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REUNIÓN DE LOS SACERDOTES JÓVENES CON EL OBISPO

Villamartín, 27 de diciembre de 2007

Queridos hijos, hermanos y sacerdotes:

1. En mi carta de felicitación navideña os agradecía vuestra entrega y dedicación de por vida al ministerio sacerdotal en medio de nuestras gentes. Con vuestro trabajo hacéis posible mi ministerio episcopal, con vuestras ilusiones extendéis la Buena Noticia a todos los corazones, con vuestros sacrificios y renuncias favorecéis a muchos y forjáis el Reino entre nosotros. Y todo esto se realiza en el mayor de los anonimatos, viendo cada día cómo los grandes de la tierra premian la superficialidad de los afines, y cómo muchos de vuestros viejos amigos se enriquecen y se sitúan en el bienestar. Sin embargo, la recompensa de nuestra consagración está en las “manos de Dios”, que nos ha prometido que todo aquel que “deje casa, padres, hermanos… por mí y por el Evangelio, recibirá el ciento por uno, con persecución, y la vida eterna” (Mc 10,29-30). ¡Dios es el mejor pagador, porque siempre cumple su Palabra! ¡A Dios, nadie le gana en generosidad! Bien sabe Él “que el obrero merece su salario”. A ningún sacerdote le falta lo necesario para vivir cuando realiza su ministerio con autenticidad, que se manifiesta en las palabras, en el testimonio y en los “oficios santos”. La falta de coherencia en la vida de los pastores los convierte, según San Agustín, en “payasos de una representación”. El pueblo sabe muy bien “quienes sirven a las ovejas y quienes se sirven de ellas”.

2. En la noche de Navidad hemos proclamado el salmo 95, y el versículo que repetía la asamblea nos decía: “Hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” (cf. Lc 2,10-11). Sí, lo que celebramos en estos días es un acontecimiento histórico, pero también un misterio. Quien se queda en lo sucedido y olvida lo sobrenatural, lo reduce todo a una fiesta más, quien espiritualiza sobremanera lo acaecido, relegando la humanidad, se aleja del Dios cristiano: el Emmanuel, Dios con nosotros, Dios Humanado, que llamaría nuestro Patrón San Juan de Ávila. La lectura interior de lo “sucedido en Belén” comienza con el reconocimiento y la toma de conciencia de nuestra indigencia, de la necesidad que tenemos de ser salvados, de estar seguros de que Dios no abandona a sus criaturas, de saber que no hay otro “señorío” que merezca nuestra adoración. Como dice el conocido canto: “No adoréis a nadie, a nadie más que a Él”. Sin esta postura básica, Dios seguirá sin “tener posada” en nuestro corazón. Y si eso fuera así, ¿qué mayor desgracia le puede suceder a un sacerdote que tener que hablar de Dios, sin tener a Dios en su alma? ¿Es que se puede comunicar aquello que no se tiene? Sólo “de la abundancia del corazón habla la boca”.

3. Dice el evangelista San Lucas: “Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2,12). Ese signo, esa señal, no puede ser más tierna, pero a la vez más frágil. Es hermosa, pero indefensa. Sin embargo, no es una contraseña al estilo de los potentados y políticos del mundo, tanto es así que el mismo pueblo que lo esperaba no se enteró de su venida: “Vino a los suyos y no le recibieron”. Tantos siglos esperando al Mesías y, llegado su tiempo, no encuentra “posada” y entra en el mundo por la rendija de lo desechado de la sociedad: “un pesebre”. Dios sorprendió a los que calculaban el tiempo mesiánico con el anonadamiento de su eternidad. Por eso mismo, nuestra fe y ministerio tienen una señal que anunciar: la kenosis de Dios, que se hace Niño. Un escenario esencial que no se debe olvidar: el pesebre, anticipo del calvario, la cuna que es el avance del lecho de la cruz. Y tenemos unos ejemplos a imitar: María y José, que pusieron todo lo que era de sí: la pureza de “los pañales”, mientras que los hombres dimos la pobreza del “pesebre”. En aquellos, María y José, encontramos las actitudes esenciales que debe poseer el servidor evangélico, el sacerdote de la comunidad: la adoración, la humildad y la generosidad. Cuando la envidia entra en el corazón de un sacerdote comienza a tener todas las ínfulas de Herodes.

