Escritos del Beato Manuel Domingo y Sol - Predicación Volumen 4
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Escritos del beato
Manuel Domingo y Sol

I - Predicación
Volumen 4.º

* 1-52 : La Virgen María
* 53-113 : Los Santos


ROMA
2007



Notas previas a la nueva transcripción














   Al comienzo de cada uno de los documentos que contiene este volumen se indica:
   - la sección,
   - el n.º del volumen,
   - el n.º del documento,
   - las páginas que comprende cada uno de ellos.
   La utilización de esos cuatro elementos en las citas facilitará al máximo la búsqueda y consulta posterior.
   (Ejemplo = Escritos I, vol. 4, doc. 1, pág. 1).
   ** Siglas utilizadas:
   - el salto de página, concordando con los originales, se señala con <*-*>.
   - entre «[ ]» se indica el texto incorporado, que no está en el original.
   Roma, 25 de enero de 1995

Advertencia a la transcripción primera






   Este 4.º tomo de Predicación comprende 113 sermones, planes o fragmentos sobre la Virgen Santísima y los Santos, de los cuales 52 pertenecen a la primera parte y los demás a la segunda.
   Siendo su disposición tan sencilla que con sólo inspeccionar el índice puede el lector hacerse cargo de lo que contiene, allí le remitimos sin detenerle en esta primera página. Marzo de 1926

Escritos I, vol. 4.º, doc. 1, págs.: 1-15






Sermón de la Concepción
Predicado en el convento de las
monjas de la misma, de Tortosa,
en el año 1864, en su fiesta.
Id, id, añadido 1868. <*2*>



Sermón de la Purísima Concepción



   Venerunt mihi omnia bona pariter cum illa.

   Al dirigirme a vosotros en este día, hermanos míos, al veros hoy reunidos en torno de este altar sagrado, ante esa imagen que hoy tiene la virtud de arrebatar nuestras miradas, me vería oprimido, tan sólo una idea consoladora me anima, un recuerdo grato asalta a mi corazón en este momento.
   ¡Ah¡ sí; hoy es el décimo aniversario de la declaración dogmática de la Inmaculada Concepción de María. Hoy hace diez años que saliendo de Roma una voz augusta, solemne órgano del Espíritu de Dios, se dirigió al mundo, y resonó en el fondo de infinitos corazones, que la estaban anhelando, y conmovió las fibras de todos los espíritus, y llenó el vacío inmenso de los deseos de nuestros...
   Hoy, repito, es el décimo aniversario del grande acontecimiento religioso del siglo décimo nono.
   Ahora bien, pues, hermanos míos; este hecho, este grande acontecimiento, este dogma consolador al mismo tiempo que es para todos un motivo de júbilo y de alegría es para mí un motivo especial, que me alienta a emprender su explanación, que de otra manera me hubiera embarazado. Sí, hermanos míos, la declaración dog- <*3*> mática es un hecho que me alienta a explanar este misterio de la Concepción de María; pues antes, en este día solemne el Predicador sagrado se veía obligado a tratar de él buscando en la Sgda. Escritura y en los Santos Padres argumentos poderosos para probar su verdad; le era indispensable recurrir a las arenas de la Teología Escolástica, y valerse de todos los resortes de la elocuencia, para animar a los fieles en la fe de este misterio; pero hoy, ya no; hoy le basta al Orador sagrado el exponer sencillamente este Dogma, estudiarlo en sí mismo; basta exponer la grandeza de este privilegio y dejar correr la imaginación tranquilamente por este dilatado campo de gloria y de felicidad.
   Es también, he dicho, un motivo especial de consuelo para vosotros; pues aunque es verdad que ante este privilegio de María reinaba ya por el amor en vuestros corazones, también es verdad que, al venir en este día a ofrecerle vuestros obsequios, la ansiedad, la duda, el deseo atormentaba nuestro espíritu y, por consiguiente, necesitábamos tranquilizarnos, reinando este Dogma por la [fe] en nuestro entendimiento.
   Pues bien; hoy tenemos ya llenado este vacío; ahora podemos entregarnos ya sin medida y sin reserva a los trasportes de nuestro corazón; hoy podemos ya abandonarnos al júbilo, batiendo palmas a este triunfo de María.
   ¡Ay! <*4*>
   Yo, pues, hermanos míos, vengo en esta tarde, no a probaros la verdad de este Dogma, no a hacer largas disertaciones sobre él, sino tan sólo a exponerlo sencillamente para mover vuestro espíritu a recoger algunas flores de consuelo entre el brillo de esta festividad.

   Yo vengo, pues, a manifestaros que el privilegio de la Concepción es el que la ha elevado a mayor grandeza y la ha llenado de las gracias más extraordinarias, y que ella debe producir en nosotros sentimientos de gratitud, de consuelo, de esperanza. Necesito para ello los auxilios de la gracia.
   Soberano Señor Sacramentado: la causa de María es vuestra causa; dignaos iluminar mi entendimiento, inflamar mi corazón, purificar mis labios, como purificasteis los del profeta Isaías, para hablar dignamente de la Concepción de María; y Vos, Virgen Santísima, alcanzadme esta gracia, por vuestra poderosa e infalible mediación; pues para obligaros a ello, os saludamos llena de gracia. Ave, María.

Venerunt mihi omnia bona pariter cum illa.



   Ya supongo, hermanos míos, que al entregaros hoy a la contemplación y alegría de este misterio, que la Iglesia celebra en este día, sabréis y conoceréis a fondo en qué consiste el privilegio de la Inmaculada Concepción de María. No creo, sin embargo, ofender vuestra ilustración y vuestra piedad, si me tomo la libertad de recordarlo a vuestra memoria y describirlo, aunque de paso, puesto que su conocimiento es la base para comprender y medir de alguna manera la grandeza de este privilegio.
   Mirad; trasladaos con la imaginación al principio del mundo; dos hermosas criaturas salen de las manos de Dios, puras como la aurora en su nacimiento; colo- <*5*> cadas en un sitio ameno, dueños del universo y de todas las criaturas, sin pena y sin dolor, unido su corazón a Dios, nadan, digámoslo así, en el abismo de las gracias y de la felicidad; Dios había depositado en su alma la azucena de la inocencia, desde el momento de [la] creación, y ellos debían comunicar y traspasar a sus hijos esta hermosa herencia.
   Pero, ¡hay!; bien pronto se cansaron de aquel estado de perfecta felicidad; cediendo a las instancias del enemigo infernal, rompieron el pacto que habían hecho con Dios, traspasando su precepto; y en aquel momento se desplomaron del corazón de Adán todas las virtudes, todas las gracias, todas las perfecciones de su alma y de su cuerpo, quedando hechos objetos de compasión a los Angeles, y de odio a los ojos de Dios. Entonces, hermanos míos, la inocencia, esta blanca azucena, que era la que envolvía y sostenía todas estas gracias amistadas en medio de aquel cataclismo, y no encontrando lugar donde radicarse sobre la tierra, se trasladó al cielo de donde traía su origen.
   Desde entonces los hijos de Adán venían al mundo desposeídos de esta herencia dichosa; el hombre después de haberla perdido, no podía encontrar en todo lo que le rodeaba ni una imagen de ella. Todos, todos, hermanos míos, sin exceptuar ni uno, al pisar los umbrales de la vida, al venir a este mundo, venían grabada en su corazón la negra mancha del pecado original que la serpiente infiltró en el corazón de Eva, privadas de la savia divina, de aquella flor divina, y agotadas sus almas por el maléfico soplo que la serpiente introdujo en el corazón de Eva.
   Triste condición por cierto la de la pobre humanidad. <*6*> Pero, ¡ah! se acercaba, se aproximaba ya el tiempo en que debía darse cumplimiento a aquel oráculo divino que se dejó oír en el mismo Paraíso, a saber: que una hija de Adán había de quebrantar la cerviz del monstruo que originó su caída; el Hijo de Dios, víctima voluntaria por nuestro amor, iba a emprender el viaje del cielo a la tierra, y prevenir el tabernáculo hermoso donde había de descansar. En la humilde ciudad de Nazaret debía acaecer este portento; dos almas justas, de ramas del tronco fértil de Judá vivían en ella: el justo Joaquín y la virtuosa Ana; en el seno de ésta debía disponerse este tabernáculo.

   Pues bien, entonces cuando todo estaba ya preparado (cuando iba Dios a criar el alma de María), cuando esta virgen iba a ser concebida en el seno de Santa Ana, entonces la Stma. Trinidad tomando en sus manos y bajando del cielo el vestido cándido de la inocencia, que había desaparecido del mundo, y acercándose esta inocencia llegó tan a punto -en el alma de María y a cubrir bajo sus alas- a unirse al alma de María, que en el primer instante de su vivir ya se encontró vestida, vivificada con el lirio de la gracia; y al ir la infame serpiente a clavar también su ponzoñoso dardo en el corazón de María retrocedió de espanto, deslumbrada por el brillo del candor de gracia que despedía su alma, y humillada a sus pies tuvo que besar sus plantas y bajar esa cerviz erguida hasta entonces, y que nunca jamás osó levantar contra ella.
   He aquí, hermanos míos, en qué consiste el misterio grande de la Purísima Concepción de María: en la preservación de la culpa original común a toda la humanidad, y, <*7*> por efecto de ella, en la abundancia y colmo de todas las gracias desde el primer momento de su existencia.
   Ahora bien, pues, hermanos míos, ¿quién será capaz ni de bosquejar siquiera esa colosal grandeza que María adquirió en este día? Oh, qué torrentes de bendiciones se agolpan a mi imaginación en este momento. Ay, Madre mía, la lengua de un ángel debía venir aquí, pues mis labios son insuficientes para explicar esta obra de gracia.
   Y en primer lugar, hermanos míos, para comprender y medir de alguna manera con nuestro limitadísimo entendimiento la abundancia de gracias que María recibe en este día debemos considerar, en primer lugar, que por el privilegio de su Inmaculada Concepción, la Virgen Santísima ni un momento ha dejado de estar unida y con lazo íntimo a su Dios; que siempre, todos los días de su vida, desde los albores de su existencia fue agradable a los ojos de su Creador; que ni un instante estuvo su corazón marchitado por el vaho de la culpa; que ni un momento la más ligera sombra eclipsó los brillantes rayos de aquel candor puro, de aquella estola inmaculada que la hace semejante al Cordero.
   Si nosotros, hermanos míos, comprendiéramos lo que es el pecado, si pudiéramos conocer a fondo lo que es estar apartados, aunque no sea más que por la culpa original, entonces podremos comprender de alguna manera este privilegio de la preservación de María. Cuando estemos en el cielo, en el día en que veamos por primera vez la cara de Dios, entonces, en aquel día nos confundiremos, al contemplar lo que es estar manchados, ante aquel centro de grandeza y de amor.
   La Virgen Santísima que conocía muy bien a Dios; ella <*8*> que según la opinión de los Doctores estaba dotada de la luz de la razón y del conocimiento de Dios desde el día de su Concepción, sólo Ella podía apreciar este favor inmenso; sólo su corazón ardiente podía agradecer, como es debido, esta gracia extraordinaria.
   Sí, María lo comprendía muy bien; ella apreciaba este privilegio como el grande de los dones de su Dios; ella comprendía todo el valor de esta joya. Sí, y habréis oído decir otras veces aquel dicho de un Santo Padre de que, si en el día en que la Virgen Santísima fue elegida para Madre de Dios, se la hubiese impuesto por condición el tener que perder este privilegio, hubiese cedido gustosa a cualquier otra la maternidad divina, contenta de vivir para siempre desconocida en su retiro de Nazaret, y olvidada de todos los hombres de todos los siglos, antes que pasar por este trance amargo; antes que perder esta hermosa joya de la inocencia virginal.
   Sí, hermanos míos, la dicha de María, de no haber gustado del cáliz de la culpa, es la que forma sus mayores complacencias.
   En segundo lugar, hermanos míos, podemos meditar la grandeza de María en este misterio bajo la consideración de que él es la base y el fundamento de todas las gracias posteriores. Recorred la cadena de su admirable vida y de sus virtudes; registrad sus grandes acciones y si os sorprende su heroísmo, veréis que todo toma su origen de esa primera gracia del día augusto de su Concepción.
   Si a la edad de tres años la vemos correr presurosa a consagrarse en el templo, víctima de sacrificio, <*9*> es porque ha corrido sin estorbo por los caminos de la gracia desde el día de su animación.
   Si a la edad de diez y seis años ha... a una altura, que llega hasta arrebatar el corazón del mismo Dios para elegirla por Madre y habitación suya, es porque libre de los vientos de las pasiones y del fómite de la concupiscencia, por efecto de su justificación primera, se elevó como vara de incienso hasta el trono de su Dios; si, en fin, sus virtudes, su humildad, su pureza son objeto hasta de la admiración de los Angeles, es porque se levantó como gigante desde la mañana de su vida, para recorrer su camino: exhultavit ut gigas ad currendam viam [(Sal 18, 6)].
   Sí, hermanos míos, María por efecto de su Concepción Inmaculada podía muy bien decir como Salomón, de la Sabiduría: Venerunt mihi omnia bona pariter cum illa. Sí, todos los bienes, todas las gracias me han venido con el don de la Concepción sin mancha.
   ¿No recordáis, hermanos míos, aquella descripción magnífica que S. Juan refiere [?] de una mujer vestida de sol, apoyada sobre la luna y rodeada de estrellas? Pues bien; todos sabéis que la Iglesia lo aplica puntualmente a la Concepción de María.
   ¿No recordáis aquellos títulos con que el Esposo de los Cánticos le llama: hermana, amiga, toda hermosa y sin mancha? Pues todo se refiere a la hermosura del día de su Concepción.
   Sí, repito; todos los títulos, todas las gracias le han venido a María por el privilegio de su Inmaculada Concepción. <*10*>

   Pero aún hay más: hay unas circunstancias en el privilegio de María que hace resaltar todavía más los brillantes colores de este cuadro magnífico: es la circunstancia de ser la única entre los millares hijos de Adán que han existido y existirán para siempre. ¡Qué espectáculo, hermanos míos! Un fuego devorador encendido en el paraíso abrasa toda la raíz de la pobre humanidad: sólo un árbol aparece majestuoso, que no sólo se ve libre de la voracidad de las llamas, sino que se encuentra cargado de flores, y va a producir un fruto que será la salud de las naciones; este árbol es María.
   Un diluvio de pecados sumerge al mundo; nada se escapa a este torrente devastador; sólo un arca se ve a lo lejos flotar tranquila y sosegada en medio de esta inundación general; sí, ya lo sabéis: esta arca es María. Privilegio único e incomprensible. Muchas veces el Dios omnipotente había hecho salir a los muertos del fondo del sepulcro, había detenido el curso de los astros, el furor de las llamas, el poder de los elementos; pero prevenir el contagio de la primera culpa, es favor de un orden tan extraordinario y sublime que no se ha concedido más que una sola vez y a una sola persona; es un privilegio singular de María destinada para ser su madre.
   En fin, hermanos míos, sería interminable y molestaría vuestra atención si me propusiera enumerar todas las gracias y prerrogativas que María adquiere en este misterio y que la elevan a una grandeza sin igual. <*11*>
   Pues qué, el ser constituida María aurora de la gracia ¿de dónde le viene sino desde el día memorable de su Concepción Purísima? Pues qué, el ser apellidada María por el mismo Dios flor del campo y lirio que ameniza el valle de este mundo, el ser llamado lirio entre las espinas del pecado, ¿de dónde sino de la preservación que el mismo Dios hizo de ella? Sí, el Espíritu Santo se complacía ya muchos siglos antes en describir sus perfecciones; si la llamaba huerto cerrado a las asechanzas del enemigo, era dirigiéndose principalmente a la gracia de su Concepción.
   Sí, hermanos míos, el privilegio de María [en] el día de su venida al mundo es el que la ha ennoblecido y llenado de las gracias más extraordinarias.
   Ahora bien, pues, católicos, ¿no es este dogma admirable un motivo de gratitud, de consuelo y de esperanza para nosotros? Sí, el privilegio de la Concepción de María es un motivo de alegría para nuestro corazón. Propio de hijos es el complacerse en el bien y en las cualidades de sus padres. Ya sabéis que el perfecto amor de Dios consiste en amarle por ser quien es, por su grandeza, el complacerse en sus atributos y perfecciones, en abismarse en [el] deseo de su gloria y de su felicidad.
   Pues bien, nosotros que somos hijos de María, que la amamos sinceramente, que nos reunimos hoy para admirarla y contemplarla en este misterio, ¿cómo podremos menos de alegrarnos y de estar profundamente agradecidos a Dios por las gracias de que inundó su alma en el primer instante de su existencia? ¿Quién podrá menos de extasiar su corazón al contemplar el rostro resplandeciente de esta divina niña que hoy tiene <*12*> ya virtud de enamorar al mismo Dios?
   Sí, Madre mía, nos complacemos en vuestra grandeza, y si nos fuese posible, sacrificaríamos gustosos nuestras vidas, si con ello pudiéramos aumentar un grado vuestra hermosura.
   En segundo lugar, hermanos míos, la Concepción de María debe llenarnos de consuelo. Ya lo habéis oído; María ha sido constituida en este día como la aurora que anuncia al mundo el día de la gracia. Hasta entonces el mundo en el orden espiritual yace en la noche de la ignorancia y del pecado; no había ni una flor que no apareciera marchita en el mismo día de su aparición sobre la tierra. Los justos de la antigua Ley veían lejano el día de la reparación universal, y nosotros, hermanos míos, si semejantes a ellos hubiésemos tenido la desgracia de vivir en aquellos tiempos, hubiéramos también visto poseído nuestro corazón del desconsuelo y la amargura.
   Pero la aparición de María en el horizonte de la gracia, es como si dijera: consolaos, justos; ved ya la aurora que viene a anunciar el Sol de justicia; venid y ved esta visión grande, esta misteriosa zarza; venid y ved aquella inocencia primitiva que llorasteis perdida en otro tiempo, restaurada ya hoy sobre la tierra, y por consiguiente, recordaréis para consuelo de vuestro corazón que se ha verificado ya aquel anuncio consolador que resonó en el Paraíso. Sí, repito, la Concepción de María fue el anuncio de consuelo para la humanidad.
   En fin, el misterio que hoy celebramos debe reanimar nuestro espíritu y llenarlo de una santa esperanza.
   De la Concepción Inmaculada de María depende, hermanos míos, no sólo la gloria de Dios, sino también nuestro bien y nuestra <*13*> felicidad. ¡Ay! Hasta ahora no teníamos en la tierra ni una criatura que se atreviera a levantar los ojos al cielo para interesarse en nuestro favor; pero desde este momento tenemos y ya entre nosotros un alma pura, objeto de las complacencias de la adorable Trinidad. Hasta ahora no teníamos ni una Ester agraciada, que pudiera inclinar la vara del Rey del cielo; pero, desde este día, tenemos esta Ester poderosa que, como águila divina, remontará sus miradas hasta el trono del mismo Dios.
   He aquí, hermanos míos, los motivos de alegría, de consuelo y de esperanza que debe... el misterio de la Concepción de María.
   Pero ¡ah!, una idea me ocurre: nosotros tenemos un motivo especial de esperanza. Mirad: al aparecer María en la tierra, el mundo vivía en las sombras del vicio y del pecado, y la aparición de María en su Concepción Inmaculada fue el anuncio de una nueva época, fue el presagio de las gracias abundantes que iban a llover sobre la tierra.
   Pues bien; después de aquel día, después del día de las gracias que llovieron sobre el mundo, por la muerte de Jesucristo, esta verdad venía cubierta tan sólo con el velo de una creencia piadosa; habían pasado 18 siglos, y llegamos al nuestro, al siglo décimo nono, siglo en que, por su amor a los placeres, parece asemejarse a los siglos del paganismo, siglo en que, tantos como entonces, están sentados voluntariamente a las sombras de la muerte; y he aquí que la divina Providencia hace renacer (digámoslo así) la Concepción de María, por medio de la declaración dogmática de este misterio.
   Ahora bien, pues, hermanos míos, ¿creéis acaso que este hecho providencial, el haberse reservado Dios el hacer brillar este Dogma en nuestro siglo, es una mera casualidad? ¡Ah!, <*14*> la declaración dogmática de la Concepción de María es el anuncio también de una época más feliz; es un hecho que debe alimentar la esperanza en nuestro corazón. Un célebre orador ha dicho: si Dios tiene destinado el salvar a la sociedad actual, y librarla del vértigo que la domina, lo hará sin duda por medio de la Purísima Concepción. Sí, no hay duda, la declaración dogmática es el iris de esperanza para el corazón católico.
   Sí, por ello vemos que al corazón de María Inmaculada se dirigen las almas fervorosas; bajo la Concepción de María se levantan tantas asociaciones y cofradías piadosas, para salvar almas a la impureza y al pecado. La Concepción de María es la que hace latir el corazón de tantos hombres, que por medio de la poesía, de la pintura, de la literatura le rinden sus homenajes.
   Sí: quien no
   ¿Quién no recuerda estos monumentos grandiosos levantados a su honor? ¿Quién no recuerda esa colosal estatua de bronce, de más de quinientos palmos, colocada en el monte, como indicando que confiemos el mundo a su amorosa protección?
   ¿Quién no ve con placer esta infinidad de imágenes y pinturas inspiradas por la fe y el entusiasmo, y dedicadas a fomentar la elevación hacia María Inmaculada?
   ¿Quién no sabe estos proyectos de templos, que van a levantarse para honrar la memoria de este misterio de María?
   ¿Quién no ha oído esas poesías, esos cantos salidos de las plumas y del corazón de los mejores literatos del mundo?
   ¿Quién no presencia estas asociaciones marianas, dedicadas a esparcir por medio de libros la gloria de María?
   Sí; las ciencias, las letras y las artes se han puesto en religioso movimiento para honrar el nombre de María Inmaculada.
   ¡Ay!, Madre mía: no dejaréis sin recompensa este tributo que el mundo católico os ofrece; y, por consiguiente, desde hoy seréis ya nuestra única esperanza.
   He aquí, hermanos míos, descrito a grandes rasgos y con bastante imperfección lo que os había indicado en mi principio, esto es: las <*15*> gracias y privilegios que le vinieron a María por medio de su Inmaculada Concepción: Venerunt omnia bona pariter cum illa; y los bienes de alegría, de consuelo y de esperanza que nos han venido por medio de ella.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 2, págs.: 1-4






Sermón de la Concepción.



   Hoy, hijas mías, os habéis reunido en torno del altar de María para felicitarle de nuevo. Hoy habéis venido a renovarle el sacrificio de vuestro corazón, a repetirle vuestras promesas, a reiterarle vuestra fidelidad. Hoy al ofrecerle estos obsequios exteriores habéis acompañado también los afectos de vuestro filial amor a María.
   Bien, hijas mías; María os recompensará estos obsequios; ella derramará las aguas de su gracia sobre vuestros corazones dispuestos; ella escuchará vuestras súplicas.
   En estos días, hijas mías, en que de todas las partes del mundo se elevan cánticos y alabanzas a María, no olvidará las vuestras.
   Ahora bien, hijas mías, esto supuesto, ¿qué necesidad tengo ya de deciros [nada] que podía decir que mueva vuestro corazón si este corazón está enfervorizado ya en amor a María? ¿Qué podré manifestaros que sea nuevo y que halague vuestro corazón?
   Sin embargo, hijas mías, esta misma disposición hace que se aumente el deseo de oír las alabanzas de María, de reflexionar sobre los motivos de confianza que deben animarnos, de escuchar los medios que debéis practicar para poderla obsequiar y servirla mejor; yo pues, hijas mías, vengo a recor- <*2*> daros estos medios, a explanaros estos motivos.
   Nada nuevo os diré, hijas mías; todo lo sabéis ya, todo lo habéis oído, y ¡ay! de labios más autorizados que los míos; sin embargo, hijas mías, que mi objeto no es otro que el satisfacer los deseos de vuestro ferviente corazón, entreteniendo vuestra atención por [unos] momentos.
   Yo vengo, pues, a indicaros que la grandeza de María, en el día de su Inmaculada Concepción, debe ser motivo para amarla y para practicar lo que ésta inspirará a vuestro corazón.
   Recordaré... Ave María.

   Al querer hablar de María, en el Misterio de su Concepción, la abundancia de ideas que se agolpan a mi imaginación me confunde, y su grandeza me abate. ¡Ay!, ni la lengua de un ángel sería bastante a explanarla debidamente.
   Si Dios al criar todas las cosas [aprueba] cada una de ellas, es porque eran una imagen de la criatura principal que tenía en su mente. Si al criar el sol, la luna, las estrellas, aprueba su hermosura, es porque han de servir para trono de María, para escabel de María. Si al desplegar... sobre esa tapizada alfombra de flores, ve que son buenas, es porque le servirán para indicar la pureza, la hermosura, las propiedades de María
   Si, en fin, al concluir todas las cosas las aprobó diciendo que eran buenas, fue porque veía a lo lejos a aquella que debía ser el compendio de todas éstas. <*3*>
   Pero, entre [los] bienes que engrandecen a María en su Concepción, hay algunos que nos lo hacen ver más claramente. Y, en primer lugar, el ser libre de pecado, etc.
   En segundo lugar, porque es la base de los demás dogmas.
   Tercero: el ser la única.
   Pero no basta admirar a María; es preciso practicar lo que nos dice en este misterio.
   En primer lugar debe llenarnos de entusiasmo.
   En segundo lugar, debe inducirnos al amor de la pureza. ¡Ay, hijas mías, ¡qué asunto éste para llenar nuestra atención!
   No, hijas mías, no me extenderé mucho en esta materia; sólo, sí, os diré que la Virgen Santísima ha querido ser proclamada pura e inmaculada cabalmente en el siglo de la impureza.
   ¿Y sabéis por qué? La Santísima Virgen ha querido enarbolar la bandera de la pureza, ha querido hacer un llamamiento al mundo para sacarle de este estado, ha querido hacer un alistamiento de almas puras que le recompensen de los corazones impuros.
   De todas las partes del mundo se ha respondido a este llamamiento, se han levantado asociaciones para honrarla, para seguirla, para recompensarla, para hacerse víctimas por los que le niegan a Dios el derecho sobre su corazón y su cuerpo.

   Vosotras, hijas mías, a quienes la Virgen Santísima ha tocado el corazón, a quienes ha infundido devoción, [a] nosotros también nos toca corresponder a este llamamiento, nos toca también alistarnos bajo estas banderas de María y en cualquier estado que el Señor nos coloque sea nuestro distintivo honrar a María. <*4*>
   Otra de las ideas que nos sugiere este misterio es la fidelidad y correspondencia a la gracia.
   Ay, hijas mías, si la Virgen Santísima llegó a tan alto grado fue porque correspondió a la gracia del día de su Concepción, y nunca ni un momento dejó de responder a los llamamientos de Dios, a las inspiraciones de esta gracia.
   Pues bien; el Señor también nos envía a nosotros su gracia, a cada uno su medida; lo que conviene es que cada uno procuremos trabajar para hacer fructificar esta gracia y ser generosos con Dios y con María sacrificándoles todos los afectos que puedan oponerse a esta correspondencia de la gracia.
   Y estad seguros.
   Aún más; si fuéramos fieles a María y a la gracia de Dios, no sólo cumpliríamos con el deber de hijos de María, sino que esta generosa madre sería fiel con nosotros, derramaría sus gracias y seríamos felices y contentos.
   Sucede muchas veces que nos encontramos tristes, mal contento en nuestro estado, no encontramos en la virtud aquella alegría que experimentaban las almas justas, a pesar de que nos parece que amamos a Dios no nos tenemos por felices del todo; pues esto es porque no somos generosos con Dios; porque llevamos nuestro corazón pegado a las cosas de la tierra; que si fuéramos puros y generosos como
   En fin, hijas mías
   Voy a referiros un ejemplo

   Pues bien, hijas mías, si queréis tener consuelo, vivir contentas, queréis que María derrame sus bendiciones sobre vosotras, pues sed generosas con ella; dedicaos a su culto y a su amor; prometedle fidelidad y procurad corresponder a los llamamientos.
   En este día, pues, de tanto júbilo para vosotras y para la Iglesia toda, repetidle vuestros propósitos
   Pedid

Escritos I, vol. 4.º, doc. 3, págs.: 1-2






De la Concepción de la Stma. Virgen



   Siendo hoy la domínica 2.ª de Adviento, debía naturalmente tratar del pasaje del Evangelio en que Jesucristo nos habla...
   Pero hoy es al mismo tiempo la gran fiesta de los españoles, es decir, la fiesta o el recuerdo, o la memoria de la Concepción Inmaculada de la Madre de Dios; de aquí es [que], en atención a esta festividad, debemos dedicarnos a saber en qué consiste este misterio, y el motivo grande de alegría que para María, y para nosotros ya como cristianos, ya como españoles
   Ya sabéis, mis queridos hermanos, que Dios nuestro Señor crió a nuestros padres primeros en todas las cualidades...
   Pero esta dicha se la dio condicional,... y de aquí que todos, todos,... La Virgen Santísima por consiguiente debía experimentar esta desdicha y detrimento; ella estaba destinada, como todos, a ser presa de la cadena del pecado original; ella debía también pagar este infame tributo; pero Dios nuestro Señor en el acto de ser concebida, en el acto de recibir vida, en virtud de los méritos de Jesucristo que había de ser Hijo suyo, le dispensó de este tributo; y de aquí que en el acto mismo de recibir vida, ya estuvo llena de gracia.
   ¡Oh, qué dicha tan grande! Mientras los demás hijos de Adán venimos a este mundo... con la lepra del pecado, mientras los demás hijos de Adán venimos a este mundo llenos de miseria, consecuencia del pecado, objeto de odio delante de [Dios], la Santísima Virgen viose libre de todas estas miserias; ya en aquel momento es objeto del amor de Dios, ya en aquel momento Dios se complace en Ella más que con los Angeles del cielo.
   He aquí, pues, en qué consiste el misterio de la Concepción. ¿Y cómo podía menos de ser así, mis queridos hermanos? Aquella que debía ser... ¿cómo podía menos de ser así la que debía quebrantar la cabeza, la que debía dar la vida a la humanidad? ¿cómo debía estar un momento en la muerte del pecado?
   De aquí es, hermanos, que aunque no era de fe, aunque no era una cosa cierta la verdad de este misterio, sin embargo los fieles siempre lo habían creído; principalmente los españoles ya desde la más remota antigüedad celebraban esta fiesta de la Concepción, de tal modo que el Rey N. la declaró Patrona principal de España y de sus Indias, y en las Universidades y en los Colegios cuando... se obligaban con juramento a recibir la verdad de este misterio... <*2*>
   Pero ahora, ya no es objeto de dudas ni disputa, pues el año 54, el actual Pío IX... dando de este modo un nuevo lustre a la dignidad de la incomparable Madre de Dios, ensalzaba de este modo una de las prerrogativas más grandes de la Madre de Dios.
   Porque si bien se examina, queridos hermanos míos, este privilegio de la Concepción, este privilegio de haber sido preservada de la culpa original, es una de las grandezas de la Madre de Dios mayores. Porque, ¿qué grandeza mayor que la de poder decir que no ha estado ni un momento empañada su alma con la más leve culpa, y el ser un privilegio no concedido a otra pura criatura? Tan grande es esta dignidad que un Padre de la Iglesia,...
   ¿Qué motivo, pues, tan grande de honor y de alegría y de gloria es para María este don incomparable?
   ¿Y qué motivo también tan grande de alegría para nosotros, ya como cristianos, ya como españoles? Como cristianos, porque por medio de la Concepción, nuestra naturaleza se eleva a una dignidad sublime. Nuestra naturaleza hasta entonces se hallaba humillada, se hallaba... Pero con la Concepción de María se eleva, digámoslo así, a la primera dignidad. Porque así, como si a uno de nuestra familia fuera elevado...
   Y como españoles, por haber sido los primeros en defender este misterio, y la...
   De consiguiente, hermanos míos, los españoles somos los primeros para el corazón amante de María Santísima de la Concepción. Los españoles somos los primeros,... y, por consiguiente, también debemos ser los primeros en obsequiar a esta divina Madre...
   Hoy, pues, queridos hermanos míos, que la Santa Iglesia celebra el recuerdo de este gran misterio, hoy que en todas las Iglesias de la Cristiandad, y principalmente en las de España, resuenan los himnos y cánticos de alabanza a esta Reina del Universo, debemos también unir nuestras voces para elevarlas hasta el trono de María. Y Ella que es la Madre especial de los españoles oirá con placer nuestras súplicas y nuestros deseos. Ella, como a Madre que es de la gracia, la alcanzará copiosa del Señor para nosotros; Ella, como Madre Purísima, nos obtendrá pureza para nuestras almas; Ella, como torre de David inexpugnable, nos dará armas y fuerzas para combatir a nuestros enemigos; como arca que es de la alianza nueva, nos librará de las olas del mar impetuoso de esta vida; como estrella de la mañana, nos abrirá las puertas de la esperanza en medio de las tribulaciones y contrariedades de esta vida de angustias; Ella, en fin, como Madre de la misericordia, nos la alcanzará copiosa en la vida y en la muerte.
   Hoy, pues, que es día de bendición para María, y que está pronta a derramarla sobre todos, pidamos la derrame sobre el actual Pontífice y santo Padre Pío IX, para que le dé acierto, luz y valor, y constancia para dirigir con acierto la nave de la Iglesia en las circunstancias críticas, y en los peligros de estos tiempos desgraciados que atravesamos; pidamos también a la Madre de Dios que derrame su bendición sobre la pobrecita España, que conserve en ella el espíritu de la fe, la unidad católica, la devoción a su Concepción Inmaculada, y que abra los ojos de los hijos que voluntariamente viven ciegos en el error, que mantenga...

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   Dos mil años hace que no ha cesado el universo de pregonar las grandezas de María. Su memoria siempre viva en el agradecimiento y en el amor de los hijos de la gracia no se debilitará jamás; y cuando hayan transcurrido los siglos, el nombre de nuestra divina Madre vivirá todavía más plenamente en el reino de la eternidad inmutable y permanente.
   Pero no creáis, católicos, que el amor, el entusiasmo, el culto para con la Virgen Santísima abraza solamente los tiempos transcurridos desde su paso por este mundo, al que salvó dándonos al hombre Dios; pues podemos afirmar, sin temor, que los justos de la ley natural y los de la ley escrita mitigaban su destierro fijando sus proféticas miradas sobre el destino, sobre las cualidades y grandeza de la Madre del Mesías, que llenaba aquellos siglos de promesa y de esperanza, así como es la gloria de los siglos cristianos.
   Bastaríanos abrir cualquiera de las páginas de la Sagrada Escritura para apreciar esta verdad.
   El anuncio consolador que resonó en el paraíso, el arca dorada de la alianza, los cantares más hermosos de Salomón, las admirables profecías de Isaías forman una cadena admirable de prerrogativas, donde se reflejan la fe, <*2*> la esperanza, el entusiasmo para con aquella que debía ser su corredentora.
   Pero ¡ah! que todas estas prerrogativas, todas estas cualidades, toda esta grandeza no la veían sino a través de un lejano porvenir, no se les presentaba sino entre las sombras misteriosas, cuya realidad no podían apreciar debidamente. Nosotros, hermanos míos, que hemos nacido en los días de la gracia, nosotros que hemos asistido al cumplimiento de aquellos anuncios, nosotros que por medio de la clara voz de la Iglesia católica sabemos detalladamente y con toda claridad consoladora la extensión de estas prerrogativas, podemos explayar nuestro corazón mejor que aquellos justos de los tiempos del Antiguo Testamento.
   Nosotros, sobre todo, que en este siglo hemos visto satisfecho el anhelo general de los siglos anteriores; nosotros que hemos visto colocar en la corona de María, por medio del oráculo infalible, su más bello florón, la perla más brillante de la fe, del misterio de su Concepción sin mancha de esta criatura privilegiada, que forma el principio y el remate de su grandeza, podemos con más motivo abismarnos ante su gloria y llenar nuestro corazón de amor y de entusiasmo.
   Sí, la Concepción Inmaculada de María es la mayor de sus grandezas y la base de todas ellas; y la realización de esta grande obra del Altísimo nos debe impulsar al entusiasmo de nuestro corazón batiendo palmas al triunfo de María, del más bello de sus misterios.
   Yo vengo, pues
   Y ya que somos tan felices de podernos reunir todos ante su trono; ya que los hijos del siglo se reúnen para correr tras sus disipaciones; ya que miles de corazones viven olvidados de María, recompensémosla nosotros de esta frialdad entregándonos a la devoción... <*3*>
   Ya supongo...
   El estado actual en que nace el hombre... B. 70
   ¡Qué triste condición para la pobre humanidad!
   Desde el día [en que] venimos a este mundo, como hijos de un padre prevaricador, llevamos en nuestra alma la mancha de aquel pecado, como que teníamos vinculados en él nuestras promesas y nuestra desheredación.
   Pero en el mismo momento en que caímos en aquel abismo, Dios nos indicaba una Libertadora que debía pisar la cabeza de la causadora de aquella caída fatal. No teníamos... B. 70
   Por ello cuando se aproximaba el tiempo en que debía darse cumplimiento... la Santísima Trinidad tomando en sus manos...
   Santificando con ello su cuerpo, anegando su alma en el piélago de la inocencia, y desde entonces se muestra delante de su Dios como la aurora naciente que anuncia un día claro y sereno, etc. Veni, tota pulchra es; "ven, la dice, este Señor adorable, tu belleza es sin igual" [(Cant 4, 7-8)]. Sí, hermanos míos, desde este instante María es la más hermosa de todas las criaturas; la obra más acabada que ha salido de las manos de Dios; más dichosa que Jeremías; no ha sido solamente arrebatada de entre los dientes de la antigua serpiente, sino que triunfó de los esfuerzos de su furor y magulló su cabeza. Dios se complació, en aquel instante, en aquella imagen que reflejaba su grandeza.
   He aquí, hermanos míos, en que consiste... <*4*>
   Ella es la que hace latir de ternura las almas fervorosas.
   Sí; y ha sido de consuelo para España
   Una idea me ocurre, hermanos míos, el misterio de la Concepción es y ha sido un motivo de consuelo para la humanidad. Pero, ¿cuánto se aprecia?
   ¡Cuánto olvido! Los unos
   Pero una cosa me consuela. Que en medio del mal vemos animado el fuego del amor hacia María.
   Y se han levantado [?] etc.
   Pero no basta, no; es preciso que cada uno cooperemos a este culto de María; es preciso que la hagamos con constancia; es preciso que activemos esta devoción y la propaguemos hasta aquellos como los que tenemos alguna influencia.
   Porque debéis saber, que si el mundo debe salvarse, ha de ser tan sólo por María.
   Hoy más que nunca, pues, <*5*>
   Ella ha sido y es la esperanza de todos los siglos.
   Ella debe ser también hoy nuestra esperanza.
   Ella fue el consuelo de muchos.
   Ella ha sido la esperanza de nuestra España.
   Hoy debe ser también nuestro consuelo y esperanza. Hoy, hermanos míos, en que la tribulación nos amarga; hoy que la impiedad erguida levanta su cabeza; hoy que vemos humillada y calumniada a la Esposa del Cordero y en la patria de María, debemos más que nunca reanimar nuestra confianza para con ella.
   Mirad; hace unos años que la herejía asomaba la cabeza para introducirse en nuestra [España] y rasgar nuestra, hasta entonces, unidad religiosa; era cabalmente cuando acababa de proclamarse el Dogma de la Inmaculada Concepción. Y el pueblo español enardecido ante esa nueva gloria de la que había sido siempre su Patrona, se levantó como un solo hombre para celebrar aquel acontecimiento; y miles de voces se elevaron hasta el trono de María y se le levantaron altares; y se multiplicaron las asociaciones, y el amor y el entusiasmo para con María formaba un concierto armonioso cuyo eco resonaba en los confines de España. Y Dios como queriendo recompensar este tributo dirigido a María hizo desaparecer la tempestad que nos amenazaba.
   Hoy que esta tempestad aparece otra vez en el horizonte acudamos a María que ella es nuestra única esperanza.
   No sea hoy, hermanos míos, todo un entusiasmo pasajero; no sea todo una alegría estéril y sin provecho.
   Procuremos, sí, una devoción cordial para con María; cooperemos a la honra de su culto y de su honor; obsequiémosla con constancia; activemos su devoción y propaguémosla a todos aquellos con los que podamos tener alguna influencia.
   Pero, sobre todo, procuremos obse- <*6*> quiarla purificando nuestros corazones, ofreciendo triunfos de pureza, arrancando hasta...
   Y haciéndolo, no temamos: nuestra causa es la causa de María; y la causa de María es triunfo asegurado.
   Y vosotros, [?]: La Madre Purísima es vuestra madre; ella es, sí, vuestro único consuelo; sea ella también vuestra única esperanza; y de día y por la noche sea
   Y cualquiera que sea vuestra situación; aunque como los hijos de Israel durante los días de la tribulación de Babilonia, las lamentaciones sean vuestro pan de cada día, cualquiera que sean los designios de la providencia, sea María el descanso de vuestras fatigas, el bálsamo de vuestro corazón, la guía de vuestros pasos, el norte de vuestra esperanza. No temáis; ella será vuestro escudo en la vida y en la muerte, en la alegría y en la tribulación.
   Y vos, oh purísima María, recibid mil parabienes.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 5, págs.: 1-2






   La Concepción de María es la que hace latir de entusiasmo el corazón de tantos hombres que le dedican sus homenajes por medio de la literatura, de la poesía, de la pintura.
   Sí, en fin, la declaración dogmática de la Inmaculada Concepción es el iris de esperanza para el corazón del católico.
   He aquí, hermanos míos, aunque a grandes rasgos las grandezas, gracias y privilegios que le vinieron a María por medio de su Inmaculada Concepción. Venerunt mihi bona,...
   Y los bienes de consuelo, de gratitud y de esperanza que nos han venido a nosotros por medio de Ella.
   Pero, ay, hermanos míos, en medio de esta aclamación universal de alegría y de entusiasmo que hoy resuena por todas partes, una idea triste me ocurre.
   ¿Quién no recuerda estos monumentos grandiosos levantados a su honor? ¿Quién no recuerda esta colosal estatua de bronce de más de quinientos palmos colocada en el monte como indicando que ponemos al mundo bajo su protección amorosa?
   ¿Quién no ve con placer esta infinidad de imágenes y de cuadros inspirados por la fe y el entusiasmo y dedicados a esparcir la gloria de María Inmaculada?
   ¿Quién no sabe estos proyectos de templos que van a levantarse para honrar la memoria de este misterio de María?
   ¿Quién no ha oído esos cánticos magníficos, salidos de la pluma y del corazón de los mejores literatos del mundo?
   ¿Quién no sabe estas asociaciones marianas, destinadas a fomentar por medio de la libre circulación de libros la devoción a María?
   Sí, las ciencias, las letras y las artes se han puesto en religioso movimiento para honrar el nombre de María Inmaculada.
   Ay, Madre mía, no, no nos dejéis sin recompensa este tributo que el mundo católico os ofrece, y no nos llenéis de muerte y confusión.
   He aquí, pues, hermanos míos, descrito con brevedad y con mucha imperfección las gracias que María recibe en el día de su Concepción <*2*> y los motivos de gratitud, de consuelo y de esperanza que debe producir este misterio.
   Justo es, pues, que demos rienda suelta a los transportes de nuestro corazón, justo es que uniendo nuestras voces a las que en este momento resuenan por todo el orbe, llenemos nuestro de fe y de alegría.
   Pero ¡ah! que no sea todo un entusiasmo pasajero; no sea todo una alegría estéril, vana y sin provecho; justo es también que grabemos en nuestro corazón algunas de las ideas que este misterio nos inspira; justo que al considerar la pureza y perfume de María en este día, procuremos purificar nuestras almas, apartarlas de la muerte del pecado y acercarnos cuanto nos sea posible a este modelo de santidad y de perfección; justo es que procuremos guardarnos y arrojar de nosotros y de cuanto nos rodee el peligro de la impureza, de esta impureza que parece sumergir al mundo y sobre todo, hermanos míos, nosotros, si es que María tenga destinado el purificar al mundo, contribuyamos con nuestra disposición.
   Justo es que no nos avergoncemos de poner en nuestra conversación, en nuestra salud, en todo
   Así, y sólo así, es como nos será fructuosa la festividad y la idea de la Concepción de María.
   Entretanto, hermanos míos, unido nuestro corazón y nosotros a este cántico armonioso que resuena por todas partes, a la de tantas almas que en este día envían sus parabienes y felicitaciones a María.
   Recibid, pues, mil parabienes, oh Purísima María; mostrad que sois nuestra Madre; hoy, Madre mía, una aclamación resuena en este momento por todas partes; millones de corazones de la Iglesia militante, de nuestra católica España, del mundo entero se están elevando ahora en este mismo momento hacia vuestro trono; la Iglesia purgante os dirige también sus alabanzas y ansía de ver cuanto antes vuestra cara; pero sobre todo, la Jerusalén del cielo entre transportes de gozo está entonando en estos instantes un cántico sublime a vuestra Concepción sin mancha: cántico más armonioso que aquel que arrebató al profeta Isaías; pues bien, Madre mía, en medio de este cántico universal no dejéis sin embargo de percibir nuestras voces débiles y [?]; unidlas, Madre mía, a las de todas esas almas puras y derramad por ellas gracias abundantes sobre la tierra.
   Y, en primer lugar, derramadlas sobre la Iglesia Católica y sobre el anciano Jefe, el inmortal Pío IX que tan hermoso florón ha colocado sobre vuestra frente; derramadlas también sobre nuestra predilecta España que tan entusiasta recibió el dogma de vuestra Concepción sin mancha.
   Derramadlas también sobre esta venerable comunidad de hijas vuestras que están todas bajo vuestra bendición, se dedican en constancia a vuestro culto y a copiar en su corazón cuanto les es posible vuestra pureza y perfección; poned dentro
   Cobijad bajo vuestro manto a cuantos hoy nos hemos reunido para tributaros nuestra felicitación; escuchad bajo vuestro manto, haced que salgamos de este mundo con la

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   Sí; la Virgen Santísima que conocía todo el valor de esta joya, ella que estaba dotada de la luz de la razón por efecto de esta concepción milagrosa; sólo ella podía apreciar este favor inmenso; sólo su corazón ardiente podía agradecer como es debido esta gracia extraordinaria.
   Sí, no lo dudemos; en los inefables arrebatos con que la animaba el Espíritu Santo, exclamaría: Dios mío, mi libertador y mi padre, vos me habéis salvado del más grande de los infortunios. Gracias a vuestra generosidad que se ha complacido en derramar con profusión sobre esta humilde sierva vuestros dones y bendiciones más preciosas. Cuán dulce, cuán amable me debe ser esta singular ventaja. Qué de atractivos, qué de hechizos tiene para mi corazón. Ni un momento me he visto en la desgracia de mi Dios. No; todas las delicias, todos los encantos, todas las satisfacciones nada tienen comparable con la sublime alegría que experimenta mi alma en este momento.
   Sí, hermanos míos, María llena de gracia y de santidad en su concepción sin mancha, unida ya íntimamente con su Dios en un tiempo en que todos somos esclavos del enemigo, adora rendida irradiando de amor, la mano bondadosa que la preservara del contagio del pecado. La dicha de María de no haber gustado el cáliz de la culpa es la que forma sus mayores complacencias. <*2*>

* * *


   Nosotros en particular, los que hemos tenido la fortuna de ser contados como hijos de la noble nación española, de esta nación patrimonio especial de María. Ella fue la primera que [en] el siglo V ya empezó a darla culto en este misterio, antes que ninguna otra Iglesia del mundo, y en los diferentes Concilios que se han celebrado en ella, fue aclarándose y propagándose esta creencia hasta que en tiempos de Carlos III a propuesta, fue declarada por el Sumo Pontífice: Patrona universal de España y de sus Indias. Por ello cuando, después de la declaración dogmática, se quiso levantar un monumento en Roma a la memoria de este hecho, Pío IX mandó que se hiciera en la plaza de España, y allí está aquel hermoso obelisco de piedras hermosas y variadas y la Virgen Inmaculada, teniendo por pedestal los cuatro profetas que la anunciaron, está allí de pie elevando al cielo sus ojos y sus manos suplicantes de cara al Vaticano.
   Pero sobre todo es un hecho de gloria, de amor y de gratitud para vosotras, hijas de la religión franciscana. La devoción hacia ella ha sido como el emblema de esta religión. Desde que el renombrado y sutil franciscano Dr. Escoto la defendió en el siglo XIII, entre 300 doctores, sus hijos sucesores, han sido continuadores de la defensa de este dogma, y a esta religión le ha tocado sin duda la parte más gloriosa de este acontecimiento.

   Amor, pues, y gratitud nos debe causar este recuerdo.

* * *



   ¿De qué os hablaré yo en este día? Hermanos míos, es verdad que estamos en el segundo domingo de Adviento. Pero sí, ah, este año se lo absorbe todo una circunstancia especial. Sí, nuestra mente y nuestro corazón está ocupado todo el día en otro objeto que el de la domínica. ¿Cómo desviarlo de él, si es tan grato al corazón este objeto? La misma santa Iglesia le cede el lugar, despojándose de sus vestiduras tristes en este día para adornarse con el ropaje de la alegría, dándolo todo al sublime misterio de la Concepción de María Inmaculada. No me atrevo, pues, a separarme de esta ruta que ella misma nos señala, ya que la circunstancia nos lo hace caer en este día. ¿Y qué os diré yo, hermanos míos, de este misterio? Ah, antes de dirigirme vosotros

Escritos I, vol. 4.º, doc. 7, págs.: 1-3






   ¡Pobres almas justas de la antigua Ley! A pesar de la santidad de que estaban adornadas, a pesar de sus grandes y continuas meditaciones, sólo podían disfrutar de lejos, y en figuras las consolaciones de los misterios de la gracia.
   Al Patriarca y pacientísimo Jacob le señalaba [la] estrella que debía producir al varón de Israel, y él la rumiaba y se solazaba, y la enseñaba a sus hijos como señal de esperanza.
   A David le abría más su imaginación, cuando entusiasta escribía: Omnis gloria. Audi filia et inclina aurem tuam. Vultum [tuum] deprecabuntur. Populi confitebuntur tibi [(Sal 44, 11.13-14.18)].
   A Salomón se le hacía aparecer ya como árbol nuevo, frondoso, cargado de frutos, ya como lirio entre las espinas del pecado. <*2*>
   Y al profeta Isaías, a este profeta de la Virgen, le enseñaba la perspectiva de este día, aurora de la gracia, y exclamaba: Egredietur virga de radice [Jesse (Is 11, 1)].

* * *



   ¡Pobrecitas almas, repito, que sólo podían saborear de lejos las sombras de este día, y con todo, con qué entusiasmo lo celebraban! Nosotros que hemos [podido] presenciarlo, y que se nos puede decir: Multi reges [(Lc 10, 24)].
   Nosotros del siglo XIX.
   Vosotras en particular, llamadas y escogidas por Dios desde toda la eternidad para honrar este lirio de los valles, en este huerto cerrado de la religión; vosotras debéis entonar este cántico de gratitud y de alabanza.
   ¿Y qué le ofrecemos? Ah, ya que ella nos ha traído el fruto, y es lo más grato <*3*> que podremos ofrecerle, ofrezcámosle al Padre Eterno por manos de su Madre; y ofrezcámosle porque nos la ha dado por Madre, por las gracias que la ha concedido, y sobre todo por que nos ha hecho a nosotros participantes de la gloria de esta Madre Inmaculada. Y prometámosle corresponder a esta gracia, y seguir las pisadas de esta Reina y Madre, y honrar su vestido y su librea con vuestras virtudes y vuestro recogimiento.
   Y pidámosle que haga extensiva esta gloria y este consuelo nuestro a tantas almas.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 8, págs.: 1-2






   El Profeta de Patmos.
   ¡Qué alegría!
   Si sería esta mansión.
   Esta visión era deseada de los antiguos.
   Pues esta visión la prueban las almas fieles.
   Y al despertar de esta mañana.
   Y nosotros podemos disfrutar, sobre todo como españoles.
   Bendito sea Dios, que otra vez nos permite celebrar esta festividad, y con ella las gracias que la acompañan.
   Pero <*2*> añade: amicta sole. Sol de la gracia. Sol del Verbo [(Ap 12, 1)].
   Y Santo Tomás de Villanueva exclama: Et vestis eum, et vestiris ab eo; y le viste, dándole la humanidad, y le viste no para ti, sino para nosotros. De modo que en el misterio de la Concepción es el augurio de nuestra participación, porque la carne de Cristo es la carne de María. Bellurie.
   Sub umbra illius [(Cant 2, 3)].

Escritos I, vol. 4.º, doc. 9, págs.: 1-2






   Tota Pulchra es. Sicut lilium [(Cant 4, 7; 2, 2)].

   ¡Qué noche tenebrosa!
   Yo veo a Adán.
   Yo veo a Jacob bendecir a sus hijos: ¡Oh, vosotros!
   Yo veo a Judit.
   Al fin, vino un día que apareció esta Aurora.
   Y hoy celebramos este acontecimiento; y un grito universal resuena, y las almas amantes al despertar de esta mañana...
   Mientras cuántas salen...
   Y su influencia irradia todavía sobre los corazones creyentes, y llega hasta los pecadores, y se siente un placer como si aquella se difundiera como el sol sobre todos.
   Felices nosotros...

* * *



   Dios plantó un árbol de vida que le daba al hombre salud, dicha y felicidad, símbolo del amor de Dios.
   Mas apenas hubo probado aquel bocado del árbol del bien y del mal, Dios no sólo le arrojó, sino que, ne forte sumat... [(Gn 3, 22)].
   Desde entonces, la pobre humanidad iba en busca de la felicidad, más ¡ay!
   De aquí que los pobrecitos justos... <*2*>
   El pobre Adán.
   Nube.
   Y aparece esta Aurora divina...
   Y que ha de ser luego el árbol...
   Qué espectáculo presentaba la tierra desde el día del primer pecado...
   Un valle...
   Non est usque ad unum [(Sal 31, 1; Rom 3, 12)].
   No producía sino espinas. No había una flor.
   ¡Ah! Su corazón no podía descansar...
   Y por eso quiso plantar una flor... Y exaltavi...
   Y éste es el día...
   Felices nosotros. No es extraño que todo el mundo exclame:

Escritos I, vol. 4.º, doc. 10, págs.: 1-2






   Exordio: Siendo ya dogma de la Iglesia desde... es un motivo de desemberazo para un... pues antes necesitaba el predicador eclesiástico extenderse en razones para apoyar este misterio.
   Pero ahora, no.
   Es un motivo de consuelo para los fieles porque aunque reinaba por acción, faltaba llenar este vacío.
   Hoy ya está declarada. Y cómo podrá menos de ser así. La barca no era,...
   Ahora bien, el misterio de la Inmaculada Concepción de María es la prerrogativa más grande para María y un motivo de consuelo para nosotros. Ave María.

   Probo: Ante todo, explanemos este Misterio: Grandeza de María Santísima. 1.º. Porque la libra hasta [de la] sombra de pecado. Reina de los Angeles le competía. ¡Ay!, si nosotros tuviéramos idea del pecado entonces comprenderíamos esta gracia.
   2.º. Por las gracias que le siguen: porque desde aquel momento es acepta a los ojos de Dios; porque esto le atrae el colmo de la gracia que se aumentará de un modo prodigioso.
   3.º. Porque viene a ser la aurora del día de la gracia.
   ¡Qué motivo de alegría para nosotros! 1.º. Porque es el anuncio de una nueva era.
   2.º. Porque tenemos una criatura que oponer a los ojos de Dios para <*2*> evitar su justicia y sus castigos.
   3.º. Porque es nuestra Madre y debemos complacernos en sus perfecciones.
   4.º. Porque es una señal de otra nueva era.
   Pero ¡ay!, una idea triste me ocurre, hermanos míos, la Virgen pura, y nosotros tan poco castos!
   María correspondiendo a la gracia, y nosotros tan rebeldes!

* * *



   Espíritu interior, ¿qué es?
   Necesidad que tenemos de procurarlo:
   1.º. Dios lo manda: Abrahán; llamamiento que la esposa daba.
   Es sublime y consolador: 1.º. Porque se hace todo con gusto.
   2.º. Porque se vive con tranquilidad de conciencia; por...
   Señales del espíritu interior: Que estamos muertos y crucificados al mundo; que lo hacemos todo con pureza de intención.
   Medios de adquirirlo: Hacerlo todo bien, y porque Dios lo quiere.
   Meditar mucho y con constancia los beneficios de Dios: su nacimiento, su venida al mundo; su amor a Jesucristo.
   ¿Recordamos muchas veces que soy religiosa?
   Hacer la comunión espiritual.
   Hacer jaculatorias.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 11, pág.: 1






   Bendito seáis, Jesús mío. En medio de la soledad en que os dejan tantos corazones ingratos, todavía hay corazones que os aman, que piensan en Vos. En medio de las injurias que sentís recibir no os faltarán reparadores que os compadezcan, en medio del frío de la indiferencia, aún tendréis
   Y estos corazones vendrán todos los meses, acudirán a ofreceros el tributo de su amor y reparación.
   Oh bendita seáis María Inmaculada. Bajo tu azulado manto crecerá la juventud, y al calor de tu seno crecerá vigorosa y producirá frutos de salud y bendición, que presentaremos al Corazón de Jesús.
   Gracias también a Vos, ¡oh Luis santo!, que
   De qué os hablaré. Puesto que es la fiesta por la Inmaculada.
   ¿Y bajo qué concepto? Ella es Madre apreciada
   Hoy, sobre todo, que el fruto de este [?] sea el de obsequiar siempre al Corazón de Jesús y a María.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 12, págs.: 1-3






La Anunciación



   El misterio de este día. Había llegado el tiempo
   La Virgen Santísima desde el templo a Nazaret
   Ella sabía que estaba cercano el día; y pedía, cuando he aquí que la noche pasada,
   Ave, gratia plena... Tímidos. No temáis. Quomodo fiet. Ecce ancilla [(Lc 1, 26.38)].
   Prudencia de la Virgen. Aunque estaba acostumbrada a hablar con los Angeles.
   Honor [a] la virginidad.
   Humildad. Ella deseaba ser criada.
   Sacrificio. Sabía lo que había de sobrevivir.
   Ahora bien... No la humilde de corazón, sino la generosidad.
   No ser piadosos a medias.
   La religión a medias

* * *



   Parecía que establecida la libertad de cultos, etc.
   Pues no; ¿en qué consiste? En que se les [?] serlo a medias. Se descarta lo que mortifica, etc, etc.
   No obstante está condenado. Omnia quae
   Cuántos encontraréis honrados, pero libertinos.
   Esto, 1.º. Deshonra al Catolicismo. Oh, si asistimos a las asambleas. Es verdad que ellas no presentan los Santos que tenemos, y ellos no tienen ninguno. Qué considerables frutos del hombre. <*2*>
   Pero ellos así se explican.
   ¿Y qué sucede por la conducta de esta piedad a medias? Que aquellos pobrecitos oyen hablar de las fiestas. ¿Quién hace infecundas las inspiraciones?
   ¿Por qué los cristianos primeros convirtieron a todo el mundo?
   ¿Por qué en Inglaterra, etc.
   2.º. Obstruyen el camino de salvación, de religión, un poco. Basta creer en Dios, pero no ya en la infalibilidad, etc. No escarnecen los Misterios, pero se critican las... oír Misa, vigilias,... pero no dejan la manía de quejarse del fanatismo del pueblo, del atraso de nuestros padres, de la poca ilustración del clero, de la oposición que hacen a las nuevas luces.
   Bastante moral para no ser irreligioso; blasfeman públicamente y otras soeces, pero no prescinden de la moral, sin comprometer el honor.
   Eso, la gente ilustrada.
   Y la no ilustrada, bastante entregada al trabajo, lo demás no importa.
   ¿Qué dice Jesucristo a éstos? Docete omnes omnia... [(Mt 28, 19)].
   Santiago
   Lo peor, que quieren estar tranquilos.
   Decid a unos que no les valdrá, que vayan a Misa, etc. Estoy muy tranquilo, basta ser honrado. Esto era en otro tiempo. ¿Cómo se enmendarán?
   3.º. Es ofensivo a Dios. Amarás a Dios con <*3*> todo tu corazón.
   El que hace lo contrario... Mujer de Salomón.
   Vosotros, hijos de S. [?]. En este día, ante los ejemplos de la Virgen:
   1.º Humildad; 2.º Prudencia; 3.º Generosidad.
   Vosotros estáis destinados a formar el molde.
   Cristianos de veras.
   Así seréis hijos de la Virgen.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 13, págs.: 1-8






Colegio de S. José. Despido 1884.



