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Entrevista al arzobispo João Braz de Aviz


Desde los edificios futuristas de Brasilia a los palacios cargados de historia del otro lado del Tíber el camino es largo. Dom João Braz de Aviv, 64 años, arzobispo emérito de la capital brasileña, lo recorrió hace pocas semanas. El pasado 4 de enero el Papa lo llamó a Roma para dirigir la Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica, y para abrir una nueva era en las relaciones –siempre vivas y a veces agitadas– entre la Sede apostólica y la galaxia de las congregaciones y las órdenes religiosas.

 

 

 

Dom João, ¿cómo ha cambiado su vida desde que llegó a Roma?

JOÃO BRAZ DE AVIZ: Bueno, el cambio ha sido grande. En Brasilia había más de dos millones y medios de fieles, con 380 sacerdotes y 128 parroquias, que yo visitaba a menudo. Aquí el pueblo no existe, se ve solo cuando hay grandes reuniones en la plaza de San Pedro...

Y a veces, en los primeros días, incluso le tocó comer solo...

En Brasilia había siempre compañía en casa. Tenía como secretarias a dos madres de familia, estaba también la cocinera, éramos una pequeña comunidad. Pero aquí también se va ampliando con el tiempo el círculo de amigos.

Usted estaba acostumbrado ya desde pequeño a comer con mucha gente.

Mis padres eran del sur, yo nací en el Estado de Santa Catalina. Pero cuando tenía dos años mi familia se mudó al Estado de Paraná, a una zona que, como se decía entonces, empezaba a ser “colonizada”. Mi padre empezó a trabajar allí como carnicero. Yo tengo un hermano mayor, también sacerdote, y luego nacieron otros seis. En total somos cinco varones y tres mujeres. La más pequeña, que tiene el síndrome de Down, ahora tiene 47 años. Recuerdo que cuando nació –entonces estábamos en Borrazópolis– mi familia para bautizarla tomó una carroza de caballos y recorrieron más de cuarenta quilómetros, porque no querían esperar.

Un buen viaje, para aquellos tiempos.

Donde vivíamos nosotros al principio no había sacerdotes. El cura pasaba de vez en cuando, una vez al mes. Eran los líderes laicos populares quienes guiaban las comunidades, quienes daban el catecismo y favorecían las prácticas de la vida de la fe como el Santo Rosario y la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. En aquellos tiempos la Iglesia local se basaba mucho en grupos como el apostolado de la oración, o los hijos de María... También mis padres ayudaban a mantener abiertas las capillas.

Y después, ¿cómo fue que se hizo cura?

Siendo todavía niño, ya a los siete años, cuando hice la primera comunión, percibía la vocación, que luego fue cultivada por las monjas de Santa Catalina, adonde me habían mandado para que hiciera la escuela. Cuando tenía once años entré en el seminario menor de Assis, en el Estado de São Paulo, a cuatrocientos quilómetros de la capital. Lo habían abierto los misioneros del PIME. Algunos de ellos habían sido misioneros en China, de donde los habían expulsado tras la llegada de Mao al poder. Nos contaban sus historias. Recuerdo que eran personas muy profundas, era bonito crecer teniéndolos frente a nuestros ojos. Y luego, ya adolescente, conocí también la espiritualidad de los Focolares.

¿Cómo ocurrió?

Conocí a un pintor ateo que después de convertirse hablaba de Dios de manera viva y concreta. Me impresionó, porque yo era un muchacho. Yo pensaba: mira tú este ateo que ahora habla con tanta fuerza del amor de Dios, y de cómo se descubre este amor amando al hermano... Para mí eran cosas nuevas. Yo hasta aquel momento pensaba en la educación, que había que ser amable con los demás por una cuestión de buenas maneras. Nunca pensaba que al otro se le pudiera servir como al propio Jesús.

Luego su obispo le mandó a estudiar teología a Roma. Era el 67, el Concilio acababa de terminar... ¿Qué recuerdos tiene de aquellos años?

