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En este año dedicado a la eucaristía, ponemos a disposición de todos estos esquemas sencillos del gran teólogo extremeño don Florentino Muñoz Muñoz sobre la carta encíclica de Juan Pablo II "La Iglesia vive de la eucaristía". Se lo agradecemos de todo corazón y le agradecemos a la parroquia San José de Cáceres el poder usar estos esquemas preparados para los feligreses de esa parroquia.

La eucaristía es realidad central en toda vocación.


ESQUEMAS DE ESTUDIO SOBRE LA CARTA ENCÍCLICA

 

 

LA IGLESIA VIVE DE LA EUCARISTÍA”

                                  

  

JUAN PABLO II

 

                                     

I N D I C E

 

INTRODUCCIÓN

 

            Los motivos de la encíclica

 

TEMA PRIMERO

 

            Consideraciones generales de la encíclica

 

TEMA SEGUNDO

 

            La estructura de la encíclica

 

TEMA TERCERO

 

            Abusos que contribuyen a oscurecer la eucaristía

 

TEMA CUARTO

 

         El asombro eucarístico

 

TEMA QUINTO

 

            La eucaristía, misterio de la fe

 

TEMA SEXTO

 

             La eucaristía edifica la Iglesia

 

TEMA SÉPTIMO

 

            Apostolicidad de la eucaristía y de la Iglesia

 

TEMA OCTAVO

 

            Eucaristía y comunión eclesial

 

TEMA NOVENO

 

            Decoro en la celebración de la eucaristía

 

TEMA DÉCIMO

 

            En la escuela de la Virgen  María, mujer eucarística

 

CONCLUSIÓN

 

     

INTRODUCCIÓN

 

           LOS MOTIVOS DE LA ENCÍCLICA

 

En esta introducción nos preguntamos por los motivos que ha tenido el Papa Juan Pablo II para publicar esta carta encíclica sobre la eucaristía. Con ello podemos comprender mejor  el contenido y el significado de la misma.

 

Siguiendo las indicaciones que nos ofrece el Papa podemos decir que los motivos que le han movido a escribir esta encíclica son de orden teológico, pastoral y disciplinar como iremos viendo en el transcurso de esta presentación.

 

            Recordemos las palabras del santo Padre:

 

a)  “Confío en que esta Carta encíclica  contribuya  eficazmente a disipar las sombras sobre doctrinas y prácticas no aceptables, para que la eucaristía siga resplandeciendo con todo el esplendor de su misterio” (n.10).

 

b) “Con la presente Carta encíclica, deseo suscitar este “asombro” eucarístico, en continuidad con la herencia jubilar que he querido dejar a la Iglesia con  la Carta apostólica “Novo millennio ineunte” y con su coronamiento mariano “Rosarium Virginis Mariae” (n.6).

 

c)  “Contemplar el rostro de Cristo , y contemplarlo con María, es el “programa” que he indicado a la Iglesia en el alba del tercer milenio, invitándola a remar mar adentro en las aguas de la historia con el entusiasmo de la nueva evangelización” (n.6).

 

d)  El respeto por las normas litúrgicas en la celebración de la eucaristía (n.52).

           

e)   Sobre la base de la revelación y de la tradición de la Iglesia, Juan Pablo II fortalece e ilumina la fe en la eucaristía, añadiendo detalles autobiográficos muy edificantes.

 

 

 

 

 

                         TEMA PRIMERO

 

 CONSIDERACIONES GENERALES DE LA ENCÍCLICA

 

 

1.  La encíclica, un regalo del Papa a la Iglesia

 

El Santo Padre nos ofrece este hermoso documento sobre la eucaristía con la conciencia de que es un gran regalo pascual para la Iglesia extendida por el universo y peregrina por este mundo hacia la casa del Padre. Se trata de un enjundioso alimento espiritual y doctrinal para todos los cristianos. Acojámosla y meditémosla en nuestros corazones..

 

2. Texto que refleja la experiencia eucarística de Juan Pablo II

 

 Estamos ante un texto testimonial que presenta  la “pasión” del Papa por la eucaristía. En efecto, nos ofrece notas autobiográficas, citas poéticas, y aportaciones inesperadas como llamar a María “mujer eucarística”.

 

Además el Papa   muestra la importancia que la eucaristía ha tenido y tiene en su vida y en su ministerio: “cuando pienso en la eucaristía, mirando mi vida de sacerdote, de obispo y de sucesor de Pedro, me resulta espontáneo recordar tantos momentos y lugares en los que he tenido la gracia de celebrarla”.

 

3. Agradecimiento del Papa al Señor por la eucaristía

 

Otro de los sentimientos más profundos del Papa ante la eucaristía es  el agradecimiento que surge de su corazón y se manifiesta  por medio de sus labios. En efecto, la eucaristía es el gran don de Jesucristo a su Iglesia.

 

4. Al hilo de las investigaciones teológicas

 

Podemos descubrir cómo algunos planteamientos de la encíclica, sobre todo en los capítulos cuarto y quinto, están en sintonía con la moderna reflexión teológica sobre la eucaristía.  Ello puede verse en algunas obras del card. J.Ratzinger: “El Dios cercano” (2003); “La fiesta de la fe: Ensayo de teología litúrgica” (1999), “El espíritu de la liturgia. Una introducción” (2001).

 

 

 

 

 

                                   TEMA SEGUNDO

 

 

  LA  ESTRUCTURA  DE  LA  ENCÍCLICA

 

 

1. Título de la Carta encíclica

 

Juan Pablo II ha titulado su decimocuarta encíclica de la siguiente forma: “Ecclesia de Eucharistia”, cuyo significado literal más o menos es: “La eucaristía en su relación con la Iglesia”. Este título latino será conocido en castellano de la siguiente forma: “La Iglesia que vive de la eucaristía”.

 

2. Finalidad  de la Carta encíclica

 

El Papa Juan Pablo II se propone  presentar una reflexión pormenorizada sobre el misterio de la eucaristía en su relación con la Iglesia, y da una respuesta a las interpretaciones no correctas del misterio de la eucaristía que se hacen en nuestros días. Por eso es bueno acercarse a ella y conocerla desde dentro.

           

3. Extensión de la encíclica

 

Es un escrito  relativamente breve compuesto de 62 números y de 78 páginas en la versión distribuida por el  Vaticano, pero denso en sus aspectos teológicos, disciplinares y pastorales, como iremos viendo y considerando a lo largo de estas páginas..

 

4. ¿Cómo está constituida la encíclica

 

La encíclica está compuesta por seis capítulos, más una introducción y una conclusión. Tiene además 104 notas al pie de página, en su mayoría tomadas de los documentos del concilio Vaticano II y seguidas de las citas de los santos Padres. La encíclica, que no es novedosa en su conjunto, salvo en el capítulo sexto dedicado a María y la eucaristía.

 

Esta encíclica es un sencillo compendio y síntesis de la fe católica en el misterio de la eucaristía. Tiene una fuerte base bíblica, sobre todo evangélica, con una fuerte fundamentación en los santos Padres de la Iglesia, especialmente en san Juan Crisóstomo, en los doctores más eximios de la Iglesia, de modo particular santo Tomás de Aquino, y en las enseñanzas del magisterio de la Iglesia desde el concilio de Trento (decretos sobre la eucaristía), León XIII (“Mire Caritatis”, 1902), Pío XII  (“Mediator Dei”, 1947) y Pablo VI (“Mysterium Fidei”, 1965) y, por último, el concilio Vaticano II (constituciones“Lumen gentium” y  “Sacrosanctum concilium”). El mismo Juan Pablo II había publicado ya una Carta apostólica (“Dominicae Cenae”, 1988)  sobre algunos aspectos del misterio eucarístico y  su incidencia en la vida del sacerdote (Fernando Guerrero)

 

Los capítulos de la encíclica de Juan Pablo II son:

 

-         La eucaristía, misterio de la fe

-         La eucaristía edifica la Iglesia

-         Apostolicidad de la  eucaristía y de la Iglesia

-         La eucaristía y la comunión eclesial

-         El decoro de la celebración eucarística

-         En la escuela de María, mujer eucarística

 

5. En continuidad con la tradición de la Iglesia

 

Como no podía ser de otra forma, el santo Padre tiene presente la doctrina de la Iglesia sobre este misterio, y de manera especial la experiencia vivida en la celebración del Año jubilar que Juan Pablo II quiso que fuera un año “intensamente eucarístico” (TMA 55).

