Escritos del Beato Manuel Domingo y Sol - Predicación Volumen 11
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Escritos del beato
Manuel Domingo y Sol

I - Predicación
Volumen 11.º

ROMA
2006


Notas previas a la nueva transcripción




   Al comienzo de cada uno de los documentos que contiene este volumen se indica:
      - la sección,
      - el n.º del volumen,
      - el n.º del documento,
      - y las páginas que comprende cada uno de ellos.


   La utilización de esos cuatro elementos en las citas facilitará al máximo la búsqueda y consulta posterior.
   (Ejemplo = Escritos: I.º, vol.11, doc.22, pág.2).




   ** Siglas utilizadas:


   - el salto de página, concordando con los originales, se señala con <*__*>.
   - entre «[ ]» se indica el texto incorporado, que no está en el original.





   Roma, 29 de enero de 1992

Advertencia a la transcripción primera




   De 60 números consta el tomo undécimo de los autógrafos de nuestro Fundador, en los cuales se han reunido los sermones, esquemas y fragmentos correspondientes a Virtudes y Vicios. Siendo tan sencilla la disposición adoptada para estos materiales, como puede verse en el índice, y no ofreciéndose, por otra parte, observación particular que tener en cuenta, remitimos al lector el mencionado índice donde podrá revisar fácilmente los títulos de que consta.

   Mes de Abril de 1926

Primera parte:
V I R T U D E S


Fe


Escritos I.º, vol 11, doc. 1, págs. 1-4






   Plática sobre las virtudes teologales


   1.º De la fe.

   Explicados ya los efectos que la santa Cruz tiene virtud de producir, y en qué casos principalmente tenemos que usar de ella para que produzca en nosotros sus efectos, que son cuando se levanta uno por la mañana para que todas las obras vayan dirigidas a su gloria y se hagan en su nombre, cuando se haga alguna buena obra, y finalmente cuando nos acostemos para que Dios se digne concedernos un buen descanso, se sigue tratar, según la Doctrina cristiana, de las virtudes más principales y que son necesarias al hombre para salvarse, como son las teologales: fe, esperanza y caridad.
   Pero antes de entrar en la explicación particular de cada una de ellas, debemos saber qué es esto de teologales, y por qué se llaman así. Llámanse teologales, que es lo mismo que decir que hablan de Dios, porque son sobrenaturales, son infundidas por Dios, y tienen por su objeto formal al mismo Dios; por esto se llaman teologales. Como son sobrenaturales, pues su objeto es Dios, en el orden sobrenatural, no podemos nunca adquirirlas por nuestras fuerzas, ni merecerlas por nuestras obras naturales, y aunque parezca que creemos por nuestra voluntad natural, con convencimiento de nuestro corazón, sin embargo, si Dios no nos las infundiera, nunca podríamos adquirirlas, y las perderíamos también si Dios no nos las conservara. Ay! cuán agradecidos debíamos estar al Señor que nos ha hecho la gracia de conocerle y amarle! Si Dios no nos hubiese dado el don de la fe, estaríamos como tantos pobrecitos infieles que no han oído hablar de El, ni tienen la fortuna de conocerle.
   La fe, pues, es un hábito sobrenatural que Dios infunde en el alma para que creamos las verdades que El nos ha enseñado y que están fuera del alcance de nuestra razón y de nuestro conocimiento. Hay dos clases de conocimientos: unos naturales, otros sobrenaturales. Nuestra razón como que es una chispa, un destello, un soplo de la divinidad, tiene facultad de recorrer toda la naturaleza y todo lo que cae bajo los sentidos: discurre, penetra, registra todo lo que se contiene dentro [de] los límites de lo sensible, pero no puede pasar más allá. Hay otro país sobre el de la naturaleza, mucho más extenso y más maravilloso, y en el que nuestro entendimiento no puede penetrar por más claro y agudo que sea; éste es el país de la fe. En él están escondidos los tesoros de la divina sabiduría, los secretos de su Omnipotencia, y, en fin, todas las verdades que estamos obligados a acatar y que nos son necesarias para conseguir nuestro fin.
   Pero dirá alguno, ¿por qué tengo que creer todo esto si yo no lo he visto? Ah! Si no tuviéramos [que creer] más que lo que vemos y tocamos con nuestras manos, nuestra existencia sería un tejido de dudas y de necedades! ¿Quién ha visto el aire?, y sin embargo, cuando vemos un barco extendidas sus velas romper la furiosa corriente de un impetuoso río, creemos en una causa que no vemos, y que se llama viento, es la que produce estos efectos. ¿Quién ha visto Roma o Francia? Y no obstante, lo creemos, porque nos lo dicen. ¿Quién ha llegado a comprender cómo se forma un planeta? ¿Quién ha llegado a penetrar la naturaleza de la luz? ¿Quién ha desentrañado la constitución del sol? Y sin embargo, <*2*> ¿quién ha puesto nunca en duda ninguna de estas cosas? Pues si en el orden de la naturaleza nos vemos a cada paso precisados a reconocer nuestra insuficiencia, si encontramos cosas y efectos que estamos obligados a admitir y admirar sin comprender sus causas, ¿por qué hemos de desechar lo que es sobre nuestra razón? Pero bien: dirá alguno: yo ya creería estas cosas de fe, que no puedo comprender, si supiera que Dios lo había dicho. Pero ¿cómo he de saber yo que Dios se ha dignado revelarlo a los hombres?
   Ah! mis queridos hermanos; que Dios haya franqueado sus verdades, su voluntad al hombre, que le haya dictado leyes para su gobierno temporal y para su fin eterno, es una verdad incontestable. No nos fijemos aún en los hechos de la antigua Ley; dirijamos nuestra vista más acá. Hace sólo 18 siglos que un personaje, Jesucristo, se presentó en el mundo en presencia de los pueblos y dijo: Yo soy enviado de Dios; y soy Dios también, y para comprobarlo hizo cosas que los hombres no pueden hacer; mandó a los elementos, hizo prodigios y milagros en presencia de los sabios e ignorantes, dispuestos todos a desacreditar sus hechos, resucitando muertos como Lázaro, cuya existencia era una pesadilla continua, que hacía rechinar de rabia a sus enemigos, resucitando El mismo contra todas las precauciones de un pueblo, obstinado en hacer desaparecer su memoria, y, en fin, estableciendo su Religión en medio de las naciones y teniendo que luchar contra las potestades y las maquinaciones de sus adversarios. ¿Se podría dudar acaso de su existencia? ¿Quién ha dudado jamás de la existencia de un Alejandro, de un Nerón? Y ¿quién dudará de aquí a mil años de la existencia de un Mahoma? Nadie. Y ¿qué es la historia de éstos comparada con la de Nuestro Señor Jesucristo, cuya religión extendida por todo el ámbito de la tierra es otra prueba irrecusable de la verdad?
   Si, pues, Jesucristo ha existido, si los prodigios han acompañado su misión y su palabra, si su doctrina está cimentada con portentos, si Dios consentía o permitía estas maravillas, este hombre era enviado de Dios; era Dios. Si era Dios, nuestro entendimiento no puede hacer otra cosa que rendir un homenaje ciego a sus verdades; éstas son las de la Iglesia, luego a ellas debemos conformar nuestra razón, nuestra conciencia, nuestra conducta. Lo del filósofo.
   Mis queridos hermanos: ésta es la base de nuestro obsequio racional a la fe; éste es el antemural donde se estrellan todas las cavilaciones de sus calumniadores y sofistas. Si pudiera extenderme en este momento sobre los motivos de credibilidad, sobre qué se funda nuestra religión! Pero hablo a un pueblo católico, a un pueblo cuya adhesión a la fe no admite sombras de dudas, y a cuyos oídos ofende hasta el tener que desentrañar y penetrar en la firmeza de las verdades de nuestra creencia. Entretengámonos tan sólo en las instrucciones necesarias para el fomento de nuestra piedad.
   De consiguiente estamos obligados a creer todas las verdades de fe, que la Iglesia nos propone, aunque muchas veces nuestro entendimiento no pueda comprenderlo. De aquí es que Jesucristo lo dice expresamente: el que creyere prácticamente se salvará; el que no creyere se condenará. Pero estamos obligados a creer lo que la Iglesia nos propone, con la diferencia de que unas cosas estamos obligados a creerlas con fe explícita, otras con fe implícita. Con fe explícita, quiere decir que debemos creer los misterios de la fe en particular, distinguiéndolos claramente unos de otros, como v.g. que Jesucristo se encarnó, que murió, que resucitó...; y quiere decir con fe implícita que creemos todo lo demás que cree la Iglesia santa y que se contiene en la <*3*> Sagrada Escritura y Tradición como son si los Angeles tienen cuerpo o no, si las almas que mueren en gracia van al instante al cielo y otras así; éstas, pues, no estamos obligados a saberlas en particular, sino decir en general, creo todo lo que la Iglesia cree; pues todo esto sólo están obligados a saberlo en particular los Doctores y los que están encargados de defender los dogmas de la Iglesia.
   Acerca de lo que debemos saber con fe explícita, tenemos tres preceptos afirmativos o tres obligaciones: 1.º Saber los misterios principales de la fe. 2.º Creer y hacer actos interiormente de fe, y 3.º Profesar exteriormente la fe.
   En cuanto a la primera obligación de saber los misterios principales de la fe, debemos tener presente que los que vivimos en tierra de cristianos, cuando tenemos uso de razón , es decir, a la edad de siete años, debemos saber clara y distintamente que hay un Dios Todopoderoso, criador del cielo y de todas las cosas; que es un Dios en tres Personas; que la segunda de éstas bajó de los cielos, y se encarnó para redimirnos y pagar nuestras deudas y para llevarnos al cielo; que los buenos irán al cielo y los malos se condenarán; el que no sabe estas cosas es imposible que se salve. Además debemos saber bajo pena de pecado lo demás del Credo, los mandamientos de la Ley de Dios, de la Iglesia, y el Padre Nuestro, pero no es necesario que sepamos estas cosas de memoria y seguidamente, sino saberlas de manera que si nos preguntaran si estas cosas eran de fe y las creíamos, supiésemos responder que sí; aunque mejor sería saberlas bien de memoria. Además de esto los que tienen que recibir algún sacramento, como la Confesión, la Comunión... deben saber lo que es y lo que nos enseña la fe acerca de aquel sacramento que habemos de recibir y las disposiciones necesarias para que produzca en nosotros el fruto particular, que tiene virtud de producir, y consigamos el fin para que está instituido.

   De consiguiente, debemos procurar enterarnos bien de estas cosas, si queremos cumplir con la obligación de cristianos.
   Si nos preguntaran qué creemos en el 2.º precepto que tenemos acerca de la fe, es el hacer actos internos de ella; y estos actos de fe estamos obligados a hacerlos en cinco casos principalmente: 1.º cuando entramos en el uso de la razón , porque así como antiguamente se ofrecían a Dios las primicias de todas las cosas y de todos los frutos de la tierra, así también debemos ofrecer a Dios las primicias de nuestra razón, dándole los primeros frutos de nuestro entendimiento , sujetándonos con sencillez a lo que El nos dice.
   El segundo es cuando se promulga la fe a los infieles por hombres de virtud, y dándoles pruebas convenientes.
   El 3.º es el artículo de la muerte: en aquel momento en que nuestro enemigo procura de todos [modos] perdernos, y en el que nos sugiere pensamientos contrarios a la fe y argumentos y dudas para hacernos titubear; en aquel momento más que nunca debemos [hacer] interiormente actos de fe.
   El cuarto es cuando tenemos alguna tentación fuerte [en] contra, y esto aunque no sea en la hora de la muerte, porque la fe una vez perdida es difícil recobrarla, y así debemos procurar repeler la tentación, haciendo actos contrarios.
   Finalmente estamos obligados a hacer actos de fe algunas veces al año, y aun al mes, porque Dios que nos ha hecho la gracia de concedernos este don de la fe no puede menos de mirar con enojo el que hagamos tan poco uso de este beneficio que El nos concede. Así, pues, debemos hacer actos de fe cuando vamos los domingos y fiestas principales, mejor sería hacerlos todos los días, rezando al menos un Credo, pues <*4*> en el Credo se contienen casi todos los artículos de la fe; y así el que reza el Credo de vez en cuando ya se puede decir que cumple con el precepto de hacer actos internos de fe; pero con la condición de que se rece con devoción y despacio, atendiendo a lo que se dice, porque de lo contrario no podríamos decir que hacemos actos de fe.
   Finalmente la 3.º obligación que tenemos acerca de la fe es: que no sólo debemos hacer actos interiormente de ella, sino que también debemos confesarla públicamente cuando sea necesario, que sería: 1.º Cuando fuéremos preguntados por algún Tirano, como sucedía a los mártires que eran presentados delante de los jueces infieles y se les obligaba a decir de qué religión eran; en este caso, pues, estamos obligados a confesar la fe exteriormente, porque entonces se interesa el honor de Dios, por cuya gloria estamos obligados a derramar hasta la última gota de nuestra sangre.
   También debemos públicamente confesar la fe, cuando en nuestra presencia se hiciese burla de la fe o se conculcaran las imágenes de los Santos; en estos [casos], si de manifestar exteriormente nuestra fe y nuestro modo de pensar se ha de seguir algún fruto, debemos hacerlo; algunos Mártires cuando se les llevaba al martirio, les colocaban cruces de caña y de otras cosas en el suelo para ver si las pisaban, pero ellos las cogían como podían y las besaban, para que los infieles no se figuraran que querían renunciar a la fe. Nosotros, aunque Dios mediante no tendremos que vernos en ningún lance de éstos, no obstante puede muy bien suceder que alguna vez delante de nosotros se haga burla de algún misterio de fe, o se diga alguna blasfemia; entonces debemos, al menos, hacer cara seria; para que no crean que nos conformamos con ella; sino que al contrario, nos repugna lo que dicen o hacen.

Escritos I.º, vol. 11, doc. 2, págs. 1-2






Dia 25 de Julio, S.Jaume



   Sobre la Fe

   Avui celebra la Iglesia la festivitat gloriosa del Apostol S. Jaume; com a cristians pues y com a Españols devem procurá indagá el motiu de esta festa pera traure consideracións utils al nostre be espiritual. Perque devem sabé que la Iglesia en totes les festivitats del añ, se propose un objecte u altre; no vol la santa Iglesia que en les festes del añ tinguesem una alegria vana, un gox sense profit, sino que vol tinguesem una alegria espiritual y santa, que provingue del coneixemen que devem tindre del fi y objecte de cada festivitat; y per lo tant devem procurá en cada festa gran sabé el fi, el objecte, la historia de ella pera podé traure de aqui reflexions utils y profitoses al nostre be espiritual.
   Pues be; y qué mos diu la festivitat present? La festa de avuy mos recorda que fa mil vuit sens añs que el Apostol S. Jaume, despues de la mort de nostre Siñó, despues de haber vingut a España a esparchir el Evangeli, después de haber plantat la Fé en la nostra España, derramá en Jerusalem la seua sanc en defensa de [la] mateixa fe que habie enseñat. Y quin caudal de reflexións no mos proporciona esta sola idea? En primé lloc veyem la bondad y misericordia de Deu nostre señó, que va disposá que la nostra nació fosa de les primeres que van tindre la dicha de rebre la llum de la fé, y per altra part, la forsa que este mateis Deu comunica als qui procuren espargí la seua doctrina.
   Y cuan contens y cuan agraits, devem está a Deu nostre Siñó de habernos criat a un lloc a on se profesa lliuremem esta fé que nostre (Apostol) va vindre a enseñarmos? Mentres altres nacions a do ara se troven sumits en la mes gran ignorancia, mentres els pobles del Asia y algunes de la América no tenen el coneiximen del verdadé Deu, ni tenen ministres que els instruixguen, nosatros per la sola bondad de Deu nostre siñó, mos trobem a un puesto a on tenim mil mixos de instruirmos en esta mateixa fé y tenim mil mixos de santificarmos y de poder ser felisos en esta vida y en laltra.
   Ay! Y quin conte tan gran tindrem que doná a Deu de este benefici tan gran que mos ha fet de concedirmos la virtud de la santa Fé?
   Pera que pues nosatros puguesem ser agraits a Deu nostre Siñó y cumpli en les obligacions que mos imposa la fe, debem procurá sabé lo que es la fe, qué estem obligats a sabé per la fé y les vegades que devem fer actes de fé.
   La fé, com tots sabem, es una virtut sobrenatural que mos inclina a creure tot lo que nostre Siñó ha revelat. Se diu sobrenatural perque encara que pareix que naturalment creguesem, no obstan si Deu no mos infundiguese y mos conservés esta fé nosatros la perdriem miserablement. Se diu que mos inclina a creure tot lo que Deu ha revelat; perque pera que una cosa siga de fé es necesari que Deu u haiga revelat, y una vegada averiguat que Deu u ha dit devem creure a cegues encara que el nostre entenimen no u puga compendre; perque sen Deu infinitamen sabi es imposible que no sapiga totes les coses y per lo tant que no sapiga tambe alló que mos diu, y sen per altra part infinitamen bo, es imposible que vullga engañarmos en aquelles coses que mos mana creure. De consiguen tot alló que nostre Siñó mos enseña devem creure en fe viva y estar prontes a derramá la sanc per la defensa de ella.

   Pero dirá quizá algú de vosatros: yo ya crec que tot lo que nostre Siñó ha <*2*> revelat es veritat, pero la dificultat está en coneixe si Deu nostre Siñó u ha revelat o no. Pues be pera aixó tenim un mix infalible. Sabeu que nostre Siñó Jesucrist va vindre al mon, y va di yo soc Deu y vinc a redimí y salvá al home; y pera probá aixó va fer miracles y va curá els malalts sense res mes que la seua paraula, va resusitá als morts y Ell mateix despues de haber pres mort y pasió, resusitá en presencia dels mateixos que el guardaben, y se apareix a mols pera confirmarlos en la fe y en la creencia de la seua doctrina. Y aixó es tanta veritat que els mateixos enemics de la nostra Religió no han pogut desvirtuá, ni negá, la existencia de este Jesucrist perque no sols consta en el Evangeli sino en los llibres dels mateixos contraris a la Iglesia. Luego si Jesucrist va fe miracles en comprobació de la seua doctrina, ell es Deu o enviad de Deu perque els miracles son coses sobrenaturals, sobre les lleis de la naturaleza y per consiguien els homens per si sols [no] poden fe, perque son sobre les seues forses. Luego si nostre [Siñó] Jesucrist va fe estos miracles, estes coses sobrenaturals, ell es Deu y la seua doctrina es verdadera. Y este poder de fe miracles la dexada a la seua Iglesia y de cuan en cuan ha enviad sobre la terra homens extraordinaris als cuals ha concedit la gracia de fe miracles pera conservá y fortaleixe als homens en esta mateixa fe.

   Luego si nostre Siñó ha manifestat la seua misió y la seua divinitat en estes señals, devem creure tot lo que mos va enseñá y tot lo que mos mana creure la Iglesia, a la cual ha dexat depositaria de la seua doctrina.
   Pero de estes coses de fé que estem obligats a creure, unes devem creureles de un modo y altres de un altre; les unes devem creureles en fe explícita e implícita creure en fé, etc.
   Les que devem sabé en fé explícita es de di que si mos u pregunten en particular sabiem respondre. Yan unes que devem sabé de tal modo que si no les sabem es imposible que mos salvem; perque son un mix necesari pera justificarmos y salvarmos, etc. Yan altres veritats de fé que estem obligats a saberles perque tenim precepte de no ignorarles; estes son los Mandaments de la Lley de Deu y de la Iglesia, els sacraments respectius, els cuatre Novisims, el purgatori, etc.
   Finalmen de les atres veritats de fé no es necesari saberse en particular sino que basta que diguesem: Crec alló que creu la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana.
   Ara mos falta unicamen sabé cuan estem obligats a fe o a di estos actes. Y aixi devem sabé que estem obligats a fe actes interns de fé, 1.º cuan un entre en us de raó, perque lo primé del home devem oferiro a Deu. 2.º en el article de la mort, perque en aquell instan es cuan les tentacións son mes fortes que may, etc. 3.º cuan tenim alguna tentació contra la fé que no podem vencela sense fe un acte de fé. 4.º y ultim, algunes vegades al añ, perque sen una virtut tan noble, etc. 5.º y finalmen estem obligats no sols a tindre fé interiormen sino a manifestarla publicamente si convingues, cuan alguna persecució com en temps de S. Jaume no sem preguntats per algún tirano respecte de la nostra fe, y cuan devan de nosatros fosen burlades y maltratades les imagens dels sans. Decir el Credo, etc.
   Tenim pues, etc.
   Procurem pues no desperdiciá esta fe que la bondad de nostre Siñó mos ha concedid, esta fé que, el Apostol S. Jaume mos va vindre a enseñá; perque si procurem en la vida fe actes de verdadera [fé], en la hora de la mort, en aquells

Caridad para con Dios


Escritos I.º, vol. 11, doc. 3, págs. 1-9






   Sermón sobre el amor de Dios.

   Hoc tantum dilegentissime praecavete, ut diligatis Dominum Deum vestrum. (Josué, 23,11).
   Una sola cosa habéis de procurar con todo esfuerzo, que es amar al Señor Dios nuestro.


   -----------

   Hay impresa en la mente del hombre ya desde los primeros albores de la razón-inteligencia, según nos dice el Real Profeta David, una luz superior, pequeño reflejo de la inteligencia divina; y esta luz, esta antorcha nos da a conocer la idea de un ser, autor de todos los seres; y nos enseña el camino de nuestras obligaciones; nos muestra los deberes que nuestro destino nos impone; en fin, dirige los pasos de nuestra peregrinación sobre la tierra, marcándonos el bien que debemos hacer y las cosas que debemos evitar. Y como una consecuencia inmediata de la primera idea de un Ser supremo, nos intima la obligación que tenemos de tributarle nuestro homenaje, y de consagrarle constantemente nuestro corazón. Consideremos si no, a la misma naturaleza, y ella sola nos ofrece razones bastante poderosas para conducirnos al adorable principio de nuestro ser y vida, y a quien debemos todo lo que tenemos y todo lo que somos. Basta que el hombre se persuada que él no se ha formado a sí mismo, y que todas las criaturas que le sirven y se han hecho para su uso, no son obras de sus manos, para conocer que esto se lo debe a un Criador, a quien debe reconocer y amar sobre todas las criaturas porque tiene infinito más mérito que todas ellas.
   Pero la bondad y misericordia del Señor, no contento con dejarnos grabada esta idea en nuestro corazón, ha querido expresarlo claramente con toda la fuerza de su palabra, y por ello clama por medio de los escritores sagrados: Amarás a tu Dios de todo corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas. Oye, Israel, yo soy tu Dios celoso, a quien sólo debes servir y adorar; y por ello, castiga severo la transgresión de <*2*> su precepto, y por ello se queja continuamente por medio de sus profetas.
   Pero a qué detenernos, mis queridos hermanos, en probar la obligación que tenemos de amar a Dios. San Agustín al profundizar este precepto exclamaba avergonzado: Oh Dios mío! Vos mandarme que os ame? no hubiera sido suficiente dicha para mí el permitirme, el franquearme tu amor! y ahora no sólo me lo permites, sino [que] me lo mandas y me buscas, y me amenazas de no hacerlo, con un castigo eterno.
   Siguiendo, pues, la idea de este Santo Padre, corramos este dilatado precepto de amor de Dios, no bajo el punto de vista de la obligación que nos impone, sino considerando únicamente la utilidad que nos reporta, y el agradecimiento que nos merecen sus multiplicados beneficios. Es decir, hermanos míos, debemos amar por el reconocimiento que le debemos; debemos amarle por nuestro propio interés y felicidad. Dos breves proposiciones que voy a exponer a vuestra consideración en este breve rato, si me asisten los auxilios de la divina gracia del Señor, que no la niega a quien se la pide. Pidámosla, pues, a la que es canal de ellas, María, saludándola afectuosos con las palabras del Angel: Ave María.



   Hoc tantum diligentíssime... Una sola cosa habéis de procurar con todo esfuerzo... (Josué, 23,11).

   I parte.

   
1.º. Nada hay más fuertemente impreso en el corazón del hombre, que la justa correspondencia al favor que se recibe. Todas las naciones han considerado la ingratitud como un delito enorme, y los pueblos de la antigÈedad como un negro monstruoso. Nada hay por lo tanto que más afecte al hombre que el desagradecimiento. Hasta aquellos corazones dominados de una insensibilidad filosófica, hasta aquellas almas degradadas por sus pasiones e insensibles al deshonor se hallan heridas vivamente a la más leve chispa de ingratitud. Considerando, pues, bajo este punto de vista nuestra correspondencia a Dios, ¡cuán ingrato aparece nuestro proceder en presencia de los beneficios que <*3*> nos ha dispensado y nos dispensa continuamente! El nos ha sacado de la nada por su voluntad omnipotente, El nos conserva con su providencia paternal, El nos llena de beneficios particulares mientras caminamos por el desierto de la vida, El, en fin, quiere ser nuestro último premio en la otra. Mirabilia ejus quis enarrabit? ¿Quién podrá contar la muchedumbre de sus maravillas?

   2.º. Cuando no existía nada de la creación, cuando el universo se encontraba en la esfera de lo posible, cuando ese Dios eterno e infinito no existía realmente sino en sí mismo, determina reducir a la existencia todo el conjunto de cosas que admiramos, todas las partes de la creación, todos los seres que la hermosean; pero, en aquel momento supremo, con particularidad a cada uno de nosotros. Pues, como dice Sto. Tomás, así como un artífice al delinear un edificio fija el número de las piezas, habitaciones, y partes principales de él y las secundarias, los materiales, digámoslo así, no los fija determinadamente, sino que usa y provee de ellos cuantos sean necesarios para llenar las dimensiones, así Dios, artífice supremo de todas las criaturas, aunque todas ellas caen bajo su presencia y conocimiento prefija, sin embargo, con especialidad aquéllas que son permanentes por su naturaleza en su especie o magnitud ; y siendo el hombre, prosigue el Santo, aun considerado como individuo, incorruptible en su forma o alma, y destinado por elección para un fin superior, resulta que todos los hombres y cada uno de por sí entramos en la mente de Dios, artífice supremo, como partes esenciales del universo, con una predefinición o predeterminación principal. De modo que supuestos estos principios cada uno de nosotros puede decir con toda verdad: Dios desde la eternidad ha pensado en mí, yo estaba en el entendimiento divino presente aun antes de existir; y más presente que las cosas que caen bajo mi vista. Yo merecí que el Señor me destinara para existir en lugar y tiempo determinado y con preferencia a tantos otros, a quienes hubiera [podido] criar, y sin embargo ha dejado en el olvido de la nada. Ah! y qué ingrata aparece nuestra conducta para con Dios si consideramos su amor bajo este solo punto de vista! Y qué ingrata nuestra correspondencia al primero de sus beneficios! Y cuán diferente sería nuestro comportamiento, si penetráramos estos profundos secretos del amor de Dios! <*4*>

   3.º. En segundo lugar, mis queridos hermanos, Dios sostiene, conduce y guía nuestra vida con el suave hilo de su providencia, desde que aparecemos sobre la tierra. El hubiera podido hacer que sucumbiéramos cuando nos encontrábamos todavía en el seno de nuestras madres; El hubiera podido permitir que no llegáramos a ver la luz del día, que hubiésemos perecido en los peligros inherentes a nuestra niñez, y sin embargo, El nos ha conservado y ha dejado que creciéramos y llegáramos al uso de la razón, para que pudiéramos contemplar las obras de su poder, para que pudiéramos conocerle y tributarle los obsequios de nuestro amor. Aún más: si alguna vez, ingratos, hemos tenido la osadía de quebrantar su voluntad, de despreciar sus preceptos, El en vez de castigar nuestra indolencia, en vez de reducirnos a la nada, como hubiera podido con un solo acto de su voluntad poderosa, nos ha sostenido, nos ha tocado el corazón, ha solicitado otra vez nuestro amor y esperado hasta que recobráramos nuestra perdida felicidad. Oh! mirabilia ejus quis enarrabit? ¿Quién podrá contar sus infinitas bondades?

   4.º. Pero dejemos aparte estos beneficios de la bondad del Señor, dejemos aparte estos favores, que aunque grandes, nuestro entendimiento sin embargo, no acostumbra a recapacitar. Corramos el velo de nuestra consideración a otros más claros, más palpables: Somos cristianos, ¿y sabéis, mis queridos hermanos, lo que significa esta denominación? ¿Habéis puesto la atención en lo que importa este beneficio del Señor? Si hubiere querido permitirlo nos encontraríamos ahora como aquellos pobrecitos habitantes de la N., como los moradores de algunos arenales del Asia, sumidos en la más repugnante ignorancia, sin Dios, sin fe, sin civilización. Si hubiéramos sostenido nuestra existencia cuando Jesucristo no había aparecido sobre la tierra, cuando el paganismo, excepto en la pequeña porción del pueblo judío, dominaba en toda la tierra, nos veríamos como aquellos gentiles postrados en la más humillante degradación. Si Aristóteles, Cicerón y los filósofos paganos, si aquellos hombres ávidos de ciencia, que gastaron su vida estudiando en las criaturas algún rastro de las perfecciones de Dios, y después de mil trabajos y sudores no encontraban sino alguna verdad mezclada de muchos errores, oh! si hubieran alcanzado los tiempos del cristianismo! oh! si hubieran sabido amar a Dios y tributarle los obsequios debidos a la divinidad! Ellos , aunque culpables, según el Apóstol, porque conociendo de algún modo a Dios no le daban la gloria, que su razón les exigía, <*5*> era no obstante muchas veces porque les faltaba el conocimiento práctico de sus terribles juicios, de sus amorosas perfecciones; era, porque no podían ir más allá de lo que su razón y sus sentidos les dictaban. Y aun con todo esto algunos desde la cumbre de una colina, o sentados en la orilla del mar bendecían con la efusión de su alma al autor de las criaturas, y uno de ellos, colocado en el lecho de muerte, cuando su espíritu se apagaba y sus sentidos languidecían conociendo que existía un ser que no podía morir, exclamaba con dolor: Oh! Vos causa de las causas, a quien no conozco, compadeceos de mí. Estos hombres ,pues, en el día del juicio se levantarán contra nosotros, porque teniendo tantos medios de conocerle y amarle, los que ellos no tuvieron, despreciamos, sin embargo, estos beneficios de la bondad del Señor.

   5.º. Pero circunscribamos todavía más el círculo de nuestra consideración a otros beneficios más particulares. Dios lo ha criado todo para el hombre; El quiso ostentar la gloria de su poder sacando del hórrido vacío de la nada, la maravillosa obra del universo; El extiende la cortina de este cielo salpicado de estrellas; El despliega el lienzo de esta infinidad de flores que ostenta la tierra; El hace pulular esta innumerable multitud de seres que pueblan el mar y la tierra. Pero todo este conjunto admirable, toda esta hermosura y belleza de la creación, todo este gran cuadro de la naturaleza se hallaba todavía sin destino propio; siendo todo lo que existía hasta entonces irracional e insensible, faltaba un ser inteligente que usándolas supiera admirar en ellas la gloria del Criador; faltaba un como Sacerdote por medio del cual estas cosas insensibles pudieran ser holocausto y sacrificio agradables al Señor de todas ellas. Y para ello cría al primer padre, y a él y a todos nosotros en su persona nos entrega el dominio, uso y propiedad de cuanto encierra la naturaleza; y si el primer hombre, y si nosotros después de él [no] hubiéramos quebrantado su precepto, hubiéramos sin el sudor de nuestro rostro y con una pacífica posesión, usado despóticamente de la utilidad de todas las cosas y evitado los males físicos de ellas, mediante el don de la justicia original, la asistencia de los ángeles, y el conocimiento práctico que tendríamos de todos los efectos naturales; y aunque después de esta caída funesta, hayamos perdido el uso pacífico de muchas criaturas, aunque después de este gran descalabro, nos veamos precisados a luchar incesantemente y con fatiga, contra todos los elementos interiores y exteriores que atentan, debilitan y hacen pesada nuestra existencia, sin embargo, la voluntad del Señor ha querido que conserváramos el derecho a ellas y el uso posible de ellas según las facultades particulares de cada uno. <*6*>

   6.º. Por esta razón el humilde y penitente profeta David, exclamaba entusiasmado: Oh! Señor y cuán admirable es tu nombre en toda la tierra! Tu has elevado al hombre, y le has hecho casi igual a los ángeles, le has constituido sobre las obras de tus manos, todo lo has puesto bajo sus pies. Volucres coeli et pecora campi omnia subjecisti sub pedibus ejus! Esas aves que pueblan el aire, esos habitantes del agua, esos monstruos de la tierra, todo lo has puesto para regalo del hombre. Omnia... [(Sal. 8, 8-9)].
   Ah! Si cada vez que usamos de alguno de estos beneficios del Señor, pensáramos que su mano benéfica lo ha destinado directamente para nuestra utilidad, si cada vez que disfrutamos del placer que nos suministran los elementos de las comodidades de la vida, de la utilidad, de nuestros bienes, levantáramos los ojos de nuestra consideración y recordáramos que esta misma mano que lo proporciona hubiera podido con un solo acto de su justicia privarnos de estas satisfacciones; oh! y qué pocos momentos pasarían que no le diéramos gracias! Cómo nuestro corazón se remordería ingrato. Ah! no extrañemos ya el efecto que producía en los Santos, y produce en las almas fervorosas este solo pensamiento: No extraño que una Magdalena de Pazzis se quedara estática al pensar el beneficio de Dios en dejarla disfrutar de la hermosura de una flor. No extraño a un S. Felipe Neri se arrobara al contemplar la hermosura del cielo en medio de una apacible noche.

   7.º. Pero qué ingratitud, mis queridos hermanos! Mientras el Señor nos colma de beneficios, el hombre semejante a aquellos irracionales que sacian su apetito sin levantar los ojos al árbol de donde cae, no atiende ni quiere atender la mano que lo envía; mientras Dios provee a nuestra existencia con amorosa solicitud el hombre usa de estos mismos favores no para darle gloria, no para serle agradecido, sino para quebrantar sus preceptos, se sirve de ellos para burlarse de su bondad y de su justicia. No nos admiremos, pues, que el Señor haya derramado tan graves castigos sobre los hombres; no nos admiremos que el pecado de Adán sea expiado hasta la última de las generaciones; no extrañemos que su justicia haya determinado un infierno para castigar nuestra ingratitud, pues si nos fijáramos bien en ello, exclamaríamos como un Santo Padre: No uno sino mil infiernos, Dios mío, merece mi ingratitud. Y ¿seremos todavía ingratos, mis queridos hermanos?. Después de tantas bondades, ¿le negaramos todavía nuestro corazón? Y cuántos otros beneficios nos concede el Señor a cada instante, y que nuestro amor propio no nos permite atender! Cuántas veces en medio de las satisfacciones de la vida, en medio del afán de nuestras tareas y ocupaciones experimentamos la mano del Señor, ya humillando la ligereza de nuestro corazón, ya dejándonos un poco en nuestros peligros voluntarios, ya enviándonos alguna tribulación o enfermedad para desanimarnos del mundo, ya en fin, manifestándonos su voluntad, por mil medios inesperados! Hoy, pues, mis queridos hermanos, nos dice el Señor: si oyereis mi voz no queráis endurecer vuestro corazón: Hodie si vocem Domini... [(Sal. 94, 8)] Ya que el Señor nos llama con la voz amorosa de sus beneficios, ya que el Señor nos convida a la contemplación de sus bondades misericordiosas, nolite obdurare corda vestra [(Sal. 94, 8)]; procuremos fijar nuestra consideración en la multitud de sus amores, y cada vez que experimentemos su mano, levantemos los ojos al cielo y démosle gracias con todo el afecto de nuestro corazón, y propongámonos estar a su servicio todos los días de nuestra existencia.


   II parte. <*7*>

   8.º. El hombre , mis queridos hermanos, busca naturalmente la felicidad y va en pos de la grandeza; y al deciros que nos importa mucho amar a Dios es porque sólo amándole a El podemos llegar a conseguir la verdadera dicha de nuestro corazón; sólo de este modo, podemos alcanzar la verdadera grandeza. Cuando Dios en el sexto día de la creación, como concentrándose en sí mismo, como para deliberar, determina producir su suprema obra de la naturaleza, es decir, al hombre; queriéndole destinar a un fin tan elevado como era la posesión del mismo, debía adornarle necesariamente de las dotes indispensables a este noble objeto, y para ello, le enriquece con un entendimiento feliz, que midiendo el tiempo y la eternidad, que recorriendo con las alas de la imaginación todas las obras del universo él admirara y pudiera tributarle un obsequio digno y racional; y le dota de una voluntad capaz de dirigir sus afectos a este bien inmenso mediante la luz de su entendimiento; y le viste de un cuerpo susceptible a las operaciones del alma; y coloca en el centro de este mismo cuerpo un corazón que siendo como el asiento del alma, reúna en sí los límites casi extremos del espíritu y de la materia. Y participando el espíritu de cierta infinidad, (porque [por] mucho que el hombre piense, todavía puede correr con el vuelo de la imaginación; por mucho que la voluntad desee, todavía puede abarcar más) resulta que el corazón del hombre (asiento de este espíritu) debe tener una esfera de acción casi infinita, un término sin límites y sin fondo.
   De todos estos principios se sigue necesariamente que teniendo el corazón del hombre tan vastas aspiraciones, sólo un objeto grande e inmenso, sólo un objeto universal, bajo todos los conceptos, puede llenarle debidamente.
   Y ¿qué otro objeto puede ser éste, mis queridos hermanos, sino aquél que siendo inmenso e infinito por esencia, que reuniendo en sí y de un modo infinitamente mayor las perfecciones de todos los bienes, es al mismo tiempo el principio y fin de este mismo hombre?
   Porque todo bien fuera de Dios tiene tan sólo una bondad participada, y todos juntos no llegan sino a reunir una perfección limitada y determinada por el mismo Criador, y que nunca puede llenar el vacío del corazón. Si convertimos nuestro ojos a las riquezas, no sirven más que para satisfacer las necesidades de nuestro cuerpo, de ningún modo las de nuestro espíritu, y que por otra parte no pueden librarnos de las enfermedades del mismo cuerpo. Si nos entregamos a la voluntad de los placeres de la carne, no son sino bienes finitos y limitados, o más bien, son espinas penetrantes que llevan la tristeza y el remordimiento al corazón. Y aun cuando por una suposición gratuita las reuniéramos todas y las colocáramos en un solo individuo, ¿creéis, mis queridos hermanos, llegarían a henchir todos los pliegues de su corazón? Ah! después de todo esto su deseo podría dar un paso, todavía podría extender las velas de su corazón en el océano de sus deseos. He aquí, pues, deducido con claridad que aun en esta vida sólo Dios puede saciar el ardor de nuestro corazón.
   Y he aquí también probada la razón por qué ninguno de los hombres, que han existido sobre la tierra, y han querido fijar la felicidad fuera de Dios, han podido conseguirla. Salomón, aquel hombre a quien Dios había concedido la ciencia de todas las cosas naturales, el Rey más rico y poderoso <*8*> de los Monarcas de Israel, propuso no negar a su corazón ninguna de las cosas que pudiera apetecer, aunque para ello fuese necesario romper la alianza de aquel Dios, que tanto le había favorecido; y después de correr largos años tras la sombra de su soñada felicidad, después de haber agotado la copa de todos los placeres, agostado su corazón por el fastidio, exclamaba: Vanidad de vanidades, y tristeza y aflicción de espíritu, es todo lo que el hombre busca bajo el sol.
   San Agustín, aquel hombre tan grande y tan sabio, buscaba durante su juventud un objeto que llenara todo el anhelo de su grande espíritu, y sentado en la sombra de la herejía y de la iniquidad, prostituía su talento, y sacrificaba su salud y su vida, a trueque de encontrar el tesoro de la felicidad; pero en vano: el remordimiento de su conciencia aguijoneado por su mismo conocimiento y luces, la impotencia de los mismos placeres y las siempre crecientes alas de sus pasiones, producían el tedio y el hastío en su despedazado corazón. Y, cuando ya iluminado por la gracia, cuando resucitado ya con Jesucristo ardían en su pecho aquellas llamas de amor, que nos dejó en sus escritos, considerando la infidelidad de los días de su juventud y la dicha que disfrutaba unido a Dios, exclamaba fervoroso al Señor: Oh! hermosura siempre antigua, y siempre nueva, y cuán tarde te conocí! Y lloraba día y noche los días, los momentos que había malgastado sirviendo a sus pasiones. Napoleón.
   Pero ¿a qué cansarnos, mis queridos hermanos, en aducir ejemplos? ¿Quién de nosotros, si alguna vez hemos tenido la desgracia de ofrecer incienso al ídolo de los placeres, ha visto lleno su corazón ? Cuántas veces hemos corrido tras un fantasma del bien, y un momento después nos hemos encontrado con las manos vacías en el camino de nuestros deseos?.
   Y si en alguna ocasión se ha considerado feliz en medio de las riquezas, placeres, o en medio de las satisfacciones de los honores, un momento después, pasado el vértigo de las pasiones, herido por un contratiempo cualquiera, despedazado por el disgusto y la tristeza, ha tenido que volver los ojos a otra cosa, que cebara de nuevo su corazón!
   1.º. Al contrario, los que considerando los goces materiales con los ojos de la razón y de la fe, los que colocados sobre las pasiones humanas, no han probado nunca el veneno del pecado, o si por desgracia lo han gustado, han resarcido su desgracia con el suave yugo de la penitencia, raras veces se han arrepentido, siempre se han considerado más felices en el amor de Dios, que cuando separados de él dormían en el sueño de la iniquidad. Santa Teresa de Jesús se quejaba amorosamente al Señor para que suspendiera el golpe de consuelos que inundaba su alma, y fue necesario que un Angel traspasara su corazón para desahogar el volcán de su amor y de su felicidad. San Pablo abundaba de gozo en medio de sus padecimientos y tribulaciones. Y aunque nosotros no lleguemos a una felicidad tan grande, aunque no es dado a todos el llegar a la perfección de estos grandes santos, no obstante, podemos amar a Dios de tal modo, podemos estar unidos a su voluntad, que nos creamos más dichosos, más felices que si pudiéramos disponer de todos los placeres del mundo. Porque desengañémonos, mis queridos hermanos, el corazón del hombre semejante a... nunca está sosegado, hasta que se dirige al norte de su principio y de su fin...
   Por otra parte el amor de Dios es como un escudo seguro que nos hace sobrellevar con paciencia y sin desesperación las tribulaciones de los trabajos tan ordinarios en el desierto de esta vida miserable. Si una enfermedad le aqueja, el que ama a Dios y está en su gracia, piensa cuánto tiene que satisfacer todavía y cuánto también este mismo Dios ha padecido por él muriendo en una cruz, y se conforma y sufre, y lo ofrece en sacrificio al Señor. Si un contratiempo sobreviene en sus intereses, si una desgracia le amarga, <*9*> aunque sin negar al corazón la parte sensible que le pertenezca, exclama como el pacientísimo Job : Si bona de manu Dei recipimus [(Job 2, 10)] , si hemos recibido todos los bienes de la mano del Señor, ¿por qué no recibiremos los males, que su Providencia para nuestro bien permite?
   Además ¿qué otra cosa hay que nos eleve tanto, que nos haga tan grandes, como su amor? El hombre se identifica con aquello que ama. Si amas la tierra, oh hombre, dice San Agustín, tierra eres; si amas el cielo, eres cielo; si amas a Dios, eres Dios. Y por lo tanto, el que desconociendo su destino, se lanza sin reparo en el camino del mal, prostituye y rebaja su dignidad de racional y de cristiano; porque no amando a Dios, debe fijar necesariamente su corazón en alguna cosa finita y miserable; y entonces ocupa el lugar preferente de su espíritu el interés, o la vanidad o los placeres; es decir, se coloca al nivel de las cosas más inferiores que él, se hace esclavo de ellas; aunque le parece muchas veces que le sirven y que usa de ellas con independencia es porque, ciego, no conoce los lazos con que le tienen atado sus pasiones, y que le obligan a alargar su mano a lo [que] su misma razón reprueba. Pero el que conservándose en gracia del Señor, constituye su felicidad en su amor, se eleva a la dignidad de hijo suyo; tiene sojuzgadas al imperio de su razón sus siempre rugientes pasiones; el que ama a Dios se halla colocado sobre las miserias humanas; y mira con sonrisa de desprecio esas pompas vanas y aduladoras con que el aparato del mundo nos brinda; y contempla con ojos de compasión, esos afanes, esos desvaríos, esa degradación, de la mayor parte de los hijos de los hombres.
   Pero a qué cansarnos ya, mis queridos hermanos, si aunque no tuviéramos ninguno de los motivos, que nos obligan a amar a Dios, existe uno, que él solo debe interesar a nuestro corazón al cumplimiento de su voluntad, él solo debe hacernos dulces sus preceptos, y nos obliga a arrostrar con valor todas las tribulaciones de la vida, es decir, hermanos míos, Dios no ha querido únicamente que disfrutáramos de las delicias de su amor en esta vida, sino que ha dispuesto que este mismo amor temporal, las mismas necesidades de la vida, las mismas cosas que nos concede su mano benéfica, sean como el medio de llegar al último término de nuestras aspiraciones y de nuestra felicidad; es decir, ha querido después de los ccombates de la vida ser nuestro placer y premio en la otra. Ego ero merces tua magna nimis [(Gn. 15, 1)]. Y ¿hay mis queridos hermanos, cosa que pueda halagar más nuestro corazón? Y ¿puede haber todavía nada sobre la tierra que obtenga nuestra alma?.
   Cuando los hijos de Israel se hallaban cautivos en Babilonia eran invitados por los habitantes del país para que se unieran a sus diversiones, a sus fiestas y a sus cánticos; pero ellos tristes y afligidos, sentados a las orillas del [río] (colgaban de los sauces sus liras y sus instrumentos músicos) y exclamaban con dolor: Quomodo cantabimus... [(Sal. 136, 4)] ¿Cómo cantaremos en una tierra extraña? y nosotros , que lejos de nuestra amada Patria, sabemos que nos aguarda allá nuestra verdadera dicha, que esperamos ver en ella nuestro fin, principio de toda alegría, y poseerle sin medida y sin reserva por toda la eternidad, ¿queremos todavía arrastrar nuestro corazón por el lodo del pecado?, ¿queremos todavía tener ocupado nuestro espíritu en las distracciones del mundo, en las vanidades deslumbradoras del siglo, y separados del centro de la felicidad y del verdadero amor?.
   No, señores, no: convenzámonos ya de una vez, que los beneficios que su mano pródiga nos dispensa, y la necesidad de tener feliz nuestro corazón, nos obligan a depositar en El nuestros deseos y nuestras aspiraciones.
   Estas son, mis queridos hermanos, las breves ideas que había pensado poner a vuestra consideración: ahora vosotros en la oración y en retiro, colocados en el agujero misterioso del Corazón de Jesús, vuestro fervor y vuestro espíritu, más feliz que mi imaginación, desentrañará estas mismas reflexiones, y correrá como ciervo sediento hacia la fuente de esa agua viva, que salta hasta la vida eterna. De todos modos recordemos, hermanos míos, que sin el amor de Dios todas nuestras obras, nuestros padecimientos, todas las acciones, que la obediencia o la necesidad, nos obligan a practicar, son infructuosas, no tienen vida en la presencia de Dios; y al contrario, todos nuestros pasos, todas las respiraciones, hasta las cosas más insignificantes, son meritorias de vida eterna, hechas por el amor de Dios y por su gloria. Recordemos también que vamos a paso de gigante hacia el sepulcro; que nuestra existencia semejante a una nave, ya durmiendo, ya velando, si en el trabajo, como en el descanso, camina sin parar un momento por el estrecho paso del tiempo, y que pronto sin pensarlo habremos aportado en la eternidad. Pensemos todo esto, y postrados en la presencia de Dios, pidámosle nos conceda santo amor todos los días de nuestra vida, para que en la hora de la muerte, habituados al ejercicio de un santo amor, nuestros gemidos sean actos de amor de Dios, nuestros dolores sacrificios a su voluntad y nuestro último aliento un acto de unión con nuestro amor por toda la eternidad, que os deseo a todos en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Amén.

