REPORTAJE A MOSEN SOL por José María Javierre
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REPORTAJE A MOSEN SOL

por José María Javierre

Madrid
1987




Indice




UN CURA BUENO Y AUDAZ
USTEDES IGNORAN QUE SON DESGRACIADOS (1836)
DOS APELLIDOS DE FIESTA: «DOMINGO» Y «SOL» (1836)
EL TALLER DE CARPINTERO (1836–1851)
LA MONJA QUE ALBOROTO TORTOSA (1851–1858)
EN SEGUIDA SERA «MOSEN SOL» (1857–1860)
DESTINO, LOS JOVENES (1860–1867)
HAN DESATADO UN HURACAN (1868–1869)
PRIMER VIAJE A ROMA (1870–1872)
DE GUERRILLERO A ESTRATEGA: GOLPE DE TIMON (1873)
VA A METERSE EN UN LIO GORDISIMO (1873–1876)
VILAMITIANA NUNCA OLVIDARA (1877–1879)
«BAÑETA» LE TEME AL GIMNASIO (1880–1883)
EL AÑO LOCO DE MOSÉN SOL. FUNDA LA HERMANDAD (1883)
DE COMO EN SUS BODAS DE PLATA MOSÉN SOL REGALO A UNA MONJA DE CLAUSURA UN QUESO RANCIO (1884–1885)
GENERAL... DE CINCO SOLDADOS (1885–1886)
LA ZARABANDA DE LOS COLEGIOS DE ESPAÑA (1887–1888)
PROYECTO ROMA (1888–1890)
AQUEL AÑO TERRIBLE, DON MANUEL ENCONTRO EN ROMA SU «SAN RAFAEL DEL COLEGIO» (1890)
EL LINDO PALACIO DE LOS ALTEMPS (1891–1894)
LE CRECE LA FAMILIA Y «BAÑETA» SE ENRABIA (1893–1898)
VIEJO SIN DARSE CUENTA (1897–1901)
MOSÉN SOL POR DENTRO
UN DIA TUVO QUE MORIR (1901–1909)


1


UN CURA BUENO Y AUDAZ



VOY A CONTARLES la historia de un sacerdote.
¿Y que le importan hoy los curas a la sociedad española?
   Estos días publican los periódicos un recorte de revistas americanas donde un equipo de sociólogos afirma que más de una tercera parte de los sacerdotes católicos del mundo somos secretamente homosexuales. Los otros dos tercios tampoco parecen demasiado de fiar en el cumplimiento del celibato; por lo visto, aumentan las escapadas de párrocos al Brasil en compañía de una rubia: ¡que ganas de broma!
   Voy a contarles la biografía de un cura que hace ahora den años vivió en la pequeña ciudad española llamada Tortosa, donde llega el Ebro a morir en el mar.
Le decía mosén Sol.
   Los labriegos de Cataluña y Aragón inventaron para sus curas este apelativo «mosén», utilizado en la Edad Media con significado de «monseñor», «mi señor»: primero fueron «monseñor» los reyes, luego los nobles, por fin el obispo. De «monseñor» los labriegos derivaron el término familiar «mosén» («mosen», con acento en la o, decían por mi tierra aragonesa) y lo aplicaron a los párrocos:
   –«Mosen» –me dijo tío Tomás, el sacristán, cuando llegué de cura jovencillo–, hace mucho en un pueblo la sotana de un cura.
   «Mosén Sol» llamaban en Tortosa a don Manuel Domingo y Sol, el sacerdote cuya historia voy a contaros en este reportaje.
   Había «mósenes» de carrera completa y «mósenes» de carrera larga. Don Manuel fue «mosén» de carrera completa. En mi familia, un «mosen Jacobo» de carrera corta, a quien el obispo hizo cura los años de la revolución, mediado el siglo XIX, cuando empezaron a escasear los párrocos y no había para todas las aldeas. El sistema para fabricar mósenes de carrera corta fue muy sencillo: el obispo elegía un buen hombre de la aldea que se hubiera quedado viudo sin hijos o ya los tuviera colocados y casados. Lo traían al seminario de la capital y en tres o cuatro años le enseñaban media docena de cosas: un poco de latín, suficiente «para leer en misa la epístola»; los sermones imprescindibles, o sea, una breve homilía de comentario evangélico cada domingo, y una prédica larga de hora y media en honor del patrono del pueblo, que casi siempre, al pie del Pirineo, correspondía a San Antonio Abad, protector de los animalitos, o a San Blas, que me parece que curaba los dolores de muelas –acaso se ocupaba San Blas del mal de gargantas o de las mordeduras, no estoy seguro–. A veces, los mósenes de carrera corta se trabucaban diciendo la homilía, como le ocurrió a mi querido mosen Fierro, que cambió así un domingo los números del evangelio:
   –Y entonces nuestro Señor, con cinco mil panes, dio de comer a cinco personas.
El alcalde comentó, apoyado en la barandilla del coro:
–Mosen Fierro, ese milagro también lo hago yo.
   Tragó saliva el pobre cura, se puso colorado y llevó adelante la misa.
   Al año siguiente, mosen Fierro miró de reojo antes de comenzar su homilía de multiplicación de los panes y los peces; vio que su alcalde estaba, como siempre, apoyado en la barandilla del coro. Mosen Fierro marcó cuidadosamente las cifras:
   –Y entonces nuestro Señor, con cinco panes, dio de comer a cinco mil personas.
   Dejó a la iglesia unos segundos en silencio, y mirando socarrón, preguntó al alcalde:
–Alcalde, ¿este milagro también lo harías tú?
   Las viejecillas se reían por lo bajo; mosen Fierro la gozaba. Pero el alcalde respondió:
–Sí, mosen Fierro, con lo que sobró del año pasado.
Cuando verdaderamente lo pasan bien los feligreses era oyéndole a mosen Fierro tronar desde el púlpito la historia de San Antonio Abad el día del patrono. Tenía~ tal éxito, que del pueblo vecino lo llevaron para que les contara la historia de su patrono San Blas. A mosen Fierro sólo le habían enseñado en el seminario San Antonio Abad, pero no se asustó. Dijo a los labriegos desde el púlpito:
   –Celebramos la fiesta de vuestro patrono San Blas, que fue un gran santo, igual que el patrono nuestro San Antonio Abad; los santos son muy amigos entre ellos. San Blas fue amigo de San Antonio, así que voy a contaros la historia de San Antonio Abad.
Y soltó su sermón.

CUANDO NACIO EN TORTOSA mosén Sol, las madres contaban a los niños cómo le gusta a la Virgen María proteger en la cuna a los pequeñines que, pasando el tiempo, llegarán a ser sacerdotes. También mi madre lo sabía, y me aseguró que cada noche, mientras los niños duermen, la Virgen baja de puntillas, se acerca a las cunas, se queda mirando a los pequeñines que serán sacerdotes, los acaricia y les deja un beso en la frente.
   Ahora resulta que, según los sociólogos baratos de las revistas americanas, cuando crecemos acabamos homosexuales o fugándonos con una rubia a las playas de Brasil.
   Hoy la famosa secularización ha puesto patas, arriba las tradiciones religiosas de la familia. Pero mosén Sol enseñó a sus seguidores que su madre, y la mía, tenían razón, y que la Virgen quiere mucho a los niños que serán sacerdotes, y que la gran mayoría de los sacerdotes son fieles, guardan su compromiso y no se fugan al Brasil.
   A la mujer judía de mi amigo Benno le interesaba conocer esta «psicología profunda» de los sacerdotes católicos.
Benno es uno de esos judíos inteligentes y eficaces que han recorrido veinte veces el mundo para juntar los ladrillos con que edificar el nuevo Israel. Yo sé que Benno se entregó fervorosamente a este trabajo porque a sus espaldas quedaba la tragedia de su familia, aniquilada por los nazis en las cárceles de Viena. Benno habla siete idiomas, escribe reportajes agudos, milita en el socialismo. No tiene fe ni practica la religión judía. Acude a las sinagogas algún sábado y participa en las festividades solemnes de la comunidad cuando le pillan en ciudades de Occidente, porque adora la historia de su pueblo y comprende que los judíos esparcidos por las esquinas del planeta tienen que defender los pocos vínculos que les dan cohesión, es decir, el idioma hebreo y la «fe histórica». El hebreo se ha puesto Benno a estudiarlo con ahínco, y las tradiciones de su pueblo las escudriña y las recoge con piedad filial. Me ha explicado varias veces que para él la fe de Israel está integrada por ese conjunto religioso natural de ideas y hechos contenidos en la Biblia y comentados en los libros judíos, un depósito sagrado, inviolable y excelso. No importa que un «ortodoxo» del barrio de Mea She'arim sea fanático y Benno racionalista incrédulo. Pertenecen los dos al pueblo elegido y participan los dos en su riqueza cultural. Yo he visto a Benno llorar de emoción ante esta mezcla apasionada de colores y sueños freudianos que son las vidrieras de Chagal en la nueva sinagoga de la clínica universitaria de Jerusalén.
   Benno me había escrito que se había casado con una actriz destacada del teatro norteamericano, judía de origen ruso. Tienen un niño. Me apetecía verles, avisé que iría a pasar un día en su casa.
   Benno y su mujer representan el Israel moderno, en sintonía con otros intelectuales de otras parcelas históricas: sensibles, educados, respetuosos, fríos..., pero enormemente interesados en saber qué hay debajo de los creyentes, qué rescoldo nos queda, qué testimonio podemos ofrecerles.
   Benno quiere conocer los conflictos que a un hombre de nuestra época le plantea su fe, las situaciones de roce entre la religiosidad y las formas culturales, el alcance de nuestra confianza en la providencia, la sumisión de una cabeza crítica a las jerarquías dogmáticas y disciplinares de la Iglesia católica, el compromiso nuestro con los errores y las fechorías de nuestros antepasados, si rezamos, si oramos a Dios, y cómo oramos, cómo se reza...
   Ella guarda en su castillo interior una huella de religiosidad adobada con experiencias estéticas; le interesa conocer la psicología de un sacerdote católico, de un hombre que le ha dicho su marido soy yo por el mundo adelante, cara a las realidades acuciantes y arriesgadas de nuestro tiempo, y, sin embargo, convencido de que maneja de codos sobre el altar misterios altos con presencia divina; le interesa preguntarme si lo creo de verdad, si perdono los pecados de parte de Dios, si pronuncio las palabras terribles de la consagración sobre el vino y el pan y si después doblo la rodilla no ante un símbolo hermoso, sino ante una realidad creída; le interesa, y se ruboriza un poco, la confidencia en torno a la vida sentimental de estos sacerdotes ofrecidos con un voto de castidad, si es posible la castidad, y cómo se miran desde esa torre la primavera y el otoño...

LES CUENTO ESTAS COSAS porque la razón existencial de don Manuel Domingo y Sol estuvo íntegra en dar a la Iglesia, y al mundo, «muchos y santos sacerdotes».
   Los creyentes nos hemos puesto a trabajar después del Concilio codo a codo con toda la gente de buena voluntad para intentar entre todos darle paz y esperanza a esta familia que somos amenazada de muerte.
   Buscando conseguir una sintonía perfecta con los no creyentes y situarnos en el mismo plano suyo, era preciso un esfuerzo que llamamos «secularización». Hay que separar los aspectos religiosos de nuestra existencia, que son asunto particular de los cristianos o de los asociados a cualquiera otra creencia, y ocuparse de las cuestiones temporales «en pie de igualdad», contribuyendo cuanto podamos a remediar esos males sociales, es decir, el hombre, la injusticia, la incultura, el paro, que muerden a los desvalidos.
   Llevamos pocos años y ya es preciso reconocer que lo hicimos bastante bien, hemos contribuido seriamente a corregir defectos del panorama mundial y nacional en lucha limpia por una mejor distribución de la riqueza y a favor de los derechos humanos. Los no creyentes están convencidos de que los cristianos son gente de buena fe, y hasta llegan a rasgos de simpatía tan conmovedores como atribuir a la madre Teresa de Calcuta el premio Nobel de la Paz por su dedicación heroica a los marginados de la India.
   Pero este esfuerzo de fraternidad nos ha creado graves problemas en el enfoque interno, familiar, de nuestra comunidad religiosa. Hemos acertado a comprender que Dios creador ha dotado a la historia de un ritmo seguro y cabal, entregándonos el universo para que con un trabajo inteligente construyamos en el un habitat digno del hombre. Sin embargo, quizá hayamos olvidado que por la fe Dios Padre continúa mezclado, presente y comprometido en la biografía personal de cada uno de los creyentes, y también, a través nuestro, en el resultado final de los esfuerzos realizados sobre el mundo. La secularización nos ha desacralizado; he aquí el problema; nuestro más serio problema.
La famosa secularización nos convierte en unos creyentes educados, respetuosos, dialogantes, afectuosos, nada conflictivos... y bastante tibios. Hemos abandonado el fervor religioso. Lo hemos apagado. Por eso renunciamos al apostolado, a la siembra de nuestro mensaje, a la misión que Jesús nos encomendó de esparcir jubilosamente sus palabras por todo el horizonte. Ahora más que nada nos preocupa no molestar. Y me parece bien que seamos gente educada, faltaría más; cada tiempo trae sus exigencias, y no vamos a pensar que los métodos de la Inquisición se ajustan al evangelio mejor que el diálogo ecuménico. Pero en el núcleo de nuestra fe cristiana hay las brasas de aquel amor expresado por el más bello soneto que jamás se escribió en lengua mortal: «Tú me mueves, Señor; muéveme el verte ... » Quienes hemos abierto el corazón a las bienaventuranzas, quienes miramos los «retratos» de la Virgen sabiendo lo que hay detrás, quienes al menos una vez al año caminamos con Jesús cruz a cuestas hacia el Calvario, esta rara especie de hombres y mujeres bautizados por el agua y el Espíritu Santo nunca, si no apagamos la fe, podremos considerarnos seres completamente normales. Sencillamente no lo somos. Y mal síntoma que hayamos dejado morir la hoguera del fervor en nuestro pecho.

¿Y LOS SACERDOTES? Los sacerdotes atravesamos ahora mismo una etapa tormentosa. Muchos hermanos nuestros colgaron los hábitos, abandonaron el ministerio al que habían consagrado su existencia y se han casado. Lo cual tenía que originar por fuerza desconcierto entre los fieles. Pero el aspecto más delicado nos afecta a los sacerdotes que permanecemos en nuestra vocación. Llevamos algunos años preguntándonos cual ha de ser «la imagen» del sacerdote en nuestros días. No la imagen por fuera, sino la imagen por dentro, lo que llaman los filósofos «nuestra identidad» como sacerdotes. De un lado, la revisión de algunos principios teológicos acerca del carácter sacerdotal, y de otro, el esfuerzo de secularización de que antes hablé, han puesto temblorosa la brújula que guía nuestros pasos.
   Los modos de vida de la sociedad española han evolucionado a un paso gimnástico y, por tanto, la presencia del sacerdote se halla condicionada por unas circunstancias que nada tienen que ver con el siglo XIX.
Sólo a primera vista.
   Porque el mundo dará muchas vueltas, pero «el sacerdote santo» resultará, pase lo que pase, un espectáculo humano. Y quién sabe si, en definitiva, toda la querella de nuestra identidad no se reduce a que aceptemos o no aceptemos cumplir la estampa del cura cabal.
A mosén Sol le veneramos sus discípulos porque nos dio, de palabra y de obra, la estampa del cura cabal, del sacerdote bueno y audaz, del sacerdote santo.
   Fue un hombre bueno, hasta su sentido del humor le ayudaba a vivir la «humanidad» del sacerdote. Pero jamás perdió de vista sus funciones de «mediador ante Dios». El sacerdote no serviría para representar los hombres ante Dios si él no perteneciera a la raza. Toquemos el fondo siquiera un instante: Jesucristo necesitó ser hombre para sacrificarse ante el Padre en nombre y a favor de los hombres. Así resultó que la hostia en ese sacrificio consumida era al mismo tiempo, por un juego de prodigios, hostia manchada y hostia aceptable. Los sacerdotes participamos y prolongamos el sacerdocio de Cristo. ¿Cómo decirlo? Los alemanes utilizan en su conversación ordinaria una palabra magnífica: «Haupt», cabeza, jefatura, principalidad. Recuerda una fórmula de fundamental contenido utilizada en filosofía escolástica y que no me atrevo a copiar aquí. Porque son de aquellos latines que desmayarían a Horacio. Dicen, por ejemplo: «Hauptschlüssel», llave maestra, la llave «esencial» que gira en todas las cerrajas de la casa y abre todas las puertas, la llave que luego copian y participan todas las demás con un diente o una vuelta característica mediante la cual–se diferencia de otras llaves comunes, pero no de la «Hauptschlüssel», ese milagro de llave que es como la idea platónica fundida en bronce. Digamos que Cristo es el «Hauptpriester», sacerdote «esencial», y habremos dicho poco más o menos lo que sería largo de explicar.

HOY LOS SACERDOTES vivimos circunstancias distintas de las que vivió mosén Sol. ¡Han ocurrido tantas cosas en cien años!
Hay un tipo de sacerdote que pudiéramos llamar normal, de Vida ordenada, fecunda. Realiza su jornada en un clima perfectamente ajustado a los esquemas clericales: se levanta temprano; tiene su rato de oración antes de misa; celebra; atiende a los fieles en el confesonario; gasta horas de paciencia con las viejecitas que llegan a él, con las muchachas que dudan si irse al convento y ven temblar su alma clara cuando la primavera trae el amor desconocido, y los sábados consigue que alrededor del confesonario se turnen los mocetones de la parroquia para decirle sus pecados con palabra malhumorada. Nuestro señor cura visita los enfermos, conoce las preocupaciones de la familia, lee el periódico y el boletín oficial del Obispado, recibe algunas revistas del extranjero y cuando el sol aprieta a mediodía se sienta a comer y puede permitirse el lujo de una siesta tranquila. Por la tarde da la lección de catecismo en la escuela, dirige el rosario de la iglesia, pasea mientras a sol poniente recita el breviario, se retira a su casa entre dos luces y todavía le quedan unas horas serenas para escuchar la radio y volver a la oración que abrió el día. Por dentro, la estructura de este sacerdote responde a la imagen que de él se hacen los fieles: es un hombre honesto, sacrificado, bueno, con afán de que sus feligreses sean mejores y sufre cuando no puede llevar el remedio que los cuerpos y las almas necesitan. Es un ejemplo vivo de oración, de amor a la Iglesia y bajo las cenizas de los días monótonos conserva encendidas sus brasas.
   Este sacerdote, humilde cura de pueblo o glorioso canónigo rutilante, está amenazado por dos peligros:
   El primero, que la seguridad doctrinal recibida en el seminario le haya dado de la filosofía y de la teología una visión frívola, superficial: puede él pensar que los problemas formidables de la vida y de la muerte sólo son en realidad temas teóricos que literatos y pensadores pusieron en pie por divertirse; como un estudiante de medicina que no se diera cuenta de que la anatomía antes que asignatura es una realidad de tejidos y tendones que están ahí, vivos, palpitantes. Entonces el sacerdote pretende aplicar a cada uno de los casos que tropieza una receta previa, sin comprender que los secretos del corazón no pueden encasillarse en la camisa de fuerza de las matemáticas.
   El otro peligro es interior: que el sacerdote se deje ganar por el clima apacible de la vida burguesa, que renuncie a todas complicaciones, que se acople calculadamente a una vida cómoda en este mundo mientras asegura la reserva de plaza para el otro. Entonces la vida del sacerdote se tiñe de tibieza, se fía de Dios «hasta cierto punto», sin perderse jamas, sin soltar amarras, navega en aguas provisionales.
   La vida de los hombres tranquilos es larga, y cuando un sacerdote supera estos peligros, se hace santo; aunque no realice milagros, las gentes le comprenden y le quieren, la iglesia recibe honor por él, limosnero, caritativo, sufrido, bondadoso, paciente, generoso.
Pero hay otras vocaciones. Hombres llevados al riesgo por una voz implacable. Sacerdotes «de frontera»; son vigías de la esperanza, los más fecundos, los condenados a muerte en la hoguera. Lo dijo Rilke. Abajo, los habitantes del mundo vulgar no saben porque nada se ha movido, no hay ruido en las puertas que se abren y se cierran sin chirridos, las chimeneas duermen, nadie sacude el polvo de los caminos, todo está quieto; pero estos hombres escogidos sienten ya que los vientos galopan y los adivinan, y se preparan a afrontarlos, son «banderas divisadas desde lejos», escuchan la oleada del mar que viene, «están del todo solos en plena tempestad». A este sacerdote la misa de cada mañana le espanta, le aturde la proximidad del misterio, tiembla su alma cuando ha de repetir las palabras pacíficas sobre el pan y el vino, teme que un día van a resonar en las bóvedas de su alma las voces que hicieron temblar a los profetas del Antiguo Testamento. A este sacerdote le ha sido concedido buscar de manera misteriosa qué es el amor que los hombres anhelan, también ha probado qué es el amor que a los hombres atormenta. El sabe que puede «tocar» el alma en carne viva, él posee la clave de las lágrimas y de la risa. A este sacerdote le crece cada día un gran temor, tiene miedo de Dios, se teme a sí mismo, teme a los hermanos, a los hombres que en cualquier momento pueden venir a él, a exigirle a él, a buscarle a él, para que sea instrumento de salvación, y quizá él no lo sepa, quizá él no pueda, quizá él no acierte con la palabra, quizá no encuentre a tiempo la caricia que podría remediarlo. A este pobre sacerdote le tiembla el alma por el fracaso de Dios y el fracaso de los hombres, él quiere escapar, él quiere huir, se dejaría triturar, pero a nada conduce... Para este sacerdote no hay más refugio que la vida contemplativa. No porque allí vaya él a descansar, sino para que llore a solas y a gusto.
   Va a quedar en hombre de historia incompleta: la huella que ha dejado en la tierra no importa, el aire apenas guarda de él un recuerdo, se cuentan anécdotas de cuando era joven y no queda nadie que tenga escrita la dirección de la casa donde él vivió. Cuando todos le hayan olvidado, es posible que por su ausencia florezca una rosa de primavera y sea más clara el agua del torrente. Está perdido, sin remedio, se fue para no volver. Pero al caer en el vacío, lo dijo Rilke, «alguien con dulzura infinita recibe en sus manos esta caída».
Supongamos que este sacerdote se queda en el mundo a vivir en trincheras de vanguardia. Entonces, para ser fiel a sí mismo, ha de –levantar la mirada por encima de los límites de las parroquias conquistadas y preguntar por los hombres alejados. Ha de entrar en las madrigueras, ha de saltar sobre los montes, sus hermanos le necesitan para que les acompañe en el viaje a los espacios, para que descienda con ellos a las minas y entre en los tugurios y suba a los palacios, ha de saber sus cosas, conocer las gentes que pueblan el siglo XX, entusiasmarse con sus glorias, sus arriesgadas aventuras, vivirles a ellos, compartir su amor y sus tristezas. El descubre que muchas de aquellas palabras que apenas oyó pronunciar en el seminario, literatura y política y teatro y música y cine, economía y finanzas, técnica e investigaciones, aquellas palabras enigmáticas son la hoguera donde los hermanos queman su existencia. El sacerdote que ha sido mordido por estas inquietudes no puede descansar tranquilo en el ambiente clerical donde se cumple un escalafón que va de coadjutor a párroco, de párroco a canónigo, quién sabe si de canónigo a obispo. Este sacerdote ha de gastar su día por mil senderos extraños hasta caer en la noche desgarrado, abatido, cansado, sólo le queda dentro por tesoro una llama siempre encendida, una sonrisa intocable. Es el hombre de las fronteras, no puede quedarse quieto con aquellos panes y aquellos peces que se multiplicaron un día en la página del evangelio, mientras todo es hambre alrededor, no puede guardar para sí el agua fresca del pozo y dejar los labios resecos.
   Hace falta que esté bien preparado para recibir golpes por todos los costados. Será un perro perseguido a pedradas.
   No le entenderán, por supuesto, los hombres a quienes desea hacer bien. Extraño sujeto que pretende repartir amistosamente la ternura entre gentes que hasta el amor lo entienden de manera egoísta, según aquella máxima de Chanfort que provocó la cólera de Robespierre: «O eres mi hermano o te asesino»; porque incluso la fraternidad ha de ser en nuestro mundo violenta. Todos le preguntarán qué compra y qué vende; todos indagarán sus intereses ocultos, le tantearán, pondrán precio a su alma. En las noches de fiebre sentirá en las sienes el galope histérico del rock and roll, reconocerá los fantasmas de Sergio y Edit, los jóvenes amantes que murieron ahogados en el río porque llegó él con unos minutos de retraso; será un hombre fracasado, casi siempre fracasado. No podrá con el mundo, con los viejos incrédulos, con las porquerías de los hombres decentes, con los jóvenes –rebeldes, con los niños a quienes se enturbia la mirada.
Los suyos, los de casa, católicos de siempre, tampoco le entienden, tampoco le comprenden: que por qué anda en vericuetos; que por qué pone en peligro la paz de su horario, quién le manda a él, quien le ha señalado para la misión peligrosa estos métodos nuevos, este afán de novedades, parece mentira que no se vea ridículo, y mucho será que no griten al hereje.
   Sin levantar la mirada, repito pausadamente unos versos del Libro de Horas, de Rilke:

Pero tú, tú te complaces en todo rostro
que sirve y tiene sed.


   Nuestros amigos suelen medir la temperatura religiosa de un sacerdote «por las obras que hace»; su testimonio, el testimonio que da. Quizá debieran atisbar además la presencia profunda de Dios que ha invadido la existencia de un hombre llenándole de resonancias.
   Al rematar este reportaje habré contado la historia de mosén Sol, un cura bueno y audaz: él creyó sinceramente que valía la pena vivir en las fronteras del misterio.






2


USTEDES IGNORAN QUE SON DESGRACIADOS (1836)



USTEDES lo ignoran, pero son gente muy desgraciada: por no haber nacido en Tortosa. Lo dijo en dos versos graciosísimos un poeta local del siglo XIX:

¡Quina desgracia sería
no haber nascut tortosí,


Mosén Sol nació feliz, nació en Tortosa.
   Esta manía de considerar su patria chica el territorio más hermoso del mundo no –es privativa de los españoles. Los habitantes de cualquier repliegue del planeta consideran insuperable su propia región. Los periodistas conocemos casos de ciudades tan satisfechas de su entorno vital, que no cambiarían por nadie aunque de vez en cuando les acosen las desgracias. Por ejemplo, Munich en el centro de Europa y Sevilla en el sur de España. Nada digamos de Bilbao: los bilbaínos clásicos demuestran la humildad de Jesucristo explicando que nadó en Belén pudiendo nacer en Bilbao. Los bávaros fetén tienen lástima de todas las personas obligadas a vivir fuera de Munich. De Sevilla, qué voy a decirles si a mí me tiene cazado, y sin renunciar a mis raíces aragonesas me considero exiliado cuando resido más arriba de Despeñaperros.
Pues ahí está Tortosa: «¡Quina desgracia sería ... !»
   Hijo de labriegos, Manuel Domingo y Sol nadó en Tortosa la
madrugada de un viernes santo, el 1 de abril de 1836.

NO ERAN exactamente labriegos, es decir, no eran sólo labriegos: además de cultivar el pequeño lote de tierra que la mujer, María Josefa, le trajo como dote, el señor Domingo, Francisco de nombre y Domingo de apellido, ganaba su pan con un tallercito de carpintería dedicado a construir carretas y remendar toneles.
Gente sencilla, discretamente acomodada.
Y cargados de hijos.
   Francisco Domingo, hijo y nieto de carpinteros, había casado el verano de 1817 con Josefa Sol, de familia labradora. El día de la boda Francisco tenía veintisiete años; Josefa, dieciocho.
Se cargaron de hijos, doce en total.
   Manuel nace el año 1836, con el número once de la pollada familiar: seis años más tarde nacerá la chiquitina Josefa, última de la serie.
   Cuando nace Manuel, su padre el carpintero señor Domingo cuenta cuarenta y seis años; lo gana bien, dándole a la sierra. Señora Josefa, matrona pía y cariñosa, ha cumplido treinta y siete; cría los hijos, cuida la casa y cumple puntualmente las prácticas religiosas tradicionales en Tortosa.

TORTOSA.
   España se ha portado regular con Tortosa. Tirando a mal. Verán por qué.
   A Tortosa las guerras le zurraron la badana de lo lindo. Será a causa de su posición estratégica, colocada como está en la salida del Ebro hacia el mar. El caso es que a lo largo de los siglos, cada cisco nacional le ha mellado sus carnes. Y la última guerra, nuestra civil de 1936, a poco arrasa por completo la ciudad y la deja en campo yermo.
Pues la compensación no estuvo a la altura de tanto sufrimiento. Saqueos, sitios, asaltos, le valieron algún título ilustre de «fidelísima y ejemplar», además de un marquesado que iba unido a los reyes de Aragón y pasó a los monarcas de España. Pero a la hora decisiva de reconocer su categoría haciéndola cabeza de provincia, los topógrafos de Cea Bermúdez que dividieron el suelo de España el año 1833 ni echaron cuenta de la geografía ni de la historia, y dejaron a Tortosa como un apéndice meridional de la provincia de Tarragona. Los tortosinos todavía se duelen de aquella división arbitraria, ya que su ciudad preside una comarca perfectamente configurada.
Por favor, echen ustedes un vistazo al mapa.
   Ocupa Tortosa la presidencia de un amplio valle escoltado Por dos cordilleras, una a la derecha y otra a la izquierda del Ebro, cuando ya le faltan al río sólo treinta kilómetros para desembocar en el mar.
   La cordillera de la orilla derecha, escabrosa, procede del sistema central y alcanza alturas de mil quinientos metros. La cordillera de la orilla izquierda, con alturas suaves, prolonga la sierra de Cardó por cabezos –coll de l'Alba, coll de Santa Catalina– de doscientos a trescientos metros.
   El valle está ya a sólo una altura de siete metros sobre el nivel del mar, lo cual da origen al accidente geográfico más importante del Mediterráneo: el río se abre en un delta inmenso de trescientos kilómetros cuadrados, con forma de triángulo equilátero. El cauce fundamental del río corta el triángulo en dos zonas atravesando la plataforma céltica en dirección oeste–este, y los dos lados del triángulo se retuercen en dos amplios ganchos de arena, dando origen a puertos naturales, Los Alfaques a la derecha y el Fangar a la izquierda.
   El Delta es fenómeno geológico reciente: hasta el siglo vi antes de Cristo, la desembocadura del Ebro constituía una amplia boca cuaternaria, y Tortosa era puerto de mar. Convertida luego en puerto fluvial, sirvió de salida a los productos del bajo Ebro, vinculada, estrechamente a la economía de una amplia zona repartida hoy entre las provincias de Zaragoza y Teruel.
   Como ven, la comarca parece claramente definida, con un área grande vinculada a Tortosa, capital del Bajo Ebro. Cualquier ciudadano razonable hubiera comprendido que la naturaleza tenía trazado el contorno de una provincia. De hecho, los habitantes, que valoran su vinculación a la cultura catalana y mantienen una relación amistosa con la parte septentrional de la región valenciana, sostienen ardorosamente su manera peculiar de ser, su idioma propio, sus costumbres tradicionales; y pasan de padres a hijos una definición rotunda: «Som los de sempre, som tortosins».
   Así de claro: «Ni catalans, ni valencians: ¡tortosins!». Echan mano de recuerdos históricos: «Som los mateixos que · ls Reys portaren a la vanguardia contra ‘ls muslins ». Y como si de un juramento sagrado se tratara, así rezan: «Som fills del riu».
Hijos del río, qué bello.       1
   No les valió, de nada les valió: los políticos de Madrid, que siempre saben más que nadie y deciden cuando les da la gana, destrozaron la «provincia» de Tortosa repartiendo su territorio natural entre las de Tarragona, Zaragoza, Teruel y Castellón. Parece una bobada, pero no lo es: a Tortosa le cortaron el desarrollo administrativo que la presencia burocrática desencadena y la dejaron reducida al peldaño inferior de partido judicial. Paciencia, así es la política.

NO PERFECTO, porque efectivamente la última guerra civil destrozó la ciudad, pero todavía conserva Tortosa un aire clásico. Al visitante del casco antiguo le da la impresión de ciudad limpia como pocas en España.
   La familia Domingo–Sol vivía en una callecita de este maravilloso laberinto, calle del Angel. Desde mediados del siglo XIV hay constancia en viejos pergaminos de una devoción especial de los tortosinos al Santo Angel, protector de su ciudad. Los Domingo–Sol tenían la casa justo frente a una capilla dedicada al Santo Angel, de ahí el nombre de la calle.
   No sería fácil hacernos hoy idea de cómo sería Tortosa por aquellos años, cuando no habían sido derribadas las murallas que cercaban su casco histórico, si nos faltaran dibujos de la época. Los tenemos, miren qué cosa, gracias a dos topógrafos –entonces no los llamarían así– del ejército francés. Dos grabados preciosos que reproduzco para ustedes; les ayudarán a entender cómo estaba trazada la ciudad.
   El primero es un plano levantado a mitad del siglo XVII, cuando las tropas francesas del mariscal Lamotte sitiaron Tortosa, que permanecía fiel a Felipe IV en la sublevación de Cataluña. El otro es un grabado que describe la colocación estratégica de las defensas de la ciudad al sitiarla el mariscal napoleónico Souchet los días heroicos de la Guerra de la Independencia.
   Con estos documentos a la vista, el trazado de Tortosa se ve clarísimo: una plaza fuerte al costado del río. La muralla rodea el casco urbano con varías torres de defensa vigiladas desde el Zuda, el gran castillo que a la izquierda del perímetro se pega al río. Los montes a la espalda y el río de cara. A los franceses los trajo locos. El mariscal Souchet formalizó el sitio al mando de un ejercito de diez mil hombres dotados de artillería, y tardó once meses en conquistar la plaza. Tortosa tuvo, como Zaragoza, su heroína, Cándida Ja Titaia», que recorría las murallas enardeciendo a los defensores y los acompañó en salidas arriesgadas. Cándida cuenta con antecedentes remotos en la historia de Tortosa: en 1149, al año de la reconquista, los moros intentaron recuperar por sorpresa la ciudad perdida mientras el conde Ramón Berenguer andaba empeñado en el asalto a Lérida: los tortosinos aguantaron firmes la presión de la morisma, sostenidos decisivamente por sus valerosas mujeres, a las que el conde premió con la Orden local del Hacha, insignia que podrían lucir pintada o bordada en sus túnicas de fiesta.

QUIZA sea el momento oportuno para que, antes de ir a bautizar el hijo recién nacido de señora Josefa Sol, demos un rápido vistazo a la historia de Tortosa.
Historia noble y antigua.
   Parece seguro que en tiempos de maricastaña Tortosa fue cabeza del territorio ocupado por la tribu ilercabónica desde la parte inferior de la actual provincia de Tarragona hasta el río Palancia, cerca de Sagunto, alcanzando por el interior los pueblos aragoneses que hoy hablan catalán. Los ilercabones eran una familia ibera, peludos antepasados nuestros.
   El emplazamiento de la tribu ilercabona –demonio con la palabreja– resulta dudoso por culpa de los romanos: las referencias de Tito Livio y Estrabón a la ciudad «Hibera» establecida «a orillas del río» están embarulladas. De todos modos, Escipión el Africano asentó un núcleo poblacional a la izquierda del río sobre chozas iberas, encantado con las excelencias estratégicas de la colina que llamaron la Zuda: los romanos pusieron a su nueva población el nombre «Dertosa», todavía discuten los filólogos por qué; julio César le dio categoría de «ciudad» y dictado de
«Julia». Augusto antepuso «colonia», así que el título imperial quedaba redondo: «Colonia Julia Augusta Dertosa», estratégicamente valiosa, desde luego, con las aguas del río mansas y mezcladas a las del mar cuando subía la marea.
   Pasaron visigodos, bizantinos, judíos... Los árabes la conquistaron entre el 717 y el 718: asentaron allí un campamento fronterizo del califato de Occidente, que a principios del siglo IX aguantó el asedio de las huestes galas de Ludovico, Pío.
   Disuelto el califato, Tortosa fue cabeza de un reino de taifas importante, a veces aliado de Zaragoza, Valencia o Denia, a veces solitario. Sus reyezuelos acuñaron moneda, fomentaron las letras y las ciencias, crearon industrias de tejidos, seda, impulsaron el comercio por vía fluvial con Zaragoza.
. Fueron en total cuatro siglos de civilización árabe, que dejó huellas profundas: todavía en los años de la primera mitad del siglo XIX, cuando vamos a cristianar el nuevo niño que a los Domingo–Sol les ha nacido en la calle del Angel, los campesinos de Tortosa usan traje con zaragüelles y alpargatas de una sola cinta, todo de color azulado, recordando el «saravil» característico de los sarracenos en terrenos pantanosos.
Arrancó Tortosa a los moros el conde de Barcelona Ramón Berenguer IV. Le costó lo suyo. Para sitiar la plaza, don Ramón Berenguer pactó con los genoveses, que aportarían refuerzos por mar y recibirían en premio un tercio de las tierras y bienes conquistados; y pactó también con los caballeros del Temple, prometiéndoles una quinta parte del botín. Todavía requirió el conde la ayuda de la noble familia feudal de los Moncada, a cuyo jefe Guillermo Ramón ofreció la tenencia de la ciudad cuando fuera conquistada.
   Al reyezuelo tortosí no te quedó más remedio que entregar la plaza: al frente de su ejército, don Ramón Berenguer entró en Tortosa el
31 de diciembre del año 1148. Las capitulaciones garantizaron a los musulmanes el uso de la mezquita y la posesión de bienes, con tal que en el plazo de un año salieran a instalarse en los arrabales fuera del casco ciudadano. En efecto, los moros formaron una aljama, que a partir de 1174 pagó al rey y a los Moncada cuatrocientos masmutines de oro al año.
   La familia Moncada compró a Génova y a los Templarios la parte adjudicada por el conde Berenguer, y quedó constituida en familia «señora» de la «Señoría de Tortosa», con «carta de población» como marquesado independiente. De las inevitables querellas entre la Señoría y los vasallos nació en el siglo XIII el famoso «Llibre de les Costums», libro de las costumbres de Tortosa, primer cuerpo jurídico en lengua catalana y el código municipal más adelantado del Medievo español. Está el «Llibre» tortosino reconocido en las universidades del mundo como uno de los más notables cuerpos jurídicos europeos por su sentido humanitario.
   (Caray, entre paréntesis: ¿No merecía Tortosa un respeto cuando en
1833 los topógrafos de Cea Bermúdez dividieron en provincias el suelo de España?)
   Luego los años rodaron del siglo XIV al XV, al XVI y XVII, al XVIII: Tortosa vivió los ramalazos de guerras crueles y estúpidas, ganó alguna medalla y abundantes cicatrices. La ciudad continuaba apretada dentro de su cerco amurallado, pero le nacieron en torno a las murallas y al otro lado del río barrios nuevos que pronto reclamarán enlaces con el núcleo ciudadano: habrá que derribar las murallas.
   No adelantemos acontecimientos, que ya saltamos al siglo XIX. Vamos de bautizo a la catedral, donde luego de admirar el templo hablaremos largo, y mal, de un obispo.


SEÑOR FRANCISCO y señora Josefa llevan su hijo a cristianar en la pila de la catedral porque es la parroquia que les corresponde.
El niño viene para sacerdote; hay que ver su fecha de nacimiento: aquel primero de abril de 1836 cayó nada menos que en viernes santo. A las tres de la madrugada, consta como debe ser en la partida bautismal.
    Curas y canónigos andaban el viernes atosigados con la celebración propia de los oficios religiosos de la Semana Santa. Pero señor Francisco halló el rato justo para comprometer con ellos el bautizo lo antes posible: las familias cristianas, y los curas, de la época preferían bautizar los niños en seguida, no fuera a ocurrirles un percance y marcharan al otro mundo sin recibir el agua santa.
    Los Domingo–Sol eran una familia clerical, por supuesto. Hasta tenían un pariente cura, don Francisco, beneficiado de la catedral, a quien invitaron de padrino: obtenida la licencia oportuna, que los clérigos deben solicitar de su obispo «para sacar niños de pila». Don Gabriel Duch, párroco de la catedral, aceptó encantado tener bautizo sin más tardar el día siguiente, estrenando el agua bautismal recién bendecida la misma mañana del sábado santo.
    Estoy resumiendo para mis lectores los documentos del archivo catedralicio, pero confieso que he dejado escapar un error: la licencia del padrino cura don Francisco no iba firmada por su obispo, la suscribió «el señor Gobernador de este obispado». Caramba, ¿por qué?
   Porque no hay obispo. Esta escondido, lejos, cerca de Madrid: en Sigüenza.
Ahora se lo cuento; admiremos un instante la catedral.
   Comenzando por la pila de bautismo, pieza valiosa. De forma octogonal, está labrada con decoración gótica, pero lo curioso es su procedencia: era el surtidor de una fuente que adornaba el jardín del papa Luna en su castillo de Peñíscola.
   A la diócesis de Tortosa le han tocado personajes de variadísimo pelaje en su letanía episcopal.
   Cea Bermúdez le negó a Tortosa la suspirada categoría de provincia civil, pero la Iglesia la tuvo de siempre reconocida como cabeza de una diócesis ilustre e inmensa: comprendía el sur de la provincia de Tarragona, gran parte de la provincia actual de Castellón, cuatro pueblos de Teruel y una parroquia de la provincia de Lérida. En total, doce arciprestazgos con 175 parroquias.
Dejemos de lado si la fundó San Pablo; y si fue su primer obispo San Rufo, a quien hace la leyenda hijo de Simón Cireneo. Lo cierto es que los catálogos de un concilio provincial del año 516 traen el nombre de Urso, obispo de Tortosa. Detrás viene la tira de un episcopologio distinguido: Ganfredo en seguida de la Reconquista, sucedido por Pong el Mulnells, que consagro la primera catedral y de cuya época procede la devoción de la Cinta. En el último tercio del siglo XIII alcanzó de lleno a Tortosa el jaleo del cisma de Occidente: ¡Peñíscola caía dentro de la diócesis! Además de un jovencísimo sobrino de Fernando el Católico –le consagraron obispo a los veinte años–, alcanzó la fama otro obispo «de corte imperial», Adriano de Utrecht, preceptor de Carlos V, que no llegó a visitar su diócesis de Tortosa; elegido Papa Adriano VI, tuvo el detalle de conceder a los obispos de Tortosa un privilegio gracioso: que en vez de usar solideo de color morado lo usen de color encarnado, el mismo que usan los cardenales.
(Son estas cosas divertidas que los clérigos importantes se traen entre manos; ellos suelen concederle gran significado. «Solideo», el gorrito ese que llevan los obispos colocado sobre la coronilla. Por cualquier movimiento les resbala, va a caer; y ellos mientras charlan o predican tienen que andar constantemente ajustándose con la mano el gorrito a la coronilla.)
   Varios obispos tortosinos alcanzaron la categoría de virreyes de Cataluña. Pero el amado de la ciudad fue Ros de Medrano, que murió en 1821 de fiebre amarilla después de haberse desvivido por cuidar a los apestados. Tortosa levantó un monumento en su honor.
   Y ahora, en 1836, cuando bautizan al nuevo niño del carpintero señor Francisco Domingo, no hay obispo: ha escapado a Sigüenza, escondido esta cerca de Madrid...

LA CATEDRAL, básicamente gótica, comenzaron a construirla a mitad del siglo XIV sobre los fundamentos de un templo romano y parte de la mezquita islámica. Tiene un bello claustro, sobrio, elegante. Con tres naves, girola, capillas en las paredes laterales, la consagraron a finales del siglo XVI; la fachada la remataron a principios del XVIII.
   El palacio episcopal da sobre el río, y parece asentado en grandes piedras de sillería. También lo remataron en el siglo XVIII, pero nada más entrar sorprende al visitante con una linda escalera de gótico catalán.
   Hermoso palacio; y vaya pájaro el obispo: está escondido en Sigüenza.
   Por eso le firmó la licencia de padrino, al beneficiado don Francisco, «el Gobernador de este obispado».
   ¿Quién es el obispo huido de Tortosa cuando bautizan al niño Manuel Domingo y Sol?
   Don Víctor Damián Sáez se llama. Metido en la política hasta el. mismísimo solideo.
   Nacido por Guadalajara, Víctor Damián estudió de joven en el Seminario de Sigüenza. Salió listo. Y con ganas de trepar por los escalafones clericales. De púlpito en púlpito, de cabildo en cabildo, brujuleó por las catedrales de Osma, Cuenca, Sigüenza y Toledo. Desde Toledo vigiló oportunidades para medrar en la Corte, y no precisamente por motivos santos. Le dieron plaza de «predicador real». El colmo de su dicha llego cuando el rey Fernando VII lo eligió su confesor: en vez de huir a un monasterio, el canónigo Víctor Damián se hinchó como un pavo.
Incorporado «de plantilla» a la familia real, don Víctor Damián participó en los sobresaltos que a la corte produjo la sublevación de Riego y el cambio político del trienio constitucional siguiente. Y respiró agradecido cuando el duque de Angulema invadió España para reponer a Fernando VII en el poder absoluto. Bajó con los franceses de Angulema y con los jerarcas absolutistas a «liberar» al rey, que estaba confinado en Cádiz. Ya entonces el «predicador real» había «ascendido» a la primera Secretaría del Ministerio de Su Majestad. Fernando VII liberado, después de abrazar al duque de Angulema, se encerró con el duque del Infantado, presidente de la regencia, y don Víctor Damián, primer secretario: de la reunión salieron varios decretos anulando los actos del caído Gobierno Constitucional, invalidando las promesas formuladas por el rey, poniendo en marcha una purga nacional, condenando a muerte un lote de políticos liberales. Su Majestad nombró a don Víctor Damián ministro universal, y le ordenó firmar la ejecución de Riego. Las cortes europeas, aterradas por el carácter sanguinario de la represión española, presionaron sobre Fernando VII, que se vio obligado a prescindir de su hombre de confianza, el canónigo ministro.
¿Y que se le ocurrió a Su Majestad para premiarle los servicios?
Le nombró obispo; de Tortosa, que estaba vacante.
   Y con estos antecedentes tan poco evangélicos llegó don Víctor Damián a ejercer de obispo en Tortosa el año 1824.
   La verdad es que no lo hizo mal del todo. Renovó el edificio del Seminario. Fue limosnero: ahorros traía de la corte. Cuentan que si los familiares reprendían a los mendigos impertinentes, don Víctor intervenía:
–Dejadles; no hacen más que pedir lo suyo.
Menos mal que se acordaba.
   Pero al morir Fernando VII el año 1833, el obispo don Víctor Damián salió por piernas de Tortosa, temeroso de que vinieran a pedirle cuentas de su gestión política: cuando condenó liberales a muerte.
   Por eso no hay obispo en Tortosa este sábado santo de 1836, día del bautizo del niño Manuel Domingo: está el obispo escondido en su tierra natal de Sigüenza.


3


DOS APELLIDOS DE FIESTA: «DOMINGO» Y «SOL» (1836)



¡HAN FUSILADO a la madre de Cabrera!
Tortosa tuvo miedo, toda Tortosa se lleno de miedo.
–La han matado, a la señora Ana...
Ramón Cabrera es un hombre joven, idealista y valiente. Ahora mismo, en 1836, cumple treinta años. Le han dado categoría de general en el ejército carlista. Pelea bravamente contra las tropas del gobierno. Ha establecido en Morella el cuartel general. Desde las tierras de Teruel lanza sus partidas sobre la plana de Castellón, y sobre la vega de Tortosa, y sobre el campo de Reus. Ataca, incendia; y trepa de nuevo a sus montañas sin que los generales isabelinos–ie atrevan a perseguirle por aquel terreno tortuoso. Las gentes sencillas de la comarca lo aureolan con leyendas heroicas: «El tigre del Maestrazgo» le llaman.
Hijo de pobres pescadores, Ramón Cabrera entró de niño al Seminario de Tortosa. Por consejo del obispo don Víctor Damián abandonó los estudios: se sentía llamado a grandes aventuras. La oportunidad le vino a la muerte de Fernando VII: estalla la primera guerra carlista, y Ramón Cabrera corre a alistarse bajo la bandera de don Carlos. Arrojado y estratega, ocupa en seguida la jefatura de las tropas carlistas del Maestrazgo. Cuentan de el hazañas increíbles. Con la agilidad propia de un tigre, desconcierta al ejercito enemigo. Los generales de la reina muerden el polvo; han creído veinte veces que lo tienen atrapado y quedan en ridículo: Cabrera se les cuela entre los dedos.
Hasta que la rabia los lleva a cometer un crimen: para castigar al hijo, matarán a la madre. Dios bendito, la locura de los hombres carece de límites.
El 16 de febrero de 1836, ante los fuertes de la barbacana, fusilan a una pobrecita vieja Ramada Ana María Griñó, que trae su pañolón de labriega atado al cuello: por el delito de haber parido a Ramón Cabrera. Los que la vieron salir de la cárcel dicen que iba serena, candorosa la mirada, arropado el cuerpecillo en saya de cotolina azul y jubón de pana verde. Que llevaba entre las manos atadas una cruz. Que tenía la cara muy arrugadita. Y que los soldados del piquete parecían avergonzados...
El brigadier Agustín Nogueras, comandante en jefe de las fuerzas gubernamentales del Maestrazgo, al firmar la condena a muerte intentó justificarse «por el bien que había de resultar al servicio de la reina». Un crimen vergonzoso.
Tortosa tiene motivos para temblar de miedo: cualquier noche los hombres de Cabrera pasarán a cuchillo la ciudad. El «tigre» ha jurado:

ahogo... No quiero agua, sangre quiero... Desgraciado quien me hable de piedad y compasión.

OCURRIO el hecho justamente mes y medio antes del bautizo del niño Manuel Domingo y Sol.
El carpintero señor Francisco y la bondadosa señora Josefa viven al margen de las querellas políticas, entregados a su trabajo y a la familia. Pero los hijos crecen; qué será de ellos. Esta es la pregunta que se hacen los labriegos de Tortosa. La comarca está partida en dos mitades, como España, unos a favor de Isabel II, otros a favor de su tío don Carlos. El asunto viene de lejos; tuvo la culpa el rey Fernando VII, que fue– incapaz de conseguir la unidad nacional después de la Guerra de la Independencia. Las tropas de Napoleón se marcharon, pero acá nos dejaban los gérmenes de una división tan honda que los españoles se odian unos a otros más de lo que odiaron al ejército invasor francés. Unos liberales, otros absolutistas. Los liberales proclaman su fidelidad a la Constitución de Cádiz redactada en 1812; los absolutistas juran obediencia al rey por encima de todo. Fernando VII, en vez de atraerse las dos tendencias, persiguió a los liberales y tuvo que aguantar la sublevación del general Riego, que le impuso un trienio de mando liberal; hasta que el año 1823 cruzaron la frontera cien mil «hijos de San Luis» al mando del general Angulema, enviados desde Francia para «liberar» a Fernando VII de la prepotencia de las Cortes. El rey, en vez de aprender la lección y pacificar España, inauguró un ciclo de gobierno autoritario, durísimo, sin comprender que el subsuelo de la sociedad española estaba minado por hondas corrientes de rencor: algún día reventarán con situaciones dramáticas. Lo primero que hizo fue ordenar a su «ministro canónigo» Víctor Damián la firma de la sentencia capital de Riego; cuando las monarquías europeas le reprocharon aquella barbaridad, echó la culpa al canónigo y lo mando de obispo a Tortosa. Fernando VII suspendió las medidas antirreligiosas implantadas por los liberales y fortaleció su gobierno con el apoyo de los obispos, así que los liberales aumentaron su rabia contra la Iglesia y azuzaron al populacho, que cantaba por lo bajo una letrilla con música del himno de Riego:


Si los curas y frailes supieran
la paliza que van a llevar,
subirían al coro cantando
libertad, libertad, libertad.

En Cataluña hubo incluso grupos absolutistas que consideraban tibio el absolutismo de Fernando VII y se sublevaron contra el rey a favor del rey: fundaron un partido que con el nombre de «Angel exterminador» Pretendía implantar «el absolutismo neto», cargándose a quienes no pensaran como ellos. La «nueva idea» consistía en dar leñazos a mansalva hasta que no quede en la piel de toro un solo liberal. Montaron en Madrid su centro de operaciones y contaron en seguida con veinte mil afiliados catalanes, entre ellos muchos frailes, algunos aristócratas, oficiales del ejército, funcionarios del Estado, campesinos. Se llamaban «realistas puros» o «apostólicos». Como a Fernando VII lo encuentran tibio, comienzan a circular el proyecto de sustituirlo por su hermano el infante don Carlos. Esta siembra de ilusiones, que al principio parecía pintoresca, ha de traer fuertes tempestades: nada menos que tres guerras civiles, las guerras carlistas.
(Para que vean ustedes cómo estaba la temperatura «espiritual» de Cataluña por los días del bautizo de Manuel Domingo y Sol, bastará referir un episodio. Los «apostólicos» montaron una rebelión semiencubierta contra el rey, a cargo de «Juntas corregimentales», que en Cataluña estaban discretamente protegidas por el mismísimo capitán general. La «Junta» correspondiente al Campo de Tarragona la mandó un fraile franciscano de Ríudoms, Orrí, a quien decían «padre Puñal», y estaría convencido de prestar un gran servicio a la orden seráfica «a caballo, vistiendo el hábito y calzando alpargatas, el cordón en la parte superior del pecho, y ceñido un sable de caballería sostenido por gavilanes, con un par de pistolas a ambos lados del cinturón y empuñando un látigo». Le seguían en la partida algunos clérigos y frailes de la zona. Imaginen la cara que hubiera puesto San Francisco de Asís si los tropieza.)
Y en
1833 el rey se murió. Ya los sentimientos de España se habían alineado en dos trincheras ferozmente opuestas: los liberales querían como reina a la hija de Fernando VII, Isabel, entonces niña de sólo tres años; los absolutistas habían elegido rey al infante don Carlos, hermano del rey difunto. Para cerrar a su hermano el paso del trono, Fernando VII promulgó antes de morir «la antigua ley que llama al trono las hembras en línea recta con preferencia sobre los varones de línea colateral». Así, a falta de hijos varones, quedaba proclamada sucesora su niña Isabel, jurada princesa de Asturias en julio de .1833, tres meses antes de morir su padre. Efectivamente, en octubre las Cortes proclamaron reina a Isabel II bajo regencia de su madre María Cristina, que había de ocupar el puesto de «Reina Gobernadora» hasta que Isabel cumpla la mayoría de edad.
Los partidarios de don Carlos, llamados «carlistas» y también «tradicionalistas» porque defienden las tradiciones religiosas de España, toman las armas: empieza la primera guerra carlista.
Mucha buena gente de los pueblos de España elige estar al lado de los carlistas, que luchan «por el trono y el altar»; mientras que los liberales, «isabelinos», representan la parte «impura» del catolicismo español, influido por ideas extranjeras.
El Papa vaciló, tardaba en reconocer oficialmente a Isabel II como reina de España: en parte porque el embajador español Gómez Labrador era favorable a don Carlos y en parte por recelo ante la corriente de extrema izquierda que veía desatarse en el gobierno de Madrid.


TAMBIEN Tortosa, como toda España, esta dividida. Y confusa. Hay familias donde unos hijos toman partido por Isabel y otros por don Carlos. Dicen que más de tres mil tortosinos se han alistado en el ejército carlista, muchos han huido a la serranía del Maestrazgo y siguen a vida o muerte las órdenes del nuevo rayo de la guerra, Ramón Cabrera, por cuya valentía Tortosa se siente orgullosa. Pero los liberales han alistado otros tres mil jóvenes de la ciudad en tres compañías de milicianos nacionales, formadas para defender la causa del Gobierno. Habrá sangre cuando la violencia estalle.
Estalló en Madrid, el 17 de julio de
1834. Por culpa del cólera; las desgracias nunca vienen solas.
A lo largo de todo el siglo XIX el cólera visitó España como un huésped insolente. No había manera de luchar contra él. Venía de Asia. El maldito cólera es un microbio pequeñajo, apenas perceptible al microscopio elemental de aquellos tiempos. Penetrado en los intestinos, te destroza el vientre. Desde las grandes zonas endémicas de Asia extendía periódicamente su manto de terror sobre Europa. Habían de pasar aún cincuenta años hasta que el alemán Koch descubriera en Egipto un bacilo en forma de bastoncillo, presente en los excrementos de enfermos coléricos. Abrirá paso a las vacunas. Pero entre tanto la gente muere, sin más defensa que encender grandes hogueras donde queman azufre «para desinfectar el aire». Bien saben los médicos que es un método inútil, pero no lo prohiben porque el fuego levanta el ánimo de las poblaciones donde la epidemia siembra desolación y muerte: la gente concibe el cólera como un caprichoso y fantástico animalillo que huye del fuego. Los crédulos piensan aún en maleficios de hechiceros o de brujas. Los piadosos, en la ira de Dios que se cierne sobre los hombres como una nueva plaga de Egipto. Los supersticiosos, en la influencia de los astros.


La epidemia de 1833 entró a España por los puertos, y en 1834 se esparció por toda la Península viajando con los soldados isabelinos que perseguían soldados carlistas. El país estaba atemorizado.
Y entonces un hijo de mala madre tuvo la idea de echar la culpa a los frailes. Fue como encender un pajar.
Era el 17 de julio de
1834. «Alguien» puso en Madrid el rumor en marcha: que los frailes han envenenado las aguas de la capital para favorecer la epidemia del cólera. Tiene bigote. El populacho se lanzo a saquear conventos, quemar iglesias, matar curas y frailes ante la cínica pasividad del Gobierno y de la fuerza pública. Degüellan dominicos, jesuitas, carmelitas... Dada la señal de ataque en la Puerta del Sol, la onda expansiva irá alcanzando el territorio nacional. En Zaragoza, Murcia, Málaga, han apedreado las iglesias. En las tabernas de Reus se oye alegremente coreada la canción de moda: «Sanch y fetge menjarem», comeremos hígado y sangre; sin aclarar de quien, maldita la falta que hace. En Tortosa muere un canónigo asesinado al salir de la catedral; y los soldados del Gobierno encierran docenas de sacerdotes en la cárcel. La pelea política se ha convertido en pelea religiosa, absurda, insensata.
Y el Gobierno de Madrid toma posturas día a día más radicales. El nuncio se va de Madrid. En un año los «reales decretos» dan forma legal a un rosario de tropelías. Suprimen «perpetuamente» la Compañía de Jesús y la despojan de sus bienes; limitan la autoridad de los obispos; Mendizábal planifica la «desamortización», convencido de que echando mano de los bienes eclesiásticos remediará la pobreza nacional y pondrá España en camino de prosperidad. La noche del 18 de enero de 1836, el gobernador civil, Olózaga, expulsa de sus conventos a todos los religiosos de Madrid. El 8 de marzo un real decreto suprime las órdenes religiosas, dejando sólo a salvo algunos colegios de misioneros, las Escuelas Pías y los hospitalarios de San Juan de Dios. En España «se acabaron los frailes»: prohibido ser franciscano, ni carmelita, ni dominico, ni nada. La chusma quemaba los conventos, el Gobierno los cerró. Inventaron un término técnico para poner etiqueta a la arbitrariedad administrativa: los religiosos quedaban «exclaustrados».
Los políticos «isabelinos», que gobiernan en Madrid bajo la regente doña María Cristina, están divididos en «moderados» y «liberales propiamente dichos». Hay un baile de relevos de gobierno. Mientras, los jóvenes mueren por una causa insensata enganchados a uno u otro bando. El nuevo capitán general de Cataluña, Espoz y Mina, cree que acabará antes la guerra si aplica el régimen de terror. Arrojan de los pueblos las familias de los huidos al bando carlista. Cabrera evoluciona con sus batallones por el Bajo Aragón y siembra la inquietud desde Reus a Tortosa. Emboscadas, ataques por sorpresa, venganzas personales, el desarrollo de la guerra carlista alcanza en esta zona cumbres de rencor difíciles de superar.
Decididamente, Manuel Domingo y Sol no ha elegido una época tranquila para venir al mundo.


PERO no temáis, señora Josefa sabe lo que tiene que hacer: en cuanto ella recupera fuerzas para salir a la calle, pone su niño a los pies de la Santísima Virgen de la Cinta.
Es un rito que tradicionalmente cumplen las madres tortosinas y difícil de apreciar en toda su hondura por quien no haya venido a vivir en Tortosa las fiestas de la Virgen.
A mí me tocó la suerte: siendo cura jovencillo me llamaron a predicar la novena solemne en la catedral. Deliciosa novena. Vi cómo Tortosa se desvive por amor a la Virgen de la Cinta.
Arranca esta devoción de la segunda mitad del siglo XII, que ya representa nobleza si como decían los clásicos «nobleza es antigüedad». Cuenta la tradición tortosina que la noche del 24 al 25 de marzo de 1178 la Virgen María se apareció a un devoto clérigo de la catedral y en prenda de cariño para Tortosa dejó sobre el altar su sagrada cinta o ceñidor. La veneración a la Cinta obtuvo tal resonancia que las reinas de España desde los Austrias solían pedir les trajeran a la corte la sagrada reliquia para tenerla consigo en la hora de dar a luz. Los tortosinos han trasladado el nombre de la Cinta a la persona misma de la Virgen, de modo que al pronunciar «Cinta» evocan a Nuestra Señora; y así lo cantan:

Es la Cinta nostra Reina,
nostra Mare, nostre tresor...