   Dos ideas me obligan hoy a deciros una palabra.
   Celebramos hoy el despido del mes de mayo, y el despido oficial delcurso de [18]83 a [18]84.
   Y bien: ¿Qué mejor recuerdo os puedo dar al terminar este curso, qué escudo que os preserve mejor durante las vacaciones, que el grabar de nuevo en vuestros corazones la devoción a la Virgen? Hoy sobre todo que en medio de las circunstancias porque atraviesa la Iglesia, por consiguiente todos los católicos, y particularmente la juventud, es la estrella única de la esperanza que nos señala el Pontífice León XIII para que acudamos a ella.
   ¿Y qué título os ofreceré? La Virgen Santísima es Madre de Dios, es madre nuestra.
   La Virgen Santísima es Madre de Dios. Es de fe. Al querer el Verbo divino revestirse de nuestra naturaleza, por obra del Espíritu Santo en el Corazón Purísimo de María, queda por este hecho constituida Madre de aquel que es Dios verdadero, aunque al mismo tiempo hombre. Dignidad por consiguiente única; porque si el Señor tiene muchos fieles servidores, sólo una criatura tiene derecho a darle el nombre de Hijo.
   Dignidad sublime porque este hijo es Dios, y Dios la ha formado para que sea digna Madre suya. Dignidad, en fin, fuente y origen de todos los demás privilegios y preeminencias de María, porque la constituye en el más alto grado de gracia y de gloria a que puede subir una <*2*> pura criatura.
   Pero ante esa grandeza, ante el brillo de una gloria que deslumbra a los mismos ángeles, ante ese título que si lo meditáramos bien, nos anonadaría, al ponernos en presencia de esa criatura privilegiada, una cosa nos alienta: Esa criatura tan encumbrada es Madre nuestra.
   El mismo Jesús lo ha querido así. No contento en hacerse hermano nuestro, quiso dejarnos en herencia su mayor tesoro.
   Ya sabéis el momento solemne en que la dejó por madre a todos los hijos de la Iglesia: Cuando clavado en la cruz, injuriado por verdugos, olvidándose de sí mismo y de sus sufrimientos le dice a su Madre: que nosotros somos sus hijos, y San Juan toma posesión de este tesoro en nombre de todos los hombres.
   Y la Virgen acepta este título, no sólo por ser ésta la voluntad de Dios, sino por el amor que nos tuvo.
   Y en ausencia de Jesucristo,...
   Y la historia de todos los siglos atestigua el cumplimiento de este encargo de María. Díganlo todas las lenguas, todas las tribulaciones, todos los amantes de María, todos los

* * *



   Ella, pues, ha cumplido su encargo. ¿Cómo cumpliremos nosotros el nuestro? Por <*3*> parte de ella no ha faltado ni faltará; ¿cómo debo cumplir yo?
   Debemos amarla tiernísimamente, en primer lugar, por gratitud, porque amor con amor se paga. Aunque no tuviéramos que esperar nada; aunque lo [que] esperamos no esperáramos; sólo el pensar que hemos ocupado el pensamiento y el corazón de esta alma tan distinguida, debiéramos amarla con ternura.
   Y si no quisiéramos amarla por amor, amémosla por interés, porque este amor será origen, fuente de innumerables gracias y prenda de nuestra salvación.

* * *



   Pero este amor debe ser obsequioso e industrioso. Obsequioso porque debemos venerarla, porque es Madre de Dios, superior a los mismos ángeles y, por lo tanto, lo que hagamos y [por] mucho que la honremos, no haremos bastante. Y además, industrioso es decir que debemos buscar los medios de amarla con más cariño [y] constancia.
   Para ello debemos discurrir las prácticas que más propias nos parezcan. No creo en este momento oportuno el proponeros prácticas o medios para manifestar nuestro amor a María. Muchos habéis leído en este mes, qué le dedicaban los santos, y puede escogerse; pero, el ofreceros al levantaros y acostaros, el invocarla en las tentaciones y en todas las empresas, éstas no las debéis dejar nunca. Si a esto añadierais el Ave-María de <*4*> la hora al dar el reloj, la visita diaria,... os colmaría de nuevas gracias, teniendo presente en las devociones a la Virgen lo que decía el B. Juan Berchmans, pues preguntado cuáles eran...
   Y el mejor medio de todos es imitarla en lo posible. A pesar de ser exenta de pecado ni de inclinación al pecado, la Virgen Santísima no dejó de ser fiel a la gracia, escuchando continuamente las voces de Dios, practicando la caridad con el prójimo, buscando el retiro y la oscuridad, llena de privaciones. Estamos en este valle de lágrimas,...
   He aquí el recuerdo que quiero dejaros al terminar este mes de María. El propósito firme de no dejar pasar ni un día sin hacer algo en obsequio suyo, sobre todo en estas próximas vacaciones.
   Aquel gran Emperador se levantaba de la cama el día que no hubiese hecho alguna obra buena en favor de otro hombre. Nosotros no debíamos,...
   Sólo así podréis tener derecho a que Ella haga de Madre, y lo hará.
   Por lo tanto, bajo el manto de María os dejo en estas vacaciones. Ella os guarde vuestros cuerpos, y más vuestras almas.

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   Por lo demás, poco tengo que deciros. No hay día en que después de Misa no os ponga a todos dentro del Corazón de Jesús y bajo el manto de María y S. José. Sólo debo recordaros lo que ya tantas veces os he repetido en los años anteriores.

* * *



   Modestia vestra nota sit omnibus hominibus, decía S. Pablo a los convertidos fieles de su tiempo. Vuestra modestia sea conocida, <*5*> notada delante de todos los hombres [(Flp 4, 5)]; de lo contrario, infamaríais el nombre de cristianos.
   Así, pues, debo decíroslo yo. Hoy el aspirante al sacerdocio está más visto y criticado que en otros tiempos. En otros tiempos hasta eran gracias ciertas extrafalerías; hoy estáis muy lejos de eso. ¡Si supierais lo que dicen de algunos de vosotros cuando volvéis de vacaciones, algunas personas, y el concepto que formáis en el pueblo!
   Pues tenedlo presente: infamáis y desdoráis la gloria de Dios. El joven escolar que procura una conducta piadosa, él no lo sabrá, pero estad seguros que Dios saca gloria de él; y sólo que una alma, una sola, forme un buen concepto de él y edifique, ya da gloria a Dios, y cuando no uno, sino muchos exclaman y dicen: ¡Ah! es un buen joven, estad seguros que él ha dado mucha gloria a Dios, y hasta me atrevería a deciros que en esta parte del buen ejemplo dais tanta gloria como la daría el buen ejemplo de un sacerdote; porque de un sacerdote no se extrañan que sea piadoso, porque debe serlo; pero de un joven que voluntariamente ha abrazado la carrera eclesiástica, y que dedica su ilustración y sus años al servicio de Dios, esto produce un gran resultado, e indirectamente hace formar un gran aprecio del estado sacerdotal, hoy día tan postergado. Sed fieles, pues, a vuestra vocación. El Apóstol S. Pedro decía: Facite certam vestram vocationem... [(2 Pe 1, 10)]. Certificad, pues, con buenas obras <*6*> vuestra vocación.
   Y así, respecto de vosotros mismos, las prácticas de piedad. Oración todos los días al levantaros, misa, sacramentos, visita diaria de despido al Sacramento.

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   Respecto al prójimo: Catequística, buen ejemplo, retiro, ayudar al cura, acompañaros no de seglares.

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   Respecto de vuestra carrera: repaso, lectura de una obra: Sta. Teresa, Donoso Cortés, Balmes, Augusto Nicolás, Gaume, y si es periódico, que sea bueno y escogido.

* * *



   Os repito también lo que os dije el año pasado. No sabemos las circunstancias que el Señor nos proporcionará; todas las señales son fatales.
   Si no han venido, es porque Dios quiere burlarse de los cálculos de los hombres. Pero todo el infierno está conjurándose y conjurando todas las naciones. Los masones de Francia están unidos a los de España, y su fin es el mismo; si no lo hacen es porque no creen llegado el momento. Y quién sabe lo que Dios les permitirá respecto del Sumo Pontífice, de España y de la Iglesia.
   Pero no temáis: Nolite timere pusillus grex [(Lc 12, 32)]. El Salvador les pintaba las persecuciones, pero nolite timere.
   Si sois hijos de María y amantes del <*7*> Corazón de Jesús, no hay que temer. Las puertas del infierno...
   De mí sé decir que el ver el extravío de tantas almas, el ver a Jesús tan olvidado, [el ver] las continuas necesidades que hay para las almas, es lo que más me anima para trabajar por la gloria de Dios. Quizás si tuviéramos más paz, no pensaríamos tanto en reparar a Jesús.
   Si hubiéramos nacido en otros tiempos,...
   Pues, ¿qué? ¿Hemos llegado aun a las circunstancias de los fieles de los primeros tiempos? Y, sin embargo, ¡qué cuadro tan hermoso no nos presenta la Iglesia en aquellos tres siglos, reuniéndose en las Catacumbas de noche aquellos sacerdotes, aquellas matronas romanas, aquellos senadores y militares en la soledad para recibir a Jesús! ¡Qué consuelo en medio de las persecuciones!
   Y cuando se leen las historias de nuestros modernos misioneros en China
   ¿Cómo temer, pues? Al contrario. Gloria a Jesús más que nunca debemos darle, si el Señor nos prepara días de circunstancias tristes.
   Y así, si esto mediase, estad a nuestras órdenes y a nuestra disposición.
   ¿Qué? Si fuese necesario nos reuniríamos <*8*> en los montes, para dedicarnos a la oración y al estudio. Recursos nos faltan, en verdad, pero el Señor proveería.
   Así, pues, recordad estas ideas: Sed devotos de la Virgen. Celebrad el mes del Corazón de Jesús; y si no lo tenéis podrá serviros el que hagáis todos los días la coronilla aunque sea sin las oraciones, y los tres Padre nuestros de la llaga, corona y espinas.

* * *



   No olvidéis las indicaciones que os he hecho, y pedid al Corazón de Jesús:
   1.º: por el Sumo Pontífice. 2.º: por la España de la cual se habla mucho. 3.º: unos por otros. 4.º: por la [propagación de] la obra que tanto tiempo esperamos merecer del Corazón de Jesús; tal vez en alguna otra diócesis podamos trasplantar,...

Escritos I, vol. 4.º, doc. 14, págs.: 1-9






   Mis hermanos en el Señor: Hay un nombre en la tierra, que todo el mundo entiende, que todos los labios han pronunciado, que toda lengua ha proferido, que todas las naciones han venerado.
   Un nombre a cuyo acento no hay ni ha habido un solo corazón que no haya latido, cuyo recuerdo no haya producido las más gratas emociones. Un nombre, en fin, el primero que balbuceamos al venir a este mundo, y el último que exhalamos al despedirnos de él. Nombre que simboliza el amor. Tal es el nombre de madre.
   Nombre bendito que el Señor impuso a la primera mujer; como un bálsamo de consuelo a la pobre humanidad.
   Pero, ¡ay!, que la dulzura de este nombre no todos han podido saborearlo siempre; pero la eficacia y protección que este nombre encierra, no todos han podido experimentar; no todos los días de la vida podemos recibir su influencia; no todas las penas del alma pueden depositarse en el seno de este nombre suavísimo.
   El divino y amante Cristo Jesús, que vino a restaurar todas las cosas, quiso elevar al orden espiritual esta prerrogativa que en el orden natural, y para consuelo del hombre había depositado en la tierra. Y al dejarnos su testamento en el lecho de la cruz, no olvidó legarnos este nombre bendito para consuelo de nuestro corazón; y desprendiéndose de su propia Madre, nos la dejó para nosotros, constituyéndola Madre nuestra.
   ¡Oh, hermanos míos! aunque Jesucristo no nos hubiera hecho otro bien que el dejarnos el nombre de una Madre sobre <*2*> la tierra, este solo beneficio, debía hacer nuestro corazón a la gratitud y a la alegría.
   En medio de los combates del mundo, de las necesidades de la vida, de las penas del alma, de los sinsabores tan frecuentes en este valle de miserias, y cuando la orfandad en que quedamos cuando desaparecen nuestras madres naturales, poder pronunciar, y con verdad, este nombre de Madre sobre la tierra; ¡oh!, repito, ¡bendito sea Jesús, que así ha sabido llenar las necesidades de nuestro corazón!

* * *



   Y no creáis que al darnos Jesús a la Virgen Santísima por Madre, nos ha dado tan sólo un nombre de consuelo, pero vacío de eficacia; no, las obras de Dios no son vanas; y al constituirnos a la Virgen Santísima por Madre nuestra, la ha adornado de todo poder y de la protección que este nombre encierra; si él hubiese querido concedernos todas las gracias inmediatamente, dueño era de hacerlo; pero al constituir a la Virgen Santísima madre de todos los cristianos, ha querido manifestar que la [ha querido] constituir conducto de sus gracias, de sus consuelos, hasta de la salvación de las almas, como si quisiera que todo nuestro bien espiritual y temporal no nos viniese de otro modo, sino a condición de que pasara antes por sus manos y por su corazón maternal.
   Por otra parte, esta prerrogativa de maternidad la ha concedido a aquella que en su corazón ya era Madre nuestra por el cariño que nos profesaba. Sólo por amor a nosotros aceptó la maternidad divina que tantos sacrificios encerraba en sí; sólo por afecto a nosotros sufrió aquellos dolores sin igual asistiendo al pie de la cruz; en la cual, dice un Sto. Padre, que si no hubiese habido quien sacrificara a su Hijo, <*3*> supuesto que esto era indispensable para la salvación de la humanidad, ella misma lo hubiera sacrificado, con tal nos salváramos nosotros.
   (Si nosotros sólo por salvar una alma).

   He aquí, pues, que no es sólo el nombre de Madre el que tiene María, sino el poder, la protección, el cariño, la solicitud de Madre, solicitud y cariño que no han tenido ni podrán tener ninguna madre natural respecto de sus hijos.
   De aquí es que atendidas estas condiciones, y atendido este carácter de que Jesús la revistió, atendidas las virtudes, las bellezas, los encantos de esta Virgen Madre, ella ha sido el imán de todos los corazones cristianos, y como por instinto natural de la gracia, a ella se han dirigido todas las almas.
   Las almas henchidas

   Por ello, apenas había subido Jesucristo a los cielos, y durante el tiempo que obligó a continuar a su divina Madre sobre la tierra, ésta era el consuelo del sagrado Colegio. En las primeras persecuciones. Si pudiéramos trasladarnos a los días primeros.
   Cuando llegó el día en que esta criatura benditísima debía dejar este valle de lágrimas, el recuerdo de su poder y su bondad continuó en los fieles, y a ella invocaban .
   Y en las Catacumbas... a pesar de que no convenía mucho dar a conocer a los gentiles...
   Y cuando llegó el día en que se dio libertad a la Iglesia, se le levantaron altares, se erigieron ermitas, templos, y el Concilio de Efeso... <*4*>
   Tan incrustado está en el alma verdaderamente cristiana el afecto hacia la Virgen Santísima, que no ha habido obra que no haya prosperado sino ha sido bendecida por María; que no ha habido santo, que no haya mediado María en su santificación. Que toda institución, toda empresa grande ha tenido que tener por base principal la bendición de la Virgen Santísima.
   De aquí, la gratitud de todos los pueblos católicos. Mirad los monumentos, ermitas, cofradías... todo habla de la devoción a María.
   Por esto los santos... Cuando recuerda un S. Francisco de Asís.
   Un San...
   Un San...

   Si subiéramos al cielo y preguntáramos cómo se han salvado...
   Al infierno...
   Todos los siglos y todas las almas.
   Pero el nuestro, de un modo particular.
   Propiedad de dedicarla este mes
   Ventajas que ha producido la práctica del <*5*> mes de Mayo.

   Modo de practicarlo. Aunque el objeto de la piedad de los fieles fue consagrar el mes de Mayo a la Virgen Santísima, honrándola de un modo particular y mayor que en los demás días del año, no obstante, se ha discurrido los medios que fueran más convenientes y más agradables a la Virgen Santísima.
   Pedir la bendición al levantarse y acostarse. Ave María al dar el reloj.
   Y como lo que más puede agradar a Jesús y a ella, es el estudio y la práctica de la virtud, se ponen en el librito que nos sirve de guía, las virtudes y misterios de la Virgen Santísima para que los meditemos y meditemos las virtudes que practicó.
   Como nada podemos alcanzar ni de estas virtudes, ni de nada que pertenezca a nuestro aprovechamiento espiritual [por nosotros] le dirigimos las oraciones de cada día y comunes a todo el mes para conseguir por su intercesión estas gracias.
   Como los ejemplos históricos son tan eficaces, se pone cada día alguno de ellos para mover más nuestra devoción. Y finalmente, como señal <*6*> de nuestro afecto y de nuestro entusiasmo, le dedicamos nuestras alabanzas y nuestros cánticos.
   Más aún, para que nuestra consagración a María en este mes, no sea sólo el rato que la dedicamos en los ejercicios reunidos, se pone una jaculatoria cada día, a fin de que nos sirva para levantarle nuestro corazón entre día, y de este modo sea como continua nuestra consagración.
   Además, se añade una práctica para cada día, o sea de alguna obra expiatoria, o sea de alguna oración especial que viene a ser como una flor diaria espiritual que se ofrece a la Virgen Santísima; cuyas flores formando como un ramillete se ofrecerá el día último de mes a los pies de la Madre Inmaculada. Por ello, es laudable la práctica de aquellos que se apuntan cada día la flor, a fin de tenerlas presentes al terminar el mes, y poder examinar si se han practicado, y de este modo ofrecerlas mejor a la Virgen Santísima. No es preciso que estas prácticas, o flores, sean cosas muy especiales; lo que conviene [es] hacerlas con fervor y, sobre todo, con constancia. Preguntado un día el B. Berchmans, cuál era la práctica mejor...
   La jaculatoria, pues, repetida a menudo, y la práctica espiritual, no dejarlas ningún día.
   Conviene además, en este mes, no olvidar dos cosas: 1.ª. Pedir una gracia especial, además de todas las que pediremos. 2.ª. Proponer una virtud particular.
   No hay ninguno que no tenga alguna necesidad especial, o suya o de su familia, o para el presente o para el porvenir. Habrá quien a Dios pida las súplicas de este mes o para un padre o madre para el que <*7*> se desea un bien o virtud que no tienen, o para una persona allegada en parentesco, que vive disipada.
   Quien se encuentra en peligro próximo o venidero de amigos que puedan extraviarlo; a quien el estudio le fatigue o cause desaliento; quien desee y necesite el espíritu de oración; quien tal vez oirá en su corazón voces de Dios, que no acaba de seguir; quien tema por su salud,...
   Pues bien: además de las gracias generales... que le pida la gracia especial que desee conseguir.
   Y además, he dicho, proponer la enmienda particular sobre alguna cosa; ofreciéndola a la Virgen Santísima conseguirla para el año que viene, y presentarse a sus pies el año que viene realizado este ofrecimiento.
   Si es nuestro carácter el que nos hace caer en faltas, proponer, mediante el examen diario, irlo reformando.
   Si es el roce con compañías o amistades lo que nos disipa o nos distrae del tenor de vida a que Dios nos llama con las voces que da a nuestro corazón, proponer irlas apartando con disimulo, y poco a poco, pero con resolución.
   Si es la vida indolente del tiempo de vacaciones la que suele adormecernos, y quizás ponernos en peligro de ofender a Dios, proponer un método de vida para aquellos meses, a fin de cortar nuestros peligros.
   Si son otra clase de tentaciones las que nos atormentan, no desmayar, sino renovar los propósitos este mes, e invocar a María proponiéndole la constancia y esperando su protección y con ella <*8*> la vocación, que es la gracia mayor de cuantas hasta hoy os ha conseguido la Virgen Santísima.
   Si son otros sacrificios de cosas que aunque no pecaminosas, indican falta de mortificación...
   Y si no podéis ofrecerle muchas cosas, prometedle una. Que propagaréis su culto; el conocimiento de Ella; el amor a Ella ya siempre que podáis, y un día desde la altura de vuestro ministerio.
   ¡Oh!, hermanos míos; hace muy pocos años; era ayer; yo me encontraba como vosotros; anhelábamos la venida del mes de Mayo en el Seminario, que en mi época fue cuando se introdujo; y todos los días y cada año con más fervor se repetía los primeros años; entonces ya experimenté lo que vale la devoción a la Virgen Santísima. Algunos de mis compañeros introducían ciertas prácticas de devoción, entre otras el ayuno del sábado, y conseguíanse grandes resultados en la mejora de otros compañeros.
   Si entonces se me hubiera dicho que un día podía contribuir a la gloria de la Virgen Santísima, y que podía ofrecerle este mismo propósito, ¡oh! con qué sinceridad se lo hubiera ofrecido. Yo no pensaba ni que ahora pudiera predicar.
   Pues bien: ofrecedle vosotros este propósito de que propagaréis la gloria de la Virgen, ahora ya jóvenes, siempre que podáis, y un día en el lugar que el Señor os coloque.
   ¡Oh!, ¡qué satisfacción poder contribuir a la gloria de la Virgen Santísima, y con ella a la salvación de las almas! Un día vendrá en que tal vez con las tres Aves Marías que aconsejáis a un niño, o a un penitente que recen, les aseguraréis con ello la salvación eterna.
   Un día vendrá que tal vez a vuestros esfuerzos se deberá el que el mes de María se haga con esplendor en alguna familia, colegio o parroquia, y caerán las bendiciones de Dios sobre muchas almas, y con ello aseguraréis también la vuestra.
   El Padre Mach (Hecho de aquel capellán militar).
   Practi- <*9*> cad bien el mes de María. Practicad cuanto os he dicho, y os aseguro las bendiciones de la Virgen Santísima.
   Porque vuestras oraciones no van solas. Echad una mirada por el mundo: ¡En cuántos conventos, casas, colegios de enseñanza, parroquias, ciudades, se practica el mes de Mayo! ¡Y cuántas almas justas hay entre ellas!
   Al unirnos pues, a ese concierto armonioso de voces, que se elevan al trono de la Virgen Santísima, hacedlo con todo el fervor posible, y esta Madre cariñosa os recibirá por hijos, y os cobijará bajo su manto, y defenderá los pasos de vuestra carrera contra vuestros enemigos; os consolará en vuestras penas que os toquen de pasar; os defenderá en vuestras tentaciones.
   Que el año que viene podamos repetir estos cánticos...
   

Escritos I, vol. 4.º, doc. 15, págs.: 1-2






   Hay un nombre sobre la tierra que todo labio pronuncia, que todos los idiomas conocen, que todas las naciones entienden, [que todas las] generaciones respetan. Un nombre, cuyo solo eco produce las más dulces emociones del corazón. Un nombre, en fin, el primero que balbucimos al venir a este mundo, y el último también que pronunciamos al despedirnos de él. Tal es, el nombre dulcísimo de Madre.
   Más ¡ay!, que este nombre no todos pueden pronunciarlo siempre, no todos <*2*> pueden experimentar la protección y los cuidados que este nombre encierra. Ni a todos ha sido dado el disfrutar hasta el último instante las emociones de este nombre benditísimo.
   El Divino Salvador de los hombres, que vino a restaurar todas las cosas en el cielo y en la tierra, quiso elevar al orden sobrenatural este nombre, que en el orden natural había dado sobre la tierra para consuelo del hombre, y he aquí que próximo a morir, Aquel que nos [?] y es nuestra salud, antes de dar su último suspiro, dirigiéndose a María le dice: he aquí a tu hijo; y dirigiéndose a Juan [?] a tu madre.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 16, págs.: 1-2






Plática para el día de la Purificación.



   Todas las festividades de la Virgen las recorremos, y sirven para grabar en nosotros el amor y confianza a María, y para copiar en nosotros algo de ellas.
   ¿En qué consiste el misterio de la Purificación?
   Dos misterios hay en ella. Explicación.
   Fijándonos en el de María, nos muestra su humildad y su amor hacia nosotros.
   Su humildad, porque la Reina de la virginidad,...
   Su amor, porque hace el sacrificio de su Hijo
   Nosotros, pues, debemos imitar a María en su humildad.
   Debemos sacrificarlo todo a su amor.
   Sí, Madre mía.

* * *



   Cuán felices somos, hermanos míos, cuán afortunados de podernos asociar en sus festividades y reunirnos alrededor de su trono, para poder contemplar sus perfecciones y meditar sus virtudes y solazarnos en su hermosura, y derramar nuestro corazón ante el altar de María. Mientras los hijos del siglo, como dice S. Pablo, se reúnen durante estos días para dejar correr sus espíritus detrás de sus concupiscencias, según la expresión de S. Pablo; mientras miles de corazones viven olvidados de Ella, consolador es, dicha grande, para los hijos de María, el poder <*2*> asociarse para pronunciar su nombre, para renovarle su amor, el poderla recompensar de la frialdad del mundo.

* * *



   Sí, repito: que no sea estéril para nosotros la consideración de las festividades de María. Procuremos [grabar] en nuestro corazón algunas de las ideas que nos sugieren sus misterios. Sí, María se nos presenta hoy como tipo de humildad y de indiferencia; estudiemos para formarla esta virtud en nosotros.
   Ella obra con santa indiferencia con santa independencia; piensen de ella lo que quieran los hombres lo que se les antoje, ella no piensa más que en obedecer, y lejos de que las ideas del mundo desfavorables sean un obstáculo para su fidelidad, sirven por el contrario, para acrecentar su anhelo y su fervor, porque no concibe una cosa más grande y gloriosa que vivir absolutamente sumisa a Dios; ella oculta su gloria, no queriendo parecer lo pura [que] es, y manifiesta su humildad pareciendo lo que [no] es.
   Pues bien: obremos con libertad santa; seamos indiferentes a la estimación o desprecio del mundo; sacrifiquemos nuestro amor propio, nuestro honor, los respetos humanos, el que dirán, a la voluntad de Dios; queramos vivir ocultos, desconocidos y ¡ay! hasta despreciados, si fuera la voluntad del Señor, para asemejarnos a nuestro Señor Jesucristo.
   María se nos ofrece como tipo de generosidad y de sacrificio. Ella sacrifica lo que más ama; lo único que estima; aunque [es] el más tierno y el más amoroso corazón; aun[que] es la madre más cariñosa, ofrece y sacrifica la víctima más amada, y la sacrifica a los suplicios más ciertos y rigurosos.
   Pues bien: seamos generosos como Ella; sacrifiquemos cuantos obstáculos puedan oponerse a nuestra santificación; las diversiones peligrosas, las concurrencias ilícitas, las amistades disipadoras.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 17, págs.: 1-15






Plática sobre los Dolores gloriosos de María.



   Al dirigirme a vosotros en este día, mis amados hermanos, al tener que hablaros de los Dolores gloriosos de la Virgen Santísima, de su amargura, de su soledad, quisiera estar poseído del espíritu del Profeta Jeremías, cuando considerando la desolación que aguardaba a la pobre Jerusalén, cuando contemplando desde lejos las amarguras y tribulaciones que debían [caer] sobre aquella pobre ciudad, exclamaba: Posuit me desolatam... [(Lam 1, 13)].El Señor me puso desolada; todo el día oprimida de dolor.
   O vos omnes qui...! [(Lam 1, 12)].
   Vosotros
   Como el Profeta Isaías, que decía: Yo busqué quien me consolara y no lo encontré, y quien se compadeciera de mí, y nadie lo hizo.
   Esto mismo, hermanos míos, dice la Virgen Santísima en este día en que la Iglesia nos hace recordar sus dolores gloriosos. O vos omnes...
   ¿Y seremos nosotros así, hermanos míos[?] ¿Dejaremos a la Virgen Santísima sola en sus penas? ¡Ah! No, hermanos míos, yo me complazco en veros reunidos hoy alrededor del altar de María, y deseosos de contemplar sus penas y de hacerla compañía. Y os veo animados de sentimientos tiernos para con esta madre.
   Pues bien: agrupémonos alrededor del Calvario y contemplemos las amarguras y la soledad de nuestra querida madre. Propio de hijos buenos <*2*> es el complacerse en recordar los trabajos que una madre ha padecido por ellos. ¿Pero qué os diré, hermanos míos, que pueda mover vuestro corazón[?]. Poco, muy poco, es lo que puede deciros mi pobre lengua en este rato.
   Ya sabéis que hoy vamos a celebrar los dolores gloriosos de María. En la santa Cuaresma los dolores dolorosos.
   Hoy la santa Iglesia quiere que consideremos los dolores gloriosos, es decir, los dolores de María y la gloria y gozo que le proporcionaron. Así pues
   Amarguras de la Virgen. Gloria que le reportaron. Confianza que deben inspirarnos.
   No; no quiero hablaros uno por uno de los dolores, porque no me lo permite la brevedad de un discurso. Será suficiente para comprender el dolor y el amor de María, considerarlos en conjunto y las circunstancias que los acompañaron.
   ¿Quién podrá penetrar en el abismo de aquel quebranto? Sólo los ángeles de paz.
   Trasladémonos al pie del Calvario, y veamos las enseñanzas que nos da. Ella nos convida y promete.
   ¿Será preciso, hermanos míos, que me detenga mucho en esplanaros las angustias de María? ¡Ah!, no; para formarnos una idea basta que consideremos el carácter de madre, que es de Jesucristo, las cualidades de Jesucristo a quien ella sacrifica en este día y las condiciones de aquellos por quienes se sacrifica, que somos nosotros.
   Bajo cualquier punto de los tres que la consideremos, siempre podemos decir con S. Agustín, que ni la lengua puede explicar, ni la mente comprender la angustia de María en estas circunstancias.
   Y sino considerad por un momento lo que es el amor de una madre. El mismo Espíritu Santo nos dice que el amor de madre es el más tierno y afectuoso que se conoce, y ojalá no fuese a veces inmoderado e indiscreto; y la historia nos enseña cuán cierta es esta verdad.
   No parece sino que el Señor ha depositado en el corazón de las madres todos los tesoros de la ternura. El profeta David para expresar lo amar- <*3*> go que le había sido la muerte de su amigo Jonatán, decía: Yo te lloro, Jonatán, porque te amaba como una madre ama a su hijo. Jacob, al recordar la pérdida de su hijo José, estaba inconsolable, asegurando que su dolor no acabaría hasta bajar al sepulcro. La historia profana nos ofrece también ejemplos grandiosos y sorprendentes de amor maternal. ¿Pero dónde voy, hermanos míos? ¿Qué necesidad tengo de haceros ver la intensidad del amor de una madre? Decidlo vosotras madres de familia, las que poseéis el tesoro de la ternura maternal; decid, digo, lo que es el amor y por consiguiente, explicad, si podéis, lo [que] es el dolor que acompaña a la pérdida y a los padecimientos de uno de vuestros hijos.
   Pero ¡ah! ¿qué digo, hermanos míos? ¿Qué comparación puede haber del amor de las demás madres al amor de una madre como María? Si el dolor ha de medirse por la intensidad del amor, el dolor de María debía ser imponderable. Considerad, dice S. Ambrosio, que era madre, una madre virgen, madre sola, madre sin obra de varón, madre de un solo hijo, de un hijo infinitamente amable. Según todos los Santos Padres María amó a Jesús más que todas las almas juntas, más que los mismos serafines; y por lo tanto fue preciso, dice S. Agustín, que hiciese en su alma tanta impresión el dolor, cuanto había penetrado en ella el amor de Jesucristo. Pues bien, esta madre tan buena, tan cariñosa, tan amante ve padecer y morir.
   No extrañéis, pues, que ella exclame con Jeremías: Oh vosotros, todos viajeros por este <*4*> valle de lágrimas, ¿habéis visto un dolor semejante a mi dolor? ¿Habéis visto al amado de mi alma? ¡Oh!
   He aquí, hermanos míos, un bosquejo de la tribulación y pena de María, atendiendo puramente a su carácter de madre.
   Pero ¡oh! ¿qué diré, hermanos míos, de la angustia de María, atendida la calidad del hijo que padece, a la vista, y las circunstancias de su muerte?
   ¿Quién es, señores, este hijo a quien María contempla padeciendo, luchando entre las angustias de la muerte? ¡Ah! Es Dios, es el unigénito del Padre. Dios como El mismo, que movido de su amor a los hombres, y por nuestra salud, descendió del cielo, sin dejar el seno del Padre, a obrar nuestra redención eterna. Este es el Dios grande, a quien vio el real Profeta alzado monarca sobre la montaña de Sión ejerciendo la dominación de uno a otro mar; este hijo de María es aquel ante quien tiemblan las columnas del firmamento que

   Este es el Dios escondido, anunciado por un Profeta, sacrificado por la salud del mundo a la justicia de su eterno Padre.
   Este Dios-hombre desconocido de los mortales, que muere por su amor a ellos; es el que, por uno de los más grandes milagros, se humilla hasta la muerte, entregándose en manos de sus enemigos.
   Pues bien, hermanos míos: a este Dios, a este hijo tan grande, tan amable, tan poderoso, María lo ve azotado cruelmente; y vestido a lo ridículo aquel <*5*> que es Rey de reyes y Señor de los que mandan; ve coronado de espinas al que tiene por cetro la virtud; oprimido bajo un duro leño al que sostiene con tres dedos toda la masa de la tierra, según Isaías crucificado entre dos ladrones al autor de la vida; y oscurecidos sus ojos, desfallecido su ánimo, abierto su costado, cubierto de salivas, clamando en altas voces a su Padre por el desamparo en que se halla, derramando, en fin, por sus heridas la sangre en abundancia hasta la tierra.
   ¿Qué os parece, hermanos míos, de las angustias y dolores de María en estas circunstancias?
   ¿Encontraremos en la historia algún ejemplo con qué compararle? ¿Recordáis, hermanos míos, a la pobrecita Agar, cuando despedida por Abrahán, andaba errante por el desierto, y no encontrando agua para apagar la sed de su hijo Ismael, aparta la vista de su hijo para no verle morir? ¿Recordáis cuando la afligida madre de Moisés exponía la vida de éste arrojándole en una cesta, en las aguas del Nilo? ¿A la tierna Raquel muriendo por su hijo Benjamín en el país de Belén? Pues todas estas angustias, aunque grandes, no son comparables con las amarguras de María.
   Y sino, miradla, hermanos míos, al pie de la Cruz, y contemplando [a Jesús] entre las agonías de la muerte, le oye exclamar: Tengo sed, y sin embargo, no puede darle ni una gota de agua, ve que no tiene ni donde reclinar su cabeza, y sin embargo no puede reclinarla en su regazo; le ve morir y no le puede dar amparo. Aún más, hermanos míos: iba ya Jesús a expirar, cuando advirtió que fijaba la vista en ella como <*6*> para decirla alguna cosa, y cuando pudiera esperar tiernos y dulces coloquios, que fortalecieran su angustiado corazón, vio que señalando a S. Juan le dice, para despedirse de ella en favor del hombre: Mujer, ve ahí, éste es tu hijo. Los Santos, hermanos míos, no acaban de ponderar lo acerbo del dolor de María, al oírse llamar mujer en lugar de madre, y que le daba por hijo a un puro hombre, en lugar del Unigénito de Dios.
   ¡Oh! Sí. Muy bien pudiéramos decir con San Bernardino de Sena, el cual al considerar este conjunto de penas se atrevió a decir: Que fue tan extremado su dolor, que si se llegase a dividir entre todas las criaturas sensibles, perecerían al instante.
   En fin, hermanos míos, otra de las circunstancias que hacen subir de punto los dolores de María en estos momentos, es la idea de quienes son por los que muere su hijo, y por los cuales ella padece.
   Ella está presenciando que aquellos dolores, que aquella muerte la está ejecutando su mismo pueblo, escogido por aquél; pueblo a quien sacó de la esclavitud de Egipto; que le están insultando aquellos mismos tal vez, a quien este mismo Jesús ha alimentado en el desierto, cuando iban tras de El; aquellos a quienes había curado, y a cuyos hijos había resucitado (y arrancado de las garras de la muerte). Ella ve en aquellos momentos a sus Apóstoles, aquellos que le habían visto obrar tantos milagros, a quienes ha hecho poco hace participantes de su Cuerpo y de su Sangre, sus amigos más íntimos: uno <*7*> lo vende, otro le niega y todos huyen al tiempo de la tribulación y del oprobio.
   Pero, sobre todo, Ella contempla desde lejos lo que ha de acontecer en la plenitud de los siglos. Ve a muchos de los hombres, en especial de los cristianos, de éstos por quienes está padeciendo Jesucristo y de quienes Ella queda constituida madre; y los ve a unos abandonando la fe y la ley de Jesucristo, a otros sembrando la cizaña de la división y del error en el campo de su Iglesia; a otros entregados completamente a la impureza, al robo, a las vanidades del mundo, olvidados del todo de su salvación y de la Sangre que Jesucristo está derramando por ellos; Ella en fin, prevé cuantos se condenarán voluntariamente por no quererse aprovechar de esta Sangre preciosa; y todo este conjunto de circunstancias forman un río de amarguras para el corazón de María, que desde aquel mismo instante nos considera por hijos suyos.
   Tales son estas amarguras, hermanos míos, que la Iglesia no dudó en llamarla Reina de los mártires; pues como dice muy bien S....: los mártires han padecido por Cristo [en] su carne, pero al alma que es inmortal no han podido tocar los tiranos; María padeció la crucifixión del espíritu.
   Por ello el anciano Simeón, algunos años antes, para hacerle ver la intensidad de sus penas, le dijo que una espada de dolor atravesaría su alma.
   ¡Oh!, hermanos míos; ahora sí que, en vista de esta desolación <*8*> de María, podemos exclamar con el profeta Jeremías:
   Pero no, hermanos míos, no; no son todo penas para María. Este día de sus dolores, podemos decir que es también el día de sus glorias.
   Es cierto, ante todo, que según la moral cristiana y el idioma de los libros santos, que las penas, las tribulaciones, los males todos de esta [vida] son motivo de mérito, de gracia y de gloria, si se está en gracia de Dios y se saben aprovecharse, soportándolos por Jesucristo.
   S. Pablo dice que Jesucristo toleró su cruz gozoso, como instrumento de su gloria, en la cual no debía entrar sin pasar antes por las penas, y que por consiguiente, éstas eran muy llevaderas.
   En efecto, Jesucristo al tomar sobre sí nuestros pecados, al ofrecerse voluntariamente víctima para aplacar al Padre eterno, sabe los dolores que le esperan, la muerte ignominiosa que ha de sufrir, pero al mismo tiempo sabe que estos dolores y esta muerte han de ser para bien del hombre, para que éste no se condene; sabe que con esto el Padre celestial ha de quedar contento y aplacado; sabe que por el mérito de esta muerte muchos darán gloria a Dios, que con esto El ha de ser juez de vivos y de muertos, y al contemplar todo esto Jesucristo, al pensar en la gloria del Padre y en amor que El tiene a los hombres, se entrega con <*9*> gusto, con gozo, con alegría; de modo que como dice un santo Padre, si a Jesucristo le hubiese quedado un alma por redimir, volvería a bajar del cielo, y morir otra vez por salvar aquella alma. Tal era el gozo y contento con que Jesucristo padecía.
   Así lo han practicado también los Santos, que en medio de sus penas y tormentos bendecían a Dios y se alegraban en sus padecimientos, pensando el premio que les estaba reservado.
   Así, pues, también, hermanos míos, la Virgen Santísima en medio de sus padecimientos y de sus dolores estaba llena de gozo por el bien que veía resultaba a Dios, al hombre, a sí misma.
   En efecto, hermanos míos, en aquellos momentos de amargura para el corazón de María, estaba considerando la gloria que resultaría al Padre eterno al ver quedaría satisfecha su justicia, que ya miraría desde entonces con ojos compasivos; que con la muerte de Jesús iban a abrirse las puertas del cielo que hacía 4000 años estaban cerradas para el hombre.
   ¿Cuál será también el gozo y contento de María, al ver la victoria que su Hijo iba a reportar sobre las potestades del infierno, que con su muerte iba a ser destruido el paganismo del mundo, al recordar el número de almas que con su sangre se salvarían?
   Ella estaba viendo ya la resurrección de Jesucristo, que debía llenar de gozo inmortal a los cielos y tierra, la predicación de los apóstoles, el número infinito de almas que por todas las partes del mundo acudirían a su Hijo, que se levantarían templos; y si al cielo le resultaba tanta alegría de la conversión de un <*10*> solo pecador, de la conquista de una sola alma, que es mayor que la que dan muchos justos, ¿qué gozo no concebiría María al considerar el celo de los apóstoles, la constancia de tantos mártires, el amor de tantos confesores de la fe, la pureza de las vírgenes, la exaltación del Salvador por todas las naciones y en todos los siglos?
   Además de que, hermanos míos, el Espíritu Santo derramaría infinitos dones y gracias sobre el corazón de María para fortalecerla en estos momentos y, por lo tanto, estos dones y estas gracias la inundarían de santa tranquilidad y de alegría espiritual.
   Pero sobre todo, hermanos míos, para comprender del todo cuál sería la alegría de María basta considerar que en aquellos instantes al pie de la cruz fue cuando María quedó constituida por Jesucristo reina y madre de los hombres; y era tanto lo que la Virgen Santísima nos estimaba, era tanto lo que quería al hombre que por esto solo hubiera sacrificado mil veces a su hijo Jesús para salvación de ellos.
   De modo que un Santo Padre no dudó en asegurar que teniendo el Padre eterno determinado el sacrificio de Jesús para la salvación del mundo, si no se hubiesen encontrado verdugos que le hubiesen sacrificado ella misma hubiera servido <*11*> de cruz o hubiera levantado el brazo para sacrificarle. Tanto era lo que amaba al hombre. Tan grande era el gozo que experimentaba al ver los grandes [frutos] que la muerte de Jesús iba a causar a los hombres, al cielo y al universo entero.
   De modo, hermanos míos, que como he dicho grandes e imponderables fueron las angustias y dolores de María, grandes sus glorias, inmensos los bienes que proporcionó al mundo.
   Ahora bien, pues, hermanos míos, ¿qué debemos hacer nosotros en vista de esto? ¿Cuáles son los frutos que debes sacar de estas ideas? Porque ya sabéis que las festividades de la Virgen y de los Santos no deben servirnos para experimentar un movimiento pasajero en nuestro corazón, sino para que nos aprovechemos de ellos para ser más buenos, para avanzar más por el camino de la virtud, y así, hermanos míos, los ejemplos que hoy nos ofrece la Virgen Santísima deben servirnos para producir en nosotros, en primer lugar, sentimientos de conformidad y de santa alegría en medio de las aflicciones y penas de esta vida miserable.
   Ya sabéis, hermanos míos, que nada sucede en este mundo que no sea enviado o permitido por Dios.
   Ya os he dicho también que las penalidades, los dolores, las enfermedades de este mundo las envía Dios, o para penitencia por nuestros pecados o porque Dios quiere descargar nuestro corazón de las cosas de la tierra, haciéndonos <*12*> ver que todo es nada en este mundo, o bien para purificarnos más, haciendo que con estos padecimientos y estas enfermedades alcancemos más méritos para el cielo.
   Por cualesquiera de estos motivos que padezcamos, siempre debemos estar conformados con la voluntad divina. La Virgen Santísima no lo padece por sus pecados, ni para purificar su corazón, sino tan sólo para que adquiera mayores méritos, siendo semejante a su Hijo, que padece hasta la muerte.
   Ahora bien, pues, hermanos míos, ¿qué trabajos son los nuestros que merezcan compararse con los de esta Señora? ¿Nos han usurpado los bienes? A María le arrebatan su Hijo, en quien estaban encerrados todos los tesoros inmensos de las riquezas divinas. ¿Han quitado nuestro honor? María Santísima tiene su Hijo, que es la misma inocencia, y es crucificado como un malhechor.
   ¿Podemos padecer hambre, pobreza, enfermedades? María se ve despreciada de todos y en el más triste desamparo.
   ¿Quiénes somos, pues, nosotros que pretendemos tener mejor suerte y mayores privilegios que esta Señora? ¿Quiénes somos para desesperarnos y clamar contra la Providencia? ¿No será más prudente llenar nuestro corazón de una santa tranquilidad considerando en los trabajos que nos envía, como trató a su misma Madre?
   Otros de los sentimientos, hermanos míos, que deben inspirarnos los dolores de María es un <*13*> gran arrepentimiento de nuestros pecados y un gran temor de la justicia divina. Un gran arrepentimiento de nuestros pecados, pues los Dolores [de la Virgen] Santísima fueron ocasionados por nuestras culpas, pues por ellas murió su Hijo, Jesucristo.
   Es verdad que la Virgen no padece ahora, porque está ya en el cielo y no puede padecer, pero así como es verdad que ella entonces padecía por los pecados que habíamos de cometer nosotros ahora, así también nuestras culpas de ahora son la causa moral de que padeciera entonces, y por lo tanto en cierta manera, con cada una de nuestras faltas podemos decir que renovamos los dolores de María.
   Qué ejemplar
   He dicho también que hemos de tener un grande temor de la justicia de Dios, cuando hace padecer a una criatura tan pura como María. Cuando Jesucristo caminaba hacia el Calvario llevando sobre sus hombros todo el peso de los pecados del mundo, dijo a las hijas de Jerusalén que lloraban: llorad, les dijo, sí, llorad sobre vosotras y sobre vuestros hijos, porque si esto se hace en el leño verde, ¿qué se hará en el seco? Si María Santísima siendo madre de Dios, concebida sin pecado, llena de todas las gracias, y la más pura e inocente que ha habido y habrá en los cielos y en la tierra, padece tan terribles dolores, ¿qué pueden esperar los cristianos cargados con tantas iniquidades, y que son la causa de estos mismos dolores? ¿Con qué rigor no cargará la justicia de Dios sobre ellos en el día de la cuenta? <*14*>
   En fin, hermanos míos, otra idea que debe inspirarnos los dolores de María en este día debe ser una devoción constante y sincera hacia ella.
   Ya os he dicho que en el Calvario tuvo el encargo de ser madre nuestra, y ella nos adoptó por hijos, y desde aquel momento nos mira como tales, y se interesa por nosotros.
   Así, pues, no desmayemos nunca. En nuestras penas y tribulaciones acudamos a ella, y ella nos dará consuelo en la vida y sobre todo en la hora de nuestra muerte. Así
   Y vosotras, hijas de la esclavitud de María, a vosotras me dirijo principalmente en este día. Vosotras os habéis consagrado al servicio de María; a la contemplación de las penas y amarguras, al adorno de su culto, y la madre de Dios os ha adoptado por hijas, os [ha] escrito en el libro de sus predilectos y os ha colocado dentro de su corazón.
   Pero, ay, hijas mías, que para corresponder al amor de esta madre, para ser verdaderas hijas suyas, no basta, no, el obsequiarla con estos cultos exteriores; no basta, no, una devoción pasajera y momentánea que no dura más que un rato, (y que el menor viento de la disipación borra), sino que es preciso una devoción constante, es preciso entregarle todo nuestro corazón, amarla siempre y cumplir con fidelidad las promesas de no ofenderla jamás, de apartar las ocasiones peligrosas que puedan mancillar nuestra alma, frecuentando los Sacramentos, y dedicándonos a la contemplación de sus dolores.
   Hacedlo así, hermanos míos. ¡Cuántos hay que se acuerden de Jesús y de la Virgen Santísima! Echad una mirada por el mundo y veréis cuán pocos son los que de veras se dedican al servicio de <*15*> Dios y de María. Pues bien; procurad vosotros reparadla de tantas ingratitudes, procurad recompensadla de tanto olvido e infidelidad, amándola mucho, pensando mucho en ella.
   Y entonces, sí que ella os mirará como verdaderas hijas suyas; de esta manera, sí que ella os guiará y os guardará durante los días de vuestra juventud, os sugerirá vuestra elección de estado, y después de una [vida] cristiana y consagrada a su servicio, os visitará en pago de vuestras visitas, en la hora de la muerte, y así como ahora os reunís para honrarla en la tierra, os reunirá para que la alabéis eternamente y disfrutéis de su cara en las mansiones de la gloria.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 18, págs.: 1-2






   ¡Ah! No; yo al contemplar los lamentos amargos del Corazón de María en este día, levanto mi vista por toda la redondez de la tierra, y veo miles de corazones que escuchan este llamamiento; yo contemplo tantas almas, que semejantes a la enamorada Esposa de los Cantares, sentadas bajo el árbol de la Cruz, se asocian a los sentimientos de esta madre cariñosa; yo registro a través de los siglos, y veo levantarse templos, altares, cofradías dedicadas especialmente a acompañar con la soledad del corazón las amarguras de esta Virgen benditísima.
   Pero ¿dónde voy, hermanos míos? Yo veo en esas hijas de María adolorida, reunidas alrededor de este altar, y deseosas de contemplar sus penas y de hacerle compañía.
   Pues bien, hijas de María y esclavas de sus dolores, agrupémonos alrededor de la amargura y de la soledad de María. Propio de hijos es el complacerse en recordar los trabajos <*2*> que una madre ha padecido por ellos, el evocarle el recuerdo de sus lágrimas, de sus gemidos, de sus amores.
   Pero, ¿qué es lo que puedo deciros yo, que pueda mover vuestro corazón? Poco, muy poco, es lo que puedo deciros, cuando no era mi ánimo ni intención dirigiros la palabra en esta mañana, privándoos de escuchar una voz más autorizada, más dulce, más simpática para vuestros oídos y vuestros corazones.
   Cuando mi objeto principal era el descansar unos días al lado de personas.
   Pero obligado dulcemente a hacerlo, seré breve en mis consideraciones.
   Ya sabéis, hermanos míos, que la Santa Iglesia así como en la Cuaresma dedica una festividad a contemplar los dolores externos de María, es decir, sólo la amargura de sus penas, dedica la festividad presente a recordar los dolores y las glorias de María por ellos; es decir la gloria y gozo que la han proporcionado. Así, pues, examinaremos
   Amarguras de María

Escritos I, vol. 4.º, doc. 19, págs.: 1-2






   Pero en medio del sentimiento que debe inspirarnos estas afliciones de María, hay una circunstancia que hace más bello, más agradable para nosotros estos sufrimientos. Es la voluntad, el amor, y si me permitís la expresión, hasta el gusto con que María sufre todo esto, porque es para nuestro bien.
   Ya sabéis que nuestro Señor Jesucristo, al tomar sobre sí nuestros pecados, al ofrecerse voluntariamente víctima para aplacar al Padre Eterno, sabe los dolores que le esperan, la muerte ignominiosa que ha de sufrir; pero al mismo tiempo sabe que estos tormentos y esta muerte han de ser para bien del hombre, para que éste no se condene y sólo por esto nos dice el Apóstol S. Pablo que sufrió gozoso la muerte; de tal modo que, según la expresión de un Santo Padre: que si a Jesucristo le hubiese quedado una sola alma por redimir, bajaría otra vez del cielo a padecer y morir por salvar aquella alma.
   Así lo han practicado los Santos.
   Así, pues, también [María], hermanos míos, en medio de sus padecimientos y sus dolores, los soportaba llena de consuelo, en vista del bien que debía resultar a la gloria de Dios y al hombre.
   Ella veía en aquellos momentos que iban [a] abrirse las puertas del cielo, hacía 4000 años cerradas para la pobre humanidad. A pesar de que sabía cuántos le serían ingratos, veía también cuántas almas le serían fieles, y amarían a Dios; y veía la fe de los Apóstoles, y la constancia de los mártires que la <*2*> aclamarían por su Reina, y tantas Vírgenes que se consagrarían a Dios.
   Pero sobre [todo] Ella sabía que era preciso aquellos sufrimientos para poder merecer ser constituida corredentora del hombre, madre de los pecadores, y poder rogar por ellos; y era tanto lo que la Virgen Santísima nos amaba, era tanto lo [que] quería a los hombres, que por esto sólo hubiera sacrificado a su Hijo para la salvación de ellos.
   De modo que un Santo Padre no dudó en asegurar, como Abrahán etc.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 20, págs.: 1-13






   Posuit me exaltatam et humiliatam. Eja Mater fons amoris, etc. Me puso exaltada y humillada.
   Ea, pues, fuente de amor; que yo imite tu dolor, y en tu llanto te acompañe.
   Cinco días hace tan sólo que aquí, en este mismo lugar, saludábamos con dulces emociones a una Virgen venturosa, que irradiando de gloria brillaba en su frente el candor de la virginidad y la corona de la maternidad.
   Y hoy la contemplamos enlutada, y con sello de una aflicción, imponderable. Hace cinco días que el mundo entero, la tierra y el cielo y los coros angélicos, habitadores de él, convergían sus miradas hacia esa Virgen afortunada, esperanza de los siglos, y poseídos de grande envidia.
   Y hoy vemos los ángeles de paz, según las expresión de la Escritura, llorando con actitud solemne y respetuosa alrededor de esta Virgen.
   Hace cinco días que, movidos vosotros con la alegría de vuestro corazón al concierto universal de alabanzas que se le tributaban en el día glorioso <*2*> de su Anunciación, la saludabais con entusiasmo, entonando el sublime cántico del Magnificat, al anunciar su fiesta. ¿Y cómo no saludarla alborozados?
   Sí, Ella misma no dudó en dar al viento en este cántico, con inspirada profecía, aquel párrafo entusiasta (que será siempre la confusión de sus enemigos) Ex hoc beatam me dicent omnes generationes [(Lc 1, 48)]. Sí, dirá hoy, y por esto feliz y bienaventurada me llamarán todas las generaciones.
   Y hoy, y en estos [momentos], las almas todas convergen sus miradas hacia [la] Virgen de Judá, para enviarla un saludo de compasión.
   ¿Cómo se ha verificado este cambio? Mejor que Jeremías podíamos preguntar: Quomodo sola, princeps provinciarum facta est... [(Lam 1, 1)].
   ¿Cómo se encuentra sola la que era el objeto de todas las esperanzas? ¿Cómo la princesa de las naciones y causa de nuestra alegría ha podido [ser] tributaria del dolor?
   ¡Oh!, por razón de esta misma grandeza y <*3*> de esta gloria esta admirable exaltación ha tenido, en el orden de la Providencia y de la redención y como corredentora de ella, que seguir los caminos del dolor y de la humillación, por la salvación del mundo.
   Con razón, pues, puede decir en este día, según la profecía de David, posuit me exaltatam et humiliatam.
   Ya que, pues, nos asociamos a sus alegrías en el día de su exaltación, no es justo la miremos con olvido en el día de su soledad y humillación.
   Y obligado yo a última hora a llenar el vacío que otro hubiera llenado mejor, en esta fiesta anual, de dirigiros una palabra, ¿qué os diré que pueda ser glorioso para María y provechoso para vuestras almas, y que os sirva de tema de consideraciones en estos días?
   Para formarnos una idea del corazón de la Virgen en su dolor y soledad basta consideremos el carácter de su divina maternidad, las cualidades de Jesús, las condiciones de aquellos por quienes sufren madre e hijo, y bajo cualquier aspecto de los tres que la consideremos, podremos siempre decir con S. Agustín, que ni la lengua puede explicar, ni la mente comprender la angustia del corazón de María en las circunstancias que meditamos.
   He dicho <*4*> el carácter de su maternidad, por maternidad divina.
   Es cierto que las circunstancias que concurren a la pena y sentimiento de su corazón son: la ternura natural, el afecto amoroso y el conocimiento de lo que padece el objeto amado; y aplicando estos principios, y al querernos acercar con ellos a examinar el valor del corazón de la madre de un Dios, quedan pálidos y casi inútiles cuantas comparaciones queramos discurrir para ponderarlo, y excitaros a su compasión.
   Por aquí, y según estos principios, aduciríamos, como lo hacen los autores de meditaciones, las consideraciones de lo que es el corazón maternal, los elogios que en sus efusiones nos expone el mismo Santo. Aquí, y para ponderarlo, recordaremos la pena de Agar... los lamentos de Jacob, la amargura de Jonatán.
   O, como otros autores, la angustiosa situación de
   Mas todas estas consideraciones, en lugar de acercarnos a una idea [exacta] de la viveza del corazón de María, no harían sino desvirtuarla en lugar de hacerla resaltar, porque <*5*> María ha sido una criatura singular; ese dolor está basado en condiciones singularísimas que no ha poseído criatura alguna criada.
   Porque por una parte la sensibilidad exquisita de ese corazón, informada por su alma [?] no sólo pudo ser aprendido y comprendido por el Espíritu Santo que depositó en él los gérmenes de la ternura, que para ser capaz y propia del amor de una madre de Dios
   El afecto hacia El era inconmensurable como el océano, y como dice Sto. Tomás participaba de cierta infinidad, y lo infinito no puede sondearse, según la expresión de nuestro Monescillo, en uno de sus fragmentos.
   Y en cuanto al conocimiento de los padecimientos del objeto amado, ¿qué madre sabe de antemano cosas de tanta magnitud en el orden de la Providencia y de la gracia?
   Pues María fue la criatura más favorecida e iluminada entre todas las criaturas; vio y ve lo que pasa en el Calvario, primero por anuncios, luego por revelación, después con sus mismos ojos, ayudados en el llorar y en el sentir por la viveza, <*6*> penetración y actividad de los ojos de su clarísimo entendimiento y de su alma purísima. A dónde llegó esta clase de dolor, no lo alcanza imaginación mortal. No hay, ni existe, ni puede existir una virgen que así pueda sentir, ni una madre de su condición, ni una hija que a María se parezca, ni una esposa comparable con la Esposa-Virgen, con la Hija-Madre, con la Madre-Virgen.
   Por esto la singularidad de esta Señora, única por carácter en el mundo, es indicio de la acerbidad de sus dolores (siempre que éstos hayan de apreciarse por la admiración y por las cosas y trazas de Dios al elegir Madre Virgen que con El compadeciera, siendo con El Mártir, y compartiendo El, Mártir por excelencia, el reinado del martirio con la Señora, Reina también del cielo y de la tierra).
   Por esto S. Ambrosio, queriendo, para hacer ver lo acerbo de este dolor, que fijemos sólo nuestra mirada en este carácter singularísimo de María, nos dice: Considerad que esa Madre fue Madre Virgen, madre sola, madre <*7*> sin obra de varón, madre de un solo hijo y éste infinitamente amable.
   Con razón, pues, al querer ella explicar su singularísimo dolor y aflicción puede retar a todas las criaturas, apropiándose lo que la Iglesia pone en su boca estos días. ¡Oh, vosotros todos los que pasáis por el camino de la vida y de los siglos: Attendite et videte, atended bien y ved si hay dolor semejante a mi dolor! [(Lam 1, 12)].
   Tal vez os parezcan subidas estas filosóficas consideraciones, y lo son en verdad; pero si os penetráis y os fijáis en el fondo de ellas, comprenderéis mejor que con ningunas otras consideraciones la causa y el peso inmenso de la amargura del Corazón de nuestra Madre.
   Y si de este carácter de maternidad divina y única, paso yo a ponderaros el dolor de su corazón, por las cualidades de Jesús. ¡Ah! me extendería demasiado, y apenas si podría empezar a recorrer ese campo vastísimo.
   Pero basta considerar quién era el objeto amado que padecía y cómo le amaba su cora- <*8*> zón.
   ¿Quién es ese Hijo, al cual María contempla humillado y crucificado, y padeciendo y luchando en las angustias de una muerte?
   Es Dios, es el Unigénito del Padre, Dios como él mismo, que movido de su amor a los hombres y por su salud, descendit de coelis, sin dejar el seno de su Padre, a obrar nuestra redención.
   El es el Dios grande, a quien vio el Real Profeta, alzado monarca sobre la montaña de Sión, ejerciendo su dominación de uno a otro mar. Este hijo de María es aquel ante el cual tiemblan las columnas del firmamento, y aquel per quem omnia facta sunt. El Deseado de los eternos, Príncipe de la paz, hermosura de los cielos, alegría de los Angeles.
   Y todas estas grandezas, esta gloria y esta santidad, y el respeto y honor que este Verbo humanado se merecía, lo comprende [María] con una claridad y viveza de que no son capaces todas las jerarquías angélicas.
   Y con todo, a este Dios tan grande María lo ve azotado cruelmente y vestido <*9*> a lo ridículo, aquel que es Rey de reyes y Señor de los que mandan; y ve coronado de espinas al que ciñe en sus sienes la gloria de la inmensidad; y fatigado bajo el duro leño el que sostiene la máqui[na] del Universo, según la expresión de Isaías y crucificado entre dos ladrones el autor de la vida y la inocencia misma; y oscurecidos sus ojos y como abatido su ánimo, y cubierto de salivas y clamar en alta voz a su Padre lastimero, el que es la vida y la salud, y la hermosura y la grandeza.
   Y si a esta viveza de conocimiento de lo que es y lo que merece la grandeza de Jesucristo, añadimos la inmensidad de su amor de su criatura, hija Madre y Esposa, sin angustias de pecado y sin miasma de culpa, y la viveza de sensibilidad de que antes hemos hablado, ¡ah! entonces es imposible ya sondear el abismo de sufrimientos, y no podemos decir otra expresión sino la del profeta: Sicut mare contritio tua. Como el mar inmenso es tu quebranto [(Lam 2, 13)].
   Nos sorprenden los sentimientos de estos Santos cuando nos fijamos en el amor y el dolor de Jesús y las ofensas que se le hacen y en lo que sufrió.
   Y vemos a un S. Francisco de Asís que al pensar que un Dios y Redentor pudo padecer, su corazón se convertía en un piélago de amargura, y <*10*> de sus ojos brotaban lágrimas ardientes y continuas, y fue preciso para desahogar aquella pena que un Serafín taladrase sus pies y manos, como boca para que
   Y a un S. Felipe Neri se dilatan las costillas para dar paso al dolor; y una Santa Teresa de Jesús
   Pues todos estos amores y sufrimientos arrojados en las llamas del amor y del dolor del corazón de María, desaparecen consumidos como paja en un volcán.
   Por esto se atreve a decir un Santo Padre, creo que es S. Bernardo, que si se hubiese repartido el dolor en las criaturas
   Y si últimamente quisiéramos detenernos en examinar, para ponderar el dolor de María, las condiciones de aquellos por los cuales sufre Jesús y Ella, ¡oh! ¿cómo explicar su sufrimiento?
   El ve que es su pueblo el que obliga a estas no oídas humillaciones este Rey de aquel pueblo, al cual había [?] formado para [?] tras de él ve a las naciones degradadas, sumidas en la abyección y a través de los siglos está contemplando las generaciones ingratas que no se dignan fijar su mirada en los sufrimientos de este hombre.
   Y con todo, y a pesar de esto, y a pesar de esta desolación y amargura y sufrimientos acepta esta Reina de los Mártires, puesto que padece más que todos ellos juntos, Benedicta tu, acepta todos estos sufrimientos y humillaciones para corresponder a la misión sublime de Corredentora de la humanidad. De modo que, según otro Sto. Padre, con la idea de la salvación del mundo, si no hubiere quien sacrificara esta víctima, Ella misma, como Abrahán hubiese levantado el cuchillo para sacrificarlo, supuesto el orden de la Redención.
   Con razón, pues, al contemplarla <*11*> en estas voluntarias humillaciones por nuestro amor, podíamos decirla como los habitantes de Betulia a su heroína: Benedicta tu a Domino! decían aquellos agradecidos ciudadanos.

