importante que los sacramentos, la celebración eucarística, no sean algo extraño al lado de trabajos más contemporáneos, como la educación moral, económica, o todas las cosas que ya hemos dicho. Puede suceder fácilmente que el sacramento quede un poco aislado en un contexto más pragmático y se convierta en una realidad no totalmente insertada en la totalidad de nuestro ser humano.
Gracias por la pregunta, porque realmente nosotros debemos enseñar a las personas a ser hombres. Debemos enseñar este gran arte:  cómo ser hombre. Como hemos visto, esto exige muchas cosas:  desde denunciar el pecado original que está en las raíces de nuestra economía y en las numerosas ramas de nuestra vida, hasta guiar concretamente a la justicia y anunciar el Evangelio a los no creyentes. Pero los misterios no son algo exótico en el universo de las realidades más prácticas. El misterio es el corazón del que procede nuestra fuerza y al que volvemos para encontrar este centro. Por eso, yo creo que la catequesis que llamamos mistagógica es realmente importante. Mistagógica quiere decir también realista, referida a nuestra vida de hombres de hoy. Si es verdad que el hombre no tiene en sí su medida -lo que es justo y lo que no lo es-, sino que encuentra su medida fuera de sí mismo, en Dios, es importante que este Dios no sea lejano, sino que sea reconocible, que sea concreto, que entre en nuestra vida y sea realmente un amigo con el que podamos hablar y que habla con nosotros.
Debemos aprender a celebrar la Eucaristía, aprender a conocer de cerca a Jesucristo, el Dios con rostro humano; entrar realmente en contacto con él, aprender a escucharlo; aprender a dejarlo entrar en nosotros. Porque la comunión sacramental es precisamente esta inter-penetración entre dos personas. No tomo un pedazo de pan o de carne; tomo o abro mi corazón para que entre el Resucitado en el contexto de mi ser, para que esté dentro de mí y no sólo fuera de mí; para que así hable dentro de mí y transforme mi ser; para que me dé el sentido de la justicia, el dinamismo de la justicia, el celo por el Evangelio.
Esta celebración, en la que Dios no sólo se acerca a nosotros, sino que entra en el tejido de nuestra existencia, es fundamental para poder vivir realmente con Dios y para Dios, y llevar la luz de Dios a este mundo. No podemos entrar ahora en demasiados detalles. Pero siempre es importante que la catequesis sacramental sea una catequesis existencial. Naturalmente, aun aceptando y aprendiendo cada vez más el aspecto mistérico -donde acaban las palabras y los razonamientos-, la catequesis es totalmente realista, porque me lleva a Dios y Dios a mí. Me lleva al otro porque el otro recibe al mismo Cristo, igual que yo. Así pues, si en él y en mí está el mismo Cristo, nosotros dos ya no somos individuos separados. Aquí nace la doctrina del Cuerpo de Cristo, porque todos estamos incorporados si recibimos bien la Eucaristía en el mismo Cristo.
Por tanto, el prójimo es realmente próximo:  ya no somos dos "yo" separados, sino que estamos unidos en el "yo" mismo de Cristo. Con otras palabras, la catequesis eucarística y sacramental debe llegar realmente a lo más vivo de mi existencia, me debe llevar precisamente a abrirme a la voz de Dios, a dejarme abrir para que rompa este pecado original del egoísmo y sea una apertura de mi existencia en profundidad, de modo que pueda llegar a ser un hombre justo. En este sentido, me parece que todos debemos aprender cada vez mejor la liturgia, no como algo exótico, sino como el corazón de nuestro ser cristianos, que no se abre fácilmente a un hombre distante, sino que, por otra parte, es precisamente la apertura al otro, al mundo.
Todos debemos colaborar para celebrar cada vez más profundamente la Eucaristía:  no sólo como rito, sino también como proceso existencial que me afecta en lo más íntimo, más que cualquier otra cosa, y me cambia, me transforma. Y, transformándome, también da inicio a la transformación del mundo que el Señor desea y para la cual quiere que seamos sus instrumentos.

