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Escritos del beato
Manuel Domingo y Sol
I - Predicación
Volumen 5.º: Papa - Sacerdotes - Operarios
ROMA
2008
Presentación
El presente volumen ofrece los documentos sobre el Papa y el Sacerdocio contenidos en el volumen 5.º. Los otros documentos de dicho volumen sobre los Operarios fueron ya publicados en el tomo titulado "La Hermandad" en el año 1968.
Con el deseo de que los escritos de D. Manuel vayan llegando a todos los Operarios y Aspirantes, se ha querido completar la publicación de este volumen 5.º. Es interesante asomarse al corazón de D. Mosén Sol cuando habla, en plena juventud, sobre sus grandes amores, el Papa y el Sacerdocio, en circunstancias muy emocionales como son el aniversario de la elevación del Papa o las primeras misas, donde el entusiasmo juvenil y el arrebato apostólico subrayan los conceptos doctrinales acerca del sacerdocio y del pontificado.
Presentación de las pláticas a los operarios (desde el doc. 18)
Razón de este volumen
La Asamblea General de 1966, en su conclusión 48, dice: "A fin de que los Operarios lleguen a conocer más perfectamente el pensamiento de D. Manuel sobre la Hermandad, pedimos que se lleve a cabo con urgencia la edición crítica de sus escritos".-
El Consejo General encargó de los pasos previos para este trabajo a la Comisión de Hermandad, elegida de acuerdo con las conclusiones 36 y 37 de la misma Asamblea.
Pronto vimos que había que distinguir dos metas:
Una, el poner a disposición de todos los Operarios el texto mismo de los escritos de D. Manuel sobre la Hermandad; era necesario y hasta urgente, si quería tener por todos la base para un conocimiento directo de lo que D. Manuel pensó sobre la Hermandad, principalmente teniendo en cuenta la próxima Asamblea especial.
No era posible, por ello, esperar a la preparación de una edición crítica.
Otra, la edición crítica de sus escritos; trabajo que incluso por sí mismo parecía pedir, como paso previo, la primera meta, con la que todos pudieran aportar sugerencias y se tuviese un elemento inicial de trabajo.
El volumen presente responde, en parte, a la primera de dichas metas: no es, por tanto, edición crítica, sino una mera trascripción de los originales.
Contenido
Los originales de D. Manuel fueron coleccionados por un equipo de Operarios, bajo la dirección de D. Pedro Ruiz de los Paños, entonces Rector del Seminario de Plasencia, en los años 1924 a 1926; el 19 de marzo de 1926 firman la introducción general a la colección y dan por terminado el trabajo. A este esfuerzo tenemos que referirnos siempre, y es la base de todo lo que haga en adelante.
En dos volúmenes se encuentran las pláticas de D. Manuel sobre la Hermandad, en la colección de originales: el 5.º contiene, después de algunas sobre el Papa y el Sacerdocio, 50 pláticas de fecha conocida, sobre la Hermandad; el 6.º abarca las pláticas no fechadas, sobre la misma Hermandad.
Nuestro presente volumen comprende casi todas las pláticas fechadas del volumen 5.º, con exclusión de 11 de ellas, que son más bien notas o esquemas, simples repeticiones de otras ya incluidas.
Siglas
La colección de originales está realizada con un sistema técnico fijo, que hay que respetar, mientras no se decida perfeccionarlo a fondo: para no alterar las citas y facilitar la búsqueda en los originales, hemos conservado las siglas de acuerdo con la ordenación de los mismos originales.
Dentro del volumen 5.º, cada plática o documento figura en los originales con un número: en nuestra trascripción este número aparece en cabeza de página, de esta forma, V.gr. "Plática 5.º-35" seguido del número de página del respectivo documento, excepto en la página inicial de cada uno de ellos, en que no se indica por evidente.
Al extremo de la página, izquierda o derecha, según la numeración, va la paginación corrida de todo el volumen.
"La Idea de la Hermandad"
El volumen "La Idea de la Hermandad", publicado por D. Pedro, en 1936 y reeditado, con pequeños retoques de edición, en 1957, está tomado, casi en su totalidad, del tomo 5.º de los originales, que aquí trascribimos: pero ordenando por materias los párrafos de D. Manuel.
nosotros, conforme al título de "Escritos de D. Manuel", hemos respetado el texto completo de cada plática; creemos que lo que escribió D. Manuel, con sus repeticiones cada año, con su orden e ilación de ideas, era interesante conservarlo.
Claro es que los párrafos de la "Idea", pertenecientes a otros volúmenes de D, Manuel -algunos al 6.º, otros al epistolario, y otros a las Constituciones primitivas- irán apareciendo en los correspondientes volúmenes de D. Manuel y mientras tanto pueden ser utilizados en la edición de la misma "Idea".- Además, "Idea" servirá siempre como presentación metódica e índice de búsqueda.
Respeto al original
Siempre se encuentran dificultades en un trabajo de éstos. No tratándose de edición crítica, las hemos resuelto con sencillez y fidelidad. Bastará decir algunas normas seguidas:
- trascribimos en lenguaje y ortografía de hoy, salvo casos claros de inteligencia;
- la puntuación de D. Manuel es propia de escritos rápidos para ser pronunciados: la hemos respetado normalmente, salvo caso en que nada influía en la claridad del sentido;
- los puntos suspensivos sin paréntesis son de D. Manuel: entre paréntesis indican que D. Manuel deja el párrafo sólo sugerido o sin terminar;
- el interrogante detrás de la palabra, entre paréntesis, indica que la lectura es dudosa; si va sólo el interrogante entre paréntesis, sin referencia a palabra alguna, es señal de lectura no lograda;
- pocas veces y sólo en casos sencillísimos hemos suplido palabras, indicándolo con / /.-
Índices
Damos uno sólo, en el que se indican cronológicamente y por numeración, todas las pláticas incluidas. En un sólo caso este orden cronológico no coincide con el aceptado por los coleccionadores, por un error, al parecer, de lectura; el documento 5.º-41 va detrás del 5.º-63, ya que responde a 1904 y no a 1894, como parece que leyeron.
Un índice alfabético de materias será tarea futura, a la que no nos ha sido posible alcanzar ahora.
Documentos suprimidos en este volumen.-
Han sido los siguientes:
5.º-19 No es sino un esbozo del 5.º-20 (enero 1889)
5.º-20 Es un esquema del esbozo anterior; ambos se encuentran desarrollados ampliamente en el 5.º-21 que damos.
5.º-32 Es un simple memorando de quehaceres en la reunión de 1893.
5.º-44 Es sólo un esquema de ideas ya repetidas. (1895)
5.º-45 En el reverso de una carta, escribe un breve esquema de ideas ya desarrolladas. (1897)
5.º-51 Parecen apuntes de D. Manuel tomados sobre una plática del director de Ejercicios de 1898.
5.º-58 Es la 4.ª plática de 1901, pero sólo contiene recuerdos de ideas a tomar de otros apuntes.
5.º-59 Es un esquema de la 1.ª y 2.ª de 1901, que ya incluimos en los documentos 5.º-55 A) y 5.º-55 B)
5.º-60 Es un esquema de la 5.º-61.
5.º-65 Es un resumen de la 5.º-64.
5.º-67 Sin importancia: son notas de memorandum, de 1908.
Estos 11 documentos suprimidos no quitan, por tanto, ninguna idea al volumen, ya que todos contienen ideas desarrolladas en los que aquí se incluyen, normalmente en el mismo año del esquema.
Presentamos por tanto 39 documentos. El 5.º-55 aparece dividido en 3 partes (A, B y C), ya que son en realidad tres pláticas distintas de 1901, unidas por los coleccionadores como si fuesen una sola.
Con eso aparecen aquí 41 documentos.
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Preparándonos para recibir la declaración de " Venerable", que la Iglesia querrá conceder a D. Manuel muy pronto, la Comisión de Hermandad, al ofrecer este trabajo a los Operarios, lo hace como un homenaje al mismo D. Manuel, y como una invitación a todos para que se acerquen al conocimiento directo de su vida y de sus escritos.
Roma, 12 de Mayo de 1968
Fiesta del Bto. Maestro Juan de Ávila.
La Comisión de Hermandad
Siglas
Igual que en ocasiones anteriores, respetamos el orden de numeración adoptado por los recopiladores de los originales de Mosén Sol. Así, será fácil en cualquier momento el cotejo con el original manuscrito. El número correspondiente al documento va colocado a la izquierda de la página, arriba; por ejemplo, 5---8 significa que el documento pertenece al volumen 5.º con el número 8.
A la derecha de la página, en la parte superior, se coloca el número de paginación corrida.
Roma, 19 de marzo de 1972 (Madrid, 19 de Mayo de 1994)
Escritos I, vol. 5.º, doc. 1
Año 25 del pontificado de Pío IX
- Predicado en Alcover el 2 de julio de 1971
- Predicado en los Dolores (abreviado) el 21 de junio de 1872, 26.º aniversario del pontífice.
- Benasal - S. Pedro - 1886
- Torreblanca -S. Pedro-1889
Si alguna vez, hermanos míos, el orador pudiera encontrarse indeciso y embargado en la elección de alguno de los muchos asuntos que ofrece el dogma, la moral y las bellezas católicas, sería, sin duda, en la ocasión presente.
Dos ideas se agitan en mi imaginación en este momento. Dos objetos alimenta mi alma en este día: cada uno de ellos grato, gratísimo a nuestros corazones Estamos celebrando los ejercicios, esto es, la fiesta continuada del mes del corazón de Jesús, de este corazón centro de la humanidad, manantial de consuelos y de amor para el hombre; y recordamos al mismo tiempo en este día una fecha gloriosa, celebramos un acontecimiento grande, consolador, esto es, un tributo de acción de gracias a Dios por el 26.º aniversario de la exaltación y coronación de aquel que es también centro de unidad, del representante de Jesús sobre la tierra, del padre de todos los fieles, del inmortal y augusto Pío IX.
¿De cuál de estos dos asuntos os hablaré en este día, hermanos míos?
Ya veo que vosotros principalmente, almas piadosas, que cooperáis con vuestro apoyo a sostener estos modestos cultos, y las que venís a derramar vuestro corazón estos días ante Jesús, desearíais que os hablara de las grandezas, de las dulzuras, de los beneficios de este corazón sagrado, sacrificado por el bien del mundo, que os contara la historia de sus finezas, las relaciones, en fin, de este corazón para con Dios y para con nosotros.
Pero, por otra parte, sentiría y sentiríais vosotros también que dejáramos pasar tan bella ocasión de hablar del acontecimiento cuya realización hace un año embargaba todos los ánimos y cuya continuación y repetición es un nuevo milagro mayor aún y no concedido a siglo alguno de los que nos han precedido.
Pues bien, hermanos míos; para no defraudar vuestros deseos y llenar los dos objetos, he escogido un medio , medio que abraza a los dos; y por lo tanto, vengo en este día a haceros ver las analogías, los puntos de contacto, las semejanzas, en fin, que hay entre el corazón de Jesús y el pontificado, sobre todo, del pontificado de Pío IX.
Para desenvolver esta idea necesito los auxilios de la gracia.
Ave, María.
Si alguna vez, hermanos míos, ha tenido que tratar el predicador cristiano asunto de trascendencia, entre los muchos que ofrece el dogma, la moral y las bellezas católicas, es, sin duda, en la ocasión presente.
Dos fiestas, dos solemnidades vais a celebrar hoy. Dos objetos nos reúnen en este santo lugar, y cada uno de ellos, grato, gratísimo a nuestros corazoneS. Celebráis la fiesta del dulcísimo y tierno corazón de Jesús, de este corazón centro de la humanidad, manantial de consuelo y de amor para el hombre; y celebráis al mismo tiempo otra fiesta gloriosa y otro acontecimiento grande, consolador, esto es, tributo del 25.º aniversario de la exaltación de aquel que es también centro de la unidad, del representante del corazón de Jesús sobre la tierra, del padre de todos los fieles, es decir, del inmortal y augusto Pío IX.
¿De cuál de estos dos asuntos os hablaré en este día, hermanos míos?
Ya veo que vosotros principalmente, almas piadosas, que habéis impulsado y sostenido el culto del corazón de Jesús, desearíais que os hablara de las grandezas de las dulzuras, de los beneficios, del amor inmenso de este corazón sagrado, sacrificado por el bien del mundo, que os contara la historia de sus finezas, que os explicara los suaves movimientos de aquella alma santísima, objeto de las complacencias de Dios; de sus afectos con las criaturas, de las relaciones, en fin, de este corazón para con Dios y nosotros.
Pero, por otra parte, siento, y sentiríais vosotros también el que dejáramos pasar tan bella ocasión sin hablar del gran objeto de estos días, del gran suceso que embarga hoy todos los corazones, no sólo de España, sino del mundo entero.
Pues bien, hermanos míos, para no defraudar vuestros deseos, y poder llenar los dos objetivos, he excogitado un medio que abrace a los dos: y por lo tanto, vengo en este día a haceros ver las analogías, los puntos de contacto, las semejanzas, en fin, que hay entre el corazón de Jesús y el pontificado, sobre todo, el pontificado de Pío IX.
De esta manera, hermanos míos, llenaremos el objetivo de esta festividad.
Ave María.
He dicho, hermanos míos, que existen muchas semejanzas entre el corazón de Jesús y el papado, o sea, el pontificado. Y ¿cómo podía menos de ser así cuando esta autoridad suprema de la Iglesia es hija de este corazón de Jesús, es el reflejo de este corazón, la continuadora de su paternal autoridad? ¿el conducto principal de su influencia vivificadora?
Y para probarlo, hermanos míos, sería suficiente ver y examinar los fines que tuvo el corazón de Jesús al venir a este mundo. Los objetos principales de Jesús fueron iluminar los entendimientos enseñando la verdad al mundo, y, en segundo lugar, encender el amor en los corazones.
Al venir Jesús al mundo, hermanos míos, la humanidad había desconocido casi todos las verdades en el orden religioso y moral....
En el orden religioso, hasta la idea de Dios, esta idea luminosa, grabada en el corazón del hombre y que no se puede borrar, estaba oscurecida por la superstición general.
Todas las criaturas, hasta las más asquerosas y repugnantes, habían logrado un trono de divinidad, y habían merecido del hombre el incienso de la adoración. De modo que, según la bella expresión de Bossuet, todo en el mundo, todos los dioses, era Dios excepto el mismo Dios
En el orden moral, las virtudes más comunes eran ya desconocidas, los vicios más repugnantes eran autorizados, el escepticismo y el error dominaban las inteligencias más privilegiadas. Tal era la confusión de ideas que en el orden moral habían introducido las pasiones de los hombres y las sutilezas de los filósofos que el mismo Séneca, que vivía pocos años antes de la venida de Jesús, se vio obligado a exclamar: que era preciso viniera un voz del cielo para poder enseñar al hombre la verdad.
Pero, viene Jesús al mundo, viene el deseado de las naciones, y todo cambia de aspecto.
Aparece ante el hombre y viene, no sólo a restituir con toda su pureza la ley sino también a completarla con la enseñanza de su sublime doctrina y de sus mandatos, elevando el valor y aprecio de las virtudes; reprendiendo las prescripciones que las pasiones del hombre habían introducido en el cumplimiento de los preceptos de Dios, animando al débil al heroísmo de la virtud y del sacrificio, enseñando la verdad a los grandes y pequeños, haciendo el bien; era, en fin, la luz verdadera que había venido a iluminar a todo hombre que viene a este mundo; y pasó haciendo el bien...siendo la luz...
Pero, este oráculo divino no debía permanecer siempre sobre la tierra; debía subir al cielo a la diestra del Padre, de donde había descendido; por lo tanto, su voz no podía ser escuchada por todos los siglos. Y Jesús sabía que así como hasta entonces los errores habían inundado el mundo, así también millones de herejías se levantarían contra la verdad que él había enseñado, que el enemigo de las almas trataría de perder otra vez al mundo, introduciendo la división, el error, negándolo todo; y he aquí que el Divino Corazón de Jesús excogita un medio a fin de que no sea adulterada la verdad enseñada por él; llama a los apóstoles, les da el encargo de ser las columnas de su Iglesia, y tres meses antes de su pasión estando todos los apóstoles reunidos, le dice a Pedro, delante de todos ellos: Mira, hasta ahora te has llamado Pedro, pero de aquí en adelante serás la gran piedra sobre la cual edificaré mi iglesia, y las puertas del infierno ya podrán contra ella. Te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto con tu palabra atares, será atado, y cuanto desatares, desatado, será no sólo en la tierra sino en el cielo. Y tu palabra será infalible, porque te doy el encargo de confirmar en la fe a tus hermanos y al que te oyere; y para que estés seguro de esta promesa, yo estaré con mi asistencia a tu Iglesia hasta la consumación de los siglos.
Y desde entonces, hermanos míos, S. Pedro y todos sus sucesores en esta dignidad, quedaron constituidos fundamento de la Iglesia, continuadores de la verdad de Jesucristo, oráculos de su palabra, órganos de su voz, vicarios, en fin, de Jesús sobre la tierra, para enseñar la verdad, para condenar el error, para dirigir su palabra a los grandes y a los pequeños, a los sabios y a los ignorantes, a los ricos como a los pobres, a las naciones como a los individuos.
Y los romanos pontífices han cumplido este encargo, esta misión sublime en todos los siglos. Y apenas se ha levantado un error en el mundo, se han apresurado a combatirlo, y han reunido concilios, y han formulado cánones para fijar la verdad, e impedir el extravío de las inteligencias que dóciles han querido seguir el camino de la verdad.
Oh, si yo quisiera extenderme en haceros ver cómo ha cumplido su misión el pontificado en todos los siglos, siendo el...
De modo que muy bien puede decirse del pontificado lo que de Jesús dice el Evangelio: es una luz que ilumina a todos los que viven en este mundo.
Y fijándonos principalmente en el pontificado de nuestro glorioso Pío IX, no vemos que ha sido y es la única autoridad que se ha atrevido a decir la verdad al mundo en medio del desorden que agita a la sociedad?
Echad una mirada por el mundo entero. Ved cómo el error multiplicándose en sus diversas transformaciones aniebla y arrastra millones de inteligencias. Y desde el viejo y caduco protestantismo hasta el panteísmo, socialismo y comunismo, y desde los espiritistas hasta los materialistas, todos lo errores han venido a sembrar la división y la confusión en todas las clases, de modo que, hermanos míos, podemos decir que fuera de las verdaderos creyentes, - apenas si hay- una docena de hombres que impulsan de la misma manera en los puntos más trascendentales del orden religioso, moral y social; de modo, hermanos míos, que si no tuviera fe, llegaría a creer que el mundo volvía otra vez al estado brutal de paganismo en los últimos siglos de su dominación en el mundo.
Por esto, sin duda, en este siglo en que se han multiplicado tantos errores, Dios ha permitido que viviera muchos años un mismo pontífice, a fin de que tuviera todos los errores del mundo. Así es que, desde el día de su elevación al pontificado, no ha cesado de clamar por los fueros del derecho, de proclamar la verdad en todas partes. Y si ha sido un emperador de Rusia el que ha abusado de su poder para oprimir al débil, no ha dudado en dirigirle sus amenazas. Y si se han llamado "fenianos" los que han querido subvertir el orden social, a ellos ha dirigido su voz de reprobación, aunque tuviera que arrostrar sus iras populareS. Y si se ha llamado revolución lo que ha tratado de conmover los cimientos de la autoridad, del orden social, de la propiedad, ha hecho descargar sobre ella el anatema de su condenación. Y si han sido los gobiernos supremos los que con sus leyes y disposiciones han atentado contra la santidad del matrimonio, contra la paz de las familias, sustituyendo el derecho humano al derecho de Dios, no ha temido condenar sus disposiciones, apoyado en la sola fuerza de su convicción y de su conciencia.
Pío IX, hermanos míos, ha formulado una lista o serie de errores que se llama sílabo, y lo ha publicado ante el mundo, a fin de que se aparte la sociedad de estos errores, si no quiere caer en el abismo de la degradación y quiere evitar los males que la amenazan.
Ay, cada vez que recuerdo los males de las naciones modernas, cuando leo las descripciones de los horrores de París en estos últimos días, que no son otra cosa que el resultado de las ideas que se han propagado de algunos años a esta parte, según lo confiesan todos, no puedo menos de bendecir la memoria del gran pontífice que ha tratado de ahogar la semilla de estas fatales ideas a fin de salvar la sociedad. Cada día que pasa, a medida que vamos examinando los principios condenados por Pío IX y vemos las consecuencias de ellos, nos vemos obligados a confesar que Dios es el inspirador del pontífice y que sólo él posee la verdad.
No contento con este Syllabus, Pío IX a fin de que nada falte para dar luz de verdad al mundo, reunió, como sabéis, hace poco el gran Concilio Vaticano, llamando a su alrededor a todos los sabios prelados del mundo, y se reunieron en Roma, y aún ahora estarían trabajando allí, estudiando los males de la sociedad, y resolviendo los problemas de su salvación, si una invasión infame no hubiese interrumpido sus tareas y les obligara a suspenderlas.
Lo repito, hermanos míos, el pontificado, lo mismo que el corazón de Jesús, está colocado en el mundo para enseñar al hombre la verdad. Y sin embargo, ya lo sabéis: así como el corazón de Jesús,
Y sin embargo, cuán poco se aprecia y se medita este beneficio; qué sería de nosotros, hermanos míos, en medio de estas opiniones, de tantos errores, de tantas apostasías, aún de personas que por su posición deben enseñar la verdad. Qué sería de nosotros, digo, a quién habíamos de creer para caminar seguros apoyados en la palabra de Dios.
Demos gracias al Señor por este beneficio inmenso, y, sobre todo, por haber merecido nosotros reconocer esta autoridad en un pontífice tan memorable como Pío IX.
Otro de los fines que tuvo Jesús al venir a este mundo fue
no sólo iluminar los entendimientos con la verdad, sino encender también el amor en los corazones. Ignem veni...Fuego, etc. Con qué ansia buscaba, hermanos míos, el corazón de Jesús que los hombres amaran a Dios. Este fue su alimento durante los días de su vida, y, sobre todo, en los años de su predicación.
Esto mismo, hermanos míos, ha dicho el papado. No puedo extenderme, hermanos míos, en detallaros todos los medios de que se ha valido el pontificado para dar gloria a Dios y encender el amor en los corazones. Las consideraciones, etc.
Y fijándonos exclusivamente en el actual pontífice, !cuanto no ha hecho por la gloria de Dios! El es el que ha logrado encender el amor de Jesucristo en esta Inglaterra, que hacía tres siglos estaba sentada en las sombras del protestantismo, y allí ha establecido la jerarquía eclesiástica, y ha multiplicado las Iglesias, y se han fundado millares de conventos y asociaciones de beneficencia, de caridad, de instrucción.
Y en Estados Unidos, en esta rica y floreciente porción del mundo, que en medio de su grandeza y de su lujo parece que no debía tener lugar el amor de la religión, hay ya millones de católicos, en cuyos corazones arde el entusiasmo hacia Jesucristo y hacia el pontificado; y de lo más apartado de sus regiones del Canadá salieron los más entusiastas zuavos. Mirad estos misioneros que van a encender el amor de Dios al Asia, África, a las islas sin nombre de la Oceanía, van al impulso que ha dado Pío (IX) y le piden su bendición.
Y Pío IX no ha cesado ni cesa de excogitar medios de propagar el reino de Cristo, el amor de Dios, pudiendo decir, como Jesús, ignem veni, etc
Si yo quisiera haceros ver, hermanos míos, otras analogías, otras semejanzas entre el corazón de Jesús y el pontificado, cuál fácil me sería: miradlo bajo el punto de vista de las persecuciones. Recordad al corazón de Jesús. blanco de los tiros de los enemigos, durante los días de su vida pública, pero, sobre todo, vedle objeto de odio y de la persecución en los días de su pasión. Y veréis allí a los hipócritas fariseos acusarle ante Pilatos queriendo que perezca, pero no queriendo ser ellos los que le condenen a muerte. Ved allí Herodes...que le mofan y desprecian; ved allí Pilatos que no quieren tener tiempo en examinar si es inocente Jesús, y pretende lavarse las manos en aquel crimen. Y, ¿qué hace en medio de todo esto el corazón de Jesús? Ya lo sabéis, responder con la mansedumbre y la caridad, hablando la verdad.
Al establecer Jesucristo la Iglesia, les dejó por patrimonio la persecución para que apareciera más y más su divino origen y fundación.
Y esta escena de Jesús se ha repetido en todos los siglos, sobre todo, respecto de la cabeza de la Iglesia, del Papa, del Sumo Pontífice.
Ya sabéis lo que sucedió al primer Papa, a S. Pedro, y (a) los 25 que le sucedieron. Todos fueron objeto de persecución del infierno, y murieron mártires. Después de los tiranos, no han dejado de levantarse tempestades. Y (eran) son los herejes los que intentan acabar con la Iglesia de Jesús. Ya han sido los reyes los que se han levantado contra el Señor y su ungido sobre la tierra y la santa Iglesia ha ido siguiendo su camino entre las calmas y tempestades sin que hayan podido sumergirla las continuadas olas de la persecución. Y el piloto de Jesús que ha dirigido esta nave divina de la Iglesia, ha salido triunfante siempre de los embates de sus enemigos. Tal es, hermanos míos, la historia del pontificado.
Pero, ¿ a dónde voy, hermanos míos? Acaso hoy día no vemos repetida esta persecución más aún que en ningún otro siglo? Echad una mirada por el mundo; no hay ni un gobierno ni una nación exclusivamente católica, ninguna hay que le preste su apoyo material, todas parecen haberle abandonado; y las unas, como los fariseos, maquinan su destrucción y su muerte despojándole entretanto de los vestidos exteriores de su gobierno temporal; y otras, como Pilatos, pretenden lavarse las manos y quieren excusarse de la participación de esta iniquidad; y otras, como Herodes, permiten se haga escarnio y burla del pontificado como lo hacían con Jesús.
Y, sin embargo ¿qué ha hecho el pontificado para que merezca tales persecuciones? ¿ qué motivos ha dado el actual pontífice? Ah, hermanos míos. Semejante al divino maestro, no ha tenido más que palabras de amor, de perdón para sus enemigos. No ha hecho más que decir al mundo la verdad. Apenas había subido al solio pontificio, las exigencias de algunos extraviados le obligaron a darles las reformas que le pedían, llevado de su buen corazón; poco tiempo después, y en pago de ello, se veía obligado a emigrar a Gaeta.
En las otras diferentes irrupciones a Roma que ha tenido lugar durante su largo reinado, no ha visto en él más que bondad y caridad para con los prisioneros, para con todos sus enemigos. No hay ni uno que pueda decir un agravio personal del actual pontífice. Recuerdo en este momento aquel pasaje de la Escritura, cuando Samuel anciano, y después que el pueblo había pedido rey, reunió a todo el pueblo de Israel y les dijo: os conjuro delante de Dios si hay alguno entre vosotros que tenga alguna cosa contra mí, que lo diga: si he tomado nada de nadie; si he hecho mal alguno, que lo diga, que yo le repararé. ¿ Hay alguno? Nadie exclamó.
Pío IX podría decir una cosa igual a las naciones, y no sólo a las naciones, sino también a los individuos. Y, sin embargo, ya lo sabéis, se encuentra hoy prisionero, como Jesús, abandonado, solo, pero no sólo, sino apoyado por la palabra de Dios de que las puertas del infierno, etc., y escudado con el amor de millones de católicos que le rodean, ya que no con sus pechos y sus brazos al menos con su afecto y sus corazones, y sus oraciones al cielo en su favor. Por esto, triunfará siempre como triunfó Jesús de sus enemigos el día de su resurrección.
Muchas otras analogías y puntos de comparación podría yo, hermanos míos, iros presentando, pero temo molestar vuestra atención. Porque si me detuviera en analizar cada uno de los actos de Jesús, aparecería en realidad que el pontificado en sus fines y en su objeto, en sus actos, es el reflejo de su corazón.
Ahora bien, pues, hermanos míos; si el pontífice supremo es el vicario de Cristo sobre la tierra, si es el representante de su autoridad, si es el continuador de sus obras, el padre de todos los fieles del mundo; si nosotros somos y queremos ser católicos, hijos de Jesucristo, ¿ qué hemos de hacer hoy? ¿ qué deberes nos impone este carácter de católicos? El de escuchar la voz, el de respetar, reverenciar y defender a aquel que es el que hace las veces de Jesucristo sobre la tierra y al que ha prometido su asistencia.
Y hoy más que nuca, hermanos míos; en otros tiempos en que esta autoridad del Papa no era combatida, ni peligraba, bastaba con creerle sencillamente en el fondo de nuestros corazones. Hoy no basta esto; hoy que se ve abiertamente combatida, no sólo debemos creerlo interiormente, sino que es preciso manifestarlo exteriormente, de lo contrario, apareceríamos como traidores, cobardes en la causa del catolicismo, sería señal de que tendríamos muy apagada la llama de la fe, del amor a Jesucristo, del afecto a nuestra religión en nuestros corazones.
¿ No veis que la impiedad no se avergüenza...?
Hoy no basta, hermanos míos, repito; hoy podemos decir que toda la fe está resumida en estas palabras; o con el Papa o contra el Papa; es la piedra de toque para conocer si uno es verdadero en sí, según el grado de afecto y de veneración, puesto que hoy la persecución principal de los enemigos de la Iglesia se dirige contra su cabeza.
Y no os dejéis arrastrar, hermanos míos, por las difamaciones que se hacen contra el pontificado. Procurad instruiros par contestar a los sofismas y palabras que oiréis todos los días salidas de las bocas de los que intentan desvirtuar la suprema autoridad.
Y oiréis decir que el pontífice es un hombre y no deben hacerse demostraciones en favor de un hombre como cualquier otro. ! Ignorantes! No saben que nosotros al hacer estas demostraciones de regocijo y veneración, no las hacemos en obsequio a Juan Maistai Ferreti (que así se llamaba Pío IX antes), sino en obsequio a aquel que aunque hombre, es el Vicario de Jesucristo sobre la tierra, y su representación, su autoridad, y al que el mismo Dios nos señala con (el) dedo, amenazándonos, para que le acatemos y
reverenciemos.
Hombre era S. Pedro y había sido pescador y débil y perjuro, y sin embargo, fue el primer depositario de las llaves del reino de los cielos, y está destinado a ser juzgador con Jesucristo en el último día de los siglos.
Hombres son nuestros padres y nuestros mayores, y, sin embargo, ¿es esto un motivo para tenerles más amor y más respeto que a los demás, no sólo por e cariño que ellos nos tienen, sino también porque están puestos por Dios para que los respetemos?
Oiréis decir que el pontífice debe ser pobre, porque pobres fueron sus antecesores, y así tendrían más prestigio en el mundo. !Insensatos! Si no supiéramos que sólo...!Hipócritas! Como si no supiéramos que sólo el odio al pontificado les hace decir estas palabras que tienen las apariencias de caridad.
Decidme, hermanos míos, siguiendo la comparación que antes os he dicho ¿qué diríais de un hijo que nada en la abundancia de todas las riquezas, y que su padre pobre le dijera; vos debéis ser pobre porque vuestros abuelos sufrieron la miseria, y si sois pobres nadie os envidiará y tendréis la fortuna de que se os tenga compasión. ¿Qué diríais de tal hijo? Y sobre todo, si ese padre fuese pobre por el mal....
Eso significan las palabras de aquellos que abogan para que el Pontífice no tenga.
El Papa, hermanos míos, puede ser rico o pobre, como Dios quiera permitirlo; pero nosotros, hijos suyos, debemos desear que sea pobre, y tenga independencia, y tenga libertad, para que pueda gobernar con más desahogo; debemos desear que nada le falte y nadie atente a lo que es suyo, y nadie deje de respetar su autoridad. Esto es lo que nosotros debemos desear, como verdaderos hijos. Lo contrario es un falso cariño, una falsa caridad
Además de que, hermanos míos, Pío IX, poco necesita para sí. Para su sustento y su posición, para su persona, le bastaría. hermanos míos, con lo que tendía de su rica y noble familia. Los católicos que queremos que el Papa sea Jefe de los Estados Pontificios y viva en la grandeza, es para que tenga libertad e independencia, es porque queremos que viva con el brillo y la dignidad que conviene al que es padre de los corazones de 200 millones de católicos. Además, hermanos míos, si Pío IX hubiera querido ser rico para sí, poco le hubiera costado. Los gobiernos le han hecho mil proposiciones, le han dado garantías si deja el gobierno temporal, le han asegurado millones para su sostenimiento; pero los ha rechazado todos; ha despreciada estos ofrecimientos de los grandes de la tierra y ha preferido acudir a sus hijos, pidiéndoles una limosna para su sostenimiento, por esto los católicos de todo el mundo le envían sus recursos , le envían regalos, cuanto pueden, a fin de que pueda estar con grandeza y dignidad, y para manifestar a las naciones y a los gobiernos del mundo que mientras haya católicos, para nada necesitamos de la protección de los poderosos de la tierra.
Oiréis decir....
Hoy; pues, demos gracias al corazón de Jesús: 1.º porque nos ha dejado ver... mientras caen... Pidamos que almas....
Debemos también contribuir con sacrificios y oraciones. En tiempo no remoto Pío IX recibía de España muchos consuelos materiales, mediante la organización y el celo de muchos de sus hijos. Aunque circunstancias especiales han trastornado algún tanto esta organización, contribuyamos con nuestro óbolo en cuanto nos sea posible. Si no podemos otra cosa, ofrézcanse oraciones: oraciones y sacrificios, y el Señor los convertirá en bendiciones para la Iglesia y nosotros mismos.
Finalmente, hermanos míos, como hijos agradecidos de la Iglesia, demos gracias al Corazón de Jesús que nos ha dejado presenciar este día que ninguno de los que nos han precedido, pudo ver.
Asociémonos hoy....
Hoy, pues, demos gracias al corazón de Jesús porque nos ha dejado presenciar este día, día grande que ninguno de los que han existido ha visto, puesto que después de S. Pedro ningún pontífice había ocupado tanto tiempo la cátedra de S. Pedro y se creía que nadie llegaría; y que la Virgen ha querido conceder a quien proclamó, la proclamó, ante el mundo Inmaculada.
Asociémonos hoy al concierto armonioso de 200 millones de católicos que felicitan hoy al Pontífice con sus corazones y le envían sus protestas y sus limosnas; no hay ciudad en el mundo, desde París y Londres hasta Washington y Rusia, desde las grandes ciudades hasta las aldeas de la India y de la China; no hay cabaña donde haya católicos reunidos que no hayan celebrado con alegría este acontecimiento estos días. De todas partes se reciben noticias del entusiasmo que se ha desplegado, y las iremos recibiendo de las apartadas regiones de América y de Asia.
Pidamos también al corazón de Jesús que en recompensa de estas oraciones que se le dirigen en favor de este augusto prisionero del Vaticano, abrevie los días de tribulación que pesan sobre él y sobre la Iglesia. El triunfo es seguro; podrá ser éste mismo el que lo vea; podrá tardarse más o menos; pero él es seguro y Pío IX lo acaba de decir; que estamos, etc. No podemos perder que ha triunfado la Iglesia, sobre todo desde hoy debemos estar más que nunca "asidos" a la fe de Pedro, el cabeza visible de la Iglesia para no formar los católicos más que un rebaño con un solo pastor, y guiados por este pastor aquí en la tierra.
Escritos I, vol. 5.º, doc. 2
Predicado en S. Antonio, el 21 de junio de 1877.
Hoy hace 31 años de la (elección) del Romano Pontífice.
Hoy, pues, que el apostolado de la oración celebra este acontecimiento como un tributo de gratitud al Sagrado Corazón de Jesús, examinemos ligeramente para que sea más profunda nuestra gratitud y más espiritual nuestra alegría, examinemos, digo, la grandeza del pontificado católico y la gloria que Dios ha querido conceder al pontificado de Pío IX.
!El pontificado! El divino y amable Salvador, Cristo Jesús, al querer establecer su Iglesia, al trasladar el orden del cielo a la tierra, como sociedad visible y ordenada que había de ser su Iglesia, debió querer construir una unidad visible, un cuerpo exterior en que los miembros admirablemente unidos entre sí, estuviesen estrechamente unidos a la cabeza que los animara y dirigiera.
Debía colocar una piedra angular al edificio santo que debía perpetuarse hasta los siglos.
Debía colocar un pastor universal a la grey, que debía ser conducida al redil del Padre de familias.
Esta cabeza visible, este fundamento, este padre, ya lo sabéis, es el Papa, es el pontificado supremo de la Iglesia católica. A él ha vinculado Jesús la suprema autoridad; a él están unidas las inefables promesas del divino Salvador. Y bien, ¿cuál es la misión que Jesucristo le confió y que guío llenado a través de todos los siglos? La de iluminar al mundo con la luz de la verdad que Jesucristo trajo del cielo; la de encender los corazones que el divino Jesús vino a encender en la tierra; la de ser los propagadores, los defensores y tutores de esta verdad del cielo.
Para comprender la misión del pontificado en el de la verdad.
¿Cuál era el estado del mundo cuando el primer pontífice entró en la capital del mundo para plantar allí la cruz y poner bajo ella el solio de su autoridad que (debía) ser como el faro de donde debían partir los rayos que (debían) iluminar al mundo a través de los siglos? Ah! Muy bien podríamos decir lo que S. León decía a la misma Roma, hablando de la misión de Pedro: Tú, Roma, te considerabas...porque abrazabas todas las falsedades.
Y ciertamente, católicos; en el orden religioso, hasta la idea de Dios, esta idea luminosa grabada en el corazón del hombre, y que no se puede borrar, se había oscurecido por la superstición general.
Todas las criaturas, hasta las más asquerosas y repugnantes, habían logrado un trono de divinidad, y habían merecido del hombre el incienso de la adoración. De modo que según la bella expresión de Bossuet, todo en el mundo era Dios, excepto el mismo Dios.
En el orden moral, las virtudes más comunes eran desconocidas; los vicios más repugnantes eran autorizados; el escepticismo y el error dominaban las inteligencias más privilegiadas.
Tal era la confusión de ideas que en el orden moral habían introducido las pasiones de los hombres y las sutilezas de los filósofos, que el mismo Séneca que vivió pocos años antes de la aparición de Cristo Jesús sobre la tierra se vio obligado a exclamar: que era preciso venir una voz del cielo para enseñar al hombre la verdad que se hallaba ya perdida. Y viene Jesús al mundo, y todo cambia de aspecto, y este Verbo divino... El Verbo divino había venido, en efecto, a enseñar esta virtud, y desde los campos de la Galilea había hecho resonar su voz al mundo. Pero, ah, que este oráculo divino no debía permanecer siempre sobre la tierra; debía subir al cielo a la diestra del Padre.
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Y Pedro, investido de esta dignidad, recorre el universo cumpliendo su ministerio, difundiendo la verdad. Esto es lo hace al principio en Jerusalén y Antioquia, pero como la obra, pero como su obra debía ser universal, y su influencia ha de extenderse a todas las naciones y a todos los siglos, elige para sentarla en suelo más firme que la movilidad del Oriente, y más alto que una ciudad subalterna; va a Roma, y allí planta la Cruz, y bajo ella pone el solio de su suprema autoridad, como faro de donde habían de partir los rayos que debían iluminar al mundo, y desde allí pregona y vela por la verdad. Y los romanos pontífices no han cesado de continuar esta obra a través de los siglos.
He dicho también que otro de los campos del pontificado era, además de iluminar las inteligencias, era propagar el amor de Dios en los corazones , y la extensión de su gloria en el mundo.
No puedo, hermanos míos, extenderme en detallar todos los medios de que se ha valido el pontificado en el celo por la salvación de las almas, y fijándonos tan sólo en los actos del actual pontífice, !cuánto no ha hecho por la gloria de Dios!
El es el que ha logrado extender el reinado de Cristo Jesús en esa Inglaterra. El ha visto en esa Oceanía, en esas islas abandonadas crecer la verdad católica . El, en medio del abandono general de las naciones europeas, ha visto renacer, gracias a su constancia, a sus ejemplos, un fervor desconocido en los corazones de los fieles; y allá en las apartadas regiones de la India, y medio de los pueblos...recibir en su regazo pueblos enteros. A la sombra de ese cayado, ¡cuántos intereses de Jesús no han aumentado! ¡Cuántos bienes de gracia se han recogido! ¿Dónde voy? Hoy mismo, ¿ qué son esas alocuciones, todas ellas admirables, que dirige casi diariamente a los peregrinos, sino centellas que se transmiten al corazón de los fieles, y de ellos a todo el mundo?
No es extraño, pues, en medio de las pruebas a que Dios ha sometido los días de su pontificado, le haya adornado de triunfos y glorias imperecederas, glorias que son nuestras , y por ello damos gracias a Dios que nos consuela y quiere llenarnos de una santa e indecible satisfacción en medio de las angustias que nos permite.
Yo me complacería, hermanos míos, en extenderme en estas glorias (que son nuestras); pero las habéis oído ya magníficamente descritas en estos últimos días, y, por otra parte, tendría que traspasar los límites del tiempo dedicados a estas sencillas pláticas. Yo me extendería en haceros ver los monumentos levantados o promovidos por el pontificado actual; el impulso dado a las artes, a las ciencias, a la civilización verdadera al calor de este pontificado. Y todo esto es para nosotros un motivo de santo orgullo.
Y hay en todo esto.
Ahora bien, pues: qué efectos pueden producir en nosotros estas consideraciones? Qué sentimientos deben animar nuestro corazón sobre todo hoy día.
En primer lugar, hermanos míos, si el Pontífice sumo es el Vicario de Cristo sobre la tierra, si es el continuador de su obra, si es el que vela por las verdades.
Además, hermanos míos, debemos llenar de santa alegría nuestro corazón. Mientras caen tronos y dinastías y desaparecen imperios, mientras las sectas y partidos se suceden la maquinaria espiritual del pontificado sigue su marcha sobre el mundo entre olas de todas las tempestades, y esto nos afianza a nosotros en la fe de que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.
!Desgraciados hijos de la impiedad! que están destituidos de esta fe, de esta confianza, que en cada época creen ver la muerte del pontificado; cuánta intranquilidad de espíritu debe causarles tanto desengaño! Y nosotros poder desafiar a esta impiedad, apoyados en las palabras de Jesucristo. /Cuánto/ consuelo deben causarnos estos anuncios.
Es verdad que las vicisitudes de este pontificado han amargado muchas veces nuestros corazones. Desde el día que subió al trono pontificio y a los dos meses ya /se/ vio obligado a emigrar hasta los acontecimientos de Mantua; y desde las...hasta la invasión nefanda del 20 de septiembre /de/ 1870, desde cuya fecha se le tiene cautivo; desde las sectas...cuántos suspiros y cuántas temores han oprimido los pechos católicos /y( exhalado sus corazones. Cuántas oraciones y súplicas han tenido que elevarse al cielo bajo la presión del sentimiento. Pero, sin embargo, hermanos míos, en medio de todo, cuántos consuelos nos han proporcionado en el Señor, en este pontificado y que son un triunfo verdadero. ¿Acaso no han recompensado con usura todas nuestras amarguras?
Cuántos acontecimientos consoladores hemos presenciado que los siglos anteriores habían pensado conocerlo.
Nosotros hemos visto declarado el dogma de la Concepción Inmaculada, por cuya idea tanto habían suspirado nuestros padres. Nosotros hemos visto reunido un Concilio general que, 300 años hacía, el mundo no había visto, y tuvimos el inefable consuelo, antes de suspenderse las sesiones, ver definido el dogma de la infabilidad que era el suceso vivamente ansiado por nuestros antiguos teólogos españoles en sus cien combates contra el galicanismo. Nosotros hemos asistido a la consagración del mundo al S. Corazón de Jesús, que ha coronado los esfuerzos y los suspiros de las almas amantes de dos siglos a esta parte.
Hemos presenciado estos hechos universales, que cada uno de ellos los podía llenar un pontificado; la reunión realizada por tres veces del episcopado alrededor del Vaticano; esa unidad de sentimientos del episcopado y que ninguna época vio; esas romerías asombrosas a Roma que son el terror de la impiedad; ese entusiasmo indescriptible por el Pontífice sumo que conmueve hasta los más apartados rincones de la India.
Y sobre todo, hermanos míos, hemos /visto/ ese acontecimiento que ninguno de los siglos anteriores pudo presenciar, y que todos ellos casi creían inesperable...el hecho de la prolongación más allá de los días de Pedro en la cátedra santa, cuyo nuevo aniversario nos presenta el Señor en estos días; todas estas no son más que motivos de consuelo.
No se aprecia el bien sino cuando se pierde. Tal vez para muchos católicos pasen menos apreciados muchos de estos hechos; pero, ah, las generaciones que nos sucederán, al fijarse en esta segunda mitad del siglo XIX, en medio del pasmo que les causará ese abandono general de gobiernos respecto de las Iglesias, nos tendrán envidia por haber merecido saludar la aurora de tan sorprendentes y hermosos días, de haber asistido a tan gloriosos acontecimientos.
Sí, una alegría santa, repito, debe conmover nuestros corazones. y como el apóstol, podemos exclamar: superabundo gaudio in omnibus tribulationibus meis. Superabundamos en gozo en medio de todas nuestras tribulaciones.
Escritos I, vol. 5.º, doc. 3
Treinta y un años de pontificado -gloria sea a Dios- empieza a cumplir hoy el glorioso anciano a quien ha puesto él para Jefe de su Iglesia, y a quien sin duda, para altísimos y misteriosos fines, concede tan dilatada existencia.
Vive, y no como se vive comúnmente a tan avanzada edad, no como viven las ruinas, mero testimonio de pasadas grandezas, sino como artillado baluarte en cuyos viejos muros ondea sin rendirse la bandera vencedora en cien combates.
Vive, y !cómo vive!; os lo dirán casi todos los gobiernos de Europa, todos los periódicos revolucionarios, todos los clubs de la impiedad; vive para tenerlos en continua zozobra, para ser el fiscal constante y severo de todos sus actos; para salirles al paso y oponerse como barrera de hierro a todos sus planes y arrogancias.
Vive, obligándoles a que cuenten con él, a le teman, a que le odien e insulten. Vive, es señal del poderoso vivir, obligando a los malos a que deseen su muerte por si logran callar esta voz importuna. Vive para ser el orgullo y el consuelo de todos sus hijos.
Así vive el Papa: bendigamos nosotros esta vida preciosa, y agradezcamos continuamente al cielo el favor que nos dispensa otorgándola en todo su vigor y plenitud. Así exclamaba en ésa un católico de nuestros días.
Y al mismo tiempo, -es hoy más día memorable- la fiesta del Apóstol S. Pedro, del primer pontífice, de la piedra angular de la Iglesia católica, nuestra madre. Es el día en que con motivo de esta fiesta la Iglesia nos repite aquellas palabras de consuelo: et portae inferi non praevalebunt adversus eam. Es un día muy propio para considerar la felicidad que tenemos de ser católicos, de habernos dado Jesucristo la seguridad de esa piedra del pontificado.
Es día propio para hablaros de las grandezas de este pontificado para que nosotros le honramos y veneremos. ¿De cuál de los dos asuntos os hablaré? De la presente festividad, alegrándonos con las glorias de nuestra Madre la Iglesia.
Escritos I, vol. 5.º, doc. 4
El papado, felicidad de los que creemos.
Consuelos que nos da el pertenecer al Papa.
Glorias del Papado. Luz. Guía. Todas las glorias del mundo.
Sobre todo, haber vivido en el pontificado de Pío IX.
Ha iluminado. He corregido. Ha fomentado. Las ciencias. Las artes. La religión..
Escritos I, vol. 5.º, doc. 5
SERMÓN DE MISA NUEVA
- Predicado en la Purísima el 21 de febrero de 1870
El misacantano es D. Buenaventura Pallarés.
- Predicado (añadido y variado) en Santa Clara el 19 de marzo de 1876. Misacantano: D. Juan Sol y Domingo
- El 22 de mayo de 1883; Misacantano: D. Ramón Cueto
Si yo tuviera que dirigirme , Señores, a un auditorio prevenido contra la dignidad e influencia bienhechora del sacerdote católico, no dudaría en extenderme en largas consideraciones para exhibir los títulos que escritos en monumentos imperecederos tiene para merecer el aprecio de la sociedad.
En días más felices, cuando el sentimiento católico era el único que vivificaba los corazones y la fe, era el único faro que dirigía la sociedad, al orador encargado de dirigir su voz en algunas de estas solemnidades, le bastaba trazar al nuevo sacerdote su grandeza misteriosa y recordarle que en calidad de sacerdote ya no era hombre, no cumplía una misión de hombre, sino que su ministerio era divino, su misión celeste y que por medio de la misión sagrada que recibiera en su ordenación se había convertido en otro Cristo sobre la tierra.
Pero, hoy que se desprecia/n/ estos títulos y se le disputan los que se le deben como institución humana, como si no /fuera/ más que un cuerpo digno de la burla y del desprecio, ¿cómo no dirigir un mentís a esta porción ignorante y descreída?
Si me fuera dable, Señores, presentar a vuestra vista los servicios todos prestados a la humanidad por esta institución, si me es lícito hablar así, y sin considerarla siquiera bajo el prisma de la fe y de la religión, sin duda que os sorprendería que haya todavía ciegos voluntarios que se empeñan en cerrar los ojos a la luz que despide y ha despedido en todo tiempo el sacerdocio católico, a la luz de civilización que despide y ha despedido en favor de la sociedad.
No; me bastaría presentar a su vista la revolución sublime llevada a cabo hace diez y ocho siglos por los primeros sacerdotes, y a cuyo impulso recibió un sello divino la hasta entonces degradada sociedad. La imaginación no puede formarse por sí sola una idea cabal del estado deplorable de la sociedad, en el orden religioso, moral y social. La mujer, el hijo, la familia formaban un cuadro de seres desgraciados, víctimas de las leyes más opresoras, del despotismo del más fuerte, faltos de unidad, de vínculos, de principios, y, por consiguiente, de verdadero bienestar. Todo en aquellas naciones era vértigo, fanatismo, barbarie, sangre, como lo son hoy las naciones donde el sacerdocio no ha tenido la dicha de implantar sus doctrinas.
Pero, he aquí que doce pobres sacerdotes, al impulso de la palabra creadora del divino Maestro que les había dicho: id y enseñad a todas las naciones; id y no os arredren las dificultades de los idiomas, ni las diferencias de costumbres, ni los esfuerzos de los poderes de la tierra, no preguntéis el curso de los ríos ni la dirección de las montañas, avanzad como van las águilas, como van los ángeles. Y estos hombres se dirigen cada uno a los puntos marcados por la providencia y esparcen con su palabra y sus sudores y sacrificios la semilla que se les había confiado; y bien pronto el mundo presencia un espectáculo, el más sorprendente, el más magnífico de cuantos menciona la historia.
El género humano se levanta de su postración en que se halla sumido, como quien despierta de un profundo sueño; las supersticiones se ocultan, por doquiera se admira una variación prodigiosa en las ideas y en los pensamientos, en las creencias y en las costumbres; nace, en fin, la civilización verdadera, la civilización católica. ¿Quién ha podido realizar una mutación tan súbita? ¿Con qué arte, con qué fuerza mágica se ha llevado a efecto? ¿Quiénes son sus autores? Unos pobres sacerdotes que anunciaron al mundo unos dogmas y unos preceptos que los hombres ignoraban. Y en vano ya los tiranos del imperio se levantaron contra esos héroes para arrancar del mundo esta civilización: porque ellos han dejado ya sucesores suyos, y estos nuevos sacerdotes acabarán la obra comenzada.
Y, en efecto, católicos, pasada la tempestad horrible, de los siglos del martirio, el sacerdocio continuaba su augusta misión, dando a los pueblos un impulso uniforme hacia su destino, inculcando al hombre la moral divina que determina clara y positivamente los deberes del individuo, del padre de familia, del ciudadano, del magistrado, de los gobernantes, de los ricos, de los pobres; los santos Padres /difunden/ por todas partes torrentes de luz, llenando al mundo con sus escritos, cuando he aquí, Señores, que un nuevo cataclismo amenaza la sociedad.
Una inmensa horda de salvajes, como las olas del mar se empujan y se lanzan contra los pueblos: siembran el incendio y la desolación por todas partes, y ante su piqueta demoledora caen los monumentos de cien siglos, y la Europa entera se ve amenazada de volver otra vez a la abyeción y la barbarie; pero, !ah, no; el sacerdocio católico no abandona su puesto; y se presenta ante la falange de estos hombres, y detiene su paso, y les impone respeto, y los obliga a purificarse con el agua del bautismo, y les inculca la idea del derecho, del respeto a la propiedad, del apego a la familia, y salva del aquel impetuoso torrente las riquezas artísticas y literarias que hubieran perecido indudablemente, formando, en fin, de estos hombres, instrumentos de nueva civilización.
Y pasan unos siglos; y merced a las guerras intestinas de potentados...parece que la ciencia y con ellos la civilización sufre un eclipse fatal; y el sacerdocio entonces se retira al santuario de la soledad y del estudio, y allí recoge los restos de conocimientos y salva las bibliotecas, y animado con el celo y el deber...Y, sin embargo, Señores, esta institución, permitidme os repita esta palabra, que cual ninguna puede ofrecer tantos títulos al respeto de Europa, de la sociedad, del mundo entero, es la que más -qué digo- la única que hoy se encuentra combatida, y por muchos que deben a ella lo que son, y a la que deben también las pocas verdades consoladoras que en medio de su ciega apostasía y vergonzosa degradación, puede darles idea de su dignidad y aliviar su corazón.
Tú, hermano, has pisado las gradas del Santuario cabalmente en los días en que en antros tenebrosos se nos ha jurado una guerra de calumnia y de desprecio, tal vez de exterminio; no temas; no es más que la repetición de aquella palabra proferida: recuerda que es anuncio de Jesucristo; y este grito es el pronunciado por Juliano contra el galileo, repetido por el odio satánico de Voltaire en los últimos tiempos; aquellos hombres han desaparecido; el sacerdocio católico vive; y cuando esta sociedad extraviada cansada de los principios y de los sistemas, que apartados de la fe, han ido ensayando, no encuentran en ellos, como no podrán menos de encontrar el malestar profundo, una inquietud permanente, y cuando recuerden las verdades católicas, volverán a buscarnos a nuestros templos y a ofrecernos el ósculo de paz y de reconciliación.
Entretanto, hermano mío, al presentarte ante esta sociedad revestido de caridad y de la abnegación, recuerda que, como ha dicho un letrado sabio y piadoso de nuestros días, en medio de ella /hay/ dos ocultos defensores nuestros a saber, la desgracia y la muerte; aprovecha estas armas amigas para volver a los extraviados al redil de Jesucristo.
Pero tal vez os haya molestado, Señores, y vuestros piadosos oídos deseen otras reflexiones para avivar vuestro corazón; y cúmplenos el indicar a grandes rasgos también, la grandeza del sacerdocio bajo el prisma de la fe, de la religión.
Bajo dos aspectos podemos considerar esta grandeza: por su dignidad y poder, y por su ministerio.
!Su poder!, he dicho: qué lengua humana podrá ponderar la eminencia del sacerdocio, aunque todo por bondad y gracia de Dios. ¿Queréis ver algo de esta alta dignidad? Miradle sobre el altar; pues allí es el embajador de Jesucristo, su vicegerente sobre la tierra, o, más bien, es otro Jesucristo; según las palabras profundas de un Padre de la Iglesia; sacerdos est alter Christus, pues tiene su poder sobre el mismo cuerpo de Jesucristo. !Qué grandeza y qué poder!
Grande sin duda era el primer hombre, que constituido rey del universo, dominaba todas las criaturas y a /su/ voz poderosa obedecían todos los vivientes de la tierra.
Grande era Moisés cuando con su mágica palabra dividía las aguas del mar, y entre sus suspensas moles abría paso a todo un pueblo; grande era Josué, cuando al impulso de su fe y de su celo, señalaba con su dedo al sol para que se detuviera en su marcha , y el sol lleno de respeto suspendía su carrera.
Grande también es la perspectiva que nos ofrecen estos genios (?)de la historia que acaudillando ejércitos poderosos, hacen temblar al mundo al sólo eco de su nombre.