   Ahora bien: ¿qué efectos han de producir en nosotros estas humillaciones de la Virgen?
   Si singular fue su dolor por su divina Maternidad, singular debe ser nuestra compasión, nuestra veneración, nuestro amor a María, y con ella llorar los tormentos de Jesús; y a Ella decir: Eja Mater.
   Si los padecimientos de Jesús, y sus deshonras y abatimientos laceraron su alma más [que] la de todos los Mártires y Santos, sean los padecimientos de Jesús, y las ofensas y el olvido el alimento de nuestro corazón en continuas meditaciones.
   Y si la ingratitud y condición de los hombres fue lo que hacía insoportable su sufrimiento, ¡oh! evitemos esta ingratitud que tanto le hizo sufrir, con nuestra correspondencia, evitando el repetir con pecado alguno <*12*> místicamente aquellos dolores.
   ¡Quién sabe, colegial de S. José que me escuchas, quién sabe si en los continuos éxtasis y revelaciones que la Virgen tuvo en los días de su vida mortal, quién sabe si a través de los siglos le señalaba el Señor el comportamiento ingrato de muchas almas, quién sabe vio a ti, renovando con tus pecados la pasión de Jesús, como dice S. Pablo, y siendo para Ella como una espada que atravesara su corazón! ¡Oh, y cuán amarga debe serte esta consideración!
   Qué desgracia sería, si Ella tuviese que decirte en alguna ocasión lo que dijo a aquel joven que nos refiere un hecho histórico; el cual saliendo de su habitación con la idea de cometer un pecado, un cuadro de la Virgen de los Dolores, a la cual acostumbraba a rezar, toma cuerpo delante de él, y quitándose la Virgen la espada de su pecho, le dijo: tómala y vuelve a atraversarme. Pues esto se hace, nos dice interiormente la Virgen, al cometer el pecado, puesto que allí al pie de Cruz, ofreció sus dolores por ellos, y por ellos se angustió y sufrió.
   Qué desgracia, si en lugar de asociarnos a sus dolores, y como buenos <*13*> hijos, protestarle fidelidad y amor y devoción, nos uniéramos a las turbas, a esos ingratos que hoy le desconocen y repiten los gritos del Calvario.
   Qué desgracia, si en lugar de ser reparadores del Corazón atravesado de Jesús, y de los dolores de su Madre, fuéramos espinas amargas para su Corazón.
   No sea así jamás. Asociémonos a los dolores de la Virgen Santísima; seamos reparadores de Jesús y de los dolores de su Madre. Recompensadle aquí del olvido de tantos corazones que le blasfeman, de tantas pasadas ingratitudes.
   Que no pueda decir, según aquella expresión del Profeta: Yo busqué quien...
   Sino que encuentre en vosotros el consuelo, la compasión, el dolor y los propósitos eficaces de no ofenderle jamás, y de ampararle con el afecto de vuestro corazón en los días de vuestra vida, porque si así lo hacéis, Ella os devolverá estos afectos y estos consuelos en la hora de la muerte, y os hará partícipes de su gloria. Amén.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 21, págs.: 1-4






   O vos omnes, qui transitis... [(Lam 1, 12)].

   Soledad de Ntra. Señora.

   Exordio.

   Un viernes por la mañana Jerusalén estaba todavía conmovida... una alegría feroz estaba pintada en los semblantes de sus moradores... grupos de gentes discurrían por aquellas calles... cualquiera hubiera dicho que ocurría algo extraordinario... Efectivamente, la noche anterior se habían apoderado de un hombre que acaba de hacer oración... todos pedían su muerte... los príncipes de los sacerdotes habían sobornado al pueblo, y el pueblo estaba furioso...; tras de tres años que no hacía sino curar enfermos... paralíticos... muertos... De todo esto se olvidaron... llévanle de tribunal en tribunal... se consigue que sea condenado a muerte... Sale para el cadalso con la cruz a cuestas...; bajaba una larga calle que conducía a una de las puertas de la ciudad... una mujer atraviesa una calle que conducía a ésta... ¡Pobre Madre! exclaman algunos... apenas divisa a su Hijo; un grito de dolor... y le acompaña al suplicio... y le ve expirar... el dolor partía su corazón... pero este dolor no cesó con su muerte... más dolor le aguardaba de ella... su soledad. Ave María. <*2*>
   Los tormentos habían acabado la vida de Jesucristo; el viernes por la tarde estaba aún en la cruz. Siendo ya tarde vino un hombre noble y rico, llamado José... entró audazmente a Pilatos y le dio el cuerpo de Jesucristo... tenía un sepulcro allí cerca... Acabado el oficio de la sepultura, determinó la Virgen volverse a su posada... pasó cerca de la cruz y la adoró... por el camino iría con cuidado de no pisar la sangre de su Hijo... se despidió cortésmente de los que la acompañaron, y les diría: benditos seáis de Dios, ya que hicisteis tal misericordia con nuestro Señor y le disteis sepultura... Entrando la Virgen en su posada, comenzó a llorar su soledad y desamparo... su alma estaba enteramente despedazada después de las escenas que había presenciado... allí recordaría los trabajos... azotes, la crueldad con que le atravesaron en la cruz... allí le resonarían en sus oídos los gritos del pueblo salvaje pidiendo su muerte; todavía oiría los tiernos balidos de su Hijo cuando era atormentado, y todo esto le renovaría el dolor de su cora- <*3*> zón. ¡Pobre Madre! grande es tu quebranto, y no hay quien pueda consolarte... o vos omnes qui transitis... vosotras, ¡oh madres! no es verdad que después que se ha muerto vuestro hijo estáis tan desconsoladas que no podéis oír hablar del... se os renueva el dolor si acaso hay alguno que lo haga, pues os recordáis de sus sufrimientos... Pues otro tanto sucedió en la Santísima Virgen... Allí S. Juan le contaría cómo le habían pospuesto a Barrabás... la traición del discípulo infame, y todo lo demás que había visto... En realidad puede decirse que el más cruel de todos los dolores fue la soledad, pues sufrió todos los dolores a la vez; en la pasión cuando asistió a la exaltación habían pasado los azotes, cuando la crucifixión habían pasado los azotes... pero en su soledad todo se le ofrece de un solo golpe... su dolor no admite consuelo, pues le han arrebatado al que formaba sus delicias, y todo esto por culpa nuestra, todo esto por nues- <*4*> tros pecados... no culpéis a los judíos, pues no fueron más que instrumentos... Exhortación a las jóvenes esclavas... sobre las malas compañías... asistencia a las funciones... frecuencia de sacramentos... y a los demás. San Pedro durante la soledad de la Virgen se presentó a sus pies, lloró su negación; lo mismo hemos de hacer nosotros.

   Duró 40 minutos.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 22, págs.: 1-5






Asunción de María



   Dos ideas ocurren, mis amados hermanos, a nuestro pensamiento al recordar la festividad presente; dos pensamientos naturalmente opuestos vienen a posesionarse de nuestro corazón; la alegría y la tristeza vienen a poner en lucha nuestra alma. Si al pensar que hoy [es] el día que María fue coronada de gloria por el amor y poder de toda la Trinidad, parece que la alegría y el consuelo reinan en nuestro espíritu; pero al pensar también que hoy es el día en que nuestra querida y bondadosa Madre nos deja solos sobre la tierra, que nosotros pobres desterrados en este valle de lágrimas vamos a quedarnos sin esa luz y sin esa guía; que no tendremos ya en nuestra compañía la que es el consuelo de afligidos, parece que el corazón se llena de una tristeza natural y misteriosa que no acertamos a comprender.
   Pero no, mis amados hermanos, no; la Iglesia nos convida a la alegría; el entusiasmo, pues, debe resonar en nuestros corazones; porque la tristeza que nos ocurra, aunque natural y piadosa, es interesada y proviene del deseo de una dicha pasajera, de un consuelo sensible y natural; pero la alegría que resulta de esta ida, proviene de la gloria que resulta a la Madre de Dios, y cuya gloria es también nuestra; de los bienes que nos reporta su coronación gloriosa; de
   Bienaventurados, pues... Buldú B, página 239.
   Respondemos, pues, al llamamiento que la Iglesia nos hace en este día; llenemos nuestro corazón de
   Dejemos nuestro entendimiento y nuestro corazón
   Intérprete, pues, yo de los sentimientos de la Sta. Iglesia, vengo a haceros algunas reflexiones breves y sencillas sobre las circunstancias de su muerte [y] a sacar algunas consideraciones que puedan servir de provecho espiritual, de consuelo, a nuestras almas; y, para ello, procuraré manifestaros que el triunfo de María en el día [de] su coronación gloriosa debe ser un motivo de alegría y de esperanza para nuestras almas. Ave María.
   Poco os diré, mis amados hermanos, sobre la historia de la muerte <*2*> de la Madre de Dios. Vosotros sabéis, hermanos míos, que la Virgen Santísima, después de la muerte de nuestro amable Redentor, tuvo que quedarse todavía sobre la tierra. Esta hermosa flor tuvo que continuar en el desierto campo de este mundo miserable. Treinta y tres años aún, esta Madre del amor tuvo que permanecer separada de su centro y de su objeto. Jesucristo quiso dejarla para la completa santificación y consuelo de sus hijos. Durante este tiempo, Ella [fue] el consuelo de los primeros cristianos. Sí, los fieles la consultaban como a su Maestra y oráculo vivo de la Iglesia, y esta divina Madre se complacía en disipar sus dudas, en instruirles, y en comunicarles los tesoros de sabiduría que había adquirido en los coloquios con su Hijo. María debía quedar sobre la tierra, para que fuese el primer modelo de las virtudes del Evangelio. Como Reina de los Apóstoles, Ella debía servirles de ejemplo en el fervor y con su celo; como Madre de los Mártires, debía animarles con tranquilidad y su constancia; como Princesa de las Vírgenes, debía dejarles el modelo más acabado de pureza y de amor. Su ocupación era la gloria de Dios y el bien de los fieles; sus paseos y romerías, los lugares santificados por los misterios de la Redención; su vida, en fin.
   Pero ¡ay!, hermanos míos; el martirio de María no podía durar ya por más tiempo; esta alma grande no podía por más tiempo estar atada a su cuerpo mortal; por un milagro continuo vivía, pues las llamas de su amor, más altas que las del horno de Babilonia, debían acabarla a cada instante. Esa paloma triste daba gemidos al cielo, sus ecos herían las bóvedas del firmamento, y llegaban hasta los oídos del Amado. Hijas de Jerusalén, decía esta esposa divina, si por ventura encontráis a mi amado, decidle de mi parte que no vivo, que el amor me tiene consumida, y acabará con mi vida.
   El Esposo se dio por entendido de estos lamentos, y enviando del trono de su gloria un Angel comisionado, que según se cree fue San Gabriel, anunció a María la feliz nueva de su próximo tránsito al País de las delicias.
   La hora suspirada, pues, se llegaba por instantes; pero antes que expirara la Santísima Virgen quiso la divina Providencia que los Apóstoles concurriesen de todas partes a prestar los obsequios a la Madre de su Señor, y a recibir la bendición de aquella maestra universal del mundo. ¡Qué lance tan tierno es, amados hermanos, el que representa la despedida de María! Los discípulos lloraban inconsolables porque los dejaba solos, semejantes a los hijos de Jacob rodeando el lecho de su madre, cada uno la pedía su bendición y la compelía a dilatar la partida. Y esta Madre cariñosa les consolaba con sus palabras, los ani- <*3*> maba a continuar la obra de la conversión del mundo, y a permanecer firme y constantes hasta el último momento, seguros de que algún día se encontrarían otra vez juntos en el paraíso de la inmortalidad.
   Pero había llegado el momento feliz para María, y aquella llama de amor que centelleaba en su pecho, dio un impulso más subido a sus ardores, y con tranquilidad y paz que había vivido rodeada de los afligidos fieles, entre el concierto armonioso de los ángeles, entregó su alma santísima en manos de su Dios y de su Hijo. Oh muerte envidiable, oh dulce sueño que no trajo consigo las penas tristes [?] todo fue paz, todo dulzura, todo seguridad, todo consuelo.
   Así murió María, mis amados hermanos. De esta manera su alma pura, pero ¿su cuerpo? ¿Aquel cuerpo purísimo, templo y sagrario de la Santísima Trinidad quedar sobre la tierra y sufrir la humillante corrupción del sepulcro? Ah, no. La maldición común pronunciada contra los hombres y mujeres de que se había de convertir en el polvo de que fueron formados, pero esta maldición debía extenderse a los hijos de Adán que nacemos herederos de la culpa, pero no pudo extenderse a María, que por un privilegio especial fue preservada de este pecado, no debía ser envuelta en la misma pena. Era honra del Hijo el libertar a la Madre de este naufragio universal, y he aquí, pues, que al cabo de tres días de haber expirado, su alma gloriosa vuélvese a unirse a aquel mismo cuerpo, y levantándose, y he aquí que este Hijo querido, este Esposo amante la llama con la voz de su poder, y la dice: Levántate, Madre mía, sal con presteza del desierto del sepulcro, ven ya a gozar de la gloria, no te detengas, ya es tiempo de que entres en el jardín celestial; ya pasaron los días del invierno, y una primavera inalterable reina en este sitio ameno, delicioso y sempiterno.
   Al oír esta voz María, su alma se vuelve a unir a su cuerpo, que estaba envuelto en la noche del sepulcro, y desatando las ligaduras de la muerte, rompiendo los obstáculos del sepulcro, se levanta majestuosa, y arrebatada en un carro de luz se eleva más alto que las nubes, camina hacia el trono del Eterno con semblante benigno, más hermosa que la luna, más pura que los rayos del sol.
   ¿Quién podrá describir ni bosquejar siquiera este cuadro magnífico? María, como aurora que sale del caos de las tinieblas, se levanta también de la noche de la muerte, camina su carrera majestuosa y risueña, rodeada de Angeles que la contemplan deslumbrados y atónitos a vista de tanta gloria. Y los moradores de la celestial Jerusalén en vista de un espectáculo tan magnífico le celebra a porfía y los Patriarcas y los Profetas y las [?] la bendicen y baten palmas a su triunfo y María, en medio de tanto esplendor, en medio de ese concierto armonioso, apoyada sobre su amado Hijo es introducida y colocada <*4*> en su trono y coronada de gloria y de poder por toda la Santísima Trinidad; y a vista de tanta magnificencia, de tanto poder, de tanta gloria como recibe María, las bóvedas del cielo resuenan con este cántico eternal: Triunfo, victoria y honor a María y al Todopoderoso, que la ha colocado en su trono por los siglos de los siglos.
   He aquí, hermanos míos, descrito, aunque con mucha imperfección, el triunfo de María. De esta manera, hermanos míos, María recibe la corona debida a sus virtudes; de este modo, esta Reina de la gracia es colocada en su solio; de esta manera, esta esposa divina es introducida en las bodas eternales.
   Hermanos míos, el entendimiento se confunde y la lengua enmudece, el corazón tan sólo es el que debía hablar en estos momentos; cada uno debe dejar correr su imaginación y volar con las alas de nuestro espíritu, y trasladarse con el pensamiento, en la soledad del corazón, a esta escena magnífica, y embriaguemos el alma con las emociones de esta felicidad.

   Ahora bien, hermanos míos, ¿no es este triunfo de María un motivo de grande alegría, de consuelo y de esperanza para estas almas? ¿No es uno de los sentimientos que nacen en nuestro corazón, al contemplar ese cuadro hermoso de su Asunción y coronación gloriosa? Sí, hermanos míos, sí; pues qué, ¿creéis acaso, que María exaltada sobre los coros de los Angeles, rodeada de gloria, sentada en su elevado trono olvidará por esto a sus pobres hijos que caminamos gimiendo en este valle de lágrimas? ¿Creéis, por ventura, que entre las aclamaciones de los ángeles ya no escuchará nuestros lamentos, ni verá nuestras necesidades? Ah, no, hermanos míos, María es la Madre del amor, y siendo éste el carácter distintivo de María, ahora más que nunca se abrasará de amor en favor nuestro.
   Además, hermanos míos, que María al separarse de este mundo no puede olvidar los encargos que los pobrecitos fieles la hicieron en el momento de dejarlos. Ella no olvidará que ha dejado a la Iglesia combatida por las olas de la tribulación; Ella que ha sido como el alma y el sostén de esta misma Iglesia durante [su] permanencia en la tierra la mira como cosa suya el bien y felicidad de ella. En fin, hermanos míos, si Dios al coronarla de gloria ha depositado en sus manos los tesoros de su gracia, no ha sido, no, tan sólo para celebrar su exaltación y servirla de honor, sino para que, dispensadora bondadosa y fiel, los derrame sobre sus hijos; porque así como durante su vida Dios la eligió para que contribuyera a nuestra Redención, así también después de su muerte la elige, la corona de gloria y la hace depositaria, para que contribuya con Dios a nuestra santificación y a nuestra salvación. ¿No es, pues, repito, hermanos míos, esto un <*5*> motivo de alegría, de esperanza y de consuelo?
   Pero ¡ay!, hermanos míos, en medio de esta alegría, un pensamiento triste me asalta. María es elevada hoy a la gloria, es hecha depositaria de todos los bienes; pero bien, y ¿qué hacemos nosotros para merecer estos bienes? Ya sabéis y habéis oído mil veces que la devoción a María y el medio de conseguirla no consiste en una devoción de palabras, en un afecto momentáneo, sensible y pasajero, sino en el deseo de servirla, practicar sus virtudes, en seguir constantes sus pisadas. Ahora bien, todos sabéis que María durante los días de su existencia, pasó con una calma inalterable por todos los grados de la tribulación y de la amargura; y nosotros en medio de nuestra aflicción, de nuestras enfermedades, de nuestros infortunios nos quejamos quizá de la Providencia, no sufrimos con paciencia esas pruebas del Señor, y desperdiciamos tantos medios de merecer.
   María en los diferentes estados de su vida conservó una pureza angelical, y un amor el más acendrado, y nosotros esclavos de nuestras pasiones impuras, deslizamos nuestra vida las más veces en amores profanos. María ha subido a su elevado trono de gloria por la escalera de la virtudes, y nosotros no hacemos sino apartarnos más del cielo con nuestros pecados. ¿Cómo, pues, recibir la protección de María? Procuremos, pues, ofrecer en este día a María todo nuestro corazón, prometamos a María no ofender más a su Hijo, purificar nuestro corazón y estad seguros del amor, del cariño, de la protección.
   Dadle hoy para sí vuestro corazón y estad seguros de alcanzar cuanto pidáis. En este día, pues, en que ha sido hecha depositaria de las gracias del Señor, pedidle que nos mire con ojos de piedad y de misericordia, que colocada en el cielo no nos olvide en nuestras tribulaciones, que nos bendiga a todos los que [?] la santa Iglesia, que nos bendiga en vida, sobre [todo] hoy que celebramos su muerte dulcísima, pedidle que en aquel momento de nuestra muerte nos cobije bajo su manto, nos sostenga, nos aliente, purifique nuestro corazón con un gran dolor de nuestros pecados, para que después de [haberla] obsequiado en la vida, tengamos la dicha de ver su hermosura en la gloria.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 23, págs.: 1-2






Asunción



   Y dejas, Pastor Santo, etc.
   ¿Cuál es la festividad?. ¡Ah! es su tránsito.
   Es aquel día en que se verifica: Tollite portas.
   Pero, ¡ay!, si para vosotros es de alegría, para nosotros es de tristeza. ¡Perder una Madre!
   ¡Ah! No convenía que estuviese aquí sobre la tierra.
   ¿Qué os diré, pues? El triunfo de María es triunfo nuestro.

   Para considerar qué triunfo fue para María, basta recordar la historia: 33 años hacía que María
   Esta tortolilla triste suspiraba.
   Sin embargo, Dios lo había dispuesto así para que mereciera, consolara a los cristianos, fuese ejemplo.
   A Ella acudían. ¡Oh! ¡Si yo pudiese deciros lo que era María para sus fieles!

   Pero la llama no podía continuar más. Historia. San Gabriel, la anunciación, los Apóstoles son trasladados, y María.
   ¡Oh! ¡Quién hubiera podido estar allí entonces!
   Pero he aquí que un acto de amor la <*2*>
   Los Santos Padres no se atreven a llamar muerte
   Pero, Señor, y ¿ha de morir, sino ha pecado?

   Si el pecado es el castigo.
   Si no moría como pena, sino para ser semejante a su Hijo.
   Pero, ¿y su cuerpo? ¿Iba a ser devorado por los gusanos?
   ¡Ah! No. Es verdad que los Apóstoles [la] conducen, y alrededor suyo velan.
   Pero a los tres días los conciertos angélicos les dicen lo que pasa; abren el sepulcro; Dios había enviado su alma
   ¡Oh! ¿Quién podrá comprender su triunfo? Los Angeles, Patriarcas, Profetas le aclaman. Aquellas heroínas que la habían figurado.
   Pero, ¿qué digo? Ved a la Santísima Trinidad ocupada en honrarla. El Padre Eterno.
   El Hijo la saluda
   El Espíritu Santo
   Y colocada en el Trono elegido antes [de] los siglos es constituida Reina de todas las criaturas.
   Gloria a María
   Pero es triunfo nuestro. Porque, ¿una hija de Adán subir a cielo? ¡Ah!, hijos míos, hasta entonces ninguna criatura muerta, en su cuerpo, y así, es honrada nuestra naturaleza.
   Además abogada. ¡Oh!, tener una Madre, y una Madre, que tiene las entrañas de tal, que ha pasado como nosotros por este valle.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 24, págs.: 1-2






   Hermanos míos; mañana es la fiesta de la Asunción.
   Con este motivo no puedo menos de animaros a que os preparéis a esta fiesta con toda la disposición debida.
   Ya debéis saber que la Iglesia ha instituido las festividades, y las ha distribuido entre el año, para que en vista de ellas nos animemos a purificar nuestro corazón, a celebrarlas con alegría espiritual y enseñarnos a practicar lo que debemos.
   La Iglesia sabe muy bien que nuestro corazón se olvida fácilmente de las cosas buenas, y atraído por las cosas de este mundo, tenemos pereza para hacer las cosas que son convenientes para nuestra alma. Por esto, pues, instituye estas fiestas, para que nos acordemos de aprovecharlas y de aprovechar el tiempo de nuestra
   Nosotros, pues, hermanos míos, debemos aprovechar estas festividades, pasando bien estos días, para que el Señor no nos pida cuenta de ellas en la hora de la muerte.
   Ya sabéis, hermanos míos, que nuestra vida no es más que un paso, un viaje que hacemos a la eternidad; ya sabéis que Dios nos ha criado para El, para el cielo; pero antes de llegar a él nos ha puesto en este mundo como en un lugar de prueba, nos ha puesto en este mundo para probarnos, para ver si le amamos, si queremos cumplir sus mandamientos, para darnos el premio o castigarnos, si, ingratos, no queremos seguir su voluntad.
   ¡Y cuán poco es lo que el Señor nos pide! ¡Y cuán poco cuesta el servirle a El! ¡Ay!, hay algunos que se figuran que para ser buenos, que para ser santos es preciso <*2*> ir a un desierto, o estar siempre pensando en Dios y rezando. ¡Ay, cuánto se engañan! Para amar a Dios basta cumplir con sus mandamientos, el servirle, oír Misa, etc. y basta hacer todo lo demás a honra y gloria suya. ¡Oh, cuánto quisiera que tuvierais siempre presente esta máxima: que debemos hacerlo todo a honra y gloria de Dios! El Apóstol
   De consiguiente cumpliendo sus mandamientos, y haciéndolo todo a su gloria podemos ser santos.
   Pero, y ¿cómo lo haremos todo a su gloria? Muy fácilmente, hermanos míos. Sabéis que en este mundo hemos de trabajar cada uno en su estado; sabemos que hemos de comer por conservar nuestra naturaleza, sabemos que hemos de tener enfermedades, penas, tribulaciones, etc.
   Pues bien, hermanos míos; al comenzar las obras del día, al levantarnos por la... decid: Señor, todo lo que trabajaré, todo lo que haré, todo lo que padeceré, todo lo que quiero hacer por Vos; no quiero hacer nada contra vuestra voluntad, sin trabajo no quiero etc.
   Si como... Si padezco, quiero sufrirlo para conformarme con vuestra voluntad, para hacer penitencia de mis pecados. Nuestro Señor Jesucristo padeció, y nosotros ¿no padeceremos?
   He aquí, pues, como seremos santos.
   Procuremos, pues, ser santos. Quizás mañana, cuán pronto, hermanos míos, etc.
   Pero debéis tener presente, que para que todo nos aproveche, para merecer delante de Dios, es preciso estar en gracia de Dios, no tener ningún pecado, tener la conciencia limpia y tranquila; de lo contrario, de nada nos aprovechará todo lo que hagamos, porque Dios no lo aceptará, etc.
   Procuremos, pues, hacerlo todo por Dios, y tener la conciencia tranquila y

Escritos I, vol. 4.º, doc. 25, págs.: 1-2






Asunción de la Virgen.



   A no mediar la octava en que estamos, os hubiera hablado quizás de otros asuntos propios de la juventud y de la Congregación.
   Pero, ¿quién puede prescindir del objeto principal de esta santa Octava de [la] Asunción de la Virgen?
   Quae est ista? ¿Quién es ésta, está preguntando la Iglesia en estos días, y con el[la] el mundo entero? ¿Quién es ésta que se adelanta como la aurora?
   Es la Madre de Dios, es la Reina, es aquella escogida entre todas para ser exaltada por todas las criaturas; es la obra maestra de la creación; cuando formaba Dios los cielos, ya la tenía presente,...
   Hasta entonces la Reina de las Vírgenes. (Buldú 239).
   Tres prerrogativas: La muerte. Después de la Resurrección, la Virgen vivió al lado de Juan,...
   Ella era el consuelo,... Reina de los Apóstoles.
   ¿Qué hemos de hacer? Alegrémonos con <*2*> el triunfo de María. Ella nos aguarda. Hablar con Ella. Si estuviéramos allí antes de morir. Ella nos contestará. Ved hoy a S. Luis como compañero. Historia.
   Demos gracias a Dios, de habernos dado tal Madre.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 26, págs.: 1-2






   Ayer la admirable Asunción.
   Dos sentimientos.
   La Iglesia nos convida a alegría.
   Poco os diré de la historia de este misterio. La Virgen estuvo 23 años para completar su corona y servir a los fieles. Ella era su consuelo. Como Reina de los Apóstoles.
   Pero la llama de amor la consumía. Esta paloma triste daba quejidos al cielo y hería las bóvedas del
   Semejante a la Esposa de los Cantares.
   El Amado se dio por entendido y no [?] y envió un ángel.
   La hora se acercaba y la divina Providencia quiso describir la escena.
   Pero la llama que en su pecho centelleaba dio un impulso más vivo y no pudiendo soportarle su corazón, rompe las ligaduras.
   Así muere María, sin la repugnancia ni penalidades de la muerte.
   ¿Y su cuerpo? ¿Había de sufrir la pena de Adán?
   Ah. No, repugnaba.
   Y el alma clamaba.
   Y al verla los cortesanos.
   Y los Patriarcas y los Profetas.
   ¿No es un motivo de alegría?
   Este día haced cuenta que nos promete <*2*>

   Confesión - Propósito.

   Cuántos tienen dolor... y no les vale. David. Juravi
   Universal. No de los que no tenemos inclinación, sino
   Qui in uno peccet, factus est omnium reus [(Sant 2, 10)].
   ¿No habrá un medio seguro? Poco a poco

* * *



   Absoluto. S. Pablo: Quis me separabit? [(Rom 8, 35)]. Condiciones si no me veo en la necesidad, si no tengo ocasión. ¿Pecarás más? Espera, yo no pienso.

* * *



   Eficaz. Poner los medios que el confesor diga. El enfermo. Quitar las ocasiones. Ejemplo de S. Vicente.
   Mudemos de vida. Arbol.

* * *



   Confesión.
   Es de fe. O confesarse o condenarse.
   Todos los graves. Número. Especie. Circunstancias.
   Integridad: Se puede faltar a ella: Olvido. Ignorancia.
   Rubor. 1. Son ocultos. Ni como locos.
   2. Se confiesan los [?] con dulzura. S. Francisco de Sales.
   3. Se han de saber. Princesa de Inglaterra.
   Humildad. No echar la culpa a los otros. Ejemplo.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 27, págs.: 1-10






Sermón del Purísimo Corazón de María.
Predicado en S.C.
4 Octubre 1874. <*2*>



   Exordio del Purísimo Corazón de María.

   El objeto del corazón del hombre es amar lo bello, lo útil, lo bueno. Esta propensión a amar lo bueno y lo bello, nos fue dada por el Creador mismo, y constituye una parte esencial de nuestro ser. El corazón no solamente es capaz de amar, sino que ama por necesidad, de tal suerte que jamás deja de tener algún objeto a quien dirija sus afectos. Es verdad, hermanas mías, que muchas veces, por desgracia, él y por el desvío de sus potencias, cambia el verdadero objeto de su cariño, tomando por bello y por bueno lo que no lo es, lo que le es perjudicial; pero de todos modos siempre que inclina a ello bajo la apariencia de bello y de bueno, de bien.
   Si la inclinación, pues, de nuestro corazón es lo bello y lo bueno, después del Sacratísimo Corazón de Jesús, ¿dónde encontrar un objeto más digno de arrebatar nuestras potencias y cautivar nuestro corazón y nuestro amor que el Purísimo Corazón de María?
   Porque Ella no sólo es una criatura que en beldad, en gracias, en atractivos, jamás tuvo ni podía tener semejante, sino que además posee la bondad de un corazón, que ama más que el de ninguna otra criatura.
   Una Virgen bellísima, que, constituyéndose Madre del Unigénito de Dios, se hace madre común de todos los mortales, hasta hacer por ellos el sacrificio más amargo, ¿no es acreedora a nuestros afectos, a nuestra correspondencia?
   Y he aquí la sencilla idea que nos ocupará en este breve rato de meditación: la belleza y hermosura del Purísimo Corazón de María en sí, y su bondad para con nosotros.
   Para el acierto, imploramos la gracia del Señor; la gracia del Señor por medio de este Purísimo Corazón. Ave María. <*3*>

   Jesús, María, José

   Inútil es, hermanas mías, os diga lo que [es] el corazón ya física, ya moral ya espiritualmente considerado. El corazón es la parte más distinguida del cuerpo humano, el órgano principal de la vida física, como lo es también en el hombre el órgano de la vida moral, del sentimiento y de los afectos del alma; centro de las dos sustancias, asiento del amor, y...
   El corazón es la parte más distinguida de nuestro cuerpo, el órgano admirable y asiento de la voluntad. El es el principio de la física y de la vida espiritual. Es el anillo de la cadena que une las afecciones del cuerpo y del alma. Es la expresión de la vida moral, el asiento del amor sensible. Es el centro de todas las virtudes, el foco de todos los afectos.
   Pero, ¿dónde voy? Preciso es que el corazón del hombre sea muy superior a las demás obras salidas de las manos de Dios, pues el mismo Dios omnipotente nos atestigua que se enamoró de este débil corazón, al que ama hasta el exceso, haciendo consistir su gloria en reinar en él. Si el Señor ha derramado tan pródigamente sus beneficios, sus dones, sus gracias sobre el hombre, no le pide otra recompensa más que le ame de todo corazón. En fin, Dios tiene incesantemente fijos los ojos en el corazón del hombre, y en todo sólo a él ve y estima: Deus autem intuetur cor [(1 Re 16, 7)].
   Y si el corazón de un simple mortal, en el que Dios ha dejado caer solamente algunas gotas de sus gracias, sólo porque ha querido reflejar su imagen, Dios se complace de este modo, es tan agradable a sus ojos, ¿qué sucederá con el corazón de María, sobre el que el Omnipotente se ha complacido en derramar un torrente de gracias para hacerlo digno de sí?
   Los demás corazones...

   Cuando el Señor iba sacando con su poder las cosas de la nada, ratificaba con su aprobación la existencia de todos los seres como conformes al fin para que los destinaba. Pero viendo entre ellos al hombre, al vivificar e infor- <*4*> mar su corazón, centro de todas las afecciones del alma, no se contenta con una simple aprobación, sino que exclama que todo era muy bueno.
   Si nos es permitido hacer comparaciones humanas, sin duda que al verse Dios en este retrato de su divina naturaleza, al verse conocido y amado de él, una sonrisa de placer exhalarían sus labios. Como una madre cariñosa al tener en sus brazos a su cándido infante en quien ve reflejarse, así Dios se miraría complacido en el corazón del hombre, sobre todo en aquel día primero en que le vio revestido de la gracia justificante. Vio en esta criatura una participadora de su naturaleza, con quien podía comunicarse, que le conocería y admiraría, alabaría y bendeciría.

   Ahora bien, pues, hermanas mías. Si Dios manifestó este acto de feliz complacencia al fijarse por vez primera en el corazón del hombre, ¿cuánta sería esta complacencia al fijarse en el corazón purísimo de María, espejo brillante sobre el que vio reflejarse todas sus divinas perfecciones? ¿De aquel corazón cuya hermosura hacía desaparecer los albores de la aurora?
   ¡Oh!, sin duda que una explosión de su entusiasmo le haría exclamar, mejor que en la primera creación: ¡Oh, y cuán bueno es este corazón, tabernáculo digno del mío donde descansar! Y al mirarlo perfecta imagen suya, y poseedor de una belleza de que no está dotada criatura alguna, exclamaría con la efusión de su espíritu: Tota pulchra es, et macula non est in te. Toda hermosa eres, y realmente no hay mancha alguna en ti. Y como si no pudiese contener dentro de sí la satisfacción que le inundaba, convoca a los Angeles para que contemplen las excelencias de este Corazón, y alaben al Hacedor que tal hace. Y al fijar en él su mirada los habitantes de las eternas mansiones admiran la excelencia y belleza de su futura Reina, y en el arrobamiento que experimentan, no pueden menos de preguntarse: Quae est ista? ¿Quién es esta que admiramos, y cuyo corazón parece refractarse de las perfecciones de Dios? Y le prodigan mil tributos de alabanza, y le entonan cánticos del más acendrado cariño, y veneran aquel corazón santísimo, como digno hasta entonces de las complacencias de su Dios. <*5*>
   Y no podía menos de ser así, hermanas mías, puesto que el corazón de la Virgen Santísima era destinado para ser el lecho florido del Salomón de la gracia, el trono donde debía descansar el Deseado de las naciones, el reclinatorio brillante del místico esposo anunciado antes...
   Recuerdo en este momento la feliz idea de un santo Padre, que, hablando de la Virgen Santísima, dice: Que Dios crió para el hombre el cielo, lugar donde derramó los tesoros de su magnificencia, a fin de que fuera digno regalo de un Dios, y donde el hombre pudiese descansar de las fatigas de la vida, y admirar en él los dones de la grandeza e inmensidad de El; pero al mismo tiempo quiso criar un cielo para sí, y digno de El, donde pudiese descansar, que fuese como el lugar de su reposo, digno de su grandeza, de su felicidad, de su amor; y este cielo que quiso criar para sí, fue el Corazón de su Madre amantísima.
   Si el cielo, pues, del hombre, este lugar que arrebata las miradas de nuestra fe, este lugar de incomprensible belleza, de luz inaccesible, que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni en el entendimiento del hombre entró lo que el Señor guarda allí para los que le aman y su posesión absorberá nuestra admiración por toda la eternidad, ¿qué será, hermanos míos, el Corazón de María que el Señor ha escogido como su cielo, y lugar de sus supremas complacencias? ¡Ah!, sólo Dios que la ha escogido para este objeto puede medir la inmensidad de su grandeza, de su belleza, de su perfección.
   Y ciertamente, hermanas mías: Que el Señor arrebatado por la hermosura de este lugar, que el Padre eterno desde antes de los siglos le preparara, no dudó ya en venir a la tierra, sabiendo que tenía un lugar de sus delicias y de su descanso, teniendo preparada ya el arca de su santificación.
   Por ello, no temió ser envuelto en la cárcel de nuestra mortalidad, sabiendo que debía tener su asiento en el Corazón de María.

   Y se sujeta a las debilidades de la infancia y de la pobreza, porque descansa tranqui- <*6*> lo en el regazo, en el corazón de una Madre, como María.
   Y durante los días de su peregrinación, en los años de su vida escondida y solitaria, nada desea, porque tiene allí una alma que le corresponde, un corazón que le llena y en quien comparte dulcemente sus silenciosos gemidos, y la soledad y el olvido en que el mundo le tiene.
   Y durante los días fatigosos de su vida pública y de su pasión, en aquellos días de sacrificio y de amarga separación, el Corazón de la Virgen, único que sabe pesar y penetrar en sus sentimientos es el que, a través de las distancias, se dirige al Corazón de Jesús.

   Por ello, ahora en el cielo, le señala a los bienaventurados y a las generaciones todas de la tierra, para que le alaben y le bendigan, por haber sido el lugar de reposo del Señor, objeto de sus delicias en la tierra, y que lo será por toda la eternidad.
   Y si tal fue el corazón de la Virgen Santísima, en los ojos de Dios, adornado con las gracias que derramó en él desde un principio, ¿cuál sería este corazón esmaltado con las gracias posteriores adquiridas durante los años de su vida mortal?
   Es una verdad, hermanos míos, que Dios tiene...
   Si cada gracia correspondida es un mérito, si cada mérito es un nuevo brillo de gracia...

   Ahora bien, pues: ¿quién es capaz de comprender la belleza, la santidad, la pureza que hermosearía el corazón, atendidas su correspondencia a las gracias y su íntima comunicación a la fuente de la gracia?
   ¿Cuánto no debieron divinizarse sus pensamientos y sentimientos durante el tiempo que el Verbo Eterno estuvo en su corazón virginal? ¿Qué fuego no debió encender ese sol encendido allí por tanto tiempo, y que no dejaba salir <*7*> un solo rayo al exterior?
   ¿Qué emociones no debió experimentar más adelante el corazón de esta Madre bienaventurada, llegado el tiempo en que pudo abrazar a su divino Hijo y estrecharle contra su seno?
   ¿Y de qué santidad no se llenó este corazón durante los treinta años de relaciones no interrumpidas, de comunicaciones, de expansiones mutuas y diarias entre el Hijo y la Madre?
   En fin, hermanas mías, ¿qué debió ser ese Corazón cuyos latidos no dejaron de merecer en un instante y que respondieron a la sublimidad de aquellas incomprensibles relaciones con las tres Personas divinas, y fueron dignas en todo de la Hija, de la Esposa y de la Madre de un Dios?
   ¡Oh, si a nosotros nos fuera dable, hermanas mías, contemplar un solo rasgo de la hermosura de este corazón! ¿Cómo nos abismaríamos ante ese océano de belleza? ¿Y cómo no, si forma las delicias del mismo Dios? ¡Y cómo no, si supo arrebatar sus miradas y obligarle a descender de su trono!
   Justo es este corazón de las alabanzas de todas las generaciones. Justo es que el cielo y la tierra le proclamen... resuenen las alabanzas al Corazón de esta Madre Inmaculada.
   (Si muchas veces que el corazón de la criatura arrebata nuestro corazón sólo porque posee alguna...)
   He dicho también, hermanas mías, que el Corazón de María no sólo era digno de nuestra admiración y de nuestro cariño por las gracias sobreabundantes que el Señor quiso derramar <*8*> en él, si[no] que también porque reúne la otra condición que el hombre desea en la consecución del objeto a que se inclina y por la bondad, y esta bondad y este amor sobre todo para con nosotros.
   Y esta bondad y este amor de María para con nosotros sobrepuja a... porque sobre ser objeto, reúne para nosotros una circunstancia que hace resaltar el amor, pues el amor sin ella apenas tiene belleza, tiene mérito: esto [es] el amor del sacrificio.
   Porque no solamente es un amor tierno, ardiente, generoso, heroico; es un amor que pasa los límites de lo mundano.
   Queriendo Jesucristo expresar el afecto más asombroso de la caridad de su Eterno Padre, dijo: De tal modo amó Dios al mundo, que no dudó darle su propio Hijo. He aquí lo que el Apóstol llama el exceso del amor de Dios hacia los hombres. Pues bien, el corazón de María ha sido capaz de este exceso. Ella ha entregado este mismo Unigénito para le redención del mundo. Con la diferencia...
   Y no creáis que este amor de María, en el sacrificio que hizo de su Hijo y de sí misma en favor nuestro, fuese momentáneo, sino que lo estuvo repitiendo todos los días de su vida. Cuando le ofreció en el templo a los 40 días de su nacimiento sabía perfectamente que el Padre Eterno le aceptaría, y que Jesús era la víctima del linaje humano, y Ella consintió plenamente; y por su voluntaria aceptación se consagró desde entonces a todos los dolores y a todas las amarguras, y si es lícito decirlo, fija su vista sólo en el bien de los pecadores. Y desde entonces, ¿qué alegría pudo experimentar su corazón? ¿Qué consuelo pudieron tener sus penas? Durante los días de la infancia de Jesús, cuando le veía (aquélla había aceptado y que no retractaba) no le abandonaba un punto el cruel pensamiento de que El crecía para el sacrificio. Jamás pudo desechar de su espíritu las imágenes del jardín de los Olivos, del Pretorio y del Calvario, que veía en lontananza. Cuanto en las demás madres es un moti- <*9*> vo de consuelo se convierte en tormento para el Corazón de María.
   Si nos es permitido penetrar en el retiro de Nazaret, en los 30 años de su vida íntima y escondida, ¿sobre qué pudieron versar las conversaciones de Jesús y de María, sino sobre el bien del hombre, los padecimientos de Jesús? ¿Sobre la ingratitud de los pecadores?

   ¿Cuántas veces rogaría a su Hijo abreviase los días para ir a curar los males de la humanidad doliente? ¡Cuánto le haría interesar por sus desgracias!
   Ahora bien: ¡y qué heridas tan hondas causaría en el Corazón de María el recuerdo de estos males y las penas que aguardaban a su Hijo para lograr el remedio!
   ¡Cuántas veces se interesaría para el bien del hombre!

   Y, sin embargo, jamás tuvo la debilidad de retractar su ofrecimiento por el bien de las almas.
   Por ello, hermanos míos, mientras Jesús se ofrece a sí mismo al Eterno Padre en expiación de nuestros pecados, el Corazón de su Madre es el altar donde se ofrece y para el mismo fin.
   Consiente en sus tormentos, en sus ignominias, en su muerte, para que podamos obtener gracia en su presencia. Conjura a un Dios ofendido que satisfaga su venganza en aquel Cordero inocente, y que nos exima a nosotros de su justa cólera.
   ¡Ved a qué extremos nos ha amado el Corazón de María!
   Nosotros fuimos en aquel terrible trance el objeto único de los pensamientos del Hijo y de la Madre, hasta tal punto que la postrera palabra que Aquel dirigió a ésta desde la cruz, fue para hablarle en nuestro favor, para desprenderse de Ella y dejárnosla por Madre.
   ¡Oh, palabra sublime! ¡Tú colmas todas las esperanzas de la humanidad! Somos hijos de María, y este título nos da derecho para esperarlo todo de su benéfico corazón; y ¿cómo podrá dejar ya de cumplir este augusto destino respecto de los hombres (a cuya salvación ha contribuido de un modo asombroso?)
   ¡Ah! Los dolores que su maternal Corazón experimentará en el gran día de la expiación; las amarguras mortales que devorará su alma benditísima; las lágrimas que sus ojos bellísimos vertieron por nuestro amor no las podrá olvidar jamás. María escucha no menos que en aquel día la voz del Eterno Padre que en la... <*10*>
   Por ello, hermanos míos, penetrados de esta bondad y atraídos de este amor, el Corazón María ha sido el centro hacia el que han convergido las miradas de los hijos de la fe en todas las necesidades.
   ¿Y quién que no haya experimentado los efectos de su protección? Por ello, y con la experiencia de los favores alcanzados por medio de la invocación al purísimo Corazón de María, desde hace dos siglos a esta parte, se han multiplicado los obsequios en su honor. Y la Archicofradía [de] su Corazón, refugio de pecadores, cuenta a sus millares de asociados con igual número de favores estupendos alcanzados. La devoción al Corazón de María ha sido como la aurora que ha preparado la devoción al Corazón de Jesús, fuente de todas las gracias y de todos los consuelos. Y hoy que se está pidiendo al Sumo Pontífice que consagre al Sagrado Corazón de Jesús el universo todo, se le pide también que esto se haga bajo los auspicios del Inmaculado Corazón de María.
   Que el Corazón de María sea, pues, hermanos míos, para nosotros el asilo y refugio de confianza en todos los acontecimientos de nuestra vida.
   Rodeados de peligros llevamos en cuerpos frágiles y sujetos a mil desastres almas todavía más débiles y expuestas a males de todo punto funestos. Lancémonos en brazos del Corazón de María puesto que Ella es salus infirmorum: salud de los enfermos.
   Nuestra vida es fecunda en reveses e infortunios: no hay ni ojo que no derrame lágrimas, ni un corazón que esté exento de amargura. Acudamos a su Corazón con confianza, porque para todos es consolatrix aflictorum.
   ¿Son los temores, las inquietudes de todas clases las que agitan nuestra existencia? ¿Son las almas de nuestros semejantes las que más amargan nuestro corazón? Instemos a Ella, [que] est refugium peccatorum.
   Navegantes en el mar proceloso de la vida, entre escollos y temores de los peligros pasados, inciertos a veces del remedio que debemos seguir, invoquemos el recurso único de los cristianos: Auxilium christianorum.
   No; no pereceremos, ¡oh Madre de misericordia! A vos acudimos en todas las necesidades. En la vida y en la muerte Vos seréis la Estrella que nos guiará a través de todos los peligros, hacia aquel puerto, en donde unidos nuestros corazones con el vuestro reposarán en el seno de Dios de las fatigas y dolores de esta triste peregrinación en la feliz eternidad. Amén.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 28, pág.: 1






confía su grey; y esta institución con que la declara pastora universal de los redimidos con la sangre del cordero, jamás podrá borrarse de su memoria.
   Si durante su mansión en este valle, para ella cubierto de la mirra más amarga, sembrado de espinas de tribulación y de angustia ni un momento hubo que no le consagrase a procurar nuestra felicidad, ahora que [es] sumamente feliz en la mansión eterna, descansa pacífica al lado de su Hijo glorificado, ¿sería su Corazón insensible a nuestras miserias? ¡Ah! no, dice S. Antonio de Florencia. Incomprensible es la solicitud con que esta Madre cariñosa desea hacer felices a todos los mortales, y en tal grado que no es posible deseen los hombres tanto su propia dicha como María desea franquearles los tesoros inestimables de su benéfico Corazón.
   Tales son, hermanos míos, las condiciones bellísimas que reúne el Corazón de María.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 29, págs.: 1-2






   Hay un nombre.
   Pero, ¡ay! que no todos...
   Por ello, Jesús que vino a restaurar todo...
   Ecce filius tuus [(Jn 19, 26)].
   Aunque no nos hubiera hecho otra cosa...
   En medio de los combates...
   ¡Oh, si tuviéramos madre!

* * *



   Pero este nombre no es sólo un nombre vacío.
   De tal suerte, que todas las gracias...

* * *



   Además ella tiene la solicitud.
   Todo lo sufría por esto.

* * *



   Por ello no es extraño, que al predicarse la fe... todos los corazones...
   Ya en la vida de la Virgen...
   Después de la invocación.
   No ha habido obra que no haya prosperado.
   Los Santos, S. Alfonso Rodríguez. S. Juan.
   Si subiéramos al cielo...

   Si bajáramos al infierno...
   Y los pueblos agradecidos. Títulos. Al ser librados de los peligros.
   Madre de Providencia.
   ¿Qué hemos de hacer? Devoción, honrarla y amarla. Cura de Ars. Propósitos. Con constancia. <*2*>
   Al levantarse. Al acostarse. Al Angelus. A la hora. De no ofenderla.
   Propósitos. Hay algunos que están en peligro. Otros que son perezosos. Otros que... Otras tentaciones.
   Vuestras jaculatorias. Prácticas piadosas. Las de esperanza.
   La humilde y [?] Isabel, cuando al pisar los umbrales de su casa María exclamó con el
   Y la Iglesia la honra

Escritos I, vol. 4.º, doc. 30, págs.: 1-11






Sermón sobre la Virgen del Carmen.
Predicado en Roquetas, el día 28 de Julio 1872
Desierto de las Palmas, 16 Julio [18]87 <*2*>



   Antes de entrar en las consideraciones de las glorias del Carmelo y como fundamento de ellas,
   Trasladaos con el pensamiento, hermanos míos, a aquel momento solemne en que Jesús iba a sellar por su parte el pacto con el hombre. Trasladaos a la cruz. Aquella voz, tantas veces repetida a vuestros oídos, y que sin embargo es la base de nuestra confianza en María.
   Ved allí al agonizante Jesús y oiréis que pronuncia unas palabras de consuelo, que han formado y formarán siempre y en todo lugar la felicidad del pueblo cristiano. La víctima sagrada que por estar pendiente del madero santo, iba a realizar las esperanzas del Universo; aquel que por nosotros, los hombres, y por nuestra salud, había descendido del cielo a la tierra de nuestra peregrinación, estaba próximo a exhalar el último suspiro, y dirigiéndose a María, le dice: Mujer, he ahí a tu hijo; y dirigiéndose enseguida al discípulo amado, y con él a todos los que habíamos de ser miembros de la Iglesia, he ahí a tu Madre. Jesús, pues, ha hecho cuanto tenía que hacer en favor de los desgraciados hijos de Adán. No contento con quedarse entre nosotros hasta la consumación de los siglos, en el misterio de su amor, y de redimirnos con el precio de su sangre, nos ha dejado una madre tierna y cariñosa, una madre de misericordia.
   ¡Oh bondad del corazón de Jesucristo! Qué sería de nosotros, hermanos míos, qué sería, digo, de nosotros, en medio de los escollos que nos presenta el mundo, rodeados de peligros continuos, revestidos de una carne miserable, rodeados de [?], agitados todos los días por las olas de la tribulación y de la amargura, si no tuviéramos la idea de [una] madre de misericordia, si no tuviéramos en María una madre que nos librara de nuestros enemigos, y fuese el consuelo y nuestra esperanza en la tribulación y en el día de la aflicción.

   Pero si todos los fieles son hijos de María, si todos tienen opción a su misericordia y protección, nosotros en particular, hijos y hermanos del Carmelo, <*3*> nosotros tenemos un derecho particular a la protección de María, gracias a la munificencia de esta Señora.

   Sí, hijos y cofrades del Carmelo. Nosotros somos la Hermandad predilecta de María, somos sus hijos primogénitos, predilectos.
   ¿Primogénitos, he dicho? Sí, lo que Benjamín para la madre Rebeca, lo que José para Jacob, lo que Samuel para Ana, somos nosotros para la Madre de Dios.

   ¡Ah! Para probarlo, católicos, sería necesario remontarme a aquella época memorable del antiguo Testamento, cuando 900 años antes del nacimiento de María, el profeta Elías inspirado por Dios la reconoció y adoró en aquella nubecilla que, elevándose del mar y extendiéndose instantáneamente, produjo una lluvia saludable; y cuya fe y devoción a esta madre de Dios venidera trasmitiría a sus hijos, que en la cima del Carmelo se dedicaban a una vida de contemplación.
   Yo debiera recordaros, que cuando al anunciarse el Evangelio, esta voz de la buena nueva resonó en las montañas del Carmelo, donde habitaban los hijos de Elías, bajaron muchos de éstos a conocer y venerar a la Madre [de] Jesús, teniendo la dicha de ver con sus ojos a aquella, a quien con espíritu habían venerado desde siglos, de ser los primeros que iluminados por la luz de la fe, pudieron ofrecer su entendimiento y corazón a los pies de esta madre Inmaculada.
   Yo debiera deciros también que, en vida todavía de la Virgen, o poco tiempo después de su muerte, le levantaron templo o capilla a su memoria, en lo elevado del monte, en donde le daban culto y veneración, donde derramaban su espíritu; y esta madre de bondad era para ellos la estrella de la maña- <*4*> na, el iris de paz y de consuelo; era, en fin, la realización de la nube de Elías, es decir, fecunda en bendiciones y en gracias para los hijos del Carmelo, de cuyo lugar había tomado posesión, y de cuyos hijos fue madre anticipada.
   Yo debiera referiros... pero no, hermanos míos; bástame para haceros ver la predilección de María para con los hijos del Carmelo, basta, digo, recordaros que ellos han sido reconocidos desde los primeros siglos en [?] y por todos los cristianos con el distintivo nombre de hijos de María. Que esta denominación la han respetado y confirmado los Sumos Pontífices, y que, por lo tanto, en la conciencia misma de la humanidad está reconocido que si la Virgen Santísima ha sido y es la madre de todos los cristianos, mediante la alianza realizada con ellos al pie de la cruz, es madre especial de los hijos del Carmelo mediante una alianza particular de benevolencia y de las comuni[cacio]nes que en todos [los] tiempos tuvo con ellos.
   Pero no bastaban, no, estas distinciones, estos favores, para hacer ver que los carmelitas eran hijos predilectos de María... era conveniente una señal exterior de alianza que los caracterizara ante el mundo; debían poder enseñar una señal del pacto de amor y de protección de María para con ellos.

