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ESCUELA SACERDOTAL.
SEMINARIO, REFORMA Y FORMACION DEL CLERO
EN SAN JUAN DE AVILA

 

De tanto como puede decirse de San Juan de Avila, voy a referirme a lo que  pensaba  de la formación sacerdotal, de sus claves de interpretación y de los remedios que proponía para conservarla y perfeccionarla, pensando de manera especial en el seminario.

A este respecto, recordemos lo que repetía Santo Tomás y recoge más tarde el papa Pío XI en su celebrada encíclica  Ad catholici sacerdotii de 20 de diciembre de 1935: "Deus nunquam ita deserit Ecclesiam suam, quin inveniantur idonei ministri sufficientes ad necessitatem plebis si digni promoverentur et indigni expellerentur"   Es decir, que nunca faltarán a la Iglesia idóneos y suficientes sacerdotes, con tal de que se promueva a los dignos y se rechace a los indignos. Fue ésta  la trayectoria que a lo largo de los siglos se ha venido siguiendo en la Iglesia española desde los concilios de Toledo, donde primero encontramos la Idea del seminario clerical, hasta San Juan de Avila, y después de él San Antonio María Claret y el Beato Manuel Domingo y Sol .

Vengamos, pues, a San Juan de Avila, Patrono del clero español,  del que en estos días estamos celebrando el V Centenario de su nacimiento en Almodóvar del Campo (Ciudad Real).

  1. Escuela sacerdotal

Por el 1538 encontramos  a San Juan de Ávila en Granada, colaborando a la acción pastoral que realizaba allí su arzobispo don Gaspar de Ávalos. Multitud de caballeros y señoras, pero principalmente un puñado de clérigos, impacientes a lo divino, han entrado en su círculo. Son en gran parte cristianos nuevos o de familia de conversos,  hombres con fervores de novicios, a los que prejuicios seculares cerraban las puertas de los mejores puestos. La admiración que muestran por el Maestro se trueca en una sumisión omnímoda, y a él le dan -como solían decir - obediencia, sin votos desde luego, como a director de un movimiento sacerdotal de tipo reformista y santificante.

Es ahora cuando Juan de Ávila pone en obra un proyecto acariciado ya de tiempo, organizando una "congregación de sacerdotes operarios y santos", como escribe el P. Santiváñez, historiador de la Bética jesuítica. Era en Córdoba, donde pudo tener juntos a "más de veinte compañeros en el Alcázar viejo, para principio de una religión que quería fundar", como asimismo se cuenta en los Casos notables de Córdoba . Este centro misional, creado en Córdoba, retiene al Maestro Avila en esta ciudad, como su sede habitual, por espacio de unos ocho o nueve años, hasta que, gravemente enfermo, fije ya definitivamente su asiento en Montilla. De aquí arranca la que pudiéramos llamar "escuela sacerdotal de San Juan de Avila", de la que se dan los trazos principales en varias de las cartas que el P. Avila escribió por este tiempo y figuran en su Epistolario.

Hay en su escuela, ante todo, un magisterio espiritual; él orienta a los suyos hacia el Evangelio y al estilo de vida de los apóstoles, sobre todo de San Pablo, que es su modelo. Quiere que el Nuevo Testamento lo sepan "de coro" y les invita a mirarlo a través de San Agustín y San Bernardo, todo él iluminado por la Philosophia Christi de Erasmo y de Léfebre d’Etaples.

Les pide una vida espiritual intensa, con un seguimiento muy al gusto de la Devoción moderna: dos horas de oración al día, por la mañana y por la tarde, sobre la Pasión y los novísimos; penitencias en días determinados; que no se den demasiado a confesiones, más bien que atiendan a su vida de oración y de estudio; oración local y litúrgica a sus tiempos; y que darse al prójimo sea como un desbordamiento de la plenitud y hartura del alma. Hay como una especie de ligazón jurídica que vincula a él a sus discípulos; es la obediencia que le dan, la cual hace que se entreguen no sólo a sus directrices espirituales, sino también a sus empresas - misiones populares, colegios, catequesis -, de modo que nada vayan haciendo sin su parecer y beneplácito.

En el grupo de discípulos que iba reuniendo alrededor de él, la admiración por el Maestro se iba trocando en sumisión y “dar la obediencia” al director de un movimiento sacerdotal de tipo reformador. Este les inculcaba,  ante todo,  robustecer el espíritu interior: recogimiento, frecuencia de confesión y comunión; no dejar nunca, a ser posible, las dos horas de oración. Luego, no olvidar el estudio del Nuevo Testamento, para cuya inteligencia les recomienda la lectura de los Padres y otros autores espirituales.

Entre sus discípulos se encuentran sacerdotes sencillos, sin muchas letras; y otros, hombres doctos, capaces, de entre los cuales sobresalen profesores para Córdoba y Baeza y Jerez de la Frontera. También entran en su movimiento otros que no son sacerdotes todavía y son sujetos de grandes esperanzas, a quienes envía a Salamanca a perfeccionar sus estudios. A todos los dedica a misionar y a dar catequesis. Esta misión organizada de Juan de Avila es una de las manifestaciones típicas de su escuela sacerdotal y consecuencia de la formación que iba impartiendo a sus discípulos.