Sin embargo, católicos, hay un ser todavía más grande que todos ellos. ¿Lo dudáis? Suponed por un momento, señores, que aparece aquí ente vuestros ojos, un personaje desconocido que hendiendo los aires, se eleva por sí mismo sobre las nubes, penetra los cielos y atravesando con paso firme y mirada desdeñosa por los coros de los serafines se acerca hasta el trono del Eterno y descorriendo con su mano la misteriosa cortina tras la cual se esconde ese foco inmenso de la claridad de Dios, le dice al Hijo del Eterno: Monarca de los mundos, desciende de tu trono y sígueme; y el Verbo de Dios enmudeciendo a aquella palabra poderosa, dócil a aquella voz irresistible, siguiera en medio del pasmo y asombro de las inteligencias angélicas, ¿qué concepto formaríamos, señores, de este hombre extraordinario? Pues, según los principios de nuestra fe, hermanos míos, este hombre es el sacerdote: Dios ha atado su palabra a la voluntad de este hombre.
Pues, ¿no veis cuando en esta montaña misteriosa del altar y entre las nubes y el aroma del incienso, y en medio de una devota y recogida asamblea, y profiere unas palabras secretas, misteriosas?
Pues, en aquel momento abre el cielo, la omnipotencia de Dios transustancia aquel pan, y el Verbo de Dios toma carne en las manos de este hombre, más poderosas que los reyes y que los ángeles y que la misma Madre de Dios; pues pude decirle con verdad: Jesús, hoy eres mi Hijo, puesto que te he engendrado; hoy eres mi víctima; y el sacerdote eterno ha obedecido al sacerdote del tiempo; el creador se ha inclinado ante la criatura; el hombre Dios ha obedecido a un débil mortal; esta víctima se deja inmolar por dicho hombre, colocar donde él quiere, dar a quien él gusta.
!Qué prodigio! Quién es, repito, hermanos míos, este hombre según la fe. Es, ya lo sabéis, el sacerdote católico.
¿Queréis ver todavía otro rasgo más de la bondad de Dios en favor de la dignidad del sacerdote? y todo ello para nuestro bien.
Mirad un alma arrastrada por sus pasiones... cae en pecado y en desgracia de Dios; una barrera inmensa se interpone entre Dios y esta alma, los cerrojos del cielo se cierran fuertemente; y esta alma esclava del demonio, no tiene otro camino ni le queda otro destino que una perdición eterna. ¿Quién podrá rehabilitar ya esta alma? ¿Quién podrá devolverle los derechos perdidos? ¿Quién podrá romper esta muralla de bronce que la separa de Dios? ¿Quién por fin, podrá romper estas cadenas con que se encuentra aherrojada y en poder del enemigo?
Es inútil, hermanos míos, que llaméis a los ángeles y arcángeles; nada podrán contra el enemigo que reside en el corazón de este ser desgraciado; nada podrá el valimiento de los santos y aún de la misma Madre de Dios, a no ser que sea la intercesión, para arrancar de su alma ni el ligero peso de un pecado venial; triste posición, hermanos míos.
Pero, no temáis, hermanos míos; La Providencia de Dios ha puesto sobre la tierra un embajador poderoso; y arrebatará con su mano del trono mismo de Dios el decreto de exterminio, y romperá los cerrojos de las puertas del paraíso y separará esta montaña...que le tiene separado del camino de su felicidad, y levantará con el poder de su palabra el sudario de plomo que pesa sobre su alma, haciéndola hija de Dios siempre que...
¿Lo dudáis, hermanos míos? Pues Dios tiene empeñada su palabra que no puede retirar todo poder se os ha dado en /el / cielo y en la tierra cuanto atareis con vuestra voluntad sobre la tierra, atado permanecerá en el cielo, y cuanto en la tierra desatareis, no podrá atarlo ya el cielo; de modo, hermanos míos, que la mano de Dios se ve obligada a suscribir la sentencia del sacerdote, si el alma acude a él con las disposiciones debidas y el espíritu de humillación.
!Beneficio cariñoso de la bondad de Dios! Sublime prerrogativa para el que se encuentra revestido de ella, también por la bondad de este Dios! V, hermano mío...
Y si la consideración de este poder y de esta dignidad con que el cielo ha enriquecido al sacerdocio para nuestro bien, quisiéramos detenernos en detallar la belleza sublime en los actos de su ministerio, a los que le designa la Providencia, !ay! entonces, sí que podemos decir que él es el ángel deputado por Dios para el bien de la humanidad!
Consideradle, hermanos míos, presente a todas las necesidades del hombre; y de la sociedad, cómo advierte todos sus peligros; inseparable de todos, de sus dolores y amarguras.
Viene el hombre a este mundo: hijo de Adán prevaricador; lleva en sí el estigma del pecado y la....
Y el sacerdote se apresura a recibirle, le purifica con el agua saludable, le constituye hijo de Dios, y ungiéndolo en su cuerpo lo diviniza y lo eleva a los ojos del mundo haciéndole mirar desde entonces sagrado, digno de respeto y /del/ cuidado.
Al despertar de la razón, como viajero extraviado, tiene que recorrer los peligrosos caminos de la vida, y preguntarle: ¿ de dónde vienes? No lo sabe. ¿A dónde vas? Tampoco. ¿Qué camino debes tomar? Mucho menos. ¿No habrá una mano cariñosa que le dirija? Y, !ay!, sí, el sacerdote guía fiel, que toma de la mano al joven viandante y le enseña la nobleza de su origen, y le señala su destino y su fin, y le marca la vereda segura de su viaje sobre la tierra y cuyo término es la feliz inmortalidad.
Llega a la edad de sus pasiones: su imaginación inquieta va en pos de una felicidad ideal; y esta felicidad, la felicidad no puede conseguirla sino a fuerza de valor, de sacrificios, de abnegación
y con riesgo constante de ser arrastrado por las ilusiones de la juventud; y el sacerdocio le advierte los peligros, ilumina sus pasos, y le fortifica con un alimento divino para llegar con él a la cumbre del heroísmo, del triunfo de sus pasiones, de la verdadera felicidad.
Feliz el hombre que no desoye sus consejos de salud que aquel le proporcione.
El sacerdote es el que. Y si cae...
..............espiritualiza.
El sacerdocio es el que repara en sus caídas, el que levanta en su abatimiento; él es el que...y engrandece la unión conyugal, por medio de su bendición santa ennoblece los sentimientos; él es...pero, cómo seguir, señores, los pasos del sacerdocio, los sentimientos que inspira, las virtudes que hace producir con su palabra y su ejemplo.
Y llega, por último, al término de su peregrinación; y este sacerdote que le recibió... no le abandona: semejante a aquel misterioso /ángel/ de S. Juan con un pie en el tiempo y otro en la eternidad, le toma en sus brazos para que atraviese fácilmente el paso peligroso del tiempo a la eternidad; y aún entonces no le abandona y hace resonar el eco de su voz a los habitantes bienaventurados para darle compañía hasta el tribunal de Dios y no abandonarle hasta introducirle en la feliz Jerusalén.
Pero, trasladados al momento crítico y supremo del hombre: viajero durante los días de su vida, he llegado para él /el/ momento de pasar el....; va a sonar su hora; y aquel mismo sacerdote que recibió al hombre en su ingreso en la vida, que le sostuvo en el curso de la misma, que le levantó en sus caídas, que vigiló sus pasos, no le abandona tampoco en el trance supremo; cual aquel ángel misterioso de S. Juan, apoyado un pie en el tiempo y otro en la eternidad, le toma en sus brazos al atravesar...y desplegando todo el aparato de su poder y echando mano de todos los tesoros de la misericordia de Dios se dirige a los habitantes de la mansión sublime y conjura a cada uno por su nombre a que salga al encuentro de su hermano moribundo, y en medio de esta imponente y magnífica comitiva, el cristiano va a pisar los umbrales de la eternidad.
¿Qué podrá temer en tal momento?
Pero todo concluyó ya; acabóse la lucha; partió el desterrado; un yerto cadáver es cuanto queda en él en este mundo. !Ha muerto! En esta ocasión la sociedad no tiene para dar sino inútiles consuelos y lágrimas impotentes y estériles. Pero la religión, por medio del sacerdocio, todavía puede hacer resonar allá el eco de su voz cariñosa; tiene oraciones y preces y auxiliares poderosos que llevados en alas de la fe, acompañarán al viajero hasta el tribunal de su juez, y no cesarán de elevar su voz suplicante hasta conseguir que ingrese en la eterna Jerusalén.
He aquí, católicos, aunque a grandes pinceladas, los beneficios que en el orden de la fe hemos recibido de la mano de Dios, por medio del sacerdocio. Y al asociarnos hoy a esta fiesta, démosle gracias a Dios por el nuevo beneficio que nos dispensa y pidámosle bendiciones para él y para el sacerdocio todo; porque, mirad, hermanos, si es el mayor de los favores de Dios la existencia del sacerdocio en medio de la sociedad, así sería el mayor de los castigos si el Señor nos lo arrebatara; por esto, según la creencia católica en los últimos días desaparecerá, al menos, puesto que faltará entonces la hostia y el sacrificio; y entonces será cuando Dios no teniendo ya víctima que le detenga su brazo, lo descargará sobre la tierra [?] con aquellas plagas anunciadas que serán /el/ principio de su destrucción.
Agradezcamos, pues, a Dios este beneficio, aprovechándonos de su ministerio y sea un lazo que nos una más a la voz de la Iglesia por medio de la fe y de la caridad.
Y, tú, hermano mío, has visto ya tu poder y tu misión divina: misión, hermano mío, superior a tus hombres;
???? hombros?? y aunque fueran los de un ángel; pero si la vocación, el celo y deseo de la gloria de Dios son motivos para tranquilizarnos, puedes abrigar la confianza de poseer por la gracia de Dios todas estas cualidades.
Acércate, pues, ya al altar; y empieza tu ministerio por el más sublime de tus actos; y cuando poseas en tus manos la víctima divina, lanza una mirada al mundo y a las necesidades que te rodean.
Mira esta Iglesia católica nuestra madre, atribulada y perseguida en tantos lugares; mira nuestra hasta hoy católica España, dominada del vértigo de una impiedad hasta hoy desconocida; mira tantos extraviados de la fe de nuestros padres; una bendición, pues, para ella en este día.
Pero hay todavía otros objetos caros a tu corazón que deben llamar hoy tu atención.
Ruega, pues, por este tu padre, a quien después de Dios eres deudor de tu ser y tu carrera.
Ruega también... pero, !ay!, hermano mío, un lugar encuentro aquí vacío, es el lugar que debía ocupar una madre cariñosa que no existe ya; no puede asociarse a tu dicha en este momento, pero ¿qué digo? Sí, levanta los ojos de tu fe y contémplala desde el cielo sonriendo dulcemente a la gloria de esta festividad. Quién sabe, hermano mío, si el último beso que imprimió en tu frente fue un acto de consagración a Dios de tu corazón y de tu vida, y hoy está recibiendo el agradable fruto de su sacrificio.
Sea, pues, hoy también la primera en tu oración.
Ruega, también por estos tus padrinos que hoy ocupan el lugar de /tu/ madre, por tus hermanos y parientes; ruega por otros objetos queridos, que distantes hoy con el cuerpo, están unidos hoy a ti con el espíritu.
Por esta padrina que ocupa hoy el lugar de 2.ª madre sobre la tierra y de quien eres objeto de cariños especiales.
No te olvides tampoco en este día de nuestro inmortal, Pío IX, a fin de que vea el triunfo de la Iglesia. Una súplica también por nuestro querido Prelado, que hoy se ve precisado a celebrar sus días separado de sus hijos y por el bien y provecho de ellos.
Ruega, en fin, por esta Comunidad que tanta parte ha querido tomar en tu alegría; ruega por este piadoso auditorio que te acompaña con el corazón; ruega por /todos/ a fin de que unidos ahora con el cariño y al....de estar destinados.
Escritos I, vol. 5.º, doc. 6
Mis hermanos en el Señor:
Cuando el mundo materializado parece haberse hecho extraño a todo entusiasmo religioso; cuando las palabras humanas parecen desencadenadas contra toda idea de grandeza en el orden espiritual; cuando nuestros oídos escuchan el bronco grito de los descendientes de Adán que no cesan de repetir, como en otro tiempo, el exterminio del templo y del altar; cuando los robustos fundamentos de nuestra fe santa crujen a impulso de los rudos ataques que el error descubierto o enmascarado no cesa de dar a esta obra del Excelso; !cuán dulce, cuán grato y consolador debe ser para los corazones católicos el ver un nuevo ministro del Santuario que viene a acrecentar el número de esa desmembrada tribu de Leví, y a consagrar a Dios las primicias de su ministerio! !Cuál no debe, ser nuestra gratitud para con Dios, pues el dejarnos repetir estos acontecimientos nos recuerda la juventud siempre lozana de la Iglesia católica, y nos afianza de que jamás las puertas del abismo podrán prevalecer contra ella!
No hay duda, oh nuevo sacerdote; tú eres objeto en este día de una escena que por lo grandioso y tierno que ella encierra, debe producir afectos dulces, suaves emociones, y lágrimas de júbilo inexplicable a cuantos te honran hoy con la asistencia a este grandioso acto de nuestra religión santa. Tú vas a recordarnos hoy la dignidad grande que el Señor nos ha dejado sobre la tierra para bien de la humanidad. Es verdad que vas a subir las gradas del santuario.
Tú vas a recordarnos la misión sublime que el divino Jesús en sus bondades inagotables ha querido confiarte para el bien de los corazones; tú vas a ser continuador de esa cadena de seres privilegiados que la providencia divina va escalonando a través de los siglos para que continúen su obra sobre la tierra.
Y he aquí indicados, hermanos míos, los motivos de júbilo, de santa alegría que aún en medio de los tiempos que atravesamos deben producirnos estas solemnidades.
Obligado yo, pues, a deciros dos palabras sobre estos motivos, ninguna idea ha parecido tan propia como la del Apóstol S. Pablo cuando hablando del sacerdocio de Jesucristo y del sacerdocio de...dice: Omnis Pontifex... Todo sacerdote tomado o elegido entre los hombres, es constituido para bien de los mismos hombres en aquello que es relativo para que ofrezca sacrificios y dones por los pecados, y pueda condolerse de los ignorantes y de los que yerran porque él está rodeado también de enfermedades. Y, por lo tanto, nadie debe arrogarse este honor sino aquel que es llamado como Aarón.
He aquí, pues, indicada la grandeza y el poder, la misión y el destino del sacerdote católico, todo por la bondad de nuestro Señor Jesucristo: de ser guía y camino (?) del pueblo cristiano, ofrecedor de dones y sacrificios y reconciliador de la humanidad con Dios.
Para la explanación de estas sencillas ideas imploremos la gracia.
Cuando el pueblo de Israel esclavo en medio de Egipto levantó sus ojos al cielo, el Señor determinó liberarles de aquella triste esclavitud en que gemía y conducirles a la tierra que había prometido a sus Padres, e inundarlos allí de todos los bienes.
Pero, !ah! que este pueblo necesita un guía que le condujera en aquella difícil expedición, y le señalara el camino; necesitaba de un sacerdote que supiera ofrecerse a Dios en holocausto en medio de sus defecciones; un padre, en fin, que soportara las ignorancias y rebeldías de aquel pueblo. Y les da el Señor a Moisés; y este hombre, poseído de los sentimientos dignos de aquel cargo, sostiene sus debilidades, se asocia a sus penas, y cuando este pueblo inconstante y ligero olvida los portentos que el Señor está obrando en favor de ellos, y llega hasta adorar a los dioses extraños, la justicia de Dios quiere aniquilarlos; pero Moisés levantando las manos al cielo, aplaca la ira de Dios, y atrae su misericordia para aquel pueblo.
Ahora bien, hermanos míos; desde el día del primer pecado la humanidad gemía bajo la triste esclavitud del pecado y de la muerte, desterrada de su patria Dios quiere conducirla otra vez al camino del cielo y restituir para los hombres los títulos de hijos de Dios que habían sido borrados; pero la humanidad necesita para ello una víctima agradable que satisficiera por aquel pecado, un guía que les enseñara el camino que había olvidado. Y envía a su Unigénito al mundo, le reviste de nuestra carne. Y este Verbo humanado se ofrece víctima por medio del padecimiento y señala al hombre los caminos del bien.
Tal es el Pontífice que nos convenía, dice el Apóstol, que pudiese compadecerse de nosotros, ofreciéndose a sí mismo de una vez para siempre.
Pero, !ah! que la obra que el divino Salvador lleno de amor, había venido a cumplir sobre la tierra, debía continuarse hasta la consumación de los siglos; y él, sin embargo, debía subirse al cielo; y los hombres esparcidos por toda la redondez de la tierra, y durante todos los siglos, ¿cómo recibir el fruto de su venida?
Y he aquí excogita el medio de vincular su poder, su gracia a los hombres; y escoge a doce hombres /pecadores/ y les dice: todo poder se me ha dado en el cielo, en la tierra; así como mi Padre me ha enviado os envío yo a vosotros; id, y enseñad a todas las gentes, enseñándoles cuanto os he mandado (que es el único camino del cielo). Recibid el Espíritu Santo, y aquellos a quienes perdonareis los pecados, les serán perdonados (y aquellos a quienes los retuviereis, les serán retenidos); y os /doy/ poder sobre mi cuerpo, y cuantas veces lo hiciereis, acordaos que renováis la memoria de mi sacrificio.
He aquí, hermanos míos, el poder del buen Jesús despojándose de su poder y transmitiéndolo al hombre para el bien del hombre.
He aquí al divino Salvador despreciándose ???desprendiéndose?? de sus prerrogativas y compartiéndolas con el hombre. para continuar su ministerio en la tierra.
He aquí, hermano mío, el sello que el Corazón de Jesús ha grabado por manos de su Superior y Pontífice.
Y hemos meditado, hermanos míos, la excelencia de este poder y de esta dignidad. Y
¡Su poder! qué lengua humana
He aquí señalados por Jesús los fines del sacerdote respecto del hombre. La enseñanza -sacrificio - reconciliación con Dios
Pertenece al sermón de la misa nueva.
Y si de la consideración de este poder y de esta dignidad con que el cielo ha enriquecido al sacerdocio para nuestro bien, pasamos a detallar los actos de su ministerio, entonces sí que podemos decir que es el continuador de la misión de Jesús sobre la tierra.
Consideradle, hermanos míos, presente en todas las necesidades del hombre y de la sociedad, ángel que le guía en sus caminos y se asocia a sus alegrías y sus penas.
Viene el hombre a este mundo: hijo de Adán prevaricador, lleva en sí el estigma del pecado, objeto de odio a los ojos de Dios. Y el sacerdote se apresura a recibirle, le purifica con el agua saludable, le constituye hijo de Dios, y ungiéndole en su cuerpo lo eleva a los ojos del mundo, haciéndole mirar desde entonces como un depósito sagrado, digno de respeto y de cuidado.
Al despertar de su razón, como viajero extraviado, tiene que recorrer los peligrosos caminos de la vida, preguntándole de dónde viene, no lo sabe. ¿A dónde vas? Tampoco. ¿Qué camino debes tomar? mucho menos. Y el sacerdote guía fiel, toma de la mano al joven viandante, y le explica la nobleza de su origen, y le enseña /el/ fin, y le marca la vereda segura de su viaje sobre la tierra, cuyo término es la feliz eternidad.
Y llega la edad de la adolescencia y sus pasiones: su imaginación inquieta ya en pos de una felicidad ideal, felicidad que no es dado conseguir sino a fuerza de sacrificios y de abnegación y con riesgo constante de ser arrastrado por las ilusiones de la juventud; y el Sacerdocio le advierte los peligros, le ilumina en sus pasos, para que pueda llegar a la cumbre de la verdadera felicidad.
Dichoso el hombre que /no/ Desoye sus consejos, ni se desvía de los medios de salud que el sacerdocio le proporciona.
El sacerdocio es el que le repara de las caídas, le levanta en su abatimiento (tal vez en su desesperación), le bendice en los actos decisivos y solemnes de su vida, ennoblece sus sentimientos.
El es... pero cómo seguir, hermanos míos, todos los pasos del sacerdocio en todos los actos de la vida del hombre. Vuestra imaginación más feliz que mi palabra, podrá correr por ese dilatado campo de la misión del sacerdote, si bien la costumbre de verlo todos los días deja ya de sorprendernos,
Y llega el hombre al término de su peregrinación sobre la tierra: y el mismo sacerdote que le recibió en su ingreso en la vida, que le sostuvo durante el curso de ella, que siguió sus pasos, no le abandona; semejante a aquel ángel misterioso del Apocalipsis, apoyado un pie en el tiempo y otro en la eternidad, le toma en sus brazos y desplegando todo el aparato de su poder y echando mano de todos los tesoros de la misericordia de Dios, se dirige a los habitantes del cielo, y conjura a cada uno por su nombre a que salga al encuentro de su hermano moribundo; y acompañado de éste apoyo, y contando con la esperanza, el cristiano va a pisar tranquilo el vestíbulo de la eternidad.
Más aún; cuando ya ha pasado los umbrales de la muerte, cuando la sociedad no tiene para dar sino inútiles consejos y lágrimas impotentes, la religión por medio del sacerdocio hace resonar allá en el cielo el eco de su voz cariñosa; envía auxiliares poderosos que llevados en alas de la fe, acompañarán al viajero hasta el tribunal de su juez, y no cesará de elevar su voz suplicante hasta dejarle en la eterna Jerusalén.
Y si de la misión que el sacerdocio ejerce respecto del individuo quisiéramos remontarnos a examinar los servicios prestados a la sociedad, oh, entonces, sin necesidad de la fe, sólo con la razón y la historia os patentizaría la admirable misión que Jesucristo confió al sacerdocio en favor de esta sociedad.
Yo os recordaría, hermanos míos, el estado de la sociedad en el orden moral en tiempo del paganismo sumisa en las sombras de la idolatría, de la degradación y de la muerte, como lo están hoy las naciones donde el cristianismo no ha podido implantar sus doctrinas; y veríais la revolución sublime llevada a cabo por el sacerdocio. Yo os trasladaría a los siglos V y VI, cuando una horda de salvajes , como las olas del mar, se lanzaron sobre la Europa llevando el incendio y el espanto y haciendo caer bajo su piqueta demoledora los monumentos de cien siglos, veríais también el sacerdocio presentarse ante esas falanges y detener su paso, purificándolas con las aguas del bautismo, inculcarles la ideas del derecho y del respeto y formar de estos hombres instrumentos de nueva civilización.
Y llegan los siglos medios; y en medio de la general corrupción e ignorancia veréis al sacerdocio retirado en el santuario de la soledad y del estudio, lograr formar un nuevo foco de luz que servirá para iluminar a los siglos posteriores.
Y no creáis, católicos, que esta misión divina y civilizadora sea solo para ciertas épocas y lugares, sino que se extiende a todos los tiempos. Quién es el que hoy día se traslada a los países incivilizados para buscar allá inteligencias embrutecidas que arrancar a la barbarie. Ah, el misionero católico a costa de sudores y sacrificios y aún de su propia vida. Quién es el vigilante continuo que cuida para que no sean adulteradas las verdades que llevan en sí el germen de la civilización. Oh, el sacerdocio: ved hoy mismo en medio de la confusión de ideas que en el orden religioso, político, filosófico llevan la inquietud a la Europa, ved, digo, el sacerdocio, respondiendo al eco de la verdad infalible, fijando las ideas, los principios que pueden devolver la tranquilidad a los espíritus.
(y no sólo en el orden religioso y moral)
Pero, ¿dónde voy, hermanos míos? Me extendería demasiado en este campo inagotable de beneficios sociales realizados por el sacerdocio, y, por otra parte, hablo a un auditorio piadoso que no necesita alimentar su entendimiento de semejantes consideraciones.
Ahora bien, pues, hermanos míos, qué efectos deben producir en nosotros estas ideas de grandeza de la misión del sacerdocio, de esa dignidad que el Señor ha dejado para nuestro bien.
Mirad, el pueblo de Israel, pasado el mar rojo, alegre se dirigía hacia la tierra de promisión. Pero el cansancio les fatiga, la memoria de los enemigos que les rodean les desalientan; cuando he aquí que Dios les dice: no temáis. Ecce ego. He aquí yo os enviaré un ángel que vaya delante de vosotros y os guarde en el camino y os introduzca en el lugar de vuestro descanso. Guardadle reverencia y escuchad su voz; guárdate de despreciarle porque en él está mi nombre. Si oyeres su voz, seré enemigo de tus enemigos, y afligiré a los que te afligen, y delante de ti irá mi ángel.
Ahora bien, hermanos míos, viajeros en el camino de la vida, rodeados de enemigos, cercados de precipicios, la divina Providencia parece decirnos en cada una de estas solemnidades: he aquí que os envío un nuevo ángel que os acompañe en los caminos de la vida y dirija vuestros pasos , y sea vuestro compañero en las fatigas del espíritu, y que no os abandone hasta introduciros en el lugar que os he preparado.
Como ángel, pues, del desierto, reverencia y amor, y poseídos de una fe santa, gratitud al Señor por el beneficio que ha querido concederos.
Hoy, pues, hermanos míos, cual nunca rodeadle de la aureola del respeto, de la confianza y del amor que la impiedad trata de quitarle con el fango de la calumnia y de la sátira y pidamos gracias a Dios para el nuevo sacerdote y el sacerdocio todo y aumento de esa.
Escritos I, vol. 5.º, doc. 7
Si yo tuviera que dirigirme a un auditorio menos piadoso y en el que pudiese caber alguna prevención contra la influencia bienhechora del sacerdocio católico, yo no dudaría /en/ extenderme en largas consideraciones para presentaros los títulos que, escritos en momentos imperecederos, tienen para merecer el aprecio y reconocimiento de la sociedad al sacerdocio católico; esto prescindiendo de su origen divino y mirándolo sólo como una mera institución.
Yo os presentaría, hermanos míos, el estado deplorable de la sociedad en tiempos del paganismo en /el/ orden religioso, moral y social sumida en las sombras de la idolatría, de la degradación y de la muerte. La mujer, el hijo la familia, formaban un cuadro de seres desgraciados, víctimas de las leyes más opresoras del despotismo, del más fuerte, faltos de vínculos, de principios, de verdadero bienestar. Todo en las naciones era vértigo de fanatismo, superstición, barbarie y sangre; como lo son los países donde el cristianismo no ha tenido la dicha de implantar sus doctrinas.
Y al lado de este lastimoso cuadro os presentaría la revolución sublime llevada a cabo por los primeros sacerdotes y sus discípulos, a cuyo impulso recibió un sello divino la hasta entonces desgraciada sociedad. Yo os recordaría aquel periodo de la historia en que la Europa se ve amenazada de volver otra vez a la abyección y a la barbarie al impulso de aquellas "/hordas/ de salvajes del norte que como las olas del mar se empujan y se lanzan sobre los pueblos llevando el incendio y la desolación, demoliendo con su piqueta los monumentos de los siglos; y en medio de aquel cataclismo, os presentaría al sacerdocio que no abandona su pueblo,
que levanta la cruz y se presenta ante las falanges de esos hombres, les impone respeto, detiene su paso, los obliga a purificarse con el agua del bautismo -les inculca la idea del derecho, de respeto a la propiedad, del apego a la familia, y salva de aquel impetuoso torrente las riquezas artísticas y literarias que hubieran perecido formando de aquellos hombres instrumentos de nueva civilización.
Y yo os haría ver a la ciencia acogerse en el santuario, en medio de los trastornos y del estado triste de la edad media, y recorrería la larga /fila/ de hombres ilustres, gloria de la humanidad, que honraron al sacerdocio como institución; y desde el franciscano Rogerio Bacón hasta Galeno, Flavio napolitano y el P. Sechi.
Y desde Bossuet hasta el P. Félix.
Y desde Santo Tomás hasta Balmes, os manifestaría a esa larga cadena de hombres que en filosofía, en historia, en poesía , en agricultura, en literatura, en artes, desafían a todos los demás genios de la humanidad.
Y en el campo de la beneficencia y del bien del prójimo os mostraría desde los modernos institutos de hermanitas de los pobres y sacramentarias, hasta los primeros hospitales que se levantaron; todos ellos han brotado tan sólo por el soplo del celo sacerdotal.
Yo os diría...pero a dónde voy, hermanos míos, si yo me dirijo a un auditorio que al haber venido aquí, no viene a preguntar motivos y a que se le propongan razones, sino henchido el corazón de fe y de entusiasmo, viene a /rendir/ con su presencia un triunfo de acción de gracias al Señor por el beneficio que el Señor nos ha proporcionado en el orden espiritual por medio del sacerdote.
Y al querer, hermanos míos, proponeros estos beneficios, permitidme que os recuerde aquel hecho de la historia sagrada cuando el pueblo de Israel....y el Señor....
La enseñanza -el sacrificio - el reconciliarnos con Dios.
¿Hemos meditado esta serie de favores?
A él, he dicho, en primer lugar, le ha sido /dado/ el ser el día del pueblo cristiano. Sí, Dios le ha dado por guía, por consuelo y por norte para todas las circunstancias de la vida. Y esta enseñanza no es sólo para el individuo, es para la sociedad. Sin él, la humanidad continuaría en las tinieblas de la idolatría o hubiese vuelto a caer en ella. Sin él, estas montañas que nos rodean y que hoy, gracias a Jesús, ostentan en sus ermitas de la Providencia del Coll del Alba la imagen purísima de María, continuarían todavía dominadas por la impúdica Venus, o el degradado Baco, como lo estaban en tiempos de nuestros antiguos moradores de esta comarca.
Desgraciado el que no llega a conocer el corazón del sacerdote. Cuántas almas desgraciadas entregadas al quebranto y la desesperación no se hubieran entregado al suicidio si hubiesen tropezado con la palabra del sacerdote que es el guía puesto por Dios a la humanidad.
Y si de este carácter de que Dios ha revestido al sacerdote en orden a la verdad, pasamos a examinar el de medianero entre Dios y el hombre por medio del sacrificio !cuánto no debemos agradecer a la bondad de Dios! El hombre necesita de la oblación como medio de gratitud para con Dios; para pagar sus beneficios; y desde el día del primer pecado, necesita, además, de sacrificio para aplacarlo.
Jesús vino a hacerse víctima voluntaria desterrando los ineficaces sacrificios de la ley antigua, pero Jesús se subió al cielo, y él no podía /tener/ a mano la repetición real de aquel divino sacrificio, y, por nuestro amor, Jesús instituyó el sacrificio verdadero, desterrando los ineficaces sacrificios de la ley antigua, ha querido dejar Jesús esta real y mística inmolación de su sacrificio, pero precisa y únicamente por medio del sacerdote; y, por lo tanto, al sacerdote debemos el tener entre nosotros y constantemente a Jesús sacramentado. ¿Qué sería de nosotros sin ??estas ?? oblación y sin este sacrificio?.
Almas piadosas que me escucháis y que saboreáis con frecuencia este fruto de vida, que sabéis depositar en él los quebrantos de vuestro corazón, ¿qué sería de nosotros sin Jesús sacramentado? Oh, quién podría soportarlo. ¿Qué hubiera sucedido? El mundo hubiera caído víctima. Por esto el último día del mundo....
Y ahora le poseemos: día y noche es tu compañía; Jesús se ha hecho nuestro vecino según la expresión de Fray Luis de León; podemos dirigirle nuestros afectos; y es nuestro consuelo en la vida y nuestro viático en la muerte.
Si nos viésemos obligados a pasar años enteros en medio de los bosques de la India sin altar ni sacrificio, oh, entonces comprenderíamos el bien que el Señor nos ha proporcionado con su presencia sacramental. Y finalmente, si examinamos el beneficio que nos ha hecho con la facultad que le ha dado del reconciliarnos con Dios, cómo agradecer lo bastante este beneficio del Señor. Dios ha establecido un medio y medio único de reconciliación por medio del sacerdote. Ah, qué sería de nosotros en medio de los remordimientos de nuestra conciencia - ante la visita de la muerte que nos señala la puerta de la eternidad que va a abrirse ante los resplandores del juicio que va a fijar nuestro destino para siempre, qué sería, digo, si no tuviéramos la seguridad que Dios ha vinculado a la absolución del sacerdote.
Ah, Señor, decía un varón esclarecido por su ta/le/nto, ah, Señor, aunque no hubierais concedido otro bien sobre la tierra que la felicidad que me habéis proporcionado con la paz de mi conciencia, yo os estaría eternamente agradecido. Ahora bien, hermanos míos; supuestos estos beneficios que hemos recibido de la bondad de Dios, qué dignidad, qué grandeza no supondrá ante nuestros ojos, ante la luz de la fe, en aquel a quien Dios ha confiado estos encargos?
Pero, ay, hermano mío, que al describir tu grandeza, no debería extenderme en recordarte tus obligaciones para que no las olvidares jamás. Yo debería recordarte los anatemas proferidos por Dios para con aquel que hace traición a su alto ministerio. Yo debiera recordarte , hermano mío, que el sacerdote no puede ir solo a la eternidad. Si cumples con tu misión, no irás solo al cielo; en tu seno llevarás almas que depositarás a los pies de Jesús. Pero, si llegaras a desviarte, arrastrarás a otras almas a tu perdición, porque el pecado del sacerdote apenas puede estar oculto, y su ministerio es como aquella espada de dos filos que ha de herir o ha de sanar.
Pero, ah, perdóname, hermano mío; tú has meditado estos deberes, y sobre todo, en estos últimos días de Ejercicios has ponderado estas verdades y has renovado tus propósitos con humildad en la presencia de Dios; sólo, sí, debo decirte para que no lo olvides que precisamente vas a pisar las gradas en los días que en antros tenebrosos se nos ha declarado guerra de exterminio; que pueden venir circunstancias en que puedes verte objeto de la persecución, del desprecio. Pero, ah, no temas. Aparte de la gracia de Dios...te acompañará el afecto de las almas bien nacidas, como acompañaba a los sacerdotes en las catacumbas, en los días del martirio.
De todos modos, no esperes nada de este mundo, que el mundo no sabe agradecerlo. Te has consagrado a Dios; hemos cerrado, hermano mío, nuestro corazón para siempre a los amores profanos de la tierra; y esto en lo mejor de nuestra juventud; y el mundo ni siquiera se fija en el valor de este sacrificio; ni comprende las fatigas y angustias del ministerio de /las / almas de las que ha de dar cuenta a Dios (sobre todo, en el sacramento de la penitencia) que es un lento martirio; ni sabe los peligros que te rodearán constantemente por la confianza y el prestigio que se ejerce sobre los corazones en medio de cuyos atractivos ha de conservarse tu corazón como lirio entre las espinas. Nada de esto comprenderá ni agradecerá el mundo. Pero, obra con pureza de intención, y el Señor será tu recompensa.
En cuanto a nosotros, y concluyo, hermanos míos, qué efectos deben producirnos estas consideraciones? Ya que al sacerdocio debemos el ser guía de la verdad para nuestra inteligencia, ya que el Señor nos le ha dado para mediador para con él, por medio del santo sacrificio, y para rehabilitación de nuestras conciencias, hoy cual nunca debemos rodearle de la aureola del respeto, de la confianza, del amor, ya que la impiedad trata de quitársela por medio de la calumnia, de la ??birla??, de la sátira; y pidamos gracias a Dios por el nuevo sacerdote.
Pidamos, asimismo, al nuevo celebrante que nos presente y nos levante a Jesús sacramentado entre el cielo y la tierra y que sea propiciación por nosotros.
Sí, hermano mío, acércate ya al altar.
Da una mirada al Sumo Pontífice -pide a Jesús....
Una súplica también por esta santa ciudad, tu patria, para que el ángel de ella la Virgen de la Providencia extienda su manto protector. No olvides, hermano mío, te lo repito, el fomento de vocaciones eclesiásticas que van decayendo de día en día. Da una mirada por el mundo y mira tanta parroquia sin pastor, tantos países sin operarios. El corazón de Jesús nos dice hoy más que nunca: messis....
Ruega, pues, al Señor de la mies que envíe operarios a su viña.
No olvides tampoco en este día de tu alegría a este tu bondadoso padrino y amable padrina que tienen la gran satisfacción de acompañarte en este solemne acto y se asocian a tus alegrías.
Una piadosa bendición, hermano mío, para ese tu segundo padre que ha tenido la dicha de ofrecer tres flores de su corazón a los altares de Jesús. Y para esos tus hermanos y hermana querida, objetos de su especial solicitud.
No quiero, no, hermano mío, recordártelo por no herir demasiado tu corazón, otro nombre sagrado que tú seguramente no olvidarás, y que será y debe ser el primero en tu corazón en este día. Pero, en cambio, sí, permíteme por lo que a mí me toca, te evoque otro nombre, el de aquella tierna flor de modestia y pureza y de ternura a quien engendré virgen para Cristo con los cuidados de mi alma y a la que tuve que ofrecer víctima de sacrificio con amargura de mi corazón. Oh, sin duda que en este día está sonriendo en el cielo de placer, fija su mirada en los esplendores de esta fiesta.
Ruega, por fin, hermano mío, por todos los aquí presentes, parientes, amigos, bienhechores, que han hecho el sacrificio gustoso de obsequiarte con su presencia: en nombre de todos te doy el parabién; y pide a Jesús que así como nos reunimos aquí para bendecir a Dios por medio de ti, un día nos reunamos, todos, todos ante Jesús, sin velos, en la eternidad.
Escritos I, vol. 5.º, doc. 8
Croquis
Éxodo de S. José. Allí, en aquella primera capilla y matriz, donde se consagraron los primeros Operarios: D. Vicente Vidal, Miñana, etc.
Ante los colegiales de Tortosa, etc.
Beneficio del sacerdocio para el que lo recibe y para las almas. Si yo tuviera que dirigirme a un auditorio extraño o en el que pudiera haber alguna de esas prevenciones contra el sacerdocio, hijas de la impiedad, yo me entretendría en hacer ver los beneficios del sacerdocio, como una institución social. Y diría...que ha dado la civilización.
Y manifestaría que él fue el conservador de la ciencia.
Y probaría su influencia en el orden moral.
Y su espíritu de beneficencia, y haría la historia de todas las instituciones benéficas que existen en el mundo, hospitales, etc.. y veríais que todo ha sido producido por la mano del sacerdote...yo os descorrería la galería de nombres que en las ciencias naturales
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Ya que esto no; si yo tuviera que dirigirme a un auditorio menos instruido y que desconociera los caracteres del sacerdote, yo os diría (sermón que tienes hecho).
Pero ya lo veis; hablo ante un auditorio que sabe y ha oído todo cuanto puede decirse, que lo siente, etc
Ante otros sacerdotes y ante unos hermanos y perdonas que al venir aquí, no vienen a preguntar ni a inquirir, ni a ser ilustrados; sino sólo con el corazón para solazarse en la alegría de esta fiesta....
Beneficio del sacerdocio para el que lo recibe. Su misión en la Eucaristía; ofrecer a dios la víctima, guardarla, distribuirla (véase Gaume, Catecismo)
Su misión de ser el conservador de la fe (id)
Beneficio para nosotros.
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1.º Tener en medio de nosotros quien en todas las ocasiones pueda perdonarnos los pecados....
2.º Tener quien nos conserve a Jesús sacramentado. ¿Qué sería de nosotros si faltara esta Hostia de continua propiciación? ¿Qué seríamos sin Jesús sacramentado sobre la tierra? En la vida y en la muerte poder poseer a Jesús.
Agradezcamos, pues, a Dios este beneficio; y agradécele también tú, oh sacerdote, esta gracia...
Y empieza desde hoy: 1.º a darnos a Jesús. 2.º a estar dispuesto a cumplir tu misión a cuantos Dios te destine. 3.º Una de tus misiones especiales es dar a Jesús y a la Iglesia sacerdotes formados según su corazón, y darlos para todos los campos, viñas y jardines de la Iglesia. etc, etc, etc.
No olvides tu Murcia...; allí, en este momento están aquellos jovencitos pensando en su D. Juan.
Escritos I, vol. 5.º, doc. 9
Misa nueva
Exordio: la religión que causa más consuelos y que hace vibrar las más delicadas fibras del corazón es la católica. Bien es verdad que algunas veces con saludable rigor aflige nuestro cuerpo, prohibiéndonos acercar a nuestros sedientos labios las aguas prohibidas, pero, en cambio, es ella misma la que como hija del cielo produce en nuestro corazón las más dulces emociones causadas por esa savia celestial que la vivifica. Y esta misma religión tiene una táctica tan especial que siempre procura elevar lo más posible el hombre y sacerdote a su Dios; de aquí es que en ella todo es admirable... para eso manda que todos los hombres se acerquen a los sacramentos para que así tengan más trato y comunicación con Dios. Pero donde se observa esto de un modo palpable es en la creación de un sacerdote... le hace participante del mismo poder divino...y éste es precisamente el objeto de nuestra reunión...por ti venimos, venerable sacerdote, a ayudarte a dar gracias a Dios por este beneficio, no contento con haberte hecho hijo suyo por el bautismo...te ha escogido entre millares...en este día, pues, ya que tanto se desprestigia el sacerdote vengo a hacerte ver su alta dignidad y el benéfico influjo del mismo en nuestra sociedad... Ave María.
En todas las funciones del sacerdote siempre se descubre algo celestial y divino...en él descubre la fe aquel sello indeleble y divino que recibió el día... del sacerdote puede decirse como de Moisés que es el mediador... de aquí es que ejerce un cargo, el mayor que... si le consideramos en las gradas del alta, le vemos que continúa el gran sacrificio del Calvario, con la diferencia que...poder inmenso...Moisés abriendo el mar Rojo...Josué parando el sol...pues más lo es el sacerdote...trasladémonos en el seno de la eternidad antes de la creación...pronuncia Dios el fiat y...pues el sacerdote ostenta igual poder...pronuncia las palabras sagradas...las nubes se rasgan , los cielos se abren, los ángeles tiemblan, y el Hijo de Dios, obediente...
Si contempláis al sacerdote ejerciendo el poder de las llaves...es el ministro de la reconciliación...Jesucristo dijo a sus apóstoles:
quorum...pues esta es la potestad que tiene el...poder verdaderamente admirable, sin igual en la tierra, ni aún en las criaturas del cielo...suponed un hombre moribundo en el desierto, solo...se le aparece el ángel de su guarda...le exhorta a que se prepare a bien...el pobre le pide perdón de los pecados que tiene y el ángel le responde: no puedo...se le aparece la Santísima Virgen...no puede...pero llega un sacerdote...de ahí es que su poder es mayor que el de la misma Madre de Dios...porque aquello que no pude ningún santo del cielo (influencia en las costumbres) manda a las mujeres obediencia y a los maridos buen trato...hijos, reverencia...padres, educación...ricos...pobres...a todos hace oír su voz...desgraciado el día en que se separara el sacerdote del pueblo...ved si no lo que está pasando en África...y, en cambio, ¿cómo se le corresponde? Ah, la más negra ingratitud...he aquí, venerable sacerdote, lo que te espera. Y ya que hemos compartido amigablemente nuestros estudios, permíteme que te haga una reflexión... Después de tantos años...has llegado por último al estado... pero haz cuenta que has entrado en un estado de sacrificio...habrás de corregir, ???enseñar, ???(enseñar) advertir; y cuanto más trabajarás, más disgustos...cuántas veces derramarás lágrimas por los males que no podrás remediar...se te hará como a todos los demás una guerra franca y solapada...pero, ah, no desmayes; has de saber que Jesús nos lo dejó como en testamento...mundus gaudebit...sed tristitia vestra...
Sube, pues, a ese altar, y sacrifica por primera vez...los ángeles te esperan...la Trinidad beatísima te aguarda...acuérdate de la Iglesia ya que te ha elevado...de tus padres...de este religioso auditorio...y del que te dirige la palabra...
Escritos I, vol. 5.º, doc. 10
Beneficios del sacerdocio como institución y comparado con las demás Civilización - Ciencias - Artes -Caridad -Sacrificio.
Civilización. Irrupción de los bárbaros y conversión de ellos por el clero. Conservaciones de las ciencias en aquella época.
Civilización de las Américas, Indias, Asia en estos siglos. ¿Qué han civilizado los paganos? ¿Qué han civilizado los protestantes? Muy pocos; por política y egoísmo: y los degradan. Gaume 4.I.28.
Ciencias. En la irrupción, las conservaron.
En los siglos de la edad media.-León X
En los siglos posteriores: hablan las obras de los grandes ingenios del cristianismo; todos ellos sacerdotes, la mayor parte y en todos los ramos del saber. Prescindiendo aún de las obras de historia, etc, !cuántos de Física!, Mat., Balmes.
Las ciencias entre los paganos. Sólo los filósofos escribieron.
Los protestantes.
Artes. Díganlo los monumentos religiosos. Los cuadros, pinturas.
Descubrimientos. Un sacerdote descubrió el modo de desarrollar los manuscritos de Herculano. Gregorio de Tours descubrió en 750 las antigüedades de las Galias. Mazocchi explicó las tablas legislativas de Heracleo. La invención de la pólvora se atribuye a un sacerdote. La del telescopio se atribuye, con mucho fundamento, a Rogerio. La de las bombas, a Selen Obispo de Mister. La de la brújula al diácono Flavio Napolitano. La de los anteojos, al religioso Despierre. El reloj de cuerdas a Paulino, arcediano de Verona o Silvestre II.
Suger, Giménez, Alberoni, Richelieu, Mazzarino, Fleuri,
Amigo de la libertad - Esclavitud entre los antiguos.
Disposiciones de los concilios.
Disposiciones de los mismos para abolir el duelo.
Caridad y sacrificio. En esto es donde sobresale el parangón del sacerdocio católico con los demás.- ¿Qué hacen los protestantes? Voltaire, sus palabras. Consejo de Ginebra. Lo que hacen los protestantes cuando van a las misiones.
Escritos I, vol. 5.º, doc. 11
Mis hermanos en el Señor: Trasladaos con el pensamiento el espectáculo que ofrecía el pueblo de Israel durante su peregrinación por el desierto; habían pasado ya el mar Rojo, salido de la esclavitud, y alegres se dirigían hacía la tierra de promisión,
Pero, ah, que el cansancio les fatiga, la memoria de los enemigos que les rodean les desalienta, cuando he aquí Dios les dice: no temáis; ecce ego mittam angelum meum; he aquí que os enviaré mi ángel que vaya delante de ti, y te guarde en el camino y te introduzca en el lugar que te he preparado. Tenle reverencia y escucha su voz; y guárdate de despreciarle porque en él está mi nombre.
Y si oyeres su voz, seré enemigo de sus enemigos y afligiré a los ??que?? te afligen y delante irá mi ángel,
Ester pasaje ?se? me ha ocurrido, católicos, cuando obligado dulcemente a espiritualizar la alegría de esta solemnidad, he tenido que meditar sobre ella. Viajeros en el desierto de la vida, rodeados de precipicios, cercados de enemigos, la divina Providencia parece decirnos en cada una de estas solemnidades he aquí que os envío un ángel que os acompañe en los caminos de la vida, y dirija vuestros pasos con la luz de la doctrina y /sea/ vuestro compañero en las fatigas del espíritu, y el apoyo en las debilidades de vuestra alma, y vaya delante de vosotros y no os abandone hasta el lugar que os he preparado en la tierra de promisión, de la feliz eternidad. He aquí, hermanos míos, condensada en breves palabras la grandeza del objeto al que se dirigen hoy nuestras miradas.
Y, he aquí, también, hermano mío; tu grandeza y tu destino; he aquí la elección que Dios hace de ti ante la Iglesia y la sociedad. Tú has meditado ya en el fondo de tu corazón estas prerrogativas y estos deberes, y humillado ante Dios que te ha elegido, te has ofrecido gustoso al sacrificio. Pero, debo dirigir dos palabras a mis oyentes para espiritualizar, para detallarles /las/ prerrogativas admirables con que el Señor te ha señalado.
Por consiguiente, católicos, vengo en este rato a explanaros algo de los rasgos sublimes de la misión del sacerdote y de la dignidad y poder que el Señor le ha confiado. Breves serán mis palabras, sencillas mis consideraciones.
Escritos I, vol. 5.º, doc. 12
De su misión saludable y civilizadora logra crear con sus desvelos un nuevo foco de luz que, difundiéndose poco a poco lleva a esparcir las luces de conocimientos que han señalado a los siglos posteriores.
No creáis, católicos, que esta misión divina y civilizadora sea sólo para ciertas épocas y lugares, sino que se extiende a todos los tiempos. ¿Quién es el que hoy día se traslada a los países incivilizados para buscar allí inteligencias embrutecidas que arrancar a la barbarie? Ah, el misionero católico a costa de sudores y sacrificios y aún de su propia vida. ¿Quién es el vigilante continuo que está velando para que no sean adulteradas las verdades que llevan en sí el germen de la grandeza, de civilización que las pasiones tratan de oscurecer en todos /los/ tiempos? Ah, el sacerdocio, hermanos míos; ved hoy mismo en medio de esta confusión de ideas que en el orden político, religioso, filosófico y de derecho llevan la inquietud a Europa, ved, digo, reunirse a el episcopado para fijar las ideas, los principios que puedan devolver la fijeza y la tranquilidad a los espíritus.
Y no sólo en el orden religioso y moral es deudora la sociedad al sacerdocio de sus conocimientos; ¿cuántos ramos del saber reconocen al sacerdocio por su principal desarrollo? !Cuántos descubrimientos no llevan el sello del sacerdocio! Si no fuera que me aparto demasiado ya del objeto que me había propuesto os recordaría los nombres ilustres que honran la humanidad.
Y desde el franciscano Rogerio, inventor de la pólvora y de la...según César Cantú hasta anunció el vapor...hasta Galeno, Despina y Flavio napolitano y el P. Sechi; y desde Bossuet hasta el P. Félix; y desde Santo Tomás hasta Balmes...y desde...os manifestaría esta larga cadena que en filosofía, en historia , en poesía, en agricultura, en artes desafían a todos los demás genios de la humanidad.
Y si quisiéramos examinar el espíritu de beneficencia y caridad que han fomentado, oh, cuánto tendríamos que admirar.
Entrad en los grandes hospitales, en la mayor parte de los asilos de beneficencia, preguntad su origen; no veréis allí la filantropía del (está roto), ni las economías producidas por sistema (id id) allí en su origen (está)la mano vivificadora del sacerdocio.
Escritos I, vol. 5.º, doc. 13
Mis amados en el Señor: a pesar de la estrechez y del silencio de este ámbito sagrado en que estamos reunidos , no dudo en asegurar que la tierna ceremonia que va a verificarse, es un espectáculo digno de las miradas del cielo y de la tierra. Un joven sacerdote ataviado con los mejores ornamentos sagrados que va a ofrecer el primer sacrificio; un padre, hermanos y amigos que henchidos de fe y entusiasmo religioso se apresuran a rodear con alborozo el altar donde va a verificarse escena tan santa; la Iglesia que se regocija en engendrar nuevos gérmenes en los días de su vejez y se gloría de esos fieles signos de su perpetua fecundidad, los ángeles que, presenciando invisiblemente esta solemnidad, se preguntan alborozados; quis est iste formosus in stola sua; quién es este con brillante estola; el mismo hijo de Dios que parece llamar al que eligiera para estas bodas del Cordero; !puede darse espectáculo más digno de la estima de todo el universo!
Escritos I, vol. 5.º, doc. 14
La ley, la conciencia, la ley de Dios se encuentra muchas veces, etc. ¿a quién acudir? ¿En el orden dogmático? Los Santos Padres, Doctores. Ejemplo :Historia de la India.
En el orden moral: cuántos vicios. Las sociedades paganas.
Si aún ahora, predícanse tanto...Atajan las costumbres.
Ilustran a los fieles y los defienden de los contrarios.
3.º por su caridad; no quiero hablar de caridad individual. Mirémosla en general: en la vida. En la hora de la muerte. En el cadalso, calabozo...
Mirad los establecimientos de beneficencia, su origen, las Hermanas de la Caridad. No es extraño el respeto que el sacerdocio ha merecido: Constantino, S. Luis, S. Francisco de Asís; Alejandro I y el príncipe Hohenlohe.
Escritos I, vol. 5.º, doc. 15
Es verdad, hermano mío, que tu has pisado las gradas del santuario y vas a ejercer este ministerio cabalmente en los días en que en antros tenebrosos se nos ha jurado una guerra de calumnia y de desprecio, tal vez de exterminio, pero no temas; es el anuncio de Jesucristo: es el grito satánico pronunciado por Juliano contra el Galileo y repetido por el odio de Voltaire en estos últimos tiempos: aquellos hombres han desaparecido y el sacramento vive.
Y el Señor te ha escogido, él cuidará de que no falten almas dóciles a quienes debas conducir al redil de Jerusalén
No olvides, ay, a otros objetos queridos a tu corazón, y al mío, y que yo no quiero nombrarte, y que no existen ya, pero, !ah!, a quienes puedes contemplar a través de la fe asociados (?) sin duda, al brillo de esta solemnidad: que sean ellos los primeros en tu corazón en este día.
Escritos I, vol. 5.º, doc. 16
Sacramento del Orden
Los sacramentos anteriores era para unirnos a Jesucristo por medio de... Pero Jesucristo debía subir al cielo.
¿Por qué no deja ángeles? ¿Por qué se llama orden?
Definición. Materia y forma.
Institución. Faciam vos piscatores. Hoc facite in meam...
Efectos. Carácter. Gracia. Facultad sobre el cuerpo de Jesucristo.
Pero esta facultad es doble: sobre el cuerpo real, y místico. Todos estos poderes emanan de Jesucristo. Hoc facite...Omnis potestas...Sicut misit me Pater...
Disposiciones: además de la ciencia. Edad, ¿cuál? No irregular. Vocación. Necesidad. Sin ella no pude existir la Iglesia. Sin Iglesia católica no hay verdadera civilización.
Dignidad del sacerdocio según los principios de la fe.
Grandeza del mismo y beneficios como institución.
El haber nacido, por la gracia exclusiva de Dios, en un lugar rodeados de ministros, de esos conductores de la gracia de Jesucristo. El no sondear con la meditación la alta dignidad de esos coadjutores de la Providencia, y los beneficios que reportan a nuestra alma, es la causa porque miramos poco menos que con indiferencia este favor de la bondad de Jesucristo, al dejarnos el sacramento del Orden, y revestidos a los mismos hombres de tan alta dignidad.
Consideremos, pues, según los ojos de la fe, ante todo, esta potestad que Jesucristo ha dado a los sacerdotes sobre el cuerpo natural y sobre el cuerpo místico. Es decir, el poder de la Eucaristía y el poder de perdonar los pecados. Grande y sorprendente se nos presenta el espectáculo del primer hombre revestido por Dios de poderes absolutos sobre todas las criaturas; mandando como rey a todos los animales, etc.
¡Qué bello se nos presenta el cuadro de Moisés!
Grandes los reyes de la tierra.
Sin embargo, todo ese poder, toda esa grandeza palidece cuando animados por la fe nos fijamos en el poder, en la grandeza con que Dios ha adornado a aquellos a quienes destinó para coadjutores suyos. Supongamos que se presentara a nuestra vista un personaje desconocido que llevado en alas de las nubes se remontara sobre los astros, penetrase los cielos, abriera sus puertas, y rasgando el velo misterioso que oculta ese foco de luz inaccesible, donde en mundos y le dijera con todo el imperio: descended y venid; y ese Dios, este ser eterno, inmutable, a quien rodean millones de ángeles, humilde a la voz ??de ?? aquel hombre, abandonara su trono y le siguiera; !qué concepto formaríamos de aquel personaje misterioso! Pues bien; según los ojos de la fe, de ésta ???necesaria???, absoluta a todo cristiano está el sacerdote; bien sea más impío como Lutero, bien no corresponda a la santidad de su ministerio, ?? reciba?? indignamente, esto hace , esto puede.???
Judas era un pecador grandísimo, y, sin embargo, recibió esa facultad. Jesucristo al entregarle esta facultad, se entregaba a sus manos, se ponía /a/ su disposición. Tal es el poder de que Jesucristo ha revestido a los fieles por efecto de su bondad.
Este asombroso poder de que Jesucristo ha revestido a sus ministros sube de punto, si cabe, si le consideramos en su poder sobre el cuerpo místico, esto es, sobre el poder que ejerce sobre los fieles en el orden de la gracia.
