LA LECCIÓN DE LOS MONASTERIOS EN RELACIÓN A LA FELICIDAD
Cuando uno se acerca a un monasterio donde un grupo de personas que han consagrado su vida a Dios cantan al unísono mientras recorren las baldosas desgastadas del antiguo claustro, no es raro pensar que la felicidad sólo puede estar entre esos muros, y no en el estrés de una sociedad ambiciosa y marcada por el relativismo y el individualismo. Esa idea de que los conventos están más cerca de la felicidad es correcta. Pero no significa que no se pueda ser feliz fuera de sus muros. La expresión más habitual cuando uno comparte unos días con monjes o monjas es decir que «allí se respira paz». En efecto, el secreto está en la paz.
La paz de los monasterios nace de un único punto: de la confianza absoluta en que, si se pone la vida en manos de Dios, no puede pasar nada. Eso sí, como explicaba san Ignacio de Loyola, tenemos que rezar y poner esa confianza plena en Dios sabiendo que depende de nosotros; y trabajar sabiendo que todo, verdaderamente, depende de Dios.
Otro elemento fundamental en los monasterios que debería enseñarnos para comprender dónde está el secreto de la felicidad es la valoración del tiempo. Para el profesor Martin Seligman, de la Universidad de Pensylvannia, hay que «abandonar la creencia falsa de que las experiencias negativas pasadas determinan el presente y futuro». El que vive estancado en lo que tuvo ayer, o el error que cometió ayer, no puede disfrutar de su presente. Y mañana, cuando hoy se convierta en ayer, se arrepentirá de haber perdido la oportunidad de ser feliz.
(Tomado de Alfa y Omega, n. 444, 31 de marzo de 2005)