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P. Adolfo Nicolás, superior general de la Compañía de Jesús

 

Entrevistado por Samuel Gutiérrez en Catalunya Cristiana

 

El pasado 19 de enero la vida del P. Adolfo Nicolás, s.j., dio un giro copernicano. Tras más de 40 años en Asia, donde su carisma jesuita se había enriquecido y complementado con la cosmovisión oriental, los 217 electores de la Congregación General XXXV de la Compañía de Jesús le eligieron como nuevo prepósito general. A sus 72 años, este palentino errante que se define a sí mismo como «servidor» se convirtió en el vigésimo noveno sucesor de san Ignacio de Loyola. «Servir es lo que cuenta —dijo en suprimera homilía como General—: servir a la Iglesia, servir al mundo, servir a los hombres, servir al Evangelio.» Y es que para el P. Adolfo Nicolás, en plena sintonía con las instituciones de su fundador, la misión del jesuita se conjuga toda ella con apenas dos verbos: «En todo amar y servir.»

—Casi un año después de su elección como prepósito general de la Compañía de Jesús, ¿ha digerido ya la magnitud de la misión encomendada?

—Esta pregunta prefiero que me la hagan cuando me llegue la hora del relevo dentro de unos pocos años, si es que vivo para responder. A mi me gusta ver las cosas con un poco de filosofía. Esto que me han dado es un servicio, un ministerio, como usted ha dicho. Es de gran importancia y tengo un equipo magnífico de jesuitas que me ayudan en la tarea. Ni lo hago solo, ni me gustaría que así lo piensen. Es todo un equipo de jesuitas bien preparados y altamente motivados que me ayudan, sabiendo que están sirviendo a la Compañía para que ésta sirva a otros.

—San Agustín hablaba del episcopado como de carga, ¿lo es también para usted el ministerio de padre general?

—¿Una «carga»? Sí, pero compartida. Y lo que sí está claro es que me ha cambiado la vida totalmente.

—A sus 72 años y después de más de media vida en Asia, ¿de dónde saca las fuerzas y la ilusión para emprender la responsabilidad de estar al frente de la congregación religiosa más numerosa e iinfluyente de la Iglesia católica?

—Pues sí, 72 años y de ellos 48 en Asia. Las fuerzas no se sacan de ninguna parte, se reciben con agradecimiento y se usan para tratar de servir mejor. Me está ayudando mucho aquella frasecita del Evangelio de que a cada día le basta con su malicia, o sus peripecias o lo que usted quiera ponerle. No hay que malgastar energías con preocupaciones y distracciones inútiles. Lo poco que tenemos cunde mucho más si se usa con discreción para servir. Y la ilusión ya sabemos que no viene de las hormonas ni de la musculatura. El Espíritu de Dios está siempre a la obra, trabajando en la gente, los pobres, la historia, la bondad y la belleza de todos los que saben querer al prójimo y echar una mano. Con los años crece la ilusión de poder colaborar con ese Espíritu de compasión y bondad en la tarea de aumentar la felicidad del prójimo. ¿No lo ve usted así?

—¿Qué sintió cuando una vez elegido superior general fue llevado a la habitación de san Ignacio y le recordaron el tercer grado de humildad?

—Yo no sabía que existía aquella ceremonia en la habitación de san Ignacio. Fue unasorpresa; y una gran alegría de profunda emoción. Una de mis secretas convicciones es que la clave de la felicidad interior está en aceptar la cruz antes de que venga. Aquella ceremonia me situó plenamente en el centro de esta convicción. El Tercer Grado de Humildad es exactamente eso y me dio mucha alegría: me recordó que mi nuevo ministerio no tiene nada que ver con cuestiones de poder, de gloria, de éxito, de quedar bien o mal…

—¿Cómo entiende usted hoy lo que es el núcleo del carisma ignaciano?

—Yo no llamaría al Tercer Grado de Humildadel núcleo del carisma ignaciano, pero sí diría que es su mejor garantía y apoyo. El núcleo lo pondría yo más bien en la frase de Ignacio que encapsula su vida y la nuestra como «en todo amar y servir».

—¿Le molestan las comparaciones con Kolvenbach y Arrupe?