 

6. Excelencia de la eucaristía

 

La eucaristía no es simplemente uno de los sacramentos. Pertenece, ciertamente, a la economía sacramental y no puede hacer sombra al valor del bautismo, de la confirmación y del perdón sacramental. Sin embargo posee una excelencia única, ya que es el sacramento que no sólo nos da la gracia sino al autor  mismo de la gracia. “En ella, la persona de Cristo se manifiesta del modo más inmediato y actual” (Comité para el jubileo del Año 2000. “Eucaristía, sacramento de vida nueva”, 1999 (BAC).         

 

7. La eucaristía fuente de vida eterna

 

“Más que nunca, un mundo desencantado tiene necesidad de saber que Jesucristo es su único salvador. Más que nunca, un mundo acuciado por el hambre tiene necesidad de saber que el pan que sólo puede saciarlo es un pan que da la vida nueva. Cada eucaristía revela el alba de pascua, de aquella mañana nueva de todo, en la que un sepulcro vacío ha llegado a ser la cuna de una nueva humanidad.

 

           

8. Destinatarios de la encíclica

 

El santo Padre dirige esta Carta encíclica a los obispos, a los presbíteros y diáconos, a las personas consagradas y a todos los fieles laicos.

           

Por nuestra parte, invitamos a todas las personas que quieran conocer  mejor el misterio de la eucaristía, corazón de la Iglesia.

 

 

 

 

                        TEMA  TERCERO

 

 

ABUSOS QUE CONTRIBUYEN A OSCURECER LA EUCARISTÍA

 

Para entender de forma correcta  los planteamientos de esta encíclica es necesario conocer los abusos y errores que existen hoy en torno al misterio, a la celebración y a la vivencia de la eucaristía, y a los que el santo Padre quiere dar una respuesta autorizada que confirme nuestra fe eucarística.

 

He aquí las palabras del santo Padre:

 

“Confío que esta Carta encíclica contribuya eficazmente a disipar las sombras de doctrinas y prácticas no aceptables, para que la eucaristía siga resplandeciendo con todo el esplendor de su misterio” (n.10).

 

Con brevedad vamos a enumerarlos, tomándolos del texto de la misma Carta  encíclica.

 

1.  Hay sitios “donde constata un abandono casi total del culto de adoración eucarística...La eucaristía es un don demasiado grande para admitir ambigüedades y reducciones” (n.10; cf. n.25). ¡Cuántos sagrarios solos y abandonados hay en las Iglesias! Se olvida por no pocos que en el sagrario  está presente, vivo y palpitante el Señor. No lo dejemos solo. Recuperemos la visita al Santísimo. Reconocer en la fe y adorar en el amor a Cristo sacramentado no nos  aleja de nuestros hermanos, antes bien nos lleva al pobre y desvalido, en los que también está  presente el mismo Señor con una presencia peculiar. De la mesa del altar hemos de pasar a la mesa del pobre.

 

2. Se nota a veces una comprensión muy limitada del misterio de la eucaristía. Privándola de su valor sacrificial, se vive como si no tuviera otro significado y valor que el de un "banquete fraternal” (n.10). Por razones diversas, no pocos cristianos desconocen que la eucaristía tiene una dimensión sacrificial esencial, que no puede ni debe ser silenciada ni omitida en la predicación, en la catequesis, ni debe ser desconocida por los fieles..                                                                                                           

 

3. En algunas ocasiones queda oscurecida la necesidad del sacerdocio ministerial que se  funda en la sucesión apostólica y que es necesario para la celebración válida de la eucaristía (n. 10; cf. n. 29). No todo vale. No da igual todo.

 

4. Hay iniciativas ecuménicas que, aun siendo generosas en su intención, transigen con prácticas eucarísticas contrarias a la disciplina con la cual la Iglesia expresa su fe (n.10).

 

5. En algunos lugares parece que no se tiene en cuenta la necesidad de confesarse antes de comulgar cuando uno es consciente de pecado mortal (n.36). Ya san Juan Crisóstomo decía: “También yo alzo la voz, suplico, ruego y exhorto encarecidamente a no sentarse en esta sagrada mesa con una conciencia manchada y corrompida. Hacer esto, nunca jamás podrá llamarse comunión, por más que toquemos mil veces el cuerpo del Señor, sino condena, tormento y mayor castigo”.

 

6. Es una gran incongruencia celebrar la eucaristía  sin una verdadera comunión con el obispo y con el sucesor de Pedro (n. 39).

 

7. La liturgia nunca es propiedad privada de alguien, ni del celebrante ni de la comunidad en que se celebran los misterios” (n.52).

 

8. La obediencia a las normas litúrgicas debería ser  redescubierta y valorada como reflejo y testimonio de amor a la Iglesia.(n.52).

 

9. La misa dominical es una obligación para los fieles, y los pastores deben ofrecer a todos la posibilidad efectiva de cumplir el precepto (n.41).

 

10.“El msterio eucarístico-sacrificio, presencia, banquete no consiente reducciones ni instrumentalizaciones; debe ser vivido en su integridad” (n.61), debe ser conocido en su totalidad, debe ser transmitido en su integridad..

 

   

 

                        TEMA CUARTO

 

EL  “ASOMBRO  EUCARÍSTICO

 

Uno de los objetivos de esta encíclica es: “llamar la atención sobre esta verdad  -el misterio eucarístico-, poniéndome con vosotros en adoración delante de este misterio: misterio grande, misterio de misericordia...” (n.11).

 

El Papa habla del “asombro” que debe “inundar siempre a la Iglesia, reunida en la celebración eucarística”

 

Con la intención de poder ayudar a que se pueda leer y entender esta Carta encíclica, nos atrevemos a poner de relieve  algunas  realidades eucarísticas que  pueden provocar este asombro y sobrecogimiento en los creyentes.

 

1 La eucaristía es un “misterio de la fe cristiana” que supera nuestro pensamiento, que nos obliga a abandonarnos a la palabra de Dios. El  misterio eucarístico sólo puede ser acogido en la fe. La eucaristía nos desborda. Las explicaciones teológicas son “aproximaciones al misterio” que siempre pueden  ser profundizadas.

 

2. La eucaristía es la “presencia sacramental del único sacrificio de Jesucristo en el Calvario”. El sacrificio de la cruz y el sacrificio eucarístico son idénticos ya que la víctima es la misma: Cristo; y el Sacerdote principal es el mismo Cristo-Jesús. Se diferencian solamente en que en la cruz Cristo se ofrece “de forma cruenta” y en la misa “de forma incruenta”, y en que en la cruz se ofreció él mismo y en la misa se ofrece por medio del ministerio de los sacerdotes.

 

¿Cómo no ser sorprendidos por las palabras: “Esto es mi cuerpo”, “Este es el cáliz de mi sangre?

 

3. La eucaristía es un verdadero banquete ya que en ella Cristo se ofrece como alimento. El Señor se hace pan partido para poderse compartir y darse a nosotros. Cristo es el pan de la vida. “El que come de este pan vivirá para siempre; Yo lo resucitaré en el último día”.

 

¿Cómo no asombrarse del hecho de que Aquel que es Dios se ofrezca como alimento y bebida a quienes son sus mismas criaturas?

 

4. La eucaristía  es, en cierto sentido, anticipación del paraíso y “prenda de la gloria futura” (n.18). La eucaristía  “es verdaderamente un resquicio del cielo que se abre sobre la tierra. Es un rayo de gloria de la Jerusalén celestial, que penetra en las nubes de nuestra historia y proyecta luz sobre nuestro camino”  (n.19).

 

5.“Si la eucaristía es centro y cumbre de la vida de la Iglesia, también lo es del ministerio sacerdotal. Por eso, con ánimo agradecido a Jesucristo reitero que la eucaristía es la principal y central  razón de ser del sacramento del sacerdocio” (n.31).