   ¿Recordáis, católicos, cuando después del diluvio, aplacado Dios con el sacrificio del justo Noé, complacido su corazón con el homenaje de aquel varón, quiso realizar la promesa y el pacto de no inundar otra vez la tierra? Mira, le dice: Yo quiero hacer un pacto con el hombre. No volveré a inundar la tierra, pondré mi arco sobre las nubes, y será señal de mi pacto entre mí y la tierra.
   Cuando [veáis] este arco sobre vuestras cabezas, recordad mi <*5*> promesa y mi palabra. El será señal de paz para vosotros.

   Pues bien, hermanos míos: La Virgen Santísima para animar a los hijos de su amor, para presentar ante el mundo un auténtico y público testimonio de su promesa, quiso darles una señal, un arco celestial que les recordara que eran sus hijos y ella era su madre cariñosa y de bondad.
   ¿Y cuál es esta señal? ¿Qué demostración exterior indicará para distinguir a sus hijos? ¡Ah! El distintivo más propio de una madre. ¿Cuál? Ya lo sabéis, hermanos míos, una vestidura. Si nos fijamos en la historia sagrada y aun también en la historia profana, veremos que está como consagrado por el instinto maternal, el honrar con el vestido a las hijas de su cariño.
   Si Jacob atraído por los encantos de la inocencia y del candor de José quiere distinguirle sobre los demás hijos, no encuentra otro distintivo propio que una túnica de colores variados. El amor de Ana para su hijo Samuel, de Rebeca para con Jacob se complace en demostrarse con el vestido exterior con que los adornaban.
   Pues bien, el distintivo maternal de una vestidura sagrada es lo que la Santísima Virgen da a sus hijos privilegiados, para que lo ostenten como un signo de distinción, como una muestra de amor.

   Era el año 1251. Los hijos del Carmelo, 30 años después que la Madre de Dios había manifestado por medio del Sumo Pontífice Honorio III ser ellos los hijos de su corazón, eran sin embargo otra vez objetos de tribulación.
   El monte Carmelo y los lugares de la Palestina habían sido abandonados por los carmelitas a causa de las terribles persecuciones que experimentaban en el siglo XIII. Y en Europa encontraban muchas dificultades la propagación de la Orden.
   El Beato Simón Stoch, sexto General que era de la Orden, después de la aprobación de Honorio III, vertía continuamente lágrimas de dolor y desconsuelo. Postrado ante la Virgen decía: Yo me <*6*> lisonjeaba, Virgen Santa, de que el Carmelo estaba unido a ti por un vínculo especial y no tiene ninguna señal visible de tu ternura.
   Tú sabes que Elías previó tu futura pureza. Tú sabes que en el monte Carmelo se te ha dado siempre culto, tú sabes que en el monte Carmelo se han encontrado siempre defensores de tus prerrogativas e imitadores de tus virtudes. No me niegues, madre, una señal, para que sean respetados tus hijos.

   Tres años hacía que el Beato Simón solicitaba de la gloriosa protectora un testimonio de amor, cuando esta madre de bondad, movida de las oraciones y de su amor a los carmelitas, baja otra vez de los cielos, adornada de gloria y de belleza, y le dice: Simón, he oído tus ruegos. Recibe, hijo mío, este escapulario etc.

   Y desde entonces, ¡ah! ya no temáis, hijos de María Inmaculada del Carmen. Gloriaos en esta enseña que María os ha dado como la prueba de su cariño. Desde [este] día cesarán las tempestades que se han levantado contra vosotros, ese escapulario es el iris de paz que viene a anunciaros la bonanza, esta enseña misteriosa será el conducto de gracias abundantes de consuelo y bendición.
   Tal es, hermanos míos, el escapulario del Carmen, la señal especial de la alianza de María con sus hijos y cofrades; el vestido de distinción con [que] los honra, la divisa con que los honra.
   ¡Oh, hermanos míos, y cuánto no debemos a la madre de Dios! Cuánto ha hecho por nosotros vistiéndonos esta santa librea que nos da a conocer por hijos.
   ¡La Madre de Dios! ¡La Reina de los cielos! Aquella que, pura como el aliento de Dios, es adorada por millares de inteligencias que le rinden el tributo de sus admiraciones, que le rinden el tributo de sus adoraciones; aquella a quien saludan los astros de la mañana, la que un día será reconocida ante todas las generaciones como la reina del universo.
   Vestirse ella misma y vosotros.
   La madre de Dios es la que se digna vestirnos con su propia vestidura.
   Non fecit taliter omni nationi [(Sal 147, 20)]. El Profeta David, hermanos míos, al recordar los beneficios que Dios había hecho al pueblo de Israel, las maravillas que había obrado a su favor, la distinción que habían merecido sobre los demás pueblos de ser su porción escogida, la gloria que les cabía... entusiasmado exclamaba: Alégrate, oh Israel, porque <*7*> no ha hecho el Señor cosa semejante a ningún otro pueblo ni nación. Non fecit taliter.
   Con mucha más razón podemos exclamar nosotros, hijos del Carmen: La Virgen Santísima nos ha concedido una señal para distinguirnos ante el mundo como porción escogida, como hijos predilectos de su corazón.
   Gloríense y luzcan sobre sus pechos los grandes de la tierra las condecoraciones con que han sido remunerados sus servicios por los monarcas de la tierra, que nosotros nos honramos con vestir esa condecoración concedida, no por los monarcas de la tierra, sino por la que es Reina de los cielos y madre de nuestro Dios.

   Recordad, pues, hermanos míos, lo que os acabo de decir; considerad la historia de los amores de la madre de Dios, y comprenderéis que el escapulario ha sido y es la señal exterior de la alianza de amor para con los hijos y cofrades del Carmelo.

   Pero he dicho también, hermanos míos, que el santo escapulario era no sólo una señal de alianza de María con los hombres, sino que es también muy principalmente una prenda y señal de protección, de salud para aquellos que le visten devotamente. Dice un piadoso escritor, hermanos míos, que así como el Espíritu Santo cubrió con su sombra a María en la Encarnación, así María debía cubrir con su sombra a la Iglesia en sus diferentes necesidades. El Espíritu Santo fue su fortaleza en el misterio de un Dios hecho hombre, y María llena del Espíritu Santo, es el refugio y el brazo de los cristianos. ¡Ah! Nada le es imposible en el cielo y en la tierra. Ella fiel a la misión que el cielo la ha confiado, al encargo que Dios la ha hecho madre de los hombres, emplea a favor suyo toda la extensión de su poder, todos los artificios de su amor a fin de encaminarles por el camino de la verdad, y de romper las redes que impiden la consecución de su verdadera felicidad. Y bien, hermanos míos: Si se interesa tanto por <*8*> los hombres, por haberlos tomado bajo una protección general, ¿se mostrará indiferente con aquellos, con los que ha obligado su palabra? ¡Ah! no: De su escapulario, presentado a los fieles por la manos de Simon Stoch, parece que hablaba el real Profeta, cuando decía: Scapulis suis obumbrabit... [(Sal 90, 4)].
   Y él será el escudo que te rodeará y pondrá ante tu pecho, y no temerás los temores de la noche; mil de tus enemigos caerán a tu derecha y diez mil a tu izquierda, y a ti no se podrán acercar, llamará a mí y yo le oiré, porque con él estoy en medio de la tribulación, le sacaré de ella por el escapulario y le glorificaré; le llenaré de la juventud de los días, y por fin le enseñaré la salud y la salvación.
   Sí, hermanos míos, repito; el escapulario es signo de bendición y escudo en todos los peligros. ¡Cuántas veces, mediante él la Virgen Santísima, como otra Sara ha expelido de la casa de los hijos de su amor los objetos que pudieran perder su inocencia! ¡Cuántas veces, como a Jonatán, aquella mujer piadosa los ha libertado de una mano alevosa y asesina! ¡Cuántas veces, como la hija de Faraón, ha sacado a sus hijos del torrente de las tentaciones! ¡Cuántas veces les ha libertado de las asechanzas del demonio, acobardado a vista de este vestido doble, que ha dado a sus domésticos! María, la dulce María, es para los Carmelitas el tabernáculo donde se esconden de las furias de sus enemigos.
   De las manos de María Inmaculada se desprenden para los que llevan su señal, aquellos rocíos del cielo que humedecen la sequedad y amargura del corazón, aquellas bendiciones de dulzura que alegran el espíritu, aquellas lluvias de gracias que fecundan, ablandan y consuelan.
   Pero ¿dónde voy, hermanos míos? ¿A qué me esfuerzo? Estas promesas, estas bendiciones prometidas por María a esta señal, no las vemos confirmadas por la gratitud de todos <*9*> los pueblos, pues...
   ¿Qué es sino este concierto armonioso de voces que salen de tantos corazones, que acuden a María en medio de la tribulación?
   ¿Qué significan estos clamores dirigidos a María en los momentos de la tribulación?
   Echad una mirada sino a los que se ven todos los días sumidos en la tribulación.
   Mirad al navegante en medio de la horrible tempestad. El sordo ruido de las olas [agitadas] por los vientos, la profundidad del mar que le sostiene, el relámpago que aparece en las nubes, el ruido estridente del trueno que resuena en sus oídos, le hacen estremecer; entonces el hombre, el cristiano aunque sabe que Dios ha criado todos estos elementos naturales, sabe también que puede valerse de ellos para que sean instrumentos de su bondad y su justicia; y al recordar su pasado y su porvernir cae sobre sus rodillas bajo el peso de la majestad y grandeza de Dios; pero, ¡ah! un pensamiento feliz le agita en aquel momento de angustia. ¡Virgen del Carmen! exclama en un momento de entusiasmo: ¡Virgen del Carmen! repiten los que le escuchan, y el nombre de María del Carmelo resuena en todos los corazones como un eco de esperanza. Han recordado que es la estrella del mar y al invocarla han esperado que ponga en acción su poder, su intercesión para que el Dios de las tempestades les saque ilesos de entre tantos peligros.
   Mirad al pobre enfermo en el lecho del dolor: abandonado de esperanzas humanas, está luchando entre las angustias de una muerte inevitable; ni el recuerdo de su dicha pasada, ni aun los atentos cuidados de que pueda ser objeto son capaces de llevar el consuelo a su corazón; una sola cosa le alienta: ¡Virgen del Carmen! repite con débil gemido; y ella es la medicina que cura las debilidades de su alma y suaviza las de su cuerpo.
   Mirad allá al soldado que en justa lid se encuentra en el campo de batalla, rodeado de las balas enemigas; al poner las manos sobre su pecho recuerda que lleva la divisa de su santo escapulario, y ¡ah! no duda <*10*> que lleva sobre sí un escudo de protección y de fortaleza, y va seguro bajo el manto de María, y no teme ya el acero enemigo.

   Los anales de la Orden y cofradía del Carmen nos ofrecen, hermanos míos, una cadena ininterrumpida de hechos milagrosos, alcanzados a la sombra de su poderosa intercesión.
   ¡Cuántos incendios apagados! ¡Cuántas enfermedades curadas! ¡Cuántas cadenas quebrantadas!
   Sí, hermanos míos, no lo dudéis: El escapulario de la Virgen Santísima, gracias a la bondad y promesa de esta madre de bondad, es no sólo una señal de amor y de alianza y de amistad para con sus hijos, sino que también es una señal eficaz, un escudo de protección en los peligros y en [la] tribulación.
   Más aún, hermanos míos: Trasladaos con la fe al otro mundo; recordad el purgatorio, allí donde el alma no puede ya merecer por sí misma; allí donde el alma anegada en el crisol de la tribulación, se encuentra alejada del paraíso... el nombre de la Virgen del Carmen es el consuelo, el bálsamo de una esperanza y esperanza especial.

* * *



   Ahora bien, pues, hermanos míos, ¿y qué debemos hacer nosotros, los hijos de María del Carmelo, para corresponder al amor de esta Madre y encarecer su protección?
   En primer lugar, hermanos míos, debéis recordar que el Escapulario es un pacto de amor de la Madre de Dios con nosotros, y, por lo tanto, obliga a nosotros las condiciones de él.
   Al dirigirse S. Juan Crisóstomo a los presbíteros de Antioquía: Considera pactum, militiam, conditionem. Considerad la promesa, la milicia, la condición.
   Considerad el pacto y la promesa. Al alistaros al santo Escapulario habéis prometido ser hijos de María; debéis, pues, revestiros de los sentimientos de tales, y que vuestro hábito exterior sea como la muestra [de vuestra] alma; que, en fin, al dirigiros a María <*11*> pidiendo que sea vuestra Madre, pueda ella decir que sois hijos para la pureza de vuestra conciencia, de vuestras buenas obras, de vuestra fe, de vuestra piedad.
   Considera militiam; recordad, hermanos míos, la milicia a que os habéis alistado. Militáis bajo las banderas de María. No os avergonzéis de ostentar la enseña de María. No os avergonzaréis mucho de defender los intereses de su Hijo, que son los suyos propios. En otros tiempos, hermanos míos, bastaba poseer la fe en el fondo de nuestros corazones. Hoy debemos hacer manifestación exterior del nombre de cristianos y de hijos de María.
   Y si el honor y la gloria de esta madre de bondad fuere combatido o profanado, debemos defenderle, si necesario fuere, a costa de nuestra vida.

   Considera conditionem; ponderad, en fin, las condiciones que se os impusieron al vestir el santo Escapulario. Procurad llevarlo siempre encima, recitad las oraciones que se os han prescrito, guardad la pureza de cuerpo y de vuestras almas, y [si] así lo hacéis, ¡ah! no lo dudéis, hermanos míos, la Virgen Santísima será vuestro consuelo en la tribulación, vuestra fortaleza en los peligros, vuestro [amparo] en la hora de la muerte y nuestra felicidad en la eternidad.
   Y si algunos hay que no estén afiliados al Escapulario del Carmen, os lo diré con el Apóstol: No hagáis vana esta gracia que el cielo os concede.

   No dejéis de aprovechar esta bendición y estas promesas que os harán felices en el tiempo y en la eternidad.
   Virgen del Carmen: Desde el elevado trono de vuestra gloria no olvidéis a vuestros hijos, con los cuales tenéis empeñadas vuestras promesas. Mirad que estamos rodeados de enemigos peligrosos. La impiedad quiere arrancar la fe de nuestros corazones. Los peligros nos rodean a cada paso.
   Si Vos nos miráis propicia, no tememos. Si expugnant adversum. Aunque se levanten contra nosotros los enemigos de vuestro nombre, no temerá nuestro corazón; sí, nos encontramos rodeados de tribulación, in hoc [?]. Confiaremos en vuestro santo Escapulario. Extended, pues, el escapulario de vuestra protección sobre

Escritos I, vol. 4.º, doc. 31, págs.: 1-2






   Lejos estaba yo de creer que en este terreno [tendría] que tejer la corona de flores de esta festividad. Lejos estaba de pensar al subir unos días de retiro a este lugar, donde hace un año nos consagramos a Dios con vínculo especial, tenía que hablar de las glorias del Carmelo.
   Yo vengo, pues, en este día, hermanos míos, a hablaros de estas glorias de María del Carmelo. Yo vengo a hablaros del amor de esta Madre.
   Pero ¿cómo hacerlo? ¿Qué os diré, hermanos míos? ¿Cómo hablar dignamente de las glorias de la Virgen resucitadas en su Obra del Carmelo? ¿De esta asociación a la que han estado inscritos tantos Santos Pontífices; tantos Reyes, tantos sabios? ¿De esta Orden y cofradía que ha dado tantos Santos?
   ¿Cómo poder recorrer la historia de tantos hechos, de tantos favores, de tantos beneficios? ¿Cómo explanar en pocas palabras lo que yo desearía deciros?
   ¿Cómo hablaros de las gracias y privilegios, de la señal dis[tin]tiva y principalísima, cual es, el santo Escapulario?
   En la imposibilidad, pues, de poderos decir todas las glorias que nos caben a los hijos y cofrades del Carmen, me contentaré con deciros:
   Que el sagrado Escapulario es para los que le visten devotamente una señal de alianza y de amor, y una prenda de protección de la Virgen Santísima para con nosotros, a fin de que animados con este amor y esta protección de María, nos animemos a honrarla como merece. Ave María. <*2*>

   Virgen del Carmen, exclama el cofrade afligido ante un peligro inesperado.
   Virgen del Carmen, repite el hombre en todas las tribulaciones y penas, tan frecuentes en el camino de la vida. Y este nombre solo es ya bálsamo para su corazón.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 32, págs.: 1-2






   Virgen Santísima: Desde el elevado [trono] de vuestra gloria no olvidéis a vuestros hijos. Mirad, Señora y Madre nuestra, que estamos rodeados de peligros. Sed nuestro escudo en todos los combates que nos aguardan en este desgraciado siglo.
   Mirad, que nuestros hermanos del siglo nos han jurado una guerra de exterminio. Romped ¡oh Madre mía! las redes con que la masonería nos tiene envueltos.
   Pero, mirad que el día de vuestra fiesta los hijos de las tinieblas comenzaron su guerra de exterminación; romped, oh Madre mía, las redes con que la masonería trata de envolvernos otra vez en el ostracismo y esclavitud. <*2*>

   Bendecid al Sumo Pontífice
   Romped, pues,
   Bendecid a vuestra España, y sea
   Bendecid a vuestros hijos del Carmelo para que puedan pregonar por todas partes vuestros privilegios, y ser espectáculo digno de edificación ante ese mundo corrompido.
   Bendecid de un modo particular a esa venerable Comunidad, para que pueda continuar en esta santa montaña vuestro culto que remeda el del monte Carmelo, y broten de ella santos misioneros, que lleven vuestro nombre y del vuestro Hijo a apartadas regiones y fecundicen los pueblos con su palabra.
   Una gracia especial: Bendecid nuestra Obra de Operarios. Bendecid el fomento.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 33, págs.: 1-3






   Mis hijos en el Señor: Cómo no deciros una palabra en la festividad de hoy.
   Hay un nombre sobre la tierra
   Pues bien, si María es madre de todos los cristianos, si para todos manifiesta su protección, es madre especial de aquellos que ha querido distinguir de una manera especial, o a los cuales llama para que se asocien a honrarla mediante un culto particular o con gracias particulares; de aquí el llamamiento que María ha hecho a los hombres para que le honren en diferentes invocaciones y títulos.
   Entre estas agrupaciones santas está la asociación de hijos del Carmelo.
   No puedo, hermanos, detenerme a explicar la historia de esta santa asociación. Porque yo debería deciros que entre los hijos de María se distinguieron aquellos varones, que descendientes de Elías, le daban culto en el Carmelo, que fueron los primeros... <*2*>

   Que atribulados, luego, estaban a punto de desaparecer
   Que la Virgen Santísima se apareció al Papa Honorio III
   Que a pesar de esta aparición no cesaron las persecuciones
   Que en vista de esto el Beato Simón Stoch orando le dio una señal como alianza entre Ella y sus hijos y como prenda de protección para cuantos lo llevasen.
   Que la Santa Sede concedió reconocer como hijos del Carmen no sólo a los religiosos, sino a los que inscribiéndose en la asociación guardasen las prescripciones y llevasen el santo Escapulario.

   ¡Qué dicha, pues, poder participar de las promesas de la Virgen María!
   He dicho que en señal de alianza y de protección
   Recordaréis cuando en el [?] <*3*>
   Es señal de protección

   Dice un piadoso escritor
   De esta señal podíamos decir lo que el Profeta: Scapulis suis
   Pero ¿dónde voy?
   ¿Qué hemos de hacer?

Escritos I, vol. 4.º, doc. 34, págs.: 1-2






Fiesta del Escapulario



   Sen esta semana la festivitat del Carmen, me pareix convenien diros alguna cosa sobre el orixen, objecte e historia del Escapulari del Carmen, així com també de lo util que mos es y dels fruits que reporta esta devosió.
   Pero avans de tot debem sabé que Maria Sma. és Mare de tots los cristians, y tots la han reconeguda después de J. C. com a la seua Protectora, etc. En los primers [temps] de la Iglesia, después de la mort de nostre S. J. C., cuan esta divina señora, encara viva sobre la terra, era el consol, etc., y ella se alegraba y se complaía de cumplí lo encárrec que nostre [S.] li va fé, cuan están en lo arbre de la creu li va [di] que la dixaba Mare de tots els cristians en la persona de S. Juan, y que a tots natros mos dexaba per fills de ella y mos colocaba baix el seu manto.
   Esta mare piadosa pues, C. H., no sols va cumplí este encárrec mentres va viure sobre la terra sino que después de la seua Assumpsió colocada, Reina... y haven colocat Deu tot lo podé...
   Sí, C. H., después de la seua assumpció mos mira en mes interés y en mes... Ella ha pasat lo mateix que natros per lo desert de esta vida mísera, ella sap lo que son afliccions y amargures, ella sap... y per aixó se compadeix de natros, y escolta les nostres súpliques en la ternura de una Mare. Y en lo mateix momen que natros mos encomanem a ella, o la invoquem, ya davan de una image o ya, encara que només sigue, desde dins del nostre cor, ella u veu y mos sent y mos escolta. A la manera que si posem una flor devant de un espill, en aquell momen se refleja, se representa la seua imatge dins del espill, així també cuan mos dirixim a Maria Sma. y als sans, cuan oferim a la Mare de Deu la flor de les nostres oracions, de la nostra devoció, de les nostres penes, se representen per virtut divina devan la presencia de Maria Sma. sense que se necesite chens de lloc ni temps. Y ella que ha sigut constituida abogada nostra per Deu nostre Siñó, ella que es tota amor en favor dels homens, intercedeix per natros devan la Sma. Trinitat, y mos alcansa lo que li demanem, si ho mereixem y si mos alcanza fortaleza y consol en mix de les penes en que mos trobem.
   Per aixó totes les ánimes piadoses, tots los sans han recorrit a ella en mix de totes les seues afliccions.
   Y qui es el que, acudín a ella en fervor, no ha esperimentat lo seu valimen, lo seu poder y lo seu amor, si ha sigut convenien lo concedirloi? Per aixó S. Bernardo, sempre que demanaba alguna cosa a la Mare de Deu li día: O Maria recordeuvos que ningú dels que han acudit a Vos ha sigut abandonat may. Y S.
   Peró encara que Maria Sma. és Mare de tots los cristians y <*2*> los mira a tots en ternura y en amor, no obstan ni han alguns a qui ella ha promés mirá en més predilecció y...
   Com son tots aquells que practiquen algunes devocions en obsequi seu, que li profesen mes devoció, y mols més principalmen a aquells que se honren y... en lo títul de fills allistanse o posanse en alguna cofradia o Congregació; principalmen en aquelles congregacions o cofradies, que ell ha manifestat que son del seu agrado.
   Una de estes cofradies pues, o chermandats, fundada per la mateixa Mare de Deu, y en que ella ha promes asistí de un modo particular es la cofradia del Escapulari del Carmen.
   No sé si sabreu la historia de esta Cofradia. Vivía entre los flares o religions de la montaña del Carmelo [y per aixó sens diu] un Religiós inglés, que se día Simón y per apellido Stoch, que significa tronc de arbre per lo motiu de haber estat per espai de añs dins de un tronc de arbre fen penitencies y de on no sortia mes que pera collí algunes erbes pera pasá y aguantá la vida. Era tanta la virtud y puresa de este home que va mereixe que la Mare de Deu en persona baixés del cel a visitarlo. En aixó lo van fé o elixí General o Gefe de la seua Religió (cabalmen en un temps en que esta pobra Religió estaba perseguida dels mateixos Reis cristians y hasta de moltes persones que se figuraben ser bones. Desde allavóns se va dedicá a esparxí la devoció a la Mare de Déu i tan era el amor y el desitx que tenia de que la Mare de Deu fos estimada de tots, que li va demaná que li donés una señal especial, un favor especial que servigués pera tota la seua Religió y per a tots los fidels.
   Después de mols añs de penitencies, llagrimes,... Maria Santísima se va rendí a les instancies de aquella ánima pura. Cuan he aquí que una nit se li apareix rodexada de gloria, acompañada de Angels, portan un escapulari (o [?]) y entreganlo al Sant li va dí: Recibe hijo...
   Ple de gox S. Simó va comensá a establí la devoció del Escapulari; pero al principi trobaba algunes dificultats, pues lo diable... Hasta el Papa Juan XXII lo va recibí fret, pero al dia siguent se li va apareixe la Mare de Deu, lo va rependre y li va maná que ho aprobés añadinli que los que moririen en lo Escapulari en devoció, lo Disapte siguen los trauría del Purgatori. Desde allavons no va trobá obstacle la devoció a Maria del Carmen. Reis, prohomes,... Y la Mare de Deu va manifestá cuan agradable li era por los miracles. Sitio de...
   En vista, pues, de que el Escapulari del Carmen mos es tan util y tan convenien, ya perque ha sigut institució de la mateixa Mare de Deu, ya per los bens que mos promet en esta vida y en la altra, quí es el que no se apresurará a posarse este vestit de fill de Maria, este escut contra los enemics de la nostra ánima, esta señal de predestinació, esta prenda de la gloria segons la promesa de Maria?
   Lo Escapulari no es una cosa inutil considerada en sí; perque en primé lloc manifestem de eixe modo que no mos avergoñim de ser fills de Maria. El que se aver...
   En segon lloc mos recorda el retrato
   En tercer lloc mos servix pera que anem en mes cuidado en ofendre a Deu. Ejemplo.
   Animeus, pues, a tindre molta devoció a Maria baix cuansevol titul dels Dolós, Concepció o altre, perque totes son les matixes, son la mateixa Mare de Deu, en la diferencia de que mos la representen baix diferent respecte de la seua vida, pero sobre tot desitjarieu su favor de Maria Santisima baix lo titul del Carmen ya que tan mos promet... De eixe modo sen chermans en la terra despus serem en lo cel. Amen.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 35, págs.: 1-2






   ¡Cuántas almas quizás se verán un día libradas del infierno mediante nuestra cooperación, por haberlas dado a conocer y expuesto las ventajas de esta señal de salud!
   ¡Cuántos peligros evitarían los jóvenes si los pusiesen bajo el estandarte de la Virgen, y en su pecho el escudo que los libre de los temores de la noche!
   ¡Cómo se recordarán luego en los momentos críticos de la vida, en las horas de la tribulación, y sobre todo, de la muerte el día en que con el júbilo (o gozo) de su corazón se consagraron a María, y inscribiendo su nombre en la santa Cofradía, y con ello adquiriendo el título de especiales hijos suyos! Mediante el distintivo de su vestido, y estos recuerdos les imprimirá confianza en medio de las angustias del corazón.
   Familias hay que consagran sus hijos a la Virgen el mismo día del Santo Bautismo, imponiéndoles el vestido de hijos. Si alguna familia de ésas puede tenerlas, vanidad <*2*>
   Por ello, debemos penetrarnos y estudiar la naturaleza de estas prácticas para saberlas exponer con sólidas razones; de esta manera no estamos expuestos a separarnos del espíritu y del sentido de la Iglesia, de la significación.
   De esta manera...
   ¿Cómo pueden dejar de inspirarles confianza esos recuerdos en medio de las angustias de su corazón y a pesar de sus remordimientos?
   A pesar de las distracciones de la juventud, y de su vida.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 36, págs.: 1-2






   Escudo que pondrás ante tu pecho, y no temerás los temores de la noche.
   Signo de bendición.
   Aunque no tuviéramos otras pruebas, ese concierto armonioso convence que es espíritu de Dios, de invocación en todas las necesidades. ¡Virgen del Carmen!
   P. Valui

   Llamados al sacerdocio, debemos: 1.º. Defender estas prácticas de la Iglesia; 2.º. No avergonzarnos de estas prácticas, pisando para ello el respeto humano, defendiendo nuestra racional fe en ellas.

   ¡Cuántas almas quizás serán libradas del infierno mediante nuestra propaganda de esta devoción! ¡Cuántos peligros serán evitados poniendo a los jovencitos bajo el estandarte de la Virgen!
   También hay quien lo impone al mismo [tiempo] que reciben sus hijos el santo bautismo. Si algunas conocéis, examinad la conducta de estos hijos, la paz de estas familias, <*2*> y estos resultados os convencerán y os darán a conocer la eficacia de la protección en favor de los que se honran con el título de hijos suyos.
   [?] [?] Hijos somos de la Virgen, y nadie está contento.
   Militiam
   Conditiones
   Tal debe ser nuestra fe, y el celo por promoverla.
   Este encargo es lo único que nos habíamos propuesto.

   Por lo tanto, [no] nos queda más que repetir a los que se honran con esta librea.
   ¡Cómo se recuerda en ciertos momentos de la [vida] también y de la muerte, nuestra consagración a María, y el título de especiales hijos suyos, que quisimos adquirir con júbilo y devoción, mediante nuestra inscripción a su santa cofradía y mediante el distintivo!
   No privemos a las almas
   Si las tenemos presentes y las cumplimos con fidelidad, bien podemos esperar el cumplimiento de las promesas que nos tienen hechas a los hijos de su amor.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 37, pág.: 1






   Desde el día en que allá, al pie del Calvario la Virgen Santísima nos adquirió por hijos suyos, no ha cesado de mirar por nuestro bien. ¿Quién es [capaz de] ponderar lo que la Virgen Santísima ha hecho por nosotros?
   Díganlo todos los siglos, que le han levantado todos los monumentos...
   Uno de estos beneficios es el Escapulario.
   Deseando la Virgen dar 1.º una señal de predilección, y 2.º un escudo contra los enemigos a los escogidos se la dio.
   ¿Quiénes eran estos escogidos? Aquellos que fueron los primeros en darla culto. Allá en el Carmelo.
   ¿Y cuál fue este distintivo? El propio de una madre. Jacob. Ana.
   Y les dice por Simón Stoch, que aquellos que lleven aquella insignia serán sus hijos.
   Pero [?] para defensa. ¿Cuáles son las promesas?
   1.ª Una asistencia especial en la vida. ¿Quién es capaz de enumerar los peligros que ha apartado?
   2.ª En la muerte: No morir en pecado.
   3.ª Asistencia en el Purgatorio.
   Tales son las gracias.
   Y bien, ¿qué hemos de hacer? 1.º Participación, privilegio.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 38, págs.: 1-2






   Antes de entrar en la consideración de las glorias del Carmelo, y como fundamento de ellas, trasladaos a aquella escena del Calvario tantas veces repetida y que es como la base de la confianza que tenemos con la Virgen Santísima.
   Trasladémonos a la Cruz. Nuestro divino y amante Salvador, en medio de su agonía pronuncia unas palabras de consuelo, que han formado y formarán siempre la felicidad del pueblo cristiano. En medio de aquel abandono general, la Virgen Santísima y S. Juan no le abandonan; y en aquel momento, aquel que por nosotros y por nuestra salud había descendido del cielo a la tierra, no se olvida de nosotros en aquel instante y antes de exhalar el último suspiro, dirigiéndose a María le dice, señalando a S. Juan: Mujer, he aquí a hijo, y dirigiéndose a S. Juan, y en su persona a todos los que habíamos de ser miembros de la Iglesia, le dice: He aquí a tu madre. Desde entonces, María Santísima fue constituida madre de los hombres; desde aquel día nosotros fuimos declarados por el mismo Jesucristo hijos de María Santísima.
   Oh bondad del Corazón de Jesús. No contento con redimirnos con el precio de su sangre, en los últimos instantes nos deja como en testamento lo que más ama sobre la tierra a su Madre, para darla para madre nuestra. Oh bondad, repito, del buen Jesús. ¿Qué sería de nosotros, hermanos míos, en medio de los peligros de la vida, de las tentaciones que nos rodean, de los combates de nuestra alma, de las penas que nos afligen, si no tuviéramos la idea de una madre que fuese el consuelo de nuestro corazón en medio de las tribulaciones?
   ¿Qué es un niño sin su madre? Cuán triste es su situación. Pues tal seríamos nosotros en el orden de la fe y de la religión, si el Señor no nos hubiese proporcionado el poder pronunciar este nombre, y sobre todo en una madre como María.
   Pero si todos los fieles son hijos de María, si todos tienen derecho a su misericordia y protección, nosotros etc. etc. <*2*>
   Mirad; Dios había permitido la tribulación sobre los hijos de Elías. Esta Orden venerable, extendida en Oriente, encontró en Occidente opositores a su existencia y propagación. Hasta por una de aquellas permisiones incomprensibles de Dios, personas de todas las clases y jerarquías de la Iglesia la miraban con ojos rencorosos y la presentaban como inútil a la sociedad de la Iglesia. Los escritos y comentarios sobre ella habían logrado crear una atmósfera de prevención.
   Esta prevención había logrado introducirse hasta en el Colegio de Cardenales, los cuales aconsejaron al Papa Honorio III la extinción de los Carmelitas. Y Honorio III llegó a creer los cargos formulados contra ellos.
   ¡Ah, pobres hijos del Carmelo! Un día, una hora más, y vuestra Orden desaparece, y no quedará de ella más que el nombre, en el polvo de la historia. Un día más y vuestra memoria pasará a la posteridad con un sello de ignominia.
   Pero, ¡ah!, no temáis, hermanos míos. He aquí que la noche misma que precedía al día [en] que debía darse el fatal decreto, la Virgen Santísima deja el solio de su gloria, hiende el firmamento, rasga las nubes y se presenta al Papa Honorio, y le manda que apoye y defienda al Orden de los Carmelitas, y queriendo sean reconocidos con el nombre de hijos de María del monte Carmelo. A consecuencia de esta visión y de este mandato, Honorio III, en 2 de Febrero de dicho año, 1215, expidió Bula concediendo gracias y privilegios a los Carmelitas, reconociéndolos como hijos privilegiados de María. Con justa razón, hermanos míos, he dicho que los hijos del Carmen éramos los hijos privilegiados de María.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 39, págs.: 1-9






Sermón sobre el Santo Rosario de María Santísima.



   Hay en el fondo del corazón del hombre ciertos sentimientos tan íntimos y tan universales que nadie duda que están dictados por la misma naturaleza. Se anticipan muchas veces a la razón y se ven generalmente en todos aquellos en quienes no los han destruido una pasión contraria. Y a la verdad, ¿quién es [el que] al pronunciar el nombre de felicidad y de gloria, quién es el que al recordar el nombre de su padre o de su patria no se halle enardecido y por un instinto se sienta arrastrado a honrarlos y apreciarlos?
   Así, pues, como en el orden de la naturaleza existen estos sentimientos, en el orden de la Religión también hay ciertos sentimientos de piedad tan universales en todos los cristianos, cuando no están sofocados por alguna pasión desordenada, que sólo pueden provenir de la gracia del Señor que le levanta al hombre al orden sobrenatural. Uno de estos sentimientos es el que en todos tiempos han profesado a la Madre de Dios.
   Ella es y ha sido como el alma de todo a los cristianos de todos los siglos. En la misma cuna de la Iglesia católica, cuando esta pequeña navecilla se hallaba combatida por las multiplicadas olas con que los tiranos querían sumergirla, en aquellos tiempos en que los cristianos <*2*> se veían obligados a juntarse en secreto para orar y animarse mutuamente, ya le levantaban altares y le dirigían fervorosas oraciones cuando marchaban al martirio.
   Después que la Iglesia empieza a disfrutar de una alegre paz, cuando el gran Constantino enarboló la bandera de la Cruz en medio de la capital del mundo se la erigieron monumentos, y comenzó a esparcirse por todas partes su devoción. Una prueba de ello son estos grandiosos templos que nos recuerdan su antigüedad y su grandeza, estas grandes obras de los Padres de la Iglesia dedicadas a su honor, tantas comunidades y tantas cofradías erigidas a su culto. Y aún dejando todo esto, ¿para qué detenerme, hermanos míos, si con sólo recordar esta Cofradía del Santo Rosario, esta devoción extendida por todos los ámbitos de la tierra y en la que tanta multitud de fieles de todas clases y condiciones se dedican a darla el culto que le es debido, será suficiente para demostrar esta verdad? Establecida ya hace más de 500 años, extendiendo sus ramas por todas las naciones, combatidas por los herejes y enemigos de María se sostiene lozana y vigorosa entre los fieles dando una prueba más de que el corazón de un cristiano no puede subsistir ni vivir sin el amor hacia esta Rosa de Jericó, hacia el Corazón de María.

   Supuesto, pues, hermanos míos, que nos es tan natural el amor a María, y necesitando por otra parte tanto de su amorosa protección, veamos y consideremos por un momento los motivos de confianza y de amor que los cristianos debemos tener para con María, pero principalmente los que se dedican a tejerla la guirnalda de su santo Rosario. Pero para proceder con acierto imploremos los auxilios de la gracia del Señor por medio de esta divina Señora. Oh María, ésta es la vez primera que aunque indigno tengo el empeño y el compromiso de publicar tus alabanzas. Ya sé, madre mía, que mis labios no son dignos de ensalzar tus grandezas, por ello os pido que los purifiquéis como los del profeta Isaías con el fuego de <*3*> la caridad, para que penetrando mis palabras como saetas en el corazón de mis oyentes los mueva y los eleve a vuestro amor y a vuestra confianza; para que imitando vuestras virtudes sean en la vida y en la muerte verdaderos hijos de vuestro corazón. Y para obligaros mejor a conseguirlo os saludaremos con las palabras del Angel. Ave María.

   Entre los motivos que nos empelen a tener confianza y amor a la Madre de Dios, existen dos principales que son como la base y el fundamento de todos los demás; tales son el poder que tiene para con Dios y el deseo que tiene de comunicarnos todos los bienes.
   Sí, hermanos míos, María en primer lugar; tiene poder para comunicarnos todos los bienes y tesoros de la gracia del Señor. Porque debéis saber, hermanos míos, que Dios nuestro Señor en todas sus obras, en todas sus acciones no quiere obrar de un modo absoluto, sino que dispone y quiere hacerlo por medios convenientes y que conduzcan a la consecución de su fin, pues, como dice la Escritura, El todo lo dispone en número, peso y medida, pues con su Providencia admirable hace que unas cosas sirvan a las otras para conseguir el término que se ha propuesto en todas ellas. En efecto, Dios quiere que el hombre viva, pero quiere hacerlo por medio de las producciones con que ha enriquecido la tierra. Dios quiere que haya plantas, pero quiere hacerlo por medio del calor y de los elementos que contribuyen a su existencia, y así de todo lo demás del Universo.
   Pues este mismo orden, esta misma combinación o simetría no sólo aparece en el orden de la naturaleza, sino que resplandece mucho en el orden de la gracia. Dios nuestro Señor determina en sus altísimos decretos salvar al hombre del estado miserable de la culpa en que yacía, restituirnos a la gracia y abrirnos las puertas del cielo cerradas por el pecado de Adán, y aunque hubiera podido hacerlo sin intervenir nadie y en solo un momento, aunque hubiera podido verificar[lo] sin necesidad de padecer y de venir a este mundo a habitar entre nosotros, El sin embargo sin desechar las causas secundarias escoge y elige el modo más conveniente y más proporcionado para comunicarse a nosotros; y para tal resultado determina hacerse hombre y tomar a una Virgen por Madre, y que fuera como compañera de su carrera en <*4*> el mundo, y por ello la adorna de todos los dones y gracias apetecibles en su alma y en su cuerpo, la libra de la mancha del pecado original y la enriquece con todos los tesoros de su omnipotencia y de su gracia, y en fin, escoge a María por Madre suya, por Madre de Dios.
   Oh, hermanos míos, qué dignidad más sublime, qué elevación tan grande para María. Como consecuencia de esta elección María entra a gozar de todos los derechos y todas las prerrogativas de una madre; desde aquel momento María es constituida depositaria de todas las gracias del Señor, medianera entre Dios y los hombres, corredentora del género humano. Por esto los Santos Padres abismados al considerar esta grandeza y este poder se entusiasman prodigándole los epítetos más sublimes; por esto S. Bernardo la llama canal y conducto de las misericordias del Señor; S. Pedro Damiano la dice que en ella, con ella y por ella ha querido Dios realizar sus grandes obras y llevar a su término el designio eterno de la reparación del mundo elevando al hombre hasta el mismo Dios.

   En fin, no hay título que los Santos Padres no den a María por su poder y su grandeza, como Madre que es del mismo Jesucristo. ¿Y esto no es un motivo de confianza para nosotros?
   Y a la verdad, hermanos míos, ¿qué podrá un hijo negar a una madre y a una madre tan amada como María? Refiere la Sda. Escritura, que Salomón sublimado por Dios al trono de Israel, colocó un trono real junto al suyo, para su madre Betsabé, y le decía: Pedidme cuanto queráis, que yo os lo otorgaré; no os arredre ni la majestad del trono, ni el brillo de la púrpura, ni el resplandor del cetro; acordaos tan sólo que soy vuestro hijo, y que estoy pronto a llenar todos los deseos de vuestro corazón.
   Y si Salomón se complacía en recordar a su madre el título de hijo suyo, ¿qué no estará dispuesto a hacer este divino Salvador por su Madre, María, considerando esta dignidad?
   Por ello, pues, un fervoroso Padre de la Iglesia llamaba a María, omnipotente, que todo lo puede; no que sea omnipotente de un modo absoluto, sino con una omnipotencia de súplica; pues así como Jesucristo es medianero por vía de justicia, de mérito y de redención, María es medianera por vía de gracia, de ruego y de intercesión.
   He aquí, pues, hermanos míos, probado con claridad cuán grande es el poder que María tiene para con los tesoros de la omnipotencia y la misericordia del Señor, y por consiguiente, también el primer motivo que tenemos para confiar en su Protección. <*5*>

   Pero este poder de María de nada nos aprovecharía, si no fuera acompañado del deseo de hacernos experimentar este valimiento en favor nuestro; pero María reúne estas dos cualidades: no sólo puede, sino que quiere y desea con un vivo interés emplear sus méritos para derramar sobre nosotros constantemente las bondades del Señor. Sí, hermanos míos, María nos ama con ternura. Como Ella debía recibir en su seno a Jesús que era todo caridad, como del Corazón de María debía formarse el Corazón de Jesús, por ello, necesariamente debía salir de las manos de Dios con el más intenso amor para con nosotros.

   Por esto, leemos que toda la vida de María no es más que una cadena no interrumpida de actos de amor para con los hombres. Por ello vemos que desde que, a la edad de tres años se retiró al templo, su oración continua no era sino para pedir al Señor que abreviara la cautividad del Israel, para que se verificara cuanto antes la redención del mundo.
   Por esto, todos los Santos Padres están unánimes en creer que cuando el Arcángel San Gabriel entró a anunciarle la encarnación del Hijo de Dios en sus entrañas, en aquel mismo momento estaba rogando al Padre Eterno en favor de los pobrecitos pecadores, pidiendo con encendida caridad que enviara pronto al Deseado de las Naciones.
   Y por ello únicamente, al anunciarla el Angel que debía ser Madre del Salvador, a pesar de que conoce los sufrimientos que la esperan, los dolores y las aflicciones que la aguardan, acepta sin embargo este cargo sublime por el deseo que tiene de que la humanidad se salve. ¡Oh, rasgo heroico de la caridad de María para con nosotros! Y si tan grande es el amor de María, cuando todavía no ha sido constituida Madre de los hombres, ¿cómo deberá abrasarse su amante corazón cuando Jesús nos la deje por Madre nuestra?

   María, hermanos míos, es Madre de todos nosotros. Vosotros sabéis que cuando en la cumbre del Calvario, entre las agonías de la muerte, nuestro divino Salvador ya no tenía nada que darnos, pues nos lo había dado todo, nos deja la única prenda que le quedaba en la tierra, <*6*> nos dejó a su misma Madre, y entregándonos a todos por hijos suyos en la persona de S. Juan, le dijo Jesús: Mujer, he aquí a tu hijo; y dirigiéndose a su discípulo, le dijo: he aquí a tu Madre; y siendo San Juan, dicen los Santos, el tipo de los predestinados, a todos nos recibió María desde aquella hora por hijos suyos. Por ello, advierte Sto. Tomás de Villanueva que después de la Resurrección, Jesús ya no llama a sus discípulos con el nombre de hijos, sino de hermanos, porque a...
   Por esto vemos que después de la muerte de Jesús, durante la vida de María, los cristianos todos la reconocían por su Madre, a Ella acudían en sus aflicciones. Ella era, en fin, el consuelo, el alivio y el amparo de todos los corazones.

   ¿Y creéis, hermanos míos, que después [de su] asunción al cielo, colocada sobre los coros de los Angeles y Serafines, libre ya de las miserias de este valle de lágrimas, habrá olvidado el título de Madre nuestra, y nos dejará abandonados a nuestra triste suerte?
   No, hermanos míos, no. El Apóstol San Pablo nos dice que de todas las virtudes la única que permanece en el cielo es la caridad; y siendo éste el carácter distintivo de María, desde su elevado solio se abrasará continuamente en nuestro amor.

   Sí. Desde el cielo nos contempla cómo caminamos por el mar tempestuoso de la vida, ella que ha vivido también en la tierra conoce nuestras necesidades, y por esto nos consuela en nuestras aflicciones, derrama el bálsamo de la alegría sobre corazones, y vela continuamente por aquellos que la invocan con confianza. Pues si tan grande es el cuidado y la solicitud de María para todos los hombres, en general, ¿cuál deberá ser su amor para las hijas del Rosario? Veámoslo.

II



   No hay duda, hermanos míos, que el amor crece a medida de la correspondencia; y siendo María Madre de todos los cristianos, y amándonos a todos tiernamente, mucho más acogerá en el seno de su corazón a los que se esmeran en corresponder a su amor. ¡Cuánta, pues, debe ser nuestra confianza para con María los que nos honramos con el título más bello de hijos y hermanos del Rosario! Si por una Ave-María rezada con devoción, si por un ayuno hecho en su obsequio ha librado de una muerte eterna a miles de devotos suyos, ¿qué no deberán esperar los que la honran con este rosal divino, con <*7*> esta devoción tan aceptable al corazón de Jesús y de María?
   Sí, hermanos míos; la práctica del Santo Rosario es una de las devociones más agradables a María, por su origen, por su objeto y por los efectos con que lo ha manifestado.
   Propagado por Sto. Domingo de Guzmán, por revelación y mandato especial de la Santísima Virgen, compuesta por las oraciones más divinas, practicada constantemente por la mayor parte de los fieles, grandes y pequeños, es una prueba inequívoca de lo grande de esta devoción. En ella nada hay que no sea sublime, a la par que consolador.
   Recorriendo en cada una de sus decenas uno de los Misterios o Pasos del Salvador, recopilamos en breves palabras los actos más brillantes del amor y del dolor de Jesús y de María.
   Sí, hermanos míos, el que reza devotamente el rosario acompaña a Jesucristo cuando toma carne humana en las entrañas de una Virgen, cuando [va] a casa de Zacarías para santificar a su Precursor, cuando nace en el pesebre de Belén, cuando se ofrece en las manos del Sacerdote en el templo. Quien reza debidamente el Rosario hace compañía a Jesús con los Angeles en las agonías del huerto, se compadece como la Magdalena, ve sus azotes, le acompaña al Calvario como las hijas de Jerusalén, y asiste con Juan a sus agonías y a su muerte. Quien reza debidamente el Rosario le ve resucitar y glorioso subir triunfante a los cielos, enviar al Espíritu Santo como a los Apóstoles, y conducir a su bendita Madre triunfante a los cielos. ¿Y qué objetos hay más dignos de nuestra devoción y de nuestro consuelo?
   Abrahán, el Padre de los creyentes, logró contemplar estos misterios de lejos por medio de figuras y enigmas, y no obstante le arrebataban la mente, y le llenaban de gozo el corazón.
   Después de la contemplación de cada uno de estos misterios comenzamos en el rosario la oración del Padre nuestro, cuya oración como no es de origen humano, sino que es el modo con que Jesucristo nos enseñó debíamos pedir al Padre celestial, para alcanzar sobre nosotros las bendiciones de su gracia, y por consiguiente...
   Finalmente, y es el objeto principal del Sto. Rosario, después de los misterios y de la oración del Padre nuestro, una guirnalda misteriosa de diez Ave-Marías; cuyas palabras como ya sabéis son las mismas que el Arcángel y Sta. Isabel la dijeron en vida, y además las que la Iglesia le ha dirigido desde los primeros siglos; y de consiguiente, al mismo tiempo que con estas palabras le damos los títulos más grandes y más honrosos, la interponemos por medianera para con su Hijo, a fin de que <*8*> ofreciéndole al Señor nuestras súplicas, nuestros gemidos, nuestras miserias, nos alcance gracia y el remedio de nuestras necesidades espirituales y temporales durante la vida, y principalmente en la hora de la muerte.
   He aquí, pues, lo que es la devoción del Santo Rosario; y he aquí probado que no hay nada en ella que no sea grande y útil y consolador para nuestras almas.
   Y si esta devoción fue inspirada por la misma Madre de Dios, ¿qué efectos y qué gracias no nos alcanzará del Señor?
   Sí, hermanos míos; Ella ha producido prodigios inmensos y ha hecho beneficios incalculables a la Religión y a los individuos.
   Ella la que al principio del siglo XII, reanimando la fe y la piedad de nuestros padres, les dio al mismo tiempo valor para combatir decididos a los hijos de Mahoma; Ella es la que esparcida por las provincias de Francia, infestadas de la herejía albigense, deshizo en poco tiempo aquel monstruo que parecía querer tragar el Catolicismo; con Ella en el siglo XVI, los españoles escudados con el Rosario, que llevaban en sus pechos y en su corazón, cobijados bajo el estandarte de su Reina, humillaron en Lepanto al poder de la media luna.
   Pero ¿a qué detenerme, hermanos míos, en enumerar todos los beneficios hechos por la Madre de Dios a los devotos del Sto. Rosario? ¿Quién es el que al invocarla con fervor en medio de las tribulaciones no se ha visto consolado? ¿Cuántos pecadores han visto rotas las cadenas de sus pecados y de sus pasiones por la virtud del Sto. Rosario? ¿A cuántos esta Madre divina ha enjugado sus lágrimas, si de veras han acudido a su protección?
   ¿A cuántos ha socorrido aun en sus necesidades corporales, librándolos de peligros, dándoles la salud, si ha sido conveniente para su alma? Porque debéis saber, hermanos míos, que los bienes temporales, la salud, las riquezas y demás bienes de este mundo, los debemos pedir de tal modo al Señor que estemos dispuestos a no quererlos, si ha de ser en perjuicio de nuestras almas. De consiguiente...
   Pero me diréis acaso, ¿es que ahora no experimentamos estas conversiones ruidosas, ni esta asistencia especial, ni este consuelo de María? ¿Sabéis por qué? Porque no rezamos con la devoción debida; porque mientras la invocamos con los labios, nuestro corazón está lejos de Ella; porque al mismo tiempo que la decimos "llena de gracia", y que nos alcance el perdón <*9*> procuramos con nuestros pecados separarnos más de su Hijo.
   ¡Ah! Si procuráramos acercarnos a Ella con la conciencia pura, limpiando bien nuestro corazón, y con una firme confianza, estad seguros que encontraríamos el consuelo en su amorosa protección.

   Tenemos, pues, hermanos míos, como os he dicho al principio, que debemos tener una suma confianza en la Madre de Dios, porque es poderosa y nos ama con ternura; pero principalmente debemos tenerla los que nos dedicamos a obsequiarla con el santo Rosario, porque es ésta una devoción inspirada por Ella misma y por los favores con que en todos [los] tiempos ha distinguido a sus cofrades.
   De todos modos procuremos obsequiarla rezando con devoción el santo Rosario en el seno de nuestras familias, y si nuestras ocupaciones y nuestros quehaceres nos lo impiden, procuremos, al menos todos los días, hacerle algún obsequio rezando algunas cosas, seguros de que no quedará nunca sin recompensa.
   Y vosotras, jóvenes predilectas del Corazón de María, que reunidas hoy en torno de este altar sagrado, venís a ofrecerla la rosa de vuestro amor, el lirio de vuestra castidad, y la violeta de vuestra devoción, acercaos, sí, acercaos hasta el trono de esta reina de la gracia, en medio de los combates de las pasiones, en medio de los peligros que nos rodean, en medio de las tribulaciones que nos aquejan; Ella es la única que podrá darnos fortaleza y consuelo a nuestro corazón; pedidle, pues, hoy a esta Rosa divina de Jericó que derrame las bendiciones de su gracia sobre vosotras y sobre vuestras familias, que por la virtud del santo Rosario dé triunfo a la Iglesia como lo ha dado en otros tiempos, a fin de que escudados todos con la devoción del Sto. Rosario vivamos en su gracia, sin ofender a Dios durante la vida, y después logremos todos juntarnos con María por toda la eternidad.

Predicado en el Reguer el día 5 de Mayo de 1861.
En la Cava, 18 de Mayo de 1862.



   Y vosotras, fieles devotas y amantes de María que habéis venido a ofrecer estos cultos en señal de gratitud y de acción de gracias, hoy más que nunca debéis renovar vuestra fe y vuestra confianza para con María, protestando ser fieles a su servicio todos los días de la vida para que después de recibir su consuelo durante su peregrinación sobre la tierra, logréis el verdadero y sumo consuelo de una felicidad eterna.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 40, págs.: 1-4






Rosario



   Beatus venter qui te portavit et ubera quae auxisti, Lucae: Cap. 11, v. 27.
   Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron.

* * *



   Hace más de diez y ocho siglos, que comenzó una lucha, la más deicida y encarnizada entre la verdad y el error. Más de una vez se vio fluctuar la nave de S. Pedro en medio de las horrorosas tempestades que le suscitaran los hijos del infierno; más de una vez se la vio disputar con los vientos el triste momento de su naufragio. Por una parte la idolatría protegida por la espada de los Césares, intenta interceptar los progresos de esta Religión divina fundada sobre la roca inmóvil de Cristo; por otra el judaísmo fanático autorizándose con la antigüedad de su culto, pretende derribar este brillante coloso que comenzaba ya a dominar sobre la cumbre del Capitolio. Tras éstos la herejía apurando toda su saña, declara una guerra eterna interminable contra esa esposa inmaculada del Cordero, la asalta, la acomete, pone en movimiento sus maquinaciones impías, y se coaliga con las demás sectas. Unese a ellas el mahometismo, el ateísmo, el cisma, la impiedad, el filosofismo, la depravación general de costumbres; cada siglo se levantan nuevos enemigos que se mancomunan y estrechan con los más horrorosos juramentos, para conspirar a su completa ruina y exterminio. Pero, entre todos, el siglo trece ofrece a nuestra vista el cuadro más triste y lamentable; siglo en que el error entronizado parecía destinado a dar sus leyes a las naciones todas del universo. Viose el Oriente invadido por los sectarios de Mahoma; la cátedra de S. Pedro invadida y atropellada por un Emperador cismático; las más floridas regiones del norte infestadas con la ponzoña de la herejía; la Francia corrompida con las secta de los Valdenses, la Lombardía con los delirios de los Cátharos y patarenos.
   Pero ¿dónde voy? Bástame decir que este siglo fue [el] en que se desarrolló la herejía de los Albigenses, que era un compendio de los más crasos errores. En él se negaba con Arrio la consustancialidad del Hijo; mirábase con Macedonio al Espíritu Santo como inferior al Padre; María, según el impío Nestorio, era despojada de su dignidad de Madre de Dios; y entre tanto el cristianismo duerme sepultado en el más profundo letargo de vicios. ¡Gran Dios! ¿Y quién arrancará de raíz el cáncer horroroso de la impiedad y de la hipocresía? No lo dudéis, señores: María. Esta sacrosanta <*2*> Virgen en el siglo XIII, así como en todo tiempo, vindica de un modo singular su honor ultrajado por las blasfemias que los hijos de las tinieblas vomitaban sin cesar contra su divina maternidad. ¿Y de qué medio se valió esta gran Señora para tamaña empresa? Del santísimo Rosario, de esa grande y rica oración.
   Aparecióse María al ilustre Domingo de Guzmán, inspírale la devoción al Santísimo rosario, mándale que la predique a todos los pueblos como antídoto contra el error, y promete a él y a los que adoptasen esta devoción santa, la más benéfica protección: vade, praedica Rosarium, nam ad convertendos hoereses est singulare praesidium. Esta oración ha producido incalculables beneficios en todas las clases de la sociedad, a fin de que se propague más y más según el espíritu de la Iglesia nuestra madre, he creído oportuno elegir este asunto por materia de mi discurso en este breve rato, asunto que no puede ser más grato a los ojos de María Santísima. Por lo tanto me contentaré con manifestaros el fervor y devoción con que debéis cumplir esta práctica de la religión por los prodigios grandes que la Virgen María ha obrado bajo la advocación del Rosario. Este será el asunto, y para seguir con el acierto que deseo, imploremos la gracia por mediación de María Santísima a la que saludaremos con las palabras de Gabriel, diciendo: Ave María.
   Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron. S. Lucas, cap. 11, v. 27.
   Es un deber precioso de todo cristiano, Señores, acomodarse y ejercer con puntualidad y exactitud las devociones y prácticas religiosas autorizadas por la Iglesia, lo primero para manifestar que somos discípulos del autor de nuestra sacrosanta religión, y también para mantener viva la fe en los altos misterios que se nos recuerdan en muchas de ellas, para aficionarnos y encontrar gusto en la meditación de las santas verdades que contienen dichas prácticas, las unas fueron instituidas para cantar las alabanzas del Autor de la naturaleza y de nuestro ser, en cuya inmensidad y sabiduría se abisma la razón mezquina del hombre. Otras, para protestarle nuestro amor y agradecimiento a los infinitos beneficios, que de continuo recibimos de su liberalidad y beneficencias sin límites. Otras, en fin, para implorar la clemencia y demandarle el perdón de nuestros desvíos y criminales obras, con que la débil y quebradiza humanidad ofende y ultraja continuamente a su Dios y Señor, todo bondad, todo misericordia; pero también todo justicia y rectitud.
   Así, pues, la devoción santísima del Rosario que ofrecemos y consagramos a nuestra Reina y Soberana, objeto de nuestra veneración [en la] presente solemnidad, instituyose principalmente para reconocer la dignidad de Madre de Dios, y la clase superior que ocupa entre todas las criaturas la Sma. Virgen, por aquellas mismas palabras con que se le anunció la primera vez la divina maternidad y con que fue saludada por el Angel, como llena de <*3*> gracia. En el Rosario le recordamos este singularísimo favor, esta eminente prerrogativa y la damos por ella el parabién más afectuoso. En el Rosario damos un testimonio solemne de nuestra fe, y también de la parte que nos toca en su elevación y dicha sin igual y la confianza que tenemos en su bondad poderosa. En el Rosario hacemos pública profesión de reconocer con toda la Iglesia a la Sma. Virgen por verdadera Madre de Dios, y en virtud de este augusto título, por Soberana del universo todo, Reina de los Angeles y de los míseros mortales; mediadora entre éstos y Jesucristo, refugio seguro de todos los pecadores, asilo inviolable de todos los desgraciados e infelices, consuelo de los afligidos y apenados, Madre de los predestinados, y tesoro precioso de la misericordia y de las gracias.