Pedía el Maestro que "fuesen de dos en dos; que no aceptasen posada en los lugares, de legos ni de eclesiásticos; que se recogiesen en los hospitales o sacristías de las iglesias; que no recibiesen limosnas de misas ni regalos; que en la abstinencia en la comida, y todo el trato, diesen olor de hombres desinteresados...; que diesen buen ejemplo, no visitasen mujeres y evitasen otras cualquiera visitas que no sirviesen al intento que llevaban...; que, si hubiesen algunas enemistades, las compusiesen, procurando quedasen todos concordes”. Tenían que vivir de “lo que los fieles ofrecían voluntariamente”, dedicados únicamente a la evangelización.

Solía repetir a sus discípulos que “en dos cosas consiste principalmente la obligación de este estado...: la primera, la perfección de la vida, excelentes virtudes, la santidad que pide traer entre las manos la sangre de Cristo en los santos sacramentos; la segunda, aprovechar al prójimo, la enseñanza de los pobres de las cosas de la religión y virtud, en cuyo número entran muchos ricos de bienes temporales” .

Se dio, pues, un grupo o escuela sacerdotal de Juan de Avila, que consistía más en el estilo sacerdotal que supo imprimir en sus discípulos - ejercicio de magisterio - que en la estructura jurídica de la misma.

Así describe Daniel Rops, en el volumen que dedica a La Réforme catholique, esta “escuela sacerdotal”, de ingenuas y delicadas “florecillas” del clero secular español:

“Tuvo como centro ( la reforma española) a un sorprendente personaje, Juan de Avila, autor místico del admirable tratado Audi, filia y apóstol de palabra infatigable. En las ciudades y hasta en las más pobres aldeas de Andalucía, él y sus compañeros, antecesores de nuestras misiones rurales y obreras, se entregaron sin medida, mostrando en todas partes sus sotanas raídas, sus rostros macerados de ojos ardientes, avergonzando a los cristianos por la dureza de los ricos y aun a los  prelados por sus debilidades, y conduciendo en  su zurrón de cazador de Cristo piezas logradas, tales como Luis de Granada, Juan de Dios y Francisco de Borja; levantando en Sierra Morena las iglesias que vemos todavía hoy; verdaderos precursores que anuncian, unos quince años antes, los primeros ensayos de San Ignacio y sus compañeros” .

Juan de Avila habla de   curas y confesores", por una parte, y de "predicadores" por otra. De estos últimos dice que han de ser como el brazo de los obispos, que con él, como "capitán de caballeros", "sean terribles contra los demonios" : escuadrón volante que se distinga en el púlpito y en  la cátedra, una especie de vanguardia de misioneros siempre en estado de disponibilidad. Así era la mayoría de los discípulos del Maestro.

Los había también de la primera clase, sencillos pastores de almas. Y con éstos quiere contar, principalmente, cuando idea la institución de los colegios clericales, en los que, si da mucha importancia al estudio,  la da todavía más a la formación espiritual, a la suavidad de la oración y al celo apostólico del que todos debían estar animados. "Quiten tiempo al estudio y pónganlo en la oración", repetía a sus discípulos. Y a uno en concreto:  “Procure vuestra merced de llevar el negocio del estudio de manera que no se pierda el de la oración..., porque algunas veces, especialmente si se toma con mucho ahínco y aprisa, suele dañar". Suya es esta frase tan conocida:  "El estudiante debe aprender no tanto a gastar los ojos en el estudio, cuanto a encallecer las rodillas con la oración".

Si Juan de Avila es el gran predicador, admirable escritor místico, reformador..., en la base encontramos siempre al hombre de oración. Sus sermones los preparaba “de rodillas, puesto en oración"; "asidas ambas manos al clavo de los pies de un santo crucifijo", como de él escribe el P. Luis de Granada. Subía al púlpito "templado", pues, a pesar de su muchas ocupaciones, "tenía cada día dos horas de oración por la mañana y otras dos por la noche". "Más esto - sigue diciendo el dominico- pagábalo el sueño, porque se acostaba a las once y despertaba a las tres de la madrugada, y así tenía tiempo para esto". Cuando por sus enfermedades no podía ya predicar, "el tiempo que quitaba a la predicación acrecentaba a la oración" .

Así quería él que hicieran también sus discípulos. Igual que el estudio de la teología, teología viva y palpitante, rumiada y saboreada en la oración. Escribe  a uno de ellos: "Yo no sé más que decirle...: tome un crucifijo delante y a Aquél entienda en todo, porque El es el todo y todos predican a Este" .

 

No se trata únicamente de una escuela que pudiera haber formado alrededor de un grupo de discípulos,  sino de una impronta de espiritualidad sacerdotal, que en el conjunto español y en la  influencia  eclesial  puede  calificarse históricamente,  a partir de unos datos y de una actuación sacerdotal, de escuela sacerdotal española (como hay una escuela sacerdotal francesa), aplicada en este caso principalmente a San Juan de Avila.