LLENA a rebosar la catedral, da gusto rezarle a la Virgen en compañía de tan buena gente. Tuve la fortuna de trabar en Tortosa un puñado de amistades. Y conocí dos tipos fuera de serie que me desvelaron los secretos de la ciudad y su comarca: Enrique Bayerri, Juan Bautista Manyá.
Mosén Manyá era un sabio anciano cuyas manos besé con respeto. Una persona adorable, retirado en su casa de la «montañeta». El poderío de su mente clarísima y la tenacidad de su trabajo elevaron a Juan Bautista Manyá hasta esa zona privilegiada donde los seres se muestran diáfanos, transparentes. Fue un pensador de categoría máxima. Yo me atreví a reprocharle haber nacido en un repliegue de las tierras de nuestra España, y a destiempo. Su obligación fue nacer alemán o francés, y hubiéramos visto su nombre inscrito en el catálogo de la docena de teólogos universales que brillaron cuando el Concilio Vaticano II
Manyá nació en Tortosa y se puso a pensar. Naturalmente, le declararon peligroso. Tiene bemoles, peligroso un hombre que arranca del conocimiento profundo de la tradición teológica y le aplica con respeto su reflexión personal.
A su vez, las autoridades civiles recelaron de Manyá porque amaba su región, los valores de su tierra.
Me encantó conocer de mano de un sabio teólogo la economía y las costumbres de Tortosa en la primera mitad del siglo XIX.
Lástima los sobresaltos de la guerra, porque la ciudad tiene un aire tranquilo y noble, con casas señoriales de buen porte. A la vuelta de cualquier callejita surge la fachada de una iglesia o los muros de un convento de clausura.
El municipio cuenta con cinco barrios en torno al casco antiguo, alrededor de las murallas y al otro lado del río. En cuanto llegue la paz, si algún día llega, los ediles de Tortosa comenzarán a planear el derribo de las murallas para liberar la ciudad del ahogo físico y estimular su crecimiento, que cuando nace Manuel está detenido en veinte mil habitantes. El término municipal cubre un territorio extenso sembrado de caseríos a derecha e izquierda del río.
¿Y de que vive la familia de señor Francisco Domingo?
Los tortosinos viven del campo. El Ebro, al remansarse hacia el mar, abre una vega feraz, de vez en cuando castigada por inundaciones repentinas. Hay ahora campos yermos o mal cultivados, a causa de la guerra, que se lleva los brazos jóvenes. Los soldados y malditas plagas de rateros roban fruta, mieses y leña. Además, el Gobierno carga la mano de las contribuciones para gastos militares. En las casas de labriegos no suelen guardarse papeles, y por eso ignoramos como defendió señor Francisco su pollada familiar aquellos años, y la suerte del hijo mayor, José, que al nacer Manuel tenía cumplidos los dieciocho años. Gozaban de un bienestar discreto gracias a que no faltó trabajo en el taller de carpintería. Aceite de excelente calidad y vino de buen cuerpo eran dos cosechas fuertes de Tortosa, aunque ya estos años avanza el cultivo del arroz en las marismas del delta. Para el aceite y el vino hacen falta tinas, toneles, buenos envases que aseguren la calidad en viajes largos: los tortosinos poseen una tradición de comercio y por el Ebro bajan muchas cuarteras de vino de Aragón y madera de Navarra con destino a Cataluña y Baleares. Ellos aprendieron a vender, exportan aceites de la comarca –«no bajan de doscientas mil arrobas» las embarcadas al año–, vino, lana, frutas y legumbres de la huerta, almendras. Esta actividad comercial ha originado pequeñas industrias de cartonaje, bolsas de papel, cerámica, chocolates y aguardiente. No tira mal Tortosa. Habrá que ver si el cultivo del arroz agarra en el delta, que de siempre fue improductivo y podría convertirse en una fuente de riqueza. La pesca da lo suyo, garantiza la comida de muchas familias sencillas. Ah, y no olvidemos las canteras de mármol, que mandan jaspes a monumentos tan distinguidos como los sepulcros reales de El Escorial, la capilla de la Virgen del Pilar en Zaragoza. Tortosa crecerá, está claro. Los grandes bancos abren sucursales. A ver si acaban con la usura, rama innoble del comercio: aquí la llaman «comercio a la polka», «porque el compás precipitado del baile a la polka guarda grande analogía con el crecimiento también precipitado de fortunas nacidas de la usura», comenta un periódico de la época.
La vida cultural no alcanza cimas elevadas: imposible, mientras dure la guerra. Un grupo de jóvenes animosos planea fundar un teatro que llamarán «El Liceo», buscan local a propósito: quieren organizar bailes y representar comedias.

SE LLAMA el niño Manuel Domingo y Sol.
Dos apellidos joviales, de fiesta: «Domingo» y «Sol».
Le irán bien, cuando crezca, a su cara de buena persona.
En Tortosa conocen que «Domingo» es apellido; pero mucha gente de fuera pensara que «Manuel Domingo» es un nombre compuesto; utilizarán para designar a don Manuel su segundo apellido: Doctor Sol, Mosén Sol.
Queda familiar y agradable: «Mosen Sol».
Aunque le originará a don Manuel algún fastidio burocrático en los documentos oficiales.

A RAMON CABRERA se le tuerce el Maestrazgo. Los carlistas van a perder la guerra: luego perderán otras dos. Por sí fuera poco la fuerza económica del Gobierno isabelino, que dispone de dinero y material, los carlistas, que se han dividido en bandos: uno «moderado» y otro «intransigente».
Cabrera vigila desde la sierra un momento propicio para caer sobre Tortosa. Le faltó un pelín cuando puso sitio a Gandesa. Estaba tan alegre que hasta hizo versos jocosos. La baronesa de Purroy, Luisa Lara, heroína de la resistencia, colgó en el campanario parroquial de Gandesa una «cabra montés» para escarnio del general carlista, y le remitió al campo este billete:

De Purroy la baronesa
jura a la cabra montesa
que mais entrará en Gandesa.


Cabrera le devolvió el billete con un añadido:

mes si la cabra montesa
logra subyectar Gandesa,
¡ay, ay de la baronesa!


Ni tomó Gandesa ni entró en Tortosa. Ha fracasado la marcha de don Carlos hacia Madrid. Zumalacárregui muere en el sitio de Bilbao. El general isabelino Espartero y el carlista Rafael Maroto se abrazan en Vergara: Cabrera tendrá que refugiarse en Francia. Sin caer sobre Tortosa, donde queda pendiente la venganza por el fusilamiento de su madre.
Volverá dentro de pocos años, Ramón Cabrera vendrá de nuevo para encender la segunda guerra carlista. El nombre más importante impreso en los recuerdos infantiles de Manuel Domingo y Sol será el de su paisano Cabrera: un general valiente y desgraciado.


4


EL TALLER DE CARPINTERO (1836–1851)




QUE COMO FUE la infancia de mosén Sol: quién era, de niño, Manuel Domingo y Sol.
Vamos, si dio señales de que seria santo.
   La literatura piadosa sufrió años atrás la manía de presentar rodeados de una aureola los niños que pasando el tiempo llegarían a campeones de santidad. Les obligaron a ejercitar virtudes prematuras. A fuerza de presentarlos como ejemplo, los hacían anormales. Existió una «leyenda dorada» que se aplica al «santo niño» cuando faltaban documentos. De uno dijeron que se negaba a mamar los sábados porque la luz divina le descubrió que eran días consagrados a la Virgen. Otro, a la precoz edad de tres años pasaba los viernes contemplando los misterios de la Pasión del Señor, en vez de dar patadas a una pelota como está mandado. Pues de la infancia de Manuel no hay afortunadamente documentos, ya que le ocurrió lo mismo que a los niños normales, es decir, nada especial. Fue niño, un crío de Tortosa. Un chaval feliz en una casa de trabajadores hasta cierto punto acomodados. Niño bien alimentado, eso sí; a señora Josefa no se le desgraciaba un hijo.
   En aquellos hogares de la época, el padre ganaba el sustento familiar con sudor de su frente; y la madre criaba los hijos. No sólo los paría, gustaba de recordar Unamuno, los criaba; es decir, la madre cuidaba los primeros pasos del hijo para ensamblarlo en la atmósfera familiar y social. Cada cual, señor Francisco y señora Josefa, cumplieron concienzudamente su parte,
   Terminada la guerra carlista con el abrazo de Vergara el año 1839, Tortosa curo como pudo las heridas y se dedicó a preparar un buen estirón económico. Abundaba el trabajo, en el taller del señor Francisco no daban abasto. Corría el dinero. En pocos años mis colegas de entonces fundan dos periódicos, primero El Ebro y luego El Dertosense, donde cuentan pe a pa los lances ocurridos en Tortosa. La ciudad cambia de cara. El alcalde reclama que no se puede llegar a mitad del siglo XIX con las murallas cercando el núcleo urbano, pues ahogan todo posible desarrollo. Piensen ustedes que para su ilustrísima la solución urbanista era sólo una, derribar murallas, pues ningún arquitecto le ofrecía un proyecto de «nueva Tortosa» con las murallas en pie. El Ayuntamiento procura resolver problemas «hermoseando las afueras con tres buenos paseos y frondosas alamedas», donde las mocitas lucen mantillas de blonda, ultimo descubrimiento de la moda, y los petimetres «zapatos de mujer con medias de perdiz». Ha acometido la instalación de un cementerio nuevo «a distancia higiénica», clausurando el existente entre los dos portales del Rastro. Habilita el teatro, suspirado por los jóvenes progresistas, en el antiguo convento de la Merced. Mejora el empedrado. Repiten tozudos que será imposible'«dar mayor vuelo a la construcción mientras no desaparezca ese anillo de piedra que nos tiene aherrojados: la mayoría de habitaciones de nuestra ciudad son fatalmente verdaderas pocilgas, la gente vive hacinada, sin luz, aspirando un aire fétido, causa perenne de enfermedades sin cuento». Bravo, señor alcalde.
Un colega periodista del Dertosense regresa del extranjero y propone a los ediles un par de «reformas internacionales ». La primera, al estilo francés: «Poner en las fuentes de Tortosa, colgada de una cadena, una cuchara de hierro para que los que quieran apagar la sed puedan beber cómodamente, como sucede en París»; toma canela. La segunda, al estilo germánico, bastante macabra: «Sería acertado crear un cuerpo facultativo de un médico por barrio que pasara a reconocer los cadáveres luego de ser verificadas las defunciones, examinando cuál ha sido la causa de la muerte de los individuos, testificándola, y asegurando al propio tiempo si aquella muerte es real o aparente, como sucede con frecuencia.» La petición parece razonable, aunque la completa luego con una tenebrosa alternativa: «Para evitar los graves inconvenientes que se siguen de efectuar enterramientos de individuos vivos por causa de muerte aparente –supongo que los inconvenientes afectan particularmente al difunto falso, demonio–, deberían establecerse, como en Alemania, casas mortuorias donde se depositen los cadáveres cierto tiempo, y allí vigilados de cerca por un guardián, según las reglas del arte, no permitir la inhumación hasta después de tener la certeza física de que el difunto que va a ser enterrado lo es realmente. »
   Los periodistas de Tortosa querían dar a la ciudad postín europeo. Enhorabuena.
   Fuera de bromas, Tortosa camina: el plan nacional de reforma le asigna un Instituto de Segunda Enseñanza, que ocupará el antiguo convento de los jesuitas de la calle Moncada.

A MI ME GUSTARIA saber si de crío a don Manuel lo llamaron Manolín o Manolo. Resulta que cartas y papeles nos han llegado de cuando era «don Manuel», sacerdote. La primera misa impresiona tanto dentro de las familias, que yo ascendí aquel día de «Pepito» a José María. Pero nadie dejó constancia documental de que don Manuel de niño fuera Manolo. Así que sigamos llamándole Manuel, por fidelidad histórica.
   Manuel creció agarrado a la saya de su madre. Disfrutó seis años el privilegio de ser el pequeñín de la casa, mimado por sus padres y los diez hermanos mayores. Luego le arrebató la plaza Josefa, hermanilla nacida en 1842.
   De la mano de mamá fue descubriendo Manuel las calles de Tortosa.
   Señora Josefa Sol era... un sol de mujer. En estos años de infancia de Manuel, su madre cumple los cuarenta de edad. Está curtida en la crianza de hijos. Más tarde don Manuel se referirá a las visitas que agarrado a la mano de ella hizo por Tortosa: las calles, los conventos, la catedral, las ermitas. Abundan por las esquinas de la ciudad bellas hornacinas dedicadas desde siglos a la Virgen, al Santo Angel, a los santos queridos de Tortosa. Hubo de gozar Manuel cuando ya le permitieron participar en romerías a las ermitas pintorescas esparcidas por la vega o colgadas de picachos cercanos. De vez en cuando una fiesta llenaba de jolgorio las calles de un barrio, y allá que acudía Tortosa entera: danzas, jotas de la tierra, carreras, música de bandas. Manuel sorbió ávidamente las tradiciones locales.
   Hay una lección suprema de señora Josefa a sus hijos. Parece que ella en persona se ocupaba de darles las primeras letras: lo que sí les dio clarísimo fue un ejemplo de caridad. El modo que señora Josefa tuvo de agradecer al cielo el bienestar de su casa era volcarse, con su persona y sus dineros, a socorrer necesidades ajenas. Las monjas de clausura y las familias pobres conocieron su ayuda constante. Cuando le parecía menester, no le importó pasar de casa en casa pidiendo limosnas con que solucionar un problema. Algún tendero de su barrio recibió el encargo de anotar en la cuenta de señora Josefa los gastos de una familia que nunca supo quién les protegía,
   Los comentarios a la largueza de señora Josefa resultaban inevitables: que si exageraba. Ella supo dar una respuesta sonriente, aludiendo a las dos puertas de su casa, una delantera y otra trasera:
   –En mi casa las limosnas salen por una puerta y entran por otra...
   Piadosos y trabajadores los Domingo–Sol. Buena gente. Apuntados, faltaría más, a las cofradías tradicionales: la Santa Cinta, San Juan, la Corte de María. Señor Francisco esta en los registros de «Adoración y Vela perpetua del Santísimo Sacramento del Altar», que por aquellos años de la guerra establecieron los señores canónigos en la catedral «para rogar por las necesidades de la santa Iglesia, de la monarquía española y de Tortosa». La idea era buena,

   Imagino que a ningún lector le resultará extraño si aquí dejo anotado un paralelo entre la pequeña carpintería de Tortosa del siglo XIX y otra pequeña carpintería de Nazaret en el siglo i. Estos parecidos de la Sagrada Familia con familias sencillas, ocurren. El carpintero tonelero Francisco Domingo trabaja en condiciones semejantes al carpintero José. La madre María sólo tuvo entonces un niño, Jesús. Señora Josefa se ocupaba de media docena, tantas criaturas llenan la casa. Los hombres jefes de las dos familias son honrados, serios, trabajadores y bondadosos. José acudía los sábados a la sinagoga de Nazaret dejando en casa a su mujer y al niño. Francisco de Tortosa puede ir con todos a la catedral, no existen ya prohibiciones rituales.

LO QUE NO SE REMEDIA son los follones políticos de España. A la reina regente doña María Cristina le está resultando difícil gobernar con tantos generales «heroicos» en torno suyo: son «heroicos» todos los generales isabelinos que han intervenido en la guerra contra los carlistas. Demasiadas espadas alrededor del trono. A ella, unos generales le gustaban, otros le disgustaban. El partido liberal, vencedor de los carlistas, se ha escindido, ya dije, en dos corrientes fundamentales: los moderados y los liberales propiamente dichos, llamados «progresistas». María Cristina deseaba gobernar apoyada en los moderados, y le gustaban los generales alineados en esa corriente. Sentía fuertes recelos contra los políticos progresistas y le disgustaban los generales progresistas.
   De tantos generales «heroicos» galopando por el país espada en alto, los dos más importantes recibieron el nombre de «Espadones»: el general Narváez, mariscal de campo, era el espadón moderado; el general Espartero, duque de la Victoria, era el espadón progresista. Los dos espadones penderán amenazantes veinte años sobre el trono de España. Después vendrán otras espadas de otros generales.
   Al terminar la guerra carlista, el prestigio del general Espartero alcanzó cimas tan altas que asustó a la reina regente: María Cristina decidió entregarle el poder y abandonar ella el país, con la esperanza de que el pueblo reaccionaría contra Espartero cuando le vieran gobernar: en el salón del trono del palacio Cervellón leyó solemnemente, el 12 de octubre de
1840, una renuncia a la regencia, y entregó a Espartero plenos poderes confiándole «el cuidado de mis hijas y la defensa del trono». El día 17, bajo el título de condesa de Vistalegre, y acompañada por Fernando Muñoz, el apuesto oficial de la guardia de Corps con quien ella se había casado secretamente a los tres meses de morir su marido Fernando VII, María Cristina embarcó en el «Mercurio» hacia las costas de Francia. La noche antes dio un beso a sus dos niñas, una Isabel y otra la infanta María Luisa, dejándolas como instructor al poeta romántico don José María Quintana. Comenzaban los tres años conocidos en la historia de España como «Regencia de Espartero».
   Las niñas, naturalmente, no comprendían aquellos barullos políticos. Mientras su madre se instalaba en el palacio parisino de Braganza, a ellas las llevaron a Madrid, donde recibieron una acogida triunfal, como sí ya hubieran salvado España: suelta de palomas, carrozas de ninfas esparciendo llores, comparsas de danzantes, el Ayuntamiento encopetado, y el general Espartero con su espadón al estribo de la carretela real. Toda aquella fiesta porque su madre se había marchado a conspirar en un palacio del lejano París.
   A Espartero se le daba mejor la guerra que el gobierno. Su temperamento autoritario disgustaba incluso a sus fieles colocados en puestos de mando. No digamos a sus enemigos políticos, los del partido moderado.
   En el otoño de
1841 urdieron un plan contra el prestigio de Espartero. Parece un capítulo de novela rosa, pero costó la vida a seis generales. El punto fuerte de la operación consistía en que las fuerzas del Regimiento de la Princesa, al mando del general Concha, asaltaran por sorpresa el palacio real de Madrid y raptaran las dos niñas, la reina y la infanta. Las llevarían rápidamente al país vasco, adonde acudiría desde París su madre, María Cristina, con idea de tomar de nuevo las riendas del poder constituyendo un gobierno de políticos del partido moderado. Para reforzar la maniobra, varios generales sublevarían esa misma noche las guarniciones de Pamplona, Vitoria y Zaragoza.
   Pero los soldaditos del Regimiento de la Princesa tropezaron con la inesperada resistencia de los alabarderos, que cerraron a tiros el acceso a la escalera de palacio. Ni siquiera el arrojo del general Diego de León, unido a los conspiradores, consiguió forzar la barrera. A las seis de la madrugada los asaltantes habían fracasado.
   La ira del general Espartero subió a los cielos. Fusiló a seis generales, a los otros no consiguió cazarlos. Y juró odio eterno a María Cristina; sabía él que los hilos del plan habían sido entrelazados desde París. El espadón progresista gano la baza. Pero la enemistad crece contra él. Espartero intenta asegurarse la fidelidad del populacho extremando la ola anticlerical: expulsa de Madrid al nuncio y rompe las relaciones diplomáticas con, la Santa Sede, pone en venta los pocos bienes religiosos que se habían librado de la desamortización, destierra obispos y los sustituye por «gobernadores eclesiásticos», clausura seminarios, prohibe las procesiones. En el consistorio del 1 de marzo de
1841, Gregorio XVI pronunció amargas quejas por España. Espartero ha establecido una persecución religiosa permanente. Gregorio XVI escribe una carta encíclica a toda la cristiandad pidiendo oraciones por España.

NO ESTA CLARO quién enseñó a Manuel las primeras letras. Quizá señora Josefa. Parece probable que acudiera a las clases de algún maestrillo de los varios ejercientes por libre. La primera enseñanza oficial estaba todavía hecha un desastre. En tiempos de Fernando VII comenzaron los políticos a sentir vergüenza y pensaron arreglar los planes de enseñanza: dictaron algunos decretos bienintencionados, en 1812 y en 1825, pero apenas sirvieron de nada por falta de dineros y de personal docente. Un «nuevo plan» apareció durante la guerra carlista, en 1838, «de evidente mejora sobre todos los planes anteriores»: establecía la enseñanza obligatoria, dividida en pública y privada. Ordenó este «plan» la apertura «de una escuela elemental en los pueblos de menos de cien vecinos, de una escuela primaria superior en los pueblos de más de 1.200 vecinos, y una normal para el profesorado». Estos «sueños» del Gobierno central tardarán cualquiera sabe cuanto en hacerse realidad por la geografía española. Suplen, como pueden, la familia y el cura párroco. Hay maestros «privados» que dan escuela por cuatro cuartos, sin que nadie controle su calidad.
   Tendría el crío Manuel cuatro o cinco años. Le ocurrió un lance curioso. Sería una de las muchas tardes en que al río Ebro se le hinchaban los pulmones mientras las nubes soltaban un tormentón que anegaba por completo el delta, subiendo hasta veinte palmos sobre su nivel ordinario. Es el caso que aquella noche el niño Manuel quedó a dormir en una casita de campo propiedad de la familia Domingo. La casita estaba pegando a las murallas del barranco del Rastro, al cuidado de un payés, buen hombre encariñado con Manuel. Las aguas desbordaron por la noche el cauce del barranco y acometieron en tromba el contorno. El payes se asustó, viendo anegada la casa. De mañana la lluvia aflojó: cargado con el niño a hombros, el fiel labriego apareció en el taller del señor Francisco. Señora Josefa pensó que su Manuel había corrido un peligro serio de muerte, y atribuyó su salvación al Santo Angel: quién sabe, las cosas que ocurren con los niños.

EL REGENTE Espartero dura poquísimo, lo hace muy mal. La prepotencia del espadón le merma popularidad. Está convertido en un dictador, con título de alteza y convencido de ser el amo de España. Pronto te atacan por todos tos costados; ni los progresistas toleran su mandato. María Cristina espera impaciente en su palacio de París.
   En el invierno de
1842 Espartero da un mal paso en Barcelona. Cataluña está inquieta por el proyecto gubernamental de un tratado económico España–Inglaterra, ventajoso para los británicos a costa de la producción textil catalana. Los obreros plantean reivindicaciones sociales. La revuelta de Barcelona tomó tal fuerza que las tropas tuvieron que concentrarse en «Montjuich». Espartero corrió allá al frente de un ejército, y el 3 de diciembre bombardeó la ciudad. A partir del suceso, hasta los antiguos amigos conspiraron contra él.
   En la primavera de
1843, los tejemanejes del regente Espartero provocaron la disolución de las Cortes. Los diputados protestaron. Olózaga pronunció la célebre exclamación «Dios salve a la reina., Dios salve al país», que los sufridos españoles tomaron a chirigota y cantaban en estribillo:

Unión española,
al grito acudid:
¡Dios salve a la Reina!
¡Dios salve al país!

   Los generales afectos al partido moderado aprovecharon la oportunidad: respaldados por María, Cristina entablaron negociaciones con militares progresistas, y de común acuerdo programaron el alzamiento en Málaga, Valencia, Barcelona, Reus... Incluso un joven y brillante coronel hijo de Reus, liberal, progresista, llamado Juan Prim, levanta la voz contra Espartero y entra en la conspiración.
   El
20 de julio las tropas rebeldes, al mando del espadón moderado Narváez, chocaron en Torrejón, a las puertas de Madrid, con los fieles a Espartero. Fue una batalla simbólica: los soldados fraternizaron, sentenciando la caída del regente.
   Espartero huyó a Cádiz, donde embarcó en el «Malabar» rumbo a Londres.
   En otoño, las Cortes declaran mayor de edad a Isabel II, que cumple trece años. María Cristina regresa feliz a Madrid. A principios de
1844 sube al poder el general Narváez, que inaugura un período de paz religiosa, alejando por algún tiempo el fantasma de los atropellos soportados bajo el gobierno progresista. Renueva las relaciones con la Santa Sede y recibe como nuncio a monseñor Brunelli. Roma exige desde el primer momento que se prepare el camino para restablecer las Ordenes religiosas. Pronto se hablará de un concordato.

LOS NIÑOS de Tortosa van a poder recibir el sacramento de la confirmación, Manuel entre ellos. Hace más de diez años, desde 1833, cuando el obispo don Víctor Damián salió por piernas al morir Fernando VII, no hay confirmaciones en Tortosa. En febrero de 1839, don Víctor murió, escondido en Sigüenza. Pero todavía no vino obispo nuevo; durante la regencia de Espartero quedaron suspendidos los nombramientos. Ahora Tortosa confía tener pronto su nuevo prelado. El retraso de las confirmaciones es tal que acude a remediarlo el arzobispo de Tarragona, Antonio Echánove, quien figura como administrador apostólico en sede vacante de la diócesis de Tortosa. Echánove ha estado complicado en los líos políticos, y le daba miedo hasta regresar a España con el nuevo gobierno moderado del general Narváez. Por fin volvió, y anda este año de 1845 repartiendo confirmaciones por media Cataluña. En octubre le toca a Tortosa, exactamente el día 18: Manuel Domingo, con sus nueve años, participa en el rito sacramental celebrado con pompa y teniendo por padrino de lujo al gobernador militar de la plaza. Hacía tantos años desde la última confirmación, que los tortosinos han disfrutado a gusto la fiesta.
   Siguen los Domingo y –Sol su existencia serena. Por los papeles oficiales sabemos que Manuel recibió su primera comunión a los tres años de ser confirmado. justo en vísperas de que llegue a Tortosa el obispo nuevo y cuando los políticos de Madrid ya habían casado a la jovencita reina de España.

LA MALCASARON, ésa es la verdad, y desgraciada la hicieron. ¿Hay tristeza mayor que una reina desgraciada?
   Le buscaron marido a todo lo largo del año
1845. Decidieron en 1846, y la casaron en 1847.
   Los políticos decidieron celebrar dos bodas juntas el mismo día: la boda de la reina y la boda de su hermanita pequeña, la infanta María Luisa. Dieciséis años cuenta Isabel, catorce María Luisa. A las dos las casan el mismo día. A las dos las harán desgraciadas. Las bodas reales, «los matrimonios españoles» decían en las cancillerías europeas, desataron una batalla campal entre diplomáticos ingleses y franceses para evitar que el enlace de la reina Isabel con un príncipe británico o galo inclinara la balanza de influencias internacionales a favor de un país en detrimento del otro. Jaime Balmes procuro inútilmente que se aprovechara el casamiento de la reina como plataforma de paz con los carlistas. Al fin escogieron el candidato menos deseado por Isabel, su primo don Francisco dé Asís. A la infanta María Luisa le asignaron Antonio de Orleans, duque de Montpensier, hijo del rey de Francia. El embajador francés en Madrid se pasó de listo contando en secreto a la corte de París que Isabel II estaba enferma y moriría pronto, dejando el trono a su hermana, de modo que el príncipe francés alcanzaría la corona española. Con estos embrollos resultó ensombrecida la existencia de las dos jovencillas del palacio de Madrid. A la reina la casaron con un hombre que no le gustaba; a la infanta le dieron un príncipe entusiasmado con la esperanza, nunca cumplida, de ceñir la corona.
   Don Francisco de Asís vistió en la boda uniforme de capitán general, con pantalón blanco galonado y chaqueta roja almenada de solemnes charreteras. Pero el guapo atavío no te quitaba su olor a chamusquina: los españoles dieron en comentar que parecía tísico, que pesaba «cuarenta y seis kilitos», que estaba «en el chasis»... y que «vaya usted a saber». Alguno do los invitados contaba que la reina. tardó en responder cuando le preguntaron:
   –¿Queréis por esposo y marido a don Francisco de Asís ... ? Tardó la reina, paseó su mirada de arriba abajo por el personajillo trajeado de capitán general, nubló los ojos, y acabo respondiendo un sí resignado, mortecino.
   Te digo yo, pobrecilla la reina. Está decidida a buscar consuelo. El pueblo español le perdonará sus devaneos amorosos. Lo malo es que a la sombra de la relajación matrimonial florecerá cómodamente 1 a corrupción política y económica. El país entra con descaro en el camino de la villanía. Nos invade un clima de cinismo nacional.
   En mis estudios religiosos del siglo XIX español he comprobado repetidas veces cuánto respeto profesan las monjas a la institución monárquica. Quizá en el fondo late un simbolismo de seguridad y orden que ellas perciben en la familia real. Ocurre además que reinas, infantas y princesas han gustado de presidir asociaciones benéficas; las monjas las han visto acercarse compasivamente a los hospitales, asilos y cárceles, donde una caricia cariñosa es siempre bien venida. Cuando escribí la biografía de sor Angela, fundadora de las Hermanas de la Cruz de Sevilla, sólo una frase me suplicaron las monjitas que tachara del original: hacía alusión a «los amantes de turno» de doña Isabel II. Las hermanas objetaron:
–¡Pero si era la reina!
Taché la línea, por supuesto, y bromee con ellas:
   –Está bien que sor Angela fuera santa, pero no pretendan ustedes canonizar a todas las reinas de España.
   Isabel II, de niña, sí fue «buena, cordial, generosa y simpática». La educaron mal tan a conciencia, que terminó convertida, como dijo Répide, «en autentica reina de baraja». La pluma sagaz de Galdós intenta justificarla, a cuenta de las pandillas de truhanes que la rodearon: «Poca defensa contra el mal tiene una pobre niña, criatura mimada y sin estudios a quien le ponen de maestros los siete pecados capitales... y no le pusieron más de siete porque no los había. »
   La casaron con un pelele. Ella suple a su aire las deficiencias del marido mediante una lista impresionante de favoritos. Miente y disimula, carga pecho y espalda con kilos de diamantes, cine mantos de terciopelo carmesí, luce diadema de perlas, participa en los negocios sucios de sus ministros. Los ingenieros murmuran que la línea de ferrocarril del norte da vueltas y revueltas inútiles a cuenta de que la compañía indemnizó a tos propietarios de las tierras atravesadas con mil duros por kilómetro... y buena parte de los terrenos tocados por la vía eran propiedad de la Corona.
   El país va, más aprisa que las máquinas nuevas del ferrocarril, hacia la revolución inevitable. Y cualquiera sabe si la revolución servirá para maldita cosa.
   La reina pasa de amante en amante. Muchos tiene, pero más le atribuyen. A cada nueva relación suya, las coplas populares te buscan doble sentido. López Santaella paga de su bolsillo particular una estatua de la reina que presida la plaza dedicada en Madrid a la soberana. Alguien pega de noche un epigrama al pedestal:


Santaella, de Isabel
costeó la estatua bella;
y del vulgo el eco fiel
dice que no es santo él
ni tampoco «santa ella».

AUNQUE no pudo realizar nuevas hazañas, debemos un recuerdo al tortosino Ramón Cabrera, que el mismo año 1847, de las bodas reales, ha encendido la segunda guerra carlista. Sin pena ni gloria. Don Carlos María Isidro, el hermano de Fernando VII y pretendiente al trono en la primera guerra, abdicó sus derechos, exiliado en Francia, a favor del mayor de sus hijos, Carlos Luis, conde de Montemolín, titulado Carlos VI.
   Los carlistas de Cataluña lo proclamaron rey y se alzaron en armas. Al conde de Montemolín no le consintieron los aduaneros franceses ni entrar en España. Cabrera, herido en Amer, regresó a Francia. Un fogonazo.
   En cambio, es cosa muy seria la decisión de nuestro pequeño tortosino, el niño Manuel.
   Tiene doce o trece años: ha comenzado a preparar su ingreso en el Seminario. Quiere ser sacerdote.
   Eso conocemos, el hecho escueto. Nada más, absolutamente nada: cómo maduró su decisión, las confidencias a su madre, el alegrón indudable que la noticia produjo al señor carpintero–tonelero don Francisco Domingo, los comentarios de hermanos y hermanas, nada sabemos. Y es una lástima, porque el taller de calle del Angel hubo de recibir felicitaciones cariñosas del barrio.
   También puede ser que al primer paso vocacional no le dieran demasiado valor las familias tortosinas. Por un motivo sencillo: que un muchacho comenzara estudios de latín y humanidades no significaba la decisión absoluta de hacerse sacerdote. Muchos chicos cursaban estos primeros estudios, externos y considerados preparatorios al ingreso en el Seminario; luego cambiaban de ruta quedándose a trabajar en el campo, a ocupar una plaza en los comercios, a estudiar en Barcelona una carrera civil. El Instituto de Segunda Enseñanza se instala en Tortosa estas mismas fechas, exactamente el año 1848: las familias de solera cristiana recelan del tipo de educación que los jóvenes recibirán allí, prefieren continuar enviándolos a la escuela preparatoria del Seminario.
   En esta escuela, instalada en el mismo Seminario, los chicos estudian castellano, geografía, historia, literatura y sobre todo latín. La regentan dos profesores, llamados Prades y Sena. El segundo, don José Sena, a quien llaman «dómine Sena», es famoso en toda la comarca. Pena que no tengamos una foto suya. Sería flaco y alto, canoso, nariz aguileña y ojos vigilantes. Quienes le trataron de cerca lo tuvieron por bueno y afable, pan bendito. Sabio además, trabajador y poeta: componía poemas latinos que a honor de personas ilustres aparecían publicados incluso en el «Boletín del Obispado». Una persona maravillosa. Pero, amigo, en clase parecía transformado: el dómine Sena no pasaba una. Convencido de que «la letra con sangre entra», utilizaba una correa como instrumento para avivar la atención de los alumnos: –dicen que sacudía de lo lindo, le temían los chicos. Sus alumnos llegaban atemorizados el primer día, a causa de las historias contadas por los antiguos; y atemorizados acababan cada curso, a causa de la propia experiencia.
   ¿Cómo le fue a nuestro jovencillo Manuel? Pues le fue de maravilla. Lo contaba él de mayor: nunca le tocó poner la mano para recibir el palmetazo. Fue buen estudiante y dómine Sena sabía distinguir. Aunque don Manuel añadía con afán de justicia una observación maliciosa. Resulta que también dómine Sena fue maestro mal pagado, como sucedió con los maestros casi toda la historia de España. Señora Josefa tuvo cuidado de hacer llegar al señor maestro frecuentes y sustanciosos regalos. Manuel se preguntaba luego si la benevolencia del dómine Sena la ganó el estudiante trabajando recio o la ganó la mamá del estudiante siendo caritativa con el maestro.
   En todo caso, don Manuel mas tarde procuró que no faltara una ayuda económica al dómine Sena cuando, retirado y viejo, se halló solo y sin recursos: siempre los alumnos recordaban al profesor «mas versado en desdichas que en versos».

QUINCE años contaba Manuel Domingo y Sol cuando el dómine Sena le declaró apto en Humanidades, es decir, preparado para solicitar el ingreso en el Seminario diocesano como alumno interno de los cursos de Filosofía.
Manuel echó su instancia, en verano de 1851.
Llevaba dos años en Tortosa el obispo nuevo.
Cosas que ocurren, su ilustrísima el obispo venido por fin a la sede tortosina después de nueve años de la muerte de su antecesor y a los quince de ausencia efectiva, ya que don Víctor Damán había salido de estampía el año 1833, pues su ilustrísima el nuevo es sobrino carnal de su tío ilustrísima el antiguo. Así, como suena.
   Se llama don Damián Gordo y Sáez. Tortosa le obsequió con un recibimiento triunfal. De momento, la cualidad más notable del obispo consiste en ser sobrino de su tío, sobrino de un señor tío que fue tan importante.
   Los políticos moderados vieron con simpatía la ascensión de un sobrino de don Víctor Damián, y se lo colocaron al Espíritu Santo como candidato para obispo. En honor del tío se llamaba Damián, y al consagrarle obispo en 1848 pisaba la raya de los cincuenta años.
Ha tomado el cargo con buenos arrestos.
   Veremos qué sale; a los obispos y a los melones conviene aguardar hasta catarlos para decir cómo saben.


5


LA MONJA QUE ALBOROTO TORTOSA (1851–1858)



1851 resulta un año importante para la historia de nuestro joven Manuel Domingo y Sol.
Ocurren tres acontecimientos que influirán en su vida.
   El primero, ya lo conocemos, le afecta personalmente: Manuel comienza su vida de seminarista interno en Tortosa.
   El segundo marca la trayectoria religiosa de nuestro país, crea un marco jurídico de relaciones entre España y la Santa Sede: en primavera se ha firmado el «concordato», que va a durar un siglo.
   El tercer acontecimiento refleja una situación inestable de la vida política y social: la jovencilla reina Isabel, malcasada y triste, está embarazada, y muchas cosas dependen de que ponga en el mundo una niña o un niño. Desgraciadamente, salió niña.

DURANTE un par de años, 1851–1852, Bravo Murillo impone a España un estilo de administración severa. Trazó un plan de carreteras, inauguró el ferrocarril Madrid–Aranjuez: tres locomotoras con tres vagones, tipo jardinera, engalanadas con percates rojo y gualda. Los corrillos de la estación también murmuran que la reina, y su marido, y los amantes de la reina, y los amigos de su marido, participan en el reparto de los millones del negocio.
   Isabel II quiso viajar con la corte en el primer tren de Aranjuez la víspera de la Inmaculada de
1851. Iba muy adelantada en su embarazo. Diez días más tarde dio a luz, entre la expectación del país, que se dedicó a apostar si niño o niña. La Gaceta anunció al fin el «nacimiento feliz» de una «preciosa infantita». Los capitostes del Gobierno se decepcionaron. Dicen que el general Castaños, a¡ marcharse de palacio, murmuró después de haber aguantado el frío de la madrugada:
–Todo sea por Dios... Aquí el refrán: Mala noche y parir hija.
   La reina fue a dar gracias por su feliz alumbramiento a la Virgen de. Atocha; al volver a tomar su coche, un cura loco le asestó una puñalada. No fue nada, por fortuna: un poquito de sangre, alaridos, desmayos; y al cura lo ahorcaron el 7 de enero en las afueras de Madrid. La reina recobró su apetito y las ganas de divertirse en las veladas del Teatro Real, inaugurado recientemente, donde aparecía escoltada por guapos caballeros.
   Bravo Murillo no consiguió sujetar los corceles de la insensatez nacional: abandonó la presidencia. A los pocos meses, Isabel II entregó el gobierno a Sartorius, conde de San Luis. Los progresistas chillaban, denunciando robos en la administración estatal, negocios sucios en la explotación de los ferrocarriles, corrupción en las camarillas del palacio real. No les faltaba razón; la mayor parte de las acusaciones tenían fundamento.
   El cambio se veía venir. En las tascas madrileñas hay cada noche reunión de conjurados. Varios generales, que el conde de San Luis envió lejos de la capital, prometen ayudar la revolución. Circulan octavillas que llaman «tiránico», «despótico» y hasta «sanguinario» al presidente del Gobierno; palabras ciertamente exageradas, porque la cosa no es para tanto; pero sirven de palanca y mueven a las masas.
   Repuesta del embarazo la reina salía de paseo, acompañada de su augusto esposo, por las calles de Madrid en un coche de caballos cuyas portezuelas lucen grabados los dos hemisferios del planeta. Pero la pobre España popular la tenemos muerta de piojos y hambre. Los palacios de Medinaceli, de Alcañices, de Sotomayor, de Liria y Santa Marca reparten cada tarde sobras de comida a los mendigos, por la puerta de servicio, pues sería de mal tono reunir a los desharrapados en el vestíbulo de tan hermosas mansiones. De los mil doscientos cincuenta millones de reales a que asciende el presupuesto general del Estado, el bocado mayor se lo lleva el Ministerio de la Guerra; Instrucción, Obras Públicas y Comercio, sumados los tres, disponen de una quinta parte del dinero que corresponde al ejército... Cualquiera diría que España no tiene remedio.


A VER si consigo explicarles con palabras claras la situación del Seminario de Tortosa cuando en otoño de 1851 Manuel Domingo y Sol entra interno para comenzar sus estudios de Filosofía.
Este Seminario tiene historia curiosa.
Parece extraño, pero una diócesis tan ancha como Tortosa resulta que llegó a mitad del siglo XIX sin haber puesto en pie el «Seminario diocesano», prescrito nada menos que por el Concilio de Trento en el siglo XVI para todas las diócesis de la Iglesia católica.
¿Por qué tal retraso en Tortosa?
Hay una explicación: los frailes dominicos tenían abierto desde mitad del siglo XIV un centro de estudios superiores, a cuyas clases se incorporaban los seminaristas. Llevaba el título de Colegio de Santo Domingo y había conseguido reconocimiento universitario por parte de los papas de Roma y de los reyes de España. Posteriormente se unió al Colegio de Santo Domingo un Colegio–Resídencia con el título de San Matías, en el cual habitaban los seminaristas de Tortosa que seguían el curso escolar en las aulas del Colegio de Santo Domingo.
El colegio–residencia de los seminaristas posee el campanudo blasón de «real colegio de San Matías» y ocupa un hermoso edificio de fachada renacentista con un claustro plateresco.
Los obispos de Tortosa intentaron en varias ocasiones independizar el Colegio de San Matías convirtiéndolo en Seminario conciliar, pero los frailes dominicos se oponían siempre al proyecto por evitar que su Colegio universitario de Santo Domingo perdiera vitalidad.
   Ningún obispo pudo con ellos... hasta que llegó nuestro conocido Víctor Damián, que tenía a su disposición la mismísima persona de Fernando VII: en 1825 obtuvo la Real Orden que elevó el Colegio de San Matías a Seminario conciliar; le dio estatutos, celebró la inauguración solemne con asistencia de todas las autoridades tortosinas. Tuvo el buen sentido de nombrar rector al padre dominico Mariano Roquer, lo cual evitaba una ruptura con el Colegio de Santo Domingo.
   El flamante Seminario se tambaleó cuando el obispo Víctor Damián salió escapado de Tortosa el año 1833; y cerró sus puertas con la exclaustración de 1835: sirva como detalle para medir la categoría «cultural» de los hombres de Mendizábal el dato de que la hermosa fábrica del Colegio de Santo Domingo y su iglesia fueron convertidos en parque de artillería.
   Pasado el vendaval de Espartero, el Gobierno autoriza la reapertura del Seminario de Tortosa instalado en el Colegio de San Matías. Al llegar en 1849 el obispo Damián Gordo se encuentra con que no le caben todos los seminaristas en el Colegio de San Matías: decide pasar los seminaristas teólogos a un ala del antiguo colegio que los jesuitas tuvieron en Tortosa, calle Moncada, y deja en San Matías los seminaristas filósofos.
   Confío que lo he contado claro: al Colegio San Matías entra Manuel Domingo en octubre de 1851 como seminarista filósofo. Cumplidos tres cursos de Filosofía, pasará en 1854 a estudiar Teología en el edificio de la calle Moncada.

¿COMO LE FUE?
   Regular. Eran ochenta y dos los alumnos de Filosofía matriculados, de los cuales treinta y nueve pertenecían al curso primero. Tenían como director al padre Miguel Arín, también dominico exclaustrado. Continúa vigente el reglamento dictado en 1825 por don Víctor Damián, un excelente reglamento con indicaciones oportunas para fortalecer la disciplina y la piedad del Seminario. Pero los jaleos políticos y el cisco de la supresión de las Ordenes religiosas habían ocasionado un desconcierto cuyas huellas tardarían en borrarse. Don Manuel conservó mala impresión de su primera entrada y lamentaba las deficiencias de formación espiritual: les daban alguna plática «y nada más, ni se sabía lo que era el Kempis»; tampoco los días de retiro los tomaban en serio.
    Con el estudio ocurría algo semejante. El concordato recién firmado entre España y la Santa Sede favorecía la elaboración de un nuevo plan de estudios para colocar los seminarios en nivel digno. De momento, papel mojado: faltaban profesores y escaseaba el dinero. Por ejemplo, los treinta y nueve muchachos del primer curso de Filosofía, al que pertenecía Manuel, tuvieron en 1851 un solo profesor, don Manuel Boix, para todas las asignaturas. Igual ocurrirá en 1852, con don Bernardo Lázaro; y en 1853, con don Pedro Espinós.
    Recojamos las calificaciones obtenidas por Manuel Domingo y Sol. Le dan una nota global del curso, sin especificar los puntos de cada asignatura: Manuel obtiene en los tres cursos de Filosofía lo que hoy llamamos «notable», benemeritus en la jerga escolástica.
   Un condiscípulo de Manuel dejó escritas algunas cuartillas con recuerdos de su vida en el Seminario. Aquellos chicos estaban sometidos a las mismas reglas vigentes en los demás seminarios de España. Por ejemplo, nada más llegar les rapaban al cero la cabeza, ceremonia que a mí de chaval me impresionó y hasta me asustó. Los levantaban muy tempranito, a las seis de la mañana. Vestían un uniforme sencillo, al que para salir de paseo añadían la famosa esclavina o capita de paño color café y una gorrita con visera. Acudían a la catedral para las fiestas litúrgicas que presidía el obispo. Un par de días al año se alegraba la mesa con algún extraordinario: en Tortosa era un vaso de vino; en mi Seminario de Huesca, un platito de arroz con leche. Nunca he olvidado aquella infantil alegría. Recoge un detalle de enorme interés: algunos seminaristas externos «eran tan pobres, que con el cesto colgado en el brazo acudían diariamente al seminario a recibir las sobras de los internos, y les llamábamos ‘estudiantes de sopa’. El cesto contenía un plato o pucherito en el cual depositaban la comida. Los mas pobres vestían muy pobremente y calzaban de ordinario alpargatas sin calcetines».
   Estos desarrapados «estudiantes de sopa» llegara un día en que se queden sin sopa: van a torcer la existencia de Manuel Domingo y Sol.

ESCASEAN las confidencias en torno a la época juvenil de Manuel. Tanto que cuesta trabajo llamarle así, con el nombre a secas, pues todos los documentos dan referencia a «mosén Sol», o «Don Manuel Domingo y Sol». Sin embargo, es curioso, existen abundantes testimonios acerca de los cariños del muchacho a la Virgen María. Y de su apego al misterio eucarístico. La participación en la Eucaristía solía ser debilísima en aquellos seminarios. A los compañeros les asombró el cuidado que Manuel ponía para comulgar dos veces por semana. El anota sus compromisos espirituales, los rezos que desea cumplir, los días que le toca confesarse, las pequeñas mortificaciones. Sobre todo procura emplear bien cada jornada: «Desde que estudié filosofía ––comentó de mayor–, no supe lo que era perder el tiempo.»
   Por estos años introducen los superiores del Seminario de Tortosa la deliciosa costumbre de ofrecer a la Santísima Virgen el mes de mayo. Manuel respondió con entusiasmo y procuro contagiar a sus compañeros: «Yo tenía cinco anos menos que el –comenta uno–, y aún recuerdo que me preguntaba con frecuencia si era devoto de la Virgen, 'medio seguro, me decía, para ir al cielo'. Repartía estampas, libritos y oraciones impresas ... »
   Inventó Manuel las «Guirnaldas» como gracioso obsequio personal y secreto a la Virgen María. La «Guirnalda» es una lista de actos internos o externos distribuidos uno para cada día del mes de mayo: los programa con tiempo, y señala con una cruz según pasa el mes, si los va cumpliendo. La primera de las «Guirnaldas» la redactó en mayo de 1853, su segundo curso de Filosofía; tenía él diecisiete años. Le pone una cabecera ingenua: «Guirnalda de flores, reunida por mí, Manuel Domingo, grandísimo pecador, para ofrecer a la Virgen María en la hora de la muerte.» 0 sea, el compromiso va en serio, pues quiere presentarse ante la Señora con tantas guirnaldas como años viva. ¿Qué «flores» componen la guirnalda? He aquí algunas: para el día 1 se propone «inclinar la cabeza al oír o pronunciar el nombre de María»; para el día 3, «decir el avemaría cuando el reloj da las horas»; el 5, «hacer un favor a quien me ofenda»; el 11, «no dar molestia a otro, sufriendo si nos las dan»; el 18, «levantarse pronto de la cama para no empezar el día con un acto de pereza»; el 19, «privarse de alguna diversión»...

A SEÑORA Josefa, feliz con un hijo en el Seminario, lo que le da miedo son las vacaciones.
   Un día del verano, con alguien, no sabemos quién, serían parientes o quizá el hermano mayor, Manuel viajó a pasar unos días a Morella, la capital del Maestrazgo, escenario de las hazañas guerreras de Ramón Cabrera. Era su primer viaje fuera de Tortosa y él iba encantado. Señora Josefa le recomendó que escribiera cartas a casa ...
   No escribió ninguna. Cuando regresó, la madre lamentaba el silencio de aquellos días: ni una carta. Manuel la tranquilizó:
   –No merecía la pena escribir, por tan pocos días; y no pensé que estaría usted impaciente...
   Lo estaba; señora Josefa le teme al verano. Por eso le gusta que su Manuel pase también parte de sus vacaciones interno en el Seminario. A él le divierte quedarse en el gran caserón en compañía de media docena de condiscípulos. Hallan margen para alguna picardía. Manuel sabe que su madre lo tendría más atado. Por las tardes bajan a nadar un rato en el Ebro. Apuestan quién llega primero de orilla a orilla. Manuel sonríe.
–Si lo supiera mi madre, no volvía a veranear fuera de casa.

POR ESTA EPOCA hay revuelo monjil en Tortosa.
   De siempre, Tortosa entiende mucho de monjas. Las tiene reverentemente aprisionadas entre muros venerables; a veces de tan alta calidad artística como el convento de Santa Clara, de comienzos del siglo XIII, con claustro gótico primitivo. En esa mitad del siglo XIX las familias tortosinas se sienten vinculadas íntimamente a sus conventos porque de casi cada hogar sale alguna joven dispuesta a remediar con su vocación los males infligidos por los gobiernos progresistas a la vida religiosa del país.
   Las monjas de Tortosa disfrutan una existencia serena en su clausura, visitadas ritualmente por los familiares, que les oyen en el locutorio tras la reja palabras referentes a la salvación del alma.
   Pues en los últimos días de marzo de 1849 ocurrió un cataclismo. Han venido de Reus media docena de monjas de la Caridad que andan por las calles cuando les da la gana, compran en las tiendas, recogen limosna, suben y bajan al Ayuntamiento, cruzan el río en el puente de barcas...
   –¿No has ido a ver lo que están haciendo en la Misericordia del Jesús?
   La «Misericordia del Jesús» llaman en Tortosa su «Casa de Caridad», emplazada en las afueras del casco urbano, distante un par de kilómetros de la población, donde termina el barrio dicho «del Jesús» a la orilla del Ebro.
   Aquello no era una «Misericordia», era un desastre: desorden, mugre, miseria, haces de heno amontonados por los rincones, piojos en las cunas de los niños, camas de paja para los grandes, con chaquetones raídos hombres y mujeres. Aquello no era la «Misericordia», era la guerra.
   España vivía los contrastes característicos de la época romántica. Aún éramos muy católicos, hasta los progresistas, hasta los masones. No digamos los aristócratas, los moderados, la gente de orden tradicionalmente acomodada en los reclinatorios solemnes de las iglesias. Todos muy católicos. Pero a los niños de la «Misericordia» de cualquier ciudad de España los piojos les comían la cara. Ni teníamos dinero para comprar camas a los viejos del asilo.
   El Ayuntamiento de Tortosa andaba enloquecido, sin personal ni dinero para enfrentar el estado caótico de su «Misericordia», asilo en que i_–cogían niños expósitos, huérfanos, subnormales, inválidos de ambos sexos, viejos y viejas sin familia, o arrojados de casa... La Casa de Misericordia de Tortosa había sido fundada en los últimos años del siglo XVIII; tenía, por tanto, cincuenta años de existencia. La regentaron las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, recién llegadas entonces a España. Funcionó bien. Pero las hermanas se fueron, sin que sepamos por qué –pronto veremos que, en uno de nuestros acostumbrados «arrebatos culturales», las turbas de Tortosa quemaron el archivo del Ayuntamiento, y nos falta la documentación municipal de veinte años–. La Misericordia inició una cuesta abajo que tocaría fondo a mitad de siglo: «Con dificultad puede ofrecerse necesidad mas grave ni más triste cuadro... mas propiamente debía denominarse casa de miseria y desorden que refugio de pobres.»
   Alguien habló, en el Ayuntamiento, de las hermanas de Reus. Quizá don Antonio González, secretario de la Corporación, a quien el alcalde encargó que negociara para traer a Tortosa las monjas de Reus.
La negociación llegó felizmente a puerto.
Ultimado el acuerdo, los comisionados de Tortosa se presentaron en Reus presididos por el mismísimo alcalde corregidor, don Marcelino Escartín: venían a recoger las hermanas y trasladarlas en sus carricoches a Tortosa. Atención muy de agradecer, dado el riesgo de los viajes: la diligencia Tortosa–Barcelona sufría frecuentes asaltos de ladrones en el Coll de Balaguer al grito clásico de «la bolsa o la vida».
   Llegaron a Tortosa la tarde del 18 de marzo de 1849. Durmieron alojadas en familia. Al día siguiente, San José, las acompañaron al arrabal del Jesús... y sor María Rosa, reverenda y flamante Madre Superiora, se quedó tiesa al contemplar el panorama de la «Casa de Misericordia»; su casa.
   María Rosa y sus hermanas aceptaron el desafío, aceptaron la guerra.
   Sin comentarios, iniciaron la batalla. Fue una semana épica. Cruzaron el río varias veces para comprar en las tiendas del centro estropajos, baldes, escobas, lejía, zotal, jabón. La gente las veía atónita caminar con su carga; Dios bendito, las monjas, cuándo sucedió espectáculo semejante.
   Ni pidieron auxilio ni contrataron criadas. Ceñidas con delantales de saco, se tiraron al suelo, estropajo en mano... La primera estampa conservada en la memoria de los tortosinos no es una santa revestida de fulgores angélicos en la gloria de Bernini con el hábito planchado de los domingos, no: ellos conocieron a sor María Rosa «fregando el suelo en una balsa de agua por los pasillos de la Misericordia».
   –Si la dejan –comentaron los tertulios de las tascas–, la monja, por limpiar bien la Misericordia, meterá en el edificio un ramal del Ebro.

ESTA MONJA, madre María Rosa Molas, va a ser uno de los tres personajes que iluminan hoy el horizonte de Tortosa. Suele ocurrir que de vez en cuando aparece una «constelación» de creyentes fervorosos, que llamamos santos, en una misma ciudad. Tortosa, de mitad a finales del siglo XIX, contó con tres tipos fuera de serie, dos hombres y una mujer. Hoy sus nombres dan lustre a la ciudad, ellos «están vivos».
   La mujer es María Rosa Molas, a quien el Ayuntamiento ha confiado «redimir» la Casa de Misericordia.
   Los hombres son dos sacerdotes: Manuel Domingo y Sol y Enrique de Ossó, un estudiante que veremos aparecer en seguida por el Seminario de Tortosa.
   De los tres, sólo Manuel ha nacido en Tortosa: María Rosa viene de Reus, Enrique nació en un pueblecito llamado Vinebre. Pero a los tres Tortosa los considera suyos. Con razón.

EN MARZO de 1851, María Rosa Molas abre una escuela para niñas en el corazón mismo de Tortosa.
   Toda la ciudad había contemplado «el milagro» que las monjas realizaron en la Casa de Misericordia: los tortosinos tomaron la costumbre, que complicó bastante las actividades de las hermanas, pero alegraba la casa y establecía contactos con Posibles bienhechores. Sor María Rosa lucía su mejor sonrisa; hasta para lo que hoy llamamos «relaciones públicas» sería un buen fichaje. Los concejales de Tortosa le pusieron de mote cariñoso «la diplomática».
   No es broma ni exageración. Don Mariano, el alcalde corregidor, reventaba de gozo. Tuvo que nombrar turno de guardias municipales para controlar los domingos el acceso de los visitantes a la Misericordia, tal gentío iba. Damas y caballeros metían la nariz en todas partes. Lo encontraban todo limpio, reluciente.
Quién vio esta casa...
   Los niños y los viejos de la Misericordia tenían así los domingos espectáculo gratuito con tanto visitante.
Satisfecho el alcalde.
Feliz el obispo, don Damián Gordo.
   El más conspicuo cocodrilo liberal de Tortosa, poco amigo de hábitos monjiles, quiso comprobar por sí mismo la historia de las hermanas de la Misericordia, Realizó su inspección personal. Habló largamente con la superiora, Visitó la casa. Aquella noche sentenció ante los amigos de la tertulia:
–O son santas o son brujas...
   Un periodista de El Dertosense paso una semana yendo y viniendo de la redacción al Jesús. Se hace cruces «de la educación esmerada que se da a las huerfanitas, a quienes enseñan toda clase de labores». Le sorprende sobre todo «un nuevo método de lectura, tan ingenioso como fácil», con el cual «aprenden a leer muchas a la vez y en poco tiempo,».
   Este curso pedagógico lo traían de Francia las Hijas de la Caridad al venir a instalarse en España. Era un «sistema simultáneo» que, en vez de aprender las niñas una a una, procuraba dominar la atención de todo el grupo saltando en la lectura de una escolar a la otra, mediante señales convenidas; y ascendiendo de puesto la que corregía el error de la anterior. A nuestro periodista le pareció una maravilla, y con razón. Antes de cerrar la serie de sus informaciones, ensalza de nuevo «la transformación radical y sorprendente que se ha verificado en la Casa de Misericordia», según proclaman «cuantas personas la hayan visitado antes y después del establecimiento en ella de las Hermanas de la Caridad». Cierra con un canto romántico a la virtud de «las dignas hijas de Paúl», que seguro puso coloradas a las hermanas si alguien les llevó los recortes.
   Lástima la quema. de documentos municipales; nos impide seguir paso a paso las negociaciones del Ayuntamiento. Amable y sonriente, sor María Rosa supo defender los intereses de la Misericordia cuando fue menester. La capacidad de la «monja diplomática», y su tesón, los conoció el alcalde a propósito de un negocio proyectado, que ella por dos veces le pinchó: intentaron vender los ediles la huerta de la Misericordia, porque había salido un comprador en excelentes condiciones. El Ayuntamiento ganaba sus buenos dineros; pero los acogidos quedaban privados de un magnífico desahogo; y la Misericordia perdía la verdura, las frutas... Sor María Rosa se plantó. A las buenas, y un poco a las malas, defendió la huerta. Los negociadores le reconocieron «la gracia de infundir respeto». Pero después de una larga sesión en el despacho de los abogados, uno de los caballeros presentes salió comentando en broma a costa de la monja:
–Si fuera mi mujer, me divorciaba.
   La negociación importante marchó viento en poca: al Ayuntamiento le interesaba, visto el rotundo éxito de la escuela de niñas en el arrabal, que las hermanas abrieran otra en el casco de la población.
   Don Antonio González, el hombre culto de Tortosa, además de secretario del Ayuntamiento lo era también de la Sociedad de Amigos del País. El 14 de abril de 1835 había presentado a la Sociedad una documentada memoria acerca de temas locales, la instrucción pública entre ellos. «Un rosario de calamidades» había azotado la región desde comienzos del siglo: la Guerra de la Independencia, la peste de 1821, la subversión carlista, los cambios políticos nacionales, reflejados a nivel local en los relevos del Ayuntamiento. Entre otras cosas, este vendaval había barrido los centros de enseñanza. Para niñas no existía ni una sola escuela: un grupo de costureras ejercitaban en labores a unas docenas de niñas por cuenta del Ayuntamiento. Nada más. González sugería en su memoria emplear la paga mensual de las costureras en una o dos maestras «de acreditada virtud y habilidad» que regenten una escuela para niñas «donde a más de las labores peculiares de su sexo enseñen a leer, escribir, aritmética ... ».
   Lamento en el desierto: quince años después, en 1850, Tortosa continuaba sin una escuela para niñas.
   Ahora, el alcalde y su secretario ven la solución al alcance de la mano.
   A sor María Rosa le encantó la propuesta: una escuela de niñas en el centro de Tortosa...
   El Ayuntamiento habilitó un hermoso edificio de su propiedad en el número 22 de la calle Moncada, la casa llamada «de Enseñanza». Vinieron las cuatro hermanas de Reus. Don Antonio González preparó el contrato: el Ayuntamiento de Tortosa nombra maestra encargada de la escuela de niñas a sor María Rosa Molas, que percibirá por tal concepto 2.160 reales al año; con esta subvención sor María Rosa sostendrá las hermanas colocadas al frente de las clases; ella queda autorizada a continuar residiendo en la Misericordia.
   Todo dispuesto para el estreno, la Corporación municipal extendió y firmó el documento fundacional a 17 de marzo de 1851. El 19, San José, a los dos años de su entrada en la Misericordia, las Hermanas de la Caridad ocuparon su nueva residencia en el corazón de Tortosa.
   Comenzaron las clases divididas en cuatro secciones: bordado, costura, encaje y calceta, amén «de la parte literaria» y cuentas.
   La maravilla se renovó en los comentarios tortosinos: «La novedad y delicadeza de las labores atrae numerosas alumnas»; «los nuevos sistemas de enseñanza consiguen resultados sorprendentes»; «Tortosa ha puesto en pie un centro de instrucción como hay pocos en la provincia», «el mejor pagado», «excelente instalación», «maestras hacendosas»... Y un remate consolador: «Brillantes exámenes».
   Pasarán los años, el Estado moderno irá entrando trabajosamente en caja, tendremos aulas abundantes y maestros titulados. Pero es de justicia recordar ahora a quienes entonces acudieron a la trinchera, con las manos lavadas: sólo tenían mucho amor.
   La iniciativa de sor María Rosa conmovió el subsuelo de «Tortosa católica». El municipio suplicó a los conventos de clausura, Santa Clara, San Juan de Jerusalén, la Purísima, que de algún modo «abriesen sus puertas e impartiesen enseñanza gratuita a las niñas». El obispo dio su permiso. Los conventos de Tortosa montaron escuelas, ejercientes hasta la revolución del 68.

CON SU HABITUAL «notable» en el bolsillo, Manuel Domingo remata los cursos de Filosofía y pasa, en otoño de 1854, a estudiar Teología. ¿Por qué Manuel alcanza sólo «notable»? Los futuros santos no tienen obligación de obtener sobresaliente a cada examen, caramba. Pero en Teología le vamos a ver un esfuerzo.
   Cambia de casa, deja el Colegio San Matías, donde residen los seminaristas filósofos, y pasa al viejo caserón de la calle Moncada, que fue residencia jesuítica y acoge ahora a los seminaristas teólogos.
   Este de 1854 es un año duro en Tortosa y para toda España.
   Primero por la epidemia del cólera que ha dado un ramalazo feroz, dejando en Tortosa doscientos muertos.
Y además, por los líos políticos.

