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“Hombres para y con los demás”
Entrevista con el P. Peter-Hans Kolvenbach, Superior general de los jesuitas
Desde el 25 de abril hasta el 2 de mayo, el P. Kolvenbach se encontrará en Chile participando en las reuniones de los provinciales de América Latina, además de las celebraciones de los 150 años del Colegio San Ignacio y de la canonización del P. Hurtado. El P. Kolvenbach, que fue ordenado sacerdote en Beirut en 1961, donde fue profesor de Lenguas Orientales por más de diez años, fue elegido superior general de los jesuitas en 1983. En esta entrevista nos comparte su visión de la Iglesia y de la Compañía de Jesús en el momento presente, el papel de los cristianos en Medio Oriente y América Latina, el aporte de los laicos y de la mujer en el servicio de la Iglesia y del mundo actual y próximo.
— Mensaje: Para transmitirles su visión a nuestros lectores: los jesuitas ¿quiénes son, en qué están, cuál es su función en la Iglesia?
— Hans-Peter Kolvenbach: Los casi 20.000 jesuitas de hoy son, como han sido siempre, servidores de la misión de Cristo. El Espíritu Santo suscitó en Ignacio y sus primeros compañeros el impulso misionero de anunciar la Buena Nueva, la Persona de Jesús, a quienes no lo conocen o no lo conocen bien. Dentro de la Iglesia los jesuitas asumen la misión de llevar esta Buena Nueva a las fronteras: allí donde empieza la indiferencia religiosa, la duda, la hostilidad al mensaje cristiano. Hay fronteras que no están hechas de cemento y ladrillo sino de prejuicios y actitudes que niegan, por ejemplo, la posibilidad de conjugar fe y razón. A ellos se dirigen los jesuitas con las palabras de Juan Pablo II en su encíclica de 1998: la fe y la razón, dice el Papa, son las dos alas que permiten al espíritu humano elevarse a la contemplación de Dios.
— M: Como Vd. sabe, Alberto Hurtado es un santo muy apreciado en nuestro país. ¿Qué eco ha tenido su canonización en la Compañía Universal?
— P-H. K.: Si se exceptúan algunos países europeos, como España, Bélgica y Francia donde san Alberto hizo sus estudios, su figura y su identificación con la evangelización de Chile eran prácticamente desconocidas en la Compañía Universal. La canonización fue un momento privilegiado para darlo a conocer. La expresión sonriente de su rostro que rezumaba entusiasmo cautivó la atención de millares de peregrinos reunidos en la plaza de San Pedro de Roma, y se extendió a muchos otros países. Todos han descubierto y apreciado la figura de este sacerdote jesuita que bebió en la persona del Señor Resucitado la persuasión inconmovible de creer que en medio de las miserias del ser humano, de las condiciones degradantes en las que muchos se encuentran, es posible encontrar el camino que lleva a la nueva humanidad anunciada por Jesucristo. El Hogar de Cristo, fundado por él, es el símbolo y la encarnación de la bienaventuranza de los pobres que el Señor proclamó en el Sermón de la Montaña.
Un servicio cualificado en la Iglesia de hoy
— M: La Compañía de Jesús está preparando su Congregación General 35, convocada para el mes de enero 2008 en Roma. ¿Cuáles cree Vd. que son los grandes desafíos para el futuro de la Iglesia y de la Compañía de Jesús?
— P-H. K.: La Congregación General está precedida por 89 congregaciones provinciales en todo el mundo, por estudios confiados a varias comisiones, por consultas de expertos y por una preparación de casi dos años. Todo eso confluye en un rico material que se somete a la deliberación y decisión de la Congregación. Allí nacerán los proyectos apostólicos que mi sucesor tendrá que llevar adelante. Los representantes de toda la Compañía que se reunirán en Roma se preguntarán, sin duda, qué medidas tienen que adoptar para, en cumplimiento de su misión, servir a la Iglesia en el mundo actual. Puesto que la misión de la Compañía de Jesús, en palabras de Ignacio, nos es confiada por el Vicario de Cristo en la tierra, se puede prever que en vista de la globalización y la disminución de las vocaciones en algunos países, el Santo Padre nos indique cómo proceder en nuestra labor apostólica. Esto puede provocar una deliberación por parte de la Congregación General acerca de la participación de personas que no pertenecen a la Compañía de Jesús pero que se unen a nuestra misión.