De esta escuela que formara el santo Apóstol de Andalucía tenemos datos fehacientes y clarificadores. Escribe, por ejemplo el P. Santiváñez, jesuita, contemporáneo del Maestro:

“Fue nuestro Diego de Santa Cruz de el séquito del Apóstol de Andalucía, el Mtro. Juan de Avila, y muy su discípulo entre los muchos sacerdotes que en Granada, movidos por sus sermones y trato de tan sancto Maestro, se agregaron a su escuela. Había él fundado aquí un Colegio o recogimiento de clérigos devotos, para emplearlos en el ministerio de ganar a Dios y procurar por todos caminos su aprovechamiento.. Había volado en alas de la fama hasta Portugal el buen nombre de esta pequeñita congregación de sacerdotes operarios y sanctos. Y con deseo de aprovechar más sus ovejas, el cardenal infante don Enrique, arzobispo de Évora, escribió a el Maestro Avila le enviase algunos sacerdotes de su escuela". El cardenal funda un colegio en Évora, y "para dar principio y forma a este Colegio despachó desde Granada el santo Maestro Avila a el infante cardenal algunos sacerdotes de su enseñanza"

Claros aparecen los ingredientes de un nuevo y vigoroso movimiento:  el nombre de escuela, enseñanza, apostolado, congregación de sacerdotes. No se trata de una congregación religiosa, sino de congregación de sacerdotes diocesanos, de "clérigos seglares", o de "clérigos recogidos", como de ella se dice en otros lugares.

El también jesuita P. Nadal, en carta que manda a San Ignacio el 15 de marzo de 1554, le dice lo siguiente: " Ha tenido (el Maestro Avila) escuela de muchos que, siguiendo su consejo, se dan al servicio de Dios y reformación de vida, de cualquier estado, y especialmente ha tenido y tiene escuela de algunos, en los cuales ha atinado el buen Ávila el modo de vivir de la Compañía, sin obediencia tamen ni obligación. Decíame él a mí un día: ‘Yo he sido como un niño que trabaja muy de veras subir piedra una cuesta volutando, y nunca puede, y viene un hombre y fácilmente sube la piedra; ansí ha sido el P. Ignacio’. Es buen hombre, y yo me satisfací mucho como le veía acertar en los puntos etiam muy particulares de nuestro modo de vivir... "

Hablando de la labor que fue realizando San Juan de Avila en Granada, dice más tarde su biógrafo el Ldo., Muñoz”: El fervor del espíritu del padre Maestro Ávila fue tan grande, tan raro el resplandor de sus virtudes, que desde los principios de su predicación, con una cierta violencia, movió a su imitación a muchos, en especial sacerdotes, que movidos de su ejemplo fueron imitadores de su vida y siguieron sus pasos y virtudes.. Algunos de los más familiares comían con él en su mesa, en un pequeño refectorio que tenía. Vivían sus discípulos apostólicamente, ocupados en los empleos que después veremos. Tuvo, sin duda, intento de fundar una religión de sacerdotes ejemplares, que, coadjutores de los obispos, acudiesen a cultivar las almas, enseñar a los niños la doctrina, criar santamente la juventud, ayudar a los fieles en el camino de la salvación, gobernar los más perfectos en la vida espiritual; finalmente, que predicasen por el mundo, dilatasen la verdad evangélica, manifestasen los tesoros que tenemos en Cristo crucificado; empresa que reservó Dios al glorioso San Ignacio, habiendo dado el pensamiento, el espíritu y todo el aparato al santo Maestro Avila"

 2. Reforma y formación del clero

Cuando el Maestro Avila se plantea el problema de la reforma de la Iglesia, no ve mejor solución que la  necesaria y previa reforma del clero. En el Memorial 1º, que manda al Concilio de Trento con el título de Reformación del estado eclesiástico, lo dice de manera clara y terminante: “Si quiere, pues el sacro Concilio que se cumplan sus buenas leyes y las pasadas, tome trabajo, aunque sea grande, para hacer que los eclesiásticos sean tales que more en ellos la gracia de la virtud de Jesucristo; lo cual alcanzado, fácilmente cumplirán lo mandado; y aún harán más por amor que la Ley manda por fuerza" .

Sigue explicando lo que él piensa que debe de ser la reforma y los medios a que ha de echarse mano para conseguirla. “Y porque -     recalca de nuevo - lo que este santo concilio pretende es el bien y la reformación de la Iglesia, para este fin, también consta que el remedio es la reformación de los ministros de ella. Y como éste sea el medio de este bien que se pretende, se sigue que todo el negocio de este santo Concilio ha de ser dar orden cómo estos ministros sean tales como oficio tan alto requiere”

Era necesario, pues, buscar  remedios, que no estaban siempre al alcance de la mano. Tiempos difíciles eran aquéllos. El hombre renacentista ansiaba convertirse - como hicieran al parecer los griegos- en medida de todas las cosas. Abundaba el naturalismo, la mundanidad, el goce de lo cuotidiano, y la crítica aun de  lo más  sagrado  dentro  de  los  mismos clérigos. Estaba, además, el peligro de la herejía protestante, que iba socavando solapadamente la disciplina y la misma estructura clerical. También escribía el Maestro Avila: " Yo no entiendo que haya gente en la Iglesia más aparejada  a recibir el cebo de los deleites que los herejes ofrecen, que el estado eclesiástico y de los religiosos, que miserablemente están caídos en el vicio” . La formación del clero dejaba mucho que desear; y de la deficiente calidad de su vida y costumbres se hacían lenguas los contemporáneos. El mismo papa Adriano VI (1522-23), pocos años antes de iniciarse el Concilio de Trento, mandó decir al legado pontificio, Francisco Chieregati, en la dieta de Nöremberg de 1522: “Debes decir que Nos reconocemos libremente que Dios ha permitido esta persecución de la Iglesia (la  herejía)  a causa de  los pecados de  los hombres y particularmente de los obispos y sacerdotes” .