EL AIRE huele a revolución. Una revolución casera, de broma, en la que el pueblo participará exclusivamente un par de jornadas, mientras le consientan realizar actos de pillaje. Luego una docena de capitostes políticos sucederán a otra docena de políticos capitostes: aquéllos tenían como respaldo un general conservador, éstos se traerán de guardaespaldas otro general progresista. En un callejoncito de la Plaza Mayor de Madrid, un tendero zumbón ha colocado este letrero en la puerta de su establecimiento: «Alpargatería, pero se vende pan». Algo así ocurre con la política nacional: las etiquetas no son de fiar.
   Por fin, a las puertas del verano de 1854, el general O'Donnell y un joven periodista llamado Cánovas del Castillo decidieron ponerse al frente de la revolución que todo el mundo daba por segura. O'Donnell y Cánovas pretendían sujetar los extremismos, evitando que de un bandazo se pasara del «despotismo» con que gobernaban los moderados del conde de San Luis al libertinaje anhelado por los progresistas. La policía persiguió a O'Donnell y estuvo a punto de cazarlo; pero el general escapó, reunió tropas en Alcalá de Henares y dirigió un manifiesto a la reina Isabel II explicando que tomaba las armas para limpiar de inmoralidades administrativas el país. El 30 de junio se enfrentaron en Vicálvaro los soldados de O'Donnell con las fuerzas del Gobierno. Pelearon un día y una noche, sin que en la madrugada del 1 de julio estuviera claro quién había vencido. Las tropas gubernamentales se retiraron hacia la capital. O'Donnell vaciló y, en vez de realizar el asalto definitivo., bajó a la Mancha, y luego a Andalucía, en busca de refuerzos.
   Entonces ocurrió lo inevitable: jefes progresistas azuzaron al pueblo de Madrid y lo echaron a la calle. Gentes de los barrios invadieron el centro, asaltaron las cárceles y soltaron a los presos, levantaron barricadas, asaltaron los bancos, quemaron palacios, arrastraron al jefe de policía... Hubo combates en las plazas céntricas... Cúchares y su cuadrilla defendieron una barricada. A la tonada de «La donna é móvile» los ciegos le pusieron letrillas ofensivas para la reina madre:


Muera Cristina,
muera la ladrona...

   Asustada, con razón, Isabel II envió una carta urgentísima al jefe que los progresistas reconocían como capitán insobornable: el general don Baldomero Espartero. «Nunca he olvidado los servicios que has prestado a mi persona y al país, y siempre te he creído dispuesto a prestar otros cuando fueran necesarios. Ahora que las circunstancias son difíciles, necesito que vengas, y vengas pronto. No te hagas esperar. Te espero con impaciencia, Isabel.»
   Así fue como el pronunciamiento «centrista» de O'Donnell entregó el poder al extremismo de Espartero.
   Don Baldomero entró en Madrid el 28 de julio. Venía sonriente y «libertario», pero su misma fama le iba a llevar al fracaso: no pudo sujetar las pasiones desatadas; el país entró en una enloquecida espiral de tumultos y desmanes que dieron celebridad lamentable al «Bienio progresista», los dos años que duró. Los obreros de Barcelona paralizaron las fábricas con motines incesantes, los campesinos de Castilla quemaban las cosechas..., y Espartero, «patriarca de las libertades», tenía que limitarse a repetir:«Cúmplase la voluntad nacional.»
      Naturalmente, el programa progresista incluía poner mordaza a las fuerzas clericales; renovaron la incautación de los bienes de la Iglesia, deportaron jesuitas, desterraron obispos, violaron el concordato, cerraron la Nunciatura, incluyeron la libertad de cultos en el proyecto de Constitución...


LOS SEMINARISTAS de Tortosa estuvieron todo el verano muy orgullosos de su obispo. Cuando comenzó el nuevo curso, los jóvenes seminaristas de la calle Moncada no hablan de otra cosa.
Vale la pena contar el episodio.
   La Vicalvarada, como se llamó esta revolución, iniciada en la batalla de Vicálvaro, tuvo la adhesión de Tortosa el 16 de julio. El 30, a los dos días de entrar Espartero en Madrid, los revolucionarios de Tortosa verificaron «un pronunciamiento» por su cuenta, a lo bestia.
   En realidad, los fautores del motín fueron «muy pocos», certifican las actas municipales: unos cuantos desalmados a las órdenes de cabecillas venidos de otras poblaciones con la consigna «política* de «alterar el orden». Era domingo. A las nueve de la mañana esta «chusma inmoral forastera» alborotaba por las calles, con no pocos sobresaltos de la pacífica ciudadanía tortosina. Alguno de los jefecillos gritó la consigna:
–¡Abajo los consumos!
   Entonces «los revolucionarios » supieron lo que tenían que hacer para honor del general Espartero:
–¡Al Ayuntamiento!
A matar concejales, se entiende.
   La corporación municipal estaba reunida, en domingo, dadas las circunstancias extraordinarias que atravesaba el país: el gobierno de Espartero significará un relevo a todos los niveles.
   Eran las diez de la mañana cuando el tropel de facinerosos irrumpió, con cuchillos, hachas y garrotes, en el municipio.
   El alcalde y sus concejales no vacilaron: por los tejados del Ayuntamiento saltaron a las casas vecinas y huyeron a esconderse en sitios seguros.
   Don Antonio González, el honrado secretario, voz de la cultura en Tortosa, salió a las escaleras y, desde un rellano, intentó calmar a los sediciosos con palabras razonables. Le costó la vida. Lo apuñalaron. Arrastraron su cuerpo hasta el puente y lo tiraron al río.
   Dueños del municipio, los amotinados rompen puertas, destrozan muebles, arrojan por las ventanas los libros del archivo queman papeles. Robaron de la caja diez mil duros, que constituían en aquel momento el fondo municipal.. Algún testigo les vio echar «desde la baranda al río cartuchos de napoleones».
   Cumplida la misión en el edificio, bajaron a la calle dispuestos a proseguir su trabajo en otros puntos de la ciudad, y comenzaron saqueando la casa del administrador de consumos.
¿Quién podría detener la furia?
   El obispo. Don Damián Gordo resolvió que a él le tocaba. Y cumplió valientemente su misión.
   Acompañado de un familiar bajó a la calle, buscó a los amotinados. Pudo aprovechar la sorpresa que causó su presencia. Aquellos desgraciados lo esperaban todo menos al obispo. Callaron un instante. Les habló con emoción, con ternura. Les pidió la paz... Se hizo con ellos. Los cabecillas no se atrevieron a enfrentarse al obispo. El grupo se fue disolviendo.
   Pienso que don Damián estuvo valiente de veras: si alguno de los amotinados se llega a acordar de que el obispo era sobrino de su tío...
   Por la tarde Tortosa estuvo silenciosa, como un cementerio. El alcalde requirió a los concejales, que volvieron a reunirse en el Ayuntamiento. En sesión de urgencia, «vista la desolación que presentan oficinas, dependencias y habitaciones de la Casa Consistorial», acordaron:
   – «Que pase un escribano público con el objeto de formar inventario»;
   – «que en vista del horrible asesinato... se asigne la pensión de cuatro mil reales anuales para auxilios a la viuda y familiar»;
– «que se dirija al vecindario la conveniente alocución».
   Además de la alocución, por si acaso, organizaron milicia nacional.
En sesión del 7 de agosto completaron los acuerdos:
   «En atención a los heroicos servicios prestados por el Ilmo. señor obispo de esta diócesis, don Damián Gordo Sáez, en los momentos de efervescencia que consterno a la ciudad en el día 30 de julio último, presentándose en medio de las hordas desenfrenadas con el objeto de exhortarles que cesaran en su furor; se acordó: Pase al palacio de su Ilma. una comisión del Ayuntamiento con el fin de expresarle su agradecimiento por tan oportunos servicios.»
Lo merecía el obispo.

LA PENA fue que, cumplido sólo un trimestre del curso, en plenas vacaciones de Navidad, los seminaristas tuvieron que acudir a un funeral de postín en la catedral: se les murió el obispo.
   Durante el ramalazo del cólera, su ilustrísima don Damián dio ejemplos valientes de caridad cristiana. Le aconsejaron que saliera de Tortosa; él, con buen sentido, se negó. Nadie sospechaba que el obispo duraría poco. No murió de cólera, sino de esa enfermedad maravillosamente popular conocida como «muerte natural». Don Damián murió de muerte natural el 24 de diciembre de 1854, su año heroico. Le respetó la Vicalvarada, le respetó el cólera; se lo cargó una colitis. La vida, sus cosas.
Tortosa estará tres años sin obispo.

EN 1854, Manuel comenzó su primer curso de Teología, con algún retraso: el jaleo político y las nuevas elecciones para elegirle al general Espartero gobernantes progresistas dignos de su categoría aplazaron la apertura de los centros escolares. El Seminario de Tortosa abrió el 5 de noviembre.
   Manuel encuentra en el teologado un buen plantel de profesores, aunque también escasos en numero para cubrir materias tan variadas. Las normas estatales zarandean el esquema académico, pues cada cambio de gobierno trae variaciones. Sin embargo, nuestro estudiante se va centrando: continúa «notable» para el primero y segundo de Teología, pero asciende a «sobresaliente» en tercero. Además de preparar sus asignaturas, toma apuntes, hace esquemas, resume libros y conferencias, con clara inclinación hacia temas sociales y místicos.
   El teologado, tiene por rector al padre Gran, dominico exclaustrado: excelente sacerdote, teólogo notable, predicador cotizado, amigo de sentarse a confesar y de visitar enfermos. En Tortosa lo quieren y le veneran. Entre los profesores destacan el canónigo Sanz y Forés, que explica Biblia y Patrología; don Ramón Manero, don Manuel Boíx, don Bernardo Lázaro, don Ramón O'Callaghan, que desde estudiante investiga papeles de la diócesis y acabará redactando un «episcopologio» de Tortosa. De adiestrar los seminaristas en Liturgia está responsabilizado don Mariano García, cuyo nombre campará por las páginas venideras de este reportaje.
   De estos años existe una perla en la biografía de Manuel Domingo y Sol. Estudiando Filosofía «inventó» las «Guirnaldas» de mayo a honor de la Virgen María. Ahora, en Teología, «se atreve» a lanzarle «un reto» a la Señora.
   Es un documento que de su puño y letra redacta como «mensaje confidencial* a la Santísima Virgen. Está escrito en latín escolar, ingenuo y ripioso. Pero el contenido, estoy seguro, les daría envidia a los grandes trovadores teológicos de la Virgen María: Juan Damasceno, Beda el Venerable, Bernardo de Claraval, Enrique Suson... ¿Exagero? No exagero, son aciertos que el amor engendra: ¿quién podría pensar que a un muchacho estudiante de Tortosa se le ocurriera un piropo así de bello a la Virgen nuestra Madre?
   Vean mi gozo, saboreen la gentil ternura del joven fervorosamente enamorado:
   «A María. Madre amadísima, yo Manuel Domingo y Sol, lleno de confianza en tu protección y amor maternal para los hombres, que son hijos tuyos ... »
   Así arranca. Después recuerda los grandes misterios de la fe y los pasos capitales de la biografía de la Virgen, para suplicar el amparo y protección de Nuestra Señora a favor suyo y de sus familiares:
   «Que nos ayudes, nos protejas, nos asistas en cualquier necesidad; y sobre todo que en la hora de nuestra muerte nos salves y acojas.»
Viene aquí «el reto», el maravilloso atrevimiento de Manuel:
   «De suerte que si tal no hicieres, tendré derecho a quejarme de ti, y a dar por borrada de la historia aquella famosa sentencia según la cual nadie que haya implorado tu amparo e invocado tu protección haya sido jamas abandonado.»
   Dice así literalmente: Que si no lo oye, la oración de San Bernardo será quitada de la historia, «ex historia tolletur». Dudo que pueda expresarse mejor la confianza total.
   De veras, yo también amo sin riberas a la Virgen: por eso pienso que con sólo haber escrito esta cuartilla preciosa, quedó justificado el paso de Manuel Domingo y Sol por el planeta tierra.
   (¡Ah!, y antes de firmar, «amenaza» a la Señora con repetir esta demanda varios días cada año...)


6


EN SEGUIDA SERA «MOSEN SOL» (1857–1860)



MANUEL DOMINGO y sus compañeros del Seminario de Tortosa se preguntan quién y cuándo les hará sacerdotes: en lenguaje clerical se dice «quién y cuándo les conferirá las sagradas órdenes».
   «Quién», es claro: un obispo. Pero ¿cuál, que obispo? En la Navidad de 1854 murió don Damián Gordo, murió de colitis, vaya por Dios, luego de haberse mostrado tan valiente los días del cólera: se perdió una ocasión de caer gloriosamente, no somos nadie.
   Murió don Damián, y con los líos políticos del «bienio progresista» están suspendidos los nombramientos episcopales.

LOS DESMANES públicos de los progresistas inutilizaron los esfuerzos de su ídolo Espartero, que se vio obligado a dimitir. Tras un corto gobierno interino presidido por O'Donnell, la reina llamo de nuevo a los moderados de Narváez. El «espadón» prometio restablecer en pocos días el orden nacional, y lo consiguió amordazando a la prensa y suprimiendo a mandobles los motines.
   A la reina le nació años hace un hijo varón, que murió en seguida. Vinieron luego tres niñas: Isabel, María Cristina, María de la Concepción. Las dos últimas infantas murieron también. La corte confía en un futuro alumbramiento, espera un rey...
   Narváez dimite por un desaire de la reina, que en baile de gala escogió a O'Donnell de pareja. El «bienio moderado» ha sucedido sin pena ni gloria a los progresistas de Espartero. Los políticos de la escuela de Narváez intentan gobernar con mano dura, pero el país, hondamente trabajado por las ideas progresistas, no soporta ya los métodos autoritarios. O'Donnell busca una solución intermedia inaugurando el gobierno de la Unión Liberal.
   El 57 y 58 son dos años de vida alegre, despreocupada, en la capital de España. La reina Isabel II brilla en el esplendor de su majeza; extraña mujer esta reina exuberante y frescachona, cuyo último secreto interior ha escapado a la mirada de los historiadores: quizá no tuvo Isabel II secreto intimo.
   El «todo Madrid» se divierte en el teatro de la Zarzuela, recién inaugurado: dos mil plazas de aforo, con los palcos a cien reales y las butacas a dieciséis. Fue flojo el éxito inicial, hasta que el público se entusiasmó con «Los Magyares», de Gaztambide, acudiendo en masa una y otra noche. La del 28 de noviembre de 1857 circuló en los entreactos un notición sensacional: ¡Ha nacido un príncipe! A Isabel II le sucederá un rey...
   Las fiestas por el nacimiento de Alfonso XII llenaron de percalinas y gallardetes las calles de Madrid: una carroza real con tiro de ocho caballos, empenachados de blanco con trenzados de oro y carmín, llevó al niño al santuario de Atocha para las aguas bautismales. A la tarde hubo toros y fuegos artificiales a la noche.
   En el verano de 1858 mano el agua por los caños de las primeras fuentes del Canal de Isabel II.
Comentó Bravo Murillo, impulsor del gran proyecto:
–Ya nos podremos lavar casi todos.
   No todos: muchos ciudadanos españoles, aunque haya agua, prefieren no lavarse.


CON LA ASCENSION de «los moderados» al gobierno de España, funcionaron los engranajes del concordato y Tortosa iba a tener su obispo. Verdaderamente a Manuel Domingo y sus compañeros les tocaba mala suerte. A finales de 1857, todavía vacante la diócesis, hubieron de viajar a Tarragona para recibir las «órdenes menores» y el subdiaconado, primeras etapas de la consagración sacerdotal, de manos del arzobispo de aquella sede. En 1858 les nombran obispo a don Gil Esteve y Tomás, que nada más llegar mostró especial simpatía a los seminaristas. ¡Pues se les murió el mismo año¡ Fue como verlo y no verlo. Después de esperarle tres años largos. Se llamaba Gil Esteve, catalán de Solsona. Un tipo distinguido, ocupó cargos de relieve en Barcelona y le mandaron de obispo a Puerto Rico. De ahí lo trajeron a Tarazona. El 16 de enero de 1858 entró en Tortosa; volvería contento cerca de su tierra natal. Era hombre ilustrado en ciencias jurídicas y utilizó en Tortosa como brazo derecho al canónigo Sanz y Forés. El obispo Esteve fundó el Boletín Eclesiástico, la revista Catequística... y se murió. Tortosa no gana para sustos. De modo que en otoño de 1859, el «vicario capitular», una especie de obispo suplente mientras no llegue el nuevo, se puso a buscar por las diócesis cercanas un prelado que confiriera las órdenes sagradas a los candidatos tortosinos: se prestó el obispo de Vich, y allá viajaron un buen lote de seminaristas.
   A Manuel Domingo le correspondía recibir el diaconado, ultimo paso previo al sacerdocio. Se preparó concienzudamente, pues sabía que en menos de un año celebraría su misa primera.
   Esta hecho un hombre cabal. Alto, robusto, agradables sus maneras. Le rodea un aire de bondad juvenil; y de honradez. Sabe lo que quiere, y no disimula. Para él, está escrito en sus papeles íntimos, hacerse cura significa dedicar «proyectos, temores y sobresaltos, alegrías y penas», es decir, su vida íntegra, «a los intereses de la gloria de Dios». No entra en sus planes una carrera eclesiástica brillante.
   ¿Habrá obispo para ordenarle sacerdote en Tortosa o tendrán que seguir peregrinando?
   Habrá obispo, lo han nombrado ya: don Miguel José Pratmans; viene también de Solsona, como Gil Esteve, donde ha sido cura importante, catedrático y rector del Seminario. El 8 de enero de 1860 Tortosa engalanada celebra un gran festejo: le consagran su obispo, aquí, en la catedral. A ver si éste dura. Ha venido a presidir la consagración el arzobispo Costa, de Tarragona.
   Nada más consagrado, comienza a recorrer los pueblos de la diócesis. Se ocupa con interés de la enseñanza del catecismo: Tortosa está de suerte en este punto, pues don Gil Esteve instituyó la «Asociación de la Doctrina Cristiana», en la cual trabajaron ardorosamente muchos sacerdotes tortosinos capitaneados por el canónigo Sanz y Forés. Ahora el obispo nuevo insiste.

COMO PEON de brega en la catequesis trabaja cabalmente Manuel Domingo y Sol, nuestro seminarista teólogo a punto ya de cantar misa.
   El obispo Esteve, al planificar el desarrollo de las catequesis parroquiales por la diócesis, entregó al canónigo Sanz y Forés las riendas de la nueva organización. Don Benito Sanz y Forés, nacido en Gandía y profesor del seminario de Valencia, vino de canónigo lectoral, es decir, experto en Sagrada Escritura, el año 1857 a Tortosa. Manuel Domingo cursaba su tercer año de Teología, y le tocó estrenar al flamante profesor Sanz y Forés. Una corriente de simpatía mutua los enlazó, de manera que en vez de maestro y discípulo parecían dos amigos. Sanz y Forés llevaba sólo ocho años de edad a Manuel; así que en los veintiuno del joven seminarista, cuando se conocieron, el profesor cumplía veintinueve. Nada tiene de extraño que al reclutar catequistas, don Benito Sanz haya comprometido inmediatamente a su amigo y discípulo Manuel Domingo.
Manuel respondió con entusiasmo: por testimonio suyo sabemos que Sanz y Forés «amaestró (en catequesis) a todos sus discípulos, ocupándolos domingos y jueves y durante la Cuaresma, distribuyéndolos en varias iglesias de la ciudad». A Manuel tocó la iglesia de San Antonio. Disfrutó, era feliz enseñando catecismo, y claro, hacía felices a las niñas: «Desde el púlpito –contó luego una de ellas–, todo a lo vivo; y nosotras respondiendo a gritos... A las grandecitas nos daba lecciones de moral y nos hacía aprender de memoria los efectos que causan en el alma el pecado original y los demás pecados, exigiéndonos explicación de todo. Algunas veces hacía venir al señor obispo para que nos escuchase.» Utilizó recursos pedagógicos, muestras de cariño, premios, regalos, «con aquella amabilidad que me robó el corazón». Les hacía cooperar, las invitaba a ir los domingos a visitar niñas enfermas en el hospital: «Que les llevásemos regalitos y que les leyéramos.» Las enseñaba a orar, con su estilo, empleado por él mismo según la confidencia que un día se le escapó: «A los dieciséis años empecé a saberle decir muchas cosas a mi Corazón de Jesús.» Preparaba las lecciones de la catequesis a conciencia, como si fuera un discurso para el Ateneo: aquel trabajo significó para él durante varios años su obsesión, «su ídolo, su pensamiento», decía en unas notas personales.

MIENTRAS Manuel remata sus estudios de Teología y está en vísperas de ser ordenado sacerdote, ha estallado la guerra de Africa.

   Los políticos han hundido España en un clima de cinismo que ya les preocupa. Buscan algún medio de mantener entretenidos a los ciudadanos, al margen de los problemas verdaderos.
   Vinieron a echarles una mano los moritos de Marruecos. El pretexto, visto a distancia, parece increíble: declarar por aquel incidente una guerra que los marroquíes no deseaban de ninguna manera. Pero el gobierno, los generales, la pandilla de la reina, y la reina, apelaron al honor nacional: los moros han insultado a España. Lavaremos en sangre la ofensa. Ya tiene el país diversión para un par de años.
   Las tropas españolas fortificaban el perímetro de Ceuta. Alguien acusó a los moros de la tribu de Anghera de haber ultrajado el escudo de España labrado en la piedra fronteriza de nuestro dominio. Madrid levantó el escándalo a los cielos. El Gobierno entabló con Marruecos unas negociaciones condenadas de antemano al fracaso: porque no interesaba reparación ninguna, interesaba la guerra.
   Que fue notificada oficialmente al sultán de Marruecos el 22 de octubre de 1859.
   El general O'Donnell, a la sazón primer ministro, enardeció al Congreso: «No se insulta impunemente a la nación española... El Dios de los ejércitos bendecirá nuestras armas; y el valor de nuestros soldados y de nuestra armada hará ver a los marroquíes ... » El Dios de los ejércitos estaría más satisfecho con sólo que el Gobierno de Madrid y la Corte tuvieran un poco de vergüenza. A los diputados les enardeció la soflama: se alzaron gritando viva España. Un latigazo de entusiasmo patriótico sacudió la nación. Los mocitos jóvenes de aquende el Estrecho se aprestaban a luchar estúpidamente contra los mocitos jóvenes de allende el Estrecho. Algunos miles quedarán muertos en el campo. La reina se acordó sin duda de otra ocasión gloriosa, no iba ella a portarse peor que Isabel I. Ofreció sus joyas: «Que se tasen y vendan, si es necesario al logro de tan santa empresa... Disminuiré mi fausto, una humilde cinta brillará en mi cuello mejor que hilos de brillantes ... » Imagino que no pensó tocar la herencia de quinientos millones de reales depositada por su padre en un banco de Londres. No era para tanto, había que impresionar al pueblo.
   O'Donnell partió como general en jefe, llevando a sus ordenes tres cuerpos de ejército con Echagüe, Zabala y Ros de Olano, una división de reserva al mando de Prim y otra de caballería mandada por Galiano. En la despedida, O'Donnell hincó la rodilla en tierra para besar la mano de Su Majestad; Isabel dejó que unas lagrimitas rodaran desde sus mejillas hasta el uniforme del general, mientras sollozaba:
–Protegedle, Virgen Santa.
   La reina era capaz de emocionantes arranques devotos. Picarona.
   El 21 de noviembre ya estaban los soldaditos zurrándose la badana en las afueras de Ceuta. Muley–el–Abbas, hermano del sultán Sidi–Mohamed, dirigía las tropas del imperio marroquí.


   Por la Inmaculada de aquel año, el Ayuntamiento de Tortosa convocó a la población para enviar una señal de admiración y ayuda al ejército español: hilas y vendajes destinados a los soldados heridos en campaña. Los tortosinos respondieron con entusiasmo. Madre María Rosa visitó al alcalde y ofreció la ayuda de sus hermanas.
   Trabajaron febrilmente ocho días, hasta clasificar y empacar treinta cajones, que salieron en el vapor «Dertosense» hacia Tarragona, de donde partirían al África.
   Las hermanas ganaron «mención honorífica» de la autoridad municipal por el «esmero superior a todo elogio» demostrado en su patriótica colaboración.
   Quizá los vendajes de Tortosa llegaron a tiempo de restañar la sangre de los soldaditos de Prim heridos en la gloriosa mañana del valle de los Castillejos. Allí el paisano de madre María Rosa escaló el podio reservado a los héroes.

    El ejército avanzaba camino de Tetuán. Prim, a impulsos de su fogosidad, se adelantó con dos escuadrones por el valle y cayó en una emboscada. Los soldados vacilaban atemorizados. Prim toma la bandera, les arenga, pica espuela a su caballo y lo lanza en la masa de las filas enemigas: «¿Permitiréis que el estandarte de España caiga en poder de los moros, dejaréis morir solo a vuestro general?»


EN ESTOS MESES últimos del teologado, vísperas de la ordenación sacerdotal, Manuel Domingo inicia su amistad con el tercero de los personajes que páginas atrás anoté como gloria cristiana de Tortosa: Enrique de Ossó.
   Es un seminarista externo, de carácter profundo y simpático. Cuatro años más joven que Manuel. Nacido en un pueblecito de la diócesis llamado Vinebre, a orillas del Ebro. Hijo de propietarios acaudalados. Vino a estudiar Humanidades con el dómine Sena en octubre de 1854. Comenzó los cursos de Filosofía en el Colegio San Matías el curso 57–58, cuando Manuel cumplía su tercero de Teología. Alguien ha contado que este muchacho, cuya madre murió un mes antes de venir él a Tortosa, tiene un episodio notable a sus espaldas: escapó secretamente a las montañas de Montserrat para hacerse ermitaño. Pero su familia fue por él, sólo tenía catorce años ...
   Ahora está para cumplir los veinte. Manuel, ya en sus veinticuatro, y Enrique han estrechado una amistad seria. Será duradera.

PRIMAVERA de 1860.    1
    En Africa la guerra galopa cruel y triunfal. El ejército español llegó a los muros de Tetuán. Los marroquíes replegaron sus fuerzas hasta Wad–Ras: una feroz batalla puso fin a la guerra. Muleyel–Abbas pidió la paz. El 26 de abril se firmó el tratado de Tetuán: Marruecos rindió honores a la bandera de España, se comprometió a pagar una indemnización de cien millones de pesetas y entregó la plaza de Tetuán como prenda hasta liquidar la deuda. Los soldados regresaron a España triunfalmente. Menos los caídos, claro.
   Con el final de la guerra de Africa coincidió una sublevación carlista, que inesperadamente tuvo a Tortosa por escenario. El capitán general de Baleares, Jaime Ortega, embarcó en dos grandes vapores el 27 de marzo cuatro compañías del Regimiento de Asturias, los batallones de Tarragona y Mallorca, dos baterías. Los soldados ignoraban la finalidad de la operación: desembarcar en Valencia y, sumada la guarnición, dirigirse a Madrid para sentar en el trono al pretendiente carlista, conde de Montemolín. Quien por cierto viajaba de incógnito en la expedición, acompañado de su hermano don Fernando y del general Elio. Una tempestad los desvío en alta mar y les obligó a buscar refugio en San Carlos de la Rápita. De allí se dirigieron a Tortosa. Antes de llegar a la ciudad, Ortega dio el grito de ¡Viva Carlos VI! La tropa no le secundó. Luego de alguna incertidumbre, los oficiales contestaron ¡Viva la reina! Montemolín y sus acompañantes salieron a escape en una tartana camino de Ulldecona. Ortega picó espuelas hacia el reino de Aragón. Los cazaron a todos. Les condujeron a Tortosa. Al infante le concedió el Gobierno salir de España, previa renuncia de sus derechos. A Ortega lo fusilaron el 18 de abril en el castillo de Tortosa.


EL OBISPO Pratmans ha tomado las riendas de la diócesis. Este va a durar más que su paisano Esteve, piensan en Tortosa. Normaliza la marcha de los asuntos. En una visita al Seminario anuncia que dará ordenes a las puertas del verano, cuando estén rematados los exámenes del curso. Manuel Domingo y sus compañeros deben prepararse y disponer la primera misa.
      Cuanto me gustaría haber podido conversar con la familia Domingo–Sol en vísperas del acontecimiento. Por aquella época, tener un misacantano en casa era como cantar misa todos. Y los parientes, los amigos, el barrio. Consideraban que al consagrar Manuel la Eucaristía rodeado de todos ellos, Dios les venía cercano, les entraba en casa. Tienen que arreglar una fiesta, será un gran día.
   A Manuel ya en el barrio le llaman don Manuel; en seguida será «mosén Sol».
   Empiezan, con un par de meses de tiempo, a Regar pequeños y grandes obsequios. De parientes, amigos, simples conocidos. El tío Francisco, aquel cura que le hizo de padrino en el bautizo, envía desde Ulldecona unas prendas al clérigo. Manuel agradece el regalo: «No se, querido tío, si me hallo con fuerzas y luces suficientes para ascender al último escalón del santuario, pero la pureza de intención es lo único que me anima a tan gran empresa.» Quiere que tío Francisco sea padrino de su primera misa: «Ya que tengo el honor de haber sido sacado de pila por usted, complete ahora mi satisfacción.»
   Vive una primavera intensa: de un lado los estudios y de otro la proximidad del gran acontecimiento. Estudia recio, este curso cerrará los exámenes con «sobresaliente». '
   (Un detalle sabroso. Su ilustrísima el obispo nuevo ha salido algo fachendoso; será por ese apellido tan europeo que trae, Pratmans. Le gusta dar tono. Nada menos: ordena que los seminaristas mayores usen capa y sombrero de copa. Un espectáculo, en Tortosa. Lástima, no hay foto de Manuel vestido con aquellas prendas de postín.)
   La última semana de mayo de 1860, Manuel Domingo y sus compañeros realizan los ejercicios espirituales como preámbulo a su ordenación sacerdotal. Dirige el retiro don Mariano García, magnífico sacerdote y apóstol, a quien Manuel venera y en quien confía. Son cinco en total los jóvenes que al recibir la invasión del Espíritu pasarán a ser «presbíteros», ancianos. El obispo viene cada tarde, los siete días del retiro, a darles un rato de charla. Manuel anota concienzudamente el resumen de las meditaciones propuestas por don Mariano García y de las charlas del obispo. Formula, además, su tabla de «propósitos», ideas a las cuales quiere ajustar su existencia:

   – «Siendo tan alta, tan sublime, la dignidad del sacerdote, resuelvo no rebajarla ... »
– «He conocido cuánto vale el buen ejemplo ... »
   – «Es necesaria pureza de intención para que así sacrifiquemos con gusto la vida.»
   «Conozco el temor continuo con que debo estar de no tener la ciencia suficiente, y, por tanto, procuraré rogar todos los días a Dios me dé luces necesarias, procurando estudiar con constancia, método y conversaciones útiles.»
   Manuel es un hombre honrado. Limpio, sencillo. Práctico, no un iluso. A veces, viajando por el mundo, encuentras ese catalán que, además de poseer el clásico «buen sentido» innato, lleva también su esqueleto empapado en humor, en simpatía. Entonces comprendes que has tropezado un ser fuera de serie, un ejemplar selecto de la raza humana. Los papeles de Manuel Domingo y Sol dan ese perfume al olfato de quien los estudia. Claro que en este caso, perdón, hablamos de un «tortosí».
   Me interesa subrayar un ángulo de la arquitectura mental del misacantano. En la tabla de «propósitos» ha escrito:
   – «Para mantener el espíritu eclesiástico... es necesario estar desprendido de todo ... »
¿De todo, Manuel? ¿Qué es «todo»?
Todo, los dineros también:
   – «Conociendo lo desprendido que debe estar el sacerdote de todas las cosas y lo feo que le está ser interesado: Así, además de no tener apego a muebles y vestidos, procuraré, con anuencia de mi director, en las festividades principales, quedarme sin nada.»
   Ya sé que la expresión no está construida con arreglo a las normas sintácticas de un giro castellano perfecto, ya se.
Pero la idea, qué clara: «Procuraré... quedarme sin nada.»
Una cosa os adelanto: no escribe para divertirse.

EL 2 DE JUNIO DE 1860, a los veinticuatro años de su edad, Manuel –perdón, don Manuel– Domingo y Sol recibió la ordenación sacerdotal en la iglesia del Jesús, «extramuros de la ciudad» a la otra orilla del río.
   El día 9 cantó la primera misa solemne, abarrotado el templo de San Blas, una de las iglesias de su barrio, cerquita de la capilla del Angel; ofició de padrino su tío el cura don Francisco. Predicó el ilustrísimo canónigo de la catedral don Benito Sanz y Forés.
¿Que si lloró señora Josefa?
No estuve, lástima. Tengo esa tristeza: ya que soy periodista y operario diocesano, hijo, por tanto, de don Manuel, me hubiera esmerado al escribir la crónica... Os hubiera contado si había lagrimas en los ojos de señora Josefa y qué cara ponía señor Francisco. Lástima la crónica que me perdí.
   También os contaría cómo funcionó la comida que sin duda ofrecieron a los invitados.
   Algo sabemos; no lo vi, pero está en los papeles apuntados por quien lo vio:
   Las niñas de las catequesis acudieron a felicitarle; y encontraron la sorpresa de que había para ellas un cucurucho de caramelos.
   Sólo algunos íntimos supieron, pasando el tiempo, que don Manuel, aquel 9 de junio de la primera misa, inauguró su existencia sacerdotal cumpliendo el «propósito» de los ejercidos espirituales: repartió en limosnas silenciosas el dinero que tenía.
A la noche, cansado y feliz, escribió en sus apuntes:
– «Inexplicable indiferencia a todo cargo o empleo.»
   Está disponible. No quiere ser «un funcionario eclesiástico». Dispuesto a lo que mande Dios, evitará agarrarse a los escalafones adjudicados por la «organización» diocesana:
   – «Dejarme a eventualidades de la Providencia: repulsión a todo beneficio. »
   «Beneficios» se llamaban los cargos con sueldo repartidos por el obispo.
   ¿Qué poeta cantó en sonoro verso castellano la pena de ver los curas convertidos en funcionarios?
Pablo Neruda cantó la pena:

       Busqué a los sabios sacerdotes,
    los espere después del rito,
    los aceche cuando salían
    a visitar a Dios y al Diablo.
       Se aburrieron con mis preguntas.
    Ellos tampoco sabían mucho,
    eran sólo administradores.


   Administradores, sólo. Funcionarios. Que amarga tarjeta para un sacerdote. Si no está comprometido con los misterios de Dios y del hombre, ¿para qué sirve un sacerdote? ¿Cómo se hará salada la sal insípida? Manuel Domingo y Sol no dejará que inscriban su nombre en la nómina de los funcionarios. Manuel será un testigo toda su vida.


7


DESTINO, LOS JOVENES (1860–1867)



NO ME VAIS A CREER: el obispo Pratmans ¡se murió' Todo bicho humano muere. Pero quiero decir que se murió en seguida, al año de haber sido consagrado en la catedral de Tortosa. Ni le dio tiempo a pensar un destino para los nuevos sacerdotes ordenados por el a las puertas del verano.
   Se cuenta y no se cree; lo de Tortosa pasa ya de castaño oscuro: el 1 de enero de 1861 se muere el obispo. Al año justo de llegar, siete días le faltaban. ¿Que aire viciado se respira en el palacio episcopal? A este paso no habrá candidato que quiera venir. O será que de Solsona están enviando a Tortosa un material humano deteriorado, pues de Solsona vino Gil Esteve, que duró seis meses, y de Solsona, Miguel Pratmans, apenas ha durado un año.
   Don Miguel Pratmans la palmó de aneurisma, tumor sanguíneo en una arteria. En Navidad tuvo el primer ataque de asfixia. Le sacramentaron, dictó el testamento. La mejoría suscitó algún optimismo. La mañana del 1 de enero parecía recuperado. A las tres de la tarde tosió..., entraron los familiares en la alcoba, y lo hallaron muerto.
   Al morir dio ejemplo notable de pobreza: no guardaba literalmente un real. Los médicos renunciaron a sus honorarios. Los clérigos le cantaron gratis el funeral. Los canónigos regalaron para el «una pobre tumba de las antiguas que este Cabildo tiene en la catedral».
   Otra vez Tortosa vacante. Esperemos que pronto envíen de obispo un mocetón robusto.

SACERDOTE, don Manuel Domingo y Sol ha de continuar en el Seminario. Según los planes de estudio redactados entre la Nunciatura y el Gobierno español a la luz del concordato, son siete los cursos de Teología, más uno dedicado al Derecho canónico. Don Manuel lleva cumplidos seis, le quedan uno de Teología y el de Derecho. El estudia con toda su alma, ha decidido que no puede aflojar. Y conseguirá para los dos cursos pendientes la nota máxima, sobresaliente.
   A base de robar horas al sueño. Porque le han entrado impaciencias pastorales: quiere «ejercer» de sacerdote.
   Cuando pasen años, a don Manuel le gustará volver la mirada a su juventud y recordar los sentimientos de cura recién estrenado. Escribe confidencias. Gracias a esos papelitos, podemos hacernos idea bastante exacta de la íntima pulsación del joven clérigo.
   A mí me recuerda la lección que yo escuché de curilla a un venerado maestro de espíritu. Ya don Baldomero no se acordará, probablemente. Solía él venir desde Avila a Salamanca para dirigir días de retiro a un grupo de estudiantes que nos teníamos por discípulos suyos. 0 veníamos nosotros desde Salamanca para gastar la jornada en Avila. De aquellas lecciones suyas, una se me quedó tan grabada que nunca la olvidé. Y me parece que casa perfectamente con la posición interior del recién sacerdote Manuel Domingo y Sol.
   Nos estimulaba don Baldomero a sentirnos «libres», disponibles, curas sin lazos personales ni ataduras que nos vinculen al «escalafón eclesiástico». El aspecto amenazante de tal estilo de existencia está en que pone al sujeto «a la intemperie», lo deja «inseguro», sin apoyos humanos estables. Don Baldomero dijo sonriente:
   –Si en vuestra vida os sentís alguna vez seguros, revisad las cosas: porque se ha deteriorado vuestro espíritu sacerdotal.
   Claro es que don Baldomero pretendía hacernos santos; temo cuánto le habremos fallado. Pero tenía toda la razón: cometer la maravillosa locura de hacerse sacerdote, y gastar luego las fuerzas en asegurarse una vida cómoda, carece de sentido.
Don Manuel joven es un cura disponible y ávido.
   Disponible, abrumado por «las misericordias del Señor», que «quiso llamarle y elegirle», estoy copiando palabras suyas: no se deja cazar «por ninguna mira humana, ni aun de esas que son lícitas en la carrera eclesiástica», y ha renunciado «a cualquier pensamiento fijo de destino u ocupación determinada». Quiere servir «en obras espontáneas de celo».
   O sea, que además de disponible, don Manuel se siente ávido: todo trabajo apostólico le va a parecer poca cosa. Anda anhelante, «ni me dejan satisfecho los ministerios voluntarios, ni me llenan bastante los prescritos por la obediencia». Nota ya que un día ha de ocurrir «algo». ¿Qué? «En el fondo de mi alma despertaban mayores aspiraciones, y una ambición santa parecía quererme lanzar al mismo tiempo a todos los campos.»
   Gran tipo. Y se le notaba el fervor. De modo que los mejores curas de Tortosa le tenían de ojo, estrechaban con él lazos profundos de amistad. Sanz y Forés y don Mariano García le confiaban sus proyectos, y con el margen que los estudios consentían, lo incluyeron en sus programas pastorales. Para la catequesis le consideran un experto, continúa con sus niñas en la iglesia de San Antonio. Los domingos sale a decir una misa matutina en la capilla del Carmen, afuera de Tortosa. Va ensayando horas de confesonario, as¡ recibe las confidencias de sus chicas de la catequesis, algunas de las cuales ya desde ahora le tendrán por maestro espiritual toda la vida.

   Al comenzar la primavera de 1861, España inicia otra guerra, esta vez en América. Y al terminar esta misma primavera, a don Manuel le muere su padre.
   De la muerte de señor Francisco sabemos sólo que murió de apoplejía el 10 de mayo, a los setenta y dos años de su edad, hecho el testamento, recibidos los sacramentos. En la «guirnalda» dedicada por su hijo sacerdote aquel mayo a la Virgen María estaba previstos «Rezar un avemaría al toque de las horas.» Manuel añadió: «Esta avemaría la apliqué por mi padre, que estaba en la agonía y falleció desde las cinco a las seis del mismo día.»
La guerra fue breve, triste y sin sentido. Se prolongara tres años y medio, llevando el luto a muchas familias españolas. Todo porque España se embarcó en una aventura condenada de antemano al fracaso. Quizá el optimismo de la brillante campaña de Africa llevó al ánimo de la reina y de su Gobierno la esperanza de que el milagro fuese posible. La «Española», isla que despierta en el pecho de nuestras gentes la emoción de la empresa colombina, busca refugio en el regazo de la vieja «Madre patria», pues los dominicanos, averiados en su economía nacional, temen una anexión violenta por parte de Haití. Pero este reingreso en España es mal visto por los hermanos mayores que ya obtuvieron la emancipación. Las guerrillas de inconformes se echaron al monte, recibieron refuerzos misteriosos, y comenzó para España, afortunadamente en pequeña escala, aquella antigua pesadilla de los «insurrectos». España enterrara en esta guerra absurda trescientos noventa mil reales del tesoro y diez mil hijos de sus familias.
   A, Prim lo entretienen con la expedición de Méjico, al frente de las tropas españolas que en unión de las fuerzas francesas e inglesas intervienen en aquel país sin saber claramente para qué. Prim demuestra que, además de valor temerario, posee talento político: profetiza el desastre del emperador Maximiliano, impuesto a los mejicanos desde Europa; y se vuelve a España. Muy pronto comenzará a moverse la marea revolucionaria. A Prim le aguarda papel de protagonista.


EN EL OTOÑO del 61 enfrentó don Manuel su ultimo curso de seminario: los estudios de Derecho. Por supuesto, obtendrá la nota global «sobresaliente».
   Pero donde se gana una rotunda calificación brillante es en los afanes apostólicos. Cuentan con él para los proyectos difíciles. Le ven como un joven corcel inquieto a la espera de que suene la señal de salida. A finales de año, los canónigos de la catedral de Tortosa pone en pie un proyecto ambicioso: van a crear un equipo de «misioneros» que recorrerá los pueblos despertando la dormida conciencia religiosa de los campesinos. Como no hay obispo, es el «gobernador eclesiástico», don Ramón Manero, quien capitanea la empresa, y convoca voluntarios para integrar el «colegio misional». Don Mariano García se ofreció. Y don Manuel Domingo también. La oferta tenia que aplazarse al fin de curso, el proximo verano: pero don Manuel no quería perderse la aventura y participó en los actos fundacionales celebrados por la Navidad del 61. Sanz y Forés enfervorizó a los candidatos. En sus apuntes personales de aquellos días, don Manuel pide al Señor «la ciencia necesaria» y Ja salud conveniente». Está deseando que llegue el fin de curso.
Antes llegó, en marzo del 62, una urgencia diocesana.
Hoy ha cambiado el panorama porque, con los nuevos cultivos del arroz, toda la zona del delta mejoró. En aquellas fechas, La Aldea, a quince kilómetros de Tortosa, era un mísero poblado dejado de la mano de Dios y de los hombres. Los tortosinos se acordaban de La Aldea una vez al año para ir de romería a visitar la venerable ermita de Nuestra Señora. La ermita servía de iglesia al poblado y tiene al lado una torre romana que desde tiempo inmemorial se yergue como vigía del contorno. Constituían el poblado unas docenas de caseríos cochambrosos esparcidos por el terreno insalubre, baldío. La casa parroquial, adosada al santuario, quedaba estrecha y destartalada.
   Para los curas de Tortosa, «ir destinado a La Aldea» significaba marcharse a las misiones africanas; nada permitía prever que un día se convertirá en grata población. Le huían como a la peste.
   En marzo de 1862, el «gobernador eclesiástico», canónigo Manero, tuvo que buscar a todo gas un cura para La Aldea, que se le había quedado desguarnecida. ¿De quién echar mano sin causar disgustos?
Ni lo dudó: ofrecerá el puesto a don Manuel Domingo y Sol.
Que, sin pestañear, aceptó.
   Le quedaban tres meses de curso, pero no importa: esté tranquilo el señor gobernador eclesiástico, Manuel encontrará huecos para acudir algunos días a clase y desde luego preparará el examen final.
   Una cosa le dolía: abandonar su catequesis. Aquellas niñas representaban para él una familia numerosa, con las alegrías y los sinsabores que a los padres causa una pollada joven. Les dijo adiós en una charla emocionada: «Siempre y todos los días de mi vida seré amigo y padre de los jóvenes.»

TODOS los payeses de La Aldea acudieron a la iglesia el primer domingo: querían conocer al cura nuevo. Manuel preparó su sermoncito de saludo tan cuidadosamente como si tuviera que pronunciar un discurso en el Parlamento de Madrid. Ellos le oían sin comprender el mensaje de aquellas palabras cargadas de cariño y de esperanza; ni siquiera sabían los payeses expresarse correctamente en castellano, y por eso Manuel les habló en dialecto tortosí: les dijo que sentía lo mismo que Moisés cuando le envió Dios a presentarse al Faraón, y ante el susto de la misión recibió la promesa: «Ve, yo estaré contigo.» A los payeses aquel lío de Dios con Moisés y el Faraón les resultaba incomprensible; pero les gustó comprobar que el cura joven era listo y sabía mucho. Sí entendieron que confiaba traerlos a confesar y comulgar un domingo antes que acabara la cuaresma; ellos no pensaban tomarse las cosas tan de prisa.
   Seis meses duró esta su primera experiencia parroquial. Más de una tarde lloraba, completamente solo en su iglesia, de rodillas ante la Virgen de la ermit1a: los payeses no aparecían. Decidió ir a visitarlos él por los caseríos. Cada domingo redactaba un sermoncito explicándoles en tortosino el significado de los sacramentos y repitiendo la invitación; sólo un pequeño grupo venía a misa.
   Machacaba en hierro frío. Además tenía que contar con un demonio, el sacristán. Porque de veras el sacristán de la parroquia era un bicho venenoso. Se consideraba el amo de la ermita. Sucio, irreverente y meticón: espiaba la venida de cualquier payés a confesar, y si era una mujer, masticaba comentarios maliciosos a cuenta del cura joven. Don Manuel no podía luchar con él y procuró tomarle las vueltas levantándose al rayar el alba para abrir la iglesia y sentarse muy temprano al confesonario; así las mujeres piadosas evitaban el encuentro con aquel sacristán que parecía escapado de una novela.
   Llegó el verano. Ya don Manuel había entendido la situación. Estudió cuál sería el mejor sistema estratégico para afrontarla. Si los payeses no acuden a la iglesia, el cura ira a verles en los caseríos. Fue, charló con ellos, conoció las familias cobijadas en aquellas chozas. Algunos se le escondían cuando le veían venir, desconfiaban de la novedad. Cierto, la feligresía de La Aldea tiene bemoles.
   De repente, a sólo seis meses de parroquia, sucedió lo inesperado: se llevan al cura.
¿Por qué?
   Hay obispo nuevo en Tortosa. Esta vez lo traen de Vich, no de Solsona. Por si acaso. Se llama don Benito. Nada más llegar, don Benito cambia la trayectoria existencial de Manuel Domingo y Sol. Se lo lleva de La Aldea.
   El obispo ignora cuánto trabajo va a costarle sustituir a don Manuel. Ningún cura quiere La Aldea. En el Boletín Oficial del Obispado aparecerá un comunicado de lo más curioso: ofrece a quien pida ese puesto dos mil reales de complemento en la paga y otras ventajas. Como si de la Península enviaran un funcionario a Ceuta y Melilla.

EL OBISPO viene de Vich.
En plena primavera de 1862, 15 de mayo, entra en Tortosa.
Los fieles se preguntan: ¿durara?
Durará; éste rompe el maleficio.
   Benito Vilamitjana cuenta cincuenta años de edad. Pertenece a la diócesis de Vich, en cuyo Seminario estudio. De joven y brillante sacerdote, maestro, profesor del Seminario, ayudo al padre Claret en los primeros pasos de la Congregación que ponía en pie: fue a vivir con ellos para que los fundadores tuvieran muebles y asignación mensual, la que aportó Vilamitjana. Pasó de canónigo magistral a Seo de Urgel. Quizá el antiguo padre Claret, hoy arzobispo confesor de la reina Isabel II, no sea ajeno a la promoción episcopal de su amigo de juventud.
   Adelantemos unos rasgos de la trayectoria pastoral de Vilamitjana. Hombre devoto, activo, profundo, cultivado en las ciencias eclesiásticas; flojo en apertura cultural a los aires nuevos, está inserto en la corriente reaccionaria del episcopado español. Terminara sus años de arzobispo en Tarragona.
   Su consagración en la iglesia del Carmen de Vich, el 4 de mayo, constituyó una fiesta de la Iglesia de Cataluña: ofició el arzobispo Costa y Borrás, asistido por los obispos de Vich y Urgel, Palau y Caixal.
   Llegado a Tortosa, verifico una visita pastoral minuciosa: los curas se avisaban que el nuevo obispo metía su episcopal nariz hasta el último rincón. Le gustaba escribir circulares y «cartas pastorales», que a pesar del retórico estilo de la época golpeaban la atención de los diocesanos por la claridad de sus ideas.
   Vilamitjana comprendió inmediatamente la fortuna de contar en la diócesis con un instituto religioso femenino joven y en pleno desarrollo; esta entusiasmado con las monjas de la Consolación:
   –No he encontrado en toda la diócesis otras hermanas que estas; pocas y poco arraigadas; es menester, conocido su buen espíritu, protegerlas hasta lograr, sí fuera posible, que las hubiera en todas las parroquias.
   Para madre María Rosa fue una experiencia apasionante descubrir que un obispo, además de ser el representante de Dios en la tierra –para la fe ingenua suya y de sus monjas, casi era Dios mismo, con anillo, báculo y mitra–, podía ser amigo, un padre cercano y amable. Vilamitjana no disimuló sus entusiasmos. Lo decía con las palabras hinchadas que debía entonces manejar un prelado, pero lo decía, al salir de una visita a la Misericordia del Jesús:
   –Las necesidades de mi diócesis hallarían el mejor remedio en estas santas esposas de Cristo...
   De don Manuel Domingo le contarían los canónigos, seguro que Sanz y Forés o don Mariano García. Habló con él y le gustó. Se cayeron bien el uno al otro; va a nacer una amistad para muchos años entre los dos. Y muy pronto el obispo llegó a la conclusión de que precisamente el cura de La Aldea ofrecía las cualidades convenientes para un cargo delicado, «de nueva creación».
   A Tortosa le había correspondido en 1848 uno de los Institutos de Segunda Enseñanza creados por el plan general de 1845. La puesta en pie de los Institutos creó múltiples fricciones en toda España a cuenta de la enseñanza de la religión, asignatura que sufría los altibajos de la política. El obispo Vilamitiana consideró fundamental disponer de un sacerdote dotado de talante atractivo para los jóvenes. Escogió a don Manuel. Pero el profesor debía poseer título académico de licenciado y doctor en Teología, para evitar conflictos legales, ya que la cátedra «religión y moral» figuraba como una mas en el plan oficial de estudios.
   Vilamitjana no vaciló. Llamó al cura de La Aldea y le propuso que a primeros de octubre se fuera a Valencia para conseguir la licenciatura, y más adelante el doctorado, en el Seminario Central de aquella ciudad, reconocido con otros tres mas –Toledo, Granada y Salamanca– como de categoría universitaria a raíz del concordato.
Don Manuel obedeció: preparó su maletilla y se fue a Valencia.

VALENCIA vive por estos años una década de crecimiento espectacular. El alcalde, Cirilo Amorós, conseguirá pronto permiso de la reina Isabel II para derribar el cinturón de murallas que rodea la ciudad con un apretado corsé. El primer golpe de piqueta abrirá los planos de la hermosa población moderna. Se ha despertado una fiebre que impulsa a los vecinos a organizarse en grupos, según afinidades sociales, políticas y religiosas. Hay un arzobispo aragonés, ya entrado en años, pero todavía vigoroso. Parece a ratos un poco cascado. Cualquier día le harán cardenal. Se llama Mariano Barrio. Ha sido luchador; lo tienen por reaccionario y caritativo.
   Nuestro curita tortosino se queda prendado de la devoción popular a la Virgen de los Desamparados, la hermosa Señora de Valencia. Esa graciosa inclinación de la cabeza de la Virgen produce en quien la contempla un movimiento de ternura: quien sufra y esté solo y tenga miedo, sólo que levante la mirada, sólo que eleve hacía María los ojos de su desesperanza, encontrara inclinada sobre él la sonrisa más adorable del mundo.
   El Seminario–Universidad valenciano atravesaba una etapa de esplendor con mas de mil alumnos y un excelente plantel de profesores. No sin sonreír por la exageración, los clérigos lo calificaban «la Sorbona de España eclesiástica moderna».
   Manuel Domingo se matriculó como alumno externo. Apenas quedan noticias suyas de aquel curso, fuera de una fundamental: había venido a estudiar, y estudió. Reciamente. El 6 de mayo de 1863 obtuvo el grado de licenciado en Teología. Ya puede ocupar la cátedra del Instituto de Tortosa. Dentro de cuatro años volverá a Valencia para rendir el examen de doctor.
   Quizá por recomendación de algún pariente buscó hospedaje en casa de doña Agustina Ragé, señora que vivía con una hermana suya en un piso amplio. A las dos les encanto acoger un sacerdote en su casa, y de ser posaderas pasarían a ser amigas, como de familia; pronto, hijas espirituales de aquel cura maravilloso, tan ejemplar y tan agradable. Le querían como a un hijo y le pedían consejo como a un padre. Don Manuel tuvo en adelante aquella casa como suya.
   A pesar de lo apretado de su tiempo, hubiera muerto de pena sin un resquicio para el fervor pastoral: le tocó en suerte decir misa en el convento de las Adoratrices, recién fundadas por Santa Micaela, la famosa vizcondesa de Jorbalán, conocida como «Madre Sacramento». Y confesaba a las muchachas «recogidas» de la feroz jungla de la calle. Mucho cariño derrocharía en aquel centro si es exacto que las chicas «le obsequiaron, al partirse don Manuel de Valencia, con prendas religiosas confeccionadas y bordadas por ellas mismas». Una mañana le ocurrió un lance de los que luego se cuentan: al terminar la misa, las monjas le avisaron que Madre Sacramento le invitaba a desayunar. Don Manuel se aturdió. Ella lo vio tímido y respetuoso. Madre Micaela sonreía:
   –Para que no le de vergüenza, voy yo a tomar el chocolate con usted.
   Encuentro sugestivo de dos luchadores que habían de seguir rutas distintas pero sostenidas por un mismo aliento.

EL OBISPO Vilamitjana y sus curas importantes recibieron con satisfacción las buenas noticias de su estudiante valenciano: ya disponen de un flamante licenciado para situarlo en la cátedra de religión del Instituto. De momento, don Manuel Domingo les va a solucionar un pequeño conflicto durante las vacaciones de este verano de 1863. Ha muerto el cura de la parroquia de Santiago, afueras de Tortosa, en el barrio Remolinos, y necesitan alguien que la cuide mientras buscan sucesor: sin mas espera mandaron a Valencia el nombramiento de don Manuel como «encargado» de aquella parroquia.
   Dijo adiós a doña Agustina, agarro su maleta, y a Tortosa. El 13 de junio ya estaba funcionando en su iglesia, que de entrada le pareció tan destartalada como la de La Aldea: aquí sus feligreses eran labriegos algo más pulidos, pero igual de fríos en las practicas religiosas. Gente pobre, inculta. El difunto fue un cura enfermizo y cansado.
   Acometió su trabajo pastoral como si fuera a quedarse toda la vida. Antes que nada, adecentar la iglesia y montar la catequesis: los niños y las niñas del barrio acudieron atraídos por la novedad de un cura que les hacía caso y además de darles la lección de catecismo los divertía. Rescató algunas jóvenes amenazadas de caer en la prostitución y buscó quien les ayudara ofreciendo trabajo. Enseñó a chicos y chicas la práctica de la confesión; muchos quedaron ya pegados a su maestro espiritual. Los labriegos del barrio Remolinos comenzaron a asomar por aquella iglesia y les impresionaba verla limpia, parecía otra.
   El primero de octubre llegó en seguida: don Manuel Domingo estrenó su cátedra en el Instituto.

FUERON, de 1863 a 1868, cinco cursos intensos que marcan el estilo de don Manuel. No podemos estudiar su figura y sus tareas hasta fin de la vida sin atender a la huella honda que le produjo este primer encuentro a fondo con los jóvenes. Hasta ahora los había tratado en las catequesis. El Instituto le abre horizontes mas anchos.
   Las dos experiencias de La Aldea y Remolinos acabaron demasiado pronto, sin margen para que prendiera en el joven sacerdote una vocación de párroco. El Instituto, en cambio, le da cinco años de vivencias.
   Al volver de Valencia, don Manuel se ha instalado a residir en casa con su madre y con sus tres hermanos que permanecen solteros –José, al frente del taller heredado del padre; Francisco, con una fábrica de jabón; María, que cuida de la madre–. Señora Josefa sigue las tareas de su hijo sacerdote. Mientras lo tuvo en Valencia esperaba cada día la llegada del cartero como una joven novia. Si traía carta del hijo, el cartero recibía una peseta:
–Tome, y me parece propina muy corta.
Era un escándalo de propina, en aquellos tiempos.
   A don Manuel su casa le queda a un paso del Instituto, instalado en un ala del vetusto caserón de los jesuitas de la calle Moncada, otra de cuyas alas ocupan desde 1849 los seminaristas teólogos.
   Los profesores le acogieron con los brazos abiertos. Bastó un curso para que ganara la confianza universal: le encomendaron el discurso de apertura siguiente. Y a los dos años, en junio de 1865, le confiaron la Secretaría del Instituto, cargo clave porque le permitía estimular las actividades culturales y religiosas.
Estaría satisfecho, el obispo, con haber acertado.
   Pues lo más sabroso no fue la relación amistosa del sacerdote con los compañeros profesores, sino su entrega a los chavales.
   El primer cuidado lo puso el nuevo profesor en dar bien sus lecciones. Logró prestigio ante los alumnos por el interés de las clases: «No debéis asistir como una obligación, sino por gusto», les decía. Quiso que la asignatura llamada «religión y moral» no quedara para los muchachos en un esfuerzo intelectual como la geografía o las matemáticas, sino que les proporcionara un fundamento donde construir su futuro:
   –Deben ser el báculo seguro –manifestó en el mencionado discurso de apertura– en que ha de apoyarse el hombre si quiere seguir con paso firme los resbaladizos derroteros de la vida.
   Pocos días antes de pronunciar este discurso, Manuel soporta una de las tristezas mayores de su vida. Le murió la madre. Señora Josefa contaba sesenta y cuatro años. La derribó, según la partida de defunción, «un catarro pulmonar» a las once de la mañana del 6 de septiembre de 1864. El hijo Manuel acompañó su agonía y veló el cadáver dejando escapar entre las oraciones una cariñosa jaculatoria que contenía el largo cariño de toda una vida: «Mareta meua, mareta meua» (madrecita, madrecita mía).
   Al año siguiente, 1865, las clases quedaron algún tiempo interrumpidas: un latigazo de cólera, el más feroz, golpea la piel de España. Esta vez fue un mercader francés, procedente de Alejandría, el agente de contagio. Los pueblos se aterrorizaron. Tortosa quedó como zona «de contagio benigno». El total de españoles que la peste se llevó por delante lo contabilizó el Gobierno en la cifra espeluznante de 236.744, sólo con seis meses de azote. Valencia, donde en desdichada hora toco el comerciante francés infeccionado desde las costas egipcias, entregó más de cuatro mil víctimas, Santa Micaela del Santísimo Sacramento entre ellas.
   Al producirse la alarma nacional, el Ayuntamiento tortosino tomo las medidas de emergencia: abrió suscripción pública de fondos para enfrentar el mal; habilitó un departamento como hospital de coléricos en el cuartel de Santo Domingo, llevando camas del Hospital de la Santa Cruz; y pidió al obispo decretara rogativas.
   La gente respondió. El obispo escribió al alcalde que prefería no figurar en la lista de donantes, pero dispusiera «de todos sus haberes y facultades hasta donde alcance y sea menester». Madre María Rosa ofreció sus hermanas para regentar el habilitado pabellón de coléricos.
Tortosa respiró pronto viéndose libre de la terrible plaga.