Escritos I.º, vol. 11, doc. 4, págs. 1-8






   y se salía a un jardín, y se quitaba el sombrero, y se descubría, y puesta una rodilla en tierra, y exclamaba: «Tú, gran Señor, que has formado todas las cosas, aunque no te conozco, quienquiera que tú seas, yo te adoro, te bendigo, te alabo, te amo».
   Tal es el sentimiento natural de todo corazón que no haya sido pervertido por sus pasiones voluntarias.
   Tal es el sentimiento espontáneo de todos los pueblos. Los antiguos imperios de los persas, griegos y romanos, las actuales naciones de India, China; los habitantes incivilizados de Africa, todos tributan ese homenaje exterior al Ser Supremo. No encontraréis ni en la choza más olvidada en los bosques del Asia y del Africa que no tengan allí su culto, su veneración a ser superior.
   ¿Qué significa todo esto? Que el hombre no puede vivir sin religión, sin un culto, sin una veneración a Dios.
   ----------
   Pues bien: si todos los hombres que han existido han tenido este sentimiento de religión, ¿cómo es posible que los que hayan conocido al verdadero Dios, los que como nosotros han conocido una vez la verdadera religión, cómo es posible que éstos lleguen a perder el sentimiento de la verdadera religión? ¿Cómo es posible que los que hayan llegado a conocer a Dios, lleguen a no creer en El, y por consiguiente a no tener religión ninguna? Imposible.
   De aquí es que los que llevados de un orgullo satánico, del orgullo de Satanás, han querido sacudir el yugo de la religión, del deber de amar y servir a Dios, que han querido negarle, han vivido y viven en una continua intranquilidad, en agitación, porque quisieran arrancar de su corazón esta creencia, y no pueden.
   Pero me diréis tal vez: ¿Cómo es que hay hombres que viven sin religión, que son impíos, y, sin embargo, son instruidos, y están en aquella creencia, y están tranquilos y persuadidos que van bien?. No es verdad: estos hombres <*2*> están tan persuadidos de la necesidad de la religión como todos los demás; estos hombres no tienen convicción de aquello que dicen y que profieren. En el fondo de sus corazones, en medio de todo, está la duda, la intranquilidad.
   Ellos quisieran que no existiera esto que sienten, porque si es verdad, no les ha de ir bien; y quisieran arrancarlo de su corazón, pero no pueden.
   Ya David hablando de aquéllos que negaban a Dios, decía: Dixit impius... dijo el necio, el mentecato en su corazón: No hay Dios; es decir, no dice en su entendimiento, en su conocimiento, para ya conocer que le hay; sino en su voluntad, en su corazón; quisiera que no lo hubiera.
   Pues lo mismo les sucede a esos hombres desgraciados que quieren pasar por impíos y por hacer gala de no creer nada; ya tienen su aguijón dentro de sí, ya; no es que no lo crean, lo que quisieran es borrarlo de su corazón porque les atormenta. Oh! ¡cuántos ejemplos podría yo citaros de esta verdad, de que los mismos que dicen que no tienen religión, la tienen! Dios parece que ha querido divertirse y humillar a los mayores impíos, a los más ilustrados, haciéndoles reconocer y confesar de que obran [lo] contrario de lo que creían, y quizá lo ha hecho Dios para bien y escarmiento de los más ignorantes que se dejan seducir por ellos.
   Yo podría citaros a Napoleón.
   Otro ejemplo tenemos, y muy notable en Voltaire. <*3*>
   Oh! Sí: yo podría describiros ejemplos de muchos, aun de éstos que escriben contra la religión, que se burlan de todo, y los veríais que se burlan de aquéllos mismos que les leen y les escuchan. Veríais a muchos que en los momentos de soledad, cuando las pasiones están adormecidas, qué tormentos pesan en su corazón.

   -----------

   Y lo pasan aún más en la hora de la muerte. Entonces todos quisieran haber sido muy piadosos
   No encontraréis ninguna persona religiosa que en la hora de la muerte se haya arrepentido.
   Encontraréis, sin embargo, que los que han sido impíos, les ha pesado serlo en la hora de la muerte.
   Ha podido haber alguno que en la hora de la muerte no se haya reconocido: pero ha sido o porque no creían que iban a morir, o porque el orgullo se apoderó de sus corazones, y por no pasar por cobardes, porque dirían...
   Pero que de éstos haya muerto ninguno con aquella tranquilidad que da una verdadera convicción, con aquella serenidad de ánimo del justo, del que cree, del que tiene fe, esto de seguro no se ha visto ni uno. Con vanidad u orgullo de morir así, puede [ser] con tranquilidad, con conciencia, ninguno.

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   Esto debe hacernos comprender, hijos míos, que no debéis creer a aquéllos que dicen que no creen , que sí que creen, sí; pero instigados por el orgullo y sus pasiones quisieran borrar de su corazón y de los demás; instrumentos del infierno para perder las almas.
   Hacen el oficio de Lucifer. Ya sabéis que Lucifer fue criado para que le honrase y adorase y estuviese en el cielo; él ya sabía que debía [adorar] a Dios que le había criado... pero no quiso... y prefirió condenarse y padecer para siempre, antes que hacer este acto de religión. Así lo hacen esos hombres: saben y comprenden que se debe amar al Criador... pero...
   Y esto debe haceros muy precavidos a vosotros; esto <*4*> debe haceros temer. Debe haceros procurar cumplir con Dios, evitar malas compañías, malos libros, cumplir con los deberes de cristiano; no sea cosa que Dios en castigo de vuestras negligencias, retraiga sus gracias y sus llamamientos, os deje adormecer en la indiferencia primero, y después caer en el orgullo de la impiedad, y como Lucifer encontraros impenitentes y sin poder convertiros a pesar de que conozcáis que debéis hacerlo, porque vuestro corazón estará empedernido. Y no sólo debéis guardaros de caer en la red de la impiedad, sino que debéis procurar instruiros y leer buenas lecturas, para sacar de ellas a los que Dios ponga cerca de vosotros.
   Si miráis la historia de la caída de los impenitentes veréis que en un principio...
   Pero contra este precepto primero de la religión, no sólo se falta por medio de la irreligión y de la impiedad, sino que también se falta por exceso: esto es, por idolatría, superstición. Y es una materia, que conviene también tener presente, sobre todo en nuestros días, en que tantas supersticiones hay, de modo que parece se quieren resucitar todas [las] monstruosidades de los tiempos antiguos.
   El demonio que quiere y no tiene otro oficio que apartar a los hombres de Dios, como él está apartado, cuando no puede inducir a los hombres a la impiedad, a la negación de Dios, les atrae a faltar a su honor de otros modos, por la idolatría, y por la superstición, que es otra especie de idolatría. <*5*>
   Idolatría es dar el culto que se debe a Dios, a las criaturas. Como está grabado en la mente y en el corazón de todos los hombres que por fuerza deben amar y honrar a Dios, no pudiendo el diablo destruir este sentimiento, ha procurado desviarlo, y convertir este sentimiento en las criaturas, apartándolo de Dios. Y como por otra parte, las pasiones del hombre se prestan tanto al mal, no le ha sido difícil al diablo hacer aceptar al hombre dioses falsos que halagaran éstas mismas, y no el Dios verdadero, que santo por esencia, condena estas mismas pasiones.
   Crimen horrible, hijos míos, el de la idolatría, y que sin embargo, llegó a ser un crimen general. No me detendré en explicaros la historia y causas de la idolatría.
   ¿Cómo pudieron los hombres olvidar tan fácilmente al verdadero Dios? Las causas de la idolatría fueron entre otras: 1.º El aspecto de las cosas bellas de la naturaleza 2.º. El inmortalizar a los hombres grandes. 3.º Los bienes y males que veían en el mundo.
   Pero llegaron después a olvidar, poco a poco, tanto las ideas de la primitiva Religión (aunque no se perdieron del todo), que ya no eran unas pocas divinidades, sino que todas las criaturas alcanzaron adoración; de modo que según la expresión de Bossuet, en el mundo todo era Dios, menos el mismo Dios.
   Además todas las pasiones tenían un Dios. Los adúlteros, los ladrones, los borrachos, todos tenían un Dios.
   Tal fue la abyección a que llegó la misma humanidad, que en Grecia, En... En... Roma llegó a tal punto de idolatría, a pesar de sus adelantos materiales, que todas las divinidades tenían un templo.
   Y no creáis que esto era en aquellos tiempos. Hoy mismo, en <*6*> la India... Procura el demonio. China... Se arrojan a las carrozas. Como el demonio no desea más que el mal del hombre...
   Y tales seríamos nosotros si la luz de Dios no nos hubiera iluminado por medio de Jesucristo.
   Ay! como se levantarán contra nosotros...
   Superstición: Entre los cristianos no hay idolatría; pero el demonio procura arrebatar el culto para sí, intimando al hombre a ponerse en convenio con él, apartándolo de Dios, por medio de las supersticiones.
   Creer en agÈeros, hechicerías y cosas supersticiosas, dice la doctrina, que es pecado y debemos evitar. Las supersticiones más usadas han sido la magia, la adivinación, el maleficio y la vana observancia. Magia: cosas maravillosas. AntigÈedad de este arte diabólico ...Faraón. Adivinación. Maleficio. Vana observancia.
   ¿Qué debemos decir de todo? Que no debemos creerlo, ni mucho menos practicarlo. Porque, en primer lugar, el demonio no tiene ningún po- der, sin permisión de Dios.
   Porque aunque Dios ha permitido este poder, ya para manifestar su gloria, ya para castigo de las <*7*> pasiones del hombre, pero no es más que cuando Dios ha querido.
   Que el demonio codicia esta honra de que se acuda a él, y por esto procura hacerlo de mil modos (Gaume), y por esto levanta tantas supersticiones entre los cristianos.
   Por esto la Iglesia dicta penas graves contra aquéllos que se dedican a todas estas supercherías.
   Es verdad, que algunos de los que se dedican a supersticiones dicen que no lo hacen con intención de ponerse en comunicación del espíritu malo, ni de invocar su apoyo; pero esto es falso, porque o lo confían de Dios, o de la naturaleza, o del demonio. No de Dios, y de la naturaleza, porque..., luego del espíritu malo.
   Bien es verdad, que si es por broma no es pecado grave, pero...
   Es por lo tanto, pecado, o al menos pecaminoso, y muy peligroso: 1.º El echar los naipes en adivinación de alguna cosa. 2.º El dedicarse a las prácticas de los curanderos, que mediante señales y ceremonias, o pretenden curar, o pretenden adivinar quién les hace mal. 3.º El hacer prácticas para preservar a los animales de daño alguno. 4.º El acudir a estas personas que dicen lo adivinan todo.
   Y es aún más pecaminoso acudir a las prácticas de los espiritistas: porque el espiritismo es una herejía y una superstición. Es una herejía, porque resucita el error de los paganos de la transmigración de las almas de unos cuerpos a otros; error grosero de que el diablo ha sacado tanto partido; y es una supersti-<*8*> ción diabólica y ridícula: diabólica porque pretende evocar los espíritus; y ridícula porque los medios son inadecuados a la consecución de lo que se pretende.
   De aquí es que la mayor parte de las manifestaciones de los espíritus son falsas, son supercherías, no son verdad; y algunas de estas supercherías (sobre todo las de que se sacaban hasta las fotografías de los difuntos) han sido condenadas por algunos tribunales, que les han probado de toda esa farsa, y un medio de explotar la credulidad de los que iban allí; y si alguna pudiera ser verdad, porque como digo, Dios puede permitir al maligno espíritu que obre en algunos casos, entonces es una operación diabólica, y que ordinariamente suelen pagar muy cara, los mismos que se dedican a estas cosas. Cuántos se han vuelto locos después de estos experimentos infernales! Cuántos han sucumbido a la tristeza y a la melancolía! Así permite Dios el castigo en muchos en este mundo ya; porque el diablo no desea ni procura más que el mal del hombre, y ningún bien sacarán nunca.
   Cuántos males han causado las supersticiones! Cuántos rencores! Cuántas divisiones de familia el creer a ésos que dicen que hacen mal! Quién podrá contra el mal que ha hecho el demonio con todo esto! Ejemplo de uno de nuestra diócesis.
   ¿Cuáles son las causas de dedicarse a estas supersticiones? La ignorancia, y más que todo la falta de fe: la falta de piedad. La ignorancia de algunos es más excusable.
   Pero aún se dedican más los que tienen poca fe.
   Parece imposible! Mirad a los que van a los centros del espiritismo y la superstición, y veréis que son los más impíos. No quieren creer lo que debe creerse racionalmente, y creen cualquier paparrucha que les dice una gitana. Hay

Escritos I.º, vol. 11, doc. 5, págs. 1-4






   Carisims germans. Al dirigirme a vosatros en este dia, no puc menos de pensá en les paraules que el profeta Moysés va dirli al Señor cuan el va enviá a parlá a Faraón y als fills de Israel: Señor qui soc yo pera aná a parlá a Faraón y als fills de Israel; y el Señor li va contestá, ves a parlá a Faraón y als fills de Israel; no tingues reparo que yo, etc. Lo mateix que va di Moysés, podria dirli yo al Señor: Señor qui soc yo, el mes indigne dels vostres ministres, pera anunciá les vostres veritats als fills de la partida de Nuestra Sra. de la Aldea?.
   El profeta Isaies cuan habie de aná a anunciá los castics del Señor als apóstates de la casa de Israel: Le dia Señor: enviadme; he aquí que estic pronte pera aná, pero vull que Vos me envieu, y el Señor li va di: marcha, etc.
   Lo mateis os puc di yo en este dia a vosatros; no soc yo lo que me hay enviad; el Señor me ha enviad a vosatros per mix dels meus superiors, pera está en la vostra compañia; pera anunciarvos les veritats de la nostra santa Religió, pera dirigiros per lo cami del seus sans manaments, pera advertiros los perills que continuamen nos rodeixen, y que se oposen a la nostra santificació, pera animarvos en fi, a seguir constans per lo cami de la virtut hasta el ultim momen de la nostra existencia.
   Gran es per lo tan el carrec y la responsabilitat que pesa sobre mi, gran es el conte que tindré que doná a Deu del meu ministeri, pero confio en la bondad y misericordia de Deu nostre Señor, que me dará forses pera poderla desempeñá.
   Vosatros pues també espero que no sereu com los fills de Israel, durs a les veus amoroses que el Señor os dirixis en este sant temps de Cuaresma per mix de mi: que sereu asiduos en la asistencia dels divinos oficis y de la instrucció que se os dará, y que os disposareu a fe una bona y santa confesió, pera que de eixe modo os pugueseu presentá puros y limpios al Señor en la Sagrada Comunión.
   Quizás, carisims germans, es la última vegada que el Señor vos crida; Quizás es la última Cuaresma que ha determinat esperaros. Procureu pues aprofitarla, no siga cosa que vinga la nit de la mort y mos trobe desprevenguts y am les mans buides de bones obres.
   Así pues, etc. Ave Maria.
   Mare Santisima de la Aldea, consol de la ciutat de Tortosa y Patrona de la Aldea esta es la primera ayuda. <*2*>
   Ah Si Cicerón, Aristóteles , y tots los demés filósofos de la antiguetat haguesen tingut els mixos de coneixe a Deu que natros tenim cuan ho hagueren aprofitat y cuan agraits hagueren estat al Señor. Ells encara que van ser culpables, segons el Apostol S. Pau, perque coneixén a Deu de algun modo no li donaven la gloria y el honor que la seua [raó] els exigia, era no obstant moltes vegades, perque no tenien prou coneiximen de les seues perfeccións y dels seus terribles juins, perque no coneixien com nosaltres coneixem el modo de serví a Deu nostre Siñó, els bens que mos te promesos y els castics en que mos amenaza.
   No obstant, en tot y en aixó, alguns de ells, procuraven continuament pensá en les perfeccions de este Deu, y tenien un desitx gran de coneixel y de amarlo.
   De modo que se referix que uns de aquells filosofs antics que no tenien fe y que no coneixien qui era Deu, están en la hora de la mort, coneixien per la raó natural que la nostra ánima, que aixó que pensaba y discurria no podia morí del mateix modo que el cos, y que per consiguien axecaba el cor al cel y les mans, y exclamaba (Causa causarum etc.)
   Estos homes pues, carisims germans en el dia del jui se aixecarán contra nosatros, perque tenim tans mixos de coneixe y de amarlo, com tenim per mix de les veritats que el Señor mos ha revelat, ham sabut aprofitá tan poc estes gracies que el Señor mos ha fet.
   Y cuan agraits devem está, carisims germans, a este benefici tan gran que Deu nostre Siñó mos ha fet de criarmos unicamen pera ell. Si ell hagues pogut fe mol facil, y natres no haguesem vist may la llum del sol; si ell hagues volgut que en lloc de homens haguesem naixcut pedres o arbres, u haguesa fet sense cap treball, perque com mos diu el Apostol S. Pau, el home es en mans de Deu com la archilla en mans del obré, es de di com una pasta que fa de ella lo que ell vol, si ell hagues volgut, en fi, donarmos un altre destino sobre la terra, hagues volgut que la nostra esxistencia sa acabés com <*3*> la de les besties, ho haguera pogut fe; y no obstan de aixó no u ha fet, ha volgut ell mateis ser el nostre fi, el terme de totes les nostres aspiracións, ha volgut después dels combats de la vida ser lo nostre premi y la nostra dicha en laltra. Ego ero merces tua magna nimis.
   He aquí, pues, carisimis germans, el nostre destino; he aquí el fi pera que ham sigut criats; he aquí el unic objecte que mos havem de proposá tots los dies de la nostra vida.
   Pero, Ah! Y cuan poc se pensa en esta veritat.
   Qui es el que al considerá les ocupacions y la conducta de la maxó part dels homens, creurá que estos están persuadits de que han naixcut unicamen pera serví y amar a Deu. Cuans ni ya a qui lo diable els diu com a Jesucrist: Si ma adores entregante a este interés, y si me adores entregante a este vici dolen de la carn, si ta abandones a les teues pasións, tu serás feliz, y viurás alegre y conten en mix dels plaers y les delicies, y la criatura se entrega a estes delicies y abandona el fi pera que, etc.
   Cuans ya a qui que el diable els diu: fes una mala confesió, callat este pecat, y después ya noy pensarás mes, y te podrás entregá altra vegada.
   Mentre totes les criatures.
   En raó.
   Pues desengañeus, carisims germans, en cuansevol cosa que vulgueseu posá el cor fora de Deu nostre Siñó; cuansevol cosa, per gran que sigue, no vos fará felisos, no; lo vostre cor es masa gran pera que pugue está contén en ninguna de les coses de este mon; nostre Siñó ha criat el nostre cor pera ell y unicamen en ell pot ser feliz.
   Mirau S. Agustí, aquell gran home, aquell gran filosof, aquell gran sabi, despues que se habia convertit de tan gran pecador com era, exclamaba fervorós y condolit al Señor: Oh Señor yo vax doná una volta, etc. Claret T.1.º 51. <*4*>
   Pero no tenim cap necesitat de que S. Agustí mos digue que en ninguna de les coses criades se troba la verdadera felicitat, no; cada u de nosaltres pot ser testic de esta veritat.
   Y sino digueume qui es el que conta, el que se creu verdaderamen feliz en este mon? Els que están colocats en alta posició en empleos grans, se queixen de les mortificacions que porta el seu estat, els que tenen una mitxana fortuna, enveixen als que tenen mes, y sols per aixó ya no se consideren felizos, els que tenen treballs y tribulacions no veuen en los altres mes que felicitat. En fi, no ya ningú que estiga conten en la seua sort; y perqué? Perque tots creuen y busquen la felicitat allá aon no se pot trobá, perque ningú pensa que el nostre cor ha sigut format pera Deu nostre Siñó, y que solamen practican el be, que unicamen aman a Deu y servinlo, y usan de les coses de este mon com se deu usá, podem tindre el cor conten y ser felizos en esta vida y en laltra.
   Este es cristianos mios, etc. Claret T.1.º - 62.
   Y pera fero de eixe modo devem amá de tot, purificá la conciencia devan del Siño, per mix de una santa confesió; en estos dies de penitencia y arrepentimén, deveu disposá el vostre cor pera que de aqui en avan no pense en res mes que en servi y amá al Señor que es lo destino, que es lo fi pera que ha sigut criat. De eixe modo, etc. Amén.

Escritos I.º, vol. 11, doc. 6, pág. 1






   Pero ¿cómo hemos de conocer a Dios, cómo hemos de amarle? Nada más facil, hermanos míos, que saber cómo hemos de conocer a Dios y cómo hemos de amarle. Dos medios tenemos de conocer a Dios: la fe y la razón; por medio de la fe sabemos, según el mismo Dios lo ha dicho, que existe un Dios, que [es] todopoderoso, que existe desde toda la eternidad, que no ha sido formado por nadie, que este Dios con sola su palabra crió todas las cosas, que es tan grande que tiene millones de ángeles que le sirven, que es tan inmenso que está en todas partes, que todo lo llena con su presencia, que es tan omnipotente que en un momento podría destruir todas las cosas, que es tan bueno que habiendo pecado el primer hombre y habiéndole desterrado, a él y a nosotros, del cielo, que sabiendo también que nosotros habíamos de pecar, bajó del cielo, tomó carne en las entrañas de una Virgen , y que padeció muchísimo para pagar en su persona todos los castigos que nosotros merecíamos, y poder conseguir el cielo; en fin, por la fe sabemos todo esto y lo demás que...

   Pero aunque no tuviéramos la fe, la razón sola nos serviría para conocer a Dios. ¿Quién es el que al considerar esta gran maravilla del Universo, no reconozca el poder de todo un Dios, y su inmensidad...? De aquí es que muchos de aquellos antiguos filósofos que existieron antes de venir Jesucristo al mundo, y no tenían fe, sin embargo, con la sola razón natural podían conocer algo a Dios.

   He aquí cómo hemos de conocer a Dios. Pero ¿cómo hemos de amarle? ¿Cómo? Guardando los mandamientos; he aquí cómo hemos de amar a Dios. Yendo Jesucristo predicando... He aquí como cumpliremos la obligación de amar a Dios, pensando en El, en sus atributos...

   Nuestro buen Dios, no contento con destinarnos para amarle, ha querido declararnos los medios que nos son necesarios para poderle amar, y para ello nos ha dado sus mandamientos, nos ha dejado sus Sacramentos, en fin, no ha dejado medio alguno para el filósofo.

   Ay! cuán agradecidos...

Escritos I.º, vol. 11, doc. 7, págs. 1-17






Predicado en Sta. Clara y Purísima - 1876. <*2*>
Acción de Gracias.
(Sacado del «Todo por Jesús» de Faber - Tomo 2.º)




   Acción de gracias o amor de gratitud.

   Si yo tuviera amor de Dios, fácilmente podría hablar de EL...
   Hemos visto el amor de Dios... <*3*>

   Supuesto, pues, que el amor de gratitud es la consecuencia de la consideración de que Dios es Señor, dueño de cuanto tenemos, y que nos lo ha dado con inefable dulzura, será preciso fijarnos en detallar las cosas, que son suyas. Y así, si yo tuviera [que] dirigirme a personas menos instruidas en la materia, les diría que todo cuanto tenemos en el cuerpo, en el alma, en el presente, pasado y porvenir, todo es de Dios, que en la menor respiración El interviene con su mano, en el menor movimiento El lo ejecuta. Los alivios, alegrías, bienes, suyos son; los males proceden de su mano cariñosa: en el orden de la gracia, ni el nombre de Jesús, según S. Pablo, podríamos pronunciar sin El. Su gracia es como la luz que nos ilumina continuamente, y que si ella desaparece, quedaríamos a oscuras aun para formar un pensamiento bueno. De donde se sigue que no hay un instante en la vida, en que no estemos recibiendo beneficios de su cariñosa mano. ¿Cuál no debe ser, pues, nuestra gratitud?
   Refiere Filón...
   Y el fruto de la gratitud ¿cuál es?: la acción de gracias. Y he aquí el medio que vengo a indicaros, con cuyo uso, si la gratitud está bien radicada en nuestro corazón , pagaremos a Dios su amor de Señor y Padre amantísimo, de quien nos viene todo bien, todo cuanto tenemos.
   Como para hablar de amor de Dios es preciso poseerlo, otro debiera ocupar este lugar para hablaros de los medios de satisfacerle.
   Con todo en la imposibilidad de hacerlo por mí, me <*4*> contentaré con escoger algunas flores esparcidas en los tratados del dulce P. Faber, de S. Francisco de Sales, etc. y las ofreceré para que las aspiréis y saquéis el jugo saludable.
   El espíritu de acción de gracias; he dicho fruto de la gratitud para pagar a Dios, por razón del primer título que nos incita a amarle.
   Por lo tanto, hermanos míos, no será una meditación tal, sino simplemente una explanación de la necesidad que tenemos de dar gracias a Dios: lo poco que nosotros mismos lo practicamos, los objetos principales que nos deben avivar a esta gratitud; y los medios de hacerlo: frutos que reportará para nuestra alma este ejercicio.
   Agradecimiento! acción de gracias y reconocimiento!...
   Tanto como sentimos el desagradecimiento! soportamos cualquier injuria, cualquier palabra, pero no podemos soportar el que nos sean desagradecidos, ni que a nosotros se nos tenga por tales. Y Dios! cariñoso Señor y dueño de todo el universo, que da todos afluenter, con afluencia y abundancia, es el único tal vez para quien las criaturas, y hasta las más suyas, no le muestran el debido agradecimiento por medio de una acción continua de gracias.
   Y, ciertamente, hermanos míos, no hay cosa que se halle en más abierta oposición con la piedad de la mayor parte de las almas, como el deber de la acción de gracias: así es como no podemos nunca encarecer demasiado el extraño olvido del agradecimiento.
   Poco es en efecto, el poco tiempo, que se consagra a la oración: pero es todavía menor el que se dedica a la acción de gracias: por cada millón de Padre nuestro y Ave María, que eleven los hombres de la tierra al cielo, ya para preservarse de algún mal, ya para conseguir algún beneficio, ¿cuántas creéis que se dirigen al trono del Altísimo, en acción de gracias por los males evitados o los beneficios recibidos?
   Y no es difícil hallar la razón de conducta tan extraña. Nuestro propio interés nos lleva <*5*> y la necesidad naturalmente a la oración, pero ¡ah! sólo el amor nos conduce a la acción de gracias.
   Quien sólo desea librarse de los males, o de las penas del infierno, etc. etc. sabe que tiene que rogar; pero esta alma no posee un estímulo especial en su corazón, que le impulse fuertemente a la acción de gracias. Y no se vaya a creer que esto es de ahora.
   (Faber 2,6) Cuando el olvido de un deber... <*6*>
   Cierto es que estamos incesantemente invocando a la Sma. Virgen, a los Angeles y a los Santos de la corte celestial; y sabemos que allí se ocupan sin descanso en rogar por nosotros; pero, ¿no es verdad que al representarnos el cielo en nuestra mente, las más de las veces nos le representamos como lugar de alabanzas y de acción de gracias, y no como lugar de oración?
   (Más aún algunos siervos de Dios, etc. Faber, t 2. p. 10.)
   Ahora bien: la Iglesia militante es un reflejo, etc. 11. <*7*>
   Todas estas indicaciones, hermanos míos, son para que comprendamos que la acción de gracias forma la parte más principal de nuestro servicio de amor al Señor por lo que debemos, como Señor que todo nos lo ha dado. Este es el principal tributo que exige. Si la verdadera idea del culto a Dios fuese la que envuelve la práctica común de la mayor parte de los hombres, es decir, simples oraciones, serían muy pobres las relaciones con nuestro Dios y Señor.
   Buena es la oración...
   Oramos, o para alcanzar algunos favores de Dios, o para evitarnos sus castigos.
   El propio interés: he aquí el objeto principal de nuestras adoraciones.
   Mas Dios no se contenta con esto solamente: quiere que pasemos más adelante: puesto que tenemos que vivir en su compañía por toda la eternidad, y Dios ha de ser nuestro gozo perdurable; y la verdadera felicidad del hombre es conocerle y amarle, y el amor divino es la dulce sempiterna alabanza que se rinde al Altísimo por los siglos de los siglos.
   Y tan cierto es que la acción de gracias es asunto del amor, que allí en el cielo el agradecimiento al Dios omnipotente será nuestra eterna ocupación luego que nos haya dado la corona de Visión Beatífica, cuando nos haya otorgado todo lo que somos capaces de contener, y no nos queden más cosas que recibir: la acción de gracias es, pues, la verdadera esencia del culto; y así como la práctica de tan piadoso ejercicio acrecienta nuestro amor, así también su descuido nos descubre claramente el poco amor que atesora nuestro corazón.
   Pero ¡ah! ¡pobre Jesús! podríamos decir como S. Alfonso Ligorio: ¡Cuánta es la ruindad y miseria de las acciones de gracias que se atreven a ofreceros hasta vuestros servidores!
   No existen palabras con que puedan encarecerse <*8*> las infinitas larguezas, con que el Señor se ha servido colmar a sus criaturas; son inagotables los riquísimos [?] de incomparable misericordia, que encierran los títulos, que tanto le enaltecen de Criador, Redentor, Padre y Pastor: gusta sobremanera que sus hijos, los hombres, se muestren agradecidos a las singulares mercedes que tiene la dignación de otorgarles; porque todo cuanto exige de nosotros es amor, y semejante deseo de parte suya es en sí mismo un acto de infinita caridad hacia sus criaturas; fue últimamente voluntad de Dios hacer depender su gloria divina de nuestro agradecimiento; y ¿llegará a tal punto nuestra perfidia que nos atrevamos a negárselo con la más negra ingratitud?
   Y lo peor es que semejante ultraje, no se lo hacen aquéllos, que son enemigos suyos: lo recibe de su propio pueblo predilecto, de aquéllos que frecuentan los sacramentos y hacen profesión de piedad, de aquéllos en fin a quienes está El enriqueciendo y colmando con singulares dones, y especiales larguezas del Espíritu Santo.
   Llegamos a horrorizarnos a vista del pecado y sacrilegio; nos afligen y angustian los públicos escándalos y las ingratitudes de los pecadores: todo es bueno y soberanamente loable; pero ¡ah! ¡que no nos miramos a nosotros mismos! no vemos nuestra falta de fe práctica, el no saber mirar en cada cosa que tenemos y recibimos, a Dios, olvidando el agradecimiento, quizá le rehusamos la gloria que le es debida. A muy poca costa y casi continuamente podríamos gorificar a nuestro Padre Celestial, y nos ocurre muy poco este pensamiento; ¿y nos atrevemos a sostener que le amamos realmente?: se concibe fácilmente, que algunas almas se engañen llegando a persuadirse <*9*> que aman a Dios, cuando ni siquiera mantienen viva una sola centella de este fuego celestial; o bien que abriguen deseos de amarle y no sepan cómo hacerlo ; ¿pero es posible que uno conozca lo poco que ama Dios y la facilidad que tiene para amarle más cada día y con todo no desee hacerlo así ? Jesús murió para evitar semejante posibilidad, y ¿habrá muerto en vano?
   Pues ésta es la falta ordinaria de las almas que sirven a Dios: es una ingratitud que nuestro Señor dulcísimo ha de echar en cara solamente a aquellos hijos suyos, que viven en su amistad y que están gozando pacíficamente de todos sus privilegios y divinas mercedes.
   Cuando los Angeles preguntaron al Señor después de su gloriosa Ascensión a los cielos , qué heridas eran aquéllas, que llevaba en sus manos; oh! cuán significativa es la contestación que nuestro Señor les dio: Son, dijo, las heridas que he recibido en la casa de mis amigos!
   La Biblia, el mundo y todas las cosas son un libro abierto, que nos revela el amor de Dios; pero existe una revelación particular, que nos es dado examinar, y es la revelación particular y personal del amor divino, la cual consiste en la consideración de aquella providencia paternal... (Faber-2, 20) <*10*>.

   Tan penetrados estaban los SS. de la bondad de las divinas larguezas, y la necesidad de pagar a su Señor el amor, que les había tenido, y el beneficio que les había otorgado durante su vida, que era su ejercicio favorito.
   S. Lorenzo Justiniano nos dice que, como observe el Señor que correspondemos agradecidos a sus divinas larguezas, nos colmará entonces de singulares dones, a cual más ricos y regalados.
   Dichoso aquél, dice S. Bernardo, que a cada gracia que recibe, se vuelve con el pensamiento a aquél en quien se halla la plenitud de todas las gracias: porque si correspondemos agradecidos a los favores, que nos ha otorgado, alcanzaremos ulteriores mercedes de sus divinas manos.
   Del P. Diego Martínez se refiere que solía decir 400 y hasta 600 veces «Deo gratias» al día.
   La Virgen Sma... (Faber)
   Paréceme, afirma S. Gregorio Niceno, Faber, 2-34. <*11*>.
   Pero bien: Y ¿cómo, cuándo y en qué objetos nos excitarán a practicar este dulce agradecimiento, para pagar el servicio de amor que debemos a Dios, como Señor y Padre, que nos lo ha dado todo, y de quien dependemos?
   ¿Cómo y cuándo? Cuando el Divino Salvador, Cristo Jesús, encargaba a los hombres que velasen y orasen, les decía: Que orasen siempre. Y el Apóstol S. Pablo repetía: Orad sin intermisión de día y de noche: y los santos Padres explanando este pasaje nos dicen que no sólo debemos orar en los momentos dedicados especialmente a ello, y que éstos sean tan frecuentes como podamos, supuesta nuestra continua y gran debilidad, sino que también debemos estar en tal disposición delante de Dios, que todas nuestras acciones dirigidas con intención virtual y frecuentes de hacerlas por Dios, sirvan como de una oración continuada para que pueda realizarse aquello del Apóstol: Ya comáis, ya bebáis, ya hagáis cualquier cosa, hacedlo a honra y gloria de Dios.
   Pues bien: de un modo parecido debía ser nuestra conducta respecto del agradecimiento para con Dios nuestro Señor, y nuestro Padre. Si le tuviéramos amor, y tuviéramos grabada en nuestro corazón la fe viva, práctica, que El nos ama, y porque nos ama nos ha dado todo cuanto tenemos, no sería preciso discurrir, pensar cómo y cuándo debíamos levantar nuestro corazón para alegrarnos en El con un santo agradecimiento. Cada paso de nuestra vida, cada respiración de nuestro pecho sería un suspiro de gratitud, en medio aun de nuestras tareas, de nuestro descanso y hasta de nuestras penas.
   Ahora bien: ¿cuál ha sido mi conducta respecto del cumplimiento del servicio de amor que debo a Dios, por medio del agradecimiento, o acción de gracias?
   ¿Cuál es mi sentimiento habitual y mi fe práctica acerca de los innumerables beneficios, que me ha otorgado?
   ¿Cuánto tiempo he empleado durante mis horas de oración , mis ejercicios espirituales, y mis días de retiro en contar las divinas larguezas, que el Señor ha tenido <*12*> la dignación de concederme a manos llenas?
   Cuando hago el examen de conciencia diario, nos dice S. Ignacio, que comience cantando las misericordias de Dios, y dándole después gracias: ¿guardo yo siquiera esta pequeña práctica de agradecimiento?
   Muchas personas distribuyen las horas del día en sus prácticas espirituales, ¿dedico yo algún breve rato a sentimientos de gratitud?. Otras almas tienen escrito, para tenerlo a la vista, las cosas y personas, por quienes principalmente quiere rogar. ¿Tengo una nota a fin de excitarme más, donde tenga a la vista los principales beneficios por los cuales quiero rendir diariamente las debidas gracias a nuestro Padre celestial?
   ¿Practico a lo menos por la mañana, al levantarme, durante los exámenes, después de la comida, y antes de acostarme por la noche, los efectos de acción de gracias?
   Ah! cuántas veces en medio de una tribulación, para algún favor especial del cielo he estado asediando el trono de la gracia durante días y semanas enteras, con Ave-Marias, novenas, comuniones, penitencias, y después... ¿en qué proporción ha estado mi agradecimiento?, con las súplicas, que elevamos a los pies del Rey de la majestad, cuando quiso acceder a nuestros ruegos importunos!
   ¿Qué tiempo gasté en el agradecimiento? ¿De qué fervor y aumento de amor divino fue acompañado? Tal vez un Deo gratias, un momento de pasajero entusiasmo, lanzándonos después a tomar descortésmente y afanosos el don que Dios nos concediera, arrancándole, digámoslo así, de sus benditas manos, como si fuese un salario, para no volvernos a acordar jamás de semejante dádiva graciosa, contentándonos con aquel general y vago afecto de agradecimiento, que tuvimos al tiempo de recibirla!
   Oh! si entráramos dentro de nosotros mismos con una verdadera reflexión para ver si somos agradecidos <*13*> y reconocemos los bienes de Dios, ¡cuántos motivos encontraríamos para avergonzarnos de nuestra mala correspondencia a los beneficios divinos! porque lejos de abrigar en nuestro corazón un espíritu constante de gratitud, un vivo y perpetuo recuerdo de las misericordias divinas, una regularidad amorosa y no interrumpida de nuestras adoraciones y sacrificios de acción de gracias, continuamos esperando que el Espíritu Santo toque por sí mismo nuestra voluntad con el sentimiento de nuestras obligaciones para con Dios y de nuestra dependencia para con su divina majestad.
   Si tuviéramos bien grabada, repito, la idea de los beneficios de Dios, nos sería necesario buscar y examinar cómo y cuándo debemos ser agradecidos a Dios con la alegría de nuestro corazón. Siempre estaríamos bendiciéndole en nuestro interior!
   Y ¿de dónde procede este olvido práctico?
   De que nuestro servicio al Señor no es bastante filial. No le miramos como Señor de donde nos viene todo, y por otra parte de que no apreciamos sus beneficios porque no nos paramos en ello.
   He dicho que nuestro servicio a Dios no es bastante por amor, mirándole continuamente como que está cuidando con solicitud todos los momentos. Le servimos como jornaleros, por deber, no por amor. Y este servicio, dice un piadoso y notable escritor, este servicio de puro deber, no de amor y gratitud, es la raíz y la causa de la mayor parte de las miserias y languideces de la vida espiritual.
   Cuántas veces, dice, no estamos viendo almas, que se ejercitan diariamente, con constancia admirable en la práctica de la meditación, sin que hayan logrado adelantar un solo paso en el camino de la virtud, ni refrenado sus malas pasiones, ni suavizado su carácter; tienen el hábito, no el don de oración. <*14*> En consecuencia, bien pueden hacer cuantas penitencias les agraden, que lejos de inflamarse en un puro y sincero amor de Dios, endurecerán su corazón con el engaño de una humildad, llena de vanagloria, y los mismos sacramentos funcionarán en sus almas como máquinas descompuestas. Tal vez se lamentarán de su escaso aprovechamiento en la vida espiritual; ya deplorarán con lágrimas amargas la ausencia de toda devoción sensible (ora le angustiará su incapacidad para formar y cumplir resoluciones generosas, ora le apesadumbrarán las recaídas e imperfecciones) y les desconsolará la falta de reverencia en la oración, y la dureza y desabrimiento con que se atreven a tratar a sus prójimos; todos estos defectos provendrán casi siempre de la falta de amor filial de dulce agradecimiento, de servirle como por un deber, y mirándole no más como un Dios que nos intima a sus órdenes severas; no como un Señor, que todo lo ha hecho y lo hace por nuestro amor.
   Y en segundo lugar, dije también que la causa de faltarnos el espíritu de agradecimiento, es el pasar por los beneficios de Dios sin advertirlos, sin pensar en ellos; y por esto debíamos recordarlos con frecuencia.
   No me es posible detenerme a explicaros uno por uno todos los objetos que podríamos examinar, y que tal vez ni siquiera nos hemos acordado en la vida, de dar gracias a Dios por ellos.
   Alguna vez el pensamiento de nuestra vocación nos hace estremecer de alegría , pero cuánto <*15*> olvidamos, y por esto no damos gracias a Dios.
   Prescindo de los beneficios generales, bajo los cuales van comprendidos hasta las gracias concedidas a Jesucristo, a la Virgen Santísima, a los Angeles y a los Santos de la Jerusalén celestial; ¿hemos considerado los beneficios personales, generales?

   ¿He pensado en la conservación de la salud, y de la vida, medio eficacísimo con el...
   2.º La paciencia infinita que Dios ha usado con nosotros, ¿no es un espectáculo digno de la mayor admiración?
   ¿Cuántas absoluciones no hemos recibido? Cuántos, cuántos perdidos y nuevamente recobrados!
   Cuántas tentaciones vencidas! Cuántos actos de virtud practicados por la gracia de Dios!
   Por cada uno de ellos toda la eternidad no sería suficiente para dar gracias a Dios.
   3.º ¿Hemos considerado también el don inapreciable de la fe? Para hablar de la grandeza de este beneficio sería preciso una entera y prolongada meditación. Y la...
   4.º Muchos santos daban de corazón gracias a Dios, y muy continuamente por los beneficios y gracias ocultas. Un santo decía que difícilmente habrá ningún beneficio por el cual más debíamos [dar] gracias a Dios, y ser escrupulosos en ello, que de aquellas gracias, que nunca solicitamos, viniendo a nuestras manos sin que llegásemos a conocerlas.
   No pocos de nosotros sabremos en el día de la cuenta, <*16*> que estas dádivas, ocultas a nuestros ojos, fueron el eje sobre el que giró toda nuestra vida mortal, y con cuyo auxilio llegó a obrarse nuestra predestinación y nuestro descanso en la gloria.
   5.º ¿Hemos pensado en dar gracias a Dios por los beneficios pequeños? No porque sean pequeños... Las migajas de pan...
   La Beata Bautista Varamé le dijo al Señor un día...
   6.º S. Ignacio decía que eran muy pocas las personas que no pusiesen impedimento a las larguezas... Y daba gracias por aquellos beneficios.
   7.º Otros Santos que veían los beneficios de Dios en todas las cosas, y bendecían por los irracionales. San Francisco.
   8.º Otros cuentan era su gratitud, daban gracias a Dios por las penas del infierno, porque no las consideraban sino como instrumento de amor para hacerles amar a Dios,
   9.º Prescindo de otros objetos que os son más conocidos, sobre todo el de la dignación de haberse quedado en el Sacramento.
   En fin, hermanos míos, no hay un momento en el que, si amásemos a Dios, no tuviera nuestro corazón motivos de serle agradecidos. ¿Nos levantamos por la mañana? ¿Cuántos no han caído aquella noche en el abismo de la eternidad, y se acabó el mérito para ellos? Cuántos lo han pasado gimiendo en el lecho de un dolor y de una amargura indecible!
   ¿Nos ponemos, al levantarnos, en presencia de Dios? Cuántos <*17*> hay que no han recibido de Dios la luz de la fe y de la gracia, y que no tienen, como nosotros, la fortuna de bendecirle!
   ¿Nos ponemos en la presencia de Dios, y logramos el mérito y la felicidad, que tantos otros no tienen? Y podemos asistir a la Santa [Misa] y a la santa Comunión, que otros no pueden disfrutar.
   Y vamos a recibir el alimento que otros tal vez no pueden pasar por su boca, y... oh! si fuésemos siguiendo todos los momentos del día, y las cosas que recibimos de Dios en nuestro [cuerpo] y en nuestra alma, cómo encontraríamos en cada una motivos para servir a Dios con generosidad y santa alegría! Cuán justo y cuán práctico nos pareciera el agradecimiento!
   Yo me entretendría , hermanos míos, en detallaros las utilidades que reporta el agradecimiento, ya para gloria a Dios, ya aun para alcanzar gracia para los demás; pero temo...
   Habéis visto, pues...
   Amemos, pues, al Señor, que todo te lo ha dado.
   Como son agradecimiento y gracia.

Presencia de Dios


Escritos I.º, vol. 11, doc. 8, págs. 1-4






A la Asociación de Sta. Teresa. 12 Julio 1874




   Mis hermanas en el Señor: Hijas de María Inmaculada y Teresa de Jesús: Al reuniros hoy otra vez y en cumplimiento de las prescripciones de vuestro reglamento, para practicar vuestros ejercicios mensuales, ¿qué os diré yo que pueda entretener vuestro espíritu en este rato?.
   Al proponeros un día a los pies de Jesús sacramentado, renovar las promesas del día de vuestro Bautismo, y renunciar a las pompas... del mundo, contrarias al espíritu de Jesucristo, al... contrajisteis la obligación de buscar los medios conducentes, para la consecución de vuestro grande objeto, esto es, la salvación de vuestra alma, único negocio, y de verdadero interés para el hombre, y al mismo tiempo y con ello dar en medio del mundo ejemplo vivo con vuestras obras, para que pueda repetir Jesús a cada una de vosotras: Haced buenas obras, obrad bien delante de los hombres, y vean éstos [vuestras] buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.
   Al proponeros, pues, la santificación de vuestras almas en medio del mundo, y con ello lograr la verdadera felicidad, ay! cuántos obstáculos persistentes habéis de encontrar, cuántas fatigas habéis de experimentar...!