Abundando en la idea,  San Juan de Avila propone como principales remedios: primero, dificultar la entrada en el estado eclesiásticos; y, segundo, la recta y esmerada formación de los que aspiran al sacerdocio. Escribe en el lenguaje castizo que le caracteriza:

"Lo que ha echado a perder toda la clerecía ha sido entrar en ella gente profana, sin conocimiento de la alteza del estado que toma y con ánimos encendidos de fuego de terrenales codicias; y, después de entrados,  ser criados en mala  libertad,  sin disciplina de letras y virtud". Esto se ha de cortar de raíz. Y para lo primero propone lo siguiente:  "Ordénese  la vida eclesiástica como no la puedan llevar sino los virtuosos o los que trabajan de serlo, y de esta manera habrá pocos clérigos, porque son pocos los virtuosos y los que de verdad lo quieren ser. Si se les somete a recogimiento y disciplina, "la vida reglar y espiritual, ella misma despedirá a los malos"; y será "una vida tan estrecha que los malos la tengan por pensión dura..., y por no sujetarse a ella, no tomen la renta , o no la procuren como la procuran" .

Y en  lo segundo: “que para alcanzar letras y virtudes vale la buena educación tanto o más que la naturaleza"; por lo que, "si la Iglesia quiere buenos ministros, ha de proveer que haya educación de ellos, porque esperarlos de otra manera es gran necedad". Y no pueden buscarse excusas ni andarse con rodeos.

"Pues sea esta la conclusión - concluye  de manera tajante y decidida -: que se dé orden y manera para educarlos que sean tales; y que es menester tomar el negocio de más atrás, y tener por cosa muy cierta que si quiere la Iglesia tener buenos ministros, que conviene hacellos; y si quiere tener gozo de buenos médicos de las almas, ha de tener a su cargo de los criar tales y tomar el trabajo de ello; y, si no, no alcanzará lo que desea". Sólo así "tendrán - los prelados - mucha gloria en tener hijos sabios y mucho gozo  y descanso en tener hijos buenos, y gozarse ha toda la Iglesia con buenos ministros” .

Era como desandar el camino. El mismo San Juan  de Avila cita numerosas veces en sus Memoriales a los antiguos Concilios toledanos y expresamente al IV, que preside San Isidoro de Sevilla  en el año 633,  del que copia parte de su famoso canon 24, en el cual se habla de la formación del clero. En otro anterior, el II del 527 (can. 1º), ya se hace referencia a los que "desde los primeros años de su infancia" están destinados "al clericato", los cuales "deben ser enseñados por el prepósito en la casa de la iglesia, bajo la inspección del obispo". Ahora se va mucho más allá. Suponiendo que "la adolescencia se inclina a lo malo, y no hay nada más voluble que la vida de los jóvenes" (frase que copiará después, al pie de la letra, el Concilio de Trento en el Decreto de Seminariis clericorum de 15 julio 1563), se establece que "los clérigos púberes o adolescentes habiten todos en un mismo atrio, para que pasen los años de la edad lúbrica, no en la lujuria, sino en las disciplinas eclesiásticas, bajo  la dirección de  un  anciano  de  muy  buena  vida y experimentado, a quien tengan por maestro y testigo de sus acciones". De alguna manera, queda aquí configurado lo que en adelante servirá de marco para una digna formación sacerdotal: internado, disciplina, la figura del rector, la dirección del obispo, etc. Después de la experiencia clerical de nuestros primeros Colegios Universitarios, en cuyas Constituciones se traen también a colación los concilios toledanos, y después de algunos proyectos sobre formación de clérigos como los del Colegio Capránica de Roma, el Germánico y el Romano de San Ignacio, el de Dilinga del cardenal de Augsburgo Otto von Truchses, o el del cardenal Reginaldo Pole en Inglaterra, no se llegará a una institución permanente en esta materia hasta la promulgación del citado Decreto tridentino, en el que, como veremos, sin duda que influyeron notablemente las ideas e iniciativas del Maestro Avila .

Recogiéndolas, y sacándolas de su mismo texto, son las que siguen a continuación:

“En cada obispado se haga un colegio o más, según la cualidad de los pueblos principales que en él hubiere, en los cuales sean educados, primero que ordenados, los que hubieren de ser sacerdotes".

“Provéase cómo se haga un colegio cerca de la iglesia catedral, en el cual, por algunos años, sean criados debajo de muy regular disciplina, yendo a las horas divinas, diurnas y nocturnas, teniendo algún estudio, según les fuere posible".

“Oigan Gramática, casos de conciencia y algo de la Sacra Scriptura".

“Dentro del colegio, para los más aprovechados en gramática, haya dos lecciones: la una sea de casos de conciencia, en la cual sean instruidos a saber juzgar como jueces las conciencias; otro lector haya, cuya profesión sea instruirlos en moral cristiana, necesaria a las costumbres y modo de vivir".

“El remedio de (estos) colegios consiste en tener buen rector y buenos colegiales"

“Lo principal que deseo se trate es el buen orden del Seminario, eligiendo a gente de virtud y poniéndoles rectores espirituales o que tengan algo de ello; porque, juntándose buen fundamento y doctrina, no faltará nada".

