SAN AFRANCISCO DE ASÍS volver al menú
 

San Francisco de Asís

LA ALEGRÍA DE VIVIR EL EVANGELIO

 

¿Cómo es que un hombre del siglo XIII puede en la actualidad arrojar luz sobre el caminar de nuestras vidas?

La imagen que nos brinda Francisco es aquella de ser una palabra de vida para nuestro tiempo, para aquellos hermanos y hermanas del Evangelio que se atreven a trazar senderos nuevos de libertad, de esperanza, de solidaridad y alegría.

Para permitirse vivir esto se requiere dar el salto de la fe, creer. La fe es lo opuesto al miedo. La fe da el coraje de arriesgar todo. La fe es animarse a dejar el timón de la propia vida en manos de Dios, para que él lleve nuestra nave al puerto que más le plazca. Este es el gran salto inicial de Francisco, su conversión fue abrir y sintonizar su deseo con el deseo de Dios.

La fe le permite al santo de Asís experimentar a Dios como amor, un amor que no amenaza su libertad, pero sí lo estructura, lo construye y lo realiza. Experimenta un amor que lo humaniza y lo diviniza al mismo tiempo.

LA FRATERNIDAD, UN ESBOZO DEL REINO

En un contexto cultural en el que la división por clases sociales era muy marcada, incluso dentro de los monasterios y entre los sacerdotes, la fraternidad de los menores irrumpe como una nueva aurora, es un verdadero esbozo del Reino.

Este sigue siendo un gran desafío para toda comunidad que ose llamarse ‘franciscana’ : crear lugares en los que cada persona se pueda percibir a sí misma como hermana. Entonces cada fraternidad, y cada comunidad de cristianos, puede llegar a ser una muestra, humilde y simple, pero real del reino de Dios.

La conversión ‘franciscana’ consiste precisamente en devenir día a día más hermano/a para todos/as. Esto presupone un compromiso directo con los miembros de mi comunidad, con las personas que me rodean, porque estas personas, bien concretas, son las que Cristo ama y quiere salvar contando también con mi ayuda.

La fraternidad es un lugar donde nos dejamos reconciliar con Dios por medio de Jesucristo. Somos pacificados para ser misioneros de la paz. Francisco renuncia a la guerra pero no renuncia a ser un luchador de la paz. Ahora bajo el mando de otro señor, con otras armas y librando otros tipos de batallas.

LA CAPACIDAD DE ASOMBRO

En nuestro mundo y cultura actual la capacidad de maravillarse y de asombrarse parecen ser productos bastante escasos. Nuestra mirada está más bien acostumbrada al desencanto. El canto de la creación parece estar oculto por el barullo de las guerras, los conflictos sociales, los problemas económicos, el llanto de los que sufren, etc. Las realidades han perdido para nosotros su dimensión sagrada. ¿De dónde obtuvo Francisco una mirada nueva? Una mirada capaz de sorprenderse de la creación, de las personas, del presente y del futuro.

La mirada de Francisco es teologal, él ve a Cristo al inicio, en el centro y al final de todas las cosas. Por eso para él la creación no es solamente una cosa buena, bella y sana sino, y sobre todas las cosas, una ‘revelación’ en el cual todo es reflejo de Dios, espejo de su belleza, e incluso signo de ‘mediación’. Francisco recupera la mirada del hombre original. Sin la mirada manchada por el pecado, los seres humanos hubiéramos podido leer esta Palabra como un libro abierto. Pero el pecado ha cegado nuestro corazón y nuestra inteligencia y esto hizo que Dios tuviera que ofrecernos las Escrituras.

Francisco aprende a maravillarse en la intimidad con el Señor. El Espíritu de Cristo purifica su mirada. Es en la mirada de Cristo que le mira donde Francisco reeduca su mirada. También Jesús se ha estremecido por la belleza de la creación de su Padre, y ha visto en esta creación un signo del misterio que él venía a revelar.

La mirada de Francisco es como la de un niño, es capaz de captar los símbolos, que una mirada científica o utilitarista no logra. Para él todo es un signo que indica el camino que conduce a la fuente de la vida.

ALEGRÍA Y SIMPLICIDAD

En Francisco el Evangelio canta un canto nuevo para la humanidad. Este pobre, despojado de toda posesión, sin títulos que lo avalen, sin pretensiones tampoco de conquistar aplausos, canta, reza, alaba, baila de alegría por las calles de Asís, donde la gente lo espía y sonríe socarronamente. Pero también canta y baila sumergido en la soledad de los bosques en el valle. Y también canta, reza y baila ante la almidonada curia romana, nada más y nada menos. ¿Quién se atreve a tanto? Sólo un loco, o un enamorado que vive en su corazón un evento único y extraordinario, un evento que desborda su pequeño corazón y explota en cantos de alabanzas y bendiciones. En Francisco el Evangelio tiene un instrumento afinadísimo y genera una melodía que sintoniza nuestra historia con la eternidad.

Para Francisco Dios es alegría y fuente de toda alegría. La alegría que nos dona el Cristo resucitado es tal que no se detiene por un problema, por un dolor, por una pérdida o por cualquier contratiempo. No es una alegría adquirida o ganada como premio por un triunfo sino recibida en donación, una alegría que brota de una vida nueva que ya no morirá sino que está llamada a la plenitud del gozo eterno junto al Padre.

Una alegría de esta naturaleza le da plenitud a nuestra vida, genera ganas y necesidad de compartir la vida para generar más vida y vida en abundancia. Es una alegría que desemboca en participación, compartir, solidaridad, compromiso, creatividad.

En un cristiano que vive esta alegría y simplicidad evangélica no tiene lugar la hipocresía. Su vida, el contenido de lo que dice y sus acciones estarán en sintonía entre sí, confluyendo en un único mensaje, el mensaje del Evangelio.

 

(Basándonos en el Mensajero de San Antonio, Italia, octubre 2008)