LA MAYOR HONRA, EL MARTIRIO
Ya hemos visto anteriormente cómo el siervo de Dios estaba muy preparado para el martirio. Más aún, lo deseaba; pero no se sentía digno de ese don, que Dios concede a pocos.
Recordemos la carta que mosén Peris escribió a don Buenaventura Pujol el 25 de marzo de 1936: «Que venga lo que Dios quiera, y ¡ojalá que el Señor nos hallara dignos de ser elegidos para víctimas! Mas esto es pedir mucho, demasiado».
Y también vimos cómo el 19 de abril de ese mismo año escribía a don Francisco Ballester, que estaba en Tucumán, y le contaba la situación de España: «Son tiempos para fortalecernos mucho en la fe, porque el horizonte está muy cargado. Que se cumpla en todo la voluntad del Señor, y ¡ojalá que nos encontrase dignos de sufrir persecución, hambre y aun la muerte por su nombre!».
Esta aspiración venía de muy atrás. Don José María Peris siempre se sintió atraído muy fuertemente por Dios; y esto le impulsaba a llegar cuanto antes a El, por el atajo más corto. En los larguísimos ratos de sagrario había gustado cuán bueno es el Señor y su vida tenía «sed de Dios, del Dios vivo: ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios?».
«Estudiando todavía latín, fueron al Colegio de San José unos misioneros dando algunas conferencias. Invitaron si alguno quisiera ir con ellos. Mosén Peris se ofreció. Al pedir permiso a sus padres, la madre, alarmada, se opuso tenazmente, alegando, entre otras cosas, que allí lo matarían. A lo que repuso el niño: ¡Qué mayor honra le pudiera caber a usted que tener un hijo mártir!».
En esa tesitura de espíritu vivió hasta el final. Testifica en el proceso don Clemente Sánchez: «Quiero añadir sobre el siervo de Dios José María Peris que, al estallar la guerra, estaba yo con él en el Seminario de Barcelona, y ante la proximidad de las turbas que habían incendiado varias iglesias vecinas, repitió varias veces: Quedémonos aquí, esto es, en el Seminario, y muramos mártires».
ESTALLA LA REVOLUCIÓN
El sacerdote don Jaime Armengol era seminarista de Barcelona cuando comenzó la guerra civil, y recuerda perfectamente aquellos días tan trágicos. Dice hablando de mosén Peris: «Además de las disposiciones que dio con gran paz y equilibrio, hay que hacer constar que la mañana del día 19 de julio de 1936, mientras casi todos los superiores y seminaristas que allí estábamos nos hallábamos reunidos en el salón de actos, oyendo la radio, presos de pánico y nerviosismo, don José María Peris estaba en el coro, rezando con gran paz y quietud.
El ordenó la salida del Seminario, y noté, cuando disponía todas las cosas, gran serenidad y dominio de sí mismo, aunque también gran emoción al despedirse de nosotros».
Don José Comas Gros, también seminarista, dice del beato: «Se interesó por los demás superiores [de los seis, tres sucumbieron mártires] y seminaristas que estábamos en el Seminario. Aquellos días era más frecuente su oración y más profunda su confianza en la Divina Providencia".
El día 19 permanecimos en el Seminario en expectativa; la Guardia Civil rodeó la Universidad, que está frente al Seminario. Aquella noche salimos todos del Seminario. El día 20, por la mañana, el beato, con don Francisco Sanjuán, que era vicerrector, un criado y el testigo, con algunas religiosas, volvimos al Seminario. Permanecimos hasta el día siguiente, 21, a media mañana. Yo, como el teléfono no funcionaba, fui al palacio del señor obispo para recibir órdenes. Cuando llegué al edificio acababan de asaltarlo los revolucionarios. Regresé al Seminario y en aquel momento empezaban a asaltarlo.
El siervo de Dios y los demás que estaban allí salieron por una puerta disimulada y se refugiaron en la casa de un vecino, llamado Brau, donde los encontré. De allí marcharon al Seminario de Las Corts. Allí fui a verles y les ayudé en misa. Después pasaron a casa de un señor, apellidado España. En esta casa celebró la santa misa el beato, por última vez, el día 25, festividad de Santiago. Yo mismo se la ayudé. Ya no nos vimos más.
El siervo de Dios me dijo que tenía el plan de marchar a su pueblo. Estaba muy tranquilo y conformado plenamente en la voluntad de Dios».
EN EL SEMINARIO DE LAS CORTS
En varias partes había leído que a don José María Peris, los primeros días de la revolución, lo llevaron a la Comisaría, en Barcelona, confundiéndolo con otro.