Prescindiendo de los diferentes actos de ministerios, fijándonos tan sólo en el poder del perdonar los pecados...Supóngase más... Y ¿qué diremos de los beneficios que reporta en el orden religioso? Si no lo vemos es porque tenemos nuestra fe muerta y adormecida, porque ocupados en las cosas exteriores ??no?? nos interesan los bienes espirituales. Si tuviéramos fe, sabríamos que las oraciones son el gran medio que Dios nos ha dejado y al que ha prometido concedernos sus dones y evitarnos sus castigos. Pues bien; uno de los medios que Jesucristo nos ha dejado con el sacerdocio es el tener por medio de ellos un cuerpo de oraciones continuas. El mundo envía todos los días crímenes que claman a la justicia de Dios para que los castigue; el mundo es como campo de batalla, donde el hombre, el cristiano tiene que combatir contra los enemigos de su alma y sus pasiones.
Pues bien, Jesucristo ha dejado una víctima en manos del sacerdocio; esta víctima se está ofreciendo y repitiendo todos los momentos /del/ día en todas las partes del mundo: y esta víctima sabemos que es propiciatoria y no se ofrece nunca sin derramar algunas gracias, sin que deje de atar el brazo de la justicia de Dios, aunque fuesen impuras muchas de las manos de los que las ofreciesen.
Además, la Iglesia ha dispuesto que además de este sacrificio, se hicieran a Dios por parte de este mismo sacerdocio muchas oraciones; el del rezo divino bajo pena grave. Y esta mancomunidad de oraciones que se repiten todos los días y en todas las partes del mundo también, aunque muchas de ellas sean tibias, se elevan como incienso hasta la presencia de Dios; ¡ay! no podemos calcular los beneficios y bienes que hacen derramar sobre la tierra,
Las oraciones de los primeros cristianos, etc.
¡Cuántos castigos tal vez han evitado! Cuántas victorias han conseguido si ha /sido/ conveniente para la gloria de Dios.
Moisés, etc...
Por sus instrucciones; otro de los beneficios que en el orden religioso ha alcanzado el sacerdocio es la salvación de la verdad, de la fe, por medio de sus instrucciones. Cuando venimos a este mundo, somos como viajeros en país desconocido; ni sabemos nuestro origen, ni nuestro fin, ni los medios para seguir el camino de la única felicidad. El sacerdocio, pues, es el encargado de darnos a conocer este destino, de enseñarnos los medios de grabar las verdades en nuestro corazón por medio de las instrucciones, de aconsejarnos en el orden del dogma y de /la/ moral en todas nuestras dudas, y de conducirnos en nuestras acciones. El hombre que quiere guiarse.
Escritos I, vol. 5.º, doc. 17
Benicarló
Mis amados en el Señor: Extrañáis mi presencia en este lugar. No lo debéis extrañar. Venga a pediros una gracia. Y la Providencia ha querido que fuese Benicarló el 2.º pueblo a donde me dirijo, porque puedo tener la libertad....
Oraciones.
Vengo a pediros una limosna para la grande, necesaria e indispensable Obra del fomento de vocaciones. Digo grande, porque es la más amada de Dios. Trasladaos con el pensamiento... Sí, esto decía Jesús, y esto repite desde el Tabernáculo en vista de la escasez cada día mayor de sacerdotes. Y en vista de tantas islas a las cuales el vapor ha facilitado la comunicación y que esperan ser evangelizadas. Este es el grito que dan los Institutos religiosos; los dominicos de Ocaña. Los jesuitas, que parece haya tantos. Aún los Institutos de carmelitas, etc.
Pero, dónde voy. Las diócesis repiten el grito; mirad por Zaragoza, Teruel y Huesca donde hay párrocos que tiene 3, 5 y 7 parroquias.
Cuenca. Mondoñedo.
Pero, dónde voy. Este grito sale del Obispo de Tortosa, Hoy mismo hay algunos pueblos sin coadjutor. Antes de seis años habrá alguna parroquia sin párroco. En los doce últimos años se han muerto cada año 30 sacerdotes, y se han ordenado ocho; de modo que ha habido una baja /anual/ de 22; de modo que 12 años atrás se contaba con 250 sacerdotes en la diócesis /más/ que los que hay ahora.
Y Dios haga que no vengan tiempos peores. Porque si no se sostienen las vocaciones, pobres en general, y vienen tiempos malos, si tuviéramos que seguir con esta proporción, hermanos míos, quizás dentro de algunos años, nos encontraríamos como algunas parroquias y diócesis de Francia, donde en parroquias de doce mil almas hay un solo sacerdote; y aún quizás, como en algunos puntos de América, y no puntos incivilizados, sino países católicos. En Buenos-Aires enfermó un sacerdote, tiene varias parroquias, y cada tres meses....Y no pueden /tener/ ahí a Jesús sacramentado.
El corazón se resiste a creer esto; y, sin embargo, en el orden regular, y atendida la marcha de las cosas , esto debe suceder sin un milagro de la Providencia que no lo hace. Y la impiedad....
Pues bien, ya sabéis que para subvenir a esta necesidad, hace muchos años se estableció en Tortosa un centro, no sólo para los más pobres, porque los recursos de la vida no permiten sostenerlos del todo, sino también para aquellos que aunque tengan, les es muy pesado el sostener nada menos que una carrera de 13 años.
Pues bien, este que viene a ayudar un poco, no puede continuar. Estamos a punto de abandonar esta empresa por los quebrantos que tenemos. Y los Obispos por sí solos no pueden sostenerlos, porque no tienen medios, ni tienen quien les procuren las vocaciones.
Pero en alas de nuestro deseo, en vista del negro porvenir que nos espera si lo abandonamos, hemos resuelto sacrificar aún nuestra posición y abandonarlo todo para consagrarnos al fomento de estas vocaciones.
Escritos I, vol. 5.º, doc. 18
Diciembre 1886
Tortosa ?
A los Operarios
A los V.V. Sacerdotes Operarios reparadores del Corazón de Jesús en los intereses de su máxima gloria.
Mis amadísimos cooperarios en el Señor: Un año ha transcurrido desde que proyectamos y acordamos nuestra reunión para nuestra definitiva consagración al Corazón de Jesús para el fomento de los intereses de su máxima gloria. Un año hará luego que en el santo y quieto Desierto de las Palmas pudimos ofrecer a Dios y a la Virgen Santísima, como tributo de gratitud, nuestra consagración al Corazón de Jesús para el fomento de los intereses de su máxima gloria. Justo es que al acercarse ese día y prepararnos para nueva reunión, allí también acuda (?), y recordemos el beneficio que el Señor nos hizo al congregarnos "in societatem cordis filii ejus".
El Señor en su misericordia nos señaló desde toda la eternidad y nos entresacó eligiéndonos para sacerdotes suyos y dispensadores de sus misterioS. En este altísimo estado le servíamos entre las fatigas de nuestro ministerio, tal vez inciertos de los caminos por donde quería conducirnos y ciertamente inseguros y hasta inquietos y poco satisfechos de nuestras obras. El Señor en el fondo de nuestras almas parecía querernos exigir otros trabajos.
El Señor despertaba santas y superiores aspiraciones.
El celo de su gloria nos tenía poco satisfechos con nuestras obras sacerdotales. Varios campos nos llamaban, (....)
Si la vida sacerdotal nos ahogaba....(?)
No cumpliríamos bien nuestro llamamiento si no comprendiéramos la realidad y extensión de estas ventajas sobre todo otro ministerio sacerdotal.
Escritos I, vol. 5.º, doc. 21
Enero 1889
Colegio de Valencia
A los Operarios
Es el desarrollo amplio del esquema Plática 5.º-20, esbozado en el Documento Plática 5.º-19. Los tres Documentos se refieren a la misma plática, pronunciada en enero de 1890, ya que este Documento forma un cuerpo único con otras cinco pláticas, seis en total con ésta, numeradas por D. Manuel desde el 1 al 6.
En algunas de ellas aparece la fecha 1889 y luego, añadido, 1890.
Este Documento es el 1.º de dicha serie. Puede considerarse como Carta magna de la fundación de la Hermandad.
Excelencia y utilidades de la Obra.-
Cor Jesu congregavit nos in unum.
Mis amados y píos hermanos en el C. de Jesús: El Señor nos ha congregado in unum, a un objeto especial de su gloria, a esta santa fraternal reunión, in unum, para ofrecerle unos mismos pensamientos, unos mismos afectos, unos sacrificios de nuestro corazón.
Ante todo demos gracias al Corazón de Jesús, que ha querido concedernos la gracia de que aquí en esta apacible morada que el Señor nos ha proporcionado en sus bondades, podamos realizar y repetir nuestra grata consagración.
Hace 4 años que entró el Señor en S. José de Tortosa (voto de realizarlo).
Tres años hace precisamente que en el santo Desierto de las Palmas pudimos ofrecer a Dios y a la Virgen Santísima como tributo de gratitud los fundamentos canónicos de la Obra y de ofrecer nuestra consagración para el fomento de los intereses de su máxima gloria.
Allí, en aquella agradable soledad la mayor parte de los que estamos aquí reunidos pudimos entonar un himno de acción de gracias
al Señor, en la mañana del 1.º de enero del 86 en presencia del Prior y del V. Obispo de Daulia.
Allí pudimos acordar algunas disposiciones relativas al espíritu de nuestra Obra, y al desarrollo de su organización, todavía, como en periodo constituyente.
Bendita montaña que el Señor nos había señalado desde la eternidad como amorosa providencia para verificar nuestro sacrificio por su gloria. Montaña santificada por tantas oraciones, penitencias y actos heroicos de humildad y sacrificio que sin duda nos alcanzaron
muchas gracias.
Montaña en fin, a cuya vista al pasar por debajo de ella no puedo menos y debemos todos enviar un saludo de gratitud al Corazón de Jesús y a la Virgen Santísima Reina de aquellos Collados.
Y han pasado tres años, tres años de oraciones, de angustias, de contradicciones, de trabajo, de temores, de esperanzas, pero también de consuelos y de resultados.
Y Jesús nos ha conservado la vida y la salud y nos ha permitido, al terminar el año 88 y principiar el 89, poder realizar esta deseada y gratísima reunión en esta casa que es nuestra casa y la casa de Jesús y de S. José.
Bendito sea el Señor, pues, que así ha querido obrar en nosotros con misericordia.
Justo es pues, A.M., que al prepararnos para nuestra consagración, unos y otros, los que pudimos ser las primicias de la Obra, y los que por la gracia de Dios son llamados a consagrarse en ella, recordemos y pensemos el beneficio que Dios nos hace al llamarnos in societatem cordis filii ejus.
He aquí lo que me propongo en estas reflexiones primeras, de esta mañana, interpretando los deseos de vuestro corazón.
Examinar las ventajas de nuestra santa fraternidad, de nuestra Hermandad sobre todos los otros cargos sacerdotales e institutos religiosos, los mayores deberes que nos impone, los peligros de que nos libra y en parte nos ofrece, y los mayores resultados que puede producir para la gloria de Dios y mérito nuestro.
Ante todo creo interpretar y leer vuestro corazón examinando el mío. El Señor en su misericordia nos había entresacado y escogido para sacerdotes suyos y dispensadores de sus misterios. En este estado le servíamos y deseábamos servirle entre las fatigas de nuestro ministerio, inciertos de los caminos por donde querría conducirnos. Como por la misericordia de Jesús(y)? todos antes de nuestra ordenación no teníamos ninguna idea humana ni aún de esas que son lícitas en la carrera sacerdotal, nos preocupaba menos lo que en otros forma en ellos un pensamiento de colocación, de destino.
Esto mismo nos tenía en cierta manera poco satisfechos de nuestras obras. La misma sinceridad de nuestro corazón al quererle servir en el estado sacerdotal sin ninguna mira humana era para nosotros una pena y una congoja.
El Señor en el fondo de nuestras almas parece que quería exigir otros trabajos.
El Señor despierta en nosotros santas y superiores aspiraciones.
El celo por su gloria nos tenía poco satisfechos en nuestras obras sacerdotales o en las que aun antes de ordenarnos se presentaban a nuestra vista.
Y una ambición santa parece que hubiera querido lanzarnos a todos los campos. Al pensar en el estado de algunas Parroquias y las incurias de algunos Párrocos y de lo que oíamos referir de ellos, nos parecía querer con el deseo podernos entregar al cultivo de aquellas almas, no pensando que al fin era un campo muy limitado
Y nos venían al pensamiento aquellos pobrecitos infieles que allá en lejanas regiones viven en las sombras de la muerte, y donde aun los convertidos pueden ver tan pocas veces al sacerdote, y nos solazábamos en ese campo siquiera con las veleidades de nuestro piadoso espíritu, contentándonos con vanos deseos.
Y veíamos las necesidades que nos rodeaban y la necesidad de un asiduo confesonario, para el fomento de la piedad mediante un constante riego y dirección, olvidando que aunque agradable a Dios esta tarea sobre tener que emplear en ella larguísimo tiempo no llena por sí sola el celo de un sacerdote por resultar monótona, con noventa o cien almas se consume la vida de un sacerdote celoso, bien empleada si hace con pureza de intención y se está a la mira de los peligros que ofrece mediante continua oración y con gran reserva y gravedad y pureza de intención, pero al fin en la hora de la muerte no nos tranquilizará bastante este fruto ante Dios.
Y nos compadecíamos de los pobrecitos jovencitos lanzados a todos los peligros en la edad de la disipación, almas amadas de Cristo y sin embargo tan expuestas y tan poco cuidadas. Y con todo no teníamos medios con una acción individual de acudir a ellos y de recogerlos y precaverlos y formarles en la piedad que nuestro corazón hubiera deseado.
Y hubiéramos querido como por instinto tener medios para todo y aunar nuestros esfuerzos piadosos los que pensamos del mismo modo, y unirnos y ayudarnos, y hacer entre todos ciertos ministerios de celo para multiplicar así la gloria de Dios y tener mérito en todas estas cosas, con esta mutua cooperación de unos con otros para remediar todos los campos....
Y... tal vez, tal vez a impulso de este mismo celo piadoso, cruzó por nuestra imaginación algún instituto religioso....donde se quedara saciado nuestro corazón de estos deseos inquietos y satisfecho nuestro ánimo con sacrificios apostólicos, y con todo la incertidumbre, nuestra inutilidad, los lados oscuros que en ello se nos presentaban nos hacían indecisos y nos acobardaban y no nos llenaban del todo; y así hubiera discurrido tal vez nuestra vida toda, parando al fin en algún ministerio sacerdotal que hubiéramos cumplido, sí, por deber y quizás bien, pero sin la expansión y el entusiasmo que ansiaba nuestro corazón y siempre con el vacío y el sentimiento de no poder recorrer mayores campos.
Y el Señor, sin merecerlo, sin advertirlo nosotros casi, sin pensarlo ni poderlo prever, descorrió la cortina y nos presentó un bello panorama, y nos mostró un campo vastísimo, de facilísimo cultivo, de resultados indudables, campo en el cual, y con una vida puramente sacerdotal, pudiéramos impulsar coadunados, a todos los intereses de su máxima gloria, que nuestra piadosa imaginación y nuestro ardiente /celo/ pudiera soñar jamás.
Y en este campo podemos, con sencilla operación, con humildad y gemidos de corazón y con trabajo constante, fecundizar las Parroquias todas, y llevar la antorcha del apostolado a los infieles, y atender al fomento de las obras generales de la piedad en la Diócesis, y ser los Ángeles que vigilen y estén al cuidado de estos intereses.
Campo en fin que no le puede ofrecer más vasto ninguna de las Instituciones brotadas en el seno de la Iglesia.
Y todo sin sacrificio de un apostolado especial.
Y todo por gracia del Corazón de Jesús
Pero me diréis tal: todas las almas celosas, todos los sacerdotes dignos, todas las instituciones religiosas tienen idéntico fin y se proponen los mismos objetos: la gloria de Dios, la salvación de las almas, junto con su propia santificación, los intereses de Cristo, en fin, generales.
Cierto que todas las almas tienen por objeto los intereses y aun los generales de Jesús, pero no todos los tienen como idénticos medios. Más aún: todos los Institutos tienen además un objeto particular que aun les caracteriza y distingue, para que hermoseen todos juntos a la Esposa de Cristo circundata varietate.
Y este carácter particular los reduce, si podemos decirlo así, a cierto círculo determinado, del cual no les conviene salir, si quieren mantenerse en el buen nombre que la Providencia les señaló; y por otra parte se requiere para ese carácter /en/ la mayor parte de estas instituciones unas condiciones de abnegación que nosotros miserables, con la idea de una vida puramente sacerdotal, no nos encontramos con fuerza. Y últimamente aun el carácter espacial de todas ellas, al menos de las que nos son conocidas, no sólo no tienen el carácter de universidad?? sacerdotal, sino que aun el objeto especialísimo de ellas no tiene el resultado tan trascendental y tan general, y tan eficaz como el nuestro para los intereses de la máxima gloria de del Corazón de Jesús.
Yo me admiro, A.M., al considerar las efusiones del Espíritu sobre la Iglesia, con la admirable multiplicación de tantas Instituciones, todas ellas brotadas según las necesidades de los tiempos.
Yo leo esos fervorosos trapenses, cartujos y otros entregados a esa vida de abstracción y de trabajo corporal, víctimas heroicas ante Dios, !quién sabe si esas víctimas son las gracias que nos caen a nosotros! Sus intenciones son la gloria de Dios, la conversión de los pecadores. Pero yo me inclino de respeto ante ellos, pero este medio heroico no es según mi intención y mi comodidad.
Yo veo esos Institutos de pobreza: esos carmelitas descalzos, esos capuchinos, destinados a ser ente el mundo, y aun en medio de él, modelos de penitencia, de humildad en su traje, en su comida, y /me/ asombro con sus austeridades y con su ejemplo, y yo mismo me edifico, y aun me confundo cuando presencio el espectáculo de aquella severidad; vosotros lo habréis experimentado, pero como yo tal vez, no os habréis sentido con alientos ni con vocación a ello; y este medio de gloria de Dios y los resultados de estos institutos para los grandes intereses de su gloria tampoco os habrán satisfecho, como limitados a ciertos objetos.
Yo veo, en fin, a esos institutos que parece tienen más carácter de universalidad, de dominicos, de misioneros del Corazón de María, del Corazón de Jesús, sobre todo de jesuitas, que unos con su ciencia, otros con sus ejercicios, otros con escritos y palabra, impulsan la gloria de Dios en tantas partes, y son el apoyo de la Iglesia y el aliento de los fieles.
Pero son religiosos, apostólicos, vagos, y aun los objetos particulares, son apóstoles, se requiere abnegación, ¿qué somos nosotros para esta empresa?
Pero esta misma vida apostólica, el ser religiosos como S. Pablo y apóstoles -!santo Instituto! yo lo bendigo -, les impide, como lo probaré después, el poder dar carácter universal y uniforme a las obras proyectadas para los intereses de la gloria de Dios, y por lo tanto de menos eficacia para muchísimos intereses de esta misma gloria, que lo sería, y con la misericordia de Dios confío que pueda serlo, una obra puramente sacerdotal como es la que nos proponemos en el Corazón de Jesús, y sin los sacrificios y abnegación que para esto se requiere, para la cual no todos son llamados.
No son esas instituciones sacerdotales sino religiosas, y por lo tanto no ejercen en la clase sacerdotal secular y por lo tanto en las Parroquias toda la influencia y resultados que serían de desear en las obras generales del bien.
Y si no mirad: fijaos en el carácter con que tienen que presentarse en su organización estrecha, y en el modo apostólico y desligado con que tienen que practicar el bien.
En su carácter, son religiosos, y aunque esto ejerce vagamente cierta importancia entre alguna clase, en cambio este mismo título parece exigirles mucha virtud, mucha austeridad, muy buen ejemplo, y sobre todo parece que han de tener cualidades de orador, y hasta para ellos una figura exterior ideal, y cualquier cosa de estas que falte, ya sufren una desilusión, y sólo el caminar, ciertas formas exteriores que a veces por ser religiosos son más benditos y las miran menos, pocas condiciones oratorias o falta de otras cualidades, menos mortificación en cualquier cosa, en la comida, un decir algo chocarrero, y mil y mil otras cosillas inherentes a la naturaleza humana destruyen todas las ilusiones, porque de ellos se pide más, y más humillaciones, y más recogimiento y más abstracción, porque su traje, su profesión de vida, así lo exige el instinto de los fieles.
De modo que casi podríamos decir que los religiosos casi no están bien sino en sus comunidades, fuera de ellas generalmente son hombres al agua, y esto en todos, en todos los religiosos y cuando van a operar les convendría no tratar con nadie y que nadie les viere¿¿ (viera o viese)??.
Mas al sacerdote no se le exige esto, y lo que en un religioso se miraría como un deber en cuanto a piedad y amabilidad, y modestia y mortificación, en un sacerdote edifica y se admira, y ejerce una suma influencia, si éste tiene la prudencia y diplomacia santa que es indispensable en un verdadero sacerdote.
Prescindo ahora de hablar del efecto que produce en el clero mismo y en los Párrocos. Un individuo de instituto religioso es mirado con frecuencia, sí, porque va a su parroquia a trabajarle llamado por él, mas difícilmente le tendrá expansión. Si es religioso que valga mucho, le mirará con respeto y nada más, pero no con amor, en primer lugar porque si es sabio le humillará su ciencia, y el párroco es también hombre que vale, a lo más le comunicará algunas dudas, y aun llegará a quererle, supuestas estas superiores condiciones que no se tienen tan fácilmente.
Pero aun así, y por esto mismo, lo que procurará que no le haga sombra, que le haga la faena, sí, a modo de apóstol, pero que se vaya tan pronto como la desempeñe: porque si llega a rodearse de cierta atmósfera y sus feligreses y penitentes se le escapan para ir a él, no podrá sentarle bien, aunque sea el Párroco o el ecónomo bueno. Esto si la parroquia está bien y no hay nada que decir del
Párroco, y está acreditado, y es querido y no tiene enemigos, que en pocos pueblos hay donde no tenga.
Porque si al contrario hay alguna miserita de por medio y alguna murmuración, ya cuidará de que escape después de cumplir su encargo. (Aparte de que generalmente religiosos y sacerdotes non coutuntur, y esto es historia vieja, y sin duda debe estar en la misma naturaleza de la cosa, cuando ha sucedido en todos los tiempos. No podremos filosofar todas las razones intrínsecas de esto; pero esto sucede, algunas podríamos adivinar, Vilamitjana, Gimeno...-
Mas presentándonos con carácter puramente sacerdotal nada sucede /de/ esto con los Párrocos y sacerdotes. No tendrán para nosotros aquel miramiento respetuoso que a primeras se tiene con un religioso, generalmente desconocido, porque no suelen ir los mismos, y si es de franqueza ya pierden el miramiento; pero en cambio nos mirarán con más simpatía porque hay igualdad de profesión y de categoría, no es más que otro sacerdote como él.
Y si el sacerdote está dotado de piedad, y aun de nombre de ciencia, no lo mirarán como humillación, sino sólo con amor y alegría santa, sobre todo si este sacerdote es modesto como debe serlo, y como lo será, atendida la índole de nuestra Obra que debe vivir del afecto de los Párrocos.
Ni le serán tan humillantes, esto a mi parecer, las cosillas que habrá en la Parroquia y como que en los intereses de la misma Parroquia hemos de operar con ellos y por medio de ellos y para el bien de ellos, no les ofenderá tanto ni la atmósfera que adquiramos de buen nombre, ni aun las miserias que pueda haber.
No faltará, sí, algunos recelos, etc..., pero por lo general, no será así. La experiencia (...)
Esto ahora...que luego de aquí a 50 años, cuando en las Diócesis que Dios nos conceda, la mayor parte de los que ocupen las Parroquias hayan pasado directa o indirectamente por nuestras manos, que entonces iremos a mandar, y a reprenderles cariñosamente, y de un Operario habrán sido condiscípulos, de otro le habrán visto ya o Superior o Ordenado antes que él, y de todos los Operarios habrán recibido favor, etc., de lo cual hablaré luego. Sino tan sólo mirándolo con el carácter sacerdotal, si los catedráticos, de cierta igualdad, con que nos presentaremos en las Parroquias, que seremos más bien vistos para trabajar con cierta permanencia y menos recelados de los Párrocos. Este carácter para la gloria de Dios no lo tiene ningún instituto religioso.
Ahora en cuanto a la organización estrecha de los religiosos !cuánto podría deciros! P. Vigordan, estamos atados, Sardá.
Y no hay remedio, debe ser así. De lo contrario perderían su importancia, se desharía la Obra. ¿Qué harían esos pobres hombres en una vida más desligada en el mundo?
Mas todo esto es para decir que esta misma organización impide a cada uno de ellos el obrar con regularidad y permanencia en las obras a que puedan dedicarse. En estos Institutos, el individuo es nada, la obra lo es todo. Y esto que es una gran ventaja para los individuos, y aún más para el Instituto, porque los tiene más muertos, es en cambio ocasión de menos consistencia y resultados para el fomento de ciertas obras permanentes de bien general en las Parroquias y aun en las ciudades.
Mirad: cuando había los institutos religiosos de seguro que más influencia ejercían en la población los dominicos, franciscanos, capuchinos, etc., que los propios jesuitas, aunque éstos valían mucho y movían ??metían?? más ruido, y esto está sucediendo hoy: en Orihuela los capuchinos. ¿Por qué? Tienen un carácter (para la localidad) de más permanencia.
Los de S. Felipe Neri en Barcelona ni parece se habla de ellos, y son una potencia, me decía Ossó.
Pues bien; esa permanencia que da más eficacia a unos institutos sobre otros, aun valiendo menos, si así podemos decirlo, esa permanencia la tendremos respecto a los objetos generales de la gloria de Dios en las Diócesis, en las Parroquias todas, le tendremos nosotros sobre todos los institutos, para, repito, los intereses generales de Jesús en las Diócesis, y esto solamente (aparte del carácter sacerdotal que he dicho) por la diferente organización, por la naturaleza misma de la institución, más independiente, libre y deshogada que la del apretamiento de un instituto religioso apostólico.
Tal vez no acierto a explicarme bien, pero creo comprenderéis mejor esta idea examinando lo que os he indicado en mi proposición, esto es, que además del carácter religioso y de la organización de los institutos religiosos, su modo de obrar apostólico y desligado, hace de menos resultados permanentes su celo y su trabajo de los que puede obrar nuestra Obra sacerdotal.
Suponed un misionero, un franciscano, un jesuita, va a una población, predicando excita el entusiasmo, tal vez logra alguna moción en algunas almas especiales, quizás funda alguna asociación piadosa acomodada a su instituto, porque regularmente todos fundan aquello que más afición tiene su Instituto, o la tercera orden, o el Rosario si son dominicos, o el Corazón de JesúS. ¿Qué digo? Lo que hacen es echar una semilla, más bien que sembrar... y ¿qué sucede? que luego ha de quedar el riego y el cuidado del Párroco que la cuida o no, y muere.
Brota una vocación religiosa. Ya le dice que le escriba. Hay una madre que antes sumida en la disipación, luego puede ser un apóstol para aquel pueblo, y así se queda. Un hombre, un joven, ya le deja al cuidado del Cura, pero éste se marcha, o media cualquier cosa.
Y tantos y tantos intereses que quedan abandonados.
Las misiones mismas !qué bien no hacen! Pero, ¿qué queda? !Si estos misioneros pudiesen volver! !Si luego la misma mano pudiera atender sólo a la vigilancia, no al trabajo diario y mecánico, que esto toca al Párroco respectivo, sólo a la vigilancia general, por sí o por otro compañero Operario, que iría a continuar allí aquellos intereses promovidos por otro de nosotros!
Esto no puede hacerlo un misionero, un religioso, porque no tienen este objeto, son apóstoles, y han cumplido su misión apostólica. No pueden hacerlo porque es contrario a su espíritu, a su institución. Ni sabrían hacerlo, porque no se han formado para ello. Mas aquellos intereses de Jesús peligran y quedan muertos.
Mas esto que no podrán hacer ellos por su carácter apostólico, lo puede hacer una Obra sacerdotal diocesana organizada. Y esta Obra salvará aquellos intereses de Jesús que peligran, y se perderían, y recogerá allí las primicias de Cristo en cada pueblo.
Estamos en el principio de nuestra Obra y tal vez parezca todo esto teórico. Sin embargo, puedo deciros que sólo en tres pueblos he operado con el carácter, ya de Operario: S. Mateo, Benasal, Burriana. Y si no hubiera sido como Operario, sino como sacerdote aislado, hoy me haría sufrir el poco bien que he hecho. Hoy me consuela y me anima la esperanza de volver personalmente o por medio de otro Operario. Hoy si tuviésemos personal, y por consiguiente se me indicaba continuar en la Obra en esta vida de Operarios propia de nuestra Obra, tengo la íntima confianza de poder multiplicar superabundantemente la gloria de Dios en las Parroquias que he estado, sólo con la vigilancia, con el hilo de nuestras obras en ellas, sólo con una visita anual o poco más.
Y en San Mateo brotarán allí flores hermosísimas de jóvenes para religiosas que serán el encanto de sus comunidades, y triplicaría la vela nocturna, y se fundará si puedo, etc?, el Círculo de Obreros, y se ha podido establecer la Escuela dominical, que perecerá con el tiempo si nosotros no vamos, y se pude trabajar en la fatigosa tarea de las Congregaciones, y en Benasal (del cual me hallo aislado), tengo la convicción de que se sacaría un gran fruto de algunas almas predestinadas y hay allí elementos de tres o cuatro hombres y de media docena de mujeres, que serían apóstoles en nuestras manos, y hoy no lo serán porque no están bien con el Cura, y el Cura (a pesar de su carácter extraño) a nosotros nos dejaría obrar y tenemos y tendremos regularmente el Coadjutor nuestro además, y el sacerdote que vive allí, y no tengo duda que la Congregación y el cerillo (?) y el Corazón de Jesús (que se morirá) y la vela nocturna se podrían establecer.
Y en Burriana a pesar de las circunstancias espaciales en que se encuentra por la división del Clero, con un poco de diplomacia, no sólo tendríamos aquella falange de jóvenes (que toda sería para los Operarios) sino que influiríamos en otras clases de sociedad, y podríamos formar allí con el tiempo indirectamente una sección escogida de personas protectoras de la Obra, para el mantenimiento de nuestros Colegios.
Todo esto no puede hacerlo un Instituto apostólico, pero pude realizarlo una Obra sacerdotal con su espíritu de celo Diocesano.
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Aún os añadiré más, y os lo probaré si tengo tiempo durante estos /días/: este resultado pude darlo mejor nuestra Obra sacerdotal mejor que ninguna otra Obra sacerdotal que pueda suscitarse con el mismo fin (que hoy no existe) y esto por el objeto especial de nuestra Obra que es el fomento de vocaciones eclesiásticas; que nos da entrada hoy, y nos dará con el tiempo en las Parroquias, lo que no les sería tan fácil a otras Obras e Instituciones sacerdotales
(humanamente hablando y supuesta la gracia de Dios).-
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Y todo esto sin la abnegación y sacrificios de la vida religiosa y apostólica. ¿Qué digo? Sin las condiciones de apóstoles que deberían tener los que se presenten con otro carácter.
Me atemorizo si Jesús quisiera confiarme la formación de un Colegio de misioneros. ¿Qué haríamos? ¿Quiénes serían buenos? ¿Qué objeto tendrían? Sería preciso voz, condiciones oratorias, hombres de talla apostólica. ¿Qué objeto tendían cuando no misionasen /?/ Estarse en casa santificándose: algo y mucho es, pero sólo esto /?/ ¿ y si perdieran la voz para predicar? En los Colegios siempre harán.
Aparte de las condiciones de renombre para el Apostolado. Los misioneros franciscanos de Escornalbou esparcen la 3.ª Orden..
¿Por qué no se renuevan los pueblos? Porque faltan (...) ¿Qué han de hacer Doménech, y Algueró y García (...)
Mas para Operarios y operar en las Parroquias y formar nuestras obras, no se requiere nada de esto. La ocasión de un sermón de una fiesta, que sólo por ser forastero ya lo hace bien; unos ejercicios a los jóvenes (?) o las jóvenes, una instalación de una congregación, una conferencia al Círculo de Obreros que siempre se puede tener prevenida. El visitar simplemente la vela nocturna a la cual nos llamen y se quejan de mi abandono. Cualquier cosa y sin grandes condiciones.
Todo, todo sirve, sin necesidad de presentarnos con el solemne carácter de Misioneros ni religiosos, pudiendo, podemos silenciosamente iguales y más constantes resultados.
Además (vide)
¿No comprendéis ahora que una obra sacerdotal, humilde, sencilla, de menos carácter exterior apostólico, tiene una fisonomía más asequible para los fieles y Párrocos, que con el carácter religioso, que su organización de sacerdotes seculares la pone en menos dificultades y la facilita la entrada, y últimamente que el no ser tan de carácter tan apostólico, hace que pueda dar más permanencia a las obras de la gloria de Dios que ella establezca o se proponga fomentar?
Además la abnegación personal de una vida de absoluta y real pobreza, de un apartamiento exterior continuo, de privaciones continuas.
Cierto sí que esta vida apostólica, por este mismo desprendimiento está libre de ciertos compromisos, es más independiente porque no tiene que estar tan solícita, que no tendrá que soportar ciertas paciencias y longanimidades que tendrá que soportar el Operario, pero en cambio tiene éste que además de no tener necesidad de la antedicha abnegación y de este desasimiento al cual no todos son llamados, sino los que tienen temple apostólico ( y aun éste limitado y estrechado siempre) tiene el Operarios que puede prolongar y solidar mejor los intereses de la gloria de Dios, aunque sea a costa de más longanimidad y aun de más peligros, como veremos.
No comprendéis pues, etc.(...)
Escritos I, vol. 5.º, doc. 22
Enero 1889
Colegio de Valencia
A los Operarios
Documento titulado 2.º por Don Manuel: es por tanto el segundo de la serie que forman en total seis pláticas. Repetido en 1890 en el mismo Valencia.
Es continuación del Documento Plática 5.º-21 y con él forma la Carta Magna fundacional de la Hermandad.
2.º Motivo de estas reuniones :
Practicar en parte lo que se ha de hacer.
Mas he dicho también que aparte de ir informándonos mutuamente en el espíritu de la Obra en estas reuniones, ya que no tenemos otros medios, hay la conveniencia de que aquí se practiquen en parte algunas de las prescripciones.
En primer lugar estamos en periodo constituyente, y si así podemos decirlo, aparte de nuestras Bases generales y Reglas, ha tenido que irse elaborando el desarrollo de estas mismas, mediante lo que la experiencia ha demostrado, y aun en la parte relativa a Colegios hay mucha tela para que sean como nosotros los deseamos, y las necesidades de los tiempos exigen.
Y el año anterior se fue discutiendo el modo de obrar, y se concretaron algunos puntos y fue provechosa la reunión desde este punto de vista, y por ello tuvimos aquellas reuniones, y se ofrecieron observaciones, para después en la presencia de Dios, resolver lo más conveniente. Y aún faltan algunos puntos que hemos de tratar exponiendo cada uno su parecer, para luego sujetarse con mejor docilidad a lo que se haya creído más conveniente.
(Conveniencia de eso porque verán que se ha pesado todo.)
Por esto también ya el año anterior se procuró que por todos se dieran las meditaciones, como un acto práctico para lo que convenga hacer después con nuestros alumnos, en otras ocasiones.
Hoy con más motivo se ensancharán (?) estos ejercicios.
Como quiera que se va a ensayar el Reglamento, y hay además de las prácticas individuales, algunas aunque pocas comunes, estas reuniones, ya que tan poco podemos vernos, servirán para fijarnos el modelo de estas prácticas, para uniformar el modo después cuando tengamos que realizarlas en los puntos donde el personal lo permita y aun hacerse por cada uno ??alguno?? algunas observaciones a la Junta por si estas mismas prácticas necesitan alguna modificación cuando lleguen a ser definitivas.
Y a más de esto, estos ejercicios, aparte de la utilidad que reportan para la uniformidad tienen también su ventaja para cada uno, porque el modo y la forma de cada uno nos dará a nosotros facilidad. Porque tal vez algunos de los que ejerciten dichas prácticas, nos caerá mejor el modo con que lo hagan, y se adaptará mejor a nuestro estilo, a nuestro carácter que el de otro, y puede ser un medio de mutua instrucción, aunque el modo de exponer los conceptos, lo mismo en la conferencia de moral, que en los exámenes.
Pero todavía hay otra razón, que aunque no es la principal, justifica algún tanto el gasto que nos ocasionan estas reuniones, y es podernos reanimar mutuamente. Estamos dispersos. Por la gloria de Jesús estamos separados, y separados de aquellos con los cuales habíamos tenido más estrechas afecciones.
Estamos unidos por el lazo de la caridad y amistad santa, pero vivimos alejados . Y parece natural que el espíritu desee unos días de santa expansión, para luego más reanimados volvamos a empezar nuestras tareas.
Y aquí contarnos mejor nuestra situación, nuestras glorias y nuestras fatigas en los recreos, y este desahogo influye en sostener luego nuestro espíritu, y tal vez nuestro decaimiento.
Y sirven para cobrar nuevo afecto a la Obra a que hemos sido llamados, y para interesarnos más por ella y hacerlas objeto de todo nuestro cariño, puesto que para ella sola hemos de vivir.
Y todo esto nos servirá para mutua edificación, y las virtudes de los unos servirán para ejemplo de los otros, si como es regular todos tenemos cuidado de ser comedidos en nuestro porte en estas mismas expansiones, andar con la presencia de Dios, y no darnos motivo de desedificación
Si así lo hacemos estemos seguros de que cada uno habrá sido para el otro un bien y Jesús bendecirá y santificará estos días hoy, y siempre que los tengamos que repetir.
Supuesta, pues, y sabida la idea y el plan y el objeto de esta nuestra reunión ¿qué asuntos podemos tratar para ir uniformando nuestro espíritu en la Obra?
Es tan vasto el campo, que casi puede decirse que ni siquiera podría presentarlo a vista de pájaro. Mucho menos recorrerlo.
Todas y cada una de las Bases, de las Reglas y de los artículos del Reglamento se prestan a consideraciones utilísimas para nuestra instrucción y para nuestra conducta práctica.
Y en fin de la Obra.
Y su naturaleza íntima.
Y cada uno de sus objetos especiales.
Y los variadísimos objetos secundarios de celo que se nos ofrecerán en las diócesis como que son todos los de un sacerdote apostólico.
Y cada una de las prácticas de nuestra Hermandad.
Y cada uno de los deberes presentes ya para nuestra santificación ya para ejercicio exterior del ministerio.
Y cada una de nuestras devociones especiales.
Y los puntos variadísimos que se refieren a nuestra conducta y gobierno en los Colegios, ya respecto de nuestro modo con los Superiores, iguales e inferiores.
Y nuestro porte y conducta con los extraños, con hombres, con mujeres, con Párrocos, y religiosos y Prelados, e Institutos (?).
Todo, repito, es un campo vastísimo, que vosotros mismos tendréis ocasión de ver cuán ilimitado es cuando tengáis que explanarlo y explicarlo mejor que yo a otros con el tiempo, y que yo no haga sino señalarlo de lejos con el dedo, y necesitaréis días y días para formar a los otros en ello.
Ya que, pues, no podemos ni recorrerlo aun de prisa y sin detenernos, ¿qué asuntos, repito, podré presentaros para entretenernos un poco en ellos, durante estos breves días?.
El año anterior, como que fue nuestra primera reunión formal, os expuse la importancia y excelencia de nuestra Obra. Asunto que me complacería en repetir porque es sabroso, y útil y necesario
Y os repetiría que entre todas las obras e instituciones no hay ninguna de más trascendencia práctica para la gloria de Dios y el bien de los hombres y sobre todo en las Parroquias, y sin las estrecheces de la vida religiosa. Que los institutos religiosos tienen sus objetos, algunos de ellos universales y tan apostólicos que lo abrazan todo y todo el mundo, que por lo mismo no pueden descender al logro de estos mismos fines ni a su organización de gloria de Dios en las Parroquias y que esta gloria sólo puede promoverla prácticamente una Obra sacerdotal ligada inmediatamente a estos intereses, que nuestra Obra es la única hasta hoy, que yo sepa, que esté dedicada a esa propaganda sacerdotal en las diócesis, y que aunque vengan otras obras sacerdotales para llenar esos vacíos, ninguna habrá que lo pueda conseguir como la nuestra atendiendo el medio universal y eficacísimo que Dios ha puesto en nuestras manos con el fomento de las vocaciones eclesiásticas, medio que aunque no fuera en sí un gran fin, sólo por ser medio para promover todos los demás intereses ya bastaría para llenarnos de consuelo. De tal modo que si por un imposible que no será jamás, se hiciera innecesario el sostenimiento de vocaciones, debíamos sostenerlo para formarlas y tenerlas a nuestra disposición, tan sólo por lo que nos podrán servir en nuestras manos para facilitarnos el medio de santificar las Parroquias con nuestro celo.
Obra facilísima y sin necesidad de las rígidas prescripciones de los institutos religiosos.
Obra de menos ostentación que los institutos religiosos, y por esto menos expuesta a ciertas contrariedades y recelos de glorias que desvirtuarían nuestra oculta propaganda.
Alegrémonos de esas glorias apostólicas de los institutos religiosos.
Admiremos y bendigamos esas glorias de la esclarecida Compañía de Jesús, en la cual el individuo no es nada, pero el cuerpo lo es todo y que llena al mundo con su ciencia (?) y su apostolado.
Admiremos a esos penitentes Capuchinos y Carmelitas que confunden al mundo con sus austeridades y llenan de asombro con sus misiones.
Pero alegrémonos y contentémonos con ser servi servorum, siervos y servidores de esos grandes siervos de Dios, alabando su apostolado, celebrando sus triunfos, ayudándoles con nuestras alabanzas, y con enviarles operarios de entre nuestros jovencitos para sus campos.
Contentémonos nosotros con ser la clase media devota sacerdotal, en medio del mundo, que si somos fieles, sin el ruido de esas glorias, podremos ofrecer a los pies de Jesús, mies abundantísima y silenciosa de gloria y de bien de las almas, que nos llenará de sólidos y sosegados consuelos, y que si realmente tenemos vocación nos llenarán más que los resultados de ellos, porque los palparemos más verdaderos, más constantes y más eficaces. Que muchas veces esas noticias de gloria de Dios conseguidas por esas Instituciones no sirven más que por la edificación que causan esas noticias, porque el resultado verdadero a veces es bien pobre, no por culpa de ellos, sino porque no pueden solidarlo y sostenerlo.
Yo os hablaría de esa importancia, de esa trascendencia, de esa facilidad, pero...sin perjuicio de refrescaros esas ideas, el tiempo no me permite detenerme.
Y os hablaría de los lados oscuros de nuestra Obra, de las fatigas y de los peligros mayores estos que en otras Instituciones.
Porque no tenemos las ataduras de éstas, y medios de santificación, y (...)
Porque las mismas satisfacciones y resultados de la Obra, puede(n)? disipar nuestro espíritu y gastar nuestra piedad.
Os hablaría y os hablé algo de los medios de evitar esos peligros, con el continuo consejo, y con la advertencia caritativa de unos para con otros, y con nuestra fidelidad en las prescripciones del Reglamento, según aquella tan sabida sentencia, guarda las reglas que ellas te guardarán a ti.
Pero, repito, no puedo abarcar esos sabrosísimos puntos, y habré de limitarme a cabos sueltos.
Y en primer lugar,
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Naturaleza de la Obra
No debemos perder de vista la naturaleza de nuestra Obra, porque así evitaremos las dudas y aun tentaciones y aun descontentos que el enemigo de las almas pueda ponernos durante la larga y variada carrera de nuestro ministerio.
Dije ya que nuestra Obra es especial, y no debe extrañarnos esta expresión, porque todas las obras están acomodadas a las circunstancias de los tiempos, y si siguiéramos la historia de los Institutos religiosos, sin perder ellos su carácter común de perfección mayor de consejos evangélicos, veríamos la inmensa diferencia entre el carácter general de los primeros moradores del yermo del tiempo de S. Antonio y luego de S. Benito, a los posteriores de estos siglos, de Jesuitas, Misioneros del I. C. de María, etc. Sin que por esto hayan faltado en estos siglos Institutos del aquel carácter primitivo de abstracción. Pero ha habido otros, digo, de diferente carácter, Sabido es la novedad que causó la no perpetuidad de votos de la Compañía de Jesús y sus manifestaciones de conciencia que obligaron al Concilio de Trento a ocuparse de dichas cuestiones, que los declaró a pesar de esto religiosos.
No debe pues extrañarnos que podamos llamar a nuestra Obra especialísima, pues con esta idea ya no nos sorprenderán ciertas diferencias que notaremos en otras obras, y que tal vez nos tienten a su imitación, por aparecer aquellas de más perfección.
No estamos acostumbrados a ver más que institutos puramente religiosos, atados con sus correspondientes votos, y por esto no concibamos posible más que esto.
Y con todo nuestra Obra no lo /es/ estrictamente más que en su espíritu.
Es una obra puramente sacerdotal. Es el sacerdote en el mundo, pero sin querer ser más que un sacerdote. No párroco, ni beneficiado, ni otro cargo, sino sacerdote libre, sin ambiciones ni deseos más que el de trabajar por la gloria de Dios.
Es lo que fue S. Alfonso por algunos años, dedicado a los institutos de su celo.
Es lo que S. Juan Kancio, si bien éste todavía regentó por mucho tiempo su Cátedra.
Es lo que era el V. Ávila, pero estos pobrecitos (permitidme la expresión) lo hacían aisladamente, y plantaban, pero muchas veces no podían regar, y por esto sabéis del P. Ávila, que rumiaba un medio de que aquellos trabajos suyos pudieran tener más solidez con la cooperación de otros.
Nuestra obra es lo que serían, concretándolo a una parte sola, tres o cuatro o cinco sacerdotes de una población, aun teniendo un cargo, v.gr. un beneficio, una cátedra, u otro cargo que les sirviese de pretexto para residir en la población, y los cuales movidos por su piedad y celo, se mancomunasen y se comprometieran formalmente a ayudarse y sustituirse, en la obras que de común acuerdo, resolvieran fomentar y establecer, mediante una rígida obediencia.
Y con esto las obras aquellas adquirirían una solidez y un resultado que no tendrían las obras que cada uno hiciera por sí, por grandes que ellas fuesen, y además estarían libres del respeto humano, y aun de mucha carcoma de vanidad.
Mas, aparte de los muchos defectos de que adolecería esta combinación, de sí muy laudable, y de las trabas que ofrecería en muchos, sus atenciones particulares, para ciertas otras ocupaciones que requerirían horas fijas, etc, etc, no tendría, como se ve, el carácter de trascendencia general para la gloria de Dios y para nuestro consuelo.
No estarían tampoco libres de las ambiciones lícitas en la misma carrera sacerdotal, y pocos hay, poquísimos, que si por su mismo celo y su misma virtud, le allanase el acceso a otros cargos, dejaran de tomarlos aunque fuesen más embarazosos. Sería obra buena, pero raquítica.
Y repito hay pocos que se desprendan de los 140 párrocos.
Sería preciso para verdaderos resultados, una vida patrimonial libre, de desprendimiento constante no deseando más que trabajar en su estado sacerdotal, las indicaciones que las circunstancias y necesidades les impusieran delante. Pues esta vida sacerdotal, de atenta mirada a las obras de mayor gloria de Dios, libre de trabas y de ambiciones, pero con carácter general y de resultados universales es el carácter de la nuestra, bajo la seguridad de una dirección común.
Cierto que este carácter puramente sacerdotal le privaría de la importancia que tal vez adquiriría con una fisonomía de más abstracción, de más disciplina regular, etc., pero se haría más imposible para los fines que ella persigue, y que debe llenar.
Alegrémonos, etc. (vide hoja anterior)
Si alguno se sintiere llamado a aquel Apostolado, aquel sería su campo, y no debería desoír la voz de Dios, y vosotros sabéis con cuánta complacencia enviamos nuestros hijos a esos centros de planteles religiosos y apostólicos.
Mas nuestra vocación no era ésta, por lo común, y si algún instinto de vida religiosa ha brotado, casi a todos y brotará en algunos corazones destinados a nuestra Obra, habrán sido o serán como semilla de buena disposición que el Señor infundió para prepararlo para nuestra Obra, y las dudas y vacilaciones, y los lados oscuros, y aun temores de otra cosa eran señal de que sólo eran una preparación de Jesús y nada más. No es aquella nuestra vocación, sino sacerdotal, sin ambiciones, de puro celo de almas, pero sin las durezas de una vida religiosa o heroicamente apostólica. Debéis decirlo a los otros. Yo creo interpretar vuestro sentir(?) y este sentir (?)....
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Otras razones
Y al decir esto creo interpretar lo que sentís en vuestro interior
sobre eso, si bien alguno al sentirlo no supiera explicarlo.
Porque si os preguntarais si estabais seguros de vocación a una vida monástica, unos me contestarían resueltamente que no; otros a lo más no habrán preguntado esta idea alguna vez, pero convencimiento no lo habrán tenido.
Si os preguntara si en la carrera sacerdotal os había halagado alguna vez el brillo de una carrera o de una posición lícita determinada, de seguro me contestaríais que no, (si no fuese así, ése no sería a propósito para nuestra Obra).
Si os preguntara por fin, si solas vuestras aspiraciones eran trabajar donde fuese, y como Dios quiera, y a la voluntad del Prelado, y lo que las circunstancias os proporcionaran, pero con verdadero celo de las almas, según vuestras fuerzas y sin buscar ninguna comodidad en vuestro estado, me contestaríais que sí.
Pues ese es el espíritu que se necesita para nuestra Obra, y el mantenimiento de ese espíritu, quiero decir mejor, el constituir este espíritu sacerdotal en un estado permanente forma la esencia y naturaleza de nuestra Obra.
Ahora bien y notadlo. Primeramente, que ese espíritu dificilísimamente lo hubierais conservado individualmente fuera de la Obra, con el corazón sincero grande que tenéis. El cambio de destinaciones y de pueblos o la prolongación de un mismo cargo, que para muchos es enojoso, los destinos y carreras y ocupaciones de mayor cuantía y brillo que otros iguales habrían obtenido, y que al llegar a cierta edad influye tanto en el ánimo, hubiera agostado de tal manera vuestro celo y santa indiferencia de que estaba poseído el espíritu (cuando como pajarillos alegres al salir del nido se lanzan a la atmósfera pura en los días de primavera) que de seguro o hastiados del mismo ministerio hubierais deseado un descanso, con el pretexto de tranquilidad y de propia santificación, siendo quizá con esto infieles a los designios de Dios en las almas, o en vuestro destino hubierais continuado más o menos convencidos a pesar de los desengaños, pero de seguro con la anemia del corazón, faltándole algo a este corazón.
No quiero A.M. acusar a nadie, si bien podría aquí hacer correr a vuestra vista una galería de corazones que confirmarían mis afirmaciones, y que vosotros tendréis ocasión con el tiempo de ver.
Y los unos de corazón pequeño (no malo) están sí safisfechitos en lo que hacen, (y a veces hacen bien poco) pero dando vueltas como las mariposas a deseos de algo mayor, y sufriendo amarguras, ??delos?? (celos), y humillaciones a su vez. Otros de corazón más grande, y la generosidad de ellos (exceptuando raras excepciones) con la anemia del corazón, aun ocupando cierta posición social bien merecida. Y a esos grandes corazones, les veréis consolarse algún tanto con vanas lamentaciones. !Oh! si ahora empezara la carrera, no hubiera seguido la carrera parroquial. Si me encontrase a los 25 años, no me hubiera(?) yo aquí. Me encerraba en un convento para pasar allí la vida, pero ahora ya.
!Oh! no hay como una /vida/ independiente y trabajar lo que se pueda, y después retirarnos a nuestras casas, etc..
Y no es, no que no tuvieran excelente espíritu sacerdotal, sino para haceros ver lo difícil que es individualmente que ese celo no venga a agostarse, y a veces de malísima manera, y nos hubiera sucedido a la generalidad de nosotros.
No acuso a nadie, no. Yo mismo (...)
Y dejo aparte para haceros ver la anemia que se hubiera apoderado y se apodera generalmente del corazón de un sacerdote grande, las circunstancias de familia, el disgusto de la madre, los recelos de los sobrinos, qué sé yo, sine genealogía, y no hay apenas uno, y con todo en la Obra, sin el apartamiento total, podemos excusar, irnos fuera, etc.
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Motivos de conservar este carácter
Todo esto, y permitidme estas enojosas digresiones, aunque no perdidas, es para ver lo dificilísimo de este sostenimiento de espíritu sacerdotal, y de celo individual que se requiere cono preliminar para nuestra Obra, que es la viene a allanarlo, facilitarlo y organizarlo.
Tal es el carácter de nuestra Obra, la Pía Unión de sacerdotes seculares, para promover los intereses de Jesús, mediante esta unión y sin trabas particulares.
No es por lo tanto, en su raíz, la Obra exclusiva con nuestro amor al fomento de vocaciones eclesiásticas. Este fomento ha sido la ocasión y Dios nos ha dado providencialmente este objeto primordial, como medio universal y eficacísimo para el mejor logro de esta unión, pues sin este objeto hubiera sido mucho más difícil y hubiera causado más extrañeza nuestra unión, y hubiéramos encontrado más dificultades, no presentándonos siquiera con el carácter o con el pretexto de misioneros diocesanos.
Pero en su esencia y su espíritu y en su instinto y en su origen, el carácter de la Obra es el del apostolado sacerdotal en medio del mundo, para promover los varios intereses de Jesús en las diócesis, y sobre todo los objetos principales que se ha propuesto la misma Obra, y sobre todo el principalísimo que Jesús nos ha confiado.
Pero en su instinto, repito, ha sido el dar forma a ese espíritu sacerdotal, latente en muchos corazones, y que son más de lo que nosotros tal vez pensamos, de corazones rectos y grandes, a quienes no llena ningún destino particular, ni llama la vocación monástica ni aun religiosa, y que ven tras el ideal de una vida sólidamente piadosa y aprovechada y de apoyo mutuo en medio del mundo.
Y por esto nada, ni nadie la ha fundado. Existía ya, y Jesús sin saber cómo, nos ha puesto en ella dándole organización por medio de nuestro objeto singularísimo y único hasta hoy en el mundo del fomento de vocaciones eclesiásticas, religiosas y apostólicas.
El espíritu pues, de nuestra unión sacerdotal para la más fácil santificación y para promover mejor los intereses todos de Jesús es el fin y la naturaleza de la Obra.
Y este carácter debe revestirlo siempre, y hacer que no desaparezca, y me complazco en recordároslo, porque así os penetréis de él, y lo infundáis a los que vayan viniendo, y que puede serviros de guía para el examen reconocimiento de condiciones en los que Dios ponga a tiro para arrebatarlos para la Obra.
(Si quieren ser religiosos dejarlos estar)
Y este carácter digo no debe desaparecer, por varias razones.
En primer lugar porque perdida la fisonomía de una institución, pierde con ella la gracia de su objeto. 2.º por los fines que ella persigue.
Nuestra Obra es sacerdotal, y desde el momento en que tomase uno estrictamente religioso no tendría la simpatía natural en el clero. Sería más respetado quizás, pero engendraría más recelo en el clero.
Creo os manifesté en otra ocasión que es la historia, de todos los tiempos, de todos los lugares y de todos los Institutos. En general no coutuntur sucede a todos, hasta los buenos, unos no tiene afecto en general, éstos no manifiestan buen espíritu, pero el caso es que no lo tienen y con ellos hemos de tratar con todo.
Otros si se inclinan a un Instituto, los demás los causan cierta displicencia, y por defender a su Instituto favorito hablan menos bien de los demás.
Únicamente si acaso no tienen ni bien ni mal con aquellos Institutos, que están completamente abstraídos, y mientras lo están como los Trapenses, S. Felipe Neri, que si se ponen en comunicación, ya se desvirtúa el afecto.
Es un hecho, tendrá su filosofía, pero es un hecho.
Además, el salirse del carácter desvirtúa la gracia del resultado.
No es regular que cite ejemplos; pero si estudiásemos el estado de algunas corporaciones, instituidas para objetos muy determinados, vgr. para enseñanzas de pobres y luego para mayor bien de las almas han tomado otro sesgo... ó para objetos de pura beneficencia, y luego han tenido carácter de enseñanza, etc, etc, tal vez nos explicaríamos su decadencia.
Cuando al contrario, concretándose a su reducido objeto otras, se han mantenido con igual importancia, y libre de contradicciones y recelos.