   Si en una misma oración ¡oh Virgen mía! repetimos tantas veces una profesión tan solemne, es para manifestaros, no lo dudéis, el gozo y satisfacción grande en que se baña nuestro pecho por todas vuestras eminentes y singulares prerrogativas y grandeza. Considerad ahora, carísimos oyentes, cuánto valdrá delante [de] los ojos de Dios una oración de tanto interés y tan grata a la Sma. Virgen. Comprended la excelencia del santo Rosario, la importancia y las ventajas inestimables de esta incomparable devoción. Ella encierra en sí todo lo que puede ceder en mayor honor de la Madre de Dios, y en mayor provecho de los fieles. Y sino decidme: ¿hay acaso fórmulas de orar más grandiosas y sublimes que las que componen el Salterio o Rosario de la Virgen? No, por cierto.
   El Padre nuestro, por donde se comienza a tejer la corona brillante de nuestra Señora es, sin duda alguna, la oración más santa y recomendable, como que es producción del mismo Jesucristo, la que enseñó a los Apóstoles cuando éstos le pidieron una fórmula de orar cuya oración se repite todos los días en el santo Sacrificio de la Misa. Esta primera oración del Rosario es altísima en la consideración del que pide, a quien pide y por quien pide; y, por tanto, debemos repetirla muy a menudo, y tenerla casi siempre en la boca, según expresión del Salvador, en su sagrado Evangelio.
   La segunda oración, que todavía se usa más en el santo Rosario, es la salutación angélica, con la que tributamos a María Santísima nuestros homenajes y veneración, diciendo, que es la criatura más bella y pura del mundo; pues no fue contaminada con las manchas del pecado original ni actual, que es un conjunto de dones y gracias celestiales, que es la bendita y agraciada del Señor entre todas las mujeres, y que fue también bendito el fruto que produjo su vientre. He aquí, como saludamos a nuestra Madre, María. No con voces inventadas por el ingenio humano, sino pronunciadas por el Arcángel Gabriel y por Sta. Isabel. De aquí es que, siempre que rezamos el Ave María, hacemos el oficio de Angel, cuando fue a saludarla. Si esta salutación hecha sólo por el Angel una vez, fue tan del agrado de María, ¿podrá alguno <*4*> creer que no le será muy grato y placentero también el que nosotros la saludemos del mismo modo, no sólo una vez, sino centenares de veces, recitando el santo Rosario?
   La tercera oración que comienza: Santa María, Madre de Dios etc. compuesta por la Iglesia, es muy breve, pero muy excelente; porque en ella pedimos con humildad a la Virgen María, que sea nuestra protectora en todo el curso de nuestra vida deleznable, y con más particularidad e interés, en la hora espantosa de la muerte. Es, pues, el Rosario, digo, de toda nuestra veneración y acatamiento, por la sublimidad de las oraciones que encierra, y también por los títulos venerandos con que es comúnmente apellidada.
   Llámase Rosario de la Virgen, por constar de muchas Ave Marías que son como otras tantas rosas místicas, ofrecidas a María en olor de suavidad.
   Llámase Salterio de la Virgen, porque así como David compuso su salterio para decir las alabanzas del Señor o implorar sus gracias, así también el Salterio o Rosario de la Virgen fue instituido para cantar sus alabanzas y obtener por su mediación los favores del cielo. Llámase corona de la Virgen, porque cuantas veces se recita, parece que adornamos la cabeza de María con una corona entretejida de fragantes rosas.

   Aunque estos motivos son harto poderosos para rezar con fervor y devoción el Rosario de María Sma., hay otros, sin embargo, de mayor aprecio y cuantía, cual es la virtud y poder grande que encuentran en él los que [le] rezan debidamente y con provecho, para alcanzar de Dios innumerables favores. Porque, ¿quién es capaz de enumerar los enfermos que recobraron su antigua salud y perfecto restablecimiento por la devoción tierna del Santísimo Rosario? ¿Y cuántos fueron libertados de la enfadosa y dura esclavitud? ¿Cuántos que se libraron de las asechanzas de sus enemigos? ¿Cuántos que llegaron felizmente al puerto en medio de las borrascas del mar y del más inminente naufragio? Yo me confundo, Virgen mía, y alabo vuestro inmenso poder, cuando contemplo los estupendos prodigios que habéis obrado bajo la advocación del Rosario. No me detendré ahora en referir las varias conversiones de impíos y herejes, que, adjurados sus errores y nefandos proyectos, se convirtieron de corazón a su Dios y Señor. Pasaré también por alto las ilustraciones internas, las promociones varias de gracias celestiales y auxilios, tanto espirituales como temporales con que, por su influjo poderoso, fueron regalados los devotos del Rosario.
   Mas no pasaré en silencio los prodigios que obró el autor de este nuevo modo de orar, el Patriarca Domingo, pues que, predicando las grandezas y excelencias de la Madre [de] Dios, y explicando los quince misterios que están amalgamados en el Santo Rosario, tuvo el consuelo de ver convertidos en muy poco tiempo más de cien mil pecadores y herejes. Entonemos nuestras alabanzas a esta divina Madre, por tantas gracias que con el título

Escritos I, vol. 4.º, doc. 41, págs.: 1-4






   Mujer, he aquí a tu hijo; y dirigiéndose al discípulo, le dice: He aquí a tu madre; y siendo, dicen los santos Padres, S. Juan el tipo de los predestinados, desde aquella hora nos consagra a todos hijos de María. Por ello, dice Sto. Tomás de Villanueva, que después de la muerte de Jesús, durante la vida de María, los cristianos todos la reconocían por su Madre, a ella acudían en sus aflicciones, con ella se consolaban en medio de las persecuciones, que iban levantando contra la Iglesia; ella era, en fin, el consuelo y el alivio, el amparo de todos los corazones. ¿Y creéis acaso, hermanos míos, que después de su muerte y Asunción al cielo, cuando colocada sobre los coros de los Angeles y de los Serafines, libre ya [?] de las miserias de este valle de lágrimas, habrá olvidado el título de Madre nuestra, y nos dejará abandonados a nuestra triste suerte? ¡Ah! no, hermanos míos, no; el apóstol S. Pablo nos dice que de todas las virtudes, la única que permanece en el cielo es la caridad, o el amor, y siendo este rasgo y cualidad característica de María etc. muchos desde el elevado solio se
   Si desde el cielo nos contempla cómo caminamos por este mar tempestuoso de la vida, ella como [?] conoce todas nuestras necesidades, nos consuela en nuestras tribulaciones, derrama el bálsamo de la alegría sobre los corazones afligidos, y vela continuamente y se interesa sobre aquellos que la invocan con confianza. No hay duda, hermanos míos, que el amor crece a medida de la correspondencia, y que siendo María Madre de todos los cristianos y amándolos a todos tiernamente, mucho más acogerá en el seno de su corazón a quien se esfuerza en servirla y obsequiarla.

   Pues si tan grande es el amor, la solicitud y el cuidado de María para todos en general, ¿cuál deberá ser para los hijos de su Rosario? ¿Cuánta no debe ser nuestra confianza para con ella los que nos honramos con el título más bello de hermanos de la Virgen del Rosario?
   Si por [un] Ave María rezado con devoción, si por el ayuno hecho en su obsequio ha librado de una muerte a miles de devotos suyos, ¿qué no deberán esperar de su amor los que la obsequiamos con este rosal hermoso? Sí, hermanos míos; vosotros ya sabéis lo que es y lo que constituye la devoción del Santísimo Rosario. Vosotros sabéis el origen, el objeto y los efectos de esta devoción. Propagada por Santo Domingo por revelación y mandato especial de la Santísima Virgen, compuesta de las oraciones etc. [observada] prácticamente, constantemente por la mayor [parte] de los fieles, grandes y pequeños, es una <*2*> prueba inequívoca de lo grande y sublime de esta devoción.

   En ella, como todos sabéis, nada [hay] que no sea grande a la par que consolador. Recorriendo en cada una de sus decenas uno de los Misterios o pasos del Salvador, recorremos en breves palabras los actos más brillantes, de amor y de dolor, de Jesús y de María.
   ¿Y qué objetos hay más dignos de nuestra consideración y de nuestra devoción y de nuestro consuelo? ¡Ah! Abrahán, el padre de los creyentes, muchos siglos antes, sólo logra contemplar estos misterios de lejos, por medio de figuras y enigmas, y no obstante, le arrebataban la mente y le llenaban de gozo el corazón.
   Moisés y David etc.
   Qué objetos, pues, hay

   Después de la contemplación o recuerdo de cada misterio, comenzamos en el Rosario la oración del Padre nuestro, cuya oración, como sabéis, no tiene origen humano, sino que es el modo con que el mismo Jesucristo nos enseñó [que] debíamos pedir al Padre celestial, para tributarle el obsequio de nuestra adoración, para alcanzar sobre nosotros las bendiciones de su gracia; y por consiguiente unirnos con lo tierno y sublime de los misterios de Jesucristo; esta oración útil y provechosa que lleva sobre nuestra almas el canal de gracias y de salud.
   Y finalmente, y es el objeto principal del Santo Rosario, después de la oración del Padre nuestro y misterios tejemos una guirnalda misteriosa de diez Ave-Marías o salutaciones, con las cuales al mismo tiempo honramos a María con los títulos más grandes y más [?] y puesto que son las mismas palabras que el arcángel Gabriel y la prima Sta. Isabel la honraron, y con las palabras que la Iglesia la ha honrado desde los primeros siglos, la interponemos por medianera para con su Hijo, a fin de que ofreciendo al Señor nuestra súplica y nuestras oraciones, nuestras miserias, nuestros gemidos, nos alcance la gracia, el remedio de nuestras necesidades espirituales y temporales durante la vida y principalmente en la hora de la muerte. <*3*>

   He aquí, pues, la célebre devoción de Rosario o rosal. Y he aquí que nada hay en ella que no sea grande, instructivo, que no sea útil, que no sea consolador para nuestras almas.
   Y si esta devoción fue inspirada por la misma Madre de Dios, ¿qué efectos no producirá en nuestras almas, qué gracias no nos alcanzará del Señor?
   Sí, hermanos míos; ella ha producido prodigios inmensos y ha hecho beneficios incalculables a la religión y a los individuos. Ella es la que al principio del siglo XII reanimando la fe y la piedad de nuestros padres, les dio al mismo tiempo valor para combatir decididos a los hijos de Mahoma; ella es la que, esparcida por las provincias de Francia combatidas por la herejía albigense, deshizo en poco tiempo y como por encanto aquel monstruo, que parecía querer acabar con el catolicismo; con ella, en el siglo XVI, los españoles escudados [fueron] enviados con el rosario, cobijados bajo el amparo y el estandarte de su Reina.

   Cuando en el siglo XVI, amenazada la cristiandad por el furor y las conquistas de los hijos del Corán, los Españoles y Venecianos salieron llevando impresos en sus almas, a recibir a las huestes enemigas en las aguas de Lepanto, y el Santo Pontífice Pío V dispuso que en todas las poblaciones del mundo se oyese resonar por las calles y las plazas el Santo Rosario; y la gran batalla de Lepanto, alcanzada de un modo extraordinario, y de la cual el Santo Pontífice Pío V, el amante de María, tuvo noticia en la misma hora, nos manifiesta claramente que ella fue debida a la virtud del santísimo Rosario.
   Pero, ¿a qué detenerme, hermanos míos, en enumerar todos los beneficios hechos por la Madre de Dios a los devotos del Santo Rosario?
   ¿Quién es el que al invocarla con fervor en medio de las tribulaciones, no se ha visto consolado en medio de sus angustias y...?
   ¡Cuántos pecadores han visto rotas las cadenas de los males y pasiones por la virtud del Santo Rosario! ¿A cuántos esta Madre divina ha enjugado sus lágrimas si de veras <*4*> se han acogido a su protección? ¿A cuántos, aun en sus necesidades corporales, ha consolado, dándoles la salud y librándoles de peligros, si ha sido conveniente para su alma? Porque debéis saber, hermanos míos, que los bienes temporales, la salud y las riquezas, y demás cosas de este mundo las debemos pedir de tal modo al Señor, que estemos dispuestos a no quererlo, si ha de ser en perjuicio y detrimento de nuestras almas. Por consiguiente, los que en sus penas y necesidades han acudido con fervor y confianza al trono de esta Reina de gracia y de misericordia, si les ha sido conveniente, han visto cumplidos sus deseos por medio de María del Rosario.
   Pero me diréis acaso, ¿en qué consiste que ahora no experimentamos ni estas conversiones ruidosas, ni este [?] ni este consuelo de María. ¡Ah, hermanos míos! ¿Sabéis por qué? Porque no rezamos con la devoción debida, porque mientras la invocamos con los labios, nuestro corazón está lejos de ella, porque al mismo tiempo que le decimos: llena de gracia y que nos alcance el perdón, procuramos con nuestros pecados, con nuestras pasiones, ofender más a su Hijo y apartarnos de El.
   ¡Ah! Si procuramos acercarnos a Ella con una conciencia pura, [?] el corazón etc.
   Tenemos, pues, hermanos míos,
   Procuremos, pues, tener devoción, y practicar bien la devoción del Santo Rosario en el seno
   Al menos y en la hora de la muerte
   Sí. Madre mía

Escritos I, vol. 4.º, doc. 42, págs.: 1-15






Providencia <*2*>
Sermón de nuestra Sra. de la Providencia.
Predicado en Vinaroz, 24 Mayo 1889.



   (Sacado principalmente de Claus)

   Mis hermanos en el Señor: El inspirado autor del libro de la Sabiduría, al considerar desde la altura de su meditación la armonía admirable del Universo, en el orden natural de las criaturas visibles, y más al examinar y fijarse en la sabiduría de Dios, en su conservación y cuidado de ellas y el orden de los acontecimientos, y la cadena de beneficios que derramaba a las almas, no podía menos de exclamar, lleno de consuelo y de filial gratitud, Tu, Pater, gubernas omnia tua providentia; ¡Oh, Padre, cómo lo gobiernas todo con amorosa Providencia! [(Sab 14, 3)].
   Y según nos dice Bossuet... esta sabiduría divina desconocida en sus caminos; esta sabiduría que preparó la tierra en su tiempo, que produjo la luz y llamó a las estrellas por su nombre, en la plenitud de los tiempos quiso hacerse visible, et in terris visus est, et cum hominibus conversatus est [(Bar 3, 38)].
   Y al considerar el apóstol S. Pablo esta dignación de esta Sabiduría, de este Verbo divino aparecido sobre la tierra, no sabía expresarlo con otros términos que con esta admiración. Apparuit benignitas et humanitas [(Tit 3, 4)]. Mirad, añadía, cómo ha querido aparecer entre nosotros la benignidad con la humanidad de Dios, nuestro Salvador. Y para dar muestra de esta Providencia y de esta benignidad que había venido a la tierra a cuidar visiblemente a los <*3*> hombres, he aquí que transit benefaciendo, esta Providencia visible, Cristo Jesús, pasó haciendo el bien et sanando omnes [(Hch 10, 38)], y hasta curando a todos; y los rayos de esta Providencia, encerrados en el Corazón de este Dios-Hombre, se reflejaban en su solicitud por los males de la humanidad, del hombre, y curando a los enfermos, y consolando a los tristes y alimentando a las turbas y derramando por todas partes los tesoros de su misericordia, queriéndose quedar luego oculto entre nosotros hasta la consumación de los siglos.

   Y este corazón no vivía más que
   Bendito sea el Señor, que ha querido manifestar sensiblemente su amor a las criaturas con este cuidado inmediato y sensible sobre nuestras almas. ¡Oh, Padre! podíamos decir mejor que el Profeta: ¡Cómo has querido gobernarlo todo con tu [?] mano y Providencia, viniendo al mundo a ser Provisor de nuestras almas!
   Ahora bien, pues, hermanos míos; ¿podía el Señor discurrir más para manifestarnos el interés y cuidado que le merecían nuestras almas? ¿Podrían llegar más allá las invenciones de su amor? ¡Ah!, sí; todavía discurrió más; esta Providencia suya, aunque amorosa, iba unida y estaba iluminada con los rayos majestuosos de la grandeza y de la justicia. El era el Padre y al mismo tiempo debía ser nuestro Juez, y su majestad imponente arredraba nuestra timidez para acercarnos a él. Y he aquí, hermanos míos, que en el exceso de su cariño esta providencia suya, quiso revestirla del ropaje de la ternura maternal. Y escoge el corazón de una Madre, y así como la había querido asociar a su obra de la Redención, uniéndola como <*4*> víctima dolorosa a su sacrificio, quería también constituirla Provisora [?] en las gracias de esta misma Redención.
   Y el Señor quiso replegar los rayos benéficos de su beneficencia, de su poder y de su amor a las criaturas, para que convergieran y afluyeran y pasaran todos por el corazón de esta Madre. De tal modo quiso hacerla su conducto y depositaria de su poder, de su amor y de su beneficencia, que un Padre de la Iglesia se ha atrevido a decir que no llueve ni una de las gracias sobre la tierra, que no tenga que pasar primeramente por las manos de esta Madre.
   Y esta mujer distinguida y privilegiada, esta Provisora universal, es tu Madre; ya lo sabéis, es María. Por esto, al contemplarla hoy con este título amoroso, al verla adornada de esta prerrogativa y de esta solicitud, bien podemos decirla las palabras del Profeta: Tu, Mater, gubernas omnia tua Providentia. ¡Oh, Madre, tú lo gobiernas todo con tu Providencia! [(Sab 14, 3)].

   Obligado, pues, yo, hermanos míos, por esta Comunidad a exponerla a vuestra meditación bajo este título glorioso, ¿qué os diré que no sepáis de la solicitud, del poder, del amor de esta Madre, constituida Madre de la Providencia?
   En la imposibilidad de abarcar todos los rasgos de su beneficencia amorosa, os presentaré en general, como conducto <*5*> de Dios en el orden de nuestra salvación, en el orden de las gracias todas que el Señor nos derrama, y aun como provisora de todas nuestras necesidades.
   Para el acierto,... Ave María.

   Tal es, hermanos míos, el poder que Dios confió a las manos de María, según la economía de su Providencia; tal es [la] grandeza del título con que Dios quiere honrarla de Madre suya, y corredentora del género humano, tales son las prerrogativas que se desprenden de ese destino glorioso, que el instinto de los fieles, y aun de la misma Iglesia, casi no sabe cómo expresarlos. Por esto la piedad de los Padres y Doctores, y la devoción de los fieles, ha ido aglomerando títulos para expresar las gracias de esa Virgen Madre, sin que hayan podido agotarlos y expresarlas; de aquí esa larga letanía de la Virgen, que cada uno de dichos títulos derrama inmensa luz sobre ese campo de gracias, y ese abismo de grandezas.
   Por eso al considerarla en sus festividades, exhala del corazón de la Iglesia un grito de asombro y de alabanza.
   Y al saludarla en su Nacimiento, en medio de las densas tinieblas de tristeza en que el mundo yacía, la saludan como la aurora de la gracia para la alegría del mundo, y la pregonan causa nostrae laetitiae.
   Cuando al verla en sus castísimos desposorios arder en el amor de Dios, sin con- <*6*> sumirse las ramas de esa zarza divina, la llaman Mater intemerata; al distinguir, aunque en las nieblas de la fe, trasparentarse los rayos de su grandeza original preservada del pecado, un grito entusiasta sale de los corazones para aclamarla Mater purisima inmaculata.
   Y al verla constituida Reina de todas las criaturas y colocada sobre las inteligencias superiores, repiten con entusiasmo el nombre de Reina de los mismos Angeles, Regina angelorum.
   Y aparte de estas prerrogativas personales de gloria de María, cuando el instinto de la piedad llega a percibir su amor para con nosotros, el poder de que se haya revestida, las gracias que puede alcanzarnos, entonces la invoca con los títulos de súplica tierna y confiada, y la dice, Virgen amante, consuelo de los afligidos, salud de los enfermos. Por esto no es extraño que el mismo instinto de la piedad, queriendo como abarcar todos los sentimientos de la confianza que ella inspira, haya prorrumpido también en este grito entusiasta y peculiar: Mater Divinae Providentiae, Madre de la divina Providencia, auxilio de los cristianos, ruega por nosotros.
   ¿Y cómo no, hermanos míos? ¡Si ella ha sido constituida Providencia amorosa <*7*> de cuanto necesitamos!

   Si meditamos el encargo que ella tiene respecto de nuestra salvación, y el modo que ella lo realiza, había que decir con los Santos Padres que su Providencia es el lugar de refugio y de salvación de las almas, no aun de los justos sino de los pecadores.
   Así como la próvida naturaleza ha establecido, dice un piadoso escritor, a las palomas y a las cigüeñas un lugar de asilo para sus nidos a fin de que puedan ser resguardados de las serpientes que los acechan, la altura del cedro y los huecos de las rocas.

   Cómo en la antigua Ley se establecieron lugares de refugio, esto es, algunas ciudades; así como Demetrio señaló el templo de Jerusalén para que los reos que se acogiesen quedaran salvos por respeto a la santidad del lugar, así también en la ley de gracia, ha querido el Señor establecer un verdadero asilo y refugio para lograr nuestra salvación. ¿Qué sería de nosotros, hermanos míos, cuando al considerarnos envueltos en el pecado, rodeados de miserias, acechados por el dragón antiguo, que como león rugiente nos embiste para devorarnos, cuando <*8*> extendidos a nuestros pies miles de lazos estamos expuestos a ser arrastrados por las redes del infierno, y encima de nosotros aparece la cara justiciera de un Dios ofendido? ¿qué sería de nosotros, repito, si no se nos hubiera concedido un asilo seguro, ese cedro del Líbano espantable a las serpientes, y ese agujero de esa roca del seno amantísimo de nuestra Madre, donde colocar el nido de nuestras almas?
   Ya en la antigua... (vide)

   El Profeta David turbado por la conciencia de sus faltas, y como queriendo ocultarse de su mirada, le decía al Señor: Quo ibo a spiritu tuo? Quo a facie tua fugiam? ¿A dónde iré que no esté tu espíritu? ¿A dónde iré que no esté tu cara severa? Si ascendero in coelum, tu illic es, si subiese al cielo allí estás tú, si bajase al infierno allí estás presente [(Sal 138, 7-8)].
   ¡Oh!, si el Profeta hubiera disfrutado de los días de la gracia, que nosotros disfrutamos, y hubiésemos escuchado sus lamentos, hubiéramos podido decirle: Ven, ven, ¡oh! santo Profeta, ¿qué dudas? vuela, acógete a María, y en el seno de esta Madre escaparás a las miradas terribles de tu Dios, y encontrarás el asilo para tu alma fugitiva.
   Nos refiere la historia profana, hermanos míos, que Rómulo, fundador de Roma, habiendo fabricado aquella ciudad con fatiga, y queriéndola hacer afluyeran <*9*> allí habitantes, y se hiciera grande y populosa, se valió de cierta estratagema. Edificó un gran templo, y lo dedicó con solemne pompa a la diosa Pitomia, conocida y reverenciada de muchas naciones gentiles, concediendo la gracia de que todos los que reos de cualquier crimen se acogiesen a aquel famoso templo, encontrarían en él perdón y la inmunidad; de aquí es, dice Plutarco, que con presteza creció aquella ciudad, queriendo vivir todos cerca de este lugar de refugio.
   Ahora bien; el Señor que quería reparar en la ciudad celeste la ruina de las inteligencias apóstatas, quiso criar una criatura privilegiada, adornada de todas las gracias, que fuera por sí sola el atractivo y el imán de los corazones, y la constituyó asilo de los pecadores, y con autoridad soberana, para que los que se acogiesen a la influencia de los rayos de su Providencia y de sus cuidados maternales, no sólo alcanzaran el perdón sino su salvación eterna.
   ¡Oh!, hermanos míos, si descendiéramos por un momento a los infiernos; si preguntáramos a aquellos desgraciados las causas de su perdición y de su desgracia, veríamos que fue porque no supieron acogerse a ese asilo [y] refugio; no supieron cobijarse bajo las alas amorosas de esa Providencia divina, de esta Madre amorosa que tantas veces les ofrecía su seno, de esta <*10*> arca misteriosa, colocada en medio del mar tempestuoso de la vida, en las oleadas de sus desvaríos, de sus desconfianzas, de sus debilidades. No, no; a pesar de sus pecados hubieran escapado de la mano justiciera de Dios.
   ¿Lo dudáis, hermanos míos? Bajo el manto de María son librados aquellos mismos que son repelidos por Dios.

   Se refiere en la historia de Inglaterra, que un distinguido palaciego del rey Arturo, llamado Leandro, sobornado por el oro de los enemigos del Rey, se ofreció a matar a éste, por medio del veneno; supo el Rey la traición y en el momento en que Leandro iba a presentar la bebida venenosa, se levanta éste de la mesa, arrebata la espada y acomete al infame traidor y asesino. Consternado éste, escapa y al pasar por la antecámara distingue a la madre del Rey, que estaba sentada, corre hacia ella, se arrodilla y esconde la cabeza en el seno de la Reina; ¿y qué sucedió? que al [ir] Arturo a traspasarle con su espada, se levanta majestuosa la madre, y exclama: detente, oh Rey; perdona a un hijo ingrato. El seno de una madre siempre será asilo para su hijo. Atónito Arturo, deja caer la espada de su mano, y la corte entera presenció con admiración el perdón y la gracia para el enemigo del mismo Rey.

   ¿Qué, hermanos míos? ¿No es este histórico pasaje un pequeño bosquejo de lo que en el orden <*11*> espiritual leemos en los anales de las bondades de María, de almas arrancadas a la justicia de Dios, y sobre las cuales iba a caer el rayo de su indignación y decreto de su eterna condenación?
   Tanto es así, hermanos míos, que el mismo grave S. Bernardo, no duda en proclamar solemnemente que muchos se encontrarían arrojados al infierno, sino se hubiesen acogido a este lugar sagrado, que es causa de inmunidad.
   (Isaías) Claret, pág. 32.

   Y si de esta Providencia que nos ha sido dada para el logro de nuestra salvación en medio de las miserias de nuestros pecados, pasamos a considerar cómo ha sido constituida destructora de los castigos divinos, [?] para nosotros canal de todas las gracias espirituales que recibimos, ¿quién es capaz de ponderar el cuidado de esa Madre amorosa sobre nuestras almas? ¡Oh, cuán árida es la tierra de nuestro corazón! ¡Cuán incapaz de producir fruto alguno, digno de vida eterna!
   ¿Quién habrá por consiguiente que pueda ablandar el cielo, vuelto para nosotros de bronce, con razón, y derramar sobre nuestras almas las vivificantes aguas sobre los áridos campos de nuestros corazones? <*12*>

   ¡Ah!, recuerdo en este momento el estado de la tierra allá en los días de Elías: la tierra ardía seca por la ira de Dios contra el pueblo rebelde que claudicaba a cada paso, con sus continuas infidelidades.
   Y recuerdo también aquella pequeña nubecilla, que apareciendo en el mar y extendiéndose por toda la tierra, vino a fecundizarla llenando de alegría los atribulados corazones.
   Esta nube fecunda extendida por la mano de Dios sobre el mundo espiritual es María, y a su beneficencia vivificadora debemos todas las gracias que hemos recibido. A ella debieron los Santos la gracia que les santificó, los consuelos que como rocío cayeron sobre sus almas.
   ¡Oh!, si subiéramos al cielo, y fuéramos preguntando a cada [una] de esas almas, desde las que admiramos elevadas al heroísmo de la santidad, hasta las que como humildes violetas crecieron desconocidas en el campo de la Iglesia; ellas nos dirían que a esa Madre amabilísima y sólo a ella debieron las gracias del cielo, y a ella aclaman como Providencia amorosa de estas gracias del cielo.
   Para ti mi corazón, ¡oh María!, exclama S...
   Todo lo debo a María, nos decía A.
   Gloria a María, exclama <*13*>
   Cada uno de ellos es una historia de las bondades de María.
   ¿Pero dónde voy, hermanos míos? ¿Qué necesidad tengo yo de evocar ahora el testimonio de esas almas santas, para hacer ver la Providencia de María en las gracias que ella alcanza?
   ¡Ah! Bastaría dar una mirada retrospectiva a nuestro pasado, indagar los caminos de nuestra existencia, reparar las circunstancias de nuestra vida, y, ¡oh!, como también como ellos nuestra vista se dirigiría en ademán de gratitud hacia la imagen de María.

   ¿Qué hubiera sido de nosotros cuando tal vez en la noche de nuestras dudas y perplejidades, no hubiese aparecido para nosotros esa Aurora que vino a disipar las nieblas de nuestro entendimiento?
   Cuando nuestra imaginación vagaba tal vez por los caminos de la disipación, ¿qué hubiera sido de nosotros, sin la gracia de esa Nube misteriosa, que mejor que aquella del pueblo de Israel nos condujo por los áridos desiertos y caminos desconocidos?

   ¡Oh!, alma cristiana, que me escuchas: ¡A quién debes las gracias de tu conversión, dormida en el sueño de la tibieza y del pecado, te despertó la mirada y la gracia de María a quien de vez en cuando invocabas!
   ¡Oh!, alma religiosa, recuerda en este día de tus días una Madre, quien <*14*> te ha conducido a este puerto de salud en medio de las encontradas olas de temores y de dificultades. Tus miradas hacia María fueron tu baluarte y recompensa.
   Corazones todos, hermanos míos, a quien somos deudores de la continua lluvia de gracias que continua y diariamente han caído sobre nuestras almas.
   ¿Cuántas gracias de remordimiento, de consuelo, de desengaños, de apartamiento de peligros no debemos a María? ¡Oh!, ciertamente que si las recapacitáramos, no podríamos [menos] de exclamar: Sí, realmente ha sido María para nosotros una continua Providencia .

   Pues todas estas gracias las debemos a la que ha sido constituida provisora universal de nuestras almas.

* * *



   Y si de la consecución de estas gracias para nuestras almas quisiera yo extenderme ahora para panegirizar las glorias de esta divina Madre, Auxilio de los cristianos, como es providencia para todas las demás necesidades, aun temporales, ¡oh!, os molestaría, hermanos míos, y no debo fatigar más vuestra atención.
   Yo podría, y me bastaría, recordaros los monumentos que se han levantado para señalar estos cuidados de María.
   Yo os mostraría esos templos memorables y tronos de la gracia de María: Y Montserrat en España, y Lourdes en Francia, y Loreto en Italia, y otros en todas la naciones, que son monumentos perennes de la Providencia de María en todas las necesidades.
   Yo preguntaría a todos los siglos y a todos los países y a todas las edades, y de todas ellas se levantaría un concierto armonioso de voces, proclamando esa misericordia, esos cuidados de María, constituida Provisora universal del mundo católico, y auxilio de los cristianos aún en las necesidades temporales.
   Si el tiempo me lo hubiese permitido, yo os recordaría el origen del oficio de este día, cuando el Pontífice Pío V agradecido a la providencial libertad de su cautividad, obtenida por las oraciones de los fieles todos quiso dedicarla este título amoroso de la Madre de la Providencia y auxilio de los cristianos.
   Mas sean suficientes <*15*> las antedichas reflexiones para excitar más nuestro amor y nuestra confianza en María.

   Así pues, hermanos míos, acudid a su poderosa protección.
   Procuremos merecer que ella sea la continuadora [provisora] de sus gracias en favor nuestro.
   Venid a saludarla e implorar su auxilio en todas las necesidades de la vida, en todos los combates de vuestra alma, y confiada a ella el negocio de vuestra salvación, correspondiendo a las divinas inspiraciones.

   Vosotras, venerables religiosas, continuad tributando esos cultos a vuestra Madre y Patrona, a la Señora de vuestra Casa, en ese trono que ha levantado vuestra piedad, y bajo cuya sombra habéis querido cobijaros.

   Recordad, hermanas mías, que hoy hace 12 años justos que en este mismo día, allá a las orillas del mar, del hermoso litoral de Cataluña, oísteis por vez primera una voz mensajera que os anunciaba el llamamiento de esa Madre hacia más allá de las orillas del Ebro, porque quería colocar un nuevo nido de sus amores con las hijas de la Providencia, y dóciles escuchabais esta voz y a ella ofrecisteis vuestra vida y vuestro sacrificio y ella ha querido colocaros hoy y continuar bajo las alas de su especial amor y protección.
   Que continúe ella siendo el imán de vuestros corazones, que al despertar por la mañana sea ella el primer suspiro de vuestro afecto, y sean para ella las últimas miradas en el descanso de la noche.
   Sed fieles a vuestro llamamiento, y ella continúe derramando sobre vosotras sus gracias.
   Y Vos, Madre mía, desde ese trono de amor en que os veo velando el sueño de Jesús, como que se confía a Vos, y tomando sus manos, como señal de ser depositaria de su poder y de sus gracias [?] enviando gracias sobre el Pontífice, sobre [?] sobre la ciudad, sobre estos fieles.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 43, pág.: 1






   ¡Oh! Señor que lo llenáis con vuestra Providencia
   Oh Sabiduría
   El hizo participante de su Providencia a los hombres
   Mas esta Providencia quiso en el trascurso de los siglos venir a la tierra y aquel Verbo divino por quien han sido hechas todas las cosas, in terris visus est et cum hominibus conversatus est [(Bar 3, 38)].
   Mas este cuidado amoroso le faltaba una circunstancia, quiso revestirle de la ternura maternal.
   Y así como a ella escogió para la redención, así también para la Providencia.
   Communicasti mihi quod sum, Claret 122.
   Esta Providencia es María.
   Por esto todos los pueblos se han apresurado a darles nombres [?] y otros títulos de sus virtudes.
   Mas hoy, Virgen Madre de la Providencia auxilio de los cristianos,

* * *



   Vengo, pues, a deciros qué es la Providencia. Os la podía poner como Aurora, como río; mas Providencia, aurora de todos los cristianos, en todas las necesidades.
   -----------
   1.º. Necesidades del alma, salvación. Claret 270.
   2.º. Gracias. Claret.
   3.º. Claret.
   4.º. Aun contra la justicia de Dios. Claret, ejusdem.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 44, págs.: 1-2






Esqueleto de un sermón sobre la Sma. Virgen.



   Exordio: Las principales virtudes de María son un gran campo, un jardín ameno donde el alma cristiana debe continuamente saborearse, percibiendo los suaves aromas que ellas destilan.

   Proposición: La caridad de María para con los hombres, y en especial para los hijos de N. merece el amor de los hombres, y especialmente de N. para con María.
   La caridad, este divino fuego que el divino Redentor vino a encender en la tierra, es un lazo que une al hombre con Dios, al hombre con sus semejantes y a los pueblos entre sí.
   De aquí es que donde falta este fuego sagrado, todo se desquicia, se descoyunta, se rompe. Pruebas: El primer hombre; Caín y Abel; las antiguas sociedades.
   De aquí es que la caridad de Jesucristo, que esencialmente [es] caridad, cuya caridad le hizo bajar a la tierra, su único objeto era el encender, el avivar y extender este divino fuego por todas partes. Si, pues, la Virgen Santísima era destinada para Madre de este Dios, esencialmente caridad, <*2*> ¿qué oleadas no debía encender en su corazón la gracia que adornaba su alma, para poder ser más fiel retrato del que había de concebir en sus entrañas?

   Recorramos su vida: su fervorosa oración a Dios, en la que pedía continuamente la salud del hombre; 2.º las bodas de Caná, pero sobre todo en los dos principales hechos de su vida, a saber, en la Anunciación y en el Calvario.
   En la Anunciación, porque sabía que aunque era destinada a tan grande dignidad, sin embargo también sabía por las Profecías que aquel libertador debía ser Varón de dolores.
   En el Calvario, porque cedió del derecho de Madre, para sacrificarlo por nosotros.

   ¿Y esta caridad de María se acabó ya, ahora que está en los cielos? No, porque, según S. Pablo, es la única que persevera en los bienaventurados; y además que si, según todos los Santos Padres, Jesucristo subió al cielo para prepararnos el asiento en la gloria, ¿no podremos decir también que María ha subido a lo más alto del empíreo, para desde allí derramar sus favores y gracias, cuyo depósito la ha confiado la Providencia?
   Sí, en prueba de ello: Ejemplos de ciudades, pueblos, individuos, pero ¿qué digo? Habla tú, pueblo de N. etc.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 45, págs.: 1-2






   No puedo menos... con motivo...
   La Religión procura todos los días del año,... por esto...
   Así, celebramos también las festividades de los Patronos para...
   Así, pues, hoy también que celebráis... debe servirnos para...

   Pero antes debéis saber por qué la Iglesia Sta. le llama con el nombre de... Pero antes debéis saber que, aunque hay diferentes imágenes e invocaciones de María Santísima,... no hay sin embargo en el cielo más que una Virgen Santísima, y es la misma que adoramos en todas las imágenes y estampas.
   Pero como [a] la Virgen Santísima la podemos considerar en diferentes estados y modos. Por esto la pintamos también en diferentes consideraciones, v. gr. la Reina,...
   Así, pues, también nosotros consideramos a la Virgen Santísima en diferentes condiciones, unas veces cuando se sube al cielo; otras cuando nace; otras cuando estaba en el Calvario; y la pintan afligida con sus dolores; a otros les mueve más el pensar en el día que fue declarada Madre de Dios,...
   He aquí, pues, una misma Madre de Dios representada y considerada de diferentes modos.

   Esto supuesto, pues, veamos por qué se llama y la pintan a modo... siendo así, que la Virgen no fue... Mirad, así como Jesucristo porque amaba a los pecadores,... Pues que hace un buen...
   Así, pues, también la Virgen Santísima porque nos...
   Sí, hermanos míos, Ella es la que nos dirige... si acaso delinquimos...
   Sí, ¡y cuán satisfechos podéis estar de tener por titular a María bajo este título tan consolador! Sí, Ella os asistirá...

   Pero para que la Virgen os sea... es preciso que la honréis como Ella quiere. Hay algunas que están esperando una fiesta no para venir a honrarla, sino para tener un día <*2*> de alegría yendo a ver los bailes y otras diversiones. Hay otros que vienen a visitarla por costumbre y no saben decirle nada. Hay otros que de todo se acuerdan menos de venir a ofrecerle su corazón; y cuán pocos son los que van a obsequiar a María, confesándose y comulgando; ¡cuántos habrá que aun en este día harán más pecados que los otros días!
   No es esto, hermanos míos, el verdadero modo de obsequiar a la Virgen Santísima; al contrario, estas fiestas,...
   Por esto, no os concede lo que la pedís. Monstra te esse filium.
   Si queréis, pues, que la Virgen Santísima sea vuestra... debéis:
   1.º Invocarla con frecuencia. Cuando en la Iglesia; cuando os levantéis; cuando paséis por la Iglesia; y confesaros [en] algunas de sus fiestas.
   2.º No hacer ninguna cosa mala, apartándoos de aquellos compañeros que os puedan ser peligrosos, cuidando de que vuestros hijos no los hagan tampoco; ni diciendo blasfemias, y si alguna vez la oís,...
   3.º Conservando la fe; no escuchéis, hermanos míos, lo que oiréis por esos caminos; hoy se habla de todo; y todos se figuran que tienen derecho a hablar de todo y contra todo.
   Hoy día se valen de todas las mentiras para desacreditar la religión y todo; éstos que hablan contra la religión no lo hacen porque lo crean; porque llenos de orgullo se figuran que son más sabios; pero no van a decirlo delante de aquellos que les pueden contestar.
   Dejadlos, hermanos míos, estar, y vosotros procurad conservar la fe de vuestras familias; sed devotos de María; acudid a Ella en las necesidades; invocadla; no digáis ninguna flasfemia y Ella os asistirá durante la vida,...
   ¡Quién sabe! bien pronto nos iremos a la eternidad.
   Procuremos adquirir un amigo para aquella hora temible, y Ella nos volverá la visita, y podremos después ir a disfrutar de su compañía.
   No puedo menos... con motivo...
   La Religión procura todos los días... por esto...
   Así, celebramos la fiesta de...

Escritos I, vol. 4.º, doc. 46, págs.: 1-4






   Por esto vosotros, amados míos, agradecidos a este beneficio, después de haber ofrecido ayer con tan solemnes cultos, con tan lucida procesión, vuestros respetos a Jesús Sacramentado, hoy en el 2.º día de estas fiestas, lo dedicáis a honrar a vuestra Madre, a la Madre de la divina gracia.
   A fin, pues, yo, de avivar vuestra fe y confianza en esta Madre, y de agradecer este beneficio, vengo a deciros con los principios apoyados en lo que la fe nos dice de María, que el darnos Jesús a María por Madre nuestra, nos ha dado la fuente, el conducto de todas las gracias. Ave María.
   He dicho que Jesús nos dio a su propia madre por Madre nuestra. Y no creáis, católicos, que es un nombre estéril. <*2*>
   Que Jesús al darnos a María por Madre, nos ha dado en María el conducto, la fuente de todas las gracia

* * *



   Al darnos a María por Madre, no nos ha dado un nombre estéril.

* * *



   Ahora bien: si nos la ha dado por Madre, cómo no ser Ella el conducto de las gracias, porque tiene el poder y el amor de tal. ¿Dudáis del poder de María?
   Juárez.
   Por ello, no es extraño, que a ella hayan acudido...
   En los primeros siglos...
   Luego...
   Prueban tantos templos levantados...
   Por esto los santos: S. Francisco, S. Luis...
   Todos los siglos. Subiéramos al cielo...

   ¿Y cómo no? ¡Si este poder que María recibió lo guarda para nosotros! ¡si tiene el mismo cariño! ¡si sabe nuestras miserias!
   ¡Pero ay! ¡que no todos alcanzan todas las gracias!
   ¿Sabéis por qué? 1.º porque no lo piden bien. [2.º] porque no conviene. [3.º] porque son cosas que no deben pedirse. <*3*>
   ¿Qué hemos de hacer, pues?
   Ser devotos de María, la Madre de la gracia.
   ¡Pero ay! que nos llamamos devotos, y muchas veces no lo somos.

   La devoción verdadera consiste: 1.º en honrarla de corazón, comprendiendo su santidad, su poder.
   2.º En imitar sus virtudes, apartándonos del pecado; ¡oh! ¿cómo ha de llamarse devoto el que ofende a su Hijo con descaro?
   Ya sabéis el ejemplo de aquel joven que se llamaba devoto de María, y que un día al salir de su habitación, una imagen de María de los dolores le habla, pues para que veas qué hijo eres, toma esta espada...

   Nuestra devoción constante. ¡Oh! Cuántas veces la invocamos todos los días, con tres Ave María, y luego...
   Por esto, el Beato Juan Berchmans...
   Si sois devotos, ella será Madre de gracia y de gracias, de gracias para el alma, de gracia...
   Así lo espero de Vos, ¡oh!
   Recibid los homenajes que este pueblo os tributa. Ellos contribuyen [a] estos obsequios, y acudirán a Vos en sus necesidades. <*4*>
   No miréis,¡oh Madre!, sus imperfecciones.
   Acordaos que habéis sido constituida Madre.
   No escuchéis las blasfemias que algunos de sus hijos profieren por esas calles, con escándalo de los oídos piadosos, y que irritan la justicia de vuestro Hijo.
   Acordaos que sois Madre, y convertidlos.
   Sed la intermediaria.

   Sed para todos Madre de gracia: de gracia de conversión, de gracia de santificación.
   Conservad en la gracia a los morientes.
   Sed gracia de fortaleza a los débiles.
   Sed gracia de constancia en los justos.
   Alcanzadle la gracia principal en la hora de la muerte.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 47, págs.: 1-8






   Semejante al lirio entre las espinas así es
   ¿Pero es en realidad a María Santísima a quien se dirigen estas palabras? Ah, el mismo autor de los Cantares nos lo enseña en otro pasaje, cuando la llama lirio de los valles: Valle de lágrimas este mundo desde el día de la primera culpa. Ella es la que vino a alegrar la humanidad con el calor [de la] primera [gracia] perdida.
   El profeta Isaías mira en lontananza la aparición de esta flor divina, que debía brotar en el árido desierto del mundo; exclama: Egredietur [(Is 11, 1)].
   Saldrá una vara de la raíz de Jesé, y una flor brotará de esta raíz, y descansará sobre ella el espíritu del Señor.
   Sí, María es el lirio por excelencia.
   Trasladaos sino, hijos míos, con el pensamiento al paraíso terrenal,...
   Alegraos justos.
   Privilegio único.
   Muchas después de Ella y por Ella han

* * *



   3.º Pero he dicho también, que del mismo modo que el autor sagrado compara a María con el lirio, así también, y con justo título, compara la Eucaristía al árbol cargado de frutos.
   Jesús es por excelencia el fruto de la <*2*> tierra; es el fruto bendito del seno de María. Más tarde será el fruto suspenso de los brazos de la Cruz. Mas en la Eucaristía es en donde, sobre todo, se realiza este símbolo, porque se saborea su mismo dulcísimo Corazón.
   El hombre, hijos míos, había sido criado para la felicidad, Dios habitaba en él como en su propio templo, y unido el corazón del hombre a su Dios por el don de una gracia imponderable su corazón [nadaba] en la dicha y en la felicidad.
   Un árbol de vida, colocado en medio del paraíso era el que vigorizaba y divinizaba, y era el símbolo de esta unión con Dios y de la felicidad que le inundaba.
   Pero, ah, que al aplicarse, en mala hora, a sus labios el fruto prohibido, perdió para siempre el fruto del árbol bendito. Y su corazón criado para el amor supremo, para la suprema felicidad encuentra en el fondo de él esa hambre de dicha, esa sed de dicha [que] había perdido.
   Y ved, hijos míos, a la humanidad corriendo tras esa felicidad en el deseo de saciar[la]; y vedla buscar tras los placeres de la vida, tras las satisfacciones de sus concupiscencias; pero, ah, como el alimento que se proporcionaba era más flojo que su corazón, en lugar de saciar sus deseos, no hacía sino producir el hastío, y con él nueva sed de dicha, de paz y de amor, hasta el punto que el más grande de los Reyes, y que había apurado las heces de todas las felicidades humanas, se <*3*> vio precisado a exclamar: todo es vanidad y aflicción de espíritu, cuanto hay debajo del sol.
   De aquí es que ni un corazón se ha encontrado feliz sobre la tierra como no lo encuentran tampoco hoy los que buscan la dicha fuera del centro y del foco de ella.
   Más aún; los mismos justos de la antigua Ley, a quienes alimentaba la fe y la esperanza, no encontraban satisfecho el vacío de su corazón; no habían saboreado aún el fruto, que había de ser de salud para las naciones. En los cantos de sus Patriarcas, en los anuncios de sus Profetas no se oyen sino las notas candentes de la tristeza, del deseo, del afán de llegar, objetos supuestos que no se poseen todavía.
   Pero, ah, aparece ese árbol divino entre los estériles de la selva de este mundo, todo cambia de aspecto, y ved a las almas amantes que han llegado a saborear este fruto, exclamar como Teresa de Jesús y Magdalena de Pazzis y Francisco de Sales, y todas las que han saboreado este fruto: Basta, Señor, basta. Quid mihi est in coelo et a te quid volui super terram? Deus cordis mei et pars mea, Deus, in aeternum [(Sal 72, 25-26)].
   Con razón la mística enamorada de los Cánticos, al entrever este árbol divino, cuyo suelo es el Altar, decía con efusión: Me senté a la sombra de aquel a quien yo había deseado y [sus] frutos serán dulces a mi paladar. Una sombra siempre fresca y frutos siempre suaves.
   ¿No es esto la Eucaristía? Oh, <*4*> yo me represento al divino y amante Jesús en aquel momento solemne en que recostado junto al pozo de [Jacob] aguardando a aquella alma de Samaría, desconsoladísima, entregada a la disipación y al [mal] vivir, y a la que quería conducir al redil de su amor.
   Y al forcejear esta oveja para huir de las manos del buen Pastor, la dirige aquellas tiernas y misteriosas palabras: Si scires donum Dei [(Jn 4, 10)]. Oh, alma, si supieras el don de Dios, y quién es el que te invita.
   Oh, quién hubiese podido presenciar aquella escena. Si hubiera podido ver al Señor en aquella hora bendita. Apoderarnos de una chispa del fuego celestial que se escapaba de los ojos, y oír aquel inimitable e insustituible acento con que debió pronunciar esta palabra: Si scires.
   Si supieses que este don es la paz, es el consuelo de todas las penas, es la dicha del alma, la alegría del corazón.
   Ahora bien: a través de los siglos este mismo divino y amante Cristo Jesús junto al pozo del Sacramento, nos está diciendo: <*5*>

* * *



   Pero he dicho últimamente: ¿que cuál es la razón [porque] une en un mismo cántico el lirio y el árbol cargado de fruto? ¿No es acaso, sino porque entre María y la Eucaristía existen íntima semejanza y maravillosas relaciones? Ah, sí, hijos míos, y me parece que aun sin violentar el sentido del sagrado texto, podríamos aplicar a María el ser árbol frondoso, puesto que es la que nos ha producido el fruto bendito del Corazón de Jesús.
   En el orden de la Providencia sin María no hubiéramos poseído a Jesús, y por consiguiente la Eucaristía no puede menos de recordarnos a la Virgen Santísima. La carne divina que se nos presenta en el Sacramento del amor la debemos desde luego a María.
   Antes de nacer en nuestros Altares tuvo nacimiento en María, y su regazo fue el primero en recibirle, y sus manos las primeras en tocarle.
   La Virgen Santísima fue el primer sacerdote y el primer comulgante. La cueva de Belén en donde María depositó el Hijo de Dios, fue el primero de nuestros tabernáculos; el lienzo con que le envolvió nuestros primeros lienzos sagrados.
   ¿Cómo acercarnos, pues, al Corazón de Jesús, sin pensar en su Madre Inmaculada? Oh María.
   ¿Pero dónde voy? Si Vos nos lo habéis criado y dejado... puesto en el árbol de la Cruz, y después <*6*>
   Cuando después de la Ascensión del Salvador, la Virgen Santísima se retiró con su muy amado discípulo, S. Juan, imaginaos cómo todas las mañanas, como nos dice la tradición, recibía al Corazón de su divino Hijo en la Eucaristía, de manos del Apóstol.
   Oh Dios mismo, qué fervientes comuniones. Es él mismo, es mi Hijo, decía Ella, es el que llevé en mi seno, alimenté con mis manos y obsequiado con tiernas caricias.
   Sí, respondía el Apóstol muy amado, también yo le he reconocido en la fracción del pan; ciertamente Aquel sobre cuyo Corazón deseaba tanto descansar.
   Dichoso discípulo. Había elegido, pues, su estancia entre el lirio y el árbol de fruto divino, entre María y el Corazón de Jesús. La dicha de Juan era completa.
   Y es también la que nosotros poseemos. Ya que no pueden florecer, ni dar frutos el uno sin el otro, nuestro corazón no debe separarlos jamás, a María y al Corazón de Jesús. Nuestro horizonte debe extenderse del uno al otro, y cuando nuestro amor languidezca y nuestro corazón tema desfallecer, debemos decir como el mismo Esposo de los Cánticos:
   Dejadme, o[h] Corazón de Jesús o[h] María, descansar sobre vuestras flores y vuestros frutos, y con este apoyo os amaré en adelante. <*7*>
   Ahora bien M.M. y termino. Si amamos con ardor, si María y el Corazón de Jesús son las delicias más queridas de nuestra vida, es preciso que imitemos las principales virtudes que nos enseñan.
   Para conocerlas consultemos los dos emblemas: El lirio nos enseña la pureza; el fruto divino nos predica amor.
   Vivimos en medio del mundo que ofende y ultraja al Señor; en donde los pensamientos, las afecciones, los deseos se apartan de El. El mundo presenta sus flores y sus frutos: sino que no tiene otros lirios más que aquellos, que, según la expresión del sabio, brillan por la mañana y por la tarde caen marchitos, ni tienen otros frutos que aquellos de Sodoma, los de amargura y el desengaño.
   Ah, entre todos estos desórdenes de los peligros del mundo, invoquemos al recuerdo de María, procuremos imprimir en nosotros su imagen, y nuestro corazón permanecerá puro como el lirio, en medio de las espinas.
   Mas así como María dio a luz al Dios de la Eucaristía, así también la pureza del corazón debe ser para nosotros el principio de una caridad activa e incesante, no viviendo sino para el amor de Cristo Jesús, acudiendo a la sombra de su Tabernáculo, para saborear allí el fruto de su dulcísimo Corazón, a fin de poder [decir] con el Apóstol: No vivo yo, Jesús es el que vive en mí.
   De esta manera viviendo en nosotros la pureza <*8*> y el amor, podemos esperar agradar a Dios que no se complace más que en los lirios, y que no da lugar en su celestial jardín, sino a los árboles cargados de frutos.
   Merezcamos, practicando estas dos virtudes.
   Que sea así, Corazón de Jesús sacramentado. Haced que se cumplan en nosotros los deseos del Profeta, cuando decía: florete in lilium, floreced en lirio de fragancia y [florete] in gratiam [(Eclo 39, 19)], para que de este modo podamos acercarnos a Vos, y un día ser trasplantados a los tabernáculos de vuestra gloria para toda la eternidad. Amén

* * *



   ¿No es éste el grito de todas las almas amantes? ¿Qué sería de nosotros sin Jesús sobre la tierra?

   Pero ahora teniendo en el huerto cerrado de la Iglesia ese árbol divino del desierto que da la vida, la paz, el consuelo, el amor, puesto que se posee al mismo Dios; qué más podemos desear al pie
   Por esto las almas amantes que saben saborearlas mejor que Adán, exclaman, como el Profeta cuando de lejos la veía: Quid mihi est

Escritos I, vol. 4.º, doc. 48, págs.: 1-4






   Plática para concluir la novena de la Sta. Cinta
   en el Colegio de Señoritas de este título en esta ciudad



   Mis hijas en el Señor: Vais a dar término ya a los obsequios que hace ocho días empezasteis con santo ardor a tributar a María; cánticos del más puro entusiasmo habéis entonado a sus glorias; miles de afectos de ternura habéis elevado a su trono; semejantes a la flor del campo que al abrir su cáliz derrama aromas como para saludar la aurora, vuestros sencillos corazones han derramado también suaves aromas de candor y de ternura (elevándose como varita de incienso hasta el Corazón amable de María).
   ¡Oh! ¡Y cómo esta Madre de bondad habrá acogido vuestros sencillos obsequios! ¡Cómo se habrá complacido en derramar, cual rocío fecundo, las saludables influencias de su amor y de su gracia sobre vuestros dispuestos corazones!

   Sí; yo os felicito por ello, y me congratulo al considerar que esta solicitud, en obsequio a María, es como una prenda asegurada de su protección para con vosotras.
   Pero ¡ay!, hijas mías; una idea me ocurre en este instante; un pensamiento agita y cruza mi imaginación y conturba mi espíritu:
   ¡Quién sabe si al terminar estos obsequios, se apague vuestro entusiasmo para con María! ¡Quién sabe si el último de los cánticos que hoy elevéis a su honor <*2*> sea como el adiós a vuestras plegarias y de vuestros tributos para con ella!

   ¡Quizás al finalizar estos actos, vuestros corazones queden mustios, marchitas como las flores de vuestro altar! ¡Tal vez la disipación y el olvido sequen vuestros fervores!

   No, hijas mías, no: Que vuestro afecto hacia la Madre de Dios se grabe desde hoy en vuestras almas con los más fuertes caracteres. Que la consagración que hoy la hacéis de vuestros corazones sea como la cadena de oro que os una más y más con ella, con lazos de un amor indisoluble.

   Y bien; ¿qué debéis hacer para ello? ¿Qué debéis practicar para que vuestra devoción sea duradera, y tengáis asegurada su protección?
   Mirad: vosotras durante estos días de la santa Novena, la habéis titulado vuestra Maestra, con júbilo de vuestro corazón la habéis reconocido por Reina de vuestras almas, la habéis invocado dulcemente con el tierno nombre de Madre.
   María ha aceptado estos títulos, y por consiguiente sois ya discípulas, hijas y esclavas de ella.
   Como discípulas de María, debéis aprender las vivas lecciones que nos ofrece con la bella perspectiva de sus ejemplos. Durante estos días habéis recorrido con la consideración esa cadena de sus grandes acciones. Habéis contemplado su fe viva, su esperanza inalterable a través de las tempestades de la tribulación y de la prueba, su caridad ardiente. Os habéis deslumbrado agradablemente ante los brillantes resplandores que despide su castidad virginal, <*3*> esa pureza imponderable que llegó a arrebatar las miradas de todo un Dios. Habéis visto, en fin, su humildad, su paciencia, su prudencia, su silencio; virtudes todas que como panal de miel fabricó en su corazón para ofrecer a su Amado.
   Pues bien: procurad grabar en vuestro corazón estas virtudes; que los ejemplos de María sean vuestro estudio predilecto, ya que la proclamáis vuestra Maestra.

   He dicho también, que mil veces habéis reconocido a María por Reina y Señora vuestra, y como tal la habéis ofrecido el dominio de cuanto sois, el uso de cuanto os pertenece. Vuestros ojos suyos son: Que siempre y en todas las circunstancias sean guiados por la suave ley de una angelical modestia. Vuestros oídos son de ella: Que no se abran jamás a la maledicencia, que el sello de una vigilancia continua los haga inaccesibles a peligrosas curiosidades. Vuestra lengua a ella pertenece: Que una esmerada educación y una prudencia santa sean como el candado que selle vuestros labios y dirija vuestras palabras. Que en vuestro cuerpo resplandezca la pureza. Que esté ceñido con la cinta de una mortificación constante, alejando de ellos la vanidad.
   Con vuestros corazones...

   Vosotras, en fin, os habéis atrevido a invocar a María con el dulce nombre de María. ¡Ay!, que al elegirla por tal, os habéis comprometido a un amor constante y firme, a la correspondencia de una ternura filial que no sea jamás desmentida. Que los afectos de vuestra alma suban con frecuencia hasta el corazón de María. Que vuestro espíritu se <*4*> arrobe constantemente ante las ideas de su bondad, de sus grandezas y perfecciones.
   De esta manera...