— M: En muchas ocasiones usted ha estado en el pasado con el cardenal Joseph Ratzinger, hoy S.S. Benedicto XVI. Para quienes estamos lejos de Roma ¿qué rasgos destacaría del actual Sumo Pontífice? ¿Qué le ha manifestado a usted que desearía él de la Compañía de Jesús?
— P-H. K.: Como miembro de la comisión ortodoxo-católica, de la cual yo formaba parte, ya antes de mi elección como Superior General conocía al cardenal Joseph Ratzinger. Después de mi elección los encuentros con el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe se hicieron más frecuentes. Como otros muchos, he admirado y apreciado la profundidad de su conocimiento teológico y la coherencia de sus convicciones. Aun cuando se trataba de asuntos delicados, y a veces dolorosos, el Cardenal sabía conjugar un sincero respeto por la misión teológica de la persona llamada en causa, y el juicio objetivo sobre su obra. Después de su elección, como Benedicto XVI, tanto su primera encíclica —Dios es amor— como las homilías que ha pronunciado reflejan una fe teológicamente esclarecida y un testimonio personal que nos atrae como cristianos y confirma nuestra fe en el Señor.
Lo que Benedicto XVI espera de los jesuitas es, como sus antecesores, que la Compañía ofrezca un servicio cualificado que ayude a la Iglesia de hoy en su proclamación del Evangelio en todos los campos de la actividad humana, tanto en su dimensión estrictamente espiritual como en la educación y la investigación científica.
Defender el derecho de todos los seres humanos a una existencia justa.
— M: Padre Kolvenbach, por los muchos años que usted vivió en el Líbano, ¿cuál es su apreciación de lo que sucede en el Medio Oriente y el Líbano mismo? ¿Hay esperanzas cercanas o lejanas de paz para esa región?
— P-H. K.: Querer resolver los problemas que afectan a esa región destruyendo muros es una gran tentación. Apenas cayó el muro de Berlín se levantaron otros muros en Tierra Santa como si hubiéramos olvidado la experiencia alemana. De todos modos no podemos olvidar que los muros, por muy bien construidos que estén, no llegan hasta el cielo y es posible horadarlos. Porque la población del Próximo Oriente y las comunidades del Líbano están condenadas a convivir. Las tres religiones abrahamíticas —cristianismo, judaísmo, islamismo— leen en sus libros santos que no se puede matar en nombre de Dios. Pero hay fuerzas políticas que se sirven de las diferencias en la percepción religiosa de estos mandatos para justificar su macabro juego de terrorismo y violencia, a veces en el ámbito de una misma religión como ocurre en Irak. A menos que la paz, sostenida y alimentada por la oración de todos los creyentes, y la pasión por el diálogo mantenido a pesar de ocasionales roturas, se conviertan en el deseo de todas las naciones, lo que Dios quiere para este mundo tardará en hacerse realidad.
— M: Algunos sostienen que en América Latina se vive un cierto eclipse del discurso social tanto en la Iglesia como en la Compañía de Jesús. Parecería que la dimensión social del Evangelio ha ido perdiendo fuerza. Desde su perspectiva más universal ¿cómo ve la situación?
— P-H. K.: No hay duda que América Latina ha abierto los ojos de la Iglesia y de la Compañía a la dimensión social del Evangelio. Dirigiéndose a los que sienten deseos de seguir a Cristo pobre, San Ignacio advierte que hay una conexión natural entre el seguimiento del Señor y el mundo real de la pobreza. No podemos llamarnos compañeros de Jesús sin adoptar amorosa preferencia por los pobres.
El empeño social que se manifestó con tanta fuerza en los años sesenta como fidelidad evangélica ha adquirido en nuestros días una nueva dimensión, y ha generado una gran variedad de iniciativas para ayudar a los que sufren privación; para convertirse en la voz de los sin voz, y para defender el derecho de todos los seres humanos a una existencia justa. No obstante estos esfuerzos, no podemos menos de experimentar un sentimiento de impotencia al enfrentarnos con tantos y tan complejos desafíos en el tercer milenio, y cuando constatamos que las razones de mercado y las exigencias financieras se hacen sentir tan cruelmente. Más que en el pasado se manifiesta la imperiosa necesidad de una conversión de nuestros corazones que nos haga capaces de seguir a Cristo y hacernos “hombres para los demás”. Gracias a los avances de la ciencia y la tecnología es posible mejorar el mundo. Pero en el fondo, incomprensiblemente, nos resistimos a ello. Sólo la gracia y el amor de Dios pueden convertir al hombre en un constructor de la ciudad humana.