S. Felipe Neri. Si se salieran. Es casi sacerdotal (?).
Pero si en todas las instituciones conviene no desvirtuar el carácter con el pretexto de mejorías y con la santa ambición de tener la Obra más representación, lo exige nuestra Obra más, por los fines que se propone y males que tiene que remediar, y bienes que conseguir. Los intereses a que hemos de atender, son los particulares de las parroquias.
Estos intereses nadie (como institución digo) los cuida. Están exclusivamente al cargo de los Párrocos, y parece a primera vista que ya no necesitan otro cuidado externo, y no obstante lo necesitan. !Oh! No acusemos pero...!!ya sabéis cómo están algunos intereses de Jesús!!
Y hemos de cuidarlos nosotros, y teniendo estos campos cultivadores dueños! y que están satisfechos, y que no tenemos allí derecho propio, ni legal, ni canónico. !Oh! qué difícil! Y sin embargo han de trabajar, con amabilidad y (?) y abnegación. Pues estos campos no los pueden cultivar los institutos religiosos de un modo permanente.
Creo os dije en otra ocasión que las condiciones y ataduras de un instituto religioso no permiten atender a esos campos y a esos intereses particulares más que de un modo general, con una mirada, o cosa parecida, y pasan en las poblaciones como nubes que derraman el agua y desaparecen, y luego viene la sequía otra vez, y no pueden remediarla, y además de sus ataduras porque no tienen esa vocación, y ni las condiciones para ello, esto es, para una comunicación frecuente con los Párrocos, que los mirarán con cierto respeto si se quiere, pero /no/ con la simpatía amistosa de un sacerdote secular digno.
Esto obliga por lo tanto a no perder el carácter sacerdotal de la Obra en bien de estos mismos intereses.
Esto no quiere decir, que sin perder ese carácter podemos obtener con el tiempo todas las condiciones de independencia posibles para la mayor facilidad de nuestra vida, y para evitar la necesidad de estar siempre sujetos a la paciencia y longanimidad que hemos tenido que soportar hasta ahora, que es natural al apetito el no quererlas sufrir. Por lo tanto si puede ir recabando dichas independencias y privilegios sin perder nuestro carácter secular, y tuvieran que imponerse a la Obra los votos y las trabas que muchas veces se imponen a otros institutos y que les atan las manos para muchas cosas materiales, creo que en bien de la Obra, debemos estar contentos en nuestra humildad, y carácter libre.
Que no necesitamos no, ciertas ataduras. Recuerdo recién ordenado visité tímidamente con otro sacerdote respetable unas hermanas dedicadas a la Beneficencia, y la conversación recayó sobre su vida tan exterior y ocasiones, y no tenían ellas votos solemnes y clausura.
Para qué estas ataduras? contestó resueltamente la joven religiosa, y señalándole con el dedo un crucifijo que había en el recibidor, le dijo: allí tengo todos los votos y todas las ataduras. Por él vine y por él continuo y continuaré, que si esa atadura no me detuviera, ahora aquí o en otra parte, poco miedo me harían las otras. Y ciertamente que no necesitamos, no ciertas ligaduras, el espíritu es el vivifica.
Y el amor a Jesús sacramentado, y el deseo de la salvación de las almas, y el deseo de repararle, y de proveer a todo el mundo de apóstoles con nuestra Obra principal, es lo que ha de santificarnos, y conservarnos, y el deber de conciencia a la fidelidad de Jesús que nos ha llamado, es lo que nos ha de conservar aquí a pesar de las tentaciones que sobrevengan, y de las humillaciones que hayamos de sufrir, y de la paciencia que tengamos que soportar, y de la fatiga del trabajo, y ese deber y ese llamamiento es el que nos haría estar inconsolables si un día faltásemos a nuestra fidelidad, aunque esta falta la encubriéramos con las excusas de mayor seguridad en otras partes.
Este es, pues, el espíritu que debe animarnos; ese es el carácter exterior de nuestra Obra, que debemos estimar y apreciar más que ningún otro, porque nos facilitará más nuestros trabajos y nos pondrá a menos pruebas y remordimientos e inquietudes.
Aquí debiera yo añadir, antes de terminar estas consideraciones que no por esto debe dejar de tener el espíritu fisonomía de una Congregación y santa fraternidad, y de estrecha organización. Más aun; que debe ser de perfección mayor en las virtudes por lo mismo que es sacerdotal, y estas virtudes deben ser más distinguidas, y muchísimo más que las de un simple sacerdote, por lo que ha de estar en más contacto con el mundo, y con todos, y que persigue y lleva en sus manos intereses mayores y de más trascendencia.
Verdadera unión. ¿Y cómo no? Si nos amásemos más, creo que nadie nos gana.
Pero me extendería demasiado en estas consideraciones, que por sí sólo bastarían para largas conferencias.
Y sólo ha sido mi objeto, el indicaros para que lo apreciemos, como una gracia espacial de Dios, y conservemos el espíritu intenso y esencial de nuestra Obra, y el carácter de que Dios ha querido revestirla.
Examinemos otros cabos sueltos.
Escritos I, vol. 5.º, doc. 23
Enero 1889
Colegio de Valencia
A los Operarios
Documento titulado 3.º por D. Manuel: Es por tanto el tercero de la serie que forman en total seis pláticas. Repetido en 1890 en el mismo Valencia. Lo deducimos por la serie completa. Desde el título, con algún carácter distinto, tiene añadido en el original cuatro páginas que parecen introducción a la plática; lo indicamos como Documento Plática 5.º-23 A. El cuerpo de la plática lo indicamos como Documento Plática 5.º-23 B. Documento histórico sobre la situación en que nace la Hermandad. Forma con el resto de la serie la Carta Magna Fundacional de la Hermandad.
23-A
Perfección de virtud en nuestra Obra
3.ª
No sólo hemos de atender y ser modelos de una clase de almas, no sólo hemos de atender al bien de una Parroquia, no sólo ha de ser un objeto aislado nuestro ministerio, sino que todos los objetos y todas las almas y todas las Parroquias han de ser campo de nuestro celo para su santificación, y no sólo hemos de ser conocidos de una clase de personas, sino que nuestro trato ha de ser con seglares, y mujeres y sacerdotes y religiosos y Prelados e Institutos que tendrán fija la vista sobre nosotros.
Pero aparte de esto tenemos por objeto primordial el de la máxima gloria de Dios, que el Señor quiera confiar, aunque inmerecidamente a nuestro cuidado, el fomento y formación de las vocaciones eclesiásticas y aun religiosas.
Aunque no tuviéramos otro objeto, de tanta trascendencia, que no hay mayor ni igual en el mundo para la gloria de Dios, toda la eternidad no sería bastante para dar gracias a Dios que nos ha puesto en disposición de cooperar a esta Obra, si somos fieles a ella.
!Oh! si yo pudiera repetiros algunas de las ideas expuestas ya sobre este punto! Es la llave de la cosecha en el campo de la gloria de Dios.
Y lo que es más. No veo, al menos en España y por hoy otro medio de trabajar este campo más que por medio de nuestra Obra, porque los Seminarios, y no os escandalizaréis porque lo vais viendo algunos, en su actual modo de ser no pueden realizarlo aunque quieran. Son esfuerzos individuales. No forman ente moral. Sólo pueden hacerlo los Institutos, y éstos no vendrán por ahora.
Pues bien; este objeto exige en nosotros una santidad mayor, y prescindiendo de razones que me alegrarían, este objeto nos pone en deber /de/ forma gregis, y no recibirán mayor forma de santidad más que le que le infundamos con nuestra palabra y nuestro ejemplo. No aprenderán la perfección de los religiosos, porque creerán por instinto que no les toca esta. No se creerán obligados a más santidad que la vean en nosotros que somos sacerdotes, ni a otro celo, ni a otra conducta, ni a otro comportamiento.
Dijimos también que además del deber de esa mayor santidad, tendríamos más peligros, porque tendremos más alabanzas, seremos más apreciados, disfrutaremos de grande prestigio, etc, etc., sobre los cuales puntos yo quisiera poder extenderme.
¿Cómo pues lograremos esta santidad?
23-B
Pues bien; esta perfección sacerdotal la debemos obtener con más cuidado en nuestra Obra, 1.º Por la mayor trascendencia de nuestros ministerios, 2.º Por algunos peligros especiales, 3.º Por los medios especiales que no tendríamos fuera.
1.º Por la mayor importancia de nuestros ministerios y objetos.
Cierto que el sacerdote ha de ser la sal de tierra, para que todo lo que toque sea condimentado con esta sal de edificación, y de palabra para bien de las almas.
Más también se ve que esta sal ha de ser más abundante según el mayor contacto de almas con las cuales ha de trabajar, y según la mayor cantidad que se requiere de esta edificación según la condición de estas almas.
Y es bien seguro que en un pueblo pequeño una conducta medianamente piadosa del sacerdote bastará para la edificación, y sus defectos estarán muy lejos de tener la trascendencia que tendrían en otra clase de personas que aquellas sencillas y rudas con las cuales vive. Y que serán de mucha mayor trascendencia estos defectos, sea de ciencia, sea de carácter, sea de virtud, en otra clase de personas que por sus recelos podrían hacer un efecto fatal, o que llamados a mayores designios de Dios, enervarían el desarrollo de esas almas.
Pues bien; miremos en cuanto a la extensión del deber que tenemos de santificación sacerdotal; porque el Señor quiere confiarnos los intereses todos de las diócesis.
No habrá ni uno, que no pueda ser objeto de las oraciones y del celo del Operario (como lo veremos cuando tratemos de nuestro celo), todas y cada una de las necesidades hemos de hacerlas nuestras, como si el Señor nos las hubiera confiado, y sufrir y padecer cuando no podamos remediarlas.
Pero aparte de estas necesidades y objetos de celo que son todas, examinemos las condiciones y número de personas a las cuales hemos de servir de espejo.
Tenemos en primer lugar la obra máxima de Jesús, y que él, inmerecidamente por nuestra parte, quiere confiar a nuestros cuidados. El fomento, sostenimiento y formación de las vocaciones eclesiásticas, y aun religiosas.
Aunque no tuviéramos más objeto que este, es de tanta trascendencia, que no lo hay igual en el mundo para la gloria de Dios, y toda nuestra eternidad no sería bastante para dar gracias a Dios que nos ha puesto en disposición de cooperar a esta obra, si somos fieles a ella.
Todos los días nos estamos lamentando del estado del mundo y de la sociedad, de la imposibilidad del remedio, de los trabajos de la impiedad, de índole perversa de las Parroquias.
Por otra parte vemos se está trabajando en la propaganda católica continuamente por los seglares fervorosos.
Los institutos religiosos están agonizando por Cristo por continuas fatigas.
Se establecen asociaciones para todas las clases de la sociedad, para todo género de personas, y para prevenir toda clase de necesidades. La atmósfera de Cristo se respira, y Christus vincit.
Y sin embargo cuando estos mismos institutos y las almas conocedoras del estado de la sociedad se ponen a considerar en el fondo y tras esa atmósfera de piedad, con la cual habitualmente viven, lo que hay en realidad, el corazón se acobarda, y si no fuera por el deber que tenemos todos de hacer por nuestra parte cuanto podamos echarían la carga, o como el piloto en deshecha tempestad que no pueden resistir, amarrarían velas, dejándolo en manos de Dios.
Y con todo está en la convicción de todos que si hubiese bueno y numeroso clero, y éste secundara los impulsos que se dan a la piedad, la sociedad sería remediable y el mundo se salvaría.
Esto lo decimos todos los días, esto lo vemos claro, y la historia nos lo enseña en cuantos periodos crítico ha pasado la sociedad.
Más aún; otra cosa nos enseña la historia. Cuando el vendaval del infierno se ha cernido sobre una nación o una parte del mundo, si el clero se ha mantenido en su puesto, aunque hayan ido a la guillotina, la gloria de Dios ha brotado en medio del martirio, y ha venido /a/ triunfar de la misma impiedad triunfante, que asombrada se ha visto vencida por lo que creía muerto; y si no ha triunfado más, ha sido por las defecciones de gran parte del mismo clero.
Cuando el clero ha desaparecido o ha escapado, o le ha faltado unión, o flaqueado, como en Inglaterra, la gloria de Dios ha desaparecido completamente para quedar en las tinieblas de la herejía e infidelidad siglos enteros.
Esto nos dice la historia, y esto está en la conciencia de todos. Existen revoluciones particulares. Italia, Portugal.
Es la llave de la cosecha el tener clero mucho y bueno. Con esto todo puede esperarse. Sin esto casi son inútiles los esfuerzos.
Mucho clero y piadoso es, pues, la única solución, y sucede casi podríamos decir generalmente, que como más reducido es, menos piadoso suele ser, y si registramos la historia, también quizás nos lo diría , y es un fenómeno que tendría su explicación, si lo examináramos , pero que no es de este momento.
Pues bien; el infierno ya lo sabe, y sobre hacer decrecer el clero y por los medios que sabéis, no le han faltado medios, no sólo con los Patronatos, sino también con otros medios, y con los trastornos políticos, etc., /de/ lograr en muchas diócesis el adormecimiento del clero, y la corrupción de ideas y costumbres por otra parte, para quitarle la poca influencia que podría tener.
Pero aun así, atendida la raíz de la fe en nuestra España, sobre todo en poblaciones pequeñas, las masas son sanables si todo el sacerdocio estuviera bien formado.
Y cómo no? Si lo estamos palpando! Si hoy siendo poco el clero, y empobrecido, y colocado la mayor parte en pueblos que no se agitan a la vida y al movimiento de la sociedad, y no siendo en su /grande/?? parte lo que debe ser, sólo un acto de energía producido por el fastidio que le causa ya la guerra sorda del estado actual hipócrita, sólo un acto de energía, ha sido bastante para atemorizar al mismo gobierno, y con él a toda la impiedad masónica.
Si el clero es lo único que teme la revolución. No teme ya a ejércitos, que sabe sobornar, ni a combinaciones y golpes de política, lo único que teme hoy es al clero, y con que éste se una y le plante cara, está atemorizada, y aun /ni/ los partidos más radicalmente descarados quieren halagarle.
La formación, pues, del clero, repito, es la llave del remedio universal de las almas.
Mas ya lo sabéis. El clero no se ha formado ni podido formar, y no extrañéis la proposición.
Hace 50 años a esta parte, y desaparecidas las corporaciones religiosas, de cuyo seno brotaban tantos apóstoles (, , , )
Ha quedado el clero secular, por trastornos políticos y la timidez de los Obispos asediados ya (?) por leyes opresoras, los cambios de sillas de los mismos, las condiciones de algunos de aquellos por su salud o por otras causas, el mismo decrecimiento del clero, que le obligaba a pasarlo todo, y la indolencia y disipación de él, que no han podido remediar por faltarles los medios exteriores que en otros tiempos tenían, pues no sólo les ayudaba el poder civil, sino la misma atmósfera cristiana, sin personal en muchas diócesis para formarlos, sosteniendo no más los que podían, y pensándose muchos hacer gran cosa porque hacían algo, sin ejercicios, métodos para la piedad, etc, etc, etc, el clero en muchas diócesis, no es lo que debe ser, y sin tener las poblaciones las comunidades religiosas que en otros tiempos les bastaba para conservar la fe, pues establecidos en todas las poblaciones de algún vecindario, su influencia se extendía a los pueblos limítrofes con su palabra y con su ejemplo.
De aquí es que en algunas diócesis, somos afortunados. Diócesis hay, Obispo de And.ª, Oviedo, Zaragoza, Lérida, Castilla.
Y notad A. M. que este clero no puede hoy ni formarlo ni reformarlo los Seminarios, y no os escandalicéis de la afirmación. No lo pueden formar los Seminarios en la acendrada piedad, y hablo de los internos, por muy dignos que puedan ser los individuos que estén al frente de ellos.
En primer lugar los que están al frente de los Seminarios, están sujetos a una amovilidad que enerva ya de por sí las fuerzas de los que han de formarlos.
Aunque prescindamos de este carácter amovible, y que o muchos de ellos fastidiados de esta misma inseguridad, lo dejan o para pasar a una prebenda, o beneficio o hasta una Parroquia, o ejercitan ya el cargo para conseguir esto. Aun suponiendo celo desinteresado, por parte de algunos, cumplirán aquello sí que les está confiado por deber, y harán lo posible para cumplir con este deber y estarán tranquilos porque hacen lo que pueden; pero es el caso que no pueden hacer aquello como lo haría otro aun de menos condiciones naturales, y que lo hiciese por vocación, y consagrado, mediante esta vocación a aquel cargo.
Más aún; aun suponiendo que tal vez su desinterés y su vocación, que no será lo común, no podrán obrar según su celo y su vocación, porque no serán siempre secundados, tal vez serán contrariados, y el otro compañero le argüirá de excesivo celo, y cubrirá las faltas de los que pueden delinquir. Y si es el Rector el que despliega este celo, encontrará una resistencia callada y sorda, en sus inferiores o tal vez en los mismos profesores; si son los Vicerrectores o Prefectos, se verán coartados por la autoridad del Rector, o por sus compromisos.
Sería preciso para formar la piedad en estos centros, la vocación para ello, las condiciones, la unión mutua conspirando al mismo objeto, y una autoridad de las mismas condiciones que la vigilare.
Y esto no podría hacerlo, y sólo lo hacen en algunas partes los Institutos religiosos, dedicados por vocación a ello. Y aun estas Instituciones para poderlo lograr han de tener la enseñanza, o parte de ella; de otro modo aun tal vez se desvirtuaría su acción.
Y estos Institutos no existen todavía en España, y están lejos aún
La piedad, pues, no puede formarse del todo en los Seminarios, y esto dando y concediendo, que todo el personal sea regular o pasadero, ??? Orihuela??? y no joven y que el tiempo sea normal, y los Obispos estén sobre el Seminario, y no vengan interinidades de Diócesis, y cambios frecuentes, etc, etc, etc.
Y aun cuando viniesen esos Institutos, y obtuvieran la enseñanza (ojalá fuese así) la mejor parte siempre nos tocará a nosotros, y además (...) Y los tendremos en mejores condiciones para su formación.
Y vengo al punto ya propuesto.
La mayor parte, he dicho, los tendremos nosotros. No conozco bien la historia de los Seminarios desde el Concilio de Trento, que es de cuando existen, pues antes se formaban en los conventos en los primeros años, y por esto allí se quedaba lo mejor, y por esto el Concilio de Trento, en la sección 23 (según vi cuando etc) tuvo tanta alegría al ver planteado el sistema de los Seminarios que sólo por aquella sesión etc, etc, etc.
No la conozco, digo, pero presumo que siempre los extremos habrán sido la mayoría, y esto sucederá generalmente al menos, y si no peor para los Seminarios si están como ahora.
Pues bien; tendremos la mayoría , y la piedad de los nuestros si la logramos influirá en la de los demás, y además influiremos en ellos por lo que diré, durante la carrera y aun después.
Y voy ya al punto propuesto, que ya casi os he hecho olvidar, esto es, la santidad nuestra, la trascendencia de nuestros objetos y ministerios y el primero de ellos el fomento de vocaciones eclesiásticas clave de todos los intereses de gloria de Dios.
Ahora bien: ¿No se necesita mayor santidad sacerdotal en nosotros, que en ninguna otra clase de sacerdotes, y aun que la de los mismos religiosos? Y daré la razón; y tal vez os convencerá.
En la vida y en los actos de los religiosos nos sucede generalmente, lo que nos sucede con las vidas de algunos santos cuando las leemos, v.gr. la del P. Claver que leíamos hace poco, son para admirarlos, más que para imitarlos. Nos causan devoción, ternura, nos confunden nuestra flojedad, nos avergüenzan, y nos humillan, y nos sirven de lección para obrar en algunos casos; pero a nadie le ocurre proponerse imitar aquel modelo en todo, ni nos encontramos con fuerza para ello, y después de aquella devoción saludable sacamos deseos de santificación y de pureza de intención y de humildad interior, pero sus penitencias y humillaciones admirables, no nos resolvemos a realizarlas, ni tampoco las haríamos bien porque no estarían animadas de aquel espíritu de santidad.
Y así de alguna manera nos sucede con los actos de algunos Institutos religiosos.
Ni admirados mucho su traje penitente, su práctica de pobreza y aun sus actos, porque no son para nosotros, y ni aun concebimos muchas veces el mérito de esas acciones porque estamos tocados del espíritu del mundo, y aun si les vemos faltas, nos extrañan sobremanera, y sobrepujan a la edificación que pudieran darnos con sus actos.
Mas si vemos actos sacerdotales heroicos y aun no heroicos, nos hieren. Si topamos con algún sacerdote sacrificado, con pureza de celo, comedido, que tenga presencia de Dios, de buenas formas producto de su recogimiento, no sólo nos humilla interiormente, por más que algunas veces quizás le hayamos tachado, sino que nos arguye a su imitación. Esto nos ha sucedido con el contacto de algún jesuita, en sus actos puramente sacerdotales, o de piedad, que son idénticos a los nuestros, y también con algunos seculares.
Sin duda que a algunos o a todos vosotros habrá sucedido. Duch.
Su conversación, su caminar, su colocación de manos, el nombre que tenía de su instrucción, el respeto que inspiraba, me producían una devoción y emoción extraordinarias, hasta que le traté con más familiaridad, y aun después me encantaba.
Yo podría referiros a nuestro cofundador D.M.G., que a pesar de ser tipo diferente, y de haberle tratado íntima y familiarmente, y es lo común que la intimidad desvirtúa el mérito cuando éste es visto de lejos, y con todo era un espejo de imitación en su celo, en su ordenación de tiempo, en su aplicación en todo.
Los actos, pues, nuestros sacerdotales en la Obra, serán para ser imitados , porque es la vida sacerdotal, y si estos no tienen la santidad y aun las condiciones que se requieren en un sacerdote santo, no las transferiremos, porque sabido es que lo que puede /es/ la imitación.
Si ambicionamos en ellos, ¿qué digo?, si tenemos el deber de infiltrarles en la piedad sacerdotal es preciso que la tengamos en grado perfecto, que promueva (?), pero hasta que admire si es posible.
Porque notad una cosa, y no debéis olvidarla. Nunca practicarán más santidad que la vean en nosotros. Algún individuo habrá a quien Dios quiera conceder una perfección mayor, y se la comunicará con sus luces particulares.
Pero la generalidad no hará más de lo que vea en nosotros, porque tampoco aspirará a más, porque no concebirá más posible que lo ha visto en sus directores espirituales y superiores, y que nosotros tampoco en nuestras instrucciones no les enseñaremos nada más prácticamente, ni en nuestras pláticas, porque regularmente nadie enseña sino lo que practica o desea practicar y está poseído de ello. !Tremenda responsabilidad la nuestra, la de ser molde de la piedad sacerdotal para el bien de las Parroquias y del mundo todo!
Pero al mismo tiempo !idea consoladora! porque notad que si nosotros poseemos la sólida piedad sacerdotal, la infundiremos sin darnos cuenta de ello.
Semejante a aquello de Jacob, que ponía delante de las manadas de corderos, al ir a beber, los leños aquellos blancos, o luego negros, o luego variados, que salían los corderillos de aquel color, así también, nuestra vida, nuestras reflexiones, nuestros consejos, nuestro porte, nuestro desprendimiento, nuestra vida activa y de celo, nuestro interés por las almas, sin darnos cuenta de ello, irán transmitiéndose insensiblemente, y sin darse ellos tampoco cuenta, y fructificando por la gracia de Dios, se transmitirá por su conducto en otras almas, sin nosotros saberlo.
!Cuántos A.M. de esos jóvenes, ordenados y aun...darán gloria a Dios y santificarán muchas almas, sin nosotros pensarlo y advertirlo, y en los cuales nuestro cuidado y nuestras oraciones y pláticas, habremos creado allí un germen de piedad que desarrollado habrá santificado algunas almas, y les habrá enseñado la comunión espiritual, y otras almas la practicarán por medio de ellos, y nosotros habremos sido el primer principio de aquellos actos de bien!
¿ Y cuántos otros jóvenes, aun de los que dejan nuestros Colegios y rodando irán a otras diócesis y al fin se ordenarán, y de cuya fisonomía ya no nos acordamos, y luego mediante la semilla arrojada, tal vez sin pensarlo nosotros, hará un sacerdote regular, y propagará la gloria de Dios, y según aquella expresión de J.C., cuando allí junto a Samaria les decía: Mirad los campos que están ya para coger, y vosotros (...)
Y nosotros participaremos en gran parte de esta mies que otros recogerán.
Consoladora es esta idea, al mismo tiempo que tremenda por la responsabilidad que encierra.
Todo esto para repetiros que nuestra santidad sacerdotal ha de ser mayor que en los demás sacerdotes, por la mayor trascendencia de nuestros ministerios y objetos y en el mayor de todos del fomento
de vocaciones eclesiásticas.
Si yo no temiera molestaros A.M. cuántas cosas podría añadiros sobre este punto capital.
Hemos sido jóvenes. No se si a vosotros os habrá pasado. Pero me figuro que más o menos a todos habrá sucedido algo. Hemos tenido Profesores, Superiores, confesores varios. No existen ya. Mirábamos entonces sus acciones, sin fijarnos en ellas, sin producir a nuestro parecer ningún efecto trascendental, ni nos escandalizaban sus defectos gran cosa, ni sus virtudes producían al parecer resultado.
Pero pasaron los años, y la actitud, la ciencia y la prudencia de unos, la tenemos grabada en nuestra imaginación, la sincera piedad y gravedad de otros, la recordamos con consuelo, y con devoción, y con respeto, y hasta diré nos sirven de ejemplo aún hoy.
Y los defectos de otros, porque defectos tenían algunos, y veíamos a algunos superiores salir todas las tardes a pasar la velada en el tresillo y amigos de muchas comodidades, y viaje de recreo y de bastante indigencia sacerdotal, fuera de las ocupaciones de su clase, (que entonces ni nos ocurría significar aquello nada, por el respeto que nos inspiraban), pero que después las tenemos clavadas en el pensamiento, y ya entonces insensiblemente enervaría la piedad en muchos, y luego las recodamos para dejarnos cierta displicencia, ya que no imitación por la gracia de Dios. Sí, no podemos concebir ni figurarnos la influencia que ejercemos en la juventud, sin verlo nosotros, ni figurárselo ellos.
Nos tratamos ahora nosotros unos con otros con familiaridad, y sabemos que no nos edificamos mucho unos a otros, si bien nos animamos sin sentirlo mutuamente con nuestra voluntad coadunada para el bien.
Pero para los jóvenes es inmensa la trascendencia y la influencia que ejercemos con nuestra conducta, y estamos seguros que un día ellos medirán por instinto aun la diferencia que habrá habido en cada uno de nosotros, ya sea en virtud, ya en prudencia, ya en carácter, y que han sido todas estas diferencias y caracteres de edificación en la vida práctica, las tendrán muy presentes y les servirá de remordimiento y acusación si logramos la verdadera santidad en el tipo sacerdotal.
No me extiendo, repito; sólo he divagado en esas consideraciones para haceros ver que al ingresar en nuestra Obra, contraemos el compromiso de mayor santidad y gravedad sacerdotal, por lo mismo que hemos de ser molde de los demás sacerdotes, sal continua de edificación por el contacto continuo con aquellos que han de ser no ya corderos, sino ovejas para engendrar almas para Cristo y alimentarlas con la leche de la piedad.
Porque, no consiste no, y concluyo, no consiste en darles la ciencia, que aprenderán en los Seminarios, y cuyos profesores adquirirán más o menos renombre, que no deja de ser ya un bien, sino principalmente en la piedad práctica que vean, unida a una verdadera ilustración que en nosotros también deben comprender y adivinar y estar seguros de ella, y que nosotros debemos tener si queremos hacer eficaz nuestra piedad, y que nosotros debemos poseer, y de la cual no quiero hablar en este momento, y que entra también en nuestros deberes sacerdotales en esta Obra, en la cual vamos a ser spectaculum Angelis que son ellos, et hominibus.
Y lo dejo para hablaros también del deber de nuestra perfección mayor sacerdotal, por los otros ministerios nuestros y personas con las cuales hemos de tratar fuera de los Colegios.
Escritos I, vol. 5.º, doc. 24
Enero 1889
Colegio de Valencia
A los Operarios
Documento titulado 4.º por D. Manuel: es por tanto el 4.º de la serie que forman en total seis pláticas. Repetido en 1890 en Valencia.
Como toda la serie, es la Carta Magna fundacional de la Hermandad.
4.ª
Perfección mayor en esta Obra
El estado sacerdotal es de perfección, por lo tanto en sí es más perfecto que el religioso. Claro es que el sacerdote religioso tiene igual perfección de virtud (?) Más (?) los votos.
Pero en sí no constituye mayor perfección.
El estado sacerdotal es de perfección.
No es mi ánimo ni propio el hablaros de esto, que si hablásemos sería un motivo para amar estar en la Obra, mejor que en otro cargo.
El sacerdote (...)
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Medios
1.º Las virtudes. Celo queriéndolo, 2.º con la práctica y 3.º Obediencia, Humildad. Rgm.
2.º Reglamento
3.º Reparación y Oración
4.º Corrección (?) y reprensión (?)
Perfección de virtud en la Obra.
Por el trato con los extraños
No sólo nuestra vida ha de ser perfecta en el estado sacerdotal por tener que ser el molde de los que han de ser sacerdotes, sino también por nuestro trato con tantos otros, y por las obras que hemos de fundar.
Y en primer lugar hemos de tratar los sacerdotes. Algunos de ellos que no nos pertenecen, a los otros que serán los que habrán salido ya de la Obra.
Pues bien; aunque como sacerdotes que seremos, no nos mirarán con aquel recelo, si podemos decirlo así, o miramiento que si fuéramos religiosos, con todo por regla general, nos mirarán como sacerdotes distinguidos, y ordinariamente como más que ellos, porque tendremos, como individuos de la Obra, cierto renombre. A más que generalmente oradores, ni muy estudiosos no es lo que abunda más, pero los habrá presumidos algunos más tal vez.
Pues bien; si queremos ejercer en ellos influencia y simpatía, y obtener condescendencias suyas para que nosotros podamos trabajar con algún provecho y desahogo, es preciso que vean en nosotros condiciones más especiales que en el común de los sacerdotes, esperarán más, y sobre todo piedad, instrucción y carácter, condiciones que examinaremos si tenemos tiempo, pero que en este momento las reduzco a una sola: a la santidad, por aquello de pietas utilis ad omnia, y si esta piedad es sólida, porque no ha de ser aquello que dice el Apóstol de algunos (Timoteo II-III) a los cuales encargaba que evitase. Habentes speciem pietatis, virtutem autem abnegantes; et hos devita, porque bueno más bien serlo que parecerlo, pero lo mejor es ser bueno y parecerlo.
Si esta piedad es sólida, ejerceremos con ellos la influencia necesaria, y suplirá si acaso nos falta alguna otra condición.
Sin este nombre y condición no llenaremos nuestra misión.
Si tuviéramos que tratar tan sólo con otra clase de personas, con mucho menos bastara; pero hemos de tratar con sacerdotes, y si llegasen a ver en nuestros actos y ministerios, intenciones torcidas, defectos ordinarios, falta de santidad en fin, no sólo no cumpliríamos nuestra misión elevada, sino que perjudicaríamos a la Obra, y tal vez a los logros de las obras que en ella quisiéramos plantear.
Omito aquí cuál debe ser nuestro comportamiento que será objeto de otras reflexiones, sino que tan sólo he indicado esto para haceros ver que nuestra santidad sacerdotal debe ser especialísima atendida esta clase de personas con las cuales principalmente hemos de tratar.
Y si estos sacerdotes son aquellos que han salido de nuestra Obra, no será menor nuestra obligación, para mantener el prestigio con ellos en medio de nuestra amabilidad, porque hemos de ser Patres Patrum, padres de los padres de almas, y Párrocos universales por medio de ellos.
Pero amén de estos sacerdotes, hemos de tratar a todas las demás personas, en el ejercicio de nuestros ministerios, y fuera de ellos. Y este contacto no ha de ser una vez sola, sino quizás varias veces volviendo al mismo punto; pues en esto precisamente nos distinguiremos de otras instituciones, en las cuales los individuos no son vistos más que una vez y así pasan sin que puedan fijarse a fondo en sus condiciones menos favorables; mas a nosotros nos verán más, y nos tratarán más de cerca por la misma frecuencia, y muchos de ellos vendrán después a vernos en los Colegios, sobre todo los más notables de ellos v.gr. los propagandistas que dejaremos u otras personas espaciales.
Por lo tanto es preciso que el buen nombre que adquiramos antes que nos conocieran y trataran, al oírnos en nuestro ministerio, pueda conservarse, y sin una virtud sólida irá desapareciendo el respeto y reverencia que les produjimos con nuestros primeros actos.
He aquí, pues, el deber se ser más santos que los demás sacerdotes, por la índole de nuestro ministerio y de las personas distinguidas con las cuales hemos de tratar y con alguna frecuencia tal vez.
En otras todo lo hace la Obra, aquí no, nosotros.
Pero me parece haber indicado también al principio de estas reflexiones que debiera de ser mayor nuestra santidad etc. por los peligros que acompañan a nuestro ministerio.
Creo os dije en otra ocasión que todo lo de nuestra Obra es de grandísima excelencia y de suma trascendencia; todo es de máxima gloria de Dios, es la mejor de cuantas Instituciones existen, y con mayor santidad que las otras. Pero que sólo hay dos lados oscuros, los peligros y las fatigas.
Los peligros; Sabéis muy bien y tal vez lo he dicho en otra ocasión, la conducta que observan los Institutos religiosos .
Ellos nos los envían sin preparación.
Ellos están sujetos a reglas rigurosísimas, a una atmósfera de consejos y ejemplos.
Ellos llevan en sus prácticas (en algunos) la obligación de manifestación de su conciencia.
Ellos vuelven al centro donde si algo ha podido pegarse, se despega.
Y con todo cuál mal les sabe que estén muchos días en el ministerio.
Aun en las mismas residencias, con obligación de decirlo todo, y con todo, !cuántas caídas lamentables! !Si las supiéramos!
!Cuánto no se gastan los misioneros y los mismos franciscanos y Capuchinos!
Y les entra la vanidad y presunción, y la atmósfera de buenos predicadores y la confianza que inspiran, se disipan y abren la puerta a afecciones.
Y eso que el ser religiosos, y el hábito y la vida de mortificación, es un obstáculo para ningún paso atrevido, porque se considera imposible.
Y con todo les entra la disipación y la vanidad, y todo esto abre la puerta a tempestades deshechas en el corazón. ¡Si es tanta la miseria humana¡
¿Pues qué será de nosotros?
Seremos más apreciados , si no por lo común de los pueblos, particularmente por algunas clases, o por lo menos por determinadas personas.
Estaremos con más contacto, porque habremos de intervenir en el planteamiento de muchas obras de piedad.
Seremos más agasajados, porque iremos más bien a dar que a recibir.
Recibiremos confidencias íntimas de conciencia, confianzas que no desaparecerán con nuestra marcha, sino que continuarán con consultas o se repetirán si volvemos a los mismos puntos.
¡Qué atmósfera tan grande de disipación y de peligros¡ ¡Cuán fácil es obrar luego sin pureza de intención en nuestros ministerios¡ y por tanto secarse nuestros trabajos y buenas obras.
¡Cuán fácil el fastidio de nuestras correrías¡ ¡ Cuán fáciles las afecciones determinadas o peligros inmensos¡
¿Cómo puede vivir en esta atmósfera sin la base de una sólida piedad? ¿ Sin la perfección del estado sacerdotal, evitando y estando en acecho de la tibieza?
Y he dicho últimamente que nos pone en el deber de obtener la santidad, los mayores medios que nosotros tenemos.
Sencillo es nuestro Reglamento, sencillísimas nuestras prácticas, las de un sacerdote. No obstante, estad seguros y así lo comprenderéis que a pesar de nuestros buenos deseos, difícilmente las hubiésemos practicado, al menos con constancia, en nuestra vida individual sacerdotal.
Mas ahora las practicaremos. Bien o mal: pero el recuerdo de estos deberes de fidelidad serán un despertador continuo.
Y nuestros exámenes del día de retiro serán una espuela que nos aguijoneará.
El temor de menoscabar la Obra, con nuestras faltas de conducta y de discreción serán un centinela alerta que nos hará ir con
cuidado.
El ejemplo de los otros Operarios no sólo será un freno, sino un sostén fortísimo y todas las demás prescripciones del Reglamento muralla a nuestra fragilidad; y el consejo continuo de nuestros confesores y directores y las advertencias frecuentes, un escudo para prevenirnos.
Condiciones todas que no hubiéramos tenido jamás en nuestra vida individual sacerdotal.
Pero sobre todo tenemos el grandísimo medio, nuestra vivienda en común, pero no aun por eso, sino por el objeto principal a que estamos dedicados en ella; hablo del cuidado de la juventud y de su dirección.
Cuantas veces me han espantado los peligros de los Operarios en nuestra Obra, me ha venido a tranquilizar esa idea.
Ya decía aquel religioso "Donde hay enseñanza hay observancia", es decir, donde hay juventud y juventud como la nuestra que es fervorosa, hay observancia en todos. ¿ Y cómo no? Los Colegios serán el punto mejor que un convento. El pobre Operario deseará al verse combatido el guarecerse allí, he aquí el gran medio de salvación. Por esto hemos de ser más santos, agradecidos.
¿ Cómo poder nosotros vivir en la disipación, en el peligro, estando amonestando y dirigiendo aquellas almas y preparándolas a la perfección sacerdotal y reprenderlas de sus caídas?
¡ Oh¡ Las palabras se nos atragantarían y nos parecería que están leyendo nuestro corazón, y...¡oh¡ nos cogerían ganas de irnos a la otra parte de los mares para ocultar nuestra confusión.
Yo concibo que un pobre sacerdote, tratando sólo un número reducido de almas de cierta clase, arrastre la cadena, esterilizando, (así)su ministerio y llevándolo con dejadez que se atribuirá a la dolencia y frialdad, pero él encubriendo su corazón; pero tratando a los que hemos de tratar, muchos de ellos santitos, casi de nuestra misma condición, y teniendo que ejercer siempre nuestros ministros, ¡ah¡ sería incompatible nuestra disipación.
He aquí un beneficio que el Señor nos ha hecho y que nos obliga a ser santos aprovechándolo.
Tenemos, pues, un deber especial y lo encontramos ante el Corazón de Jesús al consagrarnos sus Operarios, de caminar, qué digo, de poseer la santidad, ya por la trascendencia de nuestros ministerios, de los cuales depende la gloria de Dios en grandísima y mayor escala que a ningún otro sacerdote, ni religioso.
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Cómo cumpliremos este deber
Ahora bien, pues, ¡cómo cumpliremos este deber y estaremos tranquilos algún tanto es esta obligación? En primer lugar, os podría dar la contestación que Sto. Tomás dio a su hermana que le preguntaba qué se necesitaba para ser santa. Quererlo, que le dijo el santo. Quererlo, esto es, el deseo verdadero y constante de nuestra santificación sin parar, y de corresponder a todos los designios que Dios tenga en nosotros en la Obra y por medio de ella.
No vengo no a hablaros precisamente del deber que tenemos de no parar en el camino de la santificación interior, porque sabido es de vosotros, que según el sentir de todos los santos, el parar en el camino de la virtud, es volver atrás, es entrar en el estado de la tibieza, principio de condenación sobre todo para el sacerdote.
Este deseo de adelantamiento debe estar grabado en todo sacerdote y vosotros lo grabaréis en toda alma piadosa que se resuelva a seguir al Señor.
Sino que para cumplir nosotros con el deber de Operarios de Jesús, a más del deseo constante de nuestra perfección, que esto es ya perfección, y todos debemos serlo de este modo, porque somos sacerdotes, debemos querer y con deseo constante e inalterable, de no parar nunca hasta la muerte en el cumplimiento de los designios que Jesús quiera confiarnos en la Obra, siempre con fidelidad mayor y con humildad santa. S. Pablo.
La perfección consiste en cumplir la voluntad de Dios, y con mayor perfección podamos, y por lo tanto el cumplimiento de nuestro deber, desde el momento en que nos hemos consagrado a El por conducto determinado y a objetos determinados de su voluntad, es el cumplir esta voluntad en el ejercicio de nuestros ministerios con constancia y docilidad.
Y no sólo cumplirla con fidelidad y docilidad, sino que el Apóstol
S. Pablo, nos añade otra condición. Hablando a sus fieles les decía: "Cum timore et tremore operamini sanctificationem". Obrad vuestra santificación con temor y con temblor. Pues para cumplir nuestro deber de Operarios espaciales de Jesús, es el estar dispuestos siempre a cumplir cuanto el Señor /quiera/ obrar en nosotros y por nosotros en la Obra, sino aun esto obrarlo con temor y temblor. Sólo así podremos estar tranquilos. Que si no tenemos este temor y esta espina presumiremos en nuestro ministerio, y ya no haremos todo lo que debemos. Mientras si tenemos este temor, lo cumpliremos siempre, porque el temor guarda la viña.
He aquí el primer modo de cumplir el deber de nuestra mayor santidad en la Obra, el no negarnos a cuanto el Señor quiera exigir de nosotros.
Y no consiste, no precisamente este cumplimiento en hacer más o menos, eso o lo otro, sino en poder decir que cumplimos en aquello la voluntad de Dios y que lo cumplimos con fidelidad y vigilancia cada uno. Porque nuestra Obra es una, y lo que hacen todos lo hace cada uno y cada uno entra /y/ sirve en el mismo mérito de todos, y lo de todos es propio de cada uno, mediante esta mancomunidad de intereses de los cuales hacemos como contrato de compañía y entramos en las ganancias generales. Esto para nuestro consuelo.
Pero como quiera que el cumplimiento de esta voluntad de Dios está en la variada operación de nuestros ministerios exteriores y de nuestras prácticas, debemos recordar el modo de cómo cumplir estos ministerios para cumplir con ellos la voluntad de Dios y por consiguiente nuestros deberes.
Y yo debía poner a vuestra vista en estas santas colaciones, las virtudes que principalmente deben acompañar nuestros ministerios para cumplir en ellos nuestro deber.
Y aunque no sea más que de corrida debemos recordar algunas.
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Obediencia
No quiero hablaros de la primera virtud de nuestra Obra, única que está prescrita con voto, y aun casi si puedo decirlo así con sentimiento de ello, porque nuestra Obra libre debe vivir de la espontaneidad de corazón, pero que está impuesta por necesidad para que la Obra pueda tener carácter universal. De otro modo era imposible.
No quiero hablar extensamente de esta virtud porque no es propiamente un ministerio exterior, a fin de examinar cómo hemos de practicarla, para cumplir nuestro deber (con) respecto (a) en ella.
Sólo sí debo decir que para nosotros, para cumplirla debidamente no debía existir el ejercicio de esta virtud. Nuestra obediencia mejor que completa debe ser cordial y hemos de desear no tener más que indicaciones, en lugar de mandatos.
La obediencia es lo más consolador en la vida espiritual, sobre todo, cuando uno está atado con voto, porque sobre no poder obrar de otra manera, se tiene el indecible consuelo, la inefable tranquilidad de cumplir la voluntad de Dios.
Lo más amargo en la vida del espíritu, lo mismo en las cosas interiores de nuestra alma, que en la ejecución de los actos exteriores de nuestra vida es la duda y el temor de si cumplimos la voluntad de Dios.
Para comprender esa amargura, tal vez el Señor os deje en algunas ocasiones en situación de tener que resolveros o resolver y entonces comprenderéis la amargura sin igual de la indecisión en el cumplimiento de la voluntad de Dios en vosotros o en otra alma, sobre todo en vosotros.
Mas he aquí que la obediencia es la mano providencial que nos señala con seguridad el camino de la voluntad de Dios, por más disparatado que fuese el camino que debíamos seguir.
Yo de mí sé deciros que ha sido siempre tal mi fe en esta virtud, y me ha parecido de tanta facilidad en mis consultas, en los variados episodios de mi juventud y de mi existencia sacerdotal que cualquiera que haya sido la resolución que se me haya dado, si se me ha dado resueltamente (pues por desgracia se me ha dejado más de una vez en las astas del toro) si se me ha dado resueltamente me ha tranquilizado sobremanera aunque algunas veces me hayan sido duras, en ciertos asuntos, y hubiera estado dispuesto a abrazar cualquier situación y cualquier estado.
Por esto en las dificultades del estado religioso, al cual no sentí nunca resolución decidida, podían parecerme duras ciertas prácticas, atemorizarme la pobreza por lo difícil de su cumplimiento en el espíritu de ella, etc, etc. Pero respecto de la obediencia puedo deciros con ingenuidad que no sólo no me hubiera intimidado, sino que era lo único que me hubiera halagado, si el Señor me hubiese manifestado ese camino.
Y casi quisiera añadiros aunque parezca una necedad que una de las cosas que pido a Jesús es(de) que la pueda ejercitar exteriormente antes de morirme.
Respecto de esta virtud, repito, que lo creo innecesario, la recordemos para el cumplimiento de nuestros deberes, porque innecesario será su ejercicio, atendiendo la cordialidad con que nos hemos ofrecido a los ministerios sacerdotales de la Obra, y si alguna dificultad el enemigo quisiera ofrecernos, la lectura de la eficacia de esta virtud y las condiciones que ella debe /tener/ para su perfección, si esta perfección necesitáramos, nos la dará la lectura de los libros espirituales, en particular del P. Rodríguez, que es uno de los autores que la tratan con mayor fundamento y lucidez.
Sólo así, debo deciros, 1.º: que no es opuesto, no, como tal vez lo sería en otras instituciones la manifestación ingenua de la repugnancia que pueda causarnos su cumplimiento en todos los casos particulares, atendida la índole sacerdotal de la Obra, sino que será virtud de santa sencillez y de mayor complacencia en los que Dios ponga el deber de indicar, la manifestación de su timidez o de los inconvenientes que acaso puedan preverse, pero siempre con la cordial disposición de cumplir la voluntad de Dios, esperándolo todo de El, si tal fuera dicha voluntad.
Y en segundo lugar que no debemos procurar nunca hacerla necesaria, bastándonos para obrar más que la obediencia, las meras indicaciones que se nos hagan, ya porque es mejor obediencia, ya porque por lo común las indicaciones son preceptos de suavidad que deben movernos con más fidelidad y dulzura a su cumplimiento.
Y últimamente que esta misma cordial disposición nos inclinará a no obrar comúnmente y aun en muchos actos al parecer insignificantes, sin la seguridad de la (...)
Ya dice el Esp. Santo, sine consilio nihil facies, et post factum non poenitebit. No hagas nada sin consejo, así no pesará después. Si esto dice en lo que es mero consejo y no cosas determinadas por precepto y que podemos obrar según nuestro parecer, mucho más en aquello que después puede ser ocasión o dar lugar a no ser aprobado o a mirarse con displicencia.
Este espíritu de obediencia para la tranquilidad nos moverá a no obrar nunca en cosas pequeñas por nosotros mismos, sino que lo consultaremos todo.
Es lo único que se ofrece, si bien como se comprende podía dar /lugar/ a largas reflexiones. Pero repito como no es virtud tan propia del ministerio exterior, no es para tratarla detenidamente.
Tampoco, y por la misma razón, trato, para hacer ver cómo cumpliremos la voluntad de Dios y por lo tanto la perfección que exige nuestra unión a la Obra de la virtud de la humildad. Sólo...
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Humildad
La humildad como sabéis, es el fundamento de todas las virtudes y es un axioma en la vida espiritual, que tanta será nuestra santidad como nuestra humildad, y cuanto más ahondemos en ella, tanto mayor santidad adquiriremos.
No vengo pues a hablar, porque es virtud general, y que debemos ir filtrando en nuestras almas y en nuestras meditaciones y pláticas, sus condiciones, sus grados, y aspirar a ellos, si deseamos ser santos sacerdotes, sobre todo desearla.
Sólo dos cosas debo advertir relativas a nuestra especial instrucción.
1.ª Como que es fundamental, en todos los Institutos se la promueve con ejercicios. Los santos del yelmo, los Institutos religiosos.
Mas a nosotros nos faltan esas ayudas, en primer lugar, porque nuestras comunidades no serán numerosas, y no pueden prescribirse muchas exteriores, y a la vida sacerdotal más que religiosa se aviene menos a esas prácticas visibles. S. Francisco de Asís, S. Ignacio.
No las tenemos, pues. Por otra /parte/ recuerdo lo que sobre esto dice con mucho conocimiento de causa el gran sacerdote y modelo de Operarios S. Francisco de Sales, que como la humildad ha de ser fruto del corazón, más que del entendimiento, aconseja este santo que en las prácticas o actos externos de humildad, sólo debemos hacer aquellos que salgan del corazón, y podía suceder muy bien que en los puntos o Institutos que las tengan prescritas se practiquen por hábito para cumplir con la regla y por no faltar a ella y con todo servir muy poco estos actos para acrecentar la humildad. Ejemplos....y suceder como aquello de "Charitas in pariete, etc"
Por esto si llegamos a poseerla en el 3.º grado, que a ello debemos aspirar, ya tendremos ocasiones de ejercitarla.
Pero sin embargo, como que nos faltan esas ayudas exteriores, debemos procurarla y pedirla a Dios incesantemente y ejercitarnos en ella con el soportamiento mutuo.
La 2.ª cosa que quería advertir respecto de esta virtud, es que sin ella no obtendremos el resultado de nuestras continuas operaciones. Cuando con más desconfianza de nosotros mismos y de nuestras indignidades y con gemidos de corazón, encomendemos a Dios nuestras cosas, estemos más seguros del resultado que siempre será infalible si no se opone a la gloria de Dios.
Y que siempre que hacemos las cosas con fidelidad, satisfechos de nuestras fuerzas o por creerlas de fácil cumplimiento, o tal vez por alguna excesiva satisfacción, no veremos tan palpables los resultados. La experiencia nos lo demostrará y Jesús que es bondadoso, cuidará de humillarnos, para ver de hacernos humildes.
Últimamente, y es lo más importante, no olvidemos el ejercicio de humildad, base de la conservación de nuestras almas en la Obra, y de la conservación del buen nombre de ella, y de la uniformidad de su espíritu. Tal es la prontitud de todas las advertencias que se nos hagan, justas o injustas, y a nuestra fácil declaración de espíritu, a los confesores que escojamos, y nuestra misma declaración y abertura en el estado de nuestra alma, y adelantamiento de virtudes, inclinaciones y peligros, a los superiores, pero declaración espontánea.
En algunos Institutos religiosos modernos, sobre todo Jesuitas, se ha establecido la práctica de la manifestación de conciencia (aparte de la delación) en confesión o por secreto natural. Mas debemos observar dos cosas, 1.ª: que la compañía de Jesús que lo introdujo, y contra la cual disposición tanto se sublevó y que al fin se aprobó por la Santa Sede, tenía su razón. Lo exigía en cierto modo su vida apostólica. Solos S. Francisco Javier y otros. En nosotros no hay esa necesidad.
2.ª: Que la Sagrada Congregación, según la actual práctica, no la admite al parecer a los Institutos religiosos nuevos que se van fundando, y sus razones tendrá, y lo limita tan sólo al adelantamiento de virtudes, y faltas externas contra la regla.
Ahora bien: aparte de los motivos especiales que la Compañía tuvo y que le parecen necesarios a su carácter, en las Comunidades numerosas, es fácil esta práctica, y más si es como los Jesuitas que hoy tienen un Superior y mañana otro. Por esto en las residencias es ya más repugnante esta práctica, y como quiera que el carácter de nuestra Obra exigirá, 1.º: que no sean muchos; 2.º: que estén mucho tiempo, años y años tal vez en mismo punto, y 3.º: que regularmente serán los Operarios de las propias Diócesis o lindantes, era una preocupación dura el poner la obligación de cuenta de conciencia estricta a los Superiores, aparte de que no hay necesidad como la tendrán tal vez los otros Institutos. Por esto, pues, es espontánea en cuanto al pecado que puede ser con cualquiera, como respecto al estado y adelantamiento de virtudes.
Sólo es en cuanto a esto un puro consejo, y por esto se pone la disyuntiva el párrafo relativo a esta manifestación, y a aconsejarse.
Y la plantilla se limitará a lo mismo, de las dos partes pues, de los otros Institutos, no queda más que la primera, la delación, delación que hemos de desear, y apreciar, y bendecir, como veremos después, y como consejo el procurar a los Superiores y directores espirituales y sobre todo a los de la Junta, la espontaneidad mayor posible para nuestro bien.
Digo pues, que el ejercicio de la humildad en las correcciones por las faltas que se adviertan, y ejercitarse bastante nuestra humildad, y si la ejercitamos estamos salvos, y está salva la Obra.
Y esta condición de advertencia y avisos, es la que más debemos apreciar en la Obra, Si hubiéramos sido sacerdotes aislados ¡cuánto nos hubiera placido tener un director y aun un amigo verdadero que nos hubiese advertido continuamente¡ ¡Ah¡ sin duda si bien entonces lo hubiésemos aceptado sin violencia por ser de un amigo o director de nuestro Clero, pero el desearlo sin duda. (Práctica de corrección mutua)
Aun este amigo tal vez no lo hubiéramos tenido, y por otra parte he tenido ocasión de ver que esta mutua corrección es...ilusoria, no se practica.
Es pues un bien y no hubiéramos tenido fuera.
Pues este bien lo tenemos.
Debemos agradecerlo, porque aparte de la corrección de nuestros defectos y enmienda para con Dios, nos enmendamos ante el prójimo.
¿Si no nos conocemos¡
Echad una mirada por el clero todo, y veréis lo que se ridiculizan unos de otros.
Blande.
D. Luis (?) y cuántos¡....
Podrá suceder que no sea verdadera.
Que se haga por ojeriza, no, o por equivocación.
¡Bendita prescripción, pues, de mí sé decir¡ (...)
Y sino, ya se humillará luego.
Y que sea hasta la nimiedad.
¡Qué ejercicio de paciencia y humildad¡
Además existe el otro acto de humildad, la espontánea manifestación.
Se ha observado que en las Comunidades donde hay comunicación con los Superiores, hay espíritu, unión, y además conviene para los cargos que tengan que darles.
Como nuestra Obra es de tanta espontaneidad no podemos poner tan estrictamente, sólo consejo.
Obras de adelantamiento de virtud y faltas del Reglamento.
Al menos un año,
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Celo
De lo que debemos hacer, del celo.
Somos operarios, no universales, pero sí generales en las Diócesis.
Todo nos ha de interesar.
1.º El formar sacerdotes.
2.º El clero, estimular su celo, evitarles peligros, sólo nosotros podemos hacerlo.
3.º El formar la juventud.
4.º El hacer almas reparadoras.
5.º La Eucaristía bien cuidada.
6.º Ver lo que puede remediarse en las Parroquias.
7.º Círculos Católicos y Gimnasios, Patronatos.
8.º Ejercicios.
9.º Escuelas dominicales.
10.º Personas particulares y vocaciones /de/ mujeres para todos los Institutos. Mas esto....
Conducta para este celo
En los viajes.
En casa /de/ los Párrocos.
Cuando nos confíen los penitentes cosas de la Parroquia.
Cuando creamos que conviene el remedio de una cosa, dejarlo si no se puede, comunicarlo a la Hermandad.
Cuidado en decir cosas. Aun sin decirlas, se dirá las hemos dicho. No decir sino lo que sepamos que se puede repetir.
Sobre todo prudencia.
Peligros, vanidad, Afectos particulares, Aconsejarse, Dar cuenta, Examen, Viajes.
Remedio general
Oración y presencia de Dios, Reparación.
Escritos I, vol. 5.º, doc. 25
Enero 1890
Colegio de Valencia
A los Operarios
Parece que es un esbozo o esquema de las ideas que quería recordar para desarrollarlas en 1890, más que una plática entera.
Saludo. Otra vez. Hace un año os saludaba. Saludo a los antiguaos a los nuevos, saludo a los de otras diócesis, señal que el árbol está bendecido.
Y bien, ¿para qué nos reunimos? 1.º para renovar nuestra consagración.
2.º Para ponernos en el molde, inspirarnos, ya que no tenemos ejercicios en los cuales se aplicara a nosotros una meditación al menos para formación.
3.º Para practicar lo que luego hemos de hacer en el espíritu de la Obra.
4.º Para animarnos a la virtud y santa amistad.
