Escritos del Beato Manuel Domingo y Sol - Predicación Volumen 9
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Escritos del beato
Manuel Domingo y Sol

I - Predicación
Volumen 9.º

ROMA
2006


Notas previas a la nueva transcripción



   Al comienzo de cada uno de los documentos que contiene este volumen se indica:

   - la sección,
   - el n.º del volumen,
   - el n.º del documento,
   - y las páginas que comprende cada uno de ellos.

   La utilización de esos cuatro elementos en las citas facilitará al máximo la búsqueda y consulta posterior.
   (Ejemplo = Escritos: I.º, vol. 9, doc. 22, pág. 2).


** Siglas utilizadas:

   - el salto de página, concordando con los originales, se señala con <*___*>.
   - entre «[ ]» se indica el texto incorporado, que no está en el original.

      Roma, 2 de febrero de 1994

Advertencia a la transcripción primera



   Van incluidos en este tomo 9.º: 147 autógrafos referentes a asuntos de la vida religiosa, especialmente Tomas de hábito y Profesiones que son el mayor número.
   Los Fervorines que D. Manuel dirigió a Religiosas aparecen coleccionados aparte en el tomo de Fervorines, por ser aquél su propio lugar, y asimismo en el tomo próximo y por la misma razón hallará el lector pláticas sobre Ejercicios Espirituales predicadas a Religiosas.
   Las que en este tomo aparecen se refieren de modo particular a la vida religiosa y sólo tienen relación con otras materias las que tratan de virtudes, las cuales sin embargo incluimos aquí por su carácter especial y por su aplicación a la vida religiosa.

TOMAS DE HÁBITO


Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 1, pág. 1






   Mi hija en el Señor: No pensaba dirigirte yo hoy la palabra; ni la toma silenciosa de hábito me parecía hacerlo necesario, puesto que estás suficientemente instruida en los deberes que vas a imponerte, y por otra parte las circunstancias de no poderlo hacer desahogadamente parecían excusarlo.
   No obstante, para no defraudar tus deseos, y levantar un poco tu espíritu te dirigiré tan sólo dos palabras.
   Y al querer cumplir yo este dicho compromiso ¿qué idea te recordaré? ¿qué tema podría presentarte para que alimente tu alma?
   ¡Ah! [Al] fijarme, hija mía, en ti, y al recorrer con mi imaginación tu pasado, tu presente y tu porvenir, se ha fijado mi mente de un modo particular, y no he podido apartarla, de aquella imagen con que el espíritu divino en el libro de los Cánticos compara el alma fiel y que ha sabido escuchar la voz del Esposo; esto es, bajo el símbolo de la paloma, cuando le dice en realidad: Ven, paloma, a abrigarte en los agujeros de la roca...

   

* * *



   Predicada a Sor Julia Lladó el día de la toma de hábito, 27 de Julio [de] 1872; véase la adjunta plática, añadido algo a las circunstancias (Plática de Sor Luisa Curto), y añadido «Ya sabes las prescripciones que la Santa Iglesia...».

Escritos I.º vol. 9.º, doc. 2, págs. 1-4






   Predicada a Sor María Asunción de S. José Curto. En su toma de hábito en la Purísima, 26 de Abril, Patrocinio de S. José de 1874.

   Mi hermana en el Señor, y hoy hija distinguida en su dulcísimo Corazón: Al verte en este momento en el interior del santuario pero ataviada con las galas del mundo, dispuesta a desprenderte de ellas; a tu lado este santo hábito, librea de la pureza y de la penitencia; este cíngulo, símbolo de la mortificación y de la penitencia; este velo blanco que cubrirá tu semblante para velar tu modestia, substrayéndote a las miradas del siglo; al ver en tu frente serena pintado el deseo de [celebrar] tus esponsales con Jesús, ¿qué te diré a fin de actuar tu corazón para el acto solemne que vamos a practicar? Tres solas palabras serán bastante para mover tu corazón ante el beneficio inmenso que él va a proporcionarte: Dios... tú... la vocación.
   Dios es el que te ha llamado y proporcionado el beneficio de tu vocación religiosa.
   ¡Dios! aquel ser inmenso, autor de todo, eternamente feliz; aquel que tiene el cielo por trono y la tierra por apoyo de sus pies, que tiene ejércitos de ángeles por ministros y las estrellas del cielo por corona, luz inaccesible, que tiene millones de ángeles que le asisten, y millones de millones que le sirven, luz inaccesible, eternamente feliz, para nada necesita de ti. Este Dios, pues, es el que desde la eternidad tenía fija su mente en ti para escogerte para este estado. Aún no hablas nacido, y ya señalaba, te señalaba con el dedo para... verificándose lo que dice: In charitate perpetua dilexi te. [(Jr 31, 3)]
   Y ¿quién eres tú? ¡Ah, no es preciso que diga lo que eres en tu alma, en tu cuerpo, en el tiempo!
   ¿Qué eres en tu cuerpo? Hace cuarenta años estabas en el olvido de la nada; nadie te conocía, ni pronunciaba tu nombre; viniste al mundo con el sello del pecado original; en tu cuerpo un poco de polvo que pronto desaparecería en el sepulcro; en tu alma tamquam pannus [(Is. 64, 6)], como paño negro, como nuestros mismos vestidos y [?] . Menos que el imperceptible insecto, hija mía, que pisamos sin advertirlo, eres en la presencia de Dios, pues más diferencia hay entre nosotros y Dios, que entre nosotros y el gusanillo que se arrastra sobre la tierra.
   Pues ese Dios tan grande e inmenso, infinitamente feliz, te ha escogido a ti y te ha entresacado de la masa de los demás para un destino especial. Mientras deja a tantos otros en el mar borrascoso del mundo, entre las agitaciones de su corazón.
   Y ¿cuál es ese destino? ¡Ah! no; no vengo yo a presentarte <*2*> el beneficio de la vocación religiosa, [en] cuyo noviciado [meditarás] la dignidad de tu estado, las consideraciones que merece ante la sociedad, las promesas que el Señor tiene vinculadas a sus seguidores en el tiempo y en la eternidad, los sinsabores que hubieras tenido en el mundo, el vacío que en tu corazón hubieran dejado sus cosas, sobre todo tras algunos años; porque todo esto lo tienes meditado ya, y te se recordará el día en que el Señor te conceda terminar estos desposorios para atarte con los vínculos de sus eternos amores.
   Sólo sí, hija mía, [recuerda] y medítalo bien, para que puedas besar con mayor gratitud la mano bondadosa de aquel que te ha escogido; recuerda, digo, las circunstancias, el modo y por los caminos como te ha conducido tu Dios.
   Aún no habías nacido
   Viniste al mundo. Alrededor de tu cuna nadie se fijaba en tu destino, y el Señor encargaba al Angel de tu guarda el cuidado de tu existencia para disponerte un día a esposa suya.
   Llegaste a tu adolescencia, y al calor de una buena educación y al riego de cuidados paternales, al abrirse tu razón, pudiste ofrecer el aroma de tus primeros fervores a los pies de María Inmaculada.
   Y entraste en tu primera adolescencia, y arrebatada por cariñosas manos, conducidas por senderos de flores de santas amistades se deslizaban suavemente los días de tu primera juventud, adormecida en tu propia felicidad, y antes que el calor del día pudiera agostar tu corazón, oíste una voz, desconocida todavía para ti, y dócil a ella, el amante Jesús fijó tu corazón, y [le] puso, el sello de una firme esperanza y de una instintiva seguridad se levantaron olas de ansiedades, y sobrevinieron contradicciones, y se interpusieron obstáculos, y fija tu vista en María Inmaculada, y apoyada en el áncora de la protección o confianza, has llegado por medios desconocidos y providenciales, y cuando menos podías esperarlo, a tu suspirado puerto, después de la larga travesía de las tempestades, y quiere hacerte descansar en el huerto cerrado de sus escogidos, en el jardín de sus amores.
   Y a todo esto, hija mía, que Dios ha hecho por ti, no poder ofrecerle de parte tuya otro tributo que la ... de tu pobre corazón; ¡ah! entonces sí que puedes decir que es imponderable el beneficio que el Señor te proporciona en este día.
   Muy bien puedes decir: Dilexi te, et attraxi, miserans [tui. (Jr 31,3)] <*3*>
   Quid retribues Domino? ¿Qué le darás, o más bien, qué le prometerás al Señor en cambio de lo que te ha dado? [(Sal 115, 12)].
   No exige de [ti] grandes cosas, pues nada necesita de ti. Las grandezas de la tierra no tienen valor en su presencia.
   Lo que quiere, en primer lugar, es gratitud. Cuando los hijos de Israel, después de haber gemido
   Pero además de gratitud, exige sobre todo amor. Al revestirte hoy del hábito de Cristo, te dirá en este día, como el misterioso esposo de los Cantares: Pone me ut signaculum super cor tuum [(Cant 8, 6)].
   Y este amor debe ser hasta el sacrificio. Porque no es una vida de descanso la que vas a pasar. Durante el año <*4*> que vas a empezar, y en el retiro de este santo Noviciado, te señalarán tus deberes y la escalera de la santa humildad por donde debes subir constantemente, y la dulce libertad de una completa obediencia, y la santa severidad de una inalterable modestia, y la guarda de un religioso silencio, y no se te ocultará ninguna de las prescripciones de tu regla, ni las espinas de esa estrecha observancia, porque ellas han de formar el tejido de tu vida, y sin descanso, hasta el último momento de tu existencia.
   Y cualesquiera que sean los caminos desconocidos, por los cuales el Señor quiere conducirte, cualesquiera las contradicciones que quiera permitirte, sean las que quieran las circunstancias de tu vida, en la vida y en la muerte, en la cruz o en el Tabor, en la enfermedad o en la amargura, en la soledad o acompañada, has de ir revestida y superarlo todo con el amor de Jesucristo. Amor, pues, y sacrificio, en la vida y en la muerte.
   Si no te encontraras con ánimo, un año tienes todavía para acabarte de resolver a esta empresa, y en el silencio de la soledad sondearás tu corazón.
   Y entre tanto, hija mía, ... induere vestimentis jucunditatis.
   Depón, para siempre este ropaje; y con [él] los afectos todos a las vanidades del mundo. Haz cuenta [que] la Madre Inmaculada te viste del suyo, para adoptarte por hija de su corazón. El Angel de tu guarda sonríe dulcemente al verte hoy trofeo de sus cuidados y de su vigilancia sobre ti.
   Y en medio [de] la alegría que embargará tu alma, y del placer, hasta hoy tal vez no experimentado, que embarga tu corazón no olvides una súplica tierna para todos los que aquí reunidos, dan gracias a Dios por ti, y te felicitan; ruega por todos los bienhechores.
   Ruega por todos, por la pobre España, a fin de que el Señor apresure la ansiada paz. Ruega también por esta comunidad, que bondadosa te ha acogido en su seno; por todos los asistentes, por tus padres, por tus bienhechores, por estos sacerdotes y estas amigas que al acompañarte hoy unen sus oraciones a Jesús en favor tuyo.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 3, pág. 1






   María Bertomeu

   Mi amadísima en Jesús: era la mañana del 26 de octubre de 1874, y dirigía mi emocionada palabra a una joven distinguida, a la cual hubiera deseado yo hacerla cultivadora de planteles de la juventud, del siglo; pero el encerradito, [?] padre, era su escudo en que se estrellaban nuestras indicaciones.
   En aquella mañana, pues, te tejían una corona de flores brotadas de los más profundos afectos de mi corazón, y al terminar le decía: ... Y tú, Doña ....
   Pues bien: ya que se encuentra Ud. en iguales circunstancias, y no me es dado tejerla, si bien de palabra más digna, igual corona de flores, me limito a repetirla la es ... (por mi entorpecimiento) séame lícito repetirle las últimas palabras: Bendice al Señor, hija mía, que te concede igual gracia y con la satisfacción de realizar la ofrenda a Jesús por un hermano, hijo mío, angelical y fervoroso, que aunque separado por la distancia, también en estos momentos te está ofreciendo a Jesús. ¿Qué le dará a Jesús en cambio? No le olvides y no olvides a tu bondadoso padre, que ha vivido y se ha sacrificado por tu bien; y no olvides a esa otra hermana que gime aún como tortilla a las orillas del río de Babilonia, y todos los otros seres queridos que navegan en medio del mundo.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 4, págs. 1-7






Vestición de hábito de
Sor Nieves María Ferré,
Sor María Clara Alberich.
1.º Julio 1875. <*2*>
(De la plática «Hábito de Nieves Ferré»).



   No deseaba hoy, hijas mías, dirigiros la palabra. Tratándose tan sólo de una toma de hábito, que es, digámoslo así, tan sólo la renovación del acto que hace dos meses empezasteis a practicar, e instruidas suficientemente en la significación de la solemnidad que vamos a practicar, creía excusado exponerlo a vuestra consideración. No obstante, por no defraudar los deseos que me habéis indicado, y complacer este escogido auditorio de amigas, que vienen a acompañaros en este día, lo haré siquiera ligeramente.
   Hace dos meses, hijas mías, que combatidos los temores, las incertidumbres y las contradicciones, agitados vuestros corazones y hasta vuestros semblantes por las más fuertes emociones, humedecidos aún vuestros vestidos por las tempestades del siglo, pudisteis felizmente guareceros en la peña oculta de la religión, y respirar tranquilamente después de la larga travesía de combates y de esfuerzos. Hoy ya con más tranquilo semblante, con más sosegado espíritu, aunque ataviadas todavía con las señales del siglo, pero con el sello de la elección de Dios, venís a presentaros ante Dios y ante los hombres, para hacer el acto protestativo de vuestros deseos de desprenderos de todo, para empezar a revestiros de vuestro Señor Jesucristo.
   Y bien: ¿qué significa el acto que venís a practicar? Dos partes podemos decir que van a significar vuestros esponsales: el desprendimiento de todo lo exterior y el revestiros de Jesús para seguirle.
   Muy sencillos se mostraron los Apóstoles cuando por boca de S. Pedro se atrevieron a decir a Jesucristo: Señor, he aquí que hemos dejado todas las cosas ... ¿Qué nos darás en premio de ello? Y ¿qué [es] esto que habían dejado? ¿Algún trono? ¿Algún rico patrimonio? ¿Alguna gloria parecida a la de Salomón? ¡Ah! no; una pe- <*3*> queña barquilla que poseían allá en el lago de Genesaret. Ya veis: dejar toda una barquilla. ¡Cándidos, podríamos decirles; si comparáis el valor de vuestra barquilla con los bienes que Jesucristo os ha dado, desde luego echaréis de ver que en seguirle más ganáis que perdéis, más recibís que no dais, y casi aparecería una especulación vuestro agradecimiento, si no fuere que vemos que sois tan buenas!
   Valga lo que valiere lo que habéis dejado ... ¿y esa fe que en cambio habéis recibido? ¿y ese poder que por vía de indemnización se os ha comunicado? ¿y esa autoridad que reprime los elementos, cura los enfermos y lanza los demonios? ¿y la felicidad y la tranquilidad de estar al lado de Jesús, que os alimenta en medio del desierto? ¿Por esto exigís y esperáis recompensa?
   No, hijas mías; no creo yo que al despojaros hoy con vuestro vestido de todas las cosas exteriores, presumáis en vuestro corazón que hacéis algún sacrificio ante vuestro Dios. ¿Y cómo habéis de pensarlo, si la alegría que inunda vuestro espíritu, me dice que no lo tenéis por sacrificio, sino como de dicha y de inmerecida bendición del Señor? ¿Si vosotras comprendéis que el Señor os ha dado a escoger la mejor parte? Y ciertamente, hijas mías.
   Cuando al despuntar vuestra discreción, encontrados horizontes se descorrieron a vuestra vista, y el deseo de felicidad agitó vuestro corazón, y con el instinto de la gracia y la antorcha de la fe comprendisteis muy bien, que, según nos dice Jesucristo, una sola cosa es necesaria para la verdadera felicidad: el tesoro escondido del reino de los cielos, la calma del corazón.
   Y visteis que este tesoro no se encontraba ni [en] el abismo del mar, que a cada suspiro y a cada deseo de nuestro corazón responde: non est mecum, no está conmigo la felicidad. Y que no se encontraba este tesoro ni en las altas cumbres de la vanidad, ni en los hediondos placeres que a cada paso están gritando: non est mecum, no está conmigo. Y que no se encontraba ni en el acumulamiento de las riquezas, ni entre los atractivos del lujo, que cada instante están diciendo: non est mecum, no está conmigo la felicidad [(Mt 12,30)].
   Ni entre el bullicio del mundo, ni en las brillan- <*4*> tes situaciones.
   Visteis que todo cuanto hay en el mundo, como dice S. Juan, es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos, y soberbia de la vida. Que la felicidad de la tierra es como la flor del campo que por la mañana nace, y por la tarde se marchita y [cae] asida sobre el tallo. Visteis que no hay en el mundo más que pobres sin pobreza de espíritu, humillados sin humildad, desgraciados sin resignación, mortificados sin mérito
   Y visteis con la luz de la vocación, porque sin ella nada de esto hubierais sentido, que el verdadero tesoro, la felicidad sólida y verdadera, podríais encontrarla en la soledad del claustro, en la alegría con que se sufre y se mortifica por Dios, en la dulzura que causa el pensar, como S. Pablo, en estar cautiva y prisionera por Jesucristo, en el interior gusto con que se soporta su yugo, en los consuelos interiores de la penitencia preferidos a los placeres de los sentidos, y en la paz del alma que causa una vida austera.
   Y al ver que empezáis a realizar los instintos de vuestra alma y los deseos de vuestro corazón en el hallazgo de la verdadera felicidad, ¿cómo he de llamarlo sacrificio, sino beneficio inmenso del Señor, que os lo ha concedido sin mérito?
   Pero además de este desprendimiento, de este desapropio universal de las cosas exteriores que significa esta toma de hábito, reúne otra significación, y ésta sí que es un verdadero sacrificio: Secuti sumus te, te hemos seguido, dijeron los Apóstoles a Jesús; no sólo hemos dejado lo que teníamos y podíamos tener muy bien, sino que nos hemos resuelto a seguir tus pasos [(Mt 19,27)].
   No es mi ánimo, hijas mías, exponeros todos los sacrificios de la vida religiosa, en cuanto supone el desprendimiento de sí mismo, y el seguimiento de Jesús por el camino de la cruz. Durante este año de noviciado que vais a empezar, se os dará a conocer, y lo probaréis por experiencia, y el día de vuestra profesión se os recodará mejor. Entretanto, debéis saber que al re- <*5*> vestiros exteriormente hoy de este hábito sagrado, debéis revestiros interiormente de los sentimientos de Cristo Jesús. Que esta vestición debe ser como renovación completa de vosotras mismas, y como las águilas debéis renovar las alas de vuestro espíritu para volar hacia la perfección, a que el Señor quiere llamaros.
   Que al despojaros de vuestros vestidos, debéis arrojar con el amor propio, y con él todas las inclinaciones del hombre viejo, para revestiros del hombre nuevo, según la expresión de San Pablo.
   Que debéis morir a vosotras mismas, para no vivir sino una vida escondida con Cristo en Dios.
   Y que al asociaros hoy a Jesucristo para vestir su túnica y su librea, debéis estar resueltas a seguirle lo mismo por el Tabor que en el Calvario, y hasta la cruz. Que vais de seguidoras de Aquel que es esposo de mirra y de sangre, y que con El debéis crucificar vuestra carne y vuestro corazón.
   Y que debéis ser hostia viva y agradable en favor de vuestras familias y de vuestros semejantes.
   Y sin...
   Y este hábito tosco os recordará que la humildad y la pobreza debe constituir vuestro patrimonio; y esta cuerda con que ceñiréis vuestro cuerpo debe traeros a la memoria el espíritu de mortificación que debe rodearos; y este velo que cubrirá vuestro semblante debe excitaros a una ejemplar modestia para que podáis ser espectáculo digno de los ángeles y de los hombres.
   He aquí lo que significa vuestra vestición, además del adiós al mundo y a todas las cosas exteriores.
   ¡Cuánto sacrificio, hijas mías, y esto todos los días, y para siempre! ¡y sin parar! ¡y sin desfallecer!
   Pero en cambio, ya lo sabéis. Si fieles al llamamiento que el Señor os hace en este día, correspondéis con este sacrificio exterior y con el interior que os exige, empezaréis a recibir ya en esta vida lo que el mismo Jesús prometió a los Apóstoles, cuando le preguntaron lo que les daría: centuplum, el centuplicado premio [(Mt 19, 29)]. Y este centuplicado premio, no son las bendiciones de Esaú, ni las <*6*> cosechas de la tierra, sino los rocíos y las gracias del cielo. Este céntuplo es el preferente derecho que, como religiosas, tendréis a los dones espirituales, que son los mejores dones de Dios. Este céntuplo es el honor que tendréis un día, no lejano, de ser por excelencia esposas de Jesucristo. Este céntuplo es la libertad de espíritu y la independencia con que viviréis respecto de las leyes tiránicas y compromisos del mundo, y también de sus escándalos.
   Este céntuplo es la paz interior de la conciencia y la alegría de la esperanza, el socorro de los buenos ejemplos y la plenitud de los celestiales consuelos.
   Este céntuplo, por fin, que os ofrece Jesús, son las mismas cruces, no de esclavas, sino de esposas, que os adelantarán la felicidad en la tierra, y os la asegurarán por eternidades en el cielo.
   Si, por el contrario, hijas mías, no os encontrarais con ánimo para seguir este camino que el Señor os ha trazado, todavía hay tiempo de volver al siglo. Vuestras familias os recibirán bien.
   Yo os daría ya la profesión si de mí dependiera; pero la santa Iglesia quiere...
   Pero basta ya...
   Y tú, Nieves Ferré, desde hoy Nieves María de Jesús, procura corresponder a tu nombre. Y así como la festividad santa que la Iglesia celebra con esta denominación nos recuerda que allá, en el monte Esquilino, la Virgen Santísima escogió un lugar para su habitación, por medio de esta señal de nieve, y en medio de los ardores del estío, sea también tu espíritu un lugar de habitación de Jesús, y bajo la sombra de María, ya que Ella te ha preservado tu corazón de las pasiones del mundo en medio [de] sus atractivos.
   Y tú, B. Alberich, desde hoy Sor María Clara, que seas <*7*> hija verdadera de la gran Madre que hoy te admite a vestir su santo hábito,. Que el Corazón de Jesús nos ponga dentro de él, y que el año que viene os permita realizar vuestros eternos desposorios con El.
   Y en este día de tanta satisfacción para vosotras, pedid a Jesús, no sólo por vosotras, sino también bendiciones especiales para la Santa Iglesia, para su España, para vuestras familias, para todos los aquí¿ presentes, en cuyo nombre os felicito yo, para que este día sea no sólo de bendiciones sobre la tierra, sino también prenda de bendición para la eternidad, que os deseo de todo corazón. Amén.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 5, págs. 1-4






A Sor María Purificación González,
Sor Cinta Benet,
Sor Francisca González.
21 Marzo, 1878.



   ¡Cuán bellos son tus tabernáculos, oh, Israel! ¡Cuán agradables tus tiendas, oh, Jacob! Como los bosques de valles amenos, como huertos junto a los ríos, como tiendas que fijo el Señor, ¡oh, quién podrá habitar entre los hijos de Israel! ¡desde los más altos pedestales los veré y desde los collados los contemplaré!
   Así exclamaba el Profeta de Balac, cuando desde las alturas de Tasga y ... contemplaba a la afortunada descendencia de Jacob bajo las bien ordenadas tiendas esparcidas en las llanuras de Moab. Y a su vista su corazón se ensanchaba y repetía: ¡Oh, feliz estirpe de Israel! Muera mi alma con la muerte de tus justos, y mis postrimerías sean semejantes a las suyas.
   Este pasaje me ha ocurrido, hermanas mías cuando obligado, bien que dulcemente, a dirigiros la palabra en este momento me ocurrían las emociones de vuestro pasado al fijar la consideración en este día, al mirar desde lejos esas tiendas dichosas fijadas en medio de la religión católica, esos árboles de la virginidad plantados junto a las corrientes de las aguas de las gracias; esos huertos de la religión que producen la vida y la felicidad.
   Y ciertamente, hermanas mías, en el Corazón de Jesús: Vosotras mejor que yo sabéis por experiencia las vibraciones de vuestra alma <*2*> al considerar en lontananza la perspectiva de este día. Cuando desde la altura de vuestra vocación, y a través de los bienes que os debía proporcionar, de las santas ilusiones que os despertaba la tranquilidad de un claustro, a impulso del sosiego que buscaba vuestro corazón, fijasteis vuestras miradas en esas tiendas escogidas; ¡ah! mejor que el profeta exclamasteis en vuestro corazón: ¡oh, cuán bellas son para mí tus tiendas, oh Dios de Israel!, sino que añadisteis como David: Quam dilecta tabernacula tua, Domine virtutum! No sólo bellos, sino cuán amados me son tus tabernáculos, oh, Dios de las virtudes! Concupiscit et deficit anima. Mi alma os desea, y porque os desea, desfallece al pensar en los atrios del Señor. Cor meum et caro mea. Mi corazón y mi alma experimentaron los impulsos de esta esperanza. Y ¿como no? Continuasteis con David: Paser invenit sibi domum. El pajarillo encuentra casa suya y la tórtola su nido donde poder aposentarse, pero para mí tus altares, ¡oh, Rey mío y Dios mío! [(Sal 83, 2-4. 8)].
   Beati qui habitant ... Dichosos los que habitan en la casa tuya, Señor, porque te alabarán por los siglos de los siglos [(Sal 83, 5)].
   Esto decíais, hermanas mías, en el fondo de vuestro corazón, en la presencia de Dios, agitadas entre el temor y la esperanza y entre olas de amores angustiadas.
   Y ese Dios de las virtudes, y ese Dios a quien llamabais como el Profeta de Dios de vuestro corazón, escuchó vuestra voz y os introdujo en vuestras anheladas tiendas de la casa de Jacob, y hoy vais a ser introducidas en esa tierra prometida después del viaje <*3*> por los arenales del mundo para morar no sólo ya bajo las tiendas de Dios de Jacob, sino en el interior del Santuario ...
   Yo bien sé, hermanas mías, que quisierais hoy exclamar: Haec requies mea [(Sal 131, 14)]. Este es el lugar de mi perpetuo descanso
   (a)
   Pero no: Así como a los hijos de Israel y antes de pasar el Jordán para fijar eternamente su morada en la tierra prometida, el Señor los detuvo para que allí renovasen sus promesas y recordarles sus deberes, así también la Santa Iglesia quiere antes de poneros en posesión perpetua, y después de abandonado el desierto del mundo, quiere aquí en el sosiego de la soledad, [que] recordéis los deberes que os queréis imponer, y renovéis vuestras promesas; y he aquí lo que debo hacer yo en cumplimiento de mi ministerio.
   No era yo el encargado de recordaros estos deberes. El Ilmo. Prelado, deseando ofrecer este tributo de cariñoso afecto a vosotras y vuestras familias, deseaba presidir el acto; pero impedido por su delicada salud, he tenido que llenar pobremente este vacío
   Y bien, ¿qué os diré yo en este momento? ¿qué significa el acto que vais a practicar? ¿A qué venís a la religión despojándoos antes de vuestros vestidos, símbolo de cuanto el mundo puede ofreceros?
   ¡Ah! venís a hacer ante el mundo la protesta de que queréis seguir el camino de la perfección evangélica bajo la bandera de Cristo Jesús; que queréis aspirar al número de seguidores especiales de Jesús, muriendo como El al mundo y sus concupiscencias, para vivir según la frase del Apóstol, una vida oculta con Cristo en Dios. ¿En qué consiste esta perfección?
   Desde el día del primer pecado, la humanidad corrió perdida por los deseos de [su] degradado corazón. Dios le dio tan sólo los preceptos de la ley natural y los de la ley escrita, con los cuales <*4*> se contentaba para aceptarles su agradecimiento. Sólo a alguna que otra alma la llamaba a una superioridad heroica, y aun no con todo abandono de sí misma. Véase el sermón de Misa nueva. Exordio.
   Llego el día de la gracia. Y el modelo de predestinados, Cristo Jesús, no sólo quiso rehabilitar la humanidad elevándola por medio de sus preceptos, comunes a todos los que habían de ser purificados con su sangre, sino que quiso formarse una escogida grey de almas, que no contentas con el cumplimiento necesario de la ley, y deseosas de seguirle más de cerca, ofrecieran ante el mundo el tipo, el modelo de persona, sobreponiéndose a todos los deseos, a todas las concupiscencias, a todos los estímulos del corazón; que hiciera ver la posibilidad de servir al Evangelio con el ejemplo de estas almas, que animosas sabían seguir hasta sus consejos; almas, en fin, a quienes pudiese con verdad [decir]: Discite a me ... [(Mt 11, 29)] y a las cuales pudiese presentar ante el Padre Eterno como la corona de flores de su corazón, y que pudieran rodear perpetuamente a ese Cordero.
   Y para el logro de este...

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 6, págs. 1-13






Vestición de hábito de Josefa Dehuner,
María Lorán y Rolante Vicente.
Purísima 1880. <*2*>



   Mis hijas en el Señor: Cuando el mundo materializado parece haberse hecho extraño a todo entusiasmo religioso; cuando las pasiones humanas parecen desencadenadas contra toda idea de grandeza en el orden espiritual; cuando nuestros oídos escuchan todos los días el bronco grito de los descendientes de Edón, que no cesan de repetir como en otro tiempo el exterminio del templo y del altar; cuando los robustos fundamentos de nuestra santa fe crujen a impulso de los rudos ataques que el error descubierto o enmascarado no cesan de dar a esa Obra del excelso, ¡cuán dulce, cuán grato y consolador no debe ser para los corazones piadosos la presencia de esta solemnidad! El ver a esas nuevas vírgenes que vienen a acrecentar el número de la escogida grey de Jesús, y a ofrecer a Dios las primicias de la consagración, con el ...
   ¡Cuál no debe ser nuestra gratitud para con el Señor, que al dejarnos repetir estos acontecimientos, nos recuerda la juventud siempre lozana de la Iglesia Católica, y nos afianza de que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella!
   Sí: ¡Oh, hermanas mías en el Señor: vosotras sois en este día objeto de una escena que por lo grandioso y tierno que ella encierra, no puede menos de producir efectos dulces, emociones suaves a cuantos se honran hoy con su asistencia a este grande acto de nuestra religión santa. Vosotras nos vais a recordar <*3*> y enseñar prácticamente el desprecio del mundo, de sus pompas y vanidades.
   Vuestro adiós al mundo nos despierta la idea de que tendremos tres flores más en el altar de María Inmaculada.
   Vais a ser espectáculo digno al mundo, a los ángeles y a los hombres. A los Angeles de vuestra guarda, que sonriendo de placer tienen la dicha de ofreceros al Señor que os había confiado a su custodia, para que os guardaran para El. A los hombres que no pueden menos de ofrecer un tributo de respeto ...
   ¿Qué podré deciros ya en este momento que pueda interesar más vivamente vuestro corazón?
   No; no debía ser yo el que os dirigiera la palabra en este día: lejos estaba de pensarlo; las repetidas veces que en este mismo lugar y con idéntico objeto la he dirigido ante esta venerable comunidad, me hacen menos propio para ello.
   Pero ya que me veo precisado a ello por la necesidad de última hora, ¿qué podré deciros para llenar el vacío del que mejor que yo debía haberlo hecho? Si yo tuviera que dirigir la palabra ante un auditorio menos piadoso, o en el que pudiesen caber algunas de esas preocupaciones hijas del espíritu del siglo, mi situación sería menos embarazosa, porque me complacería en exponerles lo que es, lo que significa la vida y la vocación religiosa.
   Yo les diría que la vocación religiosa es una luz, un llamamiento especial del cielo. No es, no, uno de aquellos fuegos producidos por los vapores que se levantan del lodo de la tierra, ni uno de esos meteoros brillantes que ... <*4*> ¿Qué os diré, pues, ya? se forman en el aire, de otros vapores más sutiles, los cuales deslumbran un momento la vista y desaparecen; es si, un astro que brilla en el firmamento, colocado allí por la mano de Dios para esclarecer y conducir al alma escogida para ello. Porque no es, no, como creen los hijos del mundo, ignorantes, según el Apóstol, del espíritu de Dios, efecto tan sólo de una educación más o menos piadosa, o de un temperamento melancólico, o de una preocupación de espíritu; sino que es una gracia, tal vez la más preciosa que el Señor tiene reservada en el tesoro infinito de sus misericordias; es un llamamiento atractivo, dulce, claro como la luz del cielo.
   Y para comprenderlo mejor yo les diría que la vocación religiosa no es una gracia general y común, sino que es una gracia especial y particular que sólo se concede a quienes el Señor se ha dignado escoger para sí.
   No bastan, no, para descubrirla los ojos de la carne, ni prestan auxilio alguno el estudio y la ciencia humana; es necesario estar dotados de aquellos ojos del corazón, según el lenguaje del mismo Apóstol, que Dios concede a quien quiere, y sin los que la criatura permanecerá ciega, aun en medio de la misma luz.
   ¿Cual es el fundamento ... <*5*>
   Yo diría, hermanos míos, si otros fueran mis oyentes, los motivos que en el orden moral, social y aun material tienen y representan esos asilos de la virtud, levantados por la mano del mismo Dios.
   Les presentaría el honor que a las mismas familias de las almas religiosas reporta ante los ojos del mismo mundo, yo les repetiría el consuelo que les produce ...
   Pero ¿para qué todo esto, hijas mías? Si yo os dirijo la palabra ante un auditorio escogido, que al venir aquí a presenciar vuestra vestición, no viene a indagar razones, ni a que se les expongan motivos, sino rebosando afecto y ternura, deseando saludaros con el corazón.
   Sí, ya lo veis: ante unos padres cariñosos y hermanos queridos, que sacrifican gustosos en aras de su piedad y de la voluntad de Dios, lo que más estima su corazón, y que, como Abrahán, no temen rodear el ara donde van a sacrificar las más dulces emociones de la paternidad.
   Os hablo ante corazones piadosos de personas amigas, conocidas que se asocian a vuestra dicha y os saludan con entusiasmo. ¿Qué les diré, pues?
   Ya que esto no, yo me complacería en este momento, para animar vuestro corazón, en pintaros los tesoros escondidos en la religión, que la divina Sabiduría os ha hecho entrever a través de la luz de vuestra vocación.
   Mirad: trasladaos con vuestro pensamiento a aquel pasaje de la historia sagrada, cuando Jacob para huir por consejo de su madre, de las iras de Esaú se vio obligado a dirigirse a Mesopotamia, y fatigado en medio del desierto, pobre y desamparado, arrimando el báculo que llevaba, se <*6*> puso a dormir sobre la tierra, poniendo la cabeza sobre una piedra; y apenas hubo cerrado los ojos del cuerpo, Dios abrió los de su alma (y le mostró su reino), y vio una escala que tocaba con una punta en la tierra, y la otra llegaba al cielo, por la cual subían y bajaban los Angeles, y vio al Señor de ellos que estaba apoyado en ella, y le decía: Yo soy el Dios de Abrahán; yo te daré la tierra [en] que duermes para ti y tus descendientes. Yo seré tu protector y tu guarda donde quiera que fueres. Y al despertar Jacob, exclamó: Verdaderamente Dios está en este lugar: ¡Oh, ésta es la casa de Dios y la puerta del cielo!
   Ahora bien, hijas mías: Según el P. Lapuente fue Jacob, en esta jornada, figura de las almas a las que Dios llama al estado religioso; cuya figura exponiendo el docto y piadoso P. Lapuente dice: Que las almas a las que Dios llama, se resuelven a obedecerle por huir de la ira de su hermano Esaú, que es el mundo, hermano según la naturaleza, pero cruel enemigo por la culpa, pues no trata sino de quitarles la vida de la gracia, y arrebatarles el mayorazgo del cielo; y para escapar de sus manos quieren, como Jacob, dejar la casa de su padre y las comodidades que en ellas podían tener, gustando más de vivir pobres con Cristo crucificado. Mas para que hagan esto con más suavidad, les descubre el Señor las riquezas de su reino y las excelencias de la vida religiosa, figurada por aquella misteriosa escala. Porque no es otra cosa la sagrada religión sino una escala para subir al cielo, firme, segura y hermosa, la cual por una parte toca a la tierra, por estar fundada en el conocimiento propio y en el desprecio de sí mismo y de las cosas criadas, y por la otra parte toca en el cielo donde está Dios apoyado, porque llega hasta el amor perfecto porque junta al alma con su Criador. <*7*> Los escalones de esta escala, continua, son pobreza, castidad y obediencia y demás ejercicios de lección y meditación, por los cuales suben a modo de ángeles en el cielo.
   Y de aquí es que, como cada uno gusta de juntarse con su semejante, los ángeles del cielo bajan y suben también por esta escala, (bajan para conversar con las almas y suben para ofrecer a Dios sus oraciones). Y para que nos desmayen en esta jornada el mismo Dios ...
   Yo os diría, hijas mías, y ofrecería a vuestra consideración otras figuras y comparaciones de los beneficios de la vocación religiosa.
   Pero ¿donde voy, hijas mías? Si no es mi deber hablaros de la grandeza y felicidad de vuestro estado. Al ser comisionado por el Prelado, y por consiguiente en nombre de la Santa Iglesia, para asistir a vuestra vestición de santo hábito, otro debía ser nuestro objeto. Yo debía más bien presentar a vuestra consideración, la cadena de deberes y sacrificios inherentes a la vida religiosa.
   Porque debéis saber, hijas mías, que si debe llenaros de entusiasmo el beneficio de vuestra vocación y la idea de los bienes que os va a reportar, también que os hagáis cargo de los compromisos que vais a contraer, pero con Dios, para con vuestros hermanos y aun para vosotras mismas; de las obligaciones de vuestro estado; de las pruebas que el Señor os prepara; del sacrificio continuo a que debéis sujetar vuestro corazón.
   Porque no, no: no es una tierra de paz y sosiego la que habéis pisado; no es una tierra completa de promisión en la que habéis entrado; porque si bien al pisar los umbrales del claustro os habéis librado de los combates exte- <*8*> riores del mundo, es también la viña donde debéis trabajar vuestra santificación: arrancando y plantando, edificando y destruyendo, sosteniendo en ella el peso del calor y del día, según la expresión del Evangelio, para merecer la recompensa de que hoy os admita a su servicio.
   Durante el año de noviciado que vais a comenzar se os darán a conocer los sacrificios de la vida religiosa en cuanto supone el desprendimiento de vosotras mismas y el seguimiento de Jesús, y el día de vuestra profesión se os recordará mejor. Entre tanto debéis saber que al revestiros (Plática Nieves). <*9*>
   ¡Cuántos sacrificios! Pero en cambio, ya lo sabéis.
   Pero basta ya. No quiero retardar más los deseos de vuestro corazón.
   Acercaos ya. Y al dar vuestro adiós al mundo y a las cosas exteriores, y al revestiros del hábito de María Inmaculada permitidme que me inspire en la mente del Profeta rey cuando al distinguir en lontananza las riquezas de la hija escogida de Sión en el día de la gracia, prorrumpe en frases más lisonjeras y anunciaba a esa hija de Sión y le decía: Audi filia; oye, hija de Sión e inclina tus oídos [(Sal 44, 11)], y olvida tu pueblo y olvídalo todo, porque el Señor desea la belleza de tu alma, y no dejes de escucharle porque el que te invita es el Señor Dios tuyo: Ipse est Dominus Deus tuus [(2 Re 8, 60)].
   Y toda la gloria de la hija de Sión es interior y se halla rodeada en sus fimbrias de oro, esto es, en las potencias de su alma, de la variedad de todas las gracias y de todas las virtudes.
   ¡Oh! ¿qué debía pasar por la mente del Profeta <*10*> al ver de lejos la belleza interior de esa hija del Rey, Cristo Jesús, del Mesías que debía venir? ¿cuáles debían ser las emociones de aquella alma grande?
   Pues bien: pronto vais a ser objeto de esos anuncios del Profeta, y el Señor repetirá esas palabras a los oídos de vuestras almas, y una corona de flores ornará vuestra cabeza como símbolo de distinguida realeza. Derramad, pues, vuestro corazón de amor y de gratitud en la presencia de este Dios que os admite a su amor y su servicio, bajo el manto de su Inmaculada Madre.
   Pero en medio de la alegría que embargará vuestra alma, no olvidéis hacer participantes, siquiera con vuestras oraciones, a cuantos tienen derecho a ello y se asocian a vuestra felicidad.
   Rogad, en primer lugar, por la Iglesia para que la fe se propague, y el Sumo Pontífice, a fin de que amanezcan días bonancibles para él y pueda ver la conversión de sus enemigos todos.
   No olvidéis a nuestra Patria querida, para que pueda ser siempre la nación de María Inmaculada.
   No olvidéis hoy y nunca a estos padres queridos y hermanos amados que se sacrifican gustosos en aras de vuestra felicidad. Sed sus ángeles de consuelo, por medio de vuestras oraciones en ... <*11*>
   Y tú, Josefa De [?] desde hoy ... Bendice al Señor, hermana mía, dueña de ti misma sobre la tierra, nada había que pudiese estorbar tu felicidad en medio del mundo; pues el Señor ha querido escuchar de tantos años, y ha querido plantarte todavía en el jardín de su Madre Purísima, como era tu anhelo.
   No olvides hoy en medio de tu dicha, a objetos queridos que no existen ya; pero que desde el cielo te bendicen este día.
   No olvides tampoco al Director que por tantos años te ha animado, y que Maestro de Novicios en Santo Espíritu, quizás esté rogando por ti en este momento.
   Y tú, Doña María Lorán, desde hoy ... La Madre Purísima ha sido tu vida, tu esperanza y tu recompensa. Al despertar de tu vocación una luz brillo ante tus ojos, y en medio de las tinieblas y dudas de tu corazón fijaste tu mirada en esa estrella, María inmaculada, y hoy puedes ofrecerle ya el homenaje de este corazón. Que le seas agradecida, hermana mía, y colocada bajo el manto de esa Madre cariñosa seas el consuelo y la gloria de tu honrada familia.
   Y tú, Doña Rolante Vicente, desde hoy ... Mejor que Jeremías puedes exclamar: El Señor se ha acordado de mí, compadeciéndose de mi juventud.
   No olvides tampoco a las personas queridas que hoy no han podido asistir a tu vocación, acuérdate [de los] <*12*> necesitados.
   Que podamos un día contemplar desde el cielo la mies abundante recogida en las parroquias a través de los años, merced al espíritu de santa disciplina y de temor de Dios, formado en el Colegio de San José.
   Este es el encargo y la súplica que os hago en nombre de mi Colegio de San José. <*13*>

   

* * *



   Muy amigo mío: Recibí su primera y poco agradable carta. No acusé enseguida su recibo por encomendar mejor a S. José el asunto.
   A consecuencia de ella, y puesto que en la mía solventaba todas sus dudas y temores, que mienta en la suya, con sentimiento mío tuvo que pensarse, en acuerdo con el Superior, en otro que de buena voluntad quisiera aceptar ese cargo, de tanta gloria para Dios, que se ha ofrecido.
   Recibo hoy la suya, fecha en ésa de Castellón, en que confirma su resolución negativa. S. José le perdone si era éste el terreno donde le llamaba para trabajar, por la gloria de Dios y sin perjuicio de los bienes de su familia, que hubiera podido estar a su lado.
   ¿Si a pesar [de esto] un día le necesitamos, y Ud. podía mejor que ahora, podremos tomarnos igual libertad? ¿Será esto un estorbo para que nos tomemos igual libertad?

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 7, págs. 1-4






Sor Asunción de Balaguer,
Vinaroz 2 Febrero 1888.



   El Real Profeta David. Trenos.
   Pero, ¿y es una verdad, hermana mía, que vas a realizar en la religión, y proceder a tu vestición religiosa?
   ¿Y es cierto que vas a depositar tu última corona de flores del siglo en los umbrales del claustro, y renunciar para siempre a los lícitos amores del mundo?
   ¿Y vas a renunciar [a] tu juventud y [a] tu porvenir por el olvido de una perpetua soledad?
   ¿Y vas a sacrificar cuanto puede sonreírte todavía, y esto, en aras de la pobreza y humildad religiosa?
   ¡Ah! piénsalo bien, hija mía, porque aparte de todo, vas a pisar preciosamente los umbrales de este claustro, precisamente cuando nuestros hermanos del siglo en antros tenebrosos nos han jurado una guerra de exterminio; y ¿quién sabe las circunstancias en que todavía puedes encontrarte, y lo azaroso de tu juventud?
   Y ... pero perdóname, hija mía, si yo mortifico tus oídos. Ya sé que lo tienes meditado, y que tus deseos son <*2*> de unirte, y para siempre, con el objeto de tus amores, para vivir como el Apóstol, una vida escondida con Cristo en Dios.
   ¿Qué te diré, pues, ya hija mía, que pueda interesar tu corazón? Ya que me has obligado, aunque dulcemente, a que te dirija una palabra en este día de tu sacrificio, ¿qué te diré que pueda entretener tu devoción, y las recuerdes? Tres palabras sólo: Dios, tú, la vocación. (Plática, Tortosa).
   Pero ¿dónde voy? Te hablo sólo de beneficios, y no de deberes. Yo debía decirte
   Más aún, hija mía. Esto aún no te bastaría. Precisamente vas a realizar tu primera consagración en un día memorable, de la Purificación de la Virgen, de ofrecimiento oficial (si pudiera decirlo así de Jesucristo). A estas mismas horas tal vez presentaba la Virgen Santísima en <*3*> las gradas del ara santa, y Jesús se ofrecía en brazos de Ella al Padre Eterno, y éste le aceptaba para destinarlo a la humillación, al sufrimiento, a la muerte; y en cambio de este sacrificio arrancaba del Padre gracias para el mundo y las almas.
   ¡Oh, hija mía, si hubieses podido penetrar allí los sentimientos de Jesús recostado en el regazo de María y junto a aquel corazón! allí, al hacer su consagración, daba una mirada al campo que el Padre le habla dado, y descorría la cortina de los siglos, y veía el siglo XIX, y contemplaba las ingratitudes de tantas almas, los desvíos de su amor, y para recompensarse de tanta frialdad, El se estaba escogiendo almas que, en medio de tanta disipación, repararan la gloria de su Padre, y se asociaran a su sacrificio; y fijaba su mirada en ti, y te entresacaba y escogía para que fueses una flor para su corazón que suavizara las espinas de sus sufrimientos, y obtenía del Padre esta gracia y esta elección para que te asociaras a su sacrificio.
   ¿No quieres, pues, hija mía, asociarte a dicho <*4*> sacrificio, como María unió al suyo, ya que El por ti se sacrifica? Víctima, pues, debes ser, y para siempre.
   No basta servir apartada del mundo (Sor María).

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 8, págs. 1-5






A Sor María Purificación (a Bauño)
de Vinaroz, a puertas cerradas,
el 16 de Julio de 1888. <*2*>



   Plática de vestición

   Al veros aquí reunidos, con esta actitud, con estas flores, este hábito, diría que vais a celebrar alguno de aquellos acontecimientos que ponen en movimiento esta población.
   Mas no será así; yo sufría una ilusión; la hora intempestiva, sin el armonioso sonido del armonium, ni el alegre sonido de la campana, ni el bullicioso murmullo de los fieles que interrumpe.
   Un silencio sepulcral reina. Un sepulcro.
   Mas ¿es una verdad, al fin? ¿y vas a proceder a tus esponsales? ¿por qué este silencio? ¡Ah! circunstancias especiales te han puesto en esta situación.
   Un tejido de peripecias nos obliga a obrar así; y las contradicciones del mundo te obligan a no poder celebrar este acto con la alegría y bullicio de las otras. Mas no importa, no; hoy más que nunca me parece este acto poético y sublime.
   Paréceme como si asistiéramos a las velaciones de las catacumbas, cuando las hijas de aquellos primeros cristianos iban a consagrarse a Dios en aquellos silenciosos sitios. No importa, <*3*> pues, y aún dejará más impresa la memoria de este acontecimiento en tu corazón.
   ¿Qué te diré, pues, hija mía?
   La Divina Madre de la Providencia, contra mi voluntad y mis deseos ha dispuesto que yo sea el testigo de tu consagración, y el que teja tu corona de flores; y ¿qué te diré, pues?
   Si hoy asistiera a tu acto el pueblo, mi situación sería muy desahogada.
   Te hablaría de la excelencia de tu estado, para edificación de ellos.
   Te diría que el estado religioso es un estado muy glorioso, que es el huerto de los escogidos.
   Te diría la preferencia que Dios ha hecho de ti entre tantos.
   Te hubiera dicho, en fin, palabras verdaderas pero halagüeñas a tus oídos para contentar al pueblo, y luego sugerirte ...
   Hubiéramos dicho lo demás.
   Mas ya que estamos solos, sólo te diré obligaciones.
   Obligaciones para contigo, con los demás, con la Iglesia.
   Respecto de la santidad.
   El divino Salvador para dejar continuadores de su vida en medio del mundo, instituyó la vida religiosa, <4*> y vino a constituir en estado permanente lo que El había practicado en sí y en el prójimo. En sí, la abnegación en la pobreza, en la obediencia y en la castidad.
   Y para animar a sus seguidores, El no tuvo donde reclinar su cabeza: las aves del cielo tienen nido, ...
   La obediencia: «No hago sino la voluntad de mi Padre».
   La castidad: Parábola.
   El abandono de todo con su ejemplo. La santidad.
   Como Cristo Jesús. Abrahán.
   Afortunadamente has respondido.
   Pero no basta: debes seguir.
   El Señor te ha probado. Mas no debes parar.
   Mas Cristo Jesús: Los pecadores.
   Su oración, gemidos. Si pudiéramos penetrar ... Allí verlas las penas de la Iglesia, justos, pecadores, condenados, cómo gemiría, víctimas.
   Pues El ha dejado a través de los siglos ... Debes gemir.
   La Iglesia. Combatientes. Tú con <*5*> las manos elevadas.
   ¡Ay, si desfalleces!
   Lo requerirá de tus manos.

   

* * *



   Tales son tus deberes principales.
   Yo te añadiría las otras obligaciones, pero no es hora.


   

* * *



   Una palabra siquiera de consuelo: Dios te ha conducido por caminos no acostumbrados.
   Te ha hecho beneficios especiales. Seas correspondida.
   Cuánto augentur dona ...
   Más humilde, agradecida.
   Acércate, pues.
   Depón de nuevo tu vestidura.
   Pide por esta comunidad que te admite con tanto gusto.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 9, págs. 1-4






Para Magdalena Boix
Vestición 21 Octubre 88



   Siempre que he asistido a estos modestos y silenciosos actos me he representado aquellos tiernos y deliciosos actos de consagración a Dios, de los primeros días del cristianismo
   Al venir Jesús a este mundo, no era practicada la virtud; la castidad y la humildad eran virtudes extrañas, y la virginidad era completamente desconocida.

   

* * *



   En todo el mundo reinaba la idolatría. Sólo en una parte del mundo, en la Judea, se conocía el verdadero Dios; mas aquel pueblo estaba entregado

   

* * *



   Apenas había una flor que se elevara en olor de suavidad ante los ojos de Dios.

   

* * *



   Mas el Verbo divino, el eterno amador de las almas, que según estaba anunciado, debía apacentarse entre lirios no podía sufrir tanta esterilidad, y quiere separarse de tanta disipación. De aquí que apenas se anuncia la buena <*2*> nueva, brotan fecundadas por la gracia de Jesús almas puras que son asombro del mundo, que no lo quiere creer, y que quieren seguir al Cordero sin mancilla, por el camino de la mortificación y abnegación, y se consagran.

   

* * *



   Yo me represento aquellas primeras reuniones de los cristianos que en las catacumbas ...
   Y veo allí aquellas tiernas vírgenes, que allí en aquellos subterráneos, ante los pontífices, reciben el velo, muchas de ellas teniendo a sus familias paganas.
   Y las veo allí con igual semblante risueño, con aquella santidad, dispuestas al martirio.
   ¡Oh, cómo subiría al cielo el homenaje de aquellos corazones!
   Como aspiraría Dios el aroma en medio de la corrupción de las matronas romanas.

   

* * *



   Y tan oloroso era que atrajo tu corazón y las bendiciones del cielo.
   A través <*3*> de los siglos este divino Amador quiere recibir este homenaje en medio de tantos pecados y mientras tanto lujo

   

* * *



   Y como entonces llama a las almas que [tiene] predestinadas para sí; y las quiere flores de su santuario; y víctimas de su amor; y que regalen su corazón.
   Quiere esos huertos cerrados donde el Amador de las almas

   

* * *



   Quiere continúen esos pequeños Nazaret, donde se repita el gozo que tuvo en habitar junto a aquellos lirios de pureza.
   Quiere como entonces formarse la pequeña grey de sus seguidores, que entren a participar de sus promesas.

   

* * *



   En estado permanente.
   Y tú, hija mía, eres una de esas flores, sacada del mundo.
   Tú eres elegida para ese Nazaret de la Madre Inmaculada.
   Tú eres la destinada a ser la seguidora de Jesús. <*4*>
   Mas ¡ay! que esta elección te impone deberes.
   Al establecer este estado. puso condiciones: debes ser seguidora de Jesús.
   Para animar a su seguimiento, Jesús (véase [?] )

   

* * *



   Así como Abrahán.
   Y vida como en Nazaret.

   

* * *



   Como Cristo Jesús, gemir.

   

* * *



   Y veía las penas.

   

* * *



   A ti te ha conducido de un modo especial.
   Empieza, pues:
   1.º A desprenderte de todo.
   2.º A [?] a la abnegación.
   3.º A gemir por los pecadores.
   No olvides a tus padres. Seas los ángeles de ellos. Tu madre.
   No olvides a la Iglesia.
   A S. Mateo. Has brotado a los pies de la Virgen. Pide a ella por aquella mi amada parroquia.
   Pide por aquel plantel de almas tan delicadas. A ellas las has dejado y que hoy, lo sé, piensan en ti.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 10, págs. 1-8






Vestición de Sor Felipa y Sor Nieves,
Vinaroz, 8 Julio 89.



   Hi, qui amicti sunt stolis albis qui sunt? et unde venerunt?
   Et dixi illi: Domine mi, tu scis; et dixi mihi: Hi sunt, qui venerunt de tribulatione magna, et laverunt stolas suas, et dealbaverunt eas in sanguine Agni.
   Ideo sunt ante thronum Dei, et serviunt ei die ac nocte in templo ejus; et qui sedet in throno, habitavit super illos.
   Non esurient, neque sitient amplius; nec cadet super illos sol, neque ullus aestus.
   Quoniam Agnus, qui in throno est, reget illos, et deducet eos ad vitae fontes aquarum, et absterget Deus omnes lacrimas ... [(Ap 7, 13-17)].

   

* * *



   Mis hijas en el Señor: Al veros aquí ataviadas con esos blancos ropajes, me ocurre al pensamiento aquella expresión asombrosa, que aquí la santa Iglesia ponía en nuestra boca en el oficio divino. He aquí
   Esta expresión está tomada del Apocalip- <*2*> sis cuando S. Juan allá en la isla de Patmos fue arrebatado en espíritu y vio una multitud de almas, con blancos vestidos, que adoraban a Dios y al Cordero que estaba en aquel trono, y en medio de aquel arrobamiento, uno de los ancianos le preguntó: Hi qui ...
   Y el santo Evangelista absorto le dijo: Tu scis, Domine; y le dijo: Pues bien: Hi sunt qui venerunt ... [(Ap 7, 14J].
   Esta pregunta parece que está profiriendo en su corazón este pueblo aquí presente: ¿Quiénes son esas que hoy así llaman la atención de todo un pueblo? [(Ap 7, 13)].
   Esta misma pregunta parece nos dirigirá el mundo, desconocedor de esta fiestas tan gratas. ¿Qui sunt, preguntarán, que así animosas parecen van a practicar algún acto singular?
   Evangelista.
   Esta misma pregunta parece que yo mismo quiero proferir.
   Pues yo, hijas mías, podría contestaros con las palabras del Evangelista
   Estas son las que han venido de los combates, temores, tribulaciones del mundo, y después de larga cadena de congojas.
   Ellas son las que por medio de la <*3*> humildad, y compunción y de la esperanza lavaron la estola de su alma.
   Ellas son las que han sido blanqueadas con la sangre del Cordero, con actos de amor, de heroísmo, de deseos de perfección.
   Por esto, merecen estar ante el trono de Dios en este día, y junto al Cordero que se sienta en este trono.
   Ellas son las que han merecido servirle, ser destinadas para servirles día y noche en su templo santo.
   Y el Cordero mismo las gobernará y las conducirá a las fuentes de agua de la vida, y recogerá las lágrimas de sus ojos.

   

* * *



   Tales son, hijas mías, esas almas, objeto hoy de nuestra atención.
   Y tal es el pensamiento también que en este momento, y para actuar vuestro corazón debo dirigiros yo. No; no deseaba, porque se trata de una vestición, y no es ésta sino una repetición del acto.
   Qui sunt et unde venerunt ...? [(Ap 7, 13)].
   ¿Quiénes son y de dónde ...?
   ¿Quién[es] sois? ¿Qué sois en vuestra alma? ¿Qué sois en vuestro cuerpo? ¿Qué sois en vuestro pasado?
   Hace unos años nadie os conocía; estabais sólo en la mente de Dios; ni nadie pronunciaba vuestro nombre. Vinisteis <*4*> al mundo; fuera del cariño maternal, ¿quién se ocupaba de vosotras?
   Y con todo, el Señor os guardaba con su Providencia, porque os quería un día exclusivamente para sí.
   Et unde venisti? ¿Y de dónde venís? Venís del mundo. Venís de la tierra, de donde, según la expresión del Apóstol, todo es concupiscencia de la carne.
   Venís de este mundo, donde tantos objetos hay aborrecibles para los ojos de Dios
   Venís de esta tierra que no produce más que abrojos y espinas, según la expresión de la Escritura.
   Y no obstante, habéis sido sacadas de esa masa general del mundo, con preferencia a tantas otras almas.
   ¡Ah! sin duda que en vosotras se verifica aquella expresión del Esposo de los Cánticos: Sicut lilium inter espinas [(Cant 2, 2)].
   Cuando Josué al poner al pueblo de Israel en la tierra de promisión, le decía:
   Acuérdate que eras raíz absorbida por el fuego, y yo te he plantado en esta tierra.
   Acuérdate que yo te saqué del Egipto y te hice pasar el mar Rojo. ¿Te acuerdas Israel ...?
   Pues bien: Al preguntaras quién[es] sois <*5*> y de donde venís, recordad esta elección de Dios, y esta preferencia suya sobre vuestras almas.