“Los que en la casa han de estar, conviene que sean los más de ellos de dieciocho años en adelante"

“Conviene aquí poner mayor cuidado y darles una vida tan estrecha que los malos la tengan por pensión tan dura que, por no sujetarse a ella, no tomen la renta".

“Ordénese la vida eclesiástica como no la puedan llevar sino los virtuosos".

Yen fin, desea el Maestro Avila que “ninguno sea ordenado, sino fuere criado en los dichos colegios” .

Estas ideas, como puede verse, responden a la más pura tradición hispana relativa a la formación de los clérigos. Lo que intenta San Juan de Ávila es incorporar esta tradición   - de una casa especializada, del internado, del rector y superiores, de la disciplina y la formación teológica - y sus propias experiencias a una ley universal que pudiera dar la Iglesia. Sabemos que, al no poder acudir él al concilio de Trento que se estaba celebrando, al mismo remitió los citados Memoriales por medio de su gran amigo el arzobispo de Granada don Pedro Guerrero, y que éste los dio a conocer  allí y él mismo los utilizó en sus intervenciones relativas al establecimiento y forma que había de darse en los futuros seminarios. En el Concilio fueron  considerados como “avisos para la reformación de la Christiandad y del estado eclesiástico” .

En un principio se había acogido a la idea de colegio, con marcada tendencia clerical, como habían sido los primeros colegios universitarios que se establecen en España. Pero pronto fue desengañándose de ellos. Lo deja dicho en el Memorial Primero, que escribe en  1551.  “Y si se dijere que ya tiene proveído esto la Iglesia con tener una canongía de predicador en cada obispado, y con tener colegios en las Universidades ya fundados, donde esto se pueda proveer, la respuesta está en la mano: que para tanto como hay que proveer, es esto muy pequeño recaudo, porque para un obispado donde hay muchas iglesias, ¿qué recaudo es una prebenda de predicador? Y para un reino donde hay tantas ciudades y lugares, ¿qué recaudo hay en dos o tres colegios que pueda haber en una Universidad? Cuando más que los que de allí suelen salir, ni son lo que pretendemos, ni los que, como dicen,  sacan el pie del lodo a la Iglesia;  porque comúnmente estudian para ganar de comer y para oponerse a las canongías, y así, hacen ninguno o muy poco fruto” . (Habla de los colegios que había junto a las Universidades, a los que iban pocos y éstos generalmente para conseguir primero grados y luego prebendas y canongías en las diócesis).

Lo que él pretende es algo especial, que salga de la entraña misma de la Iglesia. Centros apropiados, en los que se cuidara de la adecuada selección, la adecuada formación y la necesaria perfección cristiana y sacerdotal de los que aspiraban a ser guías del pueblo y pastores de las almas. Serian casas de estudio, de recogimiento y de oración, donde, desde su primera juventud,  fueran educados,  “primero que ordenados”,  los aspirantes al sacerdocio. En ellas, continúa explicando, han de ser "entregados a sus rectores y maestros, para que, debajo de clausura y obediencia, se ejerciten en ayunos y oraciones y regla de honesto vivir, y con la gracia del Señor, y después de ella, con el cuidado y sudor del prelado, salgan hábiles para ser abogados por el pueblo de Dios..., y aprendan principalmente bondad y después letras, para que puedan ser, sin peligros, maestros y edificadores de ánimas” .

A través de estos Memoriales podemos ver cómo San Juan  de Avila quiere llegar, para solucionarlos, a estos grandes y delicados problemas de las vocaciones sacerdotales: selección de estas vocaciones, formación en el seminario con experiencia pastoral para ser párrocos, confesores y predicadores; formación en la castidad, la educación desde la niñez, la edad más apropiada para recibir las órdenes, división más adecuada para la labor pastoral de las parroquias y diócesis, equipos  de predicadores que recorran las diócesis, estudio de la teología partiendo de la Escritura- padres- Concilios,  proyectos de estudios teológicos especializados, sobre todo de la sagrada Escritura con una especie de Instituto Bíblico, etc.

La formación teológica y espiritual de los seminaristas fue para él  una auténtica obsesión.  Cuenta el P. Granada, aludiendo a la fundación que hizo de la Universidad de Baeza  - de la cual quería que tuviera un tinte marcadamente sacerdotal -, que  “éste fue uno de los negocios más deseados y procurados por este Padre: porque desde el principio de su predicación siempre entendió que convenía haber doctrina, así para enseñar a mozos como para criar clérigos virtuosos. Y tratando de esto y viendo que del mundo no se podía esperar este beneficio, solía decir: ‘Tengo de morir en este deseo’” .

Para llevar a cabo su obra y que siguiera adelante aún después de su muerte, el Maestro Avila busca colaboradores, funda  colegios sacerdotales, y, sobre todo, pone las bases de la escuela sacerdotal de la que  se ha hablado y que de alguna manera ha llegado hasta nuestros días.

3.   El oficio del sacerdocio en sentir del P. Avila

 Comentaba en una ocasión el cardenal Pedro de Bérulle, iniciador de la escuela sacerdotal francesa del siglo XVII, los buenos oficios que había hecho Juan de Ávila en pro de la reforma y de la santificación del clero, y no dudó entonces  en afirmar que  'si Juan de Avila hubiese vivido en nuestros días, él hubiera ido a postrarse a sus pies y le hubiera escogido como maestro y director de su obra reformadora, porque le tenía en singular veneración” .