La Iglesia de Roma preside en la caridad

Santo Padre, soy el padre Lucio Maria Zappatore, carmelita, párroco de la parroquia de Santa María, Regina Mundi, en Torrespaccata.
Para justificar mi intervención, me remito a lo que dijo usted el domingo pasado, en la alocución antes del rezo del Ángelus, a propósito del ministerio petrino. Habló usted del ministerio singular y específico del Obispo de Roma, el cual preside en la comunión universal de la caridad. Le pido que prosiga esta reflexión, ampliándola a la Iglesia universal:  ¿Cuál es el carisma singular de la Iglesia de Roma y cuáles son las características que la hacen única en el mundo, por un don misterioso de la Providencia? Tener como obispo al Pastor de la Iglesia universal, ¿qué implica en su misión, en particular hoy? No queremos conocer nuestros privilegios. Antes se decía:  "parochus in urbe, episcopus in orbe". Lo que queremos saber es cómo vivir este carisma, este don de vivir como sacerdotes en Roma y qué es lo que usted espera de nosotros, los párrocos romanos.
Dentro de pocos días usted irá al Capitolio para encontrarse con las autoridades civiles de Roma y hablará de los problemas materiales de nuestra ciudad. Hoy le pedimos que nos hable a nosotros de los problemas espirituales de Roma y de su Iglesia. Y, a propósito de su visita al Capitolio, me he tomado la licencia de dedicarle un soneto en romanesco, pidiéndole que lo escuche: 
"El Papa que sube al Capitolio / es un hecho que te deja atónito / porque esta vez sale de su sede / por afecto de buen vecino. / El alcalde y el concejo con orgullo / le han hecho una invitación muy cordial / porque Roma, como sabemos, se quiera o no se quiera/ no puede prescindir del papado. / Roma, tú has tenido en el pecho / la fuerza para llevar la civilización. / Cuando Pedro te puso el solideo / Dios te convirtió en eterna. / Acoge, pues, al Papa Benedicto / que sube a bendecirte y agradecerte.



Gracias. Hemos escuchado hablar al corazón romano, que es un corazón de poesía. Es muy hermoso escuchar de vez en cuando a alguien que habla en romanesco, y constatar cómo la poesía está profundamente arraigada en el corazón romano. Esto, quizá, es un privilegio natural que el Señor dio a los romanos. Es un carisma natural, que precede a los eclesiales.
Su pregunta, si entendí bien, tiene dos partes. Ante todo, cuál es la responsabilidad concreta del Obispo de Roma hoy. Aunque luego usted extiende, con razón, el privilegio petrino a toda la Iglesia de Roma -así era considerado en la Iglesia antigua- y pregunta cuáles son las obligaciones de la Iglesia de Roma para responder a esta vocación suya.
No es necesario desarrollar aquí la doctrina del primado; todos la conocéis muy bien. Es importante destacar el hecho de que realmente el Sucesor de Pedro, el ministerio de Pedro, garantiza la universalidad de la Iglesia; así se superan los nacionalismos y otras fronteras que existen en la humanidad de hoy, para ser realmente una Iglesia en la diversidad y en la riqueza de las numerosas culturas.
Vemos cómo también las demás comunidades eclesiales, las demás Iglesias, sienten la necesidad de un punto de unificación para no caer en el nacionalismo, en la identificación con una cultura determinada, para estar realmente abiertos, todos para todos, y para sentirse casi obligados a abrirse siempre a todos los demás. Me parece que el ministerio fundamental del Sucesor de Pedro consiste en garantizar esta catolicidad, que implica multiplicidad, diversidad, riqueza de culturas, respeto de las diferencias; y que, al mismo tiempo, excluye la absolutización y une a todos, les obliga a abrirse, a salir de la absolutización de lo propio para encontrarse en la unidad de la familia de Dios, que el Señor ha querido y por la que garantiza el Sucesor de Pedro, como unidad en la diversidad.
Naturalmente, la Iglesia del Sucesor de Pedro debe llevar juntamente con su obispo este peso, esta alegría del don de su responsabilidad. En el Apocalipsis el obispo aparece como ángel de su Iglesia, es decir, en cierto sentido como la incorporación de su Iglesia, a la que debe responder el ser de la Iglesia misma. Por tanto, la Iglesia de Roma, juntamente con el Sucesor de Pedro y como su Iglesia particular, debe garantizar precisamente esta universalidad, esta apertura, esta responsabilidad por la trascendencia del amor, este presidir en el amor que excluye los particularismos.
También debe garantizar la fidelidad a la Palabra del Señor, al don de la fe, que no hemos inventado nosotros, sino que es realmente un don que sólo podía venir de Dios mismo. Este es y será siempre el deber, pero también el privilegio, de la Iglesia de Roma, contra las modas, contra los particularismos, contra la absolutización de algunos aspectos, contra las herejías, que siempre son absolutizaciones de un aspecto. Asimismo, es el deber de garantizar la universalidad y la fidelidad a la integridad, a la riqueza de su fe, de su camino en la historia que siempre se abre al futuro. Y, juntamente con este testimonio de fe y de universalidad, naturalmente debe dar el ejemplo de la caridad.
Así nos dice san Ignacio, identificando en esta palabra un poco enigmática, el sacramento de la Eucaristía, la acción de amar a los demás. Y, volviendo al punto anterior, es muy importante esta identificación con la Eucaristía, que es ágape, es caridad, es la presencia de la caridad, que nos ha sido donada en Cristo. Debe ser siempre caridad, signo y causa de caridad al abrirse a los demás, de este darse a los demás, de esta responsabilidad con respecto a los necesitados, a los pobres, a los olvidados. Esta es una gran responsabilidad.
Al presidir en la Eucaristía sigue el presidir en la caridad, que sólo puede testimoniar la comunidad misma. Esta es la gran tarea, el gran deber de la Iglesia de Roma:  ser realmente ejemplo y punto de partida de la caridad. En  este  sentido  es baluarte de la caridad.
En el presbiterio de Roma somos de todos los continentes, de todas las razas, de todas la filosofías y de todas las culturas. Me alegra que precisamente el presbiterio de Roma manifieste la universalidad, que en la unidad de la pequeña Iglesia local manifieste la presencia de la Iglesia universal. Es más difícil y exigente ser también y realmente portadores del testimonio, de la caridad, de estar entre los demás con nuestro Señor. Sólo nos queda orar al Señor para que nos ayude en cada una de las parroquias, en cada una de las comunidades, a fin de que todos juntos podamos ser realmente fieles a este don, a este mandato:  presidir la caridad.

