La Eucaristía, camino de integración fraterna
Mensaje de la Comisión Episcopal de Pastoral Social de la CEE para el Día de la Caridad
En este año litúrgico dedicado a la Eucaristía, la festividad del Corpus Christi adquiere particular relieve para nosotros. Unidos a Cristo inmolado y resucitado, celebremos la fiesta con pureza y verdad, arrojando de nuestras vidas la levadura vieja, es decir, el egoísmo, la codicia y la enemistad, para trabajar en la edificación de una sociedad más solidaria, gratuita y fraterna. Es una exigencia interna de la Eucaristía.
El sacramento del amor traza el camino a seguir para una auténtica unión y reconciliación entre las personas y los pueblos, para una integración y comunión en la diferencia. Toda persona, incluidos 'los pobres y lisiados, los ciegos y los cojos', esto es los excluidos, está llamada a compartir el banquete del Reino preparado por el Señor. La Eucaristía, anticipo del banquete del reino de Dios, impulsa a la comunidad de los discípulos hacia ese horizonte fraterno que estamos llamados a vivir como don y tarea permanente. [...]
La fe en Jesucristo aúna los pueblos
La Eucaristía es el misterio o sacramento de la fe. No es invención de los hombres, sino don de Dios. Celebra de forma anticipada la liturgia celeste. [...]
Crece hoy en bastantes ambientes la opinión de que la religión divide; y no faltan quienes propugnan la laicidad como una vía privilegiada para la unidad e integración de la sociedad compleja, plural y democrática. Ese no es el mensaje de la Eucaristía. El cuerpo de Cristo entregado por todos y su sangre derramada por todos, hace de la Iglesia una comunidad abierta a la verdadera catolicidad. La dinámica eucarística, supera la tentación de la intolerancia, de situarse frente al mundo como su juez y lleva a entregarse a través del servicio pobre y humilde en favor de la humanidad entera.
Ciertas corrientes de pensamiento alientan, consciente o inconscientemente, una confusión lamentable entre "el fanatismo religioso" y "la religión auténtica", entre "el laicismo" y "la genuina autonomía de las realidades humanas", tal como la propone y defiende la Iglesia. Esta confusión corroe la fe, el dinamismo profundo del sentir religioso de la humanidad y el sentido del testimonio cristiano. La proclamación de la verdad liberadora es la expresión del sumo respeto y servicio a la persona humana. El mandato del amor fraterno es el principio de una integración donde los fuertes son capaces de cargar con las fragilidades de los débiles. [...]
La Eucaristía infunde en los convidados la caridad de Cristo que vino a buscar lo que estaba perdido, a reunir a los hijos de Dios dispersos y a dar un puesto de honor a los más vulnerables e indefensos. [...]
Los cristianos y ante las criticas que se nos hacen de intolerancia, debemos preguntarnos cómo estamos viviendo el sacramento de la comunión. La fe, lejos de dividir, aúna a todos en Cristo, pues en él ha de ser todo reconciliado según el designio divino. No seamos miopes y abramos la mirada hacia el futuro. Porque Jesús ha resucitado, el lema de Cáritas: Nadie sin futuro, es ya una realidad. Así lo celebra la Eucaristía.
La Eucaristía, pan compartido
Al ofrecer el pan y el vino, la Iglesia recuerda que son fruto de la tierra y del trabajo de los hombres. [...]
En los misterios sagrados, la comunidad eclesial celebra la gratuidad del amor divino y la dignidad de la persona que ha contribuido con su trabajo a fabricar el pan.
El banquete eucarístico recrea a los invitados para la gratuidad y la igualdad fraterna. Todos reciben el mismo pan: "Cristo entero". Nadie puede comprar el don de Dios. Pobres y ricos reciben el mismo pan de inmortalidad para el camino. Si en algún lugar brilla la gratuidad y la igualdad es en la comunión eucarística. Pues bien, los que nos alimentamos del cuerpo y sangre de Cristo, estamos llamados a prolongar la Eucaristía en el mundo. Así, desde la comunión en Cristo, las diferencias personales, culturales y sociales contribuirán a la creación de una humanidad más fraterna y a un mutuo enriquecimiento.