   Por ello, digo, propusisteis apelar a los medios conducentes a la consecución de este fin. Y escogisteis el arma más poderosa, para que os sirviese de defensa en medio de los combates del enemigo, esto es, la oración. Y para robustecer vuestras almas, y beber las aguas saludables de la gracia, propusisteis acercaros con frecuencia a las aguas de los sacramentos; y acudir a menudo a los pies de la Virgen Inmaculada y Teresa de Jesús, bajo cuyas banderas habéis resuelto militar.
   Pues bien: Yo vengo a recordaros un medio que todas conocéis, y que es muy eficaz, para mantener vivo el deseo de seguir el camino de la virtud. Medio suave que os hará caminar hasta con gusto por los espinosos senderos de la vida. Tal es <*2*> el ejercicio de la presencia de Dios, del espíritu interior, y los medios de alcanzarlo con facilidad.
   Nuestro divino Salvador, Jesús, hablando con los judíos en cierta ocasión, para hacerles ver que la felicidad verdadera, esto es, el reino de Dios no estaba lejos, dijo: Regnum...
   Ya supongo, hermanos míos, comprenderéis sin necesidad de largas explicaciones lo que indicamos con el nombre de espíritu de presencia de Dios, de espíritu interior.
   Según los principios de nuestra fe, Dios, este ser inmenso, principio y fin de todas las cosas, ocupa todos los espacios, cobijando bajo las alas de su inmensidad cuanto existe en el cielo, en la tierra y en los abismos; y como dice el profeta: Omnia nuda... todo está desnudo y abierto a su presencia; y está presente a nuestras acciones, y compenetra nuestra alma todos los momentos del día y de la noche, todas las horas. (En este mismo instante tiene su vista fija en nosotros).

   La presencia de Dios, pues, no es más que el acto de fe práctico y constante de esta verdad de nuestra fe. Es aquel reconocimiento interior y humilde con que el alma ve esa dulce mirada de Dios en todas sus operaciones, y que le dispone a estar pronta a las voces de este Dios, y cuyo fruto natural es aquella devoción, con que el alma se entrega con suavidad y facilidad a las tareas del espíritu.
   Este es aquel espíritu de presencia de Dios tan deseado de todas las almas santas; aquel aceite de la devoción que el Espíritu Santo derrama en las almas fieles.
   Este espíritu de presencia de Dios, de espíritu interior, debiera ser objeto de nuestros deseos, y nos serviría de una base segura para nuestra santificación.

   -----------

   Todas estáis convencidas del deber que tenemos de santificar nuestras almas, cada uno según su estado, y en el grado que el Señor nos quiera. Todos sabemos que debemos seguir las pisadas del modelo de predestinados, Cristo Jesús, y copiar en nosotros sus ejemplos para caminar con constancia, por las espinas amargas, aunque provechosas, del camino de la virtud.

   Pues bien: el medio más eficaz, <*3*> que el Señor desea y nos ofrece, es [el] del ejercicio de su presencia.
   Mirad: aquel gran siervo de Dios, Abrahán, aquella alma grande a quien Dios [había] formado para objeto de sus complacencias y jefe de su pueblo, después de haberle llamado con las luces de la fe y de la gracia, arrancándole del medio de la idolatría, después de haberle hecho pasar por muchas tribulaciones y purificado con muchas pruebas y exigiéndole muchos sacrificios, le dijo: Abrahán, anda en mi presencia y serás perfecto. Anda en mi presencia; procura reanimar tu corazón con la presencia de mí, y serás como deseo.

   Pues bien, hermanas mías. Vosotras habéis experimentado más de una vez las voces de Dios, que ha llamado a las puertas de vuestro corazón, quizás con los golpes de los remordimientos; os ha iluminado con la luz de la fe para que le reconocierais; os ha impuesto sacrificios que gustosamente habéis aceptado; os ha conducido a veces por caminos de humillación y de tribulaciones para ejercitaros; habéis resuelto seguir las pisadas de la virtud, y el Señor ha mirado, sin duda, con agrado, vuestros propósitos; pero, ay! que el Señor no se contenta aún: el Señor quizás pide un poquito más; que todos estos sacrificios, todas estas acciones, vuestras prácticas vayan acompañadas de la pureza de corazón, del deseo de agradecerle; y ¿cómo?: por medio de la memoria de su presencia, de miradas frecuentes a sus ojos divinos para que las acepte con satisfacción.
   No recordáis.
   No recordáis. <*4*>
   Las personas que se aman muchas veces conservan algún objeto, ya que no pueden estar en presencia, que les recuerde la memoria del objeto amado, y esto contribuye a afianzar su estimación. Pues bien: nada estimulará tanto nuestro afecto, y agradecerá Dios tanto, como el que miremos no un objeto que nos lo recuerde, sino El mismo, que real y verdaderamente está siempre a nuestro lado, y según la expresión de unicuique nostrum.

   Dios, pues, quiere que...

   Pero aunque no fuera una obligación, sólo por nuestro propio interés, para hacer con gusto nuestros ejercicios debíamos [buscar] esta unión con Dios, por medio de la concentración dentro de nosotros mismos.
   Ya sabéis que nuestro espíritu por la triste condición de nuestra naturaleza es propenso...; que las pasiones que nunca mueren enteramente en nosotros, dejan siempre un principio de decadencia y de corrupción; que la gracia necesita sostenerse por medio de esfuerzos y sacrificios; (y que estos esfuerzos y sacrificios pueden ser un peligro por la flaqueza de nuestro espíritu); sabéis, en fin, que la lucha constante contra nuestras malas inclinaciones, los combates que contra enemigos visibles e invisibles tenemos que sostener, producen en nosotros el cansancio, el tedio, la tibieza, la costumbre rutinaria.
   ¿Queremos, pues, evitar este cansancio, el fastidio de nuestras prácticas y en nuestros ejercicios? Procuremos alimentarnos constantemente de este espíritu interior de la presencia de Dios, del espíritu interior.
   Además, mirad: al penetrarnos vivamente.
   Y necesitamos este espíritu interior para la paz del corazón nuestro.

Escritos I.º, vol. 11, doc. 9, págs. 1-4






   Además, esta verdad de la mirada de Dios en todas partes, de su unión constante con nosotros, esta verdad tan sabida, y sin embargo tan olvidada en la práctica, aun por las almas buenas, por falta de consideración y de una fe viva, el ejercicio de esta verdad, digo, serviría también hasta para nuestro mejor comportamiento en los actos sociales, para obrar siempre con...
   Cuántas veces nos sucede que después de una tarde pasada, por ejemplo, en largas conversaciones, o en medio de ciertos compromisos, o en ciertas tareas disipadas, nos encontramos con un vacío en nuestro corazón, como un fastidio de nosotros mismos, y muchas veces no aún por los pecados que hayamos podido cometer, sino por el recelo también de que no hemos obrado con bastante delicadeza, por el temor de haber proferido alguna inconveniencia, por haber ocasionado alguna mortificación; nos encontramos, en fin, sin saber por qué, poco satisfechos de nosotros mismos, en nuestras relaciones sociales y hasta en nuestros actos de caridad practicados para con los demás.
   Pues bien: nada sería tan eficaz para contenernos, para obrar con consideración, para reprimir nuestros sentidos, como el levantar nuestra mirada frecuente a Dios, como el entrar dentro de nosotros mismos, con un acto de interior recogimiento. Oh! y cuántas palabras ociosas evitaríamos! Y cuántas ligerezas de carácter reprimiríamos! Cuántos desagrados de nosotros mismos nos ahorraríamos! Cuán provechoso nos sería en todos los actos de nuestra vida, en nuestras alegrías y tristezas, pensar que Dios me mira!.
   He aquí, pues, que el hábito interior de recogernos dentro de nosotros mismos, este ejercicio de la presencia de Dios, no sólo es útil para el bien de nuestra alma, sino que también nos serviría para las conveniencias de nuestro trato con la sociedad.
   Pero me diréis finalmente: ¿qué medios hemos de <*2*> practicar para conseguir este estado de santa compenetración de la presencia de Dios?.
   El verdadero recogimiento debe suponer dos cosas: Desapego de cuanto pueda estorbarnos en el servicio del Señor, y unión del alma con El.
   Prescindo de extenderme hoy en hablaros de esta necesidad de arrancar de nuestro corazón cuanto pueda ofender a los ojos del Señor, pues ya comprenderéis que mientras estemos atados al pecado, bien que no sea más [que] leve, no podrá elevarse sobre sí mismo. Y, por lo tanto, debemos dar una mirada a nuestro alrededor, y ver si hay algún objeto, alguna cosa, que no pueda amar según la voluntad de Dios.
   Desgraciada el alma que no sabiendo buscar la felicidad, el reino de Dios, dentro de sí, preocupada exesivamente...
   Ejemplo...
   Pero además de este apartamiento de su corazón de toda cosa culpable, debe procurar los medios de unión con Dios. ¿Cómo? Primeramente por la dirección de todas nuestras obras a Dios. Es decir, lo que practicamos por la mañana al ofrecer las obras del día repetirlo con la intención actual tan frecuente como nos sea posible.
   Hacerlo todo porque Dios lo quiere, y del modo que Dios lo quiere, con el mérito interior de la voluntad.
   No es preciso, no, hacer grandes cosas; lo que conviene, <*3*> como decía un alma santa, [es] hacer las cosas ordinarias, pero no de un modo ordinario.
   Sabemos, en fin, que todas nuestras acciones, aun las más insignificantes, tienen mérito delante de Dios, si van acompañadas de la recta intención de agradar a Dios, y en estado de gracia; pues, repetid esta intención frecuente, y todo lo santificaremos, y será un medio facilísimo para habituarnos a la presencia de Dios.
   Cuánto ayudaría para esto, pensar: «yo y Dios».
   Otro medio sería recordar el beneficio de Dios en el uso de todas las cosas!
   Otro medio, y de los más eficaces, sería practicar bien nuestras comuniones espirituales, no por costumbre y sin reflexión, sino con verdadero fervor y ardiente deseo. Oh!
   En fin, las jaculatorias a tiempo: esos dardos pequeños subiendo desde el fondo de nuestro corazón traspasarían el Corazón de Jesús, y derramarían sobre nosotros el aceite de la devoción. Las jaculatorias, aun las más ordinarias, proferidas sin exterioridades, pero con intención y fervor, oh! qué raudales de consuelos producirían en nuestras almas!
   No me extiendo más, hermanas mías, porque temo fatigar vuestra <*4*> imaginación, y vosotras si tenéis un verdadero deseo de alcanzar esta presencia de Dios, este gran medio y fruto de santificación, el Señor os lo inspirará.
   Sólo sí debo antes advertiros para vuestro consuelo y para que os sea provechoso este ejercicio de la presencia habitual de Dios, que no debéis dejaros arrastrar de un deseo excesivo de hacerlo bien; porque este excesivo deseo, en vista de no poderlo realizar como quisierais, os desmayaría en la empresa.
   Ya sabéis que mientras vivamos en la tierra, dependiendo de nuestros sentidos y de nuestra imaginación en el uso de nuestras facultades, no podemos alcanzar una inalterable fijeza de nuestra mente.
   Sólo algunos santos la llegaron a conseguir. Aquella grande alma de S. Luis Gonzaga, en premio de sus esfuerzos, Dios le concede esta gracia de tal modo, que nada le distraía de su unión con Dios.
   Durante el espacio de seis meses, no llegó a distraerse su mente de la presencia de Dios, más que por el espacio de una Ave María.
   Nosotros no podemos pretender tanta gracia; y así, esta advertencia actual debemos procurarla en aquellas cosas en que es preciso tenerla, como v.g. en la meditación; en las demás cosas, basta una frecuente elevación de nuestro corazón.
   Cuando estemos en el cielo, abismados en la contemplación, en aquella hermosura siempre antigua y siempre nueva, estaremos embebidos en ella sin pena y sin cansancio, toda una eternidad.
   Hagámoslo así, y Dios ayudará nuestros esfuerzos, y estos esfuerzos y estos deseos de unión con El, serán el preludio de nuestra unión en el cielo.

Servicio de Dios


Escritos I.º, vol.11, doc. 10, págs. 1-13





Predicado en Sta. Clara y Purísima, año 1877. <*2*>
(Sacado del Padre Faber, «Espíritu con que servimos a Dios» en su obra: Progreso del alma.)



   Del espíritu con que debemos servir a Dios.

   Nadie ignora, mis hemanos en el Señor, que somos propiedad de Dios, y que por consiguiente, el fin principal del hombre en esta vida es servirle.
   Pero este servicio de derecho comprende a todos: todos deben servir a Dios cumpliendo sus mandamientos. Pero sobre este servicio general, está el servicio particular de los que nos entregamos a El, y por consiguiente si es indispensable para todos el saber la obligación que tienen de servir a Dios, nos importa mucho más a nosotros el saber bien con qué espíritu nos ponemos en manos de El y contraemos el empeño de servirle: esto es, cómo hemos de servir a Dios.
   El formar concepto claro de este deber es cosa grandemente útil para nosotros, y por lo tanto debemos examinar lo que Dios tenga derecho a exigir de nosotros desde el momento en que libremente nos hayamos puesto en sus manos.
   Debemos pensar, pues, que tiene derecho a todo nuestro servicio. Que debemos servirle con abnegación y sacrificio, y por consiguiente, con libertad completa de espítitu. <*3*>
   He aquí, pues, indicado ligeramente, hermanos míos, el espíritu con que debemos servir a Dios: la atmósfera que debemos respirar para conseguirlo, la libertad que nos proporciona.
   Ah! Cuántas almas viven toda la vida agitadas por las inquietudes, arrastrándose por la tierra, sin paz en el corazón!
   Oh! Porque no saben pensar sino en sí mismas; porque no saben servir a Dios con holgura de corazón, porque sirven a Dios como esclavos, [?] y por consiguiente sin libertad.
   Por lo tanto, arrojémonos ante Dios, pongámonos en sus manos, ofreciéndole nuestro corazón todo.
   De todo lo dicho se desprende 1.º. Que atendida nuestra dependencia para con Dios, lo dice el [pensar] lo que somos nosotros, es una rigurosa y terrible obligación el servirle, y con las consideraciones de un servicio completo.
   Que para conseguir que nuestras acciones vayan acompañadas de estas condiciones, debemos servirle con generosidad, que sea El el dueño de nuestra paz, de nuestra tranquilidad... de nuestro honor.
   Y que lo hagamos con la libertad del espíritu, con espíritu de amor.
   De este modo nuestro corazón estará libre de toda carga pesada. <*4*>
   ¿Qué es la libertad de espíritu? Asunto es éste que ocuparía por sí solo una plática; pero indicándolo a grandes rasgos: la libertad de espíritu es este mismo acto de generosidad y de abnegación, pero hecho con afecto filial. No: no consiste la libertad de espíritu en vivir sin regla ni medida, dejando de practicar si podemos a horas determinadas, nuestros deberes determinados; cambiando según nos plazca nuestras devociones, teniendo por nada las negligencias en satisfacer nuestras prácticas devotas, obrando a la ligera, bajo el pretexto de que el Señor no mira a los corazones, y no se para en pequeñeces: ni tampoco consiste precisamente en dirigir a Dios discursos apasionados y como exigiéndole caricias amantes, mientras nada hacemos para tratar de merecerlas con obras de mortificación y humildad. Todo esto sería más bien presunción y frivolidad.
   Y, sin embargo, cuántas gentes...

   Pues bien : siempre que no sea obvio discernir la libertad de espíritu... <*5*>

   En suma, el espíritu de Jesús es espíritu de libertad, porque es amor, y además ley de amor. Por consiguiente debemos servir a Dios por amor, y he aquí la libertad cristiana. Y esta libertad cristiana nos emancipará del pecado que al degradar nuestra naturaleza nos hace despreciables a nuestros propios ojos, y nos hunde en la más cruel de las tiranías.
   Esta libertad de espíritu, este servicio generoso y por amor y con abnegación, nos libra del excesivo temor de la ira de Dios, del infierno.
   Esta libertad de espíritu nos redime de las cadenas del mundo, desasiendo de él nuestro corazón, elevándonos por encima de los mezquinos afanes.
   Esta libertad de espíritu [nos libra] del yugo servil para con los demás hombres, es decir, de los respetos humanos, haciendo meritorio para nosotros cuanto las criaturas nos hicieren.
   Y esta libertad de espíritu nos alcanza virtud sobre nuestro amor propio, pues ciertamente es imposible que una vez emancipados por Cristo, nos degradáramos hasta ser esclavos de nuestras pasiones; y todos nuestros afectos serían nobles, nuestras intenciones puras.
   En resumen, la libertad de espíritu, no consiste en ser menos reverentes para con Dios ni menos celosos en el cumplimiento de nuestros deberes religiosos, sino únicamente en desasirnos de las criaturas. Quien dice libertad, dice desasimiento, porque sólo en verdad [puede] decirse libre el alma que a nada de este mundo vive apegada. Y dichoso está que este desasimiento no cabe sino en un corazón generoso, pues cabalmente la generosidad no consiste sino en desasirnos de nosotros mismos y de toda criatura por amor de Dios, a costa de los sacrificios más penosos. Oh! quién nos diría... <*6*>

   Debemos pensar, pues, 1.º Que Dios tiene derecho a todo nuestro servicio.
   2.º Que debemos servirle con abnegación.
   3.º Y con libertad de espíritu. Cuando hayamos comprendido bien esta materia, y sobre todo puéstola en práctica, habremos caminado largo trecho desde el principio de nuestra jornada: pues en todo camino sólo adelanta terreno el que al partir sabe exactamente el lugar de su parada.

   Ahora bien, pues, y empezando por el derecho que Dios tiene a nuestro servicio. Debemos pensar que es cierto que tenemos algunas rela- <*7*> ciones con Dios: que dependemos de El: que somos todos suyos, y sin embargo el tropiezo más terrible para las almas, es el ordenar bien o mal estas relaciones que tienen para con Dios. Ahora bien: ¿quién es Dios y quiénes somos nosotros? Dios es toda verdad y la verdad misma; nosotros somos mentira pura: en Dios reside toda la fortaleza, nosotros somos la flaqueza misma. ¡Qué contraste entre sus leyes y nuestra obediencia! Enumerad todas las perfecciones que [de] El conocemos, no olvidando que en El no hay ni más ni menos, porque es inmenso y posee plenitud de ser. Analizad lo que os alcance de su tremenda santidad y meditemos uno por uno los elementos que la componen, su indefectible regularidad, su incomparable pureza, su inefable sensibilidad, su terrible enojo. (Por lo que de nuestra parte es, día y noche estamos produciendo con fecundidad maravillosa un cúmulo de pensamientos, de palabras, de acciones, de omisiones, de intenciones; por lo que a Dios toca, de todo esto va llevando registro y con la fría impasibilidad de un juez, buscando en ello una intención siempre pura, con el fin de pedirnos un día estrecha cuenta; si su juicio nos es desfavorable, condenados quedamos a una pena sin fin).
   Y todo es infalible e inevitable; no lo olvidemos.
   La Majestad de Dios en el cielo está rodeada de tan radiantes resplandores, que no podríamos verla sin morir; ante ella los ángeles más excelsos tiemblan sobrecogidos de santo temor; la Santísima Virgen no osa mirarla de frente, y <*8*> aun el mismo Sacratísimo Corazón de Jesús está inundado de respetuoso temor. En todo el discurso de la historia sagrada se ven pasar, como otros tantos rayos luminosos, narraciones de tremendos castigos impuestos por Dios a pecados veniales. Moisés y David, el hombre de Dios, que fue destrozado por un león, y Oza que tendió la mano al arca para que no se cayera, todo esto son revelaciones tremendas de la santidad del Altísimo, y en todos estos ejemplos terribles, es de notar que la ira de Dios parece cansada, no tanto por las respectivas faltas en sí mismas como por ser ellas muestra de que el corazón de los culpables no era enteramente suyo.
   Si ahora miramos con esta luz a nuestra vida pasada, veremos cuán justo motivo tenemos de temblar; no menos, ay! si miramos y examinamos nuestra vida presente. Cómo pensar sin temor en que Dios conoce ahora mismo la muerte eterna que [nos] está reservada, las penas que hemos de padecer, o la bienaventuranza que hemos de gozar.
   La sola idea de que Dios sabe todo esto nos hiela y anonada, no obstante sentirnos todavía libres.
   Oh! idea verdaderamente aterradora la de que por uno u otro modo hemos de caer en manos de Dios!
   ¿Qué se sigue de estas relaciones con que estamos respecto de Dios?
   1.º. Que sevir a Dios es nuestra primera, por no decir nuestra única ocupación. Pero ay! <*9*> que hasta las personas más expertas en cosas espirituales han [de] menester que se les recuerde esta verdad tan elemental.
   Examinémonos, sino, nosotros mismos acerca de este punto: ¿Estamos profundamente convencidos de esta verdad? ¿Lo hemos probado así en nuestra vida pasada? ¿Lo probamos siquiera en nuestra vida presente? ¿Pensamos por ventura en tratar de probarlo con nuestra vida futura?
   ¿Qué veríamos, al mirarnos por dentro, si comparásemos el solícito afán con que hacemos nuestras cosas materiales, lo que a nosotros nos [?] lo que hacemos por nuestro gusto y amor propio con lo que hacemos relativo al servicio de Dios? ¿Procuramos examinar diligentemente qué cosa se endereza a su mayor gloria y a nuestra más estrecha unión con El? ¿Estamos persuadidos de que nada nos embarga y cautiva tanto como el deseo de servirle?.
   2.º Otra cosa que debemos sacar de la idea de nuestra dependencia y de nuestras relaciones con Dios es que debemos servirle sin reservas. ¿Qué significaría siquiera el intento de ser reservado para con Dios? ¿Es esto posible? No: porque ni su dominio para con nosotros tiene límites, ni nuestro amor para con El puede ser jamás bastante acendrado y fino. Y sin embargo, ¿no es verdad que quisiéramos así como entrar en condiciones con El?
   ¿No osamos dictarle restricciones y condiciones implícitas, como si no pudiesen pasar de ciertos límites los sacrificios que quiera exigirnos?
   3.º Otra reflexión que se desprende de la idea de <*10*> nuestras relaciones para con Dios es, que debiéramos tener un horror sumo al pecado, no sólo a las culpas graves, sino a las veniales, y aun a las más leves imperfecciones, que son lunares en la vida cristiana.
   Pero ¿conocemos la índole de este afecto que debemos tener para con Dios? ¿Nos parece acaso exageración lo que sobre este horror leemos en las vidas de los santos? ¿Hemos pedido, siquiera de corazón, que se nos aumente este horror a la culpa? ¿No hay multitud de contrariedades que nos afligen mucho más que la de haber ofendido a Dios? ¿Hemos contemplado de veras en el huerto de los Olivos aquella visión mística de nuestro divino Maestro, pensando allí, como uva en el lagar, por el horror que a su amante Corazón inspiraban los delitos del mundo? Pues hasta que esta detestación del pecado propio y ajeno sea en nosotros más viva de lo que es, no digamos que nuestro espíritu vive la vida sobrenatural, y de que comprendemos nuestras relaciones con Dios.
   4.º Otra consecuencia que hemos de sacar es que no debemos mirar indiferentes el descuido y negligencia de nuestro trato con Dios. Así lo piden su tremenda majestad y la inmensidad de su amor.
   Si en lo tocante a las ordinarias obligaciones de la vida es ya el descuido una falta ruborosa, ¿cuál no será en lo tocante a nuestros deberes para con Dios?
   (Este descuido es una negación práctica de la verdad de la presencia de Dios en todas partes, y lo es más que cuando incurrimos en faltas, por la violencia de nuestras malas pasiones).
   Ahora bien pues: ¿cómo estamos de nuestro celo y diligencia en nuestras prácticas de meditación, <*11*> de oración vocal, de asistir al Santo Sacrificio, de nuestra recepción de sacramentos?
   Y si en cumplir estos deberes propiamente relativos a la vida espiritual andamos flojos, ¿qué serán de aquellas otras obligaciones de nuestro estado, que tanto han de contribuir a nuestra salvación, y que sólo por una gran pureza de intención pueden ser santificadas? ¿Qué diremos del descuido habitual de nuestra lengua, de nuestros sentidos todos, cuyo servicio cuidadoso debemos a Dios?

   He aquí, hermanas mías, las condiciones de nuestro servicio para con Dios, atendidas las relaciones de criador y criatura y demás que nos ligan a El. Deberes y servicios que olvidamos más de lo que podemos presumir, y que comprenderemos, un poco, no más, que entremos dentro de nosotros mismos. Tales son, repito, nuestros deberes en el servicio del Señor. ¿Nos animan estas condiciones?

   ¿Qué hemos de hacer, pues, para lograr servirle con todas estas condiciones? Ya os lo he indicado en un principio. Debemos servirle con espíritu de generosidad y de abnegación. Debemos estar siempre prontos a servirle siempre, en todo y completa generosidad de corazón.
   Y ¿qué es generosidad de corazón? Es la disposoción habitual del alma a cuanto Dios quiere hacer de ella. En primer lugar no se nos pide otra cosa sino que no tratemos a Dios como niños testarudos y taimados. Es el no poner límites ni barreras al amor y abnegación que le debemos, no clavar, digámoslo así, nuestra imaginación en un grado invariable de perfección futura, dándonos por satisfechos para cuando <*12*> hayamos llegado a El; en fin, si en nuestras lecturas, en las pláticas oímos algo sobre los diferentes estados, sobre las diversas fases de la vida espiritual, sobre las prácticas de sólida mortificación, rechacemos todo pensamiento cobarde, y no pensemos que jamás llegaremos allí. No es preciso, pues, por de pronto para emprender el camino de la generosidad, que estemos prontos a éste o a aquel sacrificio, a aquel esfuerzo; sino tan sólo que no tengamos por imposible ningún grado de perfección; sino que estemos dispuestos a recibir las inspiraciones y las gracias actuales, y luego a las otras gracias y sacrificios que vengan, y después a los demás, hasta que Dios nos atraiga tan cerca de sí, que si ahora nos lo mostrase tal vez nos asombraría. Dejarnos, llevar, pues, de la gracia y seguir sus impulsos.
   Y este estado habitual de disposición de voluntad para cuanto Dios quiera hacer y quiera pedirnos, debemos renovarlo con frecuencia, y no ha de ser esta renovación como un acto pasajero, como un mero instinto de corazón amante, sino que ha de ser consecuencia de una persuasión, de la convicción, de la obligación que tenemos de servir a Dios; de lo contrario, a la primera ocasión y faltando el fervor del corazón, caeríamos y no corresponderíamos a la gracia. Conviene meditar que militamos en las banderas del Evangelio, y el Evangelio es una escuela divina de padecimientos, de mortificación, de sacrificio, de amor ferviente, de celo, de abnegación, es la religión de la cruz y de un Dios crucificado a quien <*13*> debemos seguir.
   Por más que a la naturaleza humana repugne, hay que profesar en el fondo de nuestro corazón, y como verdad de nuestra religión, el desasimiento, la renunciación de nosotros mismos, y esto perpetua y continua[mente], no sólo para alcanzar la perfección, sino simplemente para seguir a Jesucristo.

Gratitud


Escritos I.º, vol. 11, doc. 11 , pág. 1






   Necesidad de gratitud. Moisés. Los judíos.
   Beneficio de la vocación religiosa.
   Trasladaos a los primeros días...
   Bienes corporales.
   Bienes espirituales: Elección de Dios. Todos hemos sido criados para un fin.
   Grandeza del destino: Tribu escogida. Propiciatorio. Lámparas del Santuario. Cuidado del Sacerdocio. Aprecio de todos. En fin, pues, que...
   Ahora bien: ¿qué obligaciones os impone?
   1.º Para con Dios: Amor, gratitud. Quid retribuam...
   2.º Para con el prójimo, oraciones.
   3.º.

Caridad con el prójimo


Escritos I.º, vol. 11, doc. 12, págs. 1-4






   Lo Apostol S. Pau, carisims germans, en la epistola de avuy dirixis les siguiens reflexions als fidels de la Galacia. Hermanos: no sigueseu ambiciosos de vana gloria, desacreditanvos, teninvos enveixa mutuamen. Si algu ha tingut la desgracia de caure en algun pecat, vatros que sou gen espiritual, tracteulo en esprit de dulzura y mansedumbre, y guardeus, no siga cosa que caigueseu vatros en la mateixa tentació. Procureu portá la cárrega los uns dels altres y aixi cumplireu la Lley de Jesucrist perque si algu se figura que es alguna cosa, com a que no es res se engaña a si mateis. Que se axamine cada u a si mateis y no se gloriará sino en lo que es en si, pues cada u te la seua cárrega que portá.

   No vos engañeu, lo que sembra el home alló cullirá, lo que sembra en la carn, collirá en la carn, lo que sembra en lo esprit, del esprit collirá la vida eterna: Fem be sense cansarmos, que si no mos cansem ya trobarem la collita a son temps.

   Estes paraules, carisims germans, l'Apostol S.Pau dirixis als fidels de Galacia están plenes de reflexions mol a proposit pera los cristians dels nostres dies.

   Ay! y cuan diferen es la conducta de la major part dels cristians de estos consells del Apostol! Qui es lo que trata en caritat y mansedumbre los defectes del nostre proxim. Apenes se comet alguna falta, apenes se veu algun defecte verdadé o aparen, apenes se ha sabut <*2*> alguna miseria en veritat o en mentira, cada un procura donali tota [?] los uns perque poseits de enveixa no saben mes que desacreditá als demes; los altres perque sels ha fet un habit, y que son los que tenen mes defectes, y no saben mes que abultá los pecats dels demes; a eixa clase perteneixen aquells que tenen una afició gran a sabé faltes dels altres, dels superiors, dels eclesiástics, de toda clase, no per esprit de caritat y de compasió; perque los que tenen verdadera caritat, lo que fan es callarse y encaminarlos a Deu; sino que com eixos tals están carregats de vicis, y els remordix la conciencia, y...

   Altres yan en fi [que] parlen de les faltes y miseries en que ha caigut alguna persona, com si u fesen per compasió, com si u fesen perque tenen llástima de aquella; ay! y moltes vagades no es per llástima, no; es per eixa especie de satisfacción natural que tenim de no caure en aquella desgracia, de no pareixermos que tenim aquells defectes, per la mateixa inclinació natural que tenim a murmurá.
   Estos, pues, y tots los demes deuen tindre sempre a la vista les paraules del Apostol: Mireu que no caigueu vatros en la mateixa tentació. Sí, germans, cuántes faltes el Señor permet a la vista dels homens en castic del nostre orgull. Cuántes vegades permet el que mos murmurin a natros sense se veritat en castic de les nostres mateixes murmuracions!

   Ademes, germans, qué seriem natros si el Señor mos dixés de la seua ma bondadosa! En cuántes faltes delits y pecats cauriem si la gracia del Señor mos abandonés. Ah! me atemoriso al pensari. Al veure los enemics capitals que mos rodexen, lo mon, lo diable, la carn; al veure que tenim les nostres pasions tan vives, al considerá que este cor miserable mos arrastra <*3*> continuamen al pecat; al considerá que estem mes inclinats al mal que al be pel pecat dels nostres primes pares, que tenim una afició mes natural al interés, als vicis, al plaer, a desahogarmos en ira, que no a mortificarmos, que etc... al veure en fi obstacles y tropesos que ya en lo cami de la virtut, me pareis que no caiguesem a cada pas.
   Este mateis Apóstol S. Pau que va se arrebatat en vida hasta el cel, que tenia el don de fe miracles, que habia sigut elegit pera vas de elecció; eixe Apostol exclamaba: Me veix obligat a castigá lo meu cos, a viure en centinela en mi mateis, no siga cosa que el Señor me abandone y me condene.

   S. Francisco de Sales.
   Aixó dien estos grans sans, tan creguts estaben de lo poc que eren.
   Ah! Si natros tinguerem la humildad de ells, en cuánta caritat y compasió parlariem dels defectes del nostre proxim. En cuánta vigilancia y cuidado aniriem en natros mateixos, sobre tot cuán facilmen també portariem la cárrega los uns dels altres, com mana el Apostol, sufrinmos mutuamen, tenin paciencia en les creus y penes. Y de esta manera se evitarien tants de rencors y de maldicions com se senten tots los dies; de esta manera se evitarien tantes disputes y disensions entre persones de les mateixes cases, y families que [?] publicamen tots los dies en escandol dels demes.
   Ay, germans, y cuan se falta en aixó y per no examinarse cada un a si mateis, y per no volé portá cada un [un] poquet de cárrega sobre los defectes dels altres, com <*4*> si natros ni tinguesem prou defectes, com si los altres no tinguesen res que sufri de natros. Pues tenim ben present que tan pares com fills, marits com mulles, a vegades los que mes se queixen (los que tenen mes poca paciencia) son los que mortifiquen y fan pati mes als demes, y quizá sense coneixeu. Yaurán marits que malaixen la seua sort respecte de la seua mulle y moltes vegades no pensen que quizás los defectes y lo seu mal viure ha sigut la causa de aixó.
   Yan.

   En fi, carisims germans, lo Apostol mos aconsella a fer be constantement. Lo que l'home sembra alló cullirá. Feu be sense cansarvos y cullireu lo fruit al seu temps.
   Estes paraules deuen animá la nostra esperanza. Deu mos [ha] concedit los dies de la nostra vida pera treballar, la nostra anima es com un camp que haven de cultivá y del cual ham de doná conte a nostre Siñó. Desgraciats de natros si permitim que en este camp creixque la zizaña y les males herbes, perque de eixa manera en lo dia de les cuentes no aprofitará mes que pera lo foc; al contrari si vivim en la vigilancia, tenin cuidado de ana arrancan les rails de vicis y males inclinacions, sense cansarmos may, después recullirem lo fruit abundan de la gloria y de la vida eterna com diu lo Apostol.
   Tenim pues que devem.

Celo


Escritos I.º, vol. 11, doc. 13, págs. 1-2






   Prescindo, hermanos míos, de probaros el deseo que es menester tener del bien de la salvación propia del hombre, porque [es] criatura privilegiada, puesto que la razón lo concibe sin esfuerzo, y nos lo ha dado a conocer Dios mismo por boca de su Hijo, que es su Verbo consubstancial, y su razón increada. (Este deseo pasó desde la eternidad del seno del Padre al del Hijo, germen divino que ha producido la Encarnación; y todo el Evangelio no es sino la expresión de esta voluntad escrita en todas sus páginas). Los suspiros que exhalaba Jesús silenciosamente en su retiro de Nazaret, las lágrimas que brotaron de sus ojos en tantas ocasiones, las fatigas para conducir al redil las ovejas extraviadas de la casa de Israel, ¿qué son sino la expresión más sincera del bien y de la salvación de los hombres?

   Prescindo también de hablaros de la razón principal que naturalmente se ofrece de la ineficacia del cumplimiento de este deseo de Dios; esto es, de la libertad, o más bien rebeldía del hombre. Porque si Dios quiere la salvación de todos, no la quiere con una voluntad absoluta y de tal suerte eficaz, que no quiera subordinarla en su ejecución a la libre cooperación de la criatura. Si de otra manera quisiera nuestra salvación, obraría El solo sin aguardar nuestras oraciones, ni nuestro consentimiento.

   Por esto, dice S. Agustín: Dios quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, pero esta voluntad por sincera y formal que sea, no destruye el libre albedrío de aquéllos a quienes procura salvar. Todos tendrán medios de salvación, pero no todos se aprovecharán de ellos. Es verdad que para el mayor número de los hombres (sobre todo para los que están apartados de las regiones de la fe) es imposible descubrir los misteriosos caminos por los cuales ha llegado hasta ellos la divina misericordia. Unicamente en el orden de las revelaciones sabemos el secreto de las luchas interiores de la gracia, y lo que ha trabajado Dios en las almas, aun de aquéllos que parecen más abandonados por El. <*2*>

   Todo esto es cierto, hermanos míos; todo esto es verdad. Pero ay! ¿No es verdad que esta solución, aunque verdadera, rigurosamente hablando, parece no dejar completamente satisfechos los instintos de nuestra fe? ¿No es verdad que el corazón cristiano se siente tristemente afectado (por el espectáculo de las numerosas víctimas de la ignorancia, del error y de la corrupción), y que no puede menos que preguntarse, a pesar de todo esto, cómo han podido los deseos del Hijo de Dios expirando en la Cruz, quedar hasta el día de hoy tan imperfectamente satisfechos?
   Pues bien: el Apóstol S. Pablo nos da otra razón, nos da la llave para resolver este problema misterioso, y nos manifiesta más claramente por qué no se realizan los designios de Dios en muchas almas, y no se salvan puesto que nos significa que el cumplimiento de su misericordiosísima voluntad no depende tan sólo de la libre cooperación de las almas a quienes quiere salvar, sino también del celo, de las oraciones, de los esfuerzos de los buenos, de los que se hallan ya en camino de salvación, y a los cuales invita Dios a que conduzcan a sus hermanos. Y porque ha faltado y falta esta condición, no se cumplen los deseos de Dios en la salvación del mundo.

   Idea luminosa, hermanos míos, y que al mismo tiempo que nos da una explicación del deplorable estado del mundo, nos debe llenar de un santo temor. Permitidme, hermanos míos, algunas sencillas consideraciones para haceros ver que si no se salvan muchas almas es porque quieren que se salven por medio de las otras, y éstas corresponden.

   Una mirada que demos al orden establecido por Dios en toda clase de seres, será bastante para persuadirnos de esta verdad.

   Mirad el orden físico. Dios aunque es la causa primera y universal de cuanto se hace en el mundo, de tal modo que ni un átomo podría moverse si no recibiera de El la existencia, sin embargo hace descansar este orden natural en la mutua acción que unos cuerpos ejercen sobre los otros, de modo que apenas alcanzamos a descubrir en ellos el menor rastro de la acción del dedo del Criador. Por todas partes vemos cuerpos que mueven otros cuerpos. Ora es el sol que atrae a la tierra, ora la tierra que atrae a su vez los cuerpos que pueblan su superficie; ya es el agua que alimenta las plantas; ya las plantas que sirven de alimento al hombre; ya, en fin, la luz que ilumina, el fuego que calienta. De esta manera Dios que es el que realmente alimenta y da vida, lo hace todo, y sin embargo nada hace por Sí solo. Su acción que bastaría por sí sola para extenderse de un extremo a otro, aguarda para comunicarse y producirse el concurso de las criaturas.

Escritos I.º, vol. 11, doc. 14, pág. 1






   ¿Cómo hemos de hacerlo? Queriendo
   Porque ¿cuál es la causa de que no se salven tantos?
   1.º.- Porque quieren y no tratan de salvarse. Otros tratan... Claret - tomo 45.

   -----------

   Trabajar siempre en la juventud - tomo 69

   -----------

   Aunque difícil, por qué no hacerlo - Jesucristo, los Santos - nosotros [?] tomo 78.

   -----------

   Pero es más feliz el que sirve a Dios - Vos me habéis seguido - tomo 89

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   Santa Magdalena de Pacis
   S. Francisco Javier.

Escritos I.º, vol. 11, doc. 15, págs. 1-2






   población que por sus divisiones y por los centros que hay abiertos, conviene el círculo de obreros? Pues debemos mirarlo con interés.
   Que en una población un centro de instrucción se hiciese indispensable porque la enseñanza oficial que allí se da es peligrosa? Pues a apoyar ese centro. Que la juventud está disipadísima y conviene un lazo cristiano que la una, con pretexto de división u otro medio? Pues no mirarlo con indiferencia y como a cosa de niños. ¡Ah! que estos niños jovencitos, luego son los que han de formar la familia y la sociedad y los destinos. ¿Sabéis qué sucedió en aquel célebre consejo de los sabios de Grecia? - ¿Manzana?
   En fin, estáis dispuestos a apoyar toda organización en favor de cualquier propaganda. Qué no puede hacer la organización?. Dadme 12 hombres de celo.
   ¿Queréis que quede desterrada la blasfemia de S. Mateo? Pues dadme 12 hombres de celo. Estos verían de comprometer a los de posición a que no diesen trabajo. A los mismos amos.
   Habría resistencias, murmuraciones, calumnias; se gastaría el nombre, se creería otro fin, pero éstos con constancia, pues, no habían de conseguirlo? Si poblaciones ha habido de un hombre solo <*2*> [que] con su prestigio - autoridad y mando lo ha conseguido. Y como esto cualquier otra cosa.
   Aparte de esto - en particular ¿cuántos actos de celo: una [?] Moribundos - Blasfemia - [?] Y ¿cómo? Las obras buenas tienen sus contradicciones - el demonio trabaja. Y que uno lo hace -[?] ? Y si esto compete a todos - hay algunos que deben hacer algo más. Iniciativas. ¡Ay! tal vez alguno de vosotros le inspire - Que no se arredre. Dirán. ----------- Yo quisiera poderos poner ante vuestra vista el ejemplo de Cristo - Discreto - constante.
   Con que, hermanos míos, en nombre de Cristo os nombro desde hoy celadores - 1.º Ejemplo 2.º Rogaremos 3.º Propaganda [?] y celo.
   Hoy podéis hacer más que nosotros. El sacerdote no es escuchado. - Si podéis hacer tanto bien! Persignaros al ir al trabajo. - Quitaos la gorra.

Escritos I.º, vol. 11, doc. 16, págs. 1-4






   Ya los habéis visto, hermanos míos. El Señor que había venido a ser salvador de las almas, que sabía lo que vale un alma, el aprecio que [tiene] delante de Dios, que no dudó enviar a su Hijo al mundo a sacrificarse por ellos, este Hijo, este Jesús, estaba contemplando que al [?] a través de los siglos estaban en peligro de condenación, y conmovido su Corazón anhela llegara el momento de su sacrificio, para prodigarles su sangre, y ya que el Padre había determinado prorrogar este momento, se anticipa a ofrecerle las primicias de ella, para empezar a aplacar su justicia y empezar el oficio de Salvador para con estas almas que le han sido encomendadas.
   Tal era este deseo, hermanos míos, tal era el aprecio que nuestras almas le merecían al Señor, que un Santo Padre no ha dudado en asegurar que si no hubiese sido completa la redención, que si sus méritos no hubiesen alcanzado a pagar por todos, y le hubiese quedado una tan sola por redimir, bajaría otra vez del cielo a la tierra a pasar los tormentos y dolores que padeció, si era necesario, a trueque de salvar esta sola alma.

   Ahora bien, pues: la redención está completa por parte de Jesús pero el Señor que todo lo dispone en orden, ha querido que nosotros concurriésemos a la aplicación de estos méritos, a la salvación de estas almas; Dios [nos] ha vinculado como instrumentos de la gracia, como causas secundarias. A unos ha destinado Dios para que [sean] Apóstoles de su nombre <*2*>, vayan a dar a conocer esta redención a aquellos sentados en las tinieblas y en la sombra de la muerte.
   A otros los destina el Señor para que sus oraciones sirvan de conducto a esta gracia del Señor; a otros, en fin, los... Dios para que administradores de sus bienes que Dios concede, bien conocimientos, salud, para que, como administradores de estos bienes, sacrifiquen sus bienes, sus conocimientos, sus facultades, su salud, para contribuir a la consecución del fin que el Señor se propuso al venir al mundo, esto es, a la salvación de las almas. Desgraciados si nosotros, hermanos míos, no correspondemos a los sacrificios que el Señor nos exija en favor de nuestros hermanos!
   ¿Y será posible, hermanos míos, que penetrados, como debemos estar, del amor de Jesús hacia las almas, esquivemos nuestros sacrificios en favor de ellas?
   Oh! los Santos que se habían formado en esta escuela del Corazón de Jesús, no dudaban sacrificar hasta su propia alma por el bien de sus semejantes.
   Ya sabéis el fervor de S. Ignacio, el cual decía, que si Dios le diera a escoger: de ir al cielo inmediatamente o quedarse, con la esperanza de ganar algunas almas, pero sin asegurarle el cielo, se expondría gustosamente, dejaría esta bienaventuranza segura por la esperanza.

   Lo que tal vez hayáis oído [es] el ofrecimiento que le hacía el P. Lapuente, el cual inflamado por el amor de las almas le decía a Dios: Señor, si para salvar las almas es preciso que yo pase por las penas del infierno, yo consiento en ello, sea sin pecado. Ofrecimiento asombroso, que debía confundir nuestra indiferencia.

   Así hablan los Santos, hermanos míos, y así hablaríamos nosotros si estuviésemos penetrados del inmenso amor que arde en el Corazón de Jesucristo en favor de las almas.

   Pues a la salvación de estas almas, a que se logre en ellas la redención, se dirige precisamente la obra de la <*3*> Sta. Infancia. No excusemos pues nuestro óbolo, nuestras oraciones, nuestros conocimientos y cuanto esté de nuestra parte para impulsar éstas y cuantas otras asociaciones se presenten bajo este carácter piadoso y sublime.

   Pero si este ejemplo de amor de Jesucristo no nos animara, tenemos otros motivos que deben movernos, que deben animar a esta santa Asociación: éste es la gratitud. Trasladémonos por un momento y con la imaginación a aquellos desgraciados países, y contemplemos cuántos miles de almas expuestas a perder la bienaventuranza del cielo y la vida, en los momentos mismos de recibirla.