   

* * *



   Y bien ¿qué ventajas os reportará esta elección?
   ¿Qué significa el acto de vuestra vestición que vais a practicar? Dos cosas implica el acto de vuestros primeros desposorios.
   ¿Qué habéis hecho para merecer esta elección?
   Dos cosas indagando la idea del Apocalipsis: Habéis venido de la tribulación de los combates del mundo
   Cuando al despertar de vuestra razón, el mundo se presentó a vuestra vista, sentisteis el deseo de felicidad; como el enemigo a Jesucristo, os puso sobre el pináculo de todas las grandezas, y ... todo te lo daré si me siguieres y adorares, y ...
   Y comprendisteis en vuestro corazón que la felicidad no se encontraba en las grandezas de la tierra, ni en la posesión de los bienes de la vida; comprendisteis que toda la felicidad de este mundo es como el heno. Comprendisteis como Salomón: omnia vanitas [(Ecl 1, 2)]. Comprendisteis con la vocación, porque <*6*> sin ella nada habríais comprendido, que la verdadera dicha se encuentra en la paz del corazón, en el desasimiento de las cosas de la vida, en la cruz del Salvador: Qui vult venire post me [(Mt 16, )]. Y esta voz dulce se pego a vuestra alma.
   Como David: Quid mihi est in coelo? [(Sal 72, 25)].

   

* * *



   Por ello, pues, hijas mías, gracias a vuestra cooperación, el Señor os promete lo del Apocalipsis: Ideo sunt ante thronum Dei [(Ap 7, 15)].
   ¡Oh! ¿como explicar las gracias vinculadas?
   El Señor os ha escogido y preordenado para que estéis y le sirváis día y noche en su propio [templo].
   do en la tierra!
   ¡Oh, si los hijos del mundo comprendiesen vuestra grandeza!
   ¡Cuántos hay que viven afanados por ocupar un lugar distinguido en la tierra!
   ¡Cuántas adulaciones! ¡Cuántas bajezas! Y al fin, ¿para qué? Para conseguir un desengaño, como aquel ministro de aquel rey de Francia que al ver que su Rey no podía curarle, exclamaba que hubiese preferido servir a un portero. <*7*>
   Y a vosotras os destina el Señor para que le sirváis, pero en su templo, día y noche.
   Y no a un monarca de la tierra, sino al Rey del cielo, Aquel al cual servir es reinar.
   Y a aquel Rey de la majestad.
   A aquel que es dueño de todas las cosas; hermoso entre los hijos de los hombres.
   Et habitavit super illos.
   Sobre vosotras con su Providencia.
   El cielo y la tierra faltarán, mas no su palabra; y El ha dicho que aquel que le siguiere tendrá ..
   Et deducet ad fontes [(Ap 7, 17)].
   El hubiese merecido
   El corazón del hombre está sediento de dicha y de amor; sin amar no puede vivir.
   Y esta dicha no se encuentra sino en la posesión del mismo Dios.
   Por esto, las almas fieles que comprenden lo que es la dicha, y le siguen, a ellas las conduce a las aguas de la vida, aguas de dicha que no es dado comprender sino a aquel que las bebe.
   Pero aún continúan los favores de Dios <*8*> a estas almas, porque dice: Non cadet super illos sol neque aestus. No caerá el sol que agoste sus almas, ni calor ninguno malo [(Ap 7, 16)].
   ¡Oh! hijas mías, si conociese el mundo, si supieseis cuántos vientos [?] marchitan su felicidad! ¡Si supieseis sus lazos y tribulaciones! ¡Si supieseis ...

   

* * *



   Pues de todo ello os librará.
   Yo proseguiría, hijas mías.
   Pero ¡ay! que yo debiera aquí hablaros de vuestros deberes. Pero no, se os mostrarán en el año de noviciado.
   Si no os encontrareis con ánimo debéis retiraros. Aún tendréis aquí ...
   No faltará una flor.

   

* * *



   Pero no: el Señor que ha empezado, El lo perfeccionará.
   El que ha blanqueado vuestros vestidos y podrá acrecer la esperanza.
   Entretanto, no olvidéis vuestros deberes: Obediencia, perfección hoy más que nunca; en algún tiempo podíais ser menos perfectas; cada familia era un templo. Hoy que tanto escándalo ... Víctimas.
   Empezadlo a ser: Pedid 1.º Por la Iglesia, almas; pero ¡ah! una petición, objetos que lo necesitan.
   Y tú no olvides, seas un ángel. No tendrás más que el amor de ella. Sí Jesús

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 11, págs. 1-2






Toma de hábito de Serranetes,
9 de Diciembre 91, Vinaroz.



   ¿Qué os diré en esta silenciosa fiesta? Son tantas las veces
   Al veros aquí en actitud modesta, ...
   Al pensar en vuestra antigua y prolongada vocación, paréceme que puedo recordaros muy bien aquel entusiasmo del Profeta Balac (Sor Purificación).
   Y bien. ¿Qué os diré? La gracia de Dios os ha hecho. La correspondencia que le debéis. La gracia es un llamamiento del cielo ( [?] ).
   Si yo quisiera ahondar. ¿Qué erais?
   Y no obstante, os escoge. Isaías.
   Si quisiera continuar, las gracias de este estado.
   Pero ¡ah!, que esto quiere fidelidad. Abrahán.
   Y no bastan víctimas.
   ¿Qué os queda que <*2*> hacer? Gratitud. Tobías.
   Acercaos, pues, ya; deponed vuestras vestiduras, revestíos del hábito de vuestra divina Madre; y al darle gracias por este favor, no olvidéis las [necesidades]; empezad hoy a elevar vuestras manos virginales suplicantes en favor de todas las necesidades.
   Pedid: 1.º, por las necesidades de la Iglesia, combatida por tantas olas de incredulidad; y sobre todo, rogad por su jefe, nuestro amantísimo León XIII, que está atravesando tan críticas circunstancias.
   Pedid por esta población, que tan gozosamente cobija en su seno a estas hijas de la Providencia; que sea esta casa árbol de salud para muchas almas, sobre todo de la juventud femenil.
   Pedid, pedid al Señor en este día, que pronto pueda ser trasplantada una rama de ese árbol, para que creciendo, puedan cobijarse bajo su sombra otras almas necesitadas.
   Pedid hoy por tantos seres queridos, bajo cuyas alas pasasteis vuestra adolescencia, y que han pasado ya, y que no existen: vuestros padres amados, modelos de honradez y de piedad; vuestro tío, persona tan respetable para mí; vuestro hermano difunto, contemporáneo mío.
   Pide por tu familia, y en particular por ese hermano y esa cuñada sencilla, amorosa y solicita, que tanto interés se toman por vuestra dicha; pide por sus hijos, para que al menos uno de ellos pueda continuar las tradiciones de vuestra familia, y ser apóstol de las almas.
   Pide por esas almas, pocas, que te acompañan en esta fiesta de familia.
   Pide, en fin, por todos nosotros.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 12, págs. 1-6






Vestición de Concepción Espuny y
Fausta García Prats,
Noviembre 92.



   Mis hijas en el Señor: Otra vez un alegre acontecimiento va a tener lugar en este templo y en esta casa. Una vez más vais a escuchar cánticos de espiritual regocijo y de santa expansión. Otra vez vais a ser espectadores de una de esas fiestas, que aunque repetidas llenan de dulzura el corazón.
   Hace dos días visteis consagrarse con lazos de eterno desposorio dos almas generosas, ofrecidas como holocausto a Dios en olor de suavidad.
   Hoy se presentan otras flores arrancadas al mundo, para ser ofrecidas en el altar de María Inmaculada.
   Bendito sea el Señor, que en medio de las disipaciones con que han de tropezar tan frecuentemente nuestros ojos, nos permite asistir a estas santas y agradables fiestas. Porque ya lo sabéis, estas fiestas, a diferencia de las fiestas mundanas que <*2*> cuando se celebran no presentan más que la ilusión y el atolondramiento, y cuando han pasado no dejan sino el hastío y el vacío en el corazón, estas fiestas son suaves al presenciarlas, y dejan luego en el fondo del alma las delicias de sus recuerdos.
   ¿Y como no ha de ser grato a vuestra piedad el ver que nuevas plantas vienen a echar sus raíces de virtudes en el jardín, tan amado para Tortosa, de la Purísima Concepción? ¿Cómo no ha de [ser] siempre grato el acento de las almas que quieren unirse para siempre con su Dios?
   Y ciertamente, hermanos míos e hijas en el Corazón de Jesús: Vosotras vais a ser en este momento espectáculo digno del mundo, de los ángeles y de los hombres.
   Vosotras vais a ser en este momento objeto de la atención y del anhelo de este pueblo. Vais a ser motivo de satisfacción y de honra para vuestras familias, de alegría a los ángeles de vuestra guarda.
   Vosotras vais a decir a estos fieles, ataviadas todavía con las galas del siglo: regnum mundi, et omne ornatum <*3*> saeculi ...
   Vosotras vais a decirles con el entusiasmo de vuestros corazones: Unam petii, el habitar en la casa de mi Dios, in longitudinem dierum [(Sal 26, 4)].
   ¿Qué os diré, pues, que pueda interesar vuestro corazón? Son tantas las veces que mi voz, precursora de estos actos, ha resonado a vuestros oídos, que ninguna novedad puede ofreceros.
   Mas ya que obligado a última hora, y a falta de otro mejor, y casi a pesar mío, a llenar este vacío, ¿qué podré deciros?
   Al querer escoger algunas flores.

   

* * *



   Pero ¡ah!. Que yo me entretengo, hijas mías, en estas consideraciones que explican la historia de vuestras almas y las gracias que Dios os ha hecho, para que crezca la gratitud en vuestros corazones. Cuando lo que debía hacer era exponeros los deberes que vais a contraer, los sacrificios <*4*> que os aguardan, vuestra conducta durante el tiempo de prueba de noviciado, las penalidades de la regla y la larga cadena de [?] de cuya fidelidad depende que Dios ultime su gracia sobre vosotras.
   Pero ¿qué digo? Si os son conocidas las obligaciones, si os constan ya las dulzuras de la soledad, si habéis pesado ya lo ligero de la carga, si no os intimidan las asperezas de la Regla.
   Y por consiguiente, hijas mías, no os queda sino repetir la última palabra que he citado del libro de los Cánticos.
   Al pedir el Señor que desde hoy le pongáis como sello sobre vuestro corazón, contestadle: trahe nos [(Cant l, 3)].
   Acercaos ya: deponed vuestros vestidos, y presentaos ante este pueblo como ofrendas perpetuas para el amor de Jesús. <*5*>
   Omne ornatum saeculi.
   Y tú, Doña Concepción Espuny ... desde hoy Sor María Concepción del Espíritu Santo, ¿qué es lo que puedo decirte? Recuerdo que es el tercer miembro de tu familia que tiene la dicha y la honra de ser consagrado a Dios. Tal vez a las oraciones de los otros has merecido el colmo de esta gracia. No olvides que al calor religioso de piedad de tu familia se debió quizás el que haya podido brotar sin estorbo tu vocación. Seas, pues, fiel a esta gracia, y no olvides en tus continuas oraciones a tus padres y hermanos queridos, que con ánimo generoso no reparan en el sacrificio de tu separación.
   Una súplica especial para aquel hermano querido de quien eres objeto de especiales favores, a quien los deberes parroquiales le han impedido acompañarte en este acto.
   No olvides tampoco a aquella hermana angelical, que ahí en el cercano monasterio, te está contemplando con la alegría de su alma, y se une a ti en este momento. Une tus oraciones a las suyas, para que sean fuente de bendición para toda la familia. <*6*>
   Y tú, Fausta García Prats, desde hoy apellidada con el nombre menos fausto y más humilde, de Sor Margarita de Cortona de la corona de espinas, no quiero evocarte muchos recuerdos. Sólo si debo decirte, que bien puedes exclamar con el Profeta: Dominus recordatus est mei, miserens adolescentiam meam [(Jr 2, 2)]. El Señor se ha acordado de mí, compadecido de mi adolescencia. En breve tiempo ha allanado el Señor sus caminos, y te ha introducido en el objeto de tus deseos, en el recinto de tu Madre Inmaculada.
   Al agradecer a Dios este beneficio. no olvides a los que te han preparado.
   No olvides ni un momento a esa madre querida, que valerosa como Abrahán, no duda rodear el altar donde se va a inmolar lo que más ama su corazón, y que gustosa sacrifica el mayor consuelo que le quedaba en su ancianidad. Sean para ella tus primeras oraciones al levantarte por la mañana [y] al entregarte al descanso de la noche.
   Una súplica hoy [y] todos los días de tu [vida par]a aquel padre querido, al que apenas conociste, y que hoy te contempla gozoso desde el cielo, y se complace en tu consagración.
   Una súplica por ese joven sacerdote que te ha guiado por los caminos de la santificación, y que hoy contempla gozoso el fruto de sus desvelos.
   Pide por estos tíos y demás personas queridas, y las amigas que satisfechas se asocian a tu alegría.
   Las dos, en fin, no olvidéis, ya que estáis unidas con los lazos del mismo recuerdo, unir vuestras preces para que así como ahora nos

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 13, págs. 1-12






A Carlota Calatayud,
6 Febrero 94.



   ¡Cuán bellos son tus tabernáculos, oh! ¡Cuán agradables, oh! Como los valles con bosques amenos, como huertos junto a las aguas, como tiendas que plantó el Señor ¿Quién podrá contar a los hijos de Israel, ni enumerar las descendencias de Jacob? [(Nm , 5-6)].
   Así exclamaba, hija mía, el Profeta de Balá, cuando allá desde la cima del monte Tasgas contemplaba al pueblo de Israel acampado durante algunos días de su peregrinación por el desierto, en las llanuras del desierto de Moab.
   Y al ver aquellas ordenadas tiendas de campaña que representaban a la vista la bizarría de sus capitanes, la tranquilidad de aquel pueblo, de aquellos generales, que hormigueaban allí de paso con tanta tranquilidad en campo raso, y que se dirigían a la tierra de promisión, a pesar de que era un profeta cuando allí, en lugar de maldecirles, se ensanchaba su corazón de entusiasmo, y repetía: ¡Oh, afortunada descendencia de Jacob! Muera mi alma la muerte de los justos y sean mis postrimerías semejantes a las tuyas. Este <*2*> pasaje [se] me ha ocurrido, hija mía, con motivo de las fiestas de estos días, y del nuevo acto que venimos a celebrar.
   Cuando doy una mirada a la época presente, y veo esa muchedumbre de Institutos religiosos que se van multiplicando por todas partes; cuando veo tantas almas generosas ir a cobijarse a estas tiendas de la religión; cuando veo esas ordenadas tiendas de la religión franciscana, que forma un inmenso pueblo en todas las partes del mundo, la lozanía de sus instituciones, la humildad de sus casas, la alegría de sus corazones, ¡oh! cómo no exclamar con el profeta: ¡Oh, cuán bellas son tus tiendas! ¡Oh, [?] Muera mi alma la muerte de estos justos, y sean mis postrimerías semejantes a las de ellos.
   Y si el espectáculo que nos ofrece la vista de esta tiendas de la religión nos llena de regocijo; si estas fiestas que hemos celebrado, que nos manifiesta que una nueva de estas tiendas se ha plantado en Vall de Uxó, ¿qué consuelo, qué gozo, qué entusiasmo <*3*> no debe producirnos esta nueva fiesta, la consagración de esta primera flor en este santuario de la divina Madre?
   Cuando el mundo materializado se ha hecho como insensible a toda idea sublime en el orden moral y religioso.
   Cuando, ya lo sabéis, vuestros oídos han escuchado aquí en este pueblo mismo y en tantas partes, el bronco grito que como allá los [?] de Edón, gritaban por la destrucción del altar y del Santuario; cuando la impiedad está formando una guerra de exterminio, ¿cómo no ha de ser dulce, grato, consolador, el ver [a] la santa Iglesia engendrar una flor que va a consagrarse a los altares de la Madre [?] de Dios; al ver a esa nueva joven, que es la primera de otras muchas, y que no duda repetir sin rubor, como en medio de todo un pueblo, las palabras de David: Unam petii a Domino. Vota mea Domino reddam? [(Sal 26, 4; Sal 55, 12)].
   ¡Oh, bendito sea el Señor que nos proporciona estos consuelos!
   ¡Oh, si yo tuviera que dirigirme a un pueblo menos piadoso, yo me entretendría en decir lo que es, lo que significa el estado religioso, la vida religiosa! os diría algunas <*4*> de las cosas que os han dicho tan elocuentemente estos días. Os diría que son unos pararrayos de la justicia divina.
   Pero hablo a un pueblo católico, a un pueblo que no escucha, ni hace caso de las máximas y dichos del mundo. A un pueblo que ha acudido henchido de entusiasmo, que estos días no sólo ha acudido en tropel a recibir las religiosas, dejando sus tareas, y ha asistido a las funciones, que [con] tanto júbilo se honró a traer a Jesús Sacramentado a esta casa en solemne procesión el domingo, y que ayer máxime nos dio tanto consuelo, acercándose cerca de mil a la sagrada Comunión, para dar gracias a Dios por la fundación de este convento. Por lo tanto, hablo a un pueblo que al venir aquí no viene a preguntar qué es y qué significa este acto, no quiere razones ni motivos, sino que viene con el corazón deseoso de sentir emociones santas.
   ¿Qué podremos decir, pues, a vosotras, hijas mías? Dispensad, pues, que no me dirija
   Me dirigiré, pues, a ti, hija mía e hija de mi corazón.
   Mas ¿qué te diré yo? O más bien ¿qué podré decirte? Emocionado todavía por la novedad de este acto tan inesperado; al verte ataviada todavía con los atavíos del siglo; al verte en esa actitud humilde [en] tus esponsales; al ver humedecidas tus alas, co- <*5*> mo paloma escapada de las tempestades del siglo, ¿qué podré decirte que pueda interesarte?
   Yo en cumplimiento de mi deber como comisionado por el Prelado para autorizar tu vestición de hábito, yo debiera en este momento exponerte las obligaciones o más bien las tareas que vas a imponerte, y que han [de] formar el tejido de toda tu vida, y que van a empezar en este noviciado.
   Yo te diría, hija mía, que vas a practicar los tres votos esenciales con los cuales un día te has de atar eternamente con tu Dios: de pobreza, castidad y obediencia; y al enlazarte con el primero de estos lazos, vas a despojarte voluntariamente de todo aquello que fascina a los mortales con el brillo de las cosas perecederas; que aunque la Providencia no te abandonará, y nada te faltará, tú por ti misma nada podrás usar, ni un vaso de agua sin el permiso de tus superioras, y que este desprendimiento ha de ser tal, que te haga digna seguidora de aquel Jesús que no tuvo para sí propio en donde reclinar su cabeza. Y con el lazo de la obediencia, vas a sujetar perpetuamente tu entendimiento y tu corazón al cumplimiento de <*6*> la voluntad de Dios, significada en los mandatos de tus superiores, en todo aquello que no sea ofensa de Dios.
   Y que con el voto de castidad, has de cerrar tus sentidos, y más tu afecto y tu corazón a todo afecto y a todo amor que pudiera hacerte menos agradable a los ojos de aquel que te llama hacia sí, para que no vivas, ni respires sino por él. Vivo ego [(Gal 2, 20)].
   Yo debería enumerarte, para que lo medites bien antes de dar este paso, toda la cadena de prescripciones y penalidades que han de formar el hilo de tu existencia hasta la muerte.
   Yo debería decirte que vas a ofrecerte en holocausto para ser consumida, como las antiguas víctimas, en el amor, en el trabajo y [en el] sacrificio.
   Es verdad que tienes todavía un año en que se te irá repitiendo todo esto, y en el cual prácticamente examinarás si tienes aliento para todo esto; pero yo, de todos modos, debo advertírtelo en cumplimiento del deber de representante de la Iglesia, como comisionado por el Prelado, y era lo único que acaso debiera decirte.
   Ya que no esto, yo quizás, quizás debiera <*7*> decirte que meditaras bien lo que vas a hacer, atendidas las circunstancias que nos rodean.
   Porque, mira, en primer lugar, vas a pisar los umbrales del claustro, precisamente cuando nuestros hermanos del siglo están jurando en antros tenebrosos una guerra de exterminio, y no sabes cuál será tu porvenir; y si tal vez las catacumbas o el martirio sea el designio de las permisiones divinas en los seguidores especiales de Cristo.
   Por otra parte, hija mía, nada te faltaría en el mundo. Dedicada a tus tareas honrosas y aun a tu santificación. Ya sabes que no te faltará el apoyo de hermanas queridísimas a quienes va a amargar tu separación. Sabes que en el mundo tienes asegurado tu porvenir, bienestar y subsistencia. Ya sabes que vas a abandonar tu destino en Villafranca, y el afecto de aquel pueblo, y el respeto de aquellas ricas familias que se honraban con tu amistad y compañía, y el afecto de aquellas niñas que quedarán inconsolables al saber tu resolución y tu eterno despido; y vas a sacrificar <*8*> un porvenir tal vez brillante. Y vas a sacrificar tu vida, tu juventud, tus esperanzas.
   Piénsalo bien, hija mía, porque todavía tiene el mundo qué poderte ofrecer, y te puede brindar una corona de flores para tus sienes, y una manzana de dicha para tu corazón.
   Piénsalo bien, porque ... pero ¿donde voy, hija mía?
   Perdóname que esté lastimando tus oídos, con este lenguaje tan impropio de mi boca. Ya [sé] que tu resolución está hecha. Ya sé que hace tiempo. Incolatus meus prolongatus est. Ya sé que sabes y conoces lo que es el mundo, sus esperanzas, sus pompas y vanidades, y lo que puede esperarse de él [(Sal 119, 5)].
   Ya sé, hija mía, las agitaciones de tu mente y sinsabores que el mundo ha querido causar a tu inocente y tierno corazón para aborrecerlo para siempre, y los halagos con que el mundo te ha brindado y ha mortificado.
   ¿Qué te diré, pues, ya? ¡Oh! yo debiera decirte todo lo que mi corazón siente y todo lo que se agolpa a mi mente; pero vas a realizar tan sólo tus <*9*> esponsales, no tus votos, y lo guardo para el día en que puedas realizar tus eternos desposorios con Dios si él nos lo permite ver, como lo espero de sus continuas bondades sobre mí y sobre ti.
   Entretanto, pues, hija mía y [?] porque no quiero retardar tus deseos: Depón tu calzado y tu vestido, te diré como el Señor a Moisés, porque la tierra que vas a pisar está ya santificada.
   Despréndete de los atavíos del siglo para ser revestida de la librea de Cristo, para decir: omnia contempsi propter amorem Jesu Christi. Da un adiós al mundo, para que [pue]das entrar en el huerto cerrado de sus escogidos.
   Sí, hija mía; ha llegado tu suspirado momento, cercano está el término de tus deseos. Una corona de flores mejores y más olorosas ornará tu cabeza, y entre la sonrisa del Angel de tu guarda pronunciarás tus palabras y tus propósitos, y entra[rás] a la participación de los bienes espirituales que Dios tiene ofrecidos a sus escogidos.
   Sea, pues, el penetrar [en] estos claustros un tributo de gratitud al Señor que así te <*10*> ha bendecido, te ha roto las cadenas, exclamando con el Profeta: dirupisti vincula mea, tibi sacrificabo hostiam laudis [(Sal 115, 16)].
   Porque muy bien puedo decirte con el poeta: Tu adorna.
   Una hostia de alabanza, de gratitud, de amor, debes ofrecer a Jesús en este día, y de gratitud a esta comunidad.
   Pero en medio de la satisfacción que te embargue, no olvides al mundo a quien dejas, y a todas las necesidades de él.
   Ruega, pues, en este día, en primer lugar, por nuestro amadísimo Pontífice
   Pide por nuestra España tan necesitada de oraciones, para que el Señor la libre de las maquinaciones del judaísmo masónico que trata de humillarla, porque es católica.
   Pide también por este pueblo. Ya sabes que te has ofrecido por él
   Hace dos días que vi al orador de aquella <*11*> tarde, hijo de nuestra Obra, ofrecer con paz a Dios como víctima por este pueblo a la hermana querida que ha venido a ser una de las fundadoras de esta casa.
   Permíteme, pues, y es la única recompensa que de ti deseo, permíteme que te ofrezca como víctima de las almas de este pueblo, víctima por los pobrecitos pecadores, y para la salvación de las almas.
   Pero ¡ay! se me olvidaba. Hay una sección de almas de este pueblo, a las cuales quisiera confiar a tu abnegación y sacrificio: Las almas de la juventud femenil; las almas de las niñas, que me atrevo a cargar de un modo especial sobre tus hombros. Sea, hija mía, éste tu especial apostolado, si a ello te destina la obediencia. Y si un día llegara a serte penoso este ejercicio, quiero que recuerdes las palabras que la hija del Faraón dijo a la hermana de Moisés cuando le entregó a Moisés, encontrado en la cuna junto al Nilo: Tolle puerum istum [(Ex 2, 9)].
   Toma estas niñas y cuídamelas, y te <*12*> daré la paga de mi agradecimiento.
   Ruega también por tus hermanos, alguno ya sabes que lo necesita. Pero ruega en particular por el que es Operario nuestro, separado hoy de ti por la distancia, pero que al recibir hoy el telegrama, postrado hoy de hinojos, bendecirá al Señor y se asociará a tu dicha. Pídele a Dios que nos lo conserve para que pueda propagar la gloria de Dios en el campo sólido y fértil de las vocaciones eclesiásticas.
   Pero ¡ay, hija mía! Otras almas deben ocupar hoy de un modo especialísimo tus oraciones. Faltan aquí dos seres queridos. Hoy precisamente es una fecha amarga; no quisiera lastimar, dicéndo[lo], tu corazón, que quizás venga a nublar la dicha de tu alma: Hoy es el aniversario del día, que hace dos años, que murió en tus mismos brazos, y no puede asociarse a esta fiesta.
   Pero ¡ay! ¡Quién sabe, hija mía, si el último beso que imprimió en tu frente fue un acto de consagración que ella hizo de ti al dejarte en la tierra, y a ella debes el beneficio del logro de tu vocación! ¡Oh! casi me atrevo a asegurarlo, para tu tranquilidad: En estos momentos está sonriendo de placer en el cielo, al verte colocada y libre de los peligros del mundo. Sean, pues, para tus padres tus especiales oraciones.
   Ruega por estos padrinos que con tanto gozo se han asociado a [?] tu fiesta Ruega por todos [?] .

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 14, págs. 1-4






   In charitate perpetua

   Mis amadísimas en el Corazón de Jesús: Al veros aquí postradas para hacer vuestra consagración a la Santísima Virgen, y en vosotras dos a todas las de esta casa que lo han hecho ya o aspiran y desean hacerlo, me viene al pensamiento aquella expresión que Dios dirigía a los hijos de Jerusalén por medio del Profeta: In charitate perpetua ... En caridad perpetua te he amado, y por esto te he atraído hacia mí, compadeciéndote de ti y de tu juventud [(Jr 31, 3)].
   Esta misma expresión os está diciendo a vosotras y a cada una, en este momento: No olvides que te he amado con caridad perpetua, y por esto te he atraído hacia
   En caridad eterna. ¡Oh, qué palabra! Aún no habíais nacido, y el Señor os tenía en su pensamiento. Aún no se habla formado el mundo, y ya ocupabais la mente de Dios, y mientras dejaba a tantos millones de almas, que quizás <*2*> le hubiesen servido mejor, a vosotras os señalaba con el dedo, para que vinieseis al mundo en el tiempo señalado por su Providencia. Y esta caridad ...
   Y al venir a este mundo, mientras tantos millones nacían, pobrecitos, en las tierras de infieles, en que no se conoce a Dios, a vosotras os colocaba en tierras de cristianos, y en el regazo de la santa Iglesia Católica, y os reengendraba en las aguas del santo Bautismo, y os infundía el don de la fe, para que conocierais a Dios, y a Jesucristo y pudierais disfrutar de los Sacramentos, fruto de su redención. Por esto, porque os amo con este amor eterno, attraxi te [(Jer 31, 3)] os ha atraído hacia sí, aun en medio de las distracciones y de los olvidos de la inexperta juventud os ha atraído y nos ha llamado con sus voces, con sus inspiraciones, con su báculo, compadecido de esta alma que quiso criar desde la eternidad. <*3*>
   Y no contento con esto, hoy os ofrece a su Madre para especial Madre vuestra, vistiendo su distintivo.
   ¿Qué le daréis al Señor en cambio de tan imponderables misericordias? ¡Pobre de nuestro corazón! Poco es ofrecerle nuestro cuerpo y nuestros sentidos, que suyos son ya; poco vale nuestra vida pasajera. Sin embargo, El se contenta con nuestros deseos y nuestra sincera voluntad.
   Hoy, pues, que el Señor os admite al servicio de su Santísima Madre, y quiere adornaros con el hábito y quiere admitir vuestra consagración a Ella, corresponded a este beneficio, y ofrecedle para siempre vuestra alma, vuestro corazón, vuestros sentidos, vuestra vida, vuestro porvenir para no pensar más que en vuestra santificación y en rogar por los pecadores, para la gloria del mismo Jesús.
   Así quedará complacido Jesús, y gozosa os cobijará y os abrazará su Santa Madre.
   Por lo tanto, amadas mías, pensad todos los <*4*> días de vuestra vida, y tened presente este acto, no olvidando en todas las circunstancias en que os encontréis aquellas palabras que San Juan Crisóstomo dirigía a todos los cristianos de Constantinopla: «Considera pactum, militiam, conditiones».
   Si así lo hiciereis ...
   Si faltareis a estos propósitos, este santo hábito os serviría de testigo de vuestra infidelidad.
   Recuerdo en este momento: Juliano.
   Pues que no tenga el enemigo de vuestras almas que presentar este escapulario y este hábito en el día del juicio como argumento para pedir vuestra condenación.
   ¡Oh, yo confío que no será así, sino que será su memoria un escudo contra vuestros enemigos, un pararrayos ante la justicia de Dios y un canal de bendiciones de la Virgen en la vida y en la muerte. Apresuraos, pues, a hacer vuestra consagración a la Virgen.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 15, págs. 1-2






Tortosa



   ¡Qué ocasión! ¡en la noche! callado; ¿dónde vais? Yo recuerdo el pasaje de Abrahán.
   Yo quisiera hoy cual la Esposa de los Cánticos: Recordatus sum tui ...
   Pero ¡ay, hermanas mías, que no quiero aumentar vuestras ilusiones! ¿Qué vais a hacer?
   Si consideráis la alta dignidad.
   Si consideráis las circunstancias de que el Señor se ha valido.
   Pero, ¡ay!, si consideráis los deberes, compromisos, obligaciones, trabajos, sufrimientos, verdaderamente que no es una tierra de promisión, no es un descanso.

   

* * *



   Mirad: vais a vestiros de un hábito santo, vais a despojaros de vuestras exterioridades; vais a consagraros [?] y, por lo tanto, debéis penetraros de lo que se oculta tras esas augustas ceremonias.
   Una santidad excelente: Si queréis ser sólo buenas, sabéis lo primero: el propósito firme de no pecar ni un día.
   ¡No creáis que es estar retiradas, trabajar, frecuentar los sacramentos! ¡Ya lo hacéis en el mundo! me remordería la conciencia si no tuvierais que ser más que mujeres piadosas.
   ¡Cuántas han entrado en la religión con el convencimiento de esto! Aquello no era vocación; no era más [que] un temperamento naturalmente piadoso. Un cambio bueno, efecto de un remordimiento; que ayudado por las circunstancias <*2*> le han conducido a la religión sin saber cómo. Por ello se han atascado en aquella piedad natural, en aquel temperamento, y han pasado la edad viril, la edad de la virtud y del sacrificio con el mismo, sin abnegación, y han llegado a la ancianidad, y al cotejar su espíritu con el de los primeros años no sabe uno qué escoger: esto no es vocación. Si no aspiráis más que a esto, retroceded, hermanas mías; hoy todavía podéis hacerlo; no temáis la humillación el mundo y la de vuestras familias; pasarán unos días, y tantos son los acontecimientos ...
   La vocación es el deseo que [tenéis] al abrazar este santo hábito, [de] iros revistiendo interiormente de lo que significa, del espíritu de Jesucristo, de la abnegación constante, del deseo del sufrimiento, del camino de la cruz, y siempre y sin parar y hasta el último suspiro, hasta morir padeciendo y sufriendo en los brazos de la cruz; éste es [el] lugar a que el Señor os destina; éste debe ser vuestro propósito; y hoy más que nunca, porque el Señor [quiere] más santidad; hoy más que nunca, hermanas mías
   Pero si siempre, hoy más que nunca, hermanas mías.
   Si alguna vez aflojarais en vuestros propósitos y deberes, que os sirvan de acusadoras mis palabras.
   Porque mirad, hermanas mías: pasarán unos años, y yo y vuestros actuales superiores, y muchas de las hermanas que os han admitido en su seno, con la condición de que seáis santas, habremos desaparecido de la tierra; no podremos dirigiros nuestros consejos, ni nuestras advertencias; pero desde el fondo de la tumba levantaremos nuestra voz y su eco resonará en el fondo de vuestras conciencias, y el recuerdo de este día y las circunstancias en que lo habéis hecho sería vuestro continuo acusador.
   Espero no sea así, hijas, y que sabréis corresponder a vuestra vocación, durante el [año] del noviciado y todo el tiempo de vuestra vida. Acercaos, pues.
   Y hoy que el Señor está dispuesto a derramar las bendiciones sobre vosotras, pedidlas abundantes para vuestras familias.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 16, págs. 1-2






   Si yo tuviera que hablar a una población indiferente, diría que son ángeles. Pararrayos. Flores de ... La conveniencia.
   Pero no. ¿Qué significa la profesión? Hace un año, después de tempestades, pudisteis; pero la Iglesia no quiso admitiros ... Y cuán largos han sido para vosotras esos meses.
   Y bien ¿qué es? Dos caracteres abraza. La felicidad. El sacrificio: Votos.
   No quiero hablaros del sacrificio. Riqueza, honores, placeres. ¿Qué efecto produce?
   No quiero hablaros de la felicidad. Hoy, en este día, en que vuestros corazones están llenos, mi palabra deshojaría las ilusiones.
   Sólo si debo deciros, que desde hoy entráis.
   Aquellas nupcias de la revolución francesa. Paredes de cristal
   Tú ... P. recordatus [?]
   Tú ... pudiste quedarte en el mundo, la [?]
   Todas dos tenéis que cumplir.
   Sed santas. Ya que hay tantos que se dedican a la vida activa. Moisés con las manos levantadas.
   Que se extrañan que el pueblo se entusiasme, ante unas paredes no [?] <*2*>

   

* * *



   En medio de la tristeza que causa la impiedad, consuela ver corazones nobles que Dios escoge.
   Los caracteres han decaído. Ya no se conoce el carácter español
   Dios sin embargo, se ha reservado.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 17, págs. 1-2






   Ha llegado ya.
   Es verdad.
   Hace un año silenciosamente.
   No importa.
   Pocas cosas os diré.
   ¿Qué significa el paso que vais a dar?
   En cumplimiento de mi ministerio.
   Abandono de todo.
   Amor, y constante:
   1.º En las reglas
   2.º En [?]
   3.º
   Si no os encontráis con ánimo, retroceded.
   Olvidaos ya del mundo; pero no <*2*>
   1.º No ensalzaré tu estado...
   Y cuando en los días de tu primera vocación.
   Recuerda la salida de Babilonia.
   Recordatus sum tui.

   

* * *



   Sacrificios. En un principio.
   Amor.
   Ruega por el mundo.
   Al mundo le sabe mal.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 18, pág. 1






   Cui servire debeatis [(Jos , 15)].
   Recordatus sum tui.
   ¿Qué es este mundo? Un mar tempestuoso, tinieblas, escollos.
   Liberasti me a perditione, propterea laudem dicam tibi. Edentes.
   Qué resoluciones: Laudem dicam tibi [(Eclo 51, 16-17)].
   Haec est voluntas Dei, santificatio vestra [(1 Tes 4, 3)].
   Bien del prójimo.
   Santificación por medio de la obediencia, oración, pobreza, castidad.

   

* * *



   Cui servire debeatis [(Jos , 15)].
   ¿A quién lo debéis? Recordatus sum tui.
   Liberasti me a perditione. ¿Qué es un corazón separado de Dios? ... ¿Quién os [ha] sacado? [(Eclo 51, 16)].
   ¿Qué os impone? Santificación. Si Dios dice a todos ... Sancti estote.

   

* * *



   Como obediencia. Costoso. Meritorio.
   Pobreza. ¡Cuán amargo! ¡Para Jesucristo!
   Castidad. ¡Oh, cuánto agrada a Dios! Aunque sea patente, Magdalena. Mujer pública. Templo del Espíritu Santo. ¿Cómo? Por la oración. Examen. Mortificación.
   Además, el bien del prójimo: Animam salvasti.
   No los olvidéis a los pecadores.
   Y el día de vuestros votos, ofreceos víctimas. El ángel os dará la enhorabuena.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 19, págs. 1-2






   ¡Cuán agradables son tus tabernáculos! [(Sal 83, 2)].
   Si yo tuviera que dirigirme a un pueblo menos ... lo que os han dicho estos días.
   Pereo no; hablo a corazones devotos.
   Que no.
   Contenta, hija mía.
   A ti debo dirigirme. ¿Qué te diré?
   Una joven. De joven.
   ¿Dónde vas, hija mía? Vas a pisar los umbrales, cuando el mundo [ha pronunciado] guerra de exterminio.
   Yo en cumplimiento de mi deber, y comisionado por el Prelado, debía exponerte lo que es el mundo.
   Yo debía decirte las obligaciones que vas a contraer: pobreza, castidad, obediencia. Penalidades; ni beber podrás sin permiso.
   Durante un año entero.
   Amor hasta el sacrificio.
   Pero ¿dónde voy? Lo tienes meditado.
   Tolle filios nostros et [?]
   Un compañero ofrecerá su [?] <*2*> en los umbrales solté mi última [?] y deposité mi última corona de flores.
   Omne ornatum saeculi contempsi propter amorem Dei Jesu Christi
   Recuerda a tu madre.
   Memento [D.] Juan.
   Pide por esa niñez de la Vall.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 20, pág. 1






   Mis hijas en el Señor: Al veros aquí en actitud modesta, al recordar vuestro pasado, los varios episodios de vuestra existencia, vuestra historia toda, y no obstante, al pensar que vais a deponer vuestros vestidos del mundo, para vestiros de la librea de vuestra divina Madre; al pensar que vamos a celebrar esa toma canónica de hábito, en el silencio y en la quietud, por las circunstancias mismas que os acompañan, ¿qué os diré, hijas mías?
   Creo que yo no debía deciros otra cosa: que bendigamos a Dios, y recordaros para ello los sentimientos del Profeta cuando exclamaba: Unam petii a Domino ... [(Sal 26, 4)].
   Melior dies in atriis. Vos lo sabéis, Señor, que hemos preferido más [un] día en tus atrios, que mil junto a las tiendas de la disipación y del mundo [(Sal 83, 11)].
   Esto, no más, debía deciros. Pero ya que me habéis obligado a venir, a pesar de mis tareas, y os lo prometí

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 21, págs. 1-12






   cuantos no deben seros estas sencillas fiestas!
   Hoy hace dos años, y precisamente a estas mismas horas, tenía lugar en este pueblo un grato y alegre acontecimiento. Las calles de esta población estaban inundadas de propios y extraños que habían concurrido a aquel nuevo espectáculo.
   Unas almas predestinadas que habían abandonado para siempre sus santas viviendas, ponían los pies en este hermoso suelo, y entre los vítores de la muchedumbre entusiasmada, verificaron su entrada en esta casa; y la alegría reinaba en todos los corazones.
   Y en aquellos días elocuentes oradores os exponían el objeto de la venida de estas almas, para vosotros desconocidos.
   Y os decía que esta nueva casa sería un pararrayos de la justicia de Dios, en favor de este pueblo. Que ellas serían los ángeles de vuestra juventud, cuyo corazón formarían en la piedad. Que aquí vendrían jóvenes de distintos puntos; que aportarían aquí sus dotes y sacrificarían su bienestar <*2*> y sus vidas; que el pueblo de la Vall adquiriría un nombre que otros pueblos envidiarán tener.
   Que aquí resonarían continuamente las alabanzas de Dios en medio de la indiferencia de tantos corazones.
   Y estos anuncios se han cumplido; y esta obra va siguiendo su camino, a pesar de las maquinaciones de los malévolos, y nuevas flores van recogiéndose cada día para el altar levantado en honor de la Purísima Madre.
   ¿Como no han de ser gratas para vuestro corazón estas solemnidades, que os señalan las bendiciones de Dios sobre esta casa?
   Hace poco aportó a las playas de este puerto de la Providencia una alma venida de lo [más] apartado de Cataluña, que ni siquiera conocía el nombre de este pueblo.
   Ayer presenciabais aquí la consagración de una flor recogida en las márgenes del Ebro.
   Hoy se presenta a vuestra vista una paloma que ha descendido de las elevadas montañas del Maestrazgo, y con frecuencia podéis disfrutar de estos espectáculos dignos de la mirada de los ángeles. ¿Como no dar gracias a Dios, sobre todo en este día, aniversario de esta fundación? <*3*>


Vestición de Dolores Valls.
Vall de Uxó. 10 de Febrero 1896.

   Saludo

   Hoy hace aproximadamente dos años.
   Las calles de este pueblo.
   En aquellos días al comentar oradores.
   Y este vaticinio se ha cumplido.
   Y los cánticos os alegran.
   Bendito sea el Señor, que os permite repetir estos santos aniversarios con gozo de nuestro corazón; y nuevas flores van recogiéndose cada día para ese altar, levantado en honor de la divina y Purísima Madre.
   ¡Oh! al pensar en este acontecimiento, me viene a la memoria: y filii tui de longe venient, filiae tuae de latere surgent [(Is 60, 4)].
   ¡Oh, cómo no han de ser gratas estas fiestas al ver que nuevas flores van a ser consagradas [al] altar de la divina ...!
   Hace poco aportó a las playas de este puerto de la Providencia una alma venida de Cataluña, y ni siquiera conocía el nombre de este pueblo.
   Ayer visteis aquí una paloma venida de las orillas del Ebro; hoy se os presenta una flor arrancada de las frías monta- <*4*> ñas del Maestrazgo; y con frecuencia podéis disfrutar de estos hermosos espectáculos dignos de las miradas de los ángeles y de los hombres.
   Demos, pues, gracias a Dios y sobre todo en este día, aniversario de la venida de estas religiosas y de la fundación de ésta. Y dádselas vos[otras], hijas mías, venerables religiosas, que os ..., y mañana recordad
   Pero ¿dónde voy? Yo me complacería, hijas mías, en recordaros este beneficio del Señor. Yo quisiera repetiros algunas de las ideas que un día os expusieron. Pero ... ya lo veis ... es otro el objeto que nos reúne aquí en esta solemne fiesta. Es la vestición religiosa de una joven, de una alma que viene a consagrarse a Dios por medio de su protesta del abandono del mundo, de sus pompas y vanidades, y ella es la que debe ocupar mi atención.
   ¿Qué te diré, pues, hija mía? Ya sabes que no era yo el designado para tejer esta corona de flores; otro era el que debía y deseaba hacerlo, tu director espiritual, que por las tareas de su enseñanza no ha podido verificarlo, y me has comprometido a mí para que le represente.
   ¿Qué te diré, pues? Son tantas las veces que ante estas mismas religiosas [he hablado] que no sé qué idea pueda escoger para que a ellas haga novedad, y <*5*> sea provechosa para disponer tu corazón, para hacer con fervor tu Vestición de hábito.
   Al querer discurrir ayer una idea propia, se ha fijado mi imaginación sin poderla apartar de aquella palabra del libro de los Cánticos, en que el Esposo divino dirigía a la Amada: Ven, ven, paloma mía, a guarecerte en los agujeros de la peña.
   Y siendo, como es verdad, que todos los santos Padres convienen en aplicar este símbolo de la paloma al alma fiel, he buscado otros textos en los cuales el Espíritu Santo se dirigía al alma bajo este símbolo, y encuentro tres, apropiados para este acto.
   La una, la que acabo de decir: Ven, paloma.
   La otra, la que dirigía el profeta Jeremías a [los] habitantes de Moab: abandonad las ciudades y sed como la paloma que va a ponerse [en] la cima de las altas concavidades; y la 3a., las palabras del profeta David, cuando decía: quién me diera alas.
   Estas tres palomas son una misma en sus diferentes estados; son las palabras dirigidas por el <*6*> Espíritu Santo al alma en diferentes llamamientos.
   Y éstas son las palabras que el Señor te dirigió en el pasado, te dirige en el presente, y que quiere que pronuncies en el porvenir.
   La primera he dicho es el de la paloma, que atemorizada e indecisa en medio de las tempestades, oye la voz que le dice: Ven a guarecerte dentro de la peña.
   No, hija mía: no quiero detenerme en recordarte tu pasado. Tú, mejor que yo, trasládate con el pensamiento a los años de tu adolescencia. Al despertar de tu razón y de tu discernimiento, el mundo se presenta[ba] a tu vista, y te señalaba un campo de ilusiones; y pintaba a tu imaginación los brillantes senderos de la vanidad; y el enemigo de tu alma acechaba tus pasos, y te rodeaba tal vez de peligros; y por otra parte tú sentías brotar un deseo de dicha, de amor y de felicidad en tu corazón.
   Y por otra parte tu timidez, el temor santo de Dios, infundido por la gracia del Bautismo y de una buena educación te atraía hacia Dios, y el remordimiento te agitaba, y [en] medio de aquella tempestad oíste la voz cariñosa que te decía: Ven, ven a guarecerte en el agujero de la piedra. ¿Cuál es esta piedra? S. Pablo nos lo dice: Petra autem erat Christus; la piedra era Cristo [(1 Cor 10, 4)]; y su corazón adorable el agujero de esta piedra; y en tu primera comunión, o tal vez después de aquellos ejercicios, exclamaste: ¡Oh! si, haec requies mea. No quiero más, que <*7*> quiero amar a Dios de todo corazón: haec requies mea; éste quiero que sea mi descanso. Y apoyada en esta piedra, pudiste desafiar las tempestades del mundo y de tus pasiones, y de los peligros que te rodeaban. [(Sal 131, 14)].
   Y desde entonces las prácticas de piedad y tus ordinarias ocupaciones formaban el tejido de tu vida, y tus años se deslizaban suavemente
   Mas el Señor no estaba todavía contento; y tu corazón tampoco estaba satisfecho. El mundo se te presenta[ba] otra vez, y sus compromisos te rodeaban. Lo presente no te satisfacía; lo porvenir te preocupaba; y volvió otra vez a reinar la inquietud en tu alma, y las nuevas tempestades sobrevinieron, y la duda y la incertidumbre te tenía intranquila ... y en medio de aquella lucha oíste otra vez una voz que te decía: ven, ven, y seas como la paloma que pone su nido sobre el borde de las más altas cavidades.
   Y ... la vocación religiosa asomó a tu mente y a tu corazón, y lo comprendiste todo, y exclamaste: ¡Oh! Señor, el pajarillo encuentra su nido, y la tórtola sus polluelos, pero para ... tus tabernáculos. ¡Oh! Dios de las virtudes. Concupis- <*8*> cit et defficit anima mea in atriis Domini [(Sal 83, 3)]. Mi alma los desea y desfallece, al pensar en los atrios del Señor Melior est una dies [(Sal 83, 11)].
   No: no quiero [recordarte] las luchas que sobrevinieron, los obstáculos que se te presentaron; solo sí, hija mía, debo decirte que hoy es el día en que el Señor te va a introducir canónicamente en estos atrios deseados de la casa del Señor.
   Bien puedes bendecir al Señor que Así te llama y te ha introducido en esa roca elevada de la religión santa, de la soledad y del retiro.
   ¡Oh! si el tiempo propio de un fervorín me lo permitiera, yo te haría [ver, para que fueses más generosa para con Dios, el beneficio que entraña este llamamiento de Dios.
   ¡Oh! si, hija mía. Desde esa elevada roca te será dado contemplar segura las tempestades del mundo.
   Desde ahí podrás ver cómo se derrumban las grandezas y felicidades del mundo, al impulso del desengaño, de la desgracia, de la muerte.
   Desde ahí ... verás tantas almas agitadas en medio del mar borrascoso del mundo, y a punto de perecer. ¡Oh! no las olvides, no: así como la paloma al acercarse la tempestad, según dicen, gime, como para anunciarla, gime tú ante el Señor por esas almas necesitadas; ya que el Señor te ha concedido colocarte en esa roca elevada, alcánzales gracias constantes para ellas <*9*> del Corazón de Jesús.
   Pero no basta esto todavía: no estuvo contento el Señor: él desea que repitas como el Profeta: ¿Quién me dará alas como de paloma y volaré y descansaré?
   Como ves, esta paloma de elevada habitación, no está contenta: habíanle crecido allí las alas; se avergüenza de estar todavía atada de algún modo a la tierra; desea elevarse a lo alto hasta las nubes; y posar se sobre ]sí[ misma, sin apoyo alguno, y desde allí, en donde no llegan las tempestades, mirar con desdén la tierra, y poder fijar su mirada en el sol, respirar el puro aire.
   Y tales deben ser tus aspiraciones, hija mía, desde la elevada roca de la religión, a donde va a colocarte el Señor; debes tender a elevarte sobre ti misma; y la fe, la obediencia y el sacrificio deben ser tus alas que te remonten hasta la perfección; y desde allí no sólo debes mirar con desdén la tierra, sino que tus miradas <*10*> se han de fijar constantemente, en medio del recogimiento continuo, en ese sol de justicia, Cristo Jesús, para que puedas decir como el Apóstol desde aquí: quis me separabit a charitate Christi? ](Rom 8, 35)[. Vivo ego ](Gal 2, 20)[. En el mundo.
   Y puedas decir a esa Aguila divina de su corazón: trahe me post te, atráeme, Señor, tras de ti; y así podrás seguir tras el olor de sus virtudes; y puedas decirle con el mismo Apóstol: Mihi vivere, Christus ]est[, porque así podré volar hasta su seno (Flp 1, 21)].
   Tal es, hija mía, lo que espera y desea de ti.
   Pero no quiero molestarte más. No quiero retardar por más tiempo tu dicha.
   Depón ya tus vestiduras, Dolores Valls, para revestirte de Cristo con el hábito de ...
   Calcea tu caligas tuas [(Hch 12, 8)].
   Depón tu corona en los umbrales del claustro, y entra en posesión de esta tierra, tanto tiempo deseada, y disfruta del beneficio que Dios te concede.
   Empieza tu
   Pero en medio de la felicidad que hoy te inunda, no olvides, no, en este día de gracia, de las necesidades de la Iglesia, de toda y de todos tus <*11*> queridos.
   Ruega, hija mía, en primer lugar, por nuestro amadísimo León XIII para [que] el Señor le conceda la gracia de ver realizados sus deseos de la unión de todas las Iglesias separadas del catolicismo, para que retornen a su seno
   Pide por nuestra España, abrumada de tantas calamidades, y suplícale que cese pronto esa guerra fatal que arruina nuestra juventud, y causa tal vez la perdición de tantas almas.
   Pídele por tus padres que no han podido asistir a este acto por la distancia, pero que en estos momentos están unidos a ti con el pensamiento y el corazón, y se asocian a tu dicha.
   Pide por tu joven director, en cuyo nombre hoy te bendigo, y que el Señor le haga un Operario digno del campo a donde quiera conducirle para trabajar por su gloria.
   Pide también y no olvides a esos tus bondadosos y modestos padrina y padrino que en vista de la ausencia de los tuyos, no han [dudado] en ofrecerse y representarlos gustosamente en este piadoso acto. Sean para <*12*> ellos de un modo especial tus oraciones.
   Pide, por fin, por todos esos fieles que con gozo presencian y se asocian a tu felicidad, para que así como reunidos hoy aquí en esta solemnidad, podamos reunirnos también ante Jesús en [el] cielo.

   

* * *



   Y vosotras, de un modo especial, hijas mías, debéis entonar un cántico de alabanzas en este día, por las bendiciones de Dios sobre esta casa; en este día de la fundación, y mañana, fiesta de la Purificación, en que Jesús vino a aposentarse.
   Al recordar este acontecimiento, viene a mi mente la visión de Isaías, cuando contristado por los males de su pueblo, le enseñó en lontananza las bendiciones sobre su Jerusalén, y le decía: Surge, quia gloria Domini super te orta est. Filii tui de longe [(Is 60 1.4)].

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 22, págs. 1-2






Para Isabelita Domingo
Vestición. 2.º



   Mi hija en el Señor: No es oportuno ni ocasión propicia para tejerte yo una corona de flores. Las circunstancias y la hora en que la celebramos lo indican. No es para ti nueva esta solemnidad, y otra que aguardas tan sólo, en que puedan quedar tranquilos y satisfechos tus deseos es la que ambicionas, y no la actual.
   ¿Qué te diré, pues? Nada más sino que hoy al dar una mirada a tu pasado, al considerar la cadena de permisiones de Dios, los variados episodios de tu existencia, las maravillas de las bondades divinas, y las de esta comunidad, exclames con el profeta: Misericordias Domini in aeternum cantabo. Desde hoy y para siempre, cantaré mejor las misericordias de Dios [(Sal 82, 2)].
   Las cantaré: porque Unam petii a Domino: Una sola cosa pedí al Señor; hanc requiram: ésta sola requeriré, y era el objeto de mis suspiros y de mis ansias [(Sal 26, 4)].
   Esa sola era mi alimento y mi pan de cada [día].
   Ella sola ocupaba mis sueños y mis ensueños: Ut inhabitem in domo <*2*> Dei. El habitar en la casa del Señor, in longitudinem dierum: en la longitud de mis días [(Sal 26, 4)].
   Este sólo confié: Credidi, propter quod locutus sum; ego autem humiliatus sum nimis [(Sal 115, 10)].
   Mas en medio de mi humillación, nada me pareció sino falaz y mentiroso. Omnis homo mendax [(Sal 115, 11)].
   Quid retribuam Domino? [(Sal 115, 12)].
   Cantaré estas misericordias, porque el Señor las ha derramado a pesar de las dificultades.
   Las cantaré, con mi lengua y con mi cuerpo sacrificándolo al Señor.
   Las cantaré, con mi corazón y con mis promesas solemnes.
   Que el Señor, hija mía, y su Madre Inmaculada te las permitan cantar aquí un día solemnes, mejor que ahora, y puedas cantarlas y las cantemos todos en la feliz eternidad. Amén.

Escritos I.º vol. 9.º, doc. 23, pág. 1






   Misericordias Domini in aeternum cantabo [(Sal 82, 2)].
   Audi filia et inclina aurem tuam [(Sal 44, 11)].
   Adducentur reginae post eam [(Sal 44, 15)].
   Unam petii a Domino [(Sal 26, 4)].
   Una dies in atriis tuis super millia [(Sal 83, 11)].
   Y visto con la luz de la vocación, porque sin ella nada hubieses visto ...
   Volabo et requiram. Victoria.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. , pág. 1






   Pasaje de Samuel y David.
   Quid retribuam Domino .. [(Sal 115, 12)].
   Cinteta Benet.
   ¡Cuán bellos son tus tabernáculos!
   Purificación González.
   Si dirigiera la palabra a un auditorio menos piadoso ...
   ¿Qué te exige? ¿Qué eras? ¿Para qué?
   Audi filia et vide, et inclina ... [Sal 44, 11)].
   Vestición de Marina.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 25, págs. 1-2






   Ha llegado tu momento. Yo te diría: Audi filia [(Sal 44, 11)].
   Debía terminar. Pero debo [decir] una palabra.
   Si yo me dirigiera a un auditorio ...
   Si yo tratara de personas menos instruidas.

   

* * *



   ¿Qué diré, pues? No obstante en cumplimiento de mi ministerio, no puedo menos de recordarte los deberes que hoy vas [a] imponerte en medio de la grandeza de tu estado. Josué.
   Y al desprenderte ...
   Y sobre todo amor.
   Víctima de sacrificio. ¡Ay, cuántas gracias dejan de caer!
   Olvida el mundo. Pero no; págale con oraciones, y así cuando la tempestad ... <*2*>

   

* * *



   Ya que viene a ocultarse ¿qué le dirás?
   Vida de pureza y oculta.
   Tú, religiosa, separada del mundo.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 26, págs. 1-2






Nieves Ferré (creo)



   Mis hermanas ... El real profeta David cuando en uno de aquellos momentos en que el Señor descorrió a su inspirada imaginación la cortina de los siglos, y vio en lontananza uno de los acontecimientos de las almas predestinadas a la alianza Intima con Dios, como si le fuera presente, exclamaba entusiasmado: Audi, filia et vide et inclina aurem tuam, et obliviscere populum tuum et domum patris tui, quia concupivit Rex speciem tuam, quoniam ipse est Dominus Deus tuus [(Sal 44, 11)].
   Omnis gloria ejus filia regis ab intus, in fimbris aureis, circundata varietate; circundada de variedad con el adorno de las virtudes.
   Y según otros, vírgenes adducentur in templum Regis [(Sal 44, 16)].
   ¿Qué debía pasar en la mente del Profeta que así alegraba su corazón esta dulce perspectiva? ¡Oh, con qué bellos colores le pintaría el Espíritu Santo la belleza interior de esas almas selladas con el sello divino de esposas del Rey de los siglos!
   ¡Oh, cómo expansionaría su espíritu, contemplando esa falange de almas distinguidas que debían seguir al Cordero sin mancilla y ser conducidas in letitia et exultatione hasta el templo del mismo Rey!
   Bien, hija mía, esta visión del profeta tiene hoy [su cumplimiento] en ti. <*2*>
   Audi filia. Qué debía pasar por la mente del Profeta. En ti se realiza. ¿Qué te diré?
   No es preciso que te lo diga. Tú sabes lo que es. Hace 14 meses, hace años: Cuán dilecta.