4. El “niño acostado en el pesebre” (Lc 2,16), es la gran rúbrica de la ternura de Dios con la humanidad: “Tanto amó Dios al mundo, que nos envió a su propio Hijo” (Jn 3,16). He aquí que la revelación de Dios, no se hace por medio de unas enseñanzas morales o religiosas, sino de “la Palabra hecha carne”. El Padre, desde su mismo ser, nos ha dado lo que más quería. Ello no es obra humana, ni méritos de nadie, sino pura gratuidad del Espíritu Santo, que nos ha Regalado al Dios Humanado por medio de María. Además, ese “Niño” es alegría de Dios para la humanidad; la sonrisa de Dios en Belén nos habla de que la alegría perenne en todo creyente, nuestro propio ministerio, viene de la vivencia en Dios. Por eso mismo, quién cree no está solo, porque experimenta una compañía que supera todo gentío, todo acompañante, que es el amor del Señor, que es infinito y digno de dar la vida por él, como diría la esposa del Cantar de los Cantares: “He encontrado el amor de mi vida, lo he abrazado y no lo dejaré jamás” (3,4). Los sacerdotes somos apóstoles de esa sonrisa divina, de la alegría perpetua. Fuera de nosotros toda acritud, amargura, enfado, malos modales, porque todo ello es negación de lo que anunciamos, hace insuficiente nuestra entrega, nos priva aquí de anticipar los gozos de la vida eterna. No hay cabida para la tristeza en quienes conocen y experimentan que Dios es bálsamo para las heridas de nuestros corazones. Por último, ese “Niño” que ríe y llora como los demás niños nos habla de la fragilidad de Dios. Desde luego, no es la mejor manera para manifestar el poderío de “aquel que no cabe en los cielos” aparecer como un indigente en el lugar donde están los animales. ¿Puede hacer eso un Ser que es todopoderoso, eterno, inmutable, inabarcable, completamente Otro? Pues, si pudo hacer lo “visible y lo invisible”, ¿por qué no podría encarnarse? ¡Para Dios no hay nada imposible! Sin embargo, otros dirán que hubiese sido más fácil un tipo de encarnación más aparente, que llenara de asombro a los hombres para que en ese arrebato la humanidad lo reconociera como “único Dios vivo y verdadero”. De haber sido una presencia al estilo de los grandes de la tierra, el hombre se hubiese quedado en el puro asombro de lo divino pero no hubiese cautivado el corazón como lo hace el misterio de Belén. El fulgor del poder pasa, la humildad de la verdad permanece. Dios no necesita de nuestros aplausos ni de nuestras atenciones, somos nosotros los que necesitamos su salvación. Y ésta nos ha llegado en medio de la noche, sin ruido y con unos protagonistas sencillos.

