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El jueves 26 de febrero 2009, Benedicto XVI se reunió, en la sala de las Bendiciones del palacio apostólico vaticano, con los sacerdotes de la diócesis de Roma para la audiencia cuaresmal. El encuentro revistió la forma de diálogo: ocho sacerdotes le hicieron preguntas al Santo Padre y él, improvisando, les respondió a cada uno. Entre los temas que se tocaron figuraban: la grave crisis económica, la formación de los presbíteros, el fenómeno de la secularización, la emergencia educativa, la acción caritativa, el valor de la liturgia, el significado del ministerio del Obispo de Roma, la Palabra de Dios y el concilio Vaticano ii. Ofrecemos las preguntas de los sacerdotes juntamente con las respuestas que les dio Su Santidad.
Una Iglesia joven
Santo Padre, soy don Gianpiero Palmieri, párroco de la parroquia de San Frumencio en los Prati Fiscali. Quiero hacerle una pregunta sobre la misión evangelizadora de la comunidad cristiana, y en particular sobre el papel y la formación de los presbíteros dentro de esta misión evangelizadora.
Para explicarme, parto de un episodio personal. Cuando, joven presbítero, comencé mi servicio pastoral en la parroquia y en la escuela, me sentía fuerte por el bagaje de los estudios y por la formación recibida, bien afirmado en el mundo de mis convicciones de los sistemas de pensamiento. Una mujer creyente y sabia, al verme en acción, meneó la cabeza sonriendo y me dijo: "Don Gianpiero, ¿cuándo te vas a poner los pantalones largos?, ¿cuándo vas a llegar a ser hombre?". Es un episodio que se me grabó en el corazón. Aquella mujer sabia intentaba explicarme que la vida, el mundo real, Dios mismo, son más grandes y sorprendentes que los conceptos que nosotros elaboramos. Me invitaba a ponerme a la escucha de lo humano para intentar entender, para comprender, sin tener prisa en juzgar. Me pedía que aprendiera a entrar en relación con la realidad, sin temores, porque en la realidad se encuentra Cristo mismo, que actúa misteriosamente en su Espíritu.
Hoy los presbíteros no nos sentimos preparados o adecuados para la misión evangelizadora, andamos todavía con los pantalones cortos, tanto en el aspecto cultural -no conocemos las grandes directrices del pensamiento contemporáneo, en sus características positivas y en sus límites- como, sobre todo, en el aspecto humano. Siempre corremos el riesgo de ser demasiado esquemáticos, incapaces de comprender de modo adecuado el corazón de los hombres de hoy. El anuncio de la salvación en Jesús ¿no es también el anuncio del hombre nuevo Jesús, el Hijo de Dios, en el que nuestra pobre humanidad es redimida, hecha auténtica, transformada por Dios? Entonces mi pregunta es esta: ¿Comparte usted estos pensamientos? A nuestras comunidades cristianas viene mucha gente herida por la vida. ¿Qué lugares y formas podemos inventar para ayudar a los demás al encuentro con Jesús? ¿Y cómo construir en nosotros, sacerdotes, una humanidad hermosa y fecunda? Gracias, Santidad.
Benedicto XVI:
Gracias. Queridos hermanos, ante todo quiero expresar mi gran alegría de estar con vosotros, párrocos de Roma, mis párrocos; estamos en familia. El cardenal vicario nos ha dicho bien que es un momento de descanso espiritual. Y en este sentido también agradezco el hecho de poder comenzar la Cuaresma con un momento de descanso espiritual, de respiro espiritual, en contacto con vosotros. Asimismo, ha dicho: estamos juntos para que vosotros podáis contarme vuestras experiencias, vuestros sufrimientos y también vuestros éxitos y alegrías. Por tanto, yo no diría que aquí habla un oráculo, al que vosotros preguntáis. Estamos, más bien, en un intercambio familiar, en el que para mí es muy importante conocer, a través de vosotros, la vida en las parroquias, vuestras experiencias con la Palabra de Dios en el contexto del mundo actual.
Yo también quiero aprender, acercarme a la realidad de la que aquí, en el palacio apostólico, se está un poco alejado. Y este es también el límite de mis respuestas. Vosotros vivís en contacto directo, día a día, con el mundo de hoy; yo vivo en contactos esporádicos, que son muy útiles. Por ejemplo, ahora he tenido la visita "ad limina" de los obispos de Nigeria. Así he podido ver, a través de las personas, la vida de la Iglesia en un país importante de África, el más grande, con 140 millones de habitantes, gran número de católicos, y tocar las alegrías y también los sufrimientos de la Iglesia.