   

* * *



   No es preciso que te diga, puesto que es,
   Pero ¡ah! que yo no te hablo sino de grandezas, y olvido los deberes. Yo debiera decirte que,
   Pero ¡ah! ya estás enterada.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 27, págs. 1-2






   Y tú, Sor Ana María, bendice al Señor, hija mía, por las misericordias que ha obrado contigo. Nacida a la sombra de las paredes de un templo franciscano, ¿quién sabe la influencia que aquellas paredes impregnadas todavía por las oraciones y virtudes de sus antiguos moradores pudieron ejercer en tu alma? Ello es cierto, que el padre San Francisco te ha conducido por caminos inescrutables y vienes a ser una flor de S. Francisco .
   Seas agradecida, hija mía, y no olvides en este día a los que han contribuido a tu felicidad.
   No olvides, hija mía, a este anciano respetable que, cual otro Jacob, va transmitiendo con su piedad, -ve multiplicada su [piedad]-, a la piedad de sus mayores, y que ha visto consagrarse a Dios. Tal vez al ofrecerte a Dios hoy, dice como Simeón ...
   No olvides a tu padre querido, a tu madre cariñosa, que heroína por su piedad, te ofrece no con conformidad, sino con satisfacción.
   Una súplica también para ese respetable tío que ha venido en alas de su caridad a bendecir tus desposorios; a estos hermanos, a esa tía venerable ... <*2*> que has formado, y que desde hoy formarás su corona por todos estos presentes.
   Y tú, Sor Rafaela: al exhalar tus votos, recuerda que el Señor te dice por boca de su Profeta: misertus sum tui ... [(Ez 16, 5)].
   Mientras ha dejado a tantos otros, a ti ...
   Y te lo ha comunicado en una vida [?] que era tu anhelo
   Mira ese padre, ese que hace el sacrificio ... ese hermano que sea un día instrumento de la gloria de Dios.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 28, págs. 1-6






   Mis hermanas en el Señor: Otra vez un alegre acontecimiento va a tener lugar en este templo y en esta santa casa.
   Una vez más vais a escuchar cánticos de espiritual regocijo y de santa expansión.
   Otra vez vais a ser espectadores de una de esas fiestas, que aunque repetidas, siempre llenan de dulzura el corazón.
   Varias veces visteis aquí consagrarse con los lazos de eterno desposorio, almas generosas, ofrecidas como holocausto a Dios en olor de suavidad.
   Hoy se presentan a vuestra vista otras dos flores arrancadas del mundo para ser ofrecidas en el altar de María Inmaculada.
   Bendito sea el Señor, hijos míos, que en medio de las disipaciones con que han de tropezar tan frecuentemente nuestros ojos, nos permite asistir a estas santas <*2*> y agradables fiestas.
   Porque, ya lo sabéis, estas fiestas a diferencia de las fiestas mundanas, que cuando se celebran no producen más que ilusión y el atolondramiento, y cuando han pasado no dejan más que el hastío y el vacío del corazón, estas fiestas son suaves al presenciarlas, y dejan luego en el fondo del alma las delicias de sus recuerdos.
   ¿Y cómo puede menos de ser grato y suave a vuestra piedad el ver que nuevas plantas vienen a echar sus raíces en este jardín tan amado para Benicarló, de la Purísima Concepción?
   Y ciertamente, amadas jóvenes en el Corazón de Jesús: vosotras sois en este momento objeto de la atención y del anhelo de este pueblo. Vais a ser motivo de satisfacción y de honra para vuestras familias, y hasta la Iglesia santa se regocija en ver engendrar nuevos gérmenes en los días de su vejez, y se gloría de esos felices signos de su perpetua <*3*> fecundidad; y hasta los ángeles de vuestra guarda, que invisiblemente presencian esta solemnidad, sonríen de placer, y el mismo Hijo de Dios que os [ha] llamado, os invita desde el santo tabernáculo complacido a vuestros santos desposorios.
   Vais a ser espectáculo ante el mundo y los hombres [?]
   ¿Qué os diré, pues, ya hijas mías, que pueda interesarnos en este acto?
   Ya que a última hora, y sin pensarlo ni quererlo, me habéis obligado a asistir a vuestros esponsales religiosos, yo en cumplimiento de mi cometido, debería exponeros lo que es el estado que habéis resuelto abrazar, lo que significa vuestra vestición de hábito.
   Durante el noviciado que vais a empezar, se os darán a conocer
   Porque con el despojo de vuestros vestidos del siglo, vais a dar un adiós al mundo y a sus pompas y vanidades.
   Y vais a practicar, para luego sellarlos con el sello de perpetuos desposorios, los tres grandes consejos evangélicos, de pobreza, obediencia y castidad; y con el primero <*4*> de
   Y aparte de todo esto, un amor hasta el sacrificio.
   Pero ¿donde voy, hijas mías? vosotras lo sabéis, y durante los 14 meses de vuestra probación se os darán a conocer mejor.
   ¿Qué os diré, pues, que pueda interesar vuestro corazón, y actuarlo, para hacer con gozo vuestra vestición, y que simbolice vuestros sentimientos?
   Queriendo escoger algunas flores con que tejer vuestra corona me he atrevido a penetrar <*5*>
   Pero quiero aguardarla para el día en que el Señor os haga la gracia de verificar vuestros eternos desposorios, si Jesús y mis ocupaciones me lo permiten.
   Hoy en estos santos esponsales, ¿qué os diré? La gracia que Dios os hace, la correspondencia que quiere vuestro corazón.
   La gracia que Dios os ha hecho. Yo bien podría, hijas mías, para ponderar el beneficio de Dios recordaros que ha sido un llamamiento, pero llamamiento especial, y para vosotras llamamiento de toda la vida.
   Reyes Magos (1.º)
   Y si quisiéramos ponderar más la gracia de este llamamiento, para ser agradecidas a Dios, yo os haría dar una mirada a vosotras mismas.
   ¿Qué erais? No existíais. En vuestra vida modesta, en la soledad de vuestra casa, el mundo no se ocupaba de vosotras. Y no obstante, allí tenía fija el Señor vuestra mirada. Como la familia de Nazaret en su vida oculta, y mientras <*6*> el mundo se agitaba, y el imperio romano tiene su Capitolio, y no obstante, Dios apartaba de él sus miradas.
   Y no obstante, Dios os escoge a vosotras, y a pesar de vuestros achaques y enfermedades.
   Recuerdo aquel tan sabio pasaje, que por más que lo hayáis leído, y es tan a propósito para compararlo con el beneficio de Dios. Isaías.
   Y le colocó en el trono de Israel.
   Si yo quisiera ahondar todavía más en esta consideración del beneficio de Dios, os presentaría los bienes que os va a proporcionar el retiro de esta santa casa.

PROFESIONES


Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 29, págs. 1-10






2 Pláticas
Predicada a Sor Lucía Curto de S. Juan,
en el día de su profesión religiosa,
el día 11 de Julio de 1871.
Predicada antes en la Vestición de
Sor Visitación Lledó, de Sta. Clara.



   Mi hermana en el Señor: Al tener que fijar mi consideración en alguna idea para cumplir el dulce compromiso que hoy me impones ...
   Se ha fijado de un modo particular y no he podido apartarla de aquella imagen con que el Espíritu divino en el libro de los Cánticos compara al alma fiel y que ha sabido escuchar la voz del Esposo: esto es, el símbolo de paloma, cuando le dice en realidad: Ven , paloma mía, a abrigarte en los agujeros de la roca.
   Y siendo, como es cierto, que todos los Santos Padres y expositores convienen en esta aplicación de la paloma al alma, he procurado recordar otros pasajes de la Escritura, en que se dirijan palabras al alma bajo este símbolo, y encuentro tres precisamente oportunas para la ocasión presente.
   La primera es esta que he dicho: Ven, paloma mía, apártate de mundo, y ven [a] abrigarte en <*2*> los agujeros de la roca [(Cant 2, 14)]
   La otra aquella que diría Jeremías a los hijos de Moab: Abandonad las ciudades por las cimas de las rocas, y sed como paloma que pone su nido sobre el borde de sus cavidades más elevadas [(Jr 48, 28)].
   Y finalmente aquellas magníficas del profeta y amante David: ¿Quién me diera, exclama, quién me dará alas como la paloma, para volar y descansar en mi propio vuelo? [(Sal 54, 7)].
   Estas tres palomas no son sino una misma en sus diferentes situaciones; son las palabras que el Espíritu divino dirige al alma en diferentes vuelos
   Y estas tres palabras, hija mía, te ha dirigido y te dirige el Señor en el pasado, y en el presente, y para el porvernir.
   La primera, he dicho, es la paloma despavorida, que huye agitada, y que oye la voz que la convida a guarecerse en el agujero de las piedras.
   ¡Ah, hija mía! No quiero registrar ya tu pasado. Tú misma echa una mirada retrospectiva a los años de tu primera existencia. Recuerda cuando al despuntar de tu razón o de tu juventud, el mundo se presentó a tu vista y con él todo te sonreía y sus primeras impresiones hirieron tu imaginación.
   Y el brillo de sus vanidades te hacía distinguir un camino de flores de falsa felicidad; y la varie- <*3*> dad de horizontes [de] sus pasatiempos quería adormecer tu corazón, y dirigía sus tiros por medio de los objetos exteriores que le rodeaban; y tu corazón indeciso buscaba un norte que fijase su rumbo y le dirigiese hacia la felicidad verdadera. Y la inconstante navecilla de tu alma, inexperta en su dirección, era agitada por vientos diversos, que la azotaban, aunque no muy fuerte, y los peligros se multiplicaban, y los enemigos de tu alma acechaban los momentos; y tu presente no te satisfacía, y tu porvenir te afectaba, y en esa desconocida lucha, la agitación vino a apoderarse de tu alma. Y en alas de tu buen instinto, y apoyada de la fe deseaste fijar tu corazón, y ...
   Pero ¡ay, hija mía! tú, mejor que yo, sabrás comprender los caminos extraños por los cuales camina el alma durante las ignorancias de su misión y de su juventud.
   ¿Y qué sucedió entonces? ¿Qué hiciste en medio de la agitación de tu alma? ¡Oh! una voz amiga te dijo: ven, ven a refugiarte en los agujeros de la roca. Y ¿cuál es esa roca? El apóstol S. Pablo nos lo explica: Jesucristo es la verdadera piedra. Petra autem ... [(1 Cor 10, 4)] y los agujeros son las llagas de su cuerpo y de su corazón. Y encerrada en él, y abrazada a éste, haciendo alianza con tu voluntad, asida a su amor, descansaste ya de tus primeras agitaciones. Y al abrigo de esta roca exclamaste como Agustino, del deseo de ser toda de Dios te parecía ya poder desafiar al huracán del siglo que percibías con tus oídos; y nada te parecían los combates del enemigo. En el fondo de este bendito retiro, en tus primeros fervores, en el silencio primero de tus pasiones, olvidando tal vez tus miserias pasadas exclamarías: «Si el Señor no hubiese estado conmigo, cuando las tempestades de mi imaginación y mis pasiones se levantaron contra mí, hubiera perecido, (aquí permaneciera). Bendito sea el Señor que no ha permitido que yo sea presa de los dientes del enemigo; he <*4*> sido arrancada como el pajarillo de las redes del cazador; la red se ha roto y yo he sido libertada. Todo mi apoyo está ya en este lugar escondido del amor de Jesucristo, que es para mí la piedra de mi refugio. Aquí permaneceré para siempre». Feliz, hija mía, para ti el día en que a los pies de Jesús le sacrificaste tu corazón.
   Pero ¡ah!, no, hija mía: no está contento el Señor que permanezcas en este refugio primero de su amor.
   Hasta te habías refugiado en este piedra como el ave que ha escapado de los lazos enemigos y que no busca más que un asilo [?] y necesitabas de este asilo como para reparar tus débiles fuerzas; tu pensamiento no pasaba más allá. Pero he aquí, que cuando fortalecida, purificada y lavada con el agua divina que destilaba esta roca de las llagas de Jesús, cuando pasada la primera tempestad te encontraste con nuevas fuerzas, he aquí que oíste una voz que te llamaba y te decía: ascende superius; sube, sube un poco más arriba; seas como la paloma que pone su nido en el borde de las más altas concavidades.
   Y al eco de esta voz un pensamiento agitó tu mente, y se ensancharon las alas de tu corazón con ánimo de tomar nuevo vuelo, y desde el borde de tu refugio diste una mirada al mundo, y ¡ay! entonces no te viste ya bastante segura; y anhelaste otro lugar más elevado y menos expuesto a las oleadas del mar, y a los fuertes vientos del mundo, y mientras, como tortolilla gemías indecisa donde levantar tu vuelo y fijar tu morada, se repetía a tus oídos aquella voz misteriosa, ascende superius [(Lc 14, 10)]: sube, sube aquí mismo, más arriba, y podrás fijar tu residencia más tranquila, semejante a la paloma que
   ¡Ay! entonces lo comprendiste y exclamaste como <*5*> David: ¡Oh! el pajarillo encuentra una casa, y la tortolilla un nido donde criar sus hijos; pero yo ¡oh Dios de las virtudes! tus altares, tus altares solamente. ¡Oh, y cuán amables me son tus tabernáculos, oh Dios de Israel! Concupiscit ... los deseo y desfallece mi alma al pensar en los atrios del Señor.
   Y atraída por esta voz siempre creciente, resolviste abandonar los lugares bajos de la tierra, dejar las moradas, y remontarte hacia las regiones sublimes donde se respirara más puro el amor de Dios, donde tu corazón y tu carne se regocijaran, porque los Tabernáculos del Dios de las virtudes comprendías que eran soberanamente amables; y pasaron los años, y transcurrieron días, y el Señor prolongaba tus deseos para probar tu vocación y tu fidelidad.
   Y hoy es el día, hija mía, en que el Señor que te llamó con su voz de predilección en tu niñez, te viene a introducir, y para siempre, en el interior de este Tabernáculo, y la santa religión es la cima de esa roca donde vas a fijar tu descanso, y con él tu felicidad. Y al recordar este beneficio, hija mía, venido de la mano de tu Dios, bien puedes exclamar con un cántico de gratitud y decirle al Señor: Haec requies mea [(Sal 131 14)]; éste, si, éste es ya mi descanso y para siempre; cuánto más dulce es un momento pasado en los atrios del Señor, que miles de días pasados en las tiendas de los mundanos. He aquí el nido que ambicionaba; he aquí la montaña donde es bueno que yo permanezca; he aquí la morada que he elegido y habitaré para siempre.
   ¡Oh! si me fuera permitido, pero ya sabes que ...
   Permíteme, sin embargo, te diga que en este lugar en que el Señor te ha introducido, en esta roca elevada de la religión. <*6*> ¡Ah! desde esta elevada roca, hija mía, y en el silencio de la soledad te será dado contemplar sin peligro ese mar inconstante del mundo, y verás compadecida las espumosas olas de la vanidad, del orgullo, de la ambición, estrellarse contra las rocas del desengaño, de la tribulación, de las desgracias; y verás, y verás tantos corazones extraviados en la noche de sus pasiones, prontos a perecer en medio de la tempestad; ¡ay, no los olvides! sé con tus gemidos ante el Señor como la paloma que anuncia las tempestades a los navegantes; dirige tus gemidos al Señor por ellos; y al levantarte por la mañana, bendecirás a tu Dios que te ha proporcionado tan seguro retiro; y durante el día bendícele que te ha guardado de los ardores del día; y en todo tiempo, no ceses de predicar sus alabanzas; sea tu vida en tus palabras, en tus obras, en tus sufrimientos un tributo de acción de gracias por el beneficio que te ha concedido.
   Pero ¡ah, hija mía! no creas que ya está completado tu destino. No has llegado aún al término que el Señor te ha fijado. No ha de ser el descanso el único objeto de tus aspiraciones. Te falta un paso más. Desde la cima de esta roca debes hacerlo como aquella paloma, cuya suerte envidiaba el Profeta cuando decía: Quién me dará alas como a la paloma para volar y descansar y reclinarme y descansar.
   Como ves esa alma en el nido donde se había fijado, sus alas se habían alargado y ensanchado; y no pide un refugio ya, y aunque en lugar elevado, se avergüenza de estar como atada a la tierra, y abre sus alas y se remonta sobre el aire, y suspendida sobre sus mismas alas apenas percibe y mira con desdén la tierra, y fija su mirada en el sol, y contempla el azulado cielo, inaccesible a los vientos y a las tempestades, y se regocija en su propia elevación; y he aquí tu imagen, hija mía: El Señor te dirige aún su voz; y no quiere que permanezcas inactiva en este lugar santo donde te ha colocado; y quiere que te remontes con el vuelo de tu pensamiento, y aún más, de tu corazón, sobre las miserias de la tierra; y tu pensamiento se fije constantemente en Dios que es tu único sol de justicia, y tu corazón no aspire más que el cielo; Dios quiere que con [las] alas de la mortifi- <*7*> cación y del amor te remontes cada día, de virtud en virtud, hasta la perfección de tu estado; que el deseo de seguir al Aguila divina, Cristo Jesús, ensanche las alas de tu corazón con el deseo inmenso de arrebatarle y poseerle. Que no desees ya más reposar en su seno.
   Y la mortificación y la humildad, y el retiro y el sacrificio han de ser las alas que te eleven sobre ti.
   Si lo haces así, hija mía, si eres constante en seguir esta última voz del Señor, no temas; después de haber pisado las vanidades del mundo, y sus engañosos placeres, después de haber elegido tu morada en el tabernáculo de la religión, [podrás] exclamar con el Apóstol: Cupio disolvi [(Flp 1, 23)]; Dios mío, desatadme ya de esta prisión de mi cuerpo, y con uno de tus vuelos te desprenderás de la tierra para ir a posarte eternamente en el seno de tu Dios.
   Acércate, pues, ya, hija mía: no me resta sino animarte a exhalar tus votos ante el Eterno; [?] y le ofrezcas hoy y para siempre tus sentidos y tus potencias, tu cuerpo, tu alma, tu corazón. El Angel de tu guarda espera tu palabra; los cielos te contemplan para contarte en el número de las vírgenes; esta comunidad ...; y, nosotros, testigos de tu feliz adiós al mundo, esperamos entonar un cántico de acción de gracias a Dios, que nos ha permitido celebrar esta festividad en medio de las [?] del siglo.
   Acércate, pues, hija mía, y en este día tan bello para ti y en que el Esposo te admite a su regazo, pídele que ... hoy todo te lo concederá; pídele que bendiga a la Santa Iglesia, a nuestra ciudad, a ti, a tus padres, a los que hemos asistido.
   
   

* * *



   Ya sabes, hija mía, las prescripciones de la Santa Iglesia; en estos dos meses de probación ya has visto lo que es la disciplina de un claustro; sólo te falta vestirte de hábito santo, símbolo de desprendimiento de las vanidades del siglo; de este velo blanco, señal de blancura y pureza de tu alma, que no has de empañar en toda la vida; de este cíngulo tosco, muestra de obediencia y de la mortificación a que estarás atada, hasta el día en que rom- <*8*> pas la atadura de tu cuerpo en el sepulcro.
   Durante este ano has de remontar tu vuelo, con el ejercicio de todas las virtudes, despojándote de tus pasiones, a fin de que como el águila puedas fijar tu vista directa a Dios, y merecer el año que viene el abrazo del eterno desposorio con él, si las fuerzas de tu alma se encuentran en disposición de ello.
   Y sino, hija mía, ya lo sabes: durante este año te será libre y permitido volver al seno de tu familia, si conocías que ésta era la voluntad de Dios.
   Si el continuo ejercicio de la contemplación y lo espinoso de la santa Regla, te impusiera, no temas, hija mía, volver al siglo; aquí tienes una [familia] afectuosa que te recibirá con los brazos abiertos; tendrás ante ella y ante la sociedad las mismas consideraciones que hasta ahora; no te imponga tampoco el que dirán. Tu salida del claustro sería como una gota de agua caída en el Ebro, apenas se percibiría; ¡son tantos los acontecimientos!
   Además de que, hija mía, si ésta no fuese tu vocación, nada perderías con ello ante Dios; en el mundo podrías santificarte, y la gracia del Señor no te faltaría en medio de los peligros, si le eras fiel.
   No, no; nada te arredre; pero ... perdóname, hija mía, si estoy mortificando tus oídos; ya sé que estoy lacerando las más delicadas fibras de tu corazón, pero debo decírtelo en cumplimiento de mi deber; y además porque el espíritu de la Santa Iglesia lo indica también; porque, mira, hija mía, yo ya sé que podrías realizar hoy tu profesión, que estás suficientemente probada. Pero, sin embargo, ya lo ves: la Santa Iglesia te ha establecido dos meses de probación, quiere que emprendas un año entero, sin faltar un día, de noviciado, y esto no sólo para probar tu firmeza, sino para que vea el mundo la prudencia como se procede; para que no aparezca la vocación religiosa, como un acto de exaltación febril, como una preocupación, hija <*9*> de un fervor inconsiderado; y la Iglesia quiere que en el año de noviciado se te haga probar toda la austeridad de la regla, para [que] nunca puedas ser llamada a engaño; la Santa Iglesia quiere, en fin, hacer ver que la vocación religiosa es hija de una completa libertad, que no es obra humana, sino inspiración divina; que a la vocación religiosa le acompaña un conocimiento perfecto, una santa prudencia, que no es, [en] fin, hija de una ceguera o de una pasión, como lo son la mayor parte de los acomodos humanos.
   No tomes, pues, a mal que te recuerde en este día que tienes un año de completa y perfecta libertad para examinar tu corazón, y ver si eres llamada a sacrificar tu juventud y tu existencia silenciosamente entre los muros fríos de un claustro.
   De esta manera pagarás al mundo la indiferencia con que mira tu estado; ¿qué digo indiferencia? la aversión que le inspira, sin duda, por no conocerlo; y no sólo por no conocerlo, sino que en muchos es porque el enemigo de las almas les infunde esta aversión sin que ellos lo conozcan; el mundo, hija mía, que sacrifica tantos seres a la desgracia, que ve con indiferencia miles de almas entregadas a la degradación, a la ignominia; al mundo, hija mía, que tal vez con sus disipaciones está agostando tantas plantas lozanas con la enfermedad y con la muerte, le sabe mal que sean arrancadas algunas de sus flores para el santuario; no puede sufrir que haya almas intrépidas que sepan pisarle y burlarse de el; que haya almas que comprendan que la vida del hombre es como la flor del campo, que por la mañana sale lozana, y por la tarde cae marchita sobre el tallo. <*10*>
   No conoce este mundo ciego que en medio de los llanos y valles del mundo, hay allá en la cima de las montañas más elevadas de los Alpes, donde la planta del hombre no pisó jamás, hay digo, algunas modestas flores que desconocidas a la vista del hombre envían tan sólo su suave [aroma] al cielo; y que en el orden de la religión y de la piedad puede haber algunos corazones, que desde la cima de la montaña de la santidad envíen su aroma a su Dios.
   Ruega, pues, por este mundo. Compadécele; desde las alturas de la contemplación, en que te será dado ver sus extravíos, eleva tus manos suplicantes en favor de él.
   La eternidad se acerca, hija mía, y entonces verán quién ha sido el que ha escogido mejor el camino de la verdad. Que lo conozcan antes de aquel día para que puedan ser salvos.
   No olvides hoy en tus fervientes oraciones, a la Santa Iglesia y a nuestra España. No es preciso te lo advierta. La celebración de este acto, te indica la situación en que nos encontramos. Ya ves que nos vemos precisados a celebrar modestamente y casi a escondidas nuestras solemnidades, como si un crimen sellara nuestras frentes, al hacer uso de un derecho indisputable.
   Que el año que viene, hija mía, puedas celebrarlo más desahogadamente, y con más satisfacción de tu familia. No olvides tampoco a esta ...; al asistir hoy a tus primeros desposorios con Dios, y algunos de ellos haciendo sacrificios de largos [caminos] para ellos, es una prueba más del amor que te profesan; ya sabes cuánto han deseado tu felicidad; ellos te felicitan hoy con el corazón en medio del sacrificio que hacen de desprenderse de ti. Seas su ángel ante Dios; seas una víctima que se ofrezca ante [él] para que les alcance a ellos todos los bienes. Al asistir hoy a la Vestición de tu hábito, ya ves que no están poseídos del espíritu del mundo; ellos como

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 30, págs. 1-7






Predicada a Sor María Domingo,
Francisca Gimeno, en San Juan,
día 15 de Julio de 1871.



   Mi hermana en el Señor, y hoy
   Ha llegado por fin tu suspirado día; cercano está tu anhelado momento; próximo el término de tus ardientes y prolongados deseos; pronto completarás tus desposorios con el Eterno; una corona de flores ornará tu cabeza, y entre el concierto armonioso de los ángeles de tu guarda exhalarás tus promesas; y tu nombre quedará escrito en el libro de la vida; y quedarás sellada con el sello del cordero, y entrarás en el derecho de entonar aquel cántico misterioso y divino reservado a las vírgenes, y que no es dado al ojo humano descifrar.
   Y al contemplarte yo, hermana mía, en este momento, víctima agradable y dispuesta al sacrificio, quisiera decirte ya como a la Esposa de los Cánticos: Ven y te introduciré en el retrete escondido de la profesión religiosa, y allí te se dará el vino que produce vírgenes y embriaga el corazón.
   O como a la de Salomón: Audi filia ... Oye, hija, y mira e inclina tu oído, y olvida hoy tu pueblo y a ti misma, quia concupiscet ... porque hoy ha querido complacerse en la hermosura de tu alma, y quiere a todo trance tu corazón y unirse a él con un lazo eterno, et ipse est Dominus Deus tuus; y éste, ya lo sabes, es el mismo Señor y Dios tuyo [(Sal 44, 11-12)].
   Yo quisiera ... pero ¿qué he de querer, hija mía, ya sino invitarte a que hagas [?] felicitarte en tu dicha en este día memorable, y que sea de gran recuerdo para ti?
   Es verdad, hija mía, que yo no puedo <*2*> felicitarte hoy con el entusiasmo que desearía. Hace dos años, cuando al hacer tus votos temporales, te dirigía mi palabra, me lamentaba de la triste situación en que nos encontrábamos, no pudiendo celebrar públicamente nuestras fiestas; Hoy, hija mía, esta situación no ha desaparecido todavía; algunos de nuestros hermanos del siglo nos están acechando y desean la perturbación del Santuario, y semejantes a los hijos de Israel durante los días de la cautividad, el temor y la amargura es el alimento que nos proporcionan, y como los primeros cristianos en los días de la persecución, nos vemos obligados a escondernos de sus miradas, y a celebrar en secreto nuestras solemnidades. Y ya ves, hija mía, el aspecto severo de esta ceremonia, en otros tiempos tan alegre; y el silencio sepulcral; y ni los armoniosos ecos del órgano resuenan en nuestros oídos, ni los alegres tañidos de la campana hieren nuestros corazones; ni el entusiasta murmullo de los fieles nos importuna.
   Pero ¡ay! no importa, no, hija mía: porque esta hora intempestiva en que vas a hacer tu consagración, y esta soledad, hablarán más poéticamente a tu corazón, y dejarán huellas vivas en tu alma, que toda la pompa exterior que hubiésemos podido desplegar; y recodarás estas circunstancias con más gratitud ante el Señor todos los días de tu vida.
   Quisiera te acercaras ya; pero ... detén todavía tu paso un momento; aunque con ello haya de mortificar algún tanto los ardientes ímpetus de tu santa agitación, y permíteme un desahogo a mi corazón recordán[do]te, aunque sea ligeramente, el beneficio que el Señor te concede hoy.
   Y al quererte ponderar <*3*> hoy tu dicha para prepararte al acto solemne que vas a practicar, no creas que vengo a ensalzarte las grandezas que encierra tu estado, [sino] las consideraciones que merece para con Dios, con la Iglesia y la sociedad. No quiero decirte con los Santos Padres que al aceptar hoy Dios tu consagración, entrarás a ser constituida en el número de los escogidos de Jesús: porción selecta del rebaño de la Iglesia, o propiciatorio de la nueva ley ... y tantos otros títulos, que os dieron con sus elocuentes plumas.
   No creas tampoco
   Si al calor del amor puedes,
   Recuerda las promesas de Jesús. En todas las páginas en que llama a sus servidores
   No sólo como dice un Santo Padre, porque él cuidará de tu subsistencia, más aún,
   No sólo como dice otro, porque los consuelos y felicidad que él te dará será en comparación de los bienes materiales, sino que él te se constituye tu Padre, tu hermano, tu esposo, y por lo tanto cambias estos títulos tomándolos ... (Planas)
   No, no quiero: Trasládate tan sólo y con la imaginación a los primeros días de tu vocación, cuando la idea de ser religiosa ocupaba tu mente y embargaba tu ánimo; cuando las voces de Jesús resonaban en tus oídos; recuerda, digo, las emociones de tu alma; los latidos de tu corazón; las promesas que a los pies de Jesús hacías; recorre las ventajas que entonces veías en la vida religiosa; las dulces impresiones que ya entonces producían en tu interior la idea de la soledad <*4*> y del retiro ante el Corazón de Jesús; y cuando veías como tras un negro velo con tu instinto, los peligros del siglo, y como por instinto te parecía adivinar un inquieto y nebuloso porvenir, y recordabas que con la vida religiosa podías poner una barrera a los compromisos del mundo y una muralla a tu frágil y débil corazón, ¡ay! recuerda las promesas que a los pies de María le ofrecías al dirigirle tu plegaria por tanta dicha.
   Y no era una ilusión aquello, hija mía: era una realidad; si ahora te encontraras en aquellas circunstancias, ¿angustiarían tu alma las mismas agitaciones de entonces y darías el mismo aprecio a este estado, y te azorarías ante ... y comprenderías sus ventajas?
   ¿Mas es preciso tal vez que yo me esfuerce en pintarte el negro porvenir de tu existencia en el siglo? Tú quizás lo comprendes; pero ¡ah! un feliz desconocimiento tal vez te oculten las espinas que rodean un corazón no nacido para el campo de la vanidad y ... pero las presentirás lo suficiente para agradecérselo al Señor, y si eres constante y fiel lo comprenderás aún más, a medida que vayas caminando hacia la eternidad, y desde las alturas de la meditación y a la luz de la experiencia, vayas registrando las ruinas de las grandezas humanas, derrumbadas a impulsos de la desgracia, de la enfermedad, del desengaño, de la contradicción, de la amargura.
   Flores el campo, a lo más, hija mía, todas las felicidades humanas; por la mañana nacen, y a la tarde caen marchitas, si es que quedan agostadas ya, como la mayor parte, al soplo del mediodía.
   Esto lo comprenderás, hija mía, y darás gracias a Dios por tu destino.
   ¡Oh! si me fuera posible
   Pero si este cúmulo de gracias temporales y espi- <*5*> rituales, si a esta grandeza de tu estado, si a ese ...
   La circunstancia de haber sido Dios, él solo, su predilección, su amor el que te ha escogido y elevado a este estado, ¡ay! hija mía, entonces sí, sube de punto este beneficio inmenso.
   Dilexi te [(Jr 31, 3)].
   Recordatus sum.
   Mira, hija mía: No habías nacido aún ...
   Alrededor de tu cuna.
   Llegaste a tu adolescencia y al calor de una bella educación, y con el riego de paternales cuidados, al abrirse tu razón, pudiste ofrecer el aroma de tus primeros fervores a los pies de María Inmaculada.
   Y entraste en tu juventud, y arrebatada por caritativas y cariñosas manos, conducida por senderos de flores de santas amistades se deslizaron suavemente los días de tu primera juventud, adormecida en tu propia felicidad; y al despertar de tu cándido adormecimiento, y antes de que el calor del día pudiera agostar tu corazón el divino y amante Jesús que no te perdía de vista, con admirable cuidado, con suaves aunque eficaces medios, quiso trasplantarte al jardín de la religión antes que pudieras serlo a los incultos campos del mundo.
   Y a todo esto que ha hecho Dios por ti, hija mía, no puede no tener de parte tuya otro tributo que la ligereza de tu carácter y tu pobre corazón; ¡ay! entonces sí que puedes decir que es imponderable este beneficio que el Señor te hace hoy
   ¡Oh! cuán bien se han verificado en ti [?] <*6*>
   Ahora bien, pues, hija mía: Quid retribuam Domino? ¿Qué le darás al Señor? O más bien ¿qué le prometerás, pues poco puedes darle? [(Sal 115, 12)].
   No exige de ti grandes cosas. Nada necesita.
   Lo que quiere es gratitud.
   Cuando los hijos de Israel.
   (Dios promete a Israel terram manantem ...) [(Dt 26, 9)].
   Pero sobre todo amor. Pone me ut signaculum [(Cant 8, 6)].
   El Señor te está diciendo: Pone me.
   Lo cual expositando el P. Scio dice: Así como el sello está unido a la materia en que está grabado, que forman una misma cosa el sello y la materia, así también debe estar el amor de Dios en tu corazón, que sean como una cosa inseparable.
   Y así como no puede destruirse el sello sin que se rompa la materia sobre la cual está, así también tal debe ser el amor del alma religiosa, que no puede desaparecer sino destruyéndose ella; y así finalmente, como el sello impone su imagen a cuanto se aplica, así también el amor de Dios, de su corazón, imprima la imagen de él a tus palabras, a tus acciones, a todo cuanto toques.
   Tal debe ser el amor, que no sólo debe ser constante, sino ferviente. Su llama ha de ilu- <*7*> minar en la casa del Señor. Ya te he dicho, hija mía, que desde hoy la Iglesia te considera como lámpara del santuario. Mira ...
   Y un amor tan grande, que imponga silencio a todas las pasiones.
   Y un amor hasta el sacrificio: Por grandes que sean las contradicciones que Dios quiera permitirte, por extraños que sean los caminos por donde quiera conducirte, por humillantes que hayan de ser las circunstancias de tu vida, en la vida y en la muerte, en la enfermedad y en las amarguras, en la soledad o acompañada, has de ir revestida y superarlo todo con el amor de Jesucristo. Debes rodear tu corazón con la corona de espinas.
   De modo que puedas decir con S. Pablo: Certus sum [(Rom. 8,38)].
   Porque no es una tierra de descanso.
   Amor, pues, amor y sacrificio. Sacrificio en tu alma y en tu cuerpo para con Dios, para con la Iglesia y los pecadores.
   Si no te encuentras con ánimo, retrocede.

Escritos I.º, vol, 9.º doc. 31, págs. 1-4






Predicada en la profesión religiosa
a Sor María Dolores Riba de S. Juan,
el día 29 de Julio 1871.



   Mi hija en el Señor: Al verte en este momento fiel a la gracia de Dios, y que vas a renunciar, y para siempre, a todo cuanto posees, todo cuanto eres, permíteme que, para que te sea conocida la extensión de tu sacrificio y la recompensa que el Señor te guarda, te recuerde y comente aquel hermoso pasaje de la Escritura: la vocación de Abrahán. Colocado éste en medio de una nación que había olvidado las verdades de la tradición, y que adoraba a dioses extraños, oye la voz de Dios que le llama fuertemente, y le dice: Sal, sal cuanto antes de tu tierra, de la casa de [tus] ascendientes, despréndete de todo, y ven a la tierra que yo te señalaré con el dedo. Y para animar el corazón de Abrahán a esta empresa, para que no desmayara con ese total desprendimiento que le exigía, le añade: Mira, si haces esto, te haré jefe de un gran pueblo y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y las arenas que hay en la playa del mar, y daré a tu posteridad una tierra que mana leche y miel, y en ti serán bendecidas todas las generaciones de la tierra. Y Abrahán, dócil a estas voces de Dios, sigue su llamamiento, y lo abandona todo; y Dios fiel a su promesa, le indica el lugar donde permanecer para siempre, objeto de sus complacencias. Desdichado él, hija mía, si no hubiese sido pronto a las voces de su Dios. El ...
   El Señor te llamó también, hija mía, a un convite, al <*2*> abandono de todo; a una perfecta unión con él para que le sirvieras de un modo especial en el lugar que con su dedo te señalare; y hoy, hija mía, te constituye, y para siempre, en este lugar de su predilección, para que seas objeto de sus complacencias. Con cuánta más razón que Abrahán ...
   Y bien; ¿qué te promete el Señor en cambio de la docilidad a su voz, en cambio de tu sacrificio? El te promete, hija mía, en este santo retiro la tranquilidad que no podrán perturbar todas las criaturas mancomunadas; consuelos preciosos desconocidos a los ojos mundanos, nacidos a la sombra de una conciencia libre; las vivas efusiones de la gracia del espíritu de Dios.
   Al admitirte hoy Dios a su regazo, entras a ser dueña de su corazón; depositaria de su gracia; vienes a ser (según la expresión de la misma Iglesia) como el propiciatorio de la ley antigua, colocado en el interior del santuario, y que era el lugar del asiento de Dios, donde se conservaba el maná y las tablas de la ley, y donde daba sus oráculos. Pero ¿dónde voy? ¿No es acaso este día en que te se repite aquella expresión de los Cánticos: Veni ... [(Cant 2, 10)].
   Pero ¡ay! hija mía, que en medio de las promesas que el Señor te hace, en el tiempo y en la eternidad, te exige grandes sacrificios aun en el lugar que te coloca, porque quiere que vayas subiendo a la perfección de tu estado; y sino, mira lo que le sucedió a Abrahán, a fin de hacerle más digno de sus promesas. Poco tiempo después de haber pisado la tierra prometida, el hambre le obliga a emigrar a Egipto, la tribulación le apremia, la esterilidad le llena de angustia recordando las promesas de Dios; más adelante Dios le manda la inmolación de su hijo; se ve obligado a arrojar a Agar; su vida fue una <*3*> cadena no interrumpida de virtudes y actos de sacrificio; y cuando parecía habla llegado al colmo de la santidad, Dios le exige aún que sea perfecto; ¿cómo? andando en su presencia continuamente.
   Una cadena no interrumpida de actos de sacrificio te pide también el Señor, hija mía. Sin ellos la vida religiosa no tendría ninguna belleza.
   Tú los has meditado va. Y no es Preciso me detenga demasiado en recordarlos.
   Cuatro promesas solemnes vas a ofrecer a Dios, hija mía. Al desprenderte con el primero de aquella carga que se llama propiedad, recuerda, hija mía, que no ha de ser una [renuncia] exterior y de fórmula, sino que tu corazón ha de estar absolutamente apartado de todo aquello que fascina a los mortales, al ver el brillo de las cosas perecederas. Y una inclinación excesiva a cualquier cosa, por insignificante que sea, te haría menos agradable a los ojos de aquel Dios, que hoy te asocia a sí, tan amante de la pobreza, y que no quiso tener para él ni donde reclinar la cabeza. Y cualesquiera que sean las circunstancias en que te puedas [hallar], recuerda que ha de ser tu distintivo principal, y que es lo que más se olvida, sobre todo a medida que avanzamos en nuestra edad, y que es lo que más fácilmente podría poner en peligro tu salvación.
   Y vas a hacer el sacrificio de tu cuerpo a Jesucristo, y que ha de durar toda tu vida. Y con él debes negar a tus sentidos el uso de satisfacciones, para otros legitimas, para que puedas merecer el titulo de esposa del Cordero. Y debes remontar tu alma, a fin de [?] aparte esta casa de barro, que por todas partes
   Y aún no basta esto, hija mía; al consagrarte en este día imitadora, víctima suya, debes arrostrar todas las consecuencias. Y contraes para con Dios la obligación de un servicio continuado de amor y gratitud, entonando cánticos de entusiasmo y de <*4*> acción de gracias en los momentos de fervor y de calma; y de humillada y fervorosa oración, cuando las indefinibles tristezas del alma te asaltan en los caminos espinosos de la perfección, según nos lo aconseja el apóstol Santiago
   Y contraes obligaciones contigo misma, atándote a las prescripciones de tus reglas, como una muralla que te pondrá a salvo de los ataques del enemigo, y a las que no debes faltar por insignificantes que sean, si no quieres que Dios te eche en cara la nota de infidelidad.
   Y contraes obligaciones para con tus semejantes. La Santa Iglesia, hija mía, al admitirte hoy, no sólo quiere que seas como el propiciatorio del tabernáculo para que sirvas de asiento a Dios, sino como propiciatorio constante de su justicia, y para que sirvas de ejemplo y de edificación ante los ojos del mundo, y conducto de gracia para ellos.
   ¡Cuánto sacrificio, hija mía, para todo esto! ¡Sacrificio en tus votos, en tus deberes, en tus reglas, en la obligación de tu perfección, en el uso de tus sentidos, de tus potencias, para contigo misma, para con tus semejantes! ¡Cuánto sacrificio, repito! Y sin embargo, hija mía, la Iglesia no te admite más que bajo esta condición. ¡Desdichada de ti, si no lo cumplieras esta santidad sin límites! No corresponderías a los fines que Dios y la Iglesia se proponen en el alma religiosa.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 32, págs. 1-4






Lledó. Profesión religiosa, 2 Julio 1873.
Vinaroz, Sor Gonzaga, 9 Julio 89.



   Mi hija en el Señor: Ha llegado por fin el suspirado momento.
   Pero ¿dónde vas, hija mía? ¿Qué vas a hacer? ¿Estás resuelta a dar tu último paso? Porque mira, hace ya más de un año, te dirigía la palabra por tu toma de hábito, te pintaba la situación triste en que nos encontrábamos, los peligros que nos rodeaban, el porvenir que nos amenazaba, y quería excusarme de dirigirte la palabra y darte el parabién.
   Pues mira, hija mía: hoy las circunstancias no han desaparecido; al contrario, el horizonte se presenta más negro; la tempestad arrecia; aunque tuvieras otros motivos, el aspecto severo con que hoy celebramos este acontecimiento, te lo diría bastante; ya lo ves: un silencio sepulcral nos rodea; en una hora intempestiva y cerradas las puertas, y rodeado de contado número de personas, que silenciosamente asisten (como si fuéramos a cometer un crimen de lesa sociedad), te ves precisada a emitir tus votos; ¿y te atreves todavía a dar este solemne paso?
   Que no puedas decir nunca que te hemos atenuado los peligros que te rodeaban y las circunstancias que acompañaron tu profesión
   No quiero atormentarte. No, no quiero atormentarte, poniendo en ejercicio tu fidelidad; ya sé que en tu acertado criterio, lo ves todo, y que a pesar de ello, está sereno tu corazón, desafiando el provenir, colocada bajo las alas del Dios del cielo, y por lo tanto no quiero retirar ni retractarme del parabién que yo debo darte en este día, en nombre de la Iglesia, de tu familia y amigas.
   Yo te envío mi felicitación, y al tenerlo que hacer en estas circunstancias criticas, de un motivo especial, porque empiezas a ser perseguida por tu amor a Jesucristo; esta falta de desahogo, con que <*2*> hoy nos entregamos a las expansiones de nuestro corazón, es porque quieres ser seguidora de Jesús; ¿lo dudas, hija mía? Pues, mira, y medítalo para tu consuelo. Los hijos del siglo han puesto su vista a nuestros recintos, y quieren [?] la perturbación en el santuario; ¡ay! si se tratara de una asociación de mujeres protestantes, clamarían por su conservación en nombre de la libertad de conciencia; si se tratara de un edificio dedicado al culto del Corán, lo escudarían con el manto del derecho y de la justicia, sin poner en cuestión estos derechos; si trataras, hija mía, de prestar tu nombre a una asociación de impúdicos mormones, nadie te disputaría tu derecho; pero ahora no; aunque estás en tu derecho, aunque ningún perjuicio puedas ocasionar a la sociedad; aunque [la] casa que ocupas sea fruto de los sudores de vuestras familias; aunque el pan que te alimentará sea ganado con el trabajo de tus manos, y la bondad de tus hermanos; ¡ah, no importa todo esto! Eres seguidora de Jesús, y esto basta; por más que la impiedad no sepa ella misma distinguir, que todo esto es el odio con que el enemigo de las almas se infiltra en sus corazones.
   Debiera yo concluir, hija mía: pero deseas que te diga algo sobre tu estado, para actuar tu disposición, y voy a hacerlo brevemente. Y al querer ponderar hoy tu dicha, trasládate a pensar cuando la idea de ser religiosa
   Pero no; no es preciso que yo me esfuerce en ponderar tu felicidad.
   Y no era una ilusión, es una realidad. Si ahora
   Pues bien: hoy realizas y entras en posesión de todas estas felicidades. Y a medida que se deslicen los años, desde la altura de tus consideraciones, y a la luz de la experiencia lo comprenderás mejor; y desde tu agradable retiro, cual desde elevada montaña, registrarás con tu vista las ruinas de las grandezas humanas, derrumbadas al impulso de la desgracia, de la enfermedad, del desengaño, de la contradicción, de la amargura.
   Flores del campo a lo más, hija mía, todas las felicidades humanas; por la mañana de su juventud nacen, y a la tarde caen marchitas, si es que no agostadas ya, como la mayor parte, al soplo <*3*> del mediodía.
   Todo lo comprenderás, hija mía, y darás gracias a Dios por ello
   Pero y bien: ¿y qué te exige en cambio el Señor por todas estas felicidades, y otras que omito, por no excitar tu impaciencia?
   Plática Rib.
   Y vas a ser coronada con la corona de espinas de una santa obediencia, sujetando tu voluntad. Pero no, hija mía, corona agradable es ésta. Para los oídos de los mundanos que no lo comprenden, no es extraño que lastime sus oídos este nombre de abnegación de la propia voluntad, sobre todo en estos tiempos de independencia y orgullo. Pero tú ya sabes lo que implica este nombre de obediencia. La obediencia no es otra cosa que el ofrecimiento de la voluntad para todo aquello que conforme a la ley de Dios, y cumplimiento de tu estado, sirve para la mayor santificación de tu alma. Si en los mandatos pudiera jamás haber ninguna cosa, que se opusiera a la ley de Dios, y a tu conciencia, cierta y clara, no entraría en ello el deber de la obediencia. Más aún ...
   Y por lo tanto, y siendo esto así, la obediencia no es sino la entrega de tu voluntad a una mano cariñosa que te conduzca más fácilmente por los senderos que deseas caminar; la obediencia es una madre prudente que te ordena; es una barrera que se opone a la inconstancia y ligereza de nuestro corazón; una luz que nos guía en las nieblas ordinarias de nuestro espíritu; un báculo, en fin, seguro para no tropezar en los impedimentos que a cada paso encontramos en el uso de nuestra libertad.
   Y has de hacer a Dios el sacrificio de tu cuerpo
   No le compadezcas demasiado a tu cuerpo: un día estará en este mismo lugar expuesto a la vista de las gentes; que al desaparecer tu cuerpo para siempre a los ojos y hasta a la memoria del mundo, puedas tener la satisfacción de que haya sido una oblación sacrificada por el bien del mismo mundo; y sea tu cuerpo como una semilla [?] que debe resucitar el día de la eternidad. <*4*>
   En cambio de esta corona
   He aquí, pues, tus grandezas; he aquí tus obligaciones.
   Animada con el celo del cumplimiento de estos deberes, y atraída por la esperanza de estos bienes, henchido tu corazón por el entusiasmo y la gratitud, acércate ya, y pronuncia tus promesas y tus votos; promesas que quedarán escritas en [el] libro de la vida, y que nunca jamás podrán borrarse.
   Acércate, hija mía; y cuando después de prometer tus promesas, Dios te haya sellado con el sello del Cordero, como esposa suya que serás, en medio de la satisfacción que inundará tu alma, llena como te encontrarás de una satisfacción desconocida, entonces aunque abstraída del mundo, piensa que, como agradable que serás a los ojos de Dios, y como tributo de tu felicidad, no desdeñar una mirada a tantos a los cuales eres deudora.
   Envía una mirada a Dios, hija mía, en favor del Sumo Pontífice; hoy como todos, y como cabeza, puesto en tribulación, no espera más que de las oraciones. No le amarga no tanto el cautiverio en que se encuentra, ni los tiros que se le dirigen, lo que más le hiere es el desdoro de la gloria de Dios, el extravío de las almas. Al rogar hoy por él, llora también por los males de la Iglesia y de las almas.
   Envía una mirada a nuestra España querida, para que amanezca el día en que podáis descansar tranquilamente a la sombra de una libertad verdadera.
   No olvides ¡ay! y como olvidarla a esta tu patria querida. La Providencia ha colocado este convento en lo más elevado de ella, como si quisiera que fueseis los centinelas avanzados y guardianes de su protección por medio de vuestras oraciones. Muchos de sus hijos no lo conocen.
   No olvides, no sólo hoy, sino todos los días de tu vida a tus familias. Cuando te levantes a medianoche, en aquella hora apacible y tranquila, en que nosotros estamos entregados al descanso, seas en aquella hora como el ángel que vele su sueño, pidiendo al Corazón de Jesús en aquella hora en que nadie piensa en él, las gracias que necesitan en medio de los peligros de la vida.
   Ruega también por tus amigas, que no han dudado en sacrificar el sueño, y que hasta algunas han venido de lejos por presenciar tu desposorio, y que te saludan con el corazón, y cuyo interior se confunde con el tuyo. Ruega por este [Prelado] que te admite por una gracia especial, dejando a otras que lo solicitan. Ruega por todos, y para que así como ahora

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 33, págs. 1-4






Predicado a Sor María de Estrada,
el día de su profesión religiosa,
día ... 1873.



   Mi hija en el Señor: Vas a realizar tu profesión religiosa, y a unirte a Dios con lazo indisoluble y para siempre. Y bien: ¿Debo yo felicitarte por ello? ¿Debo yo darte la enhorabuena por el acto que vas a practicar? Si examinamos las grandezas de tu estado, las gracias corporales y espirituales vinculadas a él, los beneficios que va a reportarte en el tiempo y sobre todo, para la eternidad, verdaderamente que deben llenarte de un santo placer y de una indecible alegría. Poderte llamar dentro de poco esposa de Jesús, con toda la propiedad de esta palabra, verte sellada con el sello misterioso del Cordero, quedar tu cuerpo y tu corazón completamente consagrados a Dios, entrar [en] el derecho de las inefables promesas ... por Jesús a sus seguidores; poder entonar dentro de ti aquel cántico misterioso de amor intimo que el mundo no conoce y que es sólo dado a las vírgenes purísimas, cosas son, hija mía, por demás extraordinarias y halagüeñas, y que cada una de ellas sería para derramar lágrimas de reconocimiento tu corazón en su presencia.
   Pero si a todo añades que es Dios, Dios, sólo él, el que te va a proporcionar esta dicha, debes subir tu admiración y tu gratitud.
   Mira: recuerda aquel pasaje de la Escritura cuando Dios quiso escogerse un corazón, que fuera como el modelo del suyo, y que gobernara a su nombre el pueblo de Israel. Y mando el Señor a Samuel que fuera a Belén, a casa de Isaí, que llevara consigo el aceite de la unción real, y allí le indicaría al que debía ser [rey] de Israel. Y fue Samuel a casa de Isaí e hizo venir a su presencia a sus hijos; y vino el primero, joven de gallarda presencia y de robusto brazo; y Samuel exclamo: no elige el Señor a éste. Y se presentó el segundo joven, también de elevada frente; y no eligió el Señor a éste; y le presentó los seis hijos que había en casa, y no escogió el Señor a ninguno de ellos. ¿No tenéis otros hijos, exclamó triste el Profeta? ¡Ah! no: no tengo más que uno muy jovencito todavía allá en el campo, tostado por los rayos del sol y por el relente de la noche [(1 Re 16, 11)].
   ¡Ah! Envíale a buscar; y al verle en su presencia, exclamo: Hunc elegit <*2*> Dominus. Este es [el] que el Señor quiere escoger, y derramando sobre su cabeza el aceite, le dijo enternecido: sepas tú, hijo mío, que el Señor te ha escogido para sí, para que seas representante en el pueblo de Israel [(1 Re 16, 12)].
   Hija mía: El Señor quería escoger una alma más para sí, para unirla al corto número de sus escogidas, y que formara parte de esta santa comunidad, y a quien adornar con la corona de esposa de su corazón.
   Y hubiera podido escoger una de tantas otras almas criadas y redimidas por El, y de mejores condiciones, de alma más grande, de una santidad mayor. El hubiera [podido] escoger cualquiera de las muchas que tú has conocido de mejor posición que la tuya ...
   Pero ¡ah! no, no: non eas elegit Dominus: No quiso el Señor elegir a ellas. Ha querido escogerte a ti, para que sea mayor tu humildad y más grande tu reconocimiento. Ha querido que seas tú, para que te manifiestes ante el mundo como un trofeo de su misericordia; justa es, pues, tu satisfacción en este día.
   Pero no; no quiero yo tan sólo felicitarte por tu santa dicha. Prefiero recuerdes, en este instante solemne, los deberes a que vas a sujetarte voluntariamente; deberes, que si cumples como es debido, te proporcionarán la verdadera libertad.
   No hablo aún de los deberes esenciales a tu estado; de este voto de castidad solemne, que la Iglesia te acepta y que te ha constituir como propiciatorio de la [?] oculto a las miradas del mundo, en el santuario de Dios, velando sobre tus sentidos para que no puedan empañarlo ni los más ligeros vapores del mundo; ni de tu voto de pobreza religiosa, tal vez no bastante comprendido, y que te ha de hacer semejante a aquel que hoy te acepta por compañera, y tan pobre que ni tuvo donde reclinar su cabeza en el día de la necesidad. Ni de tu voto de obediencia, que debe constituirte esclavo de la voluntad de Dios, por el conducto de tus superiores.
   ¡Cuántos otros deberes tienes que cumplir todavía! Al ofrecerte hoy a Dios, ya no te perteneces; toda tú eres de Dios y para él; y esta tu memoria no debe ocuparse más que de recordar sus beneficios y sus misericordias para contigo, para que puedas exclamar con el Profeta ...
   Y este entendimiento no debe servirte más que para mirar <*3*> a Dios en todas partes y para ahondar en las consideraciones de los misterios y de las bondades de Dios, en una constante oración.
   Y tu corazón consagrado hoy con el aceite de la gracia especial de la profesión, no deberá alimentarse ya sino del deseo constante, puro, desinteresado de agradarle y darle gloria, para que pueda ser el tabernáculo donde descanse dulcemente y donde pueda guarecerse cuando experimente los desvíos del mundo. Y contraes deberes para con tus sentidos.
   Y tus ojos vendados con la cinta de una santa modestia, para que nunca se levanten a una curiosa vanidad. Y tus labios, como pedía David, rodeados con la puerta de circunstancias para que seas mujer perfecta como dice el apóstol Santiago, y en tus oídos espinas, como pedía el mismo Profeta, para que rechacen hasta el aire sutil de la más ligera maledicencia.
   Y además de todos éstos, tienes los deberes de tus reglas, que la santa Iglesia ha puesto como murallas para impedir tu debilidad, y a cuyo cumplimiento ha vinculado muchas gracias, y a cuya transgresión acompañan muchas debilidades.
   Y tienes sobre éstas las obligaciones particulares de tus quehaceres, los cuales han de obrar tu santificación, más que ningún otro ejercicio voluntario; puesto que con ellos sabes ciertamente que cumples la voluntad del Señor que de hito en hito te contemplará, para que se lo ofrezcas todo, con pureza de intención, humildad de espíritu y alegre sencillez.
   Y tienes ... pero no quiero extenderme, hija mía. Yo me complacería en detallarte estos deberes, poniéndolos a tu alcance, para que supieras practicarlos; pero se me ha dado muy limitado el tiempo, y por otra parte tú los habrás meditado ya durante este año, y sobre todo en estos días de ejercicios.
   Sólo, si, y concluyo, hija mía: debes pensar y no olvidarlo nunca que la vocación aunque beneficio especial, es una gracia, y que las gracias son principio de mérito; es decir, hija mía, que debes <*4*> negociarte esta gracia. Es como un tesoro que el Señor te concede, para agenciar con ella tu santificación y salvación. No debes adormecerte a la sombra de esta gracia, como si no tuvieras más que hacer. No es el término. Es el principio de la carrera en el camino de la perfección. Esta vocación que el Señor te ha concedido es un caudal de gracias que necesariamente o han de ser aprovechadas, y en este caso formarán una cadena que te elevarán a la perfección, o serán desaprovechadas, y en este caso colocarían tu alma en el peligro de una lamentable tibieza que yo ahora desisto el pintarte, y que tan fácil es caer en ella.
   Porque, y recuérdalo, desde este día en que te resuelves a consagrarte a Dios, no te bastará el ser buena; no te salvarías si te sorprendiese la muerte no estando en camino de perfección.
   Y sobre todos estos deberes, y aparte de todos ellos, al asociarte hoy a Jesús, debes revestirte de un gran espíritu de abnegación y sacrificio, dispuesta a todo lo que el Señor quiera disponer. Y aunque se levanten las tempestades en el mar agitado y misterioso de nuestro espíritu; aunque la mano de Dios coaligara todas las criaturas para ejercicio tuyo, piensa que deberás ser como el modelo de predestinados, Cristo Jesús, como manso cordero, poseedor de las condiciones de aquella dulce y tranquila humildad que nos descubre S. Pablo. ¿Quieres, en fin, cumplir con el designio de Dios sobre ti?
   Arroja tu alma con generosidad en manos de la obediencia y del sacrificio, no compadezcas demasiado a tu cuerpo, porque ¡ah! un día ...
   Lleno de santo júbilo
   Que ha querido honrarte con su presencia y tomar parte en tu felicidad.
   Ruega, en fin, por todos.
   De esta manera cumplirás con tus deberes, y recibirás la recompensa que el Señor promete ya en esta vida a los que se consagran generosos a su amor.
   He concluido, hija mía, y ...

   

* * *



   Cuando te encuentres abrazada con Jesús, por medio del más puro entusiasmo, aunque abstraída del mundo, no desdeñes una mirada de gratitud para todos a los que eres ...
   Ya que has sido asociada a esta comunidad, depositaria especial de las riquezas del Corazón de Jesús, pídele que las derrame abundantes sobre nosotros.
   Piensa que ha querido acompañarte de un modo es

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 34, págs. 1-7






Profesión de Sor Encarnación Colom,
Sor Dominga Poy, Sor Magdalena Tost,
25 Abril 1875. <*2*>

Dirigida a Sor María Encarnación Colom,
Sor Dominga Poy y Sor Marina Magdalena Tost,
en su profesión religiosa,
que presidí el día 25 Abril 1875.