 

6.“La Iglesia ha recibido la eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como un don entre otros muchos, aunque sea muy valioso, sino como el don por excelencia, porque es don de sí mismo, de su persona en su santa humanidad y, además, de su obra de salvación” (n.11).

 

7. “Jesús dijo a sus discípulos: “Haced esto en memoria mía”. Se trata de repetir lo mismo que el Señor había hecho.

 

¿Cómo no preguntarnos por qué Aquel que consumó su sacrificio en la cruz y lo concluyó con el triunfo de su resurrección ha querido que su ofrecimiento se repitiese sin límites de tiempo en la celebración eucarística?

 

“Para todos estos motivos de asombro y para todas estas preguntas, hay una sola respuesta: en la eucaristía, todo deriva de un amor extremo. Todo desciende de una voluntad de don ilimitada. El amor divino, para favorecer a los hombres y garantizarles el destino más alto, se ha hecho inventivo de forma insuperable en los gestos y palabras de Jesús, que han instituido la eucaristía durante la Última Cena.

 

"Como nuestra sorpresa es grande, debemos hacer continuamente un esfuerzo para comprender mejor las intenciones de este amor” (Comité  para el jubileo del año 2000: “Eucaristía, sacramento de  vida nueva”, p.18).

 

         

  

   TEMA QUINTO

LA EUCARISTÍA,  MISTERIO DE LA FE

 

“Misterio de luz es la institución de la eucaristía, en la cual Cristo se hace alimento con su cuerpo y su sangre bajo las especies del pan y del vino, dando testimonio de su amor por la humanidad “hasta el extremo” (Jn.13,1) y por cuya salvación se ofrecerá en sacrificio” ( Juan Pablo II: “Rosario de la Virgen María”, 2002).

 

“Misterio de la fe “ recuerda que la eucaristía es “ el sacrificio de la cruz que se perpetúa por los siglos” y que “nos muestra un amor que llega hasta el extremo” (Jn 13,1), un amor que no conoce medida”.

 

1. La eucaristía, misterio de la fe

 

La exclamación de la liturgia “Misterio de la fe” reconoce en la celebración eucarística:

 

a)      Una llamada a la fe y

b)      Una maravilla de la fe.

 

Sólo la fe, con su apertura al infinito divino, puede acoger la ofrenda sacrificial que se realiza con las palabras “esto es mi cuerpo” y “éste es el cáliz de mi sangre” y la presencia que se deriva de ellas.

 

La fe en la eucaristía no es de orden secundario ya que implica  cuanto hay de más esencial en la revelación cristiana, porque presupone la fe en la encarnación redentora y la fe en la Iglesia (Jn.6).

 

La eucaristía presenta un problema muy especial. El contraste entre lo que está visible en el pan y en el vino, ofrecidos sobre el altar, y lo que está invisiblemente presente, el cuerpo y la sangre de Cristo, requiere un impulso de fe siempre renovado. Se trata de superar la distancia entre lo que percibimos con los sentidos y lo que la verdad del misterio nos manda creer. La fe cristiana re-encuentra continuamente su audacia con este salto a lo invisible.

 

2. Los grandes contenidos del misterio de la eucaristía:

 

2.1.- La eucaristía y el sacrificio de Cristo en el Calvario

 

La  eucaristía no sólo evoca o recuerda el sacrificio de Cristo en la cruz, sino que lo hace sacramentalmente presente. Así se perpetúa  por los siglos. Por su íntima relación con el sacrificio del Gólgota, la eucaristía es sacrificio en sentido propio y no sólo en sentido genérico, como si  se tratara  del mero ofrecimiento de Cristo a los fieles como alimento espiritual.

 

El sacrificio de Cristo en la cruz  se hace presente, perpetuándose sacramentalmente en cada comunidad que lo ofrece por manos del ministro consagrado. De este modo la eucaristía aplica a los hombres de hoy la reconciliación obtenida por Cristo una vez por todas para la humanidad de todos los tiempos.

 

“La eucaristía nada esencialmente nuevo puede añadir a la plenitud irrepetible del sacrificio de Cristo realizado de una vez para siempre, es decir, con una vigencia total, plena y universal. Lo único que necesita el sacrificio salvador de Cristo es ser presencializado o re-presentado  -hecho presente-  en cada momento del espacio y del tiempo, de manera que permita la incorporación a él de la oblación y el sacrificio de la Iglesia".

 

“En última instancia, el sacrificio de Cristo no puede ser reiterado porque, por la resurrección, su oblación y su entrega han quedado perennizadas para siempre, de manera que Jesús ya no necesita repetirlas sino sólo hacerlas presentes para nosotros en el espacio y en el tiempo. Lo cual significa que el sacrificio de Jesús, su entrega y su oblación, hechos invisibles por la resurrección, necesitan un signo o sacramento que les confiera visibilidad en el plano de la historia, permitiendo así a la Iglesia participar de ellos, prolongarlos en el mundo e incorporar su propia oblación a la del Señor. Pues bien el signo o sacramento más apto para hacer presente el sacrificio y la oblación de Cristo  (así como la oblación de la Iglesia que a él se incorpora) es el banquete en todo el conjunto de su celebración” (M.Gesteira Garza:  “La eucaristía y la vida de la Iglesia”. Cátedra de Teología Contemporánea. Colegio Mayor Chaminade. Madrid.1986).

 

¿Cómo se relacionan  el sacrificio de Cristo en el Gólgota y el sacrificio eucarístico?

 

El concilio de Trento enseña: “es, pues, una sola y única hostia, el mismo que ahora se ofrece a través del ministerio de los sacerdotes, el que se ofreció a sí mismo entonces sobre la cruz, sólo que con un modo diferente de ofrecerse”.

 

En lo referente a la víctima o al objeto de la ofrenda, existe identidad: la ofrenda que se presenta en la eucaristía es la ofrenda de Cristo. En el sacrificio eucarístico se ofrece el mismo Cristo.

 

En lo referente a quien ofrece hay identidad. Es Cristo quien se ofrece a sí mismo. En la cruz se ofreció él a sí mismo; en la eucaristía se ofrece a través del ministerio de los sacerdotes.

 

En lo referente al modo de ofrecerse: en la cruz, se ofreció en forma cruenta; en el sacrificio eucarístico, de forma incruenta.

 

Por eso, “la naturaleza sacrificial del misterio eucarístico no puede ser entendida como algo aparte, independiente de la Cruz o con una referencia solamente indirecta al sacrificio del Calvario” (n.12).

 

            2.2. El sacrificio eucarístico y la resurrección de Jesús

 

La pascua de Cristo incluye, con la pasión y muerte, también su resurrección. En efecto, el sacrificio eucarístico no sólo hace presente el misterio de la pasión y muerte del Salvador, sino también el misterio de la resurrección, que corona su sacrificio (n.14).

 

“El sacrificio sacramental hace presente la ofrenda de Cristo glorioso y no sólo del Cristo implicado en el drama de la cruz. En continuidad de aquel drama, el sacrificio ha recibido de hecho un cumplimiento que hace manifiesta su eficacia. El Padre, acogiendo a su Hijo desde el más allá, lo ha colmado de la gloria divina”.

 

Por eso, el mensaje cristiano no puede separar muerte y resurrección de Jesús. Los dos acontecimientos están indisolublemente unidos y solo la resurrección puede iluminar el sentido de la muerte. El Cristo que baja al altar es el Salvador resucitado. Y como salvador resucitado es como se ofrece como alimento y bebida en la comida eucarística.

 

            2.3. El Sacrificio de Cristo, sacrificio de la Iglesia

 

El sacrificio eucarístico es sacrificio de Cristo: Cristo es la víctima y es también el sacerdote, el sacerdote principal, soberano, que opera a través de los ministros que actúan en su nombre.

 

Pero el sacrificio eucarístico es al mismo tiempo sacrificio de la Iglesia. Y ésta es su razón de ser; en cuanto sacrificio existencial existe sólo en función del bien de la Iglesia y de sus miembros. La ofrenda del sacrificio de la cruz se renueva para que llegue a ser el sacrificio de la Iglesia. El sacrificio consumado en el Calvario no necesita ser repetido. Es único y fue ofrecido de una vez para siempre, adquiriendo para la humanidad las gracias necesarias para la salvación.