Pero para mí, obviamente, este es un descanso espiritual, porque es una Iglesia como la vemos en los Hechos de los Apóstoles. Una Iglesia donde reina la alegría lozana de haber encontrado a Cristo, de haber encontrado al Mesías de Dios. Una Iglesia que vive y crece cada día. La gente está contenta de encontrar a Cristo. Tienen vocaciones, y así pueden dar sacerdotes fidei donum a los distintos países del mundo. Y, ciertamente, ver que no es una Iglesia cansada, como se encuentra a menudo en Europa, sino una Iglesia joven, llena de alegría del Espíritu Santo, es un refresco espiritual. Pero, con todas estas experiencias universales, para mí también es importante ver mi diócesis, los problemas y todas las realidades que viven en esta diócesis.
En este sentido, estoy de acuerdo con usted en lo fundamental: no basta predicar o hacer pastoral con el valioso bagaje adquirido en los estudios de teología. Esto es importante y fundamental, pero se debe personalizar: de conocimiento académico, que hemos aprendido y también reflexionado, debe convertirse en visión personal de mi vida, para llegar a otras personas. En este sentido, quiero decir que en el encuentro con nuestros parroquianos es importante, por una parte, concretar con nuestra experiencia personal de fe la gran palabra de la fe, pero también no perder su sencillez. Naturalmente, palabras grandes de la tradición -como sacrificio de expiación, redención del sacrificio de Cristo, pecado original- hoy son incomprensibles como tales. No podemos trabajar sólo con grandes fórmulas, verdaderas, pero que ya no se entienden en el contexto del mundo de hoy. A través del estudio, de lo que nos dicen los maestros de teología, y de nuestra experiencia personal con Dios, debemos concretar, traducir esas grandes palabras, de forma que entren en el anuncio de Dios al hombre de hoy.
Y, por otra parte, yo diría que no debemos cubrir la sencillez de la Palabra de Dios en valoraciones demasiado pesadas de consideraciones humanas. Recuerdo que un amigo, tras haber escuchado predicaciones con largas reflexiones antropológicas para llegar juntos al Evangelio, decía: A mí no me interesan estas consideraciones; yo quiero entender lo que dice el Evangelio. Y me parece que, a menudo, en lugar de largas reflexiones, sería mejor decir -yo lo hice cuando estaba aún en mi vida normal-: este Evangelio no nos gusta, somos contrarios a lo que dice el Señor. ¿Pero qué quiere decir? Si yo digo sinceramente que a primera vista no estoy de acuerdo, ya hemos puesto atención: se ve que yo quisiera, como hombre de hoy, entender lo que dice el Señor. Así podemos entrar de lleno en el núcleo de la Palabra, sin largos rodeos.
También debemos tener presente, sin falsas simplificaciones, que los doce apóstoles eran pescadores, artesanos, de una provincia, Galilea, sin preparación particular, sin conocimiento del gran mundo griego o latino. Y sin embargo fueron a todos los lugares del Imperio, incluso fuera de él, hasta la India, y anunciaron a Cristo con sencillez y con la fuerza de la sencillez de lo que es verdadero. Y también esto me parece importante: no perdamos la sencillez de la verdad. Dios existe y no es un ser hipotético, lejano, sino cercano; ha hablado con nosotros, ha hablado conmigo. Así digamos sencillamente qué es y cómo se puede y se debe explicar y desarrollar naturalmente. Pero no perdamos el hecho de que no proponemos reflexiones, no proponemos una filosofía, sino el anuncio sencillo del Dios que ha actuado. Y que ha actuado también conmigo.
Y, después, para la contextualización cultural, romana -que es absolutamente necesaria-, yo diría que la primera ayuda es nuestra experiencia personal. No vivimos en la luna. Soy un hombre de este tiempo si vivo sinceramente mi fe en la cultura de hoy, siendo uno que vive con los medios de comunicación de hoy, con los diálogos, con las realidades de la economía, con todo, si yo mismo tomo en serio mi propia experiencia e intento personalizar en mí esta realidad. Así estamos en el camino de hacer que también los demás nos entiendan. San Bernardo de Claraval, en su libro de reflexiones a su discípulo el Papa Eugenio, dijo: intenta beber de tu propia fuente, es decir, de tu propia humanidad. Si eres sincero contigo mismo y empiezas a ver en ti qué es la fe, con tu experiencia humana en este tiempo, bebiendo de tu propio pozo, como dice san Bernardo, también puedes decir a los demás lo que hay que decir. En este sentido, me parece importante estar realmente atentos al mundo de hoy, pero también al Señor presente en mí mismo: ser un hombre de este tiempo y a la vez un creyente de Cristo, que en sí transforma el mensaje eterno en mensaje actual.
