Nueva espiritualidad
Necesitamos una espiritualidad globalizada, un punto de vista más católico-universal que nunca. Nunca antes habíamos podido constatar con tanta claridad que los problemas son mundiales y que todos y todas formamos parte de los mecanismos que generan esos problemas. Nuestra Iglesia es universal por definición: es global desde hace dos mil años. Y nuestra perspectiva ha de ser hoy más que nunca ésta. Una perspectiva global supone ver el mundo desde las mayorías que sufren, desde los 5000 millones de personas para los cuales la vida es una aspiración y una lucha, ni siquiera un derecho o una posibilidad.
Ante la presunta impotencia que nos domina, la idea de que no se puede hacer nada porque todo es muy complicado, porque los poderosos son muy poderosos y nosotros muy pequeños, hay que apostar por la esperanza. Sí que hay utopías, no se han acabado. Nosotros y nosotras creemos en un imposible: que Jesús resucitó. Si creemos en esto también podemos creer que el mundo, y la Iglesia, pueden resucitar, que ya lo van haciendo, poco a poco, como podemos ver en tantos signos de esperanza. Sí que se pueden hacer cosas, y vale la pena hacerlas.
Y se puede soportar el sentimiento de mala conciencia e incoherencia que tantas veces sentimos, todas nuestras contradicciones y las contradicciones del mundo, porque estamos trabajando para que se reduzcan cada vez más esas incoherencias, y tenemos la profunda convicción (porque hemos hecho esa apuesta) de que algún día se terminarán.
Y ese trabajo pequeño pero fiel y coherente es lo que entendemos por militancia, desde la convicción y la apuesta de que vale la pena hacerlo, de que tiene sentido. Hablamos de una espiritualidad de resistencia porque de eso se trata, de resistir, con constancia y esperanza, desde lo pequeño, que se hace grande cuando somos muchos y muchas los que apostamos por ello
(Tomado de Lourdes Zambrana, Nuevas militancias para tiempos nuevos, aparecido en Cristianisme i Justícia n. 110)