El P. Bourgoing, en el prefacio que hace  a las mismas Oeuvres de Bérulle, habla, atribuyéndoselas a éste, de la triple mirada que ha de hacer todo sacerdote, a imitación del primero y gran sacerdote Cristo: "Una al Padre para glorificarlo, otra a sí mismo para inmolarse en el sacrificio; y una tercera a las almas, para santificarías y reconciliarlas con Dios... Tres oficios admirables y divinos que Él nos comunica a nosotros y ejercita día a día a través de nuestro ministerio” .

Bien pudo haberlo leído en los escritos de nuestro Maestro, el cual expone la idea en varios lugares y de manera especial en su conocido Tratado sobre el sacerdocio, donde, comentando el texto de la Escritura:  “Sacerdotes Domini incensum et panes offerunt Deo, et ideo sancti sunt Deo suo”, escribe:

“¿ Tan gran cosa es incensar en el altar y poner los panes de la proposición sobre la mesa del templo?; ¡Oh, válame Dios! ¿quién creyera que había de pedir Dios santidad en sus ministros para hacer una cosa que, al parecer, bastaba una mediana limpieza?...; y así aquel incienso y aquellos panes significaban el oficio  sacerdotal de la nueva Ley, que consiste en ofrecer al Señor incienso de agradable y eficaz oración que amanse su ira y consagrar y ofrecer el pan que del cielo vino, que es Jesucristo nuestro Señor, que tanto excede a los panes y sacrificio de la vieja Ley como el cielo a la tierra, y mucho más.
¡Válame Dios  y qué gran negocio es oración santa y consagrar y ofrecer el cuerpo de Jesucristo! Juntas las pone la santa Iglesia, porque, para hacerse bien hechas y ser de grande valor, juntas han de andar” .

Sigue después exponiéndolo, tratando de los sacerdotes como responsables de la humanidad entera, mediadores entre Dios y los hombres,  en la intimidad  divina,  con  los  sentimientos sacerdotales de Cristo, sensibles a los intereses de Dios y de los hombres,  con el sacrificio mediador... .

El incienso es, pues, la oración de los sacerdotes que, como Cristo, son medianeros entre Dios y los hombres,  hombres celestiales o ángeles terrenales", y han de interceder ante el Padre por los pecados del mundo “con grande clamor y lágrimas". Que si a Cristo  le costaron las almas sangre, lágrimas le han de costar al sacerdote". Han de "gemir y callar" y ofrecerse a sí mismos para "amansar la ira de Dios". Por donde todo sacerdote  "tiene que orar y no como quiera, sino con mucha suavidad y olor bueno que deleita a Dios, como el incienso corporal a los hombres".

Esto, padres, es ser sacerdotes - escribe a los que celebraban sínodo diocesano en Córdoba -, que amansen a Dios cuando estuviere, ¡ay!, enojado con su pueblo; que "tengan experiencia que Dios oye sus oraciones y les da lo que le piden". Amansar a Dios por medio de la oración. No puede ser de otra manera. Por eso se queja en ocasiones:  “Y diría yo que no sé con qué conciencia puede tomar este oficio ( del sacerdocio) quien no tiene don de oración, pues el sacerdote tiene por oficio orar por el pueblo".

Y con la oración, la eucaristía.   ¡Qué pureza y santidad no exige en el sacerdote el contacto con el sacrosanto misterio! "¡Oh cuánto se enternece el corazón de un buen sacerdote -exclama- cuando, teniendo al Hijo de Dios en sus manos, considera en cuán indignas manos está, comparándolas con las manos de nuestra Señora!”

El Maestro pide una exquisita preparación y la acción de gracias después de la misa. El mismo tardaba dos horas en celebrarla y dejaba los corporales tan mojados de lágrimas que se podrían escurrir. A pesar de ello, pasó toda su vida deseando "decir bien la misa un día". Tanta pena le daba ver tratar mal al Señor en la misa, que todos los jueves celebraba para pedir que la dijeran dignamente los sacerdotes. Puede decirse que fue San Juan de Avila quien inventó los que hoy conocemos como jueves sacerdotales. Como viera una vez a un sacerdote de Montilla  decir misa sin el debido respeto y aun haciendo  extraños garabatos, a guisa de cruces, sobre la hostia y el cáliz, acercándose a él, le dijo: "Trátelo bien, que es Hijo de buen Padre" .

De la oración, de la eucaristía y de su propia santificación ha de sacar el sacerdote el oficio y beneficio de la Palabra, para que por medio de la predicación pueda dar a los demás lo que él mismo ha recibido. Tiene que delante, pues, como él mismo escribe en frase lapidaria: "no está bien hablar palabras de vida y andar en obras de muerte". Conocido es lo que en una ocasión mandó decir a su buen amigo el obispo de Córdoba, don Cristóbal de Rojas: "No piense vuestra señoría persuadir a nadie reformación, si no va antes reformado" .

Grande es, pues, a los ojos del Maestro el oficio de anunciar el Evangelio. "Sit ipse benedictus in saecula - escribe en una de sus obras -, que no se desprecia de tomar por instrumento de tan gloriosa cosa a una cosa tan baja, y hablar, siendo Dios, por una lengua de carne, y  levantar al hombre a que sea órgano de la divina voz y oráculo del Espíritu Santo". Y con la predicación, los demás deberes sacerdotales.