¿Y quién conoce a los hombres de hoy mejor que el párroco? La casa parroquial no está en el mundo, sino en la parroquia. Y allí a menudo los hombres acuden normalmente al párroco sin máscara, sin otros pretextos, sino en situación de sufrimiento, de enfermedad, de muerte, de cuestiones familiares. Vienen al confesonario sin máscara, con su propio ser. Ninguna otra profesión -me parece- da esta posibilidad de conocer al hombre como es en su humanidad y no en el papel que desempeña en la sociedad. En este sentido, podemos estudiar realmente al hombre tal como es en su profundidad, cuando no desempeña papeles; podemos conocer también nosotros mismos al ser humano, al hombre siempre en la escuela de Cristo. En este sentido, yo diría que es absolutamente importante conocer al hombre, al hombre de hoy, en nosotros y con los demás, pero siempre en la escucha atenta al Señor y aceptando en mí la semilla de la Palabra, porque en mí se transforma en trigo y se hace comunicable a los demás.
La Palabra y el testimonio
Soy don Fabio Rosini, párroco de Santa Francisca Romana en el Ardeatino. Ante el actual proceso de secularización y sus evidentes consecuencias sociales y existenciales, muy oportunamente, en muchas ocasiones, hemos recibido de su magisterio, en admirable continuidad con el de su venerado predecesor, la exhortación a la urgencia del primer anuncio, al celo pastoral por la evangelización o nueva evangelización, a tener una mentalidad misionera. Hemos comprendido que es muy importante la conversión de la acción pastoral ordinaria, sin presuponer ya la fe de la masa y sin contentarnos con atender a la porción de creyentes que persevera, gracias a Dios, en la vida cristiana, sino interesándonos más decidida y orgánicamente por las muchas ovejas perdidas o, al menos, desorientadas. Muchos presbíteros romanos, con diversos enfoques, hemos intentado responder a esta urgencia objetiva de refundar o con frecuencia incluso de fundar la fe. Se están multiplicando las experiencias de primer anuncio y no faltan resultados muy esperanzadores. Personalmente puedo constatar que el Evangelio, anunciado con alegría y franqueza, no tarda en ganarse el corazón de los hombres y mujeres de esta ciudad, precisamente porque es la verdad y corresponde a la necesidad más íntima de la persona humana.
En efecto, la belleza del Evangelio y de la fe, si se presenta con amorosa autenticidad, es evidente por sí misma. Pero los números, a veces sorprendentemente altos, no garantizan por sí mismos la bondad de una iniciativa. En la historia de la Iglesia, incluso la reciente, no faltan ejemplos. Un éxito pastoral, paradójicamente, puede esconder un error, un defecto en su planteamiento, que quizás no se vea inmediatamente. Por eso quiero preguntarle: ¿Cuáles deben ser los criterios imprescindibles de esta urgente acción de evangelización? ¿Cuáles son, según usted, los elementos que garantizan que no se corre en vano en la labor pastoral del anuncio a esta generación contemporánea a nosotros? Le pido humildemente que nos señale, en su prudente discernimiento, los parámetros que hay que respetar y valorar para poder decir que realizamos una obra evangelizadora que sea genuinamente católica y que produzca frutos para la Iglesia. Le agradezco de corazón su iluminado magisterio. Bendíganos.
Me alegra oír que se hace realmente este primer anuncio, que se va más allá de los límites de la comunidad fiel, de la parroquia, buscando las ovejas perdidas; que se intenta ir hacia el hombre de hoy que vive sin Cristo, que ha olvidado a Cristo, para anunciarle el Evangelio. Y me alegra oír que no sólo se hace esto, sino que de ahí se consiguen incluso éxitos numéricamente confortantes. Así pues, veo que vosotros sois capaces de hablar a aquellas personas en las que se debe refundar, o incluso fundar, la fe.
Para este trabajo concreto yo no puedo dar recetas, porque se pueden seguir distintos caminos, según las personas, según sus profesiones, según las diversas situaciones. El catecismo indica la esencia de lo que hay que anunciar. Pero quien conoce las situaciones es quien debe aplicar las indicaciones, encontrar un método para abrir los corazones e invitar a ponerse en camino con el Señor y con la Iglesia.