 

María, mujer de la escucha


Santo Padre, soy el padre Guillermo M. Cassone, de la comunidad de los padres de Schönstatt en Roma, vicario parroquial en la parroquia de los santos patronos de Italia, San Francisco y Santa Catalina, en el Trastévere.
Después del Sínodo sobre la Palabra de Dios, reflexionando sobre la proposición 55:  "María Mater Dei et Mater fidei", me pregunté cómo mejorar la relación entre la Palabra de Dios y la piedad mariana, tanto en la vida espiritual sacerdotal como en la acción pastoral. Me ayudan dos imágenes:  la Anunciación, para la escucha; y la Visitación, para el anuncio. Santidad, le pido que nos ilumine con su enseñanza sobre este tema. Gracias por este don.



Me parece que usted mismo ha dado también la respuesta a su pregunta. En realidad, María es la mujer de la escucha. Lo vemos en el encuentro con el ángel y lo volvemos a ver en todas las escenas de su vida, desde las bodas de Caná hasta la cruz y hasta el día de Pentecostés, cuando estaba en medio de los Apóstoles precisamente para acoger al Espíritu Santo. Es el símbolo de la apertura, de la Iglesia que espera la venida del Espíritu Santo.
En el momento del anuncio del ángel podemos ver ya la actitud de escucha, una escucha verdadera, una escucha dispuesta a interiorizar:  no dice simplemente "sí", sino que asimila la Palabra, acoge en sí la Palabra. Y después sigue la verdadera obediencia, como una Palabra ya interiorizada, es decir, transformada en Palabra en mí y para mí, como forma de mi vida. Es algo muy hermoso ver esta escucha activa, o sea, una escucha que atrae la Palabra de modo que entre y se transformé en Palabra en mí, reflexionándola y aceptándola hasta lo más íntimo del corazón. Así la Palabra se convierte en encarnación.
Lo mismo vemos en el Magníficat. Sabemos que es un texto entretejido con palabras del Antiguo Testamento. Vemos que María es realmente una mujer de escucha, que en el corazón conocía la Escritura. No sólo conocía algunos textos; estaba tan identificada con la Palabra, que en su corazón y en sus labios las palabras del Antiguo Testamento se transforman, sintetizadas, en un canto. Vemos que su vida estaba realmente penetrada por la Palabra; había entrado en la Palabra, la había asimilado; así en ella se había convertido en vida, transformándose luego de nuevo en Palabra de alabanza y de anuncio de la grandeza de Dios.
Me parece que san Lucas, refiriéndose a María, dice al menos tres veces, o tal vez cuatro, que asimiló y conservó las Palabras en su corazón. Para los Padres, era el modelo de la Iglesia, el modelo del creyente que conserva la Palabra, que lleva en sí la Palabra, y no sólo la ley; que la interpreta con la inteligencia, para saber qué significaba en aquel tiempo, cuáles son los problemas filológicos. Todo esto es interesante, importante, pero más importante aún es escuchar la Palabra que se ha de conservar y que se hace Palabra en mí, vida en mí y presencia del Señor. Por eso me parece importante el nexo entre mariología y teología de la Palabra, del que hablaron también los padres sinodales y del que hablaremos en el documento postsinodal.
Es evidente que la Virgen es palabra de la escucha, palabra silenciosa, pero también palabra de alabanza, de anuncio, porque en la escucha la Palabra se hace de nuevo carne, y así se transforma en presencia de la grandeza de Dios.