Estudié en la Gregoriana y luego un año en el Ateneo Salesiano, para seguir cursos de psicopedagogía. Recibí el diaconado en Roma, y volví a Brasil solo en 1972. Eran tiempos marcados por muchos estímulos y muchas dificultades. Todo parecía estar en movimiento. Comenzaba el ajetreo que había traído el Concilio. Se actualizaban los viejos ordenamientos, se reestructuraban los cursos, pero también existía la incertidumbre que caracteriza todas las fases de transición y revisión.

Y en Latinoamérica estaban también frente al surgir de la Teología de la Liberación.

Éramos idealistas, queríamos dar la vida por algo grande. La decisión de mirar hacia los pobres nos daba una esperanza grandísima, sobre todo a nosotros, que veníamos de familias pobres. Estábamos dispuestos a dejarlo todo, incluso el seminario, si aquel ímpetu no era recibido y abrazado en la realidad eclesial en que vivíamos.

Usted ha explicado ya que en aquella transición, la experiencia de los Focolares le ayudó a superar el peligro que todo se disipara.

Dios me ha guardado así. La experiencia espiritual del Focolare es fuerte y sencilla. Ya a finales de los años sesenta, Chiara Lubich nos invitaba a reconsiderar nuestro modo de vivir, a la luz del amor de Dios. A veces también a mí me parecía que infravaloraba la exigencia de la transformación social. Fue un momento difícil para muchos. Pero de este modo quedaba la confianza de que existía un camino, había que tener paciencia, pero caminábamos juntos y no nos perdíamos. Nos hicimos sacerdotes con esta gran luz interior, acompañada por ese sentimiento de inquietud, de suspensión. Nunca quise esconderme a mí mismo la existencia contemporánea de estos dos factores. Yo pensaba: esta es la situación en que me ha tocado vivir. Con el tiempo, esto me ha ayudado a ver que ser sacerdote no quiere decir ejercer un “dominio” religioso sobre la propia vida y la de los demás.

Hoy día, ¿cuál es su balance de la época ligada a la Teología de la Liberación?

Se pueden decir varias cosas. En Brasil algunos de los grupos pastorales que por aquel entonces seguían más aquella línea se han transformado hoy en ONG con mucho dinero, se han salido de la Iglesia. Decían que querían cambiar la Iglesia, luego les falló la fe y les quedó la sociología. Esto no puede por menos que causar tristeza. Y sin embargo sigo convencido de que en toda aquella historia ocurrió algo realmente grande para toda la Iglesia. Como la constatación de que el pecado de los hombres crea estructuras de pecado. Y que la predilección por los pobres es una elección de Dios, como se ve en el Evangelio. En las primeras comunidades las cuatro columnas portantes eran la fidelidad a la doctrina de los apóstoles, la eucaristía, la oración y luego la de la comunión fraternal, que no era un sentimentalismo, sino algo práctico, quería decir ayudar a las viudas y a los huérfanos, poner los bienes en común. En eso se veía que la comunidad vivía frente a su Señor. Ahora, los bienes los escondemos cerrándolos bajo siete vueltas de llave incluso en las comunidades religiosas.

Dentro de la generación de los curas “liberacionistas”, uno de los puntos de diferenciación era la actitud frente a la devoción del pueblo.

En aquel tiempo algunos pensaban que la devoción popular significaba alienación. Decían que la pureza de la fe se había corrompido con las devociones. Esta idea se puede confutar también desde el punto de vista estrictamente histórico. En Brasil la crisis llegó con la abolición de las congregaciones religiosas decidida por el Marqués de Pombal, que fue un desastre y comprometió incluso toda la experiencia pastoral comenzada con los indios. Y de todos modos ni siquiera ahora comprendes cómo es que Brasil es católico en un 75%, aunque luego solo el 10 por ciento se acerca ordinariamente a los sacramentos. La razón histórica es esta: precisamente la devoción popular ha sido un instrumento para transmitir y mantener la fe, en muchas comunidades guiadas durante tanto tiempo por los laicos.

A veces hay quienes siguen hablando de la Teología de la Liberación como de un “peligro” inminente.