Usted habla de los criterios de discernimiento para no correr en vano. Ante todo quiero decir que las dos partes son importantes. La comunidad de los fieles es muy importante y no debemos subestimar -incluso mirando a las numerosas personas que están alejadas- la realidad positiva y hermosa que constituyen estos fieles, los cuales dicen sí al Señor en la Iglesia, intentando vivir la fe, intentando seguir las huellas del Señor. Como he dicho hace un momento al responder a la primera pregunta, debemos ayudar a estos fieles a ver la presencia de la fe, a entender que no es algo del pasado, sino que hoy muestra el camino, enseña a vivir como hombre. Es muy importante que en su párroco encuentren realmente al pastor que los ama y les ayuda a escuchar hoy la Palabra de Dios; a entender que es una Palabra para ellos y no sólo para las personas del pasado o del futuro; que les ayuda también en la vida sacramental, en la experiencia de la oración, en la escucha de la Palabra de Dios y en la vida de la justicia y de la caridad, porque los cristianos deberían ser fermento en nuestra sociedad, en la que existen tantos problemas, tantos peligros y tanta corrupción.
Así, creo que pueden desempeñar también un papel misionero "sin palabras", ya que se trata de personas que viven realmente una vida recta. Dan testimonio de que es posible vivir bien en los caminos indicados por el Señor. Nuestra sociedad necesita precisamente estas comunidades capaces de vivir hoy la justicia no sólo para sí mismas sino también para los demás. Personas que, como hemos oído en la primera lectura, sepan vivir la vida. Esta lectura al principio dice: "Elige la vida": es fácil decir sí. Pero luego prosigue: "Tu vida es Dios". Por tanto, elegir la vida es elegir la opción por la vida, porque es la opción por Dios. Si hay personas o comunidades que hacen esta opción completa por la vida y hacen visible el hecho de que la vida que han escogido es realmente vida, dan un testimonio de grandísimo valor.
Y paso a una segunda reflexión. Para el anuncio necesitamos dos elementos: la Palabra y el testimonio. Como nos dice el Señor mismo, es necesaria la Palabra que dice lo que él nos ha dicho, que hace aparecer la verdad de Dios, la presencia de Dios en Cristo, el camino que se abre delante de nosotros. Por tanto, como usted ha dicho, se trata de un anuncio en el presente, que traduce las palabras del pasado al mundo de nuestra experiencia. Es absolutamente indispensable, fundamental, dar credibilidad a esta Palabra con el testimonio, para que no aparezca sólo como una filosofía bonita, o como una utopía bonita, sino más bien como una realidad. Una realidad con la que se puede vivir; y no sólo eso: una realidad que también hace vivir. En este sentido me parece que el testimonio de la comunidad creyente, como telón de fondo de la Palabra, del anuncio, es sumamente importante. Con la Palabra debemos abrir lugares de experiencia de la fe a aquellos que buscan a Dios. Así lo hizo la Iglesia antigua con el catecumenado, que no era simplemente una catequesis, algo doctrinal, sino un lugar de experiencia progresiva de la vida de la fe, en la cual se revela también la Palabra, que sólo se hace comprensible si se interpreta con la vida, si se realiza con la vida.
Por tanto, junto con la Palabra, me parece importante la presencia de un lugar de hospitalidad de la fe, un lugar en el que se hace una experiencia progresiva de la fe. Y aquí veo también una de las tareas de la parroquia: ofrecer hospitalidad a quienes no conocen esta vida típica de la comunidad parroquial. No debemos ser un círculo cerrado en nosotros mismos. Tenemos nuestras costumbres, pero de cualquier modo debemos abrirnos e intentar crear también vestíbulos, es decir, espacios de acercamiento. Uno que estaba alejado no puede entrar inmediatamente en la vida formada de una parroquia, que ya tiene sus costumbres. Para él, de momento, todo es muy sorprendente, lejano de su vida. Por tanto, debemos tratar de crear, con ayuda de la Palabra, lo que la Iglesia antigua creó con los catecumenados: espacios donde se pueda empezar a vivir la Palabra, a seguir la Palabra, a hacerla comprensible y realista, correspondiendo a formas de experiencia real. En este sentido me parece muy importante lo que usted ha señalado, es decir, la necesidad de unir la Palabra con el testimonio de una vida recta, de ser para los demás, de abrirse a los pobres, a los necesitados, pero también a los ricos, que necesitan abrir su corazón, necesitan que alguien llame a su corazón. Así pues, se trata de espacios diversos, según la situación.