Todo tendrá que suplirlo la gracia. Noviciado, sin formación, ni siquiera en el colegio central, y bajo los directores de la Junta, para desde allí salir con el mismo molde.
Y estos directores han de estar empleados como los otros.
Aunque no tenemos noviciado, al menos (...)
Y desde el primer día jefes sin ejercicio.
Consolémonos, que la gracia lo suplirá.
Recuerdo que S. Ignacio en un principio no tenía establecido noviciado, hasta que las Constituciones se aprobaron 2.ª vez.
Más: en un principio resolvió no tomar Cole, y no se cumplía.
¡ La mies era tanta¡
Henos de ser como los que reedificaban Jerusalén con la espada en la mano.
Notad, que no debemos perder el carácter.
Si se puede, puede lograrse. Escolapios.
Podemos sí, obtener cierta independencia, y desearla, si Jesús quiere.
No acuso a nadie: yo mismo.
Eso debéis enseñarlo a los otros.
Esta es la Obra: el proponeros la solidez de ese espíritu a los que lo tengan.
Para eso se ha formado esta Obra.
Nadie la ha fundado: ha salido como una explosión de ese espíritu.
No es la esencia de nuestra Obra el fomento de vacaciones, Corazón de Jesús, etc., sino la unión de esos espíritus para la gloria de Dios.
Y si refiriera los disgustos de familia, las visitas, compromisos de parientes (...)
Mas en la Obra, sin dejarlos, podemos librarnos.
No debe perder el carácter: 1.º Porque los frailes non coutuntur.
2.º Por que los fines de la Obra lo exigen.
No los desvirtuemos; si muero, que continúe.
Escritos I, vol. 5.º, doc. 26
Enero l.890
Colegio de Valencia
A los Operarios
Parece que es la 5.ª conferencia de esta serie. Es sólo esbozada. Fue añadida, al parecer, por D. Manuel en 1890, sin que la hubiera pronunciado en 1889.
V I R T U D E S
Celo. Obediencia.
Virtudes principales que deben resplandecer en el Operario.
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El estado sacerdotal es estado de perfección. A diferencia del religioso que debe tender a ella.
Esto no se piensa y nos figuramos que el religioso debe ser más perfecto.
Claro es que como estado simplemente es en sí de más perfección el religioso, pero por su dignidad lo es el sacerdocio.
Debe ser, pues, éste perfecto.
Debe tener todas las virtudes.
De aquí que no podamos ser a medias y no se concibe la tibieza y estado de gracia en el sacerdote por mucho tiempo.
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Pero aunque debe tener todas las virtudes deben distinguirse
1.º Celo. Ha de ser operario general. Todos los intereses ha de mirar como propios. Ha de alegrarse de todas las obras de todos los Institutos.
Porque además, de todos los institutos será estimado (Mirad el recelo de los institutos)
El nuestro podrá ayudar a servir a todos. Y he aquí otra ventaja de ser nuestra Obra sacerdotal.
Celo, pues. Pasce oves meas.
Qui non celat, non amat.
Ver tantos males.....
Ver......
Pues todos estos intereses los debiéramos poner e nuestro corazón, y con el deseo debemos remediarlos todos sujetándolo a la Dirección y obediencia.
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Y no sólo hemos de desearlos, sino promoverlos todos cuando Dios los ponga a nuestro alcance.
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Somos operarios diocesanos, y por lo tanto universales.
Y nosotros más que ningún otro sacerdote debe promoverlos. Un Párroco, sacerdote de una población, nosotros en general.
Que no se diga que un operario ha podido hacer esto y no lo ha hecho.
Iremos a un pueblo, y por un objeto determinado, y el Cura cae malo y no hay sermón, y hay allí una comunión general.
Y se trata de fundar un círculo, y tiene que formarse Junta, y dirigírseles la palabra, o está constituido, etc..
Y hay escuela dominical, y de repente nos invitan
Y hay un enfermo que es duro.
Como que estaremos por nuestra vida libre, más en contacto y en ocasión de las necesidades, hemos de estar dispuestos a todas.
Y dije que lo esteremos más que los jesuitas, que sólo ordenadamente, y eso aun los de las residencias.
Y del jesuita se dice, que siempre se le encuentra.
Pues que estén persuadidos los Párrocos, que son los que hemos de tratar, que somos para todo.
Que se haga proverbial entre ellos, que al operario ( ano ser por ocupación o imposibilidad) siempre se le encuentra para todo.
Y esto no es difícil. Si estuviéramos permanentemente necesitaríamos sermones, discursos.
Mas nosotros con lugares comunes podemos pasar por hombres repentistas.
Este celo es el que debe distinguir al Operario y darle nombre y darlo a la Obra.
Sólo con él tendremos derecho a que se nos llame con gusto.
Sobre todo celo por las vocaciones y operarios, tantas naciones, institutos, diócesis, hemos de llenarlo todo.
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OBEDIENCIA
La obediencia es una ley de la naturaleza angélica y humana y de toda criatura.
La obediencia es la base de toda organización.
Los ejércitos. Los ladrones.
Sin ella no hay cohesión.
Mas a pesar de esta necesidad, tanto se olvidó, y tan amada fue de Cristo, ¡ que 30 años¡ y ¡ y cómo¡
El pues la santificó.
Obedite praepositis vestris,
El que obedece no puede perderse.
El mérito que contrae, porque cumple la disposición de Dios
La tranquilidad que da, una de las cosas que más me han inquietado el hacer las cosas, y saber si es voluntad de Dios, y uno se ha tranquilizado cuando ha podido tener un Director resuelto que le haya dicho sí o no.
Pues eso que lo deseamos para nuestra tranquilidad lo tendremos superabundantemente y por deber en la Hermandad.
S. Ignacio decía que el distintivo de ellos debe ser éste. Otros Institutos decía se distinguen etc., etc...
Y eso les ha dado el ser una milicia distinguida.
Y tienen la obediencia extremada, vaya ella....
Mas la nuestra no ha de ser puramente una obediencia militar.
Somos milicia más voluntaria y siempre hemos de ser voluntarios de Cristo.
Pero sí ha de ser una obediencia cordial; no con el fin de un deber sino por voluntario ofrecimiento.
Por lo tanto hemos de estar dispuestos siempre y en todo, pero con cordialidad, sin necesidad de mandato, Este debe ser el distintivo.
No quisiera que fuera necesario el ordenarlo en virtud de obediencia, por deber, por mandato.
El Operario al cual se le acostumbre a mandar secamente no debe estar satisfecho de sí mismo, será mala señal.
Para ello, pues, a nuestros operarios se les permite, y hasta se mandará que manifiesten no sólo las razones que vea de imposibilidad de la cosa, sino aun de la repugnancia que sienta en ella, y aun la inclinación y gusto que siente. Porque como lo principal que se busca en nuestra Obra (que es su fuerza, es la sinceridad) será mejor que lo manifieste así,
Si está completamente indiferente, mayor perfección será y que la diga así con sinceridad,
Si no lo está, aunque la voluntad esté dispuesta, que manifieste su inclinación.
Si después de manifestada, se vuelve a indicar que lo haga, a pesar de su sincera manifestación de repugnancia, que lo practique, pero con cordialidad, y se avergüence ante Jesús de esta falta de alegría, porque será señal de que no hay otro remedio, y estará más seguro de cumplir así la voluntad de Dios, que hará milagros por él. Y esta prontitud y cordialidad que sea en todo.
En el punto, en cargo, en el modo.
En cosas grandes y pequeñas. Más en pequeñas que en grandes, más ofende la indiferencia en las cosas pequeñas que en las difíciles.
No han de oír más que:" ¿ haría esto?", para hacerlo cordialmente.
" Vean de si podrían hacer esto": debe hacerse mejor que un mandato seco.
De lo contrario no hay cordialidad de obediencia.
Escritos I, vol. 5.º, doc. 27
Enero 1890
Colegio S. José, de Valencia
A los Operarios
Por una parte, D. Manuel la enumera "conferencia 6 .ª": con lo que parece que forma parte de la serie anterior.
Pero por su contenido es la primera pronunciada en el año, o al menos alude a saludos y resumen de otro año, datos que apoyan el considerarla como primera.
Fue añadida a la serie en 1890, sin haberla pronunciado en 1889.
Parece que le falta alguna hoja al final, por la forma repentina de terminar.
Conf. 6.ª-1890
Cor Jesu congregavit nos in unum
Mis A.H. y queridísimos cooperarios en el Corazón de Jesús Sacramentado: Cor Jesu congregavit nos in unum. Esta fue la salutación que el año anterior os dirigía en este mismo lugar, y con la alegría de nuestro corazón, con motivo de nuestra nueva consagración a la Obra de la máxima gloria, iniciada tres años antes allá en las montañas del Carmelo del desierto de las Palmas.
s Esta es la salutación que os dirigía en el primer día de éstos retiros recordándoos las bendiciones de Dios, y animándoos a su agradecimiento.
s Y os recordaba al mismo tiempo las contradicciones que habíamos sufrido, las fatigas que habíamos tenido que soportar, las luchas
de longanimidad y de paciencia, y aun los lazos tendidos a nuestros pies, y que, con todo, podíamos cantar con el Profeta: "Laqueus contritus est, et non liberati sumus".
s Y ha pasado un año más. Y Jesús nos ha conservado la vida y la salud, y nos ha permitido terminar este año, y empezar luego el 90, y poder realizar esta deseada y gratísima reunión en este mismo lugar, y en esta casa de S. José que es casa nuestra, y con mayor satisfacción , por haber manifestado el Santo su complacencia en venir a hospedarse entre nosotros por medio de esta imagen, que es la mejor imagen de Valencia, y que ha sido providencial por lo inesperada su visita, y que a no dudarlo este hecho nos infunde la fe y la esperanza de las bendiciones del Señor sobre esta Casa y sobre nuestros planteles delicados de vocaciones.
Y poderlo hacer con un nuevo Colegio y con la seguridad de otros.
Bendito sea el Señor, que ha sido, ha querido obrar con nosotros con misericordia.
s Por esto, pues, al empezar estos ratos de santa expansión en estas conferencias, os repito la misma expresión: Cor Jesu, etc, etc.
Benedictus qui venit, etc, etc
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Y doy este saludo tiernísimo a los que no venimos más que a renovar con el afecto nuestros votos ya realizados; y lo dirijo, con igual o mayor placer si cabe, a los que vienen a realizarlo por vez primera, llamados por Dios "in societatem Cordis filii ejus" para ser también piedras angulares del modestísimo edificio de mayor gloria de Dios en estos tiempos, y que todavía está en sus principios, y por lo tanto, de mayor mérito y de más especial vocación; y de distintas regiones, como señal de semilla predestinada para fructificar en otros campos esta Obra, con la gracia del Señor.
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Y dirijo este saludo brotado de la alegría de nuestro corazón, ocurre preguntar ??. Y bien, ¿ qué objeto tiene esta reunión quieta? ¿ qué resultados prácticos puede traernos a cada uno?
s En primer /lugar/ estos días de retiro están prescritos anualmente además de los Ejercicios, para realizar la renovación de voto por parte de cada uno.
s No son ejercicios, pues los ejercicios cuando los practicamos, ahora, como se pueden, o individualmente o asociándose a otros en los puntos que se practican, no hay ni los ratos de expansión permitidos en estos días, ni las reuniones que tendremos, sino que son días de completa abstracción aquellos, para el arte de nuestra mayor santificación, y así deberán serlo aun cuando con mayor personal tengan que hacerse por la Obra reunidos, cuando pudiera ser.
s Mas son días de cierto retiro a fin de prepararnos a hacer nuestra renovación de afecto, unos, y su consagración los otros y por lo tanto, días de gracia que debemos aprovechar, no perdiendo ni una partícula de ese buen don.
Pues sabido es lo que sirve esta práctica de renovación de voto para el bien de nuestras almas.
Son días de retiro, pues, y aunque pueden hacerse y podrán hacerse individualmente con el tiempo, aunque es siempre mejor algunos reunidos, con todo, se ha creído más necesario el hacerlo todos reunidos estos primeros años por varias rezones:
1.ª Para formarnos en el molde de la Obra e infundirnos con uniformidad su espíritu.
No debemos perder de vista que nuestra Obra es una Obra espacial, especialísima, y casi diferente de todas las otras; ya lo es en sí por su carácter puramente sacerdotal, y no religioso, que no debe perder, como en alguna otra ocasión examinamos, y que repetiremos más, y el tal carácter es especialísimo, pues ignoro si hay Institutos, de los que se dedican al mismo tiempo al Apostolado, que tengan solamente esta base.
Pero además de esta base, y de este carácter, es especial o extraña nuestra Obra, por el modo de formarse sus individuos, o mejor lo diría con lo contrario, con la falta de medios de formación para sus individuos, que no tienen ninguno prescrito, cosa que tal vez aparezca extraña a los que se informarán de nuestras Bases, que sin embargo, no debe extrañar.
Todos los Institutos tienen su noviciado, y la Base de su edificio consiste en la formación de los espíritus durante el tiempo de prueba, y es inútil que yo me extienda aquí en haceros ver la conveniencia y la necesidad de este medio para ellos: los individuos, para conocer en qué consiste la Obra especial a que se van a consagrar, y que generalmente no conocen, a estudiar sus prescripciones, penitencias, sistema de vida, etc., y la Institución para experimentar las cualidades de los individuos, que la mayor parte de ellos les son desconocidos, y estudiar sus inclinaciones aunque no siempre lleguen a conocer, ya por la edad con que los reciben, ya también la misma vida de piedad y de prácticas, que fácilmente se toman con gusto en los fervores del principio, pero que no pueden tener la experiencia de lo que podrán ser luego en sus ministerios.
Mas nosotros no tenemos noviciado. Sólo un año en el ejercicio y práctica de los objetos de la Obra, es lo único que está prescrito.
Y....no me extiendo en este momento en haceros /ver/ lo suficiente para nuestra probación.
Es un espíritu el que se requiere para nuestra Obra, el de un espíritu única, sólida y verdaderamente sacerdotal y de celo de gloria de Dios; y por lo tanto nuestro noviciado lo constituye nuestra vocación, propiamente los largos años de carrera sacerdotal en medio del mundo, y la formación de nuestro corazón en la piedad para ser instrumentos en las manos de Dios en los designios de su gloria. Y aún para los objetos especiales que se proponen a esa vida sacerdotal en medio del mundo, están vistos con sólo presentárselos para ver y sentir la vocación a ellos y para la cadena de prácticas ni se requiere verlas, puesto que no las constituyen ni forman más que las mismas prácticas ordinarias que todo sacerdote piadoso practicaría en medio del mundo, en cualquier destino que tuviese para obrar su santificación, y sin las cuales no sería buen sacerdote ejemplar. Por esto, pues, no tenemos noviciado porque tendría el objeto que tiene y exige un Instituto religioso por sus fines y por la índole de los que entran a pertenecer a ellos, y sus varios objetos.
Ya lo tendrán hecho el noviciado. Porque nuestros Operarios, que han de ser los más distinguidos y excelentes sacerdotes de cada diócesis por su instrucción, valer, piedad, y su particular carácter o vendrán sacerdotes, que serán los menos, o vendrán, que será lo común, de entre los jóvenes de los Seminarios o Colegios.
Si son sacerdotes ya, nos serán conocidos, y un año de experiencia en nuestros campos y tareas será bastante para comprender si les llena la Obra y sus fatigas, y si son aptos para ella.
En cuanto a los jóvenes, que serán los más, que vengan antes de su ordenación, tenemos una ventaja que no tienen los otros Institutos, que nos suple el noviciado para conocerles, y más y mejor que ellos
Esos jóvenes habrán dado de por sí ya espontáneamente lo que tienen, sus condiciones, sus aptitudes, su carácter, y antes de pensar para nada en la Obra, ya podríamos hacer su diagnóstico, y este conocimiento y este diagnóstico será más sólido, porque no dependerá exclusivamente del juicio privado de un maestro de novicios, a veces enamoradillo, sino del juicio común de todos, que nunca se engañan, y es acertadísimo.
De modo que para nuestro conocimiento y gobierno, ellos ya lo tendrán hecho el noviciado, si el Señor les llama a la Obra.
Más aún: podríamos decir que respecto a esto, podríamos apropiarles aquello de non Vos me elegistis, sed elegit vos, porque antes de pretender ellos la Obra, seremos nosotros los que acaso en nuestro interior, y por el voto de la opinión común estarán como señalados por el dedo de nuestra elección, precisamente para nuestra Obra.
¿ Quién hay entre vosotros, que en los jóvenes confiados a vuestros cuidados, a los dos años de estancia bajo vuestra vista, no pueda señalar, no pueda distinguir bien claramente lo que será cada uno?
Esto aun estudiando gramática, y a uno le haríais trapense, a otro franciscano, y a otro dominiquito; y sobre todo cuando hayan concluido la filosofía y habrán pasado la crisis de la edad y de los peligros, y adivinaréis lo que serán en el sacerdocio y en las Parroquias, y veréis algunos de mucho talento y...con todo, no serían buenos para nosotros; y algunos de talento y de piedad, pero de carácter excesivamente tímido, o de natural satisfecho, y no sería bueno para nuestra Obra; o variable o seco, etc, etc., y sería bueno para cualquier cosa, pero no para nosotros. He aquí qué facilísimo noviciado, y lo mismo los que aun sin estar tan directamente a nuestro cuidado, cursan en los Seminarios y que nos son conocidas sus condiciones, y las llevan retratadas.
Esto que comprenderéis fácilmente, no lo tienen otras instituciones, ni lo necesitan tanto.
No lo tienen; entran generalmente en la edad tierna, y aun en alguna mayor edad, entran en su noviciado para practicar una vida de piedad, y sin peligros ni conocimiento del mundo.
Y claro es, esas prácticas de piedad quietas y esas mortificaciones y penitencias, y ese silencio les producen una facilidad grande en las mismas prácticas, alimentado todo esto por los primeros fervores de la vocación, y se les hace todo llano.
Y no puede aparecer allí tan fácilmente ni sus instintos naturales, porque los tiene amortecidos el cambio dulce de aquella vida tan diferente del siglo, ni sus condiciones, y si aparecen se ven luego corregidas por las advertencias o el castigo; y un año o dos pasan así suavemente, y a no ser un verdadero molde de noviciado, pueden pasar muchas índoles sospechosas y... luego la experiencia de tantas aflicciones y la historia de tantas amarguras para esos institutos con el desvío de tantos y tantos, nos dicen cómo no se conocieron bastante.
Es verdad que para algunos fue la falta de fidelidad a su vocación; pero me trevo a asegurar que en la mayor parte de ellos fue ... porque no fueron conocidas sus condiciones naturales; y si estudiáramos la historia, y pudiéramos coger el hilo, veríamos...que el maestro ya veía... cierta cosa indefinible que...parecía que se había enmendado a los últimos del noviciado... se veía (a pesar de su índole) voluntad de vencerse etc, etc. Y de aquí a cuando mayores, y son sui juris , y en el trato con el mundo retoñan, y sin el aceite de la devoción sensible, (...)
He dicho que no tienen la ventaja de nosotros en cuanto a esto, porque las condiciones naturales las vemos mejor, sino que tampoco lo necesitan tanto. Porque ellos tienen varias ocupaciones y objetos bien diferentes. Y si al fin observan que si su falta de prudencia, o de tacto o de ligereza, etc, etc., no hace para roce con el mundo, le pondrán en el fondo de una biblioteca, o en el círculo estrecho de una cátedra, etc, etc., y les podrá servir y suplir.
Mas a nosotros con ese carácter perpetuamente exterior, de celo y de roce continuo con el mundo, nos conviene más estudiar las condiciones propias para ello, y tenemos el medio de ello; porque las condiciones naturales son lo principal, que don de Dios son para esto las da; y no olvidamos aquello que con elogio se dice:
Dedit ei Deus animam bonam.
Todo esto que he dicho, para hacer ver que no tenemos necesidad de los medios para fundar nuestra convicción sobre las condiciones de nuestros aspirantes, ( que tienen los otros Institutos), y por lo tanto, la razón por qué no hay un riguroso noviciado; no quiere decir que no necesitemos algo para uniformar nuestro espíritu en la Obra. Porque claro es, que cada Institución tiene su fisonomía, y aunque propia de un verdadero sacerdote celoso en medio del mundo la nuestra, debe estar de todos modos acompañada, ya a las condiciones de vivienda común que tenemos para el impulso de la Obra de gloria de Dios, ya para el porte exterior, ya para los objetos especialísimos de la misma Obra, y hacerlo todo del mismo modo, y todos a una.
¿Cómo lograr esto?
Para ello está el año de probación, que debería ser, a ser posible en el Colegio de la Junta, y bajo los Directores espirituales y Profesores de estudio, y con toda holgura y formalidad, y escuchando la explanación de las Reglas, avezándose prácticamente, y examinando el molde a que deben adaptarse, y pudiendo ir a alguna excursión en compañía de ellos, y acostumbrándose a consultar y a manifestarse, etc, etc.; y cuando no, en algún otro Colegio, montado con el personal suficiente y que gira ya con toda facilidad y tiene todo el desarrollo de la Obra, en todos sus objetos, de formación de vocaciones, de bien de la juventud varonil, de extensión del amor de Jesús sacramentado y sus prácticas, y de las otras obras diocesanas, para así ver más claramente las líneas de nuestro plan, y practicarlas en parte.
Pero ya lo veis: ni nuestra Junta está completa por falta de personal; ni los individuos de ella pueden estar en la central para
(sin otro objeto) dirigir todo el movimiento de la Obra, que fatigoso y ocupado ha de ser.
Ni ninguno de los actuales ha podido tener ni disfrutar de todas las condiciones, ni siquiera para poderse dedicar al cumplimiento, no digo del Reglamento. pero ni aun de las Bases generales.
Y desde el primero todos habéis tenido que ser Jefes sin ejercicio anterior, y hemos de dejarlo todo a la gracia, que lo haga ella, y Jesús vendrá en ayuda de esta misma falta de medios.
Y he aquí expuesta y probada la necesidad de estas reuniones. Ya que no tenemos esa probación en forma, ya que no tenemos el consuelo de pasar en la quietud una temporada para saber a qué atenernos, al menos tengamos estas reuniones, y solazarnos con nuestras conversaciones, y estudiar nuestra Obra y su espíritu, su importancia y excelencia, sus altísimos fines, los peligros que en ella tenemos, modo de evitarlos para inspirarnos así en un solo pensamiento, e informarnos en un mismo espíritu.
Cuando tengamos todo lo necesario, cuando podamos tener nuestros ejercicios comunes dirigidos por los nuestros, ya se infiltrará más fácilmente a los que vendrán el espíritu de la Obra, se harán aplicaciones prácticas relativas a nuestras obligaciones, y todo irá con orden
Entre tanto hagamos al menos esto, que el Señor suplirá lo demás.
Y si somos fieles, estad seguros de esa gracia especial que Jesús nos comunicará, y no sintamos demasiado esas privaciones y la falta de regularidad.
Todo depende de nosotros, y veréis prácticamente con consuelo de vuestro corazón que Jesús os irá delante, y os bendecirá las obras de vuestras manos, y se ensancharán los campos a vuestra vista sin preverlo, y haréis cosas y tendréis que tratar con personas, y de asuntos impropios de vuestra edad, y veros en circunstancias que si os lo hubieran dicho que debíais pasarlas, no lo hubieseis creído; y con todo las pasaréis, y las pasaréis bien, si con humildad y desconfianza acudís al Corazón de Jesús Sacramentado, y os mantenéis en esta humildad, no dejándoos llevar de vuestra presunción.
Recuerdo que S. Ignacio de Loyola en un principio ni tenía Reglas. La santidad, abnegación y deseo de gloria de Dios.
Y luego aun teniendo Reglas, envíales individualmente, S. Javier y antes no establecieron noviciados en abundancia (?). Y aun después de las Reglas ¡cuántos otros no se han establecido¡ y todo con más regularidad.
Y no podemos decir que vaya mejor que entonces ahora. Sólo que ahora se puede, se hace así, y la gracia ordinaria suple; entonces lo suplía más gracia, y llenaban su misión.
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Más aún; y también debe consolarnos, cuando se empezaron a tener las Congregaciones generales, según me decía el P. Daluy, todos a una voz resolvían no tomar Colegios, porque eran pocos, se agotaban, no podía ir bien la disciplina; y con todo nunca se cumplía, y se tomaban otros Colegios, y no podían evadir los compromisos, y tenían que agonizar en el ímprobo trabajo que pesaba sobre ellos.
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Consolémonos, pues, también y con humildad de corazón, y con mayor confianza dejemos obrar a la Providencia; y tenemos el pecado de ser los primeros, y hemos de pagarlo de este modo; y tenemos Colegios para que tome nombre nuestra Obra, y poder ser medios de futuros Operarios, y porque messis multa, y duele al corazón verla, y lo demás irá viniendo.
He aquí, pues, uno de los motivos de nuestras reuniones. El ir formando unidad de pensamiento y de espíritu, mediante nuestra comunicación.
Pero hay otra razón (...)
Escritos I, vol. 5.º, doc. 28
Enero 1891
Colegio de San José, de Valencia.
A los Operarios
Es sólo el prólogo de una plática de 1891, que parece ser la 5.º-29.
1.ª
Saludo
A mis A.C. Cor Jesu congregavit nos in unum
Esta fue la salutación que el año anterior (...)
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Pues bien; este mismo saludo os repito hoy con mayor motivo por ser el primer quinquenio , porque es el primer aniversario (...)
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Justo es, pues, que os salude con toda efusión de mi alma, lo mismo a los que..., que a los que Dios va llamando a los intereses de su máxima gloria, y que serán no durarlo mejores que nosotros (estoy persuadido) y que recibirán igual premio que a los que llegaron a la hora 11.
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Pero hay otro motivo especial también que nos obliga a estar agradecidos:
1.º Las bendiciones sobre la Obra. Las contradicciones de que ha sido objeto.
En cuanto a las contradicciones, y yo bien quisiera explanarlas para que sirvieran perpetuamente de memoria a nuestros venideros y cuyos detalles vamos olvidando, y vosotros lo iréis guardando.
Pero no será posible: desde el día de la instalación, cada uno de vosotros ¡cuántos gemidos ha tenido que costar¡ ¡cuántas súplicas a los Prelados¡ ¡cuántos temores de denegación¡ Al contrario de todos los demás Institutos, que lo menos ha sido la libertad de ir al que quisiera, pudieron tener burlas etc, pero no limitación, porque generalmente no eran sacerdotes, y aunque lo fuesen había muchos.
Mas nosotros, con el pretexto de falta de personal, no sólo los sacerdotes, sino los que debían ser aún, y eso cuando se está diciendo que tenemos demasiados estudiantes, y con todo, ¡qué resistencias , qué repugnancias, de qué diplomacias hemos tenido que echar mano para ir arrancando uno a uno, y el exeat, y el enviarlos lejos para que no aparezcan a la vista del Prelado, y aun así teniendo que ir de Coadjutores poniendo en peligro su vocación¡
Y esto por los propios Superiores, alguno de ellos amador de la Obra, que no debía querer sino su desarrollo, y no pensar que la perjudicaba...
¡Tener que hacer el enganche furtivamente ¡
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Y omito las fatigas para el desarrollo de cada Colegio, que cada uno es una historia interesante por los recelos y prevenciones por parte de los mismos en cuyo favor se hacen.
La falta de personal
Y los apuros económicos...., todos los sabéis
Y hable nuestra actual situación en que estamos como vitandos, para no alarmar a los propios Superiores.
La situación en que nos encontramos aquí como vitandos y que vosotros casi todos sabéis, es por sí solo un hecho que nos fatiga y que sólo puede soportarse lanzándonos a los brazos de nuestra fe en Jesús, y en nuestros Stos. Patronos. De otro modo seríamos como el marinero que, deshecha la tempestad, amarra.
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En cambio Jesús quiere alentar nuestra timidez, y nos dice a cada instante como a Pedro: Modicae fidei, y cada día nos sorprende con beneficios, Vilamitjana y legados, y el Colegio de Valencia vuelto los 6.000 duros.
Y sin saber cómo se va aumentando nuestra pequeña grey, de capullos, retoños, consoladores.
El Señor, nos ha permitido en estos cuatro años, plantar la bandera de S. José en tres Diócesis más, donde la gloria se Dios es evidente si somos fieles en los interese de su máxima gloria.
Y tenemos en perspectiva otros campos.
Y....para sorprendernos más, ¿qué digo? Para hundirnos bajo el peso de sus favores, a fin de obligarnos a una eterna gratitud, para humillarnos y hacernos ver que nada somos y él lo es todo, y con él todo lo podemos, nos abierto ese campo vastísimo, con la esperanza de la adquisición del edificio de Roma, de un modo inesperado y providencial, y tras el cual se descubren horizontes inmensos y tan grandes, que lo confieso, Dios me los ocultó, porque a haberlos visto, tal vez hubiera retrocedido.
Y será albergue de Obispos, de sacerdotes, Agencia
Futuros protectores en las Diócesis
Y es cuna de apóstoles en España para la reparación, y mil que (...)
¿Cómo no elevar un himno de gratitud?
Bendito, pues, sea el Señor.
Dirigido, pues, este saludo, de mi corazón ¿ qué os diré yo y de qué os hablaré para entretener estos cortísimos días de retiro?
Yo me complacería en repetir, porque siempre tendrá para nosotros novedad, los importantes temas de los años anteriores.
De un modo particular, quiero refrescar a la memoria de unos y exponer a los otros la (...)
Excelencia y utilidades de nuestra Obra sobre todas las demás instituciones.
1.º Porque no hay ninguna que venga a llenar tanto como ésta la santa ambición por los intereses de la gloria de Dios.
2.º Por su carácter sacerdotal que le permite mejor que otros Institutos religiosos introducirse en campos difíciles para ellos
3.º Por los objetos primordiales de la misma para Jesús
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Yo quisiera hablaros de la:
Facilidad de multiplicar estos intereses
1.º Por el medio que el Señor ha puesto en nuestras manos del
carácter de fomento de vocaciones.
2.º Por nuestro contacto con el sacerdocio,
3.º Por nuestro carácter benéfico
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Yo tengo vivísimos deseos de hablaros de la:
Naturaleza de la Obra , que es sacerdotal, 1.º en su estado, 2.º en sus prescripciones 3.º que lo que fueron por muchos años S. Alfonso, S. (...)
pero con las ventajas de la unidad y de la solidez de la perpetuidad en las (-?) de unos después de otros.
La conveniencia, de que no desaparezca este carácter por las mismas ventajas que reporta para los fines de nuestras instituciones
La santidad sacerdotal a que nos obliga
1.º El objeto primordial de la Obra, que es formar reparadores para Jesús y que no recibirán más perfección que la que nosotros les demos.
2.º Por nuestro roce continuo con todos
3.º Por la multiplicidad de objetos
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También podría hablar de los Peligros de la obra y de Remedios
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Pero en la imposibilidad de seguir este campo, pues cada uno de los artículos de las Bases y del Reglamento se prestan a útiles prácticas y consideraciones, habré delimitarme a algún punto concreto, dejando otros para otras reuniones, si Jesús nos las permite.
El año anterior hablé de la santidad que debíamos tener, y hoy trataremos de los (...)
Escritos I, vol. 5.º, doc. 29
Enero 1891
Colegio de San José, de Valencia
A los Operarios
Debe ser la plática a que da entrada el documento 5.º-28.
La titulada "Buen ejemplo. Celo. Prudencia", pero luego sólo desarrolla las dos primeras partes, sobre Buen ejemplo y Celo.
Buen ejemplo. Celo, Prudencia ,
Supuestos los recuerdos de puntos tocados en años anteriores, y la
naturaleza, espíritu y objetos de nuestra Obra, no puedo menos de tocar, dejando tantísimos puntos relativos a las prácticas espirituales, literarias, distribución de tiempo, devociones, las Virtudes especiales, que deben resplandecer en los individuos de nuestra Obra.
Ya dijimos que debíamos ser santos por ser sacerdotes, y santos por los objetos a que habremos de atender, cuya mayor o menor santidad puede irrogar gravísimos perjuicios ala gloria de Dios o a dársela,
etc, etc. (Vide plática del año anterior)
Mas aparte de esta santidad de vida, es preciso que nos esmeremos en el ejercicio y en resplandor de ciertas virtudes.
Omnia mihi licent, sed non omnia mihi expediunt, decía el Apóstol.
Y en cierto sentido podemos aplicarnos a nosotros esta sentencia.
Como meros sacerdotes podíamos usar de ciertas cosas permitidas por la moral, y de ciertos pasatiempos y aun diversiones. Y con todo, comprenderéis muy bien, que en ciertas instituciones como también en la nuestra no convendrían, y hasta podríamos añadir, no serían lícitas, si no por ser malas en sí, al menos por las circunstancias del buen nombre que debemos poseer. Si tuviéramos que explicarlo con ejemplos, hay muchos sacerdotes y aun religiosos, que sin gran reparo o se dedican a un rato de expansión jugando a los naipes, algunos sacerdotes a la caza inocente de pajaritos a (...)
Y con todo, ¿hay alguno entre nosotros que se atreviera a decir que nada importaría que los Superiores de los Colegios, entre ellos, o con otros sacerdotes o con seglares, sabiéndolo los alumnos, se entregasen a estas expansiones? Y no sólo no se atrevería a decir que nada importaría, sino ¿ estaría tranquilo de conciencia? ¿atendida nuestra misión y nuestro espíritu, y a los altísimos objetos a que estamos consagrados?
Esto es para decir que además de las virtudes sacerdotales comunes, han de resplandecer en nosotros algunas más que en otros sacerdotes seculares; y sobre todo las que tienen relación con los objetos de nuestra especial consagración, o que deben estar más al examen y miradas de los fieles
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Y la primera virtud que nos pone es el buen ejemplo, que aunque no es virtud aislada, en sí, sino que es fruto exterior de toda virtud, y toda virtud causa buen ejemplo, y con todo (...)
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Y por lo tanto, es para manifestar que el deseo de edificación no por hipocresía, sino por la gloria de Dios, y el bien de las almas debe estar radicado en nuestro corazón. San Francisco de Sales.
El Apóstol no dudaba en decir: Christi bonus odor sumus in omni loco. Somos buen olor de Cristo en todo lugar.
Esta delicadeza, pues, para que no haya nada en nosotros que pueda desedificar, y aún en la apariencia, alguna clase de almas, lo mismo las próximas que las extrañas, ni con la apariencia de imperfección, es lo que queremos significar en el buen ejemplo, que se pone aquí como virtud, y adorno de las demás.
Hay santo que decía: Bueno, serlo, pero no parecerlo. Aunque esta sentencia es verdadera, porque de poco nos serviría parecer bueno, si no lo éramos; y por otra parte el procurar ser santos con el deseo de no parecerlo, es un ejercicio laudable de humildad, con todo, sin dejar de ser santos, o de desearlo al menos, nuestra sentencia, atendida nuestra misión, ha de ser: Ser santo y parecerlo.
Aún más: A.M., decía cierto sacerdote: ya que no eres casto, seas al menos cauto; ¿ por qué lo decía? porque al menos siendo cauto no escandalizaba.
Tomando, pues, esta sentencia cum grano salis, podríamos en cierta manera decir: ya que nos reconocemos con tantas miserias, y nuestro corazón se encuentra humillado ante Jesús todos los días, al ver que no es sino un foco de pasiones y de desórdenes, al menos que nuestras miserias interiores no vengan a traducirse en actos de desedificación; que por respeto a las almas cuidemos nuestro exterior comportamiento.
Además de que esta delicadeza por el honor de nuestro ministerio y de la Obra y del bien de las almas, hará que influya en la enmienda y en el cuidado de desarraigar nuestros verdaderos defectos interiores.
Es verdad que los santos aconsejan que para la consecución de ciertas virtudes, y sobre todo de ciertas obras de mortificación exterior, y sobre todo de nuestras modestias exteriores, practiquemos en nuestros actos ocultos, en nuestras propias habitaciones, y siempre cuando nadie nos ve, el mismo comportamiento y modestia y mortificación, para lograrla mejor luego exteriormente.
Pues bien: yo me atrevería a añadir que esta delicadeza de deseo por bien del prójimo con nuestra edificación exterior, será causa y motivo de que consigamos la mortificación, la modestia, el acto de virtud, aun cuando estemos solos.
Por ello, pues, repito, no debe extrañarse que se haya puesto el ejemplo como virtud, y al frente de las demás, en esta sección de virtudes de nuestra Obra, atendido el carácter espacialísimo de la misma, en medio del mundo, y siendo puramente sacerdotes, y sacerdotes de tan buen nombre, y sin trabas exteriores de hábito y consignas (?) que nos avisen de cómo hemos de obrar.
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2.º Porque no hay que dudarlo, el ejemplo es el que tiene más fuerza que nada para el logro de los intereses de la gloria de Dios. De poco servirían los discursos más bien pronunciados, y más afectuosamente dichos, si luego no nos presentamos en la práctica con aquella aureola de veneración que hemos sabido conquistarnos con nuestra palabra.
Generalmente no sabemos lo bastante el efecto que nuestras pláticas producen y pueden producir en las almas, lo mismo las espirituales y devotas, que aun las frías y duras, y quizás las prevenidas. La palabra de Dios nunca es vacía, y si va acompañada de celo, siempre cae mojada con rocío de gracia de Dios.
Y esto que sucede con la palabra, sucede con el nombre que a veces llevamos, al menos respecto de algunas almas, que han oído hablar de nosotros; y este nombre lo tendremos todos mayor o menor por pertenecer a la Obra, por la honra que nos habrán conquistado otros de nuestros Operarios con sus cualidades y condiciones y comportamientos y últimamente porque este buen nombre nos lo darán los alumnos de nuestros Colegios que habrán hablado con respeto de nosotros.
Todo este buen nombre, pues, todo el efecto que habremos producido en el ministerio de nuestra predicación, y del confesonario, etc. etc., producirá en las almas bien nacidas, sobre todo, un concepto de superioridad y de veneración que nosotros no sabremos hasta el día del juicio.
Como en el teatro los personajes (...)
Pues bien: este buen nombre, esta aureola generalmente se empaña cuando se acercan a nosotros en las cosas ordinarias de la vida, porque no habrían mirado más que a distancia, y no podían ver que somos de carne y huesos; y entonces lo ven, y a no mediar una exquisita vigilancia sobre nosotros mismos, se nos escaparán las miserias, y no sólo se empañará la veneración y confianza, sino que podemos exponernos a producir un desengaño en el juicio de muchos y con perjuicio de la gloria de Dios.
Será preciso que os diga, A.M., mis impresiones en esta parte, tal vez, tal vez con ellas retrataré las impresiones vuestras en muchísimas ocasiones de la vida.
¿ Cuántas veces en nuestra juventud oímos hablar de religiosos, de personas sabias, de hombres de talento, y que luego al recorrer de algunos años, pudimos apreciar mejor aquel talento, aquella ciencia y aun de aquella virtud, y comprendimos no era lo que nos habíamos formado? Y no sólo después de algunos años, sino al acercarnos al trato de muchísimas personas responsables por su profesión o posición o por el nombre de su virtud, hemos sufrido un desencanto.
Y no sólo hemos sufrido por sus faltas o defectos morales, sino que muchas veces ha sufrido un gran descenso en nuestro concepto por sus formas, o defectos de carácter, etc, etc.
Pues lo que nos ha sucedido a nosotros, por consecuencia del buen nombre que tenían otros, puede suceder a los demás, si el buen ejemplo no viene a confirmarles en su buena opinión.
Porque así como causa desilusión el ver que no corresponde el comportamiento de virtud, gravedad, y demás, al concepto que tenían formado, al contrario, si en los demás actos particulares no hay nada que desdiga del mismo buen nombre, aquel concepto no sólo se mantiene, sino que en cierto modo viene a completarlo para mayor amor y respeto y a predisponer mejor el ánimo para los designios que la gracia de Dios tenga en las almas que han de tratarnos.
He aquí, pues, la necesidad del buen ejemplo, y por lo tanto la delicadeza que hemos de gravar en nuestro interior de estar siempre sobre nosotros mismos, cuando estamos delante de los otros.
Si no temiera repetir lo que en otras ocasiones os he expuesto referiría hechos. Así como a veces algunos jesuitas al acercarse aún nos han parecido más santos.
Y de cómo se han prestado a la murmuración y al ridículo muchas almas de institutos religiosos, y lo que han dicho de ciertos misioneros de poco juicio, y chocarreros e inmortificados, etc, etc.
Al contrario, yo os podría recordar virtudes mímicas de algún sacerdote, perdonadme la expresión, de las cuales no recibíamos nosotros grande edificación porque eran más mujeriles que otra cosa, y en el fondo las envidiábamos bien poco; y con todo, sólo por eso, por esta mistidez de porte natural, más bien que adquirido, porque no mediaba, no, hipocresía advertida, sino cierta coquetería de maneras beatíficas, y de piedad estirada, y con esto sólo, a la generosidad del vulgo y de personas que sólo por algunas veces lo trataban, causan un respeto, un nombre, una reverencia, que asombraba.
Es verdad que al hombre de talento, la sencillez, la virtud verdadera le asienta mejor que todo lo que no tenga una base firme;
Pero estos hombres y estas almas son pocas, y lo primero es siempre la impresión. Bueno es y lo mejor, que después de la impresión, encuentren en nosotros la solidez; pero repito, lo primero es la impresión, y si ésta fuese mala, se necesitaría que hubiese en nosotros mucha mayor virtud, para desvirtuar el efecto producido con cualquier acto nuestro, que por falta de ir sobre nosotros mismos hubiésemos producido.
¿En qué, pues, hemos de dar ejemplo y evitar la desedificación para no causar daño a la gloria de Dios? El mismo Reglamento lo indica a grandes rasgos, cuando dice, que todas nuestras acciones (...)
He sorprendido jesuitas fumando; mas otros (...) como los... que prefieren ser cogidos antes que el barro....
¿Cómo hemos de evitar la desedificación? El mismo Reglamento lo enseña. Sólo una constante presencia de Dios, y oración y humildad peden dejarnos libres de remordimientos.
Tengan presente el consejo del Apóstol: Unusquisque placeat proximo suo in aedificationem . Ayude cada uno a su prójimo, pero para causarle edificación.
El examen diario, y sobre todo el mensual, examinen sobre todo, lo sucedido cuando estén fuera de casa, con diligencia, y expóngalo a su confesor o Director.
He aquí la importancia del buen ejemplo, sus resultados y sus remedios.
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Celo
He aquí, amados míos, un asunto que no debería ser yo el que lo expusiera a la consideración de todos vosotros. Y de buen grado preferiría escucharlo. No obstante, como os diré lo que siento, por más que no lo practique, esto bastará para excusarme en mi imperfección.
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¡Celo¡ ¡Interés por la gloria de Dios¡ ¡Sentimiento por el desdoro de ésta¡; ¡salvación de las almas¡ He aquí un campo vastísimo de consideraciones, que yo no podré recorrer.
Pues la llama que brotó en el Corazón de Jesús en el mismo instante de ser creada su alma santísima.
Al ver la grandeza de la majestad de la esencia de Dios, al contemplar el desdoro de ésta y todo por parte de las criaturas, y al ver a las almas miembros suyos, de las cuales venía a ser la cabeza, brotaron estos sentimientos de su Corazón: Celo por reparar y aumentar su gloria, sentimientos de delicadísima conmiseración y expiación por el desdoro de esta gloria, deseo de la salvación de las almas.
Si esta reunión pudiera ser de muchos días, yo me complacería en no movernos de este asunto, por algunos días al menos, estudiando estos temas y estos sentimientos de Jesús, para que empapados bien de estas consideraciones, nos convirtiéramos en verdaderos Operarios suyos.
Mas esto no me es posible. Baste que recordemos que la llama de este fuego El ha querido, más bien ha venido a encenderla en la tierra; y ¿qué otra cosa, qué otro objeto puede tener, dice él mismo, sino que arda, que arda?
Nosotros, amados míos, a cuyos oídos ha hecho resonar este grito angustioso de su Corazón, y que por su misericordia supimos contestarle con la correspondencia de nuestra vocación al sacerdocio. Nosotros, sobre todo, que por efecto del deseo de corresponder a ese llamamiento, nos ha parecido estrecho campo el que podíamos recorrer con nuestro celo individual en el mundo, y nos hemos asociado para multiplicarlo, coadunando nuestros esfuerzos; nosotros somos los que más debemos procurar encenderlo y avivarlo continuamente, para atender con el celo a los intereses de su máxima gloria, y por medio de los sentimientos que brotaron en Jesús; deseo de su gracia, sentimiento por las ofensas que se le hacen, sacrificio y anhelo por la salvación de las almas.
Estos han sido los sentimientos de todos los santos, de cualquier clase, y de todo sexo, lo mismo de los que han estado ocultos en el yermo, que los que han misionando asombrando al mundo; lo mismo las inocentes vírgenes y mártires de los primeros siglos que los apóstoles de los últimos tiempos, puesto que estos sentimientos han brotado y brotan del amor. Y por tanto es así, que esta misma verdad arrancó a S. Agustín aquella enérgica expresión: Qui non celat non amat. En vano dirá que ama a Dios, el que no tiene celo de su gloria y de la salvación de las almas.
Y estos sentimientos van siempre unidos. Es verdad que en cada uno de los santos aparece y se distingue una delicadeza espacial para cada uno de ellos, y que da a dichos espacial fisonomía, y el Espíritu Santo se ha complacido en fomentar esta delicadeza característica de ellos; así como estando todas las virtudes y dones del Espíritu Santo en el alma que está en gracia, con todo...; mas los otros tres sentimientos están unidos en el que tiene verdadera llama de celo.
¡Gloria Dios¡ era el grito de S. Ignacio por su aumento, y que le hacía preferible su estancia peligrosa en el mundo, a la posesión segura de la gloria.
Sentimiento por sus ofensas: he aquí una nota característica de Sta. Magdalena de Pazzis, a la cual la idea de un solo pecado contra Dios, no le dejaba dormir en toda la noche; y de un San Francisco de Asís, que penetrado de este sentimiento pedía a las rocas que llorasen, y las rocas se ponían a llorar, para acompañarle en aquella amargura.
¡Salvación de las almas¡ He aquí el distintivo de una Teresa de Jesús, que se ofrecía a ser tapón de infierno, y quemarse allí hasta el último día del mundo, con tal pudiera impedir cayesen en él las almas.
Y estos deben ser nuestros sentimientos, con más o menos delicadeza y sensibilidad en cada uno de ellos, según nos lo inspire la gracia en nuestro celo por los interese de Jesús.
Y de tal suerte deberá ser este celo, que no debíamos pasar hasta poder decir con el Profeta: Zelus comedit me . Este deseo, Señor, me está consumiendo el corazón y la vida. Mientras no nos sintamos poseídos vivamente más o menos de estos sentimientos, no nos digamos Operarios de Jesús.
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Mas, ¿cómo sentiremos y practicaremos estos mismos sentimientos?
El sentimiento de conmiseración lo experimentaremos con la consideración de tantos ultrajes como se le hacen, con el olvido en que se le tiene, con la dureza de tantos corazones, con la tibieza de tantas almas aun de las consagradas a él, sobre todo, sobre todo, con la memoria de su permanencia eucarística en tantos lugares, algunos de ellos solitarios, casi abandonados, o servidos por malos sacerdotes, y descuidados, sin almas que le vayan a ver o rodeado de los que ni siquiera piensan que aquello es Jesucristo, lugares húmedos, oscuros, y de día y de noche, y precisamente sólo y exclusivamente por bien de los mismos hombres.
Y desahogaremos y practicaremos estos sentimientos, con afectos de asombro y de conmiseración, y le haremos las visitas con mayor fervor para repararle, y daremos gemidos sin quererlo, brotados espontáneamente hasta exclamar con S. Alfonso: ¡Pobre Jesús¡ ¡Pobre Jesús¡ ¡Pobre Jesús¡ y lo practicaremos ofreciéndonos a darle a conocer más, y lo practicaremos sobre todo, cumpliendo nuestra misión de Operarios, ofreciéndonos víctimas de reparación por tanto olvido y por tanta injuria y por tanto olvido y por tanta miseria.
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Y el otro sentimiento de gloria de Dios, lo sentiremos con nuestras meditaciones sobre la grandeza de sus perfecciones, de su amor sobre todo, y de los beneficios que nos ha dispensado, y de su hermosura, abismándonos en el brillo de tanta grandeza infinita, digna de todas las adoraciones y de todos los sacrificios, y de todas las alabanzas y de todo el respeto.
Y lo practicaremos con el deseo de que sea conocido o más conocido, o amado o más amado, y en querer abrir este conocimiento a los entendimientos de todas las almas, para que de este modo se extienda su gloria accidental y se multipliquen las alabanzas y el reconocimiento, y se aumente la gracia en las almas, y tenga Dios no sólo almas que le conozcan y amen, sino que sean santas (puesto que como dice el Padre Faber, más gloria le da un santo que un millón de católicos tibios), hasta que todos los hombres le conozcan y amen, y el mundo se pudiera convertir en un solo concierto armonioso de voces de gratitud, de amor y de alabanza impidiendo con nuestros deseos que ni una nota humana discordara en ese concierto.
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Y nos estimulará a tener este sentimiento delicado por la propagación de la gloria de Dios, el pensar que nosotros con nuestros afectos y deseos, y más con nuestras obras podemos aumentar esta gloria accidental de Dios.
¡Cómo¡ ¡Dios¡ ese ser inmenso (...)
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Y poder traerle almas que le alaben y bendigan (...)
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Y sentiremos el otro sentimiento de la salvación de las almas.
¡Oh¡ con la sola consideración de la desgracia de un alma condenada, y condenada por toda la eternidad¡ Y que cuesta a Jesucristo tantos gemidos, y sufrimientos y sangre, y que nos ha liberado a nosotros de esta desgracia por sola su bondad, y que nos pide por recompensa que le ayudemos.
Y nos ayudará y excitará este sentimiento el pensar que las ha atado a nosotros, pues ya sabéis, y no debo extenderme en esta consideración que nos aterrorizaría, que en el orden de su providencia ha atado la salvación del mundo y de las almas a la cooperación de los unos para con los otros, y sobre todo, las ha atado y puesto su salvación en la mayor parte de ellas, a la acción del sacerdote, por medio de la predicación de la fe y de la administración de los sacramentos y de las oraciones.
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Y desahogaremos luego y practicaremos este sentimiento con nuestras continuas oraciones, y con nuestras penitencias, y con nuestros gemidos para arrancar gracias para ellas.
Y lo practicaremos estando siempre dispuestos con nuestros trabajos y nuestra fatiga, y gastando nuestra existencia en buscar medios para su salvación, y en aumentar los apóstoles salvadores de las almas, y en infundirles ese espíritu de celo, para que lo explayen después en todos los campos, viñas y jardines de la Iglesia, y nos ofreceremos víctimas por la salvación de estas almas, y tendremos cuidado sobre todo, de que esos apóstoles que nosotros formaremos, estén revestidos mediante nuestro buen ejemplo, nuestra doctrina y nuestros continuos consejos, se conviertan en continuos propagadores de la gloria de Dios y de la salvación de las almas, que es el más eficaz y trascendental interés de la gloria de Dios y salvación de las almas, siendo nosotros como los ángeles continuos de ese sacerdocio real y formado por nuestras manos en santo espíritu, en todas las diócesis, y a ser posible, en todas las del mundo.
Y perdonadme, A.M., si me extiendo en estas consideraciones que son comunes y conocidas, pero que tienen aplicación especial a nosotros, como pertenecientes a esta Obra, dedicada tan directamente, y tanto como la que más, y en algún objeto aún más, que todas las demás existentes.
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Mas viniendo a lo práctico, y según las indicaciones del Reglamento que es lo que estamos discurriendo, este celo debe ser 1.º Fundamental, teniendo por base el puro amor de Dios, prescindiendo de nuestro entusiasmo sensible, y depurado de todo interés propio, sino formando en la escuela del Divino Corazón. Debe ser con la mayor pureza de intención, alejando siempre todas las intenciones con que el amor propio suele torcer aun las obras más grandes, para que pierdan el mérito nuestras acciones, puesto que lo que no se hace por Dios, queda perdido para siempre.
Debe ser puro, para que en su ejercicio podamos quedar libres de las inquietudes que acompañan al celo, que aunque bueno viene a mezclársele el agua de nuestras propias satisfacciones o del amor a nosotros mismos, condiciones que yo podría ir analizando si la brevedad del tiempo me lo permitiera.
2.º Debe estar basado también, según el Reglamento, en el sentimiento por la pérdida de los intereses de Jesús, las injurias a su Corazón y el deseo de la salvación de las almas. Y
3.º Debe ser universal, punto que por sí solo debería ocupar una de estas meditaciones, y que en caso, lo dejaremos para otra ocasión.
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Mas, y ¿cuándo podremos emplear ese celo, y en qué ocasiones?
Y he aquí, A.A. míos, que era por donde debía haber empezado estas consideraciones, puesto que son lo verdadero práctico que se ha de ir tocando en estas reuniones.
Mas como quiera que ya no es posible (dejándolo para otra ocasión), y ya que el Reglamento insinúa y echa las líneas generales, y aun muchas particulares, baste decir que siempre y en todas(las) ocasiones, y dentro, y fuera de casa, y en los viajes y en nuestra estancia en las poblaciones, siempre, siempre podemos ejercer este celo, sobre todo el relativo a la salvación de las almas y gloria de Dios.
Que no tenga que remordernos (...)
De los jesuitas se dice que siempre se les encuentra (...)
Os aseguro que no habrá momento (...)
Escritos I, vol. 5.º, doc. 30
1892 (verano)
A los Operarios
D. Manuel la titula 1.ª (de este año) Alude a las reuniones de los tres años anteriores.
No sabemos el mes, pero D. Manuel, aludiendo a la última reunión, habla de "este año y medio" transcurrido. Parece por tanto que ésta debió ser ya en verano de 1892.
1892
1.ª
Mis AA. en el Señor: Una vez más el Señor nos ha permitido reunirnos en esta casa todos para nuestras acostumbradas tareas de estos santos años del espíritu de nuestra Obra y renovación de nuestros propósitos. Otra vez el Señor en sus inagotables bondades, ha querido que podamos dedicarnos con la unión de todos a los cimientos de nuestra organización sacerdotal para la gloria de Dios, y nos ha librado de tropiezos y circunstancias que pudieran impedirlo,
Otra vez, también, pues, debo repetiros el saludo de los tres años anteriores en estas fraternales conferencias : Cor Jesu congravit nos in unum . El Corazón de Jesús nos ha reunido in unum, para un mismo fin, para un mismo objeto, para los mismos sacrificios, en unos mismos pensamientos y en iguales afectos.
Y al repetiros este saludo, con la gratitud más viva de mi alma para con Dios, dos recuerdos me ocurren y me ocupan y agitan, y han agitado estos días: de amargura el uno, de satisfacción y consuelo el otro.
El recuerdo de amargura, ya lo adivináis: No se encuentra visiblemente ya en esta anual reunión el miembro más insigne de nuestra obra, aquella alma angelical, que fue el encanto de cuantos le trataron; aquella vocación distinguidísima y providencial que vino a animar y dar lustre a nuestra incipiente y modestísima Obra, aquel talento que no faltaría en llamar singular a la par que modestísimo, aquel carácter cuya compañía alegraba, aquel, en fin, que llenaba con su presencia los ámbitos de esta Casa y de la Diócesis, y era esperanza principal de la Obra, para la cual será perpetua su memoria porque no le podrá olvidar.
Y el Señor para mayor amargura quiso arrebatárnoslo en los momentos precisos de crisis espantosas en la Diócesis y de empresas colosales de la Obra, cuyo consejo y aliento parecían necesarios.
Un consuelo y no pequeño quiso el Señor que acompañara a su pérdida para más gloriosa memoria del mismo. La manifestación candorosa del mismo, en sus últimos momentos, de que moría víctima por la Obra y para alcanzar gracias y consuelos para ella. Manifestación consoladora y llena de esperanzas por las condiciones de la víctima, por las causas que ocasionaron sus sufrimientos y por la mirra que amargó esta pérdida para nosotros.