   Mis hermanas en el Señor: En medio del silencio que llena este ámbito sagrado, al examinar las circunstancias que nos rodean, los objetos que tengo a mi vista, no dudo en asegurar que la tierna ceremonia que va a verificarse es un espectáculo digno de las miradas del cielo y de la tierra. Unas jóvenes, víctimas voluntarias, ataviadas ya e impacientes para realizar su sacrificio. El ver aquí a unas madres, hermanos, parientes, en quienes tiene más poder el amor a la religión que la naturaleza, y que no temen rodear el altar sobre el cual los derechos de la carne y de la sangre van a ser inmolados al amor divino,
   La Iglesia que se regocija en engendrar vírgenes en los días de su vejez, (y se gloria de esos felices signos de su perpetua virginidad); los ángeles que presencian invisiblemente esta solemnidad rodean solícitos a estas esposas de Jesucristo, y se preguntan alborozados: «¿Quiénes son estas almas privilegiadas que aspiran a las bodas del Cordero, y que se elevan ya sobre la tierra por el deseo de una vida toda celestial?». El mismo Jesucristo que parece llamar a las que eligiera, y decirles: venid, venid, a recibir de mis manos una vestidura de gloria y una corona inmortal; en fin, estas coronas
   Este modesto velo que ocultándolas a la vista de los hombres, va a encerrarlas para siempre en una sagrada soledad con su Dios ... ¿puede darse, hijas mías, un espectáculo más interesante, ni más digno de la atención de todo el universo?
   Pero no, hijas mías en Jesús: no quiero distraeros en prolijas consideraciones, y otros son los motivos que debo poner a vuestra vista y a vuestra consideración. <*3*>
   Y bien: Al dirigirme a vosotras en este momento solemne, ¿qué os diré yo que pueda preparar vuestro corazón?
   Al cumplir el deber y el honroso encargo de presidir vuestra profesión, y la renovación canónica de vuestro pacto con Dios, paréceme oportuno recordaros y traer a vuestra memoria aquel pasaje de la Escritura, cuando Josué, el caudillo del pueblo de Israel, después de Moisés, próximo ya a la muerte, después de haberlo introducido ya en la tierra de promisión, y puéstolo en posesión de ella, reunió a los ancianos de Israel y a todo el pueblo, y les decía: Esto dice el Señor, ¡oh, Israel! Yo soy el que saqué a vuestro padre Abrahán de la Mesopotamia para que no sirviese a dioses extraños; yo soy el que os saqué a vosotros de la tierra y esclavitud del Egipto y pasasteis el mar Rojo sin anegaros en sus aguas; ¿te acuerdas, oh Israel? Yo soy también el que te he introducido en esta tierra de promisión en que te encuentras; y te di estas [tierras] que no labrasteis, y estas ciudades que no edificasteis, para que habitaseis en ellas; las viñas y olivares que no plantasteis. Ahora, pues, temed al Señor, ¡oh, Israel! y sírvele de corazón perfecto y muy sincero, y quitad allá los ídolos y dioses a quienes sirvieron vuestros padres en la Mesopotamia y en el Egipto, y servid al Señor. Pero si no os parece bien servir al Señor, continuaba, se os da a escoger: Eligite hodie cui servire potissimum debeatis. Elegid hoy lo que más os agrade, a quien principalmente debáis servir. (Eligite): O a los dioses de los amorreos, que están alrededor de vosotros, o al Dios que os saco de Egipto. Eligite hodie [(Jos , 15)].
   Representante de la Santa Iglesia, y comisionado para presidir vuestro paso solemne, no extrañéis, hijas mías, que yo tome en mi boca estas palabras de Josué. El Señor es el que sacó a nuestros padres de la Mesopotamia de la idolatría, dándoles la luz de la fe; él es <*4*> el que sacó a vosotras de la esclavitud del Egipto del mundo, y os salvó del proceloso mar donde tantos se anegan, y os introdujo en esa verdadera tierra de promisión que no labrasteis, es decir, que sin mérito alguno os concedió el Señor; él, en fin, ha sido el escudo contra vuestros enemigos en todas las circunstancias de vuestra vida; recordad, pues, en este instante, todos estos beneficios, y ved y elegid, si queréis que continúe siendo el esposo de vuestro corazón el Dios que os saco de Egipto. Eligite. La puerta tenéis abierta todavía; todavía habrá para vosotras un lugar en el mundo; todavía una corona podrá ceñir vuestras cabezas.
   Ya sé, hijas mías, que vuestra elección está hecha; que vuestros deseos son de estar unidas con vuestro Jesús, hasta el último [instante] de vuestra existencia, y con lazo indisoluble; y por lo tanto, no me queda sino repetiros, sino que renovéis ya para siempre el repudio hasta de los idolillos que un día pudieron apegar vuestro corazón, y que os actuéis y penetréis de los compromisos que vais a contraer con vuestro Dios
   ¿Y cuáles [son] estos deberes? ¿Cuáles son los compromisos que vais a imponeros?
   No ignoráis los sacrificios inherentes que vais a imponeros, y los ídolos que debéis renunciar. Vais a hacer entrega de vuestro cuerpo, de vuestra alma, de vuestro corazón, de vuestro presente, de vuestro porvenir, y hasta de vuestras esperanzas.
   Y vais a hacer el sacrificio de vuestro porvenir. Al desprenderos con el primero de vuestros votos de aquella carga que se llama propiedad.
   Y cualesquiera que sean las circunstancias en que os podáis ver; aunque las tempestades del siglo se levanten contra vosotras, cualquiera que fuera la situación en que el Señor quiera colocaros, confiad en su Providencia, y recordad que la santa pobreza deber ser el distintivo principal de las hijas del padre S. Francisco; que la Providencia no os faltará, y que él velará sobre vosotras.
   Y vais a hacer el sacrificio de vuestro cuerpo, ... <*5*>
   Y vais a hacer el sacrificio de vuestra voluntad, sujetándola a una santa obediencia. ¡Oh! Y mediante este voto sujetáis vuestro entendimiento y vuestra voluntad al yugo suave de la voluntad de Dios, representada en vuestros Superiores, y en todo aquello que sea de su gloria. Y la indiferencia de vuestro corazón ha de reflejarse en todos vuestros actos
   Y no basta esto sólo: al consagraros hoy
   Pero ¿dónde voy, hijas mías? Si vosotras no ignoráis estos sacrificios. Si ya sabéis la extensión de los votos con que os vais a ligar. Si ya sabéis por experiencia en qué consisten, y por esto os son tan gratos.
   Vosotras no ignoráis que esta pobreza os libra de inquietos cuidados y os semeja más a Cristo Jesús, entregado a la Providencia del Padre, y que no quiso tener como propio ni donde reclinar su cabeza.
   Vosotras sabéis que esta obediencia, que los hijos del mundo <*6*>
   ¿Donde voy, repito? Si hace 15 meses que sabéis por experiencia lo que significa todo esto.
   Si, estos ejercicios que forman el tejido de vuestra vida, tantos actos de penitencia, tantas mortificaciones, tantos días de ayuno, tantas horas de oración, el levantaros a media noche todo el año, el silencio, la abstracción de las criaturas; todo esto forma como una cadena de oro que os eleva y os une Intimamente con Dios, único objeto de vuestros deseos.
   No quiero, pues, retardar más vuestras santas impaciencias.
   Acercaos ya: pronunciad ya vuestros votos en presencia de Dios, y en presencia de su pueblo: in conspectu omnis populi ejus [(Sal 115, 1)]; dad vuestro último adiós al mundo, para morir a él y a sus concupiscencias, y poder vivir perpetuamente crucificadas con Jesucristo.
   El Angel de vuestra guarda, sonriendo de placer, ansía el momento de poderos ofrecer a Dios, esposas consagradas a su Señor
   Y cuando postradas en tierra, os ofrezcáis víctimas a Dios, y cuando al pronunciar vuestros [votos] recibáis el abrazo de Jesús, al embriagaros en vuestra felicidad, no olvidéis en aquel momento, en que tan gratas seréis a sus ojos, no olvidéis, digo, una súplica por tantas necesidades
   Y pedid [en] una súplica ardiente bendiciones para la Santa Iglesia y para el atribulado Pontífice Pío IX
   Y una súplica también por nuestro digno Prelado que deseaba hacer el obsequio de honraros con su presencia y que no ha podido asistir por habitual malestar, consecuencia de su trabajo y de la carga que pesa sobre sus hombros.
   Y pedid por nuestra España, a fin de que Dios le conceda amanecer días de verdadera paz católica
   Y tú, Sor María Encarnación, ofrécete a Dios. Huérfana a la edad primera, el Señor se acordó de ti, compadeciéndose de tu juventud; al lado de cariñosas hermanas se han deslizado tus años, y guarda[da] por un celoso Rector, que hoy deseaba recoger el fruto de tanto desvelo asistiendo a tus desposorios; pero tristes circunstancias se lo han <*7*> impedido; en este momento está ofreciendo por ti el santo Sacrificio, y está pidiendo al Corazón de Jesús, una bendición para ti, y te Envía su cariñosa felicitación, a través de las distancias. Sea él el primero en tu corazón en este día.
   Y tú, Sor María Dominga de Jesús, al pronunciar tus votos, los haces ante una madre que por tercera vez ha asistido a este hermoso espectáculo; que tiene la satisfacción de tener ofrecidos tres frutos de su corazón ante el altar de la santa religión. No la olvides jamás en tus oraciones.
   Y tú, Sor María Magdalena de la Cruz. Procura corresponder a tu nombre. Sea la cruz tu refugio y tu descanso, y puedas saborear como la esposa de los Cánticos, bajo su sombra, los frutos dulces al paladar.
   Todas tres, ¡ay! sin padre sobre la tierra, que puedan presenciar esta solemnidad; pero desde el cielo os contemplan, y anhelosos os bendicen y desean colocar [sobre] vuestras cabezas las coronas de vírgenes de su Dios.
   Rogad, en fin, por todos los aquí presentes que participan de vuestra satisfacción; una súplica por mí también, y así como ahora asistimos a vuestros desposorios en la tierra, todos sin faltar ni uno podamos

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 35, págs. 1-7






Profesión religiosa de
Sor María Asunción de S. José,
Abril 1875.



   ¿Qué te diré? Introducción de la de Estrada.
   ¿Qué te diré, pues, hoy para actuarte en la consideración del beneficio de tu vocación y de los caracteres que deben acompañar tu sacrificio? (Ideas sacadas del Troncoso)
   Yo encuentro un modelo con que comparar este beneficio de la vocación, y los deberes de tu separación del mundo; esto es, en los Reyes Magos. Iluminados por la luz de la fe, aunque en medio de la idolatría, abandonan su patria y familia, y se dirigen a la Judea, y exclaman: Hemos visto brillar en las lejanas tierras que habitamos la estrella de aquel a quien anunciaron los Profetas, y que tantos siglos ha que espera el Universo, y desprendiéndonos del seno de una patria querida, y de una familia amable, venimos a buscar al Rey del cielo, oculto entre los hombres, para ofrecerle nuestro corazón y nuestros tesoros.
   Si yo te preguntara, hija mía, qué es lo que te ha conducido a este lugar, por qué has escogido esta manera de retiro y de silencio, responderías también: Una luz brilló <*2*> ante mis ojos, ya en las tinieblas de mi infancia; y entre las sombras de dudas de mi corazón, vi la estrella que debía conducirme hacia mi Dios, y heme aquí pronta a sacrificar todas las cosas, con tal que se digne aceptar el homenaje de un corazón que no respira sino por él.
   Medita, pues, para agradecerlo al Señor los caracteres de este llamamiento. En primer lugar, la vocación religiosa debe venir del cielo; por eso en el cielo los sabios de Oriente aperciben la estrella, que les instruye y les llama. No es uno de aquellos fuegos producidos por los vapores que se levantan del lodo de la tierra, ni uno de aquellos meteoros brillantes que se forman en el aire, de otros vapores más sutiles, los cuales deslumbran un momento la vista, y desaparecen; es si, un astro que brilla en el firmamento, colocado allí por la mano de Dios, para esclarecerles y conducirles.
   Tal es, hija mía, la vocación verdadera: un llamamiento, un don del cielo. Porque no es, no. Los hijos del mundo, ignorantes según la expresión de S. Pablo, del Espíritu de Dios, efecto de una educación más o menos piadosa, o de un temperamento melancólico, o de una preocupación del espíritu, sino que es una gracia, tal vez la más preciosa, que el Señor tiene reservada en el tesoro infinito de sus misericordias; es un llamamiento dulce, atractivo, claro como la luz del cielo (que si bien el alma puede rehuir); es, en fin, un don de Dios.
   Y para comprender mejor el mérito de este favor, considera en segundo lugar, que la vocación religiosa no es una gracia general y común, sino una gracia particular y especial que sólo concede a aquellos a quienes el Señor se digna escoger para sí. La estrella que apareció a los del Oriente no se hizo visible más que a ellos solos. A pesar de su brillantez, ocúltase a la vista de los innumerables observadores del cielo. No bastan para descubrirla los ojos de la carne, ni prestan auxilio alguno el estudio y la ciencia humana; es necesario estar dotados de aquellos ojos del corazón, según el lenguaje del Apóstol, que Dios concede a quien quiere, y sin los que la criatura permanece ciega, aun en medio de la mis- <*3*> ma luz.
   ¿Cuál es el fundamento de esa preferencia divina?
   ¿Por qué, hija mía, has sido objeto de una elección tan especial de nuestro gran Dios? ¿Por qué concede a algunos lo que niega a muchos?
   Este es un secreto que se ha reservado a sí mismo; porque él es dueño absoluto de estos dones.
   El Evangelio no nos dice otra cosa respecto de esto sino que de dos personas que trabajan en un mismo campo, la una será escogida, la otra será abandonada. Dos hermanas, dos amigas, han sido educadas bajo un mismo techo. La una impulsada por una fuerza secreta no estimará más que los bienes eternos, sólidos; la otra no sabrá desimpresionarse de las vanidades del siglo; la una fijará su felicidad en estrechar y multiplicar los lazos que la unen con el mundo; la otra sólo piensa en romperlos y libertarse de ellos, bien así como el avecilla que se ve enredada, y desea remontar libremente su vuelo hacia Dios.
   ¿De donde puede imaginarse esta diferencia sino de la gracia de Dios?
   Y esta gracia cuyos efectos son tan admirables, se transforma bajo mil diversas maneras. (Troncoso). <*4*>
   Finalmente, hija mía, el tercer carácter, o más bien fruto ya de la vocación religiosa, es la santa alegría y dulce convicción que la acompaña.
   Al llegar los Magos al término de su viaje se llenaron de un gran gozo, gavisi sunt gaudio magno valde [(Mt 2, 10)].
   Tal es el júbilo de una alma llamada por Dios, cuando se acerca el término de sus deseos y la hora del sacrificio, después de larga cadena de ansiedades, dudas, temores, e inquietudes, dificultades que suelen acompañar el camino de la vocación religiosa. Tú sabes los sentimientos que te embriagaron cuando pisaste por primera vez los umbrales de este claustro; el efecto que producían en ti las paredes de tu solitaria y dulce habitación; las emociones del día en que despojada de los atavíos del siglo, fuiste cubierta de ese hábito de la Virgen Inmaculada, como de una vestidura nupcial y de un manto de gloria.
   ¿Cuál deberá ser el arrobamiento que el Señor te aguarda en este día, en que vas a celebrar las bodas del Cordero misterioso, y unirte con votos irrevocables a aquel a quien adoras?
   ¡Oh, hija mía! ¡Cuán preciosa debe serte tu vocación! ¡Qué gratitud, qué amor debes a aquel que se ha dignado llamarte hacia sí!
   Pues bien, si quieres corresponder a ella, es preciso que en la prontitud y fidelidad con que los Magos salieron de su patria copies el modelo de tu fidelidad y de la separación que el Señor exige de tu profesión. Vidimus et venimus. Vimos la estrella, y lo abandonamos todo, todos los cuidados de la vida, y hemos venido [(Mt 2, 2)].
   He aquí, hija mía, el modelo de tu perfección religiosa: De este modo debes abandonar todas las cosas para entrar en la senda del Calvario que te muestra tu vocación.
   Eres víctima escogida y designada por Dios para ser sacrificada a su amor, y por lo tanto, debes ser separada ya de la multitud para un perfecto sacrificio. Debes vivir extranjera al mundo y a las cosas terrenales; olvidar a las criaturas, y ser olvidada de ellas.
   Al separarte hoy y para siempre del mundo, no sólo debes separarte de aquellas conversaciones frívolas e inútiles o perjudiciales, con las que en el siglo se vulnera la caridad, tal vez la modestia, sino que deseosa de no tener que dar [cuenta] al <*5*> Juez supremo ni aun de las palabras ociosas, debes continuar imponiéndote la ley de un continuado silencio. Y debes separarte hasta de las amistades sensibles. Acordándote que el esposo que eliges se llama el Dios celoso, debes temer si por un solo momento osaras dividir tu corazón entre él y las criaturas. Y debes guardar toda la ternura y vivacidad de tus sentimientos para aquel [a quien] toda te vas a consagrar; y así como las aguas ...
   Y debes separarte de la solicitud de las cosas exteriores. Sierva y discípula del que ha dicho: «Bienaventurados los pobres de espíritu», y que poseyendo todas las cosas, quiso vivir y morir en la más extrema pobreza, no sólo debes abrazarte con la pobreza de espíritu, sino que ni aun exteriormente debes mirar nada como propio.
   Y debes separarte ¡ay! hasta de ti misma, depositando tu entendimiento y tu corazón, tu juicio y tu voluntad, todo el gobierno de tus facultades interiores y exteriores, todo el cuidado de tu salud, de tu reposo, de tu vida misma, en manos de Dios y de la santa obediencia.
   ¡Cuán grande aparece la soledad de una alma que de esta manera se separa de todas las criaturas y de sí misma!
   Pero ¡ah! ya lo sabes: en medio de tu desnudez, encontrarás a tu Dios, y con él todos los bienes.
   Por lo mismo que estarás sola, se complacerá el Señor en visitarte; y te alimentará con la leche y miel de los divinos consuelos.
   Porque quieres ser pobre, te llenará de su gracia y te enriquecerá con todos sus dones; porque quieres renunciar a tu porvenir y tus propios intereses, tomará a su cargo el cuidado de tu felicidad, y te hará gustar aquí un destello anticipado de la bienaventuranza.
   Tales son, hija mía, los frutos y recompensas de esa total separación que tanto asusta a los que no miran más que las apariencias, pero que tan dulce es para los que las conocen y gustan. <*6*>
   
   

* * *



   Olvida ya el mundo; pero no lo olvides, no; acuérdate en la presencia de Dios y en tus oraciones, sacrificios y penitencias.
   No olvides tampoco a los que miran tu profesión.
   No te olvides del mundo; como el ave colocada encima de la roca, y en la orilla del mar, al estallar la tempestad gime, así también desde tu elevado retiro y tu dulce contemplación, procura gemir ante el Señor por este mundo tempestuoso y por los que por él navegan en medio de olas tan agitadas.
   Envía un gemido al Señor por las tempestades que agitan a la Santa. Iglesia, para que las calme con su palabra divina.
   Gime por la pobre España, a fin de [que] el Señor le conceda días de bonanza y de felicidad verdadera.
   Envía suspiros al Señor por tu familia separada de ti la mayor parte por tristes circunstancias.
   No olvides a estas tus amigas que hoy han venido a obsequiarte sacrificando el descanso de la mañana. Acuérdate de ellas ante Jesús para que les dé luz en medio de las encontradas tempestades que agitarán su corazón.
   Ruega, en fin, por todos, para que sepamos <*7*> corresponder a las voces de Dios y cumplir su divina voluntad, y así como te felicitamos aquí reunidos en la tierra, podamos un día todos reunidos congratularnos en nuestra próxima eternidad en el cielo.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 36, págs. 1-2






Profesión de
Sor Dominga de los Dolores Maspons.
Mataró, 10 Noviembre 1881.



   Mi hija en el Señor, e hija en su dulcísimo Corazón: ha llegado por fin tu suspirado día; cercano está tu anhelado momento; próximo el término de tus ardientes y prolongados deseos; pronto completarás tus esponsales con el Eterno; una corona de flores coronará tu cabeza, como señal de tu triunfo; y entre el concierto armonioso de los ángeles ... exhalarás tus promesas; y tu nombre quedará escrito en el libro de la vida; y quedarás sellada con el sello del Cordero; y entrarás en el derecho de pronunciar aquel cántico de amor indescifrable que, según nos dice S. Juan, sólo es dado a las vírgenes entonar; y obtendrás el derecho a las promesas ofrecidas por Jesús a sus seguidores; y recibirás el anillo de sempiterno desposorio; y serás ya objeto sagrado ante la Iglesia y la sociedad, espectáculo digno ante los ángeles y los hombres.

   

* * *



   Y por lo tanto, al contemplarte yo en este momento, víctima agradable y dispuesta al sacrificio, quisiera decirte como a la hija anunciada por Salomón: Audi filia; oye hija y mira, e inclina bien tu oído, y olvida hoy tu pueblo y a ti misma, quia concupiscit Rex decorem tuum: porque quiere complacerse en la belleza de tu alma, y desea a todo trance tu corazón y unirse a él con lazo eterno; et ipse est Dominus Deus tuus: y éste, ya lo sabes, es el mismo Señor y Dios tuyo [(Sal 44, 11-12)].
   Yo quisiera ... pero ¿qué he de querer, <*2*> hermana mía? Si yo debía con esto terminar ya, felicitándote en este día memorable, que será de tan gran recuerdo a tu corazón. Pero me has obligado a decirte una palabra en esta solemnidad y, por lo tanto, permite que retarde por un momento tu dicha.
   Pero ¿qué podré ni sabré decir yo, para llenar este rato? (Mi compromiso)
   Si tuviera ... (Plática de X. Ribas y Lladó) Hoy realizas
   En cambio ¿qué os exige el Señor? Antes de admitiros a vuestros [votos] nosotros en nombre de la Iglesia debemos recordaros vuestros deberes. Mirad, Josué, ... Vide Poy (El).
   Y debes [ser] pobreza.
   No te perteneces.
   Y las circunstancias en que lo verificas.
   Y el amor: Pone ...
   Porque no es tierra de descanso la que ...
   Pero, ¿a qué obligaciones? Yo podría recordarte que el beneficio de la vocación ..
   Acércate ya .
   Pide por tus padres, en reconocimiento ... pero en estos momentos te saludan.
   Ruega por estos padrinos que representan hoy a tus padres, y que han hecho el sacrificio de este viaje, y cuando por la noche ... Ruega por mí.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 37, págs. 1-7






Profesión de
Asunción, hoy Dolores de S. José,
de Balaguer.
Vinaroz, Febrero, 89.



   Mi hija en el Señor: Ha llegado tu suspirado y retardado momento.
   Hace poco más de un año, en un día memorable (la Purificación de la Virgen) depositabas sobre los umbrales del claustro tu última corona de flores del siglo, y dabas el adiós a todos tus devaneos, y despojada de tus galas, hiciste tus esponsales; y en aquel día memorable te animaba a posesionarte de los sentimientos de la Virgen Santísima, que ofreció lo más caro de su corazón, y el Señor aceptó la ofrenda de tu alma, y depositó en el corazón de Jesús el aroma del tuyo; y gracias a las bendiciones que alcanzaste has pasado tranquila el año de tu noviciado; y hoy vas a consumirte víctima de propiciación en holocausto, como anhelaba tu corazón, y puedes exclamar con el Profeta: Unam petii a Domino [(Sal 26, 4)]. Vota mea Domino reddam [(Sal 115 14)]
   ¿Qué te diré, pues, ya, hija mía, que pueda hacer novedad en tu corazón e interesarte? <*2*>
   Obligado, como la otra vez, a dirigirte la palabra a última hora yo me complacería, hija mía, en entretener a este piadoso público, hablándoles de los Institutos religiosos, que es el tema propio en estas solemnidades.
   Yo les recordaría el hecho, admirable en gran manera, digno de atraer las miradas del hombre pensador, que sobresale entre los gloriosísimos hechos del Cristianismo, el hecho de las órdenes religiosas.
   Porque las Ordenes religiosas no constituyen la esencia misma del Cristianismo, pero dimanan necesariamente de ella, como las propiedades de la naturaleza de la cosa, como los arroyos del manantial, que siempre corre, como los reflejos proceden de la luz. Prueba inefable ...
   Y por más que la Iglesia católica pueda subsistir sin los Institutos religiosos, mientras la Iglesia exista ...
   ¿Y cómo no? Si la vida religiosa es la vida de Cristo Jesús que dejó trazadas sus huellas, y animó a las almas privilegiadas a su seguimiento. Así que las órdenes religiosas ..
   Y era tal el deseo de Cristo Jesús del seguimiento de esas almas, que durante los días de su vida iba trazando a grandes rasgos las condiciones de sus especiales <*3*> seguidores, e insinuando, si podemos decirlo así, con misteriosas y dulces [palabras] los deberes de sus escogidos.
   Cuando aquel joven del Evangelio quiso: vade ...
   Cuando para manifestar la abnegación que exigiría a los corazones: Qui vult venire post me [(Mt, 18, )].
   Y cuando animándoles al abandono de todos los placeres, aun los lícitos de la vida, para consagrarse como El, virgen perpetuo, les dirigía aquella significativa expresión: Sunt eunuchi ... [(Mt 19, 12)].
   Las almas religiosas, pues, son las seguidoras especiales de Cristo Jesús en el camino de la cruz, del amor, del sacrificio y [de la] abnegación.
   
   

* * *



   Yo diría a mis oyentes que (Lorán).
   (Cuyo aroma en el cielo)
   Pero ya lo ves, ante unos padres cariñosos
   Pero no, hija mía, no es preciso me dirija a ellos; tú eres el objeto especial de esta fiesta, y a ti debo dirigirme, y ¿qué te diré? Permíteme que te recuerde aquel salmo de David: Dominus regit me [(Sal 22, 1 )].
   Acércate, pues, ya. Pronuncia tus votos eternos, coram populo. In medio Jerusalem. <*4*>

   

* * *



   Vinaroz, 8 Julio 89.

   Mis hijas en el Señor: Al veros aquí ataviadas en este momento de un modo especial, con este ropaje blanco, no puedo menos de recordar aquella pregunta asombrada, que en el día de ayer ponía la Iglesia en nuestra boca en el oficio divino: Hi qui amicti sunt stolis albis, qui sunt et unde venerunt? Estas almas cubiertas de vestidos blancos, ¿quiénes son y de donde han venido? [(Ap 7, 13)].
   Esta palabra está tomada de aquella visión de S. Juan, cuando allí, en la isla de Patmos, vio aquellas numerosas almas que estaban delante del trono de Dios, en presencia del cordero misterioso, vestidas con vestiduras blancas, con palmas en sus manos, entonando cánticos al Señor que estaba sentado en el trono y al cordero. Y en medio de aquel éxtasis en que s. Juan estaba, le preguntó uno de los ancianos respetables: Estos que están cubiertos con blanco, ¿quiénes son y de donde han venido? El santo Evangelista turbado en medio de aquella magnificencia, exclamó: Tu scis Domine. Vos lo sabéis, Señor. Y entonces el anciano le contesto: Hi sunt qui venerunt de tribulatione magna, et laverunt stolas suas, et dealbaverunt in sanguine agni. Ideo ... [(Ap 7, 14)].
   
   

* * *



   Pues esta misma pregunta asombrosa ¿os parece que sale hoy de la boca de la Iglesia, y aun del mundo?
   Esta misma pregunta parece dirigirme <*5*> este pueblo que está presente, y que presencia este espectáculo; esto mismo parece preguntarme el mundo al contemplar estas escenas, que aunque frecuentes aquí, por la gracia de Dios, siempre son un asombro para el mundo.
   ¿Quiénes son, parece preguntar el mundo? Y yo en nombre de la Iglesia y en nombre de esta comunidad puedo dar la misma contestación que recibió S. Juan.
   Estas son las que han venido aquí de magna tribulatione [(Ap 7, 14)], después de largas contradicciones, de tribulaciones, de angustias, de temores, de incertidumbres.
   Estas son las que han blanqueado sus vestidos con la sangre del Cordero. Y con la humildad, y el arrepentimiento, y compunción han logrado blanquear la estola de su inocencia.
   Estas han venido del mundo, pero escapado del mundo.
   Han sido entresacadas de la masa general del mundo.
   Por esto están aquí ya ante el trono verdadero de Dios, para servirle día y noche en su templo; y aquel que está sentado en este trono, habita- <*6*> rá sobre ellas.
   Y no caerá sobre ellas el sol que pueda agostar el candor de sus almas, ni ningún calor extraño. ¿Por qué?
   Porque el Cordero está en medio del trono, las conducirá a las fuentes de las aguas de la vida, y quitará ya toda lágrima de sus ojos.
   Tal es, hijas mías, la contestación de aquel pasaje del Apocalipsis; y tal es la contestación que yo en propio sentido acomodaticio doy al mundo que pregunta quiénes sois.
   Tal es también la contestación que os doy a vosotras para consuelo de vuestro corazón.
   Vosotras sois las que lavadas vuestras almas y blanqueadas con la sangre del Cordero venís a ofreceros hoy para consagraros en su santo templo, y servirle día y noche, para ser conducidas a las aguas de la vida.
   ¿Qué os diré más ya, hijas mías?
   No deseaba yo <*7*>
   Sunt ante thronum Dei, et serviunt ei die ac nocte in templo ejus; et qui sedet in throno, habitavit super illos. Non esurient, neque sitient amplius, nec cadet super illos sol, neque ullus aestus. Quoniam Agnus, qui in medio throni est reget illos, et deducet eos ad vitae fontes aquarum, et absterget Deus omnem lacrimam ab oculis eorum [(Ap 7, 15-16)].

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 38, págs. 1-12






Profesión de Sor Nieves. Vinaroz 16 Febrero 1890.
Purificación Espuny y Fausta, Noviembre, 1892.



   ¿Qué significa esta función, estas señales que aquí veo, esos cánticos que oigo? ¡Ah! si, es [que] otra vez una alegre fiesta viene a celebrarse en este templo. Otra vez vais a ser espectadores vosotros de uno de esos acontecimientos que, aunque repetidos, siempre llenan de dulzura el corazón. A diferencia de las fiestas mundanas, que no presentan cuando se celebran más que la ilusión y el atolondramiento, y cuando han pasado, va a resonar el hastío y el vacío en el fondo del corazón; estas fiestas son suaves al presenciarlas, y dejan luego en el fondo del alma las delicias de dulces recuerdos. Por esto no me extraña que las repitáis y las presenciéis alborozados.
   ¿Y cómo no va a ser grato para vosotros, el ver que una nueva flor va a ser consagrada para siempre en el altar de María, y para siempre? ¿De una nueva planta que ha de echar sus raíces de virtudes en el jardín franciscano de la divina Providencia? ¿Como no arrebatar vuestra mirada, y vais a escuchar otra vez el acento de una alma que pronuncia sus votos, que han de enlazarle para siempre con su Dios?
   Sí, hija mía, sí; tú eres el objeto de la atención y del anhelo de este pueblo en este día; tú eres hoy, y vas a ser espectáculo ante los ojos del mundo, de los ángeles y de los hombres. Tú vas a cantar alegre: Ipsi sum desponsata cui angeli ... Voy a ser desposada con Aquel, al que sirven los ángeles, y el sol y la luna asombrados. Y en aquel momento el Angel de tu guarda sonreirá de placer.
   Y vas a decir ante el pueblo: Posuit signum. Hoy ha puesto el Señor sobre mi frente una señal, para rehusar todo otro amador; y ante esta palabra, vas a entrar en el derecho de pronunciar un canto que sólo las vírgenes [pueden] entonar.
   ¿Qué te diré, pues
   Son tantas las veces que mi voz precursora de este acto, ha resonado en tus oídos, que ninguna novedad puedo ofrecer. Mas ya [que] <*2*> obligado, también a última [hora], ¿qué te diré?
   Queriendo, hija mía, escoger algunas pocas flores con que tejer tu corona, que yo no deseaba tejer más aquí, me he querido atrever, aunque con timidez, a penetrar en el místico jardín del libro de los Cánticos, para escoger algunas, y ofrecerlas a tu alma en el día de tus desposorios. Mas es tal la variedad de ellas, es tan subido el perfume de todas, que me he encontrado indeciso, porque si las recogiera todas, y como la mística esposa de este jardín, desfalleceríamos, pediríamos como ella el ser el zumo.
   Porque son tan subidos los sentimientos expresados por el Espíritu Santo, aunque en enigma y místico, pero propias y relativas a este acto; son tan dulces a la par que temibles aquellas luchas de amor, de sufrimiento, de deseos contrariados, de solicitud amorosa, de gratitud y de generosidad, que son los que te inundan, entre aquellos dos amantes, uno divino y otro humano, que el entendimiento se confunde, la lengua enmudece y el corazón corre a impulso de los atractivos que despiertan estas luchas y estos sentimientos.
   Porque <*3*> yo oigo en este libro aquella voz triste que gimiendo a las puertas de la esposa: Aperi mihi, soror mea, quia caput meum plenum est rore, et cincinni mei guttis noctium ... [(Cant 5, 2)]; y luego, percibo la voz sencilla de esta amada, que exclama: Surrexi ut aperirem [(Cant 5, 5)]. Surgam et circuibo civitatem. Me levantaré para abrirle, at ille declinaverat, atque transierat [(Cant 5, 6)]. Circuibo civitatem. Daré vueltas a la ciudad, per vicos et plateas [(Cant 3, 2)], por las plazas y cortijos, buscaré al que ama mi alma; le busqué y no le encontré.
   Y me encontraron los guardas que guardan la ciudad. ¿Acaso habéis visto al que mi alma ansía?
   A poco de pasar ellos, ¡ah! Inveni, encontré al que yo buscaba; y entonces, tenui eum, le detuve y le apreté, y no le dejaré, donec introducam in domum matris meae, y hasta con él en la casa de mi madre, en el retrete de la que me engendró [(Cant 3, 4)].
   Y allí exclamé: Pone me ut signaculum. Ponme [(Cant 8, 6)]. Trahe[me] post te [(Cant 1, 3)], porque mi amor es fuerte como la muerte. ¡Oh! ¿no son, hermana mía, estas palabras la <*4*> historia de las luchas de Dios en tu corazón, y de tu corazón con el suyo?
   ¡Oh, qué vasto campo de consideraciones que yo no te sabré expresar!
   Aperi mihi, soror mea [(Cant 5,2)], dice en primer lugar. Pondéralo bien, hija mía. ¡Qué noche triste, fría y tenebrosa debía ser aquella en que el Amador de los Cánticos tocaba a las puertas del objeto amado! <*5*>
   ¡Cómo expresaba su pesar diciendo que el relente de la noche
   ¡Cuán amargo debía serle la somnolencia o sueño de aquella que era objeto de su anhelo!
   Este eterno Amador de las almas, este Verbo divino, este [?] en la noche de la eternidad, desde el principio del mundo, va en pos de ese objeto de su amor, del alma humana, corazón de la criatura, y las almas no le responden.
   Y con el fin de asegurar, vino a vestirse de nuestra carne, y de pastor como aquel,
   Y llama
   ¡Cuán amarga no es la somnolencia de tantas almas! ¡sobre todo de aquellas que quiere por esposas! Y no le responden; y a través de los siglos sigue mendigando el albergue.
   Y también tocó a la tuya, y de cada uno, que le responde [?] de indolentes.
   Mas ¡ay! Surgam [(Cant 3, 2)].
   Esta voz hirió, y como aquélla desfalleció, e hirió.
   Circuibo [(Cant 3, 2)]; y disteis vueltas, y le buscabais tal vez en las plazas del mundo. Y preguntaste a los directores, a los libros; y al poco, después de [luchas] y dificultades, tenui eum [(Cant 3, 4)]. En los sacramentos; sed tenui eum. <*6*>

   

* * *



   Nota: en la pág. 6 se hallan escritas unas líneas sobre un tema ajeno al de esta plática; y por eso no se transcriben. <*7*>

   

* * *



   ¡Pobre amante desairado! ¿quién te albergará?
   Y este Verbo divino tocó también a las puertas de tu corazón y con el acento de su voz triste te expuso el deseo de albergarse en tu corazón, y te exponía el fin del mundo, y oíste su voz, tal vez todavía en el sueño, o quizás en la somnolencia, como una voz indefinible (como es la voz que oye el que está semidormido).
   Mas esta voz hirió tu corazón, y te produjo desfallecimiento, y te causo un vacío que deseabas llenar, y dijiste: se despertó el deseo del amor, de la dicha, de la felicidad. Surgam [(Cant 3, 2)].
   Me levantaré y daré vueltas por el mundo, a ver si encuentro lo que excita el ardor de mi corazón. Per vicos et plateas, buscaré lo que amo pero que aún desconozco; et non inveni [(Cant 3, 2)].
   Y diste una mirada, y recorriste los cortijos del mundo, y las plazas donde se encuentra la disipación y las diversiones suyas.
   Y como Agustino, no podías hallar en ello lo que buscaba tu corazón. Y viste que todo lo que hay en el mundo bas <*8*>
   Y viste que eso que tu corazón ansiaba no se encontraba en
   Y me encontraron en esta situación, en estas incertidumbres, en esos vacíos de mi alma, en estas dudas y ansiedades.
   ¿Acaso, les dije, habéis visto al que ama mi alma?
   No puedo extenderme, hija mía, en prolijos comentarios, a que se presta cada una de estas expresiones. Mas ateniéndome tan sólo a la exposición de S. Gregorio [?] los Doctores y Padres de la Iglesia, que con su palabra y sus escritos nos enseñan. Y los ejercicios de piedad, y las lecturas santas, y las inspiraciones de la gracia, y sobre todo los consejos de tus directores abrieron tus ojos, y aclararon las dudas de tu alma, y comprendiste cuál debía ser el objeto de tu único amor, y exclamaste: Tenui eum, nec dimittam [(Cant 3, 4)]. Le detuve y le apreté, y <*9*> nunca jamás le dejaré. Y unida por el amor y la gracia, y los Sacramentos, se sosegó tu alma.
   Pero ¡ah! aún no estaba satisfecho tu corazón, y repetiste: Non dimittam. No le dejaré, no, y no pararé hasta poder estar con él in domo matris meae, en la casa de mi divina Madre; y no sólo en su casa, sino en lo más recóndito de su habitación.
   Y esta Madre divina escucho tus deseos, los anhelos de tu alma, y saltando por montes de dificultades, de asperezas y distancias, y allanándote los caminos espinosos, te ha conducido aquí para que puedas apretar, y para siempre, sobre tu pecho a aquel a quien buscaste, que tu alma amaba; y aquí puedes ofrecerle con paz y tranquilidad y sin peligros de perderle, el vino de tu amor y de tu sacrificio.
   ¿No es esto hija mía, lo que te ha sucedido, y lo que Dios ha hecho por ti?
   Pero todavía oigo otra palabra: Una que te dirige aquí el Señor, colocada ya en la casa de tu madre, y otra que él desea <*10*> le dirijas: Pone me, te dice, ya que no has deseado más que a mí; pone me ut signaculum super cor tuum [(Cant 8, 6)] y no consiento división; mis celos
   Y este sello ha de ser hasta el sacrificio.
   Y a más de esta palabra que él te dirige, desea también la tuya, que le diga: trahe me; post te curremus in odorem unguentorum tuorum [(Cant 1, 8)].
   ¡Oh, Señor, que comprendo mi debilidad! A pesar de mis deseos yo sé por experiencia lo que da de sí mi corazón, y mis pasiones son vivas, y mi imaginación inquieta, y mis fuerzas son pocas, y mis inconstancias continuas, y ... pero no obstante, trahe me. Arrástrame tu y tráeme con la fuerza de tu gracia y tu poder y tu valimiento.
   Déjame percibir el ungüento <*11*> aromático de tus virtudes, de tus sufrimientos, de tus amores, y tras él correré por el camino de tus mandamientos, y adquiriré las virtudes, y me será fácil tu obediencia , y dulce la mortificación, y sabrosa la humildad, y alegre el apartamiento del mundo, y la privación de todas las cosas perecederas.
   Tráeme. Arrástrame, Señor, para que contigo pueda correr por los caminos de la santificación, y sin parar, aunque sea hasta el monte de la mirra y del sufrimiento.
   Trahe me. Arrástrame, Señor, de tal modo que como S. Pablo pueda exclamar, que ni la vida
   Trahe me. Para que con él pueda decir: Mihi vivere, Christus. Et mori lucrum; y el morir mi ganancia, porque le podré apretar mejor en la feliz eternidad [(Flp 1, 21)].
   Trahe me.
   ¿Estás animosa para <*12*> ofrecer al Señor esta palabra? y repite como en otro tiempo: Surgam ut aperiam dilecto meo. Me levantaré para abrir al amado de mi alma, que tocó a las puertas de mi corazón, y me dejo desfallecida [(Cant 5, 5)]; y que ahora quiere habitar de un modo especial, y mediante mis votos en la habitación de mi alma.
   Acércate y realiza tu profesión, y perdóname ya si estoy distrayendo tu atención, y retardando tus ardientes deseos.
   
   

* * *



   Y hoy en medio de la alegría de tu corazón, no te olvides de los demás. No olvides que vas a ser constituida medianera entre Dios y el mundo, y víctima para obtener gracias para sus necesidades.
   Pide, pues, 1.º Pontífice. España. Pueblo, familia. Madre. Sea la memoria de tu [familia] y las gracias que puedas alcanzarle un lenitivo al dolor de tu separación. A tus hermanos, que Jesús los guíe. Pide por esta comunidad, y que sea fecunda en obras, y pueda trasplantar alguna semi[lla] para salud de otras gentes. Pide.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 39, págs. 1-2






A María Pastor.
Fiesta del Sgdo. Corazón de Jesús,
25 Junio 97.



   Mi hija en el Señor: ¿Qué idea te sugeriré yo para prepararte a tu consagración?
   Entregada la criatura a los desenfrenos de su corazón, perdió el conocimiento de Dios, y no pudiendo saciar la sed de su corazón, fue tras los objetos exteriores, haciéndolos dioses de su corazón. Todo era dios, menos Dios.
   Tanta era esta abominación, que el Real Profeta, dio una mirada: usque ad unum [(Sal 13, 1)].
   El Eterno Amador de las almas no podía sufrir tanta miseria y esterilidad, y reveló a las almas de la antigua Ley: las almas en la plenitud de los tiempos deberían seguir al Rey de la humanidad, bajo las banderas de la Reina: Adducentur virgines post eam [(Sal 44, 15)]; de aquí que al venir este Dios divino, y escogerse esta Reina, madre suya, se apresuro a hacer el llamamiento a las almas que quisieran seguirle por el sacrificio de sus corazones y del abandono de los placeres mundanos, que El quiso seguir. Y al eco de esta voz, yo contemplo a Santa Inés, Sta. Cecilia y muchas miles, tanto que al contemplar San Juan ...
   ¡Qué hermosa visión la de San Juan!
   Mi hija en el Señor: El Señor te ha escogido para ser contada en el número de estas almas ... Y vas a ser contada entre los seguidores del Cordero; y tu nombre va a quedar escrito <*2*> en el libro de la vida; y podrás decir a Jesús cariños y amores que no le podrías decir en otro estado; y recibir el abrazo de Jesús.
   ¿Qué le darás a Jesús en cambio?
   Gratitud, fidelidad, reparación.
   Gratitud el Señor te dice: in charitate perpetua dilexi te [(Jr 31, 3)]
   ¡Oh! Mientras ha dejado a tantas almas [?] objetos hija de [?], a ti te ha elevado al grado de esposa de su corazón, y esta palma nadie te la podrá arrebatar.
   Reparación: ¡Cuántas almas de tu sexo no conocen a Jesús, ni saben sus amores !
   Consuélale de todos estos olvidos y frialdades. Tu cuerpo no es tuyo. Tu alma ...
   Si te encuentras con ánimo, débil tu alma, que no te quede ni una fibra.
   Dile que es pobre tu corazón, débil tu alma, pero ya que soy tuya cuidarás de mí. In te speravi [(Sal 7, 2)].
   Y en la hora de la muerte podrás decirle: Pecadora he sido, pero al fin, Jesús, vuestra soy.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 40, págs. 1-4






Profesión de Marina N.
Ulldecona, 1901



   Mis hermanas en el Señor: Otra vez un alegre acontecimiento va a tener lugar en este templo y en esta casa.
   otra vez vais a escuchar cánticos de espiritual regocijo, de santa expansión, precisamente después de los cánticos fúnebres de esta pasada semana.
   Otra vez vais a ser espectadores de una de esas fiestas, que aunque repetidas, siempre llenan de dulzura el corazón.
   Bendito sea el Señor, mis amados, que en medio de las disipaciones con que han de tropezar tan frecuentemente nuestros ojos, nos permite asistir a estas santas y agradables fiestas.
   Porque, ya lo sabéis, estas fiestas, a diferencia de las fiestas mundanas que cuando se celebran no producen más que la ilusión y el atolondramiento, y cuando han pasado no dejan más que el hastío y vacío del corazón, estas fiestas, digo, son suaves al presenciarlas y dejan luego en el fondo del alma las delicias de los recuerdos.
   Y como no puede menos de ser grato a vuestra piedad el ver que una planta arrancada del mundo y trasplantada al jardín de la religión, va a ofrecer para siempre el fruto de consagración a Jesús para seguirle por el camino de la perfección evangélica.
   Y cierta- <*2*> mente, hija mía, Sor N. N., tú vas a ser en este momento objeto de la atención y del anhelo de este pueblo. Vas a ser motivo de satisfacción para tu familia, y ser spectaculum mundo et hominibus [(1 Cor 4, 9)]; y hasta la Iglesia santa se regocija en ver este nuevo germen en los días de su vejez, y se gloría de esos felices signos de su perpetua fecundidad.
   ¿Qué te diré, pues, ya? Yo no debía hacer otra cosa sino lo que el Profeta decía a la mística hija del Rey: Audi filia: oye e inclina hoy tu oído, y olvida a tu pueblo y a ti mismo, porque el Rey inmortal de los siglos ha querido complacerse en tu alma, y quiere a todo trance tu corazón, y unirse a él con lazo sempiterno [(Sal 44, 11)].
   Yo debía limitarme a anunciarte que está cercano tu suspirado momento, y que pronto, muy pronto una corona de flores ornará tu cabeza, y entre el concierto armonioso de los ángeles y sobre todo del de tu guarda enunciarán tus promesas, y tu nombre quedará escrito en el libro de la vida, y quedarás sellada con el sello del Cordero misterioso, y entrarás en el derecho de entonar aquel cántico divino reservado a las vírgenes, y que no es dado al oído humano descifrar.
   A esto debía limitarme yo en este momento.
   Mas ya que comisionado por el Ilmo. Prelado, y por lo tanto a nombre de la Iglesia, debo yo exigirte nueva protesta de tu resolución, poner ante tus ojos las obligaciones que vas a contraer, y beneficios de Dios, para que obres con sumo conocimiento de causa; ¿qué diré yo y qué te recordaré? Trasládate con el pensa- <*3*> miento a aquel pasaje de Jacob ... Eligite ...
   El Señor, hija mía, te ha sacado del [?]
   ¿Será preciso que yo te exija la protesta de Josué?
   ¡Oh, no! yo sé que tu resolución está hecha, que tus deseos son de unirte estrechamente con tu Jesús hasta el último momento de tu existencia; que le has jurado fidelidad; y por ello no debes olvidar las obligaciones que te imponen las promesas que vas a ofrecerle, y los deberes que vas a contraer. [?] pues, al Señor.
   Y al hablarte de estas promesas y de estos deberes, yo, hija mía.
   Y hoy más que nunca.
   Pero ¿dónde voy, hija mía? Hace 14 meses que estás practicando
   Porque al pensar que es Dios, El solo, el que te hace esta gracia, tu corazón no puede menos de latir al impulso de la gratitud.
   Acércate, pues, y dile con el Profeta: Unam petii a Domino. [(Sal 26, 4)].
   Vota mea Domino reddam in conspectu ... Omnis populi ejus, in domo Domini, in medio tui Jerusalem [(Sal 115, 19)].
   Acércate, y entra de lleno en el gozo de tu felicidad.
   Pero ¡ay! en medio de la dicha que te embargue, no olvides al mundo y a las necesidades de la Iglesia y de las almas todas. Vas a profesar en días peligrosos. Ruega por el mundo. Ruega <*4*> por tu familia que hoy hace en su corazón el sacrificio de tu compañía. Seas para ella en medio de los sinsabores y tribulaciones y miserias que agitan el mar de esta vida, como aquellos ángeles que nos pinta el poeta, que se interpolen ante Dios en medio de las tempestades [?] en este día
   Una súplica a Jesús y siempre, para el celoso sacerdote que te ha querido apadrinar y te ha cuidado espiritualmente para Cristo. Que cumpla Jesús con él los designios de su gracia para que sea un reparador de su Corazón; y a ese ferviente padrino y bondadoso sacerdote que no ha dudado, después de ayudarte espiritualmente para Cristo, en poner el sello de su afecto, haciendo los oficios de padre en este día. Que Jesús llene en él ... y una súplica ferviente para esa amable joven y querida amiga, que ha querido tener a gloria el apadrinarte: que el Señor le constituya en una celosa, constante reparadora de su Corazón.
   Una supliquita para mí ... (que me has obligado a [?] en obsequio tuyo a tejerte esta pequeña corona de flores).
   Una súplica para todos los que aquí te rodean y se asocian a tu dicha, y en nombre de los cuales te doy el parabién.
   Pide a Jesús que así como nos reunimos al esplendor de esta fiesta, podamos un día reunirnos para entonar ante el Cordero aquel cántico eterno de [?] en la feliz eternidad.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 41, pág. 1






Profesión.
A María de Ulldecona. 1901



   Otra vez un alegre acontecimiento va a tener lugar.
   Y ciertamente, Sor N. ... vas a ser el objeto de la atención de este pueblo. Id.
   Y el Angel de la guarda espera ... Y [?] en el desierto.
   ¿Qué debía decirte yo, sino Audi filia ...? [(Sal 44, 11)].
   Mas ya que [soy] enviado por el Prelado para recibir tus votos en cumplimiento de mi deber, yo debo, antes de que des este paso, que te lo pienses bien: trasládate con el pensamiento a aquel pasaje de Josué.
   Ya sé que tu elección está hecha. Pero debo recordarte una palabra: tus votos; y al desprenderte, con el efecto de ellos, de lo que el mundo llama propiedad, y hasta el sacrificio,
   Pero ¿dónde voy? Acércate.
   En tu felicidad no te olvides ...

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 42, págs. 1-2






Benicarló, 21 de Enero de 1900



   Y tú Juliana Ferré, desde hoy Sor Juliana del Smo. Sacramento, bendice al Señor, hermana. La Madre Purísima ha sido tu esperanza, y hoy quiere ser tu recompensa. Al despertar de tu vocación, una luz brilló ante tus ojos, y fijaste tu mirada a esa estrella, y hoy puedes ofrecer el homenaje de tu cuerpo y de tu corazón, colocada bajo el manto de esta Madre cariñosa. No olvides en este [momento] a tu padre y a esta tía cariñosa, que lo han dejado todo para asociarse a tu fiesta. Seas con tus oraciones el ángel que vele por ellos en todas las tribulaciones de la vida. Y no olvides de un modo especial a aquella madre que te dio el ser, y que hoy desde el cielo te mirará complacida.
   Y tú Soledad Arahuel, desde hoy Sor Soledad del Sagrado Corazón. Da gracias al Corazón de Jesús, que hoy te admite a sus santos esponsales. Circunstancias de enfermedad han <*2*> impedido la presencia de tu familia. No obstante, en estos momentos están pensando en ti, y yo te envío, a nombre de ellos, mi parabién. No los olvides en tus oraciones, [?] en la alegría de este día.
   Todas dos no olvidéis un recuerdo para estos [?] y estos fieles, a fin de que
   Cuando el mundo materializado,
   Tobías.
   Una vez más.
   Si vosotras vais a ser objeto de
   Y la Iglesia se regocija.
   ¿Qué os diré yo? Yo debía exponeros lo que es, lo que significa el estado que vais a abrazar.
   Pero, lo sabéis.
   ¿Qué os diré?
   Me contentaría con recoger algunas flores del libro de los cánticos, apropiadas al llamamiento que Dios ha hecho de vosotras, y lo que exige de vuestro corazón.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 43, págs. 1-7






(bb)
(Nieves)



   ¿Qué te diré, pues, en este día? Ante todo como comisionado por el Ilmo Prelado, y por consiguiente, a nombre de la Iglesia santa, para presidir y dar fe de tu profesión canónica, mi primera obligación debería ser el hablarte de tus deberes, de los compromisos que vas a abrazar, de las obligaciones que vas a contraer. La santa Iglesia, hija mía, que si en todo obra con suma delicadeza, y con aplomo santo, lo exige muy principalmente cuando se trata de la elección de la vida religiosa; quiere ante todo un claro conocimiento y una entera libertad. Y tú sabes, hija mía, lo que se hace en esta materia. Como si las pruebas verificadas antes de tu entrada no fueran bastantes, tú sabes que hace poco una comisión expresa, y de personas que no pudieran hacerte ninguna presión, intervino, para que sola y en el secreto de la confianza, manifestaras tu voluntad, y dijeras cuanto pudiera ofrecerse para obrar con santa independencia. Te se han hecho probar todas las austeridades de la regla, sin dejar ni una, para que supieras la cadena de actos sobre los cuales ha de girar tu vida. La santa Iglesia quiere aun que se practiquen los ejercicios preparatorios a fin de que, de nuevo y a la luz de una santa tranquilidad y entrando dentro de ti misma, puedas ver el paso que vas a dar.
   Y no contenta con todo esto, la santa Iglesia quiere que hoy todavía repitan a tus oídos la voz santa de la amonestación, para que obres con acierto.
   Yo por ello digo, debía decirte hoy, que apenas acabes <*2*> de pronunciar tus votos al Eterno, quedarás atada con la triple cadena de la castidad, de la obediencia, de la pobreza.
   Pobreza. Y al desprenderte con el primero de estos votos de aquella carga que se llama propiedad, recuerda que no ha de ser sólo exterior y de fórmula, sino que tu corazón ha de estar apartado de todo aquello que fascina a los mortales con el brillo de lo perecedero. Nada te faltará, hija mía, porque la Providencia velará sobre ti, pero tu corazón ha de estar libre de todo objeto por insignificante que sea, para que no te hagas desagradable a los ojos de aquel que hoy te asocia a sí, y tan amante de la pobreza, que no
   Y con el de castidad, vas a hacer el sacrificio de tu cuerpo a Jesucristo, y que ha de durar toda la vida. Y con él has de negar a tus sentidos las satisfacciones para otros legítimas, para que puedas merecer el título de esposa del Cordero. Y debes remontar tu alma, a fin de emanciparte de esta casa de barro, que te rodea por todas partes.
   Y con la obediencia has de sacrificar tu voluntad, para no vivir sino en la de Dios, señalada por tus superiores en todo aquello que no sea ofensa a Dios.
   Y has de practicar las reglas estrechas, sin despreciar un ápice, por insignificante que sea, porque ellas te servirán como de barrera para impedir la inconstancia y ligerezas de tu espíritu. ¡Oh, y cuánto sacrificio!
   Yo debo recordarte [que] este lazo ha de ser eterno. Para siempre consagrada a Dios, y en el estrecho círculo de un claustro.
   Desde hoy ya no te pertenecerás. Ya no pertenecerás más que a Dios y al prójimo. A Dios, para no pensar más que en él, y no obrar sino por su gloria. Al prójimo, para ser víctima por él, levantando tus manos y tus ojos al cielo por ellos, a fin de arrancar gracias de consuelo al Corazón de Jesús, en favor del mundo.
   Yo debo decirte también que cualesquiera que sean las circunstancias que el Señor te prepare, no debes olvidar las promesas que hoy haces a Dios, y que te constituirán esposa de su Corazón.
   Y no debo ocultarte las circunstancias de tiempo y época en que realizas tu profesión religiosa. Porque si siempre deben ponerse a la vista de la que debe profesar sus futuras obligaciones, hoy <*3*> mucho más, que median peligros especiales, que ponen en peligro tu tranquilidad y tu porvenir.
   Una tempestad revolucionaria se cierne sobre nuestras cabezas, velada sólo con vapores de aparente tranquilidad, pero que avanza, avanza, llevando en [su] seno gérmenes de destrucción, ora envuelta en viento que [se] oye de lejos, ora en ... Si se tratase
   Y que no lo ignores: se dirige a los Institutos religiosos .
   Estamos sobre un volcán, hija mía. Bien es verdad que en la mano de aquel Dios que manda a las tempestades, puede calmarla; pero si su divina voluntad quisiera que descargarse sobre nuestras cabezas, cuán triste sería tu posición y tu porvenir.
   Y por lo tanto, hija mía, hoy tienes tiempo todavía para conjurar amarguras, el evitarte estos peligros, el sacudir estas obligaciones.
   Hoy debo decirte que tienes aquí una madre cariñosa, ¡ay, que lo sabes!, no pensaría más que en labrar tu felicidad. Aquí tienes una numerosa y amable familia, que velarla por ti.
   Hoy ... pero ¿donde voy, hija mía? ¿A qué hablarte ya de peligros, de deberes de obligaciones ...? Perdóname si por última vez mortifico tus oídos, en cumplimiento de un deber.
   ¿A que hablarte yo de deberes cuando te son tan conocidos, cuando no son para ti más que lazos de oro que te ligan más íntimamente con el objeto de tus deseos, con tu deseo de sacrificio, de amor? [(Rom 8, 35)].
   ¿A qué hablarte de peligros, cuando todo lo sabes y lo has meditado, y con el deseo de abrazarte con Jesucristo, has repetido como el apóstol S. Pablo: Quién me separará del amor de Jesucristo? Cierta estoy que ni la vida, ni la muerte, ni
   No, hija mía, no; bendice hoy con toda la efusión de tu alma al Señor que te ha escogido y dejado lograr tus deseos. Bendícele con todo tu corazón, tu alma y tus potencias.
   Nunca te he hablado de felicidades; pero hoy puedo: al manifestarte el sacrificio completo que encierra tu profesión, puedo decirte que has elegido la mejor parte. Hoy entras a ser porción escogida del <*4*> rebaño de Cristo Jesús. Desde hoy queda escrito tu nombre con letras de oro en el libro de la vida, y eres declarado objeto sagrado a los ojos de la sociedad, y entras en posesión de los derechos prometidos por Jesús a sus seguidores, y eres honor de la religión, la honra de tu familia; desde [hoy] serás instrumento en manos de Dios para conducir al mundo [en] sus extravíos.
   Ahora bien: ¿qué le darás al Señor en cambio de este beneficio inmenso? ¿Quién ha guiado tus pasos hasta esta montaña de tu descanso? ¿Quién te ha conducido por la mano hasta dejarte en el interior de este tabernáculo santo?