Me entró curiosidad y quise averiguar algo de esto.
Ciertamente, en carta escrita el 10 de enero de 1949 por don José Martí, presbítero, que a la sazón estaba en el Seminario de Las Corts de sacerdotes retirados, se cuenta con todo detalle. La carta va dirigida a don Manuel Casanova.
Dice que mosén Peris, uno de los primeros días de la revolución, fue a refugiarse al Seminario de Las Corts. Salió del Seminario Diocesano por la puerta que da a la calle Consejo de Ciento, mientras asaltaban la casa por la calle Diputación. Al día siguiente de llegar allí mosén Peris, un sacerdote de Tortosa llamado reverendo Gasset —un poco excéntrico— recibió la visita de un pobre hombre al que entregó un escrito para una enfermera de la Cruz Roja, pidiéndole un uniforme para evadirse. A ese pobre hombre lo detuvo una patrulla de la F. A. I., y le encontraron la carta de mosén Gasset.
A renglón seguido se presentó la patrulla, bien armada, en el Seminario de Las Corts, llevando a dicho hombrecillo y preguntando por el reverendo Gasset.
Registraron el Seminario de sacerdotes retirados y no encontraron a dicho mosén Gasset, que había escapado saltando la tapia del huerto. Pero en su habitación encontraron cabellos recién cortados y averiguaron que pertenecían a don José María Peris.
Este llegó con la tonsura recién abierta y mosén Gasset le había cortado a rape el pelo.
Al no encontrar a Gasset detuvieron al prior y a mosén Peris, creyendo que éste era el dicho Gasset, y a tres criados. Al subirlos al camión, «el reverendo Peris se santiguó y uno de aquellos esbirros le apuntó con la escopeta, diciendo: es un cura, hay que matarlo. El reverendo Peris respondió sin inmutarse: Está claro que lo soy».
Los llevaron al Tribunal Revolucionario de la F. A. I. Fueron interrogados y el médico del establecimiento, que se personó allí, declaró que ninguno era el reverendo Gasset. Los dejaron libres.
Don José María Peris «permaneció unos días entre nosotros, edificando a todos por su serenidad y resignación, celebrando todos los días la santa misa y rezando casi continuamente».
Obtuvo un salvoconducto y marchó a su pueblo para acompañar a su sobrina Lourdes, de diez años, que estaba hospitalizada en Barcelona.
VIAJE ACCIDENTADO
Lo fue, y mucho, hasta llegar a Cinctorres. Testifica la sobrina del siervo de Dios Conchita Peris Girona: «Vino de Barcelona a Cinctorres, acompañado de mi hermana María Lourdes, que tenía diez años y que estaba enferma en Barcelona. Yo estaba en Cinctorres cuando llegó mi tío con mi hermana; hacía unos días que había llegado de Tortosa, donde estaba en un colegio de religiosas. Entonces mi tío nos contó los incidentes de su viaje. Cuando le vi, iba de seglar y llevaba una gorra de color claro.
Nos dijo que en Traiguera quisieron detenerle y que mi hermana lloraba. Por fin, le dejaron pasar, porque llevaba un salvoconducto».
Otra sobrina del siervo de Dios, sor Encarnación Peris García, religiosa de la Consolación, también ofrece muchos detalles en su testimonio.
«Cuando estalló la guerra, una prima hermana mía, que tenía entonces nueve años, estaba enferma en Barcelona y bajo el cuidado de mi tío. Creo que fue a Cinctorres para llevar a la niña. Recuerdo que, al llegar a Cinctorres, el padre de la niña le dijo: ¿Por qué has venido aquí y no te has quedado en Barcelona, donde te hubieran escondido mejor? Y él respondió que había ido por llevar y salvar a la niña que le habían confiado. También pensaba él que en Cinctorres estaría más tranquilo.
En Traiguera sospecharon que era sacerdote y quisieron detenerle; pero como la sobrina que llevaba le llamaba padre, le dejaron pasar. En Morella me encontré con él; yo era religiosa y estaba en Morella.
»El beato intentó quedarse en Morella, donde tenía parientes; pero el Comité no se lo permitió y le dijeron que cada uno tenía que ir a su pueblo. Entonces me mandaron recado, por la muchacha de la casa de nuestros parientes, que si yo quería marcharme a Cinctorres con él, tenía ocasión. Yo acepté y fuimos juntos hasta Cinctorres».