5. Sí, estamos celebrando que ha aparecido “la gracia de Dios”. Por eso dirá San Pablo: “Renunciemos a una vida sin religión y a los deseos mundanos, y llevemos ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa” (Tit 2,12). Estamos en tiempos de inclemencia, vivimos la fe y el ministerio “sin cobertizos” que nos protejan. Los mediocres no tienen cabida, fácilmente sucumben al encanto de la postmodernidad. Se necesitan hombres recios, curtidos interiormente, de clara identidad, amigos del diálogo y de lanzar puentes, pero no de “pasteleo” con el pensamiento único de la cultura dominante Necesitamos ser hombres de Dios, lo que la gente reclama de nosotros es precisamente eso: que seamos maestros en la fe y en la oración, celebrando con nuestra vida lo que expresan los sacramentos que administramos, ilusionando siempre con el darse a fondo perdido, confiados en la providencia, alegres con los que se alegran y llorando con los que lloran, mostrando la sabiduría que viene de lo alto y que es el resultado de unir teología y espiritualidad. ¡Que nunca exijamos más a la gente que a nosotros mismos! Porque “la misma medida que uses la usarán contigo”. No hagas del cristianismo una ideología, ni de tu ministerio una profesión, antes bien, vive la gratuidad de la fe en Cristo según su Esposa la Iglesia y haz de tu sacerdocio ministerial una atractiva forma de vida que ilusione a las nuevas generaciones.

Para finalizar, permitidme, queridos sacerdotes jóvenes, esta colección de pensamientos de vuestro obispo, por si os pueden ayudar a vivir con ilusión y entrega vuestro sacerdocio en este nuevo milenio de la fe cristiana:

1º ¡Sois la voz profética del Bautista en medio del desierto de este secularismo que nos ha tocado vivir! ¡Preparad los caminos al Señor, que vuestras obras no oculten la gracia del Evangelio!

2º ¡No tengáis miedo!¡Nada de cansancio y desánimo! Los tiempos de evangelización son los que quiere Dios, no los diseñadores de pastorales.

3º Lo más grande que os ha podido ocurrir es que Jesús pasó un día por vuestra vida y os dijo: “Ven y sígueme”, y le creísteis y estáis aquí. No hay mejor sacerdote que aquel que tiene un corazón convertido a Dios y una mente a la altura de la “estatura de Cristo”.

4º ¡Es hermoso ser sacerdote de la Iglesia Católica hoy, a pesar de tantas contrariedades, que no son más abundantes que en otras épocas!¡Amad apasionadamente a la Iglesia, como Madre vuestra que es. No os sintáis superior a Ella, defendedla con el ejemplo de vuestra vida y con la palabra de la sana doctrina!

5º No miréis atrás, no pongáis nunca la “mano en el arado añorando lo que dejasteis” ¡Dios nos ha dado más que a lo que hemos renunciado! No viváis vuestro ministerio como una carga, antes bien, reconoced a qué “tan alto grado te ha llamado el Señor” (San Juan de Ávila).

6º Arrepentíos de vuestros pecados para que, gustando la misericordia divina, sepáis impartidla a los otros. Vivid con sencillez y alegría, y no os presentéis como modelo de nada. Practicad los consejos evangélicos, ganaréis en libertad, os convertiréis en testimonio elocuente y obtendréis energías para realizar cualquier tarea apostólica.

7º No dividáis a los hombres en pobres y ricos, listos y torpes, porque por todos murió Cristo, a todos llama a la salvación y a todos habéis de entregaros. ¡No hagáis acepción de personas, sed hombre de todos, para “ganar algunos” para Cristo”! 8º ¡Por mucho que lo repita la cultura actual, no os sintáis nunca personajes del pasado!, sino hombres del futuro, roca y baluarte de salvación para todos los pobres y desheredados de esta sociedad llamada “del bienestar”. 9º Lo que hace felices a los hombres no es la eficacia de las ciencias y de la técnica, sino el haber acertado en el sentido de la vida, haberse encontrado con Jesús, y vosotros habéis sido llamados al sacerdocio para ayudar a otros a hallar ese Camino. 10º La crisis eclesial de estos momentos es crisis de oración. ¡Quién reza, se salva! Rezad sí, rezad siempre por los otros, por los fieles encomendados y por todas las necesidades de la Iglesia y del mundo. Pero no os olvidéis de que los primeros necesitados de salvación sois vosotros. No sea que anunciando la salvación a los otros no la consigáis para vosotros mismos.

 

+ Juan del Río Martín Obispo de Asidonia-Jerez