NO RESULTA fácil, porque le gustaba consumir algunas horas en confesonarios de varias iglesias donde acudían a confiarle sus inquietudes chicos y chicas de toda la ciudad; pero don Manuel raspo su tiempo para rematar dos trámites universitarios. Estudió de firme. En otoño de 1866 obtuvo la convalidación civil de sus estudios eclesiásticos mediante un examen que la Universidad de Barcelona autorizó se verificara ante un tribunal constituido en el mismo Instituto de Tortosa: justo en Nochebuena del mismo año firmó el rector de la Universidad catalana el título de «Bachiller en Artes» a favor de don Manuel Domingo y Sol, quien «ha demostrado su suficiencia ante los examinadores, que aprobaron los ejercicios con calificación de sobresaliente».
   Le faltaba el doctorado en Teología. Lo preparó concienzudamente, tenía que evitar un mal paso. Cumplidos los trámites, viajó a Valencia, en febrero de 1867. Qué alegría en casa de doña Agustina con tenerle otra vez como huésped. El 26 de febrero le correspondió afrontar su examen. Con arreglo al sistema clásico de las universidades eclesiásticas: sacó una bola con el número de la «tesis teológica» que le tocaba defender. Le aislaron veinticuatro horas bajo vigilancia en una celda del seminario, con papel y pluma: allí debía redactar las introducciones y el esquema para exponer en público y al día siguiente la tesis sorteada. Le tocó un tema curioso, referente al pecado original. Entre sus papeles han aparecido los borradores que don Manuel redactó en su encierro académico, y pone una nota de tierna devoción invocando al arrancar «el favor de la Inmaculada Virgen de la Cinta, de San José y de Santo Tomás de Aquino».
   Volvió «doctor» a Tortosa. Los muchachos le harían fiesta. Los compañeros comenzaron a designarle con el reverente título: «Doctor Sol». A él la cosa no le impresionaba, fue un trámite: le preocupaba «otra guerra», el cuidado religioso de sus jóvenes. Para eso le mandó el obispo a estudiar.
   Gastaba en los chicos su energía, su tiempo, sus dineros. No ponía tabique entre el aula y la calle: los conocía uno a uno, las familias, la situación económica. Daba largos paseos con ellos, montaba excursiones. Llegado mayo, celebraban en grupo «las flores de la Virgen». Formaban una tropa alegre y divertida. Aceptaban sus correcciones, nunca les ocultó si merecían un reproche. Le rondaba por la sesera este proyecto inconcreto: ¿por qué no crear un colegio donde los chicos residieran durante el curso, evitando las estrecheces que la endeble economía familiar les impone? La directiva de otro colegio de niñas existente en la ciudad le reclamó ayuda para la formación cristiana de sus alumnas. Don Manuel, «doctor Sol», se había convertido en el experto para asuntos juveniles de Tortosa. La verdad es que trabajaba mucho y contento, En unos cuantos años...
   Pero no hubo años, viene Ja revolución», que todo lo pondrá patas arriba.

   Al filo del 31 de diciembre de 1867 todo el mundo sabía que habrá tiros por los pueblos de España. La revolución se masca, está en el aire. Los periódicos radicales instigan al ingenio de los copleros de piano:

Cuándo querrá Dios del cielo
que la tortilla se vuelva...

   El ingenio andaluz ha bautizado ya la revolución próxima, le ha colocado apellido propio. La llama «la Gorda». «Esperamos la 'Gorda'; ¿por dónde viene: por vía terrestre o por vía fluvial, como el cólera ? »
   Todo el mundo sabe que habrá tiros, menos la reina. Ella no quiere enterarse de que viene la tormenta. Isabel II no acaba de creer que la van a arrojar de España.
   Hay una nube de conspiradores que por toda la periferia de España prepara a cara descubierta el asalto. Junto a políticos profesionales, los nombres más lucidos del escalafón militar, Prim incluido. Esta vez la revolución vendrá del sur, también lo sabe todo el país. De Cádiz vendrá. Porque los jefes conspiradores a los que el Gobierno exportó han escogido el puerto de Cádiz como plataforma: de allí atacarán hacia Madrid.
   Nadie sabe lo que quiere; los conspiradores, tampoco; realmente carecen de una meta, se proponen destronar a Isabel II y, como ellos dicen, apelan a la decisión del país. Será una revolución tristemente inútil, desorientada, que sacará la corona española a pública subasta en las cortes europeas, ensayará con ninguna le la República y volverá al punto de partida.
   A las monjas españolas, que admiran y quieren a la reina, les dolería mucho si supieran que en las tascas de Madrid circula una parodia de los versos de Bécquer:


mas los reyes que salen a escobazos,
esos no volverán.

   Ahora todo el mundo le echa la culpa a la reina, y piensan que con sólo arrojarla de España encontraremos solución a las desgracias nacionales. La verdad es que España salió desconcertada de la Guerra de la Independencia, y enturbió más aún el horizonte con las guerras carlistas. Desde entonces, los jefes militares –mal endémico de España en el siglo XIX–, incultos, aparatosamente incultos, galopan, enloquecidos de vanidad ridícula, sobre el suelo de la Península, prueban su valor en batallas de opereta y se arrancan al juego político con media docena de latiguillos: seré leal, mi reina, constitución, viva el ministro López...
   No sé si la reina Isabel II ha encontrado una oportunidad seria para remediar el caos; en todo caso, sería totalmente incapaz de aprovecharla. Complicada mujer, inexperta y generosa, desgraciada en su vida íntima, ha organizado en palacio un amasijo tal, que ni la santidad del padre Claret ni las intervenciones discretas del Papa consiguen encontrar las puntas de la madeja; la reina se ha divertido con los ministerios igual que con los favoritos; ha mezclado sus devaneos de mujer con los negocios de Estado; los embajadores extranjeros transmiten informes detallados sobre el último desengaño amoroso de su majestad; la temperatura del favor real con un ministro se refleja en la silla que se le asigna en el palco del teatro; hay una carta en la cual Isabel II le dice a Bedmar que, sí desea que firme la dimisión del Gabinete, pase las manos por encima de la barandilla de su palco cuando se vean en el teatro.


   Viene «la Revolución», que en cuanto llegue suprimirá la enseñanza religiosa en los Institutos: dejará sin cátedra al doctor Sol...


8


HAN DESATADO UN HURACAN (1868–1869)



EFECTIVAMENTE, la Revolución llegó. Y ha echado del Instituto al doctor Sol. No a él, en verdad; lo que hace la Revolución es liquidar del plan de estudios la asignatura «religión y moral»: suprimida la materia, sobra el profesor.

   En septiembre de 1868, los generales Topete, Serrano y Prim alzaron desde Cádiz el país contra Isabel II. La Revolución dejó de apellidarse «la Gorda» y tomó el título de «Gloriosa». Gloriosa subió de Cádiz hacia Madrid. Isabel II, que veranea en Lequeitio, se apresura a tomar el tren en San Sebastián y cruza la frontera francesa. Los generales de Cádiz prometen devolver a España «la honra» naufragada en el desgobierno de los últimos años. Ya veremos... Serrano y Topete se proclaman fieles a la monarquía, y quieren ofrecer el trono a doña María Luisa, duquesa de Montpensier, hermana de la reina. Pero Prim tiene compromisos adquiridos con otras facciones políticas: «Conviene aguardar un poco y que el pueblo decida democráticamente.» Va a comenzar la zarabanda de los desmanes callejeros. Los agitadores republicanos pretenden empujar la Revolución hasta el límite. El Gobierno provisional hace profesión de le monárquica, pero promete que «sí la decisión del pueblo español no fuese propicia al planteamiento de la fórmula monárquica, respetaría el voto de la soberanía nacional debidamente consultada».
   De momento, la «soberanía nacional» se convirtió en «la real gana de los españoles», que se echaron a la calle dispuestos a gozar de su revolución. Ni los soldados ni la policía fueron capaces de sujetar a los desalmados. Arrancó de Madrid una espiral de violencia que pronto agitaría el país entero.


   Tortosa entro en seguida en la juerga nacional. El 30 de septiembre, al día siguiente de cruzar Isabel II la frontera de Irún, se apoderó del Ayuntamiento de Tortosa una junta revolucionaria. En la primera sesión tomó los acuerdos básicos para la salvación del país: echar los jesuitas, cerrar el Seminario y proclamar la libertad de conciencia. A la reina zarzuelera sucedía una revolución de chufla. He aquí los acuerdos de la junta tortosina: El primero, «intimar a los jesuitas del barrio del Jesús para que dentro de veinticuatro horas salgan del territorio de esta ciudad, desocupando previamente en todo el día de hoy el edificio convento que ocupan, haciendo entrega de todas las llaves del mismo a esta junta; la cual, teniendo en consideración que en dicho convento existen muebles y efectos de enseñanza que pueden servir con gran ventaja para la que se da en el Instituto local de esta ciudad y en las demás escuelas de instrucción, acuerda también destinar y aplicar a los usos de la enseñanza en los mismos establecimientos todo el material de máquinas y efectos que puedan servir para la más provechosa instrucción de la juventud estudiosa». Un robo público.
   El segundo acuerdo cierra el Seminario, «pasando oficio», eso sí, al obispo, para que se entere. Crear la milicia nacional, derribar las murallas, sustituir los alcaldes pedáneos por sujetos afectos, cambiar el juez de paz. Dentro de unos días completarán el programa revolucionario prohibiendo llevar en público el viático a los enfermos y renovando la voz de los serenos: en vez del tradicional «Avemaríapurísima», gritarán: «¡Viva la soberanía nacional!»

LOS REVOLUCIONARIOS tortosinos tenían que medirse con un contrincante de categoría: el obispo Vilamitjana. No les tuvo miedo. plantó cara. Contrarrestó con medidas prudentes las decisiones del Ayuntamiento. En los primeros momentos, su actitud valiente pudo costarle la vida. El jefe de la flamante milicia nacional, un confitero con casaca en cuyas bocamangas cosió su mujer insignias de coronel, pasó al palacio un oficio exigiendo le entregaran la nave de la iglesia de la Sangre, destinada a cuartel. El obispo contestó serenamente «que no accedía a la petición, no podía permitir el destino de un lugar sagrado a usos que no fueran los propios». El confitero coronel, al frente de una compañía, subió sable en mano a las habitaciones del obispo. No pasó nada, afortunadamente.
   Vilamitjana organizó la asistencia a los curas necesitados, a los conventos, a los pobres. Vendió la tartana y la mula de su visita pastoral, estimuló el fervor tradicional de la gente. Le secundaron sus clérigos Sanz y Forés, ya con cargo en Madrid, a nivel directivo; Ossó, con niños y mujeres; Domingo y Sol, con los muchachos. Cuando lo creyó conveniente remitió escritos a Madrid, dirigidos en realidad no sólo al ministro de turno, sino a todo el país:
   «Tortosa, la católica Tortosa, la ciudad de la Virgen de la Cinta, no puede desde el 23 de octubre mostrarse cual es; los tortosinos han de encerrarse en el templo, o en el santuario de la morada doméstica, para dar expansión a los legítimos sentimientos de su fe y piedad, sin que les sea permitido hacer acompañar a sus difuntos según costumbre, ni llevar en triunfo en espléndidas procesiones, como siempre ha hecho, las venerables reliquias y santas imágenes de sus patronos; y lo que oprime el corazón, el mismo Señor Sacramentado, Dios del Cielo y de la Tierra, en los Viáticos ha de ir por las calles de nuestra ciudad, que es su casa, sin luces, de incógnito y escondiéndose como un proscrito. Este es el hecho, y los comentarios que sobre él se hacen son lágrimas, gemidos, quejas y hasta amargas recriminaciones. Yo no entro en el sagrado de las intenciones; respeto las de todos, porque debo suponerlas concienzudas; mas no alcanzo razón alguna por la que deba tener efecto en Tortosa una medida que no ha tenido lugar, que yo sepa, sino en Reus, y que no lo tiene en Barcelona, a pesar de haberla decretado también aquella Junta Revolucionaria el 19 del mismo octubre. ¿Son acaso menos católicas Tortosa y Reus que las demás ciudades de España? No creo que los mismos que decretaron la medida de que se trata contestaran afirmativamente a esta pregunta.»
   Con estos alegatos Vilamitjana dirigía sus sermones a toda España.
   ¿Y qué hará don Manuel con sus muchachos del Instituto? Vamos a verlo. Pero antes conviene que anotemos una ocupación nueva que el obispo Vilamitjana le ha encomendado. Ocurrió en el paso de 1867 a 1868, y nada tiene que ver con las soflamas revolucionarias.
   A don Manuel comienzan a pasarle estas cosas porque se halla en actitud de sacerdote disponible: los obispos cargaran sobre sus espaldas trabajos increíbles. Vean este caso. Vilamitjana le ordenó realizar estudios universitarios para encomendarle las clases del Instituto. Cualquiera pensaría que lo tienen destinado a cultivar jóvenes estudiantes. Así es, en efecto. Pero el joven e «intelectual» sacerdote gusta de pasar horas largas en el confesonario y aseguran quienes acuden a consultarle que dirige los espíritus con finura y prudencia. El obispo necesita un cura de confianza para confesor de las monjas de dos monasterios de clausura, «San Juan» y «Las Concepcionistas»: pues no lo duda, echa mano del doctor Sol, a quien manda el correspondiente nombramiento en las postrimerías de 1867.
   No es todo. A primeros de 1868 ha quedado vacante la plaza de «vicario» de las Clarisas, un cargo que requiere tacto exquisito: el 10 de marzo de 1868 ' don Manuel recibe nuevo nombramiento, vicario de las Clarisas.
   Al «vicario» del convento de Santa Clara corresponde una especie de autoridad episcopal sobre las monjas. El nombramiento solía recaer en un sacerdote mayor, de prestigio reconocido, y vinculado a los altos cargos del obispado. Manuel Domingo cuenta treinta y un años. Hay sorpresa en Tortosa porque Vilamitjana le ha concedido este puesto. No tiene asignado sueldo; mosén Sol bromeará que le han ascendido a «vicario sin paga». Pero él conoce perfectamente cuánta confianza significa por parte del obispo asignarle los cuidados y la confesión de estas monjas.
   Son ellas treinta y cinco, en este momento, con madre Concepción de abadesa. La fábrica del convento era noble, y nobilísimos los pergaminos de su fundación. Nuestra ultima guerra civil arrasó iglesia y monasterio; se salvo un bello claustro gótico provenzal de fines del siglo XIII. Nada menos. La fundación del convento empalma directamente con Clara de Asís, la angélica discípula de San Francisco: a mediados del siglo XII vinieron de Barcelona un grupo de clarisas, enviadas por las dos sobrinas de Santa Clara, sor Inés y sor Clara, a fundar el convento en un altozano pegado a las murallas.
   Don Manuel acogió sorprendido y gozoso este encargo episcopal: él siente admiración grande, con mucho cariño, hada las mujeres consagradas a orar dentro de los muros de un convento. Tratará durante su larga vida miles de chicos y chicas que preparan un hogar; pero a sus íntimos les comenta que tiene «mejor mano para monjero que para casamentero»,
   A los cinco días del nombramiento, el 15 de marzo, tomó oficialmente posesión de la «vicaría», y dijo a las clarisas un puñado de razonamientos enternecidos:
– Que «jamas había soñado con estar al frente de vosotras»;
   – les ofrece todo lo que tiene, aunque su tiempo resulta escaso por la tarea con los jóvenes;
   – considera «un atrevimiento penetrar en el fondo del monasterio», a causa «de mi poca edad, ninguna experiencia, falta de conocimiento», pero cuenta «con vuestra bondad, vuestra indulgencia para conmigo»;
   – sabe que a ellas y a él toca llevar a cuestas una cruz irrenunciable, confía servirles de ayuda «para satisfacer vuestros deseos de sacrificio, de sufrimiento y de abnegación»;
   – el obispo le ha indicado sugiera a las monjas contentarse con una confesión a la semana;
   – y les pide disculpas: «para dirigiros no es preciso que tenga vuestras virtudes».
   Don Manuel no disimula sus sentimientos, de joven a viejo: o se calla, o dice lo que piensa. A los amigos explicó su alegría, inmensa, por el nombramiento que le vincula al convento de Santa Clara:
–Me parece tan glorioso como si fuera a la conquista del Perú.

LA BUENA GENTE de Tortosa otra vez se llena de miedo: los carlistas comprenden que este follón revolucionario desatado sobre España les da una oportunidad pintiparada. Las brasas del fuego que Cabrera encendió en el Maestrazgo se reavivan, A Tortosa entran y de Tortosa salen correos, emisarios, conspiradores. En todas las casas hay un mozo que por la noche engrasa su escopeta, sea carlista, sea revolucionario.
El barullo en Madrid, descomunal.

   Se verifica la elección de diputados, que el 11 de febrero de 1869 acuden al Congreso: a las dos Y media de la tarde el duque de la Torre inaugura las Cortes Constituyentes. En veinticinco días elaboran un proyecto de Constitución, que discuten durante los meses de abril, mayo y primera semana de junio. El domingo 6 de junio aparece montada sobre la escalinata del Congreso una gran tribuna con dosel: la nueva Constitución va a ser leída en voz alta cara al pueblo. Las tropas contienen a la muchedumbre. Ante una solemne presidencia y con los diputados al pie de la tribuna, es promulgado el texto constitucional, que ha obtenido en la sesión definitiva 214 votos favorables contra 55 opuestos: España continúa monárquica, las Cortes se atribuyen la misión de encontrarle un monarca. Entre tanto, el duque de la Torre desempeñará la regencia y el general Prim ocupará la jefatura del gobierno. El verano va a ser uno de los más calurosos de España, en temperatura y en política: Castelar, Figueras y Salmerón vocean el federalismo republicano, mientras Sagasta pasa apuros terribles para sofocar las insurrecciones de Cataluña, Aragón y Andalucía. Las tropas resultan insuficientes, han de realizar malabarismos para sostener el equilibrio. Cuando te anuncian al gobernador de Cádiz que hay jaleo en el Puerto de Santa María, no se le ocurre otra cosa que telegrafiar al alcalde del Puerto preguntándole si tiene dispuesto cuartel para alojar un batallón: el tal batallón no existe, pero basta el telegrama para dispersar los insurrectos. Los carlistas aprietan en el norte pensando que la ocasión es pintiparada. El Congreso reanuda las sesiones en el mes de octubre: aprueba una ley que suspende las garantías constitucionales autorizando al gabinete para declarar el estado de guerra. Los republicanos protestan., Castelar gesticula, Sagasta aguanta. El balance final de año, desconsolador: la revolución ha sido inútil, nadie se atreve a llamarla «gloriosa». Crecen las violencias, operan en Madrid las «partidas de la porra». Los republicanos amenazan a Prim: Paúl Angulo, el diputado jerezano que estuvo a su lado los días del alzamiento, le insulta desde El Combate y llega a decir que habrá que matarle «en la calle como a un perro», porque les prometió la República y ahora busca un rey. De Madrid se derramó a todos los pueblos de España el afán de pisotear el retrato de la reina destronada.

EN LA ZONA de Tortosa, hasta Castellón por abajo y Tarragona por arriba, abundaron ciertamente los carlistas. A veces con sentimientos pintorescamente mezclados: en Reus, la capital progresista del campo de Tarragona, hasta los pocos carlistas tenían en la sangre un buen lote de glóbulos liberales.
   Lo malo ha sido, vieja mala costumbre de España, meter la fe católica en los jaleos políticos. Y la culpa no fue sólo de «la derecha reaccionaria».
   Pasa que los gobernantes de Madrid cometieron un error de perspectiva. Como la religión y la política andaban mezcladas en esta mixtura peligrosa tan del gusto español, creían un deber de todo político progresista zurrarles recio a los curas, a los frailes y a las monjas. Naturalmente, curas, frailes y monjas les miraban de reojo. Entonces los progresistas acusaban a los curas y a todos los devotos meapilas de «carlistas».
   Al obispo Vilamitjana no se le arrugó el ombligo, dicho sea con la debida reverencia: la patrulla de sus mejores hombres trazó un plan de respuesta: «Estamos bajo la presión de la crisis más peligrosa de cuantas ha atravesado nuestra madre Patria –escribe don Manuel–. El presente nos inquieta, la incertidumbre del porvenir nos angustia ... » Y se le va por los puntos de la pluma una exclamación atribulada: «Tortosa, patria mía, ¿qué se ha hecho de aquella paz a la sombra de la cual vivías feliz? »
   Los ataques a la vida cristiana venían desde Madrid furiosos: la extraña amalgama de tendencias políticas, momentáneamente unificadas por los generales fieles al concepto monárquico, establece un gobierno provisional; pero la chusma, en la calle, no aguarda clarificaciones: es la hora de la libertad, fuego a los conventos. Violencias, asesinatos, amenazas a la Nunciatura; los decretos uno tras otro golpeando las tradiciones religiosas de España: «Tortosa –lamenta don Manuel en una de sus vigorosas arengas–, la patria de tantos héroes y mártires de la legitimidad, dominada desde septiembre por el cinismo de unos cuantos revolucionarios que le han impuesto su despótico yugo deshonrándola, como acatólica ... »
   «Mártires de la legitimidad», ha escrito. En este momento habréis de comprender, amigos lectores, que a don Manuel Domingo y Sol le salen a borbotones los sentimientos monárquicos, desde luego carlistas, que lleva en lo secreto del alma. Ya veremos lo que piensa el «abogado del diablo» cuando en Roma estudien si le hacen santo «a pesar de su espíritu carlista».
   El obispo encargó a mosén Sol que viera el modo de encontrar una alternativa a las clases del Instituto: ¿cómo podría mantener su apostolado con los muchachos?
   De Madrid llegó una iniciativa que a don Manuel pareció eficaz: «Academias de juventud católica» para organizar actos culturales, recreativos, académicos, escuelas gratuitas, viajes..., cuantas actividades mantuvieran unidos los jóvenes y «protegidos» contra la invasión antirreligiosa. Mosén Sol, a finales de 1869, dio el paso: juntó puñado de muchachos enérgicos y les propuso elaborar un reglamento para la «Academia católica» de Tortosa. Los chicos, entusiasmados, se le ofrecieron «a combatir con denuedo».
   Redactaron su reglamento, eligieron una junta de gobierno, inventaron medios de acción: «Lectura de periódicos –dice el reglamento–, folletos, libros selectos de moral católica, de controversia, de historia y literatura; conferencias privadas y públicas, consultas con personas instruidas ... » Celebraban sus reuniones en casa de don Manuel, hasta que creció la Academia y buscaron acomodo en la antigua iglesia de la Merced. Don Manuel tuvo la intuición –es asombroso el instinto de modernidad que posee este cura tortosino– de crear una especie de «escuela para oradores», que adiestró sus muchachos en la forma de arengar las masas.
   Los chicos la gozaron en grande, la ciudad respaldaba sus actividades. Del mismo don Manuel hay un balance: «La atmósfera cambió por completo; veladas, peregrinaciones, funciones religiosas...»; los muchachos «salvaron» la tradición cristiana de Tortosa.

ECHEMOS una mirada a los amigos sacerdotes que con don Manuel forman la patrulla combativa de Tortosa.
   El primer puesto corresponde a don Benito Sanz y Forés; lástima que lo llevan a Madrid: sigue vinculado a Tortosa, va y viene si puede, escribe, aconseja. En seguida de la Revolución, lo hacen obispo: qué sorpresa en el equipo tortosino. Mosén Sol seguirá llamándole «don Benito», y el recién consagrado obispo le escribe desde Oviedo, su primera sede, con esta cabecera cariñosa: «Querido Manolín». Sanz y Forés prosperará en el escalafón episcopal, será luego arzobispo de Valladolid y cardenal de Sevilla. La amistad con mosén Sol permanecerá inalterable.
   Otros tres canónigos de la catedral pelean codo a codo del obispo estos anos difíciles: don Juan Corominas, profesor de Teología en el Seminario; don Gabriel Duch (que bautizó a Manuel Domingo treinta y dos años atrás, todavía continúa de párroco catedralicio), y don Mariano García, religioso exclaustrado, dinámico, celoso; «un espejo» lo considera mosén Sol.
   El más notable de los amigos, Enrique de Ossó: aquel muchacho que vino al Seminario de Tortosa después de haberse escapado a vivir de ermitaño en las faldas de Montserrat. Está para cumplir treinta años y forma con don Manuel la pareja de corceles que tiran juvenilmente de la carreta de la diócesis. Ossó ha estudiado en Barcelona los últimos años de su carrera; Vilamitiana le nombró por otoño del 66 profesor de física y matemáticas en el Seminario de Tortosa. Quiso celebrar la primera misa, 6 de octubre de 1867, en su amada Montserrat. Allá fue, con familiares y amigos íntimos, don Manuel, quien sabe que Barcelona intenta retener al nuevo cura:
–Lo haremos venir con nosotros, hará mucho bien en Tortosa.
   Regresó, en efecto, y del 67 al 68 continuó con sus clases de ciencias en el Seminario. En los ratos libres Ossó predicaba, confesaba, estudiaba. Los seminaristas admiraban sus conocimientos de física y química, materias que Ossó había estudiado en Barcelona con el profesor Arbós, famoso químico de fama mundial que al quedarse viudo se ordenó sacerdote.
   Enrique de Ossó acostumbraba pasar el verano en el convento carmelita del Desierto de las Palmas, cercano a Castellón. La revolución del 68 le pilló en el Desierto. Por Castellón y Villarreal viajó a Tortosa: los revolucionarios habían ocupado el Seminario para instalar allí el juzgado. El Colegio de San Matías lo dedicaban a cuartel de milicias voluntarias. ¿Y los seminaristas? A casa...
   En casa, con su familia del pueblo natal, Vinebre, pasó Enrique de Ossó el curso 68–69. Entre tanto, el obispo Vilamitjana improvisó en algunas habitaciones de su palacio aulas para el curso siguiente: de los 400 alumnos matriculados antes, acudieron un centenar; y con ellos se reanudaron las clases.
   Ossó no había perdido el año de soledad en su pueblo: además de reintegrarse a las clases de ciencias, presentó al obispo un plan de acción urgente con los niños de Tortosa, tomando como base las catequesis parroquiales. El plan funcionó: cerca de mil criajillos acudían a las secciones establecidas en varias iglesias de la ciudad, y al menor descuido, con el pretexto de una fiesta cualquiera, recorrían las calles saltando y cantando, mientras a las madres les caía la baba de gusto y las autoridades revolucionarias se airaban a punto de infarto. Total, entre los niños de Ossó y los muchachos de mosén Sol, Tortosa era un espectáculo.
   Los dos sacerdotes, juntos, valían por un huracán desatado en las calles de la ciudad. Eran admirados y queridos, se hacían famosos. Un estudiante de aquellos días cuenta que habló, a sus compañeros, de la categoría de mosén Sol, y se oyó responder: «¿Acaso vale más que Ossó?»
Juntos, un huracán: vais a verlos.

A DON MANUEL, las monjas le cuestan tiempo y dinero. Tiempo necesitan para que alguien les tranquilice a pesar de las noticias que por las rejas del locutorio reciben de la calle. Dinero, porque carecen de cualquier tipo de asistencia organizada. Pero a él esta dedicación a las monjas de clausura, le compensa. Le quieren, y él las quiere. «Dios le ha hecho a usted para monjas», bromea Sanz y Forés, quien le escribe: «A usted toca hacerlas santas; los monjíos cuestan dinero y paciencia, delo por bien empleado.»
   Parece mentira que un luchador, metido hasta el cuello en la pelea político–religiosa desatada sobre España, pueda con una mano mover los jóvenes de Tortosa dispuestos a la lucha y atender con la otra el sector más espiritualizado de la comunidad diocesana: las monjas de clausura. Pero la verdad es que los confesionarios ocupados por don Manuel en las iglesias de San Antonio, de San Blas, del convento de San Juan o Santa Clara, están siempre rodeados de personas –que acuden a pedirle consejo. Mosén Sol no separa, ni en su existencia ni en la ajena, las actividades externas y el pulso interior: ve todo en unidad, formando la persona.
   Las monjas de Santa Clara agradecían su bondad, su cortesía; y lo contaban: «Con su porte sencillo, amable y cariñoso, llevó la comunidad por el camino de la observancia... era incansable... tenía gran sagacidad y libertad para decir todo lo que convenía a todas, sin herir a nadie, dejando a las almas tranquilas.» Las entendía, las estimulaba. Quiso que participaran en la pelea pastoral de la juventud, contándoles los episodios y atribuyendo el éxito a sus oraciones. Llegó «a conocer nuestras conciencias tan claramente como si estuvieran expuestas ante su vista». Les corregía «con mucha gracia», y recibían tal consuelo de sus pláticas, que le atribuían «corazón de madre».
   Así empezó la historia de don Manuel en Santa Clara. Pero el asombro está en que durara veintitrés años; y cuando las dejó, una monja escribirá delicadamente: «No es mi intención ofender a ninguna persona digna de este cargo, pero no he conocido otro semejante a mosén Sol. Dios Nuestro Señor tiene poder para hacer otro don Manuel Sol, así lo creo. Pero hasta ahora no lo he conocido.»
   Le tocó defenderlas de la Revolución: los avispados «progresistas» de Tortosa ven avanzar la guerra carlista y deciden convertir el convento de Santa Clara en hospital militar de guerra.
   Pidió a las monjas que rezaran con todo fervor. Y el se puso a pensar cuál sería el medio de salvarlas.
   Decidió ensayar un camino astuto: pedir apoyo a la condesa de Reus, mujer del general Prim, doña Francisca Agüero. escribió el borrador de la carta, que firmaría la madre abadesa: «Rogando a la señora que interpusiera la poderosa influencia de su marido ... » Dio resultado, el Gobierno soltó la presa del convento; y las monjas escribieron de nuevo a la condesa expresándole el pésame cuando Prim murió asesinado. En adelante, si les amenazaban de nuevo, recurrían a su protectora.

A PRIMEROS de diciembre de 1869, el obispo Vilamitiana ha de viajar a Roma, donde Pío IX abre el Concilio Vaticano.
Antes de marchar, realiza un balance.
   El horizonte aparece negro. Los republicanos catalanes han celebrado en Tortosa una «magna asamblea», su primer congreso federalista, con intento de reunir Cataluña, Aragón, Valencia y Baleares en un estatuto de regionalismo autónomo «sin disgregarse de España». También los «librepensadores» celebran en Tortosa su «consistorio nacional»: arremeten contra el infierno, el limbo, el purgatorio «y demás monsergas clericales», exhortando «a las mujeres honradas a no creer en nada y a pasarlo bien en esta vida».
   ¿Qué ocurre aquí?, pregunta Vilamitjana: «¿Estamos tal vez en Ginebra o en el Japón? España, a Dios gracias, no es patria de herejes o país de infieles. En España hay, desgraciadamente, indiferentes prácticos; hay también algunos librepensadores o incrédulos; pero los primeros, si son fríos en religión, no por eso la aborrecen ni mucho menos la mofan; creen y hasta desean amar; y al fin, en la hora de la muerte, si no antes, despiertan del letargo a la luz de la eternidad, ven claro, y se arrojan resueltos en brazos de tan buena Madre. Los incrédulos aborrecen, es cierto; pero en España guardan para sí su odio, contenidos por el propio buen sentido enfrente de la actitud religiosa de la inmensa mayoría. ¿De dónde, pues, nacerán los conflictos?»


9


PRIMER VIAJE A ROMA (1870–1872)



MIENTRAS el obispo está en Roma, la guerrilla Ossó–don Manuel fortalece sus huestes infantiles y juveniles; de una parte luchan por vigorizar la fe de los hogares cristianos a través de los chicos, y de otra, mantienen una presencia cristiana en la calle.

   Primer semestre de 1870: la madeja de España se enreda todavía. El Gobierno español busca un rey que sustituya en el trono a Isabel II. La reina destronada, acogida calurosamente por el emperador francés Napoleón III, descansó una corta temporada en Pau y después refugió su tristeza en el palacio Basilewski, en París, palacio que ahora se llamará «de Castilla». En torno a la reina, una pequeña corte agranda las noticias de Madrid, mientras su marido el rey Francisco de Asís se declara independiente, se va a vivir solo y gasta dinero sin fin viajando por el mundo. Las infantas estudian en el Sacré–Coeur; el príncipe Alfonso, en el Stanislas. En febrero, Alfonso viaja a Roma para recibir del Padre Santo la primera comunión. Mientras, la reina arregla con cuatro abogados la separación legal de su marido, que en adelante recibirá una pensión anual y la visita de los hijos dos veces por semana. La vida en París es fácil y agradable, con recepciones en las Tullerías, carreras de caballos en Longchamps y noches brillantes en la ópera.
   Entre los políticos que preparan la restauración sobresale ya la cabeza de Cánovas, a quien Isabel II nunca perdonará la ruda sequedad de sus cartas. Cánovas es hombre practico, realista, sugiere la abdicación en el príncipe Alfonso como paso previo a todos los planes restauradores. El 25 de junio de 1870 Isabel II convoca en el palacio de Castilla su corte desterrada; vestida de reina con un traje elegante cubierto de encajes blancos, lee el documento de abdicación, que luego comunica en un manifiesto a los españoles: «... Reina constitucional, he respetado sinceramente las leyes fundamentales; española ante todo y madre amorosa de los hijos de España, he confundido a todos en un afecto igualmente cariñoso. Las desgracias que no alcanzó a impedir mi tantas veces quebrantado ánimo, dulcificadas fueron por mí en la mayor medida posible... Sabed que en virtud de un acta solemne extendida en mi residencia de París y en presencia de los miembros de mi real familia, de los grandes, dignidades, generales y hombres públicos de España..., he abdicado de mi real autoridad y de todos mis derechos políticos... transmitiéndolos con todos los que correspondan a la corona de España a mi amado hijo don Alfonso, Príncipe de Asturias.» Isabel II ha dado el primer paso juicioso en orden a la restauración, todavía lejana. Cánovas hará el resto.
   Mientras, los políticos de Madrid buscan un rey. Las caricaturas de los periódicos son regocijantes, y a veces sangrientas: «Se colocan reyes»; «Se alquila un trono»; «Se colocan majestades con todos sus atributos»; dibujan al general Serrano ante la mesa de una subasta ofreciendo la corona y el cetro de España «al mejor postor; ¿hay quien dé más?».
   El candidato más popular era el general Espartero, que decidió no cambiar la paz de su retiro de Logroño por las complicaciones del palacio real: «Mis muchos años y mi poca salud no permitirían buen desempeño ... » Don Fernando de Portugal, a quien se brindaba una oportunidad para la «unión ibérica», decía que no. Los hombres de la revolución pensaban en el duque de Montpensier como candidato al trono, pero Prim era hostil desde el primer momento a esta candidatura.
   Se habló de buscar un príncipe alemán. Prim había pensado en Federico Carlos de Hohenzollern; tuvo que abandonar la idea, porque Federico Carlos era protestante. Silvela le ayudó a encontrar un príncipe alemán católico: Leopoldo de Hohenzollern Sigmaringen. Napoleón III puso el grito en el cielo, denunciando que un príncipe alemán en el trono de España significaría atenazar a Francia con pinzas germanas por los dos costados; los chulos de Lavapiés comentaron que encontraban los apellidos Hobenzollern Sigmaringen demasiado difíciles: decidieron pronunciar «olé, olé, si me eligen».
   Los trapicheos de Madrid embarullan las relaciones diplomáticas de las naciones europeas. Bismarck, el canciller prusiano, va a aprovechar la oposición de París a la candidatura de príncipes alemanes como pretexto para justificar su deseada guerra contra Francia. A mediados de julio estalla el conflicto. Bismarck se enfada porque España no interviene a su favor, ya que la presión en los Pirineos dividiría las fuerzas francesas. París desarrollará en Madrid una operación diplomática de largo alcance enviando al conde Keratry: tentó a Prim con la presidencia de una República que Francia respaldaría amistosamente... Prim rechazó la insinuación y reiteró su profesión monárquica: «No habrá en España República mientras yo viva.»
   Los acontecimientos se precipitaron. ocurrió el desastre de Sedán y la proclamación de la República en París. Isabel II busca refugio por unos meses en Ginebra. Luego regresa con sus hijos a París.
   Las partidas carlistas aprietan en las montañas de Navarra. Pero ha llegado el otoño; las Cortes de Madrid reanudan su trabajo, y el Gobierno parece optimista: ha encontrado el candidato ideal, España va a tener rey.


TAMPOCO en la Iglesia católica el 1870 es un año cómodo. Italia obtiene la unidad nacional en lucha abierta contra los intereses del Papa. Roma va a ser capital de la nueva Italia y el Pontífice perderá su poder temporal. A los hombres del siglo XX nos resulta complicado entender la figura del Papa como señor temporal responsable de medidas administrativas, a veces muy discutibles. Temblamos con sólo pensar qué complicaciones tendría hoy para el Pontífice la pervivencia del poder temporal. Pero Pío IX tuvo que afrontar el hecho de una usurpación.
   Enrique de Ossó y don Manuel hace tiempo que anhelan viajar a Roma. Consideran el viaje una especie de compromiso, pues luchan a cuerpo descubierto por los intereses y esplendor de la Iglesia. Están en el Concilio Vaticano el obispo de Tortosa y el obispo de Oviedo. Vilamitiana se alegrará de verlos, llevarán las últimas noticias de la diócesis. Sanz y Forés representa para ellos una fiesta: pasear, charlar, ir de su mano por los pasillos vaticanos...
   Han vacilado a causa de los jaleos internacionales: Francia en trance de guerra con Alemania y en Italia las tropas de Garibaldi amenazan caer sobre la capital. Por fin, deciden: a Roma. Programan el viaje con un par de compañeros sacerdotes.
   Ya mosén Sol ha entrado en plena madurez, cumple a las puertas de la primavera treinta y cuatro años. La fidelidad a la Iglesia sostiene, como fundamento de una sólida catedral, su fe cristiana. Interpreta los ataques al Papa desde una visión teológica:
   «En este siglo los errores se han multiplicado, y el infierno ha dispuesto dirigir sus tiros a la Cabeza de la Iglesia... Por eso, hoy el distintivo de los católicos verdaderos es el amor al Papa. Demos amor al Papa, es decir, amor a la Iglesia, a sus enseñanzas, porque en esto está todo simbolizado.»
   Ideas que repite a lo largo de su vida: las lleva como equipaje al salir hacia Roma. No podía él sospechar cuantas veces tomara luego el mismo camino; él, precisamente un curilla de Tortosa joven aún y desconocido, creará un puente audaz para unir estrechamente España con la casa del Papa...
   Demos tiempo al tiempo, acompañemos ahora este primer viaje suyo, del cual nos dejó escasas noticias; y ninguna, Ossó. Don Manuel anota en un diario sus impresiones, pero solo con referencias de media línea, a manera de recordatorio.
   El día 29 de mayo viajan en tren desde Barcelona, por Perpiñán, a Marsella, donde toman un vaporcito, «Esteban» de nombre, rumbo a Civitavecchia, el puerto más próximo a Roma. «Esteban» se deja zarandear por las olas, no era un transatlántico precisamente. El «diario» de don Manuel anota la palabra «malestar ... » con dos palabras que delicadamente sugieren fuertes mareos: «un voto..., otro voto ... ».
   A las tres de la tarde del 3 de junio desembarcaron en Civitavecchia. A las siete entraban en Roma: les faltó tiempo antes que nada para ir a saludar a su obispo: ¿hasta qué hora les retuvo Vilamitjana aquella primera noche?
El día 4 buscaron a Sanz y Forés.
   Entre los dos obispos les trazaron el plan de visita a las basílicas romanas, pequeñas y grandes. Pensaban quedarse hasta fin de mes, presenciar algunas sesiones del Concilio. Y pasear casi todas las tardes con Sanz y Forés, hasta llenarse de confidencias. Algún día Vilamitjana quiso unirse al grupo de amigos. Corpus tocó a mitad de mes, el día 16, y mosén Sol anotó a la noche un brevísimo comentario sobre la procesión alrededor de la plaza de San Pedro: «Bello efecto de Pío IX con el Sacramento. Entrada en la Basílica. Subida al Palacio. Recogimiento de Pío IX. Vuelta a casa con el prelado de Tortosa. Calor en el puente ... »
    No podían dejar sin visita las casas españolas de Roma, dos edificios que, pasados unos años, entrarán en la más arriesgada aventura de mosén Sol: «Montserrat», iglesia española y hospital para compatriotas; «Condotti», convento de frailes trinitarios españoles situado en la vía Condotti.
   De los personajes que aquellos días conocieron, un arzobispo y un príncipe destacan por esta curiosa circunstancia: el arzobispo, padre Claret, estaba ligado estrechamente al bando isabelino de la monarquía española; el príncipe, Alfonso, era hermano del pretendiente carlista, Carlos María de Borbón.
   El encuentro con el arzobispo Claret entraba dentro del programa: tanto Vilamitjana como Sanz y Forés desearían proporcionar a sus amigos curas tortosinos la oportunidad de hablar con el famoso confesor de la reina Isabel II. Ossó y don Manuel, al volver a Tortosa, contaban la impresión que tuvieron de hallarse ante un santo cabal: «ni logramos verle los ojos, pues modestamente los tuvo fijos en el suelo».
   La visita al príncipe carlista parece casual, dijeron que lo habían encontrado «inesperadamente» cuando asistieron a una misa en la iglesia de San Andrés. Pero no veo clara esta «casualidad»: le pidieron cita «para ir a entregarle una Santa Cinta que le traían de Tortosa». ¿Quién les dio el encargo?
   Otra vez surge la pregunta de si don Manuel Domingo y Sol era carlista. El asunto nos dará hilo que torcer.
. Este príncipe Alfonso tiene ahora veintiún años, uno menos que su hermano Carlos.

   La línea de pretendientes carlistas ha ido de don Carlos María Isidro, el hermano de Fernando VII, protagonista de la primera guerra carlista, a su hijo Carlos Luis conde de Montemolín, titulado Carlos VI, quien vimos desembarcó el año 1860 con el general Ortega en las playas de San Carlos de la Rápita, cerca de Tortosa: fracasada la intentona y fusilado el capitán general Ortega, Carlos VI fue desterrado, una vez firmada la renuncia explícita a sus derechos dinásticos.
Era el 23 de abril de 1860. Dos meses más tarde, el 15 de junio, Carlos VI promulgó desde Alemania un manifiesto declarando inválida su renuncia. Un año después, Carlos VI y su hermano Fernando murieron, con pocos días de distancia, a causa de una epidemia de tifus.
   Carlos VI, casado con Carolina de las Dos Sicilias, no dejaba hijos y, por tanto, la sucesión en los derechos carlistas pasaba a su otro hermano, Juan, conde de Montizón. Este don Juan era un tipo simpático y vividor que no quería meterse en líos. Sus ideas liberales le acercaron sentimentalmente a la corte de Madrid, y con gran escándalo de los seguidores carlistas llegó a reconocer como reina de España a doña Isabel II. Para él, las guerras carlistas habían terminado. Cundió el desconsuelo en las filas tradicionalistas. Acudió a poner remedio la anciana princesa de Beira, viuda del primer pretendiente, Carlos V: publicó una «Carta a los españoles» declarando que «por defección de don Juan» debía ser reconocido rey de los carlistas el mayor de los hijos del mismo don Juan.
   Don Juan se había casado con la archiduquesa Beatriz de Austria–Este, mujer piadosa y sombría, nada apropiada para esposa de aquel mozo frescachón. El matrimonio funcionó tan mal como era de temer. Acabaron separados. Don Juan, eso sí, con dineros de la mujer, dejó a Beatriz el cuidado de los dos hijos de su matrimonio y se dio la gran vida por varias ciudades europeas.
   Los niños se llamaban Alfonso y Carlos, nacidos en 1848 y 1849. Cuando su abuela la princesa Beira escribió la «Carta a los españoles» proclamándole rey de los carlistas con el título de Carlos VII, el nuevo pretendiente contaba sólo dieciséis años.
   Pero se tomó muy a pechos sus funciones. La madre se había instalado en el palacio Loredán, de Venecia. A doña Beatriz no le gustaba que su hijo actuara como cabeza del carlismo mientras don Juan no formalizara la abdicación, requisito que costó trabajo conseguir del frívolo conde Montizón.
   A los diecinueve años de edad Carlos VII casó con su prima doña Margarita de Borbón Parma. El nuevo matrimonio puso casa en la ciudad austriaca de Gratz, con objeto de estar cerca del convento de carmelitas donde la doliente doña Beatriz había ingresado quizá con el deseo de contrapesar la vida alegre de su marido don Juan.
   Carlos y Margarita, guapos y enamorados, componían una pareja real atractiva, romántica. Lástima que les aguardara una vida desgraciada.
   Entre tanto, Alfonso, el hermano menor de Carlos, había corrido a Roma para alistarse como zuavo pontificio en los batallones voluntarios que pretendían defender los derechos del Papa ante las tropas de Garibaldi: cuando Garibaldi ataque y tome Roma, estos batallones serán disueltos y el príncipe Alfonso podrá regresar junto a su hermano para soñar con la vuelta a España.


   A mosén Sol aquel joven príncipe alistado en los batallones pontificios le pareció un arcángel, que ojalá un día pudiera limpiar nuestra patria de tanta basura...
   Ossó y don Manuel embarcaron el 30 de junio en Civitavecchia para, vía Marsella, regresar a Tortosa. Esta vez el diario no consignó sobresaltos marítimos.

LAS SESIONES del Concilio Vaticano han sido interrumpidas a las puertas del verano para evitar a los obispos extranjeros el calor despiadado de agosto en Roma. Además, la guerra entre Francia y Alemania exige la presencia de los prelados europeos en sus sedes. Roma adivina ya la llegada de Garibaldi con sus soldados, y Pío IX, desde luego, no ofrecerá más que una resistencia simbólica: Roma será a partir de otoño capital de Italia, la nueva Italia.
   Los obispos regresan tristes, apenados por las amarguras que afligen al Papa, despojado de sus Estados, acorralado en Roma, encerrado, prácticamente cautivo en los palacios vaticanos.
   Al volver de Roma, Vilamitjana encuentra alborotado su rebaño tortosino. Los revolucionarios han creado un «equipo de asalto» con «ciento once miembros»: una asociación dedicada a hacer alardes de impiedad. Les llaman «colla dels 111»: organizan campañas antirreligiosas, parodias sacrílegas, publican cartas de adhesión a los discursos radicales de las Cortes, sobre todo a los del famoso «diablo catalán» Sunyer Capdevila. El cronista de Tortosa Vergés Pauli contará más tarde que casi todos ellos acabarían llamando un cura para que les ayude a bien morir: «¿Te acuerdas? Era de la ‘colla 111'.»
   Pero ahora, en plena euforia revolucionaria, juran merendarse una tarde al obispo con báculo y mitra.
   Fue lo peor que les respaldaba un semanario infame: El Hombre. Dirigido por el caudillo librepensador de Tortosa, Alejandro Pajanau, «combate la superstición y el fanatismo religioso... los escritores mas radicales y mas conocidos en el librepensamiento le –honran con su cooperación e ilustran sus columnas con enérgicos escritos».
   Todas las capitales de España y muchísimos pueblos de tamaño medio estaban invadidos en aquellos años por prensa anticlerical rabiosa. A filósofos de pacotilla y políticos baratos les hacía felices soltarse el pelo con soflamas tabernarias. Conseguían impresionar a la buena sencilla gente, cuya escasa capacidad cultural consideraba infalible cualquier estupidez publicada en un diario, un semanario, una simple hoja volandera: no existía la radio ni la televisión, ni siquiera diversiones para entretener las horas y los días de descanso. La lectura significaba el medio eficaz de divulgación ideológica.
   Ossó y mosén Sol llevaron al obispo Vilamitjana un proyecto que ha concebido Enrique de Ossó y al cual están dispuestos a contribuir media docena de luchadores: quieren editar un semanario que plante cara a los desvergonzados escritores de El Hombre y le pondrán por título El Amigo del pueblo.
   Efectivamente, El Amigo salió a la calle. Asustaron a los cavernícolas de El Hombre mediante una estratagema ideada por Ossó. Dos muchachos de confianza se infiltraron en la redacción de El Hombre y pasaban a don Enrique aviso confidencial sobre los temas que El Hombre iba a tratar en el número próximo. El Amigo afrontaba esos mismos temas, con lo cual ponía en la calle a las pocas horas la respuesta a los ataques de El Hombre. Tortosa entera siguió las polémicas, que se prolongaron en los casinos, las tabernas, los hogares. El Hombre cayó, dejó de publicarse. Los gerifaltes de Tortosa decidieron entonces decapitar El Amigo: lo suspendió Ja autoridad competente» en mayo de 1872. El pretexto era genial: acusaban al semanario «de haber publicado un artículo pidiendo a San José con fervorosas instancia que obrase un milagro a favor de España». Ocurría que aquella primavera de 1872 las partidas carlistas de Vascongadas y Navarra traían en jaque al ejército del Gobierno: sólo faltaba que el santo carpintero de Nazaret metiera mano en favor de don Carlos de Borbón. Le acusaron de auxilio a la rebelión y cerraron el semanario. A los tres meses El Hombre apareció de nuevo, sin previo aviso. Ossó quiso lanzar El Amigo, don Manuel preparó borradores de artículos... Inútil, les negaron el permiso.

EN PLENA batalla de las autoridades locales revolucionarias contra la «clericalla tortosina» llega a la ciudad un toque de alarma: la epidemia de «fiebre amarilla» se extiende sobre España. Muerde fuertemente en Barcelona, donde más de mil apestados viajarán al otro mundo desde agosto a diciembre.
   Los concejales de Tortosa encuentran esta difícil papeleta sobre su mesa a mediados del mes de septiembre: habrá que montar un lazareto. Y ¿quién cuidará los apestados?
   La población está en ascuas por las noticias de Barcelona. El Ayuntamiento somete a tres días de cuarentena todos los viajeros procedentes del norte. Docenas de familias huyen al campo, por si acaso. Urge montar el lazareto. ¿Quién lo cuidará?
   Pues las monjas, demonio, quién lo iba a cuidar. Algún concejal sensato dice que las cosas son como son, lo uno no quita lo otro... Hay que pedir ayuda a las monjas, señor alcalde.
Redactan un borrador:
   «En el aciago caso que la enfermedad reinante en Barcelona llegase a dominar esta ciudad, sírvase usted manifestarme si la Corporación Municipal, en unión de la junta de Sanidad, puede contar con la seguridad, como en otras épocas calamitosas de epidemias y cólera morbo asiático, de esas beneméritas Hermanas de la Consolación para aliviar y llevar el consuelo a las personas atacadas de dicha enfermedad, en el lazareto o en el punto de depósito de enfermos que se estableciera ... »
   Un poco avergonzados los concejales: ¿habrá que ponerles algún elogio, no?
   «Es tal el desinterés, caridad, abnegación y paciencia de que siempre han dado pruebas y buen ejemplo en pro y hasta en sacrificio para el alivio de sus semejantes las virtuosas Hermanas de la Consolación que se hallan bajo sus auspicios, que la junta se atreve a rogarle, y se promete que, con la mediación de usted, se prestarán dichas Hermanas a desempeñar el expresado servicio con aquella benevolencia que las caracteriza.»
   Redonda, hombre, te salió redonda. ¿Tú crees que le gustará a la monja? Le gustará, hombre, le gustará; verás qué contenta, ellas son para estos menesteres.
   Era el 18 de septiembre. Contestaron inmediatamente, al día siguiente; en mano llevaron la carta. Madre María Rosa pidió a sus monjas que se ofrecieran voluntarias quienes notaran especial deseo de atender a los apestados. Antes de acostarse recibía veintiocho ofrecimientos por escrito: «Le suplico me destine a servir a los coléricos ... » Comunicó a «la muy digna y laudable Junta» que ellas rogarán al cielo «para que no azote a nuestra amada España» con nuevo castigo; si ocurre, «consultadas las Hermanas», las halla «dispuestas a sacrificarlo todo en pro de nuestros pobrecitos hermanos»; en consecuencia, «se han brindado gustosamente» y pueden contar con ellas.
   No hizo falta, en un par de meses la amenaza se disipó. El Ayuntamiento, por una vez, quedó bien con las monjas: les envió un acuerdo municipal expresando su «mayor placer y agradecimiento...».
   Tortosa respiró de alivio. El susto del vecindario había sido tal que la gente huía a buscar refugio en el campo. Escaparon familias enteras. Cerraron escuelas, comercios y hasta las iglesias. El obispo Vilamitjana estaba atribulado porque la gente se le escondía.
   Mosén Sol quedó solo, sus hermanos buscaron refugio en una casita de las afueras. Pensó en sus monjas de Santa Clara, sujetas al convento: tarde o temprano también a ellas les asaltaría el miedo. Decidió hablar al obispo.
Vilamitjana se alarmó:
   –¿También usted, doctor Sol, quiere huir de Tortosa? ¿Qué haremos aquí los que nos quedamos solos? ¿A quién mandaré a sacramentar moribundos?
   Pobre obispo. Don Manuel sonrió. No pide permiso para escapar; pregunta a su ilustrísima si le parece oportuno darle autorización:
   –He pensado que las monjas me arreglen un cuarto en el convento, y así estoy a mano para cualquier emergencia.
   Los papeles no lo dicen; supongo que Vilamitjana dio un abrazo a su cura fiel: aunque dudo, pues los ilustrísimos señores de la época procuraban no apearse de su pedestal ni en días de cólera.
Pasó la tormenta.
   A lo que el alcalde se negó fue a presidir el tedéum. El considera su deber enseñarle al vecindario de Tortosa los principios de la democracia laica. Reconoce que las monjas son caritativas. Pero los curas abusan de la buena fe del pueblo. A él la revolución le ha confiado pararle los pies al clero; y al culto y clero, demonio. El alcalde ha prohibido que el viático se lleve de forma pública por las calles: los curas pueden circular privadamente, nada de velas ni campanillas. A los guardias municipales les da reparo detener a un sacerdote revestido. El alcalde, como me llamo Joaquín Aragonés, promete dar él un escarmiento.
    El 4 de octubre pidieron de una casa de la calle Carbó el viático para un enfermo grave. De la catedral salió un coadjutor escoltado por dos hachones. Llegó a la casa, administró el viático. Al bajar la escalera, en el portal del edificio, el mismísimo señor alcalde tapa con su corpachón la puerta y con los brazos extendidos cierra el paso:
–Alto, de aquí no sale.
   El cura, silencioso, cortés, pero firme, ladeó al alcalde y siguió su camino. El alcalde caminó tras él jadeante y gritón, renegando de la gente que se arrodillaba al paso del sacerdote revestido. Llegados a las puertas de la catedral, retirado el cura y sus acompañantes, Aragonés pronunció su mitin al grupo de curiosos. Los denunciará, a los curas; jura que los denunciará por desacato a la pública autoridad constitucional.
   Así estamos. Aragonés se negó a presidir el tedéum por haberse visto libre Tortosa de la fiebre amarilla: cumpla la Junta de Sanidad como le plazca, pero el Ayuntamiento, «que ha merecido la alta honra de representar a los vecinos todos, sin distinción de sectas religiosas, como tal no puede tener ideas religiosas ... » A ver si los curas se enteran de una pijotera vez: ¿para qué hicimos la revolución, demonio? Como me llamo Joaquín...
   Las crónicas consignan que quince años después «el llamado Joaquín Aragonés, ex alcalde de la Gloriosa», pasó larga temporada enfermo y murió cristianamente, «luego de recibir varias veces el viático». No dicen si con velas y campanillas, no lo dicen.

OSSO y mosén Sol tienen Tortosa en jaque. Don Enrique Ossó ha cruzado la raya de los treinta años de edad, don Manuel esta en los treinta y cuatro. El uno al otro se estimulan para concebir audaces proyectos pastorales, A Ossó, sin El Amigo del pueblo, le sobran energías: las emplea en organizar jóvenes labriegos de la comarca; fortalecer los cuadros catequistas; poner en la calle una revista mensual, Santa Teresa de Jesús, que a los cuatro vientos esparcirá «el tesoro de doctrina, virtudes y ejemplo» de la Santa, «hermanando los sentimientos mas nobles del corazón humano, el sentimiento religioso y el patrio». Esta revista teresiana encuentra cálida acogida por toda España, y le sirve a Ossó de plataforma para sostener una «archicofradía teresiana» de chicas jóvenes, que en pocos años alcanzará por todo el territorio nacional ciento treinta mil muchachas.
   Don Manuel encuentra tiempo para dar clases en escuelas nocturnas y escuelas dominicales: ha comprendido que a los sacerdotes toca hoy sostener la fe amenazada de los fieles, prestándoles un contacto directo y una asistencia cultural.
   La proximidad de Barcelona, donde hallan resonancia las luchas sociales de Europa, trae a Tortosa el aire de los movimientos obreros. Mosén Sol es partidario decidido de incorporarse al futuro que viene: apoya la creación de talleres para artesanos, colabora en los «círculos de obreros», proyecta una asamblea de asociaciones católicas, idea un «patronato del obrero» y una «liga de propietarios»; no para. Hay una cosa que le pone frenético: «El estupor y la apatía que domina en los hombres de orden, en los de corazón católico y monárquico, cuando la situación que atravesamos les marca tan claramente sus deberes y la línea ineludible de conducta.»
   Ha ocurrido siempre, y don Manuel lanza sus dardos contra esos apáticos que, tumbados en siesta permanente, consumen la vida lamentando cómo están de mal las cosas: «No podemos comprender la duda, la vacilación, y menos la cobardía. Cuando todos convenimos en que ha llegado el momento de la actividad para lograr el triunfo del catolicismo y de la monarquía, no comprendemos la resignación de algunos, resueltos a no salir de su cómodo quietismo, apoyados en la ilusión de un feliz porvenir, sin poner siquiera su mano para conducir una piedra al edificio que es indispensable levantar. »
   Lleva el su carreta bien llena. ¿Cómo podría estarse quieto mientras los acontecimientos galopan?

   Prim trae a España un guapo rey. Se llama Amadeo, luce barba de azabache. Las cancillerías europeas no ven inconveniente a la entronización en Madrid de un hijo de Víctor Manuel, que en este mismo año ha redondeado la unidad de Italia arrebatando Roma a Pío IX. El 3 de noviembre, Prim comunica a las Cortes que las negociaciones han llegado a buen término y espera «que la aceptación del duque de Aosta como candidato al trono de San Fernando sea bien recibida por la Cámara». Castelar desata una cascada de elocuentes protestas. En la votación del día 6, el duque de Aosta obtiene 191 sufragios, 60 la República, 27 Montpensier, 8 Espartero... El presidente de las Cortes declara al duque de Aosta rey de los españoles.
   El 30 de septiembre desembarca en Cartagena el apuesto monarca de la barba azabache. La primera noticia que recibe al pisar tierra: está moribundo en Madrid el general que le ha elegido para rey de España.
   Constituye un enigma histórico quién mató a Prim. Pero es cierto que la andanada de los seis trabucos de la calle del Turco dio en el costado de la joven monarquía, encarnada por el rey que entró en Madrid un día frío de enero de 1871. Mientras él saludaba quitándose el bicornio, todos lo dicen: «No durará».
   La revolución prosigue, pues los republicanos españoles se han envalentonado con el asesinato de Prim. No cejaran hasta que expulsen a don Amadeo.
   Los carlistas deciden tantear si estará llegando su hora: en primavera de 1872 levantan su banderín de enganche contra don Amadeo de Saboya: don Carlos entró en España por Vera de Bidasoa. Fallaron las adhesiones previstas. Las tropas del Gobierno derrotaron al minúsculo ejército carlista en Oroquieta. Don Carlos tuvo que huir a Francia por caminos de contrabandistas. A pesar de la derrota, la semilla quedó sembrada en Vascongadas, en Navarra, en Cataluña y en el Maestrazgo: centenares de partidas carlistas operaban como guerrilleros a la espera de su oportunidad decisiva.


EN EL PASO de 1871 a 1872 me interesa destacar, por razones personales, una iniciativa de mosén Sol: fue un intento que ¡ochenta y cinco años más tarde! un equipo de sacerdotes llevará a término en Madrid. Como suena: don Manuel quiso fundar «PPC», la central de publicaciones cristianas que hoy venturosamente funciona.
   Varios obispos y algunas congregaciones religiosas habían creado colecciones de libros y bibliotecas populares que ofrecían pasto de lectura saludable frente a la invasión creciente de la «propaganda impía». El obispo Vilamitjana deseaba impulsar el «Apostolado de la Prensa», instalado y mortecino en los bajos del palacio episcopal. Remedio: nombró director a don Manuel Domingo y Sol. Vilamitjana lo sabe: es como encender una hoguera.
   Don Manuel rezó, meditó; y escribió, con arreglo a un método peculiar que él se ha inventado. no ve las cosas claras hasta que haya escrito sobre ellas. Esta vez hizo llegar a todos los curas de la diócesis una circular convocándoles a interesarse en la nueva empresa. He aquí sus ideas fundamentales:
   – «La prensa ha contribuido al extravío de tantas inteligencias, poco ha vivificadas por la luz de la fe y de la piedad.»
   – « ¿Quién no ha visto el empeño... para introducir en las clases modestas de la sociedad, en los talleres, en los grandes centros, el virus del error por medio de la fácil y barata publicación de folletos, periódicos, novelas?»
   «El espíritu del mal ha creído encontrar en el invento de Gutemberg la palanca con que arrancar la fe.»
      «Dios cuenta con la libre cooperación nuestra para realizar por la prensa sus grandes designios sobre la sociedad.»
   Puso la máquina en marcha: folletos, estampas, libritos devotos, hojas sueltas, repartió de todo a través de su flamante «Librería Católica» ' novedad de aquellos años en Tortosa. Proyectó establecer una «Imprenta de San José», le venía al dedillo poner de patrón al santo carpintero. Fracasó, no consiguió sacarla adelante. Creó un sistema de venta a plazos en su librería: en los dos primeros años despachó libros y objetos por un total de 18.000 pesetas. ¿A cuánto equivaldrían hoy? Eso que cubría nada más que el área tortosina. Soñó ampliar su radio de acción y fundar una sociedad para divulgar la Biblia... Soñó, proyectó; hizo, y fracasó: quería fundar «PPC». El momento político era demasiado complicado.