El sacerdote es el gran liturgo, y la liturgia le ha de servir también para enseñar al pueblo. Por eso pide que en ocasiones se digan las oraciones en castellano, pues éstas "no sólo son palabras para pedir,  mas doctrina para edificar  buenas costumbres". "Enseñarse las cuatro oraciones de la Iglesia en latín a quien no lo sabe - escribe en otra parte - no es cosa a que yo me pueda persuadir; lo uno, porque son tantos y tan monstruosos los gazapatones con que la gente común las dice, aunque no sea nuestro Señor acusador de malos latines, no creo que le agrade, ni a hombre alguno que cuerdo sea, tal lenguaje, pues ni es de los sesenta y dos, ni de otros si más hay, ni tampoco es lenguaje por sí. Y quien esto no creyere, pruébelo y verlo ha” .

No se atreverían muchos a escribir estas palabras en aquellos “tiempos recios”, que decía Santa Teresa. Juan de Avila va de adelantado. Durante algún tiempo se le tachó de erasmista; no lo fue, pero a Erasmo lo tuvo en gran estima y copió de él lo que le pareció  era  necesario  para  reformar  la  Iglesia  y especialmente la clerecía . En su Paraclesis  escribe Erasmo lo siguiente:  "No apruebo la opinión de los que dicen que los idiotas no leyesen en las divinas letras traducidas en la lengua que el mundo usa: porque Jesucristo lo que quiere es que sus secretos muy largamente se divulguen. Y así desearía yo, por cierto, que cualquier mujercilla leyese el Evangelio y las Epístolas de San Pablo. Y aún más digo: que pluguiese a Dios que estuviesen traducidas en todas las lenguas de todos los del mundo...”

También, sigue diciendo Juan de Avila, el sacerdote debe enseñar el catecismo a los niños y adultos; ha de aprender a mortificarse, a estar atento a las necesidades de los demás y a dar a todos ejemplo de mortificación. A uno de sus discípulos le escribe, por ejemplo:
"Cuando yo me suba al púlpito y reprenda los vicios y exhorte a la pobreza y mortificación, y me vean a mí con buena sotana y buen sombrero, ¿ qué dirán los oyentes? Así que, hijo mío, los predicadores del Evangelio más fuerza tienen sus palabras cuando los que las oyen ven que van acompañadas con obras y que hacen lo que dicen" .

Por lo tanto, ha de vivir en pobreza, en recogimiento y en contacto con Dios y con los libros que a Dios y a las almas llevan. Sería bueno que los sacerdotes vivieran en grupo o en comunidad, como él hacía con sus discípulos. La mentalidad beneficial y excesivamente jurídica le parece la menos apropiada para llevar a cabo un apostolado eficaz. Desea que se haga una más adecuada división de las diócesis para que haya más contacto entre el clero y el obispo; y que en equipos volantes, los sacerdotes  “discurran por  los obispados  para enseñar y confesar”.

Cree también que no es el sacerdote quien directamente debe resolver los problemas temporales de los demás, aunque deban servirles de preocupación, sin  sosegar hasta que se resuelvan. Y en lo que respecta a la dedicación de los clérigos a cuidados temporales, se muestra tan enemigo de ello que pide, incluso, que a los clérigos de orden sacro,  por lo menos a los sacerdotes, se les prohíba como oficio cantar en las iglesias. Han sido ordenados para tareas más delicadas y fructuosas. Lo demás debe quedar en manos de los seglares.

Estima que la mucha actividad llega a secar el alma, aunque las actividades se llamen apostólicas. Tan convencido lo decía que él mismo, cuando estudiaba alguna materia teóloga de especulación, no se atrevía a decir misa, porque, como apuntaba, "el entendimiento se embebía y entretenía en aquellas agudezas especulativas y que la voluntad quedaba con alguna sequedad” En su parecer, más se consigue hablando a Dios de los hombres que hablando a los hombres de Dios.
Respecto a  otros apostolados, a los que tienen que dedicarse los sacerdotes, se mostraba sumamente cauteloso. "Cuídense mucho los sacerdotes del trato que han de tener con las dirigidas, no vengan a prenderse de Eliezer quienes deben ser las esposas de Isaac” . Pide que se hagan confesiones cortas, sin mezclar asuntos que no sean de la pura  conciencia: a alguna había encontrado él que se confesaba de haberse ido antes a confesar.

Lo mismo respecto al trato con mujeres. Conocida es la respuesta que dio a un sacerdote, que le pidió consejo sobre  “si tendría en su casa un ama que fuese ya mujer de edad, para que le guisase la comida y le sirviese”. Antes le había invitado a cenar y en prevención a lo que iba a contestarle, hizo que echaran bastante sal a la comida. Le dijo después al criado que no dejase agua en las vasijas en que  solían tenerla para beber, sino que echara una poca donde recogía las sobras de la mesa. Despertóse el huésped durante la noche y, no encontrando más agua, fue a beber en aquel sitio, sin mirar si estaba o no limpia. A la mañana le preguntó el Maestro Avila que cómo había dormido y él se lo contó todo. Y entonces le dijo que “eso respondía  al consejo que le había pedido: que tanta podía ser la concupiscencia y flaqueza de carne que, aunque el ama fuese vieja, tuviese muy grande inconveniente; y que esto le daba por consejo: que no tuviese en su casa mujer"