Sí, a veces la Teología de la Liberación parece un fantasma que se saca a pasear en determinados momentos. Muchas cosas han cambiado. En muchos países los que estaban contra el poder, como Lula, o que incluso eran guerrilleros, ahora están en el gobierno. Ha habido un recorrido, y ya va siendo hora de que también en la Iglesia se tome conciencia de esto.

En Brasil, desde la independencia, siempre ha sido fuerte un poder que yo llamaría “el poder del dinero”. Es ese poder que, por ejemplo, sigue resistiendo contra una verdadera reforma agraria. Y que nunca ha tenido una gran relación de proximidad con la Iglesia y ni siquiera con la jerarquía eclesiástica. La Iglesia no tiene apoyos económicos por parte del Estado, e incluso las iglesias se construyen con el dinero del pueblo, y normalmente los que más ayudan son los más pobres.


¿Qué piensa de la causa de beatificación de Óscar Romero?

En los procesos de beatificación hay detalles que hay que cribar, como los detalles científicos relacionados con el reconocimiento del milagro exigido. Pero creo que como vida de santidad Romero fue un ejemplo grande. Un obispo que con el episcopado recibe de manera manifiesta también la gracia de convertirse en pastor de su pueblo, en aquella situación tan desquiciada por la violencia. Lo mismo le ocurrió en Brasil a dom Hélder Câmara. Cuando le escuchábamos hablar, durante el régimen militar, nos hacía temblar de emoción. Era un apersona que nos encantaba. Un hombre de oración. Pienso que hay muchas figuras que paulatinamente, andando el tiempo, iremos comprendiendo mejor. Y se verá que toda su vida estaba impregnada de esto. Si no, no hubieran ofrecido su vida así. Câmara siempre vivió con la posibilidad de que le mataran. No lo mataron solo porque el pueblo habría reaccionado demasiado mal. Y entonces mandaban advertencias bastante claras: en lugar de a los obispos, mataban a los secretarios de los obispos, como ocurrió al secretario de dom Hélder.

Ha citado usted a Lula. Como arzobispo de Brasilia, habrá tenido que relacionarse con él. ¿Qué balance hace de sus años en el poder?

En siete años en Brasilia nunca lo he visto en la Catedral... [sonríe]. Y a veces hacía afirmaciones algo sorprendentes, como cuando decía que tenía una moral como persona privada y otra moral como presidente... Pero está claro que la percepción de su aportación es muy positiva y compartida por la mayoría de los brasileños. Amó a su pueblo y, habiendo sido obrero, comprendió la situación de los brasileños tal y como es en la realidad concreta. Con él Brasil ha conocido un crecimiento impresionante, y ha habido también cierta redistribución de la riqueza. Ha combatido la corrupción, sin aprovecharse de la posición de presidente para defender a los corruptos que estaban también dentro de su partido.

¿Y Dilma, la nueva presidenta?

Dilma es muy distinta. Lula es un obrero, su fuerza es el sindicalismo. Él es un sindicalista humanista, un tremendo luchador. Dilma es una intelectual, y por otros aspectos es más pragmática. Pero dicen que tiene incluso más apoyo popular que Lula. Este dato es interesante.

¿Cómo ha ido el comienzo de su trabajo en la Congregación para los Religiosos?

Hemos tenido que afrontar muchas dificultades. Había bastante desconfianza por parte de los religiosos por determinados prejuicios. Ahora el punto principal del trabajo es precisamente reconstruir una relación de confianza. Con el secretario de la Congregación, Joseph William Tobin, trabajamos juntos, hablamos mucho, de modo que las decisiones se tomen en común.

¿Cómo va el asunto de las inspecciones en las congregaciones religiosas femeninas de los Estados Unidos?

Tampoco ese es un asunto fácil. Había desconfianza, contraposición. Hemos hablado con ellas, sus representantes vinieron incluso a Roma. Empezamos a escuchar. No se trata de decir que los problemas no existen. Pero se pueden afrontar de otra manera. Sin condenas previas. Escuchando las motivaciones. Ahora tenemos muchos informes sobre los que trabajar. Luego está el informe de sor Clare Millea [la religiosa designada por el Vaticano como visitadora apostólica, n. de la r.], que será importante.