— M: Durante el siglo XX el centro de gravedad de los jesuitas estuvo principalmente en Occidente y paulatinamente se ha ido trasladando hacia Oriente y el hemisferio sur. ¿Qué repercusiones traerá este desplazamiento? Para la Compañía de Jesús que ha visto disminuir significativamente el número de sus miembros en los últimos 25 años ¿qué significado tiene que las vocaciones vengan del tercer mundo?
— P-H. K.: San Ignacio quería que todos los jesuitas se sintieran miembros de un cuerpo universal que siguiendo las indicaciones de la Sede Apostólica se ocupara de las necesidades de iglesias particulares. Para decirlo con palabras actuales: el jesuita debe entregarse a una labor concreta en un lugar concreto mientras que continúa manteniendo viva su sensibilidad e interés por la Iglesia universal. Esta visión global de san Ignacio no ha excluido que, conforme a las circunstancias históricas, la Compañía se haya enriquecido con el contacto y la contribución de naciones concretas. El primer grupo que se formó alrededor de san Ignacio era ciertamente internacional pero con clara preponderancia hispánica. Más tarde, la espiritualidad francesa ejerció un fuerte influjo en la Compañía. Siguió después el predominio de Norteamérica. América Latina, como dije antes, abrió los ojos de todos nosotros a la opción preferencial por los pobres. Asia y África nos enriquecen hoy con la exigencia de entablar un diálogo interreligioso y abrir las puertas a un encuentro de culturas. De este modo los desplazamientos históricos que han afectado al cuerpo universal de la Compañía de Jesús han sido instrumento para descubrir nuevos modos de proclamar la Buena Nueva.
La disminución numérica en las filas de religiosos y religiosas es un hecho patente aunque, en comparación con los años que siguieron al Concilio Vaticano, el ritmo de las pérdidas se haya reducido. Al considerar este fenómeno con frecuencia olvidamos que existen hoy muchas maneras de seguir al Señor en servicio de su Iglesia fuera de los claustros de la vida consagrada. Hubo un tiempo, no muy lejano, cuando la única posibilidad para seguir a Cristo era el seminario o el noviciado. Los numerosos movimientos eclesiales ofrecen hoy, fuera de la vida religiosa, una alternativa del seguimiento de Cristo que encuentra un eco positivo en los jóvenes. Por su parte, en su primera encíclica el Santo Padre Benedicto XVI señala el amplio panorama, abierto a todos los cristianos, donde puede practicarse la caridad evangélica. En las circunstancias actuales, los religiosos y religiosas están llamados por el Señor a convertirse en un don del Espíritu a la Iglesia, cultivando su carisma particular de oración, trabajo y vida apostólica: compartir la oración de Cristo orante, la pobreza de Cristo puesta al servicio de los pobres, la enseñanza de Cristo Maestro, las riquezas de la Persona de Cristo a los que tienen hambre y sed de la justicia del Reino. Ciertamente el trabajo que desarrollan en la Iglesia los religiosos y religiosas es importante. Pero más importante aún es el hecho de que existen para servir a la Iglesia en el mundo.
El aporte de la mujer y los laicos
—M: Como usted bien sabe, en Chile ocupa el sillón presidencial una mujer. Y en el mundo en general la presencia y relevancia femenina en todos los ámbitos es cada vez mayor. ¿Cómo ve usted el lugar de la mujer hoy en la vida de la Iglesia? ¿Y en la Compañía? ¿Se puede hablar de una dimensión femenina d la espiritualidad ignaciana?