   Mirad, hijas mías, vosotras tenéis un motivo especial para entregaros desde hoy, y para siempre en los brazos de María. Sí: vais a entrar en la primavera de la vida; un ancho [campo] se ofrecerá a vuestra imaginación inquieta; desconocedoras de sus caminos errantes, en medio de playas ignoradas aún, ¿quién dirigirá vuestros vacilantes pasos? ¿Quién señalará el rumbo que debéis seguir en medio de vuestra existencia? ¡Ay!

   Tal vez mil sueños de felicidad os acariciarán bien pronto; ¿y será preciso, hijas mías, que os diga que hay más de una espina en el camino de la vida? Días llegarán tristes y nebulosos en que el dolor amargará vuestro corazón. El desengaño, la tribulación, la enfermedad, la pérdida de vuestros objetos más queridos, y no sé cuantas contrariedades y miserias, harán de vuestro... una continuada cruz. Por más,...
   Entonces las criaturas impotentes como son que ahora...
   Gaume, pequeño Catecismo. Introducción.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 49, págs.: 1-2






María Santísima. Plática.



   Habéis dado término...
   Además, ¿qué es lo que debe moveros a amar a María?
   En tanto una cosa merece nuestro cariño, en cuanto tiene cualidades de hermosura, bondad.
   Y María. Los Cánticos...
   Si Dios aprueba las cosas,... era porque representaban a María.
   Poder. Ella ha sido constituida...
   Amor que nos tiene.
   Necesidad que tenemos de acudir a Ella.
   Es una señal de predestinación. Ya sabéis cuantos ejemplos.
   Nos encontramos faltos de todo.
   ¿Cómo la obsequiaremos?
   1.º Pensar en ella e invocarla. 2.º Llevar su escapulario. 3.º No ofenderla. <*2*>
   Mañana hemos de confesarnos.

   Nada hay que le guste tanto como esto. Jesucristo, su Hijo, ha derramado su sangre; en la Penitencia se aplica, y se borran los pecados. Ejemplo de aquel que iba comprando.
   ¡Quién sabe si es la última!
   Desde que estamos en el Instituto, todos los años han muerto uno o dos de los alumnos; alguno sin Sacramento. ¡Quién sabe...!
   No abusemos, pues; pero sobre todo, que esta purificación sea bien hecha. Alguno cree que con confesarse..., no; es preciso pensar que estamos delante de Dios, a quien hemos ofendido, y dolernos. Mirar a Dios, al infierno y a nosotros.
   Después recibir bien. Ya sabéis quién está en la Eucaristía... Si lo pensáramos bien, temblaríamos.
   Si lo pensáramos bien, nos arrebataríamos de amor.

   Ya sabéis las disposiciones generales.
   Pero no bastan: hay otras disposiciones actuales.
   La Beata Imelda Lambertini.
   Hagámoslo así; y de esta manera este mes de Mayo será principio de un sin número de gracias,...

Escritos I, vol. 4.º, doc. 50, págs.: 1-2






Devoción a María.



   Cuanto mejor es una cosa, tanto más peligro lleva de ser adulterada... muchos consideran...
   Obsequios negativos:
   No cometer pecados (abstenerse de todo lo que le desagrada).

   Obsequios positivos:
   Entre los obsequios que pueden hacerse para merecer ser contado entre... pongo en primer lugar, el elegirla por su madre en alguna solemnidad, después del aparejo de una Novena, y renovarlo de vez en cuando. S. Felipe Neri la llamaba Madre; tan de corazón la había tomado por su Madre.
   2.º Rezarle el Rosario. Innumerables son las gracias... Sta. Gertrudis vio a los pies de Cristo tantos granitos de oro cuantas eran las palabras que había dicho en el Rosario, y los entregó a su Madre y dijo que la quería consolar con otros tantos beneficios.
   3.º Visitar todos los días alguna imagen. El P. Sánchez no salía de casa sin pedir la bendición (Beato)
   4.º Prepararse a sus festividades. Sta. Gertrudis vio a un <*2*> coro de hermosísimas niñas a quienes miraba con amorosos ojos, por haberse aparejado con especial devoción para celebrar la fiesta de [la] Asunción.
   5.º Mortificarse por su amor, especialmente en huir el pecado.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 51, págs.: 1-4






   Pero a qué detenerme, hermanos míos. En este mismo siglo de impiedad y de indiferencia religiosa; en este mismo siglo en que la fe parece alejarse de nosotros, y en que las prácticas de piedad son satirizadas y... es, sin embargo, el siglo que más se ha distinguido en honrar a María; es el siglo que más devociones ha establecido, y que ha publicado más que ninguno sus alabanzas. ¿Y en qué consiste esto? En que el cristianismo no puede vivir sin el amor de María, no puede [hallar] consuelo en medio de sus aflicciones sin pronunciar este dulcísimo nombre.
   ¿Y por qué, hermanos míos? ¿Sabéis por qué? Porque todos sabéis y conocéis y estáis convencidos de cuán grande es el poder y el amor de María, y por consiguiente con cuánta confianza pueden descansar en el regazo de su amorosa protección.
   Nosotros, pues, también, católicos hermanos míos, para que el culto y el amor que tengamos a María sea racional y piadoso, debemos saber y considerar los motivos de confianaza que nos debe inspirar la devoción a María, y los medios de honrarla debidamente.
   Qué es...

   Cuando en las bodas de Caná de Galilea, ve la angustia en que se encuentran aquellos esposos, movida por su caridad intercede a su Hijo en favor de ellos; aunque parece que Jesús no quiere oírla, ella sin embargo le manda que haga un milagro para que puedan ser socorridos en aquel apuro.
   Pero ¿a qué me detengo, hermanos míos, en manifestar el amor que María nos tiene? ¿No es acaso María aquella cuyas manos, según la expresión de Salomón, destilan mirra de bondad y de gracia? ¿No es María aquel olivo frondoso que produce aceite de suavidad para curar las llagas de nuestras miserias? ¿No es María aquella Pastora vigilante que con silbidos de amor llama a los errantes pecadores? ¿No es María... Sí, sí, Madre mía; sois mi Madre, exclamaba un devoto de María, ¿qué más puedo decir? Estando una vez el beato Alfonso Rodríguez postrado delante de una imagen de María, la decía en uno de los excesos de su amor: ¡Oh Madre mía, ya sé que me amáis; pero, ah, si me amarais tanto como yo os amo! Cuando he aquí que María dándose como por resentida, le dijo: Oh Alfonso, ¿qué es lo que dices? Si conocieras el amor que yo te tengo, infinitamente mayor que [la] distancia del cielo a la tierra. Es reina de misericordia,...

   Hermanos míos, pues si María es nuestra Madre, si María nos ama tanto, si no desea más que nuestro bien y nuestra felicidad, ¿quién no confiará en su amorosa protección? ¿Quién no vivirá tranquilo bajo el manto de tan <*2*> buena Madre?
   Pero ¡ay!, hermanos míos, una idea triste se agolpa a mi imaginación en este momento. María es nuestra Madre, sí; María nos quiere; María nos ama; pero ¿cuántos [son] los que verdaderamente aman a María? ¿Cuántos son los que pueden decirse servidores de Ella? A cuantos pudiera decir María Santísima lo que dijo a un joven que le decía: María alcanzadme esta gracia; mostrad que sois mi madre; y la Virgen Santísima le contestó: Muestra que eres hijo. Sí, hermanos míos, a cuántos podría decir la Virgen Santísima lo que Dios decía a los hijos de Israel: Estos me honran con los labios, pero su corazón está muy lejos de mí. ¿Cómo queremos que la Virgen Santísima nos conceda lo que le pedimos y nos mire con ojos de misericordia? Para que, pues, podamos llamarnos hijos y devotos de María, y merecer de este modo que ella nos conceda sus gracias y sus favores, es preciso que hagamos dos cosas: que evitemos el pecado, y que la invoquemos con confianza en medio de nuestros peligros y necesidades.

   Es necesario que evitemos el pecado. Ya sabéis que el pecado es la ofensa contra Dios. Aquel que comete un pecado mortal, le dice a Dios con las obras que no quiere servirle, desprecia la sangre de Jesucristo y renueva los dolores de María. Aquel que comete el pecado, y dice que ama a Dios, es un mentiroso, dice S. Juan.
   Aquel, pues, también que dice que ama a María Santísima y ofende a Dios que es su Hijo, es un mentiroso, es un ingrato. Joven impuro, doncella poco honesta, cuando te postras a los pies de María, ¿cómo os atrevéis a llamarla Madre, cuando estáis crucificando a Jesucristo, con vuestras impurezas, con vuestras acciones? Hombre blasfemo, cuyo orgullo y vanidad te hace poner tu impía boca contra el cielo, ¿cómo quieres que María acepte tus alabanzas y oraciones cuando insultas constantemente a su Hijo y a su Dios? Mira, quizás en la hora de tu muerte no te permitirá, ni que pronuncies su dulce nombre.
   Pecadores todos, ¿cómo queremos obligar a María a que escuche nuestras súplicas? ¿qué sacará María de que ofrezcamos un cirio que arde, si no arde en nuestro corazón la llama del amor de Dios?
   María sí es Madre de pecadores; pero de aquellos pecadores que desean convertirse de veras a su Dios; no de aquellos que viven encenagados años y años en el vicio y el pecado; no de aquellos que por no dejar aquella mala amistad, aquella mala compañía se ponen en peligro de su eterna condenación; no de aquellos que por una [?], un honor y una vergüenza mal entendida callan sus pecados, ofendiendo al Señor con sus malas comuniones. No, en fin, de aquellos que viven <*3*> en el mundo, como si no hubieran nacido para otra cosa. Todos estos no hacen más que deshonrar el título de cristianos y de hijos de María. Una vez hallándose un gran pecador en un apuro se postró a los pies de María Santísima, y la decía: Madre, vos sois Madre de misericordia; y la Virgen Santísima se dignó responderle: vosotros, los pecadores, me llamáis Madre de misericordia, pero con vuestros pecados me hacéis Madre de dolores y de amargura.

   Evitemos, pues, nosotros el pecado, hermanos míos; apartemos las ocasiones de ofender a Dios; hagamos una buena y santa confesión con la ayuda de María, y entonces sí que Ella nos mirará como verdaderos hijos suyos.
   La segunda condición que debemos practicar para ser hijos de María es el acudir a Ella en nuestras tentaciones. Ya sabéis, hermanos míos.

   ¿A quién acudiremos, pues, en medio de tantos peligros, cuál será el áncora de nuestra esperanza? Unicamente María. Ella es la única torre de David, que nos dará armas para vencer a nuestros enemigos. Ella es la gran capitana que nos dirigirá en los combates contra el enemigo de nuestra alma. Muchas veces nos quejamos de nuestras flaquezas y de nuestra debilidad, muchas veces nos parece que no podemos estar sin pecar, y es porque no acudimos.
   Una vez un joven devoto de María fue acometido de una tentación violenta y en lugar de recurrir a María, como acostumbraba, se entretuvo en aquella mala tentación. Ya se disponía a salir fuera para cometer aquel pecado, cuando una imagen de los Dolores, que tenía encima de la puerta de su cuarto, le dijo: ¿A dónde vas, hijo ingrato? toma esta espada, y vuelve a clavarla en mi pecho. El joven retrocedió espantado, la pidió perdón y desde entonces propuso acudir todos los momentos al auxilio de María. Nosotros también, pues, hermanos míos, si en medio de los peligros del mundo, o en el retiro de nuestras casas nos acometiese alguna tentación, dirigid el pensamiento a María, invocadla con fervor, pronunciad su dulce nombre y estad seguros que saldréis.
   En fin, hermanos míos, lo tercero que debemos practicar para merecer el título de hijos y amantes de María, es obsequiarla con frecuencia, dirigiéndola nuestras <*4*> súplicas, ofreciéndola nuestras alabanzas, dándola culto y honor, y no avergonzarnos nunca de ser devotos y servidores suyos. La Virgen Santísima, hermanos míos, no nos pide grandes sacrificios; no pide muchos ayunos, ni muchas mortificaciones; no nos pide nuestras haciendas ni nuestros tesoros; no, no; lo que ella quiere es nuestro corazón, lo que ella quiere es que como hijos [suyos] nos acordemos de ella y pensemos mucho en su amor, y la imitemos en sus virtudes, la invoquemos [con] constancia y confianza y hagamos algunas devociones en su honor; esto es lo que nos pide María y para cumplir con este deber de amor y de gratitud, no pasar día sin que elevemos nuestro corazón hacia ella; debemos procurar alistarnos a algunas de sus cofradías, o practicar al menos alguna devoción especial y si pudiera [ser] la del Santísimo Rosario. Ya sabéis, hermanos míos, que el santo Rosario es una de las devociones más respetables de la Iglesia por [su] origen, por su objeto y por los efectos admirables que ha producido. Por su origen, pues fue revelado por la Santísima Virgen a Santo Domingo de Guzmán, para que la extendiera por todas partes. Por su objeto, pues se compone de las oraciones más divinas y más agradables al Corazón de Jesús y de María. Más agradable a Jesús, porque recuerda en los principales misterios y pasos de su vida y de su Pasión.

   El que reza devotamente el Rosario acompaña a Jesús cuando toma carne en las entrañas de María Virgen, cuando nace en el portal de Belén, cuando se ofrece por manos del Sacerdote en el templo. El que reza bien el rosario hace compañía a Jesús con los Angeles en las agonías del huerto, le sigue al calvario con las hijas de Jerusalén y asiste como Juan a sus agonías y a su muerte, y le ve resucitado y subir triunfante a los cielos. Es también muy agradable al Corazón de María, pues en cada una de sus decenas le tejemos guirnaldas de rosas de amor y de alabanzas.
   Ah, si procuráramos introducir esta devoción en nuestras casas. Si todos los días o al menos los domingos reunidos en el seno de nuestras familias lo rezáramos, ay, y cuántas bendiciones atraeríamos sobre nuestras casas, cómo la Virgen Santísima recompensaría nuestro obsequio. No descuidemos, pues, una devoción tan ventajosa. Procuremos establecerla entre nosotros, y conservarla si la tenemos ya por dicha nuestra y felicidad. Y cuando no podamos hacer esto por nuestras ocupaciones, procuremos al menos no levantarnos ni acostarnos sin rezar o una salve o tres Ave Marías pidiéndola, suplicándola su bendición, seguros de que ella nos cobijará amorosa bajo su manto, y nos asistirá durante los cuidados del día y en los peligros de la noche.
   He aquí, pues, probado lo que os he dicho en un principio; esto es, que debemos tener una confianza suma en la Madre de Dios, por el poder que tiene para con Dios, y el amor que nos tiene a todos nosotros como hijos suyos que somos, pero que para merecer su protección es necesario que nos portemos como hijos verdaderos, evitando el pecado, invocándola en las tentaciones, y obsequiándola con nuestras oraciones.
   Si pudiera me extendería en este momento en manifestaros las ventajas que siguen de la devoción a María, y el consuelo que causa el pronunciar este dulce nombre a aquellos que la aman; pero temo molestar.
   Sólo os diré, hermanos míos, lo que decía Dios al pueblo de Israel cuando le estimulaba a que guardaran la Ley de Dios: Si feceritis etc.
   Lo mismo, pues, puedo deciros yo en este día a todos vosotros. Conservad en vuestro corazón lo que os acabo de decir; mantened firme y constante la devoción a María, sin aflojar jamás; porque teniendo a ella la bendición etc.
   Sí, hermanos míos, mirad que nosotros, semejantes al pueblo de Israel a quien Moisés condujo de orden de Dios por los desiertos de la Arabia hacia la tierra de promisión, caminamos también por el desierto de la vida hacia la patria del cielo, hacia la verdadera tierra de promisión.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 52, págs.: 1-4






   Mis hijas en el Señor: Hemos dado término a los obsequios que hace ocho días empezamos a tributar a María: cánticos del más puro entusiasmo se han entonado a su gloria; mil afectos de ternura se han elevado a su trono, semejante a la tierna flor del campo, que al abrir su cáliz...
   Vuestros corazones sencillos han derramado suaves aromas de candor y de ternura, elevándose cual pepita de incienso hasta el corazón amable de María.
   ¡Oh! ¡Cómo esta Madre de bondad -cual rocío fecundo- se habrá complacido en derramar las saludables influencias de su amor y de su gracia sobre vuestras almas! Sí, yo me complazco en ello; yo contemplo en este entusiasmo una señal de vuestro amor hacia María; yo veo en vuestra prontitud y vuestra constancia un...
   Pero ¡ay!, hijas mías, una idea me ocurre en estos momentos; un pensamiento cruza mi imaginación y conturba mi espíritu:
   ¡Quién sabe si al terminar estos obsequios, acaba vuestro entusiasmo para con María! ¡Quién sabe si el último de los cánticos que hoy elevéis a su trono sea también como el adiós de vuestros tributos para con ella! Quizás la...
   Tal vez... <*2*>
   No, hijas mías, no; que vuestro afecto a María se grabe hoy en vuestras almas con los más vivos caracteres...
   Que sea...
   Que la consagración que hoy la hacéis de vosotras sea como la cadena de oro que os una con lazos de un amor constante.
   Y bien, ¿qué hemos de hacer para ello? ¿Qué debéis practicar para [que] vuestra devoción sea duradera y asegurada su protección? ¿Qué? Mirad: Vosotras durante estos días de la santa Novena, le habéis llamado vuestra Maestra, con júbilo de vuestro corazón la habéis reconocido por Reina de vuestras almas y la habéis invocado dulcemente con el dulce nombre de Madre.

   Pues bien, como discípulas de María, debéis aprender las vivas lecciones que nos ofrece, la bella perspectiva de sus ejemplos. Durante estos días habéis recorrido con la consideración la hermosa cadena de sus grandes acciones. Habéis contemplado la fe viva, su esperanza inalterable y constante a través de las tempestades de la tribulación, su caridad ardiente y viva; os ha deslumbrado agradablemente la hermosa luz ante los brillantes rayos que despide su pureza virginal, imponderable, que fue bastante para arrebatar las miradas de todo un Dios. Se ha...
   Habéis visto, en fin, su humildad, su magnificencia, su prudencia, su silencio, que como rico panal de miel fabrica y lo eleva...
   Pues bien, hijas mías, procurad copiar en vuestro corazón, que los ejemplos y las virtudes de María sea vuestro estudio predilecto y constante, ya que la proclamáis vuestra Maestra.
   Mil veces habéis... a María por <*3*> Reina y Señora vuestra, y como a tal le pertenece el dominio de cuanto seáis de cuanto os pertenece. Vuestros ojos suyos son; que siempre y en todas las circunstancias sean guiados por... sean... suave de una angélica modestia. Vuestros oídos son de ella; que no se abran jamás a la... que el sello de una vigilancia continua [os haga] inaccesible a la obscenidad y a la malicia. Vuestra lengua le pertenece; que el cuidado de una esmerada educación y de una prudencia santa... vuestros labios.
   Que en vuestro cuerpo [resplandezca] la pureza; que esté ceñido con la cinta de una mortificación constante, alejando la vanidad, la molicie, el placer.
   Que vuestro corazón esté rodeado con los fuertes vínculos, como esclavos que son y perpetuos de María.
   Vosotras, en fin, hijas mías, os habéis atrevido a invocar a María con el dulce nombre de Madre. ¡Ay! que al elegirla por tal, os habéis comprometido a una constante, firme, a la correspondencia de una ternura filial, y que no se desmienta jamás; ¡que los afectos de vuestra alma suban con frecuencia hasta el corazón de María! Que vuestro corazón dé latidos continuos a la idea de sus grandezas y perfecciones. Que un vivo deseo de agradarla y de que sea amada de todos los corazones forme la... de vuestra vida.
   De esta manera cumpliréis los deberes que os impone la consagración que hoy hacéis a María.
   Pero para que...

   De esta manera, ya armados de una santa confianza en ella, atravesaréis seguras bajo el manto y el amparo de ella los peligros de vuestra travesía, de vuestra peregrinación.
   Pero [a] vosotras en especial, hijas mías, os importa más que a nadie el entregaros desde hoy en los brazos de María: Habéis entrado en la primavera de la vida; un ancho campo se ofrece a vuestra imaginación inquieta; ¿desconoceréis -de sus caminos errantes en medio...- quién dirigirá vuestros vacilantes pasos? ¿Quién podrá <*4*> señalaros los derroteros que debéis seguir en [el] camino de vuestra existencia? ¿Quién os enseñará las espinas que se ocultan bajo las flores que el mundo tal vez os presente?
   ¡Ah! Tal vez mil sueños de felicidad os acariciarán bien pronto y ¿será preciso, hijas mías, que os diga que hay más de una espina en el camino de la vida?
   Y de esta manera atravesaréis seguras y bajo el manto de María los peligros de vuestra [?] sobre la travesía de la tierra. Y esta estrella del mar dirigirá vuestros pasos vacilantes y os señalará el rumbo que debéis [seguir] y que deba conduciros al puerto de la verdadera felicidad.
   ¿Queréis, pues, tener una Madre cariñosa que [?] un bálsamo que calme entonces vuestras penas? Pues consagraos y para siempre al servicio de María. Y ella os vestirá con su cíngulo sagrado, reconociéndoos por hijas predilectas de su amor; de esta manera también vuestras madres, que han presenciado con mucha satisfacción los trasportes de cariño para con María, contemplarán con júbilo que desde hoy tienen otra madre que compartirá con ella los desvelos de vuestra educación, y si alguna vez el pensamiento que presienten en lontananza de que... [?] el pensamiento de una posible separación les amarga, sosegará su ansiedad, recordando que os dejan otra Madre cariñosa sobre la tierra.
   Hacedlo así, y de este modo...

Escritos I, vol. 4.º, doc. 53, págs.: 1-3






   A la misma gloria esencial que ellos. Y cuál este premio. Vident, amant, gaudent. Videbimus, amabimus, laudabimus.
   Ellos ven la esencia de Dios. Si ahora con los ojos de la fe nos revela sus perfecciones con la contemplación de sus obras que vemos tan admirables en la naturaleza, nos place tanto ponderar la grandeza de este Dios. Si las almas santas vieron sólo como en un espejo la divina belleza, les causaba tan grandes trasportes, ¡Qué será ver lo que ellos ven, esto es la esencia de Dios simplicísima y en ella ver de un solo golpe de vista la eternidad inmutable, la magnitud de su grandeza, su omnipotencia creadora, la sabiduría que delineó todas las cosas, la efusión de su bondad comunicativa, y contemplar la generación eterna del Verbo, la procesión del Espíritu santo, las propiedades diversas de las Personas, y en un mismo acto la Encarnación, el modo de la Eucaristía, el orden de la gracia con sus inmensas y multiplicadas operaciones. Reina de Saba. Y los mismos reyes magos. Pecadoras.
   Ellos aman. Aunque la bienaventuranza consiste, según algunos, en el acto del entendimiento, pero no está separado del amor. Son como dos brazos con que se estrecha a la bienaventuranza. Y tal es este amor que ni los Santos han podido explicarlo. Cuando el Señor en el monte Tabor
   En el cielo gozan. Reunamos todos los placeres (y dentro de poco-nomina scripta) de <*2*> la tierra lícitos y no lícitos, aglomeremos todas las satisfacciones del corazón, todos los deseos y aspiraciones del alma, todo, en fin, lo que ha halagado y halaga a las criaturas todas que han existido y existen, pongamos todos estos goces en un solo corazón, y no serán más que un sueño del verdadero placer. Yam evitabis magna gaudia [?] S. Pedro Damián.
   Si el Beato Gil
   S. Efrén.
   S. Francisco.
   S. Javier.
   Dice S. Agustín: Si tanta facis nobis in carcere...
   Y se alegran de estar libres de los efectos.
   ¡Desgraciados hijos de los hombres que van por el mar proceloso de la vida!

* * *



   Y dentro de poco entraremos en esta posesión.
   Dentro [de poco] sabremos si hemos de gustar para siempre o no ¡Cuántos han pasado la puerta de esta eternidad que nos separa de ellos!
   Desgraciados los que no siguen los llamamientos de Dios.
   S. Agustín hablando de esto dice: Beati omnes esse volunt, sed [?] hoc sine quo non [?]. Como hemos de llegar: Quaerenda est gloria per vias ejus.
   Y, por lo tanto, debemos decir con el Profeta: Notum fac finem et viam per quam ambulem. Hemos sido criados para aquella gloria, pero por el camino que el Señor nos ha marcado, y <*3*> éste es el de nuestra santificación.

   Busquemos, pues, la gloria por estos caminos, porque de otro modo nos extraviaríamos y no la conseguiríamos; debemos seguirla por los caminos del deseo verdadero de santificación, de la humildad y del desprecio, de la soledad y la penitencia, del fervor y del desprendimiento, del deseo de reparación a Jesús, de la salvación de las almas, de que Dios sea glorificado en nosotros, debemos obrarla con temor y temblor santos.
   Feliz el alma que lo practica.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 54, págs.: 1-2






   Gaudete et exultate.

   La santa Iglesia, hermanas mías, nos hace hoy un llamamiento agradable; nos recuerda, en primer lugar, aquella visión del evangelista S. Juan en que vio aquella turba numerosa, de todas las tribus, lenguas y naciones; y con palmas en sus manos y coronas en sus cabezas, como para alentarnos a ser participantes algún día de su dicha; pero al mismo tiempo nos pone de manifiesto los medios conducentes a este fin, con el sermón de Cristo-Jesús sobre las Bienaventuranzas: Beati pauperes, mites, etc.
   Y esta palabra de Jesús se ha repetido al oído de los fieles en todos los tiempos, y ante esta voz... <*2*>
   Por lo tanto penetra estos días, intro[dú]cete allí silenciosamente al lado de aquellas almas, felices, o más bien hazlas descender a tu lado, radiantes de felicidad y de alegría; y ponte al lado de aquellos coros de religiosas de tu edad, y mira allí aquella humilde y penitente franciscana, aquella linda y poética carmelita, aquellas modestas concepcionistas, aquellas benedictinas de alma grande y corazón ardiente .
   Y pregúntalas si experimentaban la repugnancia de la mortificación... y de la aspereza, y te dirán que sólo el non sunt de S. Pablo, les podía hacer llevadera la abnegación, y que ahora experimentan la verdad.
   Y si se les ofrecía las contradicciones, te señalarán la cadena de ellas... y te dirán que con un todo se pasa profundamente meditado, iban haciéndose superiores a ellas.
   Y si eran agitadas por las astucias del enemigo... y te referirán las angustias de su ánimo y el camino de la obediencia y de la humildad que les salvó.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 55, pág.: 1






Colegio de San José.



   La Sta. Iglesia nos prepara para una solemne festividad y lo hace en este tiempo precisamente.
   Cuando llega el otoño.
   En la Epístola.
   En el Evangelio.

* * *



   ¿Por qué lo hace la Iglesia? Para recordarnos que debemos ser santos.
   ¿Santos, he dicho? Sí. Santos hemos de ser. Y como quiera que olvidamos esta verdad, hoy quiere la Iglesia que la recordemos, y yo vengo a recordarla.

* * *



   Somos hermanos de éstos que están en el cielo. Debemos, como ellos, ser santos.
   Y para que procedamos con sencillez...

Escritos I, vol. 4.º, doc. 56, págs.: 1-12






Sermón de S. José
Predicado en la Iglesia de los Dolores
el día 23 de Febrero de 1868
en acción de gracias por V. G.
En Alfara, 29 de Agosto
Santa Clara, 3 de Octubre 1872
En Alfara, 27 Agosto 1872



   San José. He aquí, hermanos míos, un nombre mágico para nuestro corazón (Véase el exordio de S. Antonio Abad)

   He aquí un nombre que conocen todos los pueblos, que pronuncian todas las lenguas, que veneran todas las almas. S. José: he aquí el grito que sale del que se encuentra en un peligro, del que se halla en tribulación. S. José: he aquí el nombre que exhala el moribundo, que suspira el afligido.
   San José. He aquí la imagen hermosa, la viva semejanza de la Trinidad beatísima, el iris de paz, la medicina de nuestros males, el oráculo de nuestras dudas, el despertador de nuestras tibiezas y la esperanza en nuestras aflicciones.
   He aquí, en fin, el Santo, objeto dignísimo de estos cultos, centro de nuestra devoción y cuyas glorias me veo precisado a pregonar esta mañana.
   Pero al hacerlo, católicos, no creáis que yo vengo a detallaros sus grandezas, a referiros todas sus virtudes, no; sería tarea imposible de abarcar en los estrechos límites de una plática; sería obra que ella sola ha ocupado extensas páginas en los escritos de S. Bernardino de Sena, de S. Francisco de Sales, de Santa Teresa de Jesús y de otros doctores de la Iglesia, sin que por ello hayan agotado este abismo insondable. <*2*>
   Sólo vengo, sí, a describiros algunos rasgos de este sol de santidad, de este astro resplandeciente, de este varón esclarecido, para que enardecidos ante su grandeza, su gloria y su poder, avivemos nuestra devoción y nuestra confianza y nos movamos a su imitación, en cuanto nos sea posible. Breve procuraré ser; sencillas serán mis consideraciones, pero aun así necesito los auxilios de la gracia. Ave María. <*3*>
   Para abarcar en breves indicaciones las principales grandezas de S. José bastaría considerar, hermanos míos, la misión que el cielo quiso confiarle, el destino que la Providencia le marcó en el cumplimiento de sus altísimos decretos. Había llegado el tiempo señalado para la consumación de los profundos misterios que Dios había concebido desde la eternidad y que debían obrarse en la tierra y en orden a la salvación de los hombres. La benignidad de nuestro Dios, nuestro Salvador, debía vestirse de nuestra carne. Dios iba a proveer a su Hijo de una Madre tan grande, tan pura, tan llena de gracia como María. Pero sin embargo, hermanos míos, Dios aunque es eficaz y omnipotente en sus acciones quiere al mismo tiempo obrar con sabia economía y conducirlas a éstas todas con admirable suavidad, para que resplandezca su sabiduría al lado de su poder.
   Por ello, aunque en el misterio de la venida de Dios al mundo, de esta prodigiosa concepción todo debía ser misterioso, sobrenatural, no debía tener parte la carne por ser obra de Espíritu divino, exigía sin embargo el orden de los decretos de Dios un hombre que fuese superior y jefe y cabeza de la santa familia, de esposo de María, padre de Jesucristo, protector y [?] de la virginidad de la madre, tutor de la infancia del Hijo, ejecutor de las órdenes de Dios y dispensador fiel de los misterios de su encargo.
   ¿Quién será este hombre, hermanos míos, a quien se refiera estos encargos? ¿Quién tendrá la dicha de esta elección sublime? Este hombre dichoso a quien Dios hizo depositario de su confianza y elevó a tanta grandeza <*4*> es el gran José, el hijo de David.
   Le hace de poner por obra etc. G. 289
   En una palabra, José es constituido como padre de Jesús, esposo de María.
   José, padre y tutor de Jesucristo. Recuerdo en este momento, católicos, aquel pasaje de la historia pagana, que nos refiere Sobelio, que habiendo un notable orador tomado el encargo de hacer el elogio de Filipo, padre de Alejandro Magno, no quiso recurrir a las bellas cualidades que le habían adornado, ni elevarse a descubrir los hechos de sus ilustres ascendientes, ni sus hechos heroicos, sino que después de un prolongado silencio, exclamó: Qué puedo decir de Filipo, sino baste decir que fue padre del grande Alejandro. Ah, al tener que tejer en este momento la corona de alabanzas, del padre no de un rey terreno, del rey de reyes, José, podría enaltecerle recordando la gloriosa cadena de Pontífices y Reyes de cuya sangre descendía, y que le hacen recomendable; explanando las virtudes eminentes, los favores divinos, que, abundantes, prodigó en él la mano benéfica del Señor, pero al fijar mi consideración en la gloria, el honor, la dignidad, la felicidad que le reporta la paternidad augusta, podría exclamar también: Baste decir que fue padre de Jesucristo.
   Los Pastores etc. Buldin: Panegíricos tomo 4.º página 291
   El Dios de la majestad 291 B. <*5*>
   Pero esta cualidad admirable no fue un nombre estéril. El Padre Eterno al

   En efecto, católicos: [San José] cumple los deberes de su paternidad y recoge los sabrosos frutos de ella.
   S. José cumple [con su] paternidad alimentando, protegiendo a Jesús, ejerciendo su autoridad sobre el Señor del Universo.
   El Padre Eterno al enviar su Hijo al mundo debía proveerle de alimento para subvenir a las necesidades de su mortalidad; para ello hubiera podido echar mano de los resortes de su poder y darle con su propia mano el rocío del cielo y pan divino y misterioso; o podía valerse para ello de algunos de esos ángeles superiores que asisten ante su trono pendientes de su mandato, o proveerle de otro modo digno y proporcionado a su dignidad.
   Oh, yo me represento ahora aquel instante supremo en que Dios está ordenando la hermosa cadena de la Redención y paréceme ver a los espíritus angélicos deseosos de prestar su apoyo, y de merecer la dicha de proporcionar el alimento al Hijo de Dios durante su viaje a la tierra; y se presentaba a la vista de Dios la hermosa naturaleza de los Querubines depositarios de los tesoros de su sabiduría, y anhelando emplearlos para este objeto; pero, ah, no elige el Señor a éstos; y se ofrecen a la mente de Dios los resplandecientes Serafines, irradiando de amor, y que en aquel momento supremo harían vibrar con más fuerzas las arpas ardientes de su candor; pero no, tampoco elige a éstos el Señor; y se le presentan los Tronos, las Dominaciones, las Potestades; pero
   Gran Dios. No desdeñas siquiera el fijar vuestra mirada sobre algunos de los Ángeles del orden inferior. Pero, ni a éstos quiere el Señor. <*6*>

   ¿A quién, pues, elegirá el Señor para sostener las penalidades de la vida, proporcionarle el sustento en los días de su necesidad?
   ¡Ah! Quaesivit Dominus sibi virum juxta cor suum [(1 Re 13, 14)]. Ya tiene buscado el Señor un hombre según su corazón, a quien confiará este cargo divino; que le representará en la tierra; y adquirirá el sustento con el sudor de su rostro, y compartirá con El la mitad de este sudor, y le cuidará con solicitud, y le cobijará con el amor el más ardiente, con el más tierno cariño. Dignidad admirable, dicha inefable. Católicos.
   Grande nos parece la dicha de un S. Antonio de Padua, de un S. Camilo de Lelis y nos llena de un santo entusiasmo cuando les contemplamos meciendo entre sus brazos al tierno Jesús y recibiendo sus caricias. ¿Pero qué [es] esto, hermanos míos, en comparación de la gloria de S. José alimentando a Jesús, abrazando a Jesús, descansando con Jesús, y no por una sola vez sino durante todos los días que ejerció su paternidad?
   Y si en el día del juicio universal será tan consoladora para los justos aquella palabra: Venid, benditos de mi Padre, porque disteis de comer a mis pobres y pequeñuelos, ¿cuál será la gloria que redundará a S. José en presencia de todas las generaciones [cuando] le presentará como su padre y sustentador durante las necesidades de su vida mortal?

   Sí, grande es la gloria de este santo como nutricio de Jesucristo. <*7*>
   He dicho también que ejerce su paternidad siendo el custodio de Jesús.
   El Señor ha dado a todos un ángel para que nos dirija y guarde en los caminos de la vida y nos sostenga en los rudos combates de los enemigos que se oponen a nuestro paso.
   La dignidad de Jesucristo exigía tener ángeles asistentes y que estuviesen dispuestos a administrarle cual sucedió en el desierto, pero no debía tener ángeles custodios, puesto que ningún mal podía venirle, ninguna maquinación podía acontecerle de parte de sus enemigos. (Le hacía inaccesible a las maquinaciones de sus enemigos). Pero quiera que al vestirse de nuestra naturaleza, había tomado con ella todas las penalidades y sujetándose a las inclemencias del tiempo, a las persecuciones de los hombres, al hambre, a la sed, a los padecimientos, necesitaba una mano cariñosa que velase por él en todos los peligros y necesidades y fuese como el ángel protector; y S. José es este ángel destinado por la Providencia; ángel del gran consejo, como le llama S. Bernardo; ángel por su pureza admirable; del gran consejo, porque en el misterioso consejo tenido por la Santísima Trinidad fue delegado para que fuese el protector de la salud, de la vida, del honor de Jesucristo.
   Desde este instante feliz B 231
   Recordáis, hermanos míos, aquella escala... La selva. Sermón de S. José. <*8*>
   He dicho, en tercer lugar, hermanos míos, que S. José recoge los frutos de la paternidad, por cuanto ejerce su autoridad sobre Jesucristo y ante esta idea, hermanos míos, el entendimiento se confunde, la lengua enmudece.
   Jesucristo obedeciendo a José. José mandando a Jesucristo. Idea asombrosa, hermanos míos; rasgo sublime de grandeza, de parte de San José. Y tan sorprendente y tan digna de notarse es esta cualidad gloriosa, como que encierra la ocupación de treinta años de la vida de un Dios, y por consiguiente.
   Si preguntamos al Evangelista de
   El Evangelista S.
   ¿Quién como Dios? Exclamaba S. Miguel en el principio de los tiempos. Quién más que Dios, pregunta Tertuliano. ¿Quién? José, que por su participada cualidad paternal respecto de Jesucristo, ha sido constituido en cierto modo, su superior.
   Aquel Dios tan grande
   Admirable obediencia y sujeción de Jesús. Sorprendente dignidad de San José.

   Aquel Dios tan poderoso, que tiene el cielo por trono y la tierra por apoyo de sus pies; aquel que tiene ejércitos de ángeles por ministros y las estrellas del cielo por corona; aquel Dios tan inmenso, que ni aun los cielos pueden contenerle en sus dilatados espacios, este Dios tan grande, tan majestuoso, sujeta sus acciones, está pendiente de los labios, de la más ligera indicación de José.
   Grande nos parece Moisés.
   Espectáculo asombroso, bellísimo cuadro y digno de la admiración de los Angeles y de los hombres.
   Sueños de José, el de Egipto
   ¿Recordáis, hermanos míos, aquel pasaje del Génesis en que José, hijo de Jacob, vio en sueños al sol, a la luna y a las estrellas como que le estaban adorando y como en ademán de obedecerle? Aunque se dirigía a aquel Patriarca esta visión misteriosa, sin embargo, más bien señalaba a nuestro Santo, por cuanto la madre de José no llegó a ver su elevación; y nuestro [José] ha visto, sí, al sol de Judea, a Jesús, obedecerle y adorarle, a la luna misteriosa, María. <*9*>

   San José, esposo de María

   He indicado también la grandeza, la gloria de San José, por su misión respecto de la Virgen Santísima. José compañero de María, guarda de María, esposo de María, y como tal esposo santo, esposo feliz, esposo lleno de gloria.
   Si con la paternidad con Jesucristo viene a representar al Padre Eterno, con la elección que Dios hace de él, respecto de María viene a ocupar un lugar semejante al Espíritu Santo.
   El Padre Eterno preordena a María desde la eternidad, para constituirla primogénita entre las criaturas y objeto de sus más tiernas complacencias, y el Espíritu Santo divino derrama en Ella los tesoros de sus gracias, como que debía ser el templo de su morada.
   Pero, ah, que esta flor debía permanecer en la tierra, esta joya preciosa debía estar sustraída a las miradas de los mortales.
   ¿Quién, pues, será el dispensador fiel y prudente a quien el Señor confiará los tesoros de su casa? Ah, José es el elegido para el cargo divino.
   Este solo rasgo B. 290
   Para comprender [?]... Trasladaos con la imaginación [a aquel día] en que Dios después de haber criado todas [las cosas] de la tierra y de haber formado al hombre rey del universo.

   Si quisiéramos ahondar en esta idea, y ponderar la santidad, la grandeza de José como esposo de María bastaría considerar el dominio que el esposo ejerce sobre los bienes de la esposa. La mujer lleva de ordinario a la casa del marido la dote sobre la que ejerce sus derechos el esposo. Por lo tanto <*10*> a José se le confía el dote espiritual de méritos, de virtudes, de grandeza, de que el Espíritu Santo dotó el Corazón de María y sobre cuyos frutos tiene un dominio verdadero.
   José como esposo entró en posesión B. 200-2

   Y si es cierto también que nada pidió María que no se la haya concedido ¿qué abundancia de gracias no pediría se derramasen en favor de aquel a quien la Providencia le deparó para que fuese su compañero, su ángel, el depositario de los secretos de sus misterios, guardador de su virginidad, el sustento de su vida, el bálsamo de sus aflicciones, el compartidor de sus penas, de sus tribulaciones, su esposo en fin unido a él con el lazo de amor el más estrecho?
   En fin, hermanos míos, os molestaría tal vez si tuviera que detallar más la grandeza que resaltaría a José por la misión que la Providencia divina quiso hacer de él para desempeñador de los misterios de Dios. Basta deciros que por su razón de su paternidad augusta y de su desposorio santo, todas las glorias de Jesús y de María reunidas podemos llamar glorias y grandeza de S. José. El es <*11*> padre con el Padre Eterno; hijo como esposo una cosa con María, hija del Padre eterno; y esposo con el Espíritu Santo por la esposa de éste. Gloria, pues, a este Santo Patriarca que así ha sabido ser y cumplir los encargos de verdadero y fiel dispensador de la casa del Señor.

   Ahora bien, hermanos míos, cuánta no debe ser nuestra confianza para con este santo y protector de nuestras necesidades, si al dirigir las miradas de nuestra fe hasta el cielo le vemos colocado en su trono de grandeza, sobre los Apóstoles y los Mártires y al lado de la gran María, no nos arredre su elevación, puesto que justamente le ha colocado Jesús junto a su trono, para que sea el primer conducto de sus gracias sobre la tierra; puesto que [en] su corazón arde la llama de la caridad más ardiente puesto que Dios está interesado en la gloria de su siervo al primer José de Egipto le dice Dios
   ¿Y qué no podrá alcanzar cuando es dueño de los tesoros de la omnipotencia de Dios, de las gracias de Jesús, del poder de María? Porque como dice el célebre Gersón es tal su poder que no ruega sino que manda; porque al subir al cielo continúa y completa su autoridad paternal e implora con cierto imperio suplicante. ¿Y qué, continúa él mismo, pedirá a su hijo, a una esposa, que esperar un mandato infalible? No es extraño que según la expresión irresistible <*12*> de S. Bernardino de Busto Dios ha dado las dos llaves del paraíso una a María, la otra a José que según Santo Tomás de Aquino Dios ha dado a los Santos por protectores de alguna necesidad particular y a S. José de todas.
   Y sino díganlo cuantos ha acudido a su protección en medio de sus penas y aflicciones. Díganlo los mil y mil templos consagrados a su honor. Díganlo estos cultos, pequeños cultos de un corazón agradecido.
   Acudamos, pues, con fe a este Santo Patriarca, seguros de encontrar el remedio a todas nuestras necesidades.

   Y vos, glorioso Protector, desde el elevado trono a que os ha elevado vuestras virtudes y la bondad de Dios, dignaos echar una mirada de ternura sobre el mundo todo.
   Echadla sobre vuestro Santo Pontífice Pío, que ha abrillantado vuestra corona, declarándoos Patrón de la Iglesia universal y fiando a tu cuidado las actuales necesidades y las de la Iglesia toda. Enviadla sobre nuestra España, algún día floreciente, cuando le alimentaba la devoción hacia ti; envíala sobre esta comunidad que en momentos de angustiada tribulación dirigió a ti su vista y no quedó defraudada la esperanza; envíala sobre nuestra ciudad que se esmera cada año en darte culto; envíala sobre todos los que aquí nos asociamos en esta solemnidad, y seguros bajo tu santo ahora y en la hora de nuestra muerte podamos después cantar tus alabanzas en el cielo.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 57, págs.:1-2






   Ite ad Joseph
   Ecce odor filii mei sicut odor agri pleni. Génesis 27, 27.
   Tibi, post haec, filius, altius quid faciam?
   Omnes filii unius viri sumus. Génesis 42, 11.
   Tolle puerum et matrem pueri. Exodo 2, [9-]10.
   Filii mei sunt quos donavit mihi Deus. Génesis 48, 9.
   Tolle levitas pro primogenitis filiorum Israel. Números 3, 12.
   Locutique sunt filii Joseph. Josué 17, 14,
   Tam ipsos quam filios eorum in ortus. Paralipomenon 19, 6.
   Deus servabit filiis illius dolorem patris. Job 21, 19.
   Redemisti filios Jacob et Joseph... [Sal] 76, 16. <*2*>
   Nunc ergo, filii, audite me. Prov. 8, 32.
   Filios tuos ego salvabo. Isaías 29, 25.
   Affer filios meos de longinquo. Isaías 43, 6.
   Quomodo ponam te in filios, et tribuam tibi. Jeremías 3, 19.
   Filii hominum sub tegmine alarum tuarum sperabunt... [Sal] 35, 8.
   Filii tui de longe venient. Isaías 60, 4.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 58, págs.: 1-8






   Al comenzar hoy, H.M., la serie de actos de pública veneración que esta Comunidad tributa en estos días a sus santos protectores, cúmpleme ofrecer la primera corona de alabanzas al glorioso Patriarca San José.
   Y al quererlo hacer yo en este día me ocurre lo que S. Bernardino de Sena, ensalzador de las glorias de este Santo, nos dice en las lecciones del oficio del día de su patrocinio, a saber: que es una regla general admitida que las gracias singulares que Dios comunica a la criaturas racionales, están en razón directa del destino sublime a que quiere elevarlas; y que, por lo tanto, al escoger Dios de entre los hombres alguno para algún estado especial o distinguida misión, le previene y le adorna de todos los carismas y dones que son necesarios al cumplimiento de su destino.
   Y bajo este supuesto, hermanos míos, para abarcar en breves indicaciones... <*2*>
   Y he aquí condensada en breves palabras la grandeza y la santidad de José; en la elección que Dios hizo de él, para padre nutricio de Jesús y esposo de María.
   Y al exponer estos títulos, no creáis venga yo a detallaros todas las excelencias y prerrogativas que dimanan de ellos, puesto que sería obra que ella sola ha ocupado extensas páginas de los escritos de S. Bernardino de Sena, S. Francisco de Sales, Santa Teresa de Jesús, sin que por ello hayan agotado este abismo insondable.
   Sólo vengo a ofreceros algunas sencillas consideraciones que se desprenden de su paternidad augusta y su desposorio santo, a fin de que hoy que le ofrecemos este tributo de gracias, veamos cuán justa es nuestra veneración y la confianza que en él tenemos depositada.
   Para el acierto imploremos su valimiento y el de María para que con Jesús sacramentado, saludando a aquélla con las palabras del Angel: Ave María.
   José, Padre y Tutor de Jesucristo. Recuerdo en este momento, hermanos míos, aquel pasaje de la historia profana, que nos refiere Sabelio, que muerto Filipo, rey de Macedonia, y padre de Alejandro, el grande, habiendo tomado un orador notable el encargo de hacer su elogio, no quiso recurrir a las bellas cualidades de cuerpo y alma que le habían adornado, ni remontarse a tejer la serie de sus distinguidos ascendientes, ni pintar su poder y sus riquezas, ni los hechos memorables de sus jornadas; sino que indeciso y después de un prolongado silencio ante la multitud que le rodeaba, y aguardaba impaciente el oirle, exclamó: ¿Qué puedo deciros yo de Filipo, rey de Macedonia? Una sola cosa os diré y concluyo: basta con sólo deciros que fue padre del Grande Alejandro.
   Al te- <*3*> ner yo que tejer la corona de alabanzas etc.

   A los Padres y Patriarcas se les anunció y prometió el Salvador desde el principio del mundo. A los Profetas se les dejó entrever las circunstancias de la Encarnación de Dios hombre; a los reyes magos se les permite adorar presente ya al Dios nacido; Simeón le tiene en sus brazos; los Apóstoles oyeron de su boca palabras de vida eterna; sólo a José se le declara padre de Jesús.
   El Dios de la majestad hace participante a José su título personal, y el único que entre sus divinos atributos es incomunicable. El título de padre de su Unigénito Hijo es absolutamente incomunicable en Dios; es noción que sólo a Dios Padre pertenece, como fuente y principio de la Divinidad; pues este nombre tan grande que no confía Dios Padre ni a las inteligencias más sublimes se dignó comunicarle a San José.
   Y no creáis, Católicos, que esta denominación admirable fuera para José un nombre estéril, no. Los deberes de la paternidad respeto de los hijos son la nutrición, la protección y la superioridad; y al revestirle el Padre Eterno de este carácter le comunica su poder y le impone sus deberes; y S. José cumple su paternidad alimentando a Jesús, y ejerciendo su autoridad sobre el Señor del Universo.
   Y ciertamente, hermanos míos, el Padre Eterno al enviar su Hijo al mundo etc.
   Gran Dios. No dejéis de fijar vuestra mirada sobre estas legio- <*4*> nes de ángeles de orden inferior, a quienes habéis constituido desde un principio para compañeros de la humanidad, y por lo tanto conocedores prácticos de sus necesidades. Pero no, ni a éstos elige el Señor. ¿A quién, pues, elegirá el Señor?
   Y al despertar de su mañana sacrificará gustoso las horas de su descanso; y le ofrecerá alegre las fatigas de su trabajo, sabiendo que son para proveer a la existencia temporal del rey del universo, del deseado de las naciones, de la hermosura de los collados eternos.
   Dignidad admirable, dicha inefable, Católicos.
   Oh. En el día del juicio universal etc.

* * *



   Desde este instante feliz puede decir el Verbo eterno a nuestro Santo: yo estoy entregado a tu paternal cuidado; tú eres mi ángel tutelar, mi guía, mi protección, mi defensa; tú eres el sustituto de mi Padre para velar sobre mi vida.

   Y en efecto, hermanos míos. Si un rey cruel e impío intenta quitar la vida al mismo autor de ella, José le librará de sus manos, como a quien se ha fiado el cuidado de su conservación. Sí, el Salvador se halla en países extraños, expuesto a miles peligros. Al mirar a José custodio de Jesús, al contemplar a éste en sus brazos, paréceme ver que está fomentando en su regazo la Iglesia, aquella semilla fecunda de donde habían de brotar tantos mártires generosos, tantos severos penitentes, tantas flores de vírgenes, cuyo aroma debía embalsamar el mundo todo; me parece ver, en fin, la vida de <*5*> un Hombre-Dios, de la que dependía la salud y la redención de los hombres; veo [?] de la redención como apoyada y pendiente de José.
   ¿Recordáis, hermanos míos, aquella misteriosa escala, que Jacob vio allá en su huida a la Mesopotamia, por cuyos escalones subían y bajaban los ángeles? Pues en el extremo de ella, nos dice el sagrado texto, estaba apoyado el Señor. ¿Cómo? exclama el abad Ruperto: ¿el que es omnipotente y que lo sostiene todo verbo virtutis suae, con el poder de su palabra, el que [es] protector de todo cuanto existe, apoyado en la escala? Ah, sí, continúa el mismo piadoso escritor, porque los grados de aquella eran la genealogía del Mesías, personados en Abrahán, David y demás, y el superior de ellos es José, sobre el cual se apoya este Mesías, como en su tutor y protector.
   Gloria grande y excelsa santidad de José, que mereció destino tan superior. Si el Precursor S. Juan, que con su vida penitente, y sus virtudes fue reputado por el más santo porque mereció señalar una vez con su dedo al Cordero de Dios que viene a quitar los pecados del mundo, ¿cuánta no debía ser la santidad de José que le cobijó y meció tantos años en sus brazos?
   He dicho, en tercer lugar, hermanos míos, que S. José recoge los frutos de su paternidad, por cuanto ejerce su autoridad sobre Jesús, y ante esta idea, hermanos míos, el entendimiento se confunde, la lengua enmudece. Jesús obedeciendo a José. José mandando a Jesucristo. Idea asombrosa, hermanos míos, rasgo sublime de grandeza, de parte de S. José; y tan sorprendente y digna de notarse es esta cualidad gloriosa, como que encierra la ocupación de treinta años de la vida de todo un Dios. Si preguntamos al Evangelista qué hacía <*6*> Jesús a los diez, a los veinte, a los treinta años, nos dirá tan sólo que se ocupaba en obedecer a José: erat subditus illis [(Lc 2, 51)].

   ¿Quién como Dios? Exclamaba S.Miguel allá en los principios de los tiempos. ¿Quién más que Dios? preguntaba Tertuliano. ¿Quién? dice un piadoso escritor, entusiasta de las glorias del Santo, haciendo las salvedades que la fe nos enseña, y mirándolo bajo este solo aspecto, podemos decir que es José, que por su participada cualidad paternal, respecto de Jesús, es constituido en cierto modo su superior.
   Admirable obediencia y sujeción de Jesús. Sorprendente dignidad de José. Aquel Dios hombre, Rey de reyes y Señor de los que mandan, príncipe de la paz, que tiene ejércitos de ángeles por ministros, y las estrellas del cielo por corona, sujeta sus acciones al mandato de José, aquel que es principio y fin de la creación, constituido juez de vivos y muertos, y ante el cual en el último día de los siglos todas las generaciones caerán de rodillas a su presencia, pendiente [está] de los labios de una ligera sonrisa de la más leve indicación de José.
   Grande nos parece Moisés, cuando con majestad imponente divide las aguas del mar, con su prodigiosa vara.
   Grande se nos ofrece Josué, cuando en medio del ardor del combate, dirige al sol una exclamación severa, y el sol, atónito y asombrado, detiene los pasos de su carrera.
   ¿Pero qué es todo esto al lado del cuadro que nos ofrece José, a cuyo imperio obedece el sol de justicia, Cristo Jesús, y la luna inmaculada, María, y no un día, sino por espacio de treinta años?
   Gloria, pues, a José, que también ha sabido cumplir y recoger los frutos de su paternidad, siendo el sustento, el tutor, el protector de Jesús. <*7*>

   José, esposo de María.