Don Daniel Peris Polo nos dice que el siervo de Dios «vino a mi casa. Sería a primeros de agosto. En casa ocupaba el tiempo rezando. No dijo misa aquellos días, porque ya estaba cerrada la iglesia. Al día siguiente de su llegada nos llamaron del Comité, y fuimos él y yo. Allí me dijeron a mí que si mi hermano desaparecía, lo pagaría yo.
»Estaba conforme con morir; no demostró ninguna cobardía. Yo quise buscar un refugio seguro para él, y no lo quiso. Tengo la impresión de que estaba seguro de que le matarían».
¿Cómo iba a aceptar un refugio seguro? Eso equivalía a dictar sentencia de muerte para su hermano.
«ORA ET LABORA»
El lema de san Benito lo seguía desde siempre mosén Peris, que era benedictino de corazón. Cuando el padre Gabriel María Masó, entonces diácono del Seminario de Barcelona, consultó al beato su vocación de monje benedictino, le dijo que lo sería, pero dentro de siete u ocho años.
«Los hechos sucedieron de tal manera que, a los siete años de ser sacerdote, ingresé en el Monasterio de Montserrat sin dificultad ninguna.
»En esta ocasión me mostró un ejemplar de la Regla de San Benito que, según me dijo, tenía siempre en su despacho y me manifestó confidencialmente que siempre había tenido deseos de ser monje, para darse a una vida de contemplación y de oración litúrgica; pero que no lo había realizado porque Dios, valiéndose de las circunstancias de la vida, le había abierto un camino y le había señalado una vocación muy concreta en la Iglesia».
La vocación de formar muchos sacerdotes —no pocos de ellos mártires—, que fue la ilusión de toda su vida. «Lo mejor que hizo en sus cargos en el Seminario fue haber sabido inculcar en los seminaristas un alto concepto del sacerdocio». «Yo le oí decir que no tenía ningún remordimiento de no haber hecho todo lo posible para formar a sus seminaristas».
También en los días previos al martirio se dedicó a lo suyo: orar y trabajar, pensando en la mejor formación de los futuros sacerdotes.
Añoraba de corazón la santa misa, que no pudo celebrar. Pero se dedicó de lleno a la oración, más que de ordinario, y eso que siempre oraba mucho; y a preparar pláticas para sus alumnos.
«Cuando llegó a casa de su hermano, primero quiso averiguar si podía celebrar la santa misa en casa, pues la iglesia ya estaba clausurada. Yo fui a casa del señor vicario y le traje dos libros de rezo. Misa no pudo celebrar. Con los libros que le traje rezó el oficio divino mientras estuvo en casa. También rezaba las tres partes del rosario y nos lo hacía rezar en familia...
«También dedicaba mucho tiempo a leer las Sagradas Escrituras y tomar apuntes para pláticas».
PREPARÁNDOSE PARA EL MARTIRIO
Con el temor y temblor del trance, con la esperanza de que Dios se lo concediera, con la gracia de sufrirlo bien. Lo mismo que el Maestro: «Triste está mi alma hasta la muerte... Y oraba diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz; pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».
Tenía miedo. Y mucha paz. Nos cuenta su sobrina religiosa: «Hablaba del martirio y parecía como que estaba convencido de que le matarían. Yo alguna vez llegué a pensar que se había ofrecido como víctima a Dios. He oído decir a la que era superiora de la comunidad del Colegio de la Consolación de Barcelona que, en la última plática que les dio el beato, muy pocos días antes de la revolución, les habló del martirio, y que tenían que prepararse, porque podían ser ellos mismos los mártires».
Su sobrina Conchita —entonce una niña— recuerda muy bien: «En nuestra casa pasaba los días rezando y escribiendo, siempre retirado. Aparecía muy conformado. Cuando llegaban milicianos forasteros, yo misma, que jugaba con las niñas por la calle, se lo avisaba, y mi tío, siguiendo las indicaciones de mi padre, se subía a una escalera para llegar al tejado y esconderse, o escapar por los tejados». Como si fuera un malhechor. Había cometido el crimen de seguir a Jesucristo. Lo sabía. Lo había escrito: «Una cosa hay cierta, y es que nuestra semejanza con Cristo se realiza principalmente sufriendo con El y por El, y que a aquellos que da mayor participación de su cruz es que quiere hacerlos más semejantes a sí. Por lo tanto, al mal tiempo buena cara y, sobre todo, muy conformes y contentos en poder ofrecer a Jesús algunos pasos caminados por la calle de la amargura, que El caminó antes que nosotros hasta el Calvario».
A LAS DOCE DE LA NOCHE
«La noche que lo detuvieron rezamos juntos el rosario, como de costumbre. Al terminar, mi tío dijo: Hoy ya nos hemos librado; mañana, Dios dirá».