— P-H. K.: La aportación de las mujeres a la Iglesia no deja de aumentar. Se trata de un aumento que a veces nos parece lento pero que continúa su marcha a pesar de las barreras que levantan ciertas culturas y prejuicios seculares. La Congregación 34 de 1995, en seguimiento de la carta apostólica Dignidad de la Mujer de Juan Pablo II, se pronunció claramente a favor de la promoción de la mujer y fomentó un cambio de mentalidad, que ya había despuntado, con respecto a una relación más justa entre hombres y mujeres. Sin duda, esta nueva realidad social contribuye al enriquecimiento dentro de la Iglesia. Me parece que a lo largo de este progreso hemos superado una visión parcial del problema que se quedaba en la discriminación de la mujer. Al mismo tiempo hemos caído en la cuenta de que no hace falta eliminar lo que hay de específicamente femenino o masculino en las mujeres y en los hombres como si cualquier diferencia pudiera ser causa de discriminación. La diversidad que vemos en la creación es un reflejo de la inabarcable riqueza del Creador.
Con respecto a la dimensión femenina de la espiritualidad Ignaciana, me permito recordar las numerosas cartas que escribió Ignacio a mujeres de su tiempo en las que ejerce de director espiritual y consejero conforme a los rasgos de su espiritualidad pero adaptada a las necesidades de sus dirigidas.
—M: “Laicos ignacianos” busca formar una red con el fin de aglutinar a todas las personas que de alguna manera se sienten identificadas con la espiritualidad ignaciana. Los miembros de las Comunidades de Vida Cristiana (CVX), los alumnos y ex alumnos de nuestros colegios y escuelas, o de la Universidad Alberto Hurtado. Quienes colaboran con el Hogar de Cristo, Un techo para Chile, o los voluntariados que coordina En todo amar y servir. También los que difunden la espiritualidad ignaciana o dirigen los Ejercicios Espirituales. ¿Qué características debería tener la colaboración entre laicos ignacianos y jesuitas?
— P-H. K.: Si el padre Arrupe nos exhorta a ser hombres para los demás a ejemplo del Señor, eso quiere decir que no llegaremos a realizarlo a menos que nuestra misión sea también con los demás. Basta coger en nuestras manos las estadísticas de la Compañía para constatar que, por ejemplo, en el ministerio de la educación el trabajo de algunos millares de jesuitas es posible gracias a decenas de millares de personas que no pertenecen a la Compañía. Otro tanto puede decirse del resto de nuestros ministerios. Cuando hablamos hoy de nuestras obras el significado de la palabra nuestras no se refiere a una actividad exclusivamente en manos jesuitas sino a empresas apostólicas en las que se encuadran todas las personas que las hacen posible. Decimos nuestras pero incluimos, en agradecimiento, a todos los que forman parte de nuestra asociación con laicos y laicas, personas de vida consagrada y sacerdotes diocesanos. Sentimos que en el momento actual nos encontramos al comienzo de una nueva actividad apostólica que nos ofrece grandes posibilidades. Por eso estoy seguro de que en el 2008 la Congregación General 35 tomará en cuenta el progreso realizado hasta el momento, buscará el modo apropiado para la formación de nuestros asociados, y pondrá en marcha otras iniciativas dirigidas a intensificar la participación activa, concreta y responsable de los laicos y laicas en la misión de la Iglesia. Como nos dijo Juan Pablo II en su Exhortación Apostólica Christifideles Laici de 1988 hablando de la acogida por parte de los fieles laicos del llamamiento de Cristo a trabajar en su viña, a tomar parte activa, consciente y responsable en la misión de la Iglesia en esta magnífica y dramática hora de la historia.
—M: ¿Cuál debería ser el aporte más propio de las revistas culturales jesuitas como Mensaje?
— P-H. K.: Una revista como Mensaje tiene la responsabilidad de informar al lector y ayudarle a entender lo que ocurre alrededor de nosotros, próximo o lejano, a la luz de la Palabra de Cristo, sus valores, su mensaje, su presencia entre nosotros para conducirnos a un futuro glorioso. La luz que emana de la persona de Cristo y de la que participa su Iglesia. Es una gran responsabilidad que no debiera dejar a nadie indiferente porque está íntimamente unida al anuncio de la Buena Nueva: un anuncio que estamos llamados a proclamar desde los tejados , oportuna e importunamente.
(Aparecido en la revista Mensaje de Chile, 14 de junio 2006)

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