   Ahora, si el Señor hubiese querido permitir que [nuestros] nacimientos [hubieran tenido lugar] en medio de aquellos pueblos, estaríamos expuestos a la misma suerte. Y sin embargo, el Señor en su bondad inagotable nos ha escogido para que naciéramos en el regazo de la Sta. Iglesia, que fuéramos regenerados por el Bautismo y estuviéramos libres por medio de la fe, de la superstición de aquellos pueblos... ¿No debe producir esto una impresión de gratitud en favor de aquellos infelices, procurando hacerles participantes de este bien, que, sin merecerlo, el Señor nos ha concedido?
   Aún más: nuestro propio interés debía obligarnos a mirar por el bien de nuestros hermanos! Ya sabéis aquellas notables palabras de [la] Escritura: Animam... ¿Has salvado un alma? casi tienes asegurada la tuya. ¿Cómo es posible, hermanos míos, que el Señor deje de escuchar las oraciones de tantas almas que al cielo se dirigen al Señor en favor de esta Obra, que le ha valido a ellas la salvación[?] Y quién sabe, hermanos míos, si el Señor tiene vinculada nues-<*4*> tra salvación, a la salvación de algunos de nuestros prójimos, que el Señor quiere salvar por nuestro medio? Y ¿qué cuenta tendremos que dar a Dios, [si] alguno dejara de conseguir esta salvación por nuestra inercia, por nuestra indiferencia!
   Animémonos, pues, a no dejar de acudir... hoy sobre todo, hermanos míos, es cuando debemos más que nunca animarnos a ofrecer sacrificios en favor de aquellos infelices infieles. Los adelantos modernos nos han abierto caminos fáciles de comunicación con ellos. En otros tiempos no hubiéramos podido ofrecerles más que nuestra compasión y nuestras oraciones; pero hoy podemos ofrecerles algo más, tenemos más medios de poderlos consolar y contribuir a su felicidad y a su salvación; y ya que hoy también, merced a los adelantos del ingenio humano, se levantan asociaciones para proteger la industria, las ciencias y las artes, y no se repara en inconvenientes, y no se escasean los sacrificios, asociémonos también para... y si no podemos nada, sacrifiquemos nuestra salud, nuestro trabajo, nuestros conocimientos, nuestros intereses, nuestras facultades, para que el Señor sea amado, para que la redención y la gracia se verifique en nuestras almas cuanto nos sea posible. A ello nos mueve el amor que un Dios Niño nos manifiesta por el bien de estas almas; a ello nos obliga también nuestra gratitud, nuestro propio interés, y sobre todo la necesidad que tenemos de aprovecharnos [de] todos los momentos y los bienes de esta vida, para granjearnos una feliz eternidad. Proteger y estudiar la verdadera civilización cristiana, sin la cual todo es nada en la presencia de Dios, y ningún provecho para la eternidad.
   Y Vos, Divino Niño, inflamad nuestros corazones en el amor en [que] Vos os abrasáis para con las almas; haced que el fruto de vuestra redención se derrame copiosamente hasta los confines de la tierra, para que, no formando más que un solo rebaño, podamos bajo vuestra guía, reunirnos en la eternidad de la gloria.

Piedad


Escritos I.º, vol. 11, doc. 17, pág. 1






   que va dirigido a Aquél a quien se deben sobre toda otra criatura, amor, gloria y alabanza.

   Ya ves, pues, que la piedad no es un sistema de ejercicios, ni una distribución de prácticas. Al contrario, la piedad es una cosa más elevada y más interior que estas obras. Una vez posesionada de nuestra alma, goza ésta de una libertad sin límites; ella es la fuerza que produce cierta clase de actos exteriores, cuyo valor y heroísmo desconocen o miran con indiferencia las gentes superficiales; ella es el perfume que se desprende constantemente de nuestra alma para embalsamar todo nuestro ser, y para comunicar a nuestras acciones, por indiferentes que sean, un encanto tan difícil de definir, como imposible de imitar. Es, en fin, el sentimiento dulce de nuestro deber para con Dios que influye sobre todas las prácticas de nuestra vida.

Santificación


Escritos I.º, vol. 11, doc. 18, págs. 1-9






   Tantum habent...
   Celebra la Iglesia... B. 2
   
Ave María
   
Exordio del tomo 1.º de B

   Estas palabras del Apóstol S. Pablo, no hacen sino repetir las que el divino Maestro pronunciaba para alentar a sus seguidores en aquel sermón del monte, cuyas palabras expone hoy la Iglesia en el evangelio de este día. El divino Salvador que sabía que no había otro medio para lograr el cielo, sino el camino de la humillación y del sacrificio, que deseaba que sus seguidores no aspirasen a otra gloria, procuró... Beati...
   Y a esta voz cariñosa y atractiva, a esta invitación de Jesús, miles de esforzados espíritus y de almas generosas se resolvieron a abrazar todas esas espinas, todos esos trabajos...
   Y he aquí, hermanos míos, que tras de aquella breve lucha, están descansando ya en el regazo de Dios, en el reino de la eternidad, y ostentan sus trofeos alcanzados durante su tránsito sobre la tierra, y baten las palmas de triunfo ante Dios y el Cordero, a quienes siguieron impávidas y generosas.
   Oh! quién pudiera aspirar a su grandeza! Oh! <*2*> quién [pudiera] arrebatar algunas de esas palmas de santidad alcanzadas por esos héroes, cuya gloria hoy admiramos! Al contemplarlos en medio de nuestra pequeñez, al leer sus acciones magnánimas, al penetrar con nuestra consideración el brillo de [su] grandeza, nos parece que asistimos a un espectáculo de seres de diferente especie que la nuestra, al ver los gigantes de la gracia nos parece que no puede ser que hayan pasado por los mismos caminos del espíritu que nosotros, nos contentamos, en fin, con una estéril admiración, como si no hubiéramos sido llamados a sus combates y a sus coronas, contentándonos con forjarnos una santidad inferior y acomodaticia que nos permita nada más que penetrar en ese recinto que ellos habitan y ser admiradores allí de la grandeza que nos dice la fe se hallan revestidos.
   Sin embargo, hermanos míos, ello es una verdad, por más que sea humillante para nosotros, y nos llene de temor, ello es cierto que esos héroes que admiramos, han sufrido las mismas peleas, han tenido la misma gracia, y debemos aspirar al mismo premio, y esto por obligación, por un deber que no podemos eludir, sobre todo los que además del mandato de Dios nos hemos ofrecido voluntariamente al seguimiento perfecto de Jesús.
   Para excitarnos, pues , a cumplir nuestro destino, meditemos estas verdades que os acabo de indicar.
   Tenemos las mismas luchas que ellos, he dicho.
   Cuántas veces hermanos míos, al mirar la debilidad de nuestro corazón, la miseria de nuestras pasiones, la vileza de nuestra imaginación, excusamos con ellas nues-<*3*> tras tibiezas, nuestras faltas de cumplimiento a nuestros propósitos...
   Sin embargo, hermanos míos, ya lo sabéis: el mismo enemigo que ahora nos tienta y trata de arrebatarnos la gracia y la santidad era el que a ellos atormentaba. No los hubiera encontrado el Señor dignos de sí, [si] no los hubiese probado en el horno de las tribulaciones del enemigo. El mundo y el príncipe del mundo presentaba a su imaginación con los colores más vivos, el atractivo de todos los placeres, y levantaba tempestades en su corazón, y agitaba los humores de sus pasiones para arrancarles un consentimiento, y cuando apoyados en el fuerte báculo de la gracia, resistían con la humildad de su espíritu, el odio del enemigo los convertía en víctimas de sufrimientos; pero ellos huyendo las ocasiones y sosteniendo los impetuosos combates que como oleadas del [mar] se sucedían sin cesar, vicerunt regna, vencieron los reinos, haciéndose dueños de sus pasiones, et adepti, y alcanzaron las recompensas prometidas a los que pelean varonilmente [(Heb. 11,33)].
   2.º Y no creáis tampoco que destinados para [la] santidad, los hubiese preparado con un temperamento superior, con una fuerza natural proporcionada a la lucha a que estaban llamados, porque, aunque spiritus promptus est [(Mt. 26, 41)], la carne tenía las condiciones de su origen; y el dolor y el cansancio y el placer y las amarguras y la pereza y el [?] formaban, como en nosotros, la cadena de su existencia. Oíd al paciente Job: Este hombre...
   Sin embargo, cuando en aquellas misteriosas [palabras] que <*4*> le dirigía a sus amigos que le reprendían, exclamaba: Non fortitudo lapidum fortitudo mea [(Job 6,12)].
   Y esto mismo precisamente nos están diciendo con dulce sonrisa esos seres bienaventurados cuyas grandezas hoy pregonamos. Non fortitudo... ----------
   Pero si para dominar las ocasiones de mi curiosidad, era preciso la abstracción de todas las criaturas.
   Si para ejercitarnos en la humildad era preciso rodear nuestro corazón de la corona de espinas de una continua meditación, a ella apelábamos.
   Si la costumbre rutinaria entorpecía... el examen continuo nos volvía a poner otra vez sobre nosotros mismos.
   Si para tranquilizarnos en las persecusiones, era preciso acudir a la fuente de la consideración de su voluntad, a ella acudíamos.
   El mismo virus circulaba por sus venas.
   Si para evitar las exhalaciones de nuestro débil corazón era preciso apelar a un severo silencio, él era la montaña que nos guarnecía.
   Y sobre todo, hermanos míos, que estas almas santas no sólo supieron arrebatar esa gloria de la santidad con iguales condiciones que nosotros, sino que muchas de ellas en condiciones más desventajosas. Repasad la galería de santos que la Iglesia nos ofrece.
   Y veréis allí soldados. Ejemplo.
   Y contemplaréis mujeres casadas... Taigi... V. Cristina...
   Y las de mejor posición son las que ocupaban vuestro estado. Ya sabéis los miles de esos héroes que leyeron lo mismo que vosotras leéis.
   Y muchas de ellas en los mismos oficios [que] ocupáis.
   Cuántas en el mismo lugar que habitáis! <*5*>.
   Quos colimus imitemur. Imitemos lo que estamos venerando en este día; al señalarnos el Señor el tiempo y el lugar de nuestra santificación, grabemos en nuestro corazón la misma forma, y superemos nuestra índole con buenas inclinaciones, y hagamos las cosas comunes no de un modo ordinario, porque los santos no agradaron a Dios porque hicieron cosas maravillosas o muchas, sino porque lo hicieron todo bien.
   2.º Pero me diréis tal vez, y es la segunda excusa, que sin quererlo nosotros solemos introducir habitualmente en nuestra flojedad, y es la idea de que tuvieron gracia diferente y la cual no nos concede el Señor indistintamente a todos.
   Ah! hermanos. Es verdad que Dios a cada uno marca un grado de santidad.
   Pero a todos indistintamente llama a la santidad, sobre todo a aquéllos que se la han prometido con voto; la cuestión es, pues, de grados; es cuestión de más o menos, y ya sabéis que el más o menos...
   Y como , por otra parte, no sabemos cuáles son esos grados de santidad que el Señor exige de nosotros, resulta que debemos tener los mismos deseos, las mismas aspiraciones, los mismos senti-<*6*> mientos de que ellos estaban poseídos, debemos estar nosotros penetrados, y por lo tanto aspirar a los mismos combates y a las mismas luchas.
   Sí, hermanas mías, los mismos impedimentos de santificación tenían ellos, así como también iguales socorros, la misma fe que nosotros poseemos, la misma gracia que a nosotros nos socorre.
   Y sino mirad: A ellos se les leía... Cuando Jesús refería en su... Cuando...
   Y este mismo Jesús, cuando al pronunciar con su boca divina aquellas palabras, lo hacía con intención y veía en su mente a las almas a quienes quería dirigirlas, y quería que todas se las apropiasen y las hiciesen suyas.
   La misma fe, pues, tenían; con la diferencia de que illi fideles habiti sunt in testimonio Dei... [(Sal 77,37)]
   Y nosotros no tenemos esa fidelidad a su palabra; ellos in lege Dei meditabantur. [(Sal. 1, 2)]
   Y nosotros seguimos las sabidurías, la viveza de nuestras pasiones y... que no está [nuestra] sagacidad sujeta a la ley de Dios.
   Esta semilla de la fe, de la palabra de Dios escuchada en los libros santos, en las lecturas, en las predicaciones... caía en ellos in terram bonam, y por esto daba centuplicado fruto; y en nosotros cae secus viam, cerca el camino, esto es , como si no se dijera para nosotros; y ay! tal vez supra petram, sobre la dureza de nuestra conciencia <*7*> que acostumbrada ya a estas repetidas verdades, no permite fructifique, et na tum aruit, y queda árida esta fe que el Señor nos ha comunicado para obrar mediante ella nuestra santificación [(Lc. 8, 4-8)].
   (La misma gracia) Unus est Pater omnium. El mismo es el padre de todos y que da a todos, no sólo lo suficiente, sed affluenter, sino con afluencia y abundancia [(Sant.1,5)]. Ecce non est abbreviata manus Domini... [(Is. 59, 1)].
   Unicuique nostrorum data est gratia haec.
   Y esta gracia que cae como rocío sobre nuestras almas, que nos vivifica, es la misma gracia que alimentaba a ellos, y si la tuvieron mayor que nosotros, nosotros la podemos conseguir por la humildad y con la fuerza de la oración.
   Semejante al sol
   La misma eficacia tenía la oración de ellos que la nuestra, puesto que estaba apoyada en los mismos [méritos] de Jesucristo; los mismos instrumentos de la gracia, la misma eficacia de sacramentos; pero con la diferencia de que ellos satagebant, eran solícitos en alcanzar, aumentar, conservar, cooperar a esta gracia y por medio de la gracia adelantar en la virtud. Inspice, pues, et fac secundum exemplar [(Ex. 25, 40)].
   Y seamos como estos seres cuya memoria celebramos estos días, qui adepti sunt repromissiones [(Heb. 11, 33)]; esté nuestro ánimo pronto, pronto a todas las inspiraciones de la gracia, y grabemos en nuestro corazón el deseo de ser agradables a Dios en todo <*8*> fructificando en todas nuestras acciones, como dice S. Pablo, que nos han llamado a ser numerados en la suerte de los santos.
   Y si estas razones no bastaran a avergonzarnos y a hacernos [ver] la facilidad de la consecución de este reino de la santidad, si estos medios no parecieran eficaces, que nos lo haga deseable la idea de la recompensa que lleva en sí la tendencia constante a la consecución de la perfecta unión con Dios en todas las cosas.
   No os hablo ya de aquella recompensa magna nimis [(Gn. 15,1)] que el Señor nos tiene ofrecida: gloriamur in spe [(Rom. 5,2)].
   Y que es la misma que ahora están disfrutando los santos donde libres de mal alguno, y llenos de todo bien, pero bien inmenso, donde una libertad santa, una paz firme, un descanso seguro, una compañía agradable, una claridad perpetua, una salud indefectiva, nos acompañará para siempre; y cuya recompensa será después del brevísimo tiempo de nuestra fugitiva existencia. No: aun en esta vida el Señor ya concede a las almas fieles la recompensa de su fidelidad, aun en medio de los combates a que las sujeta.
   (Qué diferencia entre los que viven en pecado y en gracia).
   No hablo aún de la diferente felicidad que tiene el alma justa del alma pecadora, aun en este mundo; porque ya sabéis que para quien está en pecado mortal, no hay verdadera felicidad [?] de las almas [?] de aquéllas que se arrastran por el camino de la tibieza.
   Seguridad. ¿No es verdad, hermanas mías, que muchas veces al rigor de una tribulación, al peligro de una enfermedad, ante la lectura de un santo, tenemos como tedio de nosotros mismos, sentimos una vanidad en nuestro corazón; necesitamos de una cosa que nos falta para hacernos felices, y entonces echamos de menos no ser más buenos, y para poderlo adquirir sacrificaríamos <*9*> gustosos todo cuanto pudiéramos tener? ¿Y qué nos costaría ser entonces constantes en aquellos deseos, traerlos a la memoria con eficaces propósitos, renovarlos todos los días, y de este modo ir fabricando en nuestros corazones el deseo constante y sincero de santidad, que, como ya sabéis, es ya la santidad misma, si es constante y sincero he dicho? Arranquemos, pues , a nuestro corazón este propósito constante y sincero, que con esta sinceridad bien podéis ya presentaros ante la presencia de Dios; y si allí nos encontramos convencidos y satisfechos de que se lo decimos de corazón, nuestra conciencia que es fiel si obramos con claridad, Dios que no engaña, nos dará la seguridad, y con esta seguridad tendremos la paz y la felicidad de nuestras almas, en medio de las espinas a que nos sujetará nuestra debilidad y nuestras imperfecciones.
   No dejemos de ofrecer en el día de hoy, no nos acostemos, sin exhalar este acto de protestación ante Dios, de obrar en todo según su voluntad santísima, y de grabar fuertemente en nuestra alma el deseo de la santidad y de la perfección; de agradar a Dios en todo, en nuestras palabras, en nuestras obediencias, en nuestros ejercicios, y cueste lo que costare, y aunque hayamos de arrostrar nuestros respetos humanos, y aunque hayamos de acuchillar nuestro corazón, y aunque tengamos que desprendernos de las cosas más inocentes y lícitas que nos estorbaren, y... De este modo lograremos algún día, y pronto, la recompensa que Dios... Amén.

Escritos I.º, vol. 11, doc. 19, pág. 1

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   Pero me diréis tal vez: todo esto es más bien para comprenderlo que para practicarlo: toda esta pintura del alma fiel, es para producir en nosotras un deseo vago de devoción, que no es un deseo eficaz de emprenderlo, porque ¿qué hemos de hacer nosotros, débiles en nuestros propósitos?
   Comprendo, hermanos míos, lo justo de vuestra observación y lo difícil de esta tarea. Encerrada nuestra alma en la cárcel de nuestro cuerpo, teniendo que arrostrar continuamente esta pesada carga de la cual se quejaba tanto S. Pablo; llevando como llevamos la gracia en vasos de barro quebradizo, cañas movedizas y veleidosas, como somos, corazones miserables que se agostan y secan al menor viento de la disipación, ¿qué hemos de hacer, pobres de nosotros?
   Sin embargo, hermanos míos, y a pesar de ello no nos es imposible; la gracia de Dios es muy poderosa. Recordemos que el reino de Dios quiere violencia, y sólo el que se la hace lo arrebata; que nuestra vida es una milicia continuada sobre la tierra; recordemos que aún no estamos en la tierra de promisión, sino en la peregrinación del desierto, y por consiguiente semejantes a los israelitas, no debemos tener descanso, pero no debemos desmayar.
   ¿No recordáis cuántas almas antes que nosotros han trabajado por adquirir el don de Dios?
   Prescindo de...

Escritos I.º, vol. 11, doc. 20, págs. 1-4






   Ser Santos.

   Deber de ser santos.
   Estote perfecti - Matt. [5,48]
   Patientes ut sitis integri in nullo deficientes [(Sant. 1,4)]
   Y no sólo de voluntad sino de entendimiento.
   Algunos creen que la perfección es sólo para ciertos estados - y se engañan.
   Los estados en sí son unos más perfectos que otros y exigen ciertas circunstancias.
   Pero cada uno debe tender a la semejanza de Cristo en su estado.
   Y es un error tan general que nadie piensa en esta obligación. El demonio trabaja para que no se comprenda.
   Más aún: el demonio hace que el mundo se burle de los que intentan la perfección en medio de su estado, y por lo tanto los nombres de Beatos, santurrones - las máximas mundanas.
   Es sabido que en todas [las] cosas hay extremos, y no pueden evitarse.
   Pero el mundo se aprovecha de estos extremos, para obscurecer la verdad de la obligación.
   Y con todo esto, existe: - Ser santos <*2*>.
   Y a ese mundo se le debe preguntar qué se entiende por perfección. - Si por perfección se entiende el estado religioso, el abandono de todo - tiene razón; no estamos obligados - sólo Dios lo reserva para las almas privilegiadas a las cuales llama para El.
   Mas si se entienden los otros consejos, y sobre todo preceptos en materias fáciles que Dios ha dispuesto, v.g. (Scarameli) se engañan.
   Pero ¿qué? ¿A quiénes hablaban S. Pablo, Santiago y Jesucristo? No había estados.
   El Padre Regun dice que peca gravemente el cristiano que no quiere atender a su propia santificación.
   Mas otros no se atreven.
   Con todo es causa de pecados mortales y no se salvarán.
   El arco ha de tirar más alto.
   Puede uno con el precepto puramente, los consejos.
   El fuego sin calor se apaga, - la nieve. <*3*>
   Viveza de las pasiones (Scarameli pag. 60).
   Comienza una vanidad - un afecto.
   Ejemplos de Moisés - surrexerunt ludere [(Ex. 32,6)].
   No aflojar.
   La perfección no tiene límites.
   Qui justus est justificetur adhuc [(Ap 22,11)].
   Tene quod habes [(Ap. 3,11)].
   Quare defecisti?
   Además - si sólo los enemigos que tenemos nos indican la necesidad de la perfección - de ir hacia adelante siempre.
   Semejantes
   Mundo. - Demonio. - Carne.
   Medios. - Desearla. - Nunc coepi [(Sal 76,11)]. Esto que nos falta. Una sola cosa. S. Pablo. <*4*>.
   Medios. - Poco a poco.
   Una confesión y mil. Sta. Angela.
   Los ejemplos. - S. Carlos Borromeo.
   Libros - S. Ignacio.
   Sermones. - S. Nicolás de Tolentino.
   Mariscotti.
   San [?] de Castillo.

Escritos I.º, vol. 11, doc. 21, pág. 1






   Os hablé de la necesidad de la santidad, pero santidad verdadera.

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   Voy a hablaros qué podemos, y cómo.
   Qué podemos. Al dar una mirada a esos seres, nos parece... Y sin embargo, tenemos las mismas luchas, los mismos medios, aspiramos a la misma corona.

   ------------

   Las mismas luchas. Supongo que no seréis de aquéllos que tienen por santidad los milagros...
   Los santos tenían sus imaginaciones y combates. Job.
   Ni diferentes [en] estado.
   Ni diferentes medios. La fe... el Evangelio, Sacramentos.

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   Aspiraban a la misma santidad. Un talento, dos, diez.
   Appensus es in statera [(Dn. 5, 27)].

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   Cómo: Prescindo de los varios medios; pero uno por hoy: hacer todo bien.

Escritos I.º, vol. 11, doc. 22, págs. 1-2






   ¿Cuáles fueron los medios con que ellos se santificaron? La fe, la palabra divina de Jesús, la gracia, los sacramentos. La fe que a ellos animaba es la misma que a nosotros nos alimenta. Las mismas verdades resonaron en sus oídos, y aprendieron desde la infancia, lo que a nosotros nos han enseñado.
   La misma doctrina de Jesús; las mismas palabras con que este amante Corazón invita a las almas en su seguimiento eran las que ellos leían y meditaban en su Evangelio; y las mismas que leemos y ahora estamos nosotros meditando.
   Este mismo Jesús cuando al pronunciar con su boca divina aquellas palabras durante los días de su vida mortal, no lo hacía precisamente para las almas de su tiempo que fueron muy reducidas, sino que lo hacía con la intención, y veía en su mente a las almas a quienes quería dirigirlas a través de los siglos, y quería que todas se las apropiasen e hiciesen suyas.
   La misma fe, pues tenían ellas.
   Cuando San Antonio Abad pasaba por delante...
   Las mismas lecturas, los mismos pasajes...
   Tales eran los medios con que se santificaron. No, no creáis que Dios les hablase a su corazón por otros medios, que a nosotros nos está hablando ahora. No: no enviaba Angeles que les adoctrinaran en las verdades superiores y de un modo extraordinario; sino que eran las mismas voces de la gracia que silenciosamente les hablaba al corazón, ya con las lecturas, ya en las meditaciones asiduas, ya en los remordimientos, ya en la palabra divina, ya en las verdades y pasajes de su Evangelio, ya, en fin, por los mismos medios que están a nuestra disposición y que nos ofrece a nosotros. <*2*>
   Además de que hay consejo para [?] si no correspondemos a este deseo que el Señor tiene de mantenernos unidos a El con este acto sincero y constante de nuestro corazón, además de esta inseguridad e intranquilidad, desperdiciaremos las gracias que abundantes nos ofrece, y nos ocasionaría grandes remordimientos.
   Porque mirad, y concluyo: El Señor ha marcado a cada uno de nosotros su destino; tiene designios particulares sobre cada una de nuestras almas; cada uno de nosotros tiene una misión u otra que cumplir, muchas veces no sólo para nuestras almas, sino también para los demás.
   Pues bien: estos designios, este grado de gracia que cada uno tiene marcado, esta santidad a que cada uno nos quiere, está relacionada con el uso que nosotros hagamos de todas las inspiraciones y gracias que continuamente nos envía. Y si por pereza, por falta de voluntad las dejamos pasar, descuidamos este deseo constante de santidad, no sólo no llegaremos a cumplir la misión que el Señor nos confía, los amorosos designios que sobre nosotros tiene, y por lo tanto trastornaremos los planes de Dios sobre nosotros, sino que también seremos responsables de todas las gracias, y tal vez recibamos el castigo. De aquí es, hijas mías, que si Dios nos destina para ser por ejemplo, para cuatro, y no atendemos a nuestra santificación, despreciamos sus inspiraciones, no sólo no llegaremos a estos cuatro, sino que tal [vez] en castigo, Dios nos retire su mano y no lleguemos a ninguno, y los perdamos todos. Por eso siempre debemos tener alto nuestro deseo de santificación, y tanto como podamos. Oh! y cuántos remordimientos, y cuántos apretamientos de corazón nos tocará pasar en la hora de la muerte si nos mantenemos en la flojedad, en la desidia, en la pereza de no querer animar a nuestro corazón, y ponerlo bien dispuesto en la presencia de Dios, de ser tan buenos y tan santos como podamos, y mantenernos firmes en El.
   Feliz el alma que lo posee! Dichosa el alma que no tiene por norma más que el cumplimiento de la voluntad en ella; que no desea más que su contentamiento, que no desea más que su gloria, que no vive en otra atmósfera más que la de agradarle! Feliz, repito, porque en medio de todas las tribulaciones y angustias de la vida, disfruta [?] que no son comparables...

Escritos I.º, vol. 11, doc. 23, págs. 1-4






   Perfección.

   Estote perfecti. - ¿Quién lo dice? Jesucristo.
   ¿A quién lo dice? - A todos.
   Todo en la naturaleza - El grano - El hombre en el cuerpo.
   ¿En qué consiste? En el amor de Dios y del prójimo.
   De Dios - que es nuestro fin. - Finis Christus.
   El amor del prójimo. - Ejemplo de Jeudía y un soldado. - S. Ambrosio.
   ¿Cómo llegaremos a la perfección? Con las virtudes y consejos evangélicos, instrumentaliter.
   Renuncia los bienes - porque así le arranca el corazón de las cosas - [?] - Los deleites porque así se dispone el afecto al amor puro de Dios.
   La obediencia - no en sí pues de otro modo los soldados, esclavos, etc., sino porque <*2*> depende su querer del querer de Dios.
   Es, pues, accidental e instrumental. - Todas éstas sin el amor de Dios y del prójimo no sirven.
   Ejemplo de Nicéforo y Sapucio, que no perdonó y apostató en el acto del martirio.
   Pero aunque accidental es el medio de la Providencia. - Si un literato arrojase la pluma, libros, - un labrador... Los artistas. El escultor - sus imágenes. Ejemplo del Señor desde...
   Tres grados.
   Ejemplo del crucifijo del Novicio P. Rivadeneira.
   Pero, ¿es necesaria? Sí: 1.º Con deseos - Ejemplo de aquel joven y su madre - Fue llevado en espíritu al infierno. Cada uno en su estado - Los monjes - casados - jóvenes. <*3*> Sino, no sólo no serán perfectos, pero no se salvarán.
   Ejemplo: Saúl. Gerson dice que es imposible que un cristiano observe sólo los preceptos, y sin [?] , sacramentos, etc. que se salve. Visión del B. Suson.
   Qui pauca spernit, paulatim decidet[(Eclo. 19,1)]. Una doncella esposa. Un joven a hablar de los defectos. A escuchar una gracia. Al respeto humano. A la conversación. Al café.
   Ejemplo de Moisés y el Pueblo.
   1.º Ocio. 2.º Alegre canción. 3.º Embriaguez. 4.º Baile. 5.º Idolatría. <*4*> ¡ Ay del que afloje ! Amenazas en (el) Apocalipsis.
   San Panfucio.
   ¿Cómo lo haremos? Meditación. - El sacerdote de la cárcel de Castilla.
   Pensar los pecados pasados y un golpe de gracia. Angela de Foligno. S. Carlos Borromeo. S. Ignacio. S. Francisco de Borja. Mariscotí. Sancha Carrillo.
   ¡Ay de los tibios! Expresión. - S. Teodoro Stilita.

Conversión


Escritos I.º, vol. 11, doc. 24, págs. 1-3






   El primer motivo que debe inducirnos a convertirnos de veras al [Señor], hermanos míos, y cuanto antes, es porque nuestra conversión es el asunto más importante de la vida, puesto que sin él no podemos conseguir nuestra salvación.
   Ya sabéis, hermanos míos, que no hemos nacido para este mundo; ya sabéis que Dios nos ha criado para conocerle, amarlo y servirlo en esta vida, para después tener la dicha [de] verlo y gozar de su vista por toda una eternidad.
   Es verdad, hermanos míos, que todos y cada uno hemos de trabajar, hemos... ya para ganar nuestra subsistencia, ya [para] sostener y alimentar la familia; pero estos trabajos, estas fatigas son efecto del pecado original, no son más que medios ordenados por la divina Providencia para sobrellevar la necesidad de nuestra existencia sobre la tierra.
   El fin principal, el único que tenemos es el de salvar nuestra alma.
   Mirad, hermanos míos: después de haber creado Dios todas las cosas, después de haber criado el cielo con sus astros, la tierra con todas sus producciones, el mar... se reunieron las tres divinas Personas, como en consejo, y dijeron: Hagamos al hombre... hagamos el alma del hombre... y Dios sacó de su boca, de su corazón, digámoslo así, el alma del hombre.
   De modo que al considerar esto el gran Tertuliano, decía: Mira, hombre, a todo un Dios ocupado en criar y enriquecer tu alma, a fin de que aprendas del mismo Dios el cuidado que de ella debes tener, <*2*> cómo te debes ocupar en salvarla.
   Por esto el Apóstol S. Pablo nos exhorta diciéndonos: Hermanos míos: Os ruego, os suplico por las entrañas de Jesucristo que procuréis cuidar de vuestro negocio, que es el procurar salvar vuestra alma.
   Sí, hermanos míos, éste es el único negocio, ya que para esto somos criados; no para adquirir riquezas, no para trabajar y atesorar, no para diversiones; éstas son cosas del mundo y para el mundo, no para el hombre cristiano; éstas son cosas que pueden ocupar al hombre, pero no le pueden llenar; estas cosas tendrán al mundano ocupado y embobado mientras viva. <*3*>
   Ahora bien, pues, hermanos míos. Si hemos nacido únicamente para salvar nuestra alma, ¿qué es lo que hacemos? ¿Por qué no nos convertimos cuanto antes? ¿Por qué pasan muchos días, y días expuestos a perder esta alma para siempre?
   ¿Qué es el tiempo? Qué es la vida?
   ¿Qué es lo que puede retardar nuestra conversión? Acaso...
   Antíoco, Judas, Saúl, el Diluvio.
   ¿Qué debemos hacer, pues, hermanos míos? Ay! convertirnos cuanto antes, hacer una buena y santa confesión, apartándonos de los peligros y ocasiones de ofenderle, vivir alerta en estado de gracia, no sea que nos sorprenda la muerte en pecado, y nos condenemos para siempre.
   Tal vez sea la última cuaresma que el Señor permita para convertirnos. ¡Cuántos quizás de los que están aquí reunidos, el año que viene se encontrarán en la eternidad! ¡Cuántos, tal vez, moriremos sin poder recibir los Santos Sacramentos!
   Y ¿viviremos tranquilos? Y ¿no nos convertiremos pronto, en seguida, cuanto antes, al Señor? ¿Retardaremos ni un solo día nuestra conversión?

Escritos I.º, vol. 11, doc. 25, págs. 1-2






   Conversión y muerte edificante.

   
Buen ejemplo.

   Un miembro de la Academia francesa, Mr. de Toqueville; estaba tísico; enfermedad que casi siempre conserva el conocimiento hasta el último instante. Era deísta y vivía como tal; el sacerdote fue rechazado de su presencia; una Hermana de la Caridad fue a servirle, y resolvió no hablarle de Religión, pues de seguro no hubiera sido escuchada, pero queriendo hacer algo con su ejemplo, de su parte, en vez de salir por la mañana y por la tarde para ir a la Iglesia, resolvió quedarse en casa, y hacer sus devociones en el mismo cuarto del enfermo; puso manos a la obra, y desde la primera noche se arrodilló en una esquina. El enfermo observó el movimiento, y nada dijo, pero se conmovió al ver un acto tan sencillo de la buena hermana. Pasaron algunos días, y la enfermedad creciendo, y el enfermo seguía obstinado. Por fin , una mañana dirigiéndose a la Hermana, le dijo: «Hermana, tal vez tendréis la costumbre de rezar en alta voz». No, dijo la piadosa doncella; mas si vos gustáis, rezaré en alta voz. Y arrodi-<*2*> llándose junto a la cabecera del enfermo, empieza a decir el Padre nuestro y el Ave María.
   Fue tanto lo que se conmovió el enfermo, al ver este espectáculo, que empezó a llorar, y lloró con una alegría y dulzura, que ni él mismo sabía explicar; lloró, y aquella misma [mañana] empezó a rezar, cosa que no había hecho tal vez, desde que lo hizo estando sentado sobre las rodillas de su madre; lloró abundantemente, pero con una alegría y dulzura que él nunca había gustado; lloró y fue vencido, o mejor dicho, fue vencedor.
   Poco después él mismo llamó al sacerdote, a quien antes había despedido, se confesó humildemente de sus pecados, y algunos días después murió en los brazos de un sacerdote y de la Hermana, que jamás le abandonó. Laus Deo.
   Ejemplos.
   S. Francisco de Borja y el P. Bustamante viajaban juntos, y éste que padecía de asma arrojaba flemas en el rostro de S. Francisco (Rodríguez).

Escritos I.º, vol. 11, doc. 26, págs. 1-4






   Pues bien, alma mía, pon toda tu confianza en mí, y haré esto mismo contigo; entrégame tu corazón, y yo te perdonaré, y te haré feliz.
   ¿No sabes, alma, que yo no quiero otra cosa sino que te salves? ¿No sabes que lo que te he destinado es la gloria?
   ¿Quién me hizo bajar del cielo, y tomar carne en las entrañas de mi Madre, María, sino el deseo que tenía de que te libraras del infierno y fueras feliz para siempre? ¿Quién me obligó a recibir muerte y pasión, sino el deseo que tenía de pagar por tus pecados, y para que tuvieras un medio continuo de satisfacer <*2*> a la justicia de mi Padre celestial? ¿Por qué instituí los Sacramentos, sino para que fuesen como fuentes, donde pudieras lavar tus culpas, y pudieras reconciliarte conmigo? Pues bien: alma mía, aprovéchate de mis beneficios, aprovéchate de mis amores.
   Yo te he permitido, alma, que comulgaras para darte valor contra todas las acechanzas del enemigo; yo he venido a ti en la Sma. Comunión para darte consuelo y gracia para que puedas sufrir con fortaleza las penas que he querido enviarte. <*3*>.
   No desprecies, pues, mis gracias; no desprecies mis inspiraciones. Ahora todavía tienes tiempo; quizás pronto venga la hora en que habrás de comparecer delante de mí, como juez, y entonces no te será dado ni un momento para pagar las dudas. Ahora todavía puedes. No me niegues, pues, alma, el tiempo largo o breve que te concedo, y conságrame todos los momentos de tu existencia. Procura corresponder a mi amor.
   Ya sabes cuán poco te pido: es decir, un sentimiento grande de haberme ofendido y abandonado tantas veces; un propósito firme de amarme los días <*4*> que te queden de vida, y finalmente en pago de los agravios que me has hecho, el que sufras con toda la paciencia posible esta enfermedad que te aflige, y estos dolores que padeces.
   Esto sólo te pido, alma mía, hazlo en memoria de los dolores de mi pasión; que si haces esto, que si me invocas y me amas, yo te consolaré, yo te ayudaré, y en el momento de tu muerte vendré a visitarte para llevarte a gozar de mi presencia por toda la eternidad.

Dolor de los pecados


Escritos I.º, vol. 11, doc. 27, págs. 1-4






   J. M. J.

   
Del Dolor de los pecados.

   Explicades en tota la brevetat posible les dos primeres condicions necesaries pera rebre debidamen el Sacramen de la Penitencia, com son el examen de la conciencia procuran repasá de un en un els Manamens de la Lley de Deu, de la santa Iglesia y les obligacions del nostre estat en molt cuydado; y explicada la segona, que es la confesió, o el acte de manifestá tota la nostra conciencia, y el estat de la nostra ánima sense faltá res, devem entrá ya a explicá la 3.º condició que es el doló dels pecats y proposit, que es lo més dificil de fer y lo més necesari y sobre lo cual ya quizás menos instrucció.
   Dolor de los pecats, no es altra cosa que un sentimen per mig del cual el pecadós reconeixen la gravetat de les ofenses que han fet contra Deu, se mouen a detestarles en la amargura del seu cor.
   Dos son los fundamens o motius que mos impelixen a tindre dolor y detestamen del pecat: que son el pensá la injuria y el agravi que se fa a la bondad y misericordia de Deu, que mos ha colmat de tants beneficis, y el pensá en segón lloc, el castic que la justicia divina aguera pogut fer de nosatros y lo perill en que mos posem de una desgracia eterna si continuem en los pecats; y estos dos motius formen o constituixen les dos clases de dolor que se designen en los noms de dolor de contrició y dolor de atrició; es de di que el un lo cause la idea de la bondad y misericordia de Deu; y el altre lo motiva la idea del temor y de les penes temporal y eternes que mos se esperen. Ejemplo. El primé de estos dos dolós que es com em dit el tindre sentimen de haber ofés a Deu unicamen per ser tan bondadós es el mes perfecte, el mes util y el mes agradable a Deu nostre Señor; de tal modo que si en la hora de la mort, o en cualsevol altra ocasió, puguesem fer un acte de contrició y un proposit de que procurarem confesarmos en podé, en aquell acte sol, el Señor mos concederia la gracia y la reconciliació. La Magdalena. Pero este doló, este acte de contrició, com es una cosa tan perfecta, y per lo tan dificil de practicá, no mos obliga a ferla cuan mos anem a confesá, encara que seria milló el ferlo; pero el altra clase de doló, es de di el sentimen de haber ofés a Deu, motivat del temor de les penes que mos aguarden, si no mos arrepentim y fem penitencia, y cumplim les obligacions que Deu mos <*2*> imposa, este si que mos es absolutamen necesari, pera alcanzá el perdó y la gracia del Señor.
   Y en veritat, germans, el home pera consegui el perdó es necesari que fasi tot lo contrari de lo que practica cuan se pega voluntariamen a la culpa. Lo primé que el home fa, lo prime que busca en el pecat es la satisfacció, el orgull, la vanitat, el satisfé lo que el cor y la voluntat desitxen; pera restaurá pues la perdua de la gracia es necesari també que el cor y la voluntat sentiguen alló que els repugna que es el sentimen, la tristesa y el dolor; lo primé mal que el home practica al revelarse contra Deu es la injuria a un Pare que ha consagrat el seu amor, al seu Criador que la colmat de beneficis, a un Salvador que ha baixat del cel a redimirlo y per lo tan es necesari pera recobrá la dignitat de fill de Deu, que se humille, que reconegue les seues miseries y que propose resarcirles per mix del dolor y de la penitencia.
   En fin es necesari que el que pecadó per mix del arrepentimen, la humillació, torne a Deu la gloria que li ha llevat per los seus extravíos y per lo etc.
   Devem pues, germans, al atansarmos al tribunal de la penitencia excitarmos en actes fervorosos de dolor y arrepentimen; pero un dolor y un arrepentimen formal, actes practics de la voluntat que mos obligue a detestar el pecat, no volén haberlo comés may; un arrepentimen universal que se extengui no sols a les faltes que tenim presens, sino també a aquelles que no mos recordem; un arrepentimen en fi absolut y eficaz, que estiga poseit de una voluntat sincera, de apartarmos de alli en avan de les ocasions que mos han portat altres vegades la ruina, y de pendre tots los mixos que siguen conveniens pera de allí en avan cumplí els preceptes del Señor y les obligacions del nostre estat.
   Este es el dolor verdadé, este es el arrepentimen necesari si volem tindre la dicha y la felicitat de unirmos al Señor.
   Ah! Si procurasem aná en esta disposició a recibí el Sacramen de la Confesió, qué poques vegades tornariem al cami de les nostres inclinacions y de les nostres iniquitats!
   Y sin embargo en qué consistix, pues, que mos encontrem en tan poca enmienda de una confesió al altra? Com es que cayem sempre en les mateixes costums, en la societat y en les families?
   Ah! la raó es perque no se pensa, ni se medita, ni se te dolor, ni proposit. Si cuan anem [a] rebre el Sacramen de la Confesió, mos posem a considerá atentamen, y a fer el examen de la nostra conciencia y a indagá les causes que mos porten a la perdició, caminariem en mes cuidado y en mes temó pera no torná a caure en el pecat. <*3*>
   Pero com no fem be el examen de la conciencia, com no indaguem tots los racons del nostre cor com debiem, no mos acudix res, y com no mos acudix res, al atansarmos al tribunal de la Penitencia no sabem de que acusarmos, y per lo [tan] tampoc no trobem res que mos moga a sentimen y a dolor davan de Deu, y com esta falta de coneixemen y de doló es culpable, perque prové de no haber tingut prou cuydado en el examen de les nostres obligacions y en encomanarmos a Deu y en mouremos a dolor, resulta que encara que mos atansem a rebre el Sacramen de la Penitencia, el Señor no mos perdonará ni mos concedirá la gracia.
   Mols creuen, y es un error lamentable, que con tal que se vaiga alli y se confesen y estiguen disposats a rebre tota la penitencia que sels impose, ya se ha cumplit y que ya queden en la concencia tranquila. Pues al revés: encara que faltés tot lo demés, encara que no se haigués pogut fe tot el examen, encara que mos se olvidés alguna cosa, si se anava en un arrepentimen y proposit regular supliria tot lo demés. Encara mes, si se anava en verdadé dolor y proposit moltes vegades no seria necesari posá gens de penitencia; y si alguna vegada els Confesós donen mes penitencia o retarden la absolució en tot lo sentimen del seu cor, no es no per les faltes que haiguen comés, perque encara que tinguesen mes que N. totes les cubriria la gracia del sacramen, sino que es perque no ya verdadé dolor ni proposit, perque se veu que dins de poc tornará a caure en les mateixes culpes, perque no ya voluntat verdadera de apartarse y de posá els mixos.
   Devem pues, germans, si volem alcanzá la gracia y amistad del Señor, recollirmos después de fet el examen y pensá: Señor yo hai comés tantes faltes y pecats contra Deu, y si el Señor no me haguera contingut encara ne aguera comés moltes mes; per cuansevol de estes, de estos pecats, Deu haguera pogut en tota justicia privarme eternamen de la gloria y destinarme a <*4*> [?] Perque Ell mateix mos te dit que en el acte del pecat mos [?] no tenim un momen segur, y que no som dueños de nosatros mateixos; y sin embargo Ell me ha conservat la vida hasta ara; y me permitix que me atanse al Sacramen de la Confesió, señal pues que encara vol que me salve, señal que vol perdonarme y que dispose pera cuan me vulligue demaná.
   Per altra part unicamen pel nostre interes per la nostra utilitat per lo nostre be va dexa el trono de la gloria, y va humillarse y va sufri una mort ignominiosa, y va dexarmos el Sacraments pel mix dels cuals mos salva; y será posible que despreciem tanto amor, que no me aprofite de estos mixos que la seua amorosa Providencia mos ha deixat?
   Y será posible que este cor que Ell ma ha donat unicamen pera amarlo, este del cual me demanará conte y que tantes ofenses li ha fet, será posible que no loi consagre tot enter procurán no ofendrel mes los dies que me queden de vida?
   Ah! Si procuresem meditá en estes veritats antes de atansarmos a rebre el Sacramen de la Penitencia, despues de un verdadé examen, com mos costarie mol poc el concebí horror y detestació, y per consiguien mos seria mol facil el tindre la disposició necesaria pera rebre este Sacrament? Ejemplos.
   No me estenc mes per no molestá la vostra atenció, sols sí que devem tindre mol present que tot lo que practiquesem en este sacramen si es sense doló y sense proposit es inutil y de res mos aprofita.
   Procurem pues exercitarmos en actes ben fervorosos de dolor dels pecats y en un proposit firme antes de confesarmos y sobre tot en el momen inmediat ans de rebre la absolució; y de eixe modo es com alcanzarem el verdadé perdó y conseguirem la reconciliació en la justicia divina y el Señor obrirá els ulls de la nostra ánima com al cego de naiximen; podrem atansarmos aixi en la conciencia tranquila a rebre al Señor en la sagrada Comunió, per mix de la cual Ell mos concedirá consol, virtud, pau y gracia, prenda de la gloria. Amén.

Penitencia


Escritos I.º, vol.11, doc. 28, págs. 1-10






   Mis hermanas en el Señor: En el domingo próximo pasado meditamos la mirada penetrante de Dios en el momento supremo, y decisivo de nuestro juicio, en el que revelará a nosotros mismos nuestra conciencia y la cadena de nuestro pasado.