Como era tan de noche, Conchita no estaba en la calle jugando con las niñas y no pudo avisar del peligro inminente a su padre y a su tío.
Los milicianos iban a tiro fijo y a hora intempestiva, cuando nadie los esperara.
Daniel, el hermano del beato, dice cómo fue la detención: «Al cabo de unos quince días que estaba en mi casa, vinieron a detenerlo. Era el día 13 de agosto, a las doce de la noche.
"Llamaron a la puerta de la casa».
Sor Encarnación Peris asegura que llamaron muy fuerte, con imperio, con la estridencia del odio: «El día 13 de agosto de 1936, entre diez y once de la noche, nos despertaron unos golpes fuertes en la puerta de casa. Yo me levanté y fui a buscar a mi tío Daniel, hermano del beato, y no le encontré en su habitación; fui a buscar al beato y tampoco le encontré, y es que seguramente salieron por el tejado.
Miré a la calle y vi que había mucha gente armada alborotando. Cuando detuvieron al beato, todos se retiraron de delante de la casa».
Sigue diciendo el hermano de don José María Peris: «Yo avisé en seguida a mi hermano, y los dos cogimos la ropa y nos subimos al tejado. Allí nos terminamos de vestir y de allí pasamos a la casa de al lado, desde donde salimos a la calle y pudimos ver que estaba ocupada por los milicianos.
Empecé a correr y dije a mi hermano que me siguiera. Yo di un empujón a uno de los milicianos y salí corriendo al campo; mi hermano no pudo seguirme, porque acudieron tres milicianos y le prendieron. Al prenderle, él me llamó; pero yo, amenazado de muerte, no pude acudir a auxiliarle.
Había unos veinte milicianos que eran del pueblo».
ES UNA GRAN DICHA MORIR POR LA FE
Continúa narrando sor Encarnación Peris: «A la madrugada vino uno del Comité y me dijo que estaba mi tío en la cárcel y que fuéramos a llevarle ropa y comida».
«Según supe después, aquella noche pasó mucho frío, pues hasta a uno de los guardias que había allí le pidió por favor una manta para abrigarse. Además, el calabozo en que estaba era muy húmedo».
El Comité de Cinctorres detuvo al beato, pero los del pueblo no se atrevían a matarle. Entonces comunicaron al Comité de Morella la detención, pidiendo instrucciones. Ya se sabe que las instrucciones se reducían a matar, cuando se trataba de sacerdotes.
Contestaron que dieran muerte a ese cura. Pero los de Cinctorres todavía se resistieron. Circunstancialmente llegaron allí unos milicianos forasteros, que se encargarían de dar muerte al siervo de Dios.
Un día pasó en aquel calabozo húmedo, tétrico, sucio, donde no podía ni sentarse.
Su sobrina sor Encarnación fue a verlo cuatro veces. Por la mañana para llevarle ropa y desayuno. «Volví al mediodía para llevarle comida, y entonces él, habiendo pedido antes permiso a los guardias, me entregó el poco dinero que llevaba y la pluma estilográfica. Me preguntó también por mi tío Daniel. Cuando yo le dije que se había podido escapar, se tranquilizó.
Por la tarde fui a llevarle una silla y un colchón, porque me daba pena de que estuviera todo el día de pie. Yo no me hubiera separado de allí, pensando en que no le iba a ver más.
Por la noche volví a llevarle la cena; entonces me dijo estas palabras: Voy a morir, voy a morir; por mí no sufras. Es una gran dicha morir por la fe. Aquí, en la tierra, he hecho por ti cuanto he podido; pero desde el cielo podré hacerte mucho más.
Después yo le pregunté: tío, ¿se acordará de mí cuando esté en el cielo? Y él me contestó: no faltaba más; serás la primera por quien rogaré. Y luego me dijo: adiós, hasta el cielo. Esto me confortó mucho...
Esa misma noche, al muy poco rato de esto, se lo llevaron».
El día 14 de agosto de 1936, víspera de la Asunción, entre diez y once, «llegó un auto de fuera y se lo llevó. Al salir, iba con las manos atadas. Es de notar que lo prendieron el jueves, como al Señor, día 13 de agosto, y estuvo en la cárcel todo el viernes. El día que estuvo en la cárcel, yo creo que debió estar en íntima unión con Dios, pues a veces quedaba largo rato con los ojos fijos en el cielo, como si orase. Estaba muy triste; pero conservó siempre la serenidad y la paz hasta el último instante».
DE ALMAZORA AL CIELO
Se lo llevó la Virgen en su Asunción, cuando iba a romper el día 15 de agosto de 1936.