Al recuerdo de esta amargura, aunque de mucha menos importancia debería yo recordaros en esta reunión las contradicciones que ha sufrido el débil bajel de nuestra Hermandad durante este año y medio: La longanimidad, por no decir otra cosa, pues podríamos llamarla humillaciones, y actos de paciencia y diplomacia cristianas que hemos tenido que usar y gastar y soportar en esta misma Diócesis y que sólo ante Jesús podrán sufrirse por el temor de no perjudicar los intereses de su gloria, los ejercicios (?)de algún otro Colegio, el abandono inconcebible del carácter más formal al parecer (?) de España en el edificio Condotti de Roma y la innumerable cadena de temores y angustias que esta empresa nos ha ocasionado.
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En cambio de estas tribulaciones, de las cuales una sola merece el nombre, al verificar esta nueva reunión, un acto de exuberante gratitud a Dios debe salir de nuestro corazón y ofrecérselo por las manos de la Virgen Santísima y del Sto. ángel de España.
Se han conjurado las espantosas crisis en esta Diócesis, de una manera providencial e inesperada, y terminadas con esperanzas de días mejores, en este segundo Colegio de nuestra Obra que de tantas esperanzas es. Amanecen días mejores también en el Colegio de Murcia; en el de Tortosa, los 144 auxiliares, pues así podemos llamarles, que tenemos esparcidos por la Diócesis, son una garantía de su estabilidad y porvenir y nos hacen acariciar la esperanza de transformar aquella Diócesis, según los ideales de nuestra Hermandad apenas podamos tener Operarios suficientes; y ese trabajo de transformación en ella, será el presagio y la seguridad que alentarán a nuestros futuros Operarios para la realización de lo mismo en otras Diócesis necesitadas, y que sólo pueden ser salvadas por nuestra empresa.
Nuestra Obra es la institución más notable, más que el (?), S. Luis. Napoleón.
Pero sobre todo, debemos bendecir a Dios por la colosal empresa que tenemos entre manos del Colegio de Roma, que haber visto en un principio su altura, las dificultades que las circunstancias imprevistas la han rodeado, nos hubiera acobardado; los resultados eran previstos y los pretendíamos aunque en menor escala; pero las circunstancias repito, nos han (...)
¿De qué os hablaré pues? Es ten vasto el campo, son tan variados los asuntos que pueden ser objeto de estas conferencias y son necesarios tratar, que os lo digo con sinceridad: me agobia la elección; porque todos me parecen mejores y todos me duele el omitir.
Abro el Reglamento y cada sección, cada capítulo, cada número me excitan a hablar de ellos y más de aquellos que parecen más secundarios y menos importantes, de los cuales no hemos tratado en las anteriores reuniones y que no obstante no tienen nada de secundario, y son importantísimos y su cumplimiento entraña mucho interés, si no para vida esencial, para el vigor y brillo de nuestra Obra.
Mas en la imposibilidad de tratar de todos, diremos alguna cosa de alguno al menos.
En los años anteriores hablamos de algunos con extensión; otros ligeramente.
Hablamos con extensión, y ojalá pudiera repetirlo, de la excelencia, ventajas y utilidades de nuestra Obra sobre todas las demás instituciones para los intereses de la gloria de Dios en las Diócesis, y lo digo y repito con convicción. Y al decir esto, etc.
No hablo teóricamente, y por lo que sea la institución en sí comparándola con otras. Todas las instituciones religiosas tienen por objeto la gloria de Dios y el aspirar a la perfección evangélica, con mayor perfección, es decir, con mayor o menor estrechez en cuento a la práctica o prácticas exteriores.
De modo que ex se, prescindiendo del espíritu interior con que se practique esta perfección, aquella institución será exteriormente más perfecta que en sus reglas esté más estrechada. Y siendo la pobreza, obediencia y castidad las condiciones de una institución religiosa, aquella ex se podría llamarse más perfecta, que con prescripciones más rigurosas esté mandada cada una de aquellas condiciones.
Y por lo tanto en cuanto a la pobreza por ejemplo, será más perfecta, por ejemplo, la regla de los franciscanos que la de los dominicos y jesuitas, pues estos pueden tener bienes en común, aquellos no; y más que la de los franciscanos la de S. Cayetano, que no sólo no tienen en común, sino que ni siquiera se permite el pedir limosna, sino lo que den sin pedir.
Y la obediencia lo mismo.
Y respecto a la castidad, aunque casi no puede haber diferencia, por no admitir parvedad, podríamos casi llamar más perfecta a la que pone más prescripciones externas para todos los peligros y que impone más mortificaciones.
Y aun más perfectas las que ayudan al cumplimento de estos votos con los medios más rígidos exteriores de ejercicio de virtudes de penitencia, oraciones, humildad, silencio.
Y con esto podríamos llamar más perfectas, en algunos de estos medios exteriores, a unas más que a otras, y ciertamente es así; y de este modo se caracterizan; y por eso v.gr. decimos que los trapenses es la religión más perfecta por su rigidez de silencio y penitencia, tanto que ni la Santa Sede ha tenido ánimo más que tolerarlos; que los franciscanos y carmelitas observan mayor perfección en la pobreza que otros institutos.
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La excelencia de la perfección, esto es la perfección cristiana consiste en la caridad o amor de Dios, según su mayor o menor grado.
Mas la perfección instrumental consiste en (...)
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Pues bien: todos los que desean la perfección, no pueden proponerse como fin sino el amor de Dios, servirle y amarle por los medios instrumentales de afecto y práctica hacia los consejos evangélicos, y ejercicio de las virtudes. Esto lo han hecho todos los santos, y en todos estados y condiciones. Qui vult venire post me.
Las asociaciones, si podemos llamarlas así, cristianas que Jesús ha querido brotaran en su Iglesia, no han hecho sino practicar reunidos esto mismo, que cada uno deseaba hacer en particular.
Su fin, pues, aparte del objeto particular que dio ocasión a aquellas reuniones, era el amar y servir a Dios, la caridad, y por los medios instrumentales que se prescribían sin votos ni ataduras en estos medios instrumentales.
Mas algunas de estas asociaciones se impusieron por voto, el desprendimiento de la pobreza, la castidad y la virtud de la obediencia, y la Iglesia las aceptó dándoles el nombre de religiosos y concediéndoles privilegios, y otros añadieron otras virtudes que debieron practicar con voto, v.gr. la abstinencia de carnes, la caridad con el prójimo debiendo asistir a los apestados, etc, etc
la oración vocal, etc.
De estos principios se deduce:
1.º Que la perfección verdadera no consiste en estos votos, sino en la caridad, en el amor y servicio de Dios y cumplimento de su voluntad.
2.º Que la perfección instrumental no es más que un medio para lograr aquella, y muchísimas veces, más que medio, es fruto de la misma caridad y amor de Dios.
3.º Que esta perfección instrumental prescrita con los votos será la mayor o menor perfección según la rigidez con que se practique.
4.º Que por lo tanto, ex se, prescindiendo del espíritu interior con que se practique esta perfección instrumental, aquella institución será más perfecta, que en sus reglas tenga más estrechada la práctica de aquellos votos esenciales de religión, así como el ejercicio de las otras virtudes de oración, penitencia, silencio, etc
5.º Que siendo la pobreza, obediencia y castidad los votos esenciales de lo que se llama una religión, aquella ex se podrá llamarse más perfecta que con prescripciones más rigurosas lo tengan mandado.
Y así por ejemplo la pobreza.
6.º Se deduce principalmente que el fin de estas asociaciones es el mismo, la santificación verdadera, el servicio y el amor de Dios en la mayor escala posible, pero por los medios instrumentales más o menos rígidos impuestos a la asociación.
Y se deduce principalmente, y es la consecuencia en que más conviene fijarnos, que los que aspiran a la santificación por medio de la asociación, pues sin asociación puede haber perfección, deben para lograrla preferir aquella asociación cuyos medios instrumentales puedan conducirlo mejor y más felizmente a conseguir la santificación y al servicio de Dios, esto es, a la unión con Dios, y esta asociación será aquella atendiendo a sus inclinaciones, a sus fuerzas, a su espíritu, a su instinto, condiciones, que no deben perderse de vista con la luz de la gracia; lo contrario sería expuesto a cataclismo si sólo debía mirarse la perfección de una institución en su perfección instrumental.
Como sería una temeridad el abrazar la vida de los cartujos un temperamento débil sin especial luz, vocación, de la gracia.
De aquí esa admirable variedad de asociaciones inspiradas por Dios en su Iglesia, circundata varietate, en todas las cuales han brotado flores de gran santidad.
7.º Se deduce últimamente que puede en un individuo de una institución de vida instrumental ex se más perfecta estar muy lejos de la santificación y aun en la misma asociación, aunque no es lo ordinario en el orden de la gracia, si son fieles a sus prácticas que Dios inspiró
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Esto en cuanto al fin de toda asociación, religiosa, démosle este nombre, la santificación, el servicio de Dios.
Pero toda asociación de estas inspiradas por Dios han tenido motivos y objetos especiales en su institución.
Y respecto de esto, tanto será ex se más excelente una asociación, cuanto más elevado y grande y universal, y de mayor gloria de Dios, será una institución, cuanto mayor, más grande y de más transcendencia sea el objeto de su establecimiento.
Sabido es que, como dice Sto. Tomás.... aunque la vida meramente contemplativa, sea más perfecta que la activa, meramente, la mixta es de mayor excelencia y así ex se, los hospitalarios son de menos excelencia que los trapenses, y las instituciones de vida apostólica son de más excelencia que unas y otras.
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Ahora pues, en cuanto a la perfección instrumental impuesta, prescrita a la asociación, nuestra Obra, ni siquiera hemos menester comparación ninguna con las otras. Ex se, se ha de contentar nuestra Obra con admirar y alabar la gracia de Dios en las otras.
Como individuos cada uno practicará lo que Jesús le inspire bajo la dirección de su confesor.
Pero obligación de la asociación ninguna excelencia tiene bajo este respecto; de modo que si uno se siente llamado que vaya a esas por nosotros.
Yo miro a esos carmelitas, etc, ; pero no siento vocación, los venero y respeto. Practicar eso, haya espíritu o no, y toda la vida, me inclino y paso adelante.
Ya hable con extensión también de la santidad mayor sacerdotal a que nos obliga nuestra asociación más que a las otras.
Como sacerdotes sabido es que estamos obligados a mayor santidad que los religiosos porque es un estado mayor que el estado religioso; pero estamos obligados a esta santidad no más como todos los demás sacerdotes seculares; y en qué consiste esta santidad, al menos en su minimum, nos lo dicen los autores de moral.
Pero como individuos reunidos y llamados e inscritos y honrados en una asociación que tiene fines y objetos especiales, estamos obligados a mayor santidad que los demás sacerdotes.
1.º Por los objetos nuestros; 1.º El de máxima gloria de las vocaciones, (Vide 89-p.3.ª)
Estad seguros que cada uno de nosotros tiene un concepto adquirido en general, y en particular cada individuo lo tendrá de nosotros sin saberlo expresar.
2.º Por los otros ministerios. (Vide 89-4.ª)
3.ª Por el trato con sacerdotes y extraños, id.
4.ª por los medios que tenemos, id
Hablamos también con extensión de los peligros que tenemos (Vide fatigas de la Obra)
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Hablamos del objeto de estas reuniones, y de su necesidad sobre todo en estos primeros años y que tal vez se hagan necesarias por mucho tiempo, o quizás establecerse por práctica siquiera por regiones, a no ser como confío lo suplan los ejercicios anuales reunidos por regiones, y más si llegan estos ejercicios a poder ser dirigidos por los nuestros, y los capítulos en la elección.
De todos modos sabéis que hoy sirven para reanimarnos en nuestras fatigas, para moldear ciertas prácticas y ejercicios, y animarnos mutuamente y sobre todo estando en periodo constituyente.
Pero en la imposibilidad de extenderme no debo omitir una al menos de las ya indicadas puesto que algunos no asistieron y conviene infiltrarle en el espíritu de todos.
De la naturaleza, espíritu y fin de nuestra Obra.
Vide 90 p.2.ª y 1.ª
Escritos I, vol. 5.º, doc. 31
1892 (verano)
Colegio de Valencia
A los Operarios
Exposición del porqué íntimo de la fundación de la Hermandad.
92
Predicado
Peligros. Medios de evitarlos .
Al hablar incidentalmente el primero de varios asuntos, tocamos los peligros de la Obra, éstos son muchos, para la Obra y para sus individuos.
Para los individuos: en las pasiones, en la concupiscible, estimaciones, relaciones, comunicaciones, favores, que todo le ocasionará peligros.
En lo irascible, esto mismo le producirá, vanidad, orgullo y sus tareas tal vez aburrimiento, fatigas, abandonos.
Peligros en la tibieza por falta de medios exteriores comunes que le fortifiquen.
Tentaciones por deseos de otras cosas de mayor premio. (?)
En la Obra.
Peligros de conservar el espíritu de fervor de la misma, por esas mismas desataduras de los individuos y las incesantes tareas de los mismos, y peligros de desedificación de los mismos en desfavor de la Obra.
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¿Cómo hacerlo pues para prevenir estos peligros? Como dije en otra ocasión, todas las instituciones tienen su quid, su nervio, su especial medio que vivifica su espíritu y que le da a conocer y se muestra así con él y él le salva. No puedo extenderme a examinar el quid espacial de algunas asociaciones.
En los franciscanos eran los castigos quitar voto. Basta decir que en los jesuitas es la obediencia y la manifestación de conciencia y delación. En los pasionistas es la penitencia y continua meditación de Jesús crucificado.
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Pues bien ¿Queremos tener un gran medio o medios que abarque todos los extremos, prevenga todas las dificultades?
Pues nos lo da el mismo Reglamento. Vendrán penas, descontentos, amarguras, peligros, fatigas a los superiores como vienen a todas las Obras y el enemigo malo introducirá la cizaña en el campo predilecto de Jesús, pero, si se observan las indicaciones, todo pasará.
Pues hay un medio interior y otro exterior y ambos vivificados con el espíritu de reparación a Jesús sacramentado.
Hay en todos los Institutos un espíritu que les distingue y un nervio que les sostiene, yo podría exponer cuál es el espíritu de algunas, y el nervio. En los jesuitas el (-?) es individual, las reglas, el otro de la Obra, el conocimiento de los espíritus, el espíritu de desprendimiento, el vencerse a sí mismo.
¿Cuál es nuestro nervio?
El nervio individual es el reglamento.
El de la Obra es el de la corrección fraterna.
El del Reglamento (Vide Medios de evitar peligros)-89.
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El nervio externo es la corrección. (Cuenta de conciencia, vide 1.ª, 91, es un punto cardinal (Lectura del Decreto de la Sagrada Congregación) Bastará la delación a los Visitadores.
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Esto en cuanto a los medios o nervios para el bien de los individuos y de la Obra.
El carácter que les distingue. Jesuitas, A.M.D.G.
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Mas sobre estos nervios lo que más ha de sostener la Obra, vivificar a sus individuos, obtener gracias, es el mantenimiento del espíritu que ha de vivificar a sus individuos. El de reparadores de Jesús sacramentado, de su amor; y como fruto de ello, de todos sus intereses en las Parroquias.
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Nuestra Obra ha brotado del Corazón de Jesús sacramentado, del Corazón de Jesús sacramentado, silencioso, olvidado, desconocido, ultrajado, no sólo es uno de los objetos primordiales de la Obra y el fomento de este amor está consagrado a los Operarios y a ello se consagran éstos para darlo a conocer en todas las almas y por todos los medios que su celo les sugiera y la Hermandad les designe, como dicen las Reglas.
No sólo es la devoción fundamental que está señalada y como dice la otra regla.
No sólo se descubre este espíritu en los saludos, en las recomendaciones , al ir a los pueblos.
No sólo es el emblema especial del escudo o sello de nuestra Hermandad, como sabéis, sino que debe ser el sentimiento peculiar, constante, tierno, interior de nuestros corazones.
Y ¿cómo no, A.M.? Si este amor y este sentimiento encierra y produce la perfección, es la fuente de bendición para las obras todas de nuestras manos, el que nos excita a activar nuestros objetos y la fortaleza para todas nuestras circunstancias.
Este sentimiento de amor y compasión hacia Jesús sacramentado constituye o produce al menos la perfección. Todos los santos están conformes en que la práctica, medio y fin de todas las prácticas es la presencia de Dios.
Digo medio porque el procurarla, el ejercitarse para lograrla es el gran medio de santificación; y digo fin porque, cuando se logra, se tiene la perfección y era lo que tenían los santos y Dios se la daba como recompensa. Por ella y con ella eran santos.
Al santo patriarca Dios le hizo pasar por toda la cadena de actos de virtud y abnegación, de sacrificio. Le hizo desprender de su patria y parentela, aunque por el temor de aquella primera prueba
le hizo muchas promesas. Le hizo pasar por la pobreza, por los temores, por las angustias. Le hizo sacrificar a su hijo unigénito, objeto de las mismas promesas, obligándole con ello a actos heroicos de fe, de esperanza, de sacrificios del corazón. Era santo. No obstante, después de esto, inmediatamente da el último consejo de santidad. Ambula coram me et esto perfectus. Anda delante de mí y con esto serás perfecto.
Mas Abrahán no tenía a Dios como lo tenemos nosotros. Si él hubiera tenido a ese Dios no sólo en su invisible Divinidad, sino humanado (?), pero real vivo y verdadero bajo apariencias de pan, colocado en su tienda, al lado de su cama y frente a su trabajo, ¡oh¡ cuán fácil le hubiera sido el documento (?) de la presencia de Dios como término de su perfección.
Ya sé que los autores, para el ejercicio de esta presencia, proponen, o consideran a Dios sin ninguna forma sensible, sino como un aire que nos rodea, o como la esponja en el agua, para que no fatiguemos tanto nuestra imaginación; y otros el ponerlo dentro de nuestro corazón como residiendo allí.
Pero para mí, para mí Jesús sacramentado, que está dentro del sagrario, que me mira, o está dentro de mí, o en cualquier forma, o está en mi presencia, es la mejor práctica de la presencia de Dios, mejor que ninguna otra.
Y en realidad es así. ¿No os sucede a todos, A.M., y gracias sean dadas a Jesús, que cuando, visitamos una iglesia en donde no está Jesús sacramentado parece como si no supiéramos ponernos en su presencia, que cuando aún no lo tenemos en la casa que habitamos, nos falta una cosa y no sentimos devoción sensible y no paramos hasta que lo logramos para poder darle la última mirada por la noche al dormirnos y el primer saludo al despertar?
Pues el ejercicio de este sentimiento frecuente, constante, obraría la verdadera presencia de Dios y seríamos perfectos.
Nuestro es y aspiramos a que sea, el lema del Apóstol S. Pablo, Mihi vivere Christus est. Mi vida es Cristo y a ello aspiramos digo porque a él hemos consagrado nuestro cuerpo, alma, intereses, ambiciones, fuerzas, y cuanto tenemos.
Pues mihi vivere Christus in Sacramento. Nuestra vida interior sea Jesús Sacramentado, y olvidado y colocado dentro del frío metal del Sagrario, en las largas y heladas noches del invierno y tapado y sin respirar el aire en los largos días y en las noches del estío. Con esto seremos perfectos.
Y he dicho, y perdonadme mis difusiones, que además de ser el medio indefectible de perfección, este sentimiento de amor y compasión es el que quiere nuestro espíritu para activar y multiplicar los objetos primordiales de nuestra Obra y demás intereses de la gloria de Dios.
El sacerdocio, el que sea conocido y amado, su extensión en las Parroquias, amado de la juventud (?), es uno de los objetos primordiales y el especial, característico, y como el pretexto de todas nuestras operaciones.
Ahora bien si descendiéramos al fondo, al manantial de los sentimientos de nuestra piedad, tal vez, tal vez encontraríamos lo que no habíamos reparado ni discurrido, que el origen de nuestro deseo por el bien y fomento de las vocaciones eclesiásticas, de que Dios tenga muchos y buenos sacerdotes, de que no entren futuros sacrílegos, y maleadores de almas, ha sido nuestro instintivo amor a Jesús Sacramentado, aun sin darnos nosotros cuenta de ello.
Bendice nuestras obras. Sic nos visita.
Y nos consolará.
Yo creo que es así; pero aunque no lo fuera, este sentimiento íntimo de amor y compasión a Jesús sacramentado multiplicará y vivificará nuestra vocación hacia ese objeto primordial y este amor hará llevaderos todos los grandes sacrificios que tendremos que practicar para lograr buenos sacerdotes y apartar los no llamados.
¡Oh¡ pensar que damos a Dios corazones sacerdotales que le cuidarán y multiplicarán su estancia sacramental y que serán los ángeles que velarán su tabernáculo día y noche en las parroquias, y que serán reparadores verdaderos. y que llevarán hacia él las almas, y harán que le reciban y conozcan y vayan a hacerle compañía y les predicarán su soledad y sus amores.
Y cuando daremos ejercicios al sexo devoto, tan débil, tan expuesto a peligros, nada nos animará a sufrir las molestias de nuestro trabajo, como el pensar que Jesús sacramentado tendrá el placer de recibir la ternura de aquellos corazones en general inocentes y dispuestos al amor y sacrificio.
Y cuando nos apenará el estado de la juventud varonil todavía no maleada, pero de seguro lo estará sin milagros de cuidados, el temor y el ansia de que puedan ser por algún tiempo y a ser posible por siempre morada de Jesús nos estimulará a promover los trabajos en favor de ellos.
Y el abandono en que Jesús vive en su morada sacramental, en medio de tantas parroquias disipadas, excitará llamas de celo en nuestros corazones para predicar y establecer en ella asociaciones y la propaganda del bien.
Sí, si no ha sido Jesús sacramentado el origen y principio de nuestra vocación será indudablemente el móvil de todas nuestras operaciones.
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Y es, he dicho, la fuente de todas las gracias en nuestras empresas. No es preciso que lo demuestre. La experiencia nos lo demuestra todos los días y, por viles instrumentos que seamos, su gracia lo multiplica y lo hace crecer todo. Nunca he olvidado aquella frase del P. Faber, que no hay ni un alma, ni aun la de los Protestantes, que se sustraiga a la influencia de una hostia expuesta.
No sin razón el Espíritu Santo ha puesto en la boca de la Iglesia
aquellas palabras: Sic nos tu visita; Como si dijera: Las bendiciones y visitas de Jesús es a medida de nuestro culto y veneración hacía él. Probadlo y lo veréis.
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Y he dicho últimamente que él será nuestro consuelo en todas las tribulaciones..
Grande es nuestra Obra, ser sacerdotes santos y en medio del mundo es un milagro, y este milagro lo haremos, y este milagro no se hará sin combates, tentaciones, penas, contradicciones, desmayos, temores, etc.. escrúpulos.
Pues cuando las tentaciones nos persigan y las ocasiones nos atemoricen y las dudas nos aflijan y las contradicciones nos desmayen y las pasiones nos agiten, si estamos acostumbrados a acudir a Jesús sacramentado, aunque nos parezca no tener fe y estar en tinieblas, una visita silenciosa al tabernáculo, arrancará una compunción, tal vez una lágrima, que disipará nuestras dudas, calmará nuestra agitación y temores, devolverá la alegría y la paz.
La experiencia os lo dirá.
Jesús sacramentado ha de ser, pues, el apoyo, aliento, consuelo y anhelo de nuestro corazón, la llama que ha de vivificarnos. El distintivo en fin interior de nuestra Obra. Mihi vivere Christus.
Christus in sacramento.
El reinado de Jesús sacramentado vivificará nuestra vida.
Escritos I, vol. 5.º, doc. 33
1893, 26 de abril
Colegio de Valencia
A los Operarios
Es la primera plática-saludo de 1893.
Un saludo
Para la reunión de 1893
26 de Abril
Mis amadísimos Cooperarios en Jesús Sacramentado:
En los años anteriores y desde el día que empezaron a tener lugar estas silenciosas y fraternales reuniones, que fue un año, después de la primera y más consoladora, aunque más modesta, verificada en la silenciosa estancia del Noviciado del Desierto de las Palmas, siempre ha sido lo primero un saludo cariñoso y el pediros un tributo de gratitud al Señor, que nos permite repetir estos actos, los más consoladores para nuestro corazón y los más fructuosos para nuestra naciente Obra de cuantos practicamos en nuestras tareas individuales durante el año.
Consoladores y fructuosos he dicho.
¿Y cómo no han de ser consoladores si estos actos significan y declaran las bendiciones de Dios sobre este grano de mostaza, que podemos decir empieza a germinar, para convertirse, si no en árbol gigantesco, que no es nuestra pretensión, ni le conviene, y que tal vez sería su ruina, para sus silenciosos trabajos, pero sí un árbol........de ....que...como aquel de.......sea para salud de muchas Diócesis.
Estos actos significan y dan a entender y nos dicen y nos revelan nuestros alientos en medio de las agitaciones de nuestro bajel, desde el día de nuestra anterior reunión.
¿Cómo contar los contratiempos?
Aparte de los recelos, cruces, D. Vicente, de que hemos sido objeto aquí mismo en esta Diócesis, aun después de las cruces y aun persecuciones anteriores, costándonos muchos gemidos y oraciones el poder obtener una libertad de acción necesaria para la solidez y desarrollo de la Obra de vocaciones.
En Murcia se han podido sostener bien, aunque no han desaparecido los desvíos y aun contradicciones de parte del profesorado.
En Orihuela no faltan fatigas, que las condiciones de situación de local siempre producirán hasta que Dios quiera bendecirlo.
Y en nuestra diócesis, que ha visto desaparecer todas las nubes que más que sobre ningún otro Colegio se cernieron sobre él desde el principio, desde la burla (?) hasta el delenda Cartago, aún quiere Jesús ejercitarnos la paciencia, con el regateo que nos hacen de Operarios, que ha no ser por esto, habrían dado su nombre a la Obra, cortándonos así las alas para el vuelo tranquilo de la Obra.
Y todos sabéis las inverosímiles contradicciones en la prensa del Colegio de Roma, los apuros para sostenerla, las ansiedades para llevarla a cabo. Foris pugnae, intus timores, podríamos decir como el Apóstol.
Empezada con un fin más modesto al menos para su principio, la Providencia quiso sorprendernos gratamente, abriéndonos un panorama vastísimo de esperanza y consuelos. Pero desde aquel momento, si no apareciera presunción, casi diríamos que ha estado sujeta a todos aquellos tiros de contradicción que merecieron ciertas grandes obras de los santos. Sin recursos, ni influencias, ni prestigio, vituperados de unos, abandonados, digo mal, despreciados por otros, llenando de recelos hasta los poderes del Estado, no ha amainado una tempestad, que no se haya levantado otra, y algunas las más imprevistas e inverosímiles.
Y no obstante el Señor nos permite reunir aquí otra vez, y no sin grandes consuelos y con mayores esperanzas.
Y en Valencia hemos podido obtener la ansiada libertad, saliendo ilesos de tantas aguas de contradicción y con mayor honra y con esperanzas de mayor provecho y mayores atenciones.
Y nuestros Colegios más robustecidos y con una disciplina más que regular a pesar del poco personal.
Y a pesar de los regateos en el personal, con algún consolador aumento.
Y hemos llamado la atención de algún Prelado, que si bien no ha podido ser complacido, para que plantáramos la bandera de S. José en su diócesis, ha sido porque no nos han convenido las condiciones.
Y por una singular bendición del Señor y la fidelidad a la gracia de un generoso y ferviente Operario, se ha adquirido plantado y regado por solos los sudores de éste, un nuevo Colegio sin las fatigas para la H. inherentes a una fundación y por consiguiente a venido a añadir un nombre más al de nuestros primeros Colegios y que nos abre tal vez la puerta (...)
Y mediante el prestigio de otro distinguido Operario se /ha/ logrado lo que tanto habíamos deseado y que otra vez había fracasado con algún quebranto para nuestros intereses. El izar bandera en la capital de España, empresa erizada de temores y dificultades, pero cuyo solo anuncio dará lustre y nombre a la Hermandad.
Y si el personal nos bastara, no sería difícil, sino muy fácil y hacedero el abrir casa en Tarragona y Barcelona y en algún otro punto.
Pero lo que más debe llenarnos de gratitud a Dios, puede servirnos de aliento en esta reunión, y lo que nos hace presagiar mayores resultados y nos engendra convicciones en lo porvenir de la H. y que le dará consistencia y obligará a la H. a una necesaria santidad y gravedad, son las misericordias de Dios en la obra del Colegio romano.
En medio de todos los abandonas, al frente de las maquinaciones de los malévolos, al lado de la escasez de nuestros recursos, el Señor ha ido excitando las simpatías e interés de los buenos, del mismo Secretario de Estado, del mismo Sto. Padre.
En frente de los malévolos, el Señor se ha apresurado a poner ángeles custodios como los Merry y Sanz y Forés y Obispo de Vich, Seo, y Salamanca y otros.
En medio de los apuros de medios materiales, el Señor nos a abierto caminos inesperados para poder realizar empréstitos, con esperanzas
de enjugarlos.
Y pudimos, aunque con fatigas y esfuerzos, presentar en Roma una falange respetable de jóvenes, con alegría de los buenos, con espanto de los contrarios, con asombro de todos.
El Señor ha querido recompensar estos pequeños sacrificios y escuchar las oraciones de todos los Operarios.
Y después de una prolongada ansiedad, hemos obtenido la gracia más imponderable.
Y con ella hemos obtenido la clave de una cosecha de frutos que nos /parecía/ imposible y muchos de ellos ni prever. Porque, como creo examinábamos el año anterior, todo nos será fácil
Porque no es ya un Colegio, como quieren, es el Colegio español, y etc.
Escritos I, vol. 5.º, doc. 34
1893 (abril)
Colegio de Valencia
A los Operarios
En la entrada en temas: la primera plática después del saludo (ver 5.º-33). Sobre los actos de piedad.
1893
I
Mis H. en el Corazón de Jesús Sacramentado. Al querer entretener estos ratos de nuestras gratas reuniones con algunas reflexiones relativas a nuestra Obra, ¿Qué ideas podemos refrescar que tengan cierto interés?
Es tan vasto el campo etc, P. 89 a 90, 2, 2.ª
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Pero dejando éstos y otros puntos sustanciales de la Obra, y sabrosísimos, puesto que los hemos discurrido sobre ellos, otras veces, no dejan de ser utilísimo el examen de otros temas secundarios de nuestra Obra, pero sin los cuales tal vez peligrarían los cimientos de la misma Obra.
Y uno de estos puntos, al parecer secundarios es "La fidelidad en el cumplimiento de nuestro Reglamento en sus prescripciones individuales y en las prescripciones exteriores y comunes".
Al hablar de nuestra santidad sacerdotal, vimos que debíamos tenerla mayor que los otros sacerdotes , o la que debíamos tener nosotros en el mundo como individuos particulares, si no hubiésemos dado nuestro nombre a la Obra.
Y debemos tener esa mayor santidad sacerdotal 1.º por los objetos, vide.
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Y dijimos que a pesar del deber de esa mayor santidad sacerdotal, tendríamos mayores peligros y menos medios exteriores que los institutos religiosos.
¿Cómo no? Los santos escogidos por Dios para las instituciones religiosas, vide fatigas de la Obra, 1.
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Cómo, pues, lograremos esta santidad, y nos libraremos de estos peligros.
Convenimos en que todas las asociaciones, todas las instituciones, aunque sus objetos generales sean los mismos, la santificación y el bien del prójimo, tenían su organismo acomodado a los fines y objetos de las mismas, un nervio interior que pueda dar vida a su espíritu, un lazo externo que mantenga su tan constante fuerza, y que esto produce un distintivo o fisonomía especial que sin darse cuenta las distingue de las demás, y convenimos en que el único nervio interior de nuestra Obra consistía en la fidelidad individual a la gracia, en la práctica de los medios prescritos por los santos a todo sacerdote, que son los medios señalados en el Reglamento.
Que el vínculo exterior era la vigilancia mutua y caritativa de unos respecto de otros, mediante la delación y corrección fraterna, que aunque es un acto de humildad a que nos hemos ofrecido y hemos aceptado, es el único medio, en nuestra vida desligada, para que no se desmorone el edificio espiritual de nuestra Hermandad
Y que el distintivo y carácter espiritual de la misma será, como fruto de nuestras prácticas, y de los objetos especiales a que nos dedicamos, el sentimiento de la delicada reparación al Corazón de Jesús sacramentado.
De aquí, pues, se deduce cuán importante es que nos posesionemos de la necesidad de nuestra fidelidad individual a las prescripciones más insignificantes del Reglamento, a nuestras prácticas de piedad,
en el modo que tenemos indicado de obrar individualmente en todos nuestros actos y el procurar que no se dejen de cumplir los actos exteriores y comunes, que como sabéis son muy pocos y cumplirlos con la gravedad y exactitud convenientes
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Y este deber de fidelidad individual debemos incrustarlo en nuestras almas con mayor razón por no tener la sanción externa, el castigo que a sus transgresiones tienen otros institutos religiosos.
Algunos institutos, en particular los antiguos, tenían penas establecidas a todas las transgresiones exteriores de sus reglas.
Y una falta de equivocación en el rezo, exigía un acto de humillación pública, y una falte de puntualidad a algún acto, a la meditación, con motivo o sin él, llevaba tras sí una represión o una penalidad, y la mayor parte de éstos suelen ser comunes y al menos obligan a no dejarlos exteriormente.
Nosotros no tenemos ninguna de estas penas, pero no tiene prescrita ninguna penitencia.
Cierto que atendida nuestra tendencia a la flojedad y a la tibieza, son un bien para dichos institutos esos remedios exteriores. Pero es el caso que nosotros no los tenemos, hemos de obrar por el estímulo del temor santo, a la falta de correspondencia.
Y qué A.M. ¿Hemos de ser como aquellos esclavos de Filipinas, de los cuales nos cuentan que se presentan a los amos a decirles que sienten pereza y así que les den un par de latigazos para que se les vaya la pereza? Cierto que somos tan miserables que bien nos convendría hacerlo así algunas veces.
Con todo no tenemos eso, y no tenemos otro látigo, que el común a todos, el látigo del remordimiento y de nuestras humillaciones en nuestros exámenes particulares.
Y ya se cuida Dios de levantar mejor ese látigo amoroso en los días de retiro, y en los ejercicios anuales.
Y si estos latigazos amorosos no nos hieren dulcemente, ya se cuidará de punzarnos el remordimiento de una vida de tibieza, que nos hace mirar con espanto nuestro presente y más nuestro porvenir al pensar lo que hayamos podido desviar las gracias de Dios sobre nosotros.
La fidelidad, pues, el deseo de ayudarnos, y no traspasar las prácticas del Reglamento, de piedad individual, de nuestro modo de obrar en los actos todos de nuestros ministerios, es el ÚNICO medio de conservar el espíritu interior de la Obra.
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Desgraciados de nosotros si llegáramos a no mirar con temor y hacer menos caso de las necesidad de nuestra correspondencia a Dios por medio de los sencillos medios que nos hemos impuesto¡ Seríamos una máquina estropeada, que no andaría más que a ratos.
Seamos reglamentistas en este sentido, que en lenguaje de los institutos religiosos se llamaría ser observantes.
Y si quisiéramos ver mejor la trascendencia que encierra nuestra santificación y para conservar el espíritu sacerdotal en la Hermandad e influir en el bien de ella, ese espíritu de reglamentismo, o digamos observancia, o que yo digo fidelidad, no sólo en las prácticas individuales de piedad, sino en todos los medios prescritos, bastaría examinar con algún detalle los efectos que en nosotros mismos puede producir la negligencia o fidelidad en las prescripciones o indicaciones más insignificantes.
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Al despertarse nos aconseja el saludo externo y afectuoso al Corazón de Jesús Sacramentado, y luego la ligera (?), el ofrecimiento breve de las obras del día; cosa común a todo buen cristiano y más a un sacerdote y más a nosotros, que nos hemos impuesto de un modo especial la fidelidad a esta práctica como miembros de la Hermandad, y para mantener el espíritu de santificación en ella y por medio de ella.
Pues la fidelidad a esta práctica influye y puede grandemente en nosotros para la santificación de aquel día. El demonio está acechando para arrebatarnos las primicias del día, y desvirtuar luego nuestras obras posteriores. Este acto solo tan pequeño solamente, puede influir muchísimo en los actos posteriores de la meditación y con ella de los actos siguientes.
El P. Faber, cuyo espíritu es tan acomodado a nuestro modo de ser santos en medio del mundo, que es el espíritu que él se proponía infundir, nos pone en su "Todo por Jesús" un párrafo hermosísimo que viene muy bien a este reflexión que estoy haciendo. Vide.
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He aquí, pues, que el recogimiento inmediato, saludo, ofrecimiento ligero de obras y propósito de conservar aquel primer recogimiento hasta después de la Santa Misa, es un gran medio de conservar nuestro espíritu interior.
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Y viene luego la meditación, que a ser posible debemos procurar sea inmediatamente por la mañana, pues la experiencia nos enseñará dos cosas, 1.º: los tropiezos que el enemigo pondrá para que la dilatemos o perdamos y más en nuestra vida de mucha y a veces multiplicada tarea; y 2.º: porque la falta de fidelidad a esta práctica, será lo que más nos remorderá y nos faltará una cosa que no hemos cumplido ante Dios, y nos dejará un vacío que nos impedirá la libertad de acercarnos filialmente a Dios.
No debemos detenernos en el examen de la fidelidad a esta práctica esencial, base de todos los otros medios de santificación como sabemos.
Sólo así, no olvidar, 1.º Que los santos, y alguno de ellos ocupadísimos, tenían tiempo, como S. Francisco de Borja para encontrar, seis, siete y ocho horas....; 2.º Que si somos fieles a nuestra hora prescrita, sobre todo a la hora entera aunque sea con tibieza a nuestro parecer y aunque nos sea siempre costosa, tenemos asegurada nuestra fidelidad a todas las demás prácticas de la Hermandad porque es lo que nos dará más luz para nuestra conducta;
3.º Que si no experimentamos en mucho tiempo la unción de la gracia en esta práctica..., temamos ser nosotros la causa, o por la desidia o mala disposición en ella, o por alguna pasión que, si la examinamos, la conoceremos. Fidelidad a esa práctica especial que nos hemos impuesto aunque más podríamos llamar impuesta a toda santidad.
No soy el que debo recordarlo, porque soy el más infiel tal vez y más culpable por la convicción que tengo sobre ello.
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Y tenemos el examen, de por la mañana y examen de su cumplimiento, de cinco minutos al menos, a mediodía, y el conveniente por la noche en común o por cada uno.
Prescindo de la importancia que dan los santos a este medio de santificación, que vosotros mismos si tuvierais que tratarlo no tendríais bastante con una plática.
Vosotros mismos comprenderéis que, cuando hacemos el día de retiro, en que examinamos más detalladamente nuestras acciones y conducta, apenas nos basta la media hora señalada.
Y no obstante el de mediodía, ¿se practica?, siquiera aun durante la comida, o después, si no se ha hecho antes? Y así pasamos.
Nos falta, pues, reglamentismo, y no somos fieles a Dios.
Y tenemos el día de retiro. Se ha puesto lo más ligero para que se haga más posible, sin perjuicio de que se haga más rígido, al menos por el silencio, en las vacaciones, o en otros días que no se tengan atenciones exteriores de cargos.
Se ha procurado amoldarse, al que el P. Mach sin duda muy experimentado, pone para el sacerdote.
Se ha puesto así, para que no tengamos excusa, aun en nuestras tareas, aunque si se observa y practica bien, ya está el tiempo suficiente y prácticas de un verdadero retiro.
Y no obstante..., muchos meses llegamos a los últimos días, si es que no cojamos el 1.º del siguiente para pagar (?) los atrasos.
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Tenemos la visita de Reparación al Sacramento, de un cuarto de hora, y señalado su objeto.
Y cuántos días quizás hacemos servir nuestro despido a Jesús por la noche para que vaya por visita también.
Tenemos nuestra hora nocturna. Tantos religiosos que la practican todas las noches, igual en las crudas noches de invierno, que en las calurosas de estío, y según oí decir a uno es la práctica que nunca engendra facilidad de hábito.
A nosotros nos es bastante molesta, y eso que es prenda de muchas gracias.
Conviene que nos animemos a ella con la idea de la fidelidad a la gracia.
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Tenemos encargado el espíritu de mortificación exterior sin ninguna práctica determinada.
Todos los institutos tienen estos medios de penitencia exterior, excepto los jesuitas que apenas tienen ordinariamente, y que depende del espíritu de cada uno.
No obstante aun ellos lo tienen en la comida puesto que tienen marcado en ella el aut, aut...
Nosotros no lo tenemos y depende del espíritu de cada uno y en cuanto a esto, para ser fieles a Dios, basta que no descuidemos lo que hemos propuesto según nuestro espíritu, con el consejo, licencia de nuestro Director, o lo que no hemos propuesto en los Ejercicios. Con esto seremos ya fieles.
Y sobre todo, y mejor que el cumplimiento de lo que nos hemos impuesto cada uno de mortificación exterior, hacer propósitos de adquirir el espíritu de mortificación, con el ejercicio y uso de las abstinencias, pero hechas con libertad de espíritu.
Si nos habituáramos a este espíritu, sin necesidad de muchas penitencias sensibles adquiriríamos un gran caudal de actos de mortificación exterior, y el uso de una vez de una cosa lícita a que estamos acostumbrados, el dejar un poquito de agua en nuestra sed, el modo en el comer, la privación en una mirada a una cosa curiosa, la lectura ávida de un diario, el prescindir de un bocado que nos ofrecen, el soportamiento de un calor.
Todo esto nos serviría para adquirir el espíritu de mortificación y nos tranquilizaría de nuestra fidelidad a Dios.
Y tenemos el consejo de nuestros como actos de amor, o alabanza, o reparación a cada hora, y el encargo de la práctica del Sto. ángel de España el día 1 de cada mes.
Y el último saludo a la noche.
Y la comunión espiritual a las horas.
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Mucho reglamentismo parece en detalle, pero pensemos que es individual y no común, que sería todo más enojoso y molesto, y que habituados es facilísimo, sólo falta que tengamos el aprecio que merece a esta sencilla cadena de actos diurnos y nocturnos, que lo hagamos con espíritu de observancia, con temor de faltar a la fidelidad y a los designios de Dios en cada uno de estos actos multiplicados, pero sencillos.
Y si sí tenemos el concepto que debemos de tener de la importancia de este reglamentismo en nuestros actos individuales de piedad, influirán grandemente en nuestra santificación, influirán grandísimamente en el buen ejemplo de los de/más/, aunque son actos individuales y ocultos, y tenemos asegurado uno de los hilos principales de nuestro nervio interior de la Obra para conservar el espíritu.
Debe, pues, procurarse la fidelidad individual por cada uno, y la Hermandad debe repetirlo incesantemente, sobre todo en los ejercicios anuales.
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El otro hilo es el cumplimiento del modo de obrar prescrito para nuestros actos exteriores también individuales que no son de piedad y en el cumplimiento de los actos comunes.
Escritos I, vol. 5.º, doc. 35
1893 (Abril)
Colegio de Valencia
A los Operarios
La titula D. Manuel II: sobre los actos individuales distintos de los de piedad.
Es continuación de la 5.º-34, en que habla de los actos de piedad.
93
II
Cumplimiento de los actos externos individuales que no son de piedad.
Hemos dicho que el otro hilo que viene a formar el nervio primero interior para la formación del espíritu en el Operario, y por consiguiente de la Hermandad, es el cumplimento individual de todos los demás actos particulares.
Debemos ser esclavos propios de nuestras prescripciones.
No es preciso que seamos minuciosos en el examen de estos actos externos. Todos los capítulos, o la mayor parte de ellos, son una prescripción.
No hay una hora del día, ni un momento en que no podamos pensar que pesa sobre nosotros una prescripción sobre aquello, y que se nos dice el modo de ejecutarla.
Viajes
Si viajamos, por ejemplo, apenas pueden sobrevenirnos acontecimientos, que, si estamos poseídos del reglamento, no nos recuerde éste el temor en que hemos de andar, la conducta que hemos de observar, lo que debemos evitar y lo que hemos de practicar. Este deseo nos hará andar en la presencia de Dios, y el Señor pondrá en nuestras manos las ocasiones de gloria suya.
Y al pasar por las estaciones o Parroquias, por hábito ya, no prescindiremos de los saludos y actos de reparación que ocupará nuestro pensamiento y aun solazará nuestro espíritu con esperanzas, y con santas ilusiones.
De mí digo, que, al pasar por ciertas diócesis, me siento más movido a estos saludos, y como si quisiera prever que con el tiempo ha de llegar allí, por la gracia de Dios, el trabajo de nuestras manos en favor de aquellas almas.
Es una tontería: Pero cuando viajo por Francia, no siento tanto y olvido más los saludos, y cuando paso por las estaciones de Italia apenas si se queda una en que mi corazón no se dirija con cierto instinto a dirigirme a Dios. La necesidad de personas en esta nación etc
Y se nos encarga la conducta que hemos de observar con los compañeros que los Ángeles nos deparen y la gloria que podemos obtener para Dios con esta idea, practicar lo que los autores nos dicen, y la experiencia nos irá enseñando conviene, para mientras dure (...)
Y tenemos prescrita nuestra conducta general en el trato con las personas cuando lleguemos al término, y la humildad y presencia de Dios que necesitamos para no descuidarnos, y saber lo que hemos de hacer según las enseñanzas que los autores nos dan también, pues el Reglamento no indica más que las líneas generales, o más bien medios y virtudes que hemos de practicar en todos los casos particularmente que puedan sobrevenirnos, para evitar la desedificación.
Pues bien: si somos reglamentistas, si somos observantes, o más bien si nos penetramos de la necesidad de no olvidar ninguna de las prescripciones, estamos siempre in acto secundo, y obraremos conforme a ellas en todas las circunstancias, y si estamos poco buenos y si tenemos alguna necesidad, si comemos, si hablamos, si tenemos que soportar las pesadeces o gaiterías, etc, etc., obraremos como nos hemos propuesto y como se nos indica, y aunque suframos muchas veces, después estaremos tranquilos y habremos dejado buen olor de Cristo.
La experiencia os dirá con el tiempo los recuerdos que algunos Operarios más que otros habrán dejado en muchas Parroquias. Si somos fieles a nuestras prescripciones, de todos se podrá decir, aunque las condiciones de unos puedan ser mejores que las de otros.
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Y tenemos prescrito lo que hemos de hacer después de nuestras excursiones, y comunicar al director los consejos que hemos sugerido, las resoluciones que hemos dado, las ocasiones de gloria de Dios que se nos han ofrecido, los afectos que hemos experimentado, los peligros que hemos tenido, los propósitos que hemos hecho en bien de la Parroquia o de alguna alma en particular, para evitar el dejarnos llevar de los peligros, o de nuestra inexperiencia, o de nuestro entusiasmo y nuestro espíritu humano.
¡Oh! ¡y cuán bien viene en el primer día de retiro inmediato hacer un detalle rigurosísimo de toda nuestra conducta exterior y de todos nuestros sentimientos interiores después de una expedición!
¡Cuántas cosa observaríamos mal hechas, a pesar de los obsequios y alabanzas de que pudimos ser objeto, y que muchas veces nos ciegan!
Pues para hacer bien todo esto se necesita fidelidad a lo que tenemos prescrito.
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Estancia en los Colegios. Tiempos libres .
Y estamos en los Colegios, y tenemos una marcada cadena de deberes fijos, que cumpliéndolos con celo y pureza de intención, ya hacemos bastante al parecer, después de cumplir los actos de piedad.
Y no obstante tenemos ratos libres, y pesan sobre nosotros prescripciones, y por lo mismo que los ratos no son muy sobrantes, tenemos que ir con el anhelo de aprovecharlos, porque pesa sobre nosotros el deber del estudio de la Moral, o de arreglarnos composiciones que tenemos compromiso o para cuando los tengamos.
Y pesa sobre nosotros la fidelidad que nos hemos impuesto de no perder ni un momento de tiempo, para ser verdaderos Operarios de Jesús, para soportar constantemente el pondus diei et aestus, y /el/ espíritu de fidelidad hará que seamos exactos en emplear estos tiempos libres en lo que nos hemos propuesto leer dentro de un plazo dado, o en escribir las cartas que tenemos obligación o devoción, todo tan metódicamente como nos lo permitan nuestras ocupaciones.
Y no sólo este espíritu de fidelidad hará que empleemos el tiempo y que sintamos un poco las interrupciones y pérdidas de tiempo que hemos de sufrir con las visitas que nos podemos evitar, sino que para que yendo en zaga del aprovechamiento de todos los momentos libres, no nos vendrá la tentación de estorbar a otros en las tareas a las cuales tal vez tendrán necesidad de dedicarse.
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Otros actos.
Y tenemos, en fin, prescripciones para nuestro comportamiento individual en el trato con nosotros, esto es con nuestros Cooperarios, de diferencia, amor, unión.
Con nuestro trato con los de fuera en las conversaciones, modales etc
en nuestras correspondencias,
en los cargos particulares que podamos ocupar y obligaciones que tenemos para con superiores, iguales e inferiores.
En nuestra mancomunidad de miras y de esfuerzo para con los alumnos, comportamiento con ellos, etc.
Fijémonos bien, y veremos que si estamos poseídos del espíritu de nuestra vocación de Operarios y nos ejercitamos en la presencia de Dios, no hay acto ni momento del día en que no pese sobre nosotros una prescripción, y esta prescripción como no tiene sanción externa en la Obra, generalmente ha de ser cumplida a impulso de nuestra fidelidad a Dios por medio del cumplimiento del Reglamento.
Y esta fidelidad, estoy convencidísimo, engendrará en nosotros, sin que lo percibamos, verdadero espíritu sacerdotal, y aun unidad de espíritu sacerdotal, y por consiguiente de verdadero espíritu de la Hermandad de Operarios.
Por ello debe recordarse con frecuencia esta fidelidad, respeto y delicadeza a las prescripciones que nos hemos impuesto y que constituyen el círculo de toda nuestra vida y ocupaciones.
De otro modo nos encontraremos desayudados de nosotros mismos, no tendríamos la verdadera alegría que produce nuestra unión de vida común sacerdotal, y, lo que es peor, no nos formaríamos en verdadero espíritu de Obra, quizás no contribuiríamos a que se conservase como tenemos el deber, y aun quizás contribuyéramos sin darnos cuenta con nuestro mal ejemplo o al menos falta de cooperación al mantenimiento del mismo, por medio del cumplimiento de nuestras prácticas y de nuestro modo de obrar individualmente conforme al Reglamento.
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He aquí, pues, el segundo hilo que forma el nervio interior del espíritu de la Hermandad.
La fidelidad individual no sólo en las prácticas de piedad sino en todos los actos exteriores en la Obra.
Falta el tercer hilo que forma este nervio que es la fidelidad en el cumplimiento en los actos comunes.
Escritos I, vol. 5.º, doc. 36
1893 (abril)
Colegio de Valencia
A los Operarios
La titula D. Manuel III: sobre los actos comunes. Forma un cuerpo de unidad con las anteriores de este mismo año, y con la siguiente.
93
III
Cumplimiento de los actos comunes
Hemos dicho que el tercer hilo que ha de formar el nervio interior que mantenga el espíritu de la Hermandad, además de la fidelidad y observancia de las prácticas y actos individuales del Reglamento, ha de ser el cumplimento de las prácticas y actos comunes y comportamiento exterior.
Decimos y repetimos, y es la verdad, que nuestros actos comunes son poquísimos. Quizás parezcan excesivamente pocos. Pero nuestra vida sacerdotal, y no religiosa, y sobre todo nuestra vida de operarios externa, no podía prestarse a ataduras de actos comunes, porque serían un entorpecimiento para la variedad de nuestras tareas, casi todas individuales, y sería casi contra el espíritu nuestro.
Por ello, pues, debían ser pocos, y tan pocos son que diarios apenas si hay uno o dos. Si alguna tentación pudiéramos tener, al compararnos con otras instituciones, nos tranquilizará el observar que las residencias de jesuitas apenas tienen otras, que yo sepa, que las letanías de la noche, y el examen y visita los que están, y nada más. Ni el rosario.
No nos hemos prescrito, pues, más que los puramente necesarios para los fines de nuestra institución.
No obstante, si se practican, además de ser suficientes para adquirir la fisonomía de asociación, serán bastantes para conservar el espíritu de la Obra nuestra, si juntamente somos fieles en los demás actos individuales.
Ya recordaréis que en las Bases de nuestra Hermandad y siempre, se procura consignar que no somos institución religiosa y hemos de quitarla lo posible este carácter externo, sobre todo ante el clero, por bien de la misma Hermandad.
Pero que sin embargo ha de tener el espíritu interior de verdadera congregación, puesto que congregación, o unión o asociación formamos e íntima.
No hemos de ser religiosos, pero sí parecerlo, o al revés, si queréis mirarlo de diferente lado, no hemos de parecer religiosos, pero sí serlo. Y estas dos proposiciones, que parecen contradictorias, no lo son, como no lo son aquellos dos aforismos españoles: "El hábito no hace al monje" y la otra el hábito hace al monje: que las dos están vulgarizadas, digo, aunque aparezcan en los términos contrarias. Porque claro es, que de poco le serviría a uno el hábito si le falta el espíritu de monje, que es lo principal. Pero también es verdad, que el hábito se impone y obliga, y no será buen monje, aunque faltare el espíritu, a la gravedad, a la modestia, a las formas externas que el hábito significa y todos esperan y se forman de él.
Esta digresión no es inoportuna y como preliminar a las consideraciones de la fidelidad en los actos comunes.
No debemos tener el carácter externo de los religiosos, pero sí el espíritu religioso o de Congregación y por esto, aunque con solo el carácter externo sacerdotal, individual, si tenemos verdadero espíritu sacerdotal y somos fieles en los actos individuales, y luego practicamos los actos comunes, conseguiremos obtener y aparecer con la fisonomía de una bella asociación. Y este aspecto de asociación que se transparentará en nuestros actos, aunque no seamos religiosos, sin el hábito y trabas de tales, producirá un efecto de saludable edificación, cuando lo vean o cuando lo sepan, más que si vieran un Instituto religioso.
Es decir, que se acercarán para vernos como meros sacerdotes; pero al encontrase con ese espíritu religioso de piedad, y al mismo tiempo con el orden, brillo y gravedad de una verdadera Congregación, les producirá un efecto gratísimo.
Cuando vamos a visitar un Instituto religioso, nos formamos lo que debe ser y creamos encontrar allí lo que creemos debe ser, y, si no lo encontráramos, nos haría mal efecto y cualquier cosa produciría en nosotros desagrado o displicencia, si se apartara del concepto que nos hemos formado. Esto nos sucedería lo mismo en Instituto de hombres como de mujeres.
Cuando al contrario, si fuéramos a visitar una asociación que no tuviera este carácter sino más secular, y encontráramos allí el espíritu de retiro, de orden, de recogimiento, de gravedad de formas, en todos los actos, nos haría doble efecto que si los hubiésemos visto en otro instituto religioso. En aquel parecería una cosa natural y necesaria y sin gran mérito a nuestros ojos, porque es lo que es y debe ser; en éste nos parecería más meritorio, más agradable, por parecernos más espontáneo y no ordinario.
Tal vez a esto sea debido que muchas veces nos hacen más buen efecto los actos, el comedimiento, la prudencia y la mortificación y las formas humildes etc, de los jesuitas, por ejemplo, y de los filipenses, que no los otros, por lo mismo que se nos presentan a nuestros ojos con carácter menos religioso en sus hábitos y en sus asperezas exteriores. Creo que todos más de una vez lo habrán experimentado.
Pues bien: aunque tengamos sólo el carácter sacerdotal en nuestra asociación o Pía Unión, debemos infundirle con nuestro comportamiento el espíritu verdaderamente religioso y todo el baño de gravedad posible propio de congregación. De esta manera será grandísimo el efecto y el afecto que causaremos.
Para ello observemos y practiquemos todo lo que sea propio de un espíritu religioso compatible con nuestras tareas y carácter sacerdotal.
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Por ello si al acercarse a nosotros ven 1.º) Que no somos excesivamente cuidadosos de novedades, ni curiosos en averiguaciones de las cosas y enredos que ocupan y preocupan a la mayor parte, para los cuales sus cosas son las únicas del mundo, no dejarán de edificarse luego.
Una de las cosas que suelen sacarnos de nuestro recogimiento es esas visitas de gente bromista a veces que no vive más que de murmuraciones de cabildos, y curatos, y empleos, y destinos, y de porvenir, y de posesión y de fortunas, que sin advertirlo nos dejan preocupación y desasosiego.
