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Mensaje final de las Jornadas nacionales de reflexión sobre la pastoral vocacional en las diócesis
(Madrid, 16-18 de noviembre 2007)
Con un gozo inmenso, cuantos hemos participado en las Jornadas Nacionales de Pastoral Vocacional -obispos, sacerdotes, personas de vida consagrada, seminaristas y laicos- hemos experimentado durante estos días de oración, reflexión y encuentro, la riqueza de nuestra Iglesia, viva y muy activa en sus miembros, y rica en sus distintos carismas especialmente por los llamados al ministerio sacerdotal y a vida consagrada.
Hemos reflexionado sobre las vocaciones como don de Dios que necesita ser implorado al “Dueño de la mies” (cf.. NVNE, 27), y que nosotros, especialmente llamados a anunciar su Palabra con nuestra vida debemos presentar y ofrecer, como el gran regalo con el que Jesús, Nuestro Señor, sigue prolongando hoy su consuelo al mundo. Somos conscientes de la llamada “pobreza vocacional”, pero también constatamos la riqueza de la Iglesia en España en sacerdotes, seminaristas, personas consagradas, misioneros y laicos y la calidad de su testimonio. Todo ello nos lleva a dar gracias a Dios de quien procede todo don. Acoger la vida como un don recibido, que por su propia naturaleza se convierte en un bien entregado, es el principio común de la pastoral vocacional.
Junto a la teología de la vocación, y las singulares “condiciones de vida” en la Iglesia, hemos reconocido de nuevo el valor de nuestro testimonio, nuestra palabra y nuestra labor, de la que quiere servirse el Señor para llamar a muchos otros, de modo que sea Cristo quien colme todas sus aspiraciones con la felicidad de amarle sobre todas las cosas entregándole la vida, para dar con Él vida al mundo. Deseamos, pues, convertirnos, para vivir más ejemplarmente y con más decisión nuestra propia vocación y ser siempre un reclamo que atraiga hacia Dios a tantas personas confundidas y desconcertadas respecto a su fe y al sentido de la vida en esta sociedad.
Hemos comprendido, ahora con más certeza, que existe una pedagogía de la vocación, : que toda la vida cristiana es seguimiento de Cristo, y que toda experiencia de fe debe orientar a cada uno a encontrar la mejor respuesta a la llamada del Señor que frecuentemente queda escondida y sin cumplimiento. El encuentro profundo con Dios en la oración y en los sacramentos, el testimonio de comunión y entrega de quienes viven con pasión su sacerdocio o su consagración al Señor, y el servicio de la caridad hacia los hermanos más pobres, son el camino más valioso para descubrirlo. Por consiguiente, estamos decididos a poner en práctica la dimensión vocacional de toda la pastoral y pedimos a cuantos anuncian el Evangelio en la Iglesia, especialmente entre los jóvenes y los niños, que asuman este convencimiento: Que presenten siempre la vocación como algo inherente a la vida de cada cristiano, y que, en todos los procesos catequéticos y en la predicación se muestre abiertamente la llamada al sacerdocio y a la vida consagrada como una opción que encarna una preciosa respuesta al amor de Dios que busca el nuestro para darse a todos. Así lo hemos reconocido en las comunicaciones y en las experiencias de estos días.
Invitamos a toda la Iglesia en unión con María a unirse en una misma plegaria, más viva e insistente que redunde en una profunda comunión de corazones y esfuerzos y que nos lleve a encontrar caminos para una renovada pastoral vocacional, con la que cada cristiano responda con amor de donación al amor de elección del Señor, para que juntos se transformen en el amor eficaz con el que Dios quiere salvar al mundo.
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