—Todas las comparaciones me parecen injustas porque imponen desde fuera un marco desde el que se juzga o valora a una persona sin que ésta tenga defensa. Pero no me molesta; al contrario, me halaga que me comparen con mis dos predecesores, que fueron dos superiores generales extraordinarios. Ellos son los que quedan peor parado scon la comparación. A mí simplemente me gustaría ser alguien que sabe servir en estos tiempos y que sabe responder creativamente a los nuevos retos. Y en el fondo del corazón lo que más me gustaría es aportar algo a la renovación espiritual en la que toda la Compañía está ahora involucrada.

—Usted ha dicho no sentirse ni europeo ni asiático, sino una persona siempre en proceso… No obstante, después de más de 40 años en Asia, ¿la echa ya de menos?

—Si soy plenamente sincero, sí que echo de menos Asia, especialmente Japón y también Filipinas. Es ahora cuando me doy cuenta del influjo de Asia en mi vida: no tanto en la dieta, cuanto en la manera de ver y sentir la realidad, las relaciones humanas, el modo de manejar ideas y convicciones, la gestión de conflictos, el modo de mirar, de acompañar… no terminaría nunca. Pero no me hago ilusiones; sé que soy occidental, y sin embargo ya no puedo ser y sentirme como simplemente occidental. Por eso me sorprende el prejuicio de cara a los que son diferentes a nosotros; me extraña la ignorancia sobre el restod el mundo; me asusta el gran volumen de intolerancia que existe aún entre nosotros.

—¿Es justificable el peligro de sincretismo religioso o de espiritualidad new age que algunos «profetas de calamidades» advierten ante el diálogo interreligioso, sobre todo con las religiones orientales?

Yo diría que el peligro no es tanto el diálogo cuanto la falta de base humana y religiosa en el que dialoga. El diálogo es siempre una apertura a otro mundo con la oportunidad de crecer y enriquecerse. Pero si se hace desde una base hueca, sin fundamentos, desde la arena de una personalidad que no ha encontrado aún su centro, los riesgos son proporcionados y se llega a situaciones new age o sincretismos tan inconsistentes como carentes de vida verdadera. La clave, para mí, está en vivir fundamentados, en saber quiénes somos y a dónde vamos en la vida… El diálogo, entonces, es un increíble enriquecimiento que todos necesitamos. Sólo los que dudan de sí mismos están en peligro al dialogar. Conozco templos budistas en Japón donde no aceptan a huéspedes cristianos que van allá con dudas de fe sobre su propia religión. Lo consideran una pérdida de tiempo, además de un riesgo.

—Tras casi un año para hacerse una visión panorámica de la Compañía, ¿en qué estado de salud la ha encontrado?¿Sigue siendo alto el grado de fidelidad a las intuiciones fundacionales?

—Tengo que decir que apenas he comenzado a viajar y conocer de primera mano a los jesuitas de otros continentes. He encontrado ya hombres extraordinarios de profundidad, de entrega, de estudio, de enraizados valores religiosos y humanos. Y espero seguir encontrando por el mundo jesuitas del mismo calibre. Al mismo tiempo sé que no todos somos así y que siempre tendremos que contar con la falibilidad y debilidad humanas. Yo parto de la convicción de que la fe tiene valor cuando es libre; y que la vida religiosa es una ofrenda de sí mismo a Dios y a los demás, en la Iglesia, que se da a partir de un encuentro con Dios y sobre una plataforma de opción libre continua y libremente renovada. No es de extrañar, por lo tanto, que la debilidad humana esté también presente y no poco visible entre nosotros. Lo que fallan no son las intuiciones fundacionales. Donde fallamos es a la hora de vivir en consistencia total esas intuiciones. Y yo, sin duda alguna,me cuento entre los pecadores.

—«Societas Iesu, Societas Amoris».¿Continúa siendo la Compañía de Jesús una Compañía de Amor?