Lastima, esta España de alcaldes revolucionarios sin peinar no acaba de encontrar su camino. La revolución ha caminado a trompicones, se partirá la cara. Don Amadeo, el apuesto rey de la barba azabache, no durará. Es fino y bondadoso. Toda España alaba sus prendas personales, sus costumbres familiares, su mentalidad abierta, su saludo. Pero no dispone de instrumentos con que atajar la inundación: carlistas por el norte, insurrectos en Cuba, motines en Andalucía, en Cataluña, en Galicia; una partida de forajidos dispara en la calle Arenal de Madrid contra el rey y la reina, que vuelven sin escolta de pasear por el Retiro. Preside Serrano el Gobierno, le sucede Ruiz Zorrilla, entra Sagasta, vuelve Ruiz Zorrilla, llamarán a Serrano... Los trémolos enflautados de Castelar llevan el agua de las Cortes al molino republicano.
   El pobre don Amadeo –«un rey bueno que no nos merecemos», decían las personas sensatas– no nos durará. Tiene en contra todos los grupos. Madrid está minada de intrigas. Los monárquicos trabajan infatigablemente para traer a España al príncipe Alfonso, hijo de Isabel II; los republicanos piensan que ya tienen al alcance de la mano la primera República española, y para conseguirla provocan incesantes conflictos de orden público; los carlistas pelean a favor de la otra rama dinástica; don Amadeo, rey que no nos merecemos, durará muy poco.
   Las damas de la buena sociedad madrileña declaran una guerra de nervios contra la esposa de don Amadeo: planean aburrirla a fuerza de desprecios. Doña María Victoria es una mujer honesta y fina, cuidadosa de sus hijos, sencilla en el vestido. Las aristócratas españolas, acostumbradas al pintoresco devaneo de doña Isabel, encuentran aburrida a «la saboyana». La desprecian. Le cuelgan chascarrillos. La dejan sola en los saraos de palacio, mirándola de lejos con sonrisas malévolas parapetadas detrás de los grandes abanicos.
   Los problemas de España seguirán sin resolver. Empeorarán, está claro que caminamos hacia mayores desastres.


   Mosén Sol toma día a día el pulso de España. Contempla en profundidad el panorama, trata de llegar a las raíces últimas. Por estos años le está naciendo en lo más hondo de su espíritu una devoción fuerte al Corazón de Jesús: siente un impulso a unirse fervorosamente con la persona de Cristo, a dialogar con él, a ofrecer «reparación» por las blasfemias, los pecados que señorean pueblos y ciudades.
¿Qué puede hacer?
Habla con Dios y habla con el obispo.
   Con Dios habla en la oración: ofrece su vida y anima a otras personas para que hagan ofrecimientos semejantes. Hay en su actitud un rastro de aquellos personajes bíblicos que pretendían aplacar la ira de Dios sobre el pueblo de Israel...
   A su obispo le propone «levantar un monumento», espiritual, de carácter muy particular: un monasterio de religiosas orantes que alcen día y noche sus manos al cielo igual que Isaías en la cima del monte ...
   La mitad de los proyectos de este cura increíble llegan a puerto; la mitad, fracasan.
Pero qué belleza contemplar la generosidad de su alma.


10


DE GUERRILLERO A ESTRATEGA: GOLPE DE TIMON (1873)



METIDO hasta el cuello en el huracán apostolico de su juventud sacerdotal, ¿adivinó don Manuel que algo «especial» le había de ocurrir?
Pienso que sí lo adivinó.
Va a ocurrirle, un atardecer de la incipiente primavera de 1873.
   También a España le ocurren cosas: el rey Amadeo se harta y se va. Viene la República.

   Los serenos de Tortosa han cambiado la voz, ya no cantan «Viva la Soberanía Nacional», grito un poco ridículo, me reconoceréis; ahora vocean «¡Viva la República!».
   Triunfo definitivo de la Revolución, el rey se va. Don Amadeo confía a sus íntimos: «Non capisco niente», no entiende nada del barullo político que te han montado alrededor. Se irá, se va.
   Sólo hacia falta un pretexto para que don Amadeo se fuera. El pretexto fue un enrevesado galimatías en el cuerpo de artilleros. Don Amadeo abdicó, despidiéndose de España con nobles palabras: «Grande fue la honra que merecí de la nación española... Conozco que me engañó mi buen deseo... Si fueran extranjeros los enemigos... Nadie achacará a flaqueza de ánimo mi resolución... Estad seguros de que, al desprenderme de la corona, no me desprendo del amor a esta España tan noble como desgraciada.»
Había reinado dos años, un mes y siete días.
   Le despidió la prosa empingorotada de Castelar: «Bien puede vuestra majestad decir en el silencio de su retiro, en el seno de su hermosa patria, en el lugar de su familia, que si algún humano fuera capaz de atajar el curso incontrastable de los acontecimientos, vuestra majestad, con su educación constitucional, con su respeto al derecho constituido, los hubiera completa y absolutamente atajado. »
   Veremos, a la hora de montar en republicano el país, de qué le sirven a don Emilio los floripondios. Porque de momento no hay otra salida que la República. A los monárquicos les va entrando sensatez Y se agrupan poco a poco en torno a la restauración de Alfonso XII, patrocinada por Cánovas.
   Pues viva la República. El 11 de febrero de 1873, las Cortes de España reciben esta proposición defendida por Pi y Margall: «Pedimos al Congreso se sirva declarar que la Asamblea Nacional asume todos los poderes y declara como forma de gobierno de la nación la República.» Treinta y dos votos que no, 258 que sí; viva la República.
   En Madrid tomaron las cosas con cierta parsimonia. En la madrugada del 11 don Amadeo y doña María Victoria –a ella la bajan en una silla hasta el pie de la escalera, pues la reina no se ha repuesto aun del último parto– salieron del palacio real y tomaron en la estación del Norte un exprés que les condujo a Lisboa. La noche del 15 una banda dio serenata a Castelar bajo las ventanas de su casa, y don Emilio correspondió repartiendo a la plebe latiguillos de su verbo centelleante, dulces y cigarros.
   Pero muchos pueblos iniciaron en seguida un baile de pasiones, de venganzas, de crímenes. Málaga, Sevilla, Toro, Alcoy; poblaciones de los cuatro puntos de España se revolvían anunciando días de luto. El Gobierno las va a pasar moradas para sujetar la disgregación de los cantones que exigen independencia regional.


   En Tortosa la gente se lo tomó con calma. El 20 de febrero organizaron «festejos públicos por el triunfo de la República». El 10 de marzo acudieron los gerifaltes locales a rendir pleitesía en la estación al presidente don Estanislao Figueras, que pasaba camino de Barcelona. De momento poco más, fuera de la carestía y el hambre, que va extendiéndose como una plaga.
   Don Manuel Domingo y Sol, como tantos españoles de su época, hacían balance de los sufrimientos pasados. Intentan calcular el volumen de los sufrimientos futuros. Y se preguntan por qué, para qué ha servido la revolución.
   No ha servido para nada. Pienso que quizá el drama profundo de la historia de España durante los dos siglos últimos, el XIX y el XX, resida en que las revoluciones, varias y enconadas, no le han servido al país para nada. Han sido revoluciones inútiles. Al cerrar un ciclo revolucionario, nos encontrábamos con la misma situación que lo encendió. Teníamos que sumarle además los padecimientos propios de cada revolución y el desencanto de los entusiasmos fracasados. Para echarse a llorar. A Inglaterra y a Francia, sus respectivas revoluciones históricas, aparatosa la de París, silenciosa la de Londres, les produjeron una renta democrática que permitió encarrilar la vida ciudadana por los cauces nuevos para un par de siglos. Francia e Inglaterra disfrutan todavía de la renta de sus revoluciones del siglo XIX, y hay que ver lo que significa atravesar el fuego de dos guerras mundiales.
   En cambio, los españoles a lo largo del siglo XIX y casi todo el XX nos hemos odiado unos a otros, nos hemos peleado y, cuando nos fue posible, nos hemos asesinado. ¿Qué frutos, sacamos de nuestras guerras civiles, de nuestra revolución casera, de nuestro enfrentamiento tenaz? Ninguno; tenemos hoy que poner aún la mano a la construcción de una convivencia pacífica. Dios quiera que acertemos al fin.

EN EL ARRANQUE del «año republicano» 1873, todavía los carlistas de militancia y los carlistas de espíritu confiaron que sucediera el milagro: un triunfo de las tropas de Carlos VII sobre los ejércitos del Gobierno. Don Manuel y sus amigos pertenecían al área inmensa de los carlistas de espíritu: esperaban contra toda esperanza.

   La ocasión se presentó propicia a primeros de 1873 con la abdicación de don Amadeo y la proclamación de la República. Los generales carlistas consiguieron dar cohesión a sus tropas en Vascongadas y, en Navarra. El hermano de Carlos VII, don Alfonso, acompañado por su esposa, María de las Nieves, capitaneó las fuerzas carlistas de Cataluña. De febrero a julio consiguieron triunfos notables, lo cual animó a don Carlos para entrar de nuevo en España y traerse a doña Margarita. juró los fueros vascos en Guernica, recorrió con su cuartel general las Vascongadas y Navarra, estableció una corte en Estella con los elementos fundamentales de una organización estatal incipiente. Doña Margarita gastaba los días y las noches en cuidar heridos y remediar desventuras. Los navarros le cantaban:

Niña, si vas al prado,
no pises las margaritas,
porque es la flor más hermosa
que han tenido los carlistas.

Carlos VII, hombre joven, de sensibilidad intelectual, dio al carlismo aires nuevos, acoplando los valores tradicionales a los tiempos actuales y con fuertes aspiraciones sociales. Le faltaron estrategas de la categoría de Zumalacárregui y Cabrera. En pocos meses las tropas carlistas tomaron Berga, ocuparon una franja de terreno catalán, asentaron a don Carlos en el país vasconavarro y colocaron un fuerte núcleo guerrero en el Maestrazgo.

Tortosa temía alguna embestida de las brigadas carlistas desde el Maestrazgo hacia el mar. Se produjo a las puertas del verano de 1873. Llegaron a los arrabales de la ciudad y se instalaron en Roquetas.
Esta cercanía de los carlistas hizo delicada la situación de Ossó y don Manuel: tenían que andar con cuidado para que las autoridades locales no les declarasen «subversivos», «rebeldes» o «espías». El Ayuntamiento organizó la defensa militar y echaba mano de bienes y personas sin la más mínima contemplación. Había entradas y salidas de paisanos difícilmente identificables, no se sabía si entraban huyendo de los partidos carlistas o salían a alistarse en las tropas de don Carlos. Alguna noche los tiroteos arreciaban presagiando batalla entre carlistas y «cipayos».
A finales de abril, una Junta constituida de la República federal de Cataluña elevó al Gobierno 47 aspiraciones, nada más 47, que traerían la felicidad al país. Los periódicos las jalearon. Entre las 47 figuraba «la incorporación al Estado de ochocientos conventos». Don Manuel escribió el borrador de un artículo con esperanza de que saliera en El Amigo, y claro es, no salió:
«El Gobierno que se llama republicano ha venido a posesionarse de la ya trabajada nación española. Es la última fase de la revolución en España. El mismo Gobierno confiesa que es la última esperanza de libertad, esto es, que después de ella ya nada queda para probar y nada puede ya subsistir, ni pueden resolver los gobiernos que se han ensayado. Ahora bien: ¿qué conducta debemos seguir los españoles verdaderos, esto es, los que no participamos de las ideas extranjeras, que son las que han dominado en los gobiernos de nuestra Patria de algunos años a esta parte? Muy marcada la tenemos. Si el actual Gobierno es fiel a sus principios y no hace lo que los anteriores, que al subir al poder han rasgado su programa, nada tenemos que hacer: nuestra actitud debe ser pasiva. Sólo debemos no tomar parte en sus manifestaciones, en sus luchas, en sus disensiones; que ellos solos bastarán para desacreditarse y apresurar el tiempo de los principios españoles, y nada tendremos que ver con ellos. Pero si, siguiendo el ejemplo de los otros revolucionarios que les han precedido, reniegan de su programa; si el proclamar la libertad de asociación se convierte en tiranía contra las sociedades que no les plazcan; si la independencia en opiniones religiosas se convierte en persecución contra el catolicismo; si la fraternidad en robo y pillaje..., entonces ¡preparémonos, españoles verdaderos! »

Las elecciones de mayo, retraídos los demás partidos, dieron mayoría aplastante de diputados republicanos. La presencia de Pi y Margall en la cumbre del Gobierno excita la fantasía de los cantonalistas, que atacan ferozmente, asesinan, constituyen juntas independientes sostenidas por milicias. Málaga, Cádiz, Granada, incluso Jerez, han levantado la insignia cantonal. Pi y Margall dimite el 18 de julio. La República lleva seis meses de existencia. Salmerón es su tercer presidente, encargado de constituir el sexto ministerio. Promete restablecer el orden en España, cueste lo que cueste. No lo conseguirá.
Barcelona quiere declarar la República independiente catalana. Le siguen con pretensiones semejantes Cádiz, Sevilla, Granada, Cartagena, Valencia. Hasta pequeños pueblos de Extremadura se proclaman repúblicas independientes. Cartagena cuenta con la escuadra y declara la guerra a Madrid. Valencia establece el «cantón valenciano». Sevilla, el andaluz.
En este desbarajuste nacional, resulta lógico que los carlistas estén a punto de llevarse el gato al agua.


   Don Manuel Domingo y Sol, como todos los sacerdotes cuidadosos de su tiempo, lleva un cuaderno donde anota los encargos de misas que ha recibido y la «intención» por la cual ofrece su eucaristía de cada jornada. En estas fechas aparecen con frecuencia estas indicaciones: «por España», «por las necesidades de España», «por nuestra España». Y escribe a sus amigos: «Que el protector de la Iglesia nos mire compasivo... que derrame sus bendiciones sobre la pobre España y luzcan días tranquilos ... »
   Pero a mosén Sol esta primavera del 73 le trae otra guerra, su guerra. Empieza a ocurrir aquel acontecimiento «especial» que él adivinó le tenía que ocurrir.
Al principio le pareció tan sencillo...

LLEVA doce años y pico de sacerdote. No para, ni ha parado. Está sometido a un ritmo existencial potente: predica en las iglesias de la ciudad y de los pueblos, reclamado por los párrocos, que le admiran; guía las patrullas juveniles de Tortosa, preside coloquios, charlas, organiza con los chicos excursiones ' romerías; gobierna suavemente su convento de Santa Clara y confiesa, además de a las clarisas, las monjas encerradas en la clausura de la Purísima y las de San Juan; confesar, bueno, confiesa la mitad de las jóvenes pías de Tortosa; la otra mitad van con Enrique de Ossó; vigila los periódicos, escribe artículos, distribuye libros religiosos; da clases nocturnas y dominicales a obreros, a empleados; participa con la patrulla de amigos cercanos en los planes apostólicos del obispo...
   ¿Quien es, que es, a sus treinta y siete años, don Manuel Domingo y Sol?
   El mismo ha acertado con la palabra que lo define. Les ha comentado a sus íntimos: un guerrillero.
   Con los tiempos que corren, la definición le va como anillo al dedo. En época tranquila lo llamaríamos misionero popular, misionero diocesano.
   En esta atmósfera de inquietudes políticas, sobresaltos religiosos, amenazas bélicas, mas que «misionero» le toca el trabajo de «guerrillero».
Funciona a tope. ¿Contento? Si... pero no.
   Contentísimo, desde luego: «así» vale la pena hacerse cura. Habrá ocasiones para que de puntillas nos asomemos a su alma, y descubriremos el cimiento donde mosén Sol apoya los trabajos de su jornada.
   Pero la dispersión le inquieta: el abanico de sus actividades atropella las horas, y le crea un desasosiego, un malestar.
   Por frases que los amigos recuerdan y por alusiones en sus cartas, vemos a don Manuel a la espera. ¿De qué? Algo pasará, algún acontecimiento ha de llegar que centre sus tareas dándoles unidad y consistencia. En ese momento, mosén Sol pasará de guerrillero a estratega.
¿Cuándo?
Ya. Por sorpresa. Una tarde cualquiera...

EXACTAMENTE no sabemos cuándo; ocurrió los días primeros de febrero de 1873.
   Don Manuel, a caída de tarde, se dirigía al palacio episcopal, en cuyos bajos había instalado su «PPC» incipiente, la librería y editora religiosa popular.
Quizá venía de casa, quizá de Santa Clara, quien sabe.
   Cruzada «el portal del Romeu», arco famoso que se salvo de la piqueta cuando el progreso ensanchaba la ciudad derribando murallas.
   (Un arco venerable, vestigio de la muralla primera, la romana; precioso arco, por el cual atravesó la calzada imperial que se descolgaba desde Tarraco y cruzando Tortosa –Dertosa– enfilaba la orilla del Ebro hada el corazón de Hispania. Si el nombre lo debe el arco a uno o dos «romeros» no está claro; pero uno o dos ellos, los romeros celestiales, detuvieron bajo este arco un tropel de moros que luchaban por conquistar Tortosa. La piedad agradecida de los tortosinos estampó en agradecimiento dos imágenes al arco, una de Santiago y de San Cristóbal otra; además de la Virgen María, en hornacina.)
Bajo el arco, mosén Sol se cruza con un muchacho.
Un seminarista, lo conoce: Ramón Valero, dieciocho años.
Ramón besa la mano de don Manuel, quien le sonríe:
–¿Adónde vas?
–A comprar un cuarto de cerilla en casa Barjau.
–¿Cerilla?
   –El profesor nos ha señalado para mañana una lección larga, tendré que estudiar de noche.
–¿No tenéis luz en la pensión?
   –No señor; hay una mesa con mechero de petróleo, pero no cabemos todos; tres que no podemos pagar el gasto del petróleo, quedamos fuera.
–¿Cuántos estudiantes sois en la casa?
–Ocho; cinco son ricos, señora Eulalia les prepara la comida.
–¿Y vosotros tres?
–Vamos por sopa a casa de mosén Boix.
–¿Qué tal os va?
   –Medianamente; con la comida de mosén Boix apenas nos llega para mediodía.
–¿Y la cena?
   –Me dan las sobras unas señoras que viven en el piso de abajo; podría ir tirando si tuviera bastante pan.
–¿Pan?
   –Nos dan a mediodía en casa de mosén Boix, pero es demasiado pequeño, demasiado blando y demasiado blanco; resulta que no tenemos para empezar.
–¿Cuánto pan necesitaríais para pasarlo bien?
   –Con un pan cada tres días tendríamos bastante, pero había de ser pan moreno.
   –Pues con ayuda de Dios, todo se arreglara: mañana, a las once, venid los tres a mi casa,

TRES MINUTOS de conversación. Una tarde a primeros de febrero bajo la piedra del arco romano. Tres minutos bastan para dar un norte nuevo a la brújula de un hombre. Manuel Domingo y Sol, todavía él no lo sabe, ha entrado en una órbita nueva.
   He copiado las palabras cuidadosamente: Ramón Valero, ya sacerdote, después que ocurrieran muchas cosas, escribió aquel diálogo histórico. Lo había relatado mil veces. Ramón cuenta las angustias de su vida estudiantil.
   Les llamaban «seminaristas soperos» a los chicos pobres que recibían gratuitamente la comida. El estudiaba primer año de latín, tenía trece años, cuando estalló la revolución del 68. Quedó en su casa, de un pueblecito en el Maestrazgo, el curso 68–69, cerrado el Seminario.
   De 1870 a 1871 pasó algunas semanas en Morella dando clases de gramática en una escuelita: «Iba todos los sábados a mi pueblo, distante unas tres horas, y daba una vueltecita pidiendo limosna de puerta en puerta, diciendo: 'Al estudiant d'esta aldea, si fan caritat!’»
   En otoño del 71 «bajé a Tortosa, para estudiar Filosofía, sin un céntimo ni esperanzas de tenerlo para lo más indispensable de la vida». Dos paisanos «que vivían en el quinto piso de una casa situada en la plaza de Santa Ana, se compadecieron, a pesar de ser estudiantes, y me autorizaron para que fuera todos los días a buscar las sobras de su comida». La mujer del piso, compadecida, les puso un catre en la buhardilla: «Yo a mis padres, para que no padecieran por mi suerte, les escribía que estaba muy bien, que no me faltaba nada... Apenas podía probar el pan, mi apetito tomaba de hora en hora proporciones alarmantes, sólo quedaba saciado algunos jueves que mi amigo Jaime Sánchez me invitaba a su casa, benditos jueves.»,
   Muchos como Ramón Valero llegaban a Tortosa y pocos meses después volvían desalentados a sus pueblos. El curso por primavera quedaba reducido a tres o cinco alumnos. Agonizaba el Seminario; y de las familias bienestantes, atemorizadas por la revolución, ni un chico iniciaba los estudios.
   El desastre para Ramón llego con el curso 72–73: «Mis paisanos cantaron misa y me quedé sin las sobras de su comida.» Un buen cura, mosén Boix, vicerrector del seminario, «prometió darnos diariamente a mí y a dos estudiantes mas un puchero de arroz con judías y medio pan de seis cuartos a cada uno, con lo que teníamos escasamente para una comida». ¿Y por la noche? «Me venía de perlas la sobra de las señoras del piso de abajo de mi casa; después, hasta la una de la tarde del día siguiente, ayuno riguroso.»
   Ramón Valero seguía simpático y alegre, miraba el costado bueno de cada jornada: «Yo estaba siempre de buen humor y animaba con mis dichos la conversación, hasta en la clase; me encargaban papel de gracioso en las comedietas, hacía reír; mis vestidos a la buena también los celebraban, pues a veces el tamaño del 'difunto' no se ajustaba al mío.»

ME DIJO mosén Sol:
–Mañana, a las once, venid los tres a mi casa.


11


VA A METERSE EN UN LIO GORDISIMO (1873–1876)



FUERON a verle, los tres estudiantes.
A las once.
   Don Manuel los recibió cariñosamente. Charlaron, preguntó por sus familias, su pueblo, sus estudios. Y les dijo:
   «Que fuésemos a buscar el pan que cada tres días nos dará el padre Mariano García.»
   Los muchachos salieron disparados, si tenían pan abundante estaban a salvo: «Don Mariano, aunque de carácter muy serio, nos recibió con manifiestas pruebas de cariño; nos entregó el pan, moreno, como lo deseábamos.»
Cada tres días, puntuales, hasta fin de curso.
Los chicos, tan contentos.
   Pero don Manuel queda sumergido en un mar de cavilaciones. Ha Percibido un toque, una llamada. Tiene la sensación que Dios le aguardaba en el arco del Romeu. ¿Para qué?
   El conoce perfectamente la situación dramática de la Iglesia, aturdida por los golpes que soporta desde principios de siglo. Los conflictos ideológicos desgarran la unidad interna de la familia creyente; mientras, los políticos arrebatan sus bienes, cierran seminarios. «Esto es una desolación», ha escrito al nuncio el obispo Vilamitjana en carta que don Manuel leyó.
   Desde hace cinco años las vocaciones dan un bajón pavoroso. De los hogares de clase acomodada y clase media, los padres no consienten que un hijo venga a este Seminario inestable, acoplado malamente dentro del palacio episcopal. Los aspirantes que acuden son pocos, de familias humildes: no pueden pagar una pensión, ni los libros, ni nada. El obispo carece de recursos. Los seminaristas viven de limosna, metidos en cuchitriles de la ciudad. Ni el estudio ni las prácticas piadosas funcionan así; cada verano un lote de seminaristas se queda en su casa, no vuelve.
   Don Miguel se pregunta qué ocurrirá dentro de unos años, cuando los sacerdotes actuales vayan envejeciendo y mueran: si no hay curas jóvenes que ocupen su puesto...
   Cavila mosén Sol, se pregunta por qué ha tropezado a ese muchacho bajo el arco del Romeu.
   Ahí están Ramón y sus amigos: felices, cada tres días reciben una ración de pan moreno.
   Mosén Sol comenta estas cosas con su amigo y consejero don Mariano García, a quien tiene por santo y considera «el primer sacerdote de la diócesis»: ¿cuál es el mensaje dado por Dios en el arco del Romeu?
   Don Mariano sospecha que su amigo el doctor Sol acabara metiéndose en un lío gordo. Teme que a él también lo arrastrara. juntos procuran de momento reunir aquella primavera unos dineros, abriendo una suscripción mensual entre amigos y sacerdotes y alguna gente conocida: juntan un pequeño fondo que les permite ampliar hasta media docena más la asistencia prestada a Ramón Valero y sus dos compañeros.
   Pero ya esta don Manuel programando «algo» para el curso próximo: ¿qué puede hacer? Le gusta conversar con Ramón Valero, porque ha llegado al convencimiento de que sus vidas no se cruzaron por azar. El muchacho lo nota: «Nos recibía y hablaba con el mayor afecto; hubo una vez que nos encargó, con gran extrañeza de nuestra parte, encomendásemos a Dios la realización de un proyecto sobre el que estaba meditando: había de ser de gran utilidad para los aspirantes al sacerdocio, y de mucha gloria de Dios; pero sin manifestarnos en qué consistía.»
Cuando a fin de curso fueron a despedirse, don Manuel les dijo:
–Hasta octubre, hijos. Entonces ya estaréis mejor.

FIEL a su método habitual, don Manuel acaba escribiendo lo que piensa: en ese momento los proyectos cristalizaban y pasan a ser un programa de acción inmediata.
   Ha escrito ahora, principios del verano de 1873, nada mas rematado el curso escolar, una carta dirigida como tanteo a varias docenas de curas de la diócesis.
¿ Qué les dice?
   Ah, precioso documento; espejo de las inquietudes que pasean su alma: definitivamente mosén Sol esta a punto de meterse en un lío gordísimo.
Veamos lo que confía a sus curas más conocidos.
   La carta no va impresa, va manuscrita; todavía representa un paso cauteloso: las copias las realizó él con ayuda de su amigo Froilán. La titula: «Tributo de gratitud al Corazón de Jesús», porque la «Asociación de sacerdotes para el fomento de las vocaciones» don Manuel la ve como una respuesta agradecida al don que los sacerdotes hemos recibido participando en el misterio de Cristo.
   Arranca con una referencia entristecida «a la crisis amarga que la Iglesia de España atraviesa», y expone las consecuencias: los curas se ven privados de la ayuda pastoral propia de las congregaciones religiosas suprimidas, «que soportaban la mayor parte del trabajo en la dirección de las almas y coadyuvaban al ministerio parroquial». Por si fuera poco, el gobierno revolucionario, «en su odio a la Iglesia, ya que no ha podido destruirla de raíz ha intentado cegarla en su origen». ¿Cómo? Ahogando los seminarios, arrebatando sus edificios y suprimiendo las rentas; además, «presenta al clero como oprobio a los ojos de la sociedad», hasta el extremo de que «las familias que tenían a honor contar entre sus individuos un sacerdote», ahora se avergüenzan. Mosén Sol llama «apostasía este rechazo de las clases acomodadas y distinguidas que impiden las vocaciones» de sus hijos. Imitando el ejemplo de los bienestantes, también los hogares modestos retraen sus hijos...
   Hay que ponerse en marcha, termina mosén Sol. Pide ayuda a los sacerdotes para la «,Asociación» en favor de los seminaristas pobres. Abrirán una Casa en Tortosa donde darles albergue y sustento.
   ¿Saben quién se apuntó el primero? Un muchacho conocido nuestro: Ramón Valero, de vacaciones en su pueblo, leyó la carta de mosén Sol recibida por su párroco: «Inmediatamente dirigí a mosén Sol mi carta de solicitud, y fui admitido.»
   La respuesta de los curas fue positiva. Las solicitudes de los chicos, abundantes. Don Manuel contaba con el apoyo de dos colaboradores excelentes: «su» don Mariano García, pilar de la diócesis, y don Buenaventura Pallarés, un curilla joven pegado a mosén Sol y dispuesto a seguirle al fin del mundo.
   Confabulados los tres, alquilaron un par de plantas en una casa del callejón de San Juan, situado a mitad de camino entre los conventos de sanjuanistas y clarisas: allí instalaron los 24 alumnos que habían seleccionado del montón de solicitudes recibidas. Hasta las Hermanas de la Consolación se ofrecieron a darles cobijo si no encontraban casa.
   La numerosa «familia espiritual mosén Sol» colaboro cuanto pudo: con enseres para amueblar aquella residencia destartalada y con víveres. jamás los chicos habían comido tanto y tan bien. Adivinaban ellos el esfuerzo constante de don Manuel, aunque no podían adivinar ciertos lances pintorescos. Un día las monjas de Santa Clara oyeron a su capellán esta llamada de urgencia:
   –No tengo para la comida de mis chicos ni una gota de aceite; quizá podríais prestarme.
–Claro, ¿y cómo se lo lleva?
   –Tampoco tengo envase, pero si pudierais prestarme también la tinaja...
La madre abadesa le miro complacida:
–¿Algo más, don Manuel?
   –Puestas a regalarme cosas, podríais darme además una sartén que no os haga falta...
   Las monjas, divertidísimas, vieron salir a don Manuel con el garrafón y la sartén.

DICIEMBRE de 1873. Don Emilio Castelar no ha conseguido sujetar las bridas de la República. Intentó fortalecer el ejército y restablecer la autoridad del Gobierno. Sólo obtuvo un resultado: que los republicanos le miren con recelo y empiecen a considerarle traidor. Por los días de Navidad don Emilio trabaja sin descanso a la búsqueda de una fórmula última para salvar la República. La izquierda le exige, por boca de Salmerón, que corte sus relaciones con la derecha y releve de sus puestos a media docena de generales. La derecha le exige, por boca de Pavía, capitán general de Madrid, que suspenda las sesiones de las Cortes y utilice resortes drásticos para imponer el orden público. El pobre don Emilio no sabe por dónde salir del laberinto.
A las dos de la tarde del día 2 de enero de 1874, las Cortes españolas abren sesión bajo la presidencia de Nicolás Salmerón. Los republicanos del ala izquierda están resueltos a derribar el Gobierno de don Emilio Castelar. Por su parte, el general Pavía avisó a Castelar que, si el Gobierno cae, los soldados tomarán el palacio y disolverán las Cortes.
   Pi y Margall comenzó el ataque, y Salmerón bajó de la presidencia para sumarse desde los escaños al feroz equipo contra Castelar. Salmerón y Pi son dos ejemplos de cómo el fanatismo ciega la capacidad política de cerebros lúcidos. La caída de Castelar hundiría la República. Pues no quisieron enterarse de algo que sabían hasta los aguadores de Chamberí.
   La votación de los diputados arrojó un total de 120 votos en contra del Gobierno por 100 a favor. Había que elegir un nuevo gabinete. Castelar dimitió. Eran ya las cinco de la madrugada del día 3 de enero. Salmerón, otra vez en la presidencia de las Cortes, dio un breve descanso, que los federales exaltados aprovecharon para proponer como candidato a Eduardo Palanca. A las siete las Cortes reanudaron la sesión. Pero entre tanto...
   El general Pavía supo, por los agentes confidenciales que había situado en el Congreso, el resultado de la votación. Sin vacilar, llevó adelante su plan. Rodeo con sus tropas el palacio de las Cortes y envió un mensaje a Salmerón: los diputados tenían que desalojar inmediatamente el edificio.
   Salmerón ocupa demudado el sitial de la presidencia y comunica lo que ocurre. Pérez Galdós ha descrito aquella hora tragicómica:
   «Espantoso tumulto ahogó su voz. Algunos vociferaban: Esto es una indignidad, una villanía, esto es una traición infame. El presidente, en tanto, gritaba con voz estentórea: Orden, señores diputados, sírvanse oír... Continuó el tumulto con creciente estruendo, Varios intransigentes, en pie sobre sus escaños, gesticulaban y decían: Calma, señores, mucha calma... Y el filósofo don Nicolás, reiterando sus exhortaciones, exclamaba a grito herido: Orden, orden, señores diputados ... »
   Cuando Salmerón consiguió hacerse oír, propuso que permanecieran todos unidos en el salón dispuestos a morir con honra en servicio de la democracia: «Las generaciones futuras sabrán que los que éramos adversarios hasta ahora hemos estado unidos para defender la República.» Se ganó la ovación y una respuesta clamorosa: «¡Todos, todos!» Pero, amigo, en cuanto se abrió la puerta, entró un coronel y sonaron por los pasillos media docena de disparos, los heroicos diputados defensores de la democracia salieron corriendo como conejos espantados. Madrid quedaba ocupado militarmente, y la República disuelta. De madrugada, Pavía instalo dos cañones en la Puerta del Sol, uno apuntando a la calle Alcalá y otro a la Carrera de San Jerónimo. Ninguno de los dos tuvo que hablar.
   Pavía, libre de ambiciones políticas personales, reunió a los políticos y generales presentes en Madrid «para entregarles el poder». Crearon un gobierno «de orden» y «transitorio» bajo la presidencia del duque de la Torre, general Serrano.
   Los hombres de la «gloriosa» revolución de
1868 se encuentran con la antigua papeleta: qué camino político dar a los destinos de España. Sujetan los movimientos callejeros, reorganizan la hacienda, sitúan el ejército en condiciones de afrontar eficazmente las tropas carlistas en Vascongadas y en Navarra. Carecen, sin embargo, de proyectos políticos. La República está agotada. No es cosa de ponerse a mendigar otro rey por las cortes europeas. El tiempo trabaja a favor de la restauración borbónica, bien dirigida en Madrid por Antonio Cánovas. La «gloriosa» quitó airadamente la corona de la testa de Isabel II; va a dejarla caer resignadamente sobre la cabeza de Alfonso XII. Ocurrirá el suceso memorable a fines de este mismo año de 1874. Entre tanto, de enero a diciembre, España gozara, fuera de la guerra carlista del norte, una interinidad tranquila.

LOS CARLISTAS pensaron que había llegado la hora del triunfo: España, fatigada y descompuesta, necesitaba un rey como don Carlos.
   Don Carlos había dado la orden de conquistar Bilbao, y todo el ejercito carlista estaba concentrándose alrededor de la ciudad para establecer un cerco.
   «Los de Madrid» intentaban detener la maniobra mediante un cuerpo de ejército mandado por el general Moriones, pero éste fue derrotado por los bravos infantes de Nicolás Ollo...
   Efectivamente, Ollo descalabró a Moriones, que puso pies en polvorosa; los primeros días de marzo don Carlos subió desde Estella para intervenir personalmente en los avances. Los carlistas vivían horas de gloria. Que, sin embargo, iban a durar muy poco. Los generales de Madrid comprenden que la amenaza carlista pende sobre sus cabezas; deciden sumar fuerzas y desencadenar la batalla final. El fervor carlista ha de quedar aplastado por la fuerza numérica de sus adversarios.
   En el sector del Maestrazgo ocurren solamente ráfagas de guerra, pero qué desgracia, en las mismas puertas de Tortosa. Los carlistas parecen dispuestos a sostener a toda costa su avanzadilla de Roquetas. Tortosa ha cerrado su recinto amurallado. Tiroteos frecuentes mantienen la población en vilo. Un par de veces se anuncia que las piezas artilleras del fuerte de San Juan van a bombardear el arrabal del Jesús, donde las guerrillas carlistas campan a sus anchas.
   El sitio de Bilbao fracasó. En el verano de
1874, las columnas liberales acosaron a los carlistas en sus reductos navarros. Los carlistas se defienden con bravura, hostigan a la tropas del Gobierno en Cataluña y en la región central. Pero están perdiendo una batalla política que lleva en sí la pérdida de la guerra: el joven hijo de Isabel II, Alfonso, será traído al trono de España.

LA RESIDENCIA para seminaristas en el callejón de San Juan dio un resultado magnífico. A pesar de los agobios económicos. En primavera no cabían los chicos, el número de solicitudes aumentaba. Don Manuel buscó acomodo más amplio, consiguió trasladar su residencia a un piso casi elegante de una casa llamada Zarralde, calle de San Felipe, bastante al centro de la ciudad: metió ya 37 estudiantes, y tuvo que repartir algunos en casas de familia, «donde los tenían por muy poco, casi de limosna».
   Al obispo la experiencia le gustó; en el mes de junio, acabado el curso, quiso darle consistencia oficial para que don Manuel, ayudado por don Mariano y Pallarés, defendieran la empresa con respaldo episcopal. Mosén Sol queda cazado. Sigue con sus jóvenes, sus clarisas, sus confesionarios, sus prédicas, ayuda cuanto puede a Ossó; pero el cuidado de los seminaristas pasa firmemente al primer plano de sus inquietudes.
   La «Casa» se convertía en «Colegio», elegido el nombre por el obispo: «Colegio de San José». Repartió los cargos de gobierno entre los tres: don Mariano, director; subdirector, don Manuel; don Buenaventura Pallarés, administrador. Aunque el inventor absoluto del colegio era don Manuel, la presidencia oficial de don Mariano como director daba prestigio a la empresa.
   El Boletín Eclesiástico de la Diócesis publicó el 30 de junio una circular firmada por los tres «responsables» del flamante Colegio de San José: explicaban la creación del Colegio, sus fines y la esperanza de respaldo.
   Lo recibieron, y el curso fue un gran éxito: para el tercero –1875 a 1876– se anunciaban sesenta «colegiales».
   La guerra carlista prosigue, pero España ha restaurado su monarquía isabelina.

   Al morir 1874 todo el mundo sabe que viene de rey don Alfonso XII, el hijo de Isabel II. Cánovas ha preparado un manifiesto con las directrices ideológicas de la restauración borbónica, y don Alfonso lo firma en Inglaterra el 1 de diciembre. Este manifiesto entró en España hacia el 25 del mismo diciembre. Cuatro días más tarde, el 29, Martínez Campos proclama, desde un campamento militar de Sagunto, a Alfonso XII «rey de España»: los historiadores suelen decir que Martínez Campos «se sublevó», pero la verdad es que se sublevó «contra nadie», porque la inmensa mayoría del pueblo español consideraba inevitable la restauración de la monarquía. La noche del 30 de diciembre, el príncipe Alfonso estaba en París, recién llegado de Londres, para pasar junto a su madre una semana de vacaciones. Después de la cena, cuando se disponía a ir al teatro, una carta confidencial le comunicó que había sido proclamado rey de España. Al día siguiente, el nuevo rey envió un telegrama a Madrid ratificando a Cánovas los poderes que te había conferido como primer presidente del nuevo Gobierno. El 9 de enero de 1875 don Alfonso bajó en Barcelona de la fragata «Navas de Tolosa». Visitó Valencia, y el día 15 entró, rodeado de un brillante estado mayor, en Madrid. Le acogió el pueblo jubilosamente.

   A don Manuel Domingo y Sol, como a tantos buenos sacerdotes de su estilo, la restauración de la monarquía borbónica les plantea una seria revisión de conciencia. Los partidarios de don Carlos siguen luchando en Navarra y Vascongadas, en Cataluña, en el Maestrazgo. Pero la guerra carece ya de sentido, porque don Alfonso es católico y decide inmediatamente restablecer las relaciones con la Santa Sede. No van a gobernar los políticos sectarios que desde el 68 pretendieron borrar la fe de España, sino un equipo de hombres moderados, dispuestos a pacificar el país. Y es la verdad: el pueblo anhela ya la paz.

   Sin embargo, la primera baza de 1875 la ganó don Carlos. El joven Alfonso XII, a los pocos días de ocupar el trono, quiso visitar su ejército en la línea de fuego. El 23 de enero pasaba revista en Tudela a una formación de 40.000 soldados. Con ellos intentó en los primeros días de febrero romper el cerco que los carlistas tenían puesto a Pamplona. Una brillante maniobra de los generales carlistas infligió la más humillante derrota, el 3 de febrero, al ejército alfonsino en los campos de Lácar. Les ocuparon cañones, fusiles, pillaron varios centenares de prisioneros; y el mismo rey Alfonso estuvo a punto de caer en manos de su primo y rival don Carlos.
   Pero a partir de aquel momento los generales de Madrid estabilizaron las posiciones, sometiendo la moral carlista a un desgaste que don Carlos no podía compensar. Europa, también el Vaticano, aceptaba la solución alfonsina. El invierno de 1875 había de ser muy duro para los carlistas.
   Tras una serie de reveses a cual más penosos, don Carlos perdió Estella. Replegadas sus tropas hacia las montañas, el «rey de leyenda» cruzo, el 28 de febrero de 1876, la frontera por el puente de Arnegui. En la raya misma pronunció una frase célebre: «Volveré». Fue mentira, nunca volvió.


   La guerra de guerrillas alrededor de Tortosa dio los últimos coletazos. Las fuerzas carlistas, acosadas en el núcleo del Maestrazgo, retiraron sus posiciones y abandonaron Roquetas. La vida regresó rápidamente a la normalidad, y Tortosa eligió nuevos concejales para su flamante Ayuntamiento.

EN PRIMAVERA de 1875, don Manuel se pregunta dónde iban a colocar cuando llegue otoño los sesenta colegiales que han pedido plaza. En el piso de casa Zarralde sólo caben cuarenta. ¿Por qué no compran la casa entera?
   Fue al obispo con la propuesta. Le llevó un dibujito, el plano de casa Zarralde y del palacio contiguo. Resulta que al lado de la casa, separado por un jardincillo, hay un palacio abandonado que llaman de San Rufo. Pertenece a una dama aristocrática que vive en Barcelona, doña Magdalena de Grau y de Gas. Don Manuel propone solicitar de doña Magdalena les ceda en condiciones ventajosas su palacio. Convertirían el jardincillo en patio interior, y unida casa Zarralde al palacio San Rufo dispondrían de un colegio magnífico:
–Nos cabrán, señor obispo, más de cien alumnos.
   Vilamitjana decidió que sí: comprarán la casa. En seguida. El precio está en sesenta mil reales. Los pone la mitra; la escritura irá a nombre de don Manuel por si alguna revolución inesperada trae complicaciones a las propiedades del obispado. Y con objeto de asegurar el futuro, cuando falte mosén Sol, el «nuevo propietario» otorga un testamento notarial: «los albaceas, de acuerdo con el prelado, dispondrán que dicha casa continúe sirviendo para el objeto que hoy tiene, casa habitación para estudiantes pobres dedicados a la carrera eclesiástica ... »
   El curso salió de maravilla. Los muchachos del Colegio San José acudían a clase al Seminario, ya reinstalado en calle Moncada. En casa vivieron un clima de cariño y de fervor. Los curas de la diócesis miraban con alegría aquel pequeño milagro conseguido por don Manuel con ayuda de todos ellos. Don Manuel envió la consabida carta de verano contándoles que los chicos habían obtenido en los exámenes notas excelentes: «El buen comportamiento y la aplicación de los alumnos es motivo de satisfacción para cuantos se interesan en esta obra.»
    Al curso 1876–1877 se anunciaban 98 colegiales. No hubo más remedio que elevar la súplica pidiendo el palacio de San Rufo: doña Magdalena respondió que daba el palacio y además corría con los gastos de obra necesarios para convertirlo en colegio. Dieciocho mil reales costaron las obras; la señora pagó. Don Manuel lloraba de gozo. Le cupieron los chicos. Era ya el cuarto año, y los sacerdotes de la diócesis comenzaron a utilizar el Colegio como casa propia, «casa sacerdotal», donde reunirse, celebrar actos, asistir a veladas literarias y musicales organizadas por los colegiales. A primeros de 1877 el obispo Vilamitjana presentó a sus curas un balance: «En los siete últimos cursos han fallecido en la diócesis 150 sacerdotes;. añadiendo los que por un motivo o por otro se han ausentado, pasan de 160 los que hemos perdido. En el mismo periodo han ascendido al sacerdocio 87 jóvenes. Por tanto, hemos sufrido una disminución de 70 sacerdotes... Personas animadas por gran celo por la gloria de Dios... hacen esfuerzos para salvarnos de la ruina promoviendo las vocaciones y arbitrando recursos para sostenerlas... Dios les dé la merecida recompensa; apreciamos en lo que vale su generosidad y desprendimiento. »
   Ya no caben ni en San Rufo: para el curso 77–78 son 190 los colegiales. ¿Dónde meterlos?
Buscó don Manuel alojamiento en casas particulares.
   Y resolvió afrontar a fondo el problema: edificará un colegio nuevo, «Colegio de San José», de planta, con capacidad para ¿cuántos? Por ejemplo, trescientos alumnos.
Don Mariano García le avisó, siempre se trataron de usted:
–Es usted un visionario, se forja demasiadas ilusiones...
Lo adivine, don Manuel acaba metido en un lío gordísimo.


12


VILAMITIANA NUNCA OLVIDARA (1877–1879)



¿Y POR QUE los chicos del Colegio San José están así de contentos?
Es la pregunta que circula por Tortosa.
Requiere explicación.
   Los seminaristas encuentran en el Colegio una residencia, aunque sencilla, agradable. Y comen, todos los días, tres veces, qué asombro: al desayuno, a mediodía, a la cena. Comen austeramente pero caliente. Les parece que han caído en el paraíso. Muchachos acostumbrados a soportar en casa la penuria que primero la guerra carlista y después el jaleo de la revolución impuso en la comarca. Fueron a estudiar sabiendo que pedirían limosna: un día comerían, otro no. Carecían de libros y de compañía. Nadie intentó darles apoyo para el crecimiento espiritual de los ideales propios de un futuro sacerdote. Alguien, ahora, se ocupa de que tengan libros, amistades, ropas; alguien vigila sus estudios; alguien los estimula para un progreso ascético.
¿Quién? Don Manuel, mosén Sol.
   Ha renunciado a todo, por ellos; los chicos lo saben. Les da sus energías, su descanso, horas que roba a las actividades pastorales que tanto ama; los chicos saben que mosén Sol ha decidido gastar la vida en favor suyo. Don Manuel trabaja por ellos como un padre, y los quiere como una madre.
   ¿Recuerdan ustedes el cisco que armó, una mañana, aquel Papa inolvidable «de la sonrisa», que duró sólo treinta y tres días y se llamaba Juan Pablo I? Simpático y frágil Papa Luciani. Vaya polvareda en los periódicos y en las revistas un día, cuando le atribuyó a Dios Nuestro Señor «amor hacia los hombres», nosotros criaturas: Amor, explicó Juan Pablo I, no sólo de Padre, sino también amor de Madre. 0 sea, Dios es nuestro Padre y nuestra Madre. Las bromas periodísticas y el recelo teológico alcanzaron las nubes. Pero te pones a cavilar y resulta que al Papa Lucían¡ le sobró razón, humana, o sea, periodística, y cristiana, o sea, teológica: en la inmensa misericordia de Dios no hay estamentos ni divisiones de corazón, él nos ama como padre y madre, con fortaleza y ternura, con seguridad y cariños. En alguna página de la Biblia está escrita la palabra de un profeta retándonos a juntar en un solo corazón de mujer los amores de todas las madres del mundo: pues ni ese corazón, jura el profeta, vale siquiera para sombra de lo que Dios nos ama a los hombres.
   Así mismamente se comportó don Manuel Domingo y Sol con sus colegiales, queriéndolos como madre y como padre; igual que padre y madre aman sus hijos: les dio respaldo y les dio ternura.
   En consecuencia, los colegiales de San José estaban contentos. Lógico.

DON MANUEL ha decidido acometer la construcción de un colegio nuevo, espacioso, para trescientos alumnos, con sus. patios de recreo, su capilla, su salón de actos; un «Colegio de San José» que garantice al Seminario diocesano la afluencia de muchos y buenos seminaristas.
   Las circunstancias políticas de España, sin ser decididamente ventajosas, le serán propicias. Ha quedado atrás la pesadilla de la revolución. Ha terminado la guerra carlista, Los espíritus conservan una amargura profunda, pero una especie de cansancio favorece la Restauración monárquica.

   Cánovas está afianzando la monarquía. El joven y apuesto don Alfonso XII cae bien a los españoles, que le miran con cariño Porque está perdidamente enamorado de una primita sevillana, hija de los duques de Montpensier. Las niñas de los pueblos saltan a la comba recitando el romance de Alfonso y María de las Mercedes. Los sevillanos que viajan a Madrid aseguran que Mercedes tiene la carita linda lo mismito que una Virgen de Murillo. El país está contento y en paz.
   La Constitución nueva ha dado un soporte válido para la convivencia cívica. Ha ido a Roma un embajador. Se ha recibido al nuncio en Madrid.
   Los incidentes diplomáticos entre España y la Santa Sede hasta final de siglo carecen de relieve y no alteran la línea fundamental trazada en la Constitución. ¡Qué feroz, en cambio, la pelea interna en el seno de la familia católica! Quizá sería sano que los católicos españoles de nuestros días gastáramos de vez en cuando unas horas en meditar el vergonzoso espectáculo ofrecido por nuestros bisabuelos en el ultimo cuarto del siglo XIX. Divididos en tres grupos fundamentales: «católico–liberales» o alfonsinos, a quienes sus contrarios llamaban con desprecio «mestizos», porque les consideraban reos de pacto con los hijos de Satán, es decir, con la monarquía constitucional y sus ministros; carlistas; integristas, desgajados por Nocedal del tronco carlista y llevados al paroxismo de una «ortodoxia» en que era posible conjugar los mas bellos cánticos a la Iglesia católica con la rebeldía descarada a las consignas del nuncio de Roma. Las energías de la vida religiosa española se perdieron por el más innoble desagüe, la discordia.

   Los clérigos participaron activamente en los bandos ideológicos. La mayoría de los sacerdotes españoles habían albergado en lo más hondo de su corazón sentimientos carlistas. Ahora aceptan el hecho de la Restauración alfonsina, pero la verdad es que andan divididos en dos bandos antagónicos: el de los carlistas, dentro del tradicionalismo original que seguía al pretendiente don Carlos, y el de los integristas, seguidores, en el mismo carlismo, de la extrema derecha radicalizada, que acaudillaba don Ramón Nocedal y cuyo órgano de expresión era El Siglo Futuro, que en su postura extremista llegaba a criticar y desobedecer a los jerarcas eclesiásticos y a sus documentos públicos, aun los de Roma, tachándolos de demasiado benignos y condescendientes.
   Don Manuel, no cabe duda, esta instalado sentimentalmente en el grupo de los carlistas razonables, que, guardando respeto a los principios tradicionalistas, acatan la realidad política de la Restauración y evitan cualquier disensión con mucho sentido común.

EN LOS PRIMEROS MESES de 1878, mientras mosén Sol buscaba en Tortosa un solar adecuado para levantar el colegio que ha soñado, el joven rey Alfonso XII se casa con su prima Mercedes.

   El 10 de enero de 1878, Cánovas, de uniforme, lee a las Cortes la comunicación oficial de la boda; serán padrinos la reina Cristina –«reina abuela», le llaman en Lavapiés– y don Francisco de Asís.
Toda España canta:


A 23 de enero
se casa el Rey
con su primita hermana.
Mira que ley.

   En la basílica de Atocha, la voz pontifical del Patriarca de Indias pregunta a una frágil infanta:
   «Serenísima señora doña María de las Mercedes de Orleans y Borbón, Infanta de España: ¿Quiere Vuestra Alteza por legítimo esposo y marido ... ?»
   «Mercedes estaba muy pálida –recuerda su cuñada Paz–, pero muy contenta; envuelta en tules y encajes, rodeada de perlas que hacían resaltar su cutis de camelia, la Reina saludaba con la más dulce de las sonrisas, mientras Alfonso, risueño y orgulloso, denotaba que había triunfado en su auténtico amor como en los cuentos de hadas. »
La rondalla aragonesa canta por las esquinas de Madrid:


... por amor se ha casado
como se casan los pobres.

   Mercedes piensa que ha de venir un hijo, y te pide a su marido el rey:
   –¿Cómo le llamaremos? Me gustaría ponerle Fernando, por el santo rey que conquisto Sevilla.
   El hijo deseado no vendrá: muy pronto la muerte trocara en amargura los gozos del rey.


TODA TORTOSA, los curas y la gente, encontraron diversión discutiendo si mosén Sol llevara o no su proyecto a término. Unos lo tienen por soñador y profetizan que se partirá la cara. A sus cercanos les ha entrado miedo, les parece un proyecto desmesurado para la potencia económica de la comarca. Tampoco faltan alientos:
–Adelante, doctor Sol, es pensamiento y cosa de Dios.
   Don Manuel aguarda la palabra definitiva, del obispo. Vilamitjana decide que sí, puede contar con su respaldo y su ayuda.
   No explican los documentos quién le trazó el proyecto arquitectónico ni quién estudio el plan financiero. Lastima. Sabemos que mosén Sol quería un solar grande, tanto que don Mariano García recibió un nuevo sobresalto.
   Buscaba don Manuel su solar por la zona este de Tortosa, a espaldas del casco, en la falda de los montículos que bajan del coll de l'Alba: con la idea de alojar sus colegiales cerca del Seminario, situado en calle Moncada, adonde habrían de ir a clase. De hecho, la misma idea presidió la búsqueda de sus «colegios provisionales» hasta este momento.
   Lo encontró a buen precio en la zona Ramada ensanche del Rastro, camino del fuerte del Bonete. Ahí «le cabía» el colegio, cuyo plano y presupuesto –quince mil duros, supongo que unos cien millones actuales– tenía preparado. Hay que reconocer que algo loco sí está mosén Sol... ¿Dónde pensaba encontrar esa millonada?
   Por consejo de algún entendido, había redactado el ofrecimiento de una emisión de acciones, cada una de 500 reales –¿unas doscientas cincuenta mil pesetas de ahora?–, al 3 por 100. Si colocaba quinientas, juntaría unos ciento veinticinco millones de los nuestros. Pero qué sueño hallar en la diócesis quinientos accionistas capaces de tal desembolso.
   Para mí, el mayor misterio está en los medios utilizados por don Manuel para conseguir que el obispo Vilamitjana siguiera de buen grado la marcha del proyecto. Cuando los consejeros sensatos consideraban una locura la idea del colegio, Vilamitjana dio el visto bueno al solar, a los planos, al presupuesto, a la emisión de acciones. El obispo «veía» en don Manuel una fuerza superior. Estuvo a su lado, de parte suya. Como señal. de respaldo, quiso pagar él la escritura de compra del solar, extendida ante notario el 1 de marzo de 1878: al mes consiguió don Manuel colocar la primera piedra. Y se metió de lleno en la construcción. Por aquellas fechas, mosén Sol escribía a una monja amiga:
   –No me acordaba ya de su fiesta, ni casi de su nombre. Estoy tan metido entre piedra, cal, arena y pozos, que no sueño otra cosa: hasta estoy con el espíritu disipado. Pídale a Jesús que esta vida de negociante no sea estorbo para amarle. Y el caso es que por ahora no llevo intenciones de enmendarme.
Claro que no, acaba de empezar.
   Supo en seguida cuánto valen los ladrillos y a qué ritmo veloz llegan los días de pago. Le alentó la generosidad de algunas personas: hubo un cura que gastó los ahorros de toda su vida, el provisor del obispado, mosén Torrebadella, suscribiendo primero diez acciones, luego otras diez, y por fin las cedió todas, las veinte, gratuitamente, a don Manuel. De familias acomodadas, por ejemplo, los marqueses de la Roca, que adquirieron cuatro acciones, vino respuesta inmediata. Los sacerdotes iban a visitar el solar y no daban crédito a sus ojos: el suelo allanado, las zanjas abiertas, un trajín incesante de obreros. Ya no cabe duda, mosén Sol levantará el colegio. Se animaron a contribuir, y les pilló a todos con fondos de reserva: el Gobierno de la Restauración acaba de abonar a los curas de España ¡cinco años! de sueldo que tenían pendientes de cobro desde la proclamación de la República el año 73. Don Manuel se puso tan contento que hubiera besado las manos de Cánovas. Quizá desde entonces comenzaría a pensar mejor de los «alfonsinos». A don Mariano García le faltan horas para hacer propaganda de las acciones, persona a persona. Don Manuel escribe a los sacerdotes que desea ver cada parroquia «representada en un pedazo del edificio» y que «habrá un ala de habitaciones reservadas para los sacerdotes benefactores que al viajar a Tortosa quieran habitar en el Colegio, ya que el Seminario nunca pudo atender esta necesidad». El obispo Vilamitjana revienta de satisfacción: le dará pena irse de Tortosa cuando llegue «su ascenso», él sabe que prosperan los trámites para llevarle de arzobispo a Tarragona. Menudo susto le aguarda a mosén Sol, un cambio de obispo.

   Hacia el fin de curso España llora con gran tristeza: se muere la reina doña Mercedes, Merceditas, la bonita novia romántica de Alfonso XII. Una brutal galopada de tifus se la lleva por delante. Ha sido rápido, hermoso y triste como una leyenda romántica. Dieciocho años, recién cumplidos, a los cinco meses de las bodas, la reina Mercedes ha muerto en el palacio real de Madrid. Fueron convocados los mejores médicos de España: incluso, a petición personal de Montpensier, don Federico Rubio, el viejo republicano sevillano. Tifus. España entera ha sufrido la congoja del rey. España entera, y Sevilla más que todos, enmudece de dolor cuando quince cañonazos escriben en el cielo de Madrid el parte final, al mediodía del 26 de junio de 1878. El romance corre por los pueblos españoles:

Los faroles de palacio
ya no quieren alumbrar...

Las niñas juegan al corro por las plazuelas:

   –¿Dónde vas, Alfonso Doce?
¿Dónde vas, triste de ti?
   Voy en busca de Mercedes,
que ayer tarde no la vi...
   Si Mercedes ya se ha muerto...
muerta esta, que yo la vi...
   Cuatro duques la llevaban
por las calles de Madrid...

   Pobre rey Alfonso, triste de ti. Le buscaran una segunda mujer, lo casarán para que deje un heredero a la corona. Pero nadie ya le sanara su dolor.
   De todos modos, la pena romántica de Alfonso XII no inquieta a los políticos profesionales, que llevan adelante su trabajo para establecer un esquema de gobierno sólido. La Restauración trae un tinte excesivamente conservador, y el ambiente general de España le pone fácil el éxito, porque la gente ha quedado harta y decepcionada con las revoluciones, desgraciadamente infructuosas, soportadas desde principios de siglo. Cánovas ha dado al país una Constitución astutamente cercana, sin tomárselo muy en serio, al sistema inglés; y va a ser la Constitución de vida mas larga en España. Luego ha conseguido que Sagasta aglutine personajes de la «izquierda sensata» y monte un partido liberal que sirva de alternativa al Gobierno conservador. El péndulo del poder oscila de Cánovas a Sagasta, de Sagasta a Cánovas, y entre ambos aseguran el mecanismo constitucional del Estado.
   La economía nacional se robustece a buen ritmo, gracias a un esfuerzo industrial y minero de proporciones notables. Contribuyen poderosamente aportaciones de capital extranjero, aunque casi todas las compañías foráneas pretenden y consiguen llevarse el mineral bruto para alimentar las industrias de su país de origen, a costa de que las nuestras permanezcan en mantillas. En el campo va tomando consistencia un sistema de explotación agraria, configurado a raíz de la desamortización, que puso en manos de familias burguesas enormes extensiones de tierra a precio irrisorio. La propiedad en pocas manos crea un clima sordo de resentimiento popular, y a largo plazo provocara movimientos de rebeldía capaces de poner en peligro la paz social. De momento, los caciques, ricachos, terratenientes, o administradores del ricacho de alcurnia residente en la corte, manejan a su antojo los pueblos de España.


   Tortosa da un estirón económico: a don Manuel le sopla buen aire impulsando las velas de su Colegio.
   Ha recibido para el curso 1878–1879 nada menos que 161 alumnos; no caben de ninguna manera en el caserón de San Rufo. Ahora no tiene tiempo ni dinero para recibir más estudiantes buscándoles alojamiento en familias privadas: le absorbe la obra todas sus energías, y está pensando instalar chicos en el nuevo edificio tan pronto los albañiles rematen un ala.
   Cada mes inventa un sistema de ayuda que traiga nuevas aportaciones económicas y extienda la simpatía del Colegio. Estimula el interés de los párrocos incitándoles a crear en cada parroquia la «asociación del fomento de las vocaciones». Y copia de Francia una iniciativa preciosa, una especie de «Santa Infancia» que acerque a los niños al Colegio. En Francia se llama «Pequeña Obra»: cada niño da una limosna el día de la primera comunión, y a partir de esa fecha queda integrado en uno de los grupos que, «presidido» por un chaval «celador», reza por las vocaciones y se compromete a recoger limosnas una vez al año. Don Manuel redactó los «estatutos» de la «Pequeña Obra» asegurando la «correspondencia» de los seminaristas al cariño de los peques. Una preciosidad.

LAS PASA CANUTAS mosén Sol. Ni estirando las horas del día a costa del descanso nocturno le alcanza el tiempo con tantos papeles, tanto lío, tanto tejemaneje de cal y dineros, tantas cartas. Pero ni ha dejado abandonados sus muchachos de la incipiente «juventud católica», ni descuida sus monjas clarisas, ni falla en la cita silenciosa de sus tres confesionarios, donde la patrulla discreta de discípulos y discípulas espirituales saben que le encontrarán. Ni el obispo se olvida de él cuando llega un apuro.
   Por ejemplo, le nombra profesor de «Religión y Moral» en el flamante «Instituto diocesano de Segunda Enseñanza», acabado de estrenar. Lleva por título «Colegio de Segunda Enseñanza, Agregado al Instituto provincial». Vilamitjana ha dado con una fórmula sagaz. Concentra «todos» los seminaristas en el edificio de calle Moncada, donde tenía los teólogos: ahora traslada allí a los filósofos que seguían en el Colegio de San Matías. Y destina el edificio San Matías a «colegio diocesano», anejo al Instituto oficial. Pone de director de su colegio de segunda enseñanza a don Juan Corominas, rector del Seminario: quien, amigo y admirador de don Manuel, ruega al obispo confíe a mosén Sol la cátedra de «Religión y Moral». El obispo no duda un instante; don Manuel, tampoco: es incapaz de negarse a una indicación del obispo. Le ilusionó «volver otra vez a las clases» donde había iniciado su entrega a los chicos de Tortosa.
   Hasta para orientar e instruir las muchachas de servido acudieron a don Manuel los promotores de una «Escuela», que funcionó las tardes libres del domingo: el equipo mas constante a la hora de sostener la Escuela lo constituyeron algunas «hijas espirituales» de mosén Sol; y ellas reclamaron, lógicamente, la ayuda de su «jefe» y maestro.
   Don Enrique de Ossó, ya en la plena madurez de sus treinta y cinco años, prosigue infatigable la «guerra catequística» con un ejercito de dos mil chavales. Ha creado movimientos nuevos, de hombres y de mujeres, «Santa Teresa de Jesús» le sirve de banderín; pone los fundamentos de una «Compañía» que pronto será su gran tarea y le arrancará de Tortosa. Enrique y Manuel forman una pareja sacerdotal impresionante. Se admiran el uno al otro. Y se quieren. Los dos tienen manías paralelas; por ejemplo, el apego profundo a la oración, al contacto silencioso con Dios. Al menor descuido, pierden horas largas en el locutorio de un convento de clausura. Y fundan monasterios de monjas... Un invento clamoroso de don Enrique armó jaleo en toda España: llevó cuatro mil jóvenes afiliadas de su Archicofradía teresiana en peregrinación a los «lugares» de Avila y Alba. No le podían faltar ni su mejor obispo, Sanz y Forés, que bajó desde Oviedo al festejo de Avila, ni mosén Sol, que formó parte de los doscientos sacerdotes peregrinos.
   La devoción a Santa Teresa constituía un capital muy amado por Ossó. A San José mostraban apego Ossó y mosén Sol, los dos compartían los favores del santo patriarca. Don Manuel, por su parte, cultivó con especial ahínco su fervor al Corazón de Cristo: el convento de las monjas sanjuanistas tenía un altar con imagen del Sagrado Corazón, a cuyos pies instituyó mosén Sol la «Pía Unión del Corazón de Jesús», el Apostolado de la oración, una «Liga» de activistas seglares, grupos de «Reparación» por los pecados sociales, turnos de vela tanto para caballeros como para señoras: todo un instrumental piadoso que le permitía sostener firme la fe de sus personas cercanas y estimularlas en el cultivo de la oración. El Corazón de Jesús representa estos años para don Manuel la base firme de su confianza en Dios: puede atreverse con cualquier aventura porque «Alguien» lo respalda, le da vigor; y además empapa de ternura sus trajines, aunque ande metido hasta el cuello en los agobios de su colegio nuevo.