La propuesta que Cáritas hace este año sobre la integración del inmigrante debe ser acogida y desarrollada desde el dinamismo de la Eucaristía. Abramos los ojos y aprendamos a ver al inmigrante que con su trabajo contribuye a preparar el pan y el vino del banquete sagrado. Ensanchemos nuestro corazón, casas y comunidad eclesiales para acogerlo como hermano. El Padre quiere que compartamos la misma mesa y trabajemos juntos en la edificación de un mundo más justo y fraterno. El banquete de bodas del Cordero estamos llamados a vivirlo en la vida cotidiana.
Cierto, es laudable el esfuerzo para regular legalmente la convivencia, los derechos y las obligaciones de autóctonos e inmigrantes, así como los flujos migratorios; es necesario defender el derecho a emigrar, pero a condición de defender con mayor ahínco, si cabe, el derecho a vivir en su tierra natal con dignidad y libertad; y, ante todo, es de justicia evitar la explotación de los inmigrantes por parte de una economía mal globalizada, por las mafias y por cuantos se aprovechan de la situación de precariedad o indefensión en que se encuentran. Pero, más allá de todo este horizonte social, legal, económico y político, que entraña la acogida y la acción con los inmigrantes, la celebración de la Eucaristía reclama de los cristianos y de las comunidades eclesiales la obligación de trabajar por una auténtica integración fraterna de los que vienen de lejos.
Quien celebra la Eucaristía correctamente, y no la reduce a una mera obligación o a un rito puramente religioso, vivirá la gratuidad divina en su relación con el inmigrante aun cuando pertenezca a otra confesión religiosa. [...]
Seamos lo que recibimos
[...] En la Eucaristía, los bautizados se descubren como el cuerpo de Cristo entregado por la muchedumbre; y, por otra parte, reciben y se entregan en él a los demás comensales como alimento para el camino.
De esta forma, el sacramento de la caridad divina hace sentir al hermano diferente, de modo especial al que comparte la misma fe, como "uno que me pertenece"; nos invita a acoger y valorar al inmigrante como un regalo de Dios: "un don para mí". Así surge la llamada a "darle espacio" para que pueda desarrollar libre y responsablemente las riquezas personales, culturales y religiosas que Dios depositó en él. La integración, por tanto, nada tiene que ver con la asimilación y absorción del otro. La comunión nos invita a sabernos necesarios y complementarios unos de otros en el cuerpo de Cristo resucitado.
Desde el misterio del cuerpo y sangre de Cristo, todos, incluidos los mismos emigrantes, estamos urgidos a trabajar incansablemente, tanto personal como comunitariamente, para que la integración de los inmigrantes en la sociedad se realice en la perspectiva de una auténtica convivencia fraterna.
Para avanzar en este trabajo es necesario perder los miedos, aprender a valorar las personas en su diferencia y riqueza, combatir los prejuicios y mentiras que se alimentan en la opinión pública sobre los inmigrantes, desarrollar una acción pastoral que les haga sentir en nuestras parroquias y diócesis como en su propia casa, y luchar para que en la sociedad puedan vivir y trabajar como verdaderos ciudadanos. Trabajemos con pasión para que las comunidades parroquiales se conviertan en verdaderos laboratorios de integración cristiana y cívica.
Con la certeza que la Eucaristía infunde en nosotros, invitamos a todos los cristianos a ser agentes de una verdadera integración fraterna en la sociedad compleja y plural que nos ha tocado en suerte. La caridad de Cristo nos apremia a vivir para los demás y a acoger a todos como verdaderos hermanos. Y al agradeceros todo lo que estáis haciendo para abrir caminos de integración fraterna, invocamos la maternal intercesión de María, para que los muros de la separación caigan y surja un mundo renovado en el amor, la justicia y la libertad.
(resumen)