   Hoy la 2.º Dominica, ¿qué hemos de hacer? Ah! Oigamos al penitente Juan allá, en [lo] riguroso de aquel desierto, clamar con aquella voz potente y autorizada...
   Llenos de un santo temor, pensemos también que aut <*2*> poenitere aut ardere. O penitencia, o sufrir las fatales consecuencias del juicio. Una de las dos podemos escoger: las dos no podemos recusarlas. Deliberemos, pues, y elijamos lo que queramos; ante nosotros la vida y la muerte; lo que queramos, esto se nos dará: tenemos en nuestro poder la facultad de elegir, nos apremia la necesidad de escoger. Y para fijarnos mejor y con más orden, en esta interesante idea, pensemos: 1.º Que no hay vida sin quebranto, no hay... sin perdón; no hay perdón sin arrepenti- miento; y aún podríamos añadir, no hay verdadero arrepentimiento si no ve- mos la enmienda.
   No hay vida sin algún quebranto del alma. ¿Quién es el que puede decir, dice el Sabio, Prov. 20,9, limpio está mi corazón y estoy limpio de pecado?
   No es preciso, hermanas mías, que nosotros pensemos en defendernos, como el fariseo del Evangelio, protestando nuestras virtudes ante Dios; ya podemos decir con el publicano sin temor de exagerarlo: Domine...
   Sí, hermanas mías, testigo de ello es Dios, testigos nosotros mismos, testigos los demás que nos rodean, y... ya sabéis que en boca de dos o tres testigos stat omne verbum [ Dt. 19,15)].
   Testigo Dios, he dicho. Testigo Dios de que soy pecador e ingrato ante El.
   Dominus de coelo prospexit... El Señor miró sobre los hijos de los hombres desde lo alto, ut videat... et corrupti sunt..., y se corrompieron en sus deseos y cuidados, et omnes declinaverunt [(Sal. 13)].
   De tal modo contemplaba David esta aberración del corazón humano, que en el exceso de su fervor se veía obligado a exclamar: non est qui faciat bonum... [(Sal. 52,4)] Ni uno hay, Señor, que practique el bien... Todos pecaron, dice S. Pablo, y necesitan de la gloria de Dios. Sí, Dios mío, decía Isaías, Omnes quasi oves errávimus, todos hemos errado cual ovejas desdichadas [(Is. 53,6)].
   Me sorprendo, hermanas mías, al oír exclamar al candoroso y tierno Evangelista, S. Juan, Si dixerimus quoniam peccatun non habemus, ipsi nos seducimus... Si dijéramos que no tenemos pecado, nosotros mismos nos engañamos, et veritas in vobis non est, y no hay <*3*> verdad en nosotros. Y si dijéramos que no hemos pecado, continúa, medacem facimus Deum [(I Jn. 1,10)].
   Y por lo tanto, hermanas mías, oráculos son de la verdad, testimonios del mismo Dios.
   Y no quedan excusados de estas afirmaciones los que constituidos en dignidad y elevados al Santuario, tribu escogida del Señor, están más cerca de El, y están destinados a vivir bajo sus alas: no nos libra esto de las amenazas de Dios. Ya en la antigua ley se veía Dios obligado por los Profetas, por Isaías, Ezequiel y demás a quejarse contra la tribu escogida, a quien El había dejado sin bienes y sin posesión, para que Dios sólo fuera su porción y su tesoro, y a la que había prometido su cariño y protección especial.
   Aun en la ley de gracia, al venir el Hijo del hombre al mundo, cuántos encontró de los que debían ser suyos y dedicarse a la santidad, a quienes tener que reprender con severidad, a los que llamaba sepulcros blanqueados, de virtud exterior en la apariencia, y llenos de corrupción en el fondo.
   Llama a los apóstoles, a su porción escogida, forma su predilecta grey, y ellos ante la voz atractiva del Divino maestro, lo dejan todo, y no piensan sino en seguirle hasta la muerte. ¡Cuántas veces a pesar de vivir al lado del Divino maestro, cerca de aquella casa divina, junto a las influencias saludables de su divino corazón, se ve obligado a darles manifestaciones de su disgusto, respecto de su conducta! A pesar de su mansedumbre, como para darnos [muestra] de aquellas imperfecciones se ve obligado a exclamar: Usquequo patiar vos? ¡Hasta cuándo tendré que soportaros? [(Mc. 9,18)].
   ¿En cuántas y repetidas ocasiones, tiene que reprenderles su falta de fe y de confianza? ¿Cuántas veces tiene que advertirles las faltas de envidia, de celos unos de otros, de vanidad y ambición, pretendiendo de Jesús los mejores cargos y empleos? Pues, sin embargo, ante esas mismas faltas les decía: Mirad, nisi efficiamini sicut parvuli [(Mt. 18,3)]. Si no os volviéseis con vuestro corazón y con vuestra conducta como los niños, no entraréis en el reino de los cielos. Ah! ¡Cuántas veces <*4*> al mirarnos el Señor había podido enviarnos y decirnos iguales expresiones! ¡Quién podrá comprender las veces que hemos sufrido quebrantos en nuestra alma!
   Sí, Dios, hermanas mías, nos dice: somos pecadores, y no tenemos otro remedio que el perdón.
   Pero ¿qué necesidad tenemos, hermanas mías, de convencernos de nuestras deudas, que Dios nos diga la debilidad de nuestro corazón, si basta entrar dentro de nosotros mismos y bajar al fondo de nuestra conciencia, y ella que es fiel, y no calla, por más que rehusemos escucharla con el ruido de nuestros malos hábitos e inclinaciones y con los pretextos de nuestro...?
   Y sino, hermana mía, si te preguntara ¿estás contenta de tu corazón? ¿Estás satisfecha de ti misma? Ay! Examina a tu corazón y te pasmarás de ti misma, al considerar sus veleidades, los miasmas que despide de liviandades, ligerezas, mutaciones, cambios. ¿Qué te dirá tu corazón si con fidelidad le preguntas? Y te dirá el egoísmo y apego de sí mismo, y te manifestará tu pereza y esquivez en la virtud, tus negligencias en las devociones y actos de piedad, y las distracciones de él en la oración; y te está clamando que la relajación de tu conducta es contraria a la severidad de las reglas del Evangelio; y te está advirtiendo que los propósitos de él continúan sin enmienda. Todo esto y mucho más que tu conciencia te dirá que eres muy deudora delante de Dios! ¿No te señala los quebrantos de tu alma? Sí, sí: infinitas son las deudas que tienes contraídas para con Dios; no esperes que El te lo diga. <*5*>
   Y aunque realmente llegaras a tener convicción de la exactitud de tu conducta, aunque no tuvieses grandes motivos de arrepentimiento, debías muy bien exclamar con el Apóstol: nihil mihi conscius sum. No tengo nada en la conciencia; sed tamen, non in hoc; sin embargo, no debieras creerte en esto justificado, porque el testimonio de nosotros mismos está expuesto a no ser verdadero [(I Cor.4,4)]. Ay! cuán fácil es que aun en aquello en que no parezca hacer una gran obra, tener habilidad, obrar con prudencia, y humildad y discreción, y no obstante cuántos testimonios tendríamos en contra de nosotros mismos; quizás aun en muchas cosas que no observas de ti misma, pudieran corregirte los superiores que tal vez no hacen por tu misma mala disposición, por ser inútil la corrección; cuánto no podrían redarguir contra ti tus iguales, y sin duda les obligas a decirlo en su interior, al considerar la arrogancia de tus hábitos; tu inmodestia, tu falta de sufrimiento; cuántos otros de tus iguales, ante los cuales sin advertirlo tú misma, haces ostentación de tu vanidad, de tu soberbia, de tu ligereza; cuántas veces sin pensarlo, te se ha encontrado autora de una detracción, de una disensión!
   Cuántos testimonios contra nosotros mismos de las pérdidas de nuestra alma! Cuántas veces hemos excitado el odio y el asco de Dios!
   Pues qué, ¿seremos mejores que los Apóstoles a quienes anunciaba [el Señor] que hiciesen penitencia si querían escapar de la última calamidad? ¿Seremos mejores que aquellos candelabros...? <*6*>
   Cuán [bien] podemos exclamar: Tanquam passiones instructae.
   Ay! de la vida laudable si Dios la pusiera en discusión apartando de ella su misericordia, exclama S. Agustín!
   Pero a qué me extiendo yo tanto en esta idea, cuando podemos exclamar; con mayor propiedad que el profeta: Iniquitatem meam... Señor, si yo conozco perfectamente mi iniquidad... [(Sal. 50,5)].
   De todos modos...
   Pues bien: hermanas mías, si no hay sino faltas, éstas no pueden desquitarse sino con perdón. Pero si bien es verdad, que necesitados de continuo de este remedio, de la conmiseración de Dios, también lo es, para nuestro consuelo, que este perdón le tenemos siempre a la mano, y que no hay ninguna de nuestras infidelidades que no pueda ser perdonada, y que su gravedad ni la multiplicación de ellas, ni la inveterada costumbre, pueden agotar la misericordia de Dios, ni superar el precio de la redención, ni destruir los tesoros de su gracia.
   La divina bondad conoce figmentum nostrum, la materia de que somos formados [(Sal. 102, 14)], mucho más desde que el veneno del pecado original le inficcionó por completo; y por esto el que poseído de una verdadera y constante voluntad de ir satisfaciendo al Señor, de presentarle una continua penitencia, le proporciona medios con que enjugar las continuas miserias de su alma. Quare moriemini, Domus Israel? ¿Porqué quieres morir, casa de Israel? [(Ez. 18,31)] pues que, ¿acaso al pronunciarte mis amenazas es porque tengo la voluntad de tu muerte? Conviértete a mí y yo <*7*> me convertiré a ti. Decía Caín: Señor...
   Mayores son los méritos de Jesús: cuán consoladora es para nosotros la idea...
   Es como un rico...
   Infinitos son los medios que tenemos para atesorarnos estas gracias, que nos blanqueen y purifiquen de nuestras continuas imperfecciones.
   Los ejercicios de piedad. Las ocupaciones manuales. Las contradicciones. Las estaciones del tiempo... y enfermedades. Y no temas el perdón por la costumbre. Potens est Deus...<*8*>
   Además las promesas de Dios.
   Pero ay! hermanas mías, que falta la tercera condición para que nos sea provechoso todo esto, para que podamos adquirir este perdón de tantas y tan continuadas manchas nuestras!
   Así como no hay falta al lado de la cual no podamos tener en seguida el perdón, así tampoco no puede haber perdón, si no hay verdadero arrepentimiento, verdadero espíritu de penitencia, de humillación...
   Ya sabéis lo que es el pecado: es la rebeldía a Dios.
   Y así como...
   El pecado es la transgresión de la ley.
   Siendo, pues, una verdad que somos pecadores, que no somos como aquel que potuit transgredi..., es decir, que no podemos andar por el camino de la inconsciencia... [(Eclo. 31,10)].
   Y ¿qué es la penitencia? Es el sentimiento de nuestros propios [pecados] <*9*>, el llanto del corazón, el deseo constante de reparar los pecados, andando con un santo temor en la presencia de Dios, procurando hacer fructificar todas sus acciones, conduciéndolas a este fin.
   Y ¿cómo estoy yo de penitencia? ¿Tengo este hábito de anonadamiento de mi misma, adquirido al calor de una constante meditación del propio conocimiento?
   ¿Procuro obrar en todo con el fin de no ofender a Dios, y sí sólo de darle gusto en todas las cosas? ¿Procuro hacer mis ocupaciones con el espíritu de penitencia, que todo lo santifica?
   ¿Recibo las cosas de los demás mirando la mano de Dios que todo lo dirige para mi bien?
   ¿Soporto mis males y enfermedades, y las privaciones del tiempo, como instrumentos cariñosos de la justicia de Dios sobre [mí]?.
   ¿Procuro ejercitarme en el dominio de mis sentidos y potencias dominándolas cuanto puedo, sujetando la evagación de nuestra mente, la ligereza de nuestra voluntad, obligándolas a la presencia de Dios, dominándolas a tener oración, no dejándolas correr por objetos peligrosos?
   ¿Miro con negligencia los veniales?
   ¿Qué he de hacer, pues?
   [1.º] Penitentiam age [(Ap. 2,16)]. Un arrepentimiento verdade- ro con confesión verdadera. 2.º Opera prima fac [(Ap. 2,5)]. 3.º Esto fidelis in minimis [(Ap.2,10)]. 4.º Ecce arripio ignotum. <*10*>
   Y no retardes, hermana mía, este acto de tu alma. Ne tardes converte ad Dominum.
   El enemigo de nuestras almas...
   1.º Porque mira, Dominus locutus est: nisi conversi fueritis, gladeum suum vibrabit [(Sal. 7,13)].
   Y no fíes en los días de tu vida...
   Además desperdiciarías tus caudales.
   Es irreparable la pérdida.
   3.º Además de que continuando en tu apatía sin penitencia, aumentas los motivos de que Dios te mire con compasión.
   Y llenas la medida y te vuelves menos a propósito.

Escritos I.º, vol. 11, doc. 29, pág. 1






   Multi sunt vocati.
   Cambio de ornamentos.
   La penitencia por el temor. Parábola.
   1.º Pocos los que se salvan. 2.º Se condenan por su culpa. 3.º Dios nos da gracia.

   1.º No en absoluto. No de todos los cristianos. De los adultos. ¿Cómo? ¿Por qué nos crió Dios?
   Dos caminos: El 1.º cuán pocos! Los ciervos.
   Penitencia. Cuán pocos! San Ambrosio.
   Mirad cuántos se confiesan en Cuaresma.
   Y ¿cuántos enfermos? Ay!

   Pero ¿para qué nos ha hecho Dios? Una estatua.
   Entre todos los condenados, ni uno.
   Infiel. Noste. Protestante.
   Que miren los cristianos. [?]

Escritos I.º, vol. 11, doc. 30, pág. 1






   Satisfacción o Penitencia.

   No basta perdonar el pecado. Además pena temporal.
   Ejemplo: Adán. Israelitas no entrar en la tierra de promisión. David.

   1.º Rehusarlas. Si un confesor impusiera penitencias de cilicios, etc.
   Penitencias de los primeros siglos. No deben olvidarse estas penitencias de la antigua Ley.
   2.º No se cumple. In voto, in actu.
   3.º Cumplirla mal: 1.º Difiriéndolas. 2.º Con negligencia. 3.º Cumpliéndolas en pecado.

   Pero dirá alguno: Yo gano indulgencias.

   Como corolario: Necesidad de la Penitencia.
   O inocencia o penitencia, pues nada manchado entra...
   Ya estamos convencidos, pero lo dilatamos, y ¿por qué?. Tres cosas se necesitan: gracia, voluntad, tiempo.
   El tiempo no está en nuestra mano; ¡ay! ¡quién sabe!
   Gracia: Dios la ofrece ahora; pero después... Faraón.

Mortificación


Escritos I.º, vol. 11, doc. 31, pág. 1-16






   Jesús, María, José.

   Siendo el Adviento, hijas mías, el tiempo destinado a preparar nuestro corazón a la venida del Hijo de Dios, debemos prepararlo con aquellas virtudes, o a lo menos con los deseos de aquellas virtudes que más practicó en [el] misterio de su Nacimiento al mundo, para de esta manera asemejar más nuestro corazón con el suyo, y podernos unir más fácilmente a El.
   Entre las virtudes, pues, que ostentó Jesucristo en el día de su aparición en el mundo, descuellan la mortificación, la humildad, el abatimiento y el amor inmenso en quererse ofrecer víctima para comunicarse a nosotros.
   En la imposibilidad, hijas mías, de recorrer la explanación de todas las virtudes, durante las dominicas presentes, fijémonos en...
   Y siendo, hijas mías, la mortificación, las privaciones, uno de los distintivos de Jesucristo, que le acompañaron durante su vida, y siendo nuestra vida un Calvario, y debiendo copiar en nosotros ese modelo, justo es que discutamos sobre esta materia, para aprovecharnos de ella; dejando para la dominica siguiente el reflexionar sobre la humildad.
   Ya sabéis, hijas mías, que al proponernos en nuestra <*2*> consagración el seguir las huellas de Jesucristo... Ave María.
   Ante todo, hijas mías, observemos en la naturaleza un hecho que nos manifiesta que todas las cosas del universo para llegar a su complemento deben pasar por la mortificación. Si los campos están cubiertos de mieses, el grano ha sufrido una especie de muerte antes de producir.
   El pan que nos alimenta, el vino para nuestros usos, la materia de nuestros vestidos, han sufrido varias preparaciones, y gemido, por decirlo así, bajo las manos de la industria. (Finalmente el universo es un templo y la tierra un grande altar donde la naturaleza entera hace sacrificios a su autor).
   Si de lo que nos rodea pasamos a la consideración del hombre, ¿qué vemos en él sino una cadena de sufrimientos? Buldú. Morti. 458. <*3*>
   Pues bien: si la naturaleza para llegar a su perfección, para vivificar, para ser apta para los usos del hombre a quien está destinada, tiene que pasar por la muerte de la mortificación; el hombre, o más bien el cristiano, y sobre todo el que está consagrado a Dios, debe también practicar la mortificación para hacer vivificar su espíritu, para llegar a su fin, para que sea apto, agradable, sacrificio verdadero a Dios, hermanándose con el sacrificio de Jesucristo.
   Ya sabéis también, hijas mías, que hay dos clases de mortificación: la mortificación exterior, de los sentidos, y la que podemos llamar con el nombre de tal; y la mortificación interior o del espíritu y del corazón. No, no seré extenso en detallaros la mortificación exterior, pues la confusión que naturalmente me causa, lo poco que me he dedicado a ella, tal vez me impida el poder dar muchas instrucciones y consejos prácticos en esta materia.
   No obstante, siguiendo lo que mi razón y mi conciencia me dictan, y guiándome por las reglas trazadas por los santos, me dedicaré a exponerlas brevemente.
   El primero, pues, de los sentidos y el más noble de todos ellos que debemos sacrificar al Señor es el de la vista. Los ojos, hijas mías, esas ventanas del alma, ese pequeño misterio del cuerpo humano, <*4*> al mismo tiempo que es uno de los beneficios de Criador, que nos pone en contacto con las cosas exteriores, que nos sirven tantas veces para elevar nuestro corazón a Dios al contemplar el espectáculo admirable del Universo y la hermosura de la creación en donde se refleja la hermosura y el poder de aquel Dios a quien no nos es dable todavía contemplar; esos ojos, sin embargo, nos sirven de perjuicio, y es uno de los sentidos del cual el Señor quiere algún sacrificio.
   La vista, hijas mías, según la bella comparación de un autor, es como las nubes, que atrayendo a sí los vapores de la tierra, esos mismos vapores al unirse a ellas forman las tempestades; así también en los ojos, al atraer a los objetos exteriores, ¡cuántas tempestades levantan estos objetos en la imaginación y conturban el espíritu!
   Estos objetos, pues, hijas mías, pueden ser malos, peligrosos, innecesarios y lícitos.
   La bondad del Señor, hijas mías, os ha colocado en lugar libre y apartadas de tantos objetos como en el mundo atormentan a las almas, y de los cuales muchas veces es casi imposible deshacerse.
   En cuanto a los objetos algún tanto peligrosos, los cuales muchas veces han venido a herir vuestra alma, a distraerla y a sacarla de vuestro recogimiento, quizás no os podáis muchas veces apartar del todo, pues muchas veces las necesidades de la educación <*5*> os ha impedido prescindir totalmente del mundo. Pero sin embargo, hijas mías, mucho puede hacer y mucho puede cortar el que lleva en su corazón el deseo de un constante sacrificio. Mucho puede hacer el que lleva en su corazón el aborrecimiento del mundo.
   De todos modos, hijas mías, si el deber o la educación os pone en contacto con estos objetos, entonces os diré como el Apóstol San Pablo: Modestia vestra nota sit omnibus hominibus: Vuestra modestia sea conocida y admirada de los hombres [(Flp. 4,5)]. No temáis, hijas mías, pecar en exceso de modestia. Ay! hijas mías, si tuvierais que estar en el siglo, cuántas veces tendríais que aparentar cierto exterior casi profano para evitar ciertos nombres, ciertos compromisos! Pero ahora no; por mucho que hagáis, por extremadamente buenas y modestas que parezcáis, no se extrañará, se considerará tan sólo como un deber, puesto que el mundo os considera como objetos santos, como objetos sagrados; lo contrario se extrañaría, y se extraña tal vez.
   En cuanto a los objetos que no son malos ni peligrosos, pero que no son necesarios ni útiles, debemos también cercenarlos cuanto os sea posible, y así vuestro santo recinto debe ser el horizonte de vuestras miradas sin aspirar a nada más. S. Bernardo. <*6*>
   Finalmente, hijas mías, hasta de las miradas a los objetos lícitos, podríamos recoger muchos frutos para el Señor. Cuántas veces, hijas mías, la privación voluntaria de una mirada a un objeto curioso que nos halaga, sería escrita por el Angel de nuestra guarda con letras de oro en el libro de la vida!; ¡cuán bien vendría quizás una hora, un día determinado, de completa pero [?] modestia!
   Pero sí: objetos hay a quienes podemos dirigir nuestra vista y con frecuencia: tiernas y constantes miradas a las llagas de Jesús crucificado, como que debe ser el imán de nuestros ojos y el cuadro que debemos copiar en nuestro corazón.
   Nuestros ojos que están destinados a contemplar la Humanidad de Jesucristo por toda una eternidad sin hastío y sin cansancio, justo es que aprendamos a solazarnos con él.
   Tiernas y ávidas [miradas] hacia ese cielo donde tenemos nuestra patria querida; el ejemplo de San Felipe Neri que decía: el cielo y la tierra, etc.
   Del oído podíamos hacer la misma distinción de objetos que de la vista, con la única diferencia de que respecto a este sentido pueden haber aun en la Religión cosas en sí malas que pueden perjudicarle. Una murmuración, un chisme, una relación inconveniente de ciertas personas del mundo o de los asuntos de nuestras propias familias, pueden lastimar fácilmente los oídos y disipar el espíritu.
   Pues bien, hijas, en cuanto a éstas un reconcentramiento completo y pronto sobre vosotras mismas, y en cuanto a aquéllas un silencio represivo debe [ser] el medio que debéis practicar para evitar la falta de mortificación en vuestros oídos.
   En cuanto a las cosas no malas, pero necesarias, si son de vuestro recinto, tened toda la feliz ignorancia que podáis y vuestro corazón estará mucho más tranquilo. <*7*>
   Si son de cosas de fuera, no seáis ávidas en saber los acontecimientos del mundo; tan sólo aquellos acontecimientos que puedan serviros o para admirar la Providencia de Dios, o que sirvan para moveros a repetir vuestras oraciones en favor del mundo y de las necesidades de vuestros prójimos, del Estado y de la Iglesia. Para ello, puede servirnos de ejemplo la vida retirada de la Sagrada Familia en Nazaret, de la cual la vuestra debe ser un reflejo. Grandes acontecimientos se verificaban en el mundo...

   Sin embargo, Jesús, María y José no se cuidan de esto; unidos en santo recogimiento, entregados a la contemplación y a la presencia de Dios, viven indiferentes a todas estas agitaciones, no deseando sino la voluntad de Dios.
   Otro de los miembros de nuestro cuerpo cuyo sacrificio debemos hacer a Dios, es la lengua, por medio de la mortificación de las palabras.
   Pero ay! hijas mías, es tan vasto este asunto, que él solo podría ocupar una plática y bien larga, y así, no me entretendré en ella. Ya sabéis que sólo la necesidad, la utilidad y la caridad debían ser la regla de nuestras conversaciones, y ay! cuántas ligerezas e indiscreciones evitaríamos, y cuántas faltas ahorraríamos!

   No temáis tampoco ser excesivas en esta parte; <*8*> pues a aun en las cosas buenas y saludables debemos tener presente aquella sentencia de... Melius est loqui cum Deo, quam loqui de Deo: mejor es hablar con Dios, que hablar de Dios.
   Digo que no quiero extenderme en esta materia, porque tampoco podría abarcarla toda.
   Otra, y de las principales mortificaciones exteriores, es el uso de los alimentos.
   Ya sabéis, hijas mías, que los alimentos son los medios puestos por la Providencia para sostener nuestra vida sobre la tierra. De consiguiente son necesarios; son un mandato de Dios: por consiguiente, una mina de buenas obras.
   Pero como nuestros degradados apetitos nos inclinan a corromperlo y desvirtuarlo todo, de aquí es, que debemos sabernos aprovechar de esta necesidad.
   Vosotras, hijas mías, gracias a la santa libertad que os habéis poseído, quizás no tenéis tanto que temer en muchos remordimientos [de] esta materia. Sin embargo, esa raíz envenenada que no podemos arrancar del todo, puede molestarnos, y los deseos desarreglados, aunque involuntarios, pueden conducirnos a ciertas faltas.
   Y aun , hijas mías, en aquellas cosas que nos [son] indispensables, dirigirlas con pureza de intención, sazonarlas con santas consideraciones, y alimentar nuestro espíritu con santos deseos, para elevarnos todo lo posible sobre nuestros sentidos y sobre nuestras necesidades, y practicar en esta materia privaciones leves, que tan agradables son a los labios sedientos y amargos de Jesús.
   En fin, hijas mías, hay también otra cosa, sobre todo en vuestro estado, que puede servirnos para recoger un tesoro de méritos de mortificación exterior.
   Las dificultades y austeridades de la Regla, la observancia de ciertos deberes que a veces no son pecados, la pereza natural que en ciertas ocasiones nos dominan al emprender ciertos actos; el tener que hacerlo todo y todos los días y a pesar <*9*> de nuestra natural repugnancia, puede servirnos de mucho si va acompañado de un deseo repetido y constante de alcanzar méritos de penitencia y mortificación.
   A esto podríamos añadir todos aquellos medios exteriores de mortificar nuestro cuerpo, y que para reducirlo a completa esclavitud y hacerle hostia agradable a Dios, han inventado los espíritus penitentes, y cuya explanación podéis comprender que no es de este lugar, ni su conocimiento os es necesario a todas, puesto que su uso depende del fervor y disposición de cada uno, y de la condescencia racional de un prudente Director. Sólo sí debo deciros: que el amor propio y una falsa compasión y ternura hacia nosotros mismos nos pone, nos presenta algunas veces, una montaña de obstáculos y de excusas para impedir muchas obras de mortificación exterior; puesto que debéis saber que aquél que está animado de un verdadero espíritu, encuentra a cada paso, a cada momento, medios para practicar esta virtud, sin peligro ninguno de perjudicar la salud y de causar perjuicio a nuestro cuerpo.
   También debo advertiros que para que sean verdaderamente fructuosos todos estos sacrificios deben preceder e ir acompañados de un gran conocimiento sobre el objeto y el valor de la mortificación. Hay algunas personas, sobre todo en las de vuestro sexo, y muy en especial entre los fervores de la juventud, que sin <*10*> ser muy buenas, se avienen, no obstante, fácilmente a ciertas prácticas de mortificación exterior, guiadas muchas veces, o por la ligereza de su imaginación y de sus sentimientos, o por el espíritu de novedad, o porque creen encontrar en ello el tesoro escondido de la virtud que se forman en su interior, y si se les pregunta qué es, qué fin tiene la mortificación, qué efectos causa, no lo sabrán decir; no saben que es para aminorar los ímpetus de nuestras pasiones, para hacer que estos miembros que han servido al pecado sean... para sacrificar al Señor por medio del dolor, para hacer que nos...
   Muchas otras cosas, y mucho más podríamos hablar de esta materia; pero ya veis que cansaría demasiado vuestra imaginación.
   Pero toda esta mortificación exterior de muy poco nos aprovecharía, si no fuera acompañada de la mortificación interior.
   A tres clases podemos reducir los objetos bajo los cuales podemos considerar la mortificación interior: mortificación de las pasiones, de la actividad natural y de las facultades de nuestra alma: memoria, entendimiento y voluntad.
   Y comenzando por las pasiones, yo me atrevo a dividirlas en dos clases: Hay ciertas pasiones, hijas mías, que no debemos aprovecharlas ni sacar ninguna utilidad de ellas, sino que las debemos combatir sin tregua, y contra las que debemos estar constantemente armados, y que constituye la milicia principal del hombre sobre la tierra. Estas son las tres concupiscencias o pasiones descritas por San Juan: que son, concupiscencia de los ojos...
   Pero por efecto de nuestra pobre naturaleza, hay en el fondo de nuestro corazón ciertos retoños, los cuales injertados en la gracia y cultivados <*11*> por la mortificación pueden producir frutos sazonados y agradables al Señor.
   Porque como el fondo y la base de las virtudes morales es una pasión, y la falta de ellas consiste en el exceso o en el defecto, esto es, en demasiado o en poco, de aquí resulta que la mortificación las reduce a un justo medio.

   Así, pues, y analizando alguna de ellas, la alegría es una pasión. Esta alegría ya sea habitual, como sucede en algunos temperamentos, ya sea en algunos días, momentos y circunstancias, ay! cuánto no puede aprovecharse delante de Dios! ya sea para renovar afectos de gratitud ante Dios, ya sea entonando cánticos de entusiasmo y de acción de gracias en su corazón, siguiendo el consejo del Apóstol Santiago; pero que esta alegría puede producir efectos funestos: ciertos desahogos harto manifiestos, la disipación, la burla, y otras cosas que ofenden a la humildad y a la caridad son efecto de esta alegría, y ¿quién es, pues, el encargado de reducir esta alegría y de aprovecharla? El espíritu de una santa vigilancia y de una santa mortificación.
   La tristeza es una pasión! Esta tristeza puede aprovecharse mucho dirigiéndola por un buen conducto, haciendo derramar este natural enternecimiento sobre las llagas de Jesús crucificado; puede muy bien aprovecharse para compadecerse de los males del prójimo, para llorar las desgracias de la humanidad, para afligirse como un santo a la vista de un Dios ultrajado, de los males de la Iglesia, de los desórdenes del pecado; pero esta tristeza puede degenerar en aquella tristeza inquieta, pesarosa, melancólica que encadena el alma produciendo la pereza, la desconfianza, el desaliento, y a ésta debemos resistirla, combatiéndola <*12*> con las armas de la mortificación, con una santa y constante violencia, con la oración, con el espíritu de humildad, con una santa confianza.
   El deseo es una pasión; hay personas o temperamentos naturalmente deseosos, volubles. Pues bien: ¿se impresiona nuestro corazón de una cosa peligrosa o mala? Ay! sofocarlo, ahogarlo por medio de la violencia y de la mortificación. ¿Es una cosa indiferente? Consagrarlo con la pureza de una grande intención para que no quede perdido este deseo. ¿Es una cosa buena en sí, pero deseada con excesiva viveza?; pues moderarlo con el freno de una santa violencia. Ay! pocas cosas deseo en este mundo, decía San Francisco de Sales, y lo que deseo lo deseo muy poco, y si pudiera volver a nacer, lo desearía menos.
   La ira ¿es una pasión? Aún ésta puede aprovecharse, conduciéndola a un santo enfado por nuestras ingratitudes pasadas, y en un santo celo por la gloria de Dios. Pero su uso es bastante peligroso, pues como dice... ; y por lo tanto, debemos sacar frutos de ella, trabajando en mortificarla cuanto nos sea posible. Ay! y cuán agradables le son al Señor los frutos de esta pasión, hijas mías! y cuántas ocasiones se nos ofrecen para recogerlos!
   Un voluntario silencio ante una contradicción, ante una palabra amarga, una igualdad de trato para con las personas que nos rodean, una sofocación pronta a una adversión... que insensiblemente quiere apoderarse en vista de ciertas cosas y de ciertos defectos naturales que... <*13*> una humillación y confusión saludables después de ciertos agravios y ciertas cosas que nos molestan, oh! qué frutos de mortificación tan agradables son para el Corazón manso de Jesús, que no... para abrir su boca.
   Un ejemplo notable de esta mortificación nos ofrece la historia de San Francisco de Sales: Este hombre tan grande, que casi no tuvo ni una acción ordinaria, pues todo era grande en él, su pasión más dominante era la ira, y después de veinte años de combate, en que no se desahogó ni una sola vez, y cuando tenía [la] pasión ya subyugada, si se le representaban y abultaban a su vista los agravios que le hacían, se sonreía y exclamaba: es verdad, sí; pero queréis que pierda en un momento el fruto de veinte años. Por esto, cuando después de su muerte se le hizo la anatomía, se le encontraron los humores de la hiel convertidos en piedras, por efecto de esa continua presión en que había tenido su corazón.
   En fin , hijas mías, todas las pasiones pueden servirnos para mortificación, sobre todo, las que reconocemos por dominantes en cada uno de nosotros.
   El segundo objeto de la mortificación interior es la actividad natural, el apresuramiento, la viveza de nuestro corazón en todas las cosas. Cuántos sentimientos harto humanos reprime, cuántas miras precipitadas veda, cuánta viveza de pasos y de acciones detiene, cuántos caracteres impetuosos y turbulentos encadena!
   ¡Cuántas faltas pueden cometerse en todo esto, cuántos sacrificios que hacer! Pero cuántas ocasiones de agradar a Dios y de merecer! <*14*>
   En fin, hijas mías, el tercer objeto que puede ser materia de mortificación, son los excesos o superfluidades de las potencias de nuestra alma, memoria, entendimiento y voluntad.
   Y abarcando en una la memoria y el entendemiento, en gracia de la brevedad, estas potencias de nuestra alma, que tanto sirven para glorificar a Dios, nos son muy perjudiciales por falta de mortificación. No sólo debemos apartar de ellas las imágenes de las cosas terrenas, los pensamientos de vanidad y de orgullo que tienden a una falsa elevación, sino también aquellos recuerdos vagos, inútiles, aquellos castillos de casas frívolas, inútiles, en los que muchas veces dejamos correr la imaginación, y que no nos dejan en pos de ellos más que la distracción, la disipación; y llenarlas, empaparlas de impresiones santas y buenas, del recuerdo de Jesucristo, del sello de sus misterios y sus máximas, de sus beneficios...
   La mortificación en la voluntad, debemos practicarla sofocando los sentimientos de libertad o independencia, por medio de la renuncia de nuestros gustos e inclinaciones, y subyugándola a la ley, y a un aprecio meditado de la obediencia y sus ventajas.
   Los sentimientos de apego a las criaturas y a todo objeto criado, por medio del apartamiento total de nuestra <*15*> voluntad, y con una idea viva y fuerte de la grandeza de Dios, de su bondad infinita, de los inefables bienes que nos prepara y que son los únicos que pueden llenar nuestro corazón.
   La mortificación interior exige aún otro sacrificio, el desapego a los gustos y a los consuelos sensibles; contar con estas dulzuras, fijarse y complacerse en ellas, es halagarnos a nosotros mismos. Los dones de Dios son medios; Dios es fin.
   Por esto los santos no los buscaban, y por esto exclamaban: padecer y más padecer.
   En fin, hijas mías, ya podéis comprender que no he hecho más que tocar algunas ideas en gracia de la brevedad, pues cada una de nuestras potencias es un campo dilatado de profundas consideraciones. Pero me diréis quizás, o vuestro amor propio lo sentirá: Para practicar todas estas cosas, para seguir tantas prescripciones, es necesaria una vigilancia continua, un cuidado excesivo, un ímprobo trabajo. Sí, hijas mías; trabajo es, cuidado se necesita, vigilancia y grande se requiere, constancia inquebrantable. Sin embargo, hijas mías, hoc est opus nostrum; ésta es nuestra obra, ésta la conquista que el Señor espera de nosotros: a este sacrificio de nuestros sentidos y de nuestras potencias aspiramos el día de nuestra consagración a Dios. Satagite... Sed solícitos en hacer, pues, santa vuestra elección y vocación con el ejercicio de estas obras. Además de que, hijas mías, tenemos todo lo necesario <*16*> para conseguirlo. Dios que nos ha elegido para ello, nos ofrece los tesoros de su poder y de la gracia; Jesucristo ha querido ir delante, enseñarnos y servirnos de modelo, y nos ha dado medios para que vayamos...
   Además de que otros han llegado...
   En fin, hijas mías, estamos en el camino del Calvario, y si no os halaga el seguir el modelo que tenemos delante...

Escritos I.º, vol.11, doc. 32, págs. 1-2





sredicada en S. Juan y Sta. Clara en la Dominica 3.º de Adviento, de 1865.
Y en los Ejercicios de la Purísima de 1866.
Predicada [en] Sta. Clara: Ejercicios 1870. S. J. <*2*>



   Plática sobre la mortificación.

   Antes de cometerse el primer pecado, el cuerpo del hombre, sus miembros, por medio del placer, hubieran dado gloria a Dios y le hubiera servido de ofrenda. Pero desde que se cometió el primer pecado, los miembros del hombre, sus potencias, no pueden servir sino por medio del dolor.
   Por esto, ésa es la primera amenaza y castigo del hombre. Por esto, Nuestro Señor Jesucristo, tipo de la humanidad, se llamó por excelencia el varón de los dolores.
   Ahora bien, hermanas mías, vosotras al dedicaros en estos días a la renovación de vuestro espíritu, habéis determinado gravar en vosotras este modelo. Pues bien: siendo las privaciones, la mortificación, uno de los distintivos de Jesucristo, que le acompañaron durante su vida; siendo nuestra vida un calvario, y debiendo copiar en nosotros este modelo, justo es que discurramos en esta materia para aprovecharnos de ella y poder formar en nosotros...

Escritos I.º, vol. 11, doc. 33, págs. 1-9






   Necesidad de seguir las inspiraciones.

   Es una verdad cierta y constante, venerables hermanas, que todos hemos sido criados para un fin; que nuestra alma ha sido destinada para conocer y amar a Dios en esta vida, y después tener la dicha, etc. Todas las cosas de la tierra han sido destinadas para un objeto u otro; este sol que gira sobre nuestras cabezas, esta luna cuya belleza nos encanta, esta tierra que nos admira con la variedad de sus flores y de sus producciones, este mar que nos revela la inmensidad de un Dios, los animales que nos sirven; en fin, todas y cada una de las cosas que vemos en el universo, nos indican que han sido criadas por un fin, y que cumplen exactamente este destino que el Señor les ha dado. Ahora bien, el hombre, nuestra alma, obra predilecta de las manos de Dios, ha sido criado también para un fin; y lo sabéis cuál es, el amor y unión imperfecta de Dios en esta vida, y su complemento en la otra. La fe nos dice, la razón nos dicta, la experiencia de todos los días nos lo enseña, que el corazón del hombre ha nacido para Dios.
   Pero Dios, al destinarnos para El, no sólo nos ha enseñado nuestro fin, sino que nos ha trazado los medios que debemos seguir para conseguirlo; tales son los preceptos que nos ha prescrito, las cosas que nos ha mandado evitar.
   Pero no sólo esto, sino que Dios además de estos medios generales que ha enseñado a todos, ha prescrito también a cada uno medios particulares; es decir, ha querido que cada uno cumpla con estos medios en el modo, lugar y las circunstancias que le plazcan y he aquí descifradas y divididas por las condiciones y estados de cada uno. <*2*>
   Y aún más: si es verdad que Dios ha destinado a cada uno el estado y lugar que debe ocupar en la tierra, también es verdad, y muy cierta, que Dios ha señalado las gracias, favores, luces y beneficios, a cuya buena o mala correspondencia tiene vinculada nuestra santificación o nuestra perdición; y he aquí, hermanas mías, indicada la verdad que vamos a exponer a nuestra vista en este momento.
   Verdad tremenda, que debe hacernos obrar con temblor y con temor nuestra santificación, como nos dice el Apóstol S. Pablo. Verdad terrible, y cuya memoria humillaba a los santos más fervorosos, y les hacía caminar con cuidado y vigilancia; verdad, en fin, hermanas mías, que nosotros no debemos nunca tampoco olvidar, ya para corresponder en todo a sus llamamientos, ya también para hacer desvanecer la presunción que pudiéramos tener en las buenas obras que hemos practicado.
   He aquí, pues, que debemos corresponder a las gracias y llamamientos del Señor, para cumplir la intención y fin que El se ha propuesto en cada uno de nosotros, y que de esto depende quizás, nuestra salvación o condenación.
   Para el acierto... Ave María.
   Dice mi Angélico Maestro y Doctor, Sto. Tomás de Aquino, que Dios no destina a ninguna dignidad a nadie, sin prometerle y adornarle con las dotes tanto de naturaleza como de gracia necesarias para el desempeño de aquel estado o dignidad. Si abrimos la Sagrada Escritura, si recorremos uno por uno los personajes del Antiguo y Nuevo Testamento, recorriendo desde Abrahán, Saúl, David y demás varones notables por la elección especial que hizo Dios de ellos, veremos marcada prácticamente esta verdad. El mismo... <*3*>
   Pero si es verdad que Dios concede a cada uno las gracias necesarias para el desempeño del estado, obligaciones y fin que se ha propuesto en cada uno de nosotros, también es verdad que no basta acertar en este estado, ni descansar tranquilos en él, sino que es preciso corresponder siempre y continuamente a las inspiraciones, llamamientos y voces del Señor, para llegar por este medio al grado de perfección y de santidad que El quiere de nosotros. Mirad a Abrahán: Dios le destina para cabeza y jefe de una gran posteridad, de un pueblo escogido, y para ello le llama y exige que se desprenda de los lazos de su familia, y que abandone su Patria para ir al lugar que el Señor le mostraría; y Abrahán, obediente a la voz de Dios, deja para siempre su Patria y parentela: pero ¿creéis acaso que su misión estaba cumplida, que nada más tenía que hacer Abrahán? Ah!.

   ¡Desgraciado de él, si no hubiera correspondido con prontitud y voluntad de corazón a estos llamamientos! El Señor hubiera ido cercenando sus gracias, y poco a poco hubiera ido cayendo de falta en falta, de infidelidad en infidelidad, hasta caer en el abismo de iniquidad desde el apogeo de la santidad. A otro cualquiera Dios no le habría pedido tanto; cualquier otro con menos sacrificios, con menos santidad que Abrahán, hubiera cumplido la voluntad de Dios, pero Abrahán no; era necesario a tan alto grado, era preciso ser santo del modo que Dios quería; de otra manera Dios no se daba por satisfecho.

   Ahora bien, hermanas mías. El Señor os ha llamado a un estado superior al del común de los fieles; El os ha exigido que os des- <*4*> prendáis, como Abrahán, de los lazos de la sangre; vosotras habéis correspondido a este llamamiento bien; ya sabéis el premio que os guarda y que os tiene prometido. Pero, ay! que esto no basta; El quiere otros sacrificios aún de vosotras; El os ha dado a alguna de vosotras cinco talentos, a otras dos; El tiene contadas las gracias que quiere dar a cada una, y destinado el grado de perfección que exige de ella.
   A la una la invita con dulces voces de amor Dios, para que se una a El con comunicación íntima, abstraída de todo el mundo, para que de esta manera le recompense a Dios de tanta frialdad e indiferencia como hay para con El de parte de las criaturas. A otra la quiere Dios para modelo de obediencia y para repararse por medio de ella ese orgullo que encuentra en los corazones mundanos, y en medio del furor de sus pasiones la invita con remordimientos. A aquélla le ha dado un corazón naturalmente humilde, para que corra por ese dilatado camino hasta en desagravio al Señor de tanta vanidad como está emponzoñando el corazón humano. A la otra le ha proporcionado el Señor un alma buena, como dice la Escritura, un corazón tierno y compasivo para que lo derrame constantemente sobre los amores y sobre las llagas de Jesús crucificado; ay de ella si deja pasar el tiempo disipando y malgastando este mismo corazón en afectos inútiles y nada conformes. A aquélla, en fin, la ha destinado Dios para víctima de sufrimientos, de dolores, de humillaciones; que aproveche estas gracias, estas voces del Señor, que las sepa aprovechar con toda la pureza de su intención, que El la conducirá por este medio al grado de perfección que solicita de ella.
   En fin, hermanas mías, Dios os ha destinado a cada una de vosotras para alguna cosa, para cierto grado de san- <*5*> tidad, y para ello nos ha prometido sus gracias en número, orden y medida, y quiere que cooperemos a ella, y correspondamos a nuestra vocación.
   Ay! ¡Qué desgracia sería la nuestra si llegáramos a la hora de la muerte sin haber llegado a este grado que el Señor quiere de nosotros, sin cumplir con nuestro destino! Cuál sería nuestra confusión en el tribunal de Dios! Y esto, si Dios no nos fuera dejando poco a poco en castigo de nuestra infidelidad, hasta sumirnos en el abismo de la insensibilidad, que es el efecto que a veces suele porducir la mala correspondencia.
   Mirad: Saúl fue elegido por Rey para libertar al pueblo de Israel. Dios derramó sobre él el aceite de su unción y de su gracia; en todo Israel no se había encontrado hombre como él; Dios le conducía de victoria en victoria, y tenía en él sus complacencias; pero ¡ah! Dios quería conducirle por medio de la obediencia y el sacrificio, y he aquí que Samuel le manda que después de la victoria no deje con vida a ninguno de sus enemigos, y que destruya e incendie todas sus riquezas y tesoros; consigue la victoria; pero ay! aquella orden le parece hasta repugnante, no quiere sujetarse a destruir todos los tesoros, pues le parecía absurdo, y se reservó lo mejor, quizás para ofrecerlo al mismo Dios, y, sin embargo, desde aquel momento comienza a eclipsarse su gloria, va prosiguiendo y aumentando sus desobediencias, y Dios le arroja de su corazón, y el desgraciado Saúl, cayendo de abismo en abismo, llega a morir desesperado. Oh! ¡a qué grado de santidad hubiera llegado si hubiese escuchado las voces de su superior y sacerdote Samuel!
   Salomón, aquel gran monarca, tan amado de Dios, que tenía comunicaciones tan íntimas con El, que <*6*> se la aparecía tan a menudo, y le decía que le pidiera cuanto quisiera, que le permitió le dedicara un templo, lo que no permitió a su Padre David; este Salomón tan sabio, tan prudente, tan humilde, tan fervoroso, sin embargo, no veló bastante sobre su corazón, le arrastró la misma bondad de su carácter, no quiso [oír] las primeras voces de Dios que le invitaba a que sacrificara sus afectos, resistió estas primeras invitaciones, y se precipitó en la más vergonzosa corrupción, llegando hasta a sacrificar a los dioses falsos, y consumirse en la tristeza y en la amargura.
   Judas, el Apóstol del Señor, elegido para compañero de Jesús, formado en su escuela, oyendo continuamente de la boca de este divino Maestro aquellos fervorosos sermones sobre el desprendimiento de las cosas de la tierra, y, con todo, no fue con bastante cuidado en tener pegado algún tanto su corazón a las riquezas y a los objetos materiales, fue desoyendo las voces de Jesucristo que excitaba al total desprendimiento de sí mismo y de sus cosas, y cayendo en la mayor degradación, [tuvo] valor para cometer el crimen que vosotras sabéis, y tuvo el fin trágico que nadie ignora.
   Y, sin embargo, hermanas mías, estos tres personajes eran destinados para un gran lugar, para una grande santidad.
   Oh! y si recorriéramos las páginas de la historia eclesiástica, cuántos ejemplos prácticos pudiéramos encontrar de religiosos y religiosas, que quizá se han perdido por la mala correspondencia a las voces de Dios, que las llamaba a una perfección mayor, pues regularmente, y esto es lo más terrible, Dios si no se le corresponde a esta vocación, no sólo le retira ya estas gracias más fuertes y poderosas que le harían un alma perfecta, según su voluntad, sino que también le va negando las demás gracias, en castigo de su ingratitud, según aquello del Apóstol S. Pablo: Ecce... <*7*>
   Esta es la razón, venerables hermanas, porque los santos temblaban ante esta idea; ésta es la razón porque aquella grande columna de la Iglesia, el gran S. Francisco de Asís, lloraba tantas veces y se titulaba el mayor pecador del mundo, porque decía: ay! si Dios hubiese dado a otro las gracias que a mí, quizás hubiera sido un santo, y yo no lo soy, yo no he correspondido; quién sabe lo que será de mí! y se confundía y se esforzaba en ser santo. Esta es, en fin, la razón porque tantas almas justas se animaban a recuperar el tiempo perdido, y resarcir de este modo las ingratitudes con Dios.
   En vista, pues, de esto, qué otra cosa nos queda sino recordaros las palabras del apóstol S. Pedro, cuando escribiendo a los judíos, les ponía delante las gracias recibidas por Dios, y les decía: Satagite... II Pet. 1,10. Hermanas mías, cuidad con anhelo, sed solícitas en hacer cierta y segura vuestra vocación y elección.
   Ahora bien, pues ¿qué sentimientos debe producir en nosotros esta idea, hermanas mías? Oh! Sentimientos de temor, sentimientos de humildad, sentimientos de deseos de aprovechar el tiempo. Ideas de temor: mirad: ésta es la razón...
   Sentimientos de humildad: ¿Qué es de lo que podemos gloriarnos? Si volvemos la vista atrás, ¿qué es lo que veremos? Aun en medio de las buenas obras, las más veces imperfectas y tibias, cuántas imperfecciones encontraremos! cuántas ingratitudes al Señor! Cuánta mala correspondencia a la gracia! Qué abuso tan grande de los dones de Dios! Cuántas confesiones, cuántas comuniones, cuántas pláticas! Cuántas horas de oración, y sin embargo, ¿dónde estamos, qué camino hemos andado? ¿Hemos llegado al lugar a que el Señor nos destina? ¿Llegaremos durante los días de nuestra peregrinación que nos restan de vida? Si los aprovechamos, como debemos, quizás aún po-<*8*> damos; y he aquí el tercer efecto que debe producir en nosotros; esto es, el deseo de resarcir con nuestro fervor presente nuestras negligencias pasadas. Satagite, os diré con S. Pedro. Sed diligentes a recobrar lo perdido. Dios es misericordioso y bueno, bien lo sabéis, y El está pronto a condonarnos todo lo pasado, y puede en un momento, con su gracia, repararnos de todo lo perdido, y colocarnos en el lugar en que deberíamos estar ya; ánimo, pues, y procurar con ahínco y con anhelo recobrar lo perdido con buenas obras, procurando, como dice S. Pedro, hacer cierta nuestra vocación y elección.
   Vosotras, principalmente, hermanas mías, tenéis un motivo especial en procurar caminar por el camino de la virtud, y corresponder a la vocación de vuestro estado y a los llamamientos de Dios.
   Mirad, hermanas mías, voy a indicaros una idea, que me ha venido muchas veces, y que no puedo menos que exponerla, aunque sea a trueque de contristar vuestro corazón.
   Mirad, hermanas mías, vosotras habéis nacido en el siglo decimonono, triste circunstancia por cierto; de consiguiente, debéis ser religiosas del siglo decimonono; y esta circunstancia terrible es un motivo, una obligación más, para corresponder a la vocación de vuestro estado. En otros siglos, quizás con menos santidad hubierais correspondido, y os hubiera bastado; nuestra Patria está atravesando hoy día una época difícil; la tibieza y la indiferencia religiosa va apoderándose de los corazones; ciertos pecados se multiplican, y la piedad va siendo patrimonio de unas cuantas almas; ahora, pues, ¿en dónde buscará el Señor corazones que le recompensen de tanta ingratitud? ¿Dónde se encontrarán víctimas continuas que detengan su brazo y satisfagan su justicia?
   Sí, hermanas mías. Víctimas, y víctimas continuas de mortificación y de penitencia, y víctimas de amor.
   Además, en otros la elección de vuestro estado se hubiese considerado como un sacrificio, y vuestras faltas como <*9*> efecto de una debilidad humana; hoy se considera por muchos vuestro estado por un egoísmo, y vuestras imperfecciones por un crimen imperdonable.
   En fin, hermanas mías, y es el principal motivo para cuidar de mortificaros; cuando los venerables religiosos, por una permisión inexplicable del cielo, y contra lo que naturalmente debía esperarse, fueron arrojados de sus claustros y de sus celdas, muchos de aquellos corazones fervorosos decían: Quién sabe si nuestras imperfecciones, quién sabe si el no haber correspondido a nuestro destino, a lo que Dios quería de nosotros, ha sido causa de esta permisión de Dios!.
   Algunas de vosotras han pasado ya épocas azarosas y tristes, algunas veces hemos visto ya en este siglo entrever el mal.
   Hermanas mías, que nuestras imperfecciones no sean nunca causa de que el Señor nos humille; y si por desgracia, lo que Dios no permita, llegáramos a ver días amargos, que sean motivados únicamente por los pecados del mundo, no por nuestra mala correspondencia a Dios.
   No quiero extenderme, hermanas mías, en esta idea, porque hasta me repugna; pero debo recordaros que la tengáis siempre presente.
   Tenemos, pues, hermanas mías, que todos hemos sido destinados por Dios para un estado, que en este estado nos ha marcado Dios la santidad que quiere de cada uno; que nos ha prometido sus gracias pero que quiere que correspondamos a ellas, de cuya buena o mala correspondencia depende quizás nuestra salvación o perdición, y que vosotras tenéis un motivo especial para ello: como que El os desea para víctimas continuas de sacrificios.
   Recordad esto alguna vez, hermanas mías, y trabajando con valor y constancia podáis decir en la hora de la cuenta como el Apóstol S. Pablo: Bonum certamen... Amén.