LA PEREGRINACION teresiana de Ossó había durado del 20 hasta finales de agosto de 1877: a don Manuel le costó unos días más porque a la vuelta paró en Barcelona y se fue a Mataró.
   Ustedes no lo creerán: por las mismas fechas en que concibió la idea de construir el nuevo Colegio San José estaba rematando la edificación de un monasterio para monjas de clausura. Piensa traerlas de Mataró a Vinaroz, y han de ser al mismo tiempo de clausura y enseñantes. La historia es un pequeño poema.
   Todo comenzó con el supuesto «milagro», mejor dicho, una «revelación», del obispo Vilamitjana. Para mí que ni revelación ni nada: su ilustrísima tenía sentido del humor y había mirado de reojo por el ventanal... Una dama de Vinaroz dejó al morir un capitalito destinado a fundar un convento «de monjas franciscanas». Escaso el dinero, los albaceas fueron al obispo: que designara, por favor, una persona responsable del proyecto.
   Imagino que a Vilamitjana le dio vergüenza cargar por las buenas otro peso a las espaldas de mosén Sol. Meditó un instante, recogido, y dijo a los albaceas:
   –Salgan ustedes, y al primer sacerdote que hallen a las puertas del palacio, háblenle; será quien ha de ayudarles.
Salieron, muy abiertos los ojos: encontraron a mosén Sol.
   (Mi duda nace de que a estas alturas ya me conozco bastante bien a su ilustrísima, y sospecho que el obispo Vilamitjana, o miró de reojo al ventanal o supo a qué hora le tocaba a don Manuel aparecer por el palacio episcopal: le colocó la «revelación», y se quedó tan pancho.)
   Mosén Sol , como siempre, entró al trapo. El «milagrito» del obispo sucedía por primavera de 1876. En septiembre, don Manuel predicó ejercicios espirituales a las monjas agustinas de la villa de San Mateo, en el corazón del Maestrazgo. Resolvió detenerse a la vuelta en Vinaroz y pasear la ciudad. Le gustó; pero quedó impresionado con la frialdad religiosa que percibía en el ambiente. Acostumbrado a la atmósfera pía de Tortosa, le apenaba Vinaroz, «sin ningún convento» y ningún colegio religioso: le pareció una ciudad espiritualmente helada. Decidió llevar adelante el mandato de la donante difunta, aunque tuviera que buscar los dineros de complemento.
   Que fueron muchos. El obispo y don Manuel resolvieron poner en Vinaroz monjas franciscanas de clausura que al mismo tiempo dieran escuela: así nacía casa de oración y colegio, de una tacada. Buscaron por toda Cataluña: en Mataró encontraron «franciscanas de la Divina Providencia» que reunían las dos condiciones, clausura y enseñanza. Allá viajó don Manuel el 11 de octubre del 76 suplicando sin parar a todo un ejercito de santos la intercesión a su favor.
   Le gustaron las monjas, fundadas treinta años antes por la barcelonesa Teresa Arguyol y extendidas en media docena de ciudades. A la priora de Mataró le cayó bien la idea de mandar cuatro franciscanas suyas a fundar convento nuevo en Vinaroz. Don Manuel informó al obispo Vilamitjana, quien le ordenó iniciara la empresa cuanto antes.
   En febrero del 77 ya mosén Sol tenía comprado un terreno, elegido maestro de obras, concedidos los permisos municipales: iba y venía a Vinaroz y a Mataró. Por marzo comenzaron las obras. En Tortosa disgustó la noticia de que mosén Sol buscaba dinero para llevar adelante el convento de monjas de Vinaroz. Y a las familias de Mataró les molestó la noticia del traslado; una mujer se encaró a don Manuel:
–¿Por qué viene a robar nuestras hijas?
   Las obras tragan mucho dinero, que mosén Sol ha de reunir fatigosamente. Al obispo Vilamitjana le parece imposible llegar a término; don Manuel comenta en carta a la priora de Mataró: «Teme el obispo que no terminemos, esto me alarma y hiere mi propio corazón. Pedí al Señor que lo estorbara si no era su voluntad, ¿y ahora tendría que soportar la humillación de no realizarlo?» A trancas y barrancas, lo realizó.
   En verano tenía el convento listo. Al regresar de la peregrinación de Avila entró en Mataró a conversar con la priora: eligieron nueve monjas y la quincena primera de enero para el traslado. Efectivamente, los tres primeros días de 1878, don Manuel predicó un retiro emocionante a las franciscanas de Mataró y fue a ultimar el convento de Vinaroz. A mediodía del 12 de enero la expedición monjil pasó por la estación de Tortosa, donde Vilamitjana y varias docenas de fieles se les unieron hasta Vinaroz: mosén Sol les tenía preparado un recibimiento cariñoso, con autoridades «eclesiásticas y civiles» que acompañaron las monjas hasta su nueva casa. Hubo tres días de festejo y sermones «inflamados», cánticos, visitas, obsequios: en Vinaroz no quedo una pulga sin participar en el estreno. El día 15 don Manuel «declaró establecida la clausura en nombre del Prelado», y las monjas iniciaron su vida normal: «Así terminó felizmente la empresa de esta obra santa.» Así «empezó»... Miles de niñas educaron aquellas monjas. Y a don Manuel la construcción del convento le sirvió de entrenamiento para enfrentarse con su nuevo Colegio de San José de Tortosa. Buen ensayo. Las monjas de Mataró lo tenían por santo, naturalmente. El siguió escribiendo cartas a la abadesa, de quien dijo a los amigos:
   –Madre Escolástica es la mujer de más talento, de mas virtud y más guapa que he conocido.

LOS COLEGIALES de don Manuel han comenzado el curso 1878–1879 nerviosos con la esperanza de que pronto cambiarán el caserón de San Rufo por el nuevo Colegio, cuyas obras avanzan a buen ritmo. Quizá sin aguardar la apertura del curso próximo, un grupo de seminaristas pueda ocupar a primeros del año 79 un ala del edificio en construcción.
A mosén Sol le trae octubre un maravilloso regalo.
   El Papa León XIII ha sucedido al venerable Pío IX, muerto en el clima de amargura que significó para él verse recluido en el Vaticano desde la conquista de Roma por las tropas de Garibaldi. Los católicos del mundo entero preparan viajes a Roma como testimonio de fidelidad a la madre Iglesia. La juventud Católica de Barcelona organiza una peregrinación nacional con fecha de partida el 10 de octubre. El obispo Vilamitjana pregunta a don Manuel si puede hacer un hueco para ostentar en el viaje la representación oficial de la diócesis tortosina.
   Le asignaron puesto entre los ochocientos peregrinos que zarparon del puerto barcelonés a bordo del vapor «Santiago». Eran en total dos mil peregrinos, y las peripecias del viaje quedaron recogidas en las crónicas de un «periodista» excepcional: Jacinto Verdaguer ocupa también plaza en el «Santiago».
   Cumplidas dos jornadas de navegación, el «Santiago» arribó a Civitavecchia el día 12 a las siete de la mañana. Las autoridades italianas habían resuelto entorpecer el paso de peregrinos para que todo el mundo comprenda que ya Roma es «capital de la nueva Italia». Al «Santiago» le prohiben desembarcar sus pasajeros «hasta que los servicios aduaneros comprueben si los viajeros vienen libres de fiebre amarilla». Ganas de fastidiar. Tres días los mantuvieron amarrados. A Verdaguer le dio tiempo de redactar un lindo romance cuyas estrofas coreaban los romeros: «En Barcelona la gran / una nau avuy pren vela, / una nau de pelegrins / ab una blanca bandera / ... Mes, si de la patria exim / un'altra patria'ns espera / Roma, la patria del cor, / nova Sion de la terre.»
   Por fin, el 15 les autorizaron desembarcar. El paso de aduanas fue bochornoso: «Nos tratan –comentó don Manuel– como a gente conquistada.» Mediada la tarde llegaron a Roma.
   Visitaron los lugares santos. El 17 sería día grande: comenzaron con misa en la basílica de San Pedro y cantando fueron en procesión a venerar el sepulcro de Pío IX. A las doce les recibió el Papa. León XIII, anciano, conservaba la lucidez mental de su juventud. El Pontífice que por las directrices intelectuales, sociales y políticas dadas al mundo hay que considerar como auténtico padre del siglo XX, ofrecía un curioso conjunto de cualidades humanas sabrosísimas. Era un puñado de huesos vivificados por una mirada incandescente. He visto un retrato suyo que da una mancha blanca sobre fondos rojos. Madrugador, sobrio, fiel a la taza de caldo que a las once recalentaba su flaco organismo, sometía a sus colaboradores a un ritmo de trabajo aplastante. Cierto día tuvo a pie de dictado uno de sus secretarios desde el alba a la noche; notó el cansancio del pobre, y propuso: «Tenéis razón, os veo cansado. Descansemos un poco.» Y echó mano de las Odas de Horacio para leer unas cuantas en alta voz. Amaba los latines con pasión, y en el lecho de muerte compuso sus últimos poemas. Bromeaba con su vejez, con sus años, con sus achaques... Refiriéndose a la dureza de oído que padeció los últimos años, comentaba del embajador francés Nisard, también sordo: «De todos los diplomáticos acreditados cerca de Nuestra Persona, el embajador de Francia es con el que mejor nos entendemos, porque uno y otro somos sordos.» León XIII, Papa de una pieza, Pontífice ajustado a su altísima dignidad como pocos en la historia, vivía, sin embargo, las menudencias con ilusión de chiquillo. Sus paisanos le habían traído de los montes de Carpineto un mínimo rebaño de cabras que él hizo instalar en un rincón de los jardines vaticanos; y no quería otra leche para el desayuno que la de sus cabras de Carpineto. En otro repecho del jardín quiso –aceptando la sugerencia de un pintoresco cura veneciano– plantar una pequeña viña; para cultivarla trajo un viejo viñador de su pueblo, y fueron cuatro docenas de vides el gran orgullo del Papa. El vino no era de primera calidad. Pero no faltó un italiano ingenioso que comprara la cosecha entera, la embotellara etiquetándola «vino del Papa» y realizara un buen negocio. Hasta que el Papa lo supo: se enfadó y ordenó regalar el vino de cada año a las monjitas de algún convento.
   Estos rasgos humanísimos del imponente Papa de las encíclicas luminosas y de la acción diplomática de largos alcances sólo eran conocidos por el grupo de íntimos que con él convivió, su «familia» pontificia.
   Mosén Sol sorbió ávidamente los sentimientos profundos del encuentro, que resulto conmovedor y vibrante:
   «Al verle, blanco el cabello, tan delgado, con el sello de su sufrimiento indefinible en su semblante –anotó aquella noche don Manuel–, el primer efecto que me produjo fue una reverente compasión... Tenemos Pontífice para poco tiempo.»
   Don Manuel se equivoca, León XIII durará. Y mucho ha de intervenir en proyectos futuros cuya existencia mosén Sol no puede adivinar ahora. León XIII apretó sus manos cuando don Manuel entregó el obsequio traído de Tortosa: han de verse tantas veces, ellos lo ignoran.
   Según el diario escrito por mosén Sol durante el viaje, son estas tres las cualidades notables del Papa: finura de maneras, diplomacia, sagacidad.
   Las fiestas organizadas en honor de los peregrinos llevaron a don Manuel de visita a varias mansiones que dentro de pocos años se le harán familiares: la embajada, Montserrat, palacio Altieri, palacio Altemps. Lo pasó en grande: «Se sabe lo que hay en Roma –escribe–, se lee; pero al verlo parece todo nuevo.»
   Gastaron diez días de paseo por Italia, primero Asís y luego las grandes ciudades del centro y del norte. Les dedica en su diario exclamaciones con signos de admiración: «Un conjunto de grandeza, de monumentos, de recuerdos, que hacen de Italia el país más bello del mundo.»
   Se trajo dos autógrafos del Papa, uno para los muchachos de su «Juventud Católica», otro para los colegiales de San Rufo: «Las bendiciones de un padre –les explicó––– siempre son fecundas; mucho más las del padre común de los fieles, hoy sobre todo que salen de un corazón herido por la amargura.»

LAS OBRAS del Colegio tragan millones como si fueran bizcochos; pero los albañiles funcionan a todo gas, y consiguen a comienzos de 1879 tener dispuesta un ala del edificio: el 20 de febrero, cuarenta colegiales pasan de San Rufo a instalarse en el Colegio nuevo. Ni el obispo ni don Manuel creían a sus ojos.
   En mayo le reventó a mosén Sol una bomba en las manos: el obispo se va. Lo llevan de arzobispo a Tarragona. Claro que se alegra, cómo no va a alegrarse si mejor que nadie sabe cuánto Vilamitjana vale, y mas que nadie lo quiere. Pero le duele, cómo no va a dolerle si le dejan huérfano. Vendrá obispo, naturalmente; a rey muerto rey puesto. Sin embargo, será «otro», no será «éste». Don Manuel avisa a sus monjas, que le recen, va a necesitar ayudas:
   –Sabrán que el obispo se nos marcha a Tarragona, me tiene muy afectado..., es tan gran sacrificio.
   Precisamente acaban de ordenarse sacerdotes los tres primeros «colegiales de San José»: muchachos que seis años hace acogió a su sombra bondadosa mosén Sol.
   Vilamitjana marchó en seguida, de Tarragona lo reclaman. Las notas de don Manuel están empapadas de nostalgia:
–Pierde nuestra empresa su principal apoyo... Vino a examinar las obras y a despedirse de los colegiales que se reunieron en el nuevo local. Le dedicamos frases tiernas de despedida; conmovido manifesto que se marchaba triste por no ver terminada la obra.... era la preferente en su corazón de cuantas había realizado o impulsado..., que no olvidaría jamás.
   Vilamitjana cumplió: jamás olvidaría. Don Manuel le pedirá consejo a cada paso. En su testamento, el arzobispo de Tarragona, Vilamitjana, legará al Colegio de San José de Tortosa su biblioteca personal «y la tercera parte de cuanto le pertenezca»: 6.666 duros a favor del Colegio. Duros de «aquellos»; ¿veinte millones de ahora? Vilamitjana cumplió.
   Mediado julio, llegó a Tortosa el obispo nuevo, don Francisco Aznar, aragonés, nacido en hermosísimos parajes de mi tierra, en Panticosa, provincia de Huesca. Cincuenta y ocho años de edad, confiemos que don Manuel le caiga bien.
   Otro golpe duro alcanzó a mosén Sol en otoño: se le muere don Mariano García. ¿Quiere Dios dejarle solo y desamparado? Don Manuel no sabía ni cómo contarlo:
   –Hace cinco días que no me he desnudado, velando a mi íntimo amigo y padre mosén Mariano García. Esta tarde le he cerrado los ojos. Pierdo en él un consuelo, un apoyo y un padre que no podrá ser reemplazado. Era el primer sacerdote de la diócesis, confesor del señor Vilamitiana y del actual obispo, y director del Colegio San José. Estoy muy afectado. El arzobispo de Tarragona me exigió noticias diarias de su estado.
   Don Mariano murió pobre. Le quedaban dos mil reales, que legó al Colegio.

MELANCOLICO anda también por estas fechas el rey de España. Alfonso XII no halla consuelo a la pérdida de María de las Mercedes. Ahora políticos y diplomáticos le buscan una mujer por ¡as cortes europeas. A él, qué mas le da. Dicen que va a caer enfermo, igual se muere de amor. Por fin eligen la archiduquesa de Austria, María Cristina, princesa real de Hungría y de Bohemia. A él, qué mas le da. Mil seiscientas personas procedentes de todas las cortes europeas forman el brillante cortejo nupcial. Pero a él, qué más le da, una sombra de nostalgia cubre el semblante del rey.


13


«BAÑETA» LE TEME AL GIMNASIO (1880–1883)



«SU ILUSTRISIMA» les decían entonces a los obispos; ahora resulta más fácil llamarles «Monseñor». O simplemente don fulano, don mengano; padre tal, como piden algunos que les digamos. A mí me gusta verles así, apeados de su pedestal, porque no me imagino a Jesús, ni a Pedro cuando llegó a Roma cayado en mano, ni a Ignacio de Antioquía o a Policarpo condenados a muerte, no me los imagino campanudos, deslumbrantes. Pero estas cosas caían lejos aun a nuestros prelados del siglo XIX, herederos de un empaque histórico resplandeciente.
   Pues su ilustrísima el obispo Aznar, nuevo en Tortosa, encontró metidos en faena dos curas cuya categoría le había contado con pelos y señales el arzobispo Vilamitjana. Daba la casualidad de que al entrar el arzobispo en Tarragona, uno de los canónigos de aquella catedral era don Francisco Aznar, quien pocos meses mas tarde sería consagrado para suceder de obispo a Vilamitjana en Tortosa. Vilamitjana le contó al recién estrenado ilustrísimo señor Aznar la suerte disfrutada por él a orillas del Ebro: trabajaban en Tortosa nada menos que tres «santos de altar», dos curas y una monja. Los tres, el buen olfato de Vilamitjana le avisaba, subirán a los altares. La monja ya se murió, el año 1876, María Rosa Molas se llamaba y fundó las Hermanas de la Consolación. A María Rosa la quiso él, Vilamitjana, como un padre pueda querer a una hija. En el colegio de Mora presidieron juntos, el obispo y la monja, una veladita escolar, ya madre María Rosa andaba con serios quebrantos de salud. La clásica fiesta, poesías, cánticos, competiciones de gramática, historia, geografía, catecismo. Felices todos, también la madre. Cerró la fiesta un discurso del obispo: todo rodó bien hasta que se puso a hablar de la fundadora, y Dios bendito qué cosas decía; la pobre comenzó sonriendo, luego cara de susto, miraba al suelo, se sacó un pañuelo, lloraba...
   Vilamitjana le cuenta el caso a Aznar; perdón, su ilustrísima arzobispo le cuenta el caso a su ilustrísima obispo, emocionado se lo cuenta. Ya la monja se murió, tres años hace:
   –Cuando me avisaron su muerte yo sólo dije que era «una santa».
   Los dos curas viven, los dos; vaya si viven, acabarán santos, Vilamitjana está convencido. Trabajan como leones, puede Aznar contar con ellos. Uno se llama Enrique Ossó, está poniendo en pie la Compañía de Santa Teresa con monjas dedicadas a la enseñanza. Aznar le comenta que ya conoce a Ossó, y su revista, y sus monjas. El otro cura se llama Manuel Domingo y Sol, mosén Sol, cuida las monjas de clausura, organiza los jóvenes, predica, confiesa; pero sobre todo esta empeñado en levantar un colegio donde habrá espacio para trescientos seminaristas de familia sencilla que allí encontrarán cobijo, comida, cariño y formación espiritual.
Aznar dice que también conoce la fama de mosén Sol...

POR NAVIDADES de 1879, el obispo Aznar porfió medio en broma medio en serio con mosén Sol. Don Manuel había llevado a palacio media docena de colegiales para felicitar las pascuas a su ilustrísima. El obispo preguntó, don Manuel respondía: número de alumnos, estudios, exámenes, San Rufo, el edificio nuevo... Aznar dejó caer un comentario:
   –Doctor Sol, seguro que usted nunca esperó que el Colegio caminara tan de prisa.
Don Manuel, rápido:
   –Sí, señor obispo, sí lo esperaba, porque Dios ayuda más allá de cuanto podamos esperar.
   Aznar pasó por alto la respuesta, y a los dos minutos mezcló de nuevo en la charla su comentario:
–Claro, usted no esperaba este crecimiento.
–Lo esperaba, señor obispo, lo esperaba.
–Pero ha superado, desde luego, los planes de todos ustedes...
–Que no, ilustrísimo señor, todavía crecerá...
   El obispo renunció a la porfía. Sabe que mosén juega limpio con el obispo; y con Dios, de modo que a ver quien le pone puertas al campo.
   Las que se lamentan, con derecho, son las monjas de don Manuel: desde que anda metido en las obras, les visita rápidamente y reduce las charlas. De un monasterio le manda la priora este billete: «¿Qué día viene a vernos vuestra reverencia? Venga pronto, ya estamos cansadas de este eclipse total de nuestro Sol.»
A las monjas de la Purísima les confió:
   –Esta mañana tuve la tentación de predicarles, pero desistí porque tengo mi cabeza llena de piedra, cal, pozos, madera y albañiles, hubiera salido una plática de ladrillos: recen y consigan que termine el Colegio cuanto antes, entonces haremos sermones.
   Ellas, como toda Tortosa, seguían día a día la marcha de las obras: mosén Sol se había convertido en espectáculo municipal.
   Por primavera, el obispo nombró a don Manuel director «oficial» del Colegio de San José, ubicado en las dos sedes, la antigua del caserón de San Rufo y la nueva del ala ocupada en el edificio. Director de hecho, lo que siempre fue mosén Sol. Pero tuvo la prudencia de utilizar como respaldo la figura de don Mariano García, «el primer sacerdote de la diócesis», cuyo prestigio libraba la empresa de comentarios malévolos acerca de aquella «aventura de soñadores». Ahora, fallecido don Mariano, la obra del Colegio está físicamente consolidada, y nadie osara discutir el nombramiento del director: «Atendidas las circunstancias que en usted concurren –ponía el decreto del obispo– para promover y proteger las vocaciones al estado eclesiástico.»
   Las obras avanzan, cómo avanzan. Han cubierto la capilla; y faltó tiempo a don Manuel para organizar una misa solemne, la primera, metidos aún entre sacos y ladrillos.
   Necesita más dinero. Porque mientras la construcción devora cifras enormes, hay que sostener la existencia de los chicos en San Rufo y en el ala recién estrenada. En el informe anual de verano del 80, publicado como todos los años en el Boletín Eclesiástico, da don Manuel a los curas las cuentas del curso anterior: el déficit por manutención alcanzó 14.443 reales. A cada chico se le cobra la cantidad posible según su familia, los superiores consideraban caso por caso. El informe propone, con aprobación expresa del señor obispo, que los párrocos dediquen al Colegio de San José la colecta de un domingo al mes. Los fieles comprenderán la urgencia si el cura explica cómo aprieta el descenso sufrido por las vocaciones en los años de la revolución: ahora en la diócesis mueren como media treinta sacerdotes y se ordenan– ocho. Por tanto, el numero total desciende veintidós al año. La esperanza está en los 340 jóvenes que don Manuel alberga entre San Rufo y el edificio nuevo: la matrícula del Seminario recupera el techo de alumnos gracias al chorro que viene del Colegio de San José.
   Busca dinero, pide dinero a diestra y siniestra. Las monjas de Santa Clara le regalan ornamentos, sillas para la capilla nueva, hasta el vino de misa. Envía sus jóvenes, chicos y chicas, por las casas barrio a barrio; le traen donativos en metálico y en especie: pan, huevos, hortalizas. Mientras piden, él reza arrodillado como Isaías profeta pidió agua el año de sequía. En vísperas de Navidad, manda grupos de sus colegiales a felicitar a los bienhechores importantes: llevan un niñito Jesús con la bolsa sujeta en una muñeca para los donativos. Recogían bromas... y muchos regalos.
   El 14 de noviembre de 1880 inventó don Manuel un festejo piadoso que luego pasará en herencia a sus discípulos: la fiesta del «reservado». En lenguaje eucarístico se llama «reserva» la colocación del Santísimo Sacramento en el sagrario. Terminada la capilla del nuevo Colegio, mosén Sol obtuvo el permiso para celebrar normalmente misa y guardar la Eucaristía: quiso dar a esta «presencia permanente de Jesús Sacramentado en el Colegio» un relieve tal que impresionara a los colegiales. Consiguió su propósito: vino el obispo, con cientos de invitados, a rezar y cantar en una procesión lucida. Los chicos prometieron que «se notaría» la presencia misteriosa de Jesús Sacramentado en aquella casa «todavía a mitad de su edificación».
   Faltan papeles en los archivos de Tortosa. Hay cartas que aluden a sufrimientos causados a mosén Sol por «habladurías contra él» a cuenta de «900 duros de los algarrobos y treinta de la escritura»... Qué diablos pasaría con los algarrobos y la escritura, no sabemos. A don Manuel le gustó disimular sinsabores, sobre todo si narrados podían dar algún malestar a personas determinadas. Tenía demasiada tarea por delante para entretener su tiempo en lamentos.

A DON JUAN COROMINAS, rector del Seminario y amigo cercano de don Manuel, lo ha llamado Vilamitjana para tenerlo como hombre de confianza en el equipo de gobierno de su arzobispado tarraconense. Corominas deja varios puestos vacantes en Tortosa: canónigo, rector, secretario episcopal, cargos distinguidos y bien pagados; le resultará fácil al obispo Aznar hallar sustitutos. Corominas dirigía los jóvenes de la «Congregación San Luis Gonzaga», y para este trabajo no aparecerán voluntarios: los muchachos complican la existencia de los curas, la complican muchísimo. Cierto que trabajar con ellos significa transmitir el depósito sagrado de la fe de generación en generación; cierto que son «ellos» el futuro, crearán familias, empuñarán las riendas de la vida pública... Pero quien pretenda ocuparse de los jóvenes ha de ir a la cita con fuertes dosis de generosidad y dispuesto a sacrificios oscuros. De cura jovencillo le oí a don Emilio Bellón, entonces consiliario nacional de los jóvenes de Acción Católica, la diferencia de trato que le daban los chicos y las chicas:
   –El día de mi santo, «ellas» acudieron temprano a regalarme pasteles y una tarta; «ellos» vinieron tarde a felicitarme, hicieron ruido... y se comieron los pasteles.
   A los chicos hay que darles tiempo, cariño, paciencia, entusiasmo, y dejar que se coman los pasteles.
   Su ilustrísima el obispo Aznar sólo encontraba el nombre de un cura dispuesto a capitanear la Congregación juvenil San Luis Gonzaga; sin sueldo, sin categoría en el escalafón diocesano, con tardes oscuras de sacrificio alegre, solo uno: lo que pasa es que mosén Sol trae al hombro un fardo ya excesivo...
Le doró la píldora:
   –He pensado que usted cae bien a los muchachos, y como da clase en el Instituto puede redondear su tarea; con Enrique Ossó ya no contamos porque su Compañía de Santa Teresa le absorbe; Vilamitjana y Corominas dicen que usted
   Aznar todavía desconoce el metal de mosén Sol, podría ahorrarse las explicaciones.
   Don Manuel acepta, capitaneará los jóvenes católicos de Tortosa.
A su modo, echándole coraje.
   Los jesuitas habían fundado la Congregación San Luis Gonzaga, «los luises», el año 1866 en su convento del arrabal del Jesús. Cuando la revolución del 68 los echó de casa, los jesuitas entregaron su patrulla juvenil de los luises al obispo Vilamitjana, quien la confió a don Juan Corominas: simplemente para no extinguirla. Ahora cambiarán las cosas.
   Los luises de Tortosa reciben por capitán a mosén Sol la primera semana de noviembre de 1880:
   –Vengo contento a estar en medio de vosotros, la juventud es mi ideal.
   Sabe don Manuel, ya por experiencia propia, que los jóvenes «proporcionan amarguras y el trabajo con ellos requiere tolerancia suma»; pero afirma, «entre todos, es el apostolado más ventajoso y de trascendencia mayor».
   Para crear entusiasmo utilizó un recurso infalible: los puso a trabajar en iniciativas nacionales, arrancándolos al cerco local de Tortosa. «Tenéis –les decía– una misión providencial que cumplir, debéis aspirar a formar una red que arrastre la juventud de los pueblos de España.»
Esta «llamada misionera» enardeció a los muchachos.
   Antes de Navidad ya habían vitalizado las reuniones, estrechando los lazos de dos secciones de la Congregación –estudiantes y obreros–: en poco tiempo, la sección de estudiantes contó con 150 socios en diez coros; artesanos y obreros caminaron más lentos, pero unos y otros dispuestos a beberse los aires.
   Mosén Sol señaló, además de los círculos, reuniones, actos de culto habituales, dos objetivos, a cual más atractivo: echar a la calle una revista nacional, y construir en Tortosa un círculo recreativo juvenil, un gimnasio, de nueva planta. ¿De dónde le nace al hijo del carpintero–tonelero señor Francisco Domingo esta fiebre de constructor?
   La revista le dio dolores de cabeza, tela. El gimnasio también, pero veamos la revista.
   Fue la primera, nunca existió antes en España una revista juvenil de circulación nacional. Le pareció cortés a don Manuel ofrecer la dirección a los padres jesuitas, que habían regresado a Tortosa y tenían un «Colegio Máximo», estudiantado, con profesores capacitados. Los jesuitas prefirieron quedar en segundo plano como asesores y colaboradores; imagino que la aventura les dio vértigo. Así que «a la vejez, querido primo –escribe don Manuel a un pariente–, he sentado plaza de periodista». «La vejez» está sólo en cuarenta y cuatro años, pero el riesgo exige ánimo joven.
   Don Manuel y su patrulla dirigen a final de 1880 una carta circular a todos los luises de España explicando el proyecto de revista: quieren que sirva «de vehículo entre las Congregaciones y sostenga la llama del entusiasmo juvenil»; dedicarán páginas al espíritu de sus reglamentos, la devoción religiosa, propaganda de círculos recreativos, temas distraídos, interesantes.
   Recibieron respuestas de todos los colores, unas ardientes, otras tibias. Muchos vieron el plan como una locura, ni se molestaron en contestar. A los tortosinos no se les arrugó el ombligo, confiaban en el respaldo de la poderosa figura de mosén Sol. Tardaron un año: en diciembre del 81 pusieron su flamante revista en la calle. El Congregante de San Luis, mensual, iba a durar casi veinte años. Don Manuel, primer director, era «propietario» de la revista, es decir, el encargado de reunir dinero para sostenerla. Pidió colaboraciones a literatos escogidos, algunos tortosinos como Verges Zaragoza, otros de Cataluña, muchos de toda España. El Congregante gustó, traía frescura en sus páginas, mezcla de piedad y de ingenio. Las Congregaciones de los luises dispusieron de un espacio donde conocerse, contar sus tareas, estimular nuevas iniciativas. Don Manuel escribió algunos artículos, con seudónimo. Los jesuitas del Colegio Máximo le pusieron un «censor literario». La difusión resultó vigorosa en Congregaciones animosas como la de Barcelona; escasa en las Congregaciones mediocres.

CUANDO a mosén Sol las cosas le marchan mal, echa la culpa a «bañeta», apellido familiar que le ha puesto al diablo. A «bañeta» le olía a chamusquina el proyecto del gimnasio, y por lo visto decidió utilizar malas artes para congelarlo: «Ruegue por mí –pide don Manuel en una nota confidencial al obispo–––, no se si es que Dios no quiere (el gimnasio) o que bañeta trabaja.»
   La logia masónica de Tortosa ha juntado siete mil duros, un fortunón, para crear el «Ateneo libre», que al estilo de la época debía desarrollar un programa furiosamente anticlerical. Don Manuel informa al obispo que algunos «semicatólicos», bobalicones y seducidos por el perfume cultural del Ateneo, dan su nombre a la lista de socios fundadores. Este anuncio del «Ateneo libre» le da pie para impulsar entre sus jóvenes la idea del gimnasio, donde podrán plantar cara con actos culturales, deportivos y artísticos.
   Mosén Sol ha dado palabra de compra al dueño de un amplio solar en las afueras, por el ensanche del Temple, dos mil setecientos metros cuadrados: el vendedor ha comprendido cuán interesado está el cura, y alarga las conversaciones. Don Manuel se lamenta:
–Es un taimado y hace el esquivo.
   Al fin cerraron el trato. Don Manuel había soportado al espabilado vendedor porque «en esta ciudad amurallada no hay ni un palmo de terreno, y me he visto precisado a recurrir a un ensanche que ha permitido el Gobierno; sin recursos y empeñándome he comprado el espacioso terreno ... » Dibujó el proyecto con salones, capilla, teatro, juegos, biblioteca; y su arboleda. Impaciente, plantó un entoldado provisional donde los chicos pasaban las tardes jugando a los bolos y al dominó. El 9 de julio de 1882 colocaron la primera piedra, acontecimiento que los jóvenes festejaron con una «velada literario–musical». Nadie podía comprender en Tortosa cómo a mosén Sol le daba margen su cabeza... y los dineros para comenzar el gimnasio sin parar las obras del Colegio de San José.
   El tenia clara la idea: el gimnasio ha de ser «un centro de recreo», necesario en estos tiempos para evitar que los jóvenes «caigan en la disipación y el desamor a la familia» a causa de amistades «adquiridas acudiendo a lugares de atmósfera viciada» que «con el pretexto de solaz propio de días festivos les acostumbran a lecturas, ideas y ejemplos nada edificantes». Explica mosén Sol cómo este problema no se planteó. en tiempo pasado: «La sociedad no volverá ya a la vida patriarcal de otros tiempos. Por tanto, urge ofrecer a los muchachos espacios alegres y sanos para defenderlos de la manipulación que les amenaza.»
   Los jóvenes acompañaron ilusionados la marcha de las obras. Don Manuel escogió un equipo responsable que integraría la junta de la Congregación de los luises y de su gimnasio: presidente, vice, tesorero, secretario, bibliotecario, vocales. Elaboraron un reglamento con diecisiete artículos: «Se establecerán toda clase de juegos y demás medios de recreación.... la cuota mínima de los asociado, es de dos reales mensuales..., se procurará todos los meses una representación teatral ... »
   En plena Navidad, el 26 de diciembre de 1882, a sólo seis meses de la primera piedra, inauguraron el gimnasio: con recital poético y el drama La vocación de San Luis, una tarde gloriosa.
   El gimnasio estimuló poderosamente la vida de la Congregación. Nunca los chicos de Tortosa habían disfrutado una oferta atractiva de actividades juveniles: campeonatos, juegos de campo y de salón, casinillo abastecido con café, cigarrillos, licores, meriendas. La biblioteca dispuso de libros, revistas, periódicos. Las comparsas teatrales montaban veladas de notable resonancia en la ciudad. Y tanto los afiliados como sus padres consideraban normales los ejercicios piadosos propuestos por mosén Sol a sus jóvenes: quienes le miraban como a un titán de talento, de simpatía, de bondad. Trotaban a su lado por las calles. Acudían a pasar un rato con él en su casa. Le pedían libros prestados. Uno de ellos escribió:
   –Trate a don Manuel, iba a su casa, escuché sus consejos... Abríamos los ojos para admirarle, vivía para Dios: bastaba verle andar por las calles, y con su manteo desplegado parecería querer se cobijaran a su sombra todos los jóvenes de Tortosa.
   Cuidó que la sección de obreros –«artesanos», pone el Reglamento de la Congregación– funcionara con independencia para evitar suspicacias ante las maneras de los estudiantes. Los juntaba en las fiestas grandes. A unos y otros les inculcó inquietudes sociales: quiso que abrieran los ojos a la pobreza de las casuchas de la periferia, los llevo a visitar presos en la cárcel, les adiestró para hablar en público. En realidad mosén Sol creó con el grupo de jóvenes más capaces una verdadera «escuela de líderes», y me pasma su hallazgo un siglo antes de las nuestras: en ellos pensaba don Manuel apoyar la expansión de otros gimnasios, escuelas nocturnas y dominicales, bibliotecas, publicaciones.

UNA DAMA DISTINGUIDA de Tortosa, doña Teodora Gray y Huguet, entró monja cuatro años hace en un convento de Benicasim, provincia de Castellón, a orillas del mar, paraje que andando el tiempo «será descubierto» por el turismo internacional. El convento pertenece a las Oblatas del Santísimo Redentor, fundadas por una antigua institutriz de Isabel II, madre Antonia de Oviedo, que rescata jóvenes extraviadas dándoles amor familiar. La señora Grau aportó un legado, dos mil quinientos duros, para establecer una casa de Oblatas en Tortosa. No podía faltar don Manuel entre los patronos: doña Teodora, ya «madre Teodora», solicita su apoyo desde Benicasim. En agosto de 1879 mosén Sol celebró en Valencia un encuentro con la fundadora de las Oblatas y trazaron el programa: madre Antonia y madre Teodora viajarían a Tortosa para escoger terreno. Don Manuel las esperó en la estación con media docena de sacerdotes; las instaló en un pisito y las tuvo a mesa y mantel, cuenta madre Antonia, quien por respeto lo llama doctor Sol:
   –Nos ha proporcionado una criadita; cuando se le da dinero para la compra lo devuelve, y trae cestos llenos de cosas: no me deja pagar nada.
   Acometieron la obra, cuyo costo ascendía a cinco mil duros. El legado alcanzaba sólo dos mil quinientos. Don Manuel gestionó un crédito para cubrir el resto. Eligieron nombre tortosino: «Asilo del Santo Angel». El 7 de marzo de 1880, mosén Sol, recién salido de una gripe, deleitó a la distinguida concurrencia con un precioso sermón en el estreno del flamante Asilo: «Santo Angel mío, ante cuya imagen se abrieron mis ojos a la luz y ante cuya imagen quiero cerrarlos a la vida, tomad posesión de esta casa que se pone bajo vuestra tutela.»
   En mayo pasaron ya de la docena las jóvenes acogidas, el Asilo funcionaba. Madre Teodora quedó al frente de la casa, sostenida por don Manuel; y contaba los cariños del «doctor Sol»: «Le tuvimos como corazón y alma de la comunidad, nos daba el retiro cada mes, limosnas, regalos de personas desconocidas que resultaban ser confesadas suyas.»
   Las chicas del Asilo buscaban pretextos para escapar a casa de mosén Sol, quien al verlas aparecer siempre ordenaba:
–Traedme unos cacahuetes para estas chiquetas.
   A él le gustaba recibir visita de las Oblatas y extremaba sus delicadezas:
–D'aon veniu, xiquetes? (¿de dónde venís, chiquillas?).
–De pedir en el barrio de Roquetas.
–¿Habéis comido?
–Hemos comido, padre.
   –No hu crec, xiquetes, no m’enganyareu (no lo creo, no me engañéis).
   Sonriendo, encargaba que les trajeran en seguida longaniza huevos fritos.

POR AQUEL VERANO de 1880, las monjas Oblatas consiguieron que «el doctor Sol» descansara unos días en el convento de Benicasim, a cuatro pasos de Castellón y orilla del mar. El veraneo le cayó de perlas. Volvió en agosto del 81 y del 82. Llevaba muchas cartas atrasadas que contestar. Y cavilaciones; profundas, inquietantes cavilaciones.
   Las jóvenes acogidas en el asilo de Benicasim lo pasaban en grande con mosén Sol. Les daba pláticas, las confesaba, contaba historias viejas y actuales. Compraba postres inesperados, recogía regalos para ellas entre los veraneantes del pueblo. Pedía noticias acerca de las que habían salido a colocarse en algún trabajo. Y al tercer año se le ocurrió una de las suyas. El Colegio de San José de Tortosa había comprado un estupendo gramófono, novedad técnica de aquellos años: servía de entretenimiento las tardes festivas de invierno cuando la lluvia impedía el paseo habitual de los seminaristas. Aquel verano don Manuel cargó con el gramófono y lo instalo en Benicasim: las chicas no se hartaban de oír y bailar.
¿Qué cavila mosén Sol?
Sus cavilaciones suelen desatar proyectos.
¿Todavía más?
   Don Manuel conserva el sentido practico de las familias labradoras. Conoce la limitación de sus energías, sabe que no puede cumplir con la tarea que lleva entre manos. Lanza sus discípulos, hijos e hijas espirituales asiduos al recatado encuentro matinal de su confesonario, los lanza, los empuja a trabajar en todo el abanico de sus empresas.
   Pero necesita, además, sacerdotes. Además, y sobre todo. Urgentemente. Un equipo de amigos curas que trabajen con él, lo anota en sus apuntes:
   –Si he de vivir de este modo, no podría aguantar: sí Dios no bendice pronto una obra sacerdotal que proyecto, habré de dejar la mitad de lo que tengo entre manos.
   Una obra sacerdotal, proyecta. Estamos a punto de abrir el año definitivo de mosén Sol.


14


EL AÑO LOCO DE MOSÉN SOL. FUNDA LA HERMANDAD (1883)



PERO DON MANUEL no hace ruido en Tortosa, que va. Llega a cada sitio como si solo se ocupara de aquella tarea, tranquilamente. Sencillo y bondadoso, así piensan de él sus paisanos: esta definición darían si les pudiéramos poner un micrófono ante la cara preguntándoles cómo ven a mosén Sol. A nadie se le ha ocurrido aun anotar una debajo de otra las ocupaciones de este cura infatigable, que disimula con una sonrisa el trajín sobrehumano de su jornada. Ni se da aires de grandeza. Hasta los lances pintorescos que alguna vez le ocurren son para contados a media voz:
–¿ Sabes qué pasó a mosén Sol?
–¿Que?
–Su hermana le pilló piojos en la ropa.
   El relato lo difunde por la vecindad la criada de los Domingo y Sol, escrito está de mano de alguien que tuvo la feliz ocurrencia de copiarlo:
   «Me mandó temprano a Santa Clara mi señora María, que sabes es la hermana de don Manuel, para darle un recado urgente: a esa hora él siempre está sentado al confesonario en la iglesia del convento. Quedé quieta mirando, porque don Manuel acariciaba a un pobre que estaba de rodillas, lo acariciaba y lo abrazaba. Aquel viejecito llevaba la ropa raída y el pelo largo, yo pensé mi sospecha de que algo le podría pegar a don Manuel. »
   La criada se calló hasta el domingo. Al recoger la muda, repasó con cuidado las prendas de mosén Sol:
«Pille un piojo, gordo, sin exagerar era como un grano de cebada.»
¿Que hizo la criada?
Fue a la señora María con el cuerpo del delito:
   «Se lo dije a su hermana y le dio a ella por ver si había más; al abrir la camisa vio algún otro. ¡Ay, su hermana, qué disgustada! Empezó a decir: ¿Qué dirán las lavanderas? En esto llegó don Manuel, y su hermana, sin esperar a más, desahogó diciendo: Mira, Manuel, qué gente nos has traído. No te enfades, María, le contestó su hermano, son viejecitos que vienen a confesarse, y ¡son de aquellos barrios! Ella respondió: Sí, es verdad, pero no te los acerques tanto.»
Preciosamente contado, sabe a florecillas de San Francisco.

1883 es año capital de la existencia de don Manuel Domingo y Sol: pone en marcha el mecanismo que reunirá en torno suyo muchos hombres comprometidos a vivir con arreglo a la pauta fijada por él. Vamos a ver cómo nace su gran obra, la Hermandad de Sacerdotes Operarios.
   Con la debida reverencia, pido permiso al lector para confiarle la impresión que me produce este año 83 de mosén Sol. Porque uno esperaría verle recogido en la paz de un monasterio, quedándose a solas para meditar y programar asunto de tal volumen. Pues no, don Manuel concibe, proyecta y comienza su Hermandad, ésta sí que parece gran construcción, como si levantara una catedral: la concibe desde la lucha diaria en que anda metido, sin aflojar la marcha, empujando al mismo tiempo quince trabajos, cada uno de los cuales agotaría las energías de un cura corriente. Es el año loco de mosén Sol, 1883.
   Con la debida reverencia, recuerdo que cuando me toco realizar como cronista la primera jornada de un largo camino por el desierto, metido yo en una caravana, viajaba en el tropel una mora joven con señales evidentes de embarazo avanzado, casi a punto de parir. Le comenté mi extrañeza al jefe de los beduinos, quien me tranquilizó. Sus mujeres consideran sencillo el acto de poner un hijo en el mundo y están acostumbradas a realizarlo con premura: «Cuando llegue el momento, ella quedará un rato rezagada, se tendera en la arena, parirá al niño, lo fajara; y luego vendrá apresurada a alcanzar la caravana.» Me costó creer a mis oídos...
   ... y este año loco de mosén Sol trae a mi memoria, dicho con la debida reverencia, el parto de la beduina sin detener la caravana.
(Sé que el lector pregunta: ¿Nació aquel crío en el desierto?
Respondo: Felizmente.
   Observé que tres mujeres se quedaron retrasadas para asistir a la parturienta. La caravana proseguía su marcha, y a las dos horas ellas nos alcanzaron: reían, una levantó al aire un fardo minúsculo, gozosamente ... )

EN EL PASO de 1882 al 83, don Manuel cavila intensamente, ha rezado con todo el fervor de su alma, ha escrito infinitas notas: cómo dar eficacia a sus tareas. El Colegio San José crece que es una gloria, y en torno a esa casa nueva circula una espiral de optimismo para las vocaciones sacerdotales de la diócesis: Tortosa tendrá sacerdotes, piadosos, instruidos. Mosén Sol sabe que Dios cruzó providencialmente su camino con Ramón Valero bajo el portal del Romeu; no duda en sacrificar su propia vida al servicio de las vocaciones.
   La Congregación de los luises y el trato con los jóvenes en el Instituto, le cayeron encima por resolución directa del obispo, tampoco fue un capricho suyo. Le baila en el cerebro un parentesco curioso entre los luises y el seminario. Ha descubierto que para llevar adelante círculos juveniles, el gimnasio, las actividades culturales y recreativas, la revista mensual, necesita elegir unas docenas de muchachos bien dotados, con cualidades sobresalientes, y prepararlos en una «escuela de líderes»: ellos darán gracia y fuerza a los proyectos.
   Tanto a los seminaristas como a los Jóvenes, mosén Sol les aporta contenidos atractivos de espiritualidad cristiana. Lleva él casi quince años de servicio personal a sus monjas de clausura, misa, pláticas, oración en Santa Clara, y largas horas de confesonario matinal en los otros dos conventos de San Juan y de la Purísima. El amor del Corazón de Cristo, revelado abrumadoramente en el misterio de la Eucaristía, le impulsa a exigir de sus hijos e hijas espirituales una respuesta cariñosa, familiar, que don Manuel, con cierto sentido de bondad popular, rural, concreta invitándoles a «reparar» al Señor por las ofensas, por el olvido, por los pecados de tantos hombres hoy alejados, aturdidos en los vericuetos de la vida. Este mensaje de «amorosa reparación» lo extiende mosén Sol por ciudades y pueblos cuando le llaman repetidamente a predicar.
¿Qué cavila ahora, don Manuel?
   Busca un cemento que una este amasijo de actividades y sentimientos. Quiere «organizar» elementos aparentemente dispersos de su existencia. Esto cavila. ¿Qué necesita? Luz y ayuda. Quizá un equipo de sacerdotes con él...
   Casi quince años, que son cinco mil subidas de madrugada por el callejón empinado, lleva don Manuel acudiendo a celebrar cada mañana la misa en el convento de Santa Clara. Sólo falta a la cita con Dios y sus monjas cuando está de viaje.
   Hoy, 29 de enero de 1883, anotemos reverentemente la fecha, estaba el aire frío. Serían las seis de la madrugada, todavía noche oscura, cuando farol en mano subió mosén Sol la callejita. Sus monjas desde el coro adivinan los movimientos habituales del padre capellán, a quien no ven, silenciosas ellas en el coro: ahora se arrodilla en el último banco, ahora tiene la cabeza sujeta entre las manos, ahora se levanta y va un ratillo al confesonario, donde una joven aguarda. Luego avanza hasta el pie del altar y, ahí sí alcanzan a verlo, queda de rodillas orando... ¿No le has notado estos días, comentarán después de comer, en el recreo, no has notado meditabundo al Padre Manuel?
   A las siete celebra la misa, tranquila, pausada, media hora justa. Se quita los ornamentos en la sacristía, y otra vez queda orando de rodillas al pie del altar. Ellas no han visto que hoy le haya ocurrido –al padre Manuel nada raro.
Le ocurrió.
   Mosén Sol daba a su magisterio cristiano un tono de confianza muy agradable para quienes le conocieron. Pero reservó avaramente sus experiencias, apenas dejó ir ni cuando viejo confidencias acerca de su trato íntimo con Dios. Sin embargo, la inspiración recibida el 26 de enero al pie de altar en Santa Clara sí la contó, de palabra y por escrito, varias veces. ¿Por que? No fue asunto estrictamente suyo, no recibió el impulso del Espíritu para provecho individual de su alma: fue arranque de un compromiso en el cual iban a encontrarse implicados muchos sacerdotes desde aquella mañana hasta hoy. ¿Quien sabe cuántos y hasta cuándo? Recompuestos, como piezas de un mosaico, los párrafos de don Manuel acerca del hecho, nos queda este racimo de noticias:
   Una luz especial, clara, ilumino su alma: «Jesús sacramentado me inspiró la Hermandad de sacerdotes operarios diocesanos, el día 29 de enero de 1883, a las siete y media de la mañana», son palabras textuales. Y añade: «Entre ese día y el 30 vi la concepción de todo el plan y la intuición de sus resultados.» Fue una «explosión de luz», lo cuenta como si hubiera quedado «sonado», aturdido: «Estuve dos días bajo la influencia de aquella inspiración sobrenatural.» Absorto, dos días completos «como fuera del tiempo y del espacio».
   Así, amigos, nació la familia donde habitamos los hijos de mosén Sol; él mantuvo hasta la muerte un testimonio rotundo: «Nuestra obra ha brotado del Corazón de Jesús sacramentado, silencioso ... »

COMO SIEMPRE, don Manuel, para ver un asunto encarrilado, tiene que escribir: gastó el mes de febrero en redactar borradores exponiendo de forma clara y concisa su proyecto.
   Qué falta le hacía tener a su lado una de dos personas, amigos a los que consultar día a día. ¿ Quiénes? 0 Sanz y Forés, o don Mariano García. Sanz y Forés anda de astro brillante por el cosmos episcopal de España: pasará de obispo de Oviedo, a Valladolid de arzobispo; y acabará cardenal en Sevilla. Don Mariano, santa paz a su memoria, murió, ya sabemos con cuánta pena de mosén Sol. De Enrique de Ossó no hablemos, ha lanzado su Compañía de Santa Teresa a una expansión imparable. Lástima de amigos ausentes. ¿En quién confiar?
   Don Mariano García dejó en Tortosa un sobrino sacerdote que sigue las huellas de simpatía y fervor características de su tío: don José García, treinta y tres años, beneficiado de la catedral y cercano al obispo, a quien acompaña como secretario en las visitas pastorales. A mosén Sol le encanta el sobrino García casi tanto como le encantaba don Mariano: «casi», decir «igual» resulta imposible. Don José García predica mucho y bien, visita la cárcel, el hospital, oye a los sacerdotes que buscan consejo, ha obtenido fama de buen moralista. Sobre todo, le une a don Manuel una cualidad impagable: ejerce de capellán en el convento de las Purísimas, familia espiritual de mosén Sol.
   Por eso eligió a don José García para contarle, y consultarle sus borradores. Don José agradeció a Dios la hermosa inspiración del proyecto, y agradeció también verse elegido para confidente.
   El 2 de marzo, juntos, don Manuel y su joven escolta, visitaron a un jesuita, sabio y muy baqueteado, que había desembarcado, al terminar su mandato como provincial de la Compañía, de superior en la casa de Tortosa, barrio del Jesús: el padre Ramón Vigordán. Le llevaban un croquis, una minuta de la futura Hermandad. De viejo don Manuel bromearía:
   –Si hubiera podido sospechar que aquel croquis había de subir a las alturas y exámenes romanos, lo hubiese estropeado poniéndolo en manos expertas para mejorar la idea...
   Lo que iba era sencillamente «su idea». ¿Suya o de Dios? He aquí la pregunta presentada al padre Vigordán. A corazón abierto. Y a corazón abierto, el jesuita respondió que la idea era inspiración superior: a don Manuel toca defenderla y desarrollarla.
   ¿Cómo? Padre Vigordán conoce la benevolencia del actual arzobispo de Tarragona, Vilamitjana, hacia don Manuel:
–¿Por qué no consulta usted al arzobispo?
   A los cuatro días, don Manuel remitió a Vilamitjana una carta, cuyo texto conservamos:
   «Mi queridísimo padre y prelado: Un objeto especial me obliga a escribirle hoy ... »
   Le cuenta sus inquietudes; habla de los seminaristas, de los jóvenes y del Corazón de Cristo; le confía su plan, y le ruega dé su opinión: «No estaría tranquilo ni daría ningún paso sin el parecer y la bendición de vuestra excelencia.»
   Vilamitjana no entendió la carta, no comprendió la idea de don Manuel. La verdad es que la carta le salió a mosén Sol embarullada, liosa, difícil de descifrar por quien recibiera con ella la primera noticia del proyecto. Respondió el arzobispo desde Tarragona con una misiva casi ácida: «No acabo de hacerme cargo del proyecto... no sé por qué me consulta... soy desconfiado... en mala ocasión vino la carta... veo (el proyecto) casi en el terreno de los imposibles... orar y esperar, no sabe qué decir más el arzobispo, de Tarragona.»
   Un jarro de agua fría. Don Manuel evitó venirse abajo. Calificó la respuesta arzobispal de «evasiva», y a mitad de mes viajó a Tarragona: quería explicar a Vilamitjana su proyecto cara a cara, veremos qué pasa.
Convenció al arzobispo, quien aprobó y bendijo:
   –Pero no comience sin tener comprometidos seis o siete sacerdotes.

EL PRIMER CHASCO lo llevó don Manuel cuando vio recibir su propuesta con frialdad y hasta temor por parte de los sacerdotes invitados a embarcarse en su hermosa aventura: les daba miedo, lo miraban con recelo, contestaban evasivas. A distancia resulta fácil comprender el susto. La formación de un equipo sacerdotal dispuesto a jugarse el tipo por los que don Manuel llamó «grandes intereses de la gloria de Dios», significaba una decisión radical en varias direcciones: practicar una vida sacerdotal «descarada», renunciando a medros, escalafones, legítimas aspiraciones dentro de la «carrera» eclesiástica; vivir «confederados» de alguna manera, sujetando al criterio del equipo y del jefe del equipo la libre decisión personal; estar disponible para los trabajos que todo el equipo 0 su jefe considere conveniente acometer.
   La generosidad innata de mosén Sol encontraba «normales» estas actitudes, a él no le suponían ningún conflicto. Los curas, lógicamente, se lo pensaron.
   De los coloquios celebrados a lo largo de la segunda quincena de marzo y todo abril del 83, sólo tres dieron fruto. Contaba, por supuesto, con don José García, convertido ya en brazo derecho del «fundador», palabra que aquellos días hubiera dado risa a don Manuel. Los tres valientes dispuestos a dar el paso eran dos sacerdotes y un seminarista mayor, llamado Elías Ferreres: procedía Ferreres, veintitrés años de edad, del Maestrazgo, y estaba fascinado por la estampa sacerdotal de mosén Sol, a quien había visto de «misionero diocesano» por los pueblos.
   Un sacerdote se llamaba don Francisco Osuna; el otro, don Francisco Ballester.
   Osuna pasa la raya de los cuarenta de edad. Nacido en la plana de Castellón, lleva diez años a la sombra de don Manuel, que lo escogió como tutor de los veinticuatro seminaristas instalados en el piso del callejón de San Juan, germen inicial del Colegio San José.
   Ballester es hombre pío, flojo de salud: sólo aguantará tres o cuatro años el ritmo de la «patrulla mosén Sol».
   Lo que sí lleva don Manuel viento en popa es la redacción cada vez más depurada de las «Bases» sobre las cuales edificará su «Hermandad». De los borradores corregidos, y rotos, sale al fin un «proyecto» que le parece digno de presentación oficial a su obispo.
   El 8 de mayo pasó por palacio episcopal y puso en manos de su ilustrísima una carta y cuatro folios. La carta:
   «Mi venerable padre y prelado, adjunto acompaño un sencillo proyecto... no se trata más que de un ensayo... sólo comunicado a dos personas, una el padre Vigordán.»
   No le dice quién es la otra, Vilamitjana; para evitar que el obispo sienta celos del arzobispo...
   Los folios van titulados– « Fomento de vocaciones eclesiásticas», y dejan al obispo Aznar boquiabierto: el «doctor Sol» se propone fundar una «Hermandad de sacerdotes», fuertemente unidos, y con voto de obediencia, consagrados al apostolado juvenil, las vocaciones sacerdotales y el culto al Corazón de Jesús. El último folio termina: «Sí como es de esperar del celo de vuestra señoría ilustrísima, se digna bendecir y aprobar este proyecto ... », le presentará «n su día» las «Reglas» de la Hermandad.
   Vaya, vaya, ahora quien cavila es su ilustrísima el obispo Aznar, que acaba recitando de memoria la frase maestra repetida por don Manuel para explicar los objetivos de su Hermandad: «Una pequeña hueste de Operarios libres que, teniendo base en el amor a Jesús sacramentado, se dediquen al cultivo de la juventud y al desarrollo de las vocaciones con ímpetu y fervor.» Vaya, vaya, doctor Sol.... repite su ilustrísima mirando al río por el gran ventanal de su palacio. ¿Si dará su permiso? Claro que da su permiso...
El 17 de mayo llamo a don Manuel: Adelante.

ESCRIBO este «reportaje a mosén Sol» en la primavera de 1987, vísperas de su beatificación. Un par de años hace, a mitad de 1985, toda España conoció la existencia de un convento carmelita situado a pocos kilómetros de Castellón de la Plana: radio, prensa y televisión informaron que el paraje llamado «Desierto de las Palmas» ardía presa de los implacables incendios que cada verano calcinan hermosos montes de nuestra geografía nacional.
   «Desierto» es una manera de hablar, pues el convento se asienta en las últimas lomas caídas desde el Maestrazgo a la vista de la inmensa plana que Castellón preside casi en las orillas del Mediterráneo: suaves barrancos bajan de la montaña de San Miguel a regar los naranjales de la costa. Los frailes de la reforma carmelitana construyeron aquí un convento a fines del siglo XVII, y avanzado el XVIII otro nuevo, mejor protegido de inundaciones. Grutas naturales y ermitillas sembradas por el contorno hicieron felices a los hijos del profeta ermitaño Elías del Carmelo. Los carmelitas han tenido abierto su convento a quienes desearan pasar unos días en retiro, que Ossó y mosén Sol saboreaban codiciosamente desde jóvenes: «Ermitas por la montaña, soledad de bosques y de pinos», exclama don Manuel en sus apuntes.
   Acabado el curso escolar y de vacaciones los seminaristas del Colegio San José, mosén Sol decide huir tres días, del 16 al 19 de julio de 1883, al Desierto de las Palmas con los cuatro «compañeros» comprometidos en el «proyecto Hermandad»: García, Osuna, Ballester y Ferreres. Viajan con un objetivo: discutirán y redactarán las «Bases permanente» y las «Reglas provisionales* de la futura Hermandad, con objeto de presentarlas a la aprobación definitiva del obispo.
Iniciaron su trabajo el día mismo de la Virgen del Carmen.
   Y se lucieron, desde luego. Estudiados sus acuerdos a cien años de distancia resulta que la Hermandad de Sacerdotes Operarios ha existido hasta hoy sobre aquellas «Bases», donde los fundadores recogieron los pensamientos y los sentimientos concebidos por don Manuel Domingo y Sol a partir de la fría mañana del 29 de enero señalada por el impulso del Espíritu.
¿Cuáles fueron «los acuerdos» del Desierto de las Palmas?
   La Hermandad será una agrupación de sacerdotes seculares, «unidos por el vínculo de una dirección común para promover la gloria de Dios en sus más caros intereses». Los Operarios podrán vivir o juntos o en comunidad o en sus casas particulares, «siempre que estén disponibles para los actos que la Hermandad les asigne». Sus objetivos miran primero que nada a despertar y cultivar vocaciones religiosas, sacerdotales y apostólicas, es decir, seglares. En la raíz más profunda de la Hermandad y de su trabajo está la Eucaristía, don Manuel insistirá permanentemente: «Nuestra vida interior sea Jesús, sacramentado y olvidado. Con eso seremos perfectos.» Quiere que sus Operarios vivan la cercanía del Corazón de Cristo, unidos al recuerdo de la pasión del Señor y ofreciéndole una «hora santa» semanal «en reparación» por los desprecios, el desamor y los ultrajes que los hombres alzan contra Dios. Los Operarios se llamaran «Diocesanos» porque «han de trabajar en las diócesis a las ordenes inmediatas de cada obispo», asumiendo las iniciativas con espíritu abierto.
   Don Manuel explayará estas ideas según crezca la Hermandad. Lo suyo ha sido un invento genial: sacerdotes diocesanos en equipo, que conserven su fisonomía secular sin ataduras propias de las congregaciones religiosas. Una especie de patrullas de vanguardia, dispuestas a cubrir situaciones de emergencia sin ocupar luego puestos remunerados en el escalafón diocesano. Curas esforzados, generosos, respaldados dentro de una familia sostenida por la cordialidad y el cariño. No les impone otras obligaciones que las de un sacerdote decidido a conseguir la santidad «lo mas perfectamente posible».