   

* * *



   ¿Quién te ha proporcionado esta dicha? ¡Ah, Dios; sólo él! Su mano cariñosa te ha escogido para consagrarte para él. Mira bien en las lecciones de ayer, del oficio divino, aquel pasaje de la Escritura, cuando el Señor quiso buscarse un amigo según su Corazón, rechazado a Saúl. Y dijo Dios a Samuel: ve a casa de Isaí y te diré a quién debes escoger para rey de Israel. Y fue Samuel a casa de Isaí, y se presentó Aminacab, joven de bella estatura y de elegante porte, y dijo Dios a Samuel: No [te] dejes llevar del exterior, porque Dios mira el corazón; y exclamó Samuel: A éste no elige el Señor; y se presentó su segundo hijo ... y exclamó: ni a éste escoge el Señor; y se fueron presentando sus siete hijos, y a ninguno eligió el Señor.
   ¿No tenéis otro? exclamó Samuel: <*5*> ¡Ah, sí! otro hay, joven todavía tostado del sol, apacentando el rebaño allá en la soledad del campo; y al verlo Samuel exclamo: Hunc elegit Dominus. A éste escoge Dios para sí, para objeto de su amor [(1 Sam 16, 12)]. Y este corazón, ya lo sabes, fue David, el
   Pues bien: El Señor quiso buscarse una alma para sí; dueño de los corazones y de las voluntades de las criaturas, nadie puede resistir la eficacia de su voluntad. Y ve a tantas almas a quienes él mismo ha derramado todos los dones de la naturaleza en su cuerpo y en su alma; ve a esas grandezas del mundo envueltas en el brillo de la vanidad, (y a quienes si él escogiera tal vez correspondieran cariñosamente a este llamamiento); y pasa su vista de ellas, y las deja a ellas, y pone su vista en ti, y te escoge con predilección desde la eternidad, para ser objeto especial de sus complacencias.
   Y sino, dime: cuando al despertar de tu razón, cuando ignorabas lo que constituía la felicidad y el porvenir, y sola y sin consultarlo con nadie, sentías oprimido tu corazón y llorabas, y la idea de Dios ya agitaba tu mente, y te sentías enamorada, ¿quién calmaba las olas de ese corazón?
   Cuando al apuntar tu discreción,
   Y en medio de las vanidades del mundo, cuando éste te se presentaba a tu alrededor,
   Desgraciados hijos del mundo, que acostumbrados a gemir por sus contentos y sus pasiones, no comprenden lo que es la voz de Dios, y desconocen <*6*> ese llamamiento divino, y creen preocupación y fanatismo, lo que tan dulce y sosegado es para el Espíritu. Tú, hija mía, que sabes por experiencia lo que [es] sentimiento de vocación, compadécelos, porque ¡si ellos supieran lo que es ese don de Dios!
   Beneficio grande, inmenso es de la mano de Dios, que te ha escogido para sí, y te convida para que le hagas el sacrificio completo de tu corazón. Y aún ahora no percibes cuán grande es este beneficio: al conságrate tú, no te lleva más que la idea de poder amar más a Dios con tu ardiente corazón. Pero a medida que avances en tu edad, comprenderás, hija mía, las ganancias de este sacrificio. Si mueres joven, podrás decir con el apóstol S. Pablo: Mihi vivere Christus est. Mi vivir ha sido Cristo; el morir me es ganancia (para esto entré en el claustro) [(Flp 1, 21)].
   Y si al contrario, el Señor prolonga su existencia, a medida que se deslicen los años, desde esa elevada montaña, y a la luz de la experiencia, registrarás con tu vista la ruina de las grandezas humanas, derrumbadas a impulso de la desgracia del desengaño, de la amargura.
   Cuando esas campanas que todos los días resuenan en tus oídos te anuncien la muerte de tus conocidos, al mismo tiempo que te servirán para rogar a Dios por ellos, te recordarán cómo pasa el mundo y sus concupiscencias. Cuando las penas que afligen a la humanidad las llores en la presencia de Dios, comprenderás que cuanto hay sobre la tierra no es más que vanidad de vanidades, según la expresión de Salomón.
   Y tu vida escondida con Cristo en Dios, separada de los ojos del mundo, subirá en olor de suavidad ante el trono de Dios, y un día podrás entonar aquel cántico, reservado a las vírgenes.
   He aquí, pues, expuestos sencillamente tus deberes y tus grandezas.
   Yo me extendería en prolijas consideraciones, pero no quiero.
   Acércate, pues, ya a realizar tus eternos desposorios con Jesús. Pronuncia tus votos en presencia de Dios y de este pueblo todo; da tu último adiós al mundo para morir a él y a sus concupiscencias.
   El ángel de tu guarda sonriendo de placer ansia el momento de tener la dicha de presentarte ante todos los coros como la esposa consagrada a Jesús.
   Y cuando postrada en tierra te ofrezcas víctima a Dios, <*7*> cuando al pronunciar tus votos recibas el abrazo de Jesús, al embriagarte en tu felicidad, no olvides en aquel momento, en que tan grata serás a sus ojos, no olvides, digo, enviar una súplica al cielo por tantas necesidades.
   Envía una mirada ...

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 44, pág. 1






   Cuando el mundo materializado ...
   Si, hijas mías, vosotras
   ¿Qué os diré? Si yo tuviera que hablar ante un auditorio menos piadoso, diría que el estado religioso
   Pero ¿donde voy? Si vosotras sabéis, y yo no debo manifestaros más que lo que significa el acto que vais a practicar ...
   La santa Iglesia
   Pero ¿donde voy? Si yo no debo hablaros más que de deberes.
   La grandeza de vuestro estado
   Los motivos de conveniencia social. El honor que les reportaría a las familias, aun ante los ojos del mundo; lo que diría. El consuelo.
   Pero ¿para qué? Si hablo a un auditorio ..
   ¿Qué os diré, pues? Yo me complacería en pintaros los bienes, las riquezas que el Señor os ha mostrado con la luz de la vocación. Pero ¿como abarcarlos en una breve plática?
   Mirad: Trasladaos con el pensamiento a aquel hermoso pasaje del Génesis, cuando Jacob huyendo de las iras de su hermano Esaú le mostró la divina Sabiduría (según la expresión de la Escritura), el reino de Dios, caminando a la Mesopotamia.
   
   

* * *



   No debía yo dirigiros la palabra, hijas mías. Muy lejos estaba de ello. Las repetidas veces que en este mismo lugar, y con idéntico objeto la he dirigido ante esa venerable comunidad, me

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 45, págs. 1-4






Profesión.
Sor Consuelo de Canet.



   No; no quiero registrar tu pasado. Tú misma echa una mirada retrospectiva a los días de tu existencia.
   Cuando al despertar de tu razón y de tu adolescencia, en tu corazón brotó la llama del deseo del amor, de la dicha, de la felicidad, y el mundo se presentó a tu vista, y sus primeras impresiones hirieron tu imaginación,
   Y el brillo de sus vanidades te hacían distinguir como un camino de flores de falsa felicidad,
   Y tu corazón indeciso, como mariposa inquieta, buscaba un objeto en que fijarse, y la inconstante navecilla de tu alma era como batida por vientos diversos que la agitaban, y lo presente no te satisfacía, y lo porvenir preocupaba tu alma, y los peligros se multiplicaban, y los enemigos de tu alma acechaban los momentos, y la agitación vino <*2*> a apoderarse de tu alma
   Y entonces, y en tu adolescencia, por medio de la luz de la fe y de una cristiana educación, y dispuesto tu corazón, oíste una voz amiga que te decía: Ven, ven a refugiarte en los agujeros de la piedra. Enuncia esta piedra el apóstol S. Pablo: Petra autem erat Christus [(1 Cor 10, 4)]; y el agujero de esta piedra, su dulcísimo corazón.
   Y unida a él, tal vez íntimamente, desde el día de tu primera comunión, descansaste de tus primeras agitaciones.
   Unida a tu Dios, te parecía [poder] desafiar el huracán del siglo, que percibías en tus oídos. Y en el fondo de aquel bendito retiro, en tus primeros fervores y en el silencio de tus pasiones exclamaste con David: Si el Señor no hubiese estado conmigo, cuando las tempestades de mi imaginación y de mi corazón se levantaban contra mí, hubiera perecido.
   Bendito sea el Señor: he sido arrancada como el pajarillo, <*3*> de las redes del cazador; la red se ha roto y yo he sido libertada.
   Todo mi apoyo está en Jesucristo, que es para mí la piedra de mi refugio. A él permaneceré unida.
   Pero ¡ah! que no estaba contento el Señor. Las prácticas de piedad y tus habituales ocupaciones formaban la cadena suave de [tu] primera juventud; y en el fondo de este sagrado retiro, he aquí [que] oíste otra voz que te decía: ascende superius [(Lc 14, 10)].
   No; no quiero yo, hija mía, proseguir en mis consideraciones. No quiero retardar por más tiempo el momento deseado de tu consagración, que bastante te ha sido dilatado.
   Acércate ya, y pronuncia aquellas palabras que la Iglesia pone en tu boca en este día: Posuit signum in faciem meam.
   Y en este momento el Angel de la guarda sonreirá de placer y entrarás a ser del número de los <*4*> seguidores de Jesús en el camino de la perfección evangélica.
   Y tu nombre quedará escrito en el libro de la vida, y entrarás en el derecho de las promesas ofrecidas por Jesús a sus perfectos seguidores, y será el principio de tu santificación y felicidad.
   Pero en medio de la satisfacción que te cabe en este día, no olvides, no, las necesidades de la Iglesia; ni olvides tampoco a los que nos asociamos con el corazón a tu dicha.
   Ruega hoy, y todos los días, por la santa Iglesia combatida por tantos enemigos solapados y descubiertos, para que salga pronto triunfante de la crisis por que está pasando.
   No olvides al anciano León XIII, para que pueda completar los designios de la caridad en bien de tantas naciones, a las cuales atiende con solicitud.
   Ruega por este pueblo, para que se aumente la piedad en él, y se multipliquen las almas que reparen al Corazón de Jesús.
   Ruega por este tu hermano y cuñada que con tanta solicitud han atendido a tu bienestar.
   No olvides, no, como no olvidarás a aquellos seres queridos, a los cuales debes la dicha y que hoy no pueden presenciar este acto, pero que desde el cielo te contemplan con el gozo de tu corazón, asegurada para siempre en el seno de la religión.
   Ruega por esas atentas amigas tuyas que viniendo [?] y no reparando en la estación del tiempo, se han apresurado a tener la satisfacción de saludarte en tus desposorios.
   Ruega por mí,
   A fin de que así como reunimos

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 46, págs. 1-12






   Mis hermanas en el Señor: Cuando el mundo materializado parece haberse hecho extraño a todo sentimiento religioso; cuando las pasiones humanas parecen desencadenadas contra toda idea de grandeza en el orden espiritual; cuando nuestros oídos escuchan con frecuencia el bronco grito de los descendientes de Edón, que no cesa de repetir, como en otro tiempo, el exterminio del templo y del altar, ¡cuán dulce! ¡cuán grato y consolador no debe ser para los corazones piadosos la presencia de esta solemnidad! El ver aquí a esa nueva virgen (o joven), que viene a acrecentar el número de la escogida grey de Jesús, y a ofrecerse a Dios para siempre.
   ¡Cuál no debe ser nuestra gra- <*2*> titud para con el Señor, que al dejarnos repetir estos acontecimientos, nos recuerda la juventud, siempre lozana de la Iglesia católica, y nos afianza de que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella!
   Sí, ¡oh, hermana mía!: tú eres objeto en este día de una escena que por lo grandioso y tierno que ella encierra, no puede menos de producir afectos dulces y emociones suaves a cuantos se honran hoy con su asistencia a este grande acto de nuestra religión santa. Tú nos vas a enseñar prácticamente el desprecio del mundo, sus pompas y vanidades; tú eres hoy espectáculo digno ante el mundo, ante los ángeles y los hombres. A los ángeles ...
   ¿Qué podré decir, pues, yo en <*3*> este momento, que pueda interesar tu corazón y el de estos mis oyentes?
   No era yo el que debía dirigirte la palabra en este día. Lejos estaba de preveerlo. Pero ya que me veo precisado a ello por la necesidad de última hora, ¿qué podré decir para llenar el vacío del que mejor que yo debía haberlo hecho?
   Me limitaré, pues, a manifestarte y manifestar a mis oyentes el beneficio que Jesús te ha hecho en la vocación y en tu profesión religiosa ... y como has de corresponder, ... Ave María.
   Mis hermanos en el Señor: Si yo tuviera que dirigirme a un auditorio menos piadoso, o en el que pudiese caber alguna de esas preocupaciones, hijas del Espíritu del siglo, yo me complacería en exponer lo que es, lo que significa la vocación religiosa.
   Yo os <*4*> diría que la vocación religiosa es una luz, un llamamiento especial del cielo. No es uno de aquellos fuegos producidos por los vapores que se levantan del lodo de la tierra, ni uno de esos meteoros brillantes que se forman en el aire de otros vapores más sutiles, y que desaparecen luego. Es, si, un astro que brilla en el firmamento, colocado allí por la mano de Dios, para esclarecer y conducir al alma escogida para ello.
   Porque no es, no, como creen los hijos del mundo (ignorantes del espíritu de Dios, como dice el Apóstol), efecto tan sólo de una educación más o menos piadosa, o de un temperamento melancólico, o de una preocupación de espíritu, sino que es una gracia, tal vez la más preciosa, que el Señor tiene reservada en el tesoro infinito de sus misericordias; es un llamamiento atractivo, dulce y <*5*> claro como la luz del cielo.
   (Y para comprenderlo mejor, yo les diría que la vocación religiosa no es una gracia general y común, sino que es una gracia especial y particular, que sólo se concede a aquellos que el Señor se ha dignado escoger para sí.
   No bastan para descubrirla los ojos de la carne, ni prestan auxilio alguno el estudio y la ciencia humana; es necesario estar dotados de aquellos ojos del corazón, según el lenguaje del mismo Apóstol, que Dios concede a quien quiere y sin los cuales la criatura permanecerá ciega en medio de la misma luz).
   Yo diría también, si fuesen otros mis oyentes, los motivos que en el orden moral, social y aun material representan estos actos de virtud, obrados por la mano del mis- <*6*> mo Dios. Yo diría que los muros religiosos son como faros luminosos, colocados de trecho en trecho para enseñarnos el camino del cielo en medio de las tinieblas de vicios y pecados en que está el mundo sumergido.
   Yo les diría ... pero ¿donde voy, hermanos míos? ¿Para qué todo esto, si yo estoy hablando ante auditorio piadoso que al venir aquí a presenciar este acto, no viene a indagar razones, ni a que se expongan motivos, sino rebosando fe, y acompañando esta fiesta con el corazón?
   Sí, ya lo veis; ante unos padres cariñosos que ... y hermanos queridos que sacrifican gustosos en aras de su piedad y de la voluntad de Dios, lo que más aman sobre la tierra, y que, como Abrahán, no dudan rodear el ara donde han de sacrificarse <*7*> las más dulces emociones de la paternidad. Hablo ante corazones piadosos de personas conocidas, que se asocian con júbilo a esta fiesta.
   Ya que esto no, me limitaré, hermana mía, para alentar tu corazón, a pintarte los tesoros escondidos en la Religión que el Señor te ha hecho entrever a través de la luz de tu vocación.
   Trasladaos con el pensamiento, hermanos míos, a aquel pasaje de la historia sagrada, cuando Jacob para huir, por consejo de su madre, de las iras de Esaú, se vio obligado a dirigirse a la Mesopotamia, y fatigado en medio del desierto, pobre y desamparado, arrimando el báculo que llevaba, se puso a dormir sobre la tierra.
   (Me estorbáis y ya seguiría). <*8*>

   

* * *



   Nota: no se transcribe la página 8 al no guardar relación con el documento. Al principio de la 9 se repiten las últimas líneas de la pág. 7. <*9*>

   

* * *



   arrimando el báculo que llevaba, se puso a dormir sobre la tierra, poniendo la cabeza sobre una piedra. Apenas hubo cerrado los ojos del cuerpo, Dios abrió los de su alma, y le mostró su reino, y vio una escala que tocaba con una punta la tierra y la otra llegaba al cielo por la cual subían y bajaban los ángeles; y vio al Señor de ellos que estaba apoyado sobre ella, y le decía: Yo soy el Dios de Abrahán; yo te daré esta tierra [en] que duermes, que mana leche y miel, para ti y tus descendientes; yo seré tu protector y tu guarda. Y al despertar Jacob exclamo: Verdaderamente Dios está en este lugar, ésta es la casa de Dios y la puerta del cielo [(Gn 28, 16-17)].
   Ahora bien: según el P. Lapuente, fue Jacob en esta jornada figura de las almas a las que Dios llama al estado religioso, la cual figura exponiéndola el mismo piadoso autor <*10*> dice: que las almas a las que Dios llama, se resuelven a obedecerle por huir de las iras de su hermano Esaú que es el mundo, hermano según la naturaleza, pero su cruel enemigo por la culpa, pues no trata sino de quitarles la vida de la gracia y arrebatarles el mayorazgo del cielo; y para escaparse de sus manos, no dudan abandonar la casa paterna y las comodidades que en ella podrían tener.
   Mas que para que hagan esto con mayor suavidad, les enseña el Señor las riquezas de su reino y las excelencias de la vida religiosa, figurada por aquella escala. Porque no es otra cosa la sagrada religión, sino una escala para subir al cielo, firme y segura y hermosa, la cual por una parte toca la tierra, por estar fundada en el conocimiento propio y en el <*11*> desprecio de sí mismo y de las cosas criadas, y por la otra toca al cielo donde está Dios apoyado, porque llega hasta el amor perfecto, porque junta el alma a su Criador.
   Los escalones de esta escala, continúa el mismo expositor, son pobreza, castidad y obediencia y demás ejercicios de lección y meditación, por los cuales suben a modo de ángeles en el cielo. Y de aquí es que, como cada uno gusta de juntarse con su semejante, los ángeles del cielo bajan y suben también por esta escalera; bajan para conversar con las almas, y suben para ofrecer a Dios sus oraciones.
   Y para que no desmayen en esta jornada, el mismo Dios está sobre ella, para decirle: «Yo soy tu recompensa, que es grande en demasía».
   Por esta semejanza de oficios entre los ángeles y las almas que viven en la religión, dijo S. Jerónimo aquellas palabras: Quod faciunt angeli in coelis, hoc monachi faciunt in terris.
   Pero perdónenme; <*12*> ya sé [que] te estoy entreteniendo demasiado. Acércate y exclama con el Profeta: Unam petii a Domino. Una sola cosa había pedido al Señor; ut inhabitem in domo Domini; el habitar en la casa del Señor; in longitudinem dierum; durante la longitud de mis días [(Sal 26, 4)] Vota Domino reddam. Ofreceré mis votos al Señor, en presencia de todo el pueblo, colocada in Atriis domus Domini, en los atrios del Señor [(Sal 115, 14.19)].
   Y en este día de tu dicha, no olvides las necesidades del mundo, todo, puesto que empiezas a ser víctima de propiciación.
   Pide una bendición al Señor por todas las necesidades del mundo. Pide por el Sumo Pontífice ... para que el Señor rompa las cadenas ...
   Pide por nuestra España, para que vuelva a ser la España del P. Sto. Domingo y de Teresa de Jesús.
   Pide por ...
   No olvides a estas tus amigas ... en cuyo nombre te felicito.
   Pide por la Obra de la máxima gloria.
   No olvides a aquella hermanita consagrada como tú al Señor, que en estos momentos te contempla a través de la distancia y te está ofreciendo a Dios en su corazón.
   Pide [por] padres, hermanos, difuntos, tíos, ..

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 47, págs. 1-4






   Mis hermanas en el Señor: Obligado dulcemente a última hora, a dirigiros la palabra, y en ausencia imprevista del que mejor que yo hubiera entretenido y enfervorizado vuestro espíritu, ¿qué es lo que podré yo deciros para llenar tan gran vacío, en esta dulce solemnidad?
   Si yo tuviera que dirigiros la palabra ante un auditorio menos piadoso, y para quien fueran desconocidas estas solemnidades; ante un auditorio en quien pudiese caber algún rastro de aquellas preocupaciones, hijas del espíritu del mundo, que han logrado penetrar hasta su corazón, mi situación sería más desembarazada; bastaría exponerles lo que es, lo que significa la vida y la profesión religiosa y vindicarla de los atrevidos ataques con que la impiedad ha querido empañar su belleza.
   Yo les diría que el estado religioso es para la Iglesia y para el mundo el huerto cerrado de los Cantares, inaccesible al ojo profano, donde el Amador de las almas derrama sus efusiones, como en su propio paraíso. Que el estado religioso es, en el lenguaje de los Santos Padres, la porción escogida del rebaño de Cristo Jesús; que es la pequeña grey a la cual este Divino Salvador enviaba su llamamiento con acento tierno y cariñoso durante los días de su vida mortal, y cuya perspectiva le llenaba de dulce complacencia, en medio de las amarguras de su tierno corazón. Que las almas religiosas son las anunciadas por el Espíritu Santo como lirios olorosos que debían brotar entre los abrojos y espinas de una tierra maldecida; como aquellos ángeles, que nos describe el poeta, que se interpolen en medio de las tempestades para rogar por los náufragos, los tabernáculos de la ley de la gracia.
   Y aun sin acudir a estas razones, tal vez no cautivarían su entendimiento analizando tan sólo las necesidades del corazón humano, les <*2*> haría ver la razón de estos asilos del alma, unos asuetos para los corazones sedientos de verdad y de amor; la necesidad de estos puertos abiertos por la mano divina a los corazones agitados en medio de las tempestades del siglo; y a la luz de la historia, les evidenciaría los beneficios que en el orden moral, [?] social han reportado estos recintos sagrados colocados en medio de la noche y de las tinieblas de la desgracia y del vicio como faros luminosos que nos señalan el camino de la virtud y del cielo; como oasis en cuya sombra nos es permitido respirar en medio del cansancio del espíritu. ¡Oh, qué vasto campo se ofrece a mi imaginación en este momento!
   Yo les diría ... pero ¿dónde voy, hija mía? Si os dirijo la palabra ante un auditorio escogido, que al venir a presenciar vuestros solemnes desposorios, no viene a indagar razones, ni a que se le expongan motivos, sino con el corazón rebosando ternura y entusiasmo, deseándote saludemos con el corazón.
   Y ya lo veis: ante unos padres en quienes ejerce más imperio la piedad que la naturaleza, y no temen rodear el altar, sobre el cual los derechos de la carne y de la sangre van a ser inmolados al amor divino.
   Ante unos parientes amigos, conocidos, que se asocian a vuestra dicha, de ver en vosotras la perpetua fecundidad de la Iglesia católica, engendrando vírgenes en los días de su vejez.
   Ante esos ministros sagrados, que se preparan a bendecir esos símbolos venerables, y a ser testigos autorizados de vuestra consagración.
   ¿Qué podré decir, pues, que pueda interesarles?
   ¿Qué es lo que podré decir, pues, yo ya en este momento? <*3*>
   Por otra parte si al dirigirme a vosotras tuviera que tratar con almas menos instruidas también en los deberes religiosos, o en otras épocas en que fomentadas algunas vocaciones desde la infancia y al calor de continuados ejemplos, sin los atractivos que le corresponden del siglo, yo me complacería en exponeros todos los deberes y asperezas de la vida religiosa, para que obrarais con conocimiento de causa en el paso trascendental de la profesión religiosa, sobre todo en medio de los peligros que hoy día pueden rodearnos.
   Pero ¡ay! nacidas en medio del siglo XIX, no ajenos vuestros oídos al clamor que la impiedad nos ensordece con sus amenazas; heridas más de una vez por los apóstrofes que el espíritu; y en medio de una atmósfera que se respira, conocedoras perfectamente de lo que vais a practicar, ¿qué podré deciros yo, hijas mías, que sea nuevo para vuestro corazón? (Yo deberla no más que felicitaros).
   No obstante, en cumplimiento de mi cometido y de lo que la Iglesia nos manda para este acto, permitidme que os recuerde tan sólo para actuar vuestro corazón, lo que es el acto que vais a realizar.
   Y bien: ¿qué es el acto [de] la profesión? Dos caracteres abraza la idea de la profesión solemne: la de felicidad del logro de nuestros deseos y la idea del sacrificio
   Mirad: hace poco más de un año que combatidas por los temores y las contradicciones, la incertidumbre agitaba vuestros corazones, y hasta vuestros semblantes por las fuertes emociones Humedecidos todavía vuestros vestidos por las tempestades del siglo, pudisteis felizmente guareceros en la pena santa de la religión, y respirar tranquilamente, después de la larga travesía de combates y de esfuerzos.
   ¿Y qué era lo que entonces tan fuertemente impulsaba vuestro espíritu, y os hacía ansiar la sombra de una tranquila soledad?
   ¡Ah! cuando al despertar de vuestra discreción, encontrados horizontes se descubrieron a vuestra vista, el deseo de felicidad agitó vuestro corazón, y con el instinto de la gracia, y con la antorcha de la fe comprendisteis muy bien que, como dice Jesucristo, una sola cosa era necesaria para <*4*> la perfecta felicidad: el tesoro escondido del reino de los cielos, la calma de corazón.
   Y visteis que este tesoro escondido no se encontraba, como dice Job, ni en los abismos del mar ni de la tierra, que a cada suspiro y a cada deseo de vuestro corazón, respondía: non est mecum, no está conmigo la felicidad.
   Y que no se encontraba este tesoro en las altas cumbres de la vanidad, y de los placeres, que a cada paso están gritando: non est mecum, no está conmigo.
   Y que no se encontraba ni en los atractivos del lujo, ni en el bullicio del mundo, ni en el brillo de las riquezas.
   Visteis que todo cuanto hay en el mundo, como dice S. Juan, es concupiscencia de los ojos, y soberbia de la vida. Que la felicidad de la tierra es como la flor del campo, que por la mañana nace, y por la tarde cae marchita y seca sobre su tallo.
   Visteis con la luz de la vocación, porque sin ella nada hubieseis visto, que el verdadero tesoro, la felicidad sólida

   

* * *



   Pero la perfección religiosa encierra también la idea del sacrificio. Yo no debo ocultaros, hijas mías, que desde el momento en que pronunciéis vuestros votos, encadenáis vuestro corazón, vuestra alma, y vuestro cuerpo con el triple lazo que debe uniros a la perfección evangélica. Y al desprenderos con el primero (véase la adjunta a Rivas y Asunción de S. José).

   

* * *



   (a) lida y verdadera podíais encontrarla en la soledad del claustro, en la alegría con que se sufre y se mortifica por Dios, en la dulzura, al pensar como S. Pablo, en estar cautivos y prisioneros por Jesucristo; en el interior gusto con que se soporta su yugo; en los consuelos interiores de la penitencia, preferibles a los placeres de los sentidos, y en la paz del alma que causa una vida austera.
   Y al ver que empezáis a realizar los instintos de vuestra alma y los deseos de vuestro corazón en el hallazgo de la verdadera felicidad, ¿cómo puedo llamarlo sacrificio ya, sino un beneficio inmenso del Señor que os ha concedido sin mérito ?
   (De la plática de Nieves, Vestición).
   Ahora (Lladó), hoy realizaréis

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 48, págs. 1-7






Sor María



   Mi hija en el Señor: ¿Y es verdad que ha llegado tu suspirado momento? ¿Es verdad que ha llegado, al fin, el día de tu profesión religiosa? ¡Ah! sí, pronto esta corona de flores ceñirá tu cabeza, como una señal de triunfo y
   Y tu nombre quedará escrito en el libro de la vida.
   ¿Qué te diré pues, hija mía, en este momento que pueda interesar tu corazón, y actuarte para el acto que vais a practicar?
   ¡Oh! Si yo tuviera que dirigirte ahora mi palabra ante un auditorio menos piadoso, me sería muy fácil extenderme en consideraciones: porque les hablaría de lo que significa este acto; de lo que es el estado religioso que vas abrazar [?] ante los ojos de la Iglesia y de la sociedad. Yo le diría que para la Iglesia el estado religioso,
   Y para la sociedad,
   Pero ¿dónde voy? Si te hablo, hija mía, ante per- <*2*> sonas piadosas que al venir aquí no preguntan ni vienen a buscar razones ni a que se les diga lo que es, sino que vienen prevenidas, henchido su corazón de ternura y de entusiasmo.
   Ya lo veis: ante unos padres queridos, que gustosos te ofrecen su sacrificio ante los altares de su Dios; te hablo ante parientes y ante amigos y amigas que te rodean con santo júbilo, y que con el corazón te felicitan.
   ¿Qué te diré, pues? Ya que deseas una palabra de mí antes de verificar tu consagración, sólo quiero que medites las palabras que pone la Iglesia en la Epístola de la fiesta de este día, y que muy [bien] puedes aplicarte, pues parecen dichas para esta festividad.
   In [his] omnibus requiem quaesivi et in hereditate Domini morabor, dice el libro del Eclesiástico. En todas las cosas busqué el descanso, y sólo en la heredad del Señor podré morar [(Eclo , 11)].
   ¡Oh! hija mía, pondera bien estas palabras: En todas las cosas busqué el descanso. Cuando al despertar de tu razón, tu imaginación inquieta, ¿no es verdad que buscaba un lugar en donde descansar tu corazón? Y todas las cosas del mundo desfilaban ante tu vista; y en ellas observabas si podías encontrar el descanso apetecido; y nada de ello satisfacía tu alma; y el vacío llenaba <*3*> tu espíritu; y el Señor te enseñó la heredad santa de la religión, y exclamaste: In hereditate Domini morabor; en la heredad del Señor quiero fijar mi morada; y a este grito de tu corazón mil dificultades se levantaron, y sobrevinieron contradicciones.
   Pero el Señor que cuidaba de ti, repitió: In Jacob inhabita ... No temas habitar en Jacob, y tener tu herencia en Israel, y entre mis elegidas fija tus raíces. Y el Señor te entresacó [(Eclo , 13)].
   Y al verte así privilegiada, bien puedes repetir hoy ante el mundo todo, con el libro de la Sabiduría: Et sic in Sion firmata sum; he aquí el modo como he sido asegurada en Sión; he aquí que descanso ya en esta ciudad santificada, y tengo mi poder aquí en Jerusalén [(Eclo , 15)].
   Quasi cipressus exaltata sum in Sion. Como ciprés he sido elevada en Sion sobre todas las demás, y como planta <*4*> de rosa en Jericó [(Eclo , 17)].
   Como oliva especiosa en medio de los campos; quasi platanus: y como el plátano junto a las aguas [(Eclo , 19)]. Tales son, hija mía, los conceptos que en este día de la alegría [de] tu corazón, puedes decir ante el mundo, y más en el fondo de tu corazón. Porque son, hija mía, los privilegios que el Señor te ha concedido al elevarte al estado religioso; ésta es la preeminencia que adquieres en este día y esos títulos magníficos son los que te [ha] concedido la gracia de la vocación.
   Gloríate, pues, hija mía, y bendice al Señor, que así te ha bendecido.
   Pero ¡ay! que otra compañía y otra circunstancia indica el libro de la Sabiduría, porque concluye con estas palabras:
   Sicut cinamomum et balsamum aromatizans odorem dedi; quasi <*5*> mirra electa dedi suavitatem odoris [(Eclo , 20)]. Como el cinamomo, aquí en la heredad del Señor, produje aromas; como la mirra da suavidad de olor.
   ¡Oh! hija mía; ¿comprendes bien estas palabras? E1 Señor te ha introducido aquí para que des ejemplo de virtud en el mundo, a los ángeles y a los hombres; al mundo, para con tu abnegación y sacrificio [y] tu fervor afrontar su indolencia, y atraerles al reconocimiento de sí mismo; a los ángeles, alegrándoles con tu pureza y tus virtudes; a los hombres, ayudándoles con tus oraciones.
   Y aquí debes dar aromas en todos tus actos. Y el cumplimiento de tus votos esenciales que hoy vas a prometer a Jesús; y la práctica de las reglas; y la cadena de obligaciones que vas a imponerte; todo, todo, hija mía, serán aromas dulcísimos que el Angel de tu guarda recogerá para depositarlos en el seno de Dios.
   Y además de estos aromas de virtudes, debes, hija mía, como la mirra producir suavidad de olor.
   Que no basta, no, el cumplimiento de tus <*6*> votos; no basta, no, el servir a Dios con fidelidad; no basta aun, no, el aspirar a la perfección apartada del mundo. Es preciso que seas como mirra. El Señor escoge a sus esposas para que sean mirra amarga de sacrificio y por lo tanto, hija mía, cualesquiera que sean las circunstancias por donde el Señor quiera conducirte, debes aceptar la mirra que el Señor te envíe.
   Los pecados del mundo se elevan al cielo irritando la justicia; las almas viven al borde del precipicio; el Señor está para descargar sus iras; y sólo víctimas agradables pueden detener su brazo.
   Víctima, pues, debes ser ante el Señor. Y si el Señor quiere rodear tu corazón de espinas interiores para castigar los pecados del mundo; y si el Señor quiere conducirte hasta el Calvario; y si como grano de mirra quiere que te consumas sobre las brasas de la enfermedad y de los dolores, de la muerte, mirra voluntaria debes ser ante el Señor, y exclamar como el Apóstol: Quis me separabit? [(Rom 8, 35)]
   ¿Te encuentras con ánimo, hija mía?
   ¿Estás resuelta a ser víctima de amor y de sacrificio? Si no tienes ánimo, <*7*> aún tienes tiempo; aún puedes retroceder. No faltará todavía para ti una corona en medio del mundo; todavía ... pero, perdóname, hija mía: ya [sé] que tu resolución está hecha; ya sé que anhelas apresurar el momento de tu consagración, y por consiguiente, no debo retardarlo yo más
   Exclama con razón, como el amante del libro de la Sabiduría: En la heredad del Señor quiero descansar. El Señor me ha colocado entre sus elegidas; y como ciprés me distinguió, y como rosa junto a las fuentes de la gracia del Señor; aquí quiero echar mis raíces para siempre.
   Adelante, pues, hija mía. Pronuncia tus votos, como David, en presencia de su pueblo, dentro [de] los atrios del Señor.
   Pero en medio cla
   No olvides al Sumo Pontífice
   A la España
   A tus padres. Seas el ángel que vele por ellos en sus necesidades.
   A esta comunidad que te ha admitido. A estas amigas.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 49, págs. 1-5






De la de Tost



   Esta visión del Profeta va a tener hoy en ti su cumplimiento. Y vas a ser esa hija del rey de las almas, y vas a ser sellada con el sello del Cordero, y vas a entrar en posesión de las promesas ofrecidas a los seguidores, y tu nombre estará escrito en el libro de la vida.
   Tú vas a ser espectáculo <*2*>
   Mejor que David podemos y puedes alegrar tu corazón en este día
   ¿Qué te diré, pues, ya?
   Y yo debiera terminar aquí, felicitándote por tu elección, y animándote a realizar cuanto antes tu eterno desposorio.
   Pero obligado a decirte una palabra en esta solemnidad, ¿qué te diré, hija mía, que pueda interesar vivamente tu corazón, y actuarle para [que] prepare tu alma para este solemne acto?
   Tres solas palabras, si las meditas bien, serán bastante para disponer tu corazón ante el beneficio inmenso que el Señor te va a proporcionar: Dios, tú, la vocación
   ¿Quién te ha traído aquí, hija mía? ¿Quién ha elegido tu alma? Dios ...
   ¿Qué necesidad tenía de ti, pues, ese Dios inmenso y eterno? Y, sin embargo, este Dios fue el que desde toda la eternidad tenía fija su mirada en ti, y se complacía en señalarte con el dedo como elegida para este estado; e indicaba al ángel que debía guiar tus pasos; y preveía los peligros que debían rodearte y apartaba los tropiezos que podían separarte de él. Como si no tuviese otra ocupación, Dios es el que ha cuidado de ti, desde toda la eternidad. Para que no lo olvidaras, él mismo ha tenido cuidado de advertírtelo por su Profeta: in charitate perpetua dilexi te. En caridad <*3*> eterna te he amado [(Jr 31, 3)].
   ¿Y quién eres tú para haber merecido esta mirada eterna de amor y de predilección?
   ¡Oh! no es preciso que te lo diga; hace muy pocos años no existías; estabas en el olvido de la nada; nadie te conocía ni pronunciaba tu nombre; apareciste en el mundo con el estigma de la muerte; y tu existencia desaparecerá como la sombra; y tu cuerpo volverá al polvo de donde trae origen.
   ¿Y tu alma? Con el sello del pecado original desde el día de tu nacimiento, con la cadena de nuestras continuas infidelidades, tanquam pannus, como paño sucio somos en la presencia de Dios, menos que el insecto que se arrastra sobre la tierra.
   Y sin embargo, ese Dios tan grande es el que [te] ha escogido. Y mientras, en sus impenetrables arcanos, deja a tantas otras distinguidas en el mar borrascoso del siglo, que le hubieran servido mejor que tú; y mientras hubiera podido crear almas seráficas a quienes ofrecer su corazón, te escoge a ti por predilección especial. Has non elegit.
   Muy bien podrás exclamar con el Profeta, hija mía, al considerar esta bondad de Dios en los pasos de tu juventud: Recordatus sum tui, miser[ans adolescentiam tuam (Jr 2, 2)]
   El Señor se acordó de mí, compadecido de mi juventud.
   ¿Y cuál es esta vocación, este beneficio, este estado a que el Señor ha querido elevarte? ¡Ah! <*4*> Yo debiera detenerme aquí, hija mía; yo debiera recordarte y decir a estos oyentes que
   Pero ¡dónde voy, si lo tienes meditado! Sólo si, permíteme que te recuerde una comparación del V. P. Lapuente, que me parece oportuno ofrecer a tu consideración en este momento. ¿Recuerdas aquel pasaje
   Yo debiera añadirte, hija mía, para hablar de tu estado, los elogios de los S.S. Padres, los magníficos y poéticos rasgos de S. Jerónimo sobre el valor de la virginidad; las consideraciones que ante el mundo ha merecido.
   Pero ¿donde voy, hija mía? Yo recuerdo, te hablo de <*5*> las grandezas de tu estado, y olvido los deberes que este estado te impone.
   Como comisionado por el Ilmo. Prelado, y por lo tanto a nombre de la Sta. Iglesia, yo debiera más bien en este momento, poner ante tus ojos, las obligaciones que vas a contraer, para que tu profesión [fuese] hecha con conocimiento de causa.
   Y cuánto augentur dona ...
   Yo debía decirte, hija mía. Estrada.
   Pero ¿dónde voy? Hace 14 meses que estás practicando lo que ha de formar la cadena de tu existencia; conocidas te son tus obligaciones; por lo [visto] estás resuelta a cumplir tus obligaciones.
   Yo lo espero en el Señor, y lo espera la Sta. Iglesia, y lo espera esta venerable [comunidad] que te ha recibido en su seno, y lo espera tu familia, y lo esperan las almas que Dios tenga destinadas santificar por tus oraciones y sacrificios, de que corresponderás al deber de tu estado, ofreciéndote víctima continua en favor de todos ellos.
   Y, por lo tanto, cuando
   Vota mea. Quid retribuam? Calicem salutaris. Nomen Domini, y será ... [(Sal 115, 12-13)]
   Acércate, pues, ya, hija mía.
   No quiero lastimar tu corazón, que todavía tiene frescas las heridas causadas por reciente tribulación; pero no puedo menos de recordarte, para que lo hagas en la presencia de Dios, a seres queridos.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 50, págs. 1-8






Profesión Llasat e Ibáñez.



   En medio del silencio ... Plática de profesión de Colom.
   Pero, ¿y es verdad, hijas mías, que vais a realizar vuestra profesión? ¿Es cierto que vais a ofrecer vuestros votos al Eterno?
   ¡Ah! permitidme por un momento, y antes de pronunciar vuestra última palabra, que como encargado de acompañaros en esta solemnidad y a nombre de la Iglesia, os diga, hijas mías, que os fijéis bien en el acto que vais a realizar.
   En primer lugar, hijas mías, vais a dejar padres ... sois las flores ... el porvenir ... las dulzuras de la sociedad; porque os,
   Y os obligáis no sólo a la obediencia, pobreza, castidad, sino a una cadena de actos violentos, y os acostaréis cuando no tengáis ganas.
   Pero ¿a qué voy, hijas mías? 14 meses que lo practicáis.
   ¿Qué os diré, pues, yo para prepararos a este acto? No debiera ser yo el que os dirigiera la palabra en este día; las repetidas veces que en este mismo lugar, y con idéntico objeto la he dirigido ante esa asamblea, y más <*2*> aún las emociones encontradas por las que ha pasado mi corazón estos días, me hacen menos propio para ello. Pero ya que me veo precisado a hacerlo por la necesidad de última hora, al fijarme ayer en vuestra solemnidad me han ocurrido dos citas propias para preparar con ellas vuestro corazón.
   Al examinar lo que Dios ha hecho, y lo que ello entraña.
   Al leer días atrás, en la festividad de S. Juan, las palabras de la Epístola de aquel día, saboreaba las frases del profeta Isaías, aplicadas por la Iglesia a aquel santo.
   Antes
   Al consideraros hoy trofeos de la gracia de Dios, no podéis exclamar mejor que el Profeta.
   Non vos me eligistis [(Jn 15, 16)]. <*3*>
   El real profeta David al considerar los beneficios de Dios, que le habían venido con la elección que había hecho de su alma, decía en el salmo 22: Dominus regit me, et nihil mihi deerit [(Sal 22, 1)].
   Dominus regit me, et nihil deerit. El Señor es el que me rige. El Señor es el que [me] rige, y me guía y me gobierna. ¿Quién os ha conducido aquí? El Señor, hija mía. El Señor, y sólo él es el que te ha conducido, te ha llamado. Non vos me eligistis. Para haceros ver la gracia del apostolado.
   Y os ha regido y conducido y gobernado desde siempre. Y sois. Y os ha llamado hacia el claustro. Mejor, pues, que David podéis decir: Dominus.

   

* * *



   In loco pascuae ibi me collocavit [(Sal 22, 2)]. Si el tiempo lo permitiera, yo me complacería, hijas mías, en haceros ver lo que es la santa religión en lenguaje de los Padres y doctores. Yo os diría que las almas consagradas a Dios, forman la grey ...
   Que es el huerto cerrado, donde el Amador
   Que es la piedra preciosa del Evangelio
   Que es tal la abundancia de los bienes de la gracia, que al preveerlos en lontananza <*4*> el Profeta, decía ya: Quam dilecta tabernacula [(Sal 83, 2)].
   Super aquam refectionis educavit me [(Sal 22, 2)]. El Señor os reengendró con las aguas del santo Bautismo; os robusteció con las aguas de sus demás gracias; y no contento con esto, os quiere colocar en las aguas de la religión. Si el Profeta consideraba dichoso a aquel que como el leño de la selva había sido plantado junto a la corriente de las aguas, ¡cuánto más felices vosotras, a quienes el Señor viene a colocar junto al manantial de estas mismas!

   

* * *



   Deduxit me super semitas justitiae [(Sal 22, 3)].
   En
   Et si ambulavero in medio umbrae [(Sal 22, 4)].
   Y cómo no, si estás en la misma viña del Señor, y desde el tabernáculo
   Virga tua et baculus tuus [(Sal 22, 4)].
   Impinguasti in oleo caput [(Sal 22, 5)].
   Pero ¿dónde voy? Si os fuese comentando este salmo, mejor que David confiaríamos.
   Pero el tiempo no me lo permite, y por lo tan- <*5*> to omito otras consideraciones.
   Yo debiera, hijas mías, haceros ver y detallaros más vuestras obligaciones, pero como las conocéis yo me creo dispensado de ello.
   Sólo, hijas mías, sí debo recordaros que sois spectaculum mundo et angelis et hominibus, o como dice en otra parte: mundo et hominibus [(1 Cor 4, 9)].

   

* * *



   Y por lo tanto ... Perfección. Ejemplo. Víctimas.
   No olvidéis
   Pero acercaos ya.

   

* * *



   Dignas de Dios, por medio de la santificación, hijas mías. Ya sabéis, una vez elegidas, el deber de la santificación. No es materia de descanso.
   Espectáculo a lo ángeles. ¡Ay! hijas, en medio de esa disipación general que va invadiendo las clases de la sociedad, en medio de esa sed de lujo, de placeres y de diversiones, paréceme que la virtud y la pureza quieren desaparecer de las naciones.
   Al dar una mirada a este mundo, Dios parece que volverá a repetir: Omnis caro. No tiene donde fijar su mirada. Sed, pues, vosotras espectáculo digno a los ángeles, y que vuestra virtud alegre el Corazón de Jesús.
   Et hominibus. Y sois espectáculo a los <*6*> hombres. De vosotras lo esperan todos: la Iglesia, el mundo, las almas, vuestras familias. Oh, hijas mías, si la Iglesia consiente vuestra consagración; si vuestros padres hacen el sacrificio; si todas esas almas os felicitan y os saludan y se complacen, es porque lo esperan de vosotras; sois llamadas a ser reparadoras de Dios; vosotras debéis [ser] los ángeles de vuestras familias; y con las alas levantadas al cielo debéis recabar gracias y bendiciones; y sus penas y quebrantos, y sus dolores y enfermedades, debéis depositarlas en vuestro corazón para agenciarlas ante Dios; y de día y de noche debéis velar por los intereses de sus almas; sólo así cumpliréis vuestros deberes.
   Pero basta ya; acercaros, proferid vuestros votos; y al quedar selladas con el sello, que no sea toda para vosotras la felicidad de este día. Que prueben los demás los frutos.
   Pedid por el Papa. Obispo. España. Esta ciudad. Esta comunidad. <*7*>

   

* * *



   Os priváis de la satisfacción de vuestras familias. Es verdad que pasarán unos años y vuestros padres y vosotras tal vez habréis desaparecido de la tierra, y solas en el mundo ¿qué haríais?; pero también es verdad que con el dote que os dan y con lo que aún podrían ofreceros, podríais pasar vuestra existencia sin necesidad de sujeciones, y aun practicando el bien y la virtud.
   Y no sólo renunciáis a las satisfacciones humanas, aun las más licitas,, sino que os imponéis obligaciones muy rígidas. Prescindo aun, hijas mías, de vuestras obligaciones esenciales vinculadas a los votos de castidad, de obediencia y de pobreza, que éstas os serán dulces; pero el estar sujetas a las prescripciones de la regla, es lazo bastante estrecho. Vosotras no ignoráis que ni un cuarto de hora del día está a vuestra libertad; y que no está a vuestra elección ni el trabajo ni el descanso, sino que tendréis [que] trabajar y comer y descansar en la hora y en la ocasión que os prescriba la obediencia. Y tener que levantaros a medianoche; y madrugar por la mañana; y practicar esa cadena continuada de actos que forman el tejido de vuestra existencia; y hacerlo todos los días, y siempre y también el [?] ¡Oh! hijas mías, <*8*> todavía es tiempo; de aquí a un momento ya no lo será; ¿y vais alegres a hacer este sacrificio?
   Pero perdonad, hijas mías, si yo mortifico por última vez vuestros oídos. Sé que vuestra elección está hecha, y no anheláis más que el momento de realizar vuestro sacrificio. Hace catorce meses que sabéis la vida religiosa, y sin embargo, queréis pronunciar aquella expresión de David: Elegi abjectus. Una dies in atriis tuis super millia [(Sal 83, 11)].
   ¿Qué os diré, pues, hijas mías?
   Pide por el alma de tu querida madre. Hazla participe de tu dicha. Sea la primera en tu corazón.
   Ruega por tu padre y hermanos, que aunque no han tenido valor
   Ruega por estas tus dos hermanas, que hoy no han dudado apadrinarte, y rodear como Abrahán el ara.
   Pide por ellos las bendiciones de Isaac sobre ... Que caiga sobre ellos el rocío del cielo. Sean bendecidos los que a ellos bendigan, y puedan presenciar los frutos de su herencia.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 51, págs. 1-9






Carlota Calatayud (Profesión)



   Siempre que he asistido ... (Plática de Magdalena Boix).
   Más ¡ay! que esta elección te impone deberes.
   Yo debería hoy recordártelos.
   ¿Qué te diré?
   Pero no. El día que verificabas tus esponsales aquí, ante este mismo pueblo, y con sorpresa del mundo, y agrado de las almas buenas, me complacía en recordarte las misericordias de Dios sobre tu alma; humedecidos todavía tus vestidos, como las alas de la paloma escapada de la tempestad, te hacía recorrer con tu imaginación los caminos por donde te había conducido la Providencia en medio de las agitaciones de tu corazón y de tu apenada adolescencia; las voces que allá en el vacío de tu corazón sentías de la necesidad de la calma; y visto que no la podías encontrar ni en el ruido del mundo y de sus pompas y vanidades, ni en el brillo de las cosas perecederas, ni en ... cuando en medio de estas tempestades, pudiste vislumbrar el puerto seguro que [debía] proporcionarte la ansiada dicha, y exclamaste: Unam petii a Domino [(Sal 26, 4)].
   Y el Señor te tío[ concedió; y te excitaba a la gratitud para con él al pisar los umbrales de esta santa cena, adonde con mano amorosa te conducía la Providencia.
   ¿Qué te diré, pues, hoy? Son tantas las veces que he tenido [que hablar aquí] <*2*> que difícilmente podré encontrar tema.
   No obstante, obligado a decirte algo, al recitar el día 9 de este mes el oficio de la ínclita Sta. Inés, hay entre las expresiones de aquella fervorosa alma, una que debes pronunciar tú y grabarla para todos los días de tu vida.
   Annulo suo subharravit me Dominus, et tanquam sponsam.
   Pronto vas a recibir el anillo que, según práctica de esta casa, va a adornar tu dedo, y como aquella santa puedes exclamar: annulo suo, con su propio anillo me ha arrado el Señor, y me corona con corona como esposa verdadera del Rey inmortal.
   ¡Oh, qué vasto campo de consideraciones se abre a mi vista en este momento!
   El Señor ha puesto en mi mano el anillo como arra de eterno desposorio.
   ¿Qué significa el anillo? No ignoras, hija mía, que el anillo ha sido siempre una señal simbólica y expresiva, adoptada desde el principio de las generaciones, practicada por los mismos Patriarcas de la antigua ley, y seguida y conocida en todas la naciones y en todos los tiempos, según consta de la historia, y reconocida y santificada por la misma Iglesia católica.
   ¿Qué significa, pues, el anillo? Entre otros significados que varios autores, aun paganos como Cicerón ...; todos ellos convienen en que significa principalmente el amor, la fidelidad y la mancomunidad de miras, de afectos y de intereses.
   Y significa, en primer lugar, el amor, amor mutuo <*3*> y de correspondencia.
   Por ello decía ya un maestro, y lo acepto S. Isidoro, que se pone el anillo en el dedo cuarto, porque hay allí cierta vena que va directamente al corazón, para hacer ver que ha de ser Intimo, de la sangre al corazón, y mutuo entre el donante y el corazón del donado; que es redondo, como señal de lazo y sello; y sin terminación alguna, como expresión de su continuidad.
   Ahora bien, hija mía. El eterno Amador de las almas va a repetirte a tus oídos en estos momentos, como dice Isaías: in charitate perpetua dilexi te. En caridad perpetua te he amado. Ideo atraxi te miserans tui; por esto te he llamado y atraído hacia mí, compadecido de ti [(Jr 31, 3)]. Recordatus sum tui, miserans adolescentiam tuam [(Jr 2, 2)]. Me he acordado de ti, lastimado de los sinsabores de tu juventud. In manibus meis descripsi te [(Is 49, 16)].
   ¿Qué le vas a decir, pues, hija mía, al Verbo divino humanado por tu amor y que va a ponerte el anillo de eterno desposorio? ¿Qué correspondencia exigirá de ti esa señal de su predilección?
   ¡Ah! ninguna otra que la que exigía de la mística esposa: Pone me ut signaculum super cor tuum, ut signaculum super brachium tuum. Ponme como sello sobre tu corazón, y como sello pon mi imagen sobre tu brazo [(Cant 8, 6)]. Porque el amor es fuerte como la muerte, y duros como el infierno los celos verdaderos; sus lámparas son lámparas de fuego y de llamas, y los ríos no pueden apagarlo.
   Y para excitar a tu amor ... Cuenta Cicerón que <*4*> los discípulos de Epicuro solían llevar sobre su anillo la imagen de su maestro, y otros de sus discípulos más queridos, para que esta imagen les recordara más fácilmente al objeto que amaban.
   ¡Ah! sí, pon sobre tu corazón y en tu brazo las llagas de Jesús crucificado y las heridas y espinas, y ellas te recordarán el amor inmenso que las abrió; y la memoria constante de estos amores, de estas bondades y de estos beneficios, excitarán en tu alma llamas de vivísima gratitud y de amor, que no podrán apagar todos los ríos de la tentación y de los halagos del mundo, y de las fascinaciones de los enemigos de tu alma.
   Y este amor debe ser continuo, sin interrupción, formando círculo como el anillo; y lo mismo en las horas felices de la consolación que en las arideces del espíritu; lo mismo en medio de las tareas de tu futuro apostolado que en los momentos de la contemplación; ya en las vigilias del día como en el descanso de la noche, para que puedas decir como la antedicha amante: Ego dormio, sed cor meum vigila. Aun en los momentos que dé al descanso, mi corazón no dejará de velar por ti [(Cant 5, 2)].
   Y este amor debe [ser] no sólo continuo, sino constante, sin romperse jamás; y cualesquiera que sean las circunstancias que puedan sobrevenirte, por variados que fueran los vientos de las tribulaciones, esté siempre tu corazón dispuesto a decir como S. Pablo: Quis nos separabit a charitate [Christi. (Rom 8, 35)].
   Seguro estoy, decía el Apóstol,
   Sea éste [el] amor con que debes corresponder [?] hoy te da [el] anillo de sus desposorios. <*5*>

   

* * *



   ¡Bendito sea el Señor, hija mía, que nos permite hacernos partícipes de sus intereses para trabajarlos para su gloria!
   Me extendería demasiado, hija mía, si tuviera que ir recordando los intereses que Jesús quiere confiar a tu celo y a tu solicitud.
   Da una mirada por el mundo. Mira tantos infieles sentados en las tinieblas de la infidelidad, allá en lejanas regiones.
   Los justos. Los pecadores.
   Y lo que no puedas lograr con tus esfuerzos, con tus oraciones,
   Y te alegrarás por lo que se alegra; y te entristecerás por lo que se entristece.
   Mira tantas naciones, un día vivificadas por la fe de Cristo, hoy sumidas [en] la herejía.
   Tantas almas redimidas con su sangre y reengendradas por la gracia del Bautismo, y sin embargo olvidadas de Jesús.
   Contempla a la Santa Iglesia combatida ... <*6*>

   

* * *



   Profesión de Carlota Calatayud

   por tantos enemigos.
   Tantas almas inocentes rodeadas de precipicios.
   Tantas almas justas puestas en tribulación.
   Tantos moribundos de cuyos últimos instantes depende toda una eternidad.
   No hay fonda, ni café, ni casino, ni ferrocarril, en donde, en todos los momentos del día y de la noche, no estén peligrando los intereses de su gracia; y todos éstos son los intereses de Jesús; y [un] grito angustioso de Cristo Jesús repercute a nuestros oídos y al de todas las almas: Messis quidem multa; mucha es la mies [(Mt 9, 37)].
   Y este grito te lo dirige a ti, hija mía, hoy de un modo especial, en que va a depositar en tu mano, y va a abrirte las puertas de su casa que es la Iglesia, para que veles por estos intereses, y tomes parte en los negocios de su gloria.
   Por lo tanto, cuando en ese vasto campo que te han señalado, de la educación de la juventud femenil, en medio del vasto campo de su Iglesia, el cansancio te fatigue, y las molestias inherentes a esta Improba labor te rindan y tengas que soportar, <*7*> como aquellos operarios del Evangelio, pondus diei et aestus [(Mt 20, 12)] el peso del día y del calor, piensa, hija mía, que con ello acrecientas una de las heredades más preciadas del campo del Padre celestial, y esto reanimará tu corazón y duplicará tus fuerzas.
   Y lo que no puedas obtener con tu trabajo, lo lograrás con tu ejemplo; y a donde no puedas acudir con tus manos, lo realizarás con tus oraciones, y pedirás al Dueño de la mies que envíe operarios que acudan en socorro de tantos intereses suyos; y pondrás los pecadores a tus espaldas, y las necesidades de las almas en tu seno, y ofreciéndote víctima ante el altar del sacrificio, obtendrás lluvia de gracias, que fertilizarán y fecundarán todos los campos de la gloria de Dios.
   Tal es la misión que Jesús va a confiarte, al aceptarte en su eterno desposorio.
   Amor y amor continuo, y mucha fidelidad y celo por la honra, interés por los intereses de su gloria: he aquí lo que significa el místico anillo con que él va a [?] y podrá decir con gozo y entusiasmo: Annulo tuae.. .<*8*>
   Yo podría, hija mía, completar aquí la idea, y excitarte más a la gratitud, manifestándote la dignación de ese Dios, que va a poner a tu cabeza corona de verdadera realeza. Pero ... te molestaría, tal vez, y no quiero retardar el momento dichoso de tu consagración a Dios, que tanto anhelas, y serán bastantes para tu ilustración y para predisponer tus santos afectos, las sencillas reflexiones que acabo de exponerte.
   Acércate, pues, ya hija mía. Deposita tus promesas al altísimo, ofrece tus votos al Corazón de Jesús, y con toda la efusión de tu alma da un adiós eterno al mundo; y el Señor los aceptará, y tu nombre quedará escrito [en] el libro de la vida, y entrarás en el derecho de las promesas hechas a sus seguidores.
   Bendice al Señor, hija mía, en perpetuas eternidades.
   Yo te bendigo y me felicito por tu dicha, y al ofrecerte a Jesús, le pido, como Jacob, que envíe sobre ti el rocío del cielo.
   En medio de tu dicha permíteme ... No quiero herir tu corazón. <*9*>
   Pide
   Y al darte mi bendición, no puedo expresar todo lo que en ella quisiera expresar.
   Yo quisiera en este momento pedir como Isaac cuando bendijo a Jacob, que caiga sobre ti el rocío de las gracias del cielo y la multiplicación de las obras de tus manos en la tierra.
   Yo, como Moisés, quisiera pedir a Jesús para ti todas las bendiciones de aquel varón en esta tierra de promisión en que vas a poner tu [?] para siempre. Yo, como Tobías, quisiera explayarme en sus afectos tiernos. Pero tú comprenderás hasta donde llegan mis deseos por tu felicidad.
   En cambio no me olvides en tus oraciones, y al pedírtelas para mí, no debo dejar de recordar el deber mayor que tienes para con otros. Ruega, hija mía, por esa santa comunidad que con gozo te ha admitido. Ruega por este pueblo que Jesús confía de un modo especial a tus desvelos y oraciones. Ruega de un modo especial por este hermano tuyo, y a la vez hermano e hijo mío queridísimo, para que el Señor llene en él los designios amorosos de su gracia, y le haga eficacísimo Operario de su máxima gloria, y pueda difundir la piedad, si es preciso en lejanas regiones, y pueda ver a los hijos venir [de] lejos hasta la tercera y cuarta generación.
   No olvides y [?] a esta respetable madrina que en alas de su afecto no ha dudado en venir para hacerte los oficios y representarte a aquella madre querida que hoy no puede ver este día.
   Ruega por tus difuntos.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 52, págs. 1-2






   Sub umbra illius [(Cant 2, 3)].
   ¿Qué debía pasar por la mente?
   Sin duda que se presentaría algo de esta escena.
   ¿Cuál es el fruto? El corazón de Cristo, fruto bendito de este árbol.
   Y estos deseos de la enamorada de los Cantares los plantó en tu corazón.
   Y cuando al despertar de tu razón, el mundo se presentó a tu mirada, todos te parecían estériles como los de las selvas, son fruto agradable a tu nombre.