 

Reproducir el sacrificio del Calvario significa una implicación de la Iglesia en aquel sacrificio. Esto significa que la Iglesia está en grado de hacer suyo el sacrificio de Cristo y de entrar en la implicación que aquel sacrificio comporta.

 

Por eso el sacrificio eucarístico no es sólo la mera repetición de la ofrenda de Cristo en el Calvario, sino también la apropiación, por parte de la Iglesia, de aquella ofrenda, para una fecundidad más amplia.

 

Esta apropiación del sacrificio de Cristo por parte de la Iglesia es una apropiación objetiva, en el sentido de que, sacramentalmente, la ofrenda del Salvador llega a ser de la Iglesia, a través de la realización del rito instituido por Jesús durante la última cena. Las palabras de la consagración realizan el sacrificio de Cristo, como sacrificio de la Iglesia.

 

Esta apropiación objetiva, garantizada por el rito, tiende a completarse en una apropiación subjetiva, es decir, el sacerdote y los fieles que participan en la eucaristía están invitados a asociarse, con sus disposiciones personales, a la ofrenda del sacrificio redentor. La celebración eucarística tiende a hacerles compartir a ellos los sentimientos y la voluntad de oblación del Salvador.

 

Al entregar su sacrificio a la Iglesia, Cristo ha querido además hacer suyo el sacrificio espiritual de la Iglesia, llamada a ofrecerse también a sí misma unida al sacrificio de Cristo.

 

Por lo que concierne a todos los fieles, el concilio Vaticano II enseña que “al participar en el sacrificio eucarístico, fuente  y cima de la vida cristiana, ofrecen a Dios la víctima divina y a sí mismos con ella” (LG 11).

 

2.4. La presencia de Cristo en la eucaristía

 

Lo que distingue a la eucaristía de los otros sacramentos es el hecho de que el mismo Cristo está presente en ella con su cuerpo y con su sangre. El efecto de las palabras de la consagración no es el de comunicar simplemente una gracia particular, sino el de hacer presente a Aquel en quien toda gracia tiene origen.

 

La representación sacramental en la santa misa del sacrificio de Cristo, coronado por su resurrección, implica una presencia que “se llama real, porque es sustancial, a que por ella ciertamente se hace presente Cristo, Dios y hombre, entero e íntegro (n.15). Esta es la doctrina definida por el concilio de Trento  (decreto de ss. Eucharistia, cap.4). “En el sacramento de la eucaristía el Salvador, encarnado en el seno de María hace veinte siglos, continúa ofreciéndose a la humanidad como fuente de vida divina”.

 

El concilio de Trento  enseña la transubstanciación como verdad indisolublemente unida a la de la presencia real. Lo que enseña el concilio de Trento es una verdad de fe no una opinión filosófica. La Iglesia, en efecto, ha creído siempre que, a través de la consagración del pan y del vino, se realiza una conversión de toda la sustancia del pan y del vino en cuerpo y sangre de Cristo. Se trata de la conversión de la sustancia del pan en la sustancia del cuerpo de Cristo, y de la sustancia del vino en la sustancia de la sangre de Cristo, permaneciendo las “especies” o “accidentes” del pan y del vino, sin sujeto de inhesión, sustentados por la omnipotencia divina..

 

En la teología actual se habla de otras expresiones para referirse a la presencia de Cristo en la eucaristía: transignificación, transfinalización...Pablo VI  enseñó que estas denominaciones pueden aceptarse siempre que se apoyen y se fundamenten en la transubstanciación.

 

            2.5. La comunión eucarística

 

La eficacia salvífica del sacrificio se realiza plenamente cuando se comulga recibiendo el cuerpo y la sangre del Señor. La eucaristía es verdadero banquete, en el cual Cristo se ofrece como alimento. No se trata de un alimento metafórico ya que dice el Señor: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida” (Jn.6,55) (16). Por la comunión de su cuerpo y de su sangre, Cristo nos comunica también su Espíritu. Así, con el don de su cuerpo y su sangre, Cristo acrecienta en nosotros el don de su Espíritu, infundido ya en el bautismo e impreso como “sello” en el sacramento de la confirmación (n.17).

 

            2.6. La dimensión escatológica de la eucaristía

 

La eucaristía es tensión hacia la meta; es pregustar el gozo pleno prometido por Cristo. En cierto sentido, es anticipación del paraíso y “prenda de la gloria futura”...Quien se alimenta de Cristo en la eucaristía no tiene que esperar el más allá para recibir la vida eterna: la posee ya en la tierra como primicia de la plenitud futura, que abarcará al hombre en su totalidad (n.18).

 

La tensión escatológica suscitada por la eucaristía expresa y consolida la comunión con la Iglesia celestial. La eucaristía es verdaderamente un resquicio del cielo que se abre sobre la tierra. Es un rayo de gloria de la Jerusalén celestial, que penetra en las nubes de nuestra historia y proyecta luz sobre nuestro camino (n.19).

 

            2.7.La eucaristía y el compromiso del cristiano en el mundo

 

La eucaristía  estimula  nuestro sentido de responsabilidad respecto a la  tierra presente. Los cristianos han de sentirse más que nunca comprometidos a no descuidar los deberes de su ciudadanía terrenal. Es cometido suyo contribuir con la luz del evangelio a la edificación de un mundo habitable y plenamente conforme al designio de Dios (n.20).

 

           

                           TEMA   SEXTO

 

 

                  

LA  EUCARISTÍA  EDIFICA  LA  IGLESIA

 

 

“La Iglesia se edifica  a través de la comunión sacramental con el Hijo de Dios inmolado por nosotros”, por eso la eucaristía es la fuente y, al mismo tiempo, la cumbre de toda la evangelización”.

           

1. A modo de introducción

 

            1.1. La Iglesia hace la eucaristía: ella ha recibido la misión de repetir en memoria de Cristo lo que fue hecho durante la última cena; celebrando la eucaristía, la Iglesia desarrolla su vida comunitaria; se afirma y crece como Iglesia, desarrolla una actividad de culto y de oración que la santifica y  hace crecer  su irradiación en el mundo; ella asume más abiertamente su misión de testimonio y de anuncio de la buena noticia.

 

            1.2. La eucaristía hace a la Iglesia.: toda celebración eucarística contribuye a la formación de la Iglesia, al desarrollo de su santidad y a la afirmación de su unidad; en la celebración del misterio que es reproducido en su nombre, Cristo no cesa de reunir a los hombres en la Iglesia y de animar a esta Iglesia con nueva fuerza de transformación del universo.

 

2. La eucaristía, centro del proceso de crecimiento de la Iglesia

 

El concilio Vaticano II recuerda que la celebración eucarística es el centro del proceso de crecimiento de la Iglesia. La eucaristía realiza un papel determinante en el desarrollo de la Iglesia. En efecto, “la incorporación a Cristo, que tiene lugar por el bautismo, se renueva y se consolida  continuamente con la participación en el sacrificio  eucarístico, sobre todo cuando ésta es plena mediante la comunión sacramental. No sólo cada uno de nosotros recibe a Cristo, sino también Cristo nos recibe a cada uno de nosotros” (n.22).

 

La eucaristía favorece el crecimiento espiritual de la Iglesia. Es verdad que en la Iglesia hay un aspecto exterior, constituido por todas las manifestaciones visibles de su presencia y de su acción en el mundo. Pero también hay una realidad interior, invisible: la vida profunda de la gracia (cf. LG 8).

 

3. La eucaristía manantial de la unidad de la Iglesia

 

            3.1. La eucaristía nos une con Cristo

 

Afirma Pablo que “El pan que nosotros partimos” es  “comunión con el cuerpo de Cristo”. Quiere esto decir que la comunión eucarística nos une con el Señor. San Juan en su evangelio lo dice con suficiente claridad: “el que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él” (6,56). En la comunión eucarística se realiza de manera sublime que Cristo y el discípulo “estén” el uno en el otro (n.22).

 

La comida eucarística  en la que Cristo se ofrece como alimento, no sólo une a cada uno de los participantes a Cristo sino que los une entre sí.