¿Son legítimas y útiles las comparaciones entre las órdenes religiosas más antiguas y los nuevos movimientos? A veces hay quienes los colocan en competencia, o incluso en oposición.

Los carismas que florecen en el tiempo presente son donados a la Iglesia de hoy. Quizá dentro de veinte años no tengan la misma relevancia. Y esto no debería chocar con los carismas más antiguos. Si viven en fidelidad con el carisma inicial donado a su fundador, encontrarán también la manera de dar algo en este tiempo. El peligro es cuando se pierde el espíritu de los fundadores.

En este sentido, ¿qué ha representado para usted el asunto del fundador de los Legionarios de Cristo?

Bueno, es un dolor cuando se ve extenderse una realidad que se presenta como carismática, y luego se descubre lo indigno de su iniciador. Sigue siendo un misterio cómo esto puede ser posible. El de los Legionarios no es el único caso. En Brasil hemos tenido el caso de la Toca de Assis. Una comunidad que vestía un traje de tipo franciscano que llamaba la atención, y que se había colocado en línea con la Canção nova [comunidad-network nacida en Brasil y ligada al movimiento carismático, n. de la r.]. Daban de sí mismos una imagen fuerte, con frailes que de­cían que daban gloria a Dios cantando y bailando. Unos seiscientos muchachos los seguían. Hasta que se descubrió que el fundador tenía también comportamientos moralmente indignos con sus seguidores. En cuanto a los Legionarios, en su estructura no me convencía ya de entrada la falta de confianza en la libertad de las personas que veía en su interior. Un autoritarismo que trataba de dominar todo con la disciplina. Yo ya había sacado a los seminaristas de Brasilia de sus seminarios, porque veía que las cosas no podían seguir así.

¿No cree que en el pasado se puso demasiado énfasis en los nuevos movimientos, que a veces escondió aspectos problemáticos?

En las nuevas comunidades y en los nuevos movimientos no todo es bonito ni justo a priori. En algunas realidades se ve que hay aspectos realmente desequilibrados. Claro que no se puede negar que en muchas de estas rea­lidades se han visto cosas grandísimas. En muchos lugares han aportado frescura, alegría, novedad, juventud. Creo que de todos modos los tiempos actuales no son ya tiempos en los que cada cual actúa por sí mismo, en los que todos están separados hasta entrar en colisión con los otros y que están unidos solo en la referencia común al Papa. Yo decía en Brasilia: si los de los carismas más grandes mortificáis y anuláis los carismas más pequeños porque tenéis como único criterio ampliaros y ocupar más espacio, esto no es digno de Dios. Si hay un “carismita” pequeñito, por ejemplo en una parroquia, ayudadlo a crecer, en vez de oponeros a él.

Además de su vínculo con el Focolare, es conocida también su amistad con la Comunidad de San Egidio.

Sí. Estimo mucho a Andrea Riccardi. Espero ir a verle pronto.

En los últimos tiempos, un fenómeno difundido es el de nuevos institutos de vida consagrada que a veces viven situaciones de enfrentamiento con los obispos y con sus Iglesias nacionales.

Yo siempre he tenido miedo cuando un grupo comienza a pensar y a decir: nosotros somos los únicos que defendemos la verdadera Iglesia y la Tradición. Nosotros poseemos la luz de Dios, y los demás no. En la Iglesia no funciona así. Y Dios no trabaja así. Él distribuye sus dones, nunca ha dado toda su gracia a una sola persona. Si pensamos en la experiencia de Dios con su pueblo, también en la Biblia lo que destaca no es el exclusivismo elitista, sino más bien la paciencia y la misericordia hacia ese pueblo lleno de límites, que se perdía por el camino. Cuánto ha esperado, cuántas veces ha quedado decepcionado... Y si luego miramos también a los santos, vemos que los verdaderos santos son siempre amigos entre ellos. Son distintos, a veces incluso riñen, pero luego piden perdón y trabajan juntos. También los de ahora, como don Giussani y Chiara Lubich