—Esta pregunta es más fácil. Sí, la Compañíade Jesús ha crecido y está creciendo en la comunión. Hubo un tiempo en que el acento en el trabajo fue tan acusado que perdimos algo de la afabilidad y sentido de cuerpo, que es tan importante para la credibilidad de una misión, cuyo centro es el Amor de Dios. Hoy día, gracias a la contribución personal y orientadora de mis dos predecesores, no tenemos reparo en considerar nuestra comunidad como algo esencial a la misión. Tanto, que en la última Congregación General hemos hablado «y escrito» sobre «la comunidad como Misión», porque es en ella que nuestra vida se hace visible, creíble y accesible a los otros, que vienen a ver «si es verdad» o a contribuir con su vida para enriquecer la nuestra. «Societas Iesu, Societas amoris» sigue siendo un eslogan al que podemos responder sin rubor y sin reticencias, mientras que somos conscientes del camino que queda por andar.

—Aunque sea un calificativo cada vez más en desuso, a los jesuitas se les conocía como los «marines del Papa»… ¿Lo siguen siendo?

—Estos apelativos como «marines», «comandos» o similares son dramatizaciones de un servicio. Y como servicio, tienen siempre una doble referencia, es decir, ¿quiénsirve? y ¿a quién se sirve? Nadie se puede auto-destinar como «comando» de otro; y nadie puede atar al Santo Padre a un grupo particular de cristianos en servicio. Gracias a Dios son muchos ahora los grupos que han hecho del servicio a la Iglesia una señal de su identidad. Nosotros nos sentimos orgullosos de continuar al servicio desinteresado y comprometido a la Iglesia bajo la dirección del Santo Padre y especialmente ligados a él. El Papa actual ha tenido a bien invitarnos a servir a la Iglesia en las fronteras modernas de la cultura, la ciencia y las religiones y nos envía a los sitios más difíciles, donde, ha dicho Benedicto XVI, otros no pueden ir. Sigue siendo una gran alegría ser llamados a este servicio difícil y fronterizo que va tan bien con nuestra vocación original.

—¿Qué se sienten llamados a aportar hoy dentro de la Iglesia?

—Nos gustaría aportar a la vida y la misión de la Iglesia dimensiones de profundidad, de búsqueda seria, de diálogo y de esa acendrada espiritualidad que puede aumentar la esperanza de todos y redundar en una vida más humana y una alegría mayor de los pobres.

—¿Cuáles son los retos más urgentes que los jesuitas tienen por delante?

—Yo creo que, fundamentalmente, nosotros tenemos los mismos retos que tiene el resto de la humanidad. Es decir, nos reta y desafía el hambre y la pobreza de tantos millones; nos preocupa hasta el insomnio la destrucción de la tierra que hemos conseguido de una manera tan irresponsable; nos invita al compromiso serio el aumento de la violencia, desde la violencia de los Estados hasta la triste y destructiva violencia en las familias y las relaciones humanas; nos llena de alarma la superficialidad en la educación, en la cultura que ofrecemos a nuestros hijos, en el modo de descartar el pensamiento y la búsqueda humana y religiosa de varios milenios. Estos y otros muchos son nuestros retos, comunes a los retos de nuestros connacionales y vecinos. Y el reto colectivo para todos nosotros va a ser ¿cómo respondemos a esta realidad en profundidad, de un modo consistente con nuestra visión cristiana y nuestro discernimiento ignaciano? La Iglesia entera y la reciente Congregación General esperan que no cejemos del trabajo intelectual, en el que hemos trabajado duramente en el pasado, y que sigamos en la búsqueda incansable de soluciones reales, científicas o humanas, a los problemas religiosos, sociales y culturales de nuestro tiempo. Creo que se puede ver la emergencia de un reto innegable por profundidad y creatividad.

—Volviendo al lenguaje del pasado, ¿le incomoda que le llamen el Papa Negro?¿Cuál siente que tiene que ser hoy su relación con Benedicto XVI?

—El título de «Papa Negro» no me incomoda ya, pero sigue sin gustarme. Y esto por la sencilla razón de que es un título que se apoya en una imagen de poder, que ni tiene base, ni es un criterio religioso que valga la pena considerar. Una segunda razón es que el color negro no tiene más valor religioso que el que le den las convenciones de grupo en determinadas culturas. Cuando la humildad y el servicio definen nuestra vocación es difícil aceptar un título que habla de poder; y cuando el mensaje es un mensaje de luz y esperanza me resulta poco convincente el color negro como vehículo. Lo cual no quita que el color negro realce la dignidad y solemnidad de nuestras pobres personas. Quizás se trata de «humor negro» para decorar pobres siervos del Evangelio. Y con esto, ya ven ustedes que mi relación con el Papa actual es una relación de obediencia, respeto y fraternidad, al servicio de la Iglesia y la humanidad y, siempre, bajo la dirección del Espíritu y de la Palabra de Dios.