Oración


Escritos I.º, vol. 11, doc. 34, págs. 1-3






   Necesidad y utilidad de la meditación.

   Nos es necesaria: 1.º Porque todos meditan en sus negocios. 2.º Séneca. 3.º Efectos que causaría si se meditase. Texto de San Ligorio para los sacerdotes.

   Utilidad.

   Tal es la utilidad que todas las religiones lo han mandado; todas las personas lo han practicado. Ejemplos de los Santos: 1.º Sta. Teresa de Jesús. Ejemplos del espejo. Flores.

   Es lo más consolador.

   Los Santos, San Antonio Abad, S. Francisco, S. Luis Gonzaga, Sta. Teresa de Jesús; aunque nosotros no lleguemos a un grado tan extraordinario, podemos, sin embargo, mirar con compasión al mundo...

   Excusas.

   El trabajo. Las tentaciones. La desidia y tedio. La falta de ciencia: Ejemplo. Los negocios del mundo. Texto de San Gregorio. Falsedad de la virtud sin ella. Algunos dicen: Yo no permitiría... Ataques del enemigo. Ejemplo de Sta. Teresa y Sta. Magdalena. An. <*2*>


sebrero 37. Marzo 183. Id. 232. Mayo 413. Octubre 372.



   Importancia de la salvación.

   Cuán importante es: 1.º Porque es el único, todo lo demás no son sino medios ordenados a este fin.
   Mayo 525. Agosto 440.
   2.º Porque es el último.
   3.º Porque lo merece. <*3*>

   Constancia. S. Luis Gonzaga.

   Método

   Hay muchos, pero con tal...

   Animación.

   Con él el cielo; sin ella nada.

   Padrinos: sus obligaciones.
   Necesidad de dar ejemplo.
   Angeles.
   Imágenes.
   Sacramentales.
   Peticiones.

Escritos I.º, vol. 11, doc. 35, págs. 1-4






sdre nuestro. 1881 a 82. Oración en general.



   He estado indeciso. Los otros años expusimos [el] Decálogo...
   Veamos el Padre nuestro. Oración sublime que todos los días recitamos, y que no comprendéis ni apreciáis por esto.
   Pero antes, en general, de la oración. El gran medio instituido para conseguir los bienes espirituales y temporales.
   Medio infalible, seguro, universal.
   Sin él es imposoble la salvación; nadie puede perderse con la oración.
   Naturaleza, necesidad, eficacia.
   ¿Qué es? No basta pensar, es preciso pedir.
   Mental y vocal. La 1.º puede ser sin la 2.º, no al contrario.
   Aunque no la principal, la vocal es muy excelente.
   No se diga que basta la mental. Faltaría.
   Es necesario: 1.º Por obediencia. 2.º Por justicia, por caridad.
   De ley ordinaria no concede Dios sin oración; sobre todo la perseverancia.
   Consecuencias: 1.º Si se omite, se falta contra las tres.
   2.º Origen de nuestros pecados. No excusa la flaqueza.
   3.º Gran desgracia; lo demás puede suplirse.
   Si tanta necesidad hay, ¿cuándo debemos orar? Siempre; no puede pasarse mucho tiempo.
   Eficacia. No es pedir a los hombres. Jesucristo. Hechos de los padres. No es exageración. Moisés.
   ¿Cómo es que no experimento la eficacia?
   ¿Cómo? Perico. Elías. Una joven. <*2*>

   -----------

   Padre nuestro en general.

   Hemos visto la necesidad, naturaleza y eficacia de la oración...
   Hablemos del Padre nuestro. Oración cuotidiana, que todos deben saber, que lo contiene todo.
   Así como el Credo no basta saberlo materialmente, así...
   Pero antes de explicarlo, veamos en general.
   La más excelente, por el autor, por las partes que contiene, por la brevedad.
   No es un hombre, ni santo. ¿Cuándo?
   Por las partes que lo componen. ¿Qué pedimos?
   Podemos decir otras palabras, pero han de confluir a ésta.
   Qué estilo! Breve, todos pueden entenderlo. Ordenada, clarísima. No repruebo otras oraciones.
   Eficaz. Si un hijo de un Rey redactase...
   Otras eficacias: Borra las culpas veniales. Viene un aumento de gracia; medicinal, porque ablanda el corazón. Ejemplo.
   De aquí es que debemos repetirla bien; no importa que sea frecuente. El amor no sabe expresar la fuerza más que repitiendo. Jesucristo nos da ejemplo. Los Santos: Deus meus et omnia.
   Pero ah! que no se reza bien, sino por hábito, y aunque es una fuente de gracias...
   ¿Cómo hemos de rezarla? Decimos santificado: ¿lo deseamos? Tu reino. Pero cómo, si reina el pecado? si en lugar de suspirar por el reino de la gloria, como animales nos fijamos...
   Tu voluntad. Cómo si queremos hacer la nuestra?
   El pan de cada día. Si ambicionamos tanto?
   Tentación. Es una burla. Líbranos del mal. No tememos el mal verdadero. <*3*>
   Padre nuestro que estás en los cielos. Santificado sea tu...
   Preámbulo. No es petición, sino invocación.
   ¿Quién hubiera pensado llamar a Dios Padre?
   Y ¿por qué se le llama, y no el de Rey?... Para excitar confianza. ¿Qué Padre niega algo?.
   ¿Por qué, estás en los cielos? Es la parte más bella. Para indicarnos su majestad. Para manifestarnos que hemos de ir al cielo.
   Santificado. Un buen hijo no sólo honra a su padre, sino que desea que todos le honren.
   1.º ¿Cómo puede Dios ser santificado por nosotros?
   De dos modos.
   Dios es santísimo. Y cuántos no le honran! infieles, herejes, malos cristianos; que se dilate.
   Cuánto conviene! Si fuese Dios conocido! Non est scientia Dei in terra [(Os. 4,1)].
   Cómo es que pedimos sea glorificado, y no pedirlo a los hombres. No podemos con las fuerzas naturales.
   2.º ¿Cómo podemos concurrir? Con pensamientos. Ponderándolo y excitándolo. S. Francisco. Sta. Magdalena de Pazzis. S. Felipe Neri.
   Con palabras, alabándole. Los Santos se extasiaban.
   Con obras, cumpliendo la ley.
   Además, a los otros. Un hijo debe hacer que se honre a su Padre, o Madre.
   Impedir las ofensas; apartar del mal, e inclinar al bien con palabras: Un consejo, corrección...
   Todos los días, y todos pueden hacerlo.
   Ayudemos con el ejemplo. Ser [?]
   Con las oraciones. Ejemplos de los Santos. ¿Creéis que no hacen nada los santos en el desierto?
   ¿Cómo pueden decir santificado sea el tu nombre aquéllos que... <*4*>
   Venga a nos el tu reino.
   Vista «el santificado», por nosotros, por qué medios, por los demás...
   Es muy repetido el encargo. S. Juan, Jesucristo.
   ¿Qué se entiende? ¿Qué se pide? ¿Qué motivos?
   Tres reinos: naturaleza, gracia y gloria: Dios, Intra vos est.
   No el reino de la naturaleza que ya está establecido. Se pide gracia y gloria, porque el uno [al otro] están ordenados.
   2. Gracia. ¿Qué es la gracia? Pecadores y santos. Dios quiere reinar, pero quiere nuestra cooperación. Así los que lo piden y pecan no lo desean.
   3. Mientras estamos aquí, no establecemos el reino de la gloria, por esto se pide continuamente.
   Este reino comienza por la gracia en los justos; después en la hora de la muerte; y en el juicio universal: venite.
   Cuánto debemos desearlo! Cuántos peligros en la vida!
   Pero me diréis, ¿para ello hemos de morir? ¿y podemos desear la muerte?
   La muerte si se desea por desesperación... pero propter fin. Moisés, Elías. S. Pablo. Sta. Teresa.
   Más aún: Es intrínseco a esta petición.
   Debemos conformarnos a vivir, pero debemos manifestar este deseo.
   Que no deseen la muerte los Gentiles!...
   De aquí que los justos lo dicen bien; los malos es un escarnio.
   Y aun las almas buenas... Desear a Dios.
   Oh! pero la muerte es peligrosa. Si estuviésemos seguros!

Escritos I.º, vol. 11, doc. 36, pág. 1






   Lo que puede la oración.

   Sta. Mónica. Todas las almas convertidas por S. Agustín se hubieran tal vez perdido.
   Cristo en su agonía.
   Refiere el Padre Faber.

Humildad


Escritos I.º, vol. 11, doc. 37, págs. 1-4





Predicado en los Ejercicios de la Purísima de 1866. Predicado en Sta. Clara: 2.º Dominica de Adviento 1868. Predicado en Sta. Clara: 26 Octubre 1876. Id. en la Purísima: 29 Octubre 1876 <*2*>
(Sacado del Padre Faber en la obra «Progreso del alma»).



   Plática sobre la humildad.

   Mis hermanas en el Señor: Creo os dije en mi última consideración el espíritu con que debíamos servir a Dios. Que debíamos servirle necesariamente.
   2.º Sin reservas.

   Hoy debemos examinar los obstáculos que pueden oponerse a que nuestro servicio con Dios tenga las antedichas condiciones.
   El reino de las tinieblas, el poderío y la violencia de Satanás y el sin número de subalternos, y la guerra ora manifiesta, ora oculta, que incesantemente están moviendo contra los siervos de Dios, son cosas que nos piden meditarlas y tenerlas muy seriamente y defendernos de ellas con la vigilancia y la oración.
   Sin embargo, entre estos enemigos del alma, no creáis sea siempre Satanás el que los promueve. Cierto que es él agente universal que mueve todas las baterías del infierno en él; pero hay por desgracia en nosotros otros agentes que sin necesidad de aquél, se oponen bastante a nuestra santificación; y hay uno <*3*> muy fatal que llevamos dentro de nosotros mismos, que pervierte nuestras buenas obras, que arrebata nuestros mejores tesoros.
   ¿Cuál es este enemigo? Es el espíritu natural, el espíritu propio, el espíritu humano.
   Según las enseñanzas de una sana teología, el hombre está en relación con tres espíritus diversos: el espíritu de Dios, el espíritu del demonio, y el espíritu del hombre mismo.
   Y este espíritu del hombre que es como un engendro del pecado original, es una entidad determinada y bien discernible, es una especie de fluido impalpable y que se compone de las varias inclinaciones de nuestra naturaleza corrompida, en cuanto se las considera totalmente extrañas al espíritu divino y al espíritu diabólico.
   Este espíritu natural, este espíritu humano que llevamos encarnado en nuestro corazón, y pegado a nuestro espíritu, tiene su señal característica en toda inclinación no movida por el espíritu diabólico, a todo lo que podemos comprender, bajo la denominación de bienes temporales, de voluntad propia, de deseos de propia felicidad; de buscarnos a nosotros mismos en todas nuestras operaciones.
   Suponed un alma que no está en gracia.
   En resumen: el espíritu humano es a los buenos lo que el espíritu del mundo y el del demonio es para los malos; esto es, obra en las almas con una eficacia, y respecto de cosas, que no obrarían las más fuertes tentaciones, siendo poderoso a viciar todos los actos del hombre, sin llegar a malignarlos enteramente. Nosotros: he <*4*> aquí lo que son la mayor parte de nuestros ejercicios, nuestra naturaleza y satisfacción propia: he aquí lo que alienta muchas de nuestras obras.
   He aquí, pues, lo que se desprende de la razón y de la fe: que llevamos pegado a nosostros mismos un espíritu natural, que es por sí solo capaz de arrebatarnos el principal mérito de nuestras operaciones, y este espíritu no es el espíritu malo, quien muchas [veces] ni entra para nada en los perjuicios que nos causa.
   Ahora bien: y ¿quién es capaz de saber los varios modos con que el espíritu humano influye en la vida espiritual...?

Escritos I.º, vol. 11, doc. 38, págs. 1-2






   Si buscamos el origen de todas nuestras inquietudes, y la mayor parte de nuestras debilidades, veremos que son efecto del amor de nosotros mismos, y de nuestra falta de desprecio propio.
   Cuando, al contrario, radicados en la humildad, engendra la calma, la tranquilidad. <*2*>
   1.º Desprecio de sí mismo.
   2.º Desconfiar de sí.
   3.º Mirarse inferior a todos.
   4.º Tenerse indigno de los dones de Dios.
   5.º No querer ser honrado y alabado.
   6.º Desear ser despreciado.
   7.º Descubrir los propios defectos.
   8.º Sujetarse a Dios en todo.
   9.º Ser sumiso.
   10.º Buscar lo más humilde.
   11.º Considerarse inUtil para todo.
   12.º Guardar silencio cuando seamos humillados.

   -----------

   Dar la razón aunque la tengamos.

Escritos I.º, vol. 11, doc. 39, págs. 1-2






   Y sobre todo para sostener la humildad en nuestro corazón, es [preciso] no abandonar de él el recuerdo y sentimiento de nuestros pecados.
   El Padre Fáber en su última obra traducida sobre el progreso del alma en el camino de la perfección, dedica un capítulo a la necesidad de este dolor, como condición para avanzar en la humildad, y por ende en la perfección.
   Al examinar este ilustrado escritor y varón santo la razón por qué tantas almas caminan a la perfección y tan pocas [son] las que lo consiguen, meditaba el origen de todo esto. Y esto debe tener una causa universal, además de las particulares.
   Y yo pensaba, dice, si acaso provendría del...
   Yo pensaba si sería por la falta de oración, pero he visto ejemplos en contrario... aunque estos efectos podrían provenir de la [?] y de no poner freno a la lengua, que es el pecado que acostumbran tener los que se dedican a la oración; veo hábito pero no don de oración.

   -----------

   ¿Será la falta de mortificación corporal?

   -----------

   Si era el apresuramiento, S. Francisco de Sales.

   -----------

   Cuando al fijarme en la conducta de Jesús y María cuya vida fue el dolor, aunque inocentísimos...
   Dije, el dolor para nosotros por culpa propia, para ellos por culpa ajena, debe ser nuestro alimento.
   Yo me complacería en extenderme sobre todo lo que el autor expone, pero no viene ahora en lugar; sólo sí que este dolor incesante que debemos tener del pecado, debe ser como el de Jesús por culpa <*2*> ajena, tranquilo, sobrenatural, fuente de amor.
   Tranquilo, no inquieto y sujeto a decepción, porque este dolor sería más bien rabieta de nosotros mis[mos], sería buscarnos a nosotros.
   Sobrenatural, no como un pesar de haberlo hecho esto, el sentimiento de haber sido pecadores, sino porque fue ofensa a Dios, y fuente de amor, porque nos infunde caridad para llevar con paciencia las flaquezas de nuestros prójimos; y acrecienta la humildad; nos mantiene en nuestros buenos propósitos, nos excita a servir más a Dios; nos alcanza mayor aprovechamiento de la gracia del Señor en los Sacramentos, porque nos mueve a recibirlos con más humildad, a llevar nuestras cruces, el amor a los padecimientos de Jesús.
   Nos impulsa a las cosas espirituales.
   Es manantial de júbilo porque nos excita a dar gracias a Dios.
   Y concluye el santo escritor que no tengamos empeño en sacudir los remordimientos.
   Estos sentimientos.

Escritos I.º, vol. 11, doc. 40, págs. 1-2






   Humildad.

   No complacerse ni deleitarse en los honores consigo. Pafuno 123.
   De afecto con los hombres. ¿Quién sabe si son mejores que nosotros? S. Pablo, S. Francisco de Asis, 428. Cuán agradable sea. S. Antonio 429.
   Mas es preciso que sea interna. - Est qui humiliat se et interiora eius plena sunt dolo [(Eclo. 19,23)]. Ejemplo de la devota. Además página 430.
   Buscarlos. - No decir palabras en alabanza.- Ejemplo de Eleuterio 433.
   Decir palabras de humillación. No avergonzarnos de hacer algo que nos reporte -David. -Nosotros, fuimos, antes de señal de cruz. Mas no todos pueden hacerlo. La sencillez, sí. - En vestido - Arsenio, - página 440 y otros ejemplos.<*2*>
   El 3.º medio. - En los gestos 441. Dame una mujer que haya pisado la vanidad.
   Necesidad de la humildad. - Es fundamento sobre que se edifica y se sostiene. - Hay otras virtudes que pueden descuidar los Santos. Mas ésta no. - Al contrario - de santos - Luzbel cayó.
   Para recibir gracias del cielo - página 448. Para fuga de vicios. Ejemplo raro - página 449.

   Medios. - Noverim te, noverim me. No desmayarse. - Hay algunos que fácilmente se enojan con los pecados de los otros.
   Otros contra sus propios pecados. Sta. Catalina, página 456 - Sta. Teresa, 457.
   Tres grados de humildad con el prójimo. Página 459.

Abnegación y obediencia


Escritos I.º, vol. 11, doc. 41, págs. 1-13






   Nos entretuvimos en la meditación del domingo anterior en la consideración de la necesidad que tenemos de seguir la bandera y los pasos de Jesús, que al venir a este mundo vino por nosotros y para hacer un llamamiento a nuestros corazones a fin de que sigamos las pisadas que El siguió, amargas por cierto! pero que son indispensables, necesarias, y a cuyo servicio además tenemos señalada una recompensa grande, cierta, eterna; y no haciéndolo, por el contrario, tenemos segura nuestra perdición.
   E indicamos también que la primera lección que exige, lo primero que aparece a nuestra vista, es el acto sublime de su humillación profunda, admirable, y por demás asombrosa, y cuya humildad, quiere [que] practiquemos como El la practicó, respecto del Padre, de sí mismo, y respecto de los demás; y me abstuve entonces de hacer más prolijas consideraciones por no alargarme [ni] molestar vuestra atención, que, aunque benévola y cariñosa para conmigo, no debe ser un motivo por mi parte para abusar de ella.

   Hoy, pues, continuaremos en la misma consideración, aun a trueque de seros menos agradable por falta de novedad en la materia, pero cuya repetición no deja de interesarnos a nuestra alma; puesto [que] es la base de la vida de Jesús, su encargo especial en obras y en palabras, y por consiguiente muy conveniente para nuestra santificación.
   Hoc sentite in vobis... Sentid en vosotros lo mismo que Cristo Jesús decía el Apóstol con toda la ternura de su alma grande, el cual se humilló y hasta <*2*> se anonadó a sí mismo: semetipsum, a sí mismo, porque nada ni nadie podía rebajarle, ni tenía necesidad de ello, pero que por nuestro bien y por nuestra salud semetipsum, palabra divina, a sí mismo se humilló. Creo haberos hablado en alguna ocasión de lo que es y en qué consiste esta humillación interior y exterior del hombre, sus grados..., y, por lo tanto, tomándolo hoy de un modo más general ¿cómo conoceremos, o más bien, cómo practicaremos esta humillación, y por consiguente seremos perfectos imitadores de nuestro buen Jesús?
   Por dos medios principalmente: por medio de la abnegación de nosotros mismos, y por la constante sujeción de nuestra voluntad a la voluntad divina.
   Por medio de la abnegación de nosotros mismos. El divino Jesús que ya desde el día de su aparición sobre la tierra, nos había enseñado este espíritu de abnegación, cuando debía encargar a los Apóstoles este medio indispensable para ser contados en las filas de su milicia, decía: Si quis vult post me venire...
   Palabra terrible y amarga para los oídos de la humanidad, palabra necia si hubiésemos de medirlo con las inclinaciones del hombre y la idea de todos los siglos, sobre todo del siglo de Jesucristo. Palabra dura aun a los ojos de los menos imperfectos. Abnegarse a sí mismo. Si Jesús hubiese exigido sólo... Superar el amor desordenado de sí mismo, para que en todas las cosas diese lugar el amor santo de Dios, como de nosotros... pero el desprenderse de sí mismo, el seguir la cruz, negarse constantemente a los deseos de la voluntad, morir al honor, a la estimación, ser como muertos a todo teniendo vida, es propio de un héroe evangélico, es una conquista sobrehumana.
   Duro es este sermón, dice el admirable Kempis, y lo es <*3*> en realidad; continúa, puesto que no es obra de un día, ni juegos de niños, como suelen ser todas las demás cosas de la vida; amonesta, sin embargo, que no desconfiemos, ni nos postremos de ánimo, porque no es insuperable esta conquista, y al contrario no la podemos esquivar, y por otra parte merece toda nuestra atención, porque forma nuestra felicidad; es decir, hermanos míos, que no sólo es posible, sino que es necesaria y útil esta abnegación que el Señor nos pide con tantas instancias.
   Y que, aunque difícil, no es imposible esta empresa, podemos convencernos por la fuerza de la voluntad del hombre, por la ayuda de la gracia que se nos ofrece y por la práctica de Jesucristo y de los Santos, que se han resuelto a seguir este camino.
   No fuera tan difícil este camino de la abnegación y desprendimiento de nosotros mismos, si no hubiese sobrevenido el desbordamiento de las pasiones, cuando se quitó el dique que las contenía, esto es, la justicia original que lo contenía cada cosa en su lugar, pero que saltada aquella barrera, la carne domina al espíritu, las pasiones avasallan al alma. Esta naturaleza corrompida es la que vuelve otra vez a la antigua ley del espíritu... <*4*>
   2.º Debemos, sin embargo, confesar, para poner cada cosa en su lugar, que esta fuerza de voluntad con que el hombre lo domina todo si quiere, que se mantenga constante e inflexible, ay! es cosa por demás difícil, y que no depende de la sola voluntad, sino de la gracia interior que nos esfuerce. Héroes del siglo se han encontrado que han superado dificultades invencibles, han expuesto su vida mil veces [?] pero que han sido víctimas de una pasión cualquiera; no han sabido soportar un sacrificio del corazón; se han [?] y es que esta lucha y desapego de sí mismos, es el carácter exclusivo de los seguidores de Jesús, y sólo con sola su gracia puede conseguirse nisi Dóminus edificaverit domum... nisi Dóminus custodierit civitatem; perditio tua ex te, Israel; tantummodo in me auxilium.[Sal. 126,1; Os. 13,9)].
   Pero si es cierto que sin esta gracia y ayuda de Dios sería un imposible moral el conseguir esta virtud del desprendimiento de sí mismos, también es cierto, que esta ayuda, esta gracia, este poder, lo tenemos siempre a la puerta, y está cerca de nosotros; pues si no tenemos la gracia actual constantemente, esto es, la gracia de operación, tenemos la gracia y facultad de la oración. Dice San Agustín, que Dios al mandar que le sigamos, nos advierte a hacer lo que podemos, a pedir lo que no podamos, y entonces ayuda para que podamos y, por lo tanto, nunca podemos excusarnos, puesto que aquél que ha dicho al alma a quien llama hacia a sí, que se niegue a sí misma y le siga, ayuda nuestra flaqueza, et postulat pro nobis gemitibus inenarrabilibus [(Rom. 8,26)], y está... <*5*>
   El Apóstol que sabía cuán grande es la miseria del hombre, y observaba la necesidad que tenía de esa fuerza de voluntad para contrarrestar estas luchas del espíritu contra la carne, y [de] la carne contra el espíritu, exclamaba: Infelix ego homo... [(Rom. 7,24)].

   Gratia Dei per Jesuchristum: Que no sólo pueda hacerlo tolerable, sino hasta suave... [(Rom. 7,25)].
   Pero para animarnos a este camino del desprecio de nosotros mismos y no dudar de su posibilidad, bastará fijar nuestra vista en los modelos que se nos ofrecen delante de nosotros: Y miremos a Jesús, bajulans sibi crucem... [(Jn. 19,17)] no sólo entonces sino todos los días de su vida, practicando...
   Y tras El recordad aquellas inmensas turbas que nos describe S. Juan... Aquéllos que deseaban enterrar su cuerpo donde nadie se acordara. ¿Será preciso [que] os cite ejemplos de esta abnegación? S. Juan.
   No: no os referiré... <*6*>
   La Seráfica Teresa de Jesús que tan embebida estaba en este espíritu de abnegación, recordaba con mirada de compasión las miserias del corazón de tantas criaturas, aun de aquéllos que por su estado se dedican al servicio de Dios, y veía aquellos puntos de honor en las cosas más insignificantes, y contemplaba que bajo la corteza de la dignidad ocultaba el enemigo el sutil amor propio para no soportar la más leve humillación de parte de los demás, y veía esa larga cadena de nimiedades, que en todas partes y sobre todo en las casas religiosas se encontraban, y todas ellas hijas de la falta de abnegación; era por no tener cuidado en no apartar de la vista el modelo Cristo Jesús, los hechos de los Santos. Ella, acostumbrada a todos los contratiempos, no fijando su mente sino en la gloria de Dios y en su bajeza, se había hecho indiferente a todo, ¿qué digo? sobreabundaba ya de gozo, como S. Pablo, en medio de las humillaciones.
   Pero sin necesidad de buscar estos ejemplos, en los cuales nuestro egoísmo quizás nos diría que es más bien para admirar que para imitar, sin recurrir, digo, a ellos, ¿cuántas almas no ha habido y hay en en todos [los] estados y condiciones, y en particular en el estado religioso, que por medio de una constante meditación de lo que son delante de Dios, del deseo de seguir a Jesucristo, han logrado mediante la gracia de Dios, y una continua oración, alcanzar este odio de sí, este deseo de olvido, de abnegación, soportando <*7*> con santa indiferencia todas las ocasiones exteriores con que el Señor ha querido irlas probando? Ah! tal vez se encontrarán muchas, y en el día del juicio veremos que han tenido menos medios, menos recursos, menos riego, y tal vez más dificultades.
   Pues bien: recordando aquella expresión de S. Agustín: Non poteris quod istae et isti? ¿No podremos lo que han practicado tantos más jóvenes, y en el mundo y de peor condición que nosotros? Nosotros en especial, a quien el Señor ha constituido compañeros de la pobreza de su pesebre, de las amarguras, de su corazón, como esposas suyas, de los oprobios de la cruz, ¿podremos excusarnos [a] su invitación?
   Y si angustiados por las dificultades que se ofrecen a nuestra vista, nuestro corazón se resistirá a levantarse, a emprender este espinoso camino, recordemos lo que el Señor dijo a S. Pedro cuando, queriéndose dirigir hacia El en medio del mar, y tembloroso, temía: Módicae fidei: Ten aliento, alma de poca fe, que al mandártelo yo no temas la falta de mi gracia [(Mt. 8,26)].
   Pero no sólo es posible, hermanas mías, el emprender y hasta lograr en mayor o menor grado este odio y desprecio de nosotros mismos puesto que Dios nos invita, sino que nos es absolutamente indispensable, si queremos corresponder a las miras de Dios y cumplir nuestro destino.
   Para fijarnos en esta idea, basta recordar aquella misma expresión de Jesucristo, en el pasaje citado en un principio, a la cual añade: Qui voluerit animan suam salvam facere, perdet eam: El que quisiere salvar su alma la perderá [(Mt. 16,25)]; lo cual expositando S. Agustín, como sabéis en el evangelio de mártires de tiempo pascual, dice que puede entenderse de dos maneras: o por contraposición. Esto es, el que quisiera en este mundo salvar su alma, regalándola, condescendiéndola, no abnegándose, la perderá <*8*> en la otra; o de este modo: el que quisiera salvar su alma allá, es preciso que la pierda en ésta. En los dos sentidos o exposiciones se manifiesta la necesidad de abnegarse a sí mismo, de destruir al hombre viejo, de crucificarle, de morir a sí. Misteriosa verdad, escondida para los sabios del siglo; pero a nosotros nos ha sido dado conocer mysteria regni: los misterios del reino de Dios [(Mc. 4,11)].
   El consignado en el primer sentido, esto es, que él que quiera salvar su alma en esta vida la perderá en la otra, es el sentido más propio según el mismo S. Agustín, pues al decir esto Jesús a las turbas, había dicho antes: Decía Jesús: si alguno quiere venir en pos de mí que se niegue, tome su cruz y me siga; pues el que quiera salvar su alma la perderá.
   Por ello, el Apóstol S. Pablo recomienda a todos los fieles esta doctrina de Jesucristo y la manda observar; y por esto enseña que el hombre es regenerado en el Bautismo, para que el hombre antiguo sea destruido, y el nuevo se forme según Dios: En Cristo somos nueva criatura, para que los que vivan, ya no vivan para sí; pues muertos sois; y si muertos, ¿por qué vivis todavía según el mundo? Y en su carta a los Romanos: an ignoratis: ¿ignoráis acaso que los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en la muerte de El mismo? y hemos sido sepultados con El por el bautismo en la muerte, sabiendo que hemos crucificado con El nuestro hombre antiguo? [(Rom. 6,3)].
   Si lo examinamos en el segundo sentido, esto es, si queremos salvar nuestra alma, es preciso desecharla y perderla en ésta, aún se patentizaría más la verdad de lo indispensable que nos es: el que perdiere su alma la encontrará: o como dice S. Lucas: salvem faciet illam: la salvará [(Lc. 17,33)]. ¿Cómo es que Jesucristo encargó tanto esta perdición del alma, esta destrucción de sí mismo como condi-<*9*> ción de salvarlo?
   Insipiens, dice el Apóstol. Necio, pues que, acaso lo que tú siembras, llega a fructificar si antes no muere en la tierra? Pues así también Jesucristo lo encargaba tanto, porque no podemos vivir en El sin morir antes en este mundo, porque no puede levantarse el edificio del hombre nuevo, sin destruir el antiguo, porque ambos no pueden estar juntos, y es indispensable que al amor de sí, al amor de lo terreno, se sobreponga el amor de Dios, y el amor propio sea enterrado con sus inclinaciones y concupiscencias.
   Por esto, finalmente, el divino Salvador, nos advierte que nos guardemos de nosotros mismos, porque inimici hominis domestici ejus [(Mt. 10,36)]: y por esto es necesario, como repite el Apóstol, que los que viven en Cristo, crucifiquen su carne con todos sus deseos y concupiscencias.
   Pero no sólo nos es necesaria y posible esta destrucción y muerte de sí mismo, sino que están vinculados a ella bienes, pero bienes inexplicables, y cuya sola esperanza debía alentar nuestro corazón.
   El divino Salvador, prescindiendo del premio que en la otra vida tiene ya reservado a aquéllos que, muertos como El a todo, han seguido sus caminos, lo cual dejó de expresar, nos afianza ya la promesa en ésta: Inveniet in patientia vestra [(Lc. 21,19)]. Porque así como el que vive para sí, es muerto para Dios, también el que muere para sí, vive ya para Dios. Quasi morientes, exclama el Apóstol, como si muriéramos, sed vere vivimus: y he aquí [que] vivimos [(I Cor. 6,9)]. Y esta vida que se nos promete ya en este mundo es una vida santa, una <*10*> vida feliz y bienaventurada.
   Aunque la santidad del alma propiamente hablando no consiste directamente en el odio hacia sí, sino en el amor hacia Dios, con todo esta abnegación de sí mismo es una disposición inmediatamente próxima para aquella santidad; en primer lugar porque el amor de Dios no puede estar sin el aborrecimiento de sí mismo, ya también porque como el corazón ha nacido para amar y necesariamente, si está libre de sí mismo, como una consecuencia inmediata tiende hacia arriba y, por lo tanto, hacia Dios como su fin y centro de su descanso; y ya finalmente porque siendo Dios comunicativo de sí, llena todo cuanto halla vacío. Oh! hermanas mías, qué abundancia de bienes de santificación produce este odio y desprecio de sí mismo!
   He dicho que el odio y desprecio de sí mismo está unido inseparablemente al amor de Dios, y por lo tanto, el mejor barómetro para conocer éste, es sondear en nuestro corazón el amor, el sufrimiento y abyección de nosotros mismos.
   Por ello, S. Agustín pronunciaba tantas veces en la presencia de Dios aquella expresión: Noverim, noverim me ut oderim me; noverim te ut amen te. Señor, dame a conocer para que me aborrezca; dadme a conocer a mí mismo para que te ame a ti.
   He indicado también que como el corazón del hombre necesariamente ha de amar, y debe estar entretenido, resulta que o debe pasar el tiempo, haciendo casitas de paja como dice Sta. Teresa, alimentando su imaginación y dejándola correr por los espacios de la vanidad y ocupando su entendimiento en buscar [?] o atando su voluntad a objetos criados, buscando desahogo en las afecciones humanas, que siquiera no sean en sí pecaminosas, no dejan de ser peligrosas y menos puras, o buscando medios de evitar la confusión, o finalmente deseando las comodidades exteriores y tejiendo <*11*> en fin con sutiles telarañas los días de su vida y las fibras de su corazón; y ya veis, hermanas mías, que por ligeros y sutiles que sean estos hilos del amor hacia nosotros mismos, atan al alma y no la dejan elevar como es debido hacia arriba, y estorban por lo tanto la santidad; cuando al contrario, si tuviéramos la suficiente fuerza y decisión para romperlos nuestra alma subiría sin esfuerzo hacia ese foco de luz divina, que es su centro, y allí sería consumida por la llama de caridad de Dios.
   Y, en fin, como que Dios, su gracia, su amor, no pueden estar ociosos, los rayos de su gracia penetran por todas partes si no encuentran estorbo; si el alma está libre de estas rastreras nubes, penetrarán sus rayos hasta el fondo del corazón, hasta las entretelas del alma; por esto nos exhorta y nos dice: dilata os tuum... ensancha tu boca y la llenaré, [(Sal. 80,11)] y cuando no tiene impedimento, la caridad de Dios, como dice el Apóstol, se difunde en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado a nosotros.
   He aquí las ventajas para adquirir una vida santa y agradable a Dios; muy bien, pues, dice S. Agustín: Si male amaveris... Si te amas malamente, verdaderamente te aborreces; si te aborreces como es debido, éste es tu verdadero amor.
   Pero no sólo adquirimos, hermanas mías, una vida de santidad y encontramos nuestra alma, sino que es una santidad feliz aun sobre la tierra.
   El hombre va tras la felicidad; aun apartándose de ella la desea, y aun luchando consigo mismo no puede desprenderse de ella; y, sin embargo, la humanidad busca esta bienaventuranza en aquello que no puede encontrarla; sólo puede hallarse en la muerte de sí mismo; Si spiritu facta carnis mortificaveritis, vivetis, dice el Apóstol; [(Rom. 8,13)]; y el que consigue morir de este modo encontrará, continúa, la libertad de los hijos de Dios, porque donde está el espíritu allí está la libertad; lo que no sucede cuando siendo propietarios de nosotros mismos y amadores de nuestras almas, estamos atados por la curiosidad, por los deseos, buscando nuestras cosas, no lo que es de Jesucristo, y fabrican-<*12*> do lo que perece y pasa para siempre.
   El alma que ha logrado esta muerte de sí misma, encuentra el sosiego y la paz del alma, porque el fruto del espíritu es la caridad, el gozo, la paz, la paciencia, como dice S. Pablo, puesto que la mayor parte de las veces las ansiedades, las perturbaciones del alma, tienen por raiz y origen el amor desordenado hacia nosotros mismos.
   El alma que se encuentra en esta envidiable situación, o a lo menos aspira a ella, posee la seguridad, porque el mismo espíritu da testimonio a nuestro espíritu [de] que somos hijos y herederos de Dios, porque está seguro que el que aborrece y desprecia de este modo su alma, in vitam aeternam custodit eam, la tiene guardada para la vida eterna.
   Considerad al alma que poseyera este desprendimiento de sí: elevada sobre la región de la materia está libre de los vientos agitadores de las cosas exteriores, y [ni] la humillación la hiere, ni la prosperidad y satisfacción la agitan, y pisa con desdeñosa planta cuanto puede acontecerle. Más grande su corazón que todo el mundo, se burla de él; y aun cuando todo el mundo se levantara contra ella, sería más grande que él; pues el mundo no sabría que le hiere y ella sabría que nada puede hacerles, porque atada su alma desde el cielo con cadena de oro, saldría libre de las ruinas del mismo mundo.
   No [es] extraño que el Apóstol desafiara a la vida y a la muerte, y a las potestades del abismo.
   No es extraño que la gran Teresa, que había gustado las delicias de esta muerte espiritual, no se encontrara bien, si no nadaba en la contradicción, en el desprecio, en la humillación en todo.
   Siempre saboreaba los consuelos al lado de las humillaciones, y por esto, según ella misma decía, aunque no fuera por Dios, por egoísmo y por <*13*> conveniencia propia las buscaría, porque estaba [segura] de la ganancia y la recompensa aun en este mundo mismo.
   Si el Señor nos diera [a] conocer con claridad los consuelos de que ya en este mundo nos privamos por nuestra falta de abnegación, nos avergonzaríamos de nuestra falta de correspondencia, de nuestra cobardía, de nuestra timidez, de nuestro apego a nosotros mismos.
   He aquí, hermanas mías, las ventajas de la abnegación y del odio a nosotros mismos: he aquí el estudio a que hemos de dedicarnos para ser perfectos imitadores de la humillación de Jesús.
   No sé, hermanas mías, si me he dado a entender y si me he adaptado bastante a vuestra capacidad en esta materia, por demás interesante; pero vuestro perspicaz entendimiento y sólida instrucción, sabrá adivinar lo que ha faltado a mis palabras, y el Señor os iluminará si de veras deseáis estudiar y seguir esta muerte, que el Señor nos propone.
   Ahora bien: he dicho también que otro medio de conseguir nuestra humillación con Jesús es, además de la abnegación, nuestra constante sujeción a la voluntad de Dios. Pero temo que me he alargado demasiado...
   Así pues, condensando lo que hemos dicho sobre la abnegación, podemos conseguirla: porque: Es necesario luchar por ella. Tendremos una gran recompensa. Animénonos, pues, a conseguirla, y digamos con el Apóstol: Mihi vivere... Vivo ego... [(Flp. 1,21; Gal. 2,20)]. Y quiero vivir crucificado con El.

Práctica de las buenas obras


Escritos I.º, vol. 11, doc. 42, págs. 1-2






   ¿Qué son buenas obras? Todo...

   Todos hemos sido destinados para un fin: plantas, animales. El hombre, pues, también... El hombre, pues, debe dar también frutos proporcionados a su naturaleza. ¿Cuáles son estos frutos? Frutos de su entendimiento y de su voluntad, con sujeción y en obsequio de Dios. Siendo, pues, el propietario de éste, todos sus frutos han de ser para El. De consiguiente todos aquellos actos que dimanan del hombre según su ser racional, es decir, con deliberación, han de ofrecerse a Dios. De modo que todos los momentos, todos los actos, hasta los más insignificantes, deben salir del hombre de tal manera, que vayan directamente a Dios.

   Pero dirá alguno: ¿Cómo es posible? Para esto sería preciso que estuviera siempre pensando en Dios, y decirle: Señor, hago por Vos [esto] porque Vos me lo mandáis. No, Señores, no es preciso esto. Dios ya sabe que no podemos estar siempre pensando en El, porque nuestra imaginación no puede estar fija en un objeto; por esto se contenta con me-<*2*> nos; con que por la mañana hagamos este ofrecimiento, y esta intención ya dura después aunque no nos fijemos en ella, porque se contiene en ella virtualmente. Ejemplo: Uno tiene intención de emprender un viaje... Así, pues, con tal que por la mañana o entre día...

   Pero ¿qué condiciones se requieren? Tres: que la cosa ya sea buena en sí; que sea en obsequio de Dios: Un Ministro; y que el hombre esté en gracia de Dios. El Apóstol San Pablo: si diera todo el bien! Qué desgracia tan grande , Señores. El que está en pecado trabaja, sufre enfermedades... Qué desgracia para el labrador que siembra... Nuestra vida huye como una sombra. Ay! en la hora de la muerte...

   Efectos de las buenas obras: Propiciatorio...

   Obras vivas, muertas y mortificadas.

Escritos I.º, vol. 11, doc. 43, págs. 1-22






   Buenas obras

   Siendo la caridad activa y generosa; siendo como dijimos la reina de las virtudes, la única virtud que da mérito y valor a todas las demás, y a todas las acciones que hagamos, viene como consecuencia natural, el tratar de las buenas obras, su necesidad, condiciones y efectos.
   Hablando en general, buena obra es todo aquello que se hace conforme a la razón y a la ley de Dios, prescindiendo del fin, intención, motivo de ellas. El salvaje que no ha oído la doctrina católica y se deja llevar por la primera forma de su instinto que es el de conservación, el cual le dice que no hagas al prójimo lo que no quisieras para ti, y practica obras según este principio, es seguramente un hombre de bien, o cuando menos un hombre de verdad intelectual. La segunda base del instinto del hombre, y que es ya un principio de caridad, es la simpatía. El hombre sufre al ver...
   Así mismo hay muchos.
   Pero sobre estas formas de educación o sus frutos hay otro que es la caridad.
   Así, pues, toda acción exterior que va conducida a hacer algún bien, y es conforme con la razón, es una buena obra. Los gentiles practican muchas de estas obras y sublimes.
   Pero no debemos aquí hablar de esas virtudes y acciones buenas en el orden natural, sino que debemos tratar como cristianos que somos, de nuestras acciones en cuanto son conducidas por la fe, animadas por la esperanza, y vivificadas por la caridad; es decir, de nuestras acciones en el orden sobrenatural, o de cuanto tiene mérito de vida eterna. Estas obras según la definición <*2*> del P. Vives es todo aquello que se hace con el fin de agradar a Dios, y conseguir por este medio la salvación.