   He indicado también etc.
   Este solo rasgo de la generosidad de Dios prueba que José era sujeto capaz de todos los designios que la Providencia había formado acerca de María. Es el Angel del paraíso, que debía velar para que nadie pise aquella tierra bendita. El es jardinero feliz que cuidará de que no se marchiten las flores del huerto del esposo; aquel hombre, el más puro entre los hombres, en cuyas manos el Espíritu Santo mira segura a la pura esposa, es aquel hombre a quien el mismo divino Espíritu prefiere a todos los hombres para hacerle verdadero esposo de María, y por lo tanto de un retrato y de una santidad parecida. ¿De un retrato parecido he dicho?
   Ah. Sí. Cuando Dios había criado al primer hombre, complacido le vio hecho a su imagen y semejanza, dijo: No es bueno que el hombre esté solo; hagamos una ayuda semejante a él. Así, indica S. Bernardo, parece que Dios después de elegir a María para Madre de Cristo Jesús, diría: No es[tá] bien que la Virgen madre esté sola; hagámosle una ayuda semejante a ella; démosla un esposo semejante a ella en la virginidad, en la humildad, en la caridad, en todo género de virtudes, retrato de su santidad.
   Y si quisiéramos ahondar más en esta idea, y ponderar la santidad y grandeza de José, como esposo de María, bastaría considerar el dominio que el esposo ejerce sobre los bienes de la esposa. La mujer lleva de ordinario a la casa del marido la dote, sobre la cual ejerce sus derechos el esposo. Por lo tanto a S. José se le confía el caudal espiritual de méritos, de virtudes, de grandezas, de que el Espíritu Santo dotó el corazón de María, y sobre cuyos frutos tenía un dominio verdadero.
   José, como esposo de María, entra en posesión de su fe, de su esperanza, de su caridad, no como <*8*> un negociante industrioso, sino como un esposo feliz. De modo que María era como un campo que florecía y fructificaba para José.
   Y si es cierto también etc.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 59, págs.: 1-4






San José



   Estando en el mes de S. José, ¿cómo no recordar algún pensamiento, para ofrecerlo a los pies del Santo? No quiero entonarle un cántico ni apellidarle Arca del Testamento, Angel del buen Consejo... ni alguno otro de los títulos con que la Iglesia le honra y el inmortal León XIII le enaltece en su gloriosa encíclica al

   Prefiero fijarme en una idea que brota de un pasaje de la Escritura, que la santa Iglesia pone en su boca: Venite ad me, et dabo vobis omnia bona Aegipti, et comedetis medullam panis [(Gn 45, 18)]. Sabido es, que el gran Patriarca José, hijo de Jacob, fue la figura de nuestro Santo, y que aquel fue el que dirigió estas palabras, dirigiéndose a sus hermanos: Venite ad me; palabras que la Iglesia pone en boca de San José, en quien con toda verdad se realizan.
   Venid... y os daré todos los bienes de Egipto, y comeréis la médula de la tierra.
   Os daré todos los bienes de Egipto. El Egipto era <*2*> en el tiempo de los Faraones el país de las riquezas, de la ciencia, del poderío, de la fecundidad del suelo, de la abundancia.
   Constituido San José Príncipe de la posesión de Dios, de los tesoros de la gracia y aun de la naturaleza, bien puede invitarnos a que recibamos por él todos los bienes de Egipto, esto es, el remedio de todas las necesidades, la abundancia de todos los bienes. Porque como dice Sta. Teresa de Jesús, parece que Dios ha hecho a cada santo como distribuidor de ciertas gracias especiales; pero a San José le ha hecho Patrono especial para todas. Porque S. José continúa en el cielo ejerciendo el oficio que ejerció sobre la tierra, de Príncipe de la posesión de Dios; porque, como dice S. Bernardino de Sena, Dios ha dado a S. José una de las dos llaves del Paraíso.
   Por ello no debe extrañarnos que la Iglesia le haya constituido Patrono universal, para que a él acudan todas las almas en todas las ocasiones y en todas sus necesidades para alcanzar toda clase de beneficios, espirituales y tempora- <*3*> les.
   Y al acento de esta voz de la Iglesia, a él han acudido todas las almas, un concierto armonioso de voces se levanta de todos los ámbitos del mundo católico, entonando cánticos de gratitud por los beneficios obtenidos por su intercesión. Con verdad, pues, nos invita a que recibamos de sus manos todos los bienes de Egipto.
   Pero... añade una expresión misteriosa en el texto antes citado, que es la única que me ha llamado la atención, y era la única que me proponía exponer: Et comedetis medullam terrae. ¿Qué significa esta frase? El meollo es lo más íntimo, más escondido y más sabroso de la sustancia alimenticia, animal o vegetal. ¿Qué podía significar en boca del José de Egipto, sino que daría a sus hermanos lo más sabroso de aquella tierra, y sobre todo el trigo más exquisito, selecto, como que era lo que aquellos buscaban, y era el fruto especial [que] se producía en aquellos países abundantísimo?
   ¿Y qué podía el Espíritu Santo expresar con aquellas palabras puesto que aquel José no era sino una figura, sino que <*4*> el José de los días de la gracia nos proporcionaría lo más pingüe en el reino de ésta, esto es, a Cristo Jesús, trigo exquisito, pan de los escogidos, alimento de los alimentos sobre todo en el sacramento de su amor, que es el pan de los escogidos?
   Este sí es el trigo guardado por los cuidados de José en los graneros de Nazaret en los días de su vida oculta. El Corazón santísimo de Jesús es el meollo verdadero de la tierra, trigo formado en el Corazón de la Virgen, fecundado por el Espíritu Santo y guardado por José, y amasado luego con el agua de los afectos más ardorosos y cocido con tormentos, para ser el alimento de las almas. Ante esta idea, un piadoso escritor no ha dudado en decir, hablando de Jesús sacramentado, que en el orden de la Providencia, a José debemos el tener a Jesús sacramentado, en medio del Egipto de la vida, puesto que en el orden de la Providencia fue el destinado para conservar y

Escritos I, vol. 4.º, doc. 60, págs.: 1-2






   Cuando Dios había criado al primer hombre, dijo: No es bueno que esté solo; hagámosle una ayuda semejante a él. Así, indica S. Bernardo, parece que Dios después de elegir a María para madre de Cristo-Jesús, dirá: no es[tá] bien que la Virgen-Madre esté sola; hagámosle una ayuda semejante a ella; démosle un esposo semejante en la virginidad, en la humildad, en la caridad, en todo género de virtudes, y semejante en la santidad.
   He aquí condensada en breves palabras toda la gloria de S. José: en la elección que Dios hizo de él para padre nutricio de Jesús y esposo de María.
   Y al exponer estos títulos a vuestra consideración, no creáis pueda detallar todas las excelencias y prerrogativas que dimanan de ellos, puesto que sería obra que ella sola ha ocupado extensas páginas en los escritos de S. Bernardino de Sena, de S. Juan, de Sto. Tomás, sin que por ello haya agotado. Sólo vengo a ofreceros algunas sencillas consideraciones que se desprenden de su paternidad espiritual.
   José como esposo de María entró en posesión de su fe, de su esperanza, de su amor, no como un comerciante industrioso, sino como un esposo feliz. De modo que María es como un campo que florece y fructifica para José.
   Y si es cierto también
   Al empezar hoy, hermanas mías, la serie de actos de veneración que esta Comunidad tributa en estos días a sus santos y gloriosos protectores, cúmplenos ofrecer la primera corona de alabanzas al glorioso Patriarca S. José.
   Y al hacerlo yo, hermanas mías, en este día, me ocurre lo que S. Bernardino de Sena, ensalzador de las glorias del Santo, nos dice en las Lecciones del oficio del día de su Patrocinio, a saber: que es... <*2*> haciendo las salvedades que la fe nos enseña y mirando de ésta sólo un lado, podemos decir que es José, que por su participada cualidad paternal respeto de Jesús, es constituido en cierto modo su superior.
   Aquel Dios-hombre, rey de reyes y Señor de los que mandan, príncipe de la paz, que tiene ejércitos de ángeles por ministros, y las estrellas del cielo por corona, sujeta sus acciones al mandato de José. Aquel que es constituido Juez de vivos y muertos y ante el cual en el último día del mundo todas las generaciones caerán de rodillas en su presencia, pendiente de los labios, de una ligera sonrisa, de una ligera indicación de José.
   Grande nos parece Moisés, cuando con majestad imponente divide las aguas del mar, con su vara milagrosa; grande se nos ofrece Josué, cuando, en medio del ardor del combate dirige su exclamación y su brazo al sol, y el sol atónito y asombrado detiene los pasos de su carrera. ¡Pero qué es todo esto, al lado del cuadro que nos ofrece José, ante cuya insinuación obedece el sol de justicia, Jesús, la luna inmaculada, María, y no un día ni [?] sino por espacio de treinta años!
   He aquí, pues, hermanas mías, que la gloria de S. José condensada en su [?] sublime, en su paternidad augusta, que le hace nutricio, tutor y superior de Jesús.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 61, pág.: 1






Muerte de San José



   Audivi vocem de coelo dicentem mihi: beati mortui qui in Domino moriuntur. Apoc. cap. 14, [v. 13].
   Exordio

   Las palabras que acabo de pronunciar nos dan una breve pero exacta idea de lo admirable que es la muerte del justo... Audivi vocem... dice S. Juan. A la verdad: si algo hay en este mundo que pueda edificarnos es el asistir... de sus labios se desprende una sonrisa... una tranquilidad admirable... Efectivamente: si mira a lo pasado, ve que ha reparado el mal... si a lo futuro el cielo... Pues si esto sucede en los justos ordinarios, ¿qué será en aquellos que han pasado su vida en continuo trato con su Dios...? ¿Qué será en el santo por excelencia...? A bosquejar, pues, su feliz muerte vengo... Ave María.
   En la pequeña ciudad de Nazaret había una familia que cautivaba las miradas de todos sus habitantes... sus moradores hallaban a su alrededor de la santa casa un no sé qué de celestial y divino... hasta el mismo Dios se hallaba complacido, pues enviaba con frecuencia sus ángeles para que les alegrasen con su presencia.
   Esta familia la componían el Niño Jesús... era tal la armonía, que reinaba en aquella santa casa... el querer del uno era el mismo querer del otro... así es que reinaba una paz... jamás se han visto voluntades más bien unidas... Jesús a pesar de su origen celestial se ocupaba ayudando ora a la madre... María rodeaba de cuidados a sus dos... y José por su parte sudaba en el taller para alimentar... Así pasaron una porción de años, pero Dios que prueba a los justos, quiso romper aquella especie de lazo... los últimos... había llegado nuestro Santo con el trato tan familiar que tuvo con Jesús a aquella santidad que puede concebirse en un puro viador, por lo mismo estuvo dispuesto a hacer el sacrificio penoso de separarse de su muy amado Hijo...
   Los viajes, las angustias, las fatigas abreviaron la vida de... según tradición en sus últimos años tuvo muy poca salud, y padeció frecuentes enfermedades...

Escritos I, vol. 4.º, doc. 62, pág.: 1






   Pero que nos conduzca a María. ¿Quién mejor que él podrá conducirnos a María?
   ¿Y qué nos negará María por medio de José?

* * *



   Por lo tanto, hoy día del Patrocinio, y primero del mes de Mayo, pedidle a San José y a la Virgen, en este mes las:
   1.º. Bendigan el Colegio, y alejen los males, el pecado.
   2.º. Pedidle por la juventud y la Congregación y por otras obras de la gloria.
   3.º. Que el año que viene volvamos a repetir estos cultos sin ningún pecado.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 63, pág.: 1






   He aquí, en fin, el Santo, a quien vosotros honráis en este día.
   Yo os felicito, hermanos míos, que después de los cultos tributados al patrono de esta Iglesia, al grande S. Agustín, no olvidéis vuestros obsequios a este Santo Patriarca.
   Porque él es la imagen
   Al tener que hacer yo su elogio, ¿qué os diré, hermanos míos?
   S. Bernardino de Sena
   Ahora bien, para abarcar en breves indicaciones

Escritos I, vol. 4.º, doc. 64, págs.: 1-7






S. Miguel



   ¿Quién soy yo para hablar de los espíritus Angélicos? Isaías y el tizón.
   Vengo
   Qué son los Angeles. Era necesario que los criara cuando los crió.
   ¿Cuál es su objeto? Tres fines u objetos. Los ángeles cumplen sus fines; se presenta S. Miguel. Pues dar gloria a Dios. Descripción de la lucha. Socorrer a la Iglesia. Monte Cárgano. Asisten a las almas en el juicio, como lo dice la Iglesia, como lo prueba su asistencia particular. La devoción particular de todos. Nuestro propio convencimiento.
   Ahora bien, ¿cómo nos portaremos con los ángeles? ¿Cómo agradeceremos a Dios este beneficio? ¿Qué debemos hacer para tenerlos devoción? S. Bernardo pone principalmente a S. Miguel [?] en el juicio, y como a S. Miguel. Conclusión.

   Exordio

   Antes de emprender, queridos hermanos míos, el elogio del héroe a cuya memoria dedicamos estos solemnes cultos, me parece conveniente y oportuno daros una idea de lo que son estos seres bienaventurados que llamamos ángeles. Angeles son, queridos hermanos míos, aquellos espíritus dichosos que Dios crió en el principio del mundo, para cortesanos de su solio. Son aquellos espíritus puros independientes de toda materia a quien Dios ha fijado el dominio sobre toda la creación; son aquellos administradores de su justicia y cumplidores exactos de su voluntad soberana. Era necesario, era conveniente que Dios criara estos espíritus sobre toda materia, porque como dicen los teólogos, con mi A.D.S. Tomás, Dios artífice supremo de todas las cosas debía al criarlas producir de todo género de seres para que todos adornaran esa gran máquina del mundo. De aquí que Dios crió seres insensibles e inanimados, como son las piedras, los metales; crió seres que aunque inanimados tuvieran alguna participación de vida, como son las plantas y los árboles; crió después seres que tuvieran animación y vida, como los animales; y finalmente crió una criatura que aunque unida al cuerpo y a la materia, tuviera un espíritu racional, con que pudiera conocerle y conociéndole amarle, y amándole gozarle por toda una eternidad.

   Así, pues, como había seres insensibles, seres inanimados, <*2*> seres animados y racionales, era necesario también producir seres absolutamente espirituales e inteligentes, para completar el orden y la hermosura de la creación.
   Estos seres privilegiados, pues, queridos hermanos míos, fueron criados según todos los expositores en el día 1.º de la creación, en lo más alto de los cielos, criados como presidentes que habían de ser de todo el universo. Dios los produjo todos a un mismo tiempo y en un número casi infinito, más que estrellas hay en el cielo y que especies de seres hay en el orbe. Yo, dice el profeta Daniel, vi el trono de Dios, y que miles de miles etc.
   Yo, dice S. Juan en su Apocalipsis, etc.
   Fueron, en fin, distribuidos en nueve órdenes... diferentes como nos dice la Escritura, según los diversos oficios y propiedades particulares de cada.

   Ahora bien, queridos hermanos míos, ¿cuál es el destino, cuál es el oficio de estos espíritus bienaventurados?
   Tres son los oficios o destinos generales de los órdenes angélicos. Alabar, bendecir y dar gloria a Dios, para que gobiernen y defiendan la santa Iglesia y para que guarden a los hombres y los asistan en medio de todos los peligros.
   Para bendecir y dar gloria a Dios. Sí, queridos hermanos míos. Los ángeles fueron criados para alabar y bendecir a Dios en el cielo. Dios al formar el cielo empíreo para mansión de todos sus escogidos, quiso escoger como un cortejo de su gloria y su grandeza. Como Dios al criar todas las cosas no se proponía otra cosa que comunicar fuera de sí su felicidad y su gloria, quiso también que los primeros en disfrutar del beneficio de [?] fuesen los primeros en darle honor y gloria. Por esto nos dice el Evangelista S. Juan que [vio] en espíritu a una multitud de [?] que cantaban sin cesar: Santo...

   Por esto vemos que en las apariciones que nos refieren los libros sagrados de los Angeles vemos que no tenían otro deseo que el de comunicar por todas partes la gloria del Señor. Cuando el Señor se dignó enviar al Arcángel a la ciudad de... <*3*> para que diera la salud a Tobías, nos dice la Sagrada Escritura, que, queriendo Tobías recompensar al Arcángel los beneficios que le había hecho el ángel, le respondió: Bendecid al Dios del cielo y confesarle en presencia de todos los vivientes. Bueno es esconder los secretos del Rey, pero las obras de Dios es honroso el confesarlas, públicamente.
   Cuando etc.

   Ahora bien, queridos hermanos míos, si los ángeles se esmeran en cumplir exactamente el destino que Dios los ha fijado de darle honor y gloria, ¿cómo lo cumplirá aquel que en el mismo nombre de Miguel lleva expresado su oficio?

   Sí, hermanos míos, apenas había criado el Señor los ángeles, cuando un asombroso número pecaba en el cielo. Dios había dotado estos espíritus de un entendimiento sumamente claro y de una voluntad perfectamente libre. En su creación recibieron el inestimable don de la gracia santificante, es decir, que fueron criados en el estado de inocencia y de justicia original, y tuvieron entera libertad para obrar bien o mal. Pero, ay, esta libertad les duró muy poco; no les duró ni años, ni meses, ni días, sino tan sólo momentos. Apenas habían salido de las manos del Criador, cuando uno de ellos que después se llamó Luzbel, orgulloso y ensoberbecido con su hermosura, dijo dentro de su corazón: yo pondré mi trono sobre los astros de Dios, seré semejante al Altísimo. No quiero el cielo si Dios me lo ha de dar. Escándalo terrible, queridos hermanos míos. Lucha colosal. Ya empezaban a seguir el ejemplo de aquel rebelde Querubín, cuando el glorioso S. Miguel encendido en amor por la gloria de Dios y enardecido su espíritu, exclamó: ¿Quién eres tú, espíritu infernal, para poner tu boca contra Dios? ¿Apenas acabas de recibir de El los dones con que te ha enriquecido, y ya te rebelas contra El? ¿Quién como Dios? Y en aquel momento supremo, aquel ángel rebelde con todos sus secuaces fueron arrojados para siempre a los calabozos eternos del infierno, y S. Miguel con las dos terceras partes de ellos, según se cree, subieron al cielo a disfrutar la corona que por su fidelidad <*4*> y su valor habían merecido. Desde entonces Dios colocó a S. Miguel como Jefe de la Milicia angélica en premio de su fidelidad.
   Desde entonces, queridos hermanos míos, S. Miguel es el que combate constantemente por la gloria del Señor, con el rebelde Luzbel, y combatirá hasta la consumación de los siglos.
   Cuánta gloria, pues, no resulta al ínclito Santo en este hecho memorable. Dios complacido de la fidelidad de su siervo le diría lo que nos dice Dios en su Evangelio a aquellos que le sirvieron: he aquí que has sido fiel en poco, yo te haré dueño de diez ciudades, esto es, de los... de mi Iglesia.
   Los Angeles agradecidos quizá por su ejemplo, le felicitarían como su Capitán y desearían militar bajo su servicio en las batallas del Señor.
   He aquí, queridos hermanos míos, el primer motivo de honor y de gloria que resulta a nuestro ínclito Patrono S. Miguel
   Pero no sólo, queridos hermanos míos, los ángeles han sido destinados para alabar y dar gloria a Dios, sino que también los ha destinado para que como ministros suyos gobiernen la Iglesia.
   Vosotros sabéis, queridos hermanos míos, que la Iglesia es la congregación o reunión de todos los fieles cristianos que profesando la ley de Jesucristo caminamos hacia la patria del cielo. Esta Iglesia es como el arca de Noé donde pueden refugiarse los que quieran librarse de las aguas del pecado. Es aquella esposa del Cordero que a costa de sudores, afanes y fatigas se atavía en el mundo para merecer ser admitida a celebrar su desposorio en el cielo. Cuanta sangre no ha derramado desde su nacimiento esta esposa santa. Qué de persecuciones no ha tenido que sufrir. No se puede leer la historia de la Iglesia sin asombrarse de ver navegar esta barquilla por entre tantas borrascas sin anegarse. Pasan años, pasan siglos, se suceden las tormentas, pero ella sobrenada siempre, y sigue constante su rumbo hacia el puerto de la eternidad.

   ¿Quién, pues, dirige, quién sostiene este bajel admirable para que no se anegue entre tan desechas tempestades? Jesucristo, éste es el gran Capitán de la nave de la Iglesia.
   ¿Pero quiénes son los pilotos? Los Angeles dirigidos por su Príncipe y su Jefe S. Miguel, a quienes Dios ha puesto al frente de su Iglesia. <*5*>
   ¿Qué guardan? A nosotros, los hombres. ¿Y qué es el hombre? ¿Acaso no es el hombre una débil caña que al menor impulso del viento se mueve? ¿No es el hombre, según dice la Sgda. Escritura, como el heno del campo que por la mañana nace y por la tarde se seca? ¿Y a este hombre, Señor, has puesto a S. Miguel y a sus ángeles para que le guarden? ¿Para que hagan el oficio de guardián y custodios nuestros? Señor, ¿quién es el hombre, podíamos decir con el Profeta David, para que así te acuerdes de él, y el hijo del hombre para que le visites? Quis est homo... [(Sal 8, 5)].
   ¿Cuánto no debe ser nuestro agradecimiento, cuán grande, pues, queridos hermanos míos, no debe ser nuestra confianza para con estos cortesanos del cielo y compañeros inseparables nuestros, cómo no vivimos tranquilos en medio de los peligros de la vida, estando en tan amoroso regazo? Cómo...

   Pero, ah, hermanos míos, una idea triste agólpase en este momento. ¿Cuánta correspondencia no exige de nosotros esta asistencia continua de S. Rafael, y de sus Angeles? Cuánta no debe ser nuestra reverencia para con estos espíritus celestes. Cuánto no debe ser nuestro respeto para con estos bienhechores nuestros. Si queremos, pues, hermanos míos, corresponder con nuestra gratitud y reconocimiento al amor y protección de S. Miguel, es preciso, es indispensable practicar las virtudes que ellos practican, en cuanto nos sea posible; es necesario imitarlos de algún modo.
   Ya sabéis que su principal destino es bendecir y dar gloria a Dios. Nosotros, pues, también debemos procurar darle gloria, por medio de nuestras oraciones, de nuestras alabanzas, y de nuestros cánticos espirituales.
   Debemos darle gloria, privándonos de proferir ninguna de estas blasfemias, que tan indignas son de la boca de un cristiano, y si alguna vez en nuestra presencia o en nuestras casas o en nuestras familias, haya alguno que se atreve a proferir alguna de estas palabras <*6*> horribles contra Dios, debemos contestar con S. Miguel: Bendito y alabado sea Dios. ¿Quién como Dios? Y si no nos atrevemos a esto, decir dentro de nuestro corazón: Ave María Purísima; y de este modo daremos gloria a Dios, en cuanto nos sea posible.
   En 2.º lugar, queridos hermanos míos, S. Miguel es el defensor de la Sta. Iglesia. En estos días, pues, en que tantos enemigos se unen contra ella, en estos días en que se procura desacreditarla por todos los medios posibles, delante del pueblo, en estos días en que tantos hijos ingratos se levantan contra ella, hoy, digo, debemos más que nunca reanimar nuestra fe, vivir unidos y constantes bajo la bandera de esta Iglesia santa, y levantar nuestros ojos y nuestras manos al cielo, para que Dios abrevie, por medio de sus ángeles los días de tribulación y prueba, que pesan sobre esta Iglesia santa, y sobre su venerable Jefe, el inmortal Pío IX.

   En fin, queridos hermanos míos, los Angeles procuran asistirnos, para que no caigamos en pecado, y nos mantengamos en la gracia de Dios. Nosotros, pues, también

   De este modo, queridos hermanos míos, cumpliremos con el deber que nos impone el amor que S. Miguel nos tiene. De este modo ellos nos mirarán con complacencia y con cariño. De este modo, en fin, viviremos seguros bajo su amorosa protección. Acudamos, pues, hermanos míos, con confianza a los pies de nuestro Patrono y Protector S. Miguel. Mirad, queridos hermanos míos, que nosotros, como nos dice S. Gregorio, somos viajeros que caminamos a la eternidad por el camino de la vida. Cuántos peligros no hay en el camino de esta vida miserable. Ay, cuántos precipicios, qué cuestas, cuántos escollos, cuántos enemigos interiores y exteriores que nos acechan constantemente para robar nuestra pobrecita alma. ¿Cómo nos libraremos de tantos peligros? Ay, acudiendo con fervor y confianza al Angel de nuestra guarda y a nuestro patrono S. Miguel. Si <*7*> alguna vez el demonio nos tienta con algún mal ejemplo, con alguna tentación impura, llamemos en nuestra ayuda a S. Miguel y él nos socorrerá al momento, y él nos alcanzará la gracia de salir victoriosos de todos los combates y tentaciones de nuestros enemigos.
   Si alguna vez Dios nos prueba con alguna tribulación amarga, si las aflicciones y disgustos, tan ordinarios en esta vida miserable, si la enfermedad nos aquejara, acudamos a S. Miguel con un corazón puro y fervoroso, y él nos alcanzará la salud, si nos conviene; y si no nos conviene, nos da consuelo y fortaleza para sufrirlas con paciencia, de modo que sufriremos hasta con alegría todas las penas que el Señor nos enviare, y en la hora de la muerte, en aquel momento terrible en que tanto necesitamos de consuelo y de ayuda, nos amparará, nos dará fuerzas para resistir a las tentaciones y agonías de aquella hora, nos alcanzará un verdadero dolor de nuestros pecados, que podamos hacer una buena y santa confesión, nos acompañará en el juicio terrible, donde abogará por nosotros, y si hemos sido fieles y constantes a sus inspiraciones nos conducirá al cielo a cantar para siempre las bondades del Señor.
   Sí, Angel mío; henos aquí a todos postrados a vuestros pies. He aquí Arcángel mío, a este pueblo que reconocido en el día de hoy viene a ofrecerte sus homenajes.
   Ya sé, Santo Arcángel, que no somos dignos de merecer vuestras miradas, pero acordaos que sois el encargado de estos pobrecitos.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 65, págs.: 1-3






Sermón de S. Miguel



   Michael...

   Al dirigirme a vosotros en este día, queridos hermanos míos, no puedo menos de recordar las palabras del Real Profeta David cuando poseído de un santo entusiasmo exclamaba en unos de sus Salmos: Señor te confesaré con todo mi corazón porque has escuchado las palabras de mi boca; en presencia de los Angeles te ensalzaré, vendré a adorarte en tu santo templo; confesaré tu santo nombre. Si David, queridos hermanos míos, estaba trasportado de alegría al querer hablar a Dios en presencia de sus Angeles, cuál debe ser mi entusiasmo en este día en que debo bendecir al Señor por los dones con que ha enriquecido a estos espíritus, al tener que hacer el elogio del Príncipe de estos mismos Angeles, de aquel que Dios ha constituido como jefe de su milicia en el cielo y en la tierra.
   Pero, ay, de mí, podría yo exclamar en este momento como el Profeta Isaías: ¿Quién soy yo siendo mis labios impuros para hablar de estos espíritus bienaventurados, superiores a nuestra naturaleza y a nuestros sentidos? Moisés abismado al pensar en el encargo que Dios le hacía de ir a hablar al Faraón, exclamaba: Señor, ¿quién soy yo para ir a hablar al Faraón y a los hijos de Israel? Lo mismo, pues, también podía decir yo al Señor en este día. Señor, ¿quién soy yo para anunciar a vuestro pueblo la grandeza de aquellos seres que son como los cortesanos de vuestra gloria?
   Porque si tuviera que hacer, queridos hermanos míos, el panegírico de los Santos, no tendría más que hablar de hombres que, aunque héroes, habían tenido la misma naturaleza que nosotros, y que como nosotros han vivido también sobre la tierra. Pero al hablar de los Angeles es necesario trasportarnos a una región poco conocida mientras caminamos por los velos de la fe: es necesario hablar de unos seres cuyo lenguaje nos es desconocido, cuyas operaciones son diferentes de las nuestras y que en sus movimientos prescinden del tiempo y de la materia.

   Sin embargo, queridos hermanos míos, ayudados con las luces de la fe, con los libros de los santos Padres y acomodándonos a nuestro modo de entender y de hablar, nos emplearemos en esta mañana en hacer algunas reflexiones útiles a nuestro aprovechamiento, sobre la grandeza, gloria y destino de estos Angeles, primeramente de aquel a quien Dios ha constituido Príncipe del Paraíso del cielo como lo canta la Iglesia. Y, carísimos hermanos míos, os haré ver que S. Miguel cumple exactamente y cual ninguno el destino para que el Señor le formó y esto debe ser para nosotros un motivo de confianza para con él. Pero antes imploremos los auxilios de la gracia. Señor, ya sé que mis labios no son bastante puros para cantar las glorias de tus Angeles; dadme, Señor, el entendimiento de los Querubines y el amor de los Serafines para que mis palabras sean fuego que abrasen el corazón de los oyentes; enviadme un Angel como al Profeta Isaías...
   Ave María. <*2*>

   Antes de emprender, carísimos hermanos míos, el elogio del héroe a cuya memoria dedicamos estos solemnes cultos, me parece conveniente y oportuno, daros una idea de lo que nos enseña la fe sobre estos espíritus celestiales que llamamos Angeles. Angeles son, carísimos hermanos míos, unos espíritus dichosos que Dios crió en el principio del mundo para cortesanos de su solio. Son aquellos espíritus puros independientes de toda materia a quienes Dios ha fijado el dominio sobre toda la creación; son, en fin, aquellos espíritus administradores de la justicia y cumplidores exactos de su voluntad soberana.
   Era conveniente, era necesario que Dios criara estos espíritus sobre toda materia, porque como dicen los Teólogos con mi angélico Dr. Sto. Tomás: Dios artífice supremo de todas las cosas, debía al criarlos producir todo género de seres, para que entre todos completaran esa variada máquina del Universo. De aquí es que Dios crió a seres insensibles e inanimados, como las piedras y los metales; crió seres que aunque inanimados, tuvieran alguna participación de vida como las plantas y los árboles; crió después seres que tuvieran animación y vida como los animales; crió en fin al hombre que aunque unido al cuerpo y a la materia tuviera un espíritu racional con que pudiera conocerle y conociendo amarle. Así pues como había seres insensibles e inanimados, seres animados y racionales, era conveniente también producir seres absolutamente espirituales e inteligentes para completar el orden y la hermosura de la creación.
   Estos seres privilegiados, pues, carísimos hermanos míos, fueron criados según todos los expositores en el día 1.º de la creación en lo más alto de los cielos materiales como presidentes que habían de ser de todo el Universo. Dios los produjo todos a un mismo tiempo y en un número casi infinito, más que estrellas hay en el cielo, y que especies de seres hay en el Orbe. Yo, dice el profeta Daniel, vi el trono de Dios, y que miles de miles le servían y que mil millones le asistían. El evangelista S. Juan nos describe también una multitud asombrosa que asistían ante el trono del Señor.
   Fueron, en fin, distribuidos en nueve órdenes o secciones diferentes, según los diferentes oficios y propiedades particulares de cada uno

   Ahora bien, carísimos hermanos míos, ¿cuál es el oficio, el destino de estos espíritus bienaventurados? Bendecir y dar gloria a Dios, gobernar y defender a la Iglesia y asistir a los hombres en medio de todos los peligros. Sí, carísimos hermanos míos, vosotros sabéis que los ángeles fueron criados para bendecir y dar gloria a Dios. El Señor, al formar el cielo empíreo para mansión de todos sus escogidos, quiso elegir como un cortejo de su grandeza. Como Dios al criar todas las cosas no se proponía otra cosa que comunicar fuera de sí su felicidad, quiso que los primeros en disfrutar el beneficio de la creación fueran también los primeros en darle honor y gloria. Por esto nos dice [?] que vio a una multitud de estos espíritus que clamaban sin cesar: Santo, Santo, Santo es el Dios de los Ejércitos. Por esto en las apariciones que nos refieren los libros sagrados de los Angeles vemos que no tenían otro deseo que comu- <*3*> nicar por todas partes la gloria del Señor. Cuando Dios se dignó enviar al Arcángel S. Rafael a la ciudad de Neftalí para que diera la salud a Tobías nos dice la misma sagrada Escritura, que queriendo Tobías recompensar al Angel los beneficios que les había hecho, les respondió: Bendecid, bendecid al Dios del cielo, y confesadle en presencia de todos los vivientes. Bueno es esconder los secretos del Rey, pero las obras de Dios es honroso confesarlas públicamente.
   ¿Cuándo? Ahora bien, carísimos hermanos míos, si los Angeles se esmeran en cumplir exactamente el destino que Dios les ha fijado de darle gloria y honor, ¿cómo lo cumple aquel que en el mismo nombre de Miguel lleva expresado su elogio?
   Sí, carísimos hermanos míos. Apenas había criado el Señor los Angeles, cuando asombroso suceso pasaba en el cielo.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 66, págs.: 1-4






   Y esto es tanta verdad, queridos hermanos míos, que en el antiguo Testamento ya reconocían a S. Miguel como protector de su Religión, cuando antes de venir Jesucristo al mundo la tierra estaba [?] digámoslo así, en las tinieblas y en las sombras de la muerte, únicamente el pueblo judío o de Israel, veneraba al verdadero Dios, solo él profesaba la verdadera Religión.
   Ellos habían recibido del Señor las leyes y sus preceptos y las ceremonias con que debían adorarle y esperaban al Mesías. Esta pequeña porción, pues, de fieles, esta Sinagoga, de los judíos que representaba y era la sombra de la verdadera Iglesia de Jesucristo, ya entonces estaba bajo la salvaguardia del Arcángel S. Miguel; ya les dio este Príncipe por protector. Por esto leemos en el libro de Daniel, que el ángel que le anunció a este Profeta la vuelta de los judíos de la cautividad, le dijo: Daniel el ángel príncipe verdadero del reino de los Persas me ha estado resistiendo veinte y un días sin dejar salir al pueblo de Israel; pero he aquí que Miguel, uno de los primeros príncipes ha venido en mi ayuda, y le ha intimado la orden, etc.
   Cuando etc.
   He aquí, pues, que ya entonces Dios había etc.
   Pero después de la venida de Jesucristo, cuando la verdadera Iglesia ha sucedido a su sombra y su figura, S. Miguel ha continuado en ser el fiel custodio de ella, y la Iglesia ha reconocido esta protección particular de S. Miguel. Por esto la santa Iglesia le coloca el primero en las letanías y en las rogativas públicas; por esto, la...
   Y esta asistencia durará mientras durare la Iglesia hasta el último día de los siglos; y en aquellos últimos días del mundo se redoblará la asistencia, y la protección de S. Miguel. Sí, queridos hermanos míos. Vosotros sabéis y la fe nos lo dice que en los últimos días del mundo se levantará contra la Iglesia una persecución nunca vista ni oída hasta entonces. Vendrá el Anticristo, el hombre de pecado, según nos dice S. Pablo. Las puertas del infierno se abrirán de par en par. Este hombre de pecado con sus portentos falsos y con sus doctrinas corrompidas engañará y seducirá a muchos malos cristianos. Este hombre seductor, queridos hermanos míos, con su poder y con los medios de que dispondrá, levantará su boca contra el cielo y se querrá apoderar de todo. Ah, hermanos míos, cuantos perderán la fe. Cuantos no podrán sostener los embates <*2*> de sus enemigos. Los pobrecitos justos se hallarán agobiados y combatidos por todas partes. La barca de S. Pedro parecerá que va a sumergirse. Dios parecerá que haya abandonado a su Iglesia.

   Entonces, en aquellos días de angustia, Dios enviará a S. Miguel y a sus ángeles para que asistan a los que se han mantenido fieles; entonces se repetirá otra vez aquella batalla que acaeció en el principio del mundo. Miguel y sus Angeles pelearán contra la bestia infernal del Antiguo Testamento, la vencerán, la arrojarán para siempre en los calabozos eternos del infierno. Dios enviará enseguida un río de fuego que consumirá todo el mundo, y S. Miguel con todos los predestinados que se hayan mantenido hasta el fin se subirá al cielo a recibir la última corona que sus conquistas le habrán merecido.
   Gloria, honor y bendición, clamarán en aquel día los predestinados que se habrán salvado por su mediación; gloria, honor y triunfo al príncipe de la milicia celeste, al protector de la Iglesia.
   He aquí, queridos hermanos míos, que S. Miguel ha sido, es y será el defensor y abogado de la Iglesia más que ninguno de los otros Angeles.
   En fin, hermanos míos, el último o tercer destino y oficio de los Angeles es el asistir y guardar a los hombres de los peligros en que se encuentran, animarlos a practicar la virtud y ofrecer al Señor las oraciones de los fieles.
   Sí, hermanos míos, ellos solícitos de nuestro bien y de nuestra felicidad, deseando que seamos participantes y compañeros algún día de su gloria, procuran por todos los medios posibles inspirarnos el santo temor de Dios y mantenernos en su gracia, apartándonos de las tentaciones con que el demonio enemigo de ellos y nuestro, procuran hacernos caer en pecado. Ellos, como nos dice la misma sagrada Escritura, nos defienden durante el día de las saetas envenenadas de nuestras pasiones, de los deseos importunos de la noche, y de la concupiscencia arrastrados como en sus manos para que no declinemos en el pecado en medio de los caminos de la vida.
   Pero si todos se esmeran en su solicitud por el bien de los hombres, S. Miguel, jefe de toda la Iglesia en general, no puede mirar con indiferencia las necesidades particulares de <*3*> cada uno, principalmente de aquellos que acuden fervorosos a su protección. No contento con el cuidado paternal que tiene, de la Iglesia, procura manifestar el deseo que le anima de cobijar a todos bajo las alas de su asistencia. En tiempo mismo del Papa Gelasio, un portento vino a manifestar este celo particular de S. Miguel, como se refiere en las lecciones del Breviario el día ocho de Mayo. Dice que habiéndose extraviado un buey de los rebaños que estaban apacentando por la cordillera del monte Gárgano, en la provincia de Pulla, y habiéndole encontrado a la entrada de una cueva le tiraron saetas para matarlo, pero las saetas se volvían, sin llegar, hacia el mismo que las tiraba. Pasmados de este hecho misterioso, y no atreviéndose nadie, recurrieron al Obispo, el cual mandó que se hicieran rogativas, acompañando un ayuno de tres días, para que Dios se dignara manifestar aquel misterio. Más he aquí que al cabo de los tres días, S. Miguel se aparece al Obispo y le dice que había tomado aquel lugar bajo su tutela peculiar y que quería se tributase culto a Dios en memoria de él y de sus Angeles. Habiendo ido allí todos con el Obispo encontraron la cueva a modo de Iglesia y desde entonces empezaron a darle culto, que Dios confirma con una multitud de milagros, consolando y socorriendo a todos los que ansiosos y devotos concurren o acuden a aquel lugar sagrado.
   He aquí S. Miguel se complace en beneficiar y favorecer a todos los hombres.
   Además, hermanos míos, la Iglesia nos dice, apoyada en la tradición y en las diferentes revelaciones, es el Abogado especial en favor nuestro en el tribunal terrible del juicio.
   En aquel juicio espantoso nuestra alma se halla rodeada de sus implacables enemigos, que como leones rugientes esperan devorarla y que piden al Señor ejerza su venganza contra ella. En aquella hora, pues, terrible de la muerte, S. Miguel juntamente con el Angel de nuestra guarda nos asiste, nos ampara, nos protege en aquella hora de <*4*> la muerte, procura hacer que nos dispongamos con una buena conciencia, nos anima a que confiemos en las bondades del Señor, nos fortalece contra las tentaciones, nos asiste, en fin, para que muriendo en el ósculo del Señor pueda presentarnos limpios y puros en la presencia del Señor y pueda combatir en aquel momento y librarnos de las manos de nuestros enemigos que quieren devorarnos.
   Por esto la Iglesia pone en boca de Dios: etc. Miguel vos sois
   Pero ¿a qué me detengo yo, queridos hermanos míos, en haceros [ver] el cuidado especial de S. Miguel en favor de los hombres? Con sólo mirar la devoción constante que se ha tenido es una prueba de esta verdad. Tantos templos famosos erigidos a su memoria, tantos montes dedicados a su nombre, tantas empresas puestas bajo [su] protección, ¿no son otros tantos testimonios de la singular devoción que se ha tenido y por consiguiente de la fe, confianza que los pueblos han tenido en su amor y asistencia a los hombres? Quién de vosotros etc.
   He aquí, pues, queridos hermanos, que S. Miguel cumple cual ninguno de los Angeles el destino para que Dios le crió, de darle honor y gloria, de defender a la Iglesia y de asistir a los hombres en sus necesidades particulares.
   Ahora bien, queridos hermanos míos, ¿cuál es la consecuencia, cuál es el fruto, cuál es la consecuencia que hemos de sacar de estas ideas? ¿Acaso no debe movernos esto a estar constantemente agradecidos al Señor? ¿No debe ser éste un motivo grande para nosotros [de confiar] en su amorosa protección?
   Sí, hermanos míos, cuán agradecidos debemos estar al Señor por habernos dejado a S. Miguel y a sus ángeles por protectores nuestros. ¿Quién es el que ha mandado a estos Angeles que nos asistan? Aquel a cuyo mandato obedecen estos mismos Angeles: la misma majestad de Dios a quien estos Angeles sirven. ¿Y a quiénes
les ha mandado? A sus Angeles a lo mismo que le sirven a él, a sus mismos cortesanos, los mismos príncipes del cielo, a sus mismos bienaventurados y sublimes domésticos. ¿Y a quiénes ha mandado

Escritos I, vol. 4.º, doc. 67, págs.: 1-5






S. Pedro



   La Santa Iglesia, hermanos míos, al instituir las fiestas que hay entre año, además de los Domingos, no se ha propuesto tan sólo que nos abstuviéramos tan sólo del trabajo y que nos entregáramos a una alegría vana y sin provecho, no; porque de este modo la santa Iglesia en lugar de hacer un bien, no haría más que aumentar la ociosidad, hacer perder el trabajo, y contribuir quizá a que se hicieran más pecados; sino que la Sta. Iglesia ha puesto estas fiestas para que libres de las ocupaciones y faenas ordinarias pudiéramos en ellas honrar a los Santos cuyas fiestas se celebran con comendarnos mejor a su intercesión y amparo, dar gracias al Señor por los beneficios que nos hace y llenar el corazón de una alegría santa y espiritual, en vista de lo que nos recuerda en cada una de estas fiestas.
   Y aunque es verdad que algunos cristianos se valen de estas fiestas para dar más rienda suelta a sus pasiones, y para hacer más pecados, sin embargo eso no quita que estas fiestas sean una cosa muy buena y que la idea o intención de la Iglesia sea muy racional, justa y conveniente. Y en prueba de ello, que nuestros antepasados, más fervorosos que nosotros, aprovechaban mejor estas fiestas, y por esto tenían Vigilia, esto es, se quedaban velando toda [la] noche en la Iglesia, delante del Señor, y celebraban estos días con buenas obras y alegría espiritual.
   Nosotros, hermanos míos, hijos fieles de la Iglesia, procuremos imitar a nuestros Padres en cuanto nos sea posible, dedicándonos estos días a la práctica de las buenas [obras] y a una alegría espiritual, en vista de lo que enseña cada festividad.
   Ahora bien, hermanos míos, ¿qué es la festividad presente? ¿Qué nos dice a nuestro corazón? Oh, Ella nos recuerda <*2*> que hace 1800 años que el Apóstol S. Pedro, 30 años después de la muerte de nuestro Señor Jesucristo, después de haber convertido a la Religión católica a infinitas provincias, por medio de su palabra, después de haber plantado la fe en medio de la corrompida Roma, derrama allí su sangre en compañía de S. Pablo, en defensa y comprobación de esa misma fe que había enseñado.

   A cuántas reflexiones no da lugar esta idea. Ella nos hace advertir que esta misma religión fundada por Jesucristo y sellada con el martirio de S. Pedro, después de tantos años, a pesar de las condiciones que ha tenido, a pesar de la guerra que se ha hecho en todos los siglos, se encuentra triunfante y gloriosa, convirtiendo a nuevas gentes, según la promesa de Jesucristo a S. Pedro, de que las puertas del infierno no prevalecerían contra ella, y por consiguiente nos hace pensar lo agradecido que debemos estar al Señor, por el beneficio que nos ha hecho de pertenecer y colocarnos dentro de esta Iglesia, de esta arca divina, fuera de la cual no hay salvación.
   Yo vengo, pues, en este día a manifestaros que únicamente la Iglesia católica, apostólica, romana, o la Religión fundada por S. Pedro es la verdadera; pues esta sola es la que tiene las señales o caracteres verdaderos, y por consiguiente, lo agradecidos que debemos estar al Señor, por el beneficio que nos ha hecho de nacer en ella.
   Ave María.

   Dios nuestro Señor, mis amados hermanos, al bajar del cielo a la tierra para redimirnos, en el acto de establecer la religión cristiana, quiso que únicamente los que sumisos abrazaran la fe que él había venido a enseñar, fueran los que obtubieran el cielo y fueran participantes de sus promesas. El que creyera las verdades que yo os he enseñado, dice el mismo Jesucristo, se salvará, el que no las creyere se condenará. El que me confesare públicamente etc.
   El que no os escucha a vosotros, decía en otra ocasión, a los Apóstoles, tenedlo por un infiel y publicano, porque todo lo que vosotros atáreis sobre la tierra será atado en el cielo, todo lo que abriéreis en la tierra será desatado en el cielo.
   De consiguiente, Dios nuestro Señor promete úni- <*3*> camente el cielo a los que sumisos a las inspiraciones de su gracia profesen su fe y practiquen su doctrina.
   Pero como Dios nuestro Señor es infinitamente bueno al mismo tiempo que justo, y no quiere que ninguno se condene, era necesario que nos dejara algunas señales para que pudiéramos distinguir cuál de entre todas las que se llaman Iglesias o Religiones fuera la fundada por él, porque de lo contrario seríamos acusables y no tendríamos culpa si no siguiéramos la doctrina y la fe enseñada por él.
   Ahora bien, mis amados hermanos, siendo Dios uno y por consiguiente una su doctrina, queriendo que esta doctrina y esta [fe] se predicara a toda criatura y se propagara y se conservara hasta la consumación de los siglos, y queriendo, en fin, que se propagara por aquellos a quienes había elegido para este objeto, se sigue necesariamente y por una consecuencia inmediata que las señales características de la verdadera Iglesia deben consistir en que sea una, santa, católica, y apostólica. Y esto es lo que creemos en el símbolo de Nicea: creo en la Santa Iglesia católica y apostólica.
   De modo que aquella Iglesia será la verdadera que tenga en su favor estas señales.
   Decimos, pues, en primer lugar que debe ser una; no sólo porque el que la ha fundado es uno, que es Jesucristo, sino que debe ser una por la unidad de fe, y también en que todos forman una misma comunión o congregación, bajo legítima autoridad, y por lo tanto aquella será la verdadera Iglesia de Jesucristo que en todos los tiempos, en todos los siglos y en todos los lugares y en todas partes han enseñado las mismas verdades y la misma fe y viviendo todos congregados, según la expresión de S. Juan.

   Y bien, ¿qué otra posee esta cualidad sino la Iglesia católica? Mirad, el mismo credo o símbolo que formaron los Apóstoles y que enseñó S. Pedro es el mismo que nosotros creemos. Ah. Si recorremos la Europa, si nos trasladamos a Africa y al Asia, si nos internamos en los puntos más apartados de <*4*> la América a donde apenas ha llegado alguna vez la voz de un pobre misionero, y preguntamos a un cristiano, ya sea sabio o ignorante, ya sea grande o pequeño, y nos responderá los mismos dogmas y verdades que nosotros creemos. Si nos trasladamos al principio de la Iglesia, veremos que S. Agustín y S. Ambrosio creían lo mismo que ahora un niño de doce años.
   Al contrario, los que orgullosos han querido separarse del seno de esta madre bondadosa, Dios los ha confundido a sí mismos, como a los de la torre de Babel, y hoy creen lo que ayer negaban separándose unos de las opiniones de los otros, hasta que avergonzados han logrado confundirse en otras sectas.
   La segunda señal que el Señor ha dejado para conocer la verdadera Iglesia, es que sea santa. Esta santidad no consiste precisamente en que su Jefe que es Jesucristo, sea santo, en que sus leyes y sacramentos sean santos, sino también en que haya algunos en que tengan la santidad del alma, es decir que estén en gracia de Dios; quod est de fide... pero como esta santidad es una cosa interior, y todas las religiones se la podrían atribuir, así Dios nuestro Señor ha propuesto otro medio, que es el habernos prometido estar con nosotros hasta la consumación de los siglos, por medio de los milagros, portentos y profecías y demás gracias del Espíritu Santo; y como estos portentos sólo Dios puede hacerlos, de aquí es que aquella Religión será la verdadera a cuyo favor Dios haga estas cosas.
   Y bien, hermanos míos, ¿qué otra Religión podrá presentar tantos testimonios públicos y auténticos sino la nuestra? ¿Qué otra podrá presentar esta historia admirable de sus taumaturgos? Es verdad, mis hermanos, en primer lugar, que en el principio del cristianismo, del establecimiento de la Iglesia, necesitaba derramar con más abundancias sus gracias y portentos, porque como todo el mundo era infiel, como se había de convertir a todo el mundo <*5*> a la Religión cristiana, y abandonarlo todo por Dios, necesitaba darles más señales, más motivos para que creyeran, pero después que la Iglesia estaba ya extendida y la fe estaba conocida y plantada en muchas Naciones, Dios retiró, digámoslo así, sus manos a estas gracias, dones y maravillas. A la manera, dice S. Gregorio, que cuando plantamos un árbol o una planta delicada, hasta que toma raíces y se fortifica, necesita más riegos, más trabajo, más cuidado, pero después que toma raíces, ya se descuida más y no se tiene tanto trabajo de ella, así podemos decir que lo ha hecho Dios con su Iglesia. Al principio de la Iglesia, casi todos los que se bautizaban etc.
   Todos los que se ordenaban... porque pero después que la fe estaba plantada, ya el Señor retiró algo de esta abundancia de gracias y dones extr[aordinarios].
   Sin embargo, a pesar de esto

Escritos I, vol. 4.º, doc. 68, págs.: 1-2






   Avuy celebra la Iglesia la octava... Totes les festes de la Iglesia... Totes deuen produí en nosaltres alguna idea que mos anime a practicá la virtut y fugí los vicis, y per consiguen, devem
   No me estendré en referiros la historia del misteri.
   Sols, sí que S. Pere y S. Pau después de haber... Ara bé, carisims germans, qué era lo que motivaba este valor dels Apostols y dels martirs, esta alegría en mitx dels maijors torments? Ah!, ya sabem que ells per si sols no podien soportals y que per lo tan la gracia y la virtut que el Señor los comunicaba.
   Pero, ¿per qué el Señor les comunicaba tanta gracia? Ah!, per lo amor tan gran que li tenian. El amor es lo que obligaba al Señor a derramá las seues bendicions. En lo Evangeli de estos dies mos se referix que volen Jesucrist fe a S. Pere Gefe...
   Ah!, carisims germans, si arribarem a participá de una chispa sola de este foc del amor, del amor de Déu, ay! Y cuan felisos viuriem en mitx de les miseries y traballs de la vida! Y cuan fácil mos pareixerie cumplí en... Cuan pecadós mos reconeixeriem deban la presencia de Déu! Com
   S. Francisco de Sales. S. Felipe Neri. Sta. Teresa. S. Bernardo. Alma devota. Pág. 163 T. 1.
   Per aixó sufrien tots los torments... Tenien paciencia... Despreciaben lo mon... Abrazaben la Penitencia... Y natros, carisims germans, com si tinguerem masa cor, com si mos sobrés...
   Pero me direu acás: Estos eren sans, eren ánimes purificades, eren en fi sans. Es veritat, pero eren sans de carn, carisims germans, eren de la mateisa naturaleza que natros, estaben subjectes a les mateises pasions. Molts de ells habien sigut pecadós, un S. Pere que va... <*2*> y S. Pau que en la seua juventut habie sigut perseguidó dels mateixos cristians. Alguns de ells habien tingut les pasions mes vives y mes motius de se dolens que natros. De S. Ignacio... De S. Francisco de Sales...
   No tenim escusa, carisims germans. Si no tenim amor a Déu, si no mos abrasem en lo sant amor es perque no prenem los mixos de adquirí este amor. Si procurasem pensá en els y...

Escritos I, vol. 4.º, doc. 69, págs.: 1-4






   Carisims germans. Avuy se celebra en la santa Iglesia católica la festivitat gloriosa dels Apostols S. Pere y S. Pau; com a cristians pues devem procurá indagá y sabé el origen y el objecte de estes festes para de eixe modo traure reflecxions utils al nostre be espiritual. Perque ya sabeu que la santa Iglesia al instituí les festes que yan entre añ, ademés dels Dumenches, no se ha proposat tan sols que mos abstinguesem del traball y que mos donesem a una alegria vana y sense profit, no; perque de eixe modo en lloc de fe un bé, no farie mes que aumentá la ociositat, fer perdre jornals y contribuí quizás a que se fesen més pecats; sino que la Sta. Iglesia ha posat estes festes pera que lliures de les ocupacions y faenes, puguesem en elles honrá als sans cuya festa se celebra, encomanarmos milló a la seua intercesió y amparo, y doná gracies infinites al Señor per los beneficis que mos fa y aumplí el cor de alegria y gox espiritual en vista de los que mos enseña y mos recorda cada una de estes festivitats: (Esto se practicaba en la Ley antigua: Los Tabernáculos, etc.)
   Y encara que alguns, o mols dels cristians per sa culpa, se valen de les festes pera doná mes rienda suelta a les pasions, pera fer mes pecats, sin embargo aixó no quita que les festes siguen una cosa mol bona, y que la intenció que la Iglesia se ha proposat siga mol racional, util y convenien. Y en prueba de ello que nuestros padres

   Pues bé; segun nosatros la intenció de la Iglesia este dia devem considerá. Qué es la festivitat present? Qué mos diu al nostre cor?
   Ah. Ella mos recorda que fa 1800 añs que el Apostol S. Pere, 30 añs después de la mort de nostre Siñor Jesucrist, después de haber convertit infinites provincies a la Religió cristiana, después de haber estés la fe per tot el mon en virtut dels seus miracles y portentos, después de haber fet temblá el trono dels Emperadors per la virtut de Jesucrist, van derramá avuy la seua sanc com els habie dit Jesucrist, en defensa y en comprobació de la mateixa fe que habien enseñat.
   Oh. A quantes reflexions no dona lloc esta sola idea. Ella mos fa advertí en prime lloc que esta mateixa Religió fundada per Jesucrist y sellada per lo martiri de S. Pere, después de tans añs, a pesar de les contradiccions que ha tingut, a pesar de la guerra que se li ha fet en tots los sigles, se troba triunfan, gloriosa, lozana, convertin sempre a noves gens, segons la promesa que el Señor va fer al mateix S. Pere, de que estarie en ella hasta el fi dels sigles, les portes del infern no podrien contra ella; <*2*> y per consiguien mos fa pensá lo agraits que devem está al Señor, per benefici incomparable que mos ha fet de perteneixe y de posarmos dins de esta Iglesia, de esta arca de Noé, única que mos pot conduí al port de la verdadera salvació.

   Sí, germans, unicamen en la Religió cristiana, católica o de S. Pere se troba la veritat y per lo tant, tan solamens los que perteneixem a ella podem conseguí les promeses que Jesucrist mos té fetes. Y la raó es mol clara. Deu nostre Siñó al vindre a redimirmos, en el acte de establí la Religió va volé que unicamen los que sumisos abrazasen la fe que ell habie vingut a enseñá foren els que obtinguesen el cel, y fosen participans de les seues promeses. El que creguere les veritats que os he enseñat será salvo, el que no creguere se condenará. El que me confesará publicament devan els homens, el confesaré y el tindré per fill devan del Padre celestial, pero aquell que se avergoñirá de mi, yo també men daré vergoña de ell en el dia de la cuenta. El que no escolta a vosatros, els dia en un altra ocasió, als Apostols, teniulo per un infiel y un publicano, perque tot lo que vosatros lligareu sobre la terra lligat será també en lo cel y tot [lo] que aubrireu en la terra será aubert en lo cel, etc. De consiguien, Deu nostre siñó Jesucrist promet el cel unicamen a aquells que, sumisos a les inspiracions de la seua gracia, profesen la seua fe y practiquen la seua doctrina. Pero com Deu nostre Siñó es bondadós al mateis temps que just, y no vol que ningú se condene, era necesari que mos dexés alguna señal, pera que puguesem distinguí y coneixe quina era entre totes la Iglesia fundada per ell, perque de lo contrari seriem escusables y no tindriem culpa alguna si no seguiem exactamen la seua doctrina, y si no mos colocabem dins la fe que ell va enseñá.

   Per aixó pues ha dexat certes caracters, señals, pera que del seu brillo y del seu resplandor puga se coneguda per tots los que de bona voluntat y de bon cor vullguen buscarla y creure en ella. Estes señals pues o estos caracters, son el que siga Una, Santa, Católica y Apostólica. De modo que aquella Iglesia o Religió será la verdaera que tinga en seu favor, o poseisca totes estes señals.
   Diem en primé lloc que la Iglesia deu ser una, no sols perque el que la [ha] fundada es un, perque de eixe modo tots tendrien esta unitat, sino que deu ser una en la fe y en les veritats que enseña; y per consiguien aquella Iglesia es la verdadera que en tots temps, en tots los sigles y en totes parts ha enseñat les mateixes veritats, los mateixos dogmes y fe que va enseñá Deu nostre Señor. Y la razón es porque la verdad no puede ser más que una. Y quina altra poseix estes cualitats <*3*> sino la Religió Católica? Mireu el mateis Símbolo o Credo que van formá els Apostols y que creia S. Pere, es el que creem natros, les mateixes veritats que se han cregut en tots los sigles. Si recorrem la Europa, si mos trasladem al Africa y al Asia, si mos internem als puns més apartats de la América a on apenes [ha] arribat alguna vegada la veu de un misionero, y preguntesem a un cristiá gran un menut per ignorán que siga y mos dirá los mateixos dogmes y creencies y veritats que natros creem; si mos trasladem al principi del cristianisme, etc.
   Al contrari els que orgullosos se han separat de la verdadera fe, los que abandonat el Siñó de esta Mare piadosa, nostre [Siñó] els ha confundit a si mateixos (com los de la Torre de Babel) creyen avuy lo que air negaben, separanse més de la opinió dells hasta que se han vist obligats a reconeixe el seu engañ y els seus errors.
   La segona señal que nostre Señor mos va deixá y prometre, para coneixe la verdadera Iglesia es que siga Santa. Esta santitat no sols consistix en que el seu jefe que es Jesucrist, el seus sacramens, les seues lleis siguen santes sino que consistix també en que yaiguen alguns que poseisquen la verdadera santitat del ánima.
   Pero encara que es de fe que yaurán sans en la Iglesia, es de di, persones que estarán en gracia y amistat de Deu nostre Señor, sin embargo esta santitat no es prou pera distinguí la verdadera Religió de la falsa; perque sen la santitat una cosa interior, cada Religió podria dir que es Santa, y no podriem sabé quina es sino se manifestaba per alguna señal esterior; y per aixó Deu nostre Siñó Jesucrist mos va dexá una altra señal pera coneixe be la Religió verdadera. Esta señal pues son los miracles, profesies y demés dons y gracies del Espirit Sant; pues com a que son coses sobrenaturals y que ningun home les pot fer, resulta que alli aon se troben estes señals es proba evident de que alli está la ma de Deu, y de que aquella es la verdadera Iglesia. Estes señals extraordinaries pues, sols la Religió Católica les poseis y ninguna altra ha pogut manifestarles publicament ni un. (Pero en la diferencia, etc.)
   Pero podriem preguntá acás en que consistix que ara no se verifiquen els portentos, miracles y maravilles que mos referixen les histories dels primés sigles? No ya dupte en primé lloc que en el principi del establimen de la Iglesia, Deu nostre Señor necesitaba derramá en mes abundancia les seues gracies y les seues maravilles, perque com tot el mon era infiel, com habie de convertirse a tot el mon a la Religió cristiana, necesitaba donarlos mes señals, mes motius, mes gracies quels moguesen a abandonaro tot y a convertirse a la Religió cristiana; pero después que la Iglesia ya estaba més extesa, después que la fe estaba plantada y coneguda per moltes <*4*> nacions del mon, Deu nostre Siñó va retirá, diemo així, els seus dons y les seues gracies. A la manera que cuan se planta un arbre o una planta delicada, hasta que pren rails y se fortifica necesita mes cuidado, més riego, més treball, pero después de haberse fortificat y a tret ulls ya no se té tan de cuidado, y se abandona més; així també pues podem di que u a fet nostre Siñó en la Iglesia; al principi de plantarse la fe per mix dels Apostols, necesitaben més mixos, més poder y per lo tan més dons extraordinaris de fer portentos y miracles, y per aixó llexim en la historia dels Apostols, que casi tots los que se convertien al cristianisme y eren destinats a convertí als demés, casi tots recibien el Espirit Sant de un modo visible y per lo tan recibien el don de profecia, de miracles, el don de lenguas, y demés gracies gratis dades y sobrenaturals. Pero después que la nostra [Religió] estaba plantada y habie estés les seues rames per tot lo mon, ya el Señor va retirá algo esta abundancia de gracies y de dones sobrenaturals.
   Sin embargo a pesar de aixó no han faltat en tots los sigles homens extraordinaris y grans, que el Señor ha tingut cuidado de enviar de cuan en cuan, pera probá que el seu poder no se acabat, pera animá més en la fe als que van de bona fe y de bona voluntat; y pera que els que van de mala fe no tinguen escusa en el dia de la cuenta.
   S. Domingo, S. Vicente Ferrer, S. Teresa de Jesús, y mil y mil altres sans que se han susuit uns als altres en la mateixa España son una proba de esta veritat. Sense aná tan llun, qui no ha sentit les virtuts de un S. Ligoria ultims del sigle pasat? qui no recorda les maravilles que se referixen de Fray Diego José de Cádiz en la provincia de Aragó, y que mols dels que viuen han pogut coneixe mol bé? Qui no sap els miracles autentics que en este mateis sigle se han verificat en el sepulcre de Sta. Filomena y altres? Cuans casos de homens virtuosos no se conservan sense corrompres, sense podrí [sense] trobá una causa natural? Y cuantes canonizacions no se están practican ara mateis de homens del sigle pasat y de este mateis? De consiguien si unicamen la nostra Religió pot presentá estos prodixis ella única [será la] verdadera plantada per Jesucrist y la defensada per S. Pere.
   Finalmen les altres dos señals en que se distinguix la verdadera Iglesia son el que siga Católica y Apostólica. Católica vol di que siga universal, es de [dir], que no excluisca a ningú dels que vullguen perteneixe a ella encara que haiguen sigut infiels, que se extenga a tots los temps y que se extenga a totes les nacions sense necesitat de dependi de ningú, y etc., esta es la promesa de Jesucrist, lo cual unicamen a la Iglesia Católica competix, perque les altres sectes separades de ella, o acaben al poc temps, o se estacionen sense propagarse, o tenen que viure baix la influencia de algun gobern; així el Protestantismo, Mahometismo, etc.
   Al contrari la Iglesia cristiana igual viu a un puesto que en un altre, igual perseguida que protixida, etc.
   En fi, se diu Apostólica perque pera ser la verdadera es necesari que siga la mateixa que Jesucrist y els Apostols mos van enseñá, y esta prerrogativa o cualitat, solamens la nostra santa Iglesia la poseix, pues per mix de una sucesió no interrumpida de Obispos y Pontifices units entre sii se remonta hasta els Apostols, hasta S.Pere, hasta el mateix Jesucrist. Y per lo tant les altres sectes al separarse de la santa Iglesia, al ferse independens perden pel mero fet este caracter de Apostolicitat.
   He aquí pues que unicamen la santa Iglesia Católica que profesem es la que poseis y té les cuatre notes o señals de la verdadera Iglesia. De aqui que se converten a ella tots els dies...
   Pero me direu acas en qué consistix que a pesar de ser la verdadera Religió, ha tengut tantes persecucions, ha tingut tans martirs, está tan combatida per mols dels mateixos fills que la profesen? Això té una explicació mol facil, pero com es llarc, etc.
   Entre tan donem en este dia infinites gracies al Deu nostre Siñó, de la dicha incomparable que mos ha fet de perteneixe a esta única Iglesia Católica Apostólica Romana, plantada pel mateix Jesucrist y regada per la sanc de S. Pere; de está colocats baix el manto de esta mare bondadosa. Demaneuli que en mix de la impietat que mos rodeixa, mos conserve en ella tots los dies de la nostra vida, a natros, a les nostres families, als nostres fills; demanauli també per mix de la intenció de S. Pere que ya que alguns fills de esta mateixa Iglesia se complauen en omplí de amargures el cor del seu sucesor sobre la terra del inmortal Pio IX, se digne donarli gracia y forses pera combatre tots els obstacles, que li done forses pera sufri hasta el martiri si es necesari en defensa de la fe, que abrevie los dies pera que tenin la llibertat necesaria pera dirixirmos y encaminarmos sobre la terra puguesem, etc.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 70, págs.: 1-2






Santiago



   Sen avuy la festivitat de S. Jaume, dejarem el punt moral pera dedicarmos a referí la historia de la festivitat present.
   No me detindré en referiros tot lo naixemen, vida,... perque serie no acabá...
   Sols sí vos diré que el Apostol S. Jaume era chermá de S. Juan. Oficio. Padres. Llamamiento. Predilección de Jesucristo. Tabor; hija de Jairo; agonía.
   Después de la muerte de Jesucristo cuan reunits en lo Cenacul estaben esperant lo Espirit Sant, antes de separarse pera aná a predicá el Evangeli per tot lo mon, va tocá per sort a S. Jaume lo vindre a España.
   El Apostol se va dirixi ple de cel y fervor a la nostra España en lo desixt de plantá la fe en la nostra Nació. Va arribá hasta Zaragosa y havent sigut embarcat quizas pasaria per este riu Ebro,... ah y cuantes bendicions.
   Pero com fa tans añs y queden tan pocs monuments no ho podem saber.
   Sols mos diu la tradició, que haven arribat a Zaragosa, se li va apareise Maria Santisima en carn mortal a la vora del riu,...
   Esta aparició va ser per la promesa de Maria al despido.
   Después de haber predicat a varies parts sense torná a Jerusalem. Allí va predicá,...
   Hasta que Herodes Agripa lo va degollá.
   Ara, carísimos hermanos, cuan gran es lo amor de Jesucrist y de Maria que mos envia a un dels primés Apostols.
   Qué seria de natros, si el Señor no hagués permés que la fe fos plantada en España? Ay, ara <*2*> estariem com los de Africa,...