Me parece que en teoría se puede decir poco, pero la experiencia concreta mostrará los caminos que conviene seguir. Y naturalmente -un criterio que siempre es importante seguir- es necesario estar en la gran comunión de la Iglesia, aunque quizás en un espacio aún algo lejano, es decir, en comunión con el obispo, con el Papa, y así en comunión con el gran pasado y con el gran futuro de la Iglesia. En efecto, estar en la Iglesia católica no implica sólo estar en un gran camino que nos precede; significa también estar en la perspectiva de una gran apertura al futuro. Un futuro que se abre sólo de esta forma. Quizás podría proseguir hablando de los contenidos, pero podemos encontrar otra ocasión para hacerlo.
El sacerdote y los jóvenes
Santo Padre, soy don Giuseppe Forlai, vicario parroquial en la parroquia de San Juan Crisóstomo, en el sector norte de nuestra diócesis. La emergencia educativa, de la que usted, Santidad, ha hablado autorizadamente, también es, como todos sabemos, una emergencia de educadores, de modo especial en dos aspectos. Ante todo, es necesario prestar más atención a la continuidad de la presencia del educador-sacerdote. Un joven no hace un pacto de crecimiento con quien se va después de dos o tres años, entre otras razones porque ya está comprometido emotivamente a gestionar sus relaciones con unos padres que abandonan la casa, con nuevos compañeros de la madre o del padre, con profesores precarios que cada año cambian. Para educar hace falta estabilidad. La primera necesidad que siento es, por tanto, la de cierta estabilidad del educador-sacerdote en el lugar.
Segundo aspecto: creo que el segundo campo donde está en juego la pastoral juvenil es el de la cultura. La cultura entendida como competencia emotivo-relacional y como dominio de las palabras que contienen los conceptos. Un joven sin esta cultura, el día de mañana puede ser un pobre hombre, corre el peligro de fracasar afectivamente y de naufragar en el mundo del trabajo. Un joven sin esta cultura corre el peligro de ser un no creyente o, peor aún, un practicante sin fe, porque la incompetencia en las relaciones deforma la relación con Dios, y la ignorancia de las palabras bloquea la comprensión de la excelencia de la palabra del Evangelio.
No basta que los jóvenes llenen físicamente los locales de nuestros oratorios para pasar un rato de su tiempo libre. Yo quisiera que el oratorio fuera un lugar donde se aprenda a desarrollar competencias relacionales y donde a uno se le escucha y se le apoya en sus estudios. Un lugar que no sea el refugio constante de quienes no tienen ganas de estudiar o de comprometerse, sino una comunidad de personas que planteen los interrogantes adecuados para abrir al sentido religioso y donde se haga la gran caridad de ayudar a pensar.
Y aquí se debería abrir también una reflexión seria sobre la colaboración entre oratorios y profesores de religión. Santidad, diríjanos de nuevo una palabra autorizada sobre estos dos aspectos de la emergencia educativa: la necesaria estabilidad de los agentes y la urgencia de tener educadores-sacerdotes culturalmente capaces. Muchas gracias.
Bien, comencemos por el segundo punto, que es más amplio y, en cierto sentido, también más fácil. Ciertamente, un oratorio en el que sólo se realizan juegos y se toman bebidas sería completamente superfluo. En realidad, el sentido de un oratorio debe ser una formación cultural, humana y cristiana de la personalidad, que debe llegar a ser una personalidad madura. En esto estamos totalmente de acuerdo y, a mi parecer, precisamente hoy existe una pobreza cultural, pues se saben muchas cosas, pero sin corazón, sin una conexión interior, ya que falta una visión común del mundo.
Por eso, una solución cultural inspirada por la fe de la Iglesia, por el conocimiento de Dios que nos ha dado, es absolutamente necesaria. Yo diría que la función de un oratorio es precisamente que uno no sólo encuentre posibilidades para su tiempo libre, sino sobre todo que encuentre formación humana integral que le lleve a forjarse una personalidad completa.