   De consiguiente, pues, para que nuestras acciones sean buenas para esta salvación, para que sean aceptadas por Dios para la vida eterna, para que trasciendan al orden sobrenatural, ¿qué condiciones deben reunir?
   En primer lugar, que sea buena en sí. Dios que es el que ha constituido el orden, no sólo en lo físico sino en lo moral, no puede aprobar lo que se opone a este orden. Así, por ejemplo, nunca podrá ser una acción agradable a los ojos de Dios el...; tan sólo se disputa si alguna de estas acciones será meritoria cuando se ejecuta por conciencia errónea, esto es, cuando aquél que la ejecuta está invenciblemente persuadido que hace una cosa buena, porque en esta cuestión están discordes los expositores; pero prescindiendo nosotros del mérito de la intención, esta acción en sí no puede ser aprobada por Dios, y por lo tanto digna de premio.
   La segunda condición que se requiere para que una acción sea sobrenaturalmente meritoria, es que se haga en obsequio de Dios. Como dijimos el día anterior al hablar de la filantropía, las muchas acciones buenas, tal vez heroicas, dimanan de otro principio que el de la mira de agradar a Dios; uno por ejemplo puede hacer una limosna por motivo puramente de vanidad; en este caso esta acción, aunque buena en sí, no puede esperar una recompensa sobrenatural. Parábola.
   Debemos, sin embargo, advertir para nuestra tranquilidad, que no es lo mismo hacer una obra con gusto, con vanidad, con descuido, con negligencia... que hacerla por vanidad, <*3*> por gusto o por otro motivo, pues que en este segundo caso, cuando se hace tan sólo por un motivo humano, entonces queda nula la acción en la presencia de Dios, no le resulta ningún mérito, quedándole tan sólo el premio de la satisfacción, o del otro objeto que se proponía al hacer aquella obra; a diferencia del que obra con demasiado gusto y satisfacción pero con la idea principal de hacer un bien y de agradar a Dios, pues en éste la acción no hace más que perder mucho mérito delante de Dios, pero no lo destruye del todo. Dios lo acepta, pero no le da toda la recompensa que le daría si hubiese hecho sin ese gusto, sin esta vanidad; y, por lo tanto, debemos procurar hacer todas las obras buenas posibles, aunque en ellas se haya de encontrar algún defecto; pero si pudiera ser deberíamos practicarlas con toda la pureza de intención posible, no fijando nuestra vista más [que] en Dios y con el solo y exclusivo objeto de darle gusto.

   Pero sobre todo la tercera, y principal condición, para que nuestras obras sean aceptadas por Dios y tengan mérito en el orden sobrenatural, es el estar animados de la virtud de la caridad, esto es, de la gracia y del amor de Dios; esto es, no tener en la conciencia mancha alguna de pecado grave o mortal.
   Condición indispensable, medio necesario para conseguir el cielo por medio de nuestras buenas obras.
   Ya sabéis lo que el Apóstol S. Pablo decía: Si yo tuviera... <*4*> El Apóstol...
   Por ello, el Señor se quejaba por medio de su Profeta diciendo: Este pueblo me honra con los labios, me ofrece sacrificios, pero su corazón está muy lejos de mí; he aquí que despreciaré sus víctimas. No todos los que dicen...

   Y, en efecto, el hombre en cuyo corazón se abriga el pecado va contra Dios. Le ha dicho a Dios, como el Angel rebelde el día de su orgullo: Non serviam; no quiero servir; prefiero mi gusto a la voluntad de Dios; no quiero ofrecerle el holocausto de mi corazón; ¿cómo puede Dios aceptar los sacrificios , las oraciones, las buenas obras que se le hacen por medio de este corazón?
   Además en el orden del espíritu el hombre es como un árbol; si al árbol le falta la raíz, si no se le comunica por medio de esta raíz la savia, que le vivifica, no producirá más que frutos muertos, sin sustancia, y sus ramas no tienen otro destino que el fuego. Estado desgraciado! Pues y tantos... Ah! pues también el alma a quien le falta esa savia divina de la gracia no puede producir ningún fruto bueno para la eternidad. De nada le aprovecha, según la expresión de S. Pablo: Nihil mihi prodest. Ni las... [(I Cor. 13,3)].
   Gran Dios! Pues y tantos actos de beneficencia que algunos pecadores practican, tantos ayunos, tantas oraciones que hacen, ¿no le aprovecharán? Nihil mihi prodest [(I Cor. 13,3)]. Pues tantas penalidades que se sufren! Pasan los años de nuestra existencia [?] Y tantas enfermedades que se soportan y muchas veces se procura que se soporten con paciencia, y con el deseo remoto de aguantarlo por Jesucristo; y tantos sacrificios que se hacen por los hijos...
   Aún más: aunque después se convierta; aunque en la hora de la muerte... Pues de este modo, más vale no hacer...
   Fatal consecuencia sería ésta! Triste deducción, aberración que ha sido en muchos la causa de su reprobación. Aunque en realidad, de verdad, las obras hechas en pecado no aprovechan absolutamente para el cielo, sin embargo, nunca dejan de aprovechar. En primer lugar, aquel que cumpla con un proyecto ya no aumenta el número de sus pecados. Además puede servirle para tres cosas:...
   En segundo lugar, Dios que es justo, y que ha prometido que ni un vaso de agua dado en su nombre quedará sin recompensa, no dejará de premiar <*5*> con bienes temporales, aun en este mundo, a aquel...
   Por esto vemos muchas veces, y nos confunde el ver que ciertos hombres disfrutan de felicidad, si así puede llamarse, mientras [que] otros... Triste pago por cierto! Sin embargo, como son obras naturales, Dios las paga con recompensas naturales.
   Todo hemos de dirigirlo a Dios.
   Pero, sobre todo, aquel que se ejercite en buenas obras, aunque esté en pecado, se dispone al bien y se ejercita en acciones buenas y si al ejercitar estas acciones, las hace por Dios, estas acciones son ejercitadas por un impulso de la gracia, y, por lo tanto, disponen al alma para salir de aquel estado en que se encuentra.
   Aún más: aunque el hombre por muchas que sean las acciones buenas que hace en pecado, no tiene derecho a que Dios le dé su gracia, ni se le premie en el cielo, sin embargo, Dios por cierta congruidad, por gratitud, si así podemos llamarlo, acostumbra a derramar sus bendiciones sobre esta alma, y a darle un arrepentimiento en sus últimos momentos. Ejemplo: el Eunuco de los Hechos apostólicos.
   Además de que estas obras hechas, sobre todo, si son de beneficencia, atraen las bendiciones de aquéllos a quienes se favorece, y ¿cómo puede Dios...? <*6*>
   ¿Qué efectos tienen las buenas obras?. Debemos saber ante todo, que nosotros juntamente con Jesucristo formamos una sociedad, una familia de Dios; que los méritos de Jesucristo son como un caudal, un tesoro, puesto en nuestras manos, y con el cual debemos comerciar por medio [de] obras durante el plazo de tiempo que el Señor nos haya concedido en esta vida. A uno le da el Señor cinco talentos a otro dos, a otros uno, según las disposiciones de su voluntad y de su alta Providencia. El que animado de la gracia y de la caridad comercia estos méritos ejercitándose en buenas obras, adquiere un mérito delante del dueño de estos talentos, un aumento de gracia; este aumento de gracia queda escrito en el libro de la vida (en la hoja de sus servicios, si así podemos llamarle) y tiene un derecho a un grado mayor de gloria en el cielo. Este mérito es personal, del que practica la buena obra, y no puede ser comunicado a los demás. Sólo puede adquirirlo el hombre viajero y en estado de gracia, pues sólo el que la tiene puede ser aumentada, y el habitante del cielo o del Purgatorio no puede merecer aunque se halle ya en estado de gracia. Uno tiene y ofrece a otro [?]. He aquí, pues, el primer efecto de las buenas obras: el merecimiento, el acto de gloria que con él se granjea.
   Pero hay también otro efecto que producen las buenas obras: es el efecto impetratorio. Como hemos dicho formamos una familia delante de Dios, cuyo Padre está pronto a escuchar a sus hijos, como El lo tiene prometido. Pero en rigor sólo tienen derecho a ser escuchados aquéllos, que estando en gracia y ejercitándose en buenas obras, cumplen la voluntad del Padre de familias. Ahora, <*7*> pues, bien: aquél que se ejercita [en] buenas obras tiene derecho a pedir y alcanzar de Dios los beneficios y gracias no sólo para sí, sino también para los demás. Dios que todo lo ha establecido en orden y que quiere comunicar a sus criaturas la facultad y el don de que contribuyan al fin que El se propone en las cosas, ha dispuesto conceder a los hijos fieles, la gracia de que puedan aplacarle, de detenerle su brazo, les ha querido hacer conductores de sus méritos y de su gracia en favor de los demás. Dios hubiese podido en verdad, de un modo absoluto, tanto en el orden de la naturaleza como de la gracia, tanto en sus premios como en sus castigos... ; pero ha querido comunicar esa dignidad a sus criaturas; mil ejemplos pudiéramos citar de esta verdad admirable: de cuánto se complace el Señor en hacer intervenir a las almas en las obras que quiere ejecutar, en los beneficios que quiere conceder! Si quiere conceder a los hijos de Israel la victoria contra los soldados, ha de ser con la condición [de] que Moisés desde lo alto de la montaña levante sus manos suplicantes. Este mismo Moisés le pide a Dios que perdone a este mismo pueblo o que le mate a él y le borre del libro [en] que le ha escrito; y Dios se complace en ello y envía su perdón. Cuántas veces el Señor ha determinado la conversión y salvación de algunos hombres a las súplicas y buenas [obras] de algunas almas! Sta. Mónica. Cuántas veces ha detenido su brazo a una lágrima de alguna alma amante suya. Y tanto es así, que muchas veces se ha visto a hombres no muy creídos, y cuando han sabido que alma alguna inocente, fervorosa y buena ha rogado por ellos a Dios, se han alegrado, parece [que] han recobrado su fe amortigÈada, y han descansado con mucha más tranquilidad, pareciéndoles que tenían sobre sí un Angel que les servía como de escudo delante de la justicia de Dios.
   Sí: las oraciones de las almas justas de los <*8*> que se dedican a la práctica de las buenas obras son como aquellos ángeles que nos pintan, que se interponen en medio de las tempestades para interceder por los náufragos. Cuántas veces quizás hubiéramos experimentado los rigores de la justicia de Dios, si no hubiesen existido entre nosotros almas que con su penitencia y sus buenas obras hubiesen atraído hacia sí las miradas de Dios, que en consideración a ellas se ha dignado aplacarse. Ya recuerdan V.V. el hecho de Sodoma y Gomorra: diez justos hubieran sido... Sin embargo, éstos no se encontraron y la venganza de Dios cayó sobre sus crímenes.
   Y no sólo para evitar castigos y para causar bienes espirituales sirven las oraciones de los que están en gracia de Dios, sino aun también para alcanzarnos paz material y bienes temporales. De ello podríamos citar también ejemplos.
   Se refiere de... que a pesar de no llevar una vida muy piadosa tenía, sin embargo, una especial afición a unos monasterios de Monjas o religiosas de vida muy austera que había en su lugar. Estando próximo a morir llamó a su hijo y le dijo: mira te dejo el reino en paz, muchas ciudades fuertes tienes a tu disposición; riquezas inmensas te lego; sin embargo, te encargo procures conservar sobre todo cuatro plazas muy fuertes que tengo y que tú tal vez ignores: son los cuatro monasterios tal y tal... que están en medio de tus dominios. Procura hacer de manera que se mantengan en la observancia de virtud en que viven ahora, que no se relaje en ellos la vida religiosa y estáte persuadido que serán los mejores baluartes contra tus enemigos, pues yo a ellos primeramente <*9*> he atribuido la prosperidad de mi reinado. Así hablaba un hombre no muy virtuoso. Tan persuadido estaba de la eficacia de las oraciones justas.
   He aquí, pues, el efecto de las buenas obras. La impetración y propiciación que alcanzan para los demás. Verdad consoladora que nos pone de manifiesto la admirable economía de la bondad de Dios.
   El tercer efecto de las buenas obras es la satisfacción o el efecto satisfactorio. Sabemos que después de perdonado el pecado...
   Pues bien: sólo el hombre en estado de gracia y durante su permanencia en la tierra, puede ir satisfaciendo a Dios; pues los santos...
   Las almas del purgatorio...
   Los hombres en estado de pecado...
   Pues bien: este efecto podemos aplicarlo a los justos en este mundo, y a las almas que están en estado de purificación en el Purgatorio; puesto que al hacer una obra buena, recogemos un tesoro para pagar con él nuestras deudas, y así como en lo humano, uno que tiene puede desprenderse de lo que tiene y satisfacer las deudas de aquél que no tiene, así también en el orden de la gracia esta parte de satisfacción y de paga, puede el hombre desprenderse de ella y rogar al Señor la tome en cuenta para desquitar las deudas de los otros. Y Dios acepta... <*10*>
   Ahora bien, pues: ¿qué cosas pueden servir para obras buenas? ¿Cuáles de nuestras acciones podrán ser aceptadas por Dios, y con mérito para la vida eterna? Todas, absolutamente todas. Es un principio de Filosofía que el hombre obra siempre por un fin, y como el objeto, fin y circunstancias son las [que] informan las acciones del hombre, resulta que todas las acciones humanas, aun en el orden natural, deben ser buenas o malas moralmente. Digo las acciones humanas, porque no todas las acciones del hombre tienen moralidad, sino tan sólo aquéllas que el hombre con conocimiento y voluntad [obra]. De aquí es que aunque se dispute en la filosofía moral si en las acciones que proceden del hombre con conocimiento y voluntad, pueden obrarse sin un fin, es decir, si puede haber acciones indiferentes; y la mayor parte de los teólogos y autores de Etica, por no decir todos, convienen que, aunque puedan haber acciones indiferentes in specie, en general miradas las acciones tan sólo en sí mismas, como v.g. el pasear, mirar un objeto de mérito..., sin embargo, estas mismas acciones en cuanto dimanan del individuo racional, es imposible que no sean buenas o malas en el orden [moral]; porque todas estas acciones o son convenientes al individuo y no discordan de su razón, y entonces serán acciones buenas, o no son convenientes al individuo y discordan de la razón, y entonces serán acciones malas. Se dirá que el hombre aunque siempre obra por [un] fin, sin embargo puede proponerse un fin indiferente, y por consiguiente lo será su acción, porque además de que el último fin es preciso...
   De consiguiente, pues, si el hombre obrando sólo como racional debe proponerse un fin, y por lo tanto su acción debe ser buena o mala en el orden moral, elevados como estamos al orden sobrenatural <*11*> debemos obrar siempre por un fin, y por lo tanto todas nuestras acciones deben ser buenas o malas delante de Dios, aun aquéllas que nos parezcan más indiferentes.
   Asunto que debía ocuparnos y meditarse mucho sobre ello, pues por la ignorancia se desperdician muchas acciones en la vida; porque en realidad, de verdad, el hombre en todo puede y debe merecer.
   Primeramente el hombre ha nacido para servir y amar a Dios; las facultades del hombre son de Dios; todos los momentos de su vida le pertenecen a El; Dios ha constituido las necesidades, los estados..., de consiguiente, a El se han de dirigir todas sus acciones y todas las respiraciones de su vida ya directa ya indirectamente; todas las demás cosas del hombre, todos sus destinos, todos, no son más que fines secundarios; o, más bien, son medios que deben subordinarse a este fin último; por lo tanto, si se subordinan serán acciones buenas; sino se dirigen y subordinan serán acciones malas.
   Y, por lo tanto, no sólo aquellas acciones piadosas que van directamente a Dios, como son oraciones, sacrificios, limosnas, serán acciones buenas y agradables a Dios, sino también todas aquéllas que en sí parece no tengan relación alguna con Dios, como el trabajar, las diversiones, el comer, y demás necesidades de la vida, porque Dios las ha puesto, porque sabe que debemos pasar por todas estas necesidades y estas cosas, y porque quiere El aceptarlo; y particularizando más la idea y para que lo veamos mejor: el hombre debe trabajar en este mundo para proveer a su subsistencia porque es el medio que la Providencia le ha ordenado; este hombre si trabaja con este fin honesto, obligado por la necesidad y por el mandato de Dios, para proporcionarse un bienestar honroso y precaverse de las necesidades de la vida, este hombre al dirigir este trabajo a Dios, merecerá, y Dios lo aceptará. Si este mismo hombre <*12*> al dedicarse al trabajo lo hace puramente por ambición, sin pensar para nada en Dios, para atender no sólo a sus necesidades sino también a sus pasiones, este hombre se propondrá un fin no recto; estas acciones no serán buenas.
   Un padre de familias...
   Dios sabe que para sostener este cuerpo que nos ha dado para compañero de nuestra alma, durante los días de nuestra peregrinación, debemos proporcionarle alimento, guarecerlo de las molestias de las estaciones, y para ello nos ha proporcionado todos los bienes de la naturaleza, nos ha prodigado los bienes de la creación y nos permite que disfrutemos de estos beneficios. Si el hombre, pues, al usar de estos alimentos, de estos bienes de la creación, lo hace con el recto fin que Dios le ha marcado, moderadamente y agradeciendo estos beneficios, estas acciones dirigidas con esta intención a Dios, serán meritorias. Si este hombre usa de estos alimentos y de estos bienes con desorden, con demasiado ahínco, con profusión, sólo por placer, por vanidad, no mirando en esto más que el placer de sí mismo, éste cometerá una falta, más o menos [grave] según el modo que lo practique.
   Dios sabe que nuestro cuerpo se fatiga... <*13*>
   El sueño es una necesidad; Dios sabe que debemos usar de él para la vida del cuerpo; mientras usamos de esta necesidad, para este fin que Dios lo ha puesto, merecemos; si usamos de él con desorden, por puro placer, faltando a nuestras obligaciones, o dejando pasar muchos ratos que podíamos aprovechar, entonces cometeremos una falta, que tal vez no sea más que venial, pero de todos modos será una acción no buena, no merecerá delante de Dios, y al contrario merecerá algo de castigo, porque no va dirigida a Dios ni por la recta razón.
   Lo mismo decimos de las penas...
   Y así podemos decir muy bien, que todas las acciones del hombre son o una cadena y una mina de obras buenas, o una cadena de imperfecciones, de faltas y de pecados, según la clase de acción que sea.
   Todo, todo o es bueno o es malo en la presencia de Dios. Tal vez nos parezca extraña esta idea, porque no pensamos ni discurrimos en ella, pero no porque no pensemos en ello deja de ser una verdad que la filosofía y la fe nos lo dicen. El Apóstol S. Pablo...
   Cuántas acciones se pierden al día, cuántas son malas por esta falta de conocimiento, por este descuido en ofrecer a Dios todas las acciones!
   Si se pregunta a uno por qué trabajas, por qué estudias... o no sabrá qué contestar o se propondrá un fin puramente humano, y en este caso la mayor parte de las acciones o son perdidas o malas.
   Pero, sin embargo, no es preciso para que sean buenas... <*14*>
   He aquí, pues, las grandes ventajas que ofrece el dirigir las acciones a Dios en estado de gracia. Dos se levantarán por la mañana...
   Procuremos, pues, no desperdiciar el tiempo.
   Nuestro Señor Jesucristo en mil parábolas nos está aconsejando la necesidad... Dum tempus habetis... [(Gal. 6,10)] Vírgines prudentes... [(Mt. 25, 1-13)] Sint lumbi vestri... [(Lc. 12,35)].
   Procuremos siempre un recto fin en nuestras operaciones. S. Ignacio, S. Luis Gonzaga.
   ¿Qué consecuencias debemos sacar?
   1.º Desgracia del pecador.
   2.º Necesidad de que haya personas buenas.
   Explanada ya la virtud de la caridad y su corolario, las buenas obras, debo recapacitar un momento y ver ¿qué consecuencias debemos sacar de la idea de estas últimas? <*15*> ¿Qué sentimientos debe producir en nuestra alma para animarnos a aprovecharnos de ellas?
   El primer sentimiento que ocurre es la consideración de los perjuicios que se irroga, las fatales consecuencias que arrastra el pecado mortal en el alma.
   Ya saben V.V. que según la comparación de la Escritura y que indicamos en los días anteriores, el hombre que no está vivificado por la raíz fecunda de la gracia, es como un árbol muerto que no puede producir frutos, y que sus secas ramas, próximas a ser cortadas, no pueden tener otro destino que el fuego.
   Bellísima comparación, que por lo exacta que es, debía ocupar seriamente nuestra atención.
   He aquí, pues, el primer efecto de la falta de caridad, el peligro continuo de nuestra propia condenación: El ser objeto de desprecio y de odio ante la faz hermosa de la justicia de Dios, que, aunque quiera, no puede mirar con buenos ojos a esta alma desgraciada pues sus atributos le obligan a mirarla con horror sus acciones, las que claman para que la castigue, y la ponen en un continuo peligro.
   Pero aunque no lo miráramos bajo este aspecto, sólo porque desvirtúa todas nuestras operaciones y las deja sin mérito, ya sería un mal deplorable la situación y el estado del alma pecadora.
   ¿Qué diriamos de aquel hombre temerario, que despreciando el peligro se pusiera a descansar y dormir a rienda suelta en el borde de una torre elevada? Ah! horror, compasión y hasta rabia nos daría el contemplar este hombre en esta situación! Sin embargo, ésta es la situación del hombre en cuyo corazón vive apagada la llama del amor de Dios, que está en su desgracia, que vive en pecado. Los tropiezos a que está expuesta nuestra frágil existencia, cuando llevamos dentro de nosotros mismos los principios de destrucción, cuando un desequilibrio de humores basta para disolver...; cuando todos los elementos exteriores conspiran contra nosotros, de modo que caminamos como si fuéramos sobre vidrio frágil y resbaladizo; todo este conjunto de peligros nos [pone] en una situación más temible que si durmiéramos al borde de un precipicio. <*16*>

   Mal es el estado que ofrece el alma que vive muerta en el espíritu. No es extraño que la consideración, la imagen de este estado, el aspecto [que] ofrece delante de Dios, el peligro a que se ve expuesta, arrancará lágrimas tan amargas al corazón tierno y compasivo de Jesucristo. En las pocas veces que Jesucristo lloró fue al recordar esta situación. Cuando iba a resucitar a Lázaro, que hacía cuatro días que había muerto, todos los Expositores convienen en [que en] esta acción iba a representar Jesucristo el acto en que por medio de su poder y su gracia y su voz poderosa levanta al hombre del estado de la culpa a la vida de la gracia; pues bien: sólo esta idea, esta imagen, le hacía llorar abundantemente, de tal manera que los judíos no pudieron menos que exclamar: En quomodo... Y en el momento de hacer el milagro no sólo llora, sino que infremuit: prorrumpió en un fuerte gemido, que conmovió a los circunstantes [(Jn. 11, 33-36)].
   La otra ocasión en que lloró Jesucristo fue cuando dirigiéndose a Jerusalén, la distinguió desde una altura; y al recordar los pecados y los castigos que por ellos la amenazaban, exclamó derramando lágrimas: Oh! si cognovisses... [(Lc. 19,42)].

   Tal es el estado del alma a quien le falta el amor de Dios, que no está animada por la caridad, que está muerta en la mente, en la presencia de Dios, cual Lázaro en el sepulcro. No es extraño que Sta. Magdalena de Pazzis, a quien Dios hizo ver el estado de una alma... <*17*>
   Pero no mirándolo aún por este lado y circunscribiéndonos a las ideas emitidas estos últimos [días] hablando de las buenas obras, podemos sacar la consecuencia de lo importante que es el estar animada de la gracia y de la virtud de la caridad, por lo inútiles que son todas nuestras acciones sin ella. No extrañen que recalque tanto en esta verdad, pues su importancia tiene un valor inmenso y es de suma utilidad.
   Sí: nuestra vida es corta; pasa como una sombra; es, según la expresión de Job, como la flor del campo que por la mañana nace y a la tarde cae marchita sobre su tallo; es como el heno que el menor rayo de sol seca; y aun en medio de esta vida tan breve el hombre se halla rodeado de mil miserias, según la expresión del mismo Job; cuántas enfermedades! Cuántas... cuántas...
   Si no fuera que la fe lo dice que todas estas miserias, que todas estas penalidades han sido efecto de un pecado, del que hemos sido participantes, casi no podríamos comprender ni explicar esta obra salida de las manos de Dios sabio y justo.
   Pues bien: todas estas penas, todas estas fatigas, todas estas penalidades, de nada aprovechan a aquél que no puede dirigirlas a Dios, por no estar vivificadas por la caridad y la gracia.
   Pasan los días de nuestra existencia, corren veloces los años, cada respiración nuestra es un paso hacia la eternidad; y este tiempo que ha pasado ya no podemos recuperarlo; las obras en este tiempo que se nos escapa, si nacen muertas por estar en pecado, quedarán muertas para siempre; aunque queramos, no podemos volver atrás; de aquí es que cuando al fijar nuestra vista en el porvenir quisiéramos <*18*> volver atrás, y vemos que el tiempo nos empuja hacia adelante, nos entristecemos, y esto se aumenta a medida que vamos avanzando en el camino de la vida; sin embargo, a pesar de nuestro sentimiento, las obras perdidas lo quedan para siempre; el tiempo gastado queda inútil; aún más: aunque el hombre después de muchos años de olvido de Dios, se convierte a El y empieza una vida de sentimiento, sin embargo, esta vida de penitencia, estas buenas obras, no serán bastante jamás a reparar el tiempo que se ha perdido y las obras que se han maleado. Cuando, al contrario, aquél que convencido del fin por qué ha sido criado, trata de dirigirlo todo a este fin, todos los momentos de su vida le aprovechan, hasta las necesidades y operaciones más ordinarias de la vida son un tesoro para la eternidad.

   Pero otra consideración nos suministra la idea de las buenas obras. Al hablar de sus efectos, hemos dicho que era uno de los principales el efecto propiciatorio e impetratorio, esto es, la fuerza que las buenas obras tienen para alcanzar gracia del Señor. Pues bien: esta idea debe estimularnos a reverenciar la virtud, a no burlarnos jamás de ella; debemos mirar con respeto y devoción los lugares que la piedad ha levantado para la santificación de las almas, los asilos de retiro y de oración; no mirarlos con ojos mundanos, como si fueran lugares inútiles y de ociosidad como los consideran los que [no] tienen fe, sino pensando que tal vez a las oraciones de alguna de estas almas retiradas, piadosas, penitentes, debemos nosotros, los pueblos, la sociedad entera, que el Señor no envíe sus castigos. Dios muchas veces si ha querido castigar a algún individuo o familia, ha arrebatado a alguno que por sus oraciones impedía este castigo; y hasta la his-<*19*> toria nos demuestra que antes de castigar a ciertas naciones, ha permitido que desaparezcan comunidades o establicimientos de piedad y de recogimiento, o que estos establecimientos perdieran su fervor.
   Debemos, por lo tanto, procurar fomentar la piedad y contribuir con nuestras fuerzas, a que sea aumentado el número de los amadores de Dios, y a que se sostengan los establecimientos piadosos, para que de esta manera nos proporcionemos por este medio víctimas agradables que intercedan por nosotros.

   Finalmente, ya que como hemos dicho también, todas nuestras acciones, hasta las más bajas, pueden ser provechosas, si van acompañadas de la verdadera intención, debemos procurar aprovecharlas, y levantar a menudo el corazón a Dios ofreciéndoselas con la voluntad.
   Si el trabajo, el estudio, los quehaceres, nos molestan y nos fastidian, recordemos que es una ley puesta por Dios la del trabajo al hombre, que en el día del primer pecado le impuso que debía comer el pan con el sudor y la fatiga; y ya que hemos sido participantes de su pecado, y tal vez le hemos imitado en los pecados personales, justo es que le ofrezcamos como penitencia este mismo trabajo para el cual tenemos que hacernos violencia. Pero no debemos olvidar tampoco que en este mismo trabajo, en esta tarea no nos sorprenda la ambición, la vanidad, u otros motivos bastardos, que nos inutilicen nuestras acciones y nuestros sudores. Sírvanos para modelo de este trabajo y de esta asiduidad el ejemplo y la intención de Jesucristo trabajando materialmente por espacio de 30 años, materialmente y moralmente fatigándose los últimos [años] de su vida. <*20*>
   Si alguna vez nos dejamos arrebatar de la hermosura de la creación o del arte, al contemplar una hermosa campiña, la majestad imponente del mar, bendigamos al Señor que nos ha dejado disfrutar de esas cosas, que lo ha criado únicamente para que gozáramos de ellas y elevemos nuestro corazón midiendo, si podemos, con nuestra imaginación la hermosura, la grandeza, la inmensidad de ese mismo Dios a quien nos es dable todavía contemplar. Si disfrutamos de las flores y frutos del campo, al mismo tiempo que debemos bendecir también la mano de Dios, debemos considerar con cuánta exactitud cumplen todas las criaturas de la tierra el destino que Dios les ha marcado, y nosotros, rey[es] de ellas damos muy pocos frutos al Señor de las obras que nos mandó practicar.
   De esta consideración sacaba tanta copia de buenos afectos aquella alma grande, Sta. Magdalena de Pazzis. Y S. Luis Gonzaga...

   Si alguna vez, en fin, durante lo apacible de la noche contemplamos la extensión y la hermosura de ese cielo sembrado de estrellas, pensemos cuál será la hermosura de ese lugar que el Señor nos tiene preparado, cuando mirado de lejos y de fuera tanto deslumbra nuestra vista y absorbe nuestra admiración. Por esto S. Ignacio de Loyola: Sordet terra...
   Cuando recibamos nuestro sustento, podemos muy bien aprovecharnos de esta necesidad y de este placer. No lo hagamos nunca sin darle gracias de lo íntimo de nuestra alma, considerando cuántos hay tal vez que no pueden acercarse un pedazo de pan a su boca, mientras a nosotros nada nos falta.
   Y si alguna vez los estímulos de la gula y de la concupiscencia quieran conducir este placer hasta el exceso, <*21*> entonces acordémonos que nuestro Señor Jesucristo quiso sufrir el hambre, la amargura de la hiel y... de la sed, para satisfacer por los excesos de estos sentidos. San Francisco de Borja.

   Pero no sólo los bienes, recreos, placeres y demás que el Señor nos envía debemos saber aprovecharlos, sino también y, con mucha más razón, las contrariedades que nos sobrevienen y las molestias de la vida.
   Nos molestan las incomodidades de las estaciones del frío, del calor... aunque nos es permitido aliviarlas por los medios que el Señor ha puesto a nuestra disposición, sin embargo, pensar que ya nos hemos valido de estos sentidos y de este cuerpo para ofender a Dios, el Señor se vale de estas cosas como instrumentos para nuestra humillación y penitencia, y recibámoslo por lo tanto, con espíritu de mortificación, como ministros de sus venganzas, cuando no podamos evitarlas.
   Si experimentamos el dolor del fuego, las enfermedades, los dolores del cuerpo, recogitemos que si el Señor hubiese descargado su brazo la primera vez que le [hemos] ofendido, estaríamos sin duda padeciendo mucho más y sin mérito y sin consuelo. Pensemos también que los padecimientos son una ley de la humanidad, efecto del pecado, y que Jesucristo para pagarla pasó por todos los dolores, y que por consiguiente al sufrirlos con resignación, nos hacemos imitadores de Jesucristo y compañeros suyos.
   No me extraña que los mártires...
   S. Juan de la Cruz.
   Sta. Teresa.
   Sta. Magdalena de Pazzis.
   He aquí los efectos que produce la verdadera filosofía cristiana; hace al hombre superior a todos los contratiempos, desgracias, miserias y penalidades <*22*> de la vida. Los antiguos filósofos...
   Pues bien: esto consigue el cristiano...
   He aquí, pues, un gran medio de santificar todas nuestras acciones, de sacar provecho no sólo de los beneficios y bienes que el Señor nos envía, sino también de todas las cosas que nos vienen en contrario.
   Haciéndolo así, la vida del hombre sería un tesoro de méritos para la eternidad. Cada instante es de un valor inmenso; cuando haciendo lo contrario, se pierde el tiempo, que es lo más precioso que el hombre tiene, pues es el medio prescrito por la Providencia para labrarnos una felicidad.

Perseverancia


Escritos I.º, vol. 11, doc. 44, págs. 1-2






   J.C.[?] y qui perseveraverit [(Mt. 10,22)].

   ¿Qué es la perseverancia?
   Velar - Jesús.
   La prudente Iglesia.
   Porque el enemigo 1.º nos deja - gustos - ocasiones - vuelve la tempestad - Un libro - una ocasión - un compañero - una burla de la religión - la debilidad de una persona -
   3- La fragilidad humana.
   Este enemigo doméstico
   [?] David - Salomón - Orígenes - Tertuliano - S. Pablo.
   2.º No cansarse - el camino del bien tiene sus fatigas - Adelantar - El río - Multiplicar las obras buenas.
   Orar -.
   Sobre qué - La fe - Estamos en tiempos que aun la fe peligra - J.C. anunciaba gente sobre gente - y falsos Profetas - El anticristo - Si alguno os predicase otra cosa, un angelus.
   Esta se piede 1.º Por la falta de pruebas - por las pasiones - por las lecturas - malos ejemplos -
   Sobre los peligros - El enemigo astuto. <*2*>
   Si es [?] una ocasión - cortadla.
   La paz de una buena conciencia.
   Si es lícito dejar amigos dejadlo.
   Y ¿queréis sobre todo perseverar? dedicaros a obras de celo - tomad parte en las obras de piedad en la Parroquia.
   Asociaos a una Congregación u otra y es el gran medio de adquirir espíritu de Congregación y será [?]
   Por lo demás, no olvides que habéis oído estas verdades y os pido:
   1.º La costumbre de hablar en la Iglesia es una falta: corregíosla
   2.º Ved de combatir la blasfemia - Esta supone falta de fe
   Los pueblos que blasfeman aunque no tengan malas costumbres para castigos se pierden.
   Ejemplos de la historia - Jerusalen - Constantinopla -
   Es pecado social - Esto y los días festivos - Ej.
   3.º Pedid por la fe de España - propagación de nuestro Instituto y que podamos venir a trabajar.
   Yo me acuerdo de S. Mateo.

Pequeñas virtudes


Escritos I.º, vol. 11, doc. 45, pág. 1






   Mansedumbre y dulzura.

   Los Apóstoles quieren que caiga fuego sobre Samaría.
   La mujer adúltera.
   Habla a Marta.
   Come lo que le ponen.
   Las turbas imprudentes le sofocan: no se queja.
   La madre del Zebedeo.
   Sube a una barquichuela.

Escritos I.º, vol. 11, doc. 46, págs. 1-2






   Cristo modelo.

   El amante Cristo - Jesús - Vida de El, etc.


   ¿Para qué os hablo de esto? Para que apreciéis las acciones modestas de Jesús. - Pequeñas virtudes.
   Sufrimiento mutuo.
   S. Felipe Neri. - ¿Por qué? Porque en el silencio - la curiosidad - general y particular. - El silencio riguroso y medio.
   El recogimiento - Desasimiento de lo externo y de lo interno - Matamiento de voluntad - Ejemplo...
   Limpieza - [?]
   Silencio. - Nunca he tratado ni acostumbro a tratar las cosas particulares que deben practicarse en las Comunmidades. Recuerdo muy bien la advertencia de S. Fracisco de Sales que cuando hay amor en el corazón, ya se arroja fuera todo lo que hay.
   Pero como a veces sucede que el mal se practica por falta de advertencia y porque insensiblemente se practica sin repugnancia lo que se encuentra practicado por los demás, no será demás que al medirnos con la conducta de Cristo-Jesús, examinemos nuestras operaciones.
   El silencio, ya sabéis que la lengua es el enemigo de los santos y de las Comunidades religiosas, sobre todo de mujeres.
   Sin él es imposible la observancia; si tres mujeres etc. etc. <*2*>
   Con él todo es posible. - Los antiguos anacoretas.
   No debemos olvidar aquella sentencia de S.N. Nunca me he arrepentido etc. Hoy que todo es un parlamentismo.
   Sabido es que en un principio el silencio era completo. Después se permitió el medio silencio - con las circunstancias que indican los mandatos.
   Si S. Felipe viniera.
   Y esto precisamente en las cosas que dan fuerza.
   ¡Cuántos no se han escandalizado de oír un grito!
   La curiosidad. - General o particular. - General es cuando se habla de todo - Y como cada una dice lo suyo, entre todas lo saben todo, y saben más que si estuvieran fuera. ¡Y cuántos inconvenientes, y males, celos y disgustos y disipaciones causa esto!
   ¿Cómo se remedia? No diciendo lo que ocurre.

Varios medios y virtudes


Escritos I.º, vol. 11, doc. 47, pags. 1-7





Cintorres 24 Julio (92)



   Plática en la Conferencia de S. Vicente de Paul

   Mis respetables y amadísimas Socias de la Conferencia de S. Vicente de Paúl.
   Habiendo venido a visitar, aunque de paso esta población, de tantos recuerdos para mí, cuna de tantas personas queridas para mí, y de amigos inolvidables de mi juventud que me contaban las glorias y la fe de este pueblo, con esta ocasión se me ha invitado a esta reunión, que vosotras, amadas socias, celebráis periódicamente según las prescripciones de vuestro Reglamento, y con sumo gusto he aceptado la invitación.
   Y se me obliga ahora, a pesar del estado de mi ronca garganta, a que os dirija mi palabra.
   ¿Qué os diré, pues, que pueda entretener vuestra devoción por un momento?
   Si vosotras fuerais almas menos instruidas en la fe y en el conocimiento práctico de lo que es <*2*> el ejercicio de la caridad evangélica, a cuyo ejercicio os habéis dedicado, yo me complacería, para alentaros y ser constantes en vuestra tarea santa, a recordaros las promesas que para la eternidad y aun para el tiempo de esta vida, tiene hechas el Señor.
   Yo os recordaría ahora aquellas palabras del Profeta, que no pueden leerse sin consuelo, que en el Salmo están comprendidas.
   Beatus qui intelligit. [(Sal. 40,2)].
   Job - En medio de las tribulaciones a que le sujetó [el] Señor.
   Tales son las promesas y los consuelos que aun en esta vida se anuncian para los que con celo se consagran, según su posición, al alivio del necesitado.
   Y si de estas promesas, pasara a recordaros las promesas tan sabidas hechas por Jesucristo, en aquellas memorables palabras; más bien en aquella descripción <*3*> detallada que hace en el capítulo de S. Juan - cuando nos representa en aquel solemne acto final del juicio - Cuando, dirá: Venite, benedicti.
   Y ¿cuándo, cuándo?
   Y la sentencia a los malos.
   Si fueran otras almas a las que dirigiera mi palabra yo os diría también la gloria que dais a Dios, y la influencia social que ejercéis, sólo con el establecimiento de esta obra en la Parroquia.
   Mirad: el ejercicio de la misericordia corporal, el ejercicio de la caridad, de la limosna, era desconocida antes del cristianismo. El paganismo no la conocía. Vemos en las ruinas de la antigua Roma, grandes monumentos - Grandes puentes, arcos, acueductos, - las célebres [?] - la grande vía Appia embellecida y que tenía 12 leguas, pero no veréis restos de ningún hospital, memoria de ningún asilo, ni recuerdo ninguno de beneficencia civil. - El cristianismo solo vino a traerla a la tierra. - Pues bien; <*4*> Aanque todos los que tienen fe práctica ejerciesen o deban ejercer la beneficencia, y muchos la ejercen, pero con resultados individuales, sin estar afiliados a estas asociaciones, con toda esta misma beneficencia organizada con la unión de voluntad y acción común tienen un resultado social y de gloria de Dios.
   Porque el nombre solo de Conferencia recuerda este deber de ejercicio de caridad.
   La Conferencia hace recordar a muchos particulares que tal vez lo olvidarían este deber que como cristianos tienen.
   La existencia de la Conferencia es una de las manifestaciones del Catolicismo.
   De modo, hermanos míos, que aunque nada hicierais en la Conferencia, aunque ningún socorro proporcionarais, sólo el dar vuestro nombre para pertenecer a una asociación que recuerda el deber de la caridad, ya daríais mucha gloria a Dios <*5*>
   Si otras almas menos ilustradas fuerais, yo me entretendría en manifestaros los fines y ventajas de vuestra institución sobre muchas otras, y sobre [todo] tan acomodada a nuestros tiempos, y de tantos resultados prácticos, sobre todo en las grandes capitales.
   Pero ni necesitáis que os lo manifieste, y por otra parte era sólo un saludo el que debía dirigiros.
   Me limitaré, pues, a haceros un ruego y un encargo.
   A que sepáis aprovechar bien el título que lleváis, consiguiendo gloria a Dios y bien a las almas.
   Esto lo conseguiréis obrando con celo y pureza de intención.
   Con celo. - Ya sabéis que la Conferencia no es exclusivista para el socorro material - lo es - para.
   Pues bien: obrad con celo. ¡Oh! si el tiempo me lo permitiera, <*6*> cómo me complacería en exponeros los motivos que tenéis para animaros al celo.
   Dios hubiera podido salvar las almas por sí.
   Así como no quiere continuar el mundo material sin unos por medio de otros.
   ¡Y poder nosotros contribuir a la salvación de las almas!
   ¡Y poder dar gloria a Dios!
   ¡Si supiéramos lo que vale un alma!
   Pues bien obrad con celo.
   La limosna que dais que sea con el fin de aliviar al pobre, pero como medio de que vosotros u otros...
   Y cuando sepáis que alguno de vuestros protegidos y socorridos, está en peligro él o alguien de su familia...
   Cuán bien puede hacer una base de almas unidas con el celo.
   Cuando sepáis, pues, alguna necesidad...
   No me dejéis perder ni un enfermo. - Os lo confío a vuestros cuidados.
   Animan salvasti. <*7*>
   Y luego os encargo - pureza de intención.
   La Conferencia es de humildad.
   Si tenéis pureza de intención, tendréis constancia.
   No tendréis vanidades ni rencillas.
   Como lo haréis por Dios, no importará que no os lo agradezcan.
   Tal vez ingratitud: murmuraciones.
   Lizarraga.
   Por lo tanto, celo y pureza de intención. Y este celo ha de trascender a otras cosas.

Escritos I.º, vol. 11, doc. 48, págs. 1-7






   Medio de caminar por la virtud.

   Presencia de Dios, Lectura.


   Los ejercicios, por lo general, no dejan de hacer su efecto en las almas; y no hay alma por obstinada que sea, que no desee convertirse, al menos con un deseo vago; es una gracia extraordinaria, y por lo común hace su efecto.
   Si no lo hiciera, dadla por perdida. El alma que al meditar las verdades eternas y creerlas, no se conmueve, ya no tiene otro remedio de que se la encomiende a Dios. Así como a los enfermos desahuciados, ya se les dan las medicinas por bien cumplir, pero todos convienen que [de] nada le sirven.
   Todas, pues, se resolverán a servir a Dios. Pero no está todo en esta conversión; no es completo el triunfo.
   Por lo mismo, que un alma está resuelta a renunciar al pecado ni el mundo ni el demonio le perdonarán el abandono de sus banderas; sus tentaciones serán más fuertes; sus peligros más grandes; hasta le vendrán, en adelante, a su pensamiento cosas que antes aun dormidas en el pecado ni le habían ocurrido; el mundo se burlará de su piedad y rectitud y la procurará arruinar de mil medios.
   Había declarado <*2*> guerra a los enemigos de su alma, y éstos rodoblarán sus esfuerzos.
   Por esto he dicho que no es lo más común que después de los ejercicios se salga sin fruto de ellos, de ponerse en gracia de Dios y detestar sus culpas. Lo más terrible es que se olvidan de sus resoluciones, y se dejan vencer y se entibien en el servicio de Dios
   Y estas recaídas son tanto más funestas, porque retroceder en el camino empezado es fatalísimo, y son muy pocas las almas que abandonando la vida de piedad y devoción que abrazaron, se vuelvan a convertir a Dios de veras.
   Con los que, después de haber manifestado al mundo que lo detestan y no quieren seguir sus máximas, que quieren ser cristianos y servidores de Jesucristo, vuelven a caer en la disipación y en los vicios, les sucede en cierta manera como [a] los que abandonan la fe; pues los que abandonan la fe son muy pocos los que se convierten, y se ha visto siempre que fueron los más malvados. Si uno se hiciera moro o judío...
   Pues con la debida proporción, sucede otro tanto con los que abandonan la piedad que un día gustaron.
   Se entregan a mayores vicios que antes. Desacreditan la virtud con sus escándalos, y dan ocasión a que los malos se mofen de los que hacen profesión de cristianos, y dicen que todo es una hipocresía lo de las almas devotas.
   Además el <*3*> alma que abandona la virtud, como que tiene que vencer remordimientos de conciencia, temores, saltar barreras... si llega a saltarlos, es la primera en hablar mal de la virtud:
   En hacer burla y chacota de las confesiones y sacramentos. Se divierte en sátiras. Permite que otros las digan. De aquí, que vuelven a ser esclavos de aquellos enemigos que vencieron.
   Preciso, pues, es no dormirse sobre nuestos buenos propósitos.
   No basta nacer para vivir: es preciso alimentarnos; así también en la vida de la gracia, no basta salir del pecado, conservar la gracia y defenderla; y por esto hemos de valernos de ciertos medios.
   1.º La oración. No me es posible detenerme largos ratos en hablaros de la oración, de su necesidad, de su eficacia, modo; os hablé ya de ello.
   No obstante:
   Necesidad: sin ella no hay santidad. No hablo de la oración vocal, sino de la meditación y consideración.
   En el orden regular Dios no concede las gracias sin pedírselas; y así también la santificación, es imposible sin meditación.
   Ya podéis hacer lo que queráis: ayunos. Un santo decía: Ya sé cómo he de pasar el día. Los Santos. Experiencia de todos.
   La paz. S. Ignacio, con un cuarto de hora de eternidad.
   Modo: El de las tres potencias.
   No diga nadie que no sabe orar, que no es verdad.
   Tiempo.

   Examen general y particular. <*4*>

   Hay almas que pasan apuros para el examen. Se figuran que han de encontrar sapos y culebras, y...

   Lectura espiritual.

   La lectura es obra del entendimiento. El libro es el mejor amigo. Sin respetos humanos. S. Antonio. ¿Qué es lo que ha pervertido al mundo? Modo de leer. Recreo. Biblioteca. El corazón es como el molino: si le dan trigo, esto muele.

   Presencia de Dios.