 

            3.2. La unión con Cristo no nos repliega sobre nosotros mismos

 

Al unirse a Cristo, en vez de encerrarse en sí mismo, el pueblo de Dios se convierte en “sacramento” para la humanidad, signo e instrumento de la salvación, en obra de Cristo, en luz del mundo y sal de la tierra.

 

 La misión de la Iglesia continúa la misión de Cristo. Por tanto la Iglesia recibe la fuerza espiritual necesaria para cumplir su misión perpetuando en la eucaristía el sacrificio de la cruz  y comulgando el cuerpo y la sangre de Cristo. Así la eucaristía es la fuente y la cumbre de toda la evangelización ya que su objetivo es la comunión de los hombres con Cristo y, en él, con el Padre y con el Espíritu Santo”(n.22).

 

3.3.- La comunión eucaristía colma los anhelos de unidad del hombre

 El don de Cristo y de su Espíritu que recibimos en la comunión eucarística colma los anhelos de unidad fraterna que alberga el corazón humano y eleva la experiencia de fraternidad, propia de la participación en la misma mesa eucarística, a niveles que están por encima de la simple experiencia convival humana (n.24).

           

3.4. Ante las disgregaciones humanas, la eucaristía une

 

A los gérmenes de disgregación entre los hombres, se contrapone la fuerza generadora de unidad del cuerpo de Cristo. La eucaristía, construyendo la Iglesia, crea precisamente por ello comunidad entre los hombres (n.24).

 

La eucaristía  rehace la nueva fraternidad en la que no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos somos uno en Cristo Jesús. Se han roto y superado todas las diferencias.

 

La eucaristía genera la fraternidad gratuita de las personas, de los pueblos y de la entera humanidad. Esta fraternidad de la gratuidad no es una fraternidad esgrimida a partir de las identidades de sangre, ideología, posición e intereses; no es una fraternidad instrumentalizada para el enfrentamiento, utilizada como fortaleza agresiva frente a los otros. La fraternidad de la gratuidad es la nueva fraternidad ofrecida como don gracioso entre diferentes y distintos, entre divididos y enfrentados. Es la fraternidad con excluidos.

 

Somos enviados a salir a las calles de la ciudad, a anunciar a Cristo y a recorrer los caminos del mundo invitando a los pobres, a los débiles funcionales, a los marginados y olvidados, a todos los excluidos... (Com.epis. de pastoral social de la CEE, " Festividad del Corpus Christi", 2003).

                       

4. El culto a la eucaristía fuera de la misa

 

El culto que se da a la eucaristía fuera de la misa es de un valor inestimable en la vida de la Iglesia. Dicho culto está unido estrechamente a la celebración del sacrificio eucarístico....Es hermoso estar con él y, reclinados sobre su pecho como el discípulo amado, palpar el amor infinito de su corazón.

 

El cristianismo se distingue por el “arte de la oración” (NMI 32), por eso, ¿cómo no sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el santísimo sacramento? (n.25).

 

La eucaristía es un tesoro inestimable; no sólo su celebración, sino también estar ante ella fuera de la misa, nos da la posibilidad de llegar al manantial mismo de la gracia (n.25).

 

5. La contemplación del rostro de Cristo

 

 Una comunidad cristiana que quiera ser más capaz de contemplar el rostro de Cristo, en el espíritu sugerido por la NMI y el Rosarium Virginis Mariae, ha de desarrollar también este aspecto del culto eucarístico, en el que se prolongan y multiplican los frutos de la comunión del cuerpo y sangre del Señor (n.25).

 

 

 

 

                                TEMA SÉPTIMO

 

 

“APOSTOLICIDAD DE LA EUCARISTÍA Y DE LA IGLESIA”                                  

 

La “apostolicidad” basada en los apóstoles, aplicada a la eucaristía  significa que la celebración de la eucaristía debe estar presidida por un sacerdote ordenado. Ello implica que el sacerdocio se transmita a través de la sucesión episcopal que se remonta a los apóstoles, lo cual es esencial para que haya Iglesia y, por tanto, eucaristía válida.

 

1.¿En qué consiste la apostolicidad de la Iglesia y de la eucaristía?

 

Así como no se da  la integridad de la Iglesia sin la sucesión apostólica, tampoco hay verdadera eucaristía sin el obispo.

 

a) La Iglesia fue y permanece edificada sobre el fundamento de los apóstoles (Ef.2,20), testigos escogidos y enviados en misión por el propio Cristo” (Catecismo 857).

La eucaristía es apostólica porque los Apóstoles están en su fundamento, no porque el sacramento no se remonte a Cristo, sino porque ha sido confiado a los Apóstoles  por Jesús y asumido por ellos y sus sucesores hasta nosotros (n.27).

 

 

            b) La Iglesia guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza, el buen depósito, las sanas palabras oídas a los apóstoles” (Catecismo 857)

 

La eucaristía es apostólica porque se celebra en conformidad con la fe de los Apóstoles (n.27).

 

            c) La Iglesia “sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los Apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral: el colegio de los obispos, a los que asisten los presbíteros, juntamente con el sucesor de Pedro y sumo pastor de la Iglesia” (Catecismo 857).

 

La eucaristía expresa también este sentido de la apostolicidad ya que los fieles “participan en la celebración de la eucaristía en virtud de su sacerdocio real” (LG 10), pero es el sacerdote ordenado quien “realiza como representante de Cristo, "in persona Christi", el sacrificio eucarístico y lo ofrece a Dios en nombre de todo el pueblo” (LG 10) (n.28).

 

El ministerio de los sacerdotes, en virtud del sacramento del Orden...manifiesta que la eucaristía celebrada por ellos es un don que supera radicalmente la potestad de la asamblea y es insustituible en cualquier caso para unir válidamente la consagración eucarística al sacrificio de la Cristo y a la última cena.

 

La comunidad no está capacitada para darse por sí sola el ministro ordenado. Este es un don que recibe a través de la sucesión episcopal que se remonta a los apóstoles. Es el obispo quien establece un nuevo presbítero, mediante el sacramento del Orden, otorgándole el poder de consagrar la eucaristía. Pues “el misterio eucarístico no puede ser celebrado en ninguna comunidad si no es por un sacerdote ordenado” (Conc. Lateranense IV) (n.29).

 

2. La eucaristía centro y cumbre de la vida de la Iglesia y del ministerio sacerdotal

 

La eucaristía no es una realidad más en la Iglesia. Es una realidad esencial y central (cf. ChD 11). En efecto, “no se construye ninguna comunidad cristiana si ésta no tiene como raíz y centro la celebración de la sagrada eucaristía” (PO 6).

 

La misma parroquia es una comunidad eucarística: “la parroquia es una comunidad de bautizados que expresan y confirman su identidad principalmente por la celebración del sacrificio eucarístico. Pero esto requiere la presencia de un presbítero, el único a quien compete ofrecer la eucaristía "in persona Christi"” (n. 32).

 

La eucaristía es “la principal y central razón de ser del sacramento del sacerdocio, nacido efectivamente en el momento de la institución de la eucaristía y a la vez que ella” (Juan Pablo II: Carta apost. “Dominicae Cenae” 1980; p.115) (31).

 

3. La pastoral de las vocaciones

 

Del carácter central  de la eucaristía en la vida y en el ministerio de los sacerdotes se deriva también su puesto central en la pastoral de las vocaciones sacerdotales (n.31).

 

4. La celebración diaria de la eucaristía

 

Teniendo en cuenta que la eucaristía es centro y cumbre de la vida y ministerio del presbítero, se comprende lo importante que es para la vida espiritual del sacerdote, como para el bien de la Iglesia y del mundo, que ponga en práctica la recomendación conciliar de  celebrar cotidianamente la eucaristía, “la cual, aunque no puedan estar presentes los fieles, es ciertamente una acción de Cristo y de la Iglesia” (CIC can.904).

   

 

                                      TEMA  OCTAVO

 

 EUCARISTÍA  Y  COMUNIÓN  ECLESIAL

 

En este capítulo, el Papa recuerda  que el Sínodo de los obispos de 1985 reconoció que la “eclesiología de comunión” es la idea central y fundamental de las enseñanzas del concilio Vaticano II.