Desde luego, el mismo sacerdote como educador debe estar bien formado y debe estar inmerso en la cultura actual, debe tener una gran cultura, para ayudar también a los jóvenes a entrar en una cultura inspirada por la fe. Yo añadiría, naturalmente, que al final el punto de orientación de toda cultura es Dios, el Dios presente en Cristo. Hoy vemos cómo hay personas con muchos conocimientos, pero sin orientación interior. Así la ciencia puede ser incluso peligrosa para el hombre, porque sin orientaciones éticas más profundas, deja al hombre a merced de la arbitrariedad y, por tanto, sin las orientaciones necesarias para llegar a ser realmente hombre.
En este sentido, el corazón de toda formación cultural, tan necesaria, debe ser sin duda la fe: conocer el rostro de Dios que se manifestó en Cristo y así tener el punto de orientación para toda la otra cultura, que de lo contrario queda desorientada y desorienta. Una cultura sin conocimiento personal de Dios y sin conocimiento del rostro de Dios en Cristo, es una cultura que podría ser incluso destructiva, porque no conoce las orientaciones éticas necesarias. En este sentido, a mi parecer, tenemos realmente una misión de formación cultural y humana profunda, que se abre a todas las riquezas de la cultura de nuestro tiempo, pero también da el criterio, el discernimiento para probar hasta qué punto es cultura verdadera y hasta qué punto podría ser una anti-cultura.
Para mí es mucho más difícil la primera pregunta -esta pregunta se dirige también a su eminencia-, es decir, la permanencia del joven sacerdote para dar orientación a los jóvenes. Sin duda, una relación personal con el educador es importante y debe tener también la posibilidad de cierto período para orientarse juntos. Y, en este sentido, estoy de acuerdo en que el sacerdote, punto de orientación para los jóvenes, no puede cambiar cada día, pues así pierde precisamente esta orientación.
Por otra parte, el sacerdote joven también debe hacer experiencias diversas en contextos culturales diferentes, precisamente para llegar a adquirir, al final, el bagaje cultural necesario para ser, como párroco, punto de referencia durante largo tiempo en la parroquia. Y yo diría que en la vida del joven las dimensiones del tiempo son diferentes de las de la vida de un adulto. Los tres años que van desde los 16 hasta los 19, son al menos tan largos e importantes como los que van de los 40 a los 50. En efecto, precisamente en ellos se forja la personalidad; es un camino interior de gran importancia, de gran alcance existencial.
En este sentido, yo diría que tres años para un vicario parroquial es tiempo suficiente para formar a una generación de jóvenes. Por otra parte, así también puede conocer otros contextos, aprender en otras parroquias situaciones diferentes y enriquecer su bagaje humano. Este tiempo siempre basta para mantener cierta continuidad, un camino educativo de experiencia común, para aprender a ser hombre. Por lo demás, como ya he dicho, en la juventud tres años son un tiempo decisivo y muy largo, porque en ellos se forja realmente la personalidad futura.
Así pues, me parece que se podrían conciliar las dos exigencias: por una parte, que el sacerdote joven tenga la posibilidad de hacer experiencias diferentes a fin de enriquecer su bagaje de experiencia humana; y, por otra, la necesidad de estar un tiempo determinado con los jóvenes para introducirlos realmente en la vida, para enseñarles a ser personas humanas. En este sentido, creo que se pueden conciliar estos dos aspectos: experiencias diversas para un sacerdote joven, y continuidad en el acompañamiento de los jóvenes para guiarlos en la vida. Pero no sé lo que pueda decir el cardenal vicario en este sentido.
Cardenal Vallini:
Santo Padre, naturalmente comparto estas dos exigencias, la conciliación de las dos exigencias. A mi parecer, en Roma, por lo poco que he podido conocer, de algún modo se conserva cierta estabilidad de los sacerdotes jóvenes en las parroquias al menos durante algunos años, salvo excepciones. Siempre puede haber excepciones. Pero el verdadero problema surge a veces de graves exigencias o de situaciones concretas, sobre todo en las relaciones entre el párroco y el vicario parroquial -y aquí toco un nervio muy sensible-, así como también de la escasez de sacerdotes jóvenes.
Como ya le he dicho en otras ocasiones, cuando me ha recibido en audiencia, uno de los problemas más graves de nuestra diócesis es precisamente el número de las vocaciones al sacerdocio. Yo estoy convencido de que el Señor llama, de que sigue llamando. Tal vez deberíamos hacer algo más. Roma puede dar vocaciones; estoy convencido de que las dará. Pero en esta materia tan compleja interfieren muchos aspectos. Yo creo que se está garantizando cierta estabilidad y también yo, en la medida de mis posibilidades, seguiré las líneas que nos ha indicado usted, Santo Padre.
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