BALDOMERO JIMÉNEZ DUQUE volver al menú
 

Baldomero Jiménez Duque

Formador de generaciones enteras de sacerdotes de varios países

 

Baldomero Jiménez nació el 25 de agosto de 1911; a los quince años ingresó en el Seminario de Ávila (España). Es en ese momento cuando se aficiona a la lectura de los textos de los místicos abulenses santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz, que marcarán el resto de su vida y trabajo.

Tres años más tarde, decide comenzar estudios de teología. Los formadores del Seminario lo envíaron como alumno a Roma, a la Universidad Pontificia Gregoriana. Allí, residió en el Colegio Español de San José, donde descubrió su pasión como formador de futuros sacerdotes.

A su regreso a España, fue secretario del obispo de Ávila y consiliario de Acción Católica. Fundó la revista «Espigas», dedicada a la pastoral vocacional. También puso en marcha la revista "Cenáculo". Fue nombrado rector del seminario de Ávila en 1942 hasta 1965.

Generaciones enteras de sacerdotes y obispos han tenido en él hasta el final de su vida a su maestro espiritual.

Inculcó a sus seminaristas un amor apasionado por el sacerdocio, con el cultivo de la teología, la historia y la espiritualidad, con una atención especial a los místicos. Fruto de esta pasión son sus publicaciones «Valor del sistema de san Juan de la Cruz», «Ensayos teresianos», «El espíritu apostólico de santa Teresa» y «San José, casa madre del Carmelo teresiano».

Otras obras publicadas por Jiménez Duque fueron «Matrimonio o sacerdocio», «El maestro Juan de Ávila», «El sacerdote en la época contemporánea», «Ávila, castillo interior» y «Ávila mística».

A todo ello, don Baldomero añadió su faceta como director de ejercicios espirituales y como acompañante espiritual: «Despertaba el corazón a horizontes nuevos y encendía el deseo de ser más, de conocer mejor, de acercarse a Dios y de conformarse a Cristo», explica el teólogo Olegario González de Cardedal.

Baldomero Jiménez destacó igualmente por su espíritu misionero, que le llevó a preparar el primer grupo de sacerdotes que se hizo cargo del seminario de Managua (Nicaragua).

Monseñor Demetrio Fernández, obispo de Tarazona, en una carta considera que es «una de las figuras gigantes de la Iglesia española del siglo XX».

«Pequeño de estatura, de alma grande, hombre sabio y prudente, de los que ilustran a la Iglesia, porque son una lámpara luminosa para quienes se han acercado hasta él», afirma el prelado y discípulo suyo.

Muere el 22 de agosto de 2007

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INVITACIÓN

Nuestros jóvenes de hoy tienen algo que interrogar a los místicos. Porque la juventud se ha planteado en serio el problema de la vida. Un problema complejo, que arrastra consigo toda la problemática actual, tan múltiple, tan acuciante, tan difícil. Como nunca, quizá, las soluciones y las respuestas se ofrecen a granel. Pero, como se podía esperar, no todas satisfacen.

Hay una respuesta, sin embargo, que impresiona a todos: la de los místicos. Hoy más que nunca. Hablo de los místicos mayores, de esos espíritus magníficos que, como pocos, tuvieron el ejercicio de la discreción y de la sindéresis, tuvieron la visión exacta y completa del universo, tuvieron una sonrisa de sinceridad viva y caliente en su expresión y en sus comunicaciones. Su testimonio merece una atención y un respeto que hoy ya no se les regatea por nadie.

¿Qué han venido a decirnos los místicos? Nos traen un mensaje de otro mundo mejor, pero un mundo que ellos acercan a nosotros, que ellos testifican como real, como implicado en el nuestro. Al problema de Dios, problema clave de los problemas que nos inquietan, problema que se esconde en la hondura de las agitaciones todas del espíritu humano, a ese problema ellos han aportado una palabra de luz.

Y una palabra de luz es algo excesivamente interesante para el hombre moderno, que ha hecho ya culto filosófico de su propia angustia. La angustia es triste cuando hay que cerrar los ojos ante su tiranía. La angustia es una amiga del alma cuando se la puede superar con gesto dulce y decidido a la vez.

Dios sería, Dios es la solución y la liberación de la angustia. Y el místico habla precisamente de Dios, del Dios vivo, del Dios trascendente, del Dios personal, con el cual él ha conversado cara a cara en mitad de la noche. Su palabra de luz se hace para el hombre camino. Camino arduo y difícil que avanza entre sombras oscuras. Pero el místico está allí al lado para ofrecer su brazo caliente, para decirnos el secreto que él descubrió ya antes en un esfuerzo generoso de amor. La realidad de su vida en Dios vibra en él abrasante, y su irradiación llega a nosotros como un abrazo suave de paz, como un hálito vivificante de pureza.

Por eso la filosofía actual se ha acercado deseosa a los místicos. Les ha preguntado, con acierto o sin él. Ha escuchado reverente su contestación rica y audaciosa, que ha entendido más o menos juiciosamente. Los ha amado en todo caso y con razón. Su sinceridad, su fuego, su lirismo, su verdad, hacen bien. La juventud sincera, ardorosa, brava y florecida de ilusiones a un tiempo, la que quiere resolver afirmativamente los problemas vitales del espíritu, hará obra excelente si se aproxima a esos genios religiosos, superdotados, acogedores y simpáticos que son los místicos.

Por ello, yo os invito, mis queridos amigos, a que de cuando en cuando entabléis un diálogo, por ejemplo, con San Juan de la Cruz.

Baldomero Jiménez Duque