   Qué seria de natros, si no la hagués conservada? per la intercesió de Maria Santisima.
   Ara mos trobariem com los habitans de Jerusalem aon va predicá també S. Jaume y que no obstan viuen ara en mix de les tiniebles y dels errors dels moros, de cismatics? Qué seria.

   Y no obstant, carísims germans, cuan poc apreciem esta fe? Cuan poc cas ne fem de este tresor que val més que tots los tresors del mon?
   Dic que ho apreciem poc perque ni pensem en doná gracies a nostre Siñó per este benefici tan gran, ni mos cuidem ni pensem en lo que la fe mos enseña y mos mana y vivim com si no tinguerem fe, pitxó que aquells que viuen sense ella.
   Ay, germans, cuan en lo dia del jui los pobrets infiels que se auran condenat al veure que natros ham aprofitat tan poc etc. mos acusarán daban de Deu.
   Cuans de estos infiels si tenien la dicha de coneixe a Deu com natros, y tenien los nostres sacraments se aprofitarien milló,...
   Aprofitem pues este benefici; no es prou tindre fe: fides sine operibus etc. Donem gracies a Deu etc. instruim o fem que se instruisca la nostra familia etc. procurem aprofitá.
   Demanemli, en fin, a Deu que conserve esta fe pera que etc.
   Amen.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 71, págs.: 1-7






San Juan Bautista
Arreglado y predicado en Rosell
Junio 1886



   Al enumerar el apóstol S. Pablo. San Antonio
   Profeta. Apóstol y Confesor
   He dicho que fue constituido Profeta. La misión del Profeta es el anunciar las cosas futuras contingentes, que como tales están fuera del alcance del entendimiento del hombre, y que por lo tanto conocidas sólo de Dios, el cual las comunica o para atestiguar que son enviados suyos los que están dotados de esta prerrogativa, o ya también como sucedía a los antiguos Profetas. ¡Profeta! Cargo sublime, que Dios comunica a sus enviados, o ya para que atestiguen las verdades de Dios, o ya para consuelo de los hombres, anunciándoles de parte de Dios las cosas futuras, como sucedió a los antiguos Profetas.
   Pues no sólo la Providencia quiso adornar <*2*> con esta aureola al Santo, objeto de estos cultos, sino que según el testimonio de Jesucristo fue más que Profeta. ¿Y cómo no? A los antiguos Profetas Dios les hacía participantes de este don, comunicándoles algunas de las noticias referentes al Mesías o a algunos acontecimientos en la historia del pueblo de Israel.
   A Jeremías le hace anunciador de los castigos que...
   A Isaías le hace entrever el nacimiento del Salvador de una Virgen y único; y tal era el entusiasmo que esto le producía.
   A Daniel para animar a su pueblo. 70 semanas.
   Y estos hombres eran considerados, y lo eran [en] realidad entre el pueblo de Israel, enviados suyos, pregoneros de su venida.
   ¿Cuán [grande] no será, pues, la gloria de nuestro Juan Bautista, que reunió todos [los] anuncios de los anteriores Profetas?
   Como Jeremías, y más que Jeremías, es santificado en el vientre de su madre por la gracia del Salvador que le visita, y como correspondencia a esta visita, él le anuncia antes de nacer, y da saltos de gozo. Por esto dice el Crisóstomo: aún nace y ya habla con los saltos, que le sirven de lengua; aún no se le permite clamar, y ya se hace escuchar por el ruido de los hechos; aún no tiene vida, y ya predica a su Dios. etc., y como si esto <*3*> no fuera bastante convierte él en Profeta a su propio padre Zacarías, cuando desatándose su lengua, exclama: Bendito, tu hijo será Propheta Altissimi vocaberis [(Lc 1, 76)].
   Los otros Profetas sólo en confuso pudieron anunciar al Mesías en algunos de sus misterios; Juan no sólo anuncia al mismo venidero, sino que presente ahí ya, anuncia que él mismo es el cordero divino que ha de quitar los pecados del mundo.
   Los demás Profetas, en fin, anuncian a Jesucristo con caracteres tales de conquistador del mundo, que pudo dar lugar a los carnales judíos, el esperar un Mesías temporal.
   Sólo a Juan se le da un claro conocimiento de los misterios de Dios. Qué cosa hubo en Dios (Baldu)
   Por ello no me extraña, que el Salvador al preguntar a los judíos, que habían salido a ver

* * *



   Pero he dicho que fue Apóstol. La misión del Apóstol, hermanos míos, es anunciar a los hombres las verdades y convertir a los pueblos. Al anunciar el Profeta los primeros anuncios de la nueva Ley la da el nombre de santa, porque así como los santos [?] Dios llamó a Juan a sí por medio de su gracia, y con los dones con que le enriqueciera y
   Y vedle en el Jordán, hermanos míos, ejerciendo su apostolado <*4*>
   El pueblo de Israel se había
   Oh, si yo os pudiera trasladar a las orillas de aquel río solitario, veríais cómo las gentes atraídas por el resplandor de sus virtudes, de sus milagros, de sus penitencias le distraen del amable retiro que se había escogido. S. Juan revestido de celo apostólico, sin respeto ni contemplación alguna predica el bautismo de penitencia, y al eco de su voz, el Señor se apodera de los corazones, y los hombres son movidos a penitencia, y allega discípulos que se ofrecen a seguir sus pisadas y su palabra retumba como voz de trueno hasta el solio de los reyes, para reprender sus liviandades.
   Y no creáis, no, que su predicación se extienda [sólo] a los hijos de Israel. Los mismos soldados romanos atraídos por la palabra de aquel hombre extraordinario, se acercan a él y le piden sus consejos, y le piden reglas con que gobernarse en medio de las banderas militares donde se ven precisados a servir.

   Apóstol feliz, hermanos míos, que dio norma a los futuros apóstoles, puesto que predica a Jesucristo y el reino de los cielos, antes que aquel se presentase a anunciarlo.
   Por esto no es extraño, hermanos míos, que Dios para completar su gloria, le adornase con la aureola de Confesor, mediante la palma del martirio.
   No; no es mi ánimo, ni corresponde tampoco <*5*> a este día, en que principalmente celebramos las glorias de su nacimiento, el hablar de su pública confesión y de su martirio. Basta recordar, hermanos míos, que anticipándose a la gloria de los Apóstoles él selló con su sangre inocentísima la nueva ley de gracia, la gloria de la pasión de que debía predicar el Mesías.
   Gloria, pues, a este Profeta, a este Apóstol, a este Confesor y mártir de la ley de gracia, que supo reunir en sí esta triple corona de gloria y de inmortalidad.
   Pero notad las circunstancias que le adornan en su misión de Profeta y de Apóstol, o más bien, la correspondencia de Juan a esta sublime misión que el cielo le confiara.
   Contemplad la actitud de Juan en medio de las glorias que le rodeaban. En los días en que apareció Juan en medio de las gentes, era la época en que en el mundo entero reinaba la convicción de que debía venir pronto el [Salvador] universal del mundo.
   Los romanos le creían así por los anuncios de sus Sibilas.
   El pueblo estaba contando que estaban por terminar las semanas de Daniel.
   De modo que apenas aparecía algún hombre extraordinario
   De tal suerte que el mismo Jesucristo
   Pues bien; Juan se encontraba en las circuns- <*6*> tancias más favorables para hacerse reconocer como el Mesías esperado. Ah, sin duda, que si él se hubiese proclamado tal, el eco de su palabra hubiese atraído hacia sí a los pueblos, y así como a Jesucristo quisieron proclamarle Rey, y hubiera sido proclamado Rey.
   Y sin embargo, ¿qué es lo que dice? Al preguntarle lo que era: ¿Eres Profeta? Num. ¿Eres Apóstol? Ay, en medio de vosotros está el que no conocéis. No soy digno etc. El que ha sido hecho antes que yo, grandeza y sublimidad de Juan
   Ah, no extraño que el mismo Jesucristo queriendo hacer el elogio público de S. Juan, queriendo que conozcan su santidad [exclama]: Inter natos mulierum.
   ¿Qué es lo que saliste a ver en el desierto?
   No extraño que el cielo le quiera ser testigo de tantas maravillas
   Que el mismo Jesucristo le presente con humildad como penitente.

   No extraño que ante él se abrieran los cielos, y el Espíritu Santo hiciera resonar su voz.
   Justa recompensa a la fidelidad, por su cargo de Profeta, de Apóstol, de Confesor.
   Ahora bien, pues, hermanos míos. ¿Qué hemos de hacer nosotros? Gratitud a San Juan, que fue la aurora del Mesías. Si hubiésemos existido en aquellos tiempos, con qué gozo hubiéramos escuchado su voz. Lo mismo nos dicen y
   Pero no olvidemos que S. Juan predicó penitencia y que se prepararan los caminos del Señor. <*7*>
   Y esto que dice en el Jordán os lo dice. Mirad allí como nos le señala con el dedo.
   Allanemos los caminos del corazón, para que pueda venir el Señor.
   El decía a los judíos: La segur está puesta a la raíz; ay, de vosotros, si no hiciereis penitencia.
   Hermanos míos, escuchemos la voz de Dios, y si nos llama, escuchémosle. Quién sabe si la segur está a la raíz. Quién sabe los días que el Señor nos concede de existencia. Que no sean vanas sus voces para nosotros.
   Y últimamente ya que es vuestro Patrón acudamos a él principalmente con espíritu de humildad, de penitencia; que nos bendiga en todas nuestras necesidades.
   Sí, Glorioso Patrono de esta villa: Aceptad los cultos que os tributamos. Así como fuisteis el Angel que envió... sed el Angel; apartad el enemigo malo, que conserve la fe que viniste a traer [?]; que seáis constantes en seguir las huellas del Señor, para que

Escritos I, vol. 4.º, doc. 72, págs.: 1-13






Panegírico de S. Juan Bautista



   Praeibis ante faciem Domini, parare
   vias ejus. Lucae, cap. 1, [76]

   La Santa Iglesia, católicos, solícita del bien espiritual de sus hijos, procura todos los días y en todas [las] épocas poner a nuestra consideración algún objeto que alimentando nuestra fe y firmando nuestra esperanza, produzca en nosotros el fuego de la devoción, de un santo entusiasmo y del amor de Dios. Por ello unas veces nos traslada a la cima del Calvario para que contemplemos en la soledad de nuestro corazón las amarguras del Varón de dolores, según la expresión de Isaías; otras veces nos recuerda la necesidad de nuestra humillación y penitencia, como en los santos días de Cuaresma; ora nos conduce hasta el fondo de la tumba para que veamos prácticamente lo fugaz de nuestra existencia; ora hace vibrar de alegría nuestro corazón en sus solemnes festividades,
   Cada día, en fin, expone a nuestra vista alguna de estas flores de santidad que ostenta el cristianismo, para que sus hijos vayan recorriendo el jugo de sus grandes acciones.
   De modo, hermanos, que el conjunto de festividades que la Iglesia celebra durante el año forma un curso y un plan de filosofía cristiana, popular y sublime, que recuerda fácil y prácticamente al hombre su origen y su destino, sus deberes y prerrogativas y los medios de alcanzar su dicha en el tiempo y en la eternidad. De modo que tan sólo los que apartados totalmente de las prácticas religiosas, o seducidos por la corriente de las ideas, pueden desconocer o combatir este plan de filosofía sublime.
   Ahora bien, pues, señores, (y dejando aparte estas consideraciones) ¿qué es lo que la Iglesia nos dice en este día? ¿Qué objeto se propone? Ah, la santa Iglesia al presentar <*2*> hoy a nuestra vista al héroe cuya memoria recordamos, evoca el entusiasmo y alegría de nuestros corazones y poniendo en boca de S. Juan las palabras de Isaías, le hace decir con noble acento: Oíd, pueblos e islas desde lejos, el Señor me llamó desde un principio, desde el vientre de mi madre, y he aquí, que me ha constituido secta elegida, y me ha puesto como luz de las gentes hasta lo último de la tierra.

   La Iglesia (lo que no acostumbra a hacer en ninguno de los santos) nos reúne hoy alrededor de la cuna de este prodigio de santidad, para que contemplemos la abundancia de las bendiciones del Señor; la Santa Iglesia quiere que recordemos y veamos prácticamente en el nacimiento de S. Juan aquel día feliz, en que sonó la hora de la libertad del mundo.
   Respondamos, pues, al llamamiento que la Iglesia nos hace; llenemos nuestro corazón de un santo entusiasmo en vista de los beneficios que nos ha reportado la venida de S. Juan al mundo, y la abundancia de gracias con que el Señor adornó su alma (Historia)
   Pero antes, Señores, no puedo menos de manifestaros el peso que me oprime al pronunciar el nombre del Bautista, y al tener que explanar sus glorias. Pues qué, decidme: ¿no es éste aquel que vino al mundo entre los resplandores de la gracia, que visitado por María, ya, aun antes de venir al mundo, pregonaba ya las glorias de Jesucristo, encerrado aún en el claustro maternal? ¿No [es] éste aquel que retirado en un árido desierto era sin embargo una luz clara que iluminaba a los pueblos y ciudades? ¿[Que] en las orillas del Jordán le señalaba con el dedo, y ponía su mano sobre su cabeza? ¿No es éste aquel a quien el mismo Jesucristo, tan escaso de alabanzas para con los hijos de los hombres, le engrandecía no obstante de tal manera que le llamaba el más grande de los nacidos de mujer? Y siendo esto así, y habiendo sido el mismo Jesucristo el predicador de las glorias de Juan, me he atrevido a emprender yo sus alabanzas. Ah, perdonad mi atrevimiento, puesto que esta misma grandeza, estas mismas palabras de Jesucristo, son un motivo más que me anima a emprender sin temor este piélago inmenso de santidad y de gracia, seguros, como debemos estar, de no poderlo sondear completamente. <*3*>
   Dejemos, pues, correr nuestra imaginación por este dilatado campo de gracia y santidad, pero en la imposibilidad de recorrerlo todo, fijemos nuestra consideración en dos breves ideas, a saber, en la grandeza de S. Juan, considerado bajo el punto de ser el anunciador al mundo de la venida del Mesías y el preparador de sus caminos; y la grandeza de S. Juan por el heroísmo de su gracia y de sus virtudes; dos breves proposiciones que ocuparán vuestra atención benévola en este brevísimo rato, si me asisten los auxilios de la gracia.
   Ave María.

   Al fijar mi consideración en este momento, católicos, en la gran figura que se desplega a nuestra vista al desplegar mis labios para indicaros la grandeza, el destino y la misión de S. Juan; al tener que grabar en nuestra imaginación los beneficios y la alegría que su nacimiento y venida proporcionó a la humanidad, quisiera trasladaros a la época triste de su aparición al mundo, yo quisiera romper el hielo de diez y ocho siglos; y conduciros conmigo para que presenciarais con la luz de la realidad el estado físico y moral en que se encontraba el universo antes de la venida de nuestro Señor Jesucristo.

   Mirad, católicos, el mundo entero, dominado casi todo por los Romanos, cansado ya de división y de sangre descansaba en una paz general bajo este imperio de hierro, profetizado por Daniel, y en medio de aquella paz, el paganismo entregado a todos los vicios, degradado hasta el extremo, se revolcaba, digámoslo así, en el cieno de su misma degradación; pero fastidiado ya de la copa impúdica de sus placeres, anhelaba como por instinto una cosa que satisfaciera mejor la necesidad de su corazón. Los dogmas opuestos de sus filósofos desacreditados y degradantes habían echado sobre el hombre un negro velo de infidelidad y de tiniebla que le hacía desear e ir en pos de una religión más racional.
   La mujer humillada hasta el extremo, el hijo condenado como esclavo, los esclavos aherrojados, los déspotas señores, todos, todos tenían desahuciado su corazón, y vivían descontentos en medio del apogeo, de la prosperidad a que había llegado Roma. <*4*>
   La divina Providencia además, en medio de esta fermentación del espíritu, como para consolar a la humanidad afligida, [hizo] que la idea y la esperanza de su Libertador, que hasta entonces había estado oscura entre las naciones, se renovara, y como chispa se esparciera por todas partes.
   De aquí vemos que en aquellos últimos tiempos antes de venir Jesucristo, todos los países, todos los pueblos creían como próxima la venida de un libertador para ellos. Sí, ya los Druidas esperaban con ansia y con respeto al hijo hermoso que decían debía nacer de su diosa Virgen. Ya Sócrates había mandado a sus discípulos que se abstuvieran de pedir nada a los Dioses, hasta que viniera aquel que debía enseñarles el modo. Los persas aguardaban a su Antra Mediador. La China confiaba a su santo poderoso y Sabio. Los gentiles todos, en fin, esperaban con impaciencia el siglo de oro anunciado por sus Sibilas. El pueblo judío sobre todo, vendido a gente extraña, acabados sus profetas Anites y afligidos, les parece ver ya la estrella luciente que debía nacer de Jacob. De modo, católicos, que en todas las naciones estaba viva cual nunca la esperanza de un Libertador.
   De modo que podemos decir que la humanidad afligida, semejante al que en noche oscura anda perdido y divagando, y deseando que aparezca el astro de la mañana que alegre su corazón, iba también divagando en medio de la oscura y silenciosa noche de la infidelidad, deseando apareciera la aurora de su deseado día; de modo que si me es permitido expresarme así, la humanidad en medio de aquella noche de ansia, como que reprima su misma respiración, para que no se escapara a sus oídos esa voz sonora y alegre que le anunciara la nueva de su libertad.
   Ahora bien, católicos, ¿en dónde ha de resonar esta voz tan deseada? ¿Quién ha de ser la trompeta anunciadora de esta alegre y fausta nueva? ¿Quién será esta aurora que indique a los hombres la próxima venida del sol de justicia?

   Ah, alegraos, naciones; congratulaos, pueblos; un sordo y alegre murmullo se oye resonar en las montañas de Judea; un niño extraordinario acaba de venir al mundo, ¿queréis saber su nombre? es Juan. Sí, él es; y pronto recorrerá su carrera, y se le llamará Profeta del Altísimo, e irá ante la faz del Señor a preparar sus caminos. ¿Queréis saber su nombre? Es Juan. Sí, sí; él es; él es la aurora que ha de anun- <*5*> ciar la próxima venida del Sol divino que ha de vivificar al mundo. Sí, sí, y por esto en su nacimiento lo pregona a los sencillos habitantes de Judea, por medio de su padre Zacarías, y luego le anunciará a todo el pueblo de Jacob en las orillas del Jordán y más tarde su voz se extenderá por doquiera, y los soldados romanos irán a consultarle en sus dudas, y a admirarle, y al volver a su país referirán los anuncios y palabras de este hombre extraordinario, para que todos empiecen a alegrar su corazón, para que no haya ninguna nación ni pueblo que no empiece a disfrutar ya de la saludable influencia de esta aurora providencial.
   He aquí, católicos, el primer objeto de la misión sublime del Bautista, esto es, de ser el anunciador del sol divino de santidad. Oh, y cuán consoladora es para la humanidad esta idea. Y cuán alegre para nuestro corazón. Ya lo habéis oído, católicos, S. Juan es el signo precursor de la abundancia de luz y de gracia que va a derramarse sobre el mundo. Por esto, en su Nacimiento hace ver Dios una muestra de esta gracia, santidad y justicia, prometida a sus padres. Por esto Dios le presenta a la tierra libre de la mancha original común a la humanidad.
   Ah. Hasta ahora la venida del hombre al mundo no era más que un acontecimiento [?] acompañado de todas aquellas miserias inherentes a la descendencia de Adán; pero el nacimiento de S. Juan es el anuncio de otra época más feliz y venturosa; hasta ahora los primeros gemidos del hombre sobre la tierra no eran sino era el principio de una cadena no interrumpida de otros más dolorosos; pero desde la venida de S. Juan, el nacimiento del hombre se puede considerar como el primer día de su felicidad.
   ¿Qué más? S. Juan al presentarse al mundo colmado de los dones del Señor como si dijera: alégrate, humanidad, porque esta gracia y estos dones que en mí ves, no son más que preludio de otras gracias, y gracias más abundantes; ya no rodeará tu cuna la oscuridad y la miseria <*6*> porque los rayos luminosos de este Sol que viene en pos de mí, te alumbrará con su gracia, te volverá los derechos perdidos, y el día de tu nacimiento será el principio de tu dicha y tu grandeza.
   Aún más; S. Juan como que era el Profeta que cerraba la puerta a los demás Profetas del Antiguo Testamento, reasumía en sí las prerrogativas de todos los otros y por consiguiente mejor que ellos podía describir y anunciar la grandeza de la gracia que ellos vieron desde lejos, y los motivos de alegría y de consuelo. El, mucho mejor que Isaías, podía decir a los pueblos: Parate viam Domini; rectas facite semitas Dei nostri. Preparad los caminos del Señor, haced rectas las veredas de vuestro Dios; y ¿por qué? porque cerca está aquel que ha de humillar la montaña del pecado, con el brazo de su poder y de su gracia; él es el que llenará el hondo valle del corazón del hombre con el bálsamo de la alegría y del consuelo; S. Juan, mucho mejor que Jeremías a los cautivos, de Babilonia, podía decir: alegraos; porque cercano ya está el día de vuestra dicha y felicidad.

   No acabaríamos, Señores, si hubiéramos de considerar como es debido, la sublime y consoladora misión de S. Juan al ser el anunciador de la venida del Mesías y de la libertad del mundo.
   Pero además, Señores, San Juan no sólo fue elegido por la divina Providencia para anunciar a los hombres la venida del Mesías, y su libertad, sino también para preparar los caminos del Señor; para indicar la persona y las circunstancias de este Mesías, para que nadie pudiera equivocarse involuntariamente.

   Pero para comprender bien lo delicado de esta misión y de este destino, es preciso [que] os recuerde la idea que tenían formada los judíos sobre las cualidades del Mesías y las preocupaciones que se habían apoderado de su entendimiento.
   Es cierto, Señores, que la venida del Mesías estaba señalada desde Adán y grabada en el corazón de las naciones; es cierto que los Profetas le habían vaticinado y predicado como al libertador del pecado; al libertador del infierno, como al Justo de Dios, como una víctima sacrificada al bien del mundo, como el reconciliador del hombre con Dios, como el Príncipe de la Paz, y por consiguiente que su gobierno en la tierra no debía ser un gobierno material y guerrero, sino un gobierno espiritual y divino que avasallando los corazones los condujera por medio de los combates de la vida al Reino de la Jerusalén del cielo.
   Pero el pueblo judío carnal e ignorante, añadiendo interpretaciones absurdas a la pureza de sus tradiciones, obscureciendo la verdadera idea de su Libertador, fascinados sin duda por el brillo y el esplendor de los Romanos a quienes estaban sujetos, comenzaron a mezclar opiniones e ideas falsas y a formarse allá en su pensamiento un <*7*> Mesías fuerte y guerrero, en pos del cual pudieran ellos humillar la cerviz de sus enemigos y de dominar el Universo. Preocupación fatal. Preocupación funesta, que arraigada en la memoria de aquel pueblo le predisponía para no recibir con verdadera sumisión al que debía venir manso, como un cordero, según la expresión de Isaías.
   Ahora, pues, católicos, ¿quién será el encargado de desvanecer esta triste preocupación? ¿Quién será capaz de emprender esta comisión tan difícil y delicada? ¿Quién podrá oponerse a esta corriente de ideas y preocupaciones?
   Ah, no temáis, católicos, ahí está este Profeta fervoroso; ahí está este astro de la mañana que disipará las tinieblas; ahí está [esa] voz fuerte y majestuosa, que sin más armas que su celo, ni más apoyo que su prestigio y su virtud, pregonará desde el interior del desierto al verdadero Mesías, y su voz imponente y majestuosa resonará en medio de Jerusalén y hasta lo último de la tierra.
   Sí, Señores: Juan es el que rodeado de las turbas que presurosas acudían a admirarle, les decía con celo intrépido y valeroso: En medio de vosotros está el que vosotros no conocéis, y él es el Cordero de Dios, el que viene a quitar los pecados del mundo; preparaos a recibir sus palabras e impresiones. El es el que, al acercarse los políticos falsos e hipócritas fariseos, les decía con celo ardiente: Raza de víboras que os ha enseñado a huir de la ira venidera. Preparaos a hacer frutos dignos de penitencia, porque la segur está ya puesta a la raíz del árbol y a punto de ser arrancado; S. Juan es el que reuniendo a sus discípulos, que dóciles le escuchaban y les instruía con sus palabras, les ilustraba con sus consejos. La voz de Juan, en fin, resonó como trueno en ciudades y palacios de Judea.
   Y a esta imperiosa voz, y a estas indicaciones, las sectas se confunden, los magnates se llenan de estupor, y los más poseídos de un temor saludable golpeaban su pecho e iban a asociarse a Juan; y éste los amaestraba no a tomar el arco y la espada, sino a purificarse en el Jordán, y a prepararse en espíritu para recibir al que debía venir a conquistar los corazones del mundo.

   Sería interminable, católicos, y no me encuentro con fuerzas suficientes para pintaros como es debido, la grandeza de la misión de Juan, el presentarse a preparar los caminos del Señor y a <*8*> desarraigar las preocupaciones de los judíos. Vuestra piedad y vuestra viva penetración sabrá pesar, estas breves ideas y ponderarlas en el fondo de vuestro corazón.
   He aquí, Señores, manifestada la grandeza de S. Juan por la misión gloriosa de ser el astro anunciador de la venida del Mesías, y por su misión sublime de ser el preparador de sus caminos en el ánimo de los hombres.
   Pero si grande se manifiesta S. Juan Bautista mirado bajo el aspecto de su misión, y del lugar que la Providencia le marcara, no lo es menos si lo consideramos bajo el aspecto del mérito personal y de las virtudes y cualidades que para este destino tuvo que tener.

   2.ª Parte

   Imposible me fuera, católicos, el enumerar detalladamente las cualidades y virtudes de San Juan, y el agotar el mérito intrínseco de su persona. Bastará para nuestra instrucción y aprovechamiento el que recordemos algunas de las flores de este vasto y ameno campo, para poder formar su corona.
   No creáis, ante todo, que yo venga primeramente a basar el mérito de su nacimiento en lo distinguido de su linaje o en [el] esplendor de su cuna. Estos títulos (que no le faltaban a Juan) aunque honrosos y apreciables, cuando van acompañados de la verdadera honradez y nobleza de la piedad y la fe, y el deseo del bien de la humanidad, no libran sin embargo al hombre, en medio de la dorada cuna, de ser hijo y descendiente de un padre prevaricador, y de constituirle heredero del pecado y de la muerte.
   Yo vengo cabalmente a buscar el mérito de S. Juan en su nacimiento, porque a diferencia de los demás hijos de Adán, no hay nube que lo obscurezca, no hay nada que se oponga a su gloria. Los primeros días de su venida al mundo son días ya de claridad y de resplandor. Los raudales de gracia y de bendición y los portentos que le rodean son los que forman su elogio el más completo.
   Sí, ya lo sabéis, hermanos. S. Juan anunciado por la boca de un Angel, concebido por una madre estéril y anciana, adornado de la luz de la razón aun antes de nacer (según la opinión de los Santos Padres) viene ya al mundo entre los resplandores de la gracia, más puro que la aurora <*9*> de la mañana, colmado del Espíritu divino; y en su nacimiento se desata la lengua de su padre Zacarías, y llena de gracia a su madre Isabel, y produce la admiración y el entusiasmo a los habitantes de la Judea, de modo que S. Juan por un privilegio especial obtiene más gracia en su nacimiento que muchas almas fervorosas al terminar su carrera; privilegio que ha movido a la Iglesia a celebrarlo con igual y aún mayor [solemnidad] que la muerte y exaltación de los demás Santos; privilegio, en fin, que eleva a San Juan sobre el nivel de las más eminentes santidades.

   Pero no nos concretemos a admirar el mérito y la gloria de S. Juan en los albores de su existencia, sino que teniendo por base estos principios, vuestra piedad fervorosa podrá conocer ya cuáles [serán] los pasos de este gigante intrépido, cuáles los resplandores de este astro, cuando llegue al cenit de su carrera.
   Nada sabemos de cierto sobre los hechos de los primeros años de S. Juan, pues el Espíritu Santo ha querido correr un velo para que [no] nos deslumbraran sin duda sus portentos. Sólo algunas piadosas tradiciones nos dicen que cuando Herodes buscaba los niños para matarlos, Sta. Isabel lo condujo al desierto para librarle al furor de aquel tirano, y que después de haber permanecido allí un corto tiempo, lo dejó allí en manos de Dios que lo guarda, y que el Señor, como a otro Isaac, le envió un Angel que lo cuidó hasta que se retiró a hacer la más áspera penitencia.
   Pero de cualquier manera que esto fuese, lo cierto y en lo que convienen todos [es] que era muy tierna su edad cuando ya estaba sepultado en el desierto, esparciéndose desde allí y por doquiera el olor de sus virtudes y sus bellas cualidades.

   Ah, y ¿quién podrá descubrirlas, sin bosquejarlas tan siquiera? Ya habéis visto, aunque de paso, el celo que le consumía por la gloria de su Dios, celo que le arrebataba contra el vicio y el pecado; celo que
   Y éste no era un celo agrio, seco e inconstante, efecto de su genio pronto y susceptible, sino un celo el más puro y más tranquilo, adornado del aceite de la caridad y acompañado de todas las demás virtudes, de una penitencia admirable, de la humildad más profunda.
   Mirad su penitencia: aunque inocente y puro desde el día de su concepción, pudiendo vivir cómodamente en medio de Jerusalén, vive sin embargo en un árido desierto, sin <*10*> más alimento que yerbas y miel silvestres, muerto al mundo y viviendo para solo Dios, que era el único objeto de su pensamiento. Allí expuesto a los rigores del calor y del frío, haciéndose superior a las exigencias de la naturaleza ofrecía su cuerpo víctima continua al Señor, en reparo y desagravio de tantos hijos del siglo que ofendían a Dios con su cuerpo y sus sentidos.
   Mirad su humildad: aunque dotado de prerrogativas tan excelentes, aunque destinado para voz del mismo Dios, va sin embargo a ocultar su grandeza en una gruta desconocida, y no se manifiesta al mundo hasta que la gloria de su Dios lo exige, y aun entonces es para que aparezca más y más lo sublime de esta virtud.

   En efecto, católicos: el ruido de su fama y sus prodigios corría por toda la Palestina de tal manera que todos los magnates de la Sinagoga llegan a concebir recelos de si acaso es él el Mesías esperado, y determinan enviarle una solemne embajada de Sacerdotes y Levitas para que les saque cuanto antes de su duda y de su angustia. Qué ocasión, católicos. Una sola palabra de Juan hubiera sido bastante para enardecer el pecho de aquel pueblo entusiasmado; las vidas y los intereses del pueblo de Israel hubieran estado a su disposición, y aun podía halagarle la idea de llegar a ser el reconquistador de su pueblo.

   Pero ay, Juan abismado a vista de aquella inesperada consideración, exclama: ¿Más cómo he de ser yo el Mesías esperado? Pues, quién más, preguntaban los Sacerdotes y Levitas: ¿eres acaso Moisés, Elías o alguno de los Profetas que han resucitado? Ah, no soy ni Elías ni Profeta. Pues dinos quién eres, sin rodeos ni ambages. Ah, no soy más que una pequeña voz del que clama en el desierto; en pos de mí viene el que vosotros no conocéis, y a quien no soy digno de deponer su calzado; preparad los caminos del Señor; he aquí la respuesta humilde de este ser privilegiado.
   Pero ¿a qué cansarnos, hermanos míos, en ponderar el mérito y las virtudes de este héroe imponderable, cuando tenemos una prueba más incontestable, una voz más autorizada, un panegirista más elocuente? ¿Quién? Nuestro Señor Jesucristo. Sí; nuestro divino Salvador, al empezar ya [su] misión pública sobre la tierra, satisfecho de la fidelidad de su querido Precursor, y queriendo dar un público testimonio del mérito de Juan, antes que este astro luminoso se ocultase, se dirigió a las turbas que numerosas venían de presenciar el heroísmo de Juan. ¿Qué fuisteis a ver en el desierto les decía? ¿Acaso una caña agitada por <*11*> el viento? Ah, no penséis tal del Bautista; no es un hombre que se mueve al viento del favor o la lisonja como los hijos del siglo, sino roca inmóvil en medio de encontradas olas. ¿Acaso salisteis a ver algún hombre vestido con delicadeza y afeminación? Ah, no busquéis en los desiertos sujetos de molicie; los idólatras del placer los encontraréis en los salones de los grandes de la tierra. ¿Qué salisteis pues a ver, algún Profeta? Ah, sí, más que Profeta, pues en realidad os digo que entre los nacidos de mujer no se ha levantado otro más grande que Juan Bautista.
   Al llegar aquí, católicos, nuestra boca debe enmudecer, y nuestro entendimiento humillarse ante este cúmulo de grandeza, ante esta figura colosal de la gracia, y recoger en nuestro corazón los sentimientos de admiración, de entusiasmo y de piedad, que deben producir estas ideas y estos pensamientos en las festividad presente.

   Ah, cesen ya los elogios con que los santos Padres arrebatados de entusiasmo, le prodigaron con los títulos más gloriosos; cesen los tributos de admiración que la elocuencia y la poesía han consagrado a su honor, pues todo es nada en comparación de este oráculo vivo de nuestro Señor Jesucristo.
   He aquí, pues, católicos, manifestada aunque con brevedad y desaliño la idea que os había indicado en un principio, esto es, la grandeza de San Juan considerada bajo el punto de vista de haber sido el anunciador alegre al mundo de la venida del Mesías, y el preparador de sus caminos y su grandeza por el heroísmo de sus gracias y virtudes.

   Pero antes de concluir no puedo menos de indicaros una idea que se desprende naturalmente de mi discurso.

   S. Juan, como habéis visto, fue el destinado para pregonar la alegre noticia de la próxima venida del Salvador al mundo; él fue el astro de la mañana que empezó a descorrer el velo de las tinieblas que cubría a la humanidad. Ahora bien, pues, hermanos míos, si nosotros hubiésemos nacido en tiempo del paganismo, si hubiésemos tenido la desgracia de venir al mundo cuando Jesucristo aún no había aparecido sobre la tierra, ay, cuántas veces, quizás en medio de la amargura y desolación de nuestro espíritu y en medio de la esperanza de un Libertador, cuántas veces digo, hubiéramos dirigido nuestras miradas tristes al porvenir o como los hijos de Israel hubiéramos levantado nuestras manos al cielo para que apresurara cuanto antes este día de la gracia; y si entonces hubiera resonado <*12*> la voz que nos anunciara su venida, oh, qué entusiasmo hubiera producido en nuestro corazón; y ahora, hermanos míos, que por la gracia de Dios, tenemos la dicha de verle sobre la tierra y satisfechas nuestras esperanzas; hoy sobre todo que al celebrar el nacimiento de S. Juan recordamos prácticamente el beneficio de su venida, ay, ni un acto de gratitud se dirige hacia Dios, ni un acto de entusiasmo hacia su fiel precursor.

   Otra idea me ocurre, hermanos míos; S. [Juan] como anunciador también de la venida del Mesías, desde el interior del desierto dirigía su voz fuerte y majestuosa a los hombres para que se prepararan a su venida, y el eco de esta voz ha llegado hasta nosotros, trasmitida constantemente por los siglos, para que nos preparemos con la pureza de conciencia a [la] llegada de este Dios que pronto ha de venir para cada uno de nosotros, y no como un Mesías amable sino como un Juez terrible de nuestras acciones.

   Pero, ah, no quiero extenderme en consideraciones que aunque útiles, parece no correspondan a este día en que no debe resonar sino la alegría y el entusiasmo al recordar el nacimiento y las glorias del Bautista.
   Basta ya, pues, y siguiendo la intención que la Iglesia tiene en sus festividades, procurando llenar nuestro corazón de gratitud al recordar el nacimiento de S. Juan y procurando al mismo tiempo en cuanto nos sea posible imitar sus virtudes para disponer nuestro corazón a la venida del Señor.
   Ah, glorioso Precursor, dignaos aceptar el corto obsequio de los cultos que os tributamos, y desde el alto trono a que os elevó vuestro mérito y vuestra gracia, bendecid a los que, todavía peregrinos, caminamos por el mar proceloso de la vida, expuestos constantemente a mil naufragios. Enviadnos un destello de aquella gracia que tanto abundaba en vuestro nacimiento, para que iluminados por ella podamos llegar seguros hasta el puerto de salvación.

   Bendecid, Santo mío, a esta venerable Congregación, predilecta grey de vuestro rebaño, que bajo vuestra bandera y vuestro nombre retirada también al desierto del claustro se dedican a copiar en su alma las virtudes, de las cuales son tan perfecto modelo, y que sacrificando hasta las más lícitas exigencias de su corazón y de su cuerpo, se ofrecen víctimas, constantes en favor de sus hermanos; bendecidlas, digo, para que conducidas bajo vuestra [?] puedan llegar a cantar el cántico nuevo, reservado a las vírgenes que siguen al Cordero sin mancilla.

   Echad también una mirada sobre estos nobles individuos de la distinguida Orden que lleva vuestro nombre, y que alistados a la falange de esclarecidos varones que algún día pelearon en favor de la Iglesia bajo vuestra bandera, se han reu- <*13*> nido hoy para obsequiaros y rendiros el tributo de su entusiasmo y de su fe. Bien es verdad que la diversidad de circunstancias y el peso de la ley que ha caído sobre esta institución veneranda, han cambiado el objeto especial que tenía en su principio; pero también es cierto que al correr éstos voluntariamente y presurosos, a conservar y perpetuar los restos de este grandioso monumento, son y deben considerarse como ruinas nobles y sagradas de religioso y solemne edificio; y que por consiguiente, a la manera que sus antepasados, deben estar y estar prontos a defender la fe de vuestra cruz que sin rubor ostenta su pecho.
   Bendecid finalmente a todos, para que [con] vuestro amparo podamos algún día llegar a disfrutar de vuestra amable y gloriosa compañía en la eternidad del cielo. Amén.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 73, págs.: 1-7






Sermón de S. Juan <*2*>



   La Iglesia nuestra Madre, mis amados hermanos, solícita del bien etc. Solícitos, pues nosotros de nuestro aprovechamiento espiritual, procuremos estudiar todas sus festividades; una, pues, de estas fiestas más consoladoras es la que la Iglesia nos recuerda en este día: es la natividad o el nacimiento glorioso del Precursor del Señor, S. Juan Bautista. Día alegre, puesto que no celebramos su muerte, como sucede en los demás Santos, sino su nacimiento portentoso; día alegre, porque nos recuerda la preabundancia de las gracias que el Señor derrama aun antes de aparecer sobre la tierra; día alegre porque nos anuncia la venida de aquel que retirado en un desierto nos predicará la venida de Jesucristo, y nos enseñará a hacer penitencia y a preparar los caminos del Señor; día alegre, en fin, por las circunstancias extraordinarias que concurren al nacimiento de este santo Precursor. Yo no vengo en este día, mis amados hermanos, a hacer el Panegírico o Sermón de S. Juan Bautista, no; vengo únicamente a haceros algunas reflexiones breves y sencillas sobre la historia de su nacimiento, a sacar algunas consecuencias, que sirvan de provecho espiritual a nuestras almas. Para el acierto. Ave María.
   La primera idea que naturalmente ocurre al reflexionar sobre las circunstancias del nacimiento del Precursor [es] la predestinación especial que Dios hace de San Juan para Profeta suyo, y su Providencia en reparar todas las cosas en el orden natural y sobrenatural para <*3*> la conservación de este fin. Oíd, islas, exclama Isaías, hablando de S. Juan, oíd, y atended, pueblos lejanos. El Señor llama a S. Juan aun antes de nacer, y se acuerda de él y le elige para precursor suyo, y le llena de su gracia para este objeto, y lo ordena y provee para este fin.
   Ahora bien, mis amados hermanos. Nosotros no hemos sido criados para profetas y precursores, nosotros no hemos sido santificados como S. Juan por un prodigio especial; pero ¿creéis que su Providencia bondadosa se extiende menos hacia nosotros? ¿Creéis que se ha olvidado de nosotros, y que ha descuidado ninguno de los medios que son necesarios para conducirnos al fin para que nos ha criado?
   Ah , no, mis amados hermanos. Dios nuestro Señor ha pensado y piensa desde la eternidad en nosotros. Dios desde la eternidad, piensa en criarnos, y para ello cría todas las cosas.
   ¿Creéis acaso que su Providencia no cuida de nosotros, para conducirnos al fin para que hemos sido criados?

   Evangelios: La 1.ª idea es la alegría que produce en los habitantes, como que presentían la venida de Jesucristo.

* * *



   No, mis queridos hermanos. Dios no descuida ninguno de los medios que nos conducen al fin para que él nos ha criado.
   Dios nos ha criado para el orden natural y para el orden sobrenatural. Dios nos ha criado para que vivamos sobre la tierra durante <*4*> nuestra peregrinación en ella; y al mismo tiempo nos ha criado para la vida sobrenatural en esta vida, y después en la eternidad; y tanto para este orden de la naturaleza, como para el orden de la gracia se ha acordado de nosotros, y nada ha escaseado.
   El, como he dicho, nos ha criado para nacer y vivir sobre la tierra y para este fin saca de la nada este mundo con todas sus maravillas, hace brillar este sol majestuoso que nos alumbra durante el día, hace producir a la tierra esa infinidad de frutos que nos alimentan, hace manar continuamente estas aguas que nos refrigeran, combina las estaciones, y señala, en fin, a cada cosa sus leyes para que todas contribuyan al fin que Dios las ha señalado, para nuestro bien.
   El Señor, además, al crear al hombre, le ha dotado de un entendimiento feliz para conocer el bien y el mal, una voluntad capaz de abrazarle, una memoria para acordarse de sus beneficios.
   Aún más: El nos ha librado de mil peligros que pudieran oponerse a nuestra conservación. Ay, ¿cuántos de nosotros hubiéramos perecido aun antes de nacer si la bondad del Señor no nos hubiera guardado? ¿Cuántos medios ha proporcionado para evitar los peligros inherentes a nuestra niñez? ¿Cuántas cosas, en fin, ha hecho para subvenir a nuestra subsistencia?
   Y si Dios se ha acordado tanto de nosotros para proveernos en el orden natural, ¿qué no ha hecho para nuestro bien en el orden de la gracia? <*5*>
   Ay, mis amados hermanos. Dios nuestro Señor, en primer lugar, nos [da] la luz natural, el conocimiento para percibir las verdades que nos debía enseñar; El, con preferencia a tantos otros millones que han tenido la desgracia de nacer en la infidelidad, ha hecho que nazcamos en medio de los cristianos, para tener la dicha de conocerle y de poder observar sus mandamientos y sus preceptos. El, después de redimirnos, ha hecho brotar en medio de su Iglesia esa agua viva de sus Sacramentos, con que podamos apagar la sed de nuestras pasiones, y caminar alentados hacia el camino del cielo. El, en fin, piensa continuamente en nosotros, nos solicita con su amor, nos ilumina con su gracia, toca con sus inspiraciones a la puerta de nuestro corazón, nada escasea en fin de cuanto pueda conducirnos a la consecución de nuestro fin.
   Y sin embargo de todo esto, mis amados hermanos, ¿quién es el que se acuerda de estos beneficios del Señor? ¿Quién es el que se acuerda de darle gracias? ¿Quién, el que como San Juan exclame entusiasmado: Venid, islas y naciones, oíd lo que el Señor ha hecho por mí?
   Ay, mis hermanos amados. Cuán terrible será nuestro juicio, por nuestra mala correspondencia a los beneficios que el Señor ha hecho por nosotros. Cuántos quienes Dios no ha querido que nacieran, y que si hubieran nacido, se hubieran aprovechado mejor que nosotros de estos beneficios. Cuántos infieles hay en Asia, y en la América que no conocen a Dios, a quienes, si les alumbrara la luz de la fe y tuvieran nuestros sacramentos y los medios de santificación que nosotros tenemos, <*6*> serían sin duda unos santos. Aquellos filósofos antiguos que vivían antes de venir Jesucristo al mundo, aunque culpables según el apóstol S. Pablo, porque conociendo a Dios no le dieron la gloria que según su conocimiento le correspondía, no obstante, muchas veces era porque no tenían el conocimiento, que nosotros tenemos de su bondad y de sus amorosas perfecciones. Y con todo esto, le bendecían algunas veces, con toda la efusión de su alma. De un filósofo que no tenía fe se cuenta etc.
   Aprendamos, pues, a meditar y a pensar algún rato en los beneficios que Dios nos hace, y en el cuidado que tiene para conducirnos al fin para que hemos sido criados.
   Otra idea me ocurre, mis amados hermanos. Los habitantes de la Judea se preguntan mutuamente, en vista de lo que habían visto en el nacimiento de S. Juan: ¿Quién os parece será este niño? Esta pregunta de los habitantes pudiéramos aplicarla a cada uno de nosotros, sobre nuestro destino. ¿Qué será de nosotros, mis amados hermanos? Es cierto que todos caminamos a la eternidad, que todos hemos nacido para el cielo; pero ¿será éste nuestro paradero? Esta noticia se la ha reservado Dios para sí solo; pero sin embargo es cierto que El ha de ser nuestro soberano bien o nuestro castigo eterno. Terrible disyuntiva que debía hacernos temblar continuamente. Con todo, si queréis deducir de algún modo cuál será nuestro destino, reparemos nuestras obras como lo hacían los habitantes de Judea, en vista de los portentos que habían acaecido en el nacimiento de San Juan; si nuestras obras son buenas, si la mano del Señor está con nosotros, deduzcamos prudentemente que nuestro destino será el cielo; pero si nuestras obras no son conformes, deduzcamos de aquí cual será nuestro paradero.
   En fin, mis amados hermanos, muchas otras consideraciones podríamos sacar de las circunstancias del nacimiento de S. Juan; pero no quiero extenderme, por no molestar vuestra atención y para que grabéis con más facilidad lo que os he dicho.
   Procurad, pues, en este día [tener] en vuestra memoria esta idea: Los beneficios que el Señor nos concede y los medios que nos proporciona para conducirnos, como a S. Juan, al fin para que nos ha desti- <*7*> nado; y al mismo tiempo considerar nuestro
   De todos [modos], mis hermanos, aprovechemos el tiempo que el Señor nos concede para nuestra santificación; procuremos cumplir en el estado en que Dios nos ha puesto, con todas nuestras obligaciones; procuremos santificar las fiestas y meditar lo que la Iglesia nos dice en cada una de ellas, y de esta manera corresponderemos al fin para que Dios nos ha criado.
   Pidamos al mismo tiempo en el día de hoy a S. Juan que nos alcance del Señor gracia para cumplir con todas las obligaciones de nuestro estado, para [que] caminando por el camino de la virtud, y de los mandamientos del Señor en esta vida podamos después ir a reinar con él en la patria de la gloria, que a todos etc. Amén.

Escritos I, vol. 4.º, doc. 74, págs.: 1-12






Panegírico de S. Agustín
Predicado en Alfara el 28 de Agosto de 1864
En el mismo 1868



   Exordio: La Providencia de Dios sobre todas las cosas y sobre todo en los hechos de la Iglesia.
   Pero debéis saber que en las festividades de los santos no quiere la Iglesia que nos entreguemos a una alegría vana y sin provecho, a una admiración pasajera, a una devoción sólo exterior, sino que quiere que en las fiestas de los Santos aprendamos cómo hemos de ser, meditemos sus acciones para seguirlas en cuanto nos sea posible, nos dediquemos a alcanzar su protección, y de este modo sacar el fruto que debamos para poder ser algún día participantes de su gloria.
   Hoy, pues, hermanos míos, que celebráis la fiesta de vuestro ínclito Patrón, el gran Doctor de la Iglesia S. Agustín, hoy que, reunidos en torno de ese altar sagrado, venís a ofrecerle vuestros obsequios, a repetirle vuestras oraciones, pensad bien, levantad vuestro corazón, y ved lo que os dice S. Agustín: El os está recordando que, como nosotros, pasó por este valle de lágrimas, que como nosotros tuvo pasiones, fue pecador, sí, gran pecador, pero que a pesar de ello supo triunfar de todo, y entregando su corazón a Jesucristo, y deponiendo su entendimiento, llegó a ocupar una santidad.
   Sí, hermanos míos. Dios parece envió a la tierra a S. Agustín para que además de ser Doctor de la Iglesia y combatidor de los herejes de aquel siglo, fuese también un modelo vivo para todos los siglos, pues que habiendo sido primero pecador, y habiendo pasado por todas las miserias humanas, parece que está diciendo que le sigan, tanto a los justos como a los pecadores.
   Yo entre tanto, hermanos míos, me entretendré en trazaros algunos rasgos de la vida del héroe, cuya memoria hoy celebramos, para haceros ver lo que os acabo de indicar; a saber: el destino que Dios dio a S. Agustín para que su vida y sus <*2*> escritos fuesen no sólo de Doctor y defensor de la Iglesia durante el tiempo de su vida, sino también la confusión de los herejes y el modelo de todos, en todos los siglos posteriores.
   Para que vosotros... Ave María.
   Al tener que describir...
   Y no creáis ante todo que yo deje de referiros, aunque a grandes rasgos, los días de la juventud de nuestro Santo, cuando entregándose a sus placeres, iba corriendo tras de sus desordenados apetitos e inclinaciones; pues que en vista de esto aún aparecerá más grande su virtud y sus sacrificios posteriores.
   Ya sabéis que S. Agustín nació en la ciudad de Tagaste, etc. en el Africa, en la provincia de Cartago, floreciente entonces en las ciencias. Aunque tenía por madre a Sta. Mónica, sin embargo, su padre Patricio infiel todavía, no deseaba sino que su hijo se dedicara a la ciencia, importándole poco su conducta moral y religiosa. Estas condescendencias de su padre, junto a sus inclinaciones naturalmente fogosas no hicieron sino fomentar el fuego interior que empezó a manifestarse desde los primeros años de su juventud, y tanto afligían a su madre virtuosa.
   Dedicado en Cartago a la retórica y poesía, y la literatura griega y latina, pronto comenzó a manifestar la vivacidad y grandeza de su ingenio. Su erudición y la fama de su talento le mereció el ser nombrado para enseñar la Retórica en Cartago, y desde aquel momento dio rienda suelta a sus apetitos y pasiones, que ya antes había fomentado en su corazón. Agustín vio que se abría a sus ojos un vasto y ameno [campo] de placeres, y se determinó a correr y revolcarse por él, para ver si podía encontrar por este medio la felicidad de su corazón.
   Ay, hermanos míos, y cuán frágil y miserable es el corazón del hombre; una vez comenzado en el camino del crimen, ya no sabe detenerse; por esto dice el Espíritu Santo, que un abismo llama a otro abismo, y así le sucedió a Agustín. No sólo se entregó a los mayores desórdenes, sino que, <*3*> como dice él mismo en el libro de sus Confesiones, se alababa delante de sus compañeros del mismo mal que él hacía, y si alguna vez los otros contaban alguna que habían hecho, él entonces inventaba algún crimen para pasar y ser tenido por el peor de todos. Aún más: amante de la novedad, y queriendo en medio de sus vicios buscar la verdad que su claro entendimiento deseaba, se entregó a las opiniones falsas de los filósofos que le venían a sus manos, hasta que halagado por las seductoras palabras de los corrompidos Maniqueos, se entregó a todos los delirios de esta miserable secta.
   Ay, pobre Mónica. Llora, sí, llora sobre este hijo descarriado para que tus oraciones se eleven al cielo. Pero, ah, no temas; la Providencia no le abandonará, sino que permitirá estos descarríos para sacar más gloria.
   En efecto, católicos, la Providencia le buscaba, y he aquí que habiendo llegado a Cartago el célebre Fausto el Jefe de los Maniqueos, al cual todos miraban como un portento de sabiduría, Agustín quiso tener una entrevista con él para ver si le sacaba de las dudas que veía en su sistema. Pero, ay, hermanos míos, Fausto era, como todos estos charlatanes que han existido en todos los siglos, y que existen también hoy día, que se forman unas [?] combinadas con las palabras más halagüeñas para seducir a los ignorantes, y no pudiendo sostener las observaciones de Agustín, éste empezó desde entonces a aborrecer a su secta, y a buscar con más ahínco la verdad. Pero, ah, si no era su entendimiento el que se había de convencer, era su corazón el que faltaba a convertir, la majestad de la Religión católica le arrebataba, pero sus preceptos y sus sacrificios le amedrentaban.
   Y he aquí, que fastidiado ya de Cartago, y molestado con las súplicas continuas de su tierna y cariñosa madre , determinó trasladarse a Roma, donde continuó aún en sus extravíos, y enseñando también allí retórica públicamente con tan buen éxito, que se esparció por toda Roma <*4*> la fama de su singular talento y elocuencia de tal manera que habiendo mandado el Emperador se enviase un maestro a la ciudad de Milán, el prefecto de Roma no encontró otro más a propósito que Agustín, y he aquí [que éste] era, Señores, el lugar donde Dios tenía determinado ganar aquel corazón. Allí, aunque envanecido, Agustín con la ciencia no dejaba, sin embargo, de ir a escuchar los sermones que el grande S. Ambrosio dirigía a su pueblo, y prendado de la elocuencia de este Santo, empezó a meditar más seriamente que nunca las verdades de la Religión cristiana. Allí conferenciaba con... y muchas veces arrebatado por ellas, y acosado por los remordimientos de su conciencia, exclamaba: Señor, ya me convertiré, mañana, mañana; esperad un poco más. Dios mío, luego, luego. Pero después instigado por sus pasiones volvía otra vez a abandonarse a ellas, para ver si podía encontrar aún en ellas la dicha y felicidad que buscaba.
   Pero ¿dónde vas corazón desgraciado? No sabes que la felicidad no se encuentra en los placeres de la carne, ni en las comilonas, embriagueces, ni en nada de este mundo, sino en el amor de Jesucristo.
   Mirad, hermanos míos, es tan grande nuestro corazón, que no puede ser llenado por ninguna cosa creada. Si Dios criara mil mundos,... ¿Y por qué? Porque nuestro corazón ha sido hecho para Dios, y sólo en él puede descansar y estar feliz.
   Por esto también S. Agustín, cuyo grande corazón deseaba la felicidad e iba en pos de ella, no la podía encontrar, ni en sus honores, ni en sus riquezas ni en sus placeres; y por esto vivía inquieto y desasosegado, hasta que por fin, hermanos míos, movido por la gracia, atormentado por los remordimientos de conciencia, deseoso de conseguir la felicidad, determinó abandonar los lazos del mundo, sus honras y todo, para no tener otro placer que el de amar a Jesucristo.
   Entonces, pues, a la edad de 33 años, después de haber pasado nueve entre los Maniqueos, por las continuas oraciones de su Santa madre y con la ayuda de S. Ambrosio, determinó bautizarse, pues <*5*> hasta entonces no lo había hecho, y trasladóse al Africa, para entregarse a la penitencia y al recogimiento, y reparar de esta manera sus extravíos pasados.
   Entonces, sí hermanos míos, que al considerar la felicidad que tenía y sus remordimientos pasados, exclamaba: Oh hermosura siempre antigua y siempre nueva y cuán tarde te he conocido. Señor, nos ha criado para Vos, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Vos.
   He aquí, hermanos míos, este gran corazón que hasta entonces había servido para el mundo convertido por Dios para vaso de elección y para propagar su gloria.
   Pero, ay, hermanos míos, mi entendimiento se abisma al tener que haceros, y no acertaré, la pintura de este héroe, al correr como astro luminoso por la carrera de la virtud; al ver la alta misión que el Señor le dio de ser como el Doctor y el alma de la Iglesia y de los Concilios de aquel siglo, al contemplar las virtudes de que dio pruebas y que r