 

Partiendo de esta afirmación conciliar, el santo padre enseña que la eucaristía se manifiesta como “culminación de todos los sacramentos, en cuanto que lleva a perfección la comunión con Dios Padre, mediante la identificación con el Hijo unigénito, por obra del Espíritu Santo”.

 

1. La eucaristía, culminación de todos los sacramentos

 

La eucaristía se manifiesta como culminación de todos los demás sacramentos ya que lleva a la perfección la comunión con Dios Padre, mediante la identificación con el Hijo unigénito, por obra del Espíritu Santo. Por otra parte, la iniciación cristiana llega a su  culminación en la eucaristía.       

 

2. La eucaristía y la comunión eclesial

 

            2.1. La eucaristía presupone previamente la comunión

 

Hemos de tener siempre presente que la eucaristía no puede ser el punto de partido de la comunión; antes bien la presupone. Jesús decía que era necesario reconciliarse antes con el hermano antes de ofrecer la ofrenda hasta el punto de que si, en el momento de hacer la ofrenda,  te acuerdas de que tu hermano tiene quejas contra ti, debes dejar la ofrenda y reconciliarte antes con él  (n.35)..

 

            2.2. La eucaristía consolida y lleva a la perfección la comunión

 

El sacramento expresa este vínculo de comunión:

 

a) en la dimensión invisible que, en  Cristo y por la acción del Espíritu Santo, nos une al Padre y entre nosotros,

b) en la dimensión visible, que implica la comunión en la doctrina de los Apóstoles, en los Sacramentos y en el orden jerárquico.

 

La íntima relación entre los elementos invisibles y visibles de la comunión eclesial es constitutiva de la Iglesia como sacramento de salvación. Sólo en este contexto tiene lugar la celebración legítima de la eucaristía y la verdadera participación en la misma.

 

Por tanto, resulta una exigencia intrínseca a la eucaristía que se celebre en la comunión y, concretamente, en la integridad de todos sus vínculos  (invisibles y visibles) (n.35).

 

A continuación vamos a desentrañar más la comunión eclesial tanto en su dimensión invisible como en la visible.

 

La comunión invisible

 

La comunión invisible, aun siendo por naturaleza un crecimiento, supone la vida de la gracia y la práctica de las virtudes de la fe, de la esperanza y de la caridad, ya que sólo de este modo se obtiene verdadera comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La integridad de los vínculos invisibles es un deber moral del cristiano que quiere participar plenamente en la eucaristía comulgando el cuerpo y la sangre de Cristo.

 

El Catecismo de la Iglesia afirma que “quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la reconciliación antes de acercarse a comulgar” (n. 1385). Juan Pablo II afirma en este mismo sentido lo siguiente:

 

“Deseo reiterar que está vigente, y lo estará siempre en la Iglesia, la norma con la cual el concilio de Trento ha concretado la severa exhortación del apóstol Pablo, al afirmar que, para recibir dignamente la eucaristía, “debe preceder la confesión de los pecados cuando uno es consciente de pecado mortal”. Así pues, si el cristiano tiene conciencia de un pecado grave está obligado a seguir el itinerario penitencial, mediante el sacramento de la reconciliación para acercarse a la plena participación en el sacrificio eucarístico (n.37).

 

La comunión visible

 

La comunión eclesial es también visible y se manifiesta en los lazos vinculantes enumerados por el concilio cuando enseña: “están plenamente incorporados a la sociedad que es la Iglesia aquellos que, teniendo el Espíritu de Cristo, aceptan íntegramente su constitución y todos los medios de salvación establecidos en ella y están unidos, dentro de su estructura visible, a Cristo, que la rige por medio del sumo pontífice y de los obispos, mediante los lazos de la profesión de fe, de los sacramentos, del gobierno eclesiástico y de la comunión” (LG 14).

 

La eucaristía, siendo la suprema manifestación sacramental de la comunión en la Iglesia, exige que se celebre en un contexto de integridad de los vínculos, incluso externos, de comunión (n. 38).

 

La comunión eclesial de la asamblea eucarística es comunión con el propio obispo y con el romano pontífice. En efecto, el obispo es el principio visible y el fundamento de la unidad en su Iglesia particular (LG 23). Sería por tanto una gran incongruencia que el sacramento por excelencia de la unidad de la Iglesia no fuera celebrado con una verdadera comunión con el obispo. Asimismo, puesto que el romano pontífice, como sucesor de Pedro, es el principio y el fundamento perpetuo y visible de la unidad, tanto de obispos como de la muchedumbre de los fieles (LG 23), la comunión  con él es exigencia intrínseca de la celebración del sacramento eucarístico.

 

De ahí  que “toda celebración de la eucaristía se realiza en unión no sólo con el propio obispo sino también con el Papa, con el orden episcopal, con todo el clero y con el pueblo entero.

 

Toda válida celebración de la eucaristía expresa esta comunión universal con Pedro y con la Iglesia entera, o la reclama objetivamente, como en el caso de las Iglesias cristianas separadas de Roma” (Cong. para la doctrina de la fe: Carta “Communionis notio”, 1992,  847) (n.39).

 

2.3. La eucaristía crea comunión y educa a la comunión

 San Pablo escribe a los cristianos de Corinto manifestando el contraste de sus divisiones en las asambleas eucarísticas con lo que estaban celebrando, la Cena del Señor. Por eso, el Apóstol les invita a reflexionar sobre la verdadera realidad de la eucaristía a fin de hacerlos volver al Espíritu de comunión fraterna (cf. 1 Cor 11,17-34).

 

4. Importancia de la misa dominical

 

Esta peculiar eficacia para promover la comunión, propia de la eucaristía, es uno de los motivos de la importancia de la misa dominical....Participar en la misa es una obligación para los fieles, a menos que no tengan impedimento grave, lo que impone a los pastores el correspondiente deber de ofrecer a todos la posibilidad efectiva de cumplir este precepto (n. 41).

 

El santo padre decía ya en “Novo millennio ineunte” que la eucaristía dominical “es el lugar privilegiado donde la comunión es anunciada y cultivada constantemente. Precisamente a través de la participación eucarística, el "día del Señor" se convierte también en el "día de la Iglesia", que puede desempeñar así de manera eficaz su papel de sacramento de unidad” (n. 36).

 

5. Salvaguardar la comunión eclesial es tarea de todos

 

La salvaguardia y promoción de la comunión eclesial es una tarea de todos los fieles, que encuentran en la eucaristía, como sacramento de la unidad de la Iglesia, un campo de especial aplicación (n. 42).

 

Hemos de procurar todos promover la cultura de la comunión, que está hecha de convergencia, colaboración, corresponsabilidad, coparticipación.

 

6. Relación de la eucaristía como sacramento de la comunión eclesial con el compromiso ecuménico (n. 43-45)

 

La celebración de la eucaristía exige la integridad en la profesión de la misma fe, de los sacramentos y del gobierno eclesiásico; por tanto, no se puede participar en la misma eucaristía con otras comunidades eclesiales hasta que no se restablezca la integridad de dichos vínculos.

 

Juan Pablo II distingue en esta Carta encíclica entre concelebrar con esas otras comunidades y administrar la eucaristía a sus miembros en circunstancias especiales, así como que los católicos reciban la eucaristía en ellas, supuesta la misma fe en el misterio de la eucaristía.

 

  

                         TEMA  NOVENO

 

 

DECORO DE LA CELEBRACIÓN DE LA EUCARISTÍA

 

En este capítulo, el Papa aborda cuestiones pastorales y disciplinares que no son de estricto carácter doctrinal.

 

1. Punto de partida: la unción de Betania

 

Una mujer derrama sobre la cabeza de Jesús un frasco de perfume precioso, provocando en los discípulos  -en particular en Judas (Mt 26,8; Mc 14,4; Jn 12,4)-  una reacción de protesta, como si este gesto fuera un “derroche” intolerable, considerando las exigencias de los pobres.

