 |
TAMBIÉN HOY MERECE LA PENA |
 |
 |
 |
 |
| |
ARTEMIO LÓPEZ MERINO
Hacía bastante tiempo que deseaba escribir sobre el tema que hoy me ocupa: Ser sacerdote hoy, también merece la pena. Me ha motivado y brindado la ocasión, la semanal y casi rutinaria reunión del grupo de jóvenes que, cada domingo por la tarde, se encuentran en nuestra casa para reflexionar juntos sobre temas de formación cristiana.
Ciertamente, en nuestras parroquias, está muy bien organizada la catequesis para los niños de la primera comunión y para los jóvenes que se preparan para la confirmación; pero, a partir de ahí, da la impresión de que los jóvenes hayan terminado ya su período de formación religiosa y, en cierto modo, parece también que se difuminan o desaparecen del entorno eclesial. Lamentablemente, a partir de ese momento, a un buen número de estos muchachos los perdemos de vista, dado que hasta cambian sus hábitos de asistencia a la iglesia, siendo su presencia más bien parca o meramente ocasional; y, si acaso, a algunos los volveremos a ver cuando vengan a prepararse para celebrar su matrimonio, o tal vez en la catequesis que se organiza para los padres y padrinos de los niños que serán bautizados.
También es normal que en nuestras parroquias estén funcionando ciertos grupos juveniles; sin embargo, lo que les aglutina y conjunta, más que la enseñanza de la religión, suelen ser otros móviles, tales como el deporte, el arte, la danza, la música, la amistad o la cultura. Pues bien, el grupo que les mencionaba anteriormente, por el contrario, dedica gran parte de la tarde de los domingos al cultivo de lo espiritual, y así, a su estilo y nivel, escuchan, comentan y dialogan sobre las verdades del credo, la moral, la Iglesia, los sacramentos, la Palabra de Dios y, cómo no, sobre la vocación y el seguimiento de Cristo en la imitación de su vida y en el camino de los consejos evangélicos.
Es frecuente escuchar que los sacerdotes no nos atrevemos ya a invitar a los jóvenes a que sigan nuestros pasos, y que muchos padres se entristecen ante la sola idea de que a su hijo se le pueda ocurrir ser sacerdote. Casualmente hoy, en este domingo del tiempo ordinario, leíamos en las misas el relato de San Lucas en que Jesús se presenta en medio de su pueblo como “ungido por el Espíritu del Señor” y “enviado para dar la Buena Noticia a los pobres”. Pues bien, animado por la lectura y la reflexión de esos textos, esto es lo que yo he pensado decir esta tarde a esos jóvenes que se plantean el sacerdocio como forma de vida concreta de seguir a Jesús. ¿Merece la pena ser hoy sacerdote, y para qué?
“Siendo sacerdotes, más fácilmente podréis escuchar a muchos hombres y mujeres que llenos de miedos, de incertidumbres y de interrogantes se han alejado de un Dios en el que ya no podían creer y están necesitados de alguien que los acompañe en la búsqueda del auténtico rostro del Dios y Padre de Jesucristo.
Siendo sacerdotes, gozaréis de más y mejores ocasiones para sembrar un poco de esperanza en el corazón de tantas personas que viven sin ilusiones ni perspectivas de futuro, porque tienen muchas cosas, pero no son felices, ya que han elegido el “tener” en lugar del “ser”.
El sacerdote, no solo desde la cátedra del púlpito, sino también en el despacho y en sus normales relaciones y diálogo permanente con sus vecinos y parroquianos, pero, sobre todo, desde el convencimiento de su vida honesta, sencilla y consecuente, puede contribuir a que en su pueblo se oigan otras voces, tan lindas y sonoras como las de los cantantes y políticos. La gente tiene derecho y ganas de escuchar el mensaje liberador de Jesucristo, así como necesita oír con claridad el anuncio de la Buena Noticia.
Tal vez os anime a ser sacerdotes, no solo el hecho de poder llevar palabras de esperanza a los pobres, sino también, como los profetas de todos los tiempos, el de tener que denunciar desde el Evangelio y con la santa libertad de los hijos de Dios las mentiras, las injusticias y las violencias que nos oprimen, nos sojuzgan y nos destruyen.
Debéis tomaros muy en serio esa llamada de Jesús, para ser en este mundo los testigos de su resurrección, de su presencia viva en medio de sus hermanos y, más especialmente, si queréis compartir las inquietudes de los jóvenes y orientar su inexperiencias y contradicciones hacia una vida más sana y positiva. Necesitan líderes que les marquen el camino para vivir con toda intensidad y plenitud sus ansias de libertad y de verdad, cosa que tan solo encontrarán cerca del que nos dijo que la verdad nos haría libres: Jesús.
Al sacerdote le han consagrado las manos para bendecir y perdonar. Vosotros podéis ser esos elegidos, esos ungidos por Dios para colmar de sus bienes a todos los hombres de buena voluntad, lo mismo que para ser los portadores de su misericordia y de su reconciliación a los corazones contritos y arrepentidos de los demás; como sólo desde esa amistad con Dios podemos llenarnos de su paz, esa Paz que Él solo puede y sabe dar. Con toda propiedad, podemos llamar al sacerdote el verdadero “mensajero de la paz del Señor”.
Una de las figuras más sacerdotales es la del buen Pastor. Qué lindo trabajo el de cuidar, guiar y animar a las comunidades cristianas, en las que los hombres y mujeres de nuestro tiempo aprendan a creer en Jesucristo y descubran dónde puede poner el ser humano su última esperanza. Por eso, orientad vuestras vidas hacia el servicio sacerdotal si queréis ser fermento y levadura en una saciedad descreída y materialista donde tanto imperan valores hedonistas.
Yo sé de más de uno que se ha hecho sacerdote, sobre todo, para poder así defender con más audiencia y ahínco los derechos humanos, especialmente los que apenas nadie defiende, como pueden ser: el derecho a la vida interior, el derecho a morir con esperanza, el derecho de todo hombre al amor y la solidaridad por parte de todos, el derecho a buscar a Dios...
No os podéis hacer idea de lo gratificante que resulta, después de una larga vida sacerdotal, hacer un sencillo repaso y resumen de las veces que has actuado en el nombre de Jesús: consagrando el pan, perdonando, bendiciendo, presidiendo la oración del pueblo de Dios, organizando las diversas catequesis, atendiendo a los menesterosos (Caritas…), aconsejando y dirigiendo espiritualmente o administrando los sacramentos del inicio de la vida cristiana y el sacramento que da fortaleza a los enfermos y ancianos y los prepara para dar el paso definitivo de esta vida a la eterna ( santa unción) y, hasta siendo “la voz de los sin voz” o el paño de lágrimas para los tristes y atormentados.
Para finalizar os tengo que decir, que si un día llegáis a ser sacerdotes, en manera alguna os espera una vida cómoda. No os haréis ricos ni tendréis fama o prestigio social. Es más, seréis fácilmente discutidos y hasta rechazados. Pero nadie os podrá quitar la alegría de vivir haciendo de este mundo un lugar un poco más humano desde el Evangelio y la imitación a Cristo que pasó por la vida haciendo tan sólo el bien.
|
|
 |
 |
 |
 |
 |
 |
|