Acostumbrados nosotros a nuestras tareas y luego a nuestros esparcimientos deleitosos en común, esos otros encuentros chocarreros y de murmuración, que nos vemos precisos a tolerar y sostener, pues muchas veces son de personas de franqueza y libertad con nosotros, nos hacen un estrago.
Pues tengamos en nuestro comportamiento externo en estos casos, de un espíritu verdaderamente religioso, digo mal, de verdadero espíritu de piedad y esteremos sobre nosotros mismos, y desviaremos la broma o la conversación, y llegarán a comprender o percibirán la edificación en nosotros.
Esto no quiere decir que no manifestemos interés en sus cosas, o en sus penas, o en sus desahogos, cuando conviene que esto les edificará, porque percibirán nuestra caridad; pero que no dejen de ver al mismo tiempo nuestro espíritu de recogimiento interior, y, si /es/ posible, llevarlos a nuestra conversación. Entrar por ellos y salir nosotros.
2.º Si al acercarse a nosotros, a nuestros Colegios, ven en nosotros diferencia de unos a otros, y aun espíritu de obediencia, al mismo, de santa alegría.
3.º Si nos ven santamente atareados, como lo han visto cuando hemos tenido que acudir a otras atenciones o recados o avisos, lo cual más de una vez les ha hecho comprender sus pesadeces y se han excusado luego de ellas.
4.º Si al venir ven la gravedad conveniente y orden en nuestras comidas, dispensando lo menos posible las lecturas y que aun sin ellas no usamos los gritos y llamamientos y locuacidades extremas que algunos se permitirán, como graciosas.
5.º Si observan comedimiento en nuestro modo de comer y en nuestras abstinencias en algunas ocasiones de refrescos o café, ellos se reprimirán y les hará respeto nuestro comportamiento.
6.º Si ven, sobre todo los que están más de un rato o día en nuestra casas, nuestro espíritu de retiro y deseo de retirarnos a nuestras habitaciones, sobre todo a los que están de Operarios en ejercicio sin obligaciones directas al régimen de los chicos, y no salimos más que a las horas oportunas y esto aun para interés de ellos o preguntarles sus necesidades o entretenerles un rato, resultará que se edificarán, que comprenderán que no es nuestra vida una vida de ociosidad, sino de ocupación, les habituaremos insensiblemente a que no abusen de su estancia en el Colegio, haciéndonos perder el tiempo, sino que ellos mismos se verán precisados a estar en sus habitaciones, para rezar, leer, lo cual hemos de preverlos, y les dará concepto verdadero de nuestra vida religiosa, y nos tendrán cierta santa envidia, exclamando como algunos lo han hecho "V.V. sí que lo han entendido". De buen grado dejaría la Parroquia "sólo que ahora no hay remedio
Esta exclamación no será hija de la creencia de que nos hemos buscado y encontrado la vida buena, pues ya sabrán que hemos sacrificado nuestra carrera, sino que será hija del concepto de "buena vida" que comprenderán llevamos nosotros. De otro modo no dirían esa expresión.
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Si en fin perciben, porque no podrán /menos/ de percibirlo, que no sólo estamos dedicados a la tarea exterior y visible del cuidado de las vocaciones, sino que tenemos nuestra forma de vivir, y que estamos regulados y metodizados, si es permitida la expresión, formarán de nosotros un respetuoso concepto. Y verán que hacemos nuestras visitas al Santísimo, y que a ciertas horas guardamos el silencio o hablamos bajito, o que nos reunimos alguna vez, sin duda para algún acto de reunión, o sabrán que los practicamos no solo sin ostentación sino casi sin que se perciban; todo este conjunto de conducta y actos exteriores religiosos u ordenados, nos traerán un buen nombre religioso, sin ser religiosos.
Y sobre este comportamiento, y sobre estos actos externos, pesa la prescripción del Reglamento, si nos posesionamos bien de él y de su espíritu, y por lo tanto se deduce la obligación de nuestra fidelidad al mismo, hasta la delicadeza si queremos que el nervio del espíritu de la Hermandad se mantenga.
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Actos comunes
Últimamente entre estos actos externos están los actos propiamente comunes, los cuales quedan reducidos, a la vista de antes de comer, al silencio a ciertas horas, y a los actos literarios, y al recreo común después de comer o cuando se pueda.
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Actos literarios
Por lo mismo que son tan pocos nuestros actos comunes hemos de procurar no dejarlo y se hagan todo lo bien posible.
Y ya que estamos comenzando por los actos comunes literarios no deben dejarse con el tiempo, jamás, ya saben su objeto.
En los puramente literarios y aun en las pláticas, el objeto es:
1.º) ahorrarnos algo de estudio, esto es, el estudio de cada uno sobre ciertas materias o puntos, comunicarlo a los demás, de modo que el tiempo que ha gastado en recordar y ordenar una materia o punto, no sólo sirva para el que lo ha estudiado, sino para ahorrar tiempo de estudiarlo o recordarlo a los demás, dándoles condensado el fruto de aquel trabajo o estudio. 2.º) para refrescar algunas ideas y éstas se refrescan mejor oyéndolas que leyéndolas. 3.º) facilitaremos a hablar y explicar ciertos puntos 4.º) unidad de doctrina, moral sobre todo.
En cuanto a las pláticas el objeto es 1.º) el mismo de adquirir conocimientos o refrescarlos , oyendo aquellas ideas que se nos suministran condensadas sin trabajo. 2.º) facilitarnos a hablar de aquellas materias, y si son trabajos hechos con algún cuidado, que es como deben hacerse, los tenemos hechos para explanarlos cuando tengamos necesidad al pueblo, es pues un acto también literario, más bien que un acto casi más bien que para provecho espiritual nuestro, sin perjuicio de dejar de aprovecharnos a nuestra satisfacción.
El examen tiene por objeto ya, no sólo el ser un acto literario, sino que es como una especie de examen más abierto para nuestro propio aprovechamiento.
No se si tienen en las residencias conferencias. En los Colegios sí.
Vistos pues, el objeto de estos actos, no debemos dejar adormecer el ejercicio de estos actos comunes
Ya sé que es trabajoso, siendo tan pocos como somos, que hasta hoy en algunos puntos casi no era hacedero, pues ha habido y hay como en Roma un solo Operario con aspiranteS. Pero no debemos perderlo de vista y cumplirlo por poco se pueda y delatar si no se cumple, puesto que son tan pocos estos actos comunes.
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Hay otras dos razones para mirar con interés el cumplimiento de éste y los demás comunes:
Somos muy poco reglamentistas y nuestra vida se mueve casi siempre en un círculo individual de actoS. Esto es bastante acomodado a nuestro objeto y a nuestro espíritu de vida puramente sacerdotal.
Pero los que vienen saben que vienen a una congregación, y sobre todo si son jóvenes, desean encontrar algo que dé fisonomía a la Congregación, desean ciertas prácticas externas que les dé a comprender la importancia y gravedad de la misma. Aun desearían en su tierno y piadoso instinto encontrar una cadena de actos variados comunes que entretuvieran y alimentaran sus fervores y que les impresionaran por la novedad. Ya pasa después; porque, como me decía un religioso respetable, cuando somos padres jubilados, somos poco amigos de campanas, y constituye ésta un gran sacrificio y mortificación sobre todo los que están dedicados a ciertas tareas.
El reglamento es una gran penitencia; esto para ellos que lo tienen ordenado todo según sus fines y objetos, ya que están dictados por la experiencia. No obstante, al ser padres graves, ya no les causa ilusión la cadena de prescripciones comunes; es una gran penitencia en que mucho se puede merecer.
Pero es el caso que los que deban venir, desean ver algo de esto y que dé fisonomía a la Asociación y esto debe ser también, que no es tan aislada nuestra vida que no debamos vivir muy juntos, y no dejan de tener mancomunicación nuestras propias y singulares tareas.
La 2.ª razón es también, y hablo principalmente ahora de los actos literarios, una de las cosas que hace temer en las continuas tareas
que nos aguardan, es que nuestra ciencia será siempre enciclopédica, más bien que sólida en la mayoría de nosotros, por lo mismo que si no llevamos un gran deseo de aprovechar todos los ratos y de imponernos un estricto reglamento de estudio, no nos dedicaremos a un estudio asiduo a no tener una afición particular a él.
No tendremos las precisiones y el estímulo de otros institutos que tienen al menos la enseñanza en sus propias instituciones, y así hay algunos a los cuales se pude escoger para que se dediquen ciertos años por obligación al estudio.
Digo, pues, que es de temer que no nos dediquemos con bastante asiduidad al estudio verdadero.
Pues bien; estas conferencias semanales servirán para excitar y quitar la pereza y procurar algún estudio en los que las han de practicar, y en los demás servirá para ir sosteniendo al menos en parte los conocimientos adquiridos durante la carrera, o que se hayan adquirido después individualmente.
Por ello conviene que no se tome como una mera fórmula para cumplir una prescripción, sino que se haga con gran interés por el que haya de actuar, haciéndose cargo de que va a practicar un acto de caridad con los Hermanos, dándoles participación del trabajo que él se ha tomado y con el celo de que sirva para el bien de los mismos y de la Obra. Haciéndose con este espíritu se hará como se debe, que hoy no lo hacemos, ni aun en los centros donde se practica.
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Silencio
Otra prescripción común es la del silencio a ciertas horas del día y de la noche, y que me figuro se mira con descuido, si no con indiferencia y no debe mirarse sin embargo, si bien es de aquellas que tengo la convicción de que se practicará, porque sólo dependerá de que los Superiores recuerden que es una prescripción porque /cuanto/ es facilísima de hacer cumplir.
Digo que no debe mirarse con indiferencia: 1.º Nos engendra esta práctica hábito de espíritu religioso. 2.º Es un pequeño acto de mortificación. 3.º Nos da una idea práctica de recogimiento y de lo mucho que debíamos practicar esta virtud- 4.º Nos actúa y habitúa a la reglamentación de todos los otros actos. 5.º Imprime cierto sello exterior al carácter de Congregación.
Todo esto se obtiene con esta sencilla práctica.
Sé los inconvenientes y dificultades de practicarse por parte de los que están al inmediato cuidado de los alumnos, porque no podrán observarlo con éstos a las horas señaladas, pero recordarán que para ellos son horas de silencio, lo practicarán con los demás operarios, y cuando no /puedan/ podrán practicarlo completamente, lo harán en voz baja, que les recordará ser horas de silencio y esto les traerá regulados en todo lo demás.
Y este silencio de 10 noche a 8 de la mañana, y después del recreo de las 4 de la tarde, será más riguroso en los aposentos y corredores de los Operarios efectivos, que ha de procurarse se tengan en departamentos independientes.
Es una pena el tener que vivir en las estrecheces de un principio, viviendo como podemos.
Pero si Dios nos da vida, gracia y dinero, hemos de procurar que los departamentos propios de los Operarios no sólo estén independientes para los ratos de quietud, cuando los puedan tener, sino que debían ser como de clausura papal para los de fuera. Veo tantísimas ventajas en esto, que pido a Jesús tuvieran todos este mismo espíritu.
Prescindo de las conveniencias de tener un rincón quieto e inaccesible para dedicarnos al estudio, a los actos de piedad, a las penitencias sin temor de ser invadidos.
Prescindo de que allí en ciertos días y en ciertas horas podemos darnos por excusados a los que vengan y bastará que sepa que estamos el Superior de la casa, lo cual no podemos hacer si en el mismo corredor pueden entrar para visitar a otros, porque pueden encontrarnos sin poderlo prevenir.
Prescindo del carácter exterior que daría, no sólo a los de fuera de casa, sino aun y más a los Colegiales en general. Prescindo de la quietud cuando enfermos. Prescindo de la comodidad de un descanso.
Sólo por una razón de santo egoísmo nos debía hacerlo desear.
La de evitar que se vean menos muchas de nuestras miserias.
Cuanto menos sea conocida la vida íntima, tanto más alta estimación se tiene en el ánimo de los hombres. Conocido es el dicho que se atribuye a Napoleón: "No hay ningún hombre grande para su ayuda de cámara". Y ciertamente el mundo sólo sabe de este hombre grande más que sus grandes hechos, pero el ayuda de cámara conoce sus pequeñeces y sus miserias.
Es verdad que en este proverbio no se incluye lo que es fruto de verdadera y sólida virtud, que siempre aparece grande, pero podemos no tener toda esta virtud y el ejercicio de ella lo olvidamos prácticamente más en nuestras intimidades, y así se evita que vean las miserias, como he dicho. Y si están en nuestra habitación, y hemos descuidado la cama, o tenemos algún desorden en nuestra mesa, o en nuestros papeles, o el desaliño en la ropa, o el barrido, o el orinal no se ha echado por no haber tenido tiempo, o si hace este olor o el otro, o la atmósfera está cargada del humo del cigarro...
si (...)
todas son miserias que sólo debería ver nuestro ayuda de cámara, es decir verlo solos nosotros.
Que nos dé Jesús, vida, gracia y dinero y procurémoslo tener para mejor silencio y más recogimiento y más gravedad y más comodidad y mayor utilidad.
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Y tenemos comunes ciertos saludos, que todavía no se han concretado y que con el tiempo se resolverán con fijeza, cuando se discurran de propios para nuestros objetivos y nuestra vida.
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Recreo común
Y otra de las prácticas que tenemos comunes ordinarias y prescritas de una /manera/ muy explícita y más que explícita recomendadísima, es el recreo común o sea con la existencia de todos pues hay otras horas que puede ser de recreo entre varios, pero que no es el recreo oficial o reglamentario.
Por lo mismo que hay tanto que decir sobre la convivencia de esta prescripción y del modo de hacerse, diré más poco porque no se acabaría tan fácilmente.
Prescindo de repetir que tiene todas las ventajas de otros actos comunes, aun de los literarios, y de que da sello a la fraternidad propia de nuestra Hermandad.
Yo podría recordar que es una de las prácticas encargadas no sólo a los institutos de rígido silencio, sino también a los otros institutos que no lo son tanto y aun la historia de ciertos establecimientos religiosos, para los cuales ha sido un remedio radicalísimo para la observancia que estaba decaidísima, sobre todo respecto a la caridad.
Y no es extraño. Porque si quisiéramos discurrir sobre su necesidad, veríamos que la expansión y comunicación es un sentimiento natural del corazón humano, y aun las almas más abstraídas y contemplativas, tienen necesidad de un desahogo.
Y si este desahogo no se ordena y canaliza, se derramará tal vez de otra manera o irá a parar a una familiaridad particular, que es la peste, como sabéis, de toda colectividad asociación; y de este modo se encauza sin peligro y con utilidad y se santifica aquella necesidad.
Y esta expansión es igualmente necesaria no sólo a los que están dedicados al estudio o composición de trabajos mentales, o de contabilidad, o de ministerios espirituales, sino aun de los que estarán a esa mecánica exterior de cuidado de los alumnos, o de atenciones a visitas, u otros ministerios exteriores. Porque todo esto es labor, es trabajo, es atención, se obra como superiores y con el modo y gravedad de tales, o con el cuidado y presión de miramientos y atenciones enojosas, si son con personas extrañas. No es pues una expansión, ni mucho menos; no es un acto de esparcimiento fraternal y recreación o descanso del ánimo.
Es preciso pues una válvula que dé salida a esta expansión natural.
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Y nada digo tampoco de su utilidad y edificación para el bien de la Obra.
Porque satisfecha esta expansión, no se hace falta ni se desea tanto luego el hablar en otras ocasiones y se evitan muchos cuchicheos.
Se evita luego el que en las otras horas quietas ocurra el estorbar a los Operarios en sus ocupaciones, puesto que allí se habrían comunicado muchos encargos. o hecho advertencias, lo cual debe procurarse, porque a veces, por no tenerlas delante, o por no ser hora, olvidamos ciertos consejos.
Se evitan las familiaridades que he dicho, origen de murmuraciones, recelos y malestar.
Se estrechan los lazos de fraternidad con la común comunicación de alegrías y penas, con las noticias que se reciben de otras partes, o en las crisis que se están pasando en la propia casa, o con los felices acontecimientos que han podido tener lugar en la misma.
Desaparecen, y más de una vez ha sucedido, las asperezas o tirantez que acaso ha podido mediar de algún Operario con otro y ante la alegría común se ha disipado muchas veces la niebla de alguna tristeza ocasionada por algún choque entre algún individuo, o individuos.
Todas estas utilidades puede reportar el recreo común ordenado y bien hecho.
Muy espiritual debería ser aquél a quien no sirviera de solaz este esparcimiento. No siendo por esta causa de gran espiritualismo, no sería señal de estar en su centro, o indicaría alguna habitual tristeza espiritual, o de peor género, o de carácter muy desengañado o impropio, o daría sospecha de que su corazón no está en la Obra, aquél a quien no causara fruición esa mancomunicación de afectos comunes, y no alegraran o interesaran los asuntos de la Hermandad comunicados en los recreos.
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Pero para que este acto tan importante tenga los resultados de verdadera y santa expansión, de utilidad, y de edificación, es preciso, 1.º que se haga con las condiciones debidas; y es ésta una misión y encargo delicadísimo para el que dirija el recreo, que será el mayor de los Operarios; y 2.º sin que por esto signifique no dejen todos de tener el deber por parte de cada uno de contribuir a darle el carácter de santa recreación, y han de pensar que es un deber, y que no deben omitir todo cuanto comprendan que pueda servir para alegría, satisfacción, consuelo y edificación de los otros.
Debe ser, pues, alegre, útil, de edificación.
Todo asunto, pues, puede ser tema de conversación en el recreo, y por lo tanto hay gran campo para poderlo amenizar y para utilizarlo. Para ello, pues, 1.º debe evitarse que resulte un acto soso, que en lugar de recreo cause displicencia, excite al deseo de que se acabe o abrevie. De todos depende que no sea así y en particular del que lo dirija.
2.º Pero si debe evitarse que resulte soso, que no creo en este peligro cuando sean algún número, debe evitarse que sea disipado, o poco útil, o de poca edificación.
Porque la alegría puede convertirse en chocarrería desmedida, o en burlas menos caritativas a costa del prójimo, o en locuacidades extremas, que en lugar de alegría producirían más bien disipación.
3.º En lugar de utilidad, podría resultar sin ningún provecho, según fueran las noticias, si se hacen apreciaciones de las cosas del mundo, o según los juicios que allí se formaren o infundieran, o si promovieran discusiones que pudieran lastimar la verdad, o engendrar alguna pasión de aversión, o de falta de paciencia, o de prevención, etc, etc.
4.º O podría ser últimamente de no edificación sobre todo para los jóvenes, según el curso que pudiera tomar alguna conversación contra la caridad, o contra alguna otra virtud.
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Ahora bien, 1.º Temas. Según el reglamento para /en/ el recreo (vide)
¡Qué vastísimo campo para el recreo oficial y aun para la mayor parte de los actos de descanso y de recreo¡
I.- Las noticias recibidas. Aparte de las generales recibidas de otros Colegios que nos alegran o nos excitan a orar más, cada uno deja de tener también comunicaciones por cartas con otros o con sus familias, alguna de las cuales noticias, pueden servir de satisfacción para el común de los Operarios, o se dicen para recomendar alguna necesidad, o para propia satisfacción del que ha recibido la noticia. Pueden servir nuestras correrías. ¿Qué campo¡ consultas, hechos, conferencias, estado de las parroquias, sin faltar a la caridad.
II.- Los alumnos, no sólo para los que están al frente de ellos, sino aun para los otros Operarios que acaso no les conozcan forman ellos nuestra ocupación, y son nuestra esperanza y objeto de nuestro celo, y por lo tanto sus cualidades buenas, la confianza que inspiran, los peligros de algunos otros, su carácter, los remedios respecto de otros, lo que se ha notado y sobre lo cual se ha de estar alerta.
III.- Noticias de actualidad. Con el interés de todos de aportar las noticias leídas o sabidas que son convenientes, atendida la calamidad de los tiempos, que hacen preciso el conocimiento de algunos acontecimientos de bien y consuelo de la Iglesia y sus glorias, o de sus tribulaciones, de la extensión de su reinado, o de las maquinaciones de los malos.
De las noticias políticas de nuestra Patria, que afectan a religión o al bien de nuestra sociedad, y aun comentar estas mismas noticias y proyectos, sean económicos que si alguno tiene luces para comentarlos; o sean conflictos ocurridos entre el Gobierno y la Iglesia, exponiendo las razones del derecho de ésta a aquél a quien le ocurran; o de proyectos civiles sobre sepulturas, matrimonios, derechos de Hacienda, y sobre los cuales puntos tenemos las ideas muy empolvadas. Todo esto escuchado de santa conversación puede darnos un caudal de conocimientos que nos costaría aprenderlos o refrescarlos leyendo sendos artículos de Revistas o periódicos, y pueden servirnos después en las conversaciones con los otros, o cuando vamos de viaje, etc
Ejemplo, D. S. ..y sobre los vinos.
IV.- De instrucción. Las mismas noticias salidas al azar en el recreo dan pié para decir y saberse las anécdotas o la historia de muchísimos personajes, lo mismo eclesiásticos que civiles, o la explicación de algunas causas que ignoramos.
Pueden, en fin, ofrecerse toda clase de ejemplos y anécdotas graciosas y de asuntos, que referidos con interés del bien de todos, y con caridad, pueden dar temas de solaz para los recreos por largos que sean, todo esto a parte de las advertencias o encargos que debemos, si conviene, llevar apuntados para no estorbarnos en las otras horas.
Alegría, pues, utilidad, edificación y fijos en el deber de procurarlo todos, el recreo común será uno de los actos comunes más gratos de nuestra Hermandad y sobre el cual suplico vivísimo interés, puestos ante Dios.
Aquí deberíamos tratar de cuando no pudieran verificarse estos actos después de las comidas, o cuando se tienen forasteros que se hace más difícil, aunque ya vamos encontrándole el quid, poco a poco.
También de las otras horas en que puede hacerse un rato de recreo los que pueden, las cuales horas convendría que se señalaran según el tiempo y las épocas del año para lograr cierta regularidad y para que estos ratos de descanso sean con asistencia del mayor número posible de Operarios, porque a mayor, es siempre más útil, y se matan las particularidades; v.gr. ahora en el verano, en las vacaciones, de 9 a 10 por ejemplo los que no tengan tareas especiales, y de 10 a 12 otra vez retiro, y por la tarde hasta las 6 o 6, 30 mejor, y luego merienda y lectura y recreación (?) Así aprovechamos el tiempo.
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De aquí, A.M. el nervio interior de la Obra. La fidelidad al cumplimiento individual del Reglamento, en los ejercicios espirituales, fidelidad a los actos externos individuales presentes en todo nuestro comportamiento, y fidelidad en el cumplimento de los actos comunes y externos.
Son los tres hilos que constituyen este nervio, y depende de nosotros.
Falta ahora el nervio externo de la Hermandad que es el de la vigilancia y corrección de sus individuos, vigilancia y corrección, que no puede realizarse sin el acto de humildad al cual nos hemos ofrecido con condición de que se sepan y se digan nuestros defectos todos, y sin el acto caritativo y de bien de la Obra, en la delación sincera de cuanto debamos manifestar.
Corrección
Escritos I, vol. 5.º, doc. 37
1893 (abril)
Colegio de Valencia
A los Operarios.
Es sólo el comienza de una plática sobre el nervio exterior, la corrección fraterna. D. Manuel escribió este comienzo, para luego pronunciar otra plática ya escrita, sobre este tema. Pero no se encuentra en los escritos de D. Manuel la plática o escrito a que hace referencia aquí, tal vez porque se halle entre los escritos sin fechas, descatalogados aparte.
Ponemos aquí este comienzo para que se complete el plan de las pláticas: 1893.
93
IV
Nervio exterior o lazo:
La corrección fraterna
Hemos visto lo que constituía el nervio interior de la Obra, y que debía sostener el espíritu y la unidad en él. Falta hablar del lazo exterior que apriete, sostenga y conserve el verdadero espíritu de en la Hermandad; y este lazo único es la asidua advertencia y corrección, mediante la caritativa delación de todo cuanto pueda perjudicar al buen nombre /de la/ Obra, con cualquier acto de sus individuos, aun los actos más ocultos, con tal sean exteriores.
Y aquí habéis de permitirme recordar y repetir lo que minuciosamente expusimos en uno de los años anteriores, sobre esta materia, que aunque sea conocido por algunos, no lo es para todos y con repetirlo no se pierde nada, puesto que son pocas y tardías las ocasiones que tenemos para tratar.
Escritos I, vol. 5.º, doc. 38
1894
Colegio de Valencia.
A los Operarios.
Saludo y primera plática de este año, en que ya hubo ejercicios propiamente tales. Eran los días de reuniones que seguían a éstos. Exposición del momento de la Hermandad frente a los Seminarios.
1894
Saludo
Mis amadísimos Hermanos y celosos cooperarios en Jesús Sacramentado. Hemos terminado felizmente nuestros ejercicios anuales bajo la palabra de nuestro amigo el ferviente y docto... y hemos podido reunirnos todavía todos, o casi todos, bajo el techo de esta casa nuestra céntrica, para los fines que exige nuestra naciente Confraternidad o Congregación.
Aquí hemos renovado estos días las alas de nuestro espíritu, hemos repetido nuestros propósitos, y hemos hecho nueva protesta hoy de nuestra consagración entera a los intereses de máxima gloria de Jesús, con el sacrificio de nuestra gloria, de nuestros intereses, y hasta de nuestra vida, si fuese necesaria para la multiplicación de dichos intereses en nuestras singulares tareas sacerdotales.
Y podemos últimamente, además, con estas reuniones, fortalecer los vínculos de nuestra fraternidad, alentarnos a nuestras empresas, excitarnos a la abnegación y el sacrificio, formar la unidad y uniformidad de nuestro espíritu en la Obra, y sobre todo nos es dado en estas silenciosas y pacíficas reuniones anuales, dilatar nuestro corazón al gozo y a la alegría santas con las mutuas expansiones y presencia, unos de otros, después de tanto tiempo de separación, porque ciertamente jucundum est habitare fratres in unum.
Gracias sean, pues, tributadas al dador de todo bien, que así nos ha concedido de nuevo esta gracia deseada.
Y como conviene recordar los beneficios que han precedido /y/ acompañan a la gracia de esta reunión no podemos dejar de hacer como un balance, como lo hacemos todos los años, de las bendiciones de Dios, o más bien, de los dolores y gozos que hemos experimentado desde nuestra última reunión, y que todo sirva para aumentar nuestra gratitud y para alentarnos y no desmayar en el camino emprendido y para ver que el Señor lo convierte todo en gloria suya y bien nuestro, aun las mismas contradicciones, siempre que somos agradecidos y obramos puramente por él.
Y al hacer este balance, al pensar en las bendiciones de Dios sobre nuestra humildísima Hermandad, el primero que ocurre y habrá ocurrido a todos, es la que el Seños nos está concediendo en la fundación del Colegio de Roma. Beneficio que temo olvidemos quizás algún tanto, como nos sucede generalmente con otras gracias de Dios cuando las poseemos, porque como dice el P. Faber, muy graciosamente, cuando necesitamos y deseamos una cosa asediamos al trono de Dios, importunamos días y días y a penas lo hemos arrebatado, somos como los niños que se apoderan de una golosina para olvidar aquellos deseos y poseerla y nos envanecemos como si fuese cosa propia y olvidamos la gratitud conveniente a Dios,
El beneficio del Colegio de Roma es tan singular intrínseca y extrínsecamente considerado, que más que satisfacción debe hundirnos en el abismo de la más profunda humildad, que es el mayor tributo de gratitud, al pensar que hayamos sido escogidos para esta obra, tal vez la más trascendental de todas las realizadas de muchos años a esta parte, para la reformación del clero, y por lo mismo de mayor gloria de Dios en nuestra España.
Ya sabéis, A.M., pues lo he dicho varias veces, que cuando el Señor nos sugirió este pensamiento y fue propuesto en la reunión de primero de enero del año 89 y resuelto el 90, aunque ya entraba en gran parte el deseo de formar una sección de jóvenes de diversas Diócesis en nuestras manos, con todo, este deseo iba acompañado en gran parte del deseo de dar nombre a la Obra, de poder contar con el tiempo afectos y protectores en muchas Diócesis y de ponernos en comunicación amistosa con los Prelados, sin tener que mendigar su afecto. De modo que era ir de arriba abajo en el desarrollo, más bien de bajo arriba, en el futuro desarrollo de nuestro pensamiento.
El Señor sin duda permitió que entrara en parte esta miseria de santo egoísmo propia, para aguijonear nuestro entusiasmo y prepararnos para las contradicciones que nos esperaban, teniendo a la vista tantas ventajas para nuestra desconocida empresa.
Pero después que el Señor nos lo ha concedido las vemos tan grandes y tan visibles, y tan consoladoras, que repito, más bien debe humillarnos esta gracia y no olvidar nuestra gratitud y correspondencia Dios.
Porque prescindamos de las ventajas que otras veces hemos enumerado, del nombre de nuestra Obra, de formar a los jóvenes bajo nuestra mano, de nuestras relaciones con los Prelados, cordiales, de poder formar luego con ellos una red de propagandistas para todo cuanto convenga en España, cosa que no podrá hacerlo ni aprovecharlo más que nuestra institución; sino que....
1.º Se formarán en la ciencia. La parte literaria era en lo que menos pensábamos al enviar los jóvenes a Roma. Tal vez aun dudábamos si aquí en algunos Seminarios aprenderían más. Mas hoy estamos convencidos que contribuiremos al fomento del estudio de las ciencias eclesiásticas en nuestra España, que no deja de ser un grandísimo bien de gloria de Dios. Serán sabios. Esto junto con los que saldrán de Santander.....
Porque allí nuestros jóvenes, apartados de las familias, de compañerismos peligrosos, de vacaciones fatales, se les mata todo afecto y afición a las distracciones y disipaciones propias hasta de los escolares mejores de nuestros Seminarios. Nada les distrae, de aquí que no ven ni desean más que estudio y capilla, porque su única mirada es estudiar para no quedar mal, y el estímulo de los exámenes y concursos y grados es su única preocupación. Es decir que se explota todo su talento y no hay duda sabrán más que los de España. Se abre un nuevo horizonte, cuyos resultados no podemos aún adivinar en toda su extensión.
2.º, - Por esto mismo que pierden toda afición y apego a la patria y familia y no tienen otro pensamiento más que el estudio, pasan los años de la juventud ocupados más seriamente, sin tantos peligros; y pueden, si se les forma en espíritu de celo, formar una falange de apostolitos al regresar a sus Diócesis, en donde están destinados a ocupar los puestos más distinguidos.
No son los mejores los que hemos tenido. Con todo, Argibáy y Ceferino, y Corton, y todos ofreciéndose en todo y por todo a sus Superiores de Roma.
3.º Hay además otras ventajas para nosotros: El poder ser un plantel de futuros Operarios. Prescindiendo de que no dejásemos de echar el ojo a alguno de los que más nos parezcan a propósito para nuestra Obra de las varias Diócesis de España, podemos muy bien enviar de nuestros Colegios algún jovencito que a juicio nuestro pueda aprovecharnos mucho y sea sostenido por la Obra y formar allí durante la carrera su noviciado, y si luego no nos servía para nosotros, que generalmente sí nos servirá, si nos fijamos antes en sus condiciones; pero que al fin no perderemos gran cosa de haberlo sostenido, porque servirá para la diócesis, e indirectamente para nosotros. Esta es grandísima ventaja y podremos esperar de la bondad de Jesús que serán mejores que nosotros.
Y si a esta bendición de Dios añadimos la forma, el modo como se va solidando este empresa, el carácter que va tomando desde que la Santa Sede la ha sellado con su autoridad y protección ante el episcopado después de tantos combates y proyectos y vaivenes y tentativas y temores.
Al reunirnos el año anterior estábamos en expectación. Palabras, esperanzas, temores, sin poder fijar el resultado. Salió al fin lo de Altieri: se creyó con esto terminado, y cuando el 29 de octubre llegábamos a Roma, vino Monseñor y al oído..., con reserva....nos anuncia que salía la carta, que fue un estampido para muchos desafectos de Roma.
Y hoy continúa trabajando el diablo todavía; pero contando con Dios, no puede quedar esto destruido. Algunos sueñan en que el Papa muera. Mas aunque el Papa muriese, que no morirá, y viniese otro, que quisiera destruirlo, que no lo querrá, el Colegio seguirá.
Lo único que podría suceder, si Jesús quisiera humillarnos, pues /es/ el único que puede destruirlo si lo merecíamos, es que volviese a suscitarse la cuestión de que....por qué ha de ser esta institución y no otra. Con todo aun esto se va asegurando, pues los obispos que van e irán continuando a Roma, formarán atmósfera en favor nuestro y aun en el caso que quisieran discutir y proponer otra, no se entenderían.
Dios además ha querido, que, a pesar de nuestra pobreza y de nuestros pocos recursos, hayamos podido hacer frente a los gastos que han sido menos que el año anterior, y tenemos, en caso apurado, ahondarnos en las 40.000 liras que ha dejado a nuestra guarda el Cardenal de Sevilla sacado de los obispos.
Bendito sea el Señor en esta gracia.
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Y pasando adelante en este Balance, otra de las bendiciones de Dios ha sido y es la de los dolores y gozos en este dichosa Diócesis que tanto nos ha ejercitado por varias circunstancias, a las cuales parece favorecer, dicho sea sin ofensa de nadie, el carácter movedizo, por no decir otra cosa, y la atmósfera de este país.
El año pasado recordábamos estos vaivenes, y pocos días después recibíamos otra embestida solapada, que pudimos detener, gracias a la intervención de personas afectas y al providencial viaje de nuestro Cardenal de Sevilla y así vamos continuando siempre con esperanzas de mayor solidificación, y sobre todo con la casi seguridad de que estamos destinados a ser, directa o indirectamente, la principal, por no decir la única, salvación de esta tan distinguida y por tantos años desdicha/da/ diócesis, desde la época, al menos del Sr. Barrio. Y digo la única salvación, porque la única posible en el presente y ante la perspectiva de lo porvenir; y esta salvación vendrá. El enemigo está trabajando para conservar algo de lo que poseía tan pacíficamente en muchos años en el abandono de la juventud levítica, origen del todo el bien o el mal para la gloria de Dios y el bien de las almas, porque a Sanctuario omne bonum et omne malum, y si se dan golpes de ciego para ahuyentarle, y no se atina el remedio, y ha de venir porque en Valencia y su diócesis hay mucha piedad, y vendrá, y aunque no perciba la causa, nosotros la habremos puesto de este remedio, indirectamente en todo y directamente en parte. Más podría decir, pero es un terreno más vidrioso y es mejor para ser tratado familiarmente, comentando lo que ha sucedido de 20 años a esta parte.
Bendigamos pues a Dios, que, aunque con dolores nos ha llamado a contribuir a la obra de su máxima gloria en esta diócesis que /es/ una de las más importantes, por no decir la más importante de España.
Y aquí debería recordar otros consuelos que en ella nos ha proporcionado, y el afecto que nuestra obra ha despertado a almas muy distinguidas, cuyos resultados y frutos tal vez percibamos en tiempo no lejano.
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Y al hablar de la influencia particular, que, directa o indirectamente podamos ejercer en esta diócesis, ocurre con otras de las bendiciones que debemos recordar y agradecer a Dios la influencia que estamos ejerciendo para gloria de Dios y que ejerceremos en otras diócesis, esto es, en todas las diócesis.
Muchos de vosotros mismos, habréis podido prever, y quizás hayáis experimentado esa actual y más todavía comprender las futuras consecuencias de las tareas de nuestra obra en la reforma del clero y en muchísimas obras de gloria de Dios en las diócesis.
Casi me atrevería a asegurar que todos los que habéis estado al frente de los Colegios, habréis visto que nuestros Colegios han sido ocasión de reforma de los Seminarios en donde los tenemos establecidos. La disciplina y piedad de nuestros colegiales , ha despertado, al menos, el amor propio de los Seminarios, y como por instinto o aguijoneados por cierta envidia, les ha puesto sobre sí, y les ha ofendido el buen nombre del Colegio y han tratado de reformarlo; y diócesis como la de Murcia, han procurado acaparar los mejores de los nuestros, para que les dieran más buen nombre; y en otros han sabido que el mismo Prelado o algún Profesor ha elogiado al Colegio y todo esto ha contribuido a que hayan visto al menos la posibilidad de otra cosa mejor de la que hasta entonces habían visto. Esto nos ha causado ejercicios de paciencia y de sufrimiento y de prudencia; pero el resultado es gloria de DioS. La reforma se va introduciendo indirectamente en los que no nos pertenecen y Jesús recompensará este resultado. Sí es seguro: algo se ha conseguido.
Y si este resultado indirecto es ya de tanta gloria de Dios ¿qué será el que le daremos en las diócesis en que podamos tener la mayoría de los escolares y sobre todo influir en la ordenación o no ordenación de los mismos, cosa que vendrá por sus propios pasos?
¿Y qué será de lo que luego podamos hacer con ellos y por ellos en las Parroquias?
Si no tuviera que molestaros, sólo la descripción que pudiera haceros de nuestra diócesis de Tortosa bastaría para convenceros. No es posible comprender cómo estaba la formación de los jóvenes, en mi época y algo anterior y bastante posteriormente, en estudios, en piedad y disciplina y vigilancia, y pruebas de vocación; y hoy se dilata el corazón al ver el gran número de jóvenes de celo que van sustituyendo a aquella generación; pocos lobos han pasado; y esto que por falta de personal no se ha podido formarles con el desahogo y disciplina, que convendría y nos proponemos.
Un seglar que estudió la filosofía y parte de la teología, me decía hace pocos días, (que conoce el estado del Colegio y Seminario): pobres chicos, es verdad que los reñimos, pero es lo cierto que no éramos lo que son ellos. (-?)
De aquí a diez años si no vienen circunstancias azarosas, me atrevo a decir que gracias al fomento y desarrollo de vocaciones por nuestra Obra y la disciplina y formación de esta juventud levita, nuestra diócesis será de las de mejor clero en España. Y como ésta serán las diócesis en donde podamos dominar como dominamos ya en la nuestra.
Y no extrañen estas afirmaciones, que fuera de aquí podrían aparecer un alarde de presunción, pero que aquí las puedo decir porque lo remito a la experiencia.
Porque vosotros iréis viendo cómo está no sólo el clero, sino cómo están los Seminarios en la mayor parte de las diócesis de España, que hoy no se sabe, ni los mismos Obispos son capaces de comprenderlo, y no se ve hasta que se penetra en el interior de la cosa.
Y vosotros que sois jóvenes veréis los cambios que silenciosamente y sin producir ruidos se verifican en algunos, si Jesús nos bendice por medio de nuestra modestísima Obra.
¿Y no /es/ esto de mayor gloria de Dios que todas las empresas y apostolados conocidos?
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Porque notad una cosa que ya he indicado otras veces.
En el estado actual de cosas, en las circunstancias de España, mirándolo humanamente, este resultado no lo puede realizar más que nuestra Obra y otra análoga, si Jesús la prefiere a la nuestra, o nos rechazara por nuestras infidelidades.
Un cambio radical en el modo ser de los Seminarios no se ve, por hoy, posible.
Los Obispos no harán /sino/ según lo que han visto y encontrado.
Los Obispos no están dispuestos a desprenderse de los Seminarios para darlos a los Institutos religiosos, a fin de que éstos los dominen (?) y den la instrucción a los alumnos.
La dirección espiritual sola, es bastante difícil que la den a los Institutos porque les intimidan, o en caso de haber dos direcciones, no iría bien.
No poseen ningún Seminario, Salamanca se ha fundado un Colegio para profesores y es como si dijéramos preparar para el repudio.
No hay otro medio que ir indirectamente y por medio de una institución humilde que no les inspire recelos de tomarles muchos chicos y que no busque ambiciones ni riquezas y que vean que no lo hacen más que por celo y en bien de la diócesis.
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Y esto irá viniendo. A pesar de las preocupaciones de muchos Prelados la Obra se irá conociendo. Muchos nos serán afectos ya personalmente y no tendrán reparo en admitirnos y aun en llamarnos, cuando se convenzan de que no vamos a arrebatarles la jurisdicción y autoridad.
Y tal vez, tal vez, esa entrada pacífica y modesta en las diócesis sea ocasión un día ¿quién sabe? de que se haga posible esa dirección interior de los Seminarios por medio de nuestra institución, lo que hoy, como he dicho sería imposible prometida directamente: todo depende del tiempo y de la gracia.
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Últimamente podría indicar en el balance de nuestras bendiciones
(...) ---------------------------------
Y pensar que Dios nos ha llamado para ser participantes de toda esa gloria que se le dará.
Porque a ella contribuimos todos.
Lo mismo el que administra, que el que está al frente del estudio.
Escritos I, vol. 5.º, doc. 39
1894
Colegio de Valencia
A los Operarios
Segunda plática de este año. Fin, objetivo y espíritu de la Hermandad. Definición de la Hermandad.
94
II
Mis a hh. Al querer entretener estos ratos de nuestras gratas reuniones con algunas reflexiones que nos recuerden el fin, objeto y espíritu de nuestra Obra, no sé qué escoger para que tenga cierto interés.
Si tuviera que atender a los que vienen nuevamente, y que no han oído las ideas que años anteriores venimos exponiendo sacadas todas de los artículos de nuestras Bases y Reglamento, debería fijarme en la naturaleza de la Obra, su fin, objeto.
Deberíamos repetir que nuestra Hermandad no es un Instituto religioso en el sentido estricto de esta palabra. Que somos la reunión de sacerdotes, unidos con el vínculo de la caridad y de una dirección común para trabajar en el estado sacerdotal con más eficacia y más libremente los intereses de la gloria de Dios.
El P. Faber divide a las clases piadosas: La aristocracia de la piedad, la clase media y la clase común de personas piadosas.
Pues en la clase sacerdotal ocupamos la clase media, somos la clase media sacerdotal. No pertenecemos a la clase común de los sacerdotes, que viven aislados en sus tareas o beneficios o parroquias en medio del mundo y desatados completamente; ni tampoco exteriormente o visiblemente a la aristocracia del sacerdocio apostólico, regular y penitente; si bien tenemos el mismo espíritu. Y no pertenecemos, no sólo porque no tenemos ni todos tienen vocación para esto, sino porque así lo exige la índole de nuestra Obra.
Y digo la índole de nuestra Obra, porque este carácter exterior puramente sacerdotal nos pone en situación y en circunstancias de poder atender con más eficacia a los intereses de Dios en las Parroquias.
Porque podemos acercarnos mejor a campos que muchos de ellos son poco menos que inaccesibles a los religiosos.
Porque así evitamos las preocupaciones que en todos /los/ tiempos el enemigo ha sugerido en general al clero secular respecto de los religiosos.
Porque esta obra está destinada a vivir con el sacerdocio y trabajar por medio del sacerdocio.
Esto, repito, nos da ventajas grandísimas para la promoción de los intereses de Jesús que es nuestro, y sobre la cual deberé extenderme.
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Por ello debería detenerme e explicar la mayor santidad sacerdotal que nos impone nuestro /ministerio/ y que debe ser mayor que la de los sacerdotes o individuos particulares; pues dependerá de nosotros la salvación de mayor número de almas.
Y debemos tenerla o procurarla constantemente. 1.º por los objetos
a que hemos de dedicarnos, en especial al de fomento, guarda y formación de la juventud levita que ha de recibir el sello que nosotros le demos, forma gregis, por el ejemplo de edificación que hemos de dar no a una clase de sociedad o de un pueblo, sino de toda clase de personas y en todos los lugares, y en variadísimas circunstancias.
Yo debería entretenerme, en obsequio principalmente de los nuevos, en exponer los peligros a que nos expondrán nuestras continuas ocupaciones, las atenciones de que seremos objeto, nuestra vida bastante individual en lo tocante a los medios de santificación...
y como consecuencia la vigilancia que hemos de ejercer sobre nosotros mismos, y la de unos sobre otros, para que nos seamos mutuamente ángeles unos de otros, que nos preserven.
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Pero en la imposibilidad de estas detenciones, recordemos, aunque sea repitiéndolas, las ideas empezadas a exponer el año pasado, que no terminamos por las inconvenientes prisas de aquellos pocos ratos.
Y me perdonaréis las repita porque son los únicos lazos que pueden mantener la fuerza de nuestra Hermandad, formar su espíritu y darle fisonomía particular.
No me refiero al espíritu de celo, y de reparación a Jesús Sacramentado, que ha de ser el distintivo de nuestra asociación; porque éste es más bien resultado; sino a los medios que ha de engendrar y sostener nuestra santificación, y este espíritu.
Este medio, o estos medios son, la observancia del Reglamento individual y común.
La fidelidad a las prescripciones de nuestras actuales Bases y Reglamento que serán un día nuestras constituciones y Reglamento.
Si esto a de producir nuestra santificación sacerdotal, y ha de sostener el espíritu y la fuerza de la Hermandad; ya comprenderéis cuán importante sea, que nos posesionemos de la necesidad de nuestra fidelidad y escrupulosidad de las prescripciones más insignificantes del Reglamento que nos hemos impuesto, y hemos voluntariamente ofrecido observar, ya en los actos individuales ya en los actos externos comunes.
Y decíamos, en otra ocasión, si mal no recuerdo, que esta fidelidad individual debemos gravarla e incrustarla en nuestras almas con mayor razón, por no tener en nuestra Hermandad la sanción externa, el castigo, que a sus trasgresiones tienen otros institutos religiosos. Algunos institutos sobre todo los antiguos. Vide 93, I, 1.ª
No tenemos otro castigo que el común a todas las almas. El látigo del remordimiento, y de nuestras humillaciones en los exámenes particulares, y que Dios se cuidará de levantar de un modo más especial en los días de retiro y en los ejercicios anuales.
Y si estos látigos nos hieren, vide, id, 2.ª
Muy amargo sería para mí y para vosotros el pensamiento, la posibilidad de que las habituales infidelidades de los Operarios en el cumplimiento del Reglamento, obligaran a algún Capítulo general, a una inquisición externa y a un castigo determinado a las transgresiones.
El año pasado supe por el Padre Sola que en las horas de los actos piadosos individuales, v.gr. en el examen, aun en las residencias había un comisionado, llamado vigilante del examen etc. Nosotros, que por la índole de nuestros trabajos en los Colegios, sobre todo durante el curso, y aun por nuestras tareas fuera de él, y por el poco número que siempre seremos, no podemos, ni casi queremos tener vigilantes; pobres de nosotros si no nos posesionamos del deber de fidelidad.
Desgraciados de nosotros si llegaran, id., 2.ª.
Y si yo quisiera, para ponderar la fidelidad al Reglamento, detallar la importancia de cada una de nuestras prescripciones, os recordaría que al despertar por la mañana tenemos ya nuestro saludo al Corazón de Jesús Sacramentado, y en enseguida nuestro ofrecimiento de obras.
Y tenemos la visita de reparación diaria de un cuarto de hora a Jesús Sacramentado y está señalado su objeto y sobre la cual he notado que quizás se hace servir el acto de examen y despido por la noche, aun quizás sin haber faltado tiempo para hacerla en otra hora oportuna y desahogadamente.
Y viene la hora nocturna, id., 3.ª.
Y tenemos encargado no sólo el espíritu sino la práctica de mortificación, pero sin ninguna determinada.
Y Dios sabe cómo la cumplimos, y no repararía en ser el primero en humillarme.
Y tenemos, en fin, otros consejos y otros encargos y la comunión espiritual a las horas, la devoción al Sto. ángel de España.
Mucho reglamento parece, pero, id. 4.ª.
Y notad que en todas estas prescripciones individuales y de pura fidelidad, no he tocado más que los actos de piedad.
Porque además de éstos, vienen luego los actos individuales, civiles, o ....permitidme la expresión (...)
Y sin detenerme en ellos sólo diré que , vid. 93, II.ª.
Viajes. Tenemos marcado todo.
Colegios. ¡Qué cadena¡ Deberes fijos.
Tiempos libres. Somos operarios.
Trato con nosotros,
Trato con otras personas. Visitas.
Siempre pesa algo sobre nosotros, de lo contrario siempre desayudados.
Se ha dicho que la perfección instrumental consiste en hacer bien todas las cosas pequeñas.
Escritos I, vol. 5.º, doc. 40
1894
Colegio de Valencia
A los Operarios
Tercera de este año. Sobre actos comunes. Cita mucho a otra anterior sobre el mismo tema.
94
III
Actos comunes
Aunque es mayor el empeño que hemos de poner en nuestra fidelidad a los actos individuales, ya piadosos ya no piadosos, no debemos dejar de procurar y cooperar cada uno por su parte, según el destino que tenga, al cumplimiento de los actos comunes.
He dicho que debe ser mayor nuestra fidelidad y empeño en el cumplimiento de los actos individuales por la sencilla razón de que depende de nosotros mismos, y no tenemos acción externa que nos lo haga cumplir, y por lo tanto muy expuestos a ser minados por la tibieza y la flojedad. Cuando la falta de cumplimiento de los actos comunes puede ser corregido y lo será en las visitas y por otros medios.
A pesar de esto conviene tengamos empeño todos por el cumplimiento de los actos externos, ya para que se haga menos necesaria la corrección, ya para que no se dejen por pequeños inconvenientes, ya para que se hagan con más interés.
Son pocos nuestros actos comunes y bastarán para tener el espíritu de verdadera congregación religiosa, aunque exteriormente no aparezcamos con este carácter. Hemos de ser religiosos sin parecerlo, o tal vez podríamos decir, hemos de perecerlo sin serlo exteriormente.
Se acercarán para vernos sacerdotes, y nos verán con el espíritu de verdaderos religiosos, y de una exquisita observancia dentro de nuestra asociación, y causaremos una edificación mayor que si fuéramos religiosos.
Creo que el año pasado nos extendimos en estas ideas y sobre el efecto que nos han producido ciertos institutos muy religiosos, si así podemos decirlo, por la dureza de sus reglas, y la mayor edificación de otros de menos aspecto religioso, porque tenían mayor espíritu interior.
Nuestros actos comunes, pues son pocos.
A los actos literarios, Recreo, Horas de silencio que podemos decir acto común, y la práctica de la visita antes de comer, aunque no está prescrita.
Estos actos comunes, aunque pocos, aparte de su utilidad intrínseca, pues para esto se han prescrito, tienen una utilidad extrínseca.
Porque aunque no estamos atados con actos externos y somos bajo este concepto gente de pocas ligaduras...., y nuestro actos se mueven en un círculo muy individual, porque esto es lo que se acomoda a nuestros objetos, no obstante, como somos asociación, necesita ésta cierta visibilidad edificante.
Pero hay otra razón: los que vienen saben que van a una congregación.
Los actos literarios, pues, en común es lo primero que se prescribe.
El objeto de estos actos, como está insinuado en el mismo artículo de las reglas provisionales, es,
Visto pues, el objeto no debemos omitirlo.
Y hay una razón para no omitirlo: tendremos cierta ciencia enciclopédica.
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Recreo común
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NOTA DE LOS EDITORES:
El documento "Plática 5.º-41" está colocado por los coleccionistas de los originales de D. Manuel como si
perteneciese a 1894; por eso el número de orden 41.
Sin embargo, pertenece a 1904. Le conservamos la sigla de los originales, pero, en este volumen, lo colocamos en el lugar que le corresponde cronológicamente, a saber, después del "Plática 5.º-63", hacia el final de la vida de D. Manuel. Páginas 199-202.
Escritos I, vol. 5.º, doc. 42
1895, agosto
Colegio de Valencia
A los Operarios
Es la primer de este año.
Pláticas. Reunión Valencia, 1895, agosto.
Saludo
Mis a. Cooperarios en el Corazón de Jesús Sacramentado:
Hemos terminado los Ejercicios y vamos un par de días a entretenernos en nuestra fraternal reunión.
Otras veces he dicho el objeto de ellas.
1.º Periodo constituyente, y las Bases de su desarrollo según la experiencia. Colegios, hay mucha tela para éstos y se tratarán en los capítulos generales. Se ha discutido y pesado todo. Los inconvenientes, gravosos. Así sabrán los que vengan que todo se ha discutido. En general es consolador que en lo esencial, naturaleza, objetos, estemos conformes.
2.º Eran necesarias estas reuniones para ensayar nuestros actos comunes. Aunque estos son pocos y uniformarlos.
3.º Podernos ayudar mutuamente, viéndonos contando nuestras impresiones, nuestras fatigas.
4.º Para poder decir algo del fin, naturaleza, objetos espíritu, y virtudes, y prácticas, y nuestro porte exterior, y los variadísimos campos por donde ha de girar nuestra Obra.
Todo esto lo hemos ido diciendo y ojalá pudiéramos irlo repitiendo, sobre todo para los nuevos que nos va enviando el Señor, los cuales difícilmente podrán penetrarse de la trascendencia, y espíritu y ventajas de la Obra. Me tranquiliza que en los Capítulos generales, en las conferencias que darán los visitadores, podrá lograrse algo y si Jesús me da gracia las condensaré yo en su día por escrito.
En los años anteriores, al iniciar estas sencillas pláticas, os daba un saludo de santa gratitud y os pedía un tributo de acción de gracias para el Corazón de Jesús, que así nos permitía ir repitiendo estas reuniones, y para excitarnos a la gratitud hacíamos como un balance de nuestras tribulaciones de nuestros triunfos.
¡Cuántos de unos y otros hemos ido contando¡ desde los años del Colegio de Tortosa y de Valencia, quién es capaz de recordarlo;
y luego vino la fundación de Murcia y Orihuela, con todos los episodios gratos y penosos que no olvidarán los que más de cerca
presenciaron aquellos acontecimientos.
Y vino luego el pensamiento del Colegio de Roma, y con él, la cadena de las más invencibles contradicciones, y promesas y esperanzas y desmayos y desalientos hasta causar la muerte de nuestro inolvidable D. Vicente, víctima por esta Obra de máxima gloria de Dios.
Y vino Murcia y Plasencia.
Todos estos altos y bajos y este balance íbamos recorriendo con los dolores y gozos de la Obra.
Al hacer el balance del año actual casi no sé decir que haya habido dolores, al menos generales. No han faltado, porque no han de faltar, y pido a Jesús que no falten ejercicios de paciencia y humildad, enfermos de Roma, y cada casa ha tenido los suyos; excepto alguna espina interior y más, bastante viva, en general y mirando la marcha de la Obra se puede decir que no hemos tenido más que glorias, si es permitida la expresión, glorias que nos confunden y nos deben hacer temer.
Roma, Instalación en Altemps, fiesta de la reserva y con ella el coronamiento y triunfo de la empresa ante los ojos asombrados de todos los enemigos de ella, públicos y ocultos.
Y el comportamiento de los chicos.
Pero aparte del comportamiento de esta empresa y en medio de estas glorias, surge Portugal, y Cardenal, y Nuncio, y Vico, como el otro ángel que Dios nos deparó en el Vaticano, campo vastísimo del cual hablaré en nuestras reuniones. Y como si Jesús quisiera humillarnos hasta el polvo de nuestra indignidad, surge Burgos, campo consolador. El solo vale más que tres Diócesis.
Y omito el nombre que /con/ esto adquirimos, la posibilidad de que un día se extienda nuestro campo a los Seminarios y a otros países, la esperanza de constituir (....)
¿Cómo no repetir la demanda de gratitud de vuestros corazones a Jesús?
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Mas estas bendiciones, si bien alimentan y confirman nuestra Obra y la afirman, infunden temor.
Grande es la fe y convicción que tengo en esta Obra.
No me he equivocado en ninguno de los presentimientos y no creo equivocarme en los campos que veo abiertos.
En una de mis observaciones de años anteriores quise probaros que no había obra sacerdotal de las existentes que pudiera reportar más resultados prácticos de más gloria de Dios, sobre todo teniendo por base y como llave el fomento y cuidado de las vocaciones eclesiásticas y con ella la comunicación con el clero. Dije más: que para el bien de gloria de Dios en las Diócesis tal vez, tal vez ni los Institutos religiosos podrían hacer lo que a nosotros será dado hacer. Hablo fuera de los Institutos apostólicos; o más bien los Institutos apostólicos, a lo apóstol, podrán como las nubes que pasan fecundizar los campos, pero que nosotros sin perjuicio de esto, podremos cuidarlos, y por lo tanto en las Diócesis y pueblos pequeños podemos ejercer una acción constante que no pueden ejercer los otros Institutos de vida más apostólica.