 

La valoración de Jesús es muy diferente. Sin quitar nada al deber de la caridad hacia los necesitados, a los que se han de dedicar siempre los discípulos  -“pobres tendréis siempre con vosotros” (Mt 26,11: Mc 14,7; cf. Jn 12,8), él se fija en el acontecimiento inminente de su muerte y sepultura, y aprecia la unción que se le hace como anticipación del honor que su cuerpo merece también después de la muerte, por estar indisolublemente unido al misterio de su persona (n.47).

 

2. La preparación cuidadosa de la “sala grande” en Jerusalén

 

Jesús encarga a sus discípulos que preparen cuidadosamente la “sala grande”, necesaria para celebrar la cena pascual (cf. Mc 14,15; Lc 22,12). Además, cuando llega el momento supremo de la institución de la eucaristía, podemos constatar cómo se observan con  gran cuidado los ritos, los gestos, las palabras....(n.47)

 

3. La Iglesia cuida con esmero la celebración de la eucaristía

 

Como la mujer de la unción de Betania, la Iglesia no ha tenido miedo de “derrochar”, dedicando sus mejores recursos para expresar su reverente asombro ante el “don inconmensurable de la eucaristía” (n.48). Aquí el Papa habla de los edificios, de la cultura, de la música...(n.50).

 

4. El respeto a las normas litúrgicas en la celebración de la eucaristía

 

No han faltado personas que, por un malentendido sentido de creatividad y de adaptación, no han respetado las normas litúrgicas porque las consideraban como no obligatorias, y han introducido innovaciones no autorizadas y con frecuencia del todo inconvenientes (n.52).

 

5. La renovación de las normas litúrgicas

 

El trabajo de adaptación de la liturgia a otras culturas debe llevarse a cabo conscientes siempre del inefable misterio, con el que cada generación está llamada a confrontarse. El “tesoro” es demasiado grande y precioso como para arriesgarse a que se empobrezca o hipoteque por experimentos o prácticas llevadas a cabo sin una auténtica comprobación por parte de las autoridades eclesiásticas competentes.  Además, la centralidad del misterio eucarístico es de una magnitud tal que requiere una verificación realizada en estrecha relación con la Santa Sede. “Esa colaboración es esencial, porque la sagrada liturgia expresa y celebra la única fe profesada por todos y, dado que constituye la herencia de toda la Iglesia, no puede ser determinada por las Iglesias locales aisladas de la Iglesia universal” (Juan Pablo II: “Ecclesia in Asia" n.22; 2000).

 

6.Llamada del Papa a observar las normas litúrgicas

 

“Siento el deber de hacer una acuciante llamada de atención para que se observen con gran fidelidad las normas litúrgicas en la celebración eucarística. Son una expresión concreta de la auténtica eclesialidad de la eucaristía; éste es su sentido más profundo”. La razón que ofrece el Papa es clara y terminante:

 

“ La liturgia nunca es propiedad privada de alguien, ni del celebrante ni de la comunidad en que se celebran los misterios (cf.1 Cor 11,17-34).

 

“En nuestros tiempos, la obediencia a las normas litúrgicas debería ser redescubierta y valorada  como reflejo y testimonio de la Iglesia una y universal, que se hace presente en cada celebración de la eucaristía"

 

“El sacerdote que celebra fielmente la misa según las normas litúrgicas y la comunidad que se adecua a ellas, demuestran de manera silenciosa pero elocuente su amor por la Iglesia".

 

“A nadie le está permitido infravalorar el misterio confiado a nuestras manos: éste es demasiado grande para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado ni su dimensión universal” (n.52).

 

 

 

                        TEMA DÉCIMO

 

 

EN LA ESCUELA DE MARÍA, MUJER  “EUCARÍSTICA”

 

 

1. Introducción

 

Antes de terminar su Carta encíclica, el  Papa dedica el último capítulo a la Virgen  María a la que  designa con el nombre hermoso y feliz  de “Mujer eucarística” y, a la vez, nos exhorta a ponernos a la escucha de María como buenos hijos y discípulos suyos. No olvidemos que “la Iglesia, tomando a María como modelo, ha de imitarla también en su relación con este santísimo misterio” (n.53).

 

María puede guiarnos hacia este Sacramento porque tiene una relación profunda con él (n.53), aunque el texto del Nuevo Testamento no hable de este tema de forma directa y explícita. Además en el relato de la institución de la eucaristía no se menciona a María; esto no significa que María no haya estado en el cenáculo en la última cena (cf. Comité para el Jubileo del año 2000: “La eucaristía, sacramento de vida nueva”, p.165; BAC).

 

San Lucas, por su parte, escribe que María estaba junto con los Apóstoles “concordes en la oración” (Hech 1,14), en la primera comunidad reunida después de la Ascensión en espera de Pentecostés. “Esta presencia suya, escribe Juan Pablo II,  no pudo faltar ciertamente en las celebraciones eucarísticas de los fieles de la primera generación cristiana, “asiduos en la fracción del pan” (Hech 2,42).

 

2. María es mujer “eucarística” con toda su vida

 

La relación de María con la eucaristía se puede  delinear indirectamente a partir de su actitud interna: María es mujer eucarística con toda su vida. 

 

            Veamos esta relación de María con la eucaristía.

 

            2.1. La eucaristía, misterio de fe

 

Teniendo en cuenta que la eucaristía es misterio de fe, que supera de tal modo nuestro entendimiento que nos obliga al más puro abandono a la palabra de Dios, nadie como María puede ser apoyo y guía en una actitud como ésta. En efecto, María creyó a Dios, y escuchó las palabras de su Hijo y las meditaba en su corazón. Toda su vida fue una auténtica peregrinación en la fe.

 

Debemos fiarnos de la palabra de Dios como María, o mejor aún, debemos fiarnos del Señor (n.54).

 

            2.2. María ha practicado su fe eucarística

 

antes incluso de que la eucaristía fuera instituida ya que había ofrecido su seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios. Tengamos presente que la eucaristía  remite a la pasión y la resurrección de Cristo y, al mismo tiempo, está en continuidad con la encarnación del Verbo.

 

María concibió en la anunciación al Hijo divino, incluso en la realidad física de su cuerpo y su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies del pan y del vino, el cuerpo y la sangre del Señor (n.55).

           

Hay, por tanto, una analogía profunda entre el “fiat” pronunciado por María a las palabras del  ángel y el “amén” que cada fiel pronuncia cuando recibe el cuerpo del Señor:

 

a) A María se le pidió creer que quien concibió por obra del Espíritu Santo era el Hijo de Dios (cf. Lc 1,30.35).

 

b) En continuidad con la fe de la Virgen, en el misterio eucarístico se nos pide creer que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se hace presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan  y del vino (n.55).

 

2.3. María ha anticipado también en el misterio de laencarnación la fe eucarística de la Iglesia

 Cuando en la visitación, lleva en su seno el Verbo hecho carne, se convierte de algún modo en “tabernáculo”  -el primer tabernáculo de la historia-  donde el Hijo de Dios, todavía invisible a los ojos de los hombres, se ofrece a la adoración de Isabel, como “irradiando” su  luz a través de los ojos y la voz de María.

 

Imitando a María, nosotros  hemos de ser portadores del Señor a nuestros hermanos.

 

2.4. María ha anticipado de alguna forma el amor del cristiano a Cristo eucaristía

 La mirada embelesada de María al contemplar el rostro de Cristo recién nacido y al estrecharlo en sus brazos, ¿no es acaso el inigualable modelo de amor en el que ha de inspirarse cada comunidad eucarística? (n.55).

 

2.5. María, con toda su vida junto a Cristo y no sólo en el Calvario, hizo suya la dimensión sacrificial de la eucaristía

 a) Cuando llevó al niño Jesús al templo de Jerusalén “para presentarle al Señor” (Lc 2,22), oyó anunciar al anciano Simeón que aquel niño sería “señal de contradicción” y también que “una espada traspasaría su propia alma” (Lc 2,34-35). Se preanunciaba así el drama del Hijo crucificado y, en cierto modo, se prefiguraba el “stabat mater” de la Virgen al pie de la cruz.