REGRESARON a Tortosa, dispuestos a comerse el mundo. A don Manuel una luz nueva le abrió inmensos horizontes. Presentía que la Hermandad iba a dar solidez y unidad a todos sus trabajos. Ya no le importa multiplicar sus inquietudes, piensa encontrarse muy pronto asistido y sostenido por sus Operarios. Aquel otoño y aquel invierno fueron para él como una sinfonía poderosa y audaz. A nada se negó, cubría trincheras increíblemente dispares.
   Puso en marcha el curso nuevo, mientras vigilaba los albañiles a pie de obra y acudía con fuertes sumas de dinero a cubrir los gastos de cada semana.
   Los muchachos de la Congregación consiguen que toda Tortosa este pendiente de los programas deportivos y artísticos del gimnasio, cuyo éxito veraniego ha sido rotundo. La revista obtiene mes a mes acogida más amplia en los círculos de luises de las grandes capitales; y cumple su destino de puente para los contactos entre unos y otros. Le ocurre a don Manuel este año una gran desgracia. Muere su presidente de la Congregación, muchacho de veinticuatro años, un fuera de serie: José Rubio, hijo de familia adinerada, tenia la carrera de leyes, y casi completa la Teología. Don Manuel proyectaba ingresarlo en el Seminario para que en poco tiempo cantara misa; y ponerlo a la cabeza del dispositivo juvenil, incluida la dirección de la revista. Se le fue; la Congregación, escribía don Manuel, perdió «el ardor de un bello corazón». Pegada al gimnasio han decidido construir una capilla que los congregantes desean; estará lista por la primavera próxima.
   Don Manuel funciona como auténtico «misionero diocesano». Desde las faldas del Maestrazgo hasta los, naranjales de la costa conoce los pueblos, los curas uno a uno, monjas y alcaldes, predica, confiesa, afronta penalidades de familias entristecidas, coloca jóvenes que buscan trabajo. Suele hospedarse en la casa del párroco. Hay hermanas de cura –ellas conocen bien cuándo un sacerdote va para santo– que conservan el retrato de mosén Sol para ponerle algún día un marquito y colgarlo en la habitación donde él durmió. Organiza sus correrías aprovechando tiempo y energías, Vaya un ejemplo. Hemos visto que al concluir el curso escolar, don Manuel viajó al Desierto de las Palmas, allí tuvo la reunión de trabajo con sus compañeros del proyecto Hermandad. Pero no salieron juntos de Tortosa: don Manuel se adelantó diez días para detenerse a cuidar en Benicasim. las chicas de las Oblatas y predicar un triduo en Benicarló; en esta visita dejó establecido el Apostolado de la Oración y un círculo juvenil de luises. Rematado el trabajo de las «Bases» y «Reglas» de la futura Hermandad, volvió a Tortosa pasando por Alcora, donde hizo que los niños representaran la «comedia de San Luis», una piececita teatral que divertía a los labriegos: «Se les cae la baba», contemplando sus hijos en el escenario.
   Los pueblos hicieron famoso el confesonario y el púlpito de mosén Sol. Desde el confesonario encaminó tantas chicas hacia la vida religiosa que algunos curas bromeaban llamándole «ladrón de mujeres». Al púlpito supo llevar un lenguaje sabroso y práctico: los campesinos le oían sin pestañear. Los alumnos del Seminario de Tortosa tenían como «profesor de oratoria» al canónigo «magistral», cuyo título le constituye cabalmente en «predicador oficial de la diócesis». Este profesor aconsejo en clase a los alumnos: «No pierdan ocasión de oír a mosén Sol, se lo propongo por modelo.»
   Don Manuel coloca grupos de Adoración Nocturna en varias parroquias rurales. Arrancó desde Tortosa, donde había organizado un encuentro de varias personas con el famoso propagandista madrileño Luis Trelles: celebraron la primera «vela nocturna» en la capilla del Colegio San José, y desde allí, montó correrías por toda la comarca. Los «turnos» de vela eucarística crecían prodigiosamente. Para las personas impedidas de noche, creó grupos de oración comprometidos a orar por lo menos una hora al mes ante el sagrario. Y redondeaba los turnos de Adoración Nocturna con media docena de «camareras del Santísimo», cuyo trabajo consistía en ocuparse de confeccionar, coser y lavar los lienzos utilizados en la liturgia eucarística: ellas cuidaron de que no faltaran, en iglesias pobres, cálices, copones y custodias. Desde Tortosa dirigía mosén Sol esta filigrana espiritual.
   Durante todo este año 83 le ronda por la cabeza el asunto de los maestros rurales: ha comprobado pueblo a pueblo cuánto depende nuestro futuro de la calidad de la enseñanza. Trata de acertar con un esquema de «Institución» donde los maestros reciban apoyo pedagógico y cristiano. Este proyecto le inquietará por muchos años: llegó a echar el ojo a la «Casa de las fresas» de Valencia, le parecía adecuada para establecer una incipiente «escuela normal». Calculó que cinco mil duros bastarían. Hasta viajará a Granada con objeto de observar las escuelas del Ave María creadas por don Andrés Manjón.
Piensa en su joven Hermandad: ahora podrá con todo...
   Sin olvidar sus monjas, sus queridas monjas. El obispo Aznar le oye un apasionado fervorín en Mora de Ebro, las Mínimas de San Francisco de Paula abren convento nuevo: don Manuel saluda desde el púlpito el brillante porvenir económico que a Mora le ofrece el nuevo canal repartiendo agua por la campiña... y el fervor cristiano que irradiarán las monjas de San Francisco. A su ilustrísima el obispo le parece que acierta el magistral poniendo de predicador modelo a mosén Sol.
   El obispo ignora que don Manuel trajina ya la fundación de otro convento nuevo en Benicarló, filial del de la Purísima de Tortosa: ha escogido el terreno de un huerto, y pronto presentará el proyecto a la firma episcopal.
   ¿ Que cómo llega don Manuel? Es su año loco. Ahora veréis, cuando ya cuente con el equipo de la Hermandad

UNA PALABRA le oirán repetir sus leales:
   «Nunca se diga que un Operario pudo hacer un bien y no lo hizo.»


15


DE COMO EN SUS BODAS DE PLATA MOSÉN SOL REGALO A UNA MONJA DE CLAUSURA UN QUESO RANCIO (1884–1885)



¿PUEDE un obispo ser desagradecido? Que gran tristeza, el obispo Aznar se porta mal con don Manuel. He tratado de meterme dentro de la episcopal piel de su ilustrísima para entender el cambio de aires, lo contaré.
   Pobrecito mosén Sol, ya mayor y tan buena gente: este año 1884 cumple cuarenta y ocho de edad. Al que viene celebrará silenciosamente los veinticinco de primera misa.
   Comenzado enero, don Manuel va y viene de casa a palacio episcopal, del palacio a los jesuitas del Jesús, donde confiere con el padre Vigordán. El obispo Aznar estudia cuidadosamente una a una las «Bases» y las «Reglas» de la Hermandad. Le gustan, vaya si le gustan. Quiere mosén Sol «recorrer toda España desde Tortosa», cómo no ha de complacer su plan al obispo, vaya si le gusta que desde su diócesis arranque un movimiento sacerdotal vigoroso. Le aprueba a don Manuel sus papeles, Bases, Reglas, todo lo aprueba; y lo bendice. El cisco vendrá por primavera.
   A petición de don Manuel se pusieron de acuerdo para que recibiera su ilustrísima la redacción definitiva de las Bases el día 29 de enero de este 84; justo al año de la fría madrugada en que al pie del altar recibió mosén Sol su inspiración de fundador. Y decidieron que el decreto de aprobación llevara fecha del 2 de febrero, en honor de la santísima Virgen, honrada en el misterio de su Purificación, la popular Candelaria.
   Todos felices... Pero no comieron perdices, la tormenta le ronda ya sombría al señor Aznar por los ventanales del palacio. Pobre don Manuel, tan buena gente.

LE NACEN alas, el fervor lo empuja. Por las cartas conocemos su gran ilusión: quiere poner en cada diócesis «un grupo de sacerdotes, superiores, distinguidos», pocos, estrechamente unidos, «con cinco amigos libres y unidos, bastará», que sirvan de levadura, sean «valerosos, héroes de la abnegación», para buscar vocaciones y preparar seminaristas que luego «inunden las parroquias y los institutos religiosos». Don Manuel desea servir de apoyo, de fermento, silenciosamente: los operarios realizarán su trabajo «sin necesidad de ser sabios ni predicadores, ni apóstoles, sino sólo con humildad y mansedumbre y oraciones, buen carácter ... ».
   Sin darse cuenta, porque una deliciosa ingenuidad le impide ver sus propias cualidades, don Manuel busca curas como el. Podría decir a los candidatos: sed como yo, haced lo que hago, aquí me tenéis llevando adelante la insigne locura del Colegio San José, ladrillo a ladrillo, seminarista a seminarista; y aquí me tenéis con carácter de «misionero diocesano» dispuesto para acudir donde me llamen, abierto sin reservas a cualquier aventura pastoral.
   Don Manuel busca soldados que incorporar a su nuevo batallón. Selecciona, invita sólo a aquellos cuyo empuje corresponde a su idea. Ha conversado con don Ramón Valero, aquel seminarista que bajo el portal del Romeu cruzó providencialmente la trayectoria biográfica de mosén Sol. Valero, ya don Ramón, ejerce como sacerdote director del Instituto diocesano, instalado en el Colegio de San Luis, pero le da miedo comprometerse con la oferta de don Manuel: «A pesar de que le respetase y amase tanto y de que le estuviera tan aficionado; mi negativa no enfrió para nada nuestras relaciones, pues al año siguiente, cuando caí enfermo y tuve que irme a mi casa, don Manuel me siguió favoreciendo con su ayuda económica y su protección.»
   Por carta va a caer un pez magnífico en las redes de mosén Sol. Desde que apareció la revista de los luises, un lector de Ciudad Real envía colaboraciones espontáneas que gustan mucho a don Manuel y a los lectores. Ha mandado un poema; el padre Xercavins, jesuita elegido por don Manuel como «censor literario» de la revista, anota al pie de la cuartilla: «No necesita correcciones ni adiciones; o yo no entiendo nada, o ese joven promete mucho.» Promete, seguro. Se llama Andrés Serrano, esta de seminarista en Ciudad Real. ¿Qué años tiene? Don Manuel. tantea el terreno: «Como prueba de mi afecto Y confianza le remitiré las Bases de mi Obra... quién sabe si un día podremos vernos por esas tierras, o si Dios le destina a usted para futuro fundador en su diócesis y en otras.»
   Serrano picó; escribía: «Me consideraré dichoso si en algo puede ayudarles mi inutilidad ... »
   Don Manuel piensa cuán estupendo sería incorporar «un forastero» a su patrulla: decide avanzar sus peones, le pregunta los estudios y la edad.
   Qué decepción la carta de Ciudad Real: Andrés Serrano es un chaval de sólo diecisiete años, cursa tercero de Filosofía, vive en casa de un tío sacerdote, beneficiado de la catedral. A don Manuel se le desploma un castillo de esperanzas: quién lo hubiera dicho, excelente escritor tan joven; y además «un tío cura» que habrá forjado planes para el sobrino...
   Pero don Manuel no se rindió, mantiene el diálogo con esta carta:
   «Indiqué a usted en una de las mías que le daría a conocer un proyecto. Pero, hijo mío, su última de usted me ha desilusionado y hecho perder las ganas de decírselo. Tiene usted un pecado, que aunque sé que ha de irse corrigiendo cada día y de prisa, no tanto como yo deseara. Es el pecado de ser tan joven. Pero... ¿ha mirado bien su partida de bautismo? No obstante, como prueba de mi afecto y gratitud, no quiero ocultárselo a usted, siquiera para que lo encomiende al Corazón de Jesús. Si llegara a cuajar la cosa, que es un problema de difícil planteamiento, por falta de personal en un principio, pero de infalibles resultados (y de abundante personal después), ¿no querría usted venir a pasar un año de su carrera en algunos de nuestros centros diocesanos, al menos para conocerle y tratarle y trazar proyectos de la gloria de Dios?»
Ya veremos...

A FINALES del año pasado visitó Tortosa un cura valenciano, persona de calidad, el doctor Guillén del Soto, amigo de obispos. Naturalmente, lo llevaron a contemplar la novedad tortosina del Colegio de San José y contó a don Manuel una historia interesante: mil seminaristas de Valencia viven fuera del Seminario, alojados donde caen, privados de asistencia económica y espiritual; hace años el cardenal Barrio arrendó una finca con huerto pensando albergarlos, pero murió sin llevar el proyecto adelante. Si don Manuel se animara, el doctor Guillén convocaría sus amigos adinerados para respaldarle.
   Contarle a mosén Sol estas cosas significa poner un motor en marcha. Además, él dispone de un pie a tierra en casa de su «venerable» amiga señora Agustina...
   Escribió a los amigos, pedía orientación. Al cardenal Barrio ha sucedido en la sede valenciana un arzobispo setentón, Antolín Monescillo, que fue obispo de Jaén: hombre culto, con olfato para percibir por dónde viene el aire de la política; y un pronto de mal genio. Nacido de familia humilde en la Mancha, Antolín Monescillo ha cumplido un largo recorrido por el escalafón eclesiástico: seminarista en Toledo, profesor del Seminario, vicario de Estepa (la estepa sevillana, cuyo territorio pertenecía al marqués de Valmediano, «patrono» de aquella especie de «casi–obispado»), canónigo en Granada, luego en Toledo; elegido en 1861 obispo para Calahorra y cuatro años después trasladado a: Jaén. Diputado en Cortes, y padre conciliar del Vaticano I, su palabra y su pluma ganaron notable prestigio. A poco de llegar a Valencia, recibió la púrpura cardenalicia. Esperemos que se porte bien con mosén Sol. Puedo adelantarles, en confianza, que a los ochenta años, muy cascados los huesos, Monescillo ascenderá todavía: a ocupar la sede primada de Toledo.
   Tiene Monescillo un genio somarrado. y los carlistas le ponen frenético: no exactamente los carlistas ' sino los integristas, es decir, la rama radical que agrupada en tomo a El Siglo Futuro acusa de liberales a los obispos cercanos al Gobierno. Monescillo mira con recelo a los jesuitas de Valencia, le ha entrado la manía de que apoyan el integrismo. Confiemos que no huela en la persona de don Manuel perfume carlista.
   Enviado indudablemente por alguno de los ángeles santos favoritos de mosén Sol, aparece un joven sacerdote que será pieza clave de la fundación valenciana. Lo descubre Elías Ferreres, el más joven de los «operarios provisionales» que forman la «patrulla Hermandad». Ferreres antes de venir a Tortosa había estudiado en Valencia, donde trabó amistad con un compañero llamado Vicente Vidal. Este lleva a Ferreres cuatro años de ventaja, en la edad y en los estudios: Ferreres ahora está a punto de cantar misa, mientras Vidal cuenta ya cuatro años de sacerdote. Ferreres ha explicado a su amigo valenciano la aventura donde anda embarcado con mosén Sol de patrón. Vidal quiere más noticias, le interesa. Ha cursado Derecho en la Universidad civil y Teología en el Seminario. Luego ganó por Madrid la borla de doctor en Derecho canónico y civil. De familia rica, está preguntándose cuál será el mejor camino para su existencia sacerdotal, que no quiere agotar entre papeles de las oficinas diocesanas; le atrae opositar a una cátedra universitaria, hasta le gustaría emplear su herencia personal en «algo» a favor de los seminaristas pobres. ¿En que? Ferreres le describe con entusiasmo los planes de mosén Sol. Vidal da gracias a Dios porque le abre su horizonte: pedirá un puesto en la patrulla.
   Don Manuel se contuvo hasta cerrar curso en el Colegio. Avanzado julio de 1884 viajó a Valencia, acompañado de Osuna y Ferreres. Lleva una carta de Vilamitjana para Monescillo. El 25 los recibió Vicente Vidal, dispuesto a escoltarles. Señora Agustina se volvió loca de contenta, con tres curas en casa.
   La carta del colega tarraconense impresionó al arzobispo: los recibe afectuosamente, escucha sus proyectos, lee las «Bases de la Hermandad», aprueba y bendice. Buen arranque. Los mandó a dialogar con el rector del Seminario.
   Nunca pensó Monescillo que aquel cura tortosino funcionara a semejante velocidad. Tres días más tarde, don Manuel se le presentó con media docena de folios en mano: solicitud, reglamento del nuevo «Colegio San José de Valencia», acuerdo con el Seminario donde los colegiales cursarán estudios, plan de disciplina y administración del Colegio llevadas por los operarios bajo tutela del arzobispo, licencia «para recoger limosnas con que ayudar al sostenimiento del Colegio».
   Monescillo echó balones fuera: le asusta consentir colectas que puedan mermar las finanzas diocesanas. No se atreve a decirlo claro, anota don Manuel:
   –Mostró embarazo y expuso ciertas excusas de no poder otorgar protección material, atendidas las muchas necesidades de la archidiócesis, si bien repitió su aprobación verbal.
   Estos asuntos de dinero siempre resultan fastidiosos, Monescillo tiene de secretario a un cura llamado Aureo Carrasco, quien por algún motivo de vinculación personal ayuda con toda su alma a los encargados de construir la nueva residencia de monjas adoratrices que madre Sacramento dejó programada en Valencia antes de morir. Residencia y también iglesia, muchos miles de duros. Don Aureo hace perfectamente bien protegiendo sus colectas. Menos justa parece su inquina contra otras empresas por miedo a partir las limosnas. Ciertamente abusó de su posición privilegiada cerca de Monescillo, dando a don Manuel toda la guerra imaginable: ya sabemos cuánto influye la palabra de un secretario si cae tenaz en oídos de un jerarca.
   ¿Recuerdan ustedes que madre Sacramento invitó a chocolate un día al cura jovencillo venido a estudiar desde Tortosa? Supongo que ahora, en el cielo ambos, santa Micaela y beato mosén Sol, darán chocolate con picatostes una tarde al arzobispo Monescillo, quien sólo se quedó en cardenal: le harán comprender cuanto exageró sus recelos, pues Valencia disponía de limosnas para mucho mas...
   Recelo exagerado del arzobispo: Valencia experimenta un crecimiento económico imparable. Roto su borde amurallado, va a convertirse en una bonita ciudad amplia y abierta. Luz blanca de tierra adentro, por la mañana; luz verde de mar por la tarde. A la noche, la luz eléctrica, llegada en 1882. Un grupo de valencianos funda la Sociedad Valenciana de Tranvías, adquiriendo las líneas de la sociedad Catalana y ampliándolas con circunvalación y diagonal. Frente al carácter festero de sus habitantes, un concejal opina que las fallas son «impropias de una capital seria de primer orden». Sesenta pesetas de contribución para quien quiera poner falla: naturalmente, aquel año Valencia se queda sin fallas.
   Don Manuel no se dejó atar por los escrúpulos del arzobispo. Escudriña los barrios a la búsqueda de un edificio que convertir en Colegio.
   Los curas valencianos le ruegan inspeccione una casita en el número 2 de la calle Unión, donde un puñado de seminaristas pobres viven acogidos a la protección de una increíble ancianita: ella busca de limosna el dinero para darles de comer. Y ejerce como «rectora» de la minúscula comunidad. Cuando la viejecita vio aparecer cuatro visitantes, temió le arrebataran su cargo y se les puso de uñas. Don Manuel prefirió no perder tiempo.
   Al otro lado del río, camino de Alboraya, dio con un llamado «huerto de las fresas»: terreno ancho, caserío con bajos y desvanes. Adelantó las señas de rigor; en la «casa de las fresas» va a nacer el Colegio de San José de Valencia, segundo de la serie. Don Manuel lo ve canijo, mísero casi. Demos tiempo al tiempo; para él, como ocurrió a madre Teresa de Jesús cuando creaba monasterios, lo que importa es poner pie: luego, Dios dirá.
   Regresó a Tortosa dejando a Osuna el encargo de abrir el Colegio para el curso próximo, total dentro de dos meses. Cuentan de plazo con agosto y septiembre.
   Osuna dispone de ayuda impagable: Vicente Vidal. Este sí es un hermoso trofeo que don Manuel ha ganado, la incorporación de Vidal a la «patrulla Hermandad,».

OS AVISE que a don Manuel su obispo Aznar le prepara un disgusto, Nada más llegado de Valencia, se lo da.
   Nadie osara en Tortosa poner reparos a la búsqueda de dineros para las obras de mosén Sol: todo el mundo conoce la generosidad con que reparte don Manuel cuanto a sus manos llega. El malestar le alcanza por otro costado, los candidatos a entrar operarios de la nueva Hermandad.
   Siempre hay un moscón dispuesto a fastidiar. Los moscones de turno avisan al obispo Aznar el peligro que corre su autoridad si permite la inscripción de sacerdotes en la patrulla mosén Sol: estos operarios rendirán obediencia no al obispo, sino a mosén Sol.
   Que infamia, y Aznar se dejó malmeter. Don Manuel concibe su Hermandad como un equipo disponible a las órdenes del obispo, cabalmente donde quizá no acudan los demás sacerdotes. La vinculación de los operarios con la diócesis formará parte de la herencia que mosén Sol deja a los suyos. Tiene gracia, los operarios van a considerar tradicionalmente alargado «de alguna manera» al obispo de la diócesis su voto de obediencia formulado en el seno de la Hermandad.
   Pero don Manuel no podrá poner su Hermandad en pie si el obispo inventa dificultades para disuadir a los posibles candidatos.
Hizo más, Aznar cometió una fechoría.
   Del equipo comprometido en el Desierto de las Palmas, Elías Ferreres tiene pendiente la ordenación y la primera misa. Don Manuel sueña con acelerar el acontecimiento para enviarlo a Valencia, donde hará plantilla con Osuna y Vidal en el Colegio nuevo. A mitad de septiembre Ferreres canta misa; ya esta.
   No esta: su ilustrísima el obispo, como si nada supiera de nada, le manda al misacantano un nombramiento para coadjutor en el pueblecito de Ares. La cosa tiene salero. ¿Qué pretende Aznar? ¿Echar un pulso a mosén Sol? ¿Acaso merece don Manuel, que ha sido un libro abierto para su obispo y nunca dio un paso sin previo consejo, semejante trato?
La bofetada causó a don Manuel profunda amargura.
Meditó, rezó. ¿Que podía hacer?
   Antes de morir el mes debe viajar a Valencia, donde le anuncian la inauguración del curso para el 1 de octubre. Las solicitudes de ingreso al Colegio de Tortosa crecen tanto que sólo la manutención arrojará a fin de curso próximo un déficit impresionante. ¿Cómo sostener los compromisos sin conseguir del obispo la seguridad imprescindible?
   Don Manuel redacta una carta al obispo, directa y clara. Con estas reticencias no puede continuar, sólo quedaría el remedio de huir a otra diócesis o disolver la Hermandad.
   La misiva lleva un tono apremiante, leal. Explica a su ilustrísima el desaliento, la inacción, la incerteza, el descrédito de una obra maltratada por el obispo a cuya protección la confiaron: «Esperamos que vuecencia nos dará el anhelado permiso y la libertad necesaria.»
¿Que respondió el obispo?
   Quiero pensar que sintió pena y vergüenza por el dolor causado a sacerdote tan fiel, no sé. De momento quedó callado como un chino. Don Manuel confió a una de sus clarisas:
   –Quienes me habían de ayudar son los que más me desalientan.

LA «CASA DE LAS FRESAS» tiene nombre bonito, pero demasiadas goteras. Osuna y Vidal lucharon como bravos hasta ponerla en condiciones para sede provisional del Colegio San José. Cuando a 30 de septiembre llega don Manuel, encuentra listo su «flamante» Colegio con cuarenta muchachos dentro. No tiene capilla, los llevan a oír misa en un convento cercano.
   El 1º de octubre tuvieron «la inauguración oficial», que consistió en una charla de don Manuel a los chicos: «Sois los primogénitos», dijo.
   Los curas de Valencia no daban una mandarina por el futuro de aquel Colegio montado en calle Alboraya: es que los curas de Valencia ignoran con quién se juegan los cuartos, pronto se van a enterar. «Bañeta» sí lo sabe, mete contra la casa y don Manuel, sobre todo contra Vicente Vidal, carretas de cizaña, murmuraciones, chismorreos. No le valdrá de nada. Los seminaristas realizan la propaganda ideal a favor del Colegio: cuentan cómo viven, cómo les atienden, Circula esta noticia por los pueblos de la diócesis, en Navidad los colegiales han subido a 54. No cabe ya una aguja en la «casa de las fresas».
   –Son 54 alumnos muy guapos, escribe don Manuel: de tener local, pasaríamos de 200.
Lo cual significa que cuanto antes «hay que tener local».
   Va y viene de Tortosa a Valencia, de Valencia a Tortosa, cuidando de sus dos colegios y estrechando los lazos de sus pocos operarios. Aguarda de su obispo un gesto de bondad que no llega, maravilla cuánto puede tardar un personaje en reconocer los errores. A mitad de octubre aprovecha un resquicio para escaparse a llorar en el hombro del arzobispo Vilamitiana. Volvió consolado. Aznar, por fin, en víspera de Navidad, envía un recado: que está agobiado con la falta de personal, aguarde don Manuel un poco.
Navidades amargas, y Reyes y primavera de 1885.
   El mes de marzo lo pasa en Valencia buscando solar para edificio nuevo. No lo encuentra a su gusto. Se queja de su protector infalible San José –«me está ejercitando la paciencia»– y de los valencianos, que «le hacen pasar por las orejas muchas esperanzas», pero . no rematan. Las dos quejas resultan infundadas: San José le proporcionó a primeros de abril un solar en la misma zona de calle Alboraya, más un crédito de seis mil duros en el Banco de España. Valencia, que le ha dado un operario magnífico, don Vicente Vidal, añade dos «colaboradores asociados», sacerdotes ellos «respetabilísimos».
Valencia pasa de abril a mayo de 1885 embriagada en fiestas.
   El 22 de abril, a la hora de vísperas, un vuelo general de campanas sorprendió a la ciudad. ¿Qué pasa? El cardenal Monescillo –ya ostentaba por estas fechas el capelo cardenalicio– ha recibido un telegrama: el Santo Padre declara a la Virgen de los Desamparados patrona de Valencia. El cardenal comunicó la nueva al cabildo metropolitano y al Ayuntamiento.
   Adornaron los balcones de la capilla de la Virgen, colocando en el centro la bandera vaticana, blanca y azul, con el nombre de María. Por las calles, bandas de música anunciaban la feliz noticia. Un gentío enorme se congregaba en la plaza de la Seo. A las ocho de la noche, en solemne función, se cantó en la capilla de la Virgen la gran salve de Andreví y el tedéum de Eslava.
   El Ayuntamiento preparó inmediatamente un programa de festejos: pacasalles, bandas de música, iluminaciones en las vías públicas; y corridas de toros por los matadores Frascuelo y Lagartijo.
El sábado 9 de mayo la alegría explota en las calles.
   Desde las primeras horas de la mañana los edificios aparecieron engalanados. Las calles de San Vicente y Bajada de San Francisco se vistieron de gallardetes y farolillos a la veneciana; el Miguelete aparece entorchado con multitud de banderas; la plaza de la Virgen estallará en luces multicolores esta noche: «Mil globos de porcelana blanca, ochocientos azules, quinientos verdes, quinientos rosas, con algunos miles de fugas, que parecen brillantes», ha colocado la comisión de festejos.
   La Virgen, con «un brot de lir e una creu de fust», sale de su capilla camino de la catedral en ricas andas de plata. Guardias civiles a caballo abren paso. Siguen las banderolas de la ciudad, las quince parroquias con sus cruces, seminaristas, clero y cabildo catedral. Escoltando a la Virgen, ochenta sacerdotes ornamentados. Detrás, el cardenal con las dignidades del cabildo. Cerrando la comitiva, concejales, gobernador civil, capitán general y alcalde.
   A las diez, en la catedral, misa solemne, lectura de la Bula pontificia, palabras del cardenal...
–¡Viva la Madre de Deu!
   Don Manuel lo pasó en grande, porque a él la Virgen también «le amparaba»: el 5 de mayo ha firmado la escritura de compra de un huerto inmenso donde sobra sitio para su anhelado Colegio. Seis mil duros, los del empréstito del Banco de España. Sus hombres de Valencia gestionan seis mil duros más para acometer la obra: «De momento» piensa edificar cobijo donde quepan al menos trescientos chicos.
   Pero viaja preocupado a Tortosa: hay en Valencia indicios de cólera, esa terrible peste que azotaba de vez en cuando la costa levantina.
   Quiere que a fin de curso pase toda la patrulla un par de días juntos en Tortosa. Acude Vidal desde Valencia. Ferreres sigue de coadjutor en Ares, mientras no le maduren los remordimientos al obispo. El 2 de junio recitan en la capilla del Colegio una «primera promesa de consagrarse a la Obra»: «¿Qué os daré, Dios mío, en cambio de tantas misericordias?... Hago voto de procurar por todos los medios posibles la instalación y desarrollo de la Hermandad de Operarios diocesanos.» Firman don Manuel, García, Osuna, Vidal y Ballester. El «exiliado» Ferreres, «adherido a este voto», lo formuló en su parroquia de Ares.

¿QUE COMO ERA MOSÉN SOL ... ? Un pedazo de cura bueno, ejemplar y piadoso; con una dosis de buen humor impagable. Humor rural, sano, de campesino. Les doy un botón de muestra.
   Este 9 de junio de 1885 se cumplen los veinticinco años de su primera misa. Las bodas de plata. Nadie de sus íntimos se ha percatado, sólo las monjas encerradas en los tres conventos de clausura de Tortosa: a ellas no se les va una. Don Manuel ha rogado guarden el secreto. Quiere decir a solas su misa de aniversario. Pero ¿en cuál de los tres monasterios? A las clarisas les pilla la fecha en ejercicios espirituales, no hay caso. En el convento de San Juan sólo queda una de las monjas de primera hora. Tendrá la fiestecilla secreta, pues, en el convento de la Purísima. Para consolar a su monja de San Juan le escribe una carta: que no se enfade... Vean, léanla, ahí está mosén Sol:
   «Ya lo celebraremos otro día, u otro año; y si no, cuando celebremos las bodas de oro, esto es, a los 50 años, que tú tendrás mas juicio, y yo seré un padre jubilado. Pero ha de ser a condición de que yo haya levantado 50 colegios y otros tantos conventos, y que tú entonces no seas aun muy viejecita. Conque, que pases bien el día de tus 40 años. ¿No te da vergüenza? Yo, viejo, achacoso, y con tantos años mal pasados, y... ¡me parece que era ayer!... ¡Ay!, ¿qué es la vida? Era ayer que tú tenías quince, y leías los desengaños de San Francisco de Borja a tu pobrecita madre cuando la sacabas a pasear por el Rastro... y ¡todo se pasa! y ¡cuantos recuerdos me vienen!
   Demos gracias a Jesús, al menos, que nos ha alimentado con su, Cuerpo tantos años. Que nos sea prenda de vida eterna, y en el cielo nos reunamos alrededor de su mesa tú y tu padre, que te bendice... Aplica la comunión por ti y por mí. Va un queso rancio. No tengo más»
Un queso rancio.


16


GENERAL... DE CINCO SOLDADOS (1885–1886)



A MITAD –de junio de 1885 don Manuel se fue de Valencia a Tortosa, contento por la compra del solar para el nuevo Colegio San José; pero con una gran inquietud: circula con sordina el rumor de que Valencia puede ser atacada por una epidemia de cólera.
   Entre el cólera y los curas importantes van a darle guerra a nuestro mosén Sol. Es que al cardenal Monescillo le rodea una tropa de secretarios bastante catetos: han tomado la manía de que este cura tortosino amenaza las limosnas de la diócesis. Vigilan los movimientos de los sacerdotes valencianos que apoyan a don Manuel. Sin embargo, la patrulla mosén Sol gana simpatías porque hasta entonces nadie afrontó el problema dramático de la asistencia y de la formación de los seminaristas pobres: el «huerto de las fresas» abre un horizonte, un camino de esperanza.
   Hacia finales de junio, la amenaza del cólera se hizo realidad: Valencia estaba, otra vez, invadida por el terrible bacilo.
   El terror asoma a los rostros. Conocen por experiencia con que enemigo topan; se sienten impotentes para luchar contra él.
   Los valencianos saben del cólera, vaya si saben. Poseen una historia prolija en epidemias. La primera que se conoce data de 1384, con gran número de víctimas.
   Los viejos del lugar poseen experiencias mas recientes que ensombrecen el rostro. En el siglo XIX hizo su aparición el 3 de julio de 1834 y causó 5.427 víctimas. La segunda invasión –18 de agosto de 1854– produjo una mortandad de 1.915 personas. Volvió en mayo de 1858, con 2.073 víctimas. También en 1859, con 19 muertos; y en 1860, con 570. En 1865 alcanzó la cifra de 4.027 víctimas, entre las que se encontraba Santa Micaela del Santísimo Sacramento.
   La ciudad enloquece con estas invasiones. En este junio de 1885, el cólera ha penetrado entre los cordones sanitarios. Comisiones médicas nacionales y extranjeras afluyen, para estudiar de cerca la terrible enfermedad. Dos años antes, en Egipto, el alemán Koch descubrió un bacilo en forma de bastoncillo en los excrementos de los coléricos. En 1884, en Calcuta, el mismo Koch demostró la relación existente entre el bacilo y la enfermedad del cólera. El agente productor está descubierto, pero ¿cómo combatirlo? El doctor Ferrán, médico tortosino, descubre una vacuna anticolérica y viene dispuesto a demostrar su eficacia. Llega a Valencia y establece su centro de vacunación en la calle de Pascual y Genís. Cuando la Comisión científica de Madrid declaró que era inofensiva la vacuna del doctor Ferrán, éste ofició a la alcaldía: vacunará gratis a los pobres.
   Los pobres tienen curanderos, secuela de toda epidemia. Durante la de 1865 alcanzó gran éxito el agua del pozo de San Vicente, contándose por miles los cántaros de líquido despachados como medicina para los enfermos o preservativo para los sanos. El mismo año, un tal Globat, conserje en la cárcel de las Torres de Serrano, inventa un específico que le proporciona pingües ganancias. En la epidemia de 1865 sobresale Masino, según el pasaporte exhibido en la alcaldía, «doctor italiano».
   A primeros de julio don Manuel vivía pendiente de las noticias de Valencia, «mi querida Valencia, donde hace estragos el cólera»: ¿qué será de su incipiente patrulla? Como es natural, sufrirán un retraso las obras del nuevo Colegio: «Hoy tengo carta; ellos, mis tres apóstoles de allí, están sin novedad, pero tienen paralizadas las obras.»
   Valencia vivió unos meses enfebrecida, doblegada ante el cólera. Al principio, todo se cumplió con rigor y orden; pronto el cansancio cunde en los equipos sanitarios. No es posible acudir a tantos sitios. Cuando ocurría una defunción, el conserje de la Casa de Socorro, acompañado de dos guardias sanitarios, acudía a la casa del difunto, realizaba inventario de la cama y ropas usadas durante la enfermedad: una tartana de trasladar enfermos conducía todos los objetos al Hospital de San Pablo, donde eran quemados por la noche. La tasación se hacía en presencia de la familia y el valor de los efectos quemados era pagado.
   Muy pronto el optimismo de estas buenas disposiciones municipales chocó con la terrible realidad. La cifra de muertos diarios superaba el centenar: imposible recoger la ropa de tantos difuntos, cuando en una tartana no cabía más que la de dos o tres casas, y sólo efectuaba tres viajes diarios... El Ayuntamiento adquiere más carros y contrata brigadas. Surge una nueva dificultad: imposible indemnizar a tantas familias. Las arcas municipales, que a mediados de julio habían satisfecho unas cuarenta mil pesetas en indemnizaciones, se agotan. Las muertes amenazan triplicarse, y cuadruplicarse. Optan por fumigar las ropas; lo que no tenía valor, lo queman.
   El Ayuntamiento utiliza ocho carruajes que transportan un solo cadáver; y cuatro tartanas con capacidad para diez o doce. Los traslados en coche se realizan de día: sólo hay que esperar el turno según la hora pedida. Los menos afortunados económicamente son trasladados por la noche. Un cuadro dantesco: tartanas atestadas de cadáveres conducen su mercancía humana a los extramuros de la ciudad, mientras de los barrios llega el olor a azufre quemado en las hogueras que intentan vanamente ahuyentar los duendecillos del cólera. El 4 de julio alcanza una cifra récord: 233 cadáveres. El cementerio llegó a tener una cuadrilla de noventa empleados, y se veían impotentes ante la avalancha. ¿Remitiría el cólera? Por suerte, a partir del 5 de julio las defunciones disminuyen paulatinamente. El hastío domina la población, no quedan lágrimas. Ya no se llora, no hay fuerzas. Los artículos de primera necesidad se agotan. Los aprovechados se forran con el mercado negro. Los ricos huyen al Cabañal, al aire cercano del mar. Los pobres aguantan. Cuando el cólera se largue de una maldita vez, se habrá llevado por delante 4.919 muertos, bien contados por el Ayuntamiento valenciano.
   Valencia no parece Valencia: una flor mustia en una maceta sin agua bajo el sol de verano. Cuando todo recurso humano fallo, acuden a la Virgen de los Desamparados con rogativas solemnes por la terminación de la epimedia. El 17 de julio sacan a la Virgen en procesión. Ya el cólera parece remitir.
   La epidemia dejó abierta una polémica científica en torno al doctor Ferrán, el médico tortosino que había ensayado una vacuna descubierta por él: los médicos se mostraban reacios a admitir la eficacia del remedio inventado por Ferrán y le acusaban de haber causado estragos con su vacuna en el asilo de ancianos desamparados establecido en Valencia pocos años antes por una monja santa llamada Teresa Jornet. Luego resultó que el doctor Ferrán iba por el camino justo, fue un precursor genial de la vacuna anticolérica.

   Por estas fechas, los últimos contactos populares de Alfonso XII coronan de caridad la estampa romántica que las coplas corearon en los días de idilio con Mercedes: el rey escapó este verano sigilosamente de la corte para visitar, acariciar y consolar los apestados de cólera en Aranjuez. Pero ni el amor de su pueblo, que lo tenía, pudo salvar al rey de España: está tocado de melancolía y del pulmón, dos enfermedades incurables por más que Alfonso ataque la primera trasnochando y los médicos la segunda con pócimas. En agosto, un cañonero alemán ha provocado en Las Carolinas un grave accidente, que espolea a los políticos madrileños hacia actitudes extremas; Alfonso XII impone serenidad en las decisiones: la mediación de León XIII resuelve el conflicto a favor de España. El rey está instalado en el Palacio de El Pardo, cuyos aires piensan los médicos han de favorecer una mejoría. Alfonso XII decae a ojos vistas.

DON MANUEL y su patrulla de «operarios provisionales» dieron un magnífico ejemplo de confianza en el futuro: apenas remitido el cólera, empujaron decididamente las obras de su nuevo Colegio.
   Valencia toma color a primeros de septiembre, los rostros se animan; ya la gente aspira el aire sin miedo.
   El solar comprado por don Manuel está allanado y el proyecto a punto. Han programado para el 2 de septiembre la colocación de la primera piedra, de modo que el curso nuevo arranque con energía dejando atrás la pesadilla del cólera. Mosén Sol trae de Tortosa al maestro de obras Benet, quien esta convertido para él en constructor de confianza.
   Invitan al cardenal arzobispo a presidir la fiesta. Monescillo prefirió delegar en el rector del Seminario, quizá por evitarse disgustos con los opositores al cura tortosino. Pero acuden junto al rector varias docenas de valencianos dispuestos a respaldar una obra que consideran vital para el futuro de la diócesis: el deán de la catedral, varios canónigos, clérigos de las parroquias, religiosas, monjas, «y gran numero de representantes de sociedades literarias y benéficas de Valencia». Lo anotaba don Vicente Vidal en el acta. Don Vicente mismo leyó con voz entonada una «memoria–informe» a la distinguida concurrencia: el nuevo Colegio se propone rescatar vocaciones juveniles faltas de apoyo y formar adecuadamente a los seminaristas en la piedad y en el estudio. Don Manuel está satisfecho viendo partir su nuevo buque. El rector del Seminario cerró el acto con unas palabras medidas cuidadosamente para expresar su satisfacción, sin pasarse...
   En el hueco simbólico de la primera piedra, don Manuel quiso que con medallas y monedas colocaran los últimos números del Boletín Oficial del Arzobispado de Valencia y de El Congregante de San Luis.
   A causa del trauma del cólera, la apertura del año escolar 18851886 quedó aplazada en toda la provincia hasta el mes de noviembre. Los colegiales inscritos en el «huerto de las fresas» habían ascendido a 80. No cabían en el caserío, improvisaron una especie de hangar en los terrenos del colegio nuevo. Los 80 estudiantes acudían a las clases del Seminario y oían misa en las monjas trinitarias.
   Días antes de comenzar el curso, don Manuel recibió una de las mayores alegrías de su vida. El terco aragonés Aznar, obispo de Tortosa, cedió: daba permiso para que Elías Ferreres, nuestro recién sacerdote destinado de coadjutor a un pueblo, quedara integrado sin condiciones en la patrulla mosén Sol. Destinó don Manuel su querido, y llorado, Ferreres a Valencia: que codo a codo de Vicente Vidal rieguen amorosamente la planta tierna del nuevo Colegio.
   Otra alegría le viene a don Manuel desde Ciudad Real. su joven y desconocido amigo Andrés que le envía colaboraciones para Serrano, el seminarista escritor El Congregante, ha tomado la decisión de viajar a Tortosa y comenzar junto a mosén Sol, en el Colegio San José, este curso 1885–1886, sus estudios de Teología.
¿ Cómo ha sido?
   Por una corazonada de don Manuel, quien tiene metido entre ceja y ceja el presentimiento de que aquel muchacho manchego ha de incorporarse a su patrulla.
   Este último verano han cruzado varias cartas, porque don Manuel quiso saber si los ramalazos del cólera habían alcanzado Ciudad Real. A finales de agosto Serrano le cuenta que ha entrado en edad militar, cumple veinte años: «Soy quinto del actual reemplazo, tendré que ser soldado de los ejércitos españoles. No la deseo, pero tampoco le temo a la vida militar, llevaré con gusto el fusil al hombro»
   Don Manuel contestó a vuelta de correo, le disgusta que Serrano corte sus estudios y teme por su vocación: «Vengase a Tortosa, le daremos casa y mesa, gratuitamente; aunque estamos de deudas hasta la cabeza, le buscaremos los siete mil reales para la redención del servicio militar.»
   Por siete mil reales «de cuota», el Estado dispensaba de la mili a los reclutas. Entonces no había prórroga para estudiantes. Los padres de Serrano tenían un estanco y una carretería, ganaban bien: pero con once hijos en casa. El tío cura cobraba su sueldo de beneficiado en la catedral, no podía pensar en «redimir» a su sobrino. Don Manuel insistía: «Estará con nosotros y nos ayudará a trabajar por la gloria de Dios. Cuando usted sea sacerdote, seguirá con entera libertad el camino que Dios le inspire y el campo que sea más propio para su actividad.»
   Andrés aceptó, agradecido, aunque le apenaba dejar su familia. Don Manuel: «No tema usted la dilatada ausencia, le dejaremos hacer una correría de vez en cuando para respirar los aires de la Mancha.»
   En octubre Andrés Serrano se vino a Tortosa. Don Manuel ha pescado una excelente pieza.

AQUEL AÑO de 1885 murió el rey Alfonso XII, pero mosén Sol y su tropa casi no tuvieron tiempo de enterarse: andaban metidos en la operación «gran rifa», una lotería divertidísima y audaz que llamaron ellos «santo billete». ¿Saben a quién me recuerdan estas iniciativas de don Manuel? A don Bosco y sus hijos salesianos, capaces de sacar dinero para sus colegios debajo de las piedras. Si en vez de tocarle a mosén Sol el talentudo y agrio Monescillo de arzobispo de Valencia le hubieran adelantado el episcopologio para hacerle coincidir con un arzobispo posterior llamado don Marcelino Olaechea, la que hubieran organizado juntos.
   Don Manuel estaba comido de trampas en Tortosa por las obras del Colegio San José y del gimnasio juvenil. El Colegio le causaba enormes dificultades: con una mano debía financiar la construcción y con la otra enjugar el déficit anual del curso. Entre el viejo caserón de San Rufo y el ala del Colegio nuevo, las bocas que ha de alimentar andan por 350: bocas jóvenes, de muchachos en período de estirón.
   El gimnasio, la revista, obras en Valencia.... de todo le inquieta más que nada el balance de situación del Colegio de Tortosa. Decide afrontar el asunto buscando una solución: quiere dinero para enjugar el déficit acumulado y rematar las obras. ¿Cuánto? No he dado en sus notas con los números exactos, pero le calculo unos seis mil duros, cuarenta millones de pesetas nuestras de ahora.
   Me hubiera gustado acompañar a don Manuel y ver la cara que mi paisano el obispo Aznar puso cuando mosén Sol fue a contarle su plan. Hay que ser comprensivos con su ilustrísima, quien da la impresión de algo cabezota según corresponde a un aragonés, pero amenazado por el torrente de iniciativas de este cura imparable y santo. Imagino que al obispo Aznar don Manuel lo encandilaba y le producía vértigo. Por eso sus reacciones parecen contradictorias, aprueba o rechaza sin demasiado fundamento. Esta vez... aprobó. Algo asustado, desde luego: menudo jolgorio ve venir. Pero aprobó. Hasta propuso colaborar con premios.
   Una rifa, una tómbola gigantesca, explica mosén Sol al obispo. La tiene perfectamente programada: Verá, ilustrísima, lo llamaremos el «santo billete», con premios de calidad, premios muy atractivos; doña Magdalena de Grau, la señora que nos regaló el caserón de San Rufo, pone uno, premio estupendo, aún no sé cuál; y otro la marquesa de la Roca; nos falta el primer premio...
Su ilustrísima dijo que pondría el primer premio.
¿Y cómo funcionará la rifa?
   Muy sencillo, aquí tiene los borradores de una octavilla donde van las normas. Los billetes costarán a peseta. Harán propaganda en cada rincón de Tortosa, iglesias, escuelas, conventos, tabernas, el mercado, la estación, por la calle. Y pueblo a pueblo, recorrerán la–––diOCesis completa.
¿Quién?
   La patrulla mosén Sol, todos: sus «operarios provisionales» capitanearán cada cual un grupo de seminaristas con muchachos del gimnasio. Han pensado llevar por los pueblos un cuadro teatral que ponga en escena comedietas con cantos y versos, un recital: la fiesta rematará en la iglesia parroquial, donde un sacerdote ha de contar la importancia de la obra de las vocaciones, la falta de sacerdotes, la necesidad de construir el Colegio para acoger y formar los curas.
–Y luego venderán los billetes de la rifa –comenta el obispo.
–Casa por casa: ofreceremos los billetes a todo el mundo.
–Por una peseta.
–Una peseta cada billete.
–Doctor Sol, ¿cuántos billetes piensa vender?
   –Cinco mil duros, señor obispo.
   –¡Cinco mil duros, veinticinco mil billetes...
   El obispo Aznar sabe que mosén Sol no sueña disparates: «Ponga en cabeza, el primero, un premio regalado por el obispo ... »
   A caída de la tarde, los sirvientes oyeron al obispo Aznar repetir en voz alta mirando por el ventanal de cara al río: ¡Cinco mil duros ... !

MURIO el rey., tocado de melancolía y del pulmón.
   La hora final le llegó el 26 de noviembre de 1885, a los veintisiete años de edad y diez de reinado.
   Cánovas entregó el poder a Sagasta, que será el arbitro de la regencia de María Cristina. La reina viuda comunica al consejo de ministros que espera un hijo para dentro de seis meses. Aplazan la proclamación de la pequeña María de las Mercedes como princesa de Asturias, por si viene varón.
   El panorama político del país se encuentra cargado de sombras. La reina regente es joven y extranjera, inexperta en cabildeos ministeriales. Cánovas pide a todos los monárquicos que colaboren para afianzar y defender el trono. Ha establecido con Sagasta «el Pacto del Pardo». En el Parlamento aparecen Antonio Maura y José Canalejas, dos jóvenes diputados con futuro brillante. Veinticinco prelados españoles reunidos en los funerales del rey publican una declaración invitando a los católicos al respeto mutuo, en materias opinables: no lo conseguirán, por supuesto.


RECIBIDA la bendición episcopal sobre la «rifa del santo billete», don Manuel ultimó la lista de premios: primero, obsequio del obispo; segundo, señora de Grau; tercero, marquesa de la Roca. Y una pedrea larguísima con premios menores regalados por gente amiga. Fijo para «día de sorteo* el 8 de diciembre de 1886, justo a un año.
Cinco mil duros... ¿Será posible?
   Quiso aprovechar las vacaciones de Navidad. Convocó a sus «operarlos provisionales», de Tortosa y Valencia, con dos objetivos: lanzarán la campaña del «santo billete»; y subirán al Desierto amado de las Palmas, donde abriendo el año 1886 piensa constituir definitivamente la Hermandad.
   Por eso los convoca en Villarreal, ciudad próspera situada junto a Castellón y a pocos kilómetros del Desierto.
   Allí acudieron el 26 de diciembre, acompañados por algunos curas amigos que se ofrecían a vender billetes de la gran rifa. También vinieron colegiales de San José y muchachos de Tortosa, dispuestos a montar los pequeños ¿estivales».
   Inauguraron la campaña del día 26 al 28, con actos en Villarreal, Burriana, Nules y Castellón. Fue la gran novedad, que brilló como un relámpago por toda la comarca. Les quitaban los billetes de las manos. Aquello prometía...
   Alegres, un poco nerviosos los hombres integrantes de la patrulla mosén Sol, subieron al Desierto la mañana del 29 de diciembre.

ANOTEMOS sus nombres, para la historia: además de don Manuel, don José García, don Francisco Osuna, don Vicente Vidal, don Francisco Ballester y don Elías Ferreres.
Total, media docena.
   Don Manuel ha incorporado al grupo de sacerdotes tres seminaristas: Andrés Serrano, venido de Ciudad Real; Felipe y Gonzalo Tena, primos hermanos, colegiales ambos en San José de Tortosa. Andrés Serrano ha roto amarras con su tierra, queda ya ligado en cuerpo y alma a mosén Sol.
   Dedicaron a la oración el día 29, gozando la paz del monasterio. El 30 tuvieron una sesión de trabajo por la mañana y otra por la tarde: hasta mediodía repasaron las «Bases» de la Hermandad, y acordaron «reformar los llamados Congregante y el gimnasio, de Tortosa».
   El 31 madrugó don Manuel para ir a celebrar la misa en la ermita «San Teresa», situada en el monte a media legua del convento. Llevó de monago a Felipe Tena, quien, andando el tiempo, ya sacerdote, conservó el recuerdo de aquella mañana: «Irradiaba fervor don Manuel, su rostro estaba resplandeciente, no sé qué sentí; pensaba: así desearía yo celebrar la misa.» Dedicaron la sesión del día a estudiar las circunstancias personales de cada uno de ellos y a comentar su futuro sistema de vida, el traje, los horarios, incluso el tratamiento de unos a otros: piensan extender lejos su Hermandad, por eso deciden «darse tratamiento de don» y no el mosén característico de algunas diócesis. A don Manuel, tarde le llega el precepto, será «don» entre los operarios; pero Tortosa seguirá llamándole mosén Sol.
   Repasemos un instante los soldados de la patrulla, todos son conocidos nuestros.
   Don José García, el sobrino de don Mariano, cautiva por su sencillez y su alegría: en Tortosa le consideran un consejero prudente.
   Don Francisco Osuna posee carácter enérgico, animoso y optimista; las dificultades le robustecen.
   Al valenciano don Vicente Vidal lo considera don Manuel una joya, por tal lo tienen sus paisanos: escribe finamente, habla de maravilla, ejerce la caridad, cuida sus devociones con mimo; le miran con respeto los círculos culturales de Valencia.
   De don Francisco Ballester no queda huella documental porque las enfermedades le forzaron a abandonar la Hermandad en la primavera de 1888: se perdió su rastro.
   Al benjamín de la patrulla, don Elías Ferreres, le esperan años largos de trabajo; será el último testigo del grupo cuando muera don Manuel: los curas de Tortosa le veneraron como maestro de espíritus.
   Todos estuvieron dispuestos aquel 31 de diciembre a formalizar jurídicamente su compromiso en la Hermandad. Don José García, que ocupaba plaza de beneficiado en la catedral tortosina, se comprometió «a abandonar sus cargos si la Hermandad se lo pide»; y don Vicente Vidal condiciona su consagración a que las Reglas de la Hermandad sean aprobadas por el arzobispo de Valencia: los demás, todos de Tortosa, ya cuentan con la aprobación de su obispo.
   Al día siguiente, 1 de enero de 1886, los seis primeros «sacerdotes operarios diocesanos» realizaron su consagración a la Hermandad formulando el voto de obediencia por tres años. Don Manuel quiso dar cierto empaque al acto en la íntima serenidad del Desierto: invitó al prior carmelita del convento, padre Isidoro de la Cruz; y a un obispo retirado, allí residente, ilustrísimo Serra, protector de las Oblatas que poco atrás vimos establecidas en Tortosa. Por supuesto, les acompañaban los tres seminaristas «aprendices de operarios», Serrano y los Tena. Oyeron misa, celebrada por don José García en la capilla de los novicios; recitaron la preciosa invocación al Espíritu Santo que llamamos Veni creator; y luego pronunciaron cada uno de los seis su voto «como miembros de la Hermandad». Cantaron un tedéum, rezaron, firmaron el acta de su compromiso.
¿Lloro don Manuel?
   No esta en los papeles, supongo que si: aquella mañana le tocaba llorar. A lo largo de su vida dejara constantes referencias al Desierto de las Palmas: «Sea bendita aquella montaña señalada por Dios desde la eternidad para realizar en ella nuestro primer sacrificio por su gloria.» Siempre que los trajines le permitían dirigir al Desierto su mirada por la ventanilla del ferrocarril, elevaba «un saludo de gratitud a la Virgen Reina de aquellos collados».
   Terminado el acto litúrgico, los seis flamantes Operarios pasaron a celebrar «Junta General» en un salón del convento: tenían que elegir los cargos. Duró poco la primera Junta. Don Manuel salió por unanimidad «Director General de la Hermandad». «Socio», su segundo, don José García. El «nuevo» Director General «designó los Operarios responsables del Colegio San José de Tortosa y del Colegio San José de Valencia».
   Ignoro si aquella mañana lloró don Manuel; pero estaba tan contento, tan agradecido a la bondad de Dios. Ya tiene en pie su vanguardia. Escribió a un amigo suyo:
   –Puede usted disponer en todo y para todo de la Hermandad de Operarios Diocesanos, y de su primer jefe... sin soldados.
Exactamente, cinco soldados y tres reclutas.
   Sanz y Forés le envió su mensaje desde Valladolid: «Me avergüenzan trabajando tanto por la gloria de Dios, y les envidio. Sea Dios bendito por haber inspirado la Obra, y benditos ustedes porque los ha escogido.»

¿CINCO MIL DUROS? Los Operarios bajaron del Desierto dispuestos a llevar al fin del mundo la rifa del «santo billete» que daría consistencia total a su Colegio San José.
   Camino de Tortosa, don Manuel visitó cinco pueblos en siete días, con resultado brillante. A mediados de enero sumó los datos de toda la patrulla y pasaban ya de veinte mil billetes, cuatro mil duros! El obispo Aznar no podía creerlo.
   1886 fue para toda la comarca tortosina el año de la rifa. Aquel invento divertía los pueblos. En los ratos libres del curso, los colegiales de San José ensayaron nuevos cantos, nuevas poesías, nuevas comedias: para esparcirse durante el verano a lo ancho de la diócesis. Don Manuel nombra «jefe de los cómicos de la legua» a un colegial vivísimo, Benjamín Miñana; guardemos este nombre.
   En primavera don Manuel cumple los cincuenta de su edad. Por esas fechas la reina regente está a punto de parir. Tiene a España pendiente del parto: si niño, si niña.

   Vino varón, nació rey. La camarera mayor, duquesa de Medina de las Torres, anunció el 17 de mayo de 1886 que la reina había dado a luz un niño. Don Alfonso XIII. Nació rey, el primero en España con quien ocurre semejante cosa, aunque no reinara hasta que en 1903 sea proclamado. Le bautiza el cardenal arzobispo de Toledo en la capilla de palacio a la una y medía de la tarde del día 22 de mayo. Fue madrina la infanta Isabel y padrino León XIII, representado por el nuncio monseñor Rampolla. Nadie puede profetizar el rosario de dolores y gozos que al pequeñín le aguardan, hasta morir exiliado de España.



17


LA ZARABANDA DE LOS COLEGIOS DE ESPAÑA (1887–1888)



MOSÉN SOL ha estado a punto de matarse: en el camino que va de San Mateo a Morella. Cayó en una sima...
   Uno de los operarios actuales lamentaría que estas paginas biográficas olvidaran contar cuánto quiso la ciudad de San Mateo a mosén Sol... Y mosén Sol a San Mateo. Sería tal olvido un fallo grave, querido Joaquín, porque los papeles dejan bien clara esa mutua corriente de simpatía entre tu pueblo y don Manuel, quien llegó a escribir medio serio medio en broma:
   –No me olvido de mi predilecto San Mateo... no sé por qué ha de ser San Mateo la parroquia mimada...
Claro que sabía por qué: lo adoraban en San Mateo.
   Situada «en el corazón del Maestrazgo», San Mateo tiene sus orígenes velados entre la historia y la leyenda, con tradiciones que seguro recordaría don Manuel cuando subía al púlpito de la magnifica iglesia arciprestal. Cuentan que el 21 de septiembre de 1233, el rey don Jaime I se olvidó de oír misa por la urgencia de llegar a una cita con los musulmanes, dispuestos a entregarle la plaza fuerte de Peñíscola. Al cruzar una espléndida llanada entre montañas, prometió, en reparación de su falta, levantar una ciudad con el nombre del santo apóstol. Narran también los cronicones hallazgos, por el contorno, de lápidas y estatuas dedicadas a San Mateo. Los indicios arqueológicos y documentales colocan el origen de la villa en tiempos mucho más remotos. Sí es seguro el esplendor y el empaque de San Mateo bajo el señorío de las órdenes de caballería. Y la querencia del Papa Luna, llamado «antipapa», aquí conocido siempre con el debido título «Benedicto XIII», quien hizo alto frecuente en San Mateo: el sucesor suyo de la discutida tiara, Clemente VIII, vino precisamente a publicar su renuncia en el palacio sanmateano de los Maestros de Montesa. También San Vicente Ferrer atronó con su voz apocalíptica las iglesias de la villa.
   A don Manuel lo invitaron a venir por vez primera las monjas agustinas del monasterio de Santa Ana, que deseaban oírle unos ejercicios espirituales. Repitió la visita, y comenzó a tratar con la gente desde el púlpito y desde el confesonario. Luego conoció familias, reunió a los jóvenes, mandó chicas a todos los conventos de la redolada, instaló sus devociones predilectas: la Adoración Nocturna, el Apostolado, las Camareras. Lo tenían por santo, le atribuían milagros. Pescó chicos estupendos para el Colegio San José, y algún jovencillo valioso que inscrito en la Hermandad llegaría, más tarde, don Joaquín Jovaní, a director general de los Operarios, el tercero después de don Manuel. Este verano de 1886, en plena operación «santo billete», les ha traído a predicar nada menos que a don Vicente Vidal.
   Pues casi se mata una noche, de San Mateo a Morella, El coche de caballos había salido tarde, puesto el sol. Pararon a cambiar los tiros en la venta Serafina, ya noche cerrada. Don Manuel se apeó a estirar las piernas como los demás viajeros. Caminó unos pasos, distraído, avanzó el pie hacia una sima, profunda, y cayó. Nadie noto su ausencia, el prefirió no gritar. Magullado y sangrante, trepó como pudo agarrándose a las matas hasta alzarse al camino. Lo esperaba la diligencia, ocupó su plaza y siguieron viaje hasta Morella. Lo pasó tan mal, que confiaba luego a una monja de Santa Clara:
   –Ai, filla, quina caiguda, hija, qué caída..., cuánto daño me hice; a poco te quedas sense paret, sin padrecito.
   Regresó a Tortosa lo antes posible. La criada de casa presentó alarmada la ropa interior de don Manuel a su hermana: «Ai, pobret d'ell, ¡está llastimat!», pobrecillo, está herido. Tenía las prendas empapadas en sangre. Tranquilizó a su hermana: se había curado él mismo y ya estaba bien.