En el cielo lo recibieron muchos sacerdotes mártires a quienes él había formado.
Cuando lo llevaban preso, un hombre, con valentía y entereza, salió en defensa del sacerdote: Mirad lo que hacéis, porque os vais a arrepentir. Este hombre, prescindiendo de que sea sacerdote, honra a su pueblo en toda España.
José María Polo Guardiola, jefe del Comité, le dijo: Si no te callas, el primer tiro será para ti.
Es curioso que los milicianos del pueblo recomendaran a los forasteros que no lo matasen cerca de Cinctorres, para que no se alborotase la gente. Y es más significativo aún que uno de los milicianos dijera: A sacerdotes como éste no se les debía matar.
Se lo llevaron fuera del pueblo. Exactamente al cementerio de Almazora, de donde era su gran amigo el siervo de Dios José Manuel Claramonte.
Testifica sor Encarnación Peris Girona: «Un tío mío, primo del beato, que era militar, llamado Antonio Polo, que estaba en Castellón cuando juzgaron a uno de los milicianos que habían intervenido en el asesinato del siervo de Dios, oyó a este miliciano decir ante el Tribunal que había matado al siervo de Dios en el cementerio de Almazora».
Don Carlos Calaf Rovira, el testigo que más y mejor investigó para el proceso de Tortosa, aporta datos muy concretos respecto al martirio de don José María Peris:
«He indagado personalmente en el Juzgado Militar de la provincia de Castellón y he averiguado lo siguiente:
En el sumario 8318, folio 3.°, hay acusaciones contra José María Polo Guardiola, que fue presidente del Comité Revolucionario del pueblo de Cinctorres, y entre los cargos que se le hacen se dice que fue el asesino del siervo de Dios. En el mismo sumario, folio 4.°, el mismo sujeto niega su participación en el asesinato y dice que la noche del 14 de agosto se llevaron al siervo de Dios unos milicianos de un pueblo cercano a Castellón. En el mismo sumario, página 98, José Bordas, asesino y ejecutado luego por los nacionales, dice del mismo José María Polo Guardiola que fue él quien entregó al siervo de Dios a unos milicianos, aunque no fue el ejecutor inmediato de su muerte, y que éstos se lo llevaron y ejecutaron en un pueblo cerca de Castellón.
Esto concuerda plenamente con lo que yo mismo había oído con anterioridad, a saber: que uno de los asesinos del siervo de Dios había dicho inmediatamente después de la ejecución, al entrar en una taberna: 'Hoy hemos matado a uno que era algo así como el obispo de Barcelona; y le hemos matado en el cementerio de Almazora; que puede ser el pueblo cercano que se refiere en el sumario aludido, pues Almazora dista tres o cuatro kilómetros de la ciudad de Castellón».
SANTO MÁRTIR
Son unánimes los testimonio que califican de santo y de mártir a don José María Peris Polo.
«Tiene fama de santo. A mí nunca se me ha ocurrido encomendarle a Dios, tan seguro estoy de que está en el cielo; pero cada día me encomiendo a él y encomiendo a los fieles de la parroquia. Tiene asimismo fama de que murió mártir».
«Le mataron por ser sacerdote y ser distinguido por su cargo de rector del Seminario de Barcelona. Goza de fama de santidad y de mártir».
«Sólo pudieron matarle porque era sacerdote. Parece que le mataron por considerarle un sacerdote de categoría, como un obispo, según dijeron los milicianos... Goza completamente de fama de santidad y martirio».
«Le mataron solamente porque era sacerdote. No eran enemigos personales suyos los que le mataron. Goza de fama de santo y mártir».
Dice su sobrina Conchita: «No pudieron matarle sino porque era sacerdote. Mi tío no tenía ningún enemigo, ni se había puesto nunca en política. Goza de fama de santo y de mártir. Por el pueblo se dijo que, cuando lo subieron al coche, apareció alrededor suyo como un resplandor»
«Las matanzas de sacerdotes se debieron al odio a la religión. El Gobierno consintió estas matanzas. Esto no fue para represión del levantamiento. Aquí, en Barcelona, empezaron las matanzas creyendo que los 'rojos' dominaban o iban a dominar pronto toda España».
El sacerdote don Antonio Andújar Gas dice: «Le mataron solamente porque era sacerdote y porque era un santo. Era un sacerdote santo, y plenamente eso, y nada más. Goza de fama de santo, de modo que, aun sin el martirio, se le considera digno de que se le haga el proceso de beatificación. Goza también de fama de mártir».