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En las bodas sacerdotales: P. Miguel Galland 

Tuve la suerte de vivir a cien metros de la parroquia de mi barrio, como también tuve la suerte de tener dos hermanos mayores que me precedieron en la participación a la vida parroquial.

Mis primeros años en la parroquia fueron básicamente ir a catequesis, hacer la primera comunión, ayudar en las misas… , pero lo que recuerdo con más cariño es haber formado parte de la Acción Católica como aspirante y como joven. Recuerdo especialmente los campamentos de verano e invierno y las olimpíadas interparroquiales, aún hoy en la casa de mis padres un cajón del armario es testigo de varias medallas obtenidas aquellos años. Modestia aparte, alguna vez -con permiso de la “autoridad correspondiente”- abandoné la clase de catequesis para participar de dichas olimpíadas.

Poco a poco fue apareciendo en mi vida la persona del párroco: el cura Galland. De vez en cuando iba a comer a casa para alegría mía y de mis hermanos y para temor de mi madre, ya que además de comer sin pan llegaba en el momento justo y sin previo aviso. Aquí se aplica el refrán más vale llegar a tiempo que ser invitado.

Con el tiempo fue creciendo mi conocimiento y relación hacia su persona. Me fue llamando la atención su forma de ser y trabajar, en el fondo me impactaba su testimonio. Tanto era así que un día pensé en ser cura como él, esta idea resonaba cada vez más fuerte dentro mío con apenas 11 años de edad.

Fue entonces cuando decidí manifestárselo personalmente con la condición de que fuera él quien se lo dijera a mis padres. En noviembre del ’79 él mismo me llevó a hablar con los padres del seminario menor. Me recibió en aquella primera entrevista vocacional el P. José Manuel –operario diocesano-, y junto a él estaba un perro negro que era casi de mi altura. Recalco el hecho de que el cura Galland me haya llevado al seminario porque varios años después me dijeron mis colegas operarios que él no era tan partidario del seminario menor. ¡Providencia Divina!

Seguramente a esa edad no tendría yo demasiada certeza o claridad vocacional, pero como dicen los documentos de la Iglesia ya existía un germen de vocación sacerdotal.

Durante los cinco años del seminario menor me perdí los campamentos de verano de los aspirantes de Acción Católica, ya que la fecha coincidía con los campamentos de Tacanas del seminario, éste era mi mayor sufrimiento.

De estos años de seminario recuerdo del cura -así lo llamábamos los aspirantes de la parroquia, aunque a su madre no le simpatizaba demasiado esa forma de dirigirnos a su hijo- su presencia cercana y preocupada, sobre todo su interés por cómo andaba mi vocación.

Ya en el curso introductorio del seminario mayor –año ’86- vos Miguel nos comunicaste junto a otros seminaristas de la parroquia El Salvador que debías comenzar a trabajar en la parroquia Santo Cristo. Lógicamente que lo acepté pero no fue fácil para mí digerir esta decisión curial. En varias ocasiones te visité en tu nueva parroquia para compartirte cómo me estaba yendo en el seminario y para interesarme sobre tu nuevo destino pastoral.

A los pocos meses de tu partida de la parroquia nos llevaste de paseo a El Cadillal a los seminaristas mayores, éramos cuatro en aquella época, y entre tantos consejos que nos diste en dicha ocasión recuerdo uno, nos decías “escucharán muchas voces de compañeros y sacerdotes, ustedes siempre obedezcan a sus formadores”. Con el tiempo fui descubriendo en estas palabras la comunión, que es necesaria en la Iglesia y en todo presbiterio, y el diálogo sincero, elemento clave para caminar juntos.

En mis primeros años de teología vivíamos en el país una recesión económica fuerte, casi no teníamos ni para la yerba del mate. En varias ocasiones me ayudaste económicamente. Este gesto solidario fue para mí un claro mensaje de cuidado vocacional, que va más allá de la ayuda económica. Se trata de sensibilidad pastoral, como lo hiciste tantas veces con personas necesitadas de la parroquia. Me imagino que en este caso también aplicarías lo que nos decías cuando preparábamos los campamentos “que nadie se quede sin ir por falta de dinero”. Seguramente vos también pensabas “que no se pierda una vocación sacerdotal por un kilo de yerba”.

La Providencia quiso que hiciera una experiencia de un año fuera del seminario. En ese momento tan importante para mi discernimiento vocacional vos estuviste presente. En aquella oportunidad te fui a visitar al “Santo Cristo” y vos entendiste mi situación, y no sólo me apoyaste ¿moralmente? sino también me diste trabajo en la escuela parroquial. Años después me dijiste que en esta ocasión se habían puesto de acuerdo con un operario para “salvar esa vocación”.

Miguel, estuviste presente en mi ordenación sacerdotal en nuestra querida parroquia El Salvador del barrio Piedrabuena aquel 28 de diciembre de 1994. Fuiste vos quien predicaste en mi primera misa donde manifestaste que tu homilía podía llevar varios minutos, porque la situación lo ameritaba, decías “una ordenación sacerdotal en esta parroquia y con un hijo de esta comunidad es muy especial”. Al final de la misa mis hermanos operarios comentaban ¡qué suerte que te ordenás sólo una vez en la vida! Aún hoy la gente del barrio recuerda la ordenación y la primera misa, me dicen que siempre rezan por mí y que esperan las vacaciones de verano para saludarme y celebrar juntos una misa.

Me hice cura operario y creo que estás contento de ello. Tal vez nos falta compartir más este tema. Pero conozco tu aprecio hacia tus formadores operarios y hacia otros operarios con los cuales trabajaste. Por eso digo que el hecho de que sea operario o de que no trabaje en Tucumán no será para vos motivo de disgusto.

Con la excusa de no conocer Roma, y la generosidad y complicidad de algunos amigos comunes, viajaste a Roma para un curso de actualización teológica. Compartimos junto a Fernando Cornet casi un mes en la ciudad eterna, para mí fue un momento de gracia. Juntos recordamos momentos vividos y compartimos vivencias ministeriales. Visitamos lugares significativos para nuestras vidas como son la tumba de San Tarcisio, Santa Inés y San Fabián, donde hemos rezado, celebrado misa y sacado fotos “prohibidas”. Creo que esta experiencia nos ayudó a conocernos más e intensificó nuestra amistad. Nos falta viajar juntos a Lourdes, ¡¿quién sabe para tus bodas de oro?!

Creo que a lo largo de tu ministerio provocaste la vocación sacerdotal en varios jóvenes y sostuviste a otros curas en momentos difíciles de su vida. Este servicio presbiteral, que no siempre es reconocido, nos santifica ministerialmente y nos ayuda a valorar cada vez más la vida sacerdotal.

Nuestro servicio a la Iglesia nos distancia geográficamente, pero la eucaristía y la oración nos une cada día. En diversas ocasiones de mi vida ministerial te recuerdo. Me ayuda tu ejemplo y testimonio, me anima tu coherencia y entrega. Pido a Dios que siga bendiciendo tu vida y ministerio, y que su Espíritu te anime e ilumine en tu servicio pastoral.

No estuve presente en tus bodas de plata sacerdotales, recuerdo que me comuniqué desde Santos-Brasil. No sé por dónde andaré para tus bodas de oro, pero Miguel podés tener la certeza que mi recuerdo y oración estarán intactos en mi mente y en mi corazón y siempre estaremos unidos en cada eucaristía celebrada.

Con un profundo afecto y un corazón agradecido, tu hermano menor presbítero Fabián Giménez.

Tucumán, 10.5.09