   

* * *



   Y divisaste este árbol, y en los cuidados de una madre cariñosa viste esta estrella del mar, esa Madre, ...
   Y Ella te enseño el fruto dulce a tu paladar, a Cristo Jesús, único que llenaba tu alma, y exclamaste: sub umbra ...
   Y el Señor te lo ha concedido; y te ha cobijado; y vas a saborear para siempre en el jardín de la religión; y vas a emitir tus votos; y vas a exclamar: Haec requies mea [(Sal 131, 14)]. Sub umbra [(Cant 2, 3)], sin temer el calor del día y a las [?] <*2*>

   

* * *



   Quid retribuam Domino? [(Sal 115, 12)].
   ¿Qué le darás?
   Yo te explicarla los sacrificios
   1.º Qui vult venire post me [(Mt 16, )].
   Abneget: bienes, voluntad, obediencia.
   Tollat crucem: todos los acontecimientos
   Y hoy sobre todo
   Y tú sobre todo alegra al Señor después de nuestras fatigas.
   Sequatur: Ejemplos, compañía,
   Yo te diría ... Pero ¿dónde voy? si lo sabes, y en estos meses has aprendido.
   Sólo, sí, te encargo, que no olvides: 1.º La santificación es un deber.
   2-. Los pecadores.
   3.º El celo por las almas.
   Mas es doble tu sacrificio.
   Dios te ha escogido; cada uno tiene uno.

   

* * *



   A divertirte vas; pero no; pide ...

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 53, págs. 1-4






Profesión.
Preparado para las Serranetes de Vinaroz.
(No se predicó)



   Mis hijas en el Señor: hace 19 siglos que al ángel de los misterios se le representó aquella visión magnífica de aquellas personas vestidas de blanco, que allí, ante el trono de Dios, y el Cordero, entonando cánticos que no podía comprender y que sólo ellas cantaban, se ofrecieron a su vista asombrada.
   Y tal era la emoción que le produjo esta visión al Profeta de Patmos, a aquel Apóstol virgen, que no tuvo miedo de preguntar: Hi qui amicti sunt stolis albis: estos que llevan cubierto con velos blancos, qui sunt? [(Ap 7, 13)].
   Y se le respondió: Estos son los que vinieron de la tribulación y lavaron sus estolas en la sangre del Cordero; por esto están ante el trono de Dios y le sirven de día y de noche, y vencieron al dragón por los méritos de la sangre del Cordero, y cantan un cántico nuevo que ellos solos pueden entonar; virgines enim ... porque son vírgenes, y sequuntur Agnum quocumque ierit [(Ap 14, 4)]. <*2*>
   ¡Ah! muy bien podemos creer que en la mente del Profeta se le representarían en aquella visión alguno de los actos que estamos presenciando.
   Y ciertamente, hijas mías. Porque si viniera aquí ahora alguno que desconocedor del acto que se va a realizar, al ver en el silencio de esta mansión, esta solemnidad, esta comunidad en actitud devota y recogida, y a estas tres figuras con la vela en la mano y cubiertas con el blanco velo, símbolo de la profesión que van luego a realizar para cambiarlo en el negro, símbolo de su muerte mística, y preguntara: Hi ...
   ¡Oh! muy bien podría contestársele: Hi sunt qui venerunt ... [(Ap 7, 14)].
   ¡Oh! si yo pudiese parafrasearos estas palabras, ¡cómo comprenderíais muy bien la analogía de la visión del Profeta!
   Yo os recordaría las tribulaciones por las cuales habéis pasado.
   Las ansias que habéis tenido. Los ejercicios de paciencia que la larga cadena de vuestra estancia en el mundo ...
   Et laverunt stolas suas [(Ap 7, 14)].
   Y durante vuestros años os habéis ido purificando.
   Y durante este noviciado habéis <*3*> completado vuestra purificación con los ejercicios de la Regla.
   Ideo sunt ante tronum Dei [(Ap 7, 15)].
   Por esto, el Señor os ha admitido a su misericordia ante el trono de Dios y del Cordero inmaculado.
   ¿Para qué? Ut serviant [ei] die ac nocte [(Ap 7, 15)]. No sólo de día, sino siempre. Cor meum vigilat.
   Et ipsae venient [?] y ni los trabajos del mundo, ni las máximas mundanas.
   Et cantavit quasi canticum novum [(Ap 14, 3)] Desde hoy, y una vez consagradas a Dios, cantaréis un cántico nuevo, canto de amor que no pueden cantar los que no están consagrados a Dios. ¡Oh! con cuánta razón el Apóstol, al pensar en esto, decía a los de su tiempo: De virginibus. Qui cum uxore est, [sollicitus est] quae sunt ... Sed virgo e contra cogitat quae Dei sunt, ut sit sancta corpore, et spiritu [(1 Cor 7, 25.32-33)].
   Por esto merecéis, pronunciados <*4*> vuestros votos, entonar un cántico de amor exclusivo, de amor que no admite otro amor en vuestro corazón, cántico que se empezará aquí ante Jesús sacramentado, y para continuarse y ser el cántico perpetuo de la eternidad.
   ¿Qué debo deciros, pues?
   Repetiros tan sólo lo del Profeta.
   Dirupisti vincula mea [(Sal 115, 16)].
   Quid retribuam Domino? (Sal 115, 12)].
   Vota mea Domino reddam [(Sal 115, 14)].
   Con esto se contentará el Señor. No quiere grandes sacrificios, no.
   1.º Sólo alabemos.
   2.º Cáliz de salud, aceptando todas las molestias.
   3.º Vota mea. Los propósitos de santificación que le tenéis hechos.

   

* * *



   Recordad que unam petii a Domino [(Sal 26, 4)].
   No olvidéis en este día a los abuelos, padres, superioras.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 54, págs. 1-2






Sor Cinta Prades.
Benicarló.



   Cuando el mundo materializado ... (Lorán).
   Si yo tuviera que dirigir la palabra ante un auditorio, (a).
   ¿Qué os diré? Que seáis agradecidas.
   ¿Qué os exige esta fiesta? Gratitud, amor y sacrificio (Plática de Asunción Curto).
   ¿Qué más? Pasaje de Josué (Plática de Poy) Sor Francisca: Bendice al Señor, hermana mía, que te ha escogido para ser la primera flor de María en este tu patrio suelo; tú eres la primogénita de esta casa. Mientras el Señor ha dejado a tantas almas, tal vez mejores, en el mar tempestuoso del mundo, te ha escogido a ti, para propiciatorio de su amor y de su descanso en el arca salvadora de la religión. Seas agradecida a esta elección; ruega por tu Patria; ruega por tu padre, hermano, y seas el ángel del Señor en su favor de ellos con tus oraciones.

   

* * *



   ¿Y Doña Cinta Paredes?
   Da una mirada retrospectiva a tu pasado. No, no quiero recordarte los episodios de <*2*> tu agitada existencia. Piensa tan [sólo en] los admirables caminos de la providencia, y como paloma agitada que ha encontrado el agujero de la peña, descansa en ella.
   Pero en medio de tu descanso, no olvides a los seres que hoy no existen ya ante ...; hoy no existen, pero desde el cielo contemplan ...
   Ruega por tus tíos, hermanos, amigas que unen la ...
   Rogad, en fin, por [?]

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 55, págs. 1-2






Profesión de Sor ... de S. Luis Gonzaga
Vinaroz



   Mis hermanas en el Señor: Hace un año que, por providencia especial, sin pensarlo yo ni quererlo, me vi obligado aunque con satisfacción a ser testigo de su silenciosa vestición.
   Allí, en aquella grada, en hora quieta y desusada, ni la campana anunciaba tu fiesta, ni el murmullo santo de los fieles te distraía, ni siquiera el canto de tus hermanas te acompaño.
   En la aurora de aquel día, en la misma en que Sta. Cecilia hacia su consagración, como dice el Breviario: dum aurora finem daret, verificabas tu deseada y tan temida vestición.
   En cambio, hermana mía, aunque ningún aparato exterior te acompañaba en tu fiesta, el mismo silencio y la misma soledad hablaban mejor a tu alma, y te podías entregar mejor a los sentimientos y desahogos de tu espíritu; y aquel día silencioso, después de tan deshechas tempestades y amarguras fue el primero de tu felicidad, y pudiste respirar sin pena tras las largas travesías de escollos y dificultades.
   Y aquel día te dirigí mi palabra, y te expuse los deberes y obligaciones que ibas a contraer, y la necesidad de <*2*> corresponder a la larga cadena de beneficios, si querías que el Señor completara su obra admirable.
   Y el Señor la ha completado. Y hoy con más sereno semblante, con alegría más viva, y con satisfacción más dulce puedes exclamar con el Profeta: Vota mea Domino reddam; hoy si que vengo a repetir mis votos, no a escondidas, sino in conspectu omnis populi ejus: en presencia de todo el pueblo [(Sal 115, 18)]; in medio tui Jerusalem [(Sal 115, 193]: en medio de mi misma patria, en medio de esta mi amadísima comunidad. Benedic anima mea Domino, et omnia quae intra me sunt ... [(Sal 102, 1)]: Bendice al Señor, hermana mía, y sea este día monumento que te recuerde las bondades de tu Dios.
   Ahora bien, pues; ¿qué te diré yo para animar la alegría de tu fiesta?
   Al querer fijarme en una idea propia para celebrar tu fiesta y cumplir el encargo de predicarte que me impusisteis se ha fijado mi mente, y no ha podido separarse ... Tres palomas

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 56, págs. 1-7






   ¿Qué es esto, hermanas mías? ¿Qué objeto nos reúne hoy en este lugar? ¿Cuál la causa del religioso movimiento que observo entre vosotras? Si hubiera de tomar pie de los preparativos que observo, de los adornos de esa mesa, de las flores que coronan esos vestidos, más aún, del animoso aspecto que resplandece en vosotras, casi estaría por creer que ibais a celebrar algunas de aquellas solemnidades tan gratas a la religión, festivas para esa comunidad y en las que se anunciaba al mundo la adquisición de alguna de sus hijas, la consagración a Dios de alguna flor arrancada a ese mundo.
   Pero ¡ah! No deberá ser así sin duda; ¡ay! no, no debe ser esto; dispensad, que padecía una ilusión; ya veo que la hora intempestiva en que nos encontramos me dice que no se trata de esto; el silencio sepulcral que nos rodea me lo manifiesta claramente; ni los armoniosos ecos del órgano resuenan a nuestros oídos, ni los alegres tañidos de las campanas hieren nuestros corazones; ni el entusiasta murmullo de los fieles nos importuna santamente; ni el tierno cortejo de vuestras familias os acompaña, ni ... ni ...
   ¡Ah! no, no; no debe ser esto pues ... yo estaba padeciendo una ilusión, era un alegre sueño el que embargaba mi imaginación.
   ¿Qué vais a hacer, pues? ¿Qué ceremonia vais a prescribirme? ¿Cuál la que hoy nos depara la providencia, compañera de vuestras emociones, de vuestras ... ¡Ah! hermanas mías. ¿Y es una triste realidad esa ilusión de mi alma? ¿Y vais a celebrar este acontecimiento? ¿Y tengo que asociarme a esa solemnidad augusta? ¿Como es, pues, que no evocáis los recuerdos de otras veces? ¿Cómo es [que no] prestáis atavíos de pompa y alegría? ¿Cómo es que esquiváis vuestros prodigios y piadosos festejos para animar esta festividad? ¿Qué ocurre ...? ¿Qué pasa? ¿Qué fatal <*2*> presión gravita sobre vuestros corazones? ¿Estamos en las catacumbas?
   Ah, sí, hermanas mías. La mano de Dios pesa sobre nosotros, un golpe terrible, suspendido sólo por la misericordia de Dios, vibra sobre nosotros.
   Como el apóstol S. Pablo podríamos exclamar:
   Como los hijos de Israel durante los días de su aflicción: las lamentaciones, han sido y son todavía nuestro alimento.
   Como Jeremías, ...: la amargura la única bebida que los hijos del siglo nos están proporcionando
   Como Jeremías: (Hacéis bien, pues: solacémonos en la misma fe; hacéis bien, pues de sustraeros a las miradas del mundo: justo es que desahoguemos ... habéis pisado las puertas ...)
   ¿Qué vais a hacer, pues, fervorosas jóvenes? Nuestros hermanos del siglo han declarado una guerra de exterminio, ¿y os atrevéis todavía a penetrar en el Santuario? Y quien sabe si la tempestad puede arreciar todavía, y entonces seríais objeto de sus iras y la ... Volveos, pues, no queráis proseguir en vuestra empresa noble.
   Pero no: acercaos; esta animosidad me consuela, y al veros hoy decididas y denodadas y llenas de una santa confianza a pesar del porvenir, es la mayor gloria y preparación y adorno que podéis llevar a esta festividad. Acercaos, porque esta consagración a Dios y estos propósitos de vuestra alma nadie os los podrá quitar; porque tomándoos Dios por suyas, ni la vida ni la muerte ni nada [os podrá impedir] este desposorio con Cristo. No importa, pues, que nos veamos precisados a hacerlo de escondidas, como criminales; ni importa que no os encontréis rodeadas de la pompa exterior para que haga impresión toda la vida. Este silencio será el mejor ... Y esta soledad y aislamiento será más conmovedor que todas, y dejarán unas huellas más vivas en vuestras almas, y las recordaréis con gratitud ante el Señor todos los días de vuestra vida. Porque los atavíos de vuestro corazón serán más agradables al Esposo a quien vais a prometer vuestra fidelidad.
   Acercaos, pues; y al veros yo ante Dios como víctimas del sacrificio, quisiera deciros como el Señor a Abrahán: Egredere de terra ... [(Gn 12, 1)], y venid a esta tierra que el Señor os ha mostrado; y multiplicaré vuestras virtudes como las estrellas del cielo; y haré llover en ella el rocío de lo alto que vivifique vuestras almas; y os colocaré junto a la fresca corriente de las aguas de la gracia; y produciré en ella frutos saludables al debido tiempo para ser transportados a los graneros de la eternidad.
   O como la esposa de los Cánticos: Ven y te introduciré en el retrete de mi madre, y allí os daré el vino que produce vírgenes y que embriagará vuestro corazón.
   O como Salomón: O como la esposa de Salomón: Audi filia ... [(Sal 44, 11)].
   Y al iros a revestir de este santo símbolo de vuestra incoada consagración a Dios, de vuestro adiós al mundo, de la libertad de sus peligros, de las <*3*> redes de sus asechanzas, bien podéis recordar las palabras que el Señor dirigía a jeremías: Recordatus sum tui [(Jr 2,2)].
   Palabras divinas que debíais recordar siempre, y que debéis avivar en este momento: recordatus ...
   El Señor, hermanas mías, se ha acordado de vosotras, ha puesto su vista en vuestras almas, se ha conmovido ante el porvenir de vuestra vida; y mientras ha dejado a tantas otras, a vosotras os ha elegido; y ha sembrado en vuestros corazones la semilla de la vocación y os ha conducido con mano cariñosa, y os ha sacado de la esclavitud del mundo donde gemíais y hubierais gemido para siempre, y os ha hecho saltar montes de obstáculos y de dificultades, y quiere en fin, dejaros descansar en esta tierra de bendición, en el huerto cerrado de sus escogidas, en el jardín de sus amores, en el puerto feliz de la religión después de la larga travesía de las tempestades del mundo. No quiero hablaros, no, de la dignidad ... Si consideráis las circunstancias, la compañía del Señor a que vais a ser elevadas; de la gloria que se oculta en el interior de este hábito, como la hija de Salomón, porque ...
   No me queda ya, pues, sino felicitaros por vuestra dicha; recibid mi parabién en este día en nombre mío, [en] el de la religión y de la Iglesia.
   No me queda otra cosa sino animaros a que os acerquéis fervientes a los santos esponsales a que el Señor os convida, para prepararos a vuestro eterno desposorio con El; acercaos ya, pero deteneos un momento todavía.
   El deber de mi ministerio me exige todavía una palabra más: en medio de la alegría que nos inspira esta festividad, este grato acontecimiento, no puedo menos de llamaros la atención a reflexionar los deberes que vais a imponer a vuestros hombros.
   Porque sí os debe llenar de entusiasmo la consideración de la dignidad para la que os disponéis, de los bienes que os va a reportar en el tiempo y en la eternidad, es preciso que os hagáis cargo de los compromisos que vais a contraer para <*4*> con Dios, para con vuestras hermanas, para con vosotras mismas; de las obligaciones de vuestro estado, de los trabajos que el Señor os prepara, del sufrimiento continuo al que debéis sujetar vuestro corazón.
   No, no; que no es una tierra de paz y de sosiego completo la que habéis pisado, porque si es verdad que al pisar ... os habéis librado de los combates exteriores con el mundo, es también la viña en donde debéis trabajar vuestra santificación; arrancando y plantando, edificando y destruyendo, sosteniendo en ella el peso de calor y del día, según la expresión del Evangelio, para merecer la recompensa de que os admita hoy a su servicio. <*5*>
   Agrupémonos para celebrar silenciosa y piadosamente esta profesión, ya que la amorosa providencia nos lo permite todavía.
   Pero si esto es así, ¿qué hacéis vosotras, animosas jóvenes, hermanas mías?
   Yo quisiera ahora, hermanas mías, concluir felicitándoos por vuestra dicha; yo quisiera entretener vuestra atención describiéndoos con bellos rasgos la dignidad del estado a que vais a ser elevadas aunque temporalmente, de la gloria que se oculta en el interior de ese hábito, como [en] el interior de la hija de Salomón.
   Pero no; las circunstancias y el humor no me lo permiten; tal vez si el Señor se apiada de nosotros, podáis algún día solazaros en estas alegres consideraciones.
   Yo tan sólo, y esto aun en cumplimiento de mi deber, quiero después de animaros al sacrificio a que sois llamadas, quiero, digo ...
   Pensad que la Virgen Santísima os considera hoy como fruto de las súplicas que ha obrado en favor vuestro cuando acudíais a Ella, y, por lo tanto, hijas de su corazón, y que alegre os cobija bajo su guarda, sonríe de placer al ver coronados sus sudores y os sostiene entre sus brazos para sosteneros hasta que completéis el sacrificio; acercaos, pues, y ante el corazón y en [el] regazo de Jesús, vuestro Esposo, ofrecedle el sacrificio de vuestros sentidos, de vuestra lengua, de vuestros ojos, de vuestro cuerpo, de vuestra alma, de vuestras potencias, de vuestro corazón, con protesta de no usarlos sino para <*6*> su gloria, y entregándolo todo entero, como cosa suya para el tiempo y la eternidad.

   

* * *



   Pero si siempre y en todos [los] tiempos ha sido un deber de las almas consagradas a Jesús, el aspirar a la perfección, hoy es una obligación particular; en otros tiempos cada casa era una comunidad; en muchas familias reinaba el espíritu de piedad y de perfección cristianas; El Señor tenía en el mundo miles de almas en quienes se complacía, lirios de pureza, de amor y de santidad, cuyo incienso subía hasta el trono de su justicia y arrancaba bendiciones para la tierra. Hoy, hermanas mías, ha desaparecido esto. Ya casi no le quedan más que las comunidades religiosas, donde se le consagre todo a su servicio; no le han quedado más que esos nidos de su amor y su descanso; no tiene ya más que esos pararrayos colocados para detener las iras de su justicia y de los azotes con que amenaza al mundo; ¡ay, desgraciadas de ellas, si no correspondieran a esas miras, a ese objeto de su providencia; si no supieran ser víctimas agradables para detener su brazo! Si en estas circunstancias no lo desearais y procurarais, nunca lo procuraréis ni lo esperaría el Señor de vosotras.
   Pero aún hay otra consideración que debe obligaros más al deseo de santificación, y que se refiere a vosotras en particular. Tal vez, Dios no lo permita, ¡ay, no lo permitirá en su bondad!, las tempestades aumentan si nosotros no sabemos conjurarlas, y tuvieseis que estar en más roce con el mundo. ¡Ay, me turbo al pensarlo, hermanas mías! no tan sólo por lo sensible de la tribulación, que aunque amarga, nunca podría arrebatarnos el cielo que es a lo que aspiramos, sino que el mundo, hermanas mías, el mundo os tiene por santas; se figuran que al penetrar una vez en claustro, os hacéis ya insensibles a las pasiones más ligeras; que ni la envidia, ni la murmuración, ni el genio anidan en vuestros corazones; que <*7*> una santa y apacible presencia de Dios absorbe vuestras potencias; ¡ay, si al poneros en contacto con el mundo, no viesen más que unas mujeres medianamente piadosas, vestidas de los defectos de la carne!; ¡ay, caeríais de su concepto, no corresponderíais a los designios de Dios!
   Por esto, hermanas mías, hoy más que nunca debéis tener el deseo de ser no buenas, sino santas; de aspirar a la perfección, aunque tuviera que costaros la pérdida de la salud y de la vida.
   Si no aspiráis a esto, retroceded; que mis palabras ...

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 57, págs. 1-11






   Mis hermanas en el Señor: ¡Cuán dulces son las fiestas y solemnidades y acontecimientos de la religión! ¡y las alegrías del espíritu! Hace poco con júbilo de vuestro corazón ...
   Hoy ... para hacer ver la felicidad siempre creciente de la Iglesia católica ...
   A diferencia de las fiestas ...
   Estas siempre son nuevas.
   He aquí dos nuevas flores arrancadas al mundo para el santuario
   ¿Qué os diré, pues?
   ¿Qué os diré, pues, a vosotras, hermanas mías, tampoco ...
   Si yo tuviera que dirigirme a almas menos instruidas en la piedad, desconocedoras de lo que es, de lo que significa el estado religioso, yo debería, hermanas mías, en cumplimiento de mi deber y como delegado por la Iglesia para este acto, [exponeros] las prescripciones a que vais a sujetaros.
   Yo os diría: 1.º Que al despojaros pronto de los Atavíos del mundo, ha de ir acompañado <*2*> del desprendimiento interior. Que vuestro vestido será un negro sayal y mortaja, con la misma que un día han de ser enterrados vuestros cuerpos.
   Que en lugar de la posesión de lo que el Señor quisiera concederos, no tendréis más que el uso de las cosas que la necesidad exija, y os permita la caritativa necesidad y cuidado de vuestros superiores.
   Que debéis sujetar vuestro juicio y vuestra voluntad a la voluntad de Dios, significada en la de vuestros superiores, en todo aquello que sea lícito y honesto y conforme a vuestras Reglas, para que seáis semejantes a Aquel que fue obediente hasta la muerte de cruz.
   Que vuestra vida ha de constituirla un tejido de actos de continuos sacrificios.
   Que vais a dar el adiós a vuestras esperanzas para encerraros, para siempre en la soledad, al retiro y al silencio.
   Pero ¿para qué todo esto? Si lo sabéis, y además se os sujeta todavía a un año de probación, para que podáis experimentar las fuerzas de vuestro espíritu y de vuestro cuerpo.
   ¿Qué os <*3*> diré, pues? ¿qué idea os daré que ocupe vuestra mente y vuestro corazón, al realizar vuestros esponsales con Dios?
   Estaba yo revolviendo un tema con que entretener vuestra devoción en este rato, y al consideraros [a] las dos reunidas y atadas con el lazo del mismo cariño, de la misma fe, y de los mismos sentimientos, me ha ocurrido aquellas dos palomas que se mandaban ofrecer en el templo de Jerusalén, en la antigua Ley, como primicias de reconocimiento a Dios, y que luego eran sacrificadas.
   Al veros, pues, aquí como dos palomas místicas, que van a ser sacrificadas juntas, no en el altar del templo de Jerusalén, sino en el altar espiritual de la religión, en aras del altar de la divina Madre, ¡oh, qué campo de ideas, y de comparaciones y de aplicaciones se me ofrecen a mi mente para excitar vuestra devoción!
   Bastaría, hermanas mías, recordar las condiciones naturales de las palomas, para haceros ver las condiciones que deben adornar vuestro espíritu. Condiciones que al divisar al Amador de los Cánticos en lontananza, <*4*> en las almas, en los días de la gracia, exclamaba entusiasmado: Una est columba mea. Una es mi paloma [(Cant 6, 8)]. Mi paloma en los agujeros de la peña, en la cueva de la abundancia. Fac me audire vocem tuam [(Cant 8, 13)].
   Y ciertamente, hermanas mías, que estas condiciones son las que el Señor desea le prestéis místicamente hoy, en que vais a consagraros a él ...
   Y lo primero que caracteriza a la paloma es su pulcritud, su nitidez, su pudicicia, su limpieza, que la inclina a repeler todo lo que pueda mancharla. Porque realmente la paloma extrae de su nido toda sordidez; ella limpia con su rostro y su pico, con asiduidad, sus alas y sus plumas; ella no posa su pie en la tierra fangosa; y nos dice el Génesis, que cuando en el diluvio Noé envió el cuervo no volvió, porque pudo posarse sobre aquella corrupción de cadáveres; mas habiendo enviado después la paloma, dice que volvió, porque no encontró en la tierra lugar limpio y enjuto <*5*> donde descansar sus pies. Esa nitidez, esa limpieza del alma era la que atraía las miradas del Esposo de los Cánticos, cuando al darla el dictado de paloma, la llamaba sin mancha e inmaculada.
   Y esa nitidez y esa limpieza del alma es a la cual desea que aspiréis, hermanas mías, el eterno Amador que ha tocado y llamado a las puertas de vuestro corazón, y que, como allá en los Cánticos, os repite en este día: Aperi mihi, soror mea, columba mea, [amica mea], immaculata mea [(Cant 5, 2)]. Esta pureza es la que desea Aquel que no quiere apacentarse [sino] entre lirios.
   Ya lo sé, hermanas mías, que el deseo de esa pureza de corazón y de alma y de cuerpo, es la que os atrae y os ha conducido a este lugar y os hace apetecer el retiro del mundo; puesto que habéis empezado a practicar lo que se nos dice de la paloma: que cuando sentada junto a la corriente de cristalinas aguas ve reflejar en ellas la sombra del milano o del gavilán, escondido allá todavía en las nubes, se atemoriza, huye y se esconde, así <*6*> vosotras a la vista sola del mundo, al considerar los peligros que os rodean, al temor de las miradas del gavilán que pudiera arrebatar la joya de vuestro corazón y la pureza de vuestra alma, habéis resuelto alejaros y esconderos en la piedra de la religión para poder exclamar con el Profeta: Ecce elongavi fugiens ... He aquí que me he alejado huyendo del mundo, prefiriendo la soledad [(Sal 54, 8)].
   Sea, hermanas mías, esa pureza de corazón la que ofrezcáis a Jesús en este día, para que podáis merecer la palabra salida de boca del mismo: Beati mundo corde, quoniam ipsi Deum videbunt [(Mt 5, 8)].
   Otra de las propiedades singulares que distinguen a la paloma es que según los anatómicos no tienen hiel.
   ¡Oh, qué bella cualidad para ser aplicada y formar uno de los propósitos que podréis ofrecer a Jesús. De la hiel nacen y se alimentan todos los afectos de la parte irascible, que con [los de] la parte concupiscible, son los dos <*7*> focos de donde brotan las afecciones todas de las pasiones.
   Al significar, pues, que no tienen hiel, quieren decir que están libres de las iras, enojos y demás movimientos, propios de otros animales.
   Y en este concepto yo debería explanaros los propósitos de dulzura, de mansedumbre y humildad que debéis ofrecer hoy al Esposo de vuestras almas; frutos principales y casi únicos que exige el Señor a sus seguidores e imitadores, cuando lo encarga con estas palabras: Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y con esto encontraréis paz para vuestras almas; frutos que no sólo servirán para dicha paz de vuestras almas, sino para el logro de la felicidad, paz y bienestar común, puesto que el mismo divino Salvador nos dice que son bienaventurados los que poseen la mansedumbre, porque ellos se harán dueños y poseerán la tierra; frutos, en fin, que al mismo tiempo que os harán morir a toda inquietud de recelos, afanes, estimaciones y demás inquietudes que agitan al corazón de la pobre humanidad os granjearán méritos de vida eterna y darán edificación al mundo, a los ángeles y a los hombres con vuestra dulzura, amor, santa alegría y caridad.
   Más aún: aun se dice vulgarmente que no tienen corazón; de aquí que el P. Rodríguez en sus ejercicios de perfección, hablando del <*8*> desprendimiento en que deben estar los religiosos, no sólo [en lo tocante] a todas las cosas naturales que les pueden arrebatar, sino a todas las injurias que pueden recibir, dice hermosamente ...
   Mas si no debéis tener corazón para sentir la pérdida de ... sí que debéis tenerlo para gemir como la tórtola, que en defecto de las palomas debían ser sacrificadas, porque dice el Espíritu Santo [que] la paloma cuando puesta en su agujero, en lo elevado de la [roca] ve venir la tempestad, gime; vosotras, pues, debéis gemir, y éste ha de ser el empleo de vuestra [vida].
   Otra de las propiedades de las palomas es el instinto, que, según dice Aristóteles, se lavan en el agua de lluvia y ... con polvos para librarse de las pulgas e insectos, y quedar libres de toda mancha, que aborrecen tener.
   ¡Qué imagen tan bella para el fin que os proponéis en el estado religioso, que es el de vuestra santificación y perfección, propósito de continua perfección!
   ¡Y la fuente de los sacramentos, Cristo Jesús!
   Porque no basta, no, hermanas mías, estar libres de pecado, y libres de los peligros del <*9*> mundo. No basta, no, poseer las virtudes sino que vuestro propósito, ¿qué digo? vuestros votos serán un día el de caminar por el camino de la perfección por medio de una continua purificación de vuestras almas.
   Y la frecuente confesión y el examen diario de vuestras conciencias a mediodía y por la noche, y la continua oración, y las solemnidades de las religiosas, y las pláticas y lecturas, y las luces que recibiréis en la oración serán aguas continuas que os irán purificando, para que no se anide en vuestra alma ni el más pequeño insecto de falta, y os blanqueen cada día más para ser dignas de las complacencias del Amador eterno de vuestros corazones. <*10*>
   Y si yo quisiera, hermanas mías, continuar estas series de consideraciones que voy exponiendo para que grabéis en vuestro corazón los sentimientos que deben animaros en esta solemnidad, para ofrecerlos al Señor, yo os diría que otra de las consideraciones de la paloma es la sencillez, condición expuesta por el mismo Jesucristo, y que nos tiene recomendada, y con ella os haría ver la necesidad de esta virtud principalmente en el estado religioso, sin la cual serían perdidos muchos de vuestros sacrificios, y con la cual podéis convertir en méritos de vida eterna hasta las acciones más insignificantes, constituyéndonos en un estado de inalterable paz y tranquilidad.
   Yo os diría la sobriedad de la paloma y su fecundidad, para que produjerais frutos sazonados de buenas obras en el camino de vuestra santificación. Pero ¿dónde iré ya? Estoy molestando <*11*> ya, y retardo demasiado el momento que tanto anheláis de pisar los umbrales de este claustro. No quiero, pues, retardarlo, y permitidme que repita a vuestros oídos la palabra del libro de ... Aperi [mihi] soror mea [(Cant 5, 2)]. Ábreme alma cristiana, mi paloma in foraminibus petrae; quiero colocarte en el agujero de la piedra de la religión, in caverna maceriae [(Cant 2, 4)]. Fac mihi audire vocem [(Cant 8, 13)].
   Hacedle oír al Señor vuestra voz; la voz de vuestras promesas, de vuestros propósitos, de vuestros deseos de santificación, de vuestros gemidos continuos con vuestras oraciones y penitencias; y el Señor sólo de este modo se quedará complacido de los arrullos de vuestro corazón y de vuestro amor.
   Acercaos, pues, a la vestición; deponed vuestros vestidos del siglo para revestiros de Cristo Jesús, y proceded a celebrar vuestros esponsales.
   Y empezad a cumplir vuestro destino.
   En este día de la alegría de vuestro corazón, empezad a ejercer el oficio de palomas, enviando gemidos de amor por todas las almas.
   Orad hoy y siempre por la Iglesia, para ...
   Orad por este pueblo. Orad y gemid por los pecadores.
   Y tú, doña G., desde hoy Sor ... No quiero herir las fibras de tu corazón. Pero no puedo menos de pedirte oraciones y gemidos especiales [para] seres queridos [que] han ido desapareciendo de tu lado; sólo queda tu buen padre, que en aras de tu bien, no duda en ofrecerte a Dios para no privarte de tu deseo y de tus santas inclinaciones, y que no ha dudado en asistir a tu sacrificio. Sean para él primeramente los gemidos de tus gemidos y oraciones de toda tu vida. No olvides a esas tíos y primas queridas que han hecho el sacrificio de largo viaje para acompañarte en tu fiesta. Ruega por tu tío que no ha podido ... Ruega por todos para que [?] .

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 58, págs. 1-6






   Mis hermanas e hijas en mi Señor Jesucristo: Ha llegado por fin vuestro suspirado día; cercano está el término de vuestros ardientes y prolongados deseos; pronto completaréis vuestros desposorios con el Eterno; una corona de flores ornará vuestra cabeza, y entre el concierto armonioso de los Angeles de vuestra guarda, exhalaréis vuestra promesa, y vuestro nombre quedará escrito en el libro de la vida; y seréis selladas con el sello del Cordero; y alcanzaréis el derecho de poder entonar aquel cántico misterioso y divino, reservado a las vírgenes, y que no es dado al ojo humano descifrar.
   Y [al] contemplaros yo en este momento, hijas mías, víctimas dispuestas al sacrificio, bien quisiera deciros como a la Esposa de los Cánticos: Venid y os introduciré.
   O como la Esposa de Salomón: Audi filia [(Sal 44, 11)].
   Es verdad, hijas mías, que no puedo haceros esta invitación, con todo aquel entusiasmo que desearía. Hace dos años, cuando al recibir vuestro santo hábito, lamentaba ...
   Hoy no ha desaparecido todavía; algunos hermanos del siglo nos han declarado una guerra de exterminio, y semejantes a los ... ni el murmullo. <*2*>
   Acercaos, pues, pero ... detened todavía un momento vuestro paso, aunque con ello haya de mortificar algún tanto los ardientes ímpetus de vuestra santa agitación.
   Breve voy a ser
   Y al quereros ponderar
   Trasladaos con el pensamiento
   Y al iros a coronar hoy como vírgenes de Dios, <*3*>
   Yo quisiera también recordaros las promesas, las recompensas que el Señor os tiene prometidas,
   Pero no, no; no es preciso que yo me detenga a haceros ver la grandeza y los beneficios de vuestro estado; vosotras los comprendéis bien, y habéis meditado la nada de este mundo que dejáis, las víctimas ...
   Pero, y bien: ¿qué es lo que el Señor os exige, hijas mías, en cambio de esta dicha? Porque si debe llenaros de entusiasmo la consideración, <*4*>
   Pero sobre todo amor. Pone me [(Cant 8, 6)].
   Mirad, que la santa Iglesia (como os [he] dicho otras veces) os considera como lámparas del santuario,
   Y un amor tan grande que os haga imponer silencio a todas las criaturas y a todo aquello que pueda distraeros. <*5*>
   Y un amor hasta el sacrificio. Por grandes que sean las contradicciones a que
   Esto es lo que os exige Dios. Si no os encontrarais con fuerza para ello, volved atrás, hijas mías, aún es tiempo. No importa que vuestras familias,
   Y si, por el contrario, os encontráis animadas, avanzad ya a vuestro abrazo eterno con Jesús, y despedíos del mundo; olvidadle ya; pero no ... no le olvidéis del todo; acordaos de él, pero sólo para un objeto, para constituiros víctimas delante de la justicia de Dios.
   Y así cuando la tempestad ruja y el cielo nos amenace, y las inundaciones nos sobrevengan, y las desgracias nos persigan, elevad a Dios en favor de la humanidad, y en medio de los pecados que todos los días se levantan irritando la justicia de Dios, ofreceos víctimas ante él, deteniendo su brazo, semejantes a aquellos ángeles que se interponen.
   Y en las necesidades de vuestras familias, y cuando estén en el lecho del dolor, velad con vuestras oraciones por ellos y les serviréis mejor que si estuvierais a su lado. Sólo para esto debéis acordaros del mundo, para nada más.
   No quiero molestaros más: pasad a verificar vuestro abrazo con Dios, y ya que hoy seréis hostias agradables, pedidle, hijas mías, muchas gracias.
   Rogad muy en particular por vuestros padres, <*6*> que tanta parte toman hoy en vuestra Iglesia; ya sabéis cuán acreedores son a vuestro amor y a vuestras oraciones; los sacrificios que han hecho a fin de poder proporcionaros la dicha que hoy disfrutáis; después de Dios, son los primeros en vuestro cariño.
   No olvidéis tampoco a nuestro venerable Prelado, que no ignoráis ha trabajado últimamente para allanaros vuestra profesión; rogad [por] mí y por todos los que estamos presentes, a fin de que así como ahora nos reunimos al calor de esta festividad,

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 59, págs. 1- 2






   a ser objeto sagrado y venerado ante los ojos del mundo.
   Y vais a cantar luego el ... y el eco de esta palabra repercutirá allá en los cielos, e inundará de placer a los bienaventurados porque si hay gozo en [el] cielo sobre un solo pecador que haga penitencia, ¿cuál no será el de los coros de las vírgenes, registrando un nuevo nombre entre los seguidores del Cordero, y entonadores de aquel cántico siempre antiguo y siempre nuevo, que llena de nuevo placer los ámbitos de las bóvedas celestiales?
   Y vais a ser objeto de cariño de esta comunidad, de alegría y honor a tu piadosa familia, y de alegre satisfacción a tu madre, que hoy te engendra de nuevo en Cristo, para ofrecerte a su corazón.
   Y ... pero ¿dónde voy, hija mía? <*2*> Yo debiera terminar aquí felicitándote por tu dicha y animándote a que pronuncies ya tus votos, y dando por terminado mi cometido.
   Mas ya que me veo obligado a añadir una palabra ¿qué te podré decir ya? Son tantas las veces que mi voz, precursora de estos actos, ha resonado aquí, que ninguna novedad podré ofrecer.
   Mas ya que, como casi siempre, ha tenido que ser a última hora, ¿qué es lo que puedo decirte, que disponga tu alma para el acto [de] tus perpetuos desposorios?

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 60, págs. 1-3






   Y tú, Sor María Rosario, un día Josefa Espinosa, bendice al Señor que te ha ungido con el óleo de su misericordia y te ha introducido a la casa de tu Madre divina, objeto de tus deseos, y no olvides jamás estas divinas misericordias para ser más fiel a tu vocación.
   No olvides los sacrificios que para ello han tenido [que hacer] tus padres y hermanos queridos. En pago seas tú la que con tus oraciones sostengas esa fe católica tan viva y constante en toda tu familia, que sostienen en medio de tantos de su misma clase, que olvidan a su Dios. Seas para ellos el ángel que interceda para [que] sean guardados de los peligros de la vida y de los temores de la muerte. Pide para ese hermano querido que hoy recibe tu consagración, para que sea un apóstol del amor de Jesús; por esos hermanos, primos y tíos, con los cuales has pasado tranquila y guardada los años de tu niñez y de tu juventud.
   Y tú, <*2*> Cinta Payá, hoy Sor María de la Cinta. ¿Qué encargos te haré a ti en este día de la alegría de tu corazón, al verte elevada y ennoblecida para esposa del corazón de Cristo? Que no olvides jamás tampoco los caminos amorosos por [donde] Dios, casi sin pensarlo tú, te ha conducido.
   Y por esto, al mirarte tan favorecida, no olvides a cuantos han contribuido a tu ...
   No olvides, en primer lugar, a ese tu padre amantísimo, que por ti se ha sacrificado y sacrifica para que puedas lograr colocación feliz. Pídele a Jesús por él, para que lo guarde en todas las situaciones de su vida; que sea él fiel a la fe que él mismo te ha infundido; que bendiga el Señor las obras de sus manos.
   Pide también, en este día tan grato, por esa tu hermanita con la cual compartiste las tristezas de <*3*> la orfandad, y que al verse hoy sin ti se encuentra como tórtola solitaria del desierto.
   No olvides a ese tu respetable y cariñoso abuelo, que hoy se ve rejuvenecer al contemplar colocada en el altar una flor brotada de su descendencia, y que quizás en medio de la alegría que le embarga exclame como el anciano Simeón del Evangelio: Nunc dimittis. Ahora, Señor, moriré ya contento [(Lc 2, 29)].
   No olvides a esa tía querida que tiene la dicha de recibir tus votos en nombre de la religión [y] te ha podido albergar en sus brazos, como segunda madre sobre la tierra.
   ¡Ah! no olvides, no, tampoco a tu querida madre que hoy desde el cielo te está contemplando [y te] bendice, y celebra tu resolución y tu dicha.
   Rogad, en fin, las dos por todos esos presentes, amigos y conocidos, que hoy lo han dejado todo para acompañaros en vuestra fiesta, a fin de que así como nos reunimos en lazo de unidad

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 61, págs. 1-2






   caber algún rastro de aquellas preocupaciones, con que el espíritu del mundo ha logrado infiltrar[se], aun en corazones bien nacidos les diría lo que significa la profesión religiosa: presentaría ante sus ojos los beneficios que en el orden religioso y social reporta la vida monástica; atendiendo las necesidades del corazón humano, les haría ver la razón de estos asilos, únicos asuetos para las almas ardientes de verdad y de amor; les manifestaría que
   Debéis ser santas: Santas, he dicho, y hoy cual nunca.
   Víctimas continuas al Señor con vuestros sacrificios y oraciones. Mirad: en medio de las agitaciones y combates en que hoy se encuentra la Iglesia, en medio de las amarguras que la rodean, un hecho consolador se presenta a nuestra vista: miles de almas de toda condición y sexo se levantan ansiosas para combatir las batallas del Señor, y [ah]ora con la enseñanza, con la pro

   

* * *



   Nota: prosigue el párrafo más abajo. Se ha respetado el orden del texto original,

   

* * *



   Y tú, Sor Concepción del Sagrado Corazón de Jesús: Ha llegado; cercano está ... una ... da, pues, una mirada a tu pasado y mira tu porvenir. Cuando atraída por la voz que resonó en el fondo de tu alma, al despertar de tu razón, la mirada suave de Jesús penetró y cautivo tu corazón, formó tu encanto; y ¿para quién sino para El debía ser el tesoro de emociones y ternuras de tu corazón?
   Cuando resuelta a seguir el camino que la Providencia quisiera trazarte en el campo y en la viña del Señor, y en el campo variado que se presentaba ante tus ojos, un instinto secreto te atraía a trabajar en este campo por el camino de la soledad, y exclamabas: ¡La soledad, Jesús mío, la soledad! Como la paloma de los Cánticos exclamabas en las luchas de tu [?] ... volaré y allí descansaré. Y cada día era más imperiosa la voz que te decía: Ducam eam [in] solitudinem ... [(Os 2, 14)]. Sí, no temas; te llevaré porque allí hablaré a tu corazón. Hoy vas [a] asegurar para siempre tu amada soledad; hoy vas a interponer, y para siempre, una muralla impenetrable entre el ruido del mundo y la paz de tu corazón. Y entras en la soledad, bajo el manto de María Inmaculada, como deseaba tu alma. Y entras en la soledad en los ... que un hermano.
   ¡Ah! ¡Bendecid al Señor!
   ¿Cuál debe ser, pues, tu conducta en el porvenir? El de escuchar constantemente las voces de ese Dios que te ha escogido; la de acompañar a Jesús incesantemente en las soledades con que el mundo le deja; la de participar de las ansias de su Corazón sagrado, ya que llevas este nombre; la de ser como el vícti- <*2*> ma de propiciación; la de seguirle sin parar lo mismo en las alegrías del Tabor, que en las amarguras de la Cruz; la de transformarte cada [día] en él, para que puedas repetir como el Apóstol: Vivo ego ... [(Gal 2, 20)].
   Sólo de esta manera podrás corresponder al beneficio inmenso.

   

* * *



   con la propaganda, con la palabra, con el Espíritu de caridad y de beneficencia, nos indican y nos hacen esperar en la aurora de una regeneración social; pero ¡ay! que este aguerrido ejército de almas denodadas necesita oraciones continuadas; víctimas de continua propiciación, que puestas ante Dios les alienten en los combates de la guerra; por esto Dios quiere que en medio del estruendo de esta batalla, quiere que las almas de vida contemplativa sean cual nunca los pararrayos de la justicia de Dios, y conducto de gracias para las almas. Mirad a Moisés: allí en el monte. Los hijos de Amalec, enemigos del pueblo de Dios, se levantan para impedir el paso de los hijos de Israel hacia su amada tierra de promisión; una lucha formidable se traba entre ellos; en el fragor de la batalla, Moisés se separa de la muchedumbre, y sobre la cima y en la soledad del monte, levanta sus brazos al cielo, y la victoria [se inclina hacia] su pueblo; y cuando fatigados sus brazos, se detiene por el cansancio, son repelidos los hijos de Israel, hasta que torna, y ... acuden a sostenerle.
   ¡Ay, hijas mías, si en medio de esa batalla universal, vuestros brazos dejaran de estar levantados hacia el cielo! ¡Ah, si os fatigarais en el camino de la santificación! ¡De cuantas gracias privaríais a las almas que combaten, y que os lo echarían en cara en el día del juicio!
   Si no tenéis valor para ser santas, retroceded, todavía es tiempo. No temáis, no os faltará un lugar para combatir también las batallas del Señor; para ello bastaría que seáis buenas.
   Si por el contrario, lleno vuestro corazón de esfuerzo,
   (Sólo con esta esperanza miramos con santa satisfacción vuestro sacrificio)
   Seréis los ángeles de paz. (Y cuando la calamidad nos amenace)
   No, no; lo confío en el Señor; y yo espero y lo espera la Iglesia, y lo espera esta comunidad, y lo esperan vuestras familias, y lo

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   lida y verdadera podáis encontrarla en la soledad del claustro, en la alegría con [que] se sufre y se mortifica por Dios; en la dulzura que causa el pensar como S. Pablo, en ser cautivos y prisioneros por Jesucristo; en el interior gusto con que se soporta su yugo; en los consuelos interiores de la penitencia, preferida a los placeres de los sentidos, y en la paz del alma que causa una [vida] austera hecha en espíritu de sacrificio.
   Esto era lo que [te] impulsaba entonces.
   Pues bien: hoy vais a ver realizados por completo los instintos de vuestra alma, y los deseos de vuestro corazón. ¿No es esto el complemento de vuestra felicidad?
   Por ello, con más tranquilo semblante, con más sosegado espíritu, aseguradas con el sello de la elección del cielo, venís a presentaros ante Dios y los hombres, para hacer el acto protestativo de vuestro desprendimiento de todo, para revestiros de vuestro Señor Jesucristo.
   Sí, hijas mías, cercano está vuestro anhelado momento; próximo el término de vuestros prolongados deseos; pronto completaréis vuestros desposorios con el Eterno; una corona de flores ornará vuestra cabeza (con la señal de vuestro triunfo), y entre el concierto armonioso de los ángeles, exhalaréis vuestras promesas, y vuestro nombre quedará escrito en el libro de la vida, y quedaréis selladas con el sello del Cordero, y entraréis en el derecho de entonar aquel cántico misterioso y divino de amor indescriptible, que como asegura S. Juan, sólo es dado a las vírgenes entonar, y entraréis al derecho de las promesas de Jesús, concedidas a los que le sigan de cerca, y seréis ya objetos sagrados ante la Iglesia y ante la sociedad, y recibiréis el anillo de sempiterno desposorio, espectáculo digno de la veneración de los ángeles y de los hombres.
   He aquí, hijas mías, lo que significa la gracia de la profesión religiosa. <*2*>

   

* * *



   1 .º .
   Yo no debo ocultaros, hija mía, los deberes y obligaciones a que os somete la grandeza y la felicidad de vuestro estado.
   Y debéis separaros de la solicitud de las cosas exteriores.
   Y debéis desprenderos ¡ay! hasta de vosotras mismas, depositando vuestro entendimiento y vuestro corazón, vuestro juicio y voluntad, todo el gobierno de vuestras facultades interiores, todo el cuidado de vuestra salud, de vuestro reposo y hasta de vuestra vida en manos de Dios y de la santa obediencia.
   No, no;

   

* * *



   Si continuáis aquí, debéis ser santas; de lo contrario, seríais infieles a Dios, y haríais traición a los fines de vuestro estado.
   No, no; lo confío en el Señor; y espero y lo espera la Iglesia y lo espera esta comunidad, y lo esperan vuestras familias y cuantos participan hoy de vuestra dicha, que corresponderéis a este deber de vuestro estado, siendo víctimas santas en favor de ellos. Sólo con esta esperanza miran con santa satisfacción el sacrificio de vuestra separación. Y por lo tanto, hija mía, cuando las calamidades les amenacen, cuando la tribulación les aqueje, cuando la enfermedad les aflija, cuando la muerte les toque; cuando las persecuciones amarguen a la Iglesia, cuando la impiedad nos atormente, que vuestros corazones, y vuestras [manos] se levanten hacia el cielo en nuestro favor; sólo así corresponderéis a vuestra vocación; sólo con esta esperanza.

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Cinteta Benet



   Mis hermanas en el Señor: ¿Qué significa vuestra temprana presencia aquí en esta mañana? ¿Qué nos dicen estas señales que aquí veo, esa corona, esas flores, ese órgano y estos cánticos que hemos escuchado? Ah, sí; es que otra vez una alegre fiesta viene a celebrarse en este templo. Otra vez [venimos] a ser espectadores de uno de esos silenciosos acontecimientos que, aunque repetidos, siempre llenan de dulzura el alma.
   A diferencia de las fiestas mundanas, que cuando se celebran no producen más que la ilusión y el atolondramiento, y cuando han pasado, no dejan más que el vacío y hasta el hastío en el fondo del corazón; estas fiestas, digo, son suaves al presenciarlas y dejan luego en el fondo del alma las delicias de sus recuerdos.
   ¿Y cómo no ha de ser grato para vosotras, al ver que una nueva flor va a ser consagrada para siempre en los altares de Jesús ... que una nueva <*2*> planta va a germinar con sus virtudes en este jardín franciscano? ¿Como puede menos de arrebatar vuestra piedad el acento de una alma que va a pronunciar sus votos que han de enlazarla para siempre con su Dios?
   Sí, hermana en el Señor e hija en su dulcísimo corazón: Tú vas a ser ...
   ¿qué te diré, pues, ya en estos momentos para preparar tu corazón? Ya que me has obligado con tantas instancias a que reciba yo tus votos en nombre de la Iglesia y del Prelado, y has tenido el desacierto de exigirme el tejerte con mi palabra la mística corona de flores, mustias sin duda deberán salir éstas de mis labios balbucientes, ajenos tantos tiempos a estas festivas solemnidades.
   No obstante, ya que me veo obligado a ello, me he atrevido a penetrar, aunque con timidez, [en] el misterioso huerto del inspirado libro de los <*3*> Cánticos sagrados para escoger algunas flores que ofrecer a tu espíritu en este día de tus desposorios.
   Mas es tal la variedad y amenidad de ellas, es tan subido el perfume de todas, que me he encontrado indeciso.
   Porque son tan subidos los sentimientos expresados por el Espíritu Santo, aunque en enigma y misterio; son tan dulces a la par que terribles aquellas luchas de amor y de sufrimiento, de deseos contrariados, de solicitud amorosa ... de gratitud y generosidad entre aquellos corazones, uno divino y otro humano, que el entendimiento se confunde y él corre a impulsos de los atractivos que despiertan estas luchas y estos sentimientos.
   Porque oigo, en primer lugar, en este libro aquella voz triste que gimiendo a las puertas del objeto amado, le dice: aperi mihi soror mea [(Cant 5, 2)]. a)
   ¡Oh, qué vasto campo de consideraciones se ofrecen a mi mente que yo no te sabría explicar! <*4*>
   Aperi mihi. Dios había criado al hombre para hacer de él su morada. Mas desde el día del primer pecado el Amador de las almas va tocando a las puertas de los corazones, y los corazones no se le abren por ello. Mas este eterno Amador quiso vestirse de nuestra naturaleza, para así ser mejor sentido, y al hacer su primera entrada en el mundo, y dirigirse a los suyos, los suyos no le recibieron.
   Y este Amador toco a las puertas de tu corazón al despertar de tu adolescencia, y con el acento de su voz triste, y con deseo de amor, de dicha, de felicidad, que deseabas llenar y no sabías cómo. Y dijiste. Y diste una mirada por los placeres y cortejos del mundo y los lugares donde se encuentra la disipación y las diversiones suyas, y comprendiste que todo cuanto hay en el mundo era vanidad de vanidades y aflicción de espíritu, y que no podías hallar en ello lo que buscaba tu corazón.
   Y en esta fluctuación te encontraste los guardas de la ciudad,

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   Y vosotras, Sor María Purificación y Sor Francisca González: al dar una mirada retrospectiva a vuestro pasado y a vuestro presente, pensad cómo Jesús os está diciendo a vuestros oídos, como a Jeremías: Recordatus sum tui miserans adolescentiam tuam; el Señor se ha acordado de vosotras compadeciéndose de vuestra juventud [(Jr 2, 2)].
   ¡Ah! mientras ha dejado a tantas otras en el mar borrascoso de la vida, mientras a otras, bien lo sabéis, amigas vuestras, quizás de mejores condiciones, de más brillante posición, no ha permitido que llegasen al puerto, a vosotras os ha hecho [llegar] felizmente a él. Al contemplar, pues, sentadas ya en la playa feliz de la religión, bendecid al Señor que así se [ha] compadecido de vuestra juventud. Y desde vuestro envidiable descanso no olvidéis a este vuestro director espiritual, que como piloto os ha dirigido durante los días de vuestra travesía larga, y entre los escollos inherentes a vuestra edad, y que hoy tiene la no esperada satisfacción de presenciar vuestra dicha.
   No olvidéis tampoco a estos vuestros padres, tíos, hermanos que no han vivido sino para labrar vuestro bienestar; a estas amigas que han venido con el único objeto de acompañaros en vuestra dicha.
   Pedid, en fin, por todos, y así como hoy nos reunimos aquí como en una sola familia, con un mismo espíritu y un mismo corazón, así como os vemos hoy coronar esposas de Jesucristo sobre la tierra, podamos un día veros coronadas y ser coronados en el cielo sin faltar ni uno. <*2*>
   Y tú, María de la Providencia Benet, y distinguida en el Corazón de Jesús, in ipso enim genui te. ¿Qué te diré en el momento de tu suprema felicidad? No, no es el momento oportuno para herir las fibras de tu débil sensibilidad; tan sólo y para que tu entrega a Jesús sea con toda la efusión de tu alma, abarca con tu mirada penetrante las misericordias del Señor para contigo.
   Al venir al mundo, ya fuiste objeto de solicitud de la buena Madre de la Providencia, que te cobijo bajo su manto, y protegió tu existencia, porque te quería un día para hija de su corazón.
   Cuando en los albores de tu adolescencia y entre las ignorancias de la juventud, mecida en una quieta indolencia, ¡oh! bien los sabes, y podía repetirte con el poeta:
   Tu adormida en un mundo de glorias
   Del Esposo los silbos no oías,
   Ni a su voz amorosa atendías,
   Tal vez pronta del mundo al querer.
   Y en aquellos días buscando norte donde fijar tu corazón ...
   Y mientras tus días se deslizaban entre las densas nieblas que ocultaban los escollos de tu corazón.
   Otras fueron ansiosas las almas,
   Que alzaron su voz por ti al cielo,
   Y así, pues, qué grato consuelo
   Ver tu vida al Eterno ofrecer.
   Y cuando fijo ya tu corazón [y] cierto el rumbo que debías tomar, y el norte en que debías fijarlo, la divina Providencia te lo señalo con el dedo de su santísima voluntad, y por ello,
   El serafín de Francisco te admite
   Como flor que hoy el cielo le envía
   Tierna planta que el mundo quería
   En sus campos incultos plantar.
   Al recordar en este momento esta cadena <*3*> de beneficios, bien puedes decir con el Profeta: Tibi sacrificabo hostiam laudis, et nomen Domini [invocabo]. Invocaré, Señor, eternamente vuestro nombre, y una hostia de alabanza será el sacrificio perpetuo de mi corazón [(Sal 115, 17)].
   Alaba, pues, al Señor en este día, y entre las lágrimas de gratitud que ofreces a tu Dios dedica una a estos tus padres queridos, a quienes después de Dios debes las inefables satisfacciones de este día; seas su ángel tutelar en todas las circunstancias de su existencia.
   Todas tres, en fin, [en este día] en que el Señor os imprime el sello de esposas de su corazón, emplead vuestro poder para con El.
   Pedidle por la Iglesia.
   Por España.
   Por el Prelado, que por ser hoy su día no ha podido presidir vuestra profesión, para que el Señor le conceda una longevidad, llena de bendiciones y de gracias, para poder multiplicar tantas obras de la gloria de Dios.
   Pedid por estos presentes, hermanos, amigos que os acompañan con el corazón, y en cuyo nombre os doy el parabién.
   Pedid también por mis colegiales de San José.
   Rogad, en fin, por todos.