LA RIFA, viento en popa. El verano de 1886 fue la locura. Los jóvenes cómicos de mosén Sol eran reclamados desde pueblos lejanos. Cada uno de los operarios multiplicó sus horas. A lo largo del año don Manuel visitó personalmente 47 pueblos, desde orillas del mar hasta lo más escarpado de la sierra. Los curas comentaban: «¿ Quién si no él se arriesga por estos vericuetos?» Los chavales de la troupe lo pasaban en grande: «No teníamos otro deseo que agradarle ni otro temor que desagradar al público.» El éxito, sensacional. Dejaban billetes de la rifa y se llevaban muchachos nuevos al Colegio: el curso próximo tendrá don Manuel conflicto de plazas. Uno de los «artistas» relató:
   «Viajábamos todos a su costa, nos mantenían gratis sus amigos, y al final de la excursión recibíamos cada uno su recuerdo... Los viajes se acortaban con sus conversaciones santas, y se amenizaban con aquellas preguntas que sólo pueden aprenderse de una madre: ¿Estás enfermo? Tienes tan mal color. Estamos ya cerca, diré que te den caldo así que lleguemos... ¿ No tienes tú mas zapatos que esos? Tú, hijo, qué cabello: Cuando venga el barbero ... »
   A finales de junio don Manuel hizo un alto en sus correrías: tenía que cumplir en Tortosa una hermosa tarea.
   Cuatro años antes, en la primavera de 1882, había decidido fundar en Benicarló un convento de monjas de clausura, filial de la Purísima Concepción establecido en Tortosa, hijas suyas bien queridas: una señora distinguida, Juana Bordas, pagaría la obra; y los condes Creixefl vendían para solar un huerto a precio barato. Trajinó según costumbre, y a finales de 1883 llevo al obispo Aznar para que bendijera la primera piedra. Ahora el convento está listo, traerá las monjas.
   Cinco trajo, escogidas por él en el convento de la Purísima. Las esperó el 31 de julio a las puertas de la clausura, con otros sacerdotes: «Cuando íbamos a poner los pies fuera de los umbrales del claustro ––escribió madre Victoria, elegida abadesa de Benicarló, un instinto secreto nos hacía retroceder hacia dentro, pero don Manuel, nuestro padre, levantando fuertemente la voz y llamándonos por nuestro propio nombre, nos infundió valor ... »
   Las acompañó de Tortosa a Benicarló –«durante el viaje nos visitaba cuando paraba el tren, para ver si estábamos tranquilas»–, donde les había preparado una acogida triunfal. Hubo tres días de fiesta, bajo presidencia del obispo: procesiones, música, pontifical, tedéum, visitas de la muchedumbre al convento antes de cerrar la clausura. Don Manuel prometió visitarlas frecuentemente. Madre Victoria había sido una chica madrugadora de las que años atrás acudían al confesonario de mosén Sol.
   En Valencia se vio obligado a detener unos meses las obras por falta de dinero. Pero no quiso rechazar alumnos para el nuevo curso, así que acomodaron a los chicos apretadamente: 250. Los curas de Valencia comenzaron a creer en el milagro.
   A la entrada del otoño intentó frenar la demanda de billetes y verificar la rifa del premio en la fecha anunciada: 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada. No pudo, se resignó a continuar la venta durante las Navidades. El sorteo tuvo lugar en el Colegio San José ante la mirada incrédula del obispo Aznar: hubo discurso de acción de gracias –escrito por don Manuel y recitado por el alumno Benjamín Miñana–, rifa de los premios, reparto de quinientas Oleografías, jolgorio... y balance.
Habíamos hablado, señor obispo, de cinco mil duros.
Resultado final: ocho mil duros. A poco más, el doble.

EL PARON de las obras de Valencia le dolía tanto a don Manuel que decidió hacerle una trampa al Señor Jesús, un piadoso chantaje. Quizá la única cosa capaz de acobardarle era la oposición de los sacerdotes, y desde luego aquel equipo de secretarios del cardenal Monescillo le había declarado guerra abierta. Mosén Sol comentará pasando los años:
   –En Valencia nos vimos asediados por los recelos de los que mas debieran habernos animado.
   Buscó remedio, a su estilo: improvisó una capilla en los terrenos del Colegio nuevo para celebrar la Eucaristía y colocar un sagrario. Así trasladó a Valencia la famosa «fiesta del Reservado» inventada por él en Tortosa:
   –En una modesta estancia del «huerto de las fresas» habíamos levantado el primer altar, mas la modestia de aquel lugar no consintió instalar allí a Jesús Sacramentado de un modo permanente... Ya lanzados a la empresa de levantar el edificio nuevo, invitamos a Jesús a que se dignara albergarse en la mejor estancia de nuestra casa, siquiera fuese provisional: en la fiesta de la Purificación de María, 2 de febrero de 1887, fue paseado por vez primera públicamente por los corredores que poco antes eran terreno solitario.
   La fiesta resultó conmovedora, los colegiales se habían comprometido «a ofrecer homenaje constante de reparación y de amor q Jesús Sacramentado».
   Pero mosén Sol le hizo además a Cristo un devoto chantaje, en el secreto de su corazón: aquí, en el Colegio nuevo, construirá no una capilla, sino una iglesia espléndida. Como es lógico, si ha de construir «una iglesia espléndida», será preciso reanudar las obras... El chantaje funcionó. Vinieron dineros y la construcción recuperó su ritmo: ¿cómo iba Jesús a dejar empantanada su iglesia? La fiesta del Reservado había desencadenado donativos «de personas invitadas, gratamente complacidas y admiradas del número de colegiales y del asombroso desarrollo de aquella obra tan combatida».
   Les sobraba razón para admirarse: repartidos entre «el huerto de las fresas» y la parte disponible del colegio nuevo, los chicos funcionaban de maravilla. Los curas de Valencia veían nacer «un estilo nuevo» de preparar sacerdotes. El curso 87–88, que comenzará normalmente, a primeros de octubre, don Manuel recibe 302 colegiales: los instaló entre el huerto, un ala del Colegio y algunas casas cercanas, que arrendó.
   No había motivo ninguno para justificar los recelos del equipo arzobispal contra don Manuel y sus operarios: Monescillo aprobó oficialmente la presencia de la Hermandad en Valencia. Eso sí, azuzado por los secretarios, impuso unas clausulas fastidiosas que pretendían atar estrechamente el Colegio San José al Seminario diocesano, evitando sobre todo «el establecimiento de cátedras en el Colegio»: les daba miedo el empuje del «mosén catalán», capaz de todo. Don Vicente Vidal pudo considerarse ya un operario total, sin reservas jurídicas.
¿Y Tortosa?
   Una gloria, el Colegio marcha a velas desplegadas. La inyección económica del «santo billete» aceleró la marcha de las obras. Con casi cuatrocientos colegiales, la diócesis gozaba la tranquilidad de ver asegurada la vida del Seminario: de los 14 nuevos sacerdotes ordenados por el obispo Aznar a finales de curso, 13 habían desarrollado su vocación a la sombra de mosén Sol. Don Manuel se confiaba a los colegiales:
   –Aquí en el Colegio nos faltan cosas, no tenemos las condiciones necesarias. Estamos como podemos. Vosotros comprendéis que se hace lo que se puede. No digo bien: se hace lo que no se puede hacer. Ya sabéis que no vivimos sino para vosotros. Pudimos tener otros más honrosos empleos, pero preferimos dejar nuestra carrera y nuestro porvenir por atender vuestro cuidado. Y con vosotros vivimos, y con vosotros soñamos y por vosotros echamos líneas y discurrimos medios.
Los chicos saben que son palabras de un padre, vaya si lo saben.

FUNCIONA en la Iglesia un sistema de transmisión que difunde las noticias de diócesis a diócesis cuando alguien pone en pie una empresa interesante: el sacerdote que ha visitado la ciudad vecina y cuenta impresiones a sus colegas de parroquia o –de catedral. Así ocurrió en Levante con los Colegios de San José estrenados por mosén Sol. Un cura y dos jesuitas explicaron a la clerecía de Murcia el Colegio valenciano. Le picó la curiosidad al párroco joven murciano de San Pedro, quien regresó haciéndose lenguas porque había visto la solución a la falta de seminaristas y escasez de sacerdotes padecida en Murcia. El rector del Seminario tomó cartas en el asunto y comenzó su relación epistolar con don Manuel: al obispo de la diócesis le ilusiona la idea de que los operarios vengan a establecer en Murcia un colegio, ¿quiere llegarse a visitarnos?
   Don Manuel quiso, faltaría más: a finales de mayo de 1888 viajó a Murcia en' compañía de don Vicente Vidal, experto ya en la materia. Saboreó el viaje:
   –Al recorrer con mis ojos desde el ferrocarril esta hermosa campiña y ver estos bellos bosques de palmeras, las doradas mieses que estaban a punto de ser recogidas, mi corazón se dilataba...
   Le pareció una tierra de promisión, como a los israelitas Palestina:
   –Mi emoción se acentuó cuando desde lejos me señalaron la elevada cúpula de vuestra elegante torre...
   Rezó con toda su alma por el colegio nuevo: no le importa aguantar dificultades, llega entrenado.
   Sin embargo, a pesar de la impresión idílica de don Manuel, la huerta de Murcia, orgullo de España, atraviesa por estos años del último tercio del siglo XIX un mal momento. Los ricos propietarios de la tierra se han ido a vivir a Madrid, o a Murcia, o a otras ciudades cómodas, pero siempre alejados de sus fincas. Los colonos, atados a la parcela, que han de soportar la fuerte renta del amo, apenas obtienen trabajando de sol a sol el sustento preciso para llevar adelante la familia. Presa de la incultura, la masa de labriegos murcianos ha abandonado sus tradicionales prácticas cristianas y se deja ganar por rivalidades que causan enfrentamientos, heridas y hasta muertes. Hay sobre la huerta un aire inmoral y espeso.
   Llegaría anochecido. Durmieron en una fonda. Al día siguiente, en seguida de la misa, fueron en búsqueda del rector.
   Don Francisco Belló, he aquí un cura digno de figurar en la lista de hombres buenos capaces de comprender a don Manuel. Les pidió noticias completas en torno a la Hermandad, los Colegios, el sistema de creación y de funcionamiento. Oyó a don Manuel con el corazón abierto: los operarios sólo necesitan un empréstito cuando inicien las obras, ellos buscarán por sí mismos ayuda para pagar los intereses y amortizar el capital.
   Don Francisco Belló tiene buen olfato, aquel enfoque le huele divinamente.
Los llevó a saludar al obispo, don Tomás Bryan Livermore.
   ¿Qué hace en Murcia un obispo con semejantes apellidos? Don Tomás había nacido en Málaga de familia irlandesa. Fue ingeniero, por la Escuela Central de París, y diplomático pontificio por la Academia de Nobles de Roma. Profesor del Seminario malagueño, lleva tres años de obispo en Murcia. Luchador, intelectual de fuste, bondadoso: un gentleman, según reclaman sus apellidos.
   El obispo Bryan agradece la venida de don Manuel a Murcia: confía que con el apoyo del rector Belló le pondrán en pie un «Colegio San José».
   Luego don Francisco Belló les guió a visitar el Seminario diocesano, les presentó profesores, alumnos, y a todos expresaba la alegría de tener en Murcia a los futuros fundadores del nuevo colegio sacerdotal.
   Aquella misma tarde comenzaron a inspeccionar edificios donde cupiera un primer lote de colegiales. Don Manuel piensa que conviene arrancar modestamente, pero arrancar: ya trazarán con más calma los proyectos del colegio de nueva planta. Cuatro días de callejeo les permitieron dar con la casa buscada: un viejo palacio de los condes Vinadel, donde estuvo instalada la Escuela Normal y ahora en abandono. Fijaron las cláusulas de alquiler en un duro diario. Cabrán de 30 a 40 muchachos. Eligieron entre los sacerdotes prestigiosos de Murcia una «Junta de protectores» para respaldo del proyecto; y redactaron un comunicado que informara a los párrocos y a toda la diócesis.
   El día 28 de mayo, llevaban cuatro días en Murcia y habían gastado media jornada en una escapada hasta Orihuela, se despidieron del obispo, a quien el rector Belló tenía bien informado. Estaba alegre don Tomás Bryan:
   –Doctor Sol, ¿cuántos alumnos llegará a tener nuestro Colegio?
–En pocos años, más de trescientos.
Sonrió su ilustrísima, le pareció un sueño:
–Tendríamos entonces que cantar trescientas aleluyas...
En la estación los abrazó don Francisco Belló:
   –Doctor Sol, rece usted mucho, no sea que el diablo dé a todo algún «rabatazo».
¿Le habría hablado don Manuel de «bañeta»?
   A 29 de julio, don Francisco Belló escribió a Tortosa con una noticia buena y otra mala. La buena, que habrá treinta peticiones de plazas para el nuevo curso. La mala: no encuentra ayuda económica, «quizá no iremos tan de prisa como en Tortosa y Valencia».
   Tranquilo, señor rector. Irán de prisa. Don Manuel prepara el equipo de Murcia: de momento enviará con don Vicente Vidal uno de los operarios jóvenes recién ingresado en la Hermandad, don José María Tormo: «Compren bancos, mesas, enseres de cocina.» Después, a primeros de octubre, irá el elegido para director, también operario nuevo, don Remigio Albiol.
   Todo a punto, los chicos ocuparon el caserón Vinadel y a 15 de octubre estrenaron la capilla con una misa en la cual el cáliz fue regalo del obispo Bryan.
Las pasaron canutas, desde luego, porque les faltaba casi todo.
Pero antes de acabar octubre, los señores de la «Junta protectora» enviaban este parte a don Manuel: «Muy satisfactoria la marcha del Colegio, son excelentes sus Operarios.»
   Déjeme anotar, amable lector, que la llegada de mosén Sol a Murcia coincide con las andanzas por la huerta de un jesuita luchador, muy querido para mí, el padre Francisco Tarín, a quien he llamado «león de Cristo». Es un misionero incansable que aprovechando el invento del ferrocarril recorre una media anual de siete mil kilómetros, lo suficiente para cruzar España de arriba abajo media docena de veces al año. De la primavera al otoño de 1888, Tarín monta en la huerta murciana una movilización de masas que robustezca la fe cristiana de los labriegos y dé testimonio público de nuestras creencias.

   España vive un período de paz aparente, con problemas sociales profundos que nadie afronta. Los orondos burgueses españoles no se enteran de nada, no perciben los latidos de esta fuerza que corre impetuosa por las venas del cuerpo social: ellos prosiguen sus turnos parlamentarios sin el más mínimo asomo de sensibilidad para los problemas laborales. En mayo de 1888 la reina regente lleva a Barcelona a su pequeñín Alfonso XIII para que inaugure la exposición universal. Las gentes parecen satisfechas, comentan el milagro que ha conseguido Edison al imprimir en cera la palabra humana. Romanones asegura que «fue aquél el momento de maximo esplendor de la regencia y del mando de Sagasta: la tranquilidad en el interior era completa; las fuerzas económicas de España resurgían; los enemigos del trono se declaraban vencidos: las huestes liberales y conservadoras constituían poderoso elemento de defensa». Ni Romanones ni Sagasta, ni las huestes conservadoras y ni las huestes liberales supieron que, mientras los festejos de la exposición, se desarrollaban en Barcelona los Congresos internacionales del Partido Socialista Español y de la Unión General de Trabajadores: son equipos todavía escasos, pero encierran en sus programas el futuro.

A MOSÉN SOL no hay quien lo pare. El año próximo comenzara la edificación del Colegio definitivo de Murcia, de nueva planta, y establecerá las bases para otro Colegio San José en Orihuela. Han ingresado algunos elementos nuevos en la patrulla mosén Sol, conocida en todo Levante como «Hermandad de los Josefinos», a causa de la confianza que dan al santo patriarca dedicándole todos los colegios. Son pocos, aún, los Operarios. Pero don Manuel los impulsa, los estruja. Esta es la consigna constantemente repetida por el.
   –Hay que lanzarse con empuje a tareas, apuros y compromisos de la gloria de Dios.
Ha comenzado la zarabanda de los colegios de España.


18


PROYECTO ROMA (1888–1890)



VOY A CONTARLES en un par de capítulos la increíble aventura de cómo se atrevió mosén Sol ¡con Roma! Si alguien hubiera profetizado semejante hazaña lo tendrían encerrado en el manicomio. La cosa fue que un curilla de Tortosa... Bueno, para nosotros, a estas alturas, ya don Manuel es quien es. Pero todavía su nombre resulta desconocido en el horizonte romano, donde campean los titanes de la vida religiosa y política. La cosa fue que un curilla de Tortosa resolvió una seria papeleta de la Iglesia española. ¿Qué papeleta?
Esta batalla romana da medida de la estatura de mosén Sol.
   Quisiera yo saber como entró en su magín tal inquietud. Don Manuel cumplió «honradamente» los estudios de teología, cuidó las clases en el Instituto, preparo con afán sus prédicas ... ; –pero no fue un intelectual, ni pensó en dedicarse a la enseñanza universitaria: le caía lejos, en Barcelona o Valencia, el territorio científico. ¿Cómo, pues, llego a descubrir la carencia principal del clero español?
   La imagen del siglo XIX va siendo redimida estos últimos años nuestros gracias a los trabajos de investigación histórica reciente. En conjunto, continuará siendo una centuria triste por múltiples razones, nuestro aislamiento sobre todo, la penosa resignación de un pueblo desposeído pieza a pieza de un imperio, y esas terribles rencillas internas entre castas sociales incapaces de respirar los aires de la Europa industrial. La vida religiosa sufrió de anemia cultural por la postura defensiva que nuestros prelados adoptaron frente al lote de ideas esparcido sobre el continente a raíz de la Revolución francesa. Así, contemplamos un desequilibrio notable entre las acciones pastorales de asistencia hospitalaria, caridad, vida sacramental, enseñanza primaria, y los niveles teológicos, culturales, del clero.
   Don Manuel no traía un esquema intelectual poderoso, pero sí poseía instinto, talento y sentido práctico. La creación de sus colegios San José y el cuidado paternal de los seminaristas le puso ante los ojos el nivel bajísimo de calidad científica de los seminarios. Comprendió que con malos profesores el alimento intelectual de los alumnos sería siempre de baja estofa, Es decir, si el y los Operarios cuidaban la formación espiritual de los chicos, había que conseguirles además verdaderos maestros en la clase. Sólo colocando buenos profesores en las cátedras de los seminarios sería posible elevar el mediocre nivel del clero.
   ¿Qué hacer? Roma, la solución estaba en Roma: llevar allá una docena de jóvenes seminaristas que se capacitasen a fondo y regresasen luego como fermento a los centros diocesanos. Tiene gracia don Manuel: escribe en sus apuntes, a principios de 1888, que «tuvo el instinto» de crear «un Colegio español en Roma para bien de España».
   Llama la atención cómo los obispos españoles llegaron a finales del siglo XIX sin afrontar ese problema. Era preciso instalar en Roma un colegio semejante a los que otras naciones poseen: viveros donde crecen robustos, en virtud y saber, sacerdotes que luego, repartidos por todas las naciones de la tierra, aseguran desde los puestos clave de la organización eclesiástica el apego a la persona del Papa y la devoción a su doctrina. Algunos de estos colegios son muy antiguos. San Ignacio de Loyola fundó uno para los alemanes y quiso que los colegiales vistieran sotana encarnada. Roma le debe a San Ignacio una de las más características pinceladas del paisaje ciudadano: la pareja de muchachos vestidos de rojo que, de repente, aparecían a la vuelta de cualquier esquina. Los murmuradores aseguran que temiendo el santo por la afición de los nuevos estudiantes al vino y a la cerveza, quiso denunciar su entrada en las tabernas con la estratagema de vestirles con traje llamativo. Es el caso que alemanes, ingleses, franceses, griegos, belgas, irlandeses, polacos y hasta los americanos del Norte y del Sur, todos los países disponían de un colegio junto a la casa del Papa. Los colegiales siguen el curso en las universidades romanas, preferentemente en la Pontificia Universidad Gregoriana, también puesta en marcha por San Ignacio hace cuatrocientos años. España no tenía colegio. Algún obispo trató de montarlo y fracasó.
   Ahora mosén Sol «ha tenido el instinto» de crear el colegio. Un curilla de Tortosa. .., ¡qué cosas, don Manuel!

ASI QUE LLEVA UN AÑO rumiando la idea secreta de fundar colegio en Roma. Pasadas las navidades del 88, viaja don Manuel de Tortosa a Valencia: sigue atentamente la marcha del Colegio, se ocupa de sus Operarios, impulsa las obras. Va a detenerse pocos días, piensa llegar cuanto antes a Murcia y después a Orihuela.
   El 1 de enero de 1889, a los tres años de nacida la Hermandad, ha reunido a sus operarios en Valencia. Pasan revista del camino recorrido y celebran la entrada de un hombre nuevo en la patrulla: Benjamín Miñana, conocido nuestro como jefe de la farándula que alegró los pueblos cuando la rifa del «santo billete», cumple veinticuatro años y esta a punto de cantar misa. Don Manuel estima mucho las cualidades de su nuevo Operario.
   En las charlas de la fiesta estalla la gran sorpresa: quiere don Manuel crear en Roma un Colegio San José «para que jóvenes eclesiásticos españoles cursen estudios en los grandes centros de enseñanza». Los dejó turulatos. Les pide un año de reflexión y oraciones: promete que el 1 de enero de 1890 hablarán del asunto.
Ahora, Murcia y Orihuela.
   A mediados de enero de 1888 le tuvieron preparado en Murcia un empréstito de diez mil duros para acometer la construcción del edificio definitivo. Escogió solar en las afueras. Mediado febrero, volvió otra vez, ya escoltado por su maestro de obras, Vicente Benet, con un proyecto bajo el brazo: al obispo le gustó. Capacidad, trescientos colegiales. El obispo tendrá que cantar los trescientos aleluyas prometidos. Hubo zancadillas y las trampas habituales, caídas esta vez sobre la cabeza del buen rector don Francisco Belló; pero también supieron en Murcia que «el doctor Sol», tan bondadoso, tan suave, era imparable.
   De Orihuela reclamaron su presencia: hay un canónigo, hermano de don Francisco, el rector murciano, don Ramón Belló, dispuesto a comprar una casa ruinosa que fue convento de trinitarios. Aprovechando la presencia del maestro Benet, don Manuel visitó Orihuela a mediados de febrero. A Benet le cayó bien la casa, y trazó los planos de restauración. El obispo promete respaldar a don Ramón, quien se ofrece a sostener el tipo cuanto sea preciso.
   Así que la primera mitad del año 1889 don Manuel la pasa bajando y subiendo de Tortosa, por Valencia, a Murcia y Orihuela. Merece alguna compasión: remata este año su gimnasio y su Colegio San José de Tortosa, el colegio de Valencia más los de Murcia y Orihuela. Con –razón se lamentan sus monjas de los tres amados conventos de clausura: mosén Sol no se resigna al sacrificio de abandonarlas, pero le falta tiempo...
   En agosto estaba lista la reforma de la casa en Orihuela: presentó los papeles ofíciales al registro del Obispado y nombró director al jovencísimo don Benjamín Miñana. Le pone al colegio una retaguardia de sacerdotes y familias comprometidos a favor de las vocaciones. A finales de septiembre llegó don Manuel para inaugurar el curso: cuarenta y cinco colegiales. El edificio quedaba pobretón, pero el aliento superaba cualquier dificultad. Ya don Benjamín ha echado el ojo a terrenos que comprar, donde podrá lucirse el maestro Benet.
   En Murcia, el curso marcha magnífico, tanto que hacia octubre habrán de alquilar una –casa para dormitorio de los colegiales sobrantes del palacio Vinadell. Por fin, en el mismo mes de octubre, completan las gestiones de compra del solar, ancho, prometedor, y en presencia. de la flor y nata local ponen la primera piedra. Piensa don Manuel que la zarabanda de los colegios aconseja trazar, con el maestro Benet, un «proyecto base» apto para otras ciudades, una especie de «colegio, modelo».

LE URGE AUMENTAR LA PATRULLA: este año sólo son doce Operarios, «pequeña grey para la presunción que tenemos de conquistar el mundo», escribe don Manuel a sus monjas instándoles que recen a favor suyo.
   Con tan pocos Operarios trabajan ya por varias docenas: alcanzan resonancia en el ámbito nacional. El obispo Aznar está orgulloso de la expansión que la «obra tortosina» consigue y le conmueven los elogios. El famoso polemista Sardá y Salvany, autor del alegato integrista «El liberalismo es pecado», dedica en su Revista popular una serie de artículos a «esta obra que, después de haber permanecido durante un largo período con carácter de diocesana en los límites y jurisdicción de Tortosa, ha empezado a extenderse ... ». La Revista popular entraba en ambientes reaccionarios y progresistas: unos la leían con fervor, otros con odio, pero la leían todos. Varios boletines diocesanos copiaron los artículos de Sardá, no quedó cura ni obispo sin enterarse de que «alguien» trabaja a favor de las vocaciones. También Adolfo Claravana elogió a los Operarios desde Orihuela: fascinado por la simpatía de don –Benjamín Miñana, lo llamó «el gitanillo meloso», y predijo que los seminarios españoles reclamarían a corto plazo patrullas de mosén Sol.
   Este trajín «nacional» no impide que don Manuel cuide y desarrolle las «cosillas» que tiene sembradas Por pueblos y ciudades de la comarca tortosina. A nada suyo le faltaba cariño. Anotemos como ejemplo su «mimada San Mateo». Ha conseguido que las chicas, «sus chicas», pongan en marcha una «Escuela dominical» que ofrece a las jóvenes del pueblo programas de formación, rezos y diversiones más allá de irse a «fe l'ase» (hacer el asno) por las murallas, lo cual había constituido el entretenimiento único de la juventud local. Este hombre lleva «planes universales» en la cabeza porque la zarabanda de los colegios le impulsará a patear toda España, y después de Roma «sentirá instinto» de mandar Operarios a América, quién sabe; pero a sus niñas de San Mateo las sigue cuidando como un tesoro, las visita, las conoce una a una, les escribe, se ocupa de las mesas y bancos para el local de la Escuela: «No sé por qué os intimida la cuestión del dinero», anima a la joven que ha elegido para directora. Trescientas chicas llegaron a inscribirse en la Escuela. A las responsables, mosén Sol las llamo «su noviciado de San Mateo», y de hecho varias acabaron en los conventos de Tortosa.

COMO SIN SENTIR, llegó el 1 de enero de 1890. Reunió don Manuel su patrulla en el Colegio San José de Valencia, cuatro años de Hermandad. Pocos y a todo gas. Repasan la situación de sus «plazas»: Tortosa, Valencia, Murcia, Orihuela. Circula por la costa un nuevo latigazo del cólera que puede amargar el año. Casi peor que la amenaza del cólera son los curas del clan arzobispal Monescillo, quienes según ven crecer el Colegio San José arden en deseos de echarle mano y quedarse con él atándolo al seminario y dejando a los Operarios en tareas puramente administrativas. ¡Hace falta cara! Don Manuel juega con la baza «Vicente Vidal», valenciano y muy querido del clero. En un alegato al secretario de cámara de la diócesis recuerda que las bases de la fundación «ponen los colegiales sujetos al seminario sólo en la parte relativa a la enseñanza, pero la formación moral y religiosa corresponde a los Operarios». Consigue nombramiento oficial de «director del colegio» a favor de don Vicente Vidal.
   Las obras de Murcia avanzan. En Orihuela los alumnos van a más, casi un centenar, y los dineros a menos: las reservas económicas para el año alcanzan la cifra de ¡trescientos duros!
   Discutidos los informes sobre Tortosa, Valencia, Murcia y Orihuela, aborda don Manuel su «proyecto Roma». el gran tema que tiene impacientes a los Operarios.
Les cuenta que no ha perdido el año.
   Primero repite ideas que sirven de base a la existencia misma de la Hermandad: la vida cristiana en España está amenazada por la escasez y por la mediocridad de los sacerdotes. Don Manuel ve claro que Ja formación del clero es la llave de la cosecha en todos los campos de la gloria de Dios». Los Operarios cuidan amorosamente el aspecto moral y espiritual de los seminaristas acogidos a sus Colegios San José. Pero han de enviarlos a clase a los seminarios, donde reciben la formación intelectual: humanidades, filosofía, teología, Sagrada Escritura, derecho, historia, ciencias, todo el lote de pensamiento depende de aquellos profesores... desgraciadamente flojos, mediocres o malos. El organismo docente de la Iglesia española lleva casi un siglo hundido en la atonía, se ha dejado comer el terreno por la mentalidad liberal, que rechaza a las sacristías los planteamientos religiosos. Del seminario salen promociones sacerdotales incultas, divididas en disensiones estúpidas de carácter político. Esta carcoma intelectual acaba secando las fuentes de la espiritualidad y hace a los sacerdotes toscos, ramplones.
    ¿Cuál es la solución?, pregunta don Manuel a sus Operarios. Y él mismo responde: profesores; hay que capacitar maestros bien equipados para los seminarios de España. ¿Cómo? ¿Dónde? En Roma. Urge abrir allá un colegio. Llevarán seminaristas escogidos de toda España para formarlos en las aulas de las universidades pontificias. «Del colegio de Roma –concluye don Manuel– han de salir los apóstoles de las diócesis españolas.»
   Le oían embobados. ¿Por dónde comenzar? ¿Cómo irán a Roma?
   Don Manuel les informa que los dos últimos papas, Pío IX y León XIII, han sugerido a los obispos españoles la conveniencia de instalar en Roma un centro eclesiástico español. Algún prelado intentó la idea sin éxito. Las revistas religiosas dirigidas por Carbonero –La Cruz– y por Miguel Sánchez –El consultor de los párrocos– procuraron estimular los intentos: «En tiempos de lucha como los presentes –escribía León Carbonero– se necesitan grandes hombres. Roma es la escuela.» Que no dependa del Gobierno, avisaba Miguel Sánchez. «Debe hallarse bajo la inmediata vigilancia de Su Santidad y de los obispos.» En 1882, Calvo y Valero, primero obispo de Santander y luego de Cádiz, se atrevió. Envió nueve de sus seminaristas a Roma bajo la dirección de un canónigo y los hospedó en una casa con el flamante título de «Colegio Hispánico». A los dos años puso el grupo en manos de los padres claretianos, que trasladaron la residencia a su nueva «procura» de Vía Giulia. Acudían los chicos a clase en el seminario romano. Pero ningún otro prelado, fuera del de Vich, que mandó un alumno de su diócesis, prestaba atención al flamante «Colegio Hispánico». El obispo Calvo les preguntaba por qué. Respondían algunos que su propio seminario les satisfacía; otros, que al volver de Roma, «los curiñas regresarían llenos de ínfulas y serían ambiciosos»; no faltó quien viera peligros «en el espíritu italiano», que les haría perder «el vigor sacerdotal español». A don Manuel estas razones le parecían insustanciales; él pensaba que el desinterés nacía de la maldita pereza: «Estamos estacionados, no tenemos el espíritu de ambición sana y de propaganda de nuestros antiguos; estamos aterrados a lo que vemos, como sí fuera lo mejor, sin cuidar del movimiento que pueda observarse en otras partes, y esto lo mismo en arquitectura que en comercio que en literatura.»
   Un diagnóstico perfecto. Lo que maravilla es que un buen cura de Tortosa proyecte sacudirle la apatía a la Iglesia española. Los Operarios le oían en Valencia y no dudaron: don Manuel abrirá el Colegio en Roma. Les dijo:
   –Una obra como la fundación del Colegio no se puede hacer en un día ni la puede realizar una persona sola por prestigiosa y culta que sea. Necesita el respaldo de una institución que le de continuidad y eficacia por encima de cambios y contingencias personales.
Los Operarios, unánimes: ¡Adelante; a Roma, don Manuel!

¿SABEN COMO ARRANCO DON MANUEL? Escribiendo a Roma para que le dijeran el precio de las legumbres, la carne, la leche... Si lleva chicos, les tendrá que dar de comer, ¿no? Y los alquileres, a ver una casita pequeña o un par de pisos en cuánto le saldrían. Es un hombre práctico, un tipo familiar. Tiene un amigo cura capellán en la iglesia nacional de Montserrat, de Roma, don Francisco Medina. Con él comienza una correspondencia de madre buena deseosa de saberlo todo.
   A mitad de marzo de 1890, ya mosén Sol ha reunido datos sobre colegios extranjeros, universidades pontificias, numero de colegiales del Pío Latino Americano, profesores de la Gregoriana. Necesita consultar con Sanz y Forés: al buen don Benito le han ascendido a la sede arzobispal de Sevilla, cualquier día lo hacen cardenal, Se encontraron en Valencia. Sanz y Forés la goza con cada «invento» de su admirado mosén Sol. Este último proyecto le encanta, aunque lo ve arduo. ¿Podrá don Manuel?
   En seguida quiso informar a su obispo de Tortosa. Aznar no gana para sustos. Así que ahora a Roma; casi nada, Roma...
   Don Manuel adivinó una pizca de sorna en sus papeles. Anota: «El obispo no lo desaprobó.» Vaya, menos mal. Un excelente consejo sí le da: vaya a consultar con el obispo de Murcia, antiguo colegial de la Academia de Nobles Pontificios. Claro, pensó don Manuel: don Tomás de los apellidos irlandeses.
   A mitad de mayo estaba en Murcia dialogando con don Tomas Bryan y Livermoore, quien consideró magnífica la idea. Pero no del obispo, sino del secretario del obispo, recibió don Manuel en Murcia un dato impagable. Le comentaba don Manuel al secretario la razón de su visita mientras aguardaban en la antesala. Y el secretario le contó, por pasar el rato, una conversación oída en Roma por él. Un día el padre Antonio Martín, –superior general de los Trinitarios Calzados, rogaba en su habitación a varios obispos españoles «que enviaran jóvenes a estudiar a Roma; él cedería su magnífico convento», destinado a revertir al Gobierno italiano si antes de morir el padre Martín no le daban los españoles un destino cultural.
   Don Manuel casi se desmaya oyendo aquel relato. De modo que hay en Roma un local dispuesto a acoger estudiantes españoles... Le faltó tiempo para investigar quién era el padre Martín, por qué a su muerte perdía España su convento, cómo funcionan los Trinitarios Calzados. De sólo pensar en la oferta generosa del fraile trinitario, le nació en su corazón un borbotón de simpatía hacia «el santo viejo» aún desconocido.
   Consiguió aclarar los datos. El padre Antonio Martín era el último anciano resto de la congregación de Trinitarios Calzados españoles. Conservaba título de «padre general», habitando un espacioso convento situado en la céntrica y elegante Vía Condotti del cogollo romano a los pies de la maravillosa escalinata de Trinitá del Monti. Los súbditos del padre Martín recogidos en el convento eran un puñadito, tres o cuatro, y ancianos. Toda Roma sabe que al morir el padre Martín la congregación desaparece. El pobre viejo anda tan cascado, que si don Manuel quiere negociar con él deberá darse prisa, no se le muera. Ha cumplido ochenta y cuatro años, de aquellos tiempos...
. Sólo un extremo le queda oscuro a don Manuel: cuál es el intríngulis jurídico por el cual si muere el padre Martín sin dar uso cultural o religioso al convento pasará el edificio a propiedad de uno de los dos Gobiernos: el español o el italiano, pues ambos defienden su derecho.
   Don Manuel redacta cuidadosamente una carta dirigida al padre Martín con recomendación expresa del obispo Aznar. Sale hacia Roma el 10 de junio de 1890. «Muy reverendo padre y señor mío ... » Le cuenta la Hermandad, los Colegios, el propósito de abrir uno en Roma, las noticias recibidas en el palacio episcopal de Murcia sobre la oferta preciosa del convento trinitario: «Con sumo placer y confianza nos dirigimos a V. R. para que nos diga si por parte de VV. habría inconveniente en cedernos parte del local del edificio que ocupan y con las obligaciones por nuestra parte para el sostenimiento y reparaciones convenientes del mismo que VV. creyeran necesarias. Y en ese caso, decirnos también qué participación y derechos tiene el Gobierno español en el edificio y qué es lo que procedería hacer en este sentido o si habría medios de prescindir de esta injerencia del Gobierno, a ser posible. Si Jesús quiere allanarnos el camino de nuestros deseos por conducto de VV., abrigo la confianza de que la compañía de nuestros Operarios y de nuestros colegiales en lugar de serles molesta llegaría hasta serles grata.»
   A esperar la respuesta. Don Manuel vigila cada día el correo con la impaciencia de una novia que aguarda carta del novio. Mientras, empleo el tiempo explicando a unos cuantos obispos su proyecto. Sanz y Forés le ofreció desde Sevilla cartas de recomendación cuando saliera hacia Roma, una para el cardenal Rampolla, secretario de Estado de León XIII, y otra para monseñor Della Chiesa, sustituto de la Secretaría: los dos personajes más próximos al Papa. El obispo de Lérida, Meseguer y Costa, le comenta su proyecto: «Basta que sea de usted, lo considero inspiración del Corazón de Jesus; porque, desde la audaz acometida de levantar el colegio de Tortosa al día siguiente de la revolución, le he considerado a usted como un hombre de tino y en inteligencia con Dios. Pero crea usted que el colegio romano tiene serias dificultades... Sin embargo, si meditándolo bien y viendo que otros lo aceptan, se me abre camino, no tengo inconveniente.»
   Al viejecito romano le cuesta escribir, ya se ve; tarda su respuesta. Por fin, el 28 de julio llegaron a Tortosa dos misivas del padre Martín: una dirigida al obispo y la otra a don Manuel. Seguro que don Manuel abrió la suya de rodillas: «Lo mismo que digo al señor obispo en esta fecha, repito a usted: que el triste estado de mi salud no me ha permitido contestar a su atenta carta del 9 de junio. Indico también al señor obispo que cedería con gusto el convento al colegio que usted tan dignamente dirige, manifestando otros pormenores que S. E. I. podrá comunicar a usted. Para no repetir una misma cosa, me limitaré a decir a usted en la presente carta, para contestar a su pregunta, que el Gobierno de España no tiene otra participación o derecho en el convento que el de protección contra cualquier ataque del Gobierno italiano, pues fue construido todo él con capital de la orden según consta en documentos fehacientes que obran en mi poder. El convento, de construcción solidísima, como no se fabrica en el día, se encuentra en buenísimo estado y no necesita reparación. Se construyó desde un principio para convento y continúa en buena disposición para servir de colegio, pues sólo en los apartamentos que se alquilan se han hecho poquísimas variaciones. Todo lo demás que pudiese decir a usted se lo hago presente al señor obispo, y me dispensará si no me extiendo más.»
   Corrió don Manuel a ver al obispo. Aznar estaba impresionado, no creyó al recomendar la carta de mosén Sol que alcanzara semejante valor el convento del padre Martín, quien le dice: Por lo bajo, valdrá seis millones de reales, unos mil doscientos millones de pesetas de las nuestras, caray. Desde luego, era tasación corta, porque se trata de un edificio hermoso en el centro de Roma, iglesia magnífica, biblioteca de seis mil volúmenes, tres plantas. Las condiciones del padre Martín parecían razonables: asegurar pacíficamente los últimos años de sus últimos frailes.
   «Una vez otorgada la escritura pública de transmisión de dominio y constituido el colegio español en dueño perfecto del convento, etc., quedaríamos nosotros sin ningún medio de subsistencia en los últimos años de nuestra vida, y para evitarlo se hace necesario que el nuevo ente moral se obligue, en la misma escritura pública y transmisión de dominio, a pagar una suma anual, que se fijará de común acuerdo, a los frailes que vivimos en la actualidad. Podría suceder que en el primero o dos primeros años, el colegio español deba hacer algún pequeño sacrificio Para completar aquella suma anual por tener que ocupar alguno de los departamentos arrendados; pero si se tiene en cuenta que los cinco frailes que componemos hoy la comunidad, yo tengo ochenta y cuatro años, que el padre Güell está proximo a los ochenta, con varios sufrimientos, entre ellos uno orgánico, que puede concluir con él cuando menos se piense; que el padre Forgas ha debido ir a España con su familia por haberse iniciado otro padecimiento muy peligroso, y, finalmente, que los otros restantes, un sacerdote y un lego, cuentan ya cerca de setenta años; si se tiene en cuenta todo esto, es muy probable que vaya decreciendo año por año la suma anual o que pronto desaparezca completamente.»
   El edificio tenía varias zonas alquiladas: uno de los dos pisos quedaría libre porque los inquilinos se iban, de modo que podrían instalar en el los primeros alumnos. Martín le recuerda al obispo: estoy viejo, «muerto yo, el Gobierno español y el Gobierno italiano crearían no pocos obstáculos», –así que vengan cuanto antes a tratar conmigo. El obispo y don Manuel se miraron: a Roma... Aznar pregunta:
–¿Cuándo puede marchar, doctor Sol?

HAY COLERA EN LEVANTE. Un ramalazo menos feroz, pero a don Manuel le preocupa irse mientras dure la peste. Ha dedicado un ala del Colegio San José a comedor para trescientos necesitados que llegan desde los pueblos a buscar en Tortosa medicinas y pan.
   Quiere, además, informar al nuncio de Su Santidad en Madrid por si necesita su ayuda. Redacta un informe y lo envía a la Nunciatura. Para evitar que se impaciente el padre Martín, le telegrafía rogándole disculpe un pequeño retraso a causa de la situación sanitaria de España. Un secretario del nuncio, monseñor Vico, le contesta desde Madrid, envía una noticia «fatal»: deje de pensar en el edificio Condotti, porque le echa mano el Gobierno italiano. Don Manuel sube al tren y marcha a Madrid. De palabra, monseñor Vico se mostró menos pesimista, dudaba si la presión sobre Condotti venía del Gobierno italiano o del Gobierno español; en todo caso, los frailes agustinos y los padres claretianos, que andaban en tratos con el padre Martín para comprar la casa, habían desistido.
   Don Manuel siempre halla en cada negociación una persona que le abra las puertas y lo respalde. Esta vez es un clérigo madrileño importante, Sanahuja, quien lo escolta. En el Ministerio del Estado, Asuntos Exteriores hoy, les aseguran el propósito del Gobierno español: no dejarán que los italianos se queden con el edificio Condotti. Sanahuja le proporciona dos contactos preciosos: uno con la condesa de Benomar, cuyo marido está nombrado embajador de España ante el Quirinal y todavía no tomo posesión, y el otro con la familia del marqués de Pidal, recién viajado a tomar posesión de la embajada española ante la Santa Sede. Por si fuera poco, el nuncio le anima: escribirá al cardenal Rampolla.
¿Qué mas?
A Roma, don Manuel.


19


AQUEL AÑO TERRIBLE, DON MANUEL ENCONTRO EN ROMA SU «SAN RAFAEL DEL COLEGIO» (1890)



ROMA ejerció sobre don Manuel esa fascinación misteriosa que ata a los viajeros cuando la miran como sede donde quiso Jesucristo colocar la piedra fundamental de la Iglesia. Pero mosén Sol venía esta vez con un propósito decidido, concreto: firmar el acuerdo que le permitiera establecer un «Colegio San José» para seminaristas españoles en el convento de Via Condotti, del padre Martín.
   Por eso él no gustó en este viaje de los encantos poéticos de Roma; lo que hizo fue subir y bajar escaleras. Dios bendito, ¡cuántas escaleras le obligaron a subir antes de darle permiso para que trajera sus chicos a estudiar junto a la casa del Papa! Estuvieron a punto de volverle loco. Seguro que si mosén Sol no hubiera tenido esa contextura vital robusta, sana, propia de los hijos de labriego, hubiese enloquecido con los sufrimientos que Roma le causó desde 18,90 a 1893, en estos breves capítulos de nuestro reportaje. La burocracia, los intereses ocultos, las sutilezas de compromisos a media voz, todo fue como una red en cuyos hilos don Manuel estaba preso y que definió con una de sus palabras certeras:
   –En la Ciudad Eterna las cosas se hacen eternas: todo son diplomacias, menos el Papa.
   Vamos a seguir su calvario romano, que gradas a Dios acabará en triunfo.
   Al principio tomó las cosas con el buen humor suyo de siempre. Lo dijo recién llegado a Roma en carta a una de sus monjas después de ir al despacho del cardenal Rampolla, secretario de Estado, la máxima autoridad entre los colaboradores de León XIII:
   –Hemos tenido que subir trescientos dieciocho escalones, ciento cuatro más de los que hay en el Miquelet de Valencia.
   Al pobre don Manuel le acompañaba don Vicente Vidal. El nuncio de Madrid les había pedido que por favor llevaran de parte suya «unos libros» para el cardenal Rampolla. Fueron «muchos libros», y gordos. Les pesaban por la escalera vaticana. Apenas podían con ellos. Pero a don Manuel no le asustaban ni el peso, ni las escaleras, ni sacrificio alguno. El cardenal los acogió sonriente, y esto le bastó. Escribía a su monja:
–Rampolla nos ha recibido muy bien.

HABIAN SALIDO DE MADRID, anotemos la fecha, el 30 de septiembre de 1890 a medianoche. Escogió don Manuel por acompañante a don Vicente Vidal, que le pareció el más «intelectual» de sus Operarios para ir a entenderse con monseñores, profesores y altos jerarcas. En el tren cansino de la época llegaron a Roma el 4 de octubre a mediodía. El padre Martín, que les había reservado habitación en una fonda «muy limpia y lujosa», cerquita de Via Condotti, los citó para una primera reunión al día siguiente, 5 de octubre.
   El primer encuentro rodó preciosamente, a don Manuel aquel viejecito le caía de perlas. Martín les contó sus quebrantos, la desolación de la orden Trinitaria Calzada, cuántos novios habían salido a su convento, los chascos que se había llevado, las condiciones necesarias para asegurarse él y sus frailecicos una vejez tranquila, los intentos del Gobierno italiano,– que procuraba echarle mano a la casa. Quedaron en verse otra vez al día siguiente con asistencia de un abogado y del señor Sevilla, especie de agente personal del padre Martín. Fijarían los aspectos legales del acuerdo sorteando las pretensiones del Gobierno italiano.
   Esta fue la tónica de las conversaciones iniciales. Pasaron varios días de charla intensa. El «sistema de pensión vitalicia» propuesta por el padre Martín pareció razonable a don Manuel: «Los Operarios pasarían una pensión anual a los cinco religiosos trinitarios ancianos que quedaban, alguno de ellos en España, cantidad que se amortizaría por quintas partes a medida que dichos religiosos fuesen falleciendo.» El abogado encargó a don Manuel consiguiera la aprobación del Gobierno italiano por medio de las influencias del nuevo embajador de España ante el Quirinal, conde Benomar, a punto de tomar posesión.
    Por los mentideros confidenciales de la colonia española circuló rápidamente la noticia: han venido de España dos curas que se van a quedar el convento del padre Martín. Frailes y monjas interesados en la preciosa casa de Via Condotti preguntaron al señor Sevilla, el agente de confianza del padre Martín, quien vio la oportunidad de recibir proposiciones ventajosas. Y el asunto comenzó a oscurecerse. Don Manuel anotó en sus papeles:
    –Aparecen dudas y temores... Reservas. Más dudas y temores. El señor Sevilla...
    El señor Sevilla les dará hilo que torcer. Porque al padre Martín le falla el cerebro, Sevilla lo maneja.
    Un primer truco halló Sevilla para retrasar el acuerdo: hizo que Martín pidiera a don Manuel recomendaciones de los obispos de España para incluirlas en el informe a la Santa Sede y además que respaldara el compromiso vitalicio a favor de los cinco frailes viejecitos con una hipoteca sobre los edificios de la Hermandad en España, los colegios de Tortosa, Valencia, Murcia y Orihuela.
   Si don Manuel hubiera conocido estas pretensiones antes de salir de Madrid estarían resueltas, pero ahora desde –Roma tendrá que ponerse a escribir cartas y cartas, tramitar a distancia los poderes legales, molestar amigos. Una lata. Y días largos inactivo en Roma. Le gusta entrar con don Vicente Vidal a consumir ratos silencioso en algunos templos, sobre todo en la iglesita de San Claudio, cerquita de Correos, donde hay exposición permanente de Jesús sacramentado. Lo malo es que no pueden ocultarse a la mirada curiosa de los españoles: «Mira, son los curas que negocian con el padre Martín.» Dos o tres institutos religiosos han reanudado conversaciones para conseguir el apoyo del señor Sevilla y comprar el convento. Don Manuel se entera. Incluso unas monjas inglesas muy amigas de la reina regente, doña María Cristina, han echado el ojo al edificio y consiguen el beneplácito de Su Majestad para que la Embajada intervenga a su favor. Así nace, por un lado, cierta desconfianza de Benomar hacia don Manuel, ya que el embajador no quiere desatender las indicaciones de sus jefes del Ministerio de Estado, y por otro, el padre Martín nada en lisonjas... Pobre don Manuel. He aquí notas de sus papeles de estos días:
   –No son para escritas ni se podrían comprender las fatigas y disgustos de aquel mes de octubre... Visitas enojosas, sobre todo a la Embajada del Quirinal, alarmas y pretensiones sobre el edificio, dilaciones de los atestados esperados de España, habladurías y aun calumnias propaladas sobre las intenciones de los Operarios, desconfianzas por esto mismo en algunas altas esferas eclesiásticas...
   Para don Manuel es fundamental que no se le tuerzan las relaciones con el Vaticano. Cuenta con la recomendación del nuncio al cardenal Rampolla y con el interés de un joven monseñor, Santiago Della Chiesa. A estas horas nadie puede adivinar que el «joven monseñor» Della Chiesa llegará a Papa con el nombre de Benedicto XV.
   La Secretaría de Estado vive ya una docena de años bajo la mano robusta del cardenal Mariano Rampolla, ejecutor de la política de León XIII en la segunda parte de su pontificado. Rampolla del Tíndaro nadó a mitad del siglo XIX de noble familia siciliana. Hombre de peso específico nada vulgar, destacó entre los jóvenes monseñores de la curia y fue enviado como consejero a la Nunciatura de Madrid. Vuelto a Roma, trabajó los asuntos de la Iglesia oriental. En 1882, la inestable política española planteó una cuestión delicada: el nuncio Bianchi mostraba simpatía por los carlistas, y el Gobierno de Alfonso XII le retiró su confianza. León XIII buscó un hombre capaz de abrirse paso en la maraña del Madrid de entonces, y eligió a monseñor Rampolla, consagrado arzobispo el 8 de diciembre de aquel año. Rampolla pidió al Papa le concediese llevarse a Madrid, como secretario particular, un joven sacerdote de cuerpo breve y grandes cualidades que poco atrás le había sido presentado por el rector del seminario Capránica. Por entonces la Nunciatura de Madrid no incluía ese cargo en la plantilla de personal, pero el Papa consintió. Se trataba de monseñor Santiago Della Chiesa, nacido de marqueses genoveses en 1854, doctorado en la Universidad de Génova y en la Gregoriana de Roma. Rampolla y Della Chiesa salen juntos camino de Madrid. A partir de ese momento constituirían en la diplomacia vaticana una unidad. Rampolla, solemne, macizo, de mente y corazón vigoroso, será mirado como maestro y amigo por Della Chiesa, menudo, de apariencia canija y casi insignificante, pero agudísimo y claro de inteligencia. En España se emplean a fondo en doble dirección: la que les compete como representantes del Vaticano y la que a ambos les impone su vocación sacerdotal ferviente. Trabajan por la unión de los católicos, estudian juntos problemas de política internacional, acuden caritativos a socorrer las víctimas del cólera, ganan cariño y respeto.
   En la primavera de 1887, León XIII crea cardenal a Rampolla del Tíndaro y le entrega la secretaría vacante por la muerte del cardenal Jacobini. Al lado de su maestro y amigo, Della Chiesa sube uno a uno los escalones del escalafón pontificio. Años de confidencias que le convierten en el depositario de los temores y esperanzas de Rampolla. Un sentido jurídico escrupuloso y una memoria desconcertante dan a Della Chiesa relieve de primer plano en la curia. Le llaman el piccoletto, pero le citan con estima. Rampolla no sabría prescindir de él. En abril de 1901 le nombra sustituto de la secretaría. El Papa aprecia las cualidades de monseñor Della Chiesa y piensa consagrarle arzobispo de Génova. Rampolla suplica a León XIII lo deje a su lado.
   Monseñor Della Chiesa sigue desde la Secretaría de Estado los asuntos de España. El proyecto romano de don Manuel le interesa mucho: sabe cuánto podrá influir en favor del nivel intelectual del clero capacitar profesores para los seminarios. Ha dicho a don Manuel que cuente con su apoyo. Le parará los golpes políticos de la Embajada del Quirinal.
   El amigo Sanahuja avisa desde Madrid a don Manuel que a fines de octubre llegará a Roma el marqués de Pidal, embajador nuevo ante Ya Santa Sede. Va predispuesto a favor de los Operarios.
   Lo malo es que también a Pidal le impresionará pronto el interés de Su Majestad la reina por las monjitas inglesas, que mira por dónde se han encariñado con el edificio de Via Condotti. El curilla de Tortosa tendrá que hacer frente a «las cortes europeas», pues desde Londres la casa real insta cariñosamente a «su prima» la reina de España...

QUIERO COPIAR una carta de mosén Sol a sus monjas de Tortosa. Les cuenta deliciosamente los trajines de Roma. Asómbrense mis buenas enclaustradas, de cómo callejean aquí sus compañeras, parece decirles.
   «Estamos visitando embajadas y gente gorda, que para un pobre confesor de monjas toda la vida es la penitencia mayor. No es solo regañar a monjas, sino andar muy estirados y graves para que nos tengan por personas importantes, ya que no lo seamos. Después de los primeros días, que tuvimos mucha ocupación y mucho que hablar y mucho que escribir, estamos ahora aguardando resultados y casi sin hacer nada... Esto es una Babilonia de carruajes y lujos y vanidades, que no se puede transitar por las calles. Y de todas estas cuatrocientas mil almas, la mayor parte no poseen el amor de Dios, ni le conocen, y éste es un pensamiento que, a mas de excitarnos al agradecimiento, nos debe mover a pedir de continuo por estas almas. Por otra parte, desde el año 70 hay un cambio radical. Hoy se ven ya iglesias protestantes en la misma capital del orbe católico y muchos edificios religiosos han sido arrebatados. Por lo demás, no faltan aquí almas buenas, y los institutos religiosos van con libertad y sin ser insultados por estas calles, y se ven continuamente sacerdotes y religiosos de todas las partes del mundo, y bandadas de religiosas, que es lo que menos me gusta, aunque van con bastante compostura. Nuestros asuntos, en calma. A ver si las oraciones de ustedes los impulsan y podemos volver pronto sanos y salvos. Con que hagan todas la bondad de estar buenas y cuidarse.»
   Las cartas de mosén Sol a España solicitando recomendaciones episcopales para el «proyecto Roma» surten efecto. Del 19 al 25 de octubre llegan informes de Sevilla (naturalmente, Sanz y Forés), Lérida, Murcia, Orihuela, Burgos, Toledo, Tortosa (gracias, señor Aznar), Mallorca, Teruel, Tarragona (imagínense, Vilamitjana). Cabalmente, desde Tarragona el amigo Corominas, brazo derecho de Vilamitjana, explica a su amigo don Manuel las reacciones de los obispos españoles. Algunos, con el padre Cámara, obispo de aquella ciudad, quieren colocar en Salamanca la sede intelectual de los seminarios; otros prefieren centros regionales por cada zona de España; no faltan quienes desconfían de Roma con la experiencia fracasada del «Colegio Hispánico» del obispo de Cádiz; todos piensan que fallará esa bicoca de Via Condotti...
   Don Manuel cerró el mes de octubre en un clima de abatimiento:
   –Visita al padre Martín –anota el día 30–. Los del padre Claret quieren el convento, noticias alarmantes.
Y el día 31:
   –Visita al embajador Benomar, fatales nuevas. Tarde agitada con el señor Sevilla.
El 1 de noviembre:
   –Al padre Martín le ha visitado el agregado de la Embajada de España ante el Vaticano y al señor Sevilla los claretianos. Temo hagan atmósfera en el Vaticano.
   A pesar de todo,, el viejecito padre Martín aguanta los embates y repite a don Manuel: dará el edificio a los Operarios.
   Queda una amargura, la última: se le viene abajo don Vicente Vidal. Los nervios del joven Operario no aguantan el vapuleo romano y hunden a don Vicente en una depresión. Luego sabremos que le ha minado una enfermedad, morirá pronto. Ahora don Manuel lo nota triste, agotado, sin energías ni ánimo para nada. Apenas come, quiere volver a España.
   Llegó el embajador marqués de Pidal. Su interés no disipa los quebrantos de don Manuel, quien anota: «Malísimas impresiones», «día triste», «mala noche». Le comunican desde España que en Valencia «se burlan» de la fundación romana: lindezas del clan Monescillo. Don Vicente Vidal, con sus altibajos depresivos:
   –El pobre hace esfuerzos, da vueltas a la idea de irse... Tendré que impedírselo por más falta que haga allá, por no quedarme solo... Se ha reanimado, ha comido dos panecitos mas que los otros días...
   Don Manuel no se rinde: «Me aflijo..., no soy hombre de lucha y me repugnan las luchas; con todo, estamos en medio de un combate que me hace sufrir. Tal vez Jesús quiere sólo humillarnos y hacemos ver que hemos de obrar con pureza de intención y con la sola confianza en el.»
   El marqués de Pidal trae a Roma a un sacerdote asesor muy valioso: José María Caparrós, murciano, de cincuenta y dos años. Caparrós lleva a sus espaldas una tira de cargos distinguidos hasta llegar a canónigo arcipreste de la catedral de Madrid. Está cantado que le harán obispo cualquier día. Desde el primer encuentro sintoniza maravillosamente con don Manuel. Serán pronto amigos íntimos.
   Algunos alientos vienen desde España. Sanz y Forés: «Querido, siento sus amarguras y el atraso forzado de sus gestiones, póngale un memorial a su amigo San Luis... Quiera Dios que tras las ansiedades y amarguras se logre lo deseado para su gloria.» El ayudante del nuncio, monseñor Vico, ha vuelto a recomendar el asunto a monseñor Della Chiesa, y escribe una frase que pasara a la historia de la Hermandad: «Pertenece usted a una raza de hombres que difícilmente pierden coraje frente a las dificultades. » Buen diagnóstico, monseñor.
   De últimos de noviembre hay en los papeles romanos de don Manuel una referencia al padre capuchino Llevaneras, que pronto será cardenal Vives y Tutó: «Tuve una agradabilísima entrevista. Es hombre de mucho talento, y al decirle en general el objeto de nuestro viaje, levantó las manos al cielo. Me dijo que se alegraba más que si fuera una obra suya. Que el Papa estaba contristado... Le conté la historia de nuestras contradicciones y no le extraño nada... Se ofreció para todo. Salí complacidísimo. Al contarlo a .don Vicente, se volvió a entonar su corazón. »
    Pero fue el 30 de noviembre cuando en el camino de don Manuel Domingo y Sol ocurre uno de esos cruces misteriosos preparados por los ángeles para alegrar la existencia de los hombres.

ESTA MAÑANA del 30 de noviembre de 1890 don Manuel refiere sus planes y andanzas a monseñor Merry del Val. Ha venido a buscarle en la Academia. Don Manuel, que además de intentar la reforma de los seminarios halla tiempo para dirigir una nube de monjas santas y organizar impetuosas congregaciones de muchachos, esta preparando una peregrinación a Roma de jóvenes españoles con ocasión del tercer centenario de la muerte de San Luis Gonzaga. El Papa León XIII ha enviado al obispo de Tortosa una carta bendiciendo la iniciativa. La carta fue enviada a Tortosa por conducto de Rafael Merry del Val y don Manuel trae encargo de agradecer al joven monseñor el interés que puso en gestionar el documento.
   A mosén Sol le ha hecho gracia el elefantito que aguanta el obelisco de la Piazza Minerva. Le dedica una sonrisa. Luego se acerca a la puerta de la Academia y pregunta a un joven sacerdote que en aquel momento entra en el palacio:
–Por favor, ¿monseñor Merry del Val estará...?
–¿En qué puedo servirle? Soy yo mismo.
   Don Manuel le saluda contento. Explica el motivo de su visita. Monseñor le conduce a su aposento. Don Manuel ha visto en Rafael un sacerdote jovencito, alto, de continente modesto, de distinguido Perfil.
   La conversación brota confidencial. Don Manuel está deseoso de poder descansar en alguien que comprenda sus afanes, su ilusión, tantas dificultades. Monseñor ha encajado inmediatamente la idea del colegio español en Roma.
   Quiere conocer las posibilidades, saber de los tropiezos. Don Manuel explica que vino sobre la promesa inicial de un edificio que los trinitarios poseen en Via Condotti. Pero no se ve cuando podrá tener respuesta afirmativa: hay de por medio derechos, reales o pretendidos, del Gobierno español y algún embrollo de las autoridades italianas.
   Desde aquella mañana, don Manuel Domingo y Sol y monseñor Rafael Merry del Val quedaron para siempre enlazados por una amistad indestructible. Dos almas que mutuamente se veneran. Rafael, cuya privilegiada situación en el Vaticano le Ponía en condiciones de abrir muchas puertas a don Manuel, fue para el nacimiento del colegio español un ángel enviado por Dios en el momento justo.
   Exactamente así llamarán luego los Operarios al joven monseñor: «San Rafael del Colegio», aludiendo al arcángel que guió, en el Antiguo Testamento, los pasos de Tobías.
   ¿Quién era Merry del Val?
   Ha cumplido el 10 de octubre veinticinco años. nació en Londres, hijo de Rafael Merry del Val, secretario de la Embajada española, y casado con doña Sofía Josefa Zulueta. Desde Londres, el diplomático Merry del Val tomó parte activa en la restauración de Alfonso XII y fue comisionado de la corona para la renuncia del general carlista Ramón Cabrera, firmada el 11 de marzo de 1875 en el hotel Mirabeau de París. Alfonso XII no tardó en premiar los destacados servicios del diplomático: le nombraron ministro de España en Bruselas y luego embajador en la real e imperial corte de Austria–Hungría. Le han nacido cinco hijos, el mayor de los cuales hereda las dotes diplomáticas del Padre. El segundo, Rafael, contestó desde niño sin vacilar:
–¿ Qué vas a ser?
–Yo, sacerdote.
–¿Jesuita?
–No, obispo.
   Con quince años, en el colegio jesuítico de Bruselas, pensó hacerse militar, del arma de Caballería. Creció alto, elegante, rápido, con ojos vivos y una sonrisa amable, temperamentalmente ardiente. Irradiaba en sus cualidades una fuerza de simpatía y superioridad sobre los demás, que al mismo tiempo los atraía. Un tanto reservado y siempre seguro de sí. Finísimo en el trato, trabajador y servicial. Una ficha. Un joven de éxito asegurado en sociedad