 

Preparándose día a día para el Calvario, María vive una especie de “eucaristía anticipada” se podría decir, una “comunión espiritual” de deseo y ofrecimiento, que culminará  en la unión con el Hijo en la pasión y se manifestará después, en el período pospascual, en su participación en la celebración eucarística, presidida por los Apóstoles, como “memorial” de la pasión (n.56).

 

b) ¿Cómo imaginar los sentimientos de María al escuchar a Pedro, Juan, Santiago y los otros Apóstoles las palabras de la última cena: “Éste es  mi cuerpo que es entregado por vosotros” (Lc 22,19). Aquel cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno!.

 

Recibir la eucaristía debía significar para María como si acogiera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con el suyo y revivir lo que había experimentado en primera persona al pie de la cruz (n.56).

 

3. María nos guía a la eucaristía

 

La Iglesia  no celebra nunca la eucaristía sin invocar la intercesión de la Madre del Señor. En cada misa, María ofrece como miembro eminente de la Iglesia  no sólo su consentimiento pasado en la encarnación y en la cruz, sino también sus méritos y la presente intercesión materna y gloriosa ( Pablo VI: “Marialis cultus”, n.20).

 

Juan Pablo II afirma que la maternidad espiritual de María “ha sido comprendida y vivida particularmente por el pueblo cristiano en el sagrado banquete  -celebración litúrgica del misterio de la redención-,  en el cual Cristo, su  verdadero cuerpo nacido de María Virgen, se hace presente. Con razón, la piedad del pueblo cristiano ha visto siempre un profundo vínculo entre la devoción a la Santísima Virgen y el culto a la eucaristía...María guía a los fieles a la eucaristía” (R. Mater, 44).

 

Este oficio carismático de María no sólo no aleja al cristiano de Jesús, sino que lo guía maternalmente a la comunión sacramental con él, como ofrenda de gracia para una vida cristiana de testimonio armónico y fuerte (Comité para el Jubileo del año 2000: “La eucaristía, sacramento de vida nueva”, p.168; BAC).

 

4.“Haced esto en recuerdo mío” (Lc 22,19)

 

En el memorial del Calvario está presente todo lo que Cristo ha llevado a cabo en su pasión y muerte. Por tanto, no falta lo que Cristo ha realizado también con su Madre para beneficio nuestro. En efecto, la confía al discípulo predilecto y, en él, la entrega a cada uno de nosotros (Jn 19,26-27).

 

Vivir en la eucaristía el memorial de la muerte de Cristo implica también recibir continuamente este don. Significa tomar con nosotros  -a ejemplo de Juan- a quien una vez nos fue entregada como Madre. Significa asumir, al mismo tiempo, el compromiso de conformarnos a Cristo, aprendiendo de su Madre y dejándonos acompañar por ella. María está presente en la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas. Por eso el recuerdo de María en la celebración eucarística es unánime, ya desde la antigüedad, en las Iglesias de oriente y de occidente (n.57).

 

5. En la eucaristía la Iglesia se une a Cristo y a su sacrificio, haciendo suyo el espíritu de María

 

Es una verdad que se puede profundizar  releyendo el “Magnificat en perspectiva eucarística”. La eucaristía, en efecto, como el canto de María, es ante todo alabanza y acción de gracias. Cuando María exclama “mi alma engrandece al Señor...”, lleva a Jesús en su seno. Alaba al Padre “por Jesús”, pero también lo alaba “en” Jesús y ”con” Jesús. Esto es precisamente la verdadera “actitud eucarística”.

 

En el Magnificat está presente la tensión escatológica de la eucaristía. Cada vez que el Hijo de Dios se presenta bajo la “pobreza” de las especies sacramentales, pan y vino, se pone en el mundo el germen de la nueva historia, en la que “se derriba el trono de los poderosos” y  “se enaltece a los humildes” (Lc 1,52). María canta el “cielo nuevo” y “la tierra nueva” que se anticipan en la eucaristía y, en cierto sentido, deja entrever su “diseño” programático.

 

Puesto que el Magnificat expresa la espiritualidad de María, nada nos ayuda a vivir mejor el misterio eucarístico que esta espiritualidad.

 

“!La eucaristía se nos ha dado para que nuestra vida sea, como la de María, toda ella un “magnificat!” (n.58).

 

 

                        CONCLUSIÓN

 

El Papa, con palabras llenas de emoción y unción, recuerda el 50 aniversario de su sacerdocio y da testimonio de su fe en la eucaristía: “aquí está el tesoro de la Iglesia, el corazón del mundo, la prenda del fin al que todo hombre, aunque sea cicunstancialmente,aspira”.

 

Ponemos de relieve los siguientes aspectos de la conclusión de Juan Pablo II.

 

1. Todo compromiso de santidad, toda acción orientada a realizar la misión de la Iglesia, toda puesta en práctica de planes pastorales, ha de sacar del misterio eucarístico la fuerza necesaria y se ha de orientar a este misterio  como a su culmen.

 

¿Qué tenemos en la eucaristía?

 

tenemos a Jesús,

tenemos su sacrificio redentor,

tenemos su resurrección,

tenemos el don del Espíritu Santo,

tenemos la adoración, la obediencia y el amor al Padre.

 

Si descuidamos la eucaristía, ¿cómo podríamos remediar nuestra indigencia? (n.60).

 

2. El misterio eucarístico  -sacrificio, presencia, banquete-   no consiente reducciones ni instrumentalizaciones; debe ser vivido en su integridad, sea durante la celebración, sea en el íntimo coloquio con Jesús apenas recibido en la comuniòn, sea durante la adoraciòn eucarística fuera de la misa (n.61).

 

Entonces es cuando se construye firmemente la Iglesia y se expresa realmente lo que es:

 

a)      una, santa, católica y apostólica;

b)      pueblo, templo y familia de Dios;

c)      cuerpo y esposa de Cristo, animada por el Espíritu Santo;

d)      sacramento universal de salvación y

e)      comunión jerárquicamente estructurada (n.61).

 

3. La vía que recorre la Iglesia en estos primeros años del tercer milenio es también el de un renovado compromiso ecuménico. Es un camino largo, plagado de obstáculos que superan la capacidad humana; pero tenemos la eucaristía y, ante ella, podemos sentir en lo profundo del corazón, como dirigidas a nosotros, las mismas palabras que oyó el profeta Elías: “Levántate y come, porque el camino es demasiado largo para ti” (1 Re 19,7).

 

4. Contemplemos a María

 

Pongámonos, sobre todo, a la escucha de María, en quien el misterio eucarístico se muestra, más que en ningún otro, como misterio de luz.

 

Mirándola a ella conocemos la fuerza trasformadora que tiene la eucaristía. En ella vemos el mundo renovado por el amor. Al contemplarla asunta al cielo en alma y cuerpo vemos un resquicio del “cielo nuevo” y de la “tierra nueva” que se abrirán ante nuestros ojos con la segunda venida de Cristo (n.62)..

 

5. Cristo camina con nosotros

 

En el  humilde signo del pan y del vino, transformados en su cuerpo y en su sangre, Cristo camina con nosotros como nuestra fuerza y nuestro viático y nos convierte en testigos de esperanza para todos.

 

Si ante este misterio la razón experimenta sus propios límites, el corazón, iluminado por la gracia del Espíritu Santo, intuye bien cómo ha de comportarse, sumiéndose en la adoración y en un amor sin límites (n.62).

 

Impulsada por el amor, la Iglesia se preocupa de transmitir a las siguientes generaciones cristianas, sin perder ni un solo detalle, la fe y la doctrina sobre el misterio eucarístico. No hay peligro de exagerar en la consideración de este misterio, porque “en este sacramento se resume todo el misterio de nuestra salvación” ( Tomás de Aquino) (n.61; cf. n.62).

 

Termina Juan Pablo II haciendo suyos los setimientos de santo Tomás de Aquino: “ Buen pastor, pan verdadero; oh Jesús, piedad de nosotros: nútrenos y defiéndenos, llévanos a los bienes eternos en la tierra de los vivos. Tú que todo lo sabes y puedes, que nos alimentas en la tierra, conduce a tus hermanos a la mesa del cielo, a la alegría de tus santos”.

 

 

 

                                               Florentino Muñoz Muñoz