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Hay quien piensa que vivir a fondo es lanzarse a una carrera vertiginosa, acelerada, sin frenos ni límites. Entonces se insiste en que hay que apurar el momento, en que la vida es una y hay que exprimirla al máximo, en que hay que experimentarlo todo… Pero eso es una trampa, porque vivir a fondo no es estar permanentemente en ebullición.
¿Qué es, entonces? Es no pasearse por la superficie de la vida, sino dejar que los rostros de mi vida me cuenten su historia; que las encrucijadas en mi camino me compliquen cuando tengo que elegir; es irse gastando día a día, es saber darse a veces, y descansar en otras; cuidar y ser cuidado; compartir tu tiempo, tus días, tu trabajo, tus sueños, tus esfuerzos, tus miedos, tus risas y tus fracasos.
“Levantaos y alzad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación” (Lc 21,28) |
Uno tiene que tomar el timón de muchas cosas. A veces hay que tener iniciativas, pensar en lo que conviene e intentar hacerlo. No puedo estar esperando todo el día a que sean otros quienes llamen, quienes propongan, quienes den pasos a los que sumarme. Con frecuencia me tocará echarme al camino sin tener todas las seguridades, tender la mano al otro en primer lugar; buscar, a los otros, y a Dios…
Y si en ese proceso me hieren las cosas, si a veces estoy bien y otras estoy casi rendido, si a ratos me siento fuerte y en otros momentos me envuelve la desazón, no pasa nada. Porque la vida tiene todo eso… En la tormenta y en la calma me volveré a ti, Señor, y te diré: “Señor mío y Dios mío.”
“Crisol para la plata, horno para el oro, los corazones Yahvéh mismo los prueba” (Prov 17,3) |
En el proceso, en la vida, en el trabajo, en el esfuerzo, toca hacerse vulnerable. No puedo reservarme inútilmente, aislarme en una burbuja de seguridad.
¿De qué me sirve evitar el dolor, si pierdo también la capacidad de amar, de vibrar, de buscar? ¿De qué me sirve protegerme de la intemperie o del riesgo, del conflicto o del fracaso, si pierdo también la posibilidad de luchar, soñar, intentar una y mil veces alcanzar cumbres lejanas? ¿De qué me sirve revestirme de un manto de firmeza, si al final eso me aísla y no me deja compartir las lágrimas, las historias, las caídas y los encuentros con los otros?
En esa vida profunda y compartida, en la herida y en el abrazo, en el ruido y en la zozobra, en el vértigo y en el encuentro, Dios me saluda, me acuna, me llama y me dice: “Hijo mío”.
(Tomado de www.pastoraljesuitas.org)
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