Cuando el Señor Dios dirigía su mensaje a Moisés, invitándolo a regresar a Egipto, en calidad de vocero suyo, Moisés fue atacado por la duda sobre la autoridad y el valor del mensaje que se le encomendaba portar; Dios le reveló entonces su identidad: «“Yo soy el que soy”. Tú dirás a los israelitas: “Yo soy” me envió a vosotros» (Ex 3,14). Dios reveló su nombre y su identidad a Moisés, para que este sintiera el respaldo y tuviera toda la fuerza necesaria para transmitir el mensaje de liberación que llevaba.
También cuando Jesús fue encontrado en el medio de la noche, por sus captores, acompañados por Judas, y estos preguntaron por “Jesús, el Nazareno”, él se adelantó y declaró: “Soy yo”. Sabía muy bien Jesús que el revelar su identidad en aquel momento, significaba, nada más y nada menos, que exponerse a la muerte. Pero de este modo no perdió a ninguno de los que Dios le había confiado y se encaminaba a cumplir un designio de salvación.
Hay momentos en la vida -circunstancias, eventos, instantes-, nunca casuales por cierto, en los cuales una persona, por medio de un acto cumplido en el corazón de una hora difícil, manifiesta plenamente quién es, en ese instante nuclear se resume toda su existencia, allí se revela algo así como un ADN de su historia.
Esto es lo que sucedió con el Padre Maximiliano Kolbe en el campo de exterminio de Auschwitz, cuando solicitó ocupar el lugar de un condenado a muerte. El Padre Kolbe salió de la fila, pidió permiso para hablar y se ofreció a ocupar el lugar del condenado, el oficial alemán le preguntó quién era él, Kolbe respondió simplemente: “soy un sacerdote católico”. En ese acto y en esa respuesta se sintetizan la vida de san Maximiliano Kolbe, mártir de la caridad, patrono de los tiempos difíciles.
“¡Un sacerdote católico!”. Es decir un hombre, cristiano, perteneciente a la Iglesia católica, a la Iglesia fundada por Jesucristo para la salvación de todos aquellos que depositaran fe en su Nombre y se bautizaran. Un hombre convocado por Dios para ser su ministro, para anunciar su Palabra, celebrar sus misterios y testimoniar su caridad, hasta la entrega de la propia vida, de ser necesario, y lo fue.
Seguimos viviendo tiempos difíciles: democracias endebles, guerras, conflictos étnicos-religiosos, xenofobia, temor y rechazo a los inmigrantes, modernas y sofisticadas esclavitudes, y tanto más. En el corazón de esta hora difícil los cristianos estamos convocados a manifestar nuestra identidad, a confesar nuestra pertenencia para que el amor de Dios por nosotros se haga concreto, visible y creíble.
(Tomado de El Mensajero, agosto 2008)