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   Mis hijas en el Señor: Al veros aquí en actitud modesta, próximas a ser coronadas con corona de predilección divina, y escogidas entre miles como aquellas vírgenes anunciadas por el Profeta, para ser presentadas y consagradas más de cerca, al rey inmortal de los siglos, adducuntur Regi virgines post eam, proximae ejus afferentur tibi [(Sal 44, 15)], no puedo menos de recordaros, para que bendigáis a ese Dios eterno, aquel tan sabido y repetido pasaje del libro de los Reyes, cuando el Señor, queriendo formar un corazón semejante al suyo y constituirle objeto de su predilección y rey de Israel, envío a Samuel a casa del ciudadano Isaí. Y al llegar a la casa, y verse honrado Isaí con la llegada del profeta, le dijo: ¿Es acaso pacífica tu venida? Ah, sí: he venido a inmolar al Señor.
   ¿Dónde están tus hijos? e hizo llamar a sus hijos. Y le fue presentado el primero, Abinadach, hombre de alta estatura, de brazo robusto; y el Señor <*2*> le dijo a Samuel: non hunc elegit Deus. No te fijes en las apariencias. No escoge el Señor a éste. Y se presento el 2.º, de bello porte y de elegante figura; y dice el Señor a Samuel: nec hunc elegit Dominus: ni a éste. [(l Sam 16, 6-8)].
   Y le fueron presentados sus seis hijos, y a ninguno de ellos eligió el Señor. Y contristado Samuel, después de haber sido enviado allí por Dios, le preguntó a Isaí.
   ¿Y no tienes otro hijo? ¡Ah! sí, otro tengo, pero jovencito y tierno, que está allí en el campo tostado por los rayos del sol, David. Tráemelo, contesto Samuel. Y al verlo Samuel se sintió poseído del espíritu de Dios, y exclamó: Hunc elegit. Este, éste es el que eligió el Señor, y derramando su aceite sobre la cabeza del joven exclamo: A <*3*> ti, a ti, ha ungido el Señor para rey de Israel, sobre todos [tus] hermanos, y ser depositiario de todas las esperanzas del pueblo de Dios [(1 Sam 16, 11 -12)].
   Ahora bien, hijas mías; al pensar en la elección que hoy hace el Señor de vosotras; al ver tantas almas distinguidas por su talento y su posición; al ver tantos corazones ardientes, a los cuales deja sin embargo Dios en medio ...
   Doy una mirada, y veo tantas almas de vuestra edad y de vuestro sexo, pero más distinguidas que vosotras, por su posición y su talento, sobre las cuales no quiere fijar el Señor su mirada, y las deja en medio del mundo; y pasea sobre ellas su vista, y os escoge a vosotras de en medio de la humildad de vuestras tareas, y derrama sobre vosotras el aceite de la divina vocación; y os escoge para esposas suyas y para siempre; ¡oh! no <*4*> puedo menos de replicar lo que el mismo David decía después a todo el pueblo: Sí, sí, el Señor es el que me ha escogido, mientras iba tras las ovejas de mi padre.
   El es el que me saco cuando iba tras las ovejas de mi padre, el que puso bajo mis pies a todos mis enemigos, [el que] me salvo de los peligros.
   También vosotras debéis exclamar: El Señor es el que me ha escogido, y me ha hecho grande en su reino.
   ¿Qué os diré, pues?
   Yo debiera con esto terminar, recordándoos esa elección de Dios, pero ya que [me] habéis obligado casi sin quererlo a que os sugiriera una idea que preparara vuestro corazón, ¿qué os diré?
   ¡Son tantas las veces ...!

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   Mis hermanos en el Señor e hija distinguida en el dulcísimo corazón: in ipso enim genui te.
   Ha llegado el suspirado momento.
   Pero ¿dónde voy, hija mía? Dos sentimientos encontrados agitan tu corazón, como el mío, en estos momentos. No debía dirigirte mi palabra de felicitación en este momento. Las circunstancias no me acompañan ni te acompañan. Dios ha querido que en este día de tu alegría poner un velo negro de tristeza. Seres queridos para tu corazón, te ha querido arrebatar Dios durante este año, y que no pueden asociarse a esta satisfacción. Pero por otra parte, ¿como resistir el dirigirte mi voz en este día, por el cual tanto has suspirado, y cuyo pensamiento ha absorbido tu vida toda? Prescinde, pues, por un momento de todo, para no pensar más que en el acto que vas a practicar, y poder derramar tu corazón en su presencia, y pronunciar entusiasta los votos in conspectu, en presencia de todo tu pueblo y in atriis domus Domini, ya que has logrado entrar en los atrios del Señor, in medio tui, Jerusalem, en medio de la Jerusalén, de la casa de tu Dios [(Sal 115, 19)].

   

* * *



   Y bien, hija mía, ¿qué te diré en este día de tus místicos desposorios, que te recuerde las misericordias de tu Dios?
   Yo ante todo, como comisionado por el Ilmo. Prelado, y por lo tanto en nombre de la santa Iglesia, para dar fe y valor canónico a tu profesión, mi primera obligación debía ser el poner ante tu vista tus deberes, y no ocultarte los sacrificios que te aguardan.

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   (a) Y bien; ¿qué podré deciros ya que pueda ser nuevo para vuestro corazón?
   Si a lo menos al rechazar mi compromiso,
   Si yo tuviera que dirigiros la palabra ante personas menos piadosas, y en las cuales pudiera haber algún rastro de esas preocupaciones, hijas de nuestro siglo, me complacería en exponerles lo que es, lo que significa la perfección religiosa, y el estado de una perfecta consagración a Dios.
   Yo les diría lo que los santos Padres dicen del estado religioso, las bellas pinturas que de él hace el delicado pincel de un S. Jerónimo; y hasta lo que de él han cantado las inspiradas imaginaciones de los poetas.
   Yo les diría que el estado religioso es como el huerto cerrado anunciado en los cánticos, donde el Amador de las almas derrama sus efusiones como en su propio paraíso. Que las almas religiosas son como aquellos lirios olorosos que debían brotar, según el mismo Espíritu divino, entre los abrojos y espinas de una tierra maldecida.
   Yo les diría los beneficios que en el orden moral, y aun social, ha producido para los pueblos.
   Pero ¿donde voy? si os dirijo la palabra ante un auditorio escogido, que al venir aquí, a presenciar vuestros solemnes desposorios, no viene a indagar razones, ni a que se expongan motivos sino rebosando afecto y ternura, y deseando saludaros con el corazón.
   Ya lo veis: ante unos padres cariñosos, que sacrifican gustosos en aras de su piedad y de la voluntad de Dios, lo que más aman en su corazón, y como Abrahán, no temen rodear el ara donde van a sacrificar sus más dulces emociones de la paternidad.
   Os hablo ante corazones piadosos de personas amigas, conocidos que se asocian a vuestra dicha y os saludan con entusiasmo. ¿Qué les diré, pues, ya? <*2*>
   Por otra parte, si yo viniera de nuevo a este lugar, y pudiera suponeros menos instruidos en los deberes de la profesión religiosa, hoy, como delegado del Ilmo. Prelado, y por lo tanto a nombre de la santa Iglesia, al mismo tiempo que os expondría las grandezas de vuestro estado, os detallaría también los deberes de la vida religiosa.
   Os diría lo que significa el acto que vais a practicar. Os diría que en el momento de pronunciar vuestros votos, viviríais atadas, y para siempre, con el triple lazo de los votos esenciales. <*3*>
   Pero ¿a qué explanaros estos deberes de la vida religiosa, cuando os son tan perfectamente conocidos y agradablemente aceptados? Practicado hace 14 meses cuanto ha de constituir el círculo de vuestra existencia toda, y sin que os hayan ocultado la más mínima de las asperezas, inherentes a vuestro sacrificio; sacrificio que el mundo desconoce; ¿para qué extenderme en pintarlo a vuestra vista, a fin de que obréis con conocimiento de causa?
   Si, en fin, en cumplimiento de mi deber, y ante las dudas que podrían asaltar en otras épocas en que, fomentadas algunas vocaciones desde la infancia y al calor de continuados ejemplos, y sin los atractivos de la compañía del siglo, yo os expondría también todas [las] ventajas que en el mundo podríais tener.
   Pero ¡ay! nacidas en el siglo XIX; no ajenas al clamor con que la impiedad, y no sólo la impiedad, sino aun las personas que tal vez son buenas nos [?] heridas más de una vez por los apóstrofes que el espíritu del mundo, y no sólo el espíritu del mundo sino aun de ciertas personas que pueden pasar muy bien por piadosas; habiendo vivido en medio de una atmósfera de un siglo de encantos, ¿qué puedo deciros ya tampoco que pueda serviros para prevenir vuestra libertad, y obrar con perfecto conocimiento?
   ¿Qué debo hacer, pues, ya? ¿Qué objeto puede tener cuanto os diga?
   No me queda, pues, sino felicitaros al logro de vuestros deseos. Y para que dispongan vuestro corazón a la gratitud en este momento en que vais a realizar vuestro abrazo con el Eterno, recordad y fijad en vuestra mente y en vuestro corazón, para considerar[lo], el beneficio que el Señor os ha hecho, estas palabras: Dios, yo ... la vocación. <*4*>
   (b) Y este amor debe ser para todo lo que tenga relación con los intereses de vuestro Esposo, Cristo Jesús.
   ¡Y tantos como son estos intereses divinos!
   Y debéis alegraros por lo que él se alegra, y entristeceros por lo que a él le apena. Y las necesidades de la santa Iglesia, y la situación de los pecadores, y los peligros de las almas justas, y la propagación de la gloria de Dios, nada debe seros indiferente. Y las tribulaciones de cuantos [?]¡Oh, si son tantos los intereses divinos que el Señor confía al cuidado [vuestro]! Como dice un escritor no hay fonda, ni café, ni ferrocarril, ni fábrica, ni lugar de la tierra donde los intereses de Jesús no estén en continuo peligro. Y vosotras debéis ser el fomento de estos intereses, los vigilantes de tan multiplicados peligros, levantando vuestras manos al cielo de día y de noche, y ante el Corazón de Jesús, que desea haceros depositarias de los tesoros de sus misericordias en favor de las almas todas.
   Como víctimas de propiciación entre le cielo y la tierra, ¡ay, de vosotras, si por vuestra apatía, vuestro olvido y vuestra falta de celo, se menoscabaran las gracias que el Señor quiere enviar a las almas! Estas almas os las pedirán en el día del juicio.
   Que no sea así, hija mía; que desde hoy pueda decirse lo que el Apóstol decía: Que sois el sacerdocio, la generación santa, el iris de paz entre Dios y los hombres, las reparadoras de Jesús, hostias, en fin, agradables a su corazón en el tiempo y en la eternidad.
   Pero basta ya; no quiero retardar por más tiempo vuestros deseos Venid: cercano está vuestro suspirado momento: (c)
   Y ante esas voces amorosas de Jesús, pronunciad vuestros votos y ante Dios y ante los hombres.
   Pero ¡ah!, no olvidéis en este día de vuestra felicidad, de extender vuestras miradas

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 68, págs. 1-4






   Ahora bien, hija mía: El eterno Amador que va a confiarte el anillo de su eterno desposorio, repite a tus oídos lo de S. Juan: in charitate perpetua dilexi te [(Jr 31, 3)].
   Ideo atraxi; misereor tui [(Jr 31, 3)]. Recordatus sum tui [(Jr 2, 2)]; misereor dolorum tuorum.
   ¿Qué debéis decirle al Amador eterno, que Va a ponerte el anillo de su predilección?
   Pone me ut signaculum [(Cant 8, 6)],
   Y ha de ser continuado como la Esposa de los Cánticos: Ego dormio [(Cant 5, 2)].
   Y ha de ser constante, pudiendo decir, como el Apóstol: Quis me separavit: Ni las tentaciones, ni [los] combates [(Rom 8, 35)].
   Este deber de amor vas a contraer al recibir y aceptar con tus votos este anillo de místico desposorio. <*2*>
   Pero he dicho también que significa la fidelidad e interés por la honra del objeto amado.

   

* * *



   Y esta fidelidad ha de ser en primer lugar, para no dar lugar en tu corazón a otros amores, y por ello te va a imponer un velo sobre tu rostro y tu cabeza, para que puedas decir, como dirás: Posuit velum in faciem meam, et nullum praeter eum admittam; no sólo ha de ser para no albergar en tu alma el amor del mundo, pues por esta razón exclamas y dices públicamente: Ancilla Christi sum; no sólo esta fidelidad ha de ser para el aborrecimiento y desamor de ti misma, porque también repetirás: Mortua sum et victima, sino que esta fidelidad ha de ser para tener celo por la honra del objeto amado.
   Nada hay,
   Nada que nos ofenda.
   Perfección sin [?] al de aquel que,
   Sta. Teresa de Jesús: Ut vera sponsa.
   Y aquí, hija mía, yo debiera pintarte,
   Y sentir las ofensas que se le hacen.
   Nada hay que nos ofenda tanto como las injurias inferidas al objeto amado. Un insulto, una desatención a un padre, a una madre, la sentimos más que si se infiriese <*3*> a nosotros; y por otra parte, ninguna cosa nos complace tanto, ni agrada tanto como el sentimiento y dolor que sabemos experimentar por aquellos que nos aman, por las desatenciones o atropellos de deshonra que se nos quiere causar.
   Ultimamente, intereses comunes
   Por ello ya sabéis que el mismo Jesús
   Este sentimiento delicado de celosa fidelidad por su honra desea Jesús de las almas. Por ello sabido es aquel hecho de la vida de Sta. Teresa de Jesús, en que este divino Salvador le entregó aquel clavo misterioso, señal de Intimo y doloroso desposorio, con estas palabras: Deinceps ut vera sponsa.
   Este sentimiento vivo de tierna delicadeza por la honra de Jesús es el que te impondrá tu místico desposorio; este encargo es el que Jesús va a pronunciar a tus oídos, y éste te impone al colocar el anillo de fidelidad en tu [mano]
   ¡Oh, hija mía! Aquí debiera yo pintar a tu imaginación las ofensas. Yo
   Y aquí debiera <*4*> yo, hija mía, para excitarte a estos sentimientos, poner a tu consideración las injurias que recibe Dios, lo desconocido de sus beneficios, las ... pero tu corazón y tu imaginación más fecundas que mis palabras, podrán correr por ese campo de desagravios al Señor. Y tus continuas alabanzas en el coro, y tus cánticos de acción de gracias anunciarán las bondades y perfecciones de tu Dios, y su eco repercutirá a los oídos del mundo, y le compensa de las [?] que contra él ... y con tus gemidos silenciosos repararás los agravios que de continuo se hacen a su amor sacramentado.
   Y con tus penitencias ... templarás el rayo de su justicia, por los vicios de los hombres.
   Y con tu
   De esta manera, celarás la honra de tu Amado, que para ello te da ese anillo de fidelidad.
   Ultimamente, he dicho que el anillo significa la comunidad de intereses. Por esto, los [?] romanos al dar el anillo, solían dar las llaves de la casa, como señal de velar los intereses de la misma, [?]

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 69, pág. 1






   nos amenaza ruina. Y con la mortificación y la penitencia angelizar esta carne, para que pueda reformarse, y ser semejante a Jesucristo, que te admite a su lecho inmaculado.
   Y vas a hacer, y perpetuo, el sacrificio de tu voluntad. ¡Ay! hermana mía, es preciso que lo comprendas. Porque este sacrificio racional, que viene a proporcionarte libertad y sosiego para tu espíritu, debe ser perfecto; y al entregarte en los brazos de la santa obediencia, debes cerrar los ojos de tu entendimiento, debes cortar las alas de tu voluntad, y no mirar sino el dedo de Dios en las más ligeras indicaciones de aquellos a quienes Dios ha puesto como representantes de su autoridad, como oráculos de sus palabras, como órganos de su voz sobre la tierra; sólo así podrás tener la seguridad, y felicidad y libertad de espíritu; sólo así podrás ser semejante a aquel que fue obediente

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 70, págs. 1-2






   Ha llegado, por fin, tu suspirado día; cercano está el término de tus ardientes y prolongados deseos; pronto completarás tu desposorio con el Eterno, y corona de místicas flores ornará tu cabeza, y entre el concierto armonioso de [?] exhalarás tus promesas, y tu nombre quedará escrito con letras de oro; nombre envidiable y distinguido, que no es dado al ojo humano el describir; y y y
   Y al considerarte yo, hija mía,
   Tu ángel contemplando ti... con sonrisa cumplida la <*2*>
   Pero ¡ah!, no: deténte tu paso por un momento siquiera, aunque con ello hayas de mortificar algún tanto los ardientes ímpetus de tu santa agitación; no quiero des este paso decisivo sin reflexionar un instante los deberes que te impondrás al consagrarte eternamente a Dios con este lazo sagrado; si, como ministro de la Iglesia, y en nombre suyo, como padre, como amigo, quiero al ... tu grandeza, tu dicha, la cadena de beneficios que ha hecho el Señor para lograr tu ventura, exponerte también con sencillez los vínculos sagrados que deben estrechar tu alma, los compromisos que contraes, a fin de que obrando con claro conocimiento, nunca puedas excusarte en su cumplimiento, ante la presencia de Dios.
   Breve seré, hija mía; no detendré tu impaciencia.
   Al quererte ponderar, hija mía, de pronto te verás rodeada, los beneficios que has recibido de la mano del Señor conducentes a este fin, los bienes que vas a conseguir, los males y peligros que vas a evitarte, las circunstancias especiales que han concurrido a la consumación de la obra que hoy, henchido de júbilo nuestro corazón celebramos, quisiera condensarlos en ...
   Trasládate, si, y con la imaginación a los primeros días de tu vocación, y cuando la idea de ser religiosa ocupaba tu mente, y embargaba tu ánimo, cuando después de una larga resistencia a las voces de Jesús, halagada con los repetidos ofrecimientos del mundo, resolviste tu abrazo eterno; recuerda, digo, entonces las emociones de tu [alma], los latidos de tu corazón; las promesas que a los pies [de Jesús] hacías; recorre las ventajas que entonces velas en

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 71, págs. 1-4






   Y no creas, hija mía, que yo quiero ahora, para prepararte al acto solemne que vas a practicar, quiero digo, ensalzarte las grandezas que encierra tu estado, las consideraciones que merece para con Dios, con la Iglesia, y con la misma sociedad. No quiero decirte con los santos Padres que al aceptar hoy Dios tu consagración, entrarás a ser constituida en el número de las escogidas de Jesús, porción selecta del rebano de la Iglesia:
   No creas tampoco que venga a decirte las ventajas hasta temporales que vas a alcanzar. Ya sabes cuán generoso [es] el Señor con aquellos que le siguen. Ya sabes que su divino corazón, amante ya [en] los días de su vida, y deseando tener almas que le siguieran del todo, para atraerlas, pronunció aquellas palabras: El ...
   Es decir, que él mismo se te constituye hoy
   No: no quiero, sino para que veas y comprendas en este momento cuanto debes a Dios, que recuerdes los pri <*2*>
   El Señor te constituye hoy su posesión ...
   Y la abundancia les rodeaba y el colmo de todos los bienes y de todas las bendiciones venían sobre ellos, mientras fieles correspondían a Dios y a su vocación.
   Toda esa abundancia prometida al alma escogida, te va a prometer el Señor en este día ...
   Y lo hace por su voluntad. Recordatus sum ... [(Jr 2, 2)].
   ¡Oh, cuán grande debe ser tu gratitud! Cuando los hijos de <*3*> Israel, después de haber gemido mucho tiempo bajo el yugo de Babilonia y arrastrado sus cadenas, y prometía al Señor que primero se pegaría su lengua a su paladar antes que olvidarse de Jerusalén y de su templo, y cuando restablecido a su patria y a su propia habitación, bendecía la mano paternal que había enjugado su llanto, y había puesto término a sus desventuras, y le había librado de los peligros de aquella nación corrompida, prorrumpía en llanto del más puro entusiasmo, como en testimonio de su agradecimiento: Ya que vos, Señor, sois el autor de mi libertad, seréis también para siempre el Dios de mi corazón. Hija mía, apartada ya del mundo, libertada de las cadenas de tu cautiverio, próxima a tomar para siempre posesión de esta tierra de promisión, bien puedes bendecir al Señor con toda la efusión de tu alma, y prométele olvidarte de ti, antes que olvidar el beneficio que te va a conceder.
   Y así como el pueblo de Israel
   Y cuando mires tu vestido,
   Cuando los hijos de Jacob salieron de Egipto, conservaron muchas ceremonias y recuerdos a fin de que cuando sus hijos les preguntaran qué significaba aquello, exclamaran
   Cuando veamos tu santo hábito, cuando recuerdes este día, bendice a Dios también: Esclava estaba, hubiera sido perpetuamente, y el Señor me liberto.
   Y bien, ¿qué le darás al Señor en cambio?
   Sacrificio <*4*>
   Pronúnciate ya ancilla Christi, sierva de Cristo, y te aceptará por Esposa de su corazón, y esa corona de flores será el símbolo de la corona de oro que te reserve en la [in]mortalidad, y de los muchos adornos que te guarda.
   Y te sellará
   Y tendrás derecho

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 72, págs. 1-2






Profesión de Agustina Ferreres,
Sor María de Lourdes
(No lo prediqué)



   Mi hija en el Señor: Ha llegado por fin tu suspirado día.
   ¿Qué te diré, pues? Si yo tuviera que dirigirme a un auditorio,
   Si al menos yo me dirigiera a una alma menos instruida en los deberes religiosos, en lo que significa la profesión <*2*> religiosa, yo en cumplimiento de mi deber, y a nombre de la Iglesia, te diría ...
   Pero ¿qué puedo decirte? Si hace 14 meses,
   ¿Qué podré decirte, para poder cumplir mi compromiso? Ya que debo cumplir la promesa de tejerte la corona de flores,

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 73, págs. 1-2






   Exponiendo S. Crisóstomo esta palabra, nos dice que el amor que Dios exige ha de ser tal, que así como el sello forma una misma cosa con la materia de que está compuesto, así el amor de Jesús ha de formar una sola cosa en tu alma.
   Y así como el sello no desaparece nunca, así el amor de Jesús no puede desaparecer sino con la muerte.
   Y así como
   Y este amor ha de ser hasta el sacrificio; y en la salud y en la enfermedad, y en los contentos y en la sequedad, y en la calma y en las tempestades del mundo y del infierno; y en cuantas circunstancias sobrevengan.
   [Ten] presente, hija, vas a realizar tu profesión en los días en que en antros tenebrosos, nuestros hermanos del siglo nos han declarado una guerra de exterminio, y no sabemos las pruebas que Dios nos aguarda; y por esto el amor de Dios en tu corazón debe estar dispuesto hasta el martirio.
   ¿Qué le responderás al acento de ese Amador que te pide le pongas como sello indeleble en tu corazón? ¡Ah! debes responderles lo que la amada de los Cánticos: Trahe me [(Cant 1, 3)]. <*2*>

   

* * *



   y quebrantos, y que un día ofreció al Señor una flor de su corazón que él quiso luego arrebatarla, y que ve hoy en ti un retoño de lo que el Señor [?]
   Y cómo olvidar hoy una súplica por esta comunidad que te ha recibido en su seno, y de la cual vas a formar parte, y en especial por esta predilecta, que mientras revoloteabas como mariposa, o más bien, como pajarito en busca de flor y de la rama en donde debías [poner] el nido de tus amores, tal vez debiste a sus oraciones que seas colocada a la sombra de su solicitud y de su cariño.
   Ruega por estos tus hermanos, presentes y conmovidos, que hoy han venido a demostrarte su afecto, honrándote con sus presencia; y en cuyo nombre te felicito.
   Una súplica para estos sacerdotes, que te bendicen, para que Jesús te haga verdadera reparadora de su amor sacramentado.
   Ruega, en fin, por todos para que, así como nos hemos reunido para verte coronar en la tierra, podamos un día verte coronada

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 74, págs. 1-2






   No; no quiero ya fatigar vuestra atención, ni retardar vuestro momento feliz. Acercaos ya, olvidad el mundo y todas las cosas, para no pensar sino en vuestro Dios; pero no olvidéis en este [momento] de gracia y de bendiciones, en que tan poderosas sois con el Corazón de Jesús; echad una mirada a las necesidades del mundo, y como avecilla colocada,
   Un gemido al Señor también por otros objetos queridos que ... no existen ya ... No; no quiero lastimar vuestro corazón en este día de completa alegría y felicidad; pero un gemido para ellos, ya que deben ocupar el primer [lugar] en vuestros corazones.
   Una súplica para vuestros padres aquí presentes, que no miran sino en la vuestra, su propia felicidad. Que vuestra profesión religiosa sea para ellos fuente de bendiciones en [su] venerable ancianidad, para su vida y para su muerte.
   Una súplica por estos hermanos, y sobre todo, por estas hermanitas a quienes dejáis en el proceloso mar del mundo, desconocedoras del derrotero que deben seguir: Que el Señor las <*2*> ilumine, las sostenga en las tempestades que todavía amenazan la existencia de su vida.
   Rogad por estos vuestros amigos, amigas, que os acompañan y con emoción indecible os acompañan en vuestra felicidad, y en nombre de los cuales os doy el parabién.
   Rogad por mí, hijas mías, ya que él os [ha confiado] y pedid al Señor.
   Que si hay piedras
   Le diréis que si hay, como dice David, en los valles cuevas para los erizos, hay también montes para los ciervos.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 75, pág. 1






   Una cosa habéis pedido al Señor: el habitar en su casa; vota mea Domino reddam[(Sal 115, 14)]. Hoy veo cumplirse mis votos, in medio tui [(Sal 115, 19)], en medio de ti, amada Jerusalén de la religión.
   Esta profesión tuvo lugar en la entonces capilla nueva de este Colegio, el día 25 de noviembre, fiesta de Sta. Catalina de 1887, diciéndole la misa el P. Wenceslao Bruno, rector del Colegio que le dio la comunión y recibió sus votos.

   

* * *



   Mirémosle luego en aquella habitación

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 76, pág. 1






   Y tú, Sor Concepción, bendice al Señor en este día: No creo el momento oportuno para herir las fibras de tu corazón. Sólo si, y para que tu entrega a Jesús sea con toda la efusión de tu alma, abarca con tu mirada todas las misericordias del Señor para contigo. Piensa como que Jesús te está diciendo a tus oídos: Recordatus sum tui, miserans adolescentiam tuam. (Jeremías)) [(Jr 2, 2) ].
   No puedo menos de recordar aquel pasaje del libro de los Reyes. Este elige el Señor: El Señor te ha elegido; seas fiel a tu elección; y desde tu amado retiro, envía un recuerdo, en primer lugar, a un objeto cariñoso, a un padre querido que ¡ay! no puede asociarse a tu dicha en este momento, pero que desde el cielo está contemp[lando].
   No olvides a tu hermana querida, ornada como

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 77, pág. 1






   Y tú, Sor V. del Corazón de Jesús: En este día de tu felicidad da una mirada [a] tu pasado y a tu porvenir. Cuando al despertar ya de tu razón, una v02 misteriosa resonó en tus oídos, la suave mirada de Jesús penetró en tu interior y formó tu encanto; ¿y para quién sino para él debía ser el tesoro de emociones y ternuras de tu corazón?
   Resuelta a su seguimiento, y en el vasto campo que se ofrecía a tu vista en la viña del Señor, un instinto secreto te conducía a trabajar en esta viña por el camino de la soledad, y exclamabas: La soledad, Jesús mío, la soledad.
   Y como la paloma de los Cánticos en tus luchas interiores repetías: Volabo et requiescam. Llevaré mi vuelo al alto, para allí descansar sola [(Sal 54, 7)].
   Y cada día era más imperiosa la voz que te decía: Ducam eam in solitudinem. No temas, te llevaré a la soledad, y allí hablaré a tu corazón [(Os 2, 14)].
   Y logras esta soledad, acompañada de la satisfacción de ver próximo también el ver consagrado a Dios, como tú, un hermano querido, que aunque separado por la distancia, ¡oh! en estos mismos instantes está unido a ti con su espíritu, y unido a Jesús le está pidiendo una cariñosa bendición para tu alma.
   ¿Qué le darás al Señor en cambio?

FRAGMENTOS DUDOSOS


Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 78, pág. l






   Y tú, Dolores C. C.: Bendice al Señor, hija mía. Muy bien puedes exclamar al considerarte elegida por Dios, al ver las misericordias de Dios: El Señor se ha acordado de mí, compadeciéndose de mi juventud. No sólo ha logrado con mis oraciones
   El Señor escucho mis preces, y me concedió el consuelo de ver consagrada para él una hermana, objeto de tantos temores, y no contento con esto, ha querido compadecerse de mi juventud.
   Sea para él todo tu corazón, y no olvides las necesidades de tu familia.
   Todas las dos, en fin, huérfanas de madre sobre la tierra, sean vuestras madres objeto de vuestra memoria en este día, puesto que desde el cielo os contemplan complacidas, y os ven colocadas bajo el manto de la divina Madre.
   Rogad por todos, para que

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 79, pág. l






   Y no era una ilusión, hija mía, no: era una realidad lo que presentías; en un plazo más o menos corto hubieras experimentado lo que en lontananza preveías; en la parte material [?] ¡ay! hubieran pasado unos [años]
   Colocada bajo las alas de la providencia amorosa, descansando en el regazo de su
   Pero no, no: aun supongamos que nada te hubiera faltado, que la hubiese deparado un lugar, o hubiese sido en otro estado ...
   No quiero exponerte los peligros ...
   Baste decirte, que sin quererme oponer a la vocación que el Señor concede, es más digno de compasión que de otra cosa, el estado opuesto al de virginidad.
   Supongo, pues, digo, que hubieses continuado ¡ay!, y el mundo no os quiere; al contrario, en el estado religioso se mira como un deber por el mismo mundo el tener que practicar lo que fuera reprueba en él; y sin respetos humanos ...
   Eso en cuanto al aspecto material.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 80, págs. 1-2






   Mis hermanos en el Señor, hijos de este pueblo de la Vall del Sol: ¡Cuán dulces son estas fiestas que presenciamos! ¡Qué alegría os causan estas solemnidades que no pudieron presenciar vuestros antepasados!
   Hace 4 meses que con el entusiasmo de vuestros corazones inaugurasteis este santo edificio, y recibíais a esta comunidad y la ofrecíais en testimonio de vuestra gratitud.
   Y los predicadores de aquellos días os decían que este edificio sería el centro de vuestros corazones. Os anunciaban que aquí se verificaría la profecía de Isaías, de que afluiría aquí la gloria de las gentes, que el nombre de la Vall resonarla en muchas partes, y lo que antes era un campo árido se convertiría en jardín delicioso, y que brotaría el lirio en lo que era soledad.
   Y este vaticinio se está cumpliendo. Y a raíz de la misma fundación, visteis aquí la primera flor, <*2*> primicia de esta casa, venida de lejano punto para hacerse vuestra vecina; y la visteis aquí abandonándolo todo: su destino, su posición, su porvenir, para ser lirio de esta casa, y sacrificarse por el bien de vuestras hijas. Y luego presenciasteis el ofrecimiento de una humilde jovencita que venida también de lejanas tierras, quiso sentar aquí el nido de sus amores a Jesús.
   Y hoy veis aquí dos nuevas flores arrancadas al mundo para ser colocadas en el santuario, conducidas por la propia mano de distinguidas familias, que se desprenden de ellas y las dejan aquí para sacrificarlas en bien vuestro.
   ¿Qué os diré, hijos míos, sino que a Domino...
   ¿Qué puedo hacer, sino felicitaros y felicitar a esta población, y felicitar a esta comunidad, y pediros que deis gracias a Dios, que os permite repetir de nuevo estas fiestas?
   ¿Y qué os diré a vosotras, hijas mías?

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 81, págs. 1-2






   Las tres palomas.
   Y todo esto Dios. Dios, sólo él ...
   Tú, ¿qué eras?
   ¿Qué le darás en cambio? Gratitud. Los hijos de Israel.
   Termino, pues,

   

* * *



   Mis hijas en el Señor: Sois unas obligadoras, por más que seáis muy poco obligadas. Me pedís que aproveche mi estancia en vuestra compañía, ampliando las ideas que esta mañana se [?] agotado, si bien con la impaciencia y desficio más grandes. No queriendo, pues, dejar pasar esta ocasión de mi permanencia involuntaria entre vosotras, ¿qué os diré?
   Al querer fijarme en una idea <*2*>

   

* * *



   Envía una mirada al Sumo Pontífice abandonado, y sin otro auxilio que las oraciones de sus hijos: que el Señor le dé acierto en la conducción de la navecilla de Pedro; y que rompa para siempre las cadenas que le oprimen.
   Envía una mirada a nuestra pobre España, agitada hoy por la impiedad; que pueda ser una vez el patrimonio de María Inmaculada.
   Ruega, y muy en particular, hija mía, por este pueblo de Vinaroz, a quien la Providencia ha confiado a los cuidados de vuestras oraciones. Cuando al despertar de la mañana, y en el descanso de la noche, sean las almas de esta población objeto de tus gemidos.
   Y cuando te levantes a media noche,
   Y cuando la tempestad arrecie, y la tribulación les amargue, y la enfermedad les visite, y la muerte les arranque, seas, hermana mía, el ángel de su Providencia.
   Ruega por estos padres, y que han hecho dos sacrificios.
   Ruega por ese cura Párroco, a fin de que el Señor le conceda consuelos en la grey que ha confiado a su cuida[do].
   Ruega por estos dignos sacerdotes que han querido acompañarte con su asistencia y participar [de] tu alegría.
   Ruega por estas dos discípulas, amigas, que te saludan con el corazón, y a cuyo nombre te felicito.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 82, pág. l






   ¿Y quién es, hermana mía? ¡Ah! Supremo autor de todo, infinitamente feliz para nada necesitaba de ti. ¿Qué gloria podrás darle? ¿Qué provecho podrás proporcionarle? Decimos: ¿Acaso te necesitaba porque necesitaba de los afectos de tu corazón?: ¡Ah! miles de Angeles ...
   ¿Qué méritos le pudiste presentar? Ninguno, tal vez ingratitudes. Y sin embargo, movido de su piedad puso los ojos en ti, y te escogió entre millares para colocarte en lugar especial, para elevarte sobre los demás. Y sin ningún titulo de tu parte.
   ¡Ah! dirige tu mirada por el mundo: Cuántas personas de vuestra edad, de bellísimas condiciones, de talento privilegiado, de gran corazón, hermosas plantas dispuestas para todo, tal vez más virtuosas. Y, sin embargo, las deja en el borrascoso mar de este mundo, y te escoge a ti; y deja esas plantas en el campo inculto del mundo, y te trasplanta a ti a la corriente de las aguas de la religión.
   Y si Dios quisiera, una sola inspiración sería bastante para arrebatar aquellos corazones, y, sin embargo, Dios no lo hace.
   ¿Y qué eres, hermana mía? ¡Ay, un poco de polvo y ceniza, sierva inútil! ¿Qué fuiste? Ingrata al Corazón de Jesús, y con todo: ¡Oh, mira divina!
   ¿Ignorabais, Señor, acaso nuestras infidelidades? ¡Ah! no:

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 83, pág. l






   Además: os ha hecho el beneficio de poderos dedicar a la práctica de virtudes dentro de los atrios de la casa del Señor. Unam petii ... [(Sal 26, 4)].
   Mirad: Hace unos años ...
   Si consideráis bien este favor ...
   Pero ¡ay! hermanas mías, ¡cuántas obligaciones te imponen estos beneficios y esta dignidad a la que has sido elevada!
   Mira: eres árbol plantado
   Eres lámpara del santuario
   En fin, hermana mía, ¿por qué el Señor te ha elegido a ti? ¿Por qué te dio esta vocación, y el poderla conseguir? Echa una mirada por el mundo, y ...

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 84, pág. l






   No: no era yo el señalado para dirigirte la palabra; ningún lazo particular me daba derecho a ello: otro debía hacerlo, y mejor que yo hubiera interpretado tus sentimientos; pero un compromiso de última hora, las exigencias de un amigo santamente molesto, me obligan a hacerlo brevemente. ¿Qué te diré, pues, para actuar tu corazón al acto que vas a practicar? ¿Quién es el que te ha proporcionado el beneficio de la vocación religiosa? ¿Qué significa el acto que vas a celebrar?

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 85, págs. l






   Ruega por esa tu amada y piadosa padri[na] la cual un día te elevo, ya regenerada de las aguas del Sto. Bautismo, y allí te ofreció a Dios en sus brazos, y por ti le prometió renunciarías al mundo, a sus pompas y vanidades, y que hoy te ofrece otra [vez] viéndote cumplir con placer aquellas promesas de la manera más completa, con el sacrificio más cumplido.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 86, pág. l






   Una vez más vais a escuchar cánticos de espiritual regocijo y de santa expansión.
   Hace dos días que visteis aquí consagrarse con lazos eternos a dos almas generosas que se ofrecieron en perpetuo holocausto.
   Hoy presenciamos el ofrecimiento de otras dos flores arrancadas del mundo para ser colocadas en el altar de María Inmaculada, otros dos corazones.
   Bendito sea el Señor que en medio de la disipación que nos vemos precisados a presenciar de continuo [en el] mundo, nos permite repetir fiestas tan gratas.
   Porque a diferencia,
   Hoy se presentan a vuestra vista otras dos flores arrancadas del mundo para ser trasplantadas en el altar de María Inmaculada.
   Ataviadas todavía con las galas del siglo, vienen a protestar aquello: Elegi, van [a dar] un adiós [?] a sus pompas y vanidades para ser investidas

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 87, pág. 1





   ¡Oh, hermana mía! El Señor dio una mirada a tantas almas, de condiciones naturales más distinguidas, de mejor posición, de más claro talento, tal vez de más virtud, et eas non elegit Dominus, y pasó por alto sin mirar, y no les dio la gracia de la vocación; y se fijó en ti, y a ti te llamó para esposa de su corazón. Bien podía, pues, decirte con el Profeta: Dominus recordatus est . . [(Jr 2, 2)].
   ¿Qué le darás al Señor en cambio de este ...

VIDA Y CASAS RELIGIOSAS


Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 88, págs. 1-10





Plan para un sermón en la fundación de la Vall
(pero no lo prediqué)



   Cuán bellos son tus tabernáculos ... <*2*>

   Ave María
   Si yo tuviera que dirigirme a un auditorio menos piadoso, y en el cual pudiera haber algunos inficionados por las máximas de la impiedad o del mundo, que hacen mirar al estado religioso con ojos de prevención, yo me entretendría en haceros ver lo que es, lo que significa el estado religioso en el orden moral y aun social.
   Yo les haría ver que los Institutos religiosos son en el orden moral como faros luminosos colocados por Dios de trecho en trecho en medio de las tinieblas del vicio y del olvido de Dios, y que nos señalan y nos recuerdan constantemente nuestros deberes y nos señalan el camino del cielo. ¡Cuántas almas entregadas a la disipación y al desenfreno de sus pasiones, al recuerdo de estos seres entregados a la penitencia y al sacrificio, han <*3*> sentido en su corazón el aguijón del remordimiento, y han despertado del letargo del pecado!
   ¡Cuántos ejemplos podría citaros, y que nos refiere la historia de algunos criminales, que al ir en oscura noche a cometer un crimen, el acento de las voces de la oración salidas a aquella hora del recinto del claustro, a la memoria sólo de sus moradores entregados tal vez a la penitencia, ha sido bastante para detener su paso en el camino del mal!. S. Pedro de Alcántara.
   ¡Oh! si el tiempo me lo permitiera, yo os recordaría los ejemplos de arrepentimiento, los cambios que en muchas almas extraviadas ha obrado la sola vista de uno de esos modestos recintos de la inocencia y de la piedad.
   ¿Y como no ha de ser Así, hermanos míos?
   Estas almas delicadas, que a la flor de su edad y cuando el mundo les sonríe con la copa de sus placeres halagüeños lo abandonan todo; esos corazones, que poseídos de una <*4*> fuerza superior, apartan sus ojos a las pompas del mundo; esos seres, en fin, que iluminados por la luz del cielo y de las vanidades de la tierra, cierran sus corazones a todos los amores profanos, y aun a los lícitos, para consagrarlos del todo a Dios, ¿cómo es posible que no llamen la atención del mundo, que condenen sus máximas, y que dejen de ser un ejemplo constante y vivo de edificación en el orden moral?
   Y si algún preocupado hubiese entre vosotros, que se atreviese todavía a preguntar el porqué de esta abnegación y de este sacrificio y de este apartamiento del mundo, bastaría le dijera, aunque otras razones podría darle, que así lo quieren por un derecho natural e inalienable del que nadie les puede privar, ni ninguna ley puede cohibir.
   Pues qué: ¿no proclaman los derechos naturales del individuo?; se están proclamando todos los días los derechos para establecer centros de disipación, ¿qué digo? <*5*>, hasta se defiende el derecho que se debe tener por cada uno para esos centros del vicio, y esas casas de degradación, y ¿no habrá el derecho para que cada uno escoja el estado de vida que más le plazca en el retiro y la soledad, o en medio del mundo, sin ofender a sus semejantes?
   ¿Pero dónde voy, hermanos míos?
   Si yo hablo a un pueblo católico, y no sólo católico sino piadoso, que al venir hoy aquí no viene a que se le den razones, sino que llenos de fe no pueden menos de reconocer la virtud, el sacrificio, el valor que encierran esas almas que se consagran a Dios.
   Si, vosotros lo comprendéis y yo [no] necesito esforzarme para recordaros los beneficios que en el orden espiritual reportan los pueblos en la posesión de los Institutos religio- <*6*> sos.
   Los conventos religiosos, aun los que solamente se dedican a la contemplación y a la penitencia, son aquellos huertos cerrados, anunciados en los Cantares, en donde el Amador eterno de las almas tiene sus delicias como en su propio paraíso.
   Esas almas religiosas son aquellos lirios del campo que debían brotar en medio de una tierra estéril y maldecida; son aquella pequeña grey de seguidores de los consejos del Evangelio, en la cual Jesús se complacía ya en su sola perspectiva.
   Son aquella falange de almas, que S. Juan vio en su Apocalipsis, que rodeaban de más cerca al cordero santificado, y que entonaban un cántico nuevo de amor, que nadie más que ellos sabían cantar; y que estaban [cubiertos] de vestiduras blancas, y con palmas en su manos, que llevaban un nombre escrito que nadie sabia leer. (Visión del Apocalipsis).
   Esos conventos, esa reunión de almas, <*7*> son la porción escogida de la Iglesia católica, y objeto de sus más solícitos cuidados.
   Por esto habréis visto cuántas prescripciones exige la Iglesia para su estancia en un pueblo. Vosotros habréis visto como las señala una rigurosa clausura, y las rodea con altas murallas, para significar a los fieles que son los santuarios de la religión, a los cuales no deben acercarse ni las miradas profanas del mundo.
   Esas almas consagradas a Dios con lazos de eternas ataduras son aquéllas objeto del entusiasmo de los santos Padres, y a las cuales han dedicado las páginas más brillantes de su pluma.
   Yo recuerdo al austero S. Jerónimo, enterrado en la cueva de Belén, consagrar a su hermana Leta las más bellas descripciones del estado religioso.
   Yo recuerdo a S. Isidoro, el gran doctor español del siglo <*8*> VIII, dedicar con fruición sus mejores obras a la utilidad de su hermana, la distinguida abadesa Sta. Florentina.
   Y si esto es así, hermanos míos, que la Iglesia las mira con tanta predilección, ¿cómo no hemos de creer, como no hemos de decir, que la existencia de esos asilos de la piedad son un beneficio en el orden espiritual para los pueblos que los poseen?
   ¡Cuántas gracias no podemos esperar nos alcanzarán del cielo con sus virtudes y con sus oraciones! Ejemplo de Moisés.
   Recuerdo en este momento, hermanas mías, aquel hecho que nos refiere la Historia de España, respecto de Ramiro, rey de ...
   Que bien ...
   Llama a S. ... como se nos refiere en las Lecciones del Breviario.
   Y Ramiro es un nombre que ha quedado con[siqnado] <*9*> en la Historia de España.
   ¡Oh! ¡Quién es capaz, hermanos míos, de preveer las gracias y bendiciones que pueden obtener del cielo esas almas sacrificadas a Dios por el amor! (Vivimos en una vida de fe, Faber).
   La misma Sta. Teresa de Jesús, esa alma grande y emprendedora, esa inteligencia excepcional entre las mujeres, ese corazón varonil y recio como ella decía, no dudó en consignar aquella exclamación: ¡Qué sería del mundo si no fuera [por] las almas religiosas!
   El mismo S. Isidoro antes citado, no dudó poner en una de sus dedicatorias a su hermana el deseo de sus oraciones, para sí y su hermano Leandro, porque como dicen las lecciones del Breviario: Flectere ... creo que inclinará sus oídos a tu oración porque es oración virginal.
   Cuando la tentación nos combate ... en las agonías de la muerte ... en los peligros de la vida ...
   Y si del <*10*> orden social, moral y espiritual quisiera yo concretar o referir los beneficios que este convento puede reportar con el ejemplo y la educación ... ¡cuánto podría decir!.
   Vosotros sabéis como están los tiempos ...
   A ...

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 89, págs. 1-3






   Que las casas religiosas son aquellos tabernáculos amados, que al divisarlos en lontananza hacían exclamar al Profeta: ¡Oh, cuán queridos me son tus tabernáculos! ¡Oh, Dios de las virtudes!
   Yo os diría que el amador de las almas
   Que son los seguidores de Jesús.
   Que son como las [lámparas] del santuario. Mirad lo que hacen las lám
   Lámparas, sí, pero lámparas vivas del Corazón de Jesús. Y en medio de la noche oscura del olvido y de infidelidad en que le tienen tantos corazones, en medio de la soledad en que le tienen tantas almas, -en medio de vuestros propios descuidos,- ellas nos suplen, no dejan de enviar sus acentos y sus clamores por nosotros al Corazón de Jesús y le reparan.

   

* * *



   Yo os repetiría que
   Semejantes a aquellos ángeles, que nos describe un poeta, que se interponen en medio de las tempestades para interceder por los náufragos, sus manos se elevan por nosotros agitados por las borrascas del mundo, rodeados de tantos peligros.
   ¡Oh, hermanas mías! en medio de tantas corrientes [como] se agitan sobre nuestras cabezas, de impiedad y de blasfemia, que excitan la justicia de Dios, pensar que tenemos víctimas sagradas, corazones bien nacidos que se ofrecen víctimas de propiciación, y levantan sus brazos penitentes ante el Dios de las venganzas. De tal suerte, hermanas mías, <*2*> que según expresión de Sta. Teresa de Jesús, el mundo habría acabado si no fuera [por] algunas almas predestinadas del interior de los claustros.

   

* * *



   Pero no tengo necesidad de acudir a estas razones que tal vez no cautivarían todos los entendimientos; porque si el tiempo me lo permitiera, analizando tan sólo las necesidades del corazón humano, os haría ver la razón de estos asilos, único descanso para los corazones sedientos de verdad y de amor; la necesidad de estos puertos abiertos por la mano divina a los corazones agitados en medio de las tempestades del siglo; y la luz de la historia os evidenciaría los beneficios que [en] el orden moral y aun social han reportado estos sagrados recintos. ¡Oh, hermanas mías!, al considerar el desenfreno de las pasiones y la corrupción moral que como vértigo domina, tantos olvi <*3*>
   Pero, ¿donde voy, hermanas mías?

DESPRECIO DEL MUNDO


Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 90, págs. 1-4






   digno de las miradas de Dios y de los hombres. Y comprenderéis que será una gloria de este pueblo. ¡Ah! Mientras tantas otras poblaciones de más categoría y vecindario, no pueden ostentar tal religión, vosotros llenos de santo orgullo mostraréis a las generaciones venideras este árbol de salud, plantado por vuestras manos a las orillas del Ebro, y esto en medio de la indiferencia del siglo XIX.
   Comprenderéis servirá de medio de unión con las poblaciones vecinas, a las que hará con su nuevo lazo tributarias.
   Y vendrán las dotes de las religiosas, y atraerán con frecuencia a sus familias, y será un medio más de animación y de prosperidad para este pueblo. ¡Oh! pronto el canal, recorriendo vuestras campiñas y atravesando vuestras montañas, os abrirá horizontes a vuestra actividad, a vuestro comercio; al lado de esa prosperidad material, Mora saludará con júbilo también otro medio de bienestar material y moral con la instalación de este convento, de esta casa de bendición.
   Permitidme, pues, que repita con el Profeta: Alégrate hija de Sión, <*2*> porque el Señor va a poner su habitación secreta en medio de ti.
   Ahora bien, pues, hermanas mías, y termino: ¿Qué hemos de hacer? ¿Cómo no interesarnos todos por la pronta terminación de este edificio que será una memoria de nuestra piedad, que transmitiremos a las futuras edades? ¿Cómo no querer grabar nuestros nombres en sus paredes por medio de nuestras ofrendas, de nuestras limosnas, de nuestros sacrificios? Porque, mirada, hermanos míos, ... estas paredes hablarán por nosotros al Señor, y tendremos corazones ...
   Yo os felicito, pues, hijos de Mora. Y un motivo especial me obliga a felicitaros. Tal vez en tiempo no lejano veamos realizada la beatificación de vuestra hija privilegiada, Sor Filomena de Sta. Coloma, a impulso de cuyo espíritu se comienza esta obra. Y si llega este <*3*> día venturoso, al lado de su nombre, se pronunciará el nombre de Mora de Ebro, en toda la tierra, y por toda lengua, toda tribu y toda raza.
   Yo os felicito, pues, y a nombre de nuestro Ilmo. que ha querido venir a honrarnos en este acto, y a tomar parte en vuestra [?] os doy gracias por vuestro entusiasmo.
   Y yo diré a tantas almas que hoy mismo están pensando esto; yo diré a los cooperadores de esta obra, que de todas las provincias de España pregunten por ella, y ofrezcan sus ayudas con sus limosnas, que Mora se ha hecho digna de sus simpatías y de poder albergar en su seno a las hijas de S. Francisco de Paula, y obtener el monumento glorioso anunciado para Sor Filomena.
   Demos, pues, gracias al Corazón de Jesús, y pidámosle en primer [lugar] por la pronta y feliz terminación de este edificio. Pidamos también por las religiosas <*4*> que llenas de abnegación y sacrificio se ofrecen a fijar vivienda entre vosotros. Pidamos que todos los aquí reunidos podamos presenciar la fiesta [de] la instalación solemne de Jesús en este lugar.
   Y ahora como, como un tributo de gratitud, como una protesta de nuestro entusiasmo, digamos todos a voz en grito:
   Viva.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 91, págs. 1-7






   Del desprecio de las cosas del mundo


   Claras in festo sanctorum Philipi et Jacobi

   ¡Cuánto no amamos la tierra, hermanas mías! ¿En qué consiste que estamos tan inclinados y aferrados a ella? Ya se ve, somos de la tierra.
   Cuanto más cercano es el grado de parentesco, tanto es más mutuo el afecto. Padre, hermanos.
   Pues esta simpatía que tenemos con la tierra es porque estamos con ella en el primer grado de parentesco. A ninguna cosa se adhiere nuestra mente con más fuerza que a la tierra. De todo cuanto hay bajo él - nada nos une tanto - a ella cultivamos y trabajamos.
   Con los demás elementos no tenemos tanto comercio. A1 fuego no le toleramos ni le permitimos que se nos acerque. Con el agua nos indignamos si nos hiere. Del agua no nos fiamos.
   Mas en la tierra, si sobrevienen tempestades, a la tierra recurrimos, si necesitamos <*2*> cal, arena, maderas, etc., a la tierra recurrimos. Si viene la guerra y enemigos, a la tierra con murallas.
   En fin, miramos a la tierra como madre.
   Y sobre todo en este tiempo de verano, lleno de hojas, de frutos, campos, prados, árboles, - pues en el invierno no tanto.
   Mas, almas cristianas, ¡qué niños somos! si la tierra nos está unida y es nuestra madre en cuanto al cuerpo,- he aquí, por el contrario, tenemos al Padre celestial que está allá en los cielos.
   A él, pues, debemos convertir nuestro corazón, separándolo de la tierra, de este mundo, que es: inconstante, mutable, fugaz, engañador.
   1.º Locura inenarrable es la de aquel que se apoya en caña quebrada, o de aquel que se fía de un impostor que mil veces le ha engañado.
   ¡Qué impostor más grande que [es] este mundo, que mientras ofrece y envanece con perpetuo afecto y felicidad, ha engañado torpísimamente a todos <*3*> amadores de él!
   ¡Qué criatura hay de cuantas existen sensibles y humanas que no las haya muerto a todas! Dad una mirada por el mundo, y lo veréis que no hay una que no haya muerto. De tantos árboles que ella ha criado, no ha perdonado ni uno; de tantas flores, de tantos objetos ... [?] duración y muerte.

   

* * *



   Nos figuramos que el mundo que existe es el mismo que Adán pisó, y nos engañamos, pues aunque la tierra germina etc. como entonces, no hay yerba que no esté plantada este ano y que el otro siglo la halle aquí.
   La tierra es enemiga de sus propios hijos, pues aunque por una parte los consuele y alimente, por otra parte cría vapores que convertidos en nieblas, granizos, rayos, los desgaja, los hunde, los destruye.
   Hasta las mismas montañas -Pirineos, Alpes, Mola de Chertcuán diferentes han estado, o llenas de flores o áridas, coronadas por el rocío, nieve, etc.
   ¡Cuánto más nosotros! Si los montes, islas, etc. cambian, ¡cuánto más nosotros compuestos de carne y lodo! <*4*>. Sólo quedan de las cosas los nombres, no las cosas. Los ríos mismos. Las ciudades. Roma. Este pueblo.
   Mirad los imperios -Persas, Griegos, Romanos-; si ahora volviesen aquellos emperadores, ¿dónde encontrarían sus reinos?.
   Ningún Príncipe ha podido establecer su reinado en sus hijos.

   

* * *



   ¿Y los sabios? Sus libros y todo han desaparecido.
   ¡Cuán ciegos somos, que la tierra devora a sus habitadores! (Tierra tragona).

   

* * *



   El mundo nos halaga y acaricia, como hiena -en un principio- y luego se echa encima y nos mata.
   Sisara fue halagado, pero para traspasarle con un clavo.
   Sansón por medio de Dalila.

   

* * *



   ¿quéréis ver los trofeos del mundo? Pues mirad los que vivieron 20, 30 años atrás. Entrad en sus túmulos.

   

* * *



   Y si esto hace la tierra material, el mundo material, ¿qué diremos del mundo moral? ¿qué es propiamente <*5*> el verdadero mundo? Los mismos engaños e instabilidades. ¡Cuántos engaños, espinas!.
   Mas suponed que Dios quiere que nademos en todas las felicidades. (Lasselve Domi. 4.ª post Pen.)

   

* * *



   Son despreciables las prosperidades:
   1.º In se. ¿Qué es el oro, la plata? Fetos de la tierra. ¿Qué los vestidos? pieles, [?] ¿Qué las danzas, liras, cítaras? Un poco de aire. Sino, mirad lo que dicen los Reyes: Salomón, Alfonso de Sicilia ... Los asnos eran más felices. Carlos V.
   2.º Respecto de los gozos espirituales. Algunos creen que en el servicio de Dios no hay más que tristeza. ¡Ah! no. Manna [?] Sino no conocéis más que el agua, o el pan no apreciáis nada más. Mas luego que viene el vino, las comidas.
   3.º Respecto de los bienes de la gloria.

   

* * *



   Son transitorios.
   1.º Como la hoja. (Mirad las bulas).
   [2.º] Como la hiedra. Jonás. La hiedra significa la sombra que hacen las riquezas, los honores, los placeres, los amores. <*6*>
   3.º Como las ruedas, que bajan y suben. Hecho de Sesotris.
   ¿Quién, pues, amará la prosperidad material?
   Es peligrosa.
   Suponed que no son malas las prosperidades de este mundo; sólo por lo peligrosas que son, ya no debían hacernos gozo.
   1.º Ocasión de pecado. Si bien es verdad que a los justos todo coopera al bien, como las abejas que de las flores dulces y amargas, así los justos.
   No obstante vemos que los que tienen vida próspera, soberbia, ambición, inclinación a las disipaciones y vanidades, etc
   No suele pensarse en la muerte, y se apegan a las cosas.
   2.º Se privan de bienes celestiales. Pues si bien hay ricos y abundantes que se santifican, con todo es muy difícil; no puede haber dos paraísos. Ejemplo <*7*> de Lázaro y el Epulón. Recepisti bona in vita tua [(Lc 16, 25)]
   3.º Es ocasión de perdición. La prosperidad es como un fuelle, un viento que empuja hacia el precipicio, así como las adversidades un viento hacia el cielo.
   No envidies a los prósperos. Los bueyes que se destinan a ser sacrificados no engordan. Las ovejas que allá en la montaña se alimentan con pocas yerbas, no deben envidiar a las que [a]bajo en el valle son engordadas con buenos pastos por un mes.
   No envidiemos las glorias del mundo. No amemos el peligro porque en él pereceríamos; sino amemos las cruces y las tribulaciones que ofrecen más seguridad. Acordémonos que per multas tribulationes oportet intrare in regnum [(Hch 14, 21)].

