BEATO CARLO GNOCCHI volver al menú
 

BEATO CARLO GNOCCHI, SACERDOTE
"Junto a la vida, siempre"


Año sacerdotal 2009-2010

Originario de San Colombano al Lambro, cerca de Milán, Carlo Gnocchi nació el 25 de octubre de 1902. Su infancia estuvo atravesada por grandes luchas. Su padre murió en 1907, cuando Carlo tenía sólo 5 años. Dos años más tarde murió su hermano Mario de meningitis. Su hermano mayor Andrea también falleció de tuberculosis. Carlo se quedó sólo con su madre Clementina Pasta. Fue una mujer valiente y, a pesar de que tuvo que vivir en condiciones muy difíciles, no sólo no perdió la fe en Dios sino que llegó a orar de esta manera: "Dos hijos míos los he perdido Señor; el tercero te lo ofrezco para que tú lo bendigas y lo conserves a tu servicio".

Ordenado sacerdote en 1925, fue durante algunos años asistente de oratorio; más adelante, director espiritual del Instituto Gonzaga de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Coherente con la tensión educadora que le hacía presente entre los jóvenes también en situación de peligro, se alistó como capellán voluntario cuando estalló la guerra. Partió primero al frente greco-albanés; después, con el batallón alpino de la Tridentina, a la campaña de Rusia. Salvó milagrosamente la vida a inicios de 1943, durante la gran retirada del contingente italiano de tierras rusas. En esos días, mientras ayudaba a los alpinos heridos y moribundos, maduró la idea de realizar una gran obra de caridad. Se concretó en la fundación Pro Juventute. Don Gnocchi murió el 28 de febrero de 1956. Su última voluntad fue la donación de sus córneas a dos muchachos invidentes cuando Italia carecía aún de legislación que permitiera trasplantes e injertos.


La figura de don Carlo Gnocchi, sacerdote auténtico que puso en práctica las enseñanzas evangélicas ayudando a cuantos se encontraban en necesidad, "sigue siendo de gran actualidad"; "profeta de esperanza" y "héroe de la caridad, continúa inspirando compromiso e imitación".

El "secreto del heroísmo de la santidad" de don Carlo "fue su amor a Cristo":  "Sólo Cristo -dijo- puede ser principio de vida divina para el hombre. Cristo fue para el beato la única aventura de su vida sacerdotal. Fue un sacerdote todo de Cristo, todo de la Iglesia, todo del prójimo necesitado y sufriente", "sacerdote hasta el final"; su ministerio presbiteral "fue un servicio a los jóvenes como educador prudente, como capellán heroico, como benefactor generoso de los niños mutilados. Su incontenible entusiasmo se anclaba en la divina Providencia, a la que contemplaba encarnada concretamente en las personas buenas y generosas". Con "energía creativa" y empuje milanés para hallar recursos humanos y materiales, "era un verdadero empresario de la caridad".

Consumó su vida "en la búsqueda del rostro de Cristo impreso en el rostro de todo hombre". Así fue la existencia de don Gnocchi, quien procuraba descubrir esas facciones en cada soldado; en cada militar alpino -herido o moribundo-; en cada niño violado por la ferocidad de la guerra; en cada pequeño mutilado, víctima inocente del odio; en cada menor fruto de la violencia perpetrada en la inocencia de la mujer; en cada poliomielítico doblado en su cuerpo por el misterio mismo del dolor.
El amor de don Carlo Gnocchi se enraizaba en "la viva conciencia de que en el corazón de cada ser humano habita el esplendor del rostro de Dios. Pero todo cristiano está llamado a amar hasta el final y sin miedo a cada ser humano, sabiendo que en todos existe la huella indeleble del rostro de Dios, Creador y Padre de todos".

Además, el beato milanés supo involucrarse desinteresadamente no sólo en la vida de la Iglesia, sino también en la de la sociedad, cultivando con gran inteligencia el vínculo entre caridad y justicia. Don Carlo fue admirable al poner por obra una síntesis concreta de pensamiento y de empresa, apelando a las diversas instituciones públicas y a la vez a las múltiples formas de voluntariado, estableciendo como criterio necesario e insuperable la centralidad de la persona humana, siempre honrada en la inviolabilidad de su dignidad y en la globalidad unitaria de sus dimensiones -físicas, psíquicas y espirituales-, insistiendo en la labor educativa y cultural como decisivamente prioritaria para el desarrollo auténtico de la sociedad. "Jamás olvidó el privilegio y el mandamiento evangélico del servicio a los "últimos".
"Cristianismo y cristianos activos -un deseo expresado por don Gnocchi-, optimistas, serenos, concretos y profundamente humanos, que contemplan el mundo no como a un enemigo a abatir o del cual huir, sino como a un hijo pródigo que hay que conquistar y redimir con amor".


Don Carlo es el rostro moderno de la santidad. Ha puesto en el centro de su acción al hombre, los hombres, todos los hombres, la fuerza vital del amor, el sueño de la fraternidad y de la solidaridad universal, sin prejuicios ni excepciones.

El 25 de octubre de 2009 fue beatificado en Milán