—¿Por qué cree que se ha «vendido» la imagen de que los jesuitas actúan como «de oposición» ante el gobierno de la Iglesia?

—El que la prensa acuda a veces a clichés arbitrarios como el de la «oposición leal a su Majestad» es parte del estilo dramático con que se envuelve la información para aumentar las ventas. Cualquier relación con la realidad es puramente casual, si no imaginada.

—¿Cómo se justifica y cómo se vive hoy el 4º voto jesuita de obediencia al Papa?

—Se justifica como siempre, a partir de nuestra vocación universalista y sin ataduras a ningún lugar o cultura. Y se vive de la mejor manera posible dentro de las dificultades que el mismo Santo Padre ha reconocido. Cuando el Papa nos envía a las fronteras y a los sitios más difíciles y nos pide un diálogo con las culturas, la ciencia y las Religiones, él sabe, más que nadie, que vamos a tener conflictos, malentendidos, acusaciones y ataques de quienes quieren ser más papistas que el Papa. Pero eso no nos preocupa; llevamos 450 años de experiencia. Lo que sí nos preocuparía es si, por nuestra propia seguridad o comodidad, dejáramos de servir a la Iglesia y al mundo con todos los riesgos que lleva consigo la búsqueda profunda y el diálogo de las fronteras.  

—En el inicio de su nuevo ministerio al frente de la Compañía marcó como prioridad la atención a los pobres… ¿Cómo se va a concretar esta llamada a acudir a los márgenes de la sociedad? ¿Cuál es el secreto para que en un mundo tan influenciado por el activismo y los resultados inmediatos un jesuita pueda llegar a ser, como pedía san Ignacio, verdadero «contemplativo en la acción»?

—Aquí ha dado usted en el clavo. La atención prioritaria a los pobres ha sido una constante en la vida de la Iglesia, en la historia de la santidad y en las comunidades religiosas de todos los tiempos. El último medio siglo, que hemos vivido, ha incorporado a esta prioridad universal dimensione snuevas que, sin duda, han hecho la preocupación por los pobres más global, más realista y más sistémica. Al mismo tiempo, hemos visto también cómo ha entrado en esta preocupación una cierta urgencia por resultados tangibles, por la realización de utopías irrealizables. Hemos vivido tiempos de prisas, de nerviosismo, de impaciencia frente a la historia humana y hemos tenido que pagar el alto precio del agotamiento, de la frustración y el cinismo, que amenaza partes considerables de nuestras sociedades. No sé cómo otros van a superar estas dificultades; personalmente creo que, por una parte, tenemos que recuperar el realismo de saber que en un mundo de libertad siempre habrá problemas sin solución, porque la verdadera solución va a depender de un cambio (conversión) de corazones que nunca podremos controlar; y, por otra parte, como jesuita, estoy convencido de que la intuición ignaciana de servir a Cristo bajo la bandera de la Cruz es la mejor defensa que tenemos contra el mesianismo nervioso de vivir de resultados o el sueño prometeico e imposible de hacer «topía» loque siempre será «u-topía».

—Para acabar, y aprovechando esta visita a la provincia jesuita de Cataluña…¿qué siente en su regreso a esta tierra que ya le acogió en su niñez?

—Barcelona me ha influido mucho más de lo que puedo describir. Viví en Barcelona los «años mágicos», tal y como Joseph C.Peirce, el gran educador americano, llama a la edad que va de los 7 a los 11. Cuántas veces me he pillado diciéndome a mí mismo:«Esto lo haces por lo que tienes de catalán.» Siempre me he sentido orgulloso de haber crecido en Barcelona. Nueve años de educación, de descubrimiento del mundo, de Hermanos de La Salle, de otros colegios que he frecuentado, de los Lluïsos de Mn. Penina, de muy buenos amigosq ue quedan para toda la vida, como hermanos.