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 92, págs. 1-7






   La santa Iglesia solícita del bien espiritual de sus hijos y constante en tributar a Dios en todos [los] tiempos la gloria que le es debida, procura [en] todas las épocas poner a nuestra consideración algún objeto, que alimentando nuestra fe y [a]firmando nuestra [esperanza], produzca en nosotros el fuego de la devoción, cuyo último resultado sea nuestra más íntima unión con Dios. Por ello, unas veces nos traslada a la cima del Calvario para que contemplemos en la soledad de nuestro corazón las amarguras del varón de dolores, según la expresión de Isaías; otras veces nos recuerda la necesidad de nuestra penitencia; otras veces hace vibrar de alegría nuestro corazón en sus alegres y solemnes festividades. Todos los días pone además a nuestra vista esa multitud de santos, esas flores de virtud que presenta el cristianismo, para que nosotros como abejas industriosas vayamos recorriendo el jugo de estas grandes acciones con que podemos fabricar un panal de virtudes y de gracia en nuestro corazón. Ahora, pues, ¿qué nos dice la Iglesia en este día? ¿qué objetos nos propone? ¿qué nos manda?
   ¡Ah! Hoy la santa Iglesia despl[i]ega el aparato de sus tristes ceremonias, para poner ante nuestra vista una idea al parecer triste, pero sublime, un recuerdo amargo para el amor propio, pero provechoso al espíritu; la Iglesia, en fin, revestida de su dignidad y representante de Dios, repite hoy a la humanidad las palabras que el mismo Dios pronunció a su cabeza: Pulvis es et in ... Polvo eres y en polvo te has de convertir [(Gn 3, 19)]
   Ella recuerda esta idea a los pecadores y a las almas justas: a los pecadores que han corrido estos días tras el desahogo de sus apetitos, para [que] reconociendo su ceguedad, vean lo que son y a qué han de parar estos placeres pasajeros, y se conviertan a penitencia; a las almas justas, [para] que, siempre y sobre todo estos días, colocadas ante el Señor de las misericordias rogando por sus hermanos, para que se alienten y esfuercen a continuar sacrificados su cuerpo y su corazón a Dios, en vista de lo que será pronto esta corrompida [carne].
   A todos, pues, habla la Iglesia en este día, a todos se dirige.
   Nosotros hijos fieles de la Iglesia, hermanos míos, respondamos a este llamamiento que nos hace; fijémonos en esta idea que es como la base de nuestras consideraciones; idea por sí sola capaz de desprender nuestro corazón de las cosas de la tierra; idea, en fin, que ha llenado de santos los desiertos y el cielo. Recorramos, pues, este dilatado campo, recojamos en nuestro Espíritu las impresiones que nos produzca para rumiarlas después en nuestro corazón.
   Procuraremos hacerlo con la brevedad y sencillez que nos sea posible; pero antes: Ave María. <*2*>
   Pero si tan felices sois, hermanos, que nada hay que reformar en vuestro corazón, si nada hay que os remuerda en el fondo de vuestro espíritu, permitidme que al menos os dirija las palabras que el Real Profeta David dirigía a su alma cuando decía: Audi filia, ... Oye, hija, y mira, e inclina tus oídos a las voces que el Señor quiera enviarte estos días, y olvida a tu pueblo y tu casa y todas tus cosas; pues quizás el Señor tiene vinculadas muchas gracias a estos días, quizás el Señor quiera derramar con abundancia el aceite de su amor y de su misericordia para que puedas presentar[te] hermosa en su presencia, engalanada con el aroma de las virtudes y del amor [(Sal 44, 11)].
   Una idea.
   La santa Iglesia para hacer vigilante nuestro corazón, hermanas mías, nos representa bajo diferentes comparaciones lo fugaz de nuestra existencia; unas veces según la idea del santo Evangelio nos la representa: Ybarg 235. Pero hoy ... abarca la cuestión.
   Ya sea, pues, para reformar nuestro espíritu, ya sea también para escuchar las voces de Dios, debemos aprovechar todos los momentos durante estos días, para que ni una sola [gracia] defraudemos al Señor, procurando siempre estar abiertos y dispuestos a recibir sus impresiones, que como rocío derramará sobre nosotras.
   Al efecto, pues, demos principio, exponiendo a nuestra consideración la idea que la Iglesia nos recuerda en este día. Idea que es la base de nuestras consideraciones, idea capaz por sí sola para desprender nuestro corazón totalmente de la tierra; idea, en fin, que ha llenado los desiertos de santos.
   La santa Iglesia, hermanas, solicita de nuestro bien espiritual y constante en tributar a Dios en todos tiempos la gloria que le es de- <*3*> bida, procura todas las épocas del año poner a nuestra consideración algún objeto, que alimentando nuestra fe y [a]firmando nuestra esperanza, sirva para encender en nosotros el fuego de la devoción cuyo último resultado sea nuestra más intima unión con Dios. Por esto unas veces nos traslada a la cima del Calvario para que contemplemos en la soledad de nuestro corazón las amarguras del varón de dolores, según la expresión de Isaías; otras veces nos recuerda la necesidad de nuestra penitencia; otras, en fin, hace vibrar de alegría nuestros corazones en sus solemnes festividades. Ahora bien, ¿qué nos dice la Iglesia en este día? ¿qué objeto nos propone? La santa Iglesia al inaugurar el santo tiempo de Cuaresma con la patética y solemne ceremonia de imponer la ceniza sobre nuestras cabezas, nos indica y señala prácticamente nuestro origen, lo que somos, lo que hemos de ser bien pronto. Ella nos enseña con esto una filosofía sublime que no saben comprender los hijos de las tinieblas. ¿Qué somos? ¿Cuál es nuestro origen? Hace unos años que no existíamos, hace poco que nadie nos conocía, nuestra existencia era una mera posibilidad, nada; solo Dios sabía que habíamos de existir, y en su bondad inagotable creó nuestra alma y compaginó nuestro cuerpo. pero ¿qué es nuestro cuerpo? ¿qué somos nosotros? ¡Ah! si oímos a Job, somos una flor que por la mañana nace, y a la tarde se marchita; como sombra que huye fugitiva sin dejar rastro siquiera. Si escuchamos a David, somos como el heno que cae seco el mismo día de nacer. <*4*> Somos vasos de corrupción que llevamos en nosotros mismos la semilla de disolución. Si consultamos a nosotros mismos, somos unos tristes viajeros que a largas jornadas caminamos por el desierto de la vida; somos unos sentenciados a muerte desde el día de nuestro nacimiento. Sí, hermanas mías, sentenciados a muerte. En el día que recibimos el ser, Dios nos repitió la sentencia que [en] un principio fulminó contra Adán: llevarás una vida trabajosa hasta que vuelvas a la tierra de donde has salido. Y aunque un sentenciado a muerte ignore dónde está colocado el lugar de su suplicio, sabe sin embargo que va caminado a pasos contados hacia allá, aunque lentos, y que no puede tardar mucho ya. Así también nosotros, aunque ignoramos el lugar y el momento, caminamos en derechura al suplicio. Cada día que pasa, andamos veinte y cuatro horas hacia el abismo del sepulcro. Sentenciados a muerte; aún más: un sentenciado aun en su fatal posición, conserva algunas veces en su corazón una esperanza aunque triste, ilusoria; pero nosotros ni esta duda, ni esta esperanza, podemos aun abrigar en nuestro corazón; todos estamos plenamente convencidos de esta verdad; nada hay que pueda ilusionar nuestra imaginación; la fe, la razón y la experiencia hacen de esta verdad un axioma, un principio indefectible. Sentenciados a muerte; he aquí lo que somos los hombres, sin distinción de clases y condiciones.
   Y ¿qué es lo que hemos de ser? La santa Iglesia nos lo dice hoy con mudo lenguaje, ella nos marca hoy el humilde destino de nuestro cuerpo, con sus santas, tristes ceremonias. Polvo y nada más que polvo, y aun un poco de polvo es todo lo que hemos de ser. ¡Ah, hermanas mías: cuántas ideas se a- <*5*> golpan a mi imaginación en estos momentos! Mirad: trasladaos con el pensamiento a aquellas espaciosas ciudades antiguas, cuyo solo nombre ha quedado en la historia; aquellas ciudades que por comercio en sus artes, en sus riquezas, en su continuo movimiento parecían destinadas a una vida sin término. Recordad aquella ciudad de Nínive, que según nos refiere la Sagrada Escritura tenía novecientos mil niños de pecho y que estaban entregados a una animación desenfrenada de placeres, y ved que ya no existe, la soledad ocupa aquellos campos; buscad sus cementerios, y no los encontraréis, ni los restos que nos señalan su existencia han quedado ya. Mirad la antigua Roma, capital del mundo pagano, con más de tres millones de habitantes, a donde concurrían las producciones, las riquezas de todo el mundo para satisfacer la vanidad y el lujo de sus impúdicas matronas, y veréis que ya no existe ninguno de sus nombres, ni sus sepulcros soberbios, ni sus ricos mausoleos; todo ha quedado reducido a un poco de polvo, confundido aun éste en la tierra. Pero ¿a dónde voy tan lejos, hermanos míos? ¿Cuántas generaciones no han pasado antes de nosotros? ¿Quién [es] el que recuerde el nombre de nuestros antepasados? ¿Quién sabe el lugar en donde están colocados? Cuántos sacerdotes célebres, religiosos, sabios, virtuosos, apreciados de todo el mundo, y ya no existen; ya no hay ningún corazón que dé latidos por ellos; ni sabemos tan siquiera sus hechos ni sus nombres. En este mismo santo retiro, hermanas mías, cuántas religiosas han paseado sus claustros; y muchas de grandes cualidades, de talento despejado, de salud robusta; ¿y qué se han hecho? ¿en qué han parado? En nada, ni sus nombres conserváis ya. ¡Felices ellas si dóciles a su <*6*> vocación supieron aprovechar los momentos de su existencia transitoria! ¡Felices ellas si recordando lo que había de ser su cuerpo, supieron hacer de él una hostia viva, aceptable, como lo manda el Apóstol S. Pablo! Y nosotros, ¿qué seremos también pronto, hermanas mías? ¡Ah! Dentro de poco seremos como ellos: nuestro cuerpo será confundido entre el polvo de la tierra, y nadie nos distinguirá; pasarán unos años, y nuestra memoria quedará borrada de los hombres. De aquí a cien años, hermanas mías, ninguno de cuantos existirán en el mundo nos habrá conocido; ninguno tendrá conocimiento ni de nuestros hechos, ni de nuestras familias, ni de nuestros nombres, de nada. Todos estaremos relegados al olvido y en la soledad y silencio obscuro del sepulcro; convertidos nuestros cuerpos, primero en gusanos, y después en nada.
   ¡Qué ideas, mis amadas hermanas, tristes pero sublimes al mismo tiempo, nos recuerda la Iglesia en este día, con un sencillo hecho! ¡A qué reflexiones no da lugar!
   Y no me digáis, hermanas, que sabemos ya todas estas cosas, que las vemos todos los días; no: es necesario reflexionarlas de manera que nos produzcan efecto; es necesario corresponder a la intención que la Iglesia tiene; ahondando y cavando más, hasta producir en nuestra [alma] impresión saludable; de lo contrario, nada nos aprovecharía. Cuantas veces. Mirad ... Napoleón.
   Nosotros, hermanas mías, dóciles hijos de la Iglesia, dediquémonos a este ejercicio que ella nos propone; ejercicio que no es de principiantes, sino también de almas ejercitadas en la virtud; los Brunos, los Bernardos y otras almas privilegiadas recurrieron a este medio saludable para desprender del todo su amor hacia el cuerpo. Yo conozco, hermanas mías, un varón justo, un religioso ejemplar, vive aún, que va todas las noches tres horas a pasar sobre las sepulturas de sus hermanos, destinando las pocas restantes a dar un bre- <*7*> ve descanso a su cuerpo por necesidad, y quizás por obediencia. Dediquémonos, pues, también nosotros a este ejercicio, ahondemos en esta gran verdad, de lo que somos y hemos de ser, y esta idea producirá en nosotros: primero, afectos de humildad; ¿cómo podrá el corazón abrigar sentimientos de vanidad, recordando lo que somos y hemos de ser? En segundo lugar, desprendimiento de las cosas de la tierra; ¿cómo podemos amar lo que pronto se nos escapará de las manos y hemos de dejar para siempre? y sobre todo esto, esta idea producirá odio, odio santo a nuestro cuerpo, a este cuerpo de pecado, no concediéndole otra cosa que las exigencias de la naturaleza piden, reduciéndole a esclavitud continua, formando de él, como dice S. Pablo, una hostia agradable al Señor.
   Recordad estas ideas durante estos días, hermanas mías, y de esta manera, en ...
   Ya sabéis, hermanas mías, que el cuerpo es el compañero del alma para el bien y para el mal; Dios nos ha dado nuestro cuerpo, como un instrumento para nuestra santificación o para nuestra perdición. Esta carga pesada, de la cual deseaba estar desatado S. Pablo, y que es la que ha de ser humillada en el sepulcro, puede servirnos de un gran bien: nuestros ojos, nuestra lengua, nuestras manos, que no son más que un poco de polvo, pueden, sin embargo, ser el sacrificio que podemos ofrecer a Dios, y que nos puede merecer el cielo.
   Pero para ello es necesario, como hemos dicho, que mantengamos viva la idea de lo que son y han de ser nuestros miembros y nuestro cuerpo, y estad seguras de que este pensamiento alejará de nosotros la pereza en los ejercicios penosos, la tibieza, el desaliento, y no os afectará la idea de la eternidad, sino que todos los días consideraréis que son los últimos, como lo hacía aquel buen religioso, que habiéndole dicho debía recibir el Viático, no se inmutó sino que se preparó lo mismo que los otros días! pues él los

VOCACIÓN


Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 93, págs. 1-13






Predicada en la Purísima, ejercicios de 1864
S. Juan, ejercicios de 1865
Predicada en Santa Clara, ejercicios de 1869 <*2*>



   Plática sobre el beneficio de la vocación religiosa

   Beneficio de la vocación religiosa
   Creo os dije en otras ocasiones, mis amadas hermanas en el Señor, que el motivo de no esforzarnos a hacer con constancia y con alegría los sacrificios de nuestro estado, es porque no consideramos como debíamos el beneficio que Dios nos ha hecho con él; que una cosa por grande que sea no se aprecia tanto en cuanto se tiene, y únicamente cuando no se tiene es cuando se pondera su precio; y que, por consiguiente, debíamos considerarlo como si no lo tuviéramos, para agradecerlo ahora que lo tenemos.
   Con este motivo creo os hablé otra vez, aunque muy por encima, de los beneficios y bienes, que sobre todo a vosotras os han venido con la profesión religiosa, mirándolo sólo bajo el aspecto material, esto es, bajo la consideración de los inconvenientes, amarguras, desasosiego con que hubierais tropezado en el mundo, ya con el deseo de vivir unidas a Dios, ya en cualquier otro estado del siglo, y cuyos inconvenientes se han cerrado para vosotras en el mismo momento de la profesión religiosa.
   Yo vengo, pues, en este día a repetiros esta idea, recordándoos otros beneficios materiales también, bajo el aspecto de grandeza y de bien temporal; ya sé que no serán los que más halaguen e interesen a vuestro corazón, pero materiales como somos, hermanas mías, quizás sirvan mucho estos bienes para mover vuestra gratitud al cumplimiento de vuestros grandes deberes.
   Dejando, pues, en todo caso para otra ocasión los bienes espirituales <*3*> y por consiguiente, como consecuencia de ellos, los que tenéis reservados para la eternidad, nos dedicaremos a considerar la grandeza a que os ha elevado vuestro estado, y las consideraciones y aprecio que merecéis a la Iglesia y aun al mundo.
   Para ello imploremos la gracia. Ave María.
   No creáis, hermanas mías, que al desarrollar a vuestra mente, [a] vuestra consideración, el cuadro sublime de la dignidad religiosa, no creáis, digo, que yo aglomere los diferentes pasajes y alabanzas con que los Santos Padres la ensalzaron. No os diré con S. Cipriano que sois la flor de la Iglesia y el rebaño escogido de Jesucristo. No; no os expondré tampoco aquellos arranques de religioso entusiasmo que S. ... dirigía a su hermana querida, Sta. ... pintándole su dicha, felicidad. Ni tampoco los tributos de admiración que le han tributado los genios más brillantes, derramando sobre vuestro estado las flores de la elocuencia.
   No; sería pesado e interminable, y vuestros oídos están acostumbrados a estas magníficas descripciones.
   Sólo os indicaré el destino sublime de vuestro estado bajo la consideración de la solemne consagración que la Iglesia ha hecho de vosotras al Señor.
   ¿No recordáis, hermanas mías, aquel pasaje de la historia sagrada, cuando al salir el pueblo de Israel de Egipto, al emprender el viaje hacia la tierra de promisión, antes de pasar aun el mar Rojo, Moisés el Sacerdote y Profeta del Señor, mandó se escogiese al principal de cada familia, tanto de hombres como de animales, para que le consagrasen a Dios, para que fuesen <*4*> la porción escogida, para que sirvieran como una ofrenda constante, bajo cuyos auspicios se dignase el Señor bendecirlos en aquella larga y peligrosa expedición?
   Pues bien, hermanas mías: vosotras sois también la porción escogida del pueblo de Dios; en el viaje de sus hijos hacia la eternidad la Iglesia os escoge y os consagra ella misma de un modo especial; rodeada de enemigos, como los hijos de Israel, quiere escoger también sus predilectos, para que sirvan de ofrenda y oblación constante, para que merezcan por medio de vosotras la asistencia y bendiciones del Señor.
   ¿No recordáis también aquel propiciatorio fabricado también por Moisés, colocado en lo recóndito del Tabernáculo y que debía ponerse encima de la plancha que cubría el arca de la alianza, y que consistía en dos querubines de oro, en cuyas alas Dios había prometido tener su asiento, comunicar su voluntad, y ... ?
   ¿No recordáis, hermanas mías, ...
   Recordad también, hermanas mías, el propiciatorio fabricado por orden de Dios, para colocarlo en el tabernáculo de los Israelitas y después en el templo de Jerusalén.
   Era el propiciatorio, hermanas mías, una pieza de oro finísimo, en figura de querubines que debía colocarse en lo más escondido del santuario, encima del arca de la alianza, y en las alas de cuyos querubines había prometido Dios tener especialmente su asiento, y desde cuyo lugar debía comunicar su voluntad, y por cuyo conducto quería comunicar sus favores [y] dar sus oráculos; y a cuyo lugar nadie podía dirigir sus miradas. Sólo el Sumo Sacerdote podía entrar una vez al año, y dirigirle su mirada tan sólo en la oscuridad y entre el humo del incienso.
   Ahora bien, pues, hermanas mías, elegidas para ser colocadas en el interior del Santuario, asiento constante vuestro corazón de la presencia de Dios, no me será permitido com- <*5*> pararos al propiciatorio de la antigua Ley, y propiciatorio aún más aceptable a los ojos de Dios.
   Y sino, mirad la solicitud que la Iglesia tiene en vuestra consagración, y los medios que emplea, y entonces podréis [apreciar] lo oportuno de mi comparación.
   Ante todo, hermanas mías, y después de presumir que Dios os llama a este destino, os pulimenta por medio de un riguroso noviciado, para que aparezcáis materia brillante y pura para este objeto; y después de haber examinado y estado cierta la Iglesia de vuestra disposición, ¡oh, y cuántas ceremonias no usa para que esta materia sea acepta a los ojos del Señor! ¡y qué aparato no ostenta para haceros comprender lo sublime del destino a donde os Va a colocar!
   Ella os dice que vais a morir al mundo, para no vivir sino par a Dios.
   Ella pone una señal en vuestra frente para manifestaros que ha de ser vuestro único objeto amado.
   Ella, en fin, os bendice con las más tiernas oraciones.
   Y después de todas estas purificaciones, la Santa Iglesia, alegre y contenta, os admite con todo el júbilo de su corazón y os consagra para materia apta para este Propiciatorio, para que nunca jamás pueda aprovechar para otro objeto.
   Otras Ordenes hay, hermanas mías, como vosotras sabéis a quienes la Iglesia dedica a Dios, pero a quienes admite a una perpetua e indisoluble consagración.
   Personas hay en el mundo que se han consagrado perpetuamente a Dios, pero a quienes puede disolver este lazo, y se disuelve de hecho algunas veces para que sirvan para otro uso.
   Pero, ¡ah!, a vosotras no; la Iglesia os ha separado total- <*6*> mente; ha hecho que constituyáis un estado absoluto e independiente del cual no os podáis separar.
   De modo que hasta el mismo A. D. Sto. Tomás duda y hasta llega a negar pueda la misma Iglesia deshacer el destino de esta materia.
   Y después de admitiros ya la Sta. Iglesia, os coloca en el interior del Santuario para que seáis asiento constante ya y especial de Dios, para que vayáis formándoos como querubines. ¡Ay! ¡y cuántas disposiciones ha dado para que no sean profanados estos objetos predilectos de su veneración y de su amor! Ella los ha escudado con el velo de una clausura rigorosísima para que ...
   Ella ha amenazado con el brazo de la indignación de Dios a los que osaren pasar el dintel de ese santuario y fijar su mirada en esas víctimas de propiciación. Ella hasta ha fulminado sus excomuniones contra aquellos que se acercaran con frecuencia a las puertas de estos Tabernáculos, temerosa siempre de que no sean emponzoñadas con el hálito o soplo mundanal las víctimas que en él se encierran.
   Ella os [ha] rodeado con una poderosa muralla de santos preceptos y disposiciones para impedir hasta el más remoto peligro de la más leve profanación
   ¡Oh! ¡y qué lugar tan preferente habéis ocupado en los Concilios! ¡cuántos cánones dedicados al bien, a la reforma, al mejoramiento de las religiosas! ¡Con qué prudencia, con qué caridad, con qué cuidado ha procurado investigar las causas de ... las necesidades espirituales, para oponer enseguida el oportuno remedio!.
   Ella ha destinado oraciones para vosotras; ella hasta ...
   Lo mejor del sacerdocio lo ha destinado para vosotras; <*7*> y como si al consagraros y admitiros mudarais de esencia, hasta ha marcado las cualidades y condiciones de los que habrán de tomar a cargo vuestro espíritu, y no lo concede indistintamente a todos, sino que es indispensable una concesión especial.
   En fin, hermanas mías, son infinitas las consideraciones de la Iglesia al admitiros al Santuario; y es, como he dicho, que la Iglesia os considera como porción, como piezas escogidas de su Santuario, como Propiciatorio sagrado [en que] debe reposar constantemente el amor de Jesucristo y servirle de asiento; y es que la Sta. Iglesia se gloría en vosotras, y tiene su placer y deseo de presentaros como un modelo, no sólo al mundo cristiano, sino también al mundo pagano, para que aparezcáis como un espectáculo digno de admiración de los Angeles y de los hombres. ¡Ojalá todas y en todos tiempos correspondieran a este vehemente deseo y a esa confianza de la Iglesia!
   He aquí, hermanas mías, una consideración sencilla, pero que os puede dar una idea de la altura de vuestro estado.
   Pero hay más aún: también podéis medir la grandeza de vuestro estado por las consideraciones que el sacerdocio os tiene, por la estimación y respeto y confianza que os tiene; no por el Sacerdocio considerado como Iglesia, sino aun en particular como Sacerdotes.
   ¡Oh! para probar esta verdad, sería suficiente describir la historia de la mayor parte de las religiosas.
   ¡Oh! ¡y cuantos desvelos por vuestras almas, y aun para vuestro bienestar habéis merecido de parte de vuestros directores! ¡cuántas ingeniosas pruebas para haceros dignas de vuestro estado! ¡cuántos suspiros han dirigido al Corazón de Jesús para que hiciera segura vuestra elección y vocación! ¡Cuántos disgustos y hasta murmuraciones han estado dispuestos a sufrir! ¡Cuántos sacrificios han estado <*8*> dispuestos a hacer en su corazón; y si no los han hecho [es] porque no ha habido necesidad de ellos!
   Aunque todas la almas son hijas de Jesucristo y redimidas con su sangre, y por consiguiente, todas igualmente dignas de la caridad sacerdotal, sin embargo, no han dudado en consagrar sus desvelos a vosotras de un modo particular, ya en los días de vuestras aspiraciones a este estado, ya después de llegadas al término de vuestros deseos. Y es que os consideraban como un depósito sagrado que la Providencia les confiaba, para que lo guardaran de un modo especial; es que os consideraban como lámparas privilegiadas colocadas a su cuidado y vigilancia; es que han mirado como un sacrificio muy acepto a Dios el ofreceros hostias vivas a él, y que no dejarán de tener una especial recompensa.
   En fin! hermanas mías, no es preciso que descendamos a enumerar todos los servicios prestados por el sacerdocio a las religiosas, con preferencia a todas las demás clases de la sociedad y de la Iglesia, que pudieran alegar igual titulo que vosotras, y aún mayor, si se hubiese de atender a sus necesidades.
   Pero aún hay más, hermanas mías: aún no lo sabéis vosotras todo; el afecto, todo el interés que ha tenido por vosotras el sacerdocio. Para ello fuera preciso evocar a la memoria algunas de esas épocas de tribulación, para las comunidades religiosas, alguna de esas épocas que el Señor permite, sin duda por vuestras infidelidades. Vosotras sabéis, hermanas mías, que hace pocos años espíritus inquietos, espíritus extraviados trataron de arrebatar vuestros pacíficos bienes; no contentos con esto, trataron de reducir vuestras comunidades; que Dios sabe dónde hubiéramos ido a parar, si la Purísima Concepción no se hubiera dignado echar una mirada a su predilecta España. <*9*>
   Pues bien, hermanas mías: entonces en aquella época triste, el sacerdocio había visto desaparecer con indiferencia los bienes eclesiásticos que le quedaban; estaba sufriendo sereno las calumnias, los insultos que le dirigían por medio de la imprenta; estaba devorando en el silencio del santuario y de la oración, los escándalos y malas doctrinas que se permitían; veía, aunque con dolor, que iba a desaparecer la unidad católica en España; pero ¡ay!, al ver que esos hombres hablan fijado su vista atrevida en vuestros santuarios, ¡ay! como un grito de indignación unánime resonó por todos los ámbitos de España; y la amargura hasta entonces comprimida, no pudo contenerse, y produjo la explosión.
   Los Obispos, algunos de ellos hasta del rincón de su destierro, no se olvidaban de sus pobrecitas religiosas; y dirigían sus voces autorizadas al gobierno, ya suplicando en favor de estas víctimas, ya amenazándoles con la venganza de Dios.
   Y los sacerdotes todos, clamaban por doquiera por medio de sus escritos, ya por medio de sus conversaciones, ya convenciendo a las almas menos buenas en favor de esas víctimas de compasión.
   Aún más: aun aquellos sacerdotes, permitídmelo que os lo diga, menos fervorosos que sin malicia quizás tienen -Tortosa- cierta prevención y cierta indiferencia y acritud con las personas piadosas, sin embargo, estos mismos al leer y considerar los embozados y maliciosos tiros que se dirigían contra vosotras, arrojaban con indignación los periódicos, y una tristeza indecible e inexplicable a ellos mismos oprimía su corazón. Como si presintieran que si conmovía esta piedra de la Religión, peligraba el edificio de la Iglesia; como si vieran ya el azote de <*10*> Dios encima de ellos mismos, si el Señor permitía la humillación de las religiosas; si: veían un interés propio en el bien de sus hermanas.
   En fin, hermanas mías, no había ninguno que fuese indiferente a vuestras tribulaciones y vuestros peligros; todos ¡ay! si hubieran estado dispuestos, si se hubiese hecho un llamamiento, a hacer mil sacrificios si hubiesen sido necesarios para vuestro bien.
   Pero santos hombres de Dios ¿a qué viene esta tristeza? ¿qué cosas os motivó estas lamentaciones? ¿qué importa un centenar más o menos de personas piadosas? No hay para tanto: dirigid vuestras miradas al mundo, y veréis qué vasto campo se ofrece a vuestro celo y a vuestro amor; y cuántas encontraréis que serán tan fervorosas y quizás más que ellas ante el Señor; y que quizás lo necesitan, más pobrecitas, que se hallan en más peligro. Pues ¿no hay bastantes a quienes aprovecharía mucho esta buena voluntad y estos sacrificios?.
   ¡Ah! es verdad; pero no importa; éstas nos pertenecen con especialidad; éstos son los asilos predilectos del Señor; son su propiciatorio; son su arca sagrada cuyo cuidado nos está encomendada; son como las plazas fuertes que nos sirven de antemural, y que nosotros tenemos que defender.
   He aquí, hermanas mías.
   Y esto que muchos de ellos ni os conocen, ni saben vuestros ... <*11*>
   Pero no es esto sólo, hermanas mías; no es sólo el sacerdocio el que os honra con su predilección. Es la sociedad entera, es la Iglesia toda, todos los fieles los que participan de esta veneración y confianza.
   Dejo aparte la satisfacción que redunda a aquellos que os están unidos con los vínculos de las carne. Cosa rara, hermanas mías: Podrá haber una oposición fuerte, sistemática; podrá haber una preocupación contra vuestro estado; sin embargo, pocos hay que no se honren después con contaros en el número de sus familias.
   Las personas de vuestra misma clase, vuestras mismas hermanas, vosotras mismas, ¿qué hubierais sido?
   Dejo también aparte la confianza que todos los fieles os tienen: ¿A dónde vais? ¡Ay! a que las religiosas encomienden una tribulación espiritual de una familia.
   Decid a las religiosas que me encomienden a Dios. Y si en medio de alguna tribulación, entre las angustias de una enfermedad o de la muerte, entre los combates del mundo, saben que esas personas interceden por ellas, ¡ay! la alegría parece renacer en su corazón, la calma viene a su espíritu, y un no sé qué de confianza les reanima; y no dudan ofrecer a Dios, para obligarle, las oraciones de estas víctimas; como si descansaran seguras bajo las alas de estos propiciatorios.
   Perecen que están viendo aquellos ángeles que nos pinta un poeta, y que se interponen en medio de las tempestades para interceder por los náufragos.
   ¡Ay, Dios haga que no queden defraudadas tantas esperanzas por la tibieza y negligencia de ellas!
   En fin, y concluyo: hasta aquellas fuertes del siglo que combaten por sistema todo lo que tiene color de religión, <*12*> que ridiculizan la piedad, que no creen en los sacrificios de la virtud; estos hombres, hermanas mías, combatirán vuestras instituciones, reprobarán vuestros sacrificios de fanatismo, tratarán de inútiles vuestras ocupaciones y vuestro destino; pero en medio de todo esto respetarán vuestras convicciones, admirarán vuestras intenciones, y vuestros propósitos, y vuestra constancia; tras ese tupido velo que os separara de sus miradas, ven un no sé qué de misteriosa grandeza que les sorprende; y os creen que al sepultaros en vuestras soledades, sois ya de una naturaleza superior, e inaccesibles hasta [de] los más leves vapores de la tierra. Y, sin embargo, esto que ellos creen en su preocupación, debía ser una verdad en la religiosa.
   No sé, en fin, qué sello ha imprimido Dios a vuestros santuarios, que ha sido el ... aun de vuestros enemigos. ¡Cuántos ejemplos pudiera citaros en la historia de esta verdad!
   Cuando en la revolución francesa, aquellas hordas de hombres que parecían habían sido vomitados por el infierno, se habían cebado en la sangre de innumerables sacerdotes, sin reparo ni miramiento, habían destruido los templos, profanado las cosas más sagradas, sin la menor repugnancia, pero al pisar los umbrales de las religiosas, un cierto estupor les hacía contener su paso, les era necesario recurrir a todo su valor y fanatismo para tener ánimo de sacrificar y destruir aquellas pobrecitas víctimas. Monasterio [hubo] que a la sola presencia -palabra!- de una religiosa sola, retrocedieron aquellas turbas a las cuales nada había arredrado.
   Y es, hermanas mías, que al admitiros la Iglesia para vuestro destino, os dedica y os hace objetos sagrados, a los <*13*> cuales Dios comunica cierta grandeza, e infunde cierto respeto, como lo infundia a los israelitas para con el arca, y castiga a los que se atreven a combatirlos y profanarlos, como castigaba tan terriblemente a los de la antigua ley.
   He aquí, hermanas mías, lo que sois; he aquí vuestra grandeza; he aquí los objetos grandes y sagrados que Dios ha hecho de vosotras por medio de la Iglesia, y aunque sin mérito vuestro, he aquí, en fin, las consideraciones que merecéis de la Iglesia, del sacerdocio, de los fieles, del mundo entero.
   Repito que quizás halagarán poco a vuestro corazón estas glorias, sobre todo siendo tan ordinarias y tan pobres y sencillas estas consideraciones que os he expuesto por mi boca; pero si no os llenan de una santa gratitud y satisfacción, que os llenen de un santo temor, en vista de [las] obligaciones que reporta la grandeza de este estado.
   Tampoco son muy halagüeñas las glorias sacerdotales, pues que siempre van acompañadas de las cargas insuperables; pero, con todo, yo sé muy bien de algunos sacerdotes que han entrado en su estado algo indiferentes, pasada su carrera ocultos en su seminario, no sabiendo más que en teoría la dignidad sacerdotal, y al ver las consideraciones de que han sido objeto, se han elevado sobre si, se han enardecido y se han esforzado a corresponder lo que la Iglesia y la sociedad exigían en paga de ellos.
   Y bien, pues: ¿qué correspondencia debe ser la vuestra? ¿a qué estáis obligadas por vuestro estado? ¿qué deberes os impone vuestra sublime colocación? ¿qué sacrificios tenéis para con Dios que os ha elegido, para con la Iglesia y el Sacerdocio que os ha adoptado, y para con la sociedad que tiene puesta su confianza en vosotras? Imposible me es, hermanas mías, en sacar consecuencias, porque no quiero alargar los límites de esta plática; lo dejaremos para otra ocasión, si el Señor en su bondad nos lo concede.
   Entretanto, hermanas mías, fijad vuestra consideración en estas breves ideas, y pensad: Yo he sido elegida para objeto sagrado de Dios; para asiento de su amor, para conducto de sus gracias; para ángel de la tierra.
   ¿Qué es lo que soy? ¿Qué es lo que debo ser? Y el Señor os dará [?] para...

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 94, págs. 1-12






Predicado en Vinaroz el 29 de enero de 1894,
vísperas de la salida para la Vall.



   Mis hijas en el Señor: ¡A cuántas consideraciones propias se prestan las solemnidades de estos días! ¡En cuántas meditaciones podría engolfarse nuestro entendimiento, nuestra imaginación y nuestro corazón!
   ¡La venida y descensión del Verbo divino a habitar humanado sobre la tierra!
   Las circunstancias todas escoge: el vestido de nuestra piel pasible; la forma de Infante que servía de tanta meditación a un Padre de la Iglesia y transportaba al P. S. Francisco; el lugar, modo y manera: ¡fuera de su casa, por obediencia, en una campo deshabitado! ¡El llamamiento de los Pastores!
   ¡Los sentimientos de Jesús al ser creada su alma y unida al cuerpo!
   ¡Oh! Repito, ¡qué cadena de consideraciones no se desprende de todo esto!
   Yo podría hablaros de los beneficios de Dios.
   Pero como quiera que nos encontramos en circunstancias especiales, dediquémonos a meditar unas palabras brotadas de la boca del divino Salvador, y que <*2*> parecen dirigidas a nosotros, y que, por consiguiente, son más propias para nuestro aliento y imitación.
   Y ciertamente, hijas mías, entre las dulces palabras dirigidas a sus seguidores, a aquellos que llamó para elección especial, ningunas más dulces y graves al mismo tiempo que [las que] nos dice ... que dirigió a los Apóstoles cuando: Non vos me elegistis, sed ego elegi vos, et posui vos ut eatis, et fructum afferatis et fructus vester maneat [(Jn 15, 16)].
   Non vos me elegistis: ¡Oh, qué idea tan luminosa para hundirnos en el abismo de nuestra pequeñez! Distraídos en nuestras ocupaciones y tareas, encontrándonos en el lugar que nos encontramos, en el estado que hemos abrazado, al ver que tenemos fe, que recibimos los sacramentos, que trabajamos, que lo hemos dejado todo por Dios, nos parece, no teóricamente, porque claro es que con el entendimiento si reflexionamos sabemos que nada tenemos de nosotros, pero si prácticamente sentimos como si <*3*> nos fuese propio y por herencia legitima lo que tenemos y lo que somos, como si se nos debiera; como si nosotros lo hubiéramos hecho. Y en medio de este olvido y de este encantamiento de nosotros mismos, resuena a nuestros oídos esa palabra imperiosa y verdadera: Non vos me elegistis; y con la luz de esta verdad, nuestra alma sufre un desencanto; pero un desencanto dulce aunque sea humillante, porque la luz de esta palabra nos hace comprender toda nuestra nada y todo el amor de un Dios.
   Sed [ego] elegi vos. Si el tiempo me lo permitiera, yo me complacería, ante esa palabra tierna del Salvador, [en haceros] comprender toda la extensión de el la; que no abarca sólo el estado a que hemos [sido] elegido, sino el conjunto de todas la elecciones y preferencias que Dios ha tenido sobre nosotros, que las ha señalado desde la eternidad.
   Y yo os recordaría lo que tantas veces habéis meditado en vuestros ejercicios: aquel [momento] incomprensible en que Dios recostado en su eternidad, iba viendo pasar tantos millones [de] seres posibles que hubiera podido crear <*4*> y que no creaba, dejándolos pasar y dejándolos en su nada; y como en medio de esa cadena de seres posibles se fijaba en mí, en nosotros, y nos detenía, y en su pensamiento y en su voluntad nos entresacaba para colocarnos en su seno, mientras dejaba pasar los otros seres que desfilaban, para señalarnos luego la época, el modo y manera en que quería aprovechar su Providencia amorosa.
   Y al segregarnos para ser contados en el número de los seres, yo os haría resaltar la elección libre con que quería convertirnos en criaturas racionales, que pudiéramos conocerle, amarle, siendo así, que hubiera podido limitarse a dar un ser meramente insensible o con una vida puramente sensible y animal.
   Yo os podría representar como al escogernos para criatura racional, y por consiguiente la más distinguida de la creación, yo haría ver la complacencia con que este Dios estaba preparando los cimientos de la gran <*5*> fábrica del Universo, acomodando todas sus partes, de modo que pudiera servir de habitación, regalo y recreo y utilidad de esta alma y de este cuerpo; y por consiguiente, muy bien y con toda propiedad podríamos decir y aplicarnos a cada uno de nosotros aquellas palabras que directamente se dirigen a la Sabiduría, que debía venir a humanarse: Quando praeparabam coelos aderam. Quando certa lege et giro vallabat abissos. Quando damenta terrae. Quando circumdabat mari terminum suum, et legem ponebat [aquis] ... Eram ludens coram eo omni tempore [(Prov 8, 27-30)].
   Y yo para hacer resaltar más [y] más esta elección, os haría pasear con la imaginación, el número de criaturas racionales, y como nosotros fuimos objeto de elección especial; y os haría ver tantos ojos, sin miembros, sin juicio, <*6*> tantos sin civilización, comiéndose allá en los bosques unos a otros.
   Y si luego yo os hacía detener ante esos millones de criaturas aún civilizadas: ¡oh, cuántos herejes, cuántos infieles! Aun de los mismos cristianos: ved esas muchedumbres regeneradas con el agua del Bautismo, y no obstante, como los cerdos que comen las bellotas y no miran la mano, ni la [?] que las hace caer; no tienen otro horizonte que la disipación, el goce de los sentidos.
   Aun entre las mismas almas buenas: ¡qué diferencia de elección! Después del sacerdocio, vosotras; fuera del sacerdocio, ninguna otra criatura racional y católica os aventaja.
   Estáis colocadas, pues, en lo más alto de toda la creación racional, por no decir de toda la creación espiritual.
   Y si para llegar al término de esta elección quisiéramos entretenernos en examinar y meditar los caminos, su admirable Providencia, las gracias provenientes y concomitantes, los peligros de que nos hemos librado, tanto corporales como espirituales, <*7*> las gracias, avisos, sacramentos, temores, ¡oh! bien puede decirnos con toda verdad: Ego elegi vos.
   Muy bien podríamos, como una joven alma fervorosa ... No es verdad ...
   Et posui vos: y os he puesto por mi propia mano.
   Como consecuencia de toda esta cadena de elecciones, os ha puesto, ¿dónde? en el asilo de la Santa Religión.
   Junto a la corriente de las aguas de la gracia.
   En el huerto cerrado y amurallado; cerrado, para que no penetren ni las alimañas y fieras del mundo; y amurallado, para resguardaros aún de los vientos maleables de la disipación.
   ¡Oh, no debo deciros los que sois y la gloria de vuestro estado!
   En el lugar, en fin, que yo es inútil os descubra, pues mucho habéis oído y meditado, y mejor que yo podríais decirlo.
   Y ¿para <*8*> qué?
   Ut eatis: ¡Oh! para que caminéis sin parar, por el camino de la santificación.
   Al ir Moisés hacia la zarza.
   Necesidad de la santificación.
   Con la fuga del pecado; ejercicio de las virtudes.
   ¡Deber terrible! ser santos.
   Tu fructum afferatis:
   No ha [de] consistir vuestra santificación en el mero ejercicio de las virtudes, sino que hemos de producir frutos.
   Gran consuelo es para todos, pero en especial para vosotras, el pensar que todo lo podemos convertir en frutos de santificación; y digo especialmente para vosotras, porque tenéis el gran medio de sellar todas las obras con el sello de la obediencia, que es el sello más fiel y menos adulterado de todos los demás, que acaso con nuestras intenciones y gusto podemos falsificar.
   Son frutos, pues, de nuestra santificación.
   1.º Todos los actos materiales purificados por la intención.
   2.º Son frutos todas las prescripciones de la <*9*> Regla.
   3.º Son frutos todos los actos de superogación internos que nosotros practicamos.
   4.º Son frutos todos los actos internos de humildad, de sufrimiento, de vencimiento de nosotros mismos.
   5.º Son frutos de santificación todas las gracias que alcanzamos sobre los demás con nuestras oraciones.
   6.º Son frutos toda la gloria que a Dios damos con nuestras alabanzas y con nuestro trabajo en bien del prójimo.
   Y ya que toco este punto ¿cómo dejar de animaros a que deis gloria a Dios en las tareas a que estáis dedicadas?
   Pronto tendréis que hacer un sacrificio de separaros unas de otras. Aquí habéis venido a morir. Algunas ni soñaban que otra pudiera ser su sepultura.
   Pero el grito de gloria de Dios ha resonado, y ante él, vuestro corazón se ha puesto indiferente a todo sacrificio. <*10*>
   ¡Oh, cuánto me complacería yo, si ya no os molestase tanto, y para que podáis animaros a pagar a Dios el beneficio de la elección, en haceros ver la gloria grandísima que podáis dar en vuestro apostolado de la enseñanza y educación!
   ¡Nosotros vivimos en un mundo de fe!
   [En] los negocios del mundo se ve el resultado.
   Nuestro trabajo es invisible.
   No sabéis los resultados. Vosotras faltaréis. Una palabra o ejemplo vuestro caerá en una alma, sin que vosotras lo hayáis percibido. Aquella semilla brotará un día: tal vez será una Mónica que dará un Agustín; éste salvará otras almas, aquéllas a otras, y tal vez el último día del mundo aún sorprendan las consecuencias de esta acción, de esta palabra, de este sacrificio, para la gloria de Dios.
   ¡Y poder dar gloria a Dios! ¡Oh, Dios, ese Señor mismo ...!
   (Platica de gloria de Dios) <*11*>
   ¿Qué son todos los sacrificios?
   Aunque nos
   Et fructus vester maneat. No basta.
   Dos sentidos puede tener esta palabra del Salvador.
   1.º Es preciso que sea permanente el producir frutos, y con ello nos indica la perseverancia. Porque no nos aprovechará dar frutos, si no los diésemos hasta el fin.
   Trabajosa es la vida; con todo cum timore et tremore [(Flp 2, 12)]. El apóstol S. Pablo se olvidaba de la
   [2.º] Y la <*12*> otra interpretación es: ut maneat; es decir, os será permanente. Yo os lo guardaré en el cielo.
   Allí nos devolverán el 100 por %.
   No olvidemos, pues, la elección.
   Sentimientos de gratitud. Alientos para seguirle.
   Ut fructum afferatis: Propósitos de no abandonar el deseo; con ello seremos santos.
   Et fructus vester maneat: Constancia.
   En la noche de la muerte, lo que más nos consolará será aquello en que hayamos sufrido más desengaños, más espinas.
   Gratitud a Dios, y alegría.
   Prontitud a todo lo que sea santificación.
   Constancia.
   Que estos sentimientos sean los que Jesús grabe en nuestras almas.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 95, págs. 1-4






   (Estos trozos fueron añadidos en otra plática predicada en San Juan, la 2.ª dominica de Adviento).

   Una de las ideas, hijas mías, que quizás os habrán impresionado muchas veces, cuya meditación os habrá sido consoladora, es sin duda el beneficio que el Señor os ha hecho de la vocación religiosa, la dicha imponderable de haber podido, a semejanza de David, repetir vuestros votos y vuestra consagración en medio de los atrios del Señor, en medio de vuestra amada Jerusalén. In atriis ... [(Sal 115, 19)].
   Siendo, pues, tan pocos, hijas mías, los días que tenemos que dedicar a estas pláticas, prefiero, dejando aparte las muchas y abundantes consideraciones e ideas que pudiéramos entresacar de la idea de la venida del Salvador, y que vosotras podréis sin dificultad meditar, prefiero, digo, recordaros algunas de aquellas ideas que más directamente se dirigen a vuestro estado.
   Una de estas ideas, pues, una de estas reflexiones es la que atañe al beneficio de la vocación religiosa, cuyo beneficio debéis tener siempre a vuestra vista, para reanimar vuestro decaimiento. Mirad, hijas mías: Moisés, aquel legislador del pueblo de Israel, destinado por Dios para sacar al pueblo hebreo de la esclavitud de Egipto, después de haberlos [sacado] de este Egipto entre milagros y portentos, después de haberlos hecho pasar [por] medio del mar Rojo sin anegarse en su aguas, después de haber prodigado el Señor su Providencia durante los días <*2*> de su permanencia en el desierto, cuando ya estaban para entrar en la tierra de promisión, les encargaba con toda la efusión de su corazón que se acordaran de todos estos beneficios, que los tuvieran siempre presentes, que los llevaran grabados en su frente, en su pecho y en sus brazos, para no olvidarlos jamás. Y algunos de los más fervorosos judíos, entendiendo a la letra estas advertencias de Moisés, se escribían estos beneficios en unos cartones, y los traían siempre pendientes de sus ojos, de su frente, de sus brazos, para no olvidarlos nunca. Hijas mías, el Señor es el que a vosotras os ha sacado del Egipto del mundo entre portentos verdaderos, el que os saco libres y a pie enjuto por el mar proceloso donde tantos se anegan; él es quien os ha conducido por el desierto de tantos peligros, y os ha introducido en esta tierra de promisión que no labrasteis ni cultivasteis, es decir, sin ningún mérito de vuestra parte.
   Pues bien, hijas mías: justo es que como los hijos de Israel tengáis siempre presentes estos beneficios que el Señor os ha concedido por medio de la vocación religiosa.
   Yo, pues, vengo a explanarlo un poco a vuestra consideración, no bajo el aspecto espiritual tan sólo, no con respecto a la eternidad, sino también, y aun especialmente bajo el aspecto de vuestro bienestar temporal, aun bajo el aspecto de vuestro bienestar en la tierra.
   Procuraré ser breve, y todo lo sencillo que pueda, pero antes necesito los auxilios de la gracia.
   Implorémoslos por medio de María. <*3*>
   Sí, hermanas. Mirad: El Señor os ha destinado para lámparas del santuario. Mirad lo que hacen las lámparas: ellas arden constantemente ante el Señor; de día y de noche le hacen compañía; aun entregados nosotros al descanso, ellas no cesan de alumbrar y reflejar sus pálidos rayos sobre la pobre habitación del Señor.
   Pues bien, hermanas mías; el Señor al daros la vocación y el cumplimiento de la vocación religiosa, os ha elegido también para que ardáis como lámparas en su templo; para que veléis en su compañía de día y aun de noche, como la esposa de los Cantares; para que en medio del olvido y del abandono en que el mundo le tiene, no dejéis de enviarle los rayos de vuestras alabanzas y de vuestro amor.
   ¿Hay cosa, hermanas mías, que deba estimular más nuestra gratitud para con Dios? ¿Hay cosa que pueda interesarnos más para correr, como David, por los caminos del Señor, con prontitud y alegría?
   Vosotras también sois, hermanas mías, constituidas medianeras entre Dios y los hombres; ángeles como aquellos de que nos habla un autor, que se interponen en medio de las tempestades para interceder por los náufragos. Es una verdad, hijas mías, que el Señor al permitir las comunidades religiosas, y al llamar almas por esta santa soledad, es su objeto buscar almas que le resarzan y recompensen del poco amor de las criaturas; el Señor os ha escogido como medianeras para que vuestros lamentos, vuestros gemidos, vuestras oraciones, se eleven al trono del Altísimo, y bajen las gracias al mundo. ;Qué destino más sublime, hijas mías, y que os debía llenar de una santa alegría, y os había de estimular a caminar siempre ante el Señor! <*4*>
   Si miráis vuestro estado bajo otro aspecto, vosotras hijas mías, al entregaros a vuestra vocación, habéis asegurado vuestra eternidad. Al inscribir vuestro nombre en el libro de la religión, lo habéis apuntado en el libro de la predestinación, y si correspondéis a él como no dejaréis de corresponder ...
   Vosotras, hijas mías, pero, ¿a qué cansaros? No, no quiero molestar más vuestra atención; sólo sí, quiero tengáis presente aquella máxima de San Ligorio, que quisiera no olvidarais nunca, a saber: Que la religiosa ...
   Hijas mías, seamos generosos con Dios; no le neguemos todo cuanto exige de nosotras, y estad seguros que el Señor derramará abundantes sus gracias y sus consuelos sobre nosotros. ¿Y cómo hemos de hacerlo para ser generosos con Dios?
   Mirad: una sola regla os daré: y es que lo hagáis todo por Dios y con desprendimiento de voluntad; no queriendo en todo sino lo que Dios quiere: y así vuestras conversaciones, vuestras alegrías, vuestros gustos no respiren sino la voluntad de Dios; en vuestras prácticas, en la meditación, pensar que el Señor quiere que estemos aunque seamos como troncos; en vuestras amarguras, en las contradicciones de amor propio; no os dejéis llevar de vuestro corazón, poneos ante el Señor con indiferencia, no queriendo hacer [sino] lo que él quiere.
   Haciendo esto, y haciéndolo con constancia, os lo aseguro en nombre de mi Señor Jesucristo, él derramará sus bendiciones y os hará experimentar todo el consuelo de la vocación religiosa.
   El Señor lo haga así.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 96, pág. 1






Vocación



   Ayer vimos la preferencia.
   Dios.- ¿Quién es? Su grandeza, su felicidad.- Bonorum meorum non eges [(Sal 15, 2)].

   

* * *



   ¿Y qué le enamoró? Echad una mirada ¡cuántas almas hay, Señor, mirad que os servirán mejor! Cristiana de Saboya.
   Jacob dilexi.- Isaías.- La estrella de los magos.- ¡Y cuántos que no pueden conseguirlo! [(Rom 9, 13)].

   

* * *



   Beneficio.- El más grande.- Santos Padres.- La porción escogida.- Cuando Jesucristo vino quiso formarse una grey y echo su voz, de modo que sois sus servidores, destinados a las promesas de ciento por uno.- S. Pedro.- A entonar el cántico melodioso.
   En la vida.- Bienes espirituales de consuelos.- Qui sine cruore est.
   Beneficios temporales.- Ante la sociedad.
   Sobre todo eternos.- En la hora de la muerte, qué ataduras ¡ahora, qué desahogo!
   En el cielo cántico sagrado.- ¿Y quién soy yo?
   ¿A qué obliga? - 3 - I.º = Santidad sin retroceder - Amor a Dios - amor al prójimo - reparadores y víctimas.
   Veni, sponsa Christi.- Una súplica [?] por todos Padres, etc. por mí.

Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 97, pág. 1






   Beneficio de la Vocación

   El Real Profeta: Quanta fecit animae meae! [(Sal 65, 16)].
   Mejor puedes decir: Quanta fecit animae meae!
   ¿Y lo has pensado bien, hija mía? ¡Oh, si nos pusiéramos a considerar los beneficios que Dios te ha hecho! Yo bien me complacería, hoy que hemos terminado el 77, y empezamos el 78, en detallaros los beneficios de cada uno de los años de tu existencia.
   Yo te recordaría el beneficio de la creación, por medio del cual te ha escogido en medio de millones de seres posibles, y desde la eternidad te tenía presente, y mientras ha dejado a tantos en el olvido de su nada.
   Yo te referiría el beneficio de la educación. Tantos miles de idiotas . . .
   Las gracias ... Mach. Meditación sobre el Viático.
   Pero en la imposibilidad, fijémonos y meditemos el beneficio y gracia, causa de otras muchas gracias ... el beneficio de la vocación.
   Grandeza de este beneficio respecto a Dios, que me llamó.
   Respecto de la grandeza del beneficio en sí.
   Respecto de mí, que fui llamado.
   Respecto de Dios: Infinitamente feliz, para nada necesita de mí. Aún no habías nacido ...
   Respecto de la vocación, ¿qué es? Es la consagración entera a Dios, y es la elección de un alma. Es el apartamiento de todas las cosas. es la seguridad. ¡Cuántos beneficios en ella! Beneficios temporales; ¿temporales, he dicho? Sí, hijas mías. Supón que te hubieras quedado en el siglo. O no sirviendo a Dios ... o sirviéndole. O libre y en otro estado.
   Beneficios espirituales. No te diré que eres ángel ... Pequeña porción de la Iglesia.
   Facilidad de santificaros. Qui cum uxore est . . [(1 Cor 7, 33)].
   Huida de los peligros. ¿Quién te aseguraría el espíritu? Eje.
   Consideraciones ante la Comunidad. Beneficio respecto de lo que sois.

   

* * *



   ¿Qué deberás hacer? Deberes para con Dios. Perfección.
   Con el prójimo: oraciones y ayunos. Buen ejemplo y sacrificio.

LA PERFECCIÓN


Escritos I.º, vol. 9.º, doc. 98, págs. 1-4






(Sacada de kroust)
Predicado en Sta. Clara,
Dom. 22 post Pent.,
día 6 Noviembre 1870.



   Necesidad de la santificación.

   Varias veces, hijas mías, os he hablado de la dignidad de vuestro ... constituidas espe ... medianeras ... pregoneras de Jesús; sois todas de El; como esposas le debéis vuestro corazón, vuestra alma, vuestro cuerpo, vuestras potencias; como medianeras le debéis vuestras penas, sacrificios, oraciones; como pregoneras vuestras alabanzas; nada tenéis vuestro, ni casa ni usufructo, y por lo tanto debéis darlo todo a Dios, de quien es todo; pues como exposita San Hilario en las lecciones de la Dominica de este día, al responder ...
   Así como dijo Jesucristo que debía darse a Dios lo que es de Dios, como todo en su origen es suyo, a El se debe reducir cuanto tenemos.
   Mucho más, vosotras.
   Por ello, el Señor para el cumplimiento de estos cargos sublimes, exige de vosotras una santidad mayor que en el común de los fieles, porque como dice San Gregorio: Quanto argento dona ...
   Pero como quiera que esta verdad la olvidamos demasiado, ya porque [no] procuramos llevarla grabada en nuestra mente, ya porque la costumbre de oírla a la ligera deja de impresionarnos como debía, por ello no he dudado en recordaros esta verdad, mayormente en esta semana en que
   Y para que procedamos con sencillez y con orden, y para alentar nuestro corazón a perfeccionarnos ante Dios y [a] aspirar al cumplimiento de la obligación de nuestro estado, debemos meditar, hijas mías, que este estado de santidad no es imposible; que atendidos los socorros del Señor ha puesto a nuestra disposición es fácil, y si nos fijamos en las utilidades que reporta aun en esta vida, nos debía ser agradable y sabroso el aspirar a él.
   Y al deciros, hijas mías, que esta san- <*2*> tidad no es imposible, bastaría recordaros que es un precepto, y estrecho, que no podemos eludir. El Padre Eterno ...
   Pero además de este precepto grave, sobre todo para nosotros, y mirándolo bajo otro punto de vista, que no son tantos los momentos, que ocurren a nuestra imaginación muchas veces.
   Ya supongo, hijas mías, que entre vosotras no habrá ninguna de aquellas almas que creen encontrar la virtud y la santidad en los dones extraordinarios de la gracia, en las maceraciones corporales, ni en todas aquellas otras cosas, que si bien son señales de santidad, y también si se quiere instrumentos, pero que no constituyen la esencia de la santidad; antes bien, sin ella puede encontrarse la santidad, y hasta con ellas puede faltar la gracia, según aquello de Jesucristo: Nonne in nomine ... [(Mt 7, 22)].
   No sois tampoco por la gracia de Dios de aquellas almas cristianas, que ponen voluntariamente impedimentos a la santidad, y van detrás de los negocios y oficios y empleos, que le arrebatan el tiempo y las ganas de ocuparse de Dios y se excusa con estas ocupaciones que voluntariamente se han buscado, o no apartan las compañías y el roce de las personas que les impiden la santificación. No, os supongo