No puedo insistir en este punto. El solo ocuparía demasiada extensión.
No veo otro. No es nuestro, Dios nos lo ha dado.
Más aún; creo que vendrán institutos análogos en el carácter, esto es en el carácter puramente sacerdotal.
Pero mientras tengamos los objetos principales, por mucho bien que hagan, no alcanzarán al nuestro.
Examinemos lo que podríamos haber sido nosotros, seculares, Párrocos, Canónigos, profesores, sacerdotes particulares. ¿Qué tendríamos? disgustos, resultados individuales; ahora participan de todos; claro es que cumplirán su destino, y la santidad pero difícil....
Mas esta misma grandeza me llena de temor.
Peligros. Os hablé, tendremos estimación, tendremos relaciones, varios campos.
Y al lado de esto..., menos medios que todos los otros Institutos.
Ni coro, ni capítulo de faltas, ni ejercicios de humildad, y solos, sin rigidez de jesuitas, carmelitas... Sobre todo durante la juventud. Después los mismos peligros corren, porque son sui juris, y es difícil el yugo, y los combates fuertes. La experiencia lo enseña, tantos que se salen.
Pero jóvenes, no tanto.
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Esta grandeza de fines y esta seguridad de resultado si somos fieles, al lado de estos peligros, no pueden menos de espantar, y con más razón, por cuanto exigen mayor santidad sacerdotal que a la de los otros sacerdotes del siglo, y en cuanto al buen ejemplo y buen nombre, más que los Institutos religiosos.
1.º) Más santidad que los del siglo. 1.º porque somos la clase media en el orden sacerdotal: ni religiosos ni seglares. 2.º) Porque se formarán este concepto atendida nuestra vocación. 3.º) En cuanto al buen nombre y buen ejemplo más que los religiosos de los otros Institutos 1.º) Porque hemos de ser forma gregis y no daremos otra que la que tengamos 2.º) Porque hemos de estar bajo las miradas de todos y de toda clase y con más frecuencia. Los religiosos están casi siempre de paso a su retiro. Nosotros siempre y con la clase más suspicaz, el clero. 3.º) Y hemos de ser Patres Patrum la confianza de los que saldrán de nuestros Colegios. 4.º) Porque el bien lo produciremos los individuos más que la Obra. Hay otros Institutos de carácter militar por su organización, y la Obra lo es todo; el individuo desaparece con su carácter de vida apostólica; nosotros cada individuo, por lo mismo que ha de estar en contacto continuo con toda clase de personas y es fácil que algunos por muchos años, el individuo lo ha de hacer. 5.º) Por lo mismo que hemos de estar en comunicación continua, desde luego se forman más vivamente concepto de nosotros, pero viendo más de cerca nuestras cualidades y nuestras miserias, de todos los que tratemos, sobre todo si pertenecen a una institución, formamos concepto, y juzgamos y simpatizamos o no; pero como no son más que de paso, y sin familiaridades no se pueden ver las miserias, las tratamos aquí que en lo general se reciben buenas impresiones. Pues de nosotros, de cada uno se formará concepto y ha de ser favorable o desfavorable, y este concepto será de ilustración, de piedad, de carácter, de educación, de formas, y este concepto se dirá, claro es, y se sabrá si hay buen personal en la Obra, o será flojito o si corresponde o no a sus fines.
Y todos, todos los de aquí hemos sido juzgados, aunque no sepamos, en los lugares y cargos que hemos ocupado, alguna que otra vez sabremos lo que se ha dicho; generalmente más lo que es de elogio o más bien de adulación ; que lo otro desfavorable generalmente no se sabe, porque no se nos dirá delante ni ante otros que puedan decírnoslo, pero pronto o tarde se sabe, pero no nosotros por el interesado, por otros de la Obra.
Resultado: Que hemos de manejar los más grandes intereses de la gloria de Dios en la diócesis, por el carácter y fines de la Obra que Dios ha puesto en nuestras manos.
Que hemos de tener mayores peligros al menos hasta cierta edad.
Que esto exige mayor cuidado y santificación y que de nuestra santificación individual depende todo. ¿No es, repito, motivo de temor?
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¿Cómo hemos de hacerlo?
No sé lo que Dios tiene destinado en las transformaciones de nuestro modo de ser y que depende de nuestra fidelidad.
He pensado qué podría sostenerlo, sin apartarnos de nuestro carácter.
Me hago cargo /de/ lo que son las miserias humanas y sólo así se explican las disposiciones de todos los institutos, muchas de ellas efecto de las faltas de sus individuos.
Sentiría tuvieran que darse disposiciones que harían desaparecer nuestro carácter sacerdotal y libre.
Ojalá que en ningún Capítulo general hubiera necesidad de introducir práctica alguna, sobre la Obra; sobre los Colegios es otra cosa.
¿Qué es lo que puede tranquilizarnos?
¿Cómo salvaremos todas las dificultades?
Dos cosas hay: la libertad de permanecer (?) y el Reglamento.
Escritos I, vol. 5.º, doc. 43
1895, agosto
Colegio de Valencia
A los Operarios
Es la segunda de este año. Sólo es un esquema, pero de interés. Al parecer, los primeros puntos son los últimos de la anterior, que no expondría en ésa, y los resume de nuevo aquí.
95
Reunión Valencia 2.ª
Medios de lograrlo todo
Reglamento, Apertura de corazón, delación.
1.º Cumplimiento del Reglamento: dos partes, individual y común.
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Individual basta, Vide,
Pero manda
Apertura de corazón id. vide
Corrección
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Virtudes
Buen ejemplo, Celo, Obediencia, Humildad, Vide
91
Exposición, Emitir, 90, 91
Importancia del fomento de vocaciones, Vide 89, 90, 3.ª
El año anterior expuse y no concluí los actos comunes. Cómo termino pues, algunos (....?).
1.º Actos literarios, Me hago cargo
2.º Día de retiro, se olvida, mal practicado. Camino. Remedios.
3.º Dar cuenta del estado espiritual de uno. En honor de alguno, no ha faltado, pero no se tiene interés en ello.
4.º Recreo, no hay interés, todos. Es verdad que sois pocos pero si se tiene conciencia del deber. Si son muchos a veces es peor, porque tiende a chocarrería.
5.º En cambio trabajo sí mucho. Interés por el bien material de la Obra. Unidad de parecer en casi todos los puntos esenciales.
6.º Distribución de tiempo. Aprovecharlo. Alguno se inclina a la indolencia. Examinar qué libros, qué obras hemos leído en este año.
7.º Composiciones. Pensemos que hemos de tener colección con el tiempo de todo, para todos los casos y circunstancias, sé que el tiempo no sobra, pero si se tiene idea fija
8.º No nos fiemos de nuestra facilidad: que hagan acopio
9.º Ya sé que lo mejor es que vengan las ocasiones. Uno no hace con gusto un sermón que no sabe si predicará. Si tiene el aguijón del compromiso o del público lo hace más fácilmente
10.º (...)
Escritos I, vol. 5.º, doc. 1
1897, 21 de enero
Colegio de ........?
A los Operarios
Es un croquis, pero con ideas de interés Hay otro croquis del mismo año, que no lo ponemos.
21 Enero, 97, Croquis.
Dijimos en la plática anterior:
1.º) Que estado de perfección. Que puede ser más perfecto sin estar en estado de perfección y vivido.
2.º) Que según Sto. Tomás son estados los religiosos y Obispos
3.º) Que el sacramento no es estado, pero que exige la perfección por su orden, y por sus oficios.
4.º) Que el simple religioso puede ser menos perfecto que el clérigo, a no ser que el religioso sea sacerdote que en este caso le aventaja.
Ahora bien ¿qué es la perfección cristiana?
La perfección es obligatoria. Sancti estote. Haec est voluntas Dei.
Los SS. Padres no convienen en qué consista. Vide: Plática a Op. I perfección.
Ahora bien: Nos obliga esta perfección (?), instrumental. Hemos dicho que sin ella y no (...?) el pecado mortal y con lo "attingit" a no traspasar el precepto de la caridad, es difícil a ningún cristiano mantenerse sin que lo traspase.
Hemos dicho que el sacerdote si bien no está en estado de perfección, por medio del cual estaría obligado a procurarla por los consejos, en cambio, y lo que es mucho más, debe no tender, sino poseerla por su orden y oficios.
Por tanto en santidad de la caridad y de unión con Dios en (...?) con él debemos tenerla; y sin las virtudes no podemos tenerla, debemos estar ejercitados y debemos ejercitarnos continuamente.
Y además como quiera que cada uno esté obligado al grado que Dios le destina, sin lo cual Dios le dejará, de aquí no debe abandonarse nunca el ejercicio de la perfección instrumental.
Estamos obligados pues a ser perfectos.
¿Cómo? Con el ejercicio de las virtudes y prácticas de las cuales hablamos el año anterior.
Y con más razón los sacerdotes en medio del siglo.
Plática de Roma.
(...?) El diablo. No hay medio, o santos o malos.
Cuatro clases de sacerdotes:
Malos, tibios, buenos, santos.
Además perjuicios de no tender a ser santos
1.º9 Cuántas más se salvarían. Si S. Vicente de Paúl, se hubiese contentado etc. Vide Dubois.
Celo.
Escritos I, vol. 5.º, doc. 47
1897
Colegio de Valencia
A los Operarios
Es la segunda de este año.
Conferencia 2: 97
Mis A. HH. en el Corazón de Jesús Sacramentado:
Hemos visto en qué consiste la perfección esencial de la vida cristiana, y cuál era la ministerial o instrumental hablando de ellas de un modo general.
Dijimos que la santidad instrumental consiste en los medios, aparte de los generales del desprendimiento de nuestro corazón de las cosas, del cumplimiento de la obediencia y de la santidad, consisten en los prescritos a cada Instituto en particular.
Y estos medios particulares, no son en unos y en otros mejores en sí, sino en cuanto conducen mejor al fin del instituto y con ello logran su santificación.
Por esto estos medios son tan variados en los diferentes Institutos según el fin que se proponen. De aquí ciertas rigideces comunes en algunos de ellos.
Para el nuestro que es de vida de trabajo de ministerios exteriores y de instrucción y de educación y que por otra parte no tiene el carácter apostólico, sino de vida sacerdotal en medio del mundo, serían perjudiciales ciertas rigideces y además sin duda menos conformes a lo que se han propuesto y creen encontrar los que aspiran a él, que al sentirse inclinados a esta vida de celo están muy lejos de participar de aquellos deseos de vida de penitencia y de abstracción que sienten los que se hallan inclinados a otra clase de InstitutoS. Esto se comprende más bien que se puede expresar.
De aquí que los medios para lograr nuestra santificación están dictados conforme al fin del Instituto y a nuestro espíritu y carácter puramente sacerdotal.
Si los otros Institutos, pues, les santifican aquellos medios bien empleados, también nos santificarán a nosotros los nuestros, y con ellos realizaremos mejor el fin de nuestra sublime vocación a la Obra.
Todo se reduce pues a preguntar cómo hemos de santificarnos en nuestra Obra, y así realizar el fin de la misma.
Tres cosas se requieren para lograr nuestra santificación: 1.º) Desearía. 2.º) Dándose a conocer y sosteniéndose este deseo dentro de la Hermandad. 3.º) Por medio del exacto cumplimiento de los medios que están prescritos.
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I
Deseándola. La primera condición que exige el artículo tercero de nuestra primera Constitución es el deseo de una vida sacerdotal sólidamente piadosa. Y estoy convencidísimo que no habrá ni uno de los que se han sentido inclinados a venir a nosotros, que no sea de aquellos que entraron en el sacerdocio sin mira alguna humana, aún de las lícitas, y por lo tanto del deseo verdadero de corresponder a la santidad de su llamamiento con pureza de intención, y este mismo deseo, y el asegurarlo mejor, les ha atraído a nuestra // /como medio más propio.
La consistencia de este deseo es la primera condición para lograr la santificación.
Es un principio filosófico que en todas las cosas y señaladamente en las obras morales, el deseo del fin es la causa primera que mueve todas las cosas a obrar; y como dice Sto. Tomás el deseo hace al que desea apto y preparado para recibir lo amado; y así como nadie consigue la perfección de un arte sin que desee conseguirlo, así nadie conseguirá la santificación, sin que desee con ardor y constancia abrazarla y lograrla.
¿ Porqué? El mismo Sto. Tomás dice que "appetitus sapientiae..." V. Scaramelli (I, 43)
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Este deseo pues de lograr nuestra santificación es la primera condición para lograrla, y esto no sólo en nuestra institución, sino en toda otra, aun de aquellas que tienen medios externos para procurarla. Por lo cual el mismo V.P. Rodríguez (1, 8) /dice/ que el que no la tuviese, muy poca esperanza habrá. Bueno es en la religión el cuidado y la vigilancia de los superiores sobre los súbditos y menester es la represión y la penitencia; pero del que por eso hiciera las cosas no hay que fiar, porque no durará el resultado.
Pues si este deseo sincero e interior es tan necesario en esta clase de Institutos, lo es más en el nuestro, que, aparte de que no tenemos los medios exteriores de vigilancia, no hay siquiera apenas sanción penal a la trasgresión de los medios de santificación. Tenemos que obrar individual y aisladamente nuestra perfección.
Muy sensible sería y desfavorable concepto merecería del estado de nuestra Obra, si un día en los Capítulos generales tuviera que apelarse a muchos medios de vigilancia y a castigos de transgresiones fuera del de las advertencias.
Debe ser pues espontáneo este deseo, porque las cosas que se mueven con movimiento violento como que nacen de una fuerza e impresión ajena, cuanto más van adelante, tanto más van flojeando, como cuando se tira la piedra hacia arriba; mas los que se mueven con movimiento natural es al contrario, cuanto más va, más ligeramente se mueve, como la piedra va a su centro.
Deseo pues, deseo de agradar a Dios, de contentarle, de cumplir su voluntad de (...)
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Aquí podría yo para ocupar vuestra atención, si quisiera entretenerla, añadir otras consideraciones o más bien los medios propios para mantener este deseo, como son la idea de la obligación que tenemos de alcanzar la santificación sacerdotal, los peligros de la tibieza, el reconocimiento que debemos a Dios por nuestra elección al sacerdocio y a nuestro llamamiento a la Obra, y otros que podrán ser objeto de estas conferencias, y sólo quiero recordaros, para mantener el deseo de nuestra constante santificación, la idea de Dubois en su libro del Sacerdote Santo.
Este experimentado autor divide en cuatro clases a los Sacerdotes: Malo, tibio, bueno y santo. En cuanto al bueno dice que da gloria a Dios etc, pero que no basta. Y asegura que si sólo nos contentamos con ser sacerdotes buenos, dejaríamos de serlo, para pasar a ser sacerdotes tibios; y que sólo queriendo y proponiéndonos ser sacerdotes santos, llegaremos a ser sacerdotes buenos.
Y esta verdad la vemos expuesta no sólo en este autor, sino en todos los autores que hablan de la perfección, como Rodríguez y otros. Y de aquí aquellas comparaciones que nos hace del arco o ballesta que hemos de asestar más arriba del blanco si queremos dar en él, de otro modo nos quedamos más bajos; y otras comparaciones y advertencias que prueban la necesidad de este deseo de mayor santificación para lograrla.
Desgraciado el sacerdote, desgraciados nosotros, amados míos, si llegara a faltar este deseo de no buscar más que el agrado de Dios por medio de nuestra continua santificación, del cumplimiento de su divina voluntad en todo, de no buscar sino su gloria, de no poner cortapisa a los sacrificios que quiera exigirnos, de no parar en fin en el camino de nuestra santificación.
Este ha de ser el deseo habitual de nuestra alma, este deseo debemos arrancarlo y hacerlo actual todos los días, ofreciéndole con sinceridad a Jesús Sacramentado: Señor, quiero ser santo, Vos lo sabéis.
Que si se lo ofrecemos y repetimos con santa sinceridad todos los días, y nuestra conciencia y nuestro corazón, que no nos engañarán, nos dicen que realmente lo queremos, bien podemos estar tranquilos, y podremos decir que cumplimos la primera condición indispensable para el logro de nuestra santificación. Más aún, estaríamos dentro del campo de la santificación, puesto que es muy consoladora aquella sentencia de San Bernardo de que la santificación es el conato.....
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El segundo punto que he propuesto a vuestra consideración en esta conferencia es que este deseo individual ha de darse a conocer, ha de sentirse y como palparse y sostenerse dentro de la Hermandad. Que se vea en el espíritu y obras de la Hermandad que reina este deseo y que no se busca en ella y por medio de ella otro objeto más que el de nuestra santificación y el de la gloria de Dios.
Si hubiésemos sido sacerdotes solos, esto es siguiendo /la/ situación común de los otros del mundo, en sus varios destinos, o solos como patrimonistas en nuestras casas, si lo hubiésemos logrado etc, hubiéramos podido ser y aun pasar por santos, pero
difícilmente hubiéramos podido escapar de ciertas aficiones o colocaciones o dignidades o el deseo de cierto renombre y estimación externas que se hubiera vislumbrado en nuestros actos, si no como móviles, al menos como (...)
Mas abrigo la convicción profunda no se verá nunca ningún otro fin general en los miembros de nuestra Obra que el de la propia santificación, el trabajar por Dios. En primer lugar, porque, como he dicho varias veces, los que vienen a ella es porque están ajenos a todas esas miras y ambiciones, y colocaciones, aún las más lícitas obtenidas por medio de los servicios del ministerio sacerdotal. Más aún, a medida que avancen los nuestros en edad, a diferencia de lo que nos sucedería en otra situación, casi compadecerán a los contemporáneos y conocidos suyos que se ven precisados a vivir en esa miseria casi necesaria de pensamientos de lo presente y de lo porvenir. Y digo casi necesaria. Los unos, aunque no lo necesiten para nada para asegurar su subsistencia, porque son de familias desahogadas y de alguna posición, lo exige sin embargo la actitud de esa familia, que no quiere que los suyos se queden rezagados en el brillo que notan en otros de su edad y categoría, y la satisfacción que les causa el que sobresalgan los suyos, ejerce una presión muda en el sacerdote que contribuye a fomentar ese deseo.
Otros sin necesitar tampoco de ello, ellos mismos se ven como eclipsados al ir pasando los años y ver que otros tal vez de menos suficiencia cuando estudiaban, (...)
Mas al contrario nuestra situación hace imposible ese espíritu.
Ni vivimos con relaciones permanentes de familias propias, ni extrañas que son origen de que se infiltre ese espíritu, ni estamos en lugar ni en diócesis tan permanente que no pueda un simple cambio hacer desaparecer todas las ataduras e ilusiones de estimación y nombre y celos y recelos y vanidades de nuestras familias y aun de nosotros mismos.
Tampoco se verá en segundo lugar en nuestra Obra algún otro fin natural de colocación, o de comodidad, o de egoísmo de huir de trabajo etc. como alguna vez el mundo maligno lo ha atribuido a otros institutos, y los mismos institutos lo han creído posible en algunos de sus individuos, cosa para mí inconcebible. (?) según el P. Gosio. El maestro de novicios escolapios de Valencia que decía que algunos deseaban la profesión para asegurar el pan.
Esto no sucederá en nuestra Obra, y vosotros lo comprenderéis así, no sólo porque siempre será una vida de trabajo y abnegación y de responsabilidad, sino por muchas otras razones que nacen de la libre naturaleza de nuestra Obra.
Por esta parte, pues, no se verá en nuestra Obra ningún fin natural, y los que vengan nuevos comprenderán que aquí no sirven ni se aprecian ni las habilidades ni los talentos y condiciones sino acaso para mayor trabajo y responsabilidad, no como recompensa para el brillo de la carrera sacerdotal. Verán que hemos venido con el fin de trabajar por la gloria de Dios, si bien con los consuelos que presta la mutua y fraternal cooperación de unos con otros para este fin.
Por esta parte, repito, espero que la atmósfera será en general la de la idea de la propia y mayor santificación.
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Pero esto no basta; es preciso que los que vienen vean que existe este deseo de mayor santificación sacerdotal individual.
Por ello no bastará que en las reuniones y aun en las conversaciones particulares no se haga aprecio del bienestar y de las glorias humanas y de cuanto el mundo ambiciona, aun en el sacerdocio, ni se elogien sólo las buenas condiciones.
No basta que no se vean desagrados ni quejas frecuentes en la Obra y contra los individuos de ella.
No basta que no vean indiferencia o menos aprecio por el beneficio de pertenecer a la misma.
Ni siquiera que la Obra no se inspire en sus actos en espíritu humano, sino que tan sólo piensa en la gloria de Dios y en la salvación de las almas y en promover los sentimientos de compasión por la pérdida de las mismas y en reparar a Jesús y en cooperar a todas las obras buenas que pueda.
Sino que es preciso que vea este espíritu y este deseo de santificación y de gloria de Dios, se vea práctico en cada uno por medio del buen ejemplo, no aun en el ejemplo para los de fuera de casa, sino par los de dentro de ella, para que los que vengan crezcan en devoción y en este deseo.
No es mi ánimo hablar en este momento del buen ejemplo, que merece consideración especial y tema de exclusiva consideración más vasto.
Porque sabido es que el ejemplo es el medio más eficaz para mover a otros y que uno en una casa, si adquiere buen nombre con el ejemplo hará mas que en cuanto pueda hacer con sus pláticas y sermones (Rodríguez I.48)
Sino que concretándolo a las consideraciones presentes, esto es, a que el deseo de nuestra santificación y gloria de Dios se vea y se palpe, debemos procurar darnos a la virtud y no dar ocasión ninguna de desedificación a nuestros hermanos y en particular a los que vienen nuevos. Si para todos debemos ser bonus odor Christi, lo debemos de un modo especial a los domésticos de nuestra misma fe y de nuestro mismo modo de obrar y de querer sacrificarse.
Con el buen ejemplo verán que reina en la Obra el deseo de santificación y este ejemplo sostendrá el deseo de los demás.
Esto nos lo pide la Hermandad.
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Pero ¿cómo lograremos que se vea este ejemplo? ¿Cómo mantendremos este deseo de santificación? Digo más; ¿Cómo lograremos esta empresa con toda seguridad y con ello el buen ejemplo? He aquí el tercer punto que he indicado. Por medio del exacto cumplimiento de los medios que nos están prescritos y nosotros hemos aceptado; por medio del Reglamento. Y este punto tercero merece consideración aparte.
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Cumplimiento del Reglamento .
Y al hablaros, al hablaros, A.M., de la necesidad y utilidad del cumplimiento de nuestras / normas/ yo podría recordaros lo que los santos y autores de los libros ascéticos nos dicen para despertar nuestra atención y excitar nuestra fidelidad.
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Pero podemos añadir y es preferible algunas otras consideraciones que nos exciten a precisar las disposiciones de las reglas sacado de un profundo y santo escritor ( La Puente, Estado religioso tratado quinto.)
Y lo primero que ocurre para hacer ver el aprecio de ellas es que es la voluntad de Dios, camino seguro de santificación y salvación, su cumplimiento.
Es voluntad de Dios. Así como en la ley antigua existía la ley natural gravada en el corazón de todo hombre, según San Pablo, quiso Dios que su pueblo la tuviese escrita en tablas de piedra esculpiéndola en ella con su propio dedeo y además mandó que se escribiese en el Deuteronomio todas las demás reglas y ceremonias, y ésta era la voluntad de Dios. Es decir cumplir la ley natural, pero con estas prescripciones.
Y aunque en la ley de gracia había de inspirarse las reglas del corazón, con la presencia del Espíritu Santo, quiso Dios, después que se subió a los cielos, que su Evangelio fuese escrito y por cuatro Evangelistas, para que hubiese memoria de su ley, de su doctrina y de sus consejos.
Así es también la voluntad de Dios que se escriban y se cumplan los medios para gobernarse los diferentes Institutos brotados en la Iglesia católica por su admirable Providencia, los cuales él quiso sellar con el sello y dedo de su voluntad.
Y tanto es así, que, como sabemos, está mandado por el Sumo Pontífice que cuando se quiera establecer una institución que quiera practicar una especial perfección y unión con un medio común
de vida a todos, pide a los /que/ desean establecerla decir por escrito las cosas esenciales a su institución; que son: a lo que se obligan, el fin propio que tienen y los medios que toman para alcanzarlo, y después de examinadas, el Espíritu Santo, que enseña todas las verdades , le asiste para que no yerre en lo que aprueba, de tal suerte que, como dice Santo Tomás el Papa, atendida la promesa de Cristo, no puede errar al aprobar los Institutos en lo principal de ellos, ningún voto fin o medio que sea malo, y esta aprobación inmerecidamente la hemos obtenido gracias al Corazón de Jesús, que nunca agradeceremos bastante. Está, pues, sellada con el sello de la voluntad de Dios su cumplimiento para aquellos a quienes llama a que entren a practicar ese sistema de perfección.
Porque el modo de proceder Dios en la inspiración de los Institutos, etc
En segundo lugar son camino seguro de santificación y perfección.
Y esto no sólo porque son santas, porque nacen de la fuente de la santidad que es el Evangelio.
No sólo porque son necesarias y provechosas, mandando lo necesario para la salvación y prohibiendo lo que es contra ella, sino lo que es útil y provechoso para los fines de la Institución.
No sólo porque son claras como lo exigen las condiciones de toda ley.
Sino porque son convenientísimas según los fines de nuestra Obra y las circunstancias de los tiempos. Porque la Providencia a todo esto del establecimiento de los Institutos mirando a las necesidades de la Iglesia y circunstancias de los tiempos no es contra el decoro de la religión que lo que era conveniente en un tiempo no lo sea en otro, y con el transcurso del tiempo se mude alguna constitución.
Y así como en la Iglesia Católica posuit mensam suam que son los santos Evangelios; así en una institución pone la mesa de pan y vino de las Constituciones sacadas del espíritu del Evangelio, provista de manjares para sustentar y conservar a los miembros de ellas.
Y así como todos los hombres no pueden comer ordinariamente unos mismos manjares, guisados de una misma manera, trazó la divina Sabiduría que, así como son varios los Institutos, así cada uno tuviese su mesa propia con manjares acomodados al sustento de los que viven en ella.
Son, pues, ellas, el camino más seguro para nuestra santificación
y salvación, mejor que cuantos otros medios pudiéramos emplear, o privadamente por nosotros mismos, o por medio de alguna otra institución, aunque fuese más perfecta en sus fines, porque el Señor es el que provee de individuos a todas y sabe lo que es mejor a cada uno, aquella le ha de servir a la cual es llamado como la más segura para su santificación. De modo que las constituciones aprobadas, dice San Gregorio, son como una carta (aparte de la carta del Evangelio) más breve y compendiosa que ésta que envía Dios a los miembros de la Institución, pero muy clara y cierta en que les dice lo que quiere de ellos para que sean perfectos y gratos a sus divinos ojos. Ella les dará el conocimiento no sólo lleno y completo sino amoroso y festivo de la voluntad de Dios.
De modo que según el libro de las reglas o constituciones se le ha de juzgar, cuando se abran los libros de las conciencias.
Y si desea gozar de la paz y alegría y de los otros premios, ha de guardar la regla, porque bajo tal condición se lo prometieron . De las cuales reglas podemos decir lo /que/ decía San Pablo: Quicumque hanc regulam secuti fuerint, etc.--------------------------
De aquí se sigue el interés, cuidado o más bien espíritu con que se han de abrazar las constituciones y ordenaciones y ponerlas por obra para vivir una vida digna de su institución y digna del Señor que le llamó a ella, procurando agradarle en el cumplimiento de todas las cosas grandes y pequeñas.
De modo que hemos de pensar cómo se dirige a nosotros aquella sentencia de Salomón (Prov. 72): Guarda mi ley como las niñas de los ojos; átala en tus dedos y escríbela en las tablas de tu corazón.
Como la niña de los ojos, que es la que alumbra y guía en el camino del cielo, y así como la niña no sufre nada en el ojo ni una pajita, y no descansa hasta quitársela, así no hemos de permitir, ni una pajita contra las reglas.
Y átala a tus dedos, llevándola siempre ante los ojos y atándola con el amor a ella, porque donde hay amor no hay olvido ni descuido.
Y en las tablas de tu corazón, que son memoria, entendimiento y voluntad.
Porque el individuo de un Instituto no escribe las virtudes como autor que escribe, sino como el traslado del original y aun con las mismas palabras, orden etc. no a su libertad.
De aquí que por ningún título de piedad se ha de traspasar etc.
Pero prescindamos de todas estas razones y otras que podríamos añadir para hacer /ver/ la necesidad que tenemos de practicar con exactitud nuestro Reglamento, si queremos estar seguros y agradar a Dios y fijémonos en una razón principalmente. La necesidad que se requiere para el cumplimiento de lo prescrito, atendida la naturaleza de nuestra Obra.
Si en todos los Institutos se han de procurar cumplir las reglas, en nuestra Obra es más indispensable.
Ya sabéis en qué consiste nuestra institución. En la pía unión de algunos pocos, para trabajar por la gloria de Dios y siempre libreS. No es pues un Instituto religioso, estrictamente hablando.
No tiene por lo tanto los medios externos que exige la importancia, si así podemos decirlo, de tales instituciones.
No hay las prevenciones y aun barreras para evitar los peligros de sus individuos.
No hay los actos comunes que se practican en muchísimos de ellos, sobre todo en los antiguos.
Y sobre todo y más que todo, apenas hay sanción penal a sus transgresiones.
De aquí que no se conocen en nuestra Obra, v.g., los capítulos de faltas, en los cuales unos confiesan delante de los otros las cometidas exteriormente contra las reglas, y en los cuales capítulos tienen el deber los otros de decir lo que han notado en ellos, y hasta servir a los Superiores para hacer decir faltas que no han hecho, para corregir así a otros que saben lo hacen.
Ni las penitencias que se imponen a estos transgresores, que en algunos Institutos son muy variadas.
Ni los celadores y vigilantes señalados para ver si en común o en particular se ejecuta lo mandado, ya en el acto de la meditación, ya en el examen.
Ni hay la obligación de decir cada tres meses las faltas al Superior, aun las de conciencia con reserva o por confesión
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Por lo tanto una vida más independiente e individual y dejada al solo estímulo de su propia conciencia. Porque, aunque es verdad que tenemos la advertencia, y hay obligación de la delación, lo cual nos pone en el caso de ser unos los ángeles del otro por el interés de la caridad y del buen nombre de la Obra; con todo, este celo no podrá y el cuidado de los superiores tampoco, no podrá nunca llegar al conocimiento de los actos prescritos, aun de los más importantes de los individuos, puesto que éstos se practican aisladamente, individualmente y sin horas fijas muchos de elloS.
Ni hay tampoco castigo o pena, lo cual es ventajosísimo para el individuo, porque algo contribuirá a hacerle más cauto, aparte del sentimiento de la falta, por el mismo rubor natural, que al no tener una gran dosis de humildad no dejará de serle enojoso y por lo tanto le hará precavido.
Nada de esto tenemos, A.M., y cierto que cuando los santos lo pusieron, comprendían la flojedad y tibieza humanas y la natural tendencia a todo lo que es yugo, y esa lucha de la comodidad y del amor propio contra el espíritu.
Y nosotros ningún aguijón tenemos más que el de la propia conciencia.
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¿ Es que venimos equivocados? ¿ Es eso falta de espíritu? ¿ Es excesiva confianza de nosotros o sea los miembros de la Obra?
Responderé a /estas/ tres preguntas. ¿ Vamos equivocados? Más de una vez temí que viniéramos a formar esa unión y ese modo de vida sacerdotal, viendo el cuidado y la tendencia de la generalidad de las Instituciones. Y a pesar de temer y mucho, me repugnaba por otra parte siempre interiormente el que fuéramos constituidos de otro modo. Más aún; tenía que hacer actos casi heroicos de conformidad a la voluntad de Dios para el caso que él exigiera y nos manifestara su voluntad de que tuviéramos otro modo ser.
No era este mi instinto: mi falta de humildad quizás no le hacía gracia, Sacerdote sí, y deseos de ser piadoso todo lo posible, sin prescripciones de cierta clase.
Es verdad, pensaba, que Dios puede conducir y conduce a las almas por caminos más o menos llanos o espinosos.
Pero este camino más o menos peligroso, no era sin embargo ex se el más perfecto y por lo tanto el más seguro y podía temerse de él.
Por ello la principal y casi única, diría, razón de desear con ansia la aprobación y por lo mismo de temer una negativa y de alegrarme tantísimo con el sello de dicha aprobación, fue para adquirir esta seguridad; de que no andamos equivocados: es camino no sólo seguro, sino el que a nosotros nos conviene.
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¿ Es falta de espíritu? En mí es posible. Pero en sí ese modo de ser no implica necesariamente falta de espíritu, prescindiendo de comparaciones con otros modos de ser.
No implica falta de espíritu puesto que la Iglesia tolera y aun aprueba. Pues aprueba la existencia del sacerdocio aisladamente en medio del mundo y en este estado individual ha querido que se santificaran muchas almas grandes..., como San Juan Cancio...y ...
Y bendice el estado del clero Parroquial, y a almas muy queridas ha querido se santificaran en él y ése era el camino, y si hubiera sido engañoso, ni la Iglesia lo aprobara, ni Dios consentiría que esas almas permanecieran en él, aunque no constituyen estado completo de perfección.
Y no sólo el modo de ser del sacerdocio aisladamente, sino que ha instituido otros modos de ser en el estado sacerdotal que aún tienen menos prescripciones y ataduras y vida más libre y casi individual que nosotros v. g. los de San Felipe Neri.
Pues si ha aprobado la Iglesia y Dios otros modos de ser de vida sacerdotal más amplios que el nuestro y no implicaba falta de espíritu, tampoco en nosotros.
No es espíritu mendicante o religioso o como se quiera llamar, pero no es falta de espíritu y puede ser buen espíritu y lo es el que conduce a este modo de ser.
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Pero supuesto que no implica falta de espíritu ¿no implica al menos excesiva confianza? Porque si para los otros modos de ser han puesto los santos tantas trabas y vigilancias, ¿ no podemos temer que esa falta de medios nos estrelle y ponga en peligro?
Es cierto que teniendo menos medios, no podemos tener tanta seguridad. Cierto que esto es depositar gran parte de la confianza en la fidelidad de nosotros mismos.
Pero esta fidelidad en otros modos de ser los ha salvado y librado, y ha habido sacerdotes santos en medio del mundo y aisladamente, y hay párrocos santos, y hay individuos santos con otros modos de ser.
Y hemos pasado el golfo...en nuestra vida puramente sacerdotal.
¿No podemos lograrlo en otro modo de ser más guarecido cual es el de la unión mutua?
Y si este modo de ser se ha puesto precisamente porque se ha creído que así podremos lograr mejor multiplicar nuestros trabajos y con ellos la gloria de Dios ¿no mereceremos la asistencia de su gracia?. Sí ciertamente, si somos fieles. Y esta fidelidad guardando estrictamente las prescripciones y Reglas que nos hemos impuesto.
De aquí, pues, deduzco y repito, que si en todos los Institutos los medios para lograr el fin de su Instituto y su santificación es el cumplimiento de las reglas, es más indispensable que lo practiquemos en el nuestro, puesto que sin excitantes exteriores se ha dejado a nuestra fidelidad.
Es tema que desearía fuese constantemente repetido en nuestras casas y en nuestras conferencias, en los consejos que demos a los que confesemos, y por lo tanto a los que vengan a ser directores espirituales un día en las casas nuestras.
De modo que debemos hacerlo hasta hastiar a los nuestros. No importa que hastiemos como San Juan Evangelista. Este santo del amor, por efecto de su espíritu dulce y rumiado en sus meditaciones y queriendo compendiar toda la doctrina de su divino maestro, ya sabéis que sus discípulos y los nuevos convertidos, que deseaban escuchar algo de aquel anciano que había sido predilecto del Señor, y que por lo tanto podía referirles tantas cosas que les causaran novedad, y tantas circunstancias de la resurrección de Jesús y de su vida toda, y de la Virgen, puesto que fue depositario de esa Arca Santa por muchos años en Efeso, le suplicaban les entretuviese con santas reflexiones, sobre todo los días de la Colecta, que eran en las reuniones de los sábados, y con todo no les repetía otra cosa, sino Filioli (...)
Tandem tedio affecti se atrevieron a quejarse.
Pues ... fidelidad en el Reglamento; amor a lo /que/ nos hemos prescrito; constancia, en observar hasta lo más mínimo, aprecio de las cosas aun de las más minuciosas.
Pues la repetición de este encargo debe ser entre nosotros hasta la nimiedad, hasta el tedio, pues es nuestra única salvación.
Escritos I, vol. 5.º, doc. 48
1898
Colegio de Valencia
A los Operarios
Vísperas de elecciones en el Capítulo 1.º de la Hermandad. Es sólo una introducción a la plática. No desarrolla luego el tema que anuncia, por haberlo ya desarrollado en otros varios esquemas y pláticas copiadas.
Plática, víspera de la elección, 1898.
Mis A. C.: En el capítulo de elección habéis leído hoy, que entre las prescripciones del día del retiro hay la de una plática por uno de los Consiliarios sobre la importancia de la Hermandad. ¿ Qué fin tiene esta conferencia?
La razón es muy sencilla: Se medita en dicho día de retiro, 1.º El fin del hombre, para ver lo único que debe moverle en sus actos;
2.º La eternidad, a la vista de la cual no sólo miramos con indiferencia todo lo de la vida, sino que nos hace temblar todo acto que no sea con el fin de agradar a Dios. 3.º La pasión de Cristo, que nos excita a toda humildad, que mata en nosotros toda ambición de deseos vanos, queriendo mejor hacer profesión de locos, y deseando participar en algo de las humillaciones del Salvador. 4.º La gloria de Dios único sustancioso, y que nos conviene promover.
Si el ánimo se llega a empapar, o al menos actuar con el espíritu de estas verdades, ciertamente que estará perfectamente dispuesto para el importantísimo acto de elección de cargos.
Sobre no buscarse para nada a sí mismo en los móviles que le impulsen a dar su voto, el temor y el deseo de la gloria de Dios, le hará buscar con pureza de intención y con afán, y cum tremore,
et timore, lo que más convenga para la gloria de Dios.
De aquí, pues, el motivo de fijar esos temas de meditación para el día de retiro preparatorio a la elección, por ser ideas fundamentales y propias para preparar nuestro corazón.
Y ¿por qué, pues, la conferencia sobre la importancia de la Hermandad?
Pues por la misma razón: para que se obre con el desprendimiento y pureza de intención; puesto que se trata de un asunto de mucha responsabilidad propia y de mucha transcendencia para los intereses de la gloria de Dios, y por lo mismo se elija con cuidado a los que mejor puedan promover esta gloria, lo cual depende del voto de ellos.
De modo que, aunque directamente no se hablase de las condiciones que han de reunir los que deban llevar el timón de estos intereses, indirectamente se da a comprender que la importancia de la Obra requiere sean lo de más confianza.
Tal vez, amados míos, os parezcan inútiles, nimias, esas preparaciones, disposiciones de espíritu para la elección en el estado actual de la Hermandad. Pero puede que no siempre suceda así, y se hagan necesarias. Vendrán días en que habrá muchos de cierta e igual edad, y cuando muchos de cierta e igual edad, en éstos puede infiltrarse el espíritu humano; primero porque no se reconoce fácilmente mayor mérito en prudencia y gobierno en los demás coiguales, y la exaltación de uno igual a él, nunca es grata al amor propio; y en segundo lugar, aun hay más prevención a que pueda ser escogido uno que sea mucho más joven, porque esto parece que es un desdoro de los que forman la falange de más edad; parece que sea humillante, como si se quisiera significar que entre los mayores no hay aptos; y de aquí vienen pasioncillas y agitaciones en el corazón; y quieren excusarse en su conciencia con motivos de gloria de Dios, de la honra de la Hermandad, etc., etc., y lo que sucede es que se buscan a sí mismos y a su amor propio en todo esto, si es que no se mezcla la amistad particular con el individuo que quieran elegir, y por ahí la conveniencia propia.
Un día observaréis quizás en las Casas religiosas que viven siempre en la misma Casa, si hay muchos de cierta edad, aunque no haya talentos en ellos, sería una cosa muy singular que aunque hubiese disposiciones mejores en otros de menor edad, que salga uno de éstos y que tal vez daría mucha gloria a Dios. Pero ya filosofa el amor propio... Gracias que nosotros no vivimos siempre bajo el mismo techo. Aun así se ha hecho preciso, se ha puesto el día de retiro y estas disposiciones para lo porvenir, atendidas nuestras miserias.
¡ Qué miseria la del corazón humano desde el pecado original¡
Si os habéis fijado.... hay una tendencia a elegir (...)
Y la realidad de esta miseria se ve en todas las elecciones políticas y económicas.
Por esto he sido siempre refractario a todo Instituto cuyos cargos dependen con frecuencia de elección, y mi simpatía ha estado por los que prescinden más de ello, y he comprendido que nada más dulce y más eficaz y menos expuesto que aquello que resulta de la obediencia o mandato, que aquello que es fruto de una elección.
De modo que si pudiese excogitarse un medio que supiera resolver el problema, lo suscribiría.
La insaculación (...)
Sin embargo, es una necesidad, y se ha de mirar como tal, y por lo tanto, como miseria, y como miseria remediarse en lo humano.
Hasta la misma Compañía de Jesús que es un cuerpo militar, y no admite democracias, con todo la dirección general es por votación; y lo es el Sumo Pontífice.
Por ello, en nuestra Hermandad, es lo único que está sujeto a elección, el Director y Consiliarios; y ojalá fuese perpetuo o vitalicio, pero se consultó....
Ahora, pues, debiendo cumplir la prescripción de la plática prescrita, aunque puede hacerla uno de los actuales directores espirituales o consiliarios, he preferido hacerla yo, para dar norma tal vez.
Pues diré la importancia de la Obra (...?)
La importancia en lo porvenir de este acto.
Condiciones de los que debéis elegir.
Móviles de la elección.
Facilidad de elegir en nuestra Obra.
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Importancia de la Obra.
Escritos I, vol. 5.º, doc. 49
1898
Colegio de Valencia
A los Operarios
Parece que durante los días del primer Capítulo General de la Hermandad, y, por lo que dice, sólo a un grupo de Operarios.
J.H.S
1898
En Valencia, reunión
Mis A. coop:
La esperanza que teníamos de haber tenido ultimado, en esta reunión, el asunto de la definitiva aprobación de nuestras Bases, me había hecho concebir el deseo de dedicar dos o tres días (...?) de dicho acontecimiento, un par de días para exponeros algunos puntos, y recordar, si hubiese convenido, algunas de las ideas expuestas en nuestras reuniones primeras.
Todo con objeto de que, sobre todo los nuevos, tuvieran una idea verdadera del fin, naturaleza, objeto y espíritu de nuestra Obra, y el interés que hemos tenido en que /a/ estas reuniones acudan el mayor número posible.
Ya que esto no ha sucedido, y por otra parte no pueden algunos prolongar su estancia aquí, lo dejamos para cuando tenga lugar la reunión deseada.
Con todo para no dejar de hacer algo de lo que se ha practicado en otras reuniones se ha establecido el simulacro de conferencias y además me he creído en el deber de deciros una palabra siquiera.
Ayer tratamos en conferencia, el estado religioso y sacerdotal.
Debía, pues hablaros, por su orden, de la perfección y en qué consiste la perfección en la vida cristiana, a dónde llega su obligación en el cristiano, cuál la del religioso, y cuál la que debe poseer el sacerdote por su dignidad y sus oficios.
Mas siendo este tema de conocimiento general, y no permitiéndolo el tiempo, examinaremos la necesidad que nosotros como sacerdotes operarios tenemos de la santificación, bastando saber para nuestro objeto que la perfección esencial consiste en la caridad, y la instrumental en el ejercicio de los medios generales de mayor santidad, etc., y en los particulares prescritos a cada Institución.
Escritos I, vol. 5.º, doc. 50
1898
Colegio de Valencia
A los Operarios
El documento Plática 5.º-52 parece una introducción a éste. En éste cita el documento Plática 5.º-47 la segunda de 1897.
1898
Cumplimento de las Constituciones y Reglamento
Abertura de corazón
Delación .
Creo he dicho en alguna otra ocasión, que en toda Institución hay como en todos los individuos tres cosas que la distinguen o forman.
El carácter, el espíritu y los nervios que la sostienen.
El carácter de nuestra Hermandad es el de una unión o vida puramente sacerdotal. El espíritu es el de celo por los intereses todos de Jesús, principalmente en la formación de la juventud eclesiástica y el de reparación por las ofensas a su amor sacramentado. Y además debe tener como los individuos y las otras Instituciones los nervios que la sostengan en este espíritu y en su carácter.
El nervio de nuestra Obra consta de tres hilos como lo dicen las Constituciones: La primera, la exquisita elección de los miembros de ella. 2.ª El cumplimiento de las Bases y del Reglamento individuales y comunes. 3.ª La abertura de corazón y su complemento indispensable la dedicación
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No hablo de la 1.ª esto es, la exquisita elección de los miembros. No obstante no será indiscreto ni inútil recordaros el celo que todos tenéis y debéis tener en agregar miembros a nuestra Hermandad, que éstos deben ser de especiales condiciones, porque es especial especialísima nuestra Obra, y por otras razones que omito; no se pueden formar, han de venir formados por sus condiciones naturales, o como yo digo /han/ (?) de ser profesos antes de ser novicios.
Los otros Institutos en general no necesitan esta elección porque tienen varios objetos y pruebas y además no tienen los fines universales y particulares de nuestra Obra. Ya sabéis que si quisiéramos tener aspirantes entre los alumnos de los primeros años en esta edad en que los reciben los Institutos tendríamos la mar, y eso que todos éstos serían buenos y serían recibidos por los Institutos como un pan bendito; y nosotros si lo intentamos y dejamos que crezcan para que den frutos espontáneos y escogerlos cuando hayan madurado sus condiciones.
Por ello digo no debemos olvidar esta base al poner ante el Señor nuestras oraciones en favor de algún candidato, que deben ser distinguidos en talento y sobre todo de buen carácter y juicio, hombres de oración, (el talento sólo, aun con piedad, no nos bastaría, ) si faltara el juicio y en caso de menor talento, pero talento, y mayor juicio o carácter será preferible éste al de mayor talento, la experiencia os lo enseñará.
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Pero digo que prescindo de esta base o sea del hilo principal que forma el nervio de nuestra Obra, y hablemos del 2.º: El cumplimiento de las Constituciones y del reglamento en sus actos individuales y comunes.
El año pasado os hablé extensamente de esta materia y la condensaré; dije:
La doctrina del P. Lapuente en su libro del estado religioso, (tratado 5.º) según la cual las ordenaciones o reglas son como las tablas de la ley grabadas por el dedo de Dios y sólo con ellas se cumple su voluntad, mucho más que según Sto. Tomás el Papa es infalible al aprobar estas reglas u ordenaciones y por lo tanto no sólo son seguros medios en general, sino los más adecuados para los que Dios llama a aquella Institución, y mejores que cualesquiera otros que nosotros pudiéramos emplear, o privadamente por nosotros mismos, o por cualquiera otra Institución aunque fuese más perfecta en sus fines, porque el Señor que provee de individuos a todas, sabe lo que es mejor a cada uno y aquella regla le ha servido a la cual es llamado uno como la más segura para su santificación, y expuse algunas otras consideraciones sacadas de dicho P. Lapuente.
Añadí también que, si en todos los Institutos se han de procurar cumplir las reglas, en nuestra Hermandad es más indispensable.
Y previene además algunas objeciones que yo mismo me propuse: esto es, si podríamos vivir equivocados, si era falta de espíritu o si era excesiva confianza de nosotros mismos.
Y dije que me repugnaba otro modo de ser que el de una vida cómodamente sacerdotal y sin embargo temía (?) y tenía que hacer actos heroicos de conformidad a la voluntad de Dios, si él exigiera que tuviéramos otro modo de ser. Por eso la casi única razón de desear la aprobación y temer tanto una negativa era por poder adquirir esta seguridad de que no andamos equivocados; que es camino seguro y el que a nosotros nos conviene.
Dije que no era falta de espíritu, puesto que la Iglesia aprueba y ha instituido algo inferior a nosotros, si podemos decirlo así, en la institución del sacerdocio aislado en medio del mundo, y bendice al clero parroquial y almas muy queridas de Dios se han santificado en él, y ha bendecido a los de San Felipe Neri, que tienen menos ataduras esenciales que nosotros. Si no es pues en ellos falta de espíritu, menos podrá serlo en nosotros nuestro modo de ser.
Y humildemente dije que no era presunción, puesto que sin estas berreras que nosotros tenemos otros se han santificado en medio del mundo, y algunos de nosotros hemos pasado el golfo en una vida puramente sacerdotal y mejor lo pasaremos en nuestra santa unión sacerdotal.
Lo que conviene es que no olvidemos los medios de lograr nuestra santificación cuyo hilo principal está en la fidelidad /y/ en el cumplimiento de las ordenaciones.
Mas sucede que como el cumplimiento de las prescripciones, por pequeñas que sean, requiere solicitud y aunque no muy grande pero al menos algún pequeño sacrificio, las traspasamos fácilmente y al levantarnos por ejemplo, /lo/ hemos hecho un poco tarde, y la cama se queda sin levantar,
y la oración y preparación no se hace según los métodos de los Santos, y a /la/ ligera,
y luego Misa,
Y el ratito del examen de mediodía se deja por corto y el otro por la noche porque es largo y mala hora,
y como consecuencia de estas transgresiones, nos disipamos en las conversaciones con los nuestros, inútiles, chocarreras o perjudiciales,
Y con los externos no estamos en acto segundo para que no nos disipen.
Y el tiempo no se aprovecha como es propio de un Operario, siquiera para lecturas instructivas,
y distribución de horas, pues siempre hay que hacer,
o (, , , ?); y viajes.
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Cierto A.M. que el examen diario y más aún el mensual es un despertador que nos señala nuestras tibiezas. Pero no basta. Es preciso tener fija la idea de la importancia y necesidad de ser fieles y de que se nos recuerde a menudo, si queremos adquirir la santificación y con ella mantener el nervio de la Hermandad. Aunque no se pudiera otra cosa, bastaría.
Y lo mismo de los actos externos y comunes y aun más si así puede decirse.
Y sobre los comunes ya sé que la falta de personal no ha permitido realizar algunos; pero en otros es incuria nuestra y no se les ha dado la gravedad correspondiente.
Y en los actos nuestros exteriores no del todo comunes, sobre todo los no piadosos, no se les ha dado la fisonomía verdadera.
No somos ceremoniosos, ni por temperamento, ni por educación, ni por el carácter de la Obra, pero es indispensable un cierto apartamiento que produce el orden, la gravedad y la idea de la importancia de nuestra Obra y del orden interior de nuestro ánimo en todos y así.
Hemos de guardar el silencio riguroso en las horas prescritas.
Y las horas y metas que en cada casa se han de señalar para no estar pasmos (?) sin motivo.
E ir con puntualidad a los actos, sin entretenimientos que indican distracción habitual de ánimo.
Y las reglas de modestia en los actos comunes de comidas y visitas o demás actos sociales, obrando una conducta ajustada a las leyes de conveniencias eclesiásticas.
Cierto que el Director de la casa lo verá y no se atreverá y tendrá que devorarlo en su interior y a veces no el Director sino otros que desearían más.
Este es /el/ hilo segundo de nuestro nervio que no debemos aflojar, ni deben consentir se afloje los Directores de los Operarios de los Colegios y los Visitadores.
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3.º Abertura de corazón y delación
Y vamos al tercer hilo. La espontaneidad.
Sabido es que nuestra Hermandad no tiene el carácter de organización militar que tienen otros Institutos v. gr. La Compañía de Jesús.
En ella está prescrito que todos digan su interior y hasta sus pecados al Superior en el tiempo prescrito, eso sí en un secreto natural o en confesión como ellos quieran y esto constituye el nervio principal de la Compañía según el P. Cercavins, puesto que puede servir para el gobierno interior de la misma, para distribución de cargos, para separar a los que peligran de un punto a otro etc. etc.
Nuestra Obra tiene un carácter más fraternal y para su más fácil gobierno y para el bien del Operario y buen nombre de la Obra debe suplirse con la espontaneidad y con la caritativa delación.
Con la espontaneidad. No sólo con la sinceridad al Confesor o Directores de nuestra conciencia que prácticamente lo serán con el tiempo, por su fuerza natural, los Operarios en ejercicios, sino procurar toda abertura de corazón con los otros Superiores y casi diría con los iguales, no precisamente en cosas de conciencia sino en todo lo que sienta o pueda sucederle.
No ser corazones cerrados, ni caracteres abstraídos, de los que no sabe nunca ni qué piensan, ni lo que tienen, ni por qué caminos andan. Y decir al Superior cuanto se sabe de fuera y de dentro y de cuanto se observa y de lo que he oído decir en bien o en mal y el concepto que forma.
Hasta sería de desear que de los acontecimientos ordinarios de la vida, de las relaciones que se adquieran, sobre todo si son de diferente sexo, ni de ciertas conquistas espirituales obtenidas en las excursiones, se diese a conocer, hasta a los iguales, no siendo ello contra la discreción. Esa especie de comunicación de bienes, tal vez, tal vez evitaría hasta peligros en el individuo. Abertura, pues, de corazón y con ella disposición para recibir cuantas advertencias serían convenientes.
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Mas como somos tan miserables y podemos no tener esa sencillez y espontaneidad y además que muchas veces no nos conocemos, y aunque nos conozcamos no advertimos nuestros defectos en particular, está la caritativa delación que es un complemento de lo que se busca con espontaneidad. Esta es para decir lo que se hace y tener dirección, aquélla es para corregir lo que no se dice o no se advierte, con el mismo fin de que esté todo sujeto a la dirección y aviso, siendo unos los ángeles de los otros.
En las Consti. pusimos, y el P. Criado (?) tuvo escrúpulo. Pero está la delación. Es necesaria, sin ella no respondo.
¿Hasta dónde se extiende la delación?
En otra ocasión hablé de ello.
Cuántas calamidades a los Institutos por no tener marcada esa obligación. Veréis en su día individuos, que los corregiréis, no os edifican.
¿A quién no apena ciertas noticias? ¿En qué consiste? de aquí naipes, seglares, visitas,
Pues bien todo,
¿ Qué es objeto de delación? Hemos de vivir con todos.
Si conviene mutuamente avisar. No es práctico.
Objeciones. Hay reparo ¿Qué dirán los Superiores? Estos pueden decirlo.
Y también los compañeros...
Por ello los ingratos (...?)
¿Qué podría suceder? ¿Que alguno calumniase? Los Superiores no son tan necios.
He pensado muchas veces si andamos equivocados
No se impele,
No bastan las visitas anuales...
Puede temerse de la Obra, pero si se practica eso, no; cada uno será un guardián de la Obra, y de su honra,
Si esto hasta debemos desearlo: que haya cien ojos sobre mí, mejor.
Tal vez alguno dirá algún día que es nimiedad. Os diré con S. Pablo: si yo vi en otros el orden..., si tiene la piel tan fina.
Escritos I, vol. 5.º, doc. 52
1898, 13 y 14 de agosto
Colegio de Valencia.
Parece una introducción al documento Plática 5.º-50.
Valencia, 1898, reunión 13 y 14 Agosto
Mis A. C.: Cada una de estas reuniones señala bendiciones del Señor y por ello en medio de las fatigas de la Obra no puedo menos de pediros todos los años un tributo de gratitud al Corazón de Jesús.
Conocidas os son las gracias que el Señor nos ha hecho en este último año, que no podremos nunca agradecer bastante. Pero sin embargo, en lugar de causarme la fruición, gozo y entusiasmo que experimentaba en los años anteriores, me infunden más bien espanto y temor, y temo por vosotros y por mí.
Por vosotros, o más bien por todos nosotros, primeramente.
La Obra de fomento de vocaciones era un objeto nuestro, pero sólo un objeto, por más que fuese el principal, el que nos ha caracterizado desde el principio y al que nos dedicamos con afecto y con gusto y celo. Este objeto hubiera podido bastar para fin de una Institución y sin embargo para la nuestra no era sino /uno/ de sus objetos, el cual objeto se lo pueden proponer y aun se lo propone, aunque de diferente modo, la misma compañía de Jesús que, anhela contribuir a la formación y santificación del clero.
Mas en nuestras manos ha tomado tal incremento este objeto y con nuestro carácter y nuestros medios, que parece indicar que
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