A cuento viene la anécdota para ver lo que pensaba el Maestro sobre el celibato clerical. No es que deje de mostrarse firme, pero al mismo tiempo se muestra comprensivo. En el Concilio de Trento se estaba hablando entonces del tema. Y también Juan de Avila lo saca a relucir en el segundo Memorial que manda al mismo Concilio en 1561, y lleva por título: Causas y remedios de las herejías. Hablando de los sacerdotes que se encuentran en estado lamentable dentro de la Iglesia, "hechos esclavos de la maldad, captivos del demonio y con vida más sucia que los sucios del pueblo", da una solución clásica y sencilla:   “El remedio de esto no creo que es casarlos; porque, si ahora sin serlo, no pueden  ser  atraídos  a que  tengan cuidado  a  las cosas pertenecientes al bien de la Iglesia y de su propio oficio, ¿ qué harían si cargasen de los cuidados de mantener mujer e hijos, y casarlos, y dejarles herencia? Mal podrían militar a Dios y a negocios seculares".

Sin embargo, él mismo se da cuenta  de que el problema no queda del todo resuelto. Por esto, vuelve sobre el tema pocas páginas después. Y de este modo expresa su opinión:

“Y, puesto caso que se condescendiese con relajar el rigor del celibato a los eclesiásticos, aunque presbíteros, yo diría que los tales pudiesen  ejercitar  los  otros  ministerios sacerdotales, mas no decir misa, porque me parece, según he dicho, que tal píldora no la pasaría el Señor sin mucha amargura; y, a lo que yo entiendo, castos y limpios quiere a sus ministros para lo uno y para lo otro, como hasta aquí en la Iglesia  se  ha  usado,  aunque  tengo  por  mayor  mal  ser concubinarios que casados. Mas, pues se puede remediar lo uno y lo otro con tomar a pecho el cuidado de tomar y criar ministros buenos y castos, no hay para qué aceptar el casamiento por huir del concubinato; porque, aunque el matrimonio en sí es bueno, mas para los ministros de Dios es lleno de inconvenientes muy perjudiciales" .

El Maestro Avila volvía a su tesis preferida de la selección y recta formación, desde la infancia, de los aspirantes al sacerdocio.

 

 

Francisco Martín Hernández

Catedrático emérito de Historia de la Iglesia.
Universidad Pontificia.
Salamanca.

 

 

 

 

 

Summa Theol. Supplementum q. 36, a 4, ad 1; Enchiridion Clericorum, nº 1968

Esta trayectoria puede verse en mi obra (en colaboración con LUIS SALA BALUST) La formación sacerdotal en la Iglesia (Barcelona, J. Flors, 1966)

Tomo las citas de las Obras completas de San Juan de Ávila, (6 vols.), Ed., L. Sala Balust – Francisco Martín Hernández I (Madrid, BAC, 1970) pp. 109 y III. A esta edición por brevedad y más fácil conocimiento de los textos que se citan en su original, iré haciendo referencia en las notas que siguen

Obras completas, V Epistolario, cartas 5 y 215, pp. 52 y 226

Ib. I, pp. 109 ss.

L’ Eglise de la Renaissance et de la Réforme (París, 1955) pp. 34-35

Ib. V Tratados de reformas... pp. 43, 135

Ib. Introducción biográfica, pp. 246, 276 ss.; GRANADA, Vida del P. Maestro Juan de Ávila, ed. De L. SALA BALUST (Barcelona. Juan Flors, 1964) pp. 80-81

Obras completas V Epistolario, carta 2, p. 37

Ib. I pp. 75-76

Ib. Pp. 165-166

Vida de San Juan de Ávila, Ed. L. SALA BALUST (Barcelona, J, Flors, 1963) pp. 284-285

Obras completas VI pp. 35 y 36

Ib p. 79

Ib pp. 182-183

Cita en mi estudio La Iglesia en la Historia, 2ª ed., 2 (Madrid, Atenas, 1990) p. 135

Obras completas V, p. 37

Ib., p. 39

De ello trato en mi obra ya indicada: La formación clerical en la Iglesia, passim; Obras completas V, p. 41, donde Juan de Ávila copia el can. 24 del Concilio IV de Toledo

Ib. V, pp. 41-50

En mi obra La formación clerical en los Colegios Universitarios Españoles (1371-1563) (Vitoria, 1961) p. XIV

Obras completas V, p. 43

Ib. P. 41

Vida citada, p. 108

Prólogo a les Oevres complétes de Bérulle, ed. MIGNE, 1 (París, 1856) p. VIII.

Ib.

Obras completas III, p. 496

Ib. pp. 497-504

Ib. Pp. 492, 502, 373, 383 ss, 502...

Ib. I, pp. 248-251

Ib., p. 305

Ib. VI, pp. 155 ss.

Puede verse: F. MARTÍN HERNÁNDEZ, San Juan de Ávila ¿erasmista?, Salamanca, Universidad Pontificia, 1998

Enchiridion o Manuel del Caballero Cristiano y la Paraclesis o Exhortación al estudio de las letras divinas de Erasmo, ed. de Dámaso Alonso (Madrid, 1971) p. 104

Obras completas, I, pp. 254 ss.

Obras completas I, p. 250.

Ib.

Ib. I, pp. 256 ss.

Ib. VI, pp. 182-183 y 186