El intercambio de dones

Santo Padre, soy Pietro Riggi, salesiano, y trabajo en el "Borgo ragazzi don Bosco". Mi pregunta es la siguiente:  el concilio Vaticano ii aportó muchas novedades importantísimas a la Iglesia, pero no abolió las cosas que ya existían. Me parece que algunos sacerdotes o teólogos quisieran hacer creer que es espíritu del Concilio algo que en realidad no tiene nada que ver con el Concilio mismo. Por ejemplo, las indulgencias. Tenemos el Manual de las indulgencias de la Penitenciaría apostólica. A través de las indulgencias se acude al tesoro de la Iglesia y se puede ayudar con sufragios a las almas del Purgatorio. Tenemos un calendario litúrgico en el que se dice cuándo y cómo se pueden lucrar las indulgencias plenarias, pero muchos sacerdotes ya no hablan de ellas, impidiendo que lleguen sufragios importantísimos a las almas del Purgatorio. Y luego están las bendiciones. Tenemos el Manual de las bendiciones, en el que se prevé la bendición de personas, locales, objetos e incluso alimentos. Pero muchos sacerdotes las ignoran; otros las consideran preconciliares. De esta forma rechazan a los fieles que piden lo que por derecho deberían tener.
Y lo mismo sucede con algunas prácticas de piedad muy conocidas. Los primeros viernes de mes no fueron abolidos por el concilio Vaticano ii, pero muchos sacerdotes ya no hablan o incluso hablan mal de esta práctica. Hoy existe una especie de aversión a estas prácticas, porque las ven como cosas antiguas o perjudiciales, como cosas viejas y preconciliares, y a mí me parece que todas estas oraciones y prácticas cristianas son muy actuales y muy importantes. Creo que se deberían promover, explicándolas de modo adecuado al pueblo de Dios, con sano equilibrio y con verdad, para respetar la doctrina completa del Vaticano ii.
También quiero preguntarle lo siguiente:  en cierta ocasión, usted, hablando de Fátima, dijo que existe un nexo entre Fátima y Akita, la Virgen que lloró sangre en Japón. Tanto Pablo vi como Juan Pablo ii celebraron en Fátima una misa solemne y utilizaron el mismo pasaje de la Sagrada Escritura, Apocalipsis 12, la mujer vestida de sol que libra un combate decisivo contra la serpiente antigua, el diablo, satanás. ¿Hay afinidad entre Fátima y Apocalipsis 12?
Concluyo:  el año pasado, un sacerdote le regaló un cuadro. Yo no sé pintar, pero quiero hacerle un regalo. Por eso, he pensado en regalarle tres libros que he escrito recientemente. Espero que le gusten.


 
Son realidades de las que el Concilio no habló, pero que supone como realidades en la Iglesia. Viven en la Iglesia y se desarrollan. Ahora no es el momento de entrar en el gran tema de las indulgencias. Pablo vi reorganizó este tema y nos indicó las líneas para comprenderlo. Yo diría que se trata sencillamente de un intercambio de dones, es decir:  los bienes que hay en la Iglesia son para todos. Con esta clave de la indulgencia podemos entrar en esta comunión de los bienes en la Iglesia.
Los protestantes se oponen, afirmando que el único tesoro es Cristo. Pero para mí lo maravilloso es que Cristo -el cual realmente es más que suficiente en su amor infinito, en su divinidad y su humanidad- quiso añadir a lo que él hizo también nuestra pobreza. No nos considera sólo como objetos de su misericordia, sino que nos hace sujetos de la misericordia y del amor, juntamente con él, como si nos quisiera añadir -si bien no cuantitativamente, al menos en sentido mistérico- al gran tesoro del Cuerpo de Cristo. Quería ser la Cabeza con el cuerpo. Y quería que con el cuerpo se completara el misterio de su redención. Jesús quería tener a la Iglesia como su cuerpo, en el que se realiza toda la riqueza de lo que él hizo. Este misterio nos muestra precisamente que existe un thesaurus Ecclesiae; que el cuerpo, al igual que la Cabeza, da mucho; que nosotros podemos recibir unos de otros, y podemos dar unos a otros.
Esto mismo vale para las demás cosas. Por ejemplo, los viernes del Sagrado Corazón constituyen una práctica muy hermosa en la Iglesia. No son cosas necesarias, pero se han desarrollado en la riqueza de la meditación del misterio. Así el Señor nos ofrece en la Iglesia estas posibilidades. Creo que ahora no es el momento de entrar en todos los detalles. Cada uno puede comprender, más o menos, qué cosa es menos importante que otra, pero nadie debería despreciar esta riqueza, que ha crecido a lo largo de los siglos como ofrecimiento y como multiplicación de las luces en la Iglesia. La luz de Cristo es única. Se manifiesta en todos sus colores y ofrece el conocimiento de la riqueza de su don, la interacción entre Cabeza y cuerpo, la interacción entre los miembros, a fin de que todos juntos podamos ser de verdad un organismo vivo, en el que cada uno da a todos, y todos dan al Señor, el cual se nos ha dado totalmente a nosotros.