   Pero hay otro medio, del cual pienso hablaros más en particular, que si bien tendréis ocasión de saberlo más a la larga en las lecturas, con todo, bueno es recordarlo en los días de ejercicios: y es la presencia de Dios.
   Es un asunto vastísimo, pero creo que os bastarán las ligeras nociones prácticas que yo os daré.
   ¿Qué es la presencia de Dios? Es de fe que Dios está en todas partes. Ser simplísimo. Sta. Teresa comparaba a Dios a un gran diamante, esponja.
   In Ipso vivimus, movemur et sumus.[(Hech. 17,28)].
   No hay respiración que El no nos ayude a verificarla, y esto aunque El no quiera.
   El vivir es una continua creación.
   De tal manera dependemos, que si dejara de vernos iríamos a la nada.
   Cuando dormimos, reímos...
   Cuando paseamos...
   (Y de aquí cuan grave mal el pecado que obliga a Dios que le ayude en él)
   Esto lo creemos y sino sería herejía.
   La presencia de Dios, pues, es un acto práctico reflejo de esta fe.
   Ahora que hablamos de ello, y por hablar de ello, nos ponemos a pensar: Dios me está viendo; esto es un acto práctico de esta fe.
   Pues la presencia de Dios no es otra cosa que hacer tan frecuente como podamos este acto práctico. ¿Hay <*5*> cosa más sencilla que ésta? Y, sin embargo, quién lo creyera! es la más poco practicada. Creemos esto, que Dios nos mira, y obramos como si no lo creyéramos; y, sin embargo, lo creemos; pues ¿no hemos de creerlo?
   Al contemplar esta contradicción, parece que Dios debía cansarse de nosotros.
   Si lo meditarais os avergonzaríais de llamaros cristianos, y almas devotas. Por esto David exclamaba: Quid est homo...
   Por esto los santos se asombraban de que Dios quisiera pensar en ellos, a pesar de lo poco que ellos les parecía pensaban en Dios. Pero Dios se compadece de nuestra miseria. Ni una Ave María rezamos. Sólo S. Luis Gonzaga.
   ¿Cómo ejercitaremos este acto?
   Directa e indirectamente.
   Directa[mente]: Dios; no es preciso hacerse violencia con la imaginación.
   Como si estuviéramos delante de una persona respetable.
   Respecto a si conviene esta mirada de Dios considerarla dentro o fuera de nosotros, es según el instinto de cada uno.
   El P. Rodríguez, fuera.
   Sta. Teresa de Jesús parece inclinarse a practicarlo dentro del corazón; y aún añade esta Santa Doctora vuestra Madre, que el que se acostumbrase a estarse con Dios dentro del pequeño cielo de su alma sin disiparse en las cosas exteriores, es un principio de gloria.
   En cuanto si es más conveniente la mirada de Dios en general y espiritual, o en Cristo Jesús, el mismo P. Rodríguez parece que se inclina a lo espiritual, si bien el alma amante de Jesús sacramentado, si puede <*6*> y encuentra devoción en enviarle o lejos en el sagrario, o mejor dentro de su corazón, que no deje de hacerlo; puesto que nuestra unión con Jesús es el fin que debemos proponernos.
   ¿De qué medio podemos valernos?
   En primer lugar todas las criaturas pueden servirnos de medios: las flores, las plantas, las estrellas, los animales.
   S. Agustín, a la orilla del mar. Galeno. Otro sabio.
   Otro medio es el renovar la intención al empezar cualquier obra; aquél es un acto además de presencia de Dios, de mérito a las mismas obras. Así como uno al cual se le encomendó una obra, así las enderezamos. El recuerdo de su presencia al dar las horas. Colocar una imagen del Corazón de Jesús en nuestra estancia. Sobre todo el recogimiento. Supone dos cosas: Desasimiento y unión.
   Padre, Padre, ¿quién podrá recordar todo esto? El aprendiz, arte; luego al dedillo. Ventajas de esta práctica.
   ¿Habéis visto a alguna persona espiritual que muchas veces en una conversación parece que se inmuta? Es que ha hecho un acto de reconciliación.
   Es el aliento para hablar bien. Nos evita el pecado mortal. ¿Cómo puede cometerlo delibarada?. Occuli mei semper ad Dóminum; ipse evellet de laqueo pedes meos [(Sal. 24,15)]. Un reo delante del juez. S. Efrén. El venial. ¿Cómo es posible que aún no guarde remordimiento?
   Pero ¿dónde voy? Si es el grandísimo modo de perfección. Es causa y es fruto.
   El que es santo tiene presencia de Dios; y el que practica la presencia se hace santo.
   Mirad a Abrahán. Destinado a ser jefe de Israel y padre de tantos santos, Dios le hizo caminar <*7*> por todos los caminos de las almas. La fe, el abandono de todo, la esperanza con el hambre y a Egipto, con la esterilidad de su esposa; y cuando parece que ya no hay más, que sacrifique a su hijo. Pues aun después de esto, le dio el último decreto: Ambula coram me [(Gn. 17,1)].
   Por esto el elogio que Dios hacía de éste y de Isaac y de Noé Cum Deo ambulaberunt.
   Tobías. Omnibus diebus vitae tuae in mente habito Deum [(Tob. 4,6)]. S. Gregorio Nacianceno dice que debíamos pensar en Dios en cuantas respiraciones.
   Pero ay! que yo lo digo, y vosotros lo escucháis, y comprendéis que es un acto sencillo, y no obstante, cuánto cuesta!
   Esta imaginación, loca de la casa. Estas potencias pegajosas: la memoria le recuerda todos los disparates. El entendimiento se cansa y se fatiga. El corazón está siempre inquieto, como la aguja imantada fuera de su centro. Los objetos exteriores. Los disgustos, tedios, tibiezas. Las criaturas parece conspiran.
   Pues, sin embargo, hemos de trabajar. Y este mismo trabajo nos hará sobrellevar las contradicciones.
   Cuanto más avancemos, más felices seremos.

Fragmentos


Escritos I.º, vol. 11, doc. 49, pág. 1






   Qui perseveraverit... [(Mt. 10,22)]
   Es virtud de la justicia etc.
   Velar sin descanso.
   Jesucristo: Vigilante. - El sabía nuestras miserias.
   Parábola de las vírgenes.
   Sobri estote. - Todo son peligros [(IPe. 5,8)].
   El enemigo redobla sus fuerzas.
   In variis futilibus.
   El enemigo doméstico: el corazón.
   S. Pablo. Sufficit tibi virtus mea [(II Cor. 12,9)].
   Vigilancia en todos sentidos - amigas, conocidas, - calles. Viajes etc.
   ------------
   Progreso.- Per opera vestra certam electionem faciatis [(II Pe. 1,10)].
   Non coronabitur [(2 Tim. 2,5)].
   Ne alius accipiat coronam.

Segunda parte:
V I C I O S


Escritos I.º, vol. 11, doc. 50, págs. 1-2






   Cuán interesados! Amamos a Dios con amor de concupiscencia, por evitar el castigo o por alcanzar sus bienes; y con todo Dios lo acepta... Apenas, apenas, si tenemos alguna vez algún afecto pasajero de benevolencia, deseando su bien, más que el nuestro. Desconocemos el amor de complacencia, fijándonos en actos desinteresados. Sta. Teresa decía: ¿qué se me da a mí, Señor, de ti?.
   Nos enamoramos de su grandeza, al menos eso decían los Santos. Mas nosotros al cotejar ese amor de los Santos para con Dios, y al aproximarnos a meditar el amor de Jesucristo, nos confundimos.
   ¿Amamos algo fuera de Dios, que no lo amemos por Dios?
   Podemos decirle en todos los casos: Quis me separabit? ¿Qué cosa podrá separarme ni un ápice del amor de Cristo? [(Rom. 8,35)] Ah! Si <*2*> tuviéramos cuidado de sondear, y sobre todo, de hacer actos reflejos de examen...

   Veríamos...
   Que muchas veces una vanidad ha amortiguado el amor de Dios, poniéndolo en nosotros mismos.
   Que el respeto humano nos ha hecho traición para no obrar con resolución por Cristo, y nos ha separado de El.
   Veremos que las comodidades nos han hecho idólatras de nosotros mismos, dejando de sacrificar al amor de Dios algunas penalidades que El nos exigía como pruebas de nuestro amor.
   Y si de esto pasáramos a considerar cómo le amamos aun en nuestros actos de piedad comunes... oh! ¿qué veríamos?

Espíritu humano


Escritos I.º, vol. 11, doc. 51, págs. 1-10






Predicado en Sta. Clara y Purísima 1897. <*2*>



   Peligros de obrar con espíritu humano.

   quisiera vengarse de sus propios descalabros.
   Y este espíritu humano es poderoso no sólo para inspirarnos esta idea del bien, sino que nos da energía para obrarle. Aquel amigo de Job que fue a visitarle estando éste en el lecho de la amargura, persuadido que el Espíritu Santo le mandaba reconvenir a Job, y lo hizo en efecto y con tanta elocuencia y profundidad que pasma.
   Otro variado modo de introducirse el espíritu humano es también en las luces interiores que podemos recibir. Dice el Cardenal Bona que cuando un alma entregada a la vida espiritual se sienta de pronto inundada de vivas luces, no por esto ha de entender que sea la gracia el foco de ellas; pues, en efecto, pueden muy bien derivarse de la fantasía, o del hábito de meditar las verdades de la religión, cosa muy diversa de la gracia o del don de meditación.
   De aquí que, muchas veces en el momento mismo, anegados ciertos entendimientos en un océano de luz, esté el corazón seco y frío por falta de unión que sólo el Espíritu Santo puede dar.
   Y cierto, que así como el árbol no vale por sus hojas ni por sus flores, sino por los frutos que produce, así también estas luces interiores no valen sino por las obras que de ellas nacieren. El criterio más seguro para discernir esos fuegos fatuos, es observar su escasa consistencia, que suele ser el carácter distintivo de las obras del espíritu humano.
   Por esto Ricardo de S. Víctor decía, que cuando al sentirnos movidos a una obra buena, se nos figure todo en ella miel y rosas y la emprendamos sin madurarla, señal que es impulso de la carne más que del espíritu, sobre todo si anda de por medio algo que lisonjee nuestro gusto.
   La propia desconfianza... 223. <*3*>

   -----------

   Otro síntoma... 230.

   Cada uno de nosotros es masa dispuesta para una virtud especial; de aquí el error de confundir esa aptitud natural con la gracia, y el peligro de que cada cual de nosotros forme de sí un concepto falso.
   Por esto un autor había notado cómo cada hombre siente en sí una propensión nativa a tal o cual virtud, que por consiguiente le cuesta menos de practicarla que otras, y como, por el contrario, hay para cada cual alguna virtud determinada cuya práctica le es más difícil y desagradable, de aquí que muchas veces se advierta en nosotros cierta prontitud para obras que parecen de piedad, y no son realmante sino resultado de una propensión nativa.
   De lo cual deduce este autor que los pensamientos, las palabras, obras y afectos de ciertas personas proceden de ese impulso meramente natural, y deben ser atribuidos, por lo tanto, al espíritu humano.
   Ilustrándolo con algunos ejemplos, esta doctrina nos menciona en general a aquellos principiantes de devoción, y aun otras clases de personas imperfectas, que afanadas en obras de caridad y misericordia, y trazando planes, parecen un prodigio de celo y de bondad; pero que si leyeran ellos mismos el fondo de su corazón, verían que todo aquel afán es, en parte, obra de la naturaleza y no de la gracia, y que obedece al impulso de un caracter vivo, que no puede estarse quieto.
   Tal otra persona, que parece un ángel porque de nada se impacienta, ni se irrita nunca y que parece que nada en la indiferencia, no tiene más de angélico sino el haber nacido con un temperamento flemático, en el que la gracia nada tiene que hacer, porque ya se lo da todo hecho la naturaleza. <*4*>
   Hay quien le es fácil rezar siendo un río de lágrimas sus ojos; diríase que un ángel las apacienta con maná celestial; pero si pesáramos aquellas lágrimas en la balanza del Santuario veríamos que no manan de fuente de gracia, sino de un corazón afectuoso, y de una imaginación que fácilmente se enardece a la vista de cualquier objeto amable o simpático por cualquier concepto.
   Tampoco faltarán personas que pasarán horas rezando sin distraerse; parecería que poseen el hábito de recogerse profundamente, y que han sido elevadas a la cumbre de la contemplación; y todo aquello es resultado quizás, no puramente de una luz celestial, sino de una imaginación ardiente, o quizás de cierta melancolía sentimental, acaso de cierta predisposición natural a clavar su entendimiento en cualquier objeto de meditación. Pero a qué buscar ejemplos extraños? ¿No hay días y ocasiones en que muchas almas, inundadas tal vez de fervor y de gozos espirituales, se creen llenas de Dios? Pero miradas por dentro, toda aquella ternura, todas aquellas efusiones de piedad, tal vez no tengan otro origen sino una noticia grata, un suceso próspero, el encontrar[se] mejor en nuestra situación que antes y hasta quizás la desaparición de un trabajo físico, o de una pena. Es decir, un móvil meramente natural, rodeado de cierto perfume de devoción, y como vestido de cierta piedad, presa con alfileres. Y sino que nos ocurra cualquier otro fracaso o contradicción, o pena igual, y toda aquella devoción se deshacía como castillo de naipes.
   Cuán triste es que las inspiraciones divinas tengan que ir confundidas con nuestros movimientos meramente naturales, y tomar por espíritu de Dios lo que no es sino espíritu natural ¡Oh! Cuál no será <*5*> nuestra confusión y vergÈenza ante el tribunal de Dios, cuando allí descubramos como obras que creímos fruto de una virtud sobrenatural, y que no es sino espuma que deshace el viento, mezcla de gracia y de naturaleza, pero que la gracia entra tan sólo en proporción como entra el oro en una moneda falsa.
   Triste cosa es que por la virtud corrosiva de espíritu natural de obrar bien, hayan de introducirse nuesto temperamento y nuesto carácter en nuestras más buenas obras para malignarlas.
   Por esto dice muy bien Scaramelli, que el celo de una alma devota, propensa a iracundia, tendrá siempre algo de agrio y mal reposado; el flemático obrará con desidia en sus propios defectos; el melancólico no sabrá poner en sus buenas obras aquel dulzor que duplica su precio; el sanguíneo y jovial será disipado y frívolo hasta en sus virtudes; en una palabra, así como el vino conserva el sabor del tonel en que ha estado encerrado, así las virtudes mismas se impregnan de las disposiciones naturales de cada hombre. Triste condición la de nuestra vida sobre la tierra!.
   De aquí la necesidad de estudiarse cada uno a sí mismo, y descubrir la polilla del espíritu propio que le corroe, pues éste es por de pronto el más sagaz de todos los espíritus, porque en muchas de las operaciones, creyendo servir a Dios, no se cura sino de agradarse a sí mismo en sus buenas obras; y es el más sutil, se cuela, como aceite de yema, en todas nuestras obras.
   Por esto es necesario combatir estas nuestras naturales predisposociones con la mortificación, vencernos continuamente porque como dice S. Bernardo, y ya lo reconocían los antiguos gentiles, es más glorioso vencerse a sí mismos que tomar por asalto una ciudad, porque para aquello pueden bastar las fuerzas <*6*> de la naturaleza; mientras que para esto se necesita la gracia.
   Y sepamos para nuestro gobierno, añade aquel autor, que el mayor enemigo de las personas que siguen el camino de la perfección no es el mundo, ni el demonio, ni la carne, puesto que a éstos los deben tener ya casi vencidos; el mayor enemigo son ellos mismos, su espíritu natural, compañero inseparable del amor propio, del amor a sí mismos; y a este espíritu no se le puede vencer sino mortificando incesantemente nuestra voluntad.

   Ahora bien; y supuesto el peligro a que puede arrastrarnos nuestro propio espíritu, siendo tales las consecuencias que acarrea, siendo tan variados los modos como se infiltra en nuestras operaciones, ¿no tendremos siquiera algunas señales que nos puedan siquiera poner alerta sobre nosotros mismos?

   ----------

   En la imposibilidad de poder señalar todas las ocasiones particulares en las cuales nuestro natural, más bien que la gracia, será el que sellará nuestras buenas obras, hay algunas sin embargo en que el humo que despiden ciertas acciones nuestras nos podrá indicar que allí hay algo de fuego, de espíritu humano escondido.
   1.º = Algunas almas al pensar en sus antiguas culpas y al meditar juntamente sobre los padecimentos de Jesucristo, sienten dolor tan vivo, y compunción tan profunda, que les arrancan un mar de llanto y las induce a castigar su carne con austeras maceraciones; así como también otras a quienes el meditar los gozos del cielo embarga y extasía. <*7*> Y, sin embargo, muchas veces ni esos afectos, ni esos fenómenos, tan bellos como son, proceden de espíritu divino, sino de amor propio, de la intensidad y viveza con que la mente ha percibido ciertos objetos, del trastorno que se sigue a toda emoción repentina. Para convencerse de ello, basta ver lo que sucede cuando estos arranques pasan, y que se verá que luego esas mismas almas no sólo caen en la tibieza y sequedad de espíritu, sino que recaen y se dejan llevar de sus antiguas pasiones.
   Mas cuando aquellos impulsos son verdaderamente movidos por el espíritu de Dios, no son vanos para convertir las almas; producen siempre notables efectos, y son realmente fecundos para el bien y son consistentes.
   Debemos examinar diligentemente nuestro interior para no ser alucinados por nuestro propio espíritu, que, según S. Gregorio, es un espíritu de orgullo; y para ello y antes de ello, debemos disponer bien nuestra alma para hospedar dignamente a Dios en ella, purgándola de toda presunción, adornándola de una prudente desconfianza de sí misma y de una sincera humildad, pues, como dice muy bien el mismo Sto. Padre, ningún hombre puede ser morada del espíritu de Dios, sin antes despojarse del suyo propio, porque el espíritu de Dios no permanece sino en almas humildes, en conciencias bien halladas consigo mismas y en corazones henchidos de santo temor.
   2.º = Suele también acontecer, 235. <*8*>
   3.º = Otro humo que puede señalarnos la existencia de nuestro espíritu humano es la vanidad o el mundo en nuestras operaciones. Si es cierto que sin la gracia de Dios, ni podríamos orar debidamente, ni hacer bien ninguna buena obra, lo es también que podemos obrar algo bueno en sí por motivos puramente humanos; y a veces vemos tan oscuro dentro de nosotros mismos que no acertamos a decir si nuestro móvil es divino o humano. Sentimos, por ejemplo, un deseo vivo de levantar nues-<*9*> tro corazón a Dios, de levantarnos de nosotros mismos, para tenernos libres de imperfecciones y de defectos, y ser todos de Dios. ¿Qué hay que decir de esto? ¿Qué? Que quizás este mismo deseo, esta misma ansia buscada, en su raíz es tan sutil y embozadamente interesable, que a nosotros mismos nos esconde su malicia; ¿quién sabe si por amor propio codiciamos despojarnos de este amor propio? Tal vez al desear ser humildes lo deseamos por orgullo propio. Quizás al desear nuestra santificación lo deseamos por adquirir una tranquilidad natural, y vernos libres de las punzantes espinas del temor, del remordimiento. Buscamos practicar las cosas bien, por el estímulo de nuestra propia conveniencia. ¡Oh! nuestros actos y nuestros afectos giran en un círculo perpetuo, y en todos los puntos de su órbita topamos con nosotros mismos, sin advertirlo siquiera, impelidos como estamos por la enfermedad crónica del amor propio, que como ponzoña sutil, impalpable, está pegado a la raíz misma de nuestro propio corazón, y el cual nos embriaga lo bastante para no ver que en el acto mismo de creernos obedecer fielmente al divino influjo, obramos por móvil puramente interesado, sirviendo a nuestro capricho, a nuestra vanidad, o a nuestra propia conveniencia.
   Amar a Dios puramente y desinteresadamente: cosa es muy poco común, porque nada tiene de fácil; ¡Oh, si el alma pudiera esconderse del todo a las miradas de Dios y de los ojos del mundo! ! Cuán pocos hay, sí, cuán pocos que se abstuviesen del mal, y cuántos menos que obraran el bien!
   4.º = Otra señal de que anda de por medio el espíritu humano es, cuando quiera que, por haber recaído en culpa, nos dejamos dominar de tristeza e inquietud, y como desesperando de adelantar ya nada en nuestro aprovechamiento espiritual; entonces tengamos por cierto que todo esto procede de un secreto impulso de orgullo y de una excesiva desconfianza de nosotros mismos; pues el verdadero humilde jamás se extraña de haber claudicado, porque sabe que el hombre es muy fla-<*10*> co para lograr cosa alguna sin la ayuda de Dios, de aquí es que se la pide humildemente esta ayuda y después de llorar su culpa, contrito sí, pero sereno, vuelve a levantarse de la tierra con presteza y valor para seguir con denuedo la jornada.
   Propio es también del espíritu humano el apegarnos a nuestros ejercicios y prácticas (por más que sean buenas) con tal tesón, que si nuestros superiores nos ordenan dejarlas por otras, nos duele y murmuramos interiormente, imaginando que íbamos por la vida de perfección: es decir, que quitarnos nuestro gusto, equivale a privarnos de medios de salud. No es que sintamos que nos quiten los medios de avanzar en la perfección, sino que habíamos tomado afección, y nos habíamos apegado con cierta complacencia egoísta.
   Por propensión natural nos place todo lo bello, lo bueno, lo perfecto, porque es para nosotros fuente de deleite; por esto, nos molesta y nos aflige descubrir faltas en nuestros propósitos y en nuestros planes y en nuestras obras espirituales, y ¿por qué? porque el buscar esta perfección en nosotros, es un amor, una solicitación a nuestros instintos naturales.
   ¿Eres hombre de letras?, 242
   Así como el amor propio, 244.

Resistencia a las inspiraciones


Escritos I.º, vol. 11, doc. 52, págs. 1-5






(De Claus, tomo 1.º. In domínica Passionis)



   Resistencia a la inspiración.

   Jesús abscondit se et exivit de templo. Joanne 8,[59]
   Una de las ideas que yo quiero saquéis bien grabada de estos días de recogimiento es el de temor a Dios en las inspiraciones de sus gracias.
   La mayor parte de vosotras, ¿qué digo?, todas tenéis deseo de servir a Dios, de aborrecer el pecado, de salvar vuestra alma, ¿quién lo duda?.
   Pero, yo no me contento con ello. Quiero precaveros contra un mal, que a pesar de vuestros buenos propósitos os conduciría al mal. Quiero tengáis temor de no corresponder a las voces de Dios en todos los días de vuestra vida.
   ------------
   !Qué triste es, hermanas mías, la historia del pueblo judío, de su pueblo amado! ¿Qué no hizo Dios para que recibiese a su Hijo encarnado?.
   Ellos oyeron los oráculos de los Patriarcas. Estos les decían...
   Oyeron los anuncios...
   Vieron los milagros de Cristo...
   Y le quisieron apedrear: Abscondit se...
   Y Jesús determina el abandonarlos. Jerusalem: quoties volui congregare... Ecce relinquetur domus vestra deserta. C [(Jn.8,58; Mt. 23,38)] Como si <*2*> dijera: No habéis querido escuchar a los Profetas...; ya escucharéis a Tito y Vespasiano.
   Pero, ¡Señor!, pero esa ciudad tan amada, ese templo...
   ¡Cuántas almas han sentido la voz de Cristo, han empezado a sentir deseos de una buena confesión, de un apartamiento de la ocasión peligrosa, de emprender una vida buena y piadosa!.
   Han oído los oráculos...
   Pues Dios se ocultaría: abscondit se. Cada alma es un mundo.

   -----------

   Por esto, pues, debéis meditar cuán peligrosa [es] la repulsa a las gracias y voces de Dios.

   ----------

   Y ante todo debéis saber, que es uniforme sentir de los santos Padres, que Dios previene y prepara las gracias necesarias in numero, pondere et mensura.
   Y así como ignoramos porque a unos llama mil veces, y a otros abandona a la segunda o tercera vez, así también nos es desconocidísimo cuántas a cada uno.

   -----------

   Siendo esto verdad, ¿cómo podemos repulsar la invitación de Dios?.
   ¿Cómo diremos, ya haré penitencia o cooperaré a la gracia? ¿Y si en el arcano divino <*3*> está dicho, y se te dice: Auferetur a te regnum Dei? [(Mt. 21,43)].
   Vemos que a los invitados a la mesa sólo una vez. A los Apóstoles una vez. Vigilate...

   -----------

   Supongamos un viajero que se le dice que vaya deprisa, y ve que el sol aún está alto; llega a la ciudad...
   Al...
   Alma mía. El Evangelio. Doce puertas.
   Acaso dirás, que siempre están abiertas a tu disposición; que puedes lanzarte a dormir y a la pereza... Festinate ingredi.
   Nescio vos...

   -----------

   Dios quiere la salvación, pero como Señor, no como criado; quiere ser tratado con honor y no con repulsas.
   ¿No sabéis cómo reciben los Reyes las repulsas a sus legados? David. Alejandro...
   Las inspiraciones son legados de Dios. ¿Y crees <*4*> que recibirá con menos sentimientos las repulsas que esos otros?.
   Le dirá el alma pecadora: expecta. Non, non. Qui non recipit vos... [(Mt. 10,40)].
   Excultite pulverem... [(Mt. 10,14)].

   -----------

   El alma que rechaza los movimientos de la gracia y las voces de Dios, se endurece.
   Ved que va a un sermón, y no se conmueve; ve castigos y nada le dicen; recibe ella misma castigos, y tampoco le hacen nada; es ingrata a los beneficios, infiel a los consejos, camina a la muerte, y está tan fresca.
   Ved que Dios te llamó para que rompieses aquella familiaridad, te apartaras de aquel peligro, ¿y no lo hiciste? Y tú has perdido ahora aquella delicadeza de conciencia, y no adviertes ya tu inmodestia en la Iglesia; ¡y ríes y bebes!.

   ------------

   ¡Tal vez esta gracia no sea la última, ¿y Dios aguardará como a otros? ¿y fías de un acaso? Amós y Manasés.
   Y esto que decimos de aquellas voces fuertes que Dios da para la enmienda del pecado, debemos decirlo de las otras gracias más sutiles, que Dios nos <*5*> llama a cada uno al grado de santificación que se ha propuesto en nosotros, al punto y lugar en que hemos de obrar el bien.
   ¡Dios ha vinculado a esta santificación tal vez la salvación de otras almas!.
   Dios quiere que la gracia no esté ociosa en nuestra alma, sino que fructifique.
   Cada día que nos levantamos, es una cadena de gracias.
   Vide plática alia de Claus, tomo 2.º in festo Sti. Mathiae.

Tibieza


Escritos I.º, vol. 11, doc. 53, págs. 1-19






Predicado en S. Juan y Sta. Clara en la 1.º Dominica de Adviento de 1865. Y predicado en la Purísima durante los Ejercicios en el día 13 de Febrero de 1866. Predicada junto con la meditación del pecado venial, Sta. Clara ejercicios de 1870. <*2*>



   Plática sobre la tibieza.

   Dominica 1.º de Adviento.

   Hemos entrado en este día...
   Yo quería, hermanas mías, hablaros de estos suspiros absolutamente, y de estas ansias de los justos del Antiguo Testamento, para que nos sirvieran de regla y de norma para prepararnos y emplear debidamente este santo tiempo; pero por otra parte sentía abandonar las ideas que el espíritu de la Iglesia nos sugiere en la Dominica presente, ideas que se dirigen por otra parte a preparar remotamente nuestro corazón, y por consiguiente apropiadas al mismo objeto.
   Entre las muchas ideas, pues, que la Iglesia proporciona y ofrece a nuestra consideración en este día, no puede menos de llamarnos la atención <*3*> las palabras que la Iglesia nos dirige en la epiítola de este día. La Iglesia hace un llamamiento a nuestro corazón por medio de las palabras del Apóstol S. Pablo, el cual dirigiéndose a los fieles de Roma les decía: Hermanos míos hora es ya que despertemos del sueño. La noche ha pasado ya, el día va a nacer; dejemos las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz, no en pasatiempos y disipaciones, sino vistámonos de nuestro Señor Jesucristo. Hermanos míos, hora es ya de que nos levantemos del sueño, ahora que va a amanecer de nuevo el día de la luz, con la venida de Jesucristo, revistámonos también de nuestro Señor Jesucristo.
   Es verdad, hermanas mías, que por la gracia de Dios no tenemos necesidad de arrojar aquellas obras de tinieblas, las que indicaba S. Pablo que arrojaran los Romanos de sí; es verdad que nosotros no tenemos necesidad de amanecer a la gracia... ; pero ¡ay! también es cierto, que nuestro envenenado corazón tiende constantemente a corromper estas aguas de la gracia por introducirse en él la calma de la disipación.
   También es cierto, que de vez en cuando nos vemos obligados a hacer un llamamiento fuerte a nuestro corazón para hacerle salir del sueño de la tibieza, de la indiferencia. Así, pues, hermanas mías, permitiéndome repetiros las palabras de S. Pablo, os diré también: hora est iam de somno surgere: hora es ya de que hagamos despertar a nuestro <*4*> corazón del sueño de la indiferencia y de la tibieza [(Rom. 13,11)]. Si acaso, hermanas mías, por la misericordia de Dios nada tenemos que nos remuerda en el fondo de nuestras... y os encontráis animadas de aquella santa vigilancia que el Señor exige de vosotras, estas palabras servirán para haceros más cuidadosas.
   Pero si, por el contrario, a la luz de una consideración severa e imparcial nos encontramos soñolientos en el estado de nuesta perfección; si... Si nos encontramos faltos de aquel fervor constante, alegre, animoso que es el distintivo de los que quieren seguir a Jesucristo; si, en fin, nos encontramos tibios y falsamente tranquilos en nuestra calma, entonces la consideración de las fatales consecuencias de este estado de indiferencia nos hará despertar de este letargo, y nos animará a revestirnos del espíritu de Jesucristo.
   Yo vengo, pues, hermanas mías, a indicaros las consecuencias que acarrea el estado de indiferencia y de tibieza en aquéllos que tienen por destino seguir la perfección, y por consiguiente, los motivos que deben inducirnos a despertar, de vez en cuando, nuestro espíritu por medio de llamamientos y de una santa violencia.
   Asunto ordinario, hermanas mías, repetido, mil veces oído: tampoco os serán nuevas mis ideas; sin embargo no por esto debemos recibirlas con menos interés. <*5*>

   Nada os diré del estado de la tibieza.
   Clases de la tibieza. <*6*>
   Pues bien: hermanas mías, tristes son las consecuencias del alma que teniendo la obligación de seguir la perfección y de seguir las pisadas de Jesucristo, se contenta con este estado de tibieza y de indiferencia de un tranquilo y tibio acomodamiento.
   Y en primer lugar, hermanas mías, el alma que así procede no puede menos de ver lleno su corazón de tristes y amargos remordimientos. Ya sabéis, hermanas mías, que el alma a quien Dios destina a una vida de santidad tiene más abundancia de luces respecto de Dios; su estado y sus prácticas continuas le ponen en estado de poder apreciar quién es Dios; lo que merece de nuestra parte lo insignificante de nuestro ser, la pobreza de nuestro espíritu y de nuestras obras. Pues bien: esta alma, aunque ordinariamente en los momentos en que penetrando con toda su intensidad esas grandezas de Dios, y se pone a medirlas con la indiferencia voluntaria de su corazón, ¡ay! la confusión le asalta, el remordimiento le consume, su espíritu intranquilo se asemeja bastante a las agitadas olas del mar. Y no creáis, hermanas mías, que ésta sea aquella confusión santa que se experimenta al contemplar el inmenso foco de grandeza y de bondad de Dios, pero en medio [de] una conciencia tranquila; porque esta confusión es agradable y consoladora, y se busca con afán, pues se complace en su misma pequeñez; sino que es una confusión <*7*> humillante que le acosa, y que ésta procura desvanecer con fútiles razones y argumentos para engañarse a sí misma, o que, cuando más, le obligan a hacer ciertos propósitos vagos y generales que se evaporan pasada aquella tempestad, y que no son bastante a elevarla, sino que la dejan en la misma insensibilidad.
   Y esta alma continúa así, y pasan días y ruedan los años de su existencia, y continúa asida a [la] misma insensibilidad.
   Pero ¡ah! ¿creéis que es duradera esta calma falsa? ¡Ah! esa tempestad de remordimientos le asalta de nuevo cuando menos lo preveía, y la lucha entre su conciencia y su corazón se renueva agitando su espíritu, pero sin purificarlo de sus corrompidos humores... Quizás habréis...
   Pero ¡ay! cuando el peso de esta confusión y de estos remordimientos pesa más sobre su corazón, es en aquellas circunstancias en que el Señor permite alguna tribulación mayor sobre ella. Viene una enfermedad, por ejemplo, y entonces...
   Pues...
   El Señor... <*8*>
   Sí, hermanas mías, repito: a las almas a quienes Dios ha destinado a la santidad y a la perfección no quiere darles paz, sino a trueque de sacrificios y de continua lucha.
   Mirad, hermanas mías, quizás habréis tenido ocasión de observar durante vuestra permanencia en el mundo, muchas personas a quienes Dios ha destinado a un círculo muy reducido de santidad. Colocadas al frente de una modesta familia, o... viven entregadas a sus trabajos manuales, contentos en ofrecer a Dios las primicias del día con sus prácticas ordinarias y consagrarle algunas oraciones por la noche, y contentándose los días festivos en ofrecer a Dios el homenaje sencillo de su corazón, por medio del cumplimiento de los deberes que la Iglesia manda, y... y veréis que estas personas casi desconocen los remordimientos, y están libres de las tempestades del espíritu. Y viene una enfermedad, y aparte del dolor y del sentimiento natural su alma no sufre otro tormento. Sufren fácilmente los dolores de la enfermedad, y aunque desconocen todo el mérito de las tribulaciones, para sufrirlas de este modo con alegría, sin embargo, saben se les ha dicho que todo viene de Dios, y pronto hacen de la necesidad virtud, y consiguen al menos la conformidad cristiana, y llegan a sus últimos momentos y pasan a la eternidad con la calma de un Patriarca. <*9*> ¿Y creéis, hermanas mías, que por esto se condenan? ¿Creéis que Dios se ofende de ellos? ¿Creéis que es falsa esa calma de su espíritu? ¡Ah! no; es que Dios no exige más de ellas; es que no les ha destinado a otra cosa, y se contenta con sus sencillos y silvestres frutos. Pero ¡ay! a las almas a quienes en sus inagotables bondades, se ha dignado plantar junto a la corriente de las aguas, no se contenta con ellos, y por esto hace vibrar sobre [ellos] el látigo de los remordimientos.
   Y gracias que...
   La segunda consecuencia, hermanas mías, en que incurre el alma tibia es el desvirtuar las buenas obras que hace, y hacer que desmerezcan mucho en la presencia de Dios. No me extenderé mucho, hermanas mías, en este punto, pues os es bastante conocida esta verdad.
   Ya sabéis que el tiempo es el plazo que nos ha concedido la Providencia para escalar el cielo; que ese tiempo rueda veloz sobre nuestras cabezas, y que cada momento de nuestra existencia es un paso agigantado hacia el término. Ya sabéis también que todos los instantes de esta existencia pueden ser obras aceptables ante el Señor, puesto que la fe nos enseña que cada respi-<*10*> ración nuestra, cada acción, hasta la más insignificante, debe ser dirigida a Dios y hacerse en su obsequio.
   Pero también sabemos que para que todas estas obras y acciones nuestras trasciendan al orden sobrenatural y sean verdaderamente meritorias es preciso que estén informadas y animadas de la caridad, y que cuanto mayor sea ésta, mayor será la acción en la presencia de Dios. Por esto, el Apóstol S. Pablo repetía con tanta fuerza, para que las meditáramos bien, aquellas palabras admirables que dirigía a los... Hermanos míos, aunque tuviera la más alta contemplación, aunque trasladara los montes de una a otra parte, aunque me matara a penitencias, aunque... si no animara mis obras la caridad, de nada me aprovecharían.
   De modo que según estos principios, una obra por grande que sea en sí, no recibirá su sanción de Dios, sino en cuanto estará animada de la caridad; y que una obra por sencilla e indiferente que sea, será de un gran valor si va acompañada de un fervor verdadero.
   Por esto, S. Francisco de Sales... <*11*>
   Ahora bien, pues, hermanas mías, y sacando las consecuencias prácticas de estos principios, las almas que se han dedicado a seguir el camino de la perfección, sobre todo las que por su estado se han consagrado a Dios, forman su vida de un tejido de obras todas grandes en sí: sus prácticas de piedad, sus devociones, las comuniones, mortificaciones, forman una cadena capaz de levantar sus desgracias.
   Con los méritos de tantas acciones se podía haber levantado una montaña de oro en la presencia de Dios.
   Pero ¡ay! hermanas mías, ¡cuántas de estas almas sacan muy pocos quilates de oro de estas obras buenas!.
   Es verdad, hermanas mías, y esto debe servirnos de algún consuelo, que de las obras buenas aunque hechas con alguna tibieza...
   Las otras que por falta de disposición y de fervor quedan desvirtuadas, lo quedan para siempre. Y que muchas de las obras hechas con algún fervor, quizás si hubiéramos correspondido un poco más a la gracia del Señor, podrían ser mejoradas; y, por esto, hermanas mías, cuando de vez en cuando damos una mirada retrospectiva a los años de existencia pasados, y queremos examinar los frutos que hemos recogido, durante los días de nuestra carrera, y los encontramos huecos, fallidos, muchos de ellos quizás casi perdidos, y por otra parte al pensar en ésta, al fijar nuestra [?] Pues ya tuvo Sta. Teresa [?] <*12*> penetrante mirada en este terrible vacío del pasado, vemos que nos es imposible volverlo a arrebatar, y que, al contrario, al pensar en esto mismo, la mano invisible, pero implacable del tiempo, nos impele y nos obliga a continuar y parece multiplicar la velocidad de sus ruedas, a medida que vamos avanzando. Entonces, sí, hermanas mías, que al fijarnos en esta idea, una tristeza indefinible se apodera del alma, el remordimiento vuelve a aguzarnos; pero ¡ay! tristeza y remordimiento inútiles, si no es que no sirven para reanimarnos con el deseo de aprovecharlo mejor.
   Pero ¡ah! esta tristeza, hermanas mías, muchas veces pasa pronto: no hace más que humedecer momentáneamente el corazón, y no nos queda rastro del remordimiento que nos ha producido. Cuando será amargo este remordimiento, será en el Purgatorio. Allí con la balanza de una conciencia fiel y... pesaremos todo el valor de estas obras perdidas, de este tiempo... De modo, hermanas mías, que esta sola idea bastaría para formar un Purgatorio en el alma tibia aunque no tuviese otra pena. De manera que hasta en el cielo nos acompañaría esta idea si pudiese penetrar la amargura. Ya sabéis que Sta. Teresa de Jesús después de su muerte manifestó a una amiga la santa envidía que tenía del tiempo, diciéndole que sufriría gustosa todos los tormentos de los mártires, con tal de aprovechar un poco de tiempo.
   Y todo esto, ¿por qué, hermanas mías? Todas estas fatales consecuencias que las causa ¡ay! una debilidad voluntaria de espíritu; el no tener valor de despegarnos total-<*13*> mente de la tierra para que de esta manera todas nuestras obras acompañadas con pureza de intención tengan el verdadero mérito delante del Señor; el no saber aguijonear nuestro espíritu para tenerle en un deseo constante de servir al Señor y hacerlo todo bien. ¡Ay! como si el tiempo de nuestra vida fuera demasiado largo para atesorar riquezas de méritos; como [si] las fatigas de muchos fueran excesivas para comprar con ellas una eternidad feliz! Como si tuviéramos un corazón demasiado grande para emplearlo todo en el amor de Dios, y no partirlo entre las criaturas.
   No, hermanas mías, no: tempus breve est: el tiempo es breve; reliquum est... lo que conviene es, como dice S. Pablo, que los que lloran en... [(I Cor. 7,29)].

   Abjiciamus ergo opera tenebrarum, et induamur arma lucis, os diré con el mismo Apóstol: arrojemos para siempre las obras de la disipación, de la tibieza y revistámonos del fervor de la gracia [(Rom. 13,12)]; hagamos levantar nuestro corazón de la tibieza y armémonos del espíritu de Nuestro Señor Jesucristo, para de esta manera evitar las consecuencias de la tibieza.

   En fin, hermanas mías, y es la tercera idea que os he indicado <*14*> en un principio, el alma que se permite caer en la tibieza comete una infidelidad, pues falta a la obligación gravísima que tiene de aspirar a la perfección. Pero, no, no quiero extenderme demasiado en esta idea, pues excedería quizás los límites de una plática, y además que acaso...
   1.º No quiero indicaros esta idea sino bajo el aspecto de la fidelidad que debéis a Dios, por las promesas que le tenéis hechas. ¡Ay! yo quisiera recordar a vuestra memoria y trasladaros con la imagina[ción]... <*15*>

   Y una de dos, hermanas mías, o aquellos fervores eran falsos, naturales, que provenían de una imaginación impresionable, y en este caso... o lo que es más probable, que la tibieza y el cansancio han venido a agotar aquellas flores del fervor, dejando de producir los frutos que de vuestra fidelidad y de vuestras promesas esperaba el Señor.
   Repito, que no es mi objeto el extenderme sobre esta materia, y sí tan sólo haceros ver de paso una de las consecuencias que lleva tras de sí la tibieza en el camino de la perfección. Muchas otras consecuencias podría haceros ver, hermanas mías, cuyas reflexiones nos ocuparían mucho rato; por hoy bastan las indicadas, a saber: los remordimientos en que vive, y el tiempo y mérito de las buenas obras que pierde el alma tibia, y la infidelidad que comete para con Dios, sobre todo aquellas que están consagradas a Dios por su estado.
   ¿Qué nos resta, pues, que hacer? Abjiciamus opera tenebrarum et induamur arma lucis: arrojar de nosotros y para siempre este espíritu de indiferencia y armarnos de la luz del fervor y de la gracia [(Rom. 13,12)]; repetir con David: nunc coepi: Señor, ahora empiezo [(Sal. 76,11)]; y esta palabra repetirla a menudo, pero con verdadero deseo, con verdadera voluntad de emprenderlo todo, y de apartar los obstáculos que puedan estorbarnos para aspirar a nuestra perfecta unión con Dios; y el Señor, hermanas mías, que es rico en misericordia, no dejará de derramar su gracia a estos propósitos y en estos días, sobre todo, en que tantas oraciones... y de esta manera... Amén. <*16*>

   1.º vosotras, hermanas mías, al presentaros un día ante el altar del Señor, al consagrarle vuestra virginidad y vuestra vida, le prometisteis una fidelidad completa. ¡Oh y cuántos votos ofrecíais a su Corazón! ¡Cuántos proyectos de santificación! ¡Cuántos deseos de andar constantemente en su presencia!

   Si entonces el Señor para aceptar vuestra consagración os hubiese puesto las condiciones más dificiles y repugnantes, las hubiereis aceptado al momento.

   Y, sin embargo, hermanas mías, os concedió el cumplimiento de vuestros deseos, y ¿qué se hicieron de aquellos fervores? Tal vez una palabra de humillación nos irrita, una oposición a nuestro genio o a nuestra voluntad nos abate; el amor propio o quizás la vanidad nos acompañan en nuestras obras, y el desaliento, la pereza, la disipación han venido a sustituir aquel constante fervor, aquella alegría continua en nuestros ejercicios y prácticas de piedad.

   Y una de dos, hermanas mías, o aquellos fervores eran falsos, naturales, y procedían de una imaginación impresionable, y en este caso engañamos al Señor, o lo que es más probable, que la tibieza y el cansancio han venido a agostar aquellas flores de fervor, dejando de producir los frutos que de vuestra fidelidad esperaba el Señor.

   Pues bien, hermanas mías, para no merecer esta nota de infidelidad, es preciso que nos animemos a caminar siempre por el camino que nos tiene trazado, sin desfallecer jamás; porque, desengañémonos, hermanas mías, no es lo mismo ejercitarnos en la virtud que caminar por ella; porque una cosa es pasear, otra caminar, otra correr; y ya que usamos de este lenguaje por lo que vemos en lo humano, <*17*> veamos los efectos de estas tres cosas en el ejercicio humano. Uno que pasea sale de casa, se dirige al campo, se mueve, se ejercita, suda tal vez, se rehace, pero a la noche se encuentra otra vez en casa, en el mismo sitio de donde había salido. Y al día siguiente vuelve a pasear, vuelve a ejercitarse, a hacer lo mismo, pero habitando siempre en el mismo lugar.
   De diferente suerte obra el que camina. Sale de un lugar, pero en dirección a otro punto. V.g. si uno sale de Tortosa.

   Aun de diferente modo obra el que va de prisa y el que corre.

   Pues bien: en el ejercicio de la virtud hay algunos que pasean; hacen todos los días sus prácticas de piedad ordinarias, sus devociones, sus mortificaciones; se ejercitan, sí, pero al cabo de un día, un mes, un año, diez años, se encuentran lo mismo.
   Hay otros que caminan ya; se dirigen a un punto determinado, a la santificación, al total desprendimiento de sí mismos, y por lo tanto, a la unión completa de su corazón con Dios.
   Tal vez irán alguna vez despacio... podrán tener... pero no retroceden; se conoce que van avanzando. <*18*>
   Hay algunos a quienes Dios destina para correr. Que no se detenga; no sea cosa que el Señor en castigo de esta detención haga que ni camine tampoco.
   Bajemos al fondo de nuestro corazón y meditemos allí.
   No me extiendo más, hermanas mías, me parecen suficientes estas ligeras indicaciones, para haceros ver las consecuencias del estado de flojedad y tibieza por los remordimientos que lleva en sí, por el fruto que pierde de las buenas obras, y por la infidelidad que comete para con Dios.
   Si nada tenéis que os remuerda, si no [os] encontráis en este estado, bendecid al Señor, y las ideas de estas consecuencias os mantendrán en El; si al contrario, nos encontramos algo culpables ante el Señor, nos animará y excitará a salir de él.
   Animémonos pues, hermanas mías, tempus breve est. <*19*>

   ----------


Ejercicios de la Purísima. 1866.



   Al indicaros ayer, hermanas mías, las consecuencias que llevaba en sí el estado de indiferencia y de tibieza, dijimos la infidelidad que cometíamos para con el Señor, por las promesas que le tenemos hechas, y también el desvirtuamiento de obras de que somos muchas veces causa.
   Hoy, hermanas mías, para animaros a que estudiemos más nuestro corazón, para combatir este defecto, debo recordaros que si nosotros no lo hacemos, que si no procuramos estudiarnos, día vendrá y tal vez no muy lejano, en que se nos indagará con excesiva minuciosidad sobre ello.
   Con este motivo no dudo ser a propósito el que recuerde el juicio que el Señor nos hará de nuestras faltas, de nuestras infidelidades y hasta de nuestras buenas obras.
   Tal vez no satisfagan nuestras aspiraciones estas verdades en estos días en que vuestro espíritu desearía otras materias, pero debéis, hermanas mías, [saber] que estas verdades eternas nos pertenecen a todos, pues pronto hemos de pasar por ellas, y quizás no muy tarde, y por consiguiente, nos interesan en todo momento.
   Y siendo así, que hay dos juicios, uno particular y otro general, creo más oportuno [que] recalquemos sobre el segundo, puesto que reúne todas las condiciones del primero, y a más, el aparato y majestad exterior que el Señor desplegará, puesto que como sabéis, será el acto solemne de la vindicación de Dios, y la humillación pública del alma pecadora y de todas sus infidelidades.
   Aunque breves y sencillas las ideas que expondré, imploremos los auxilios de la gracia para que produzcan el fruto que necesitamos. Ave María.

Escritos I.º, vol. 11, doc. 54, págs. 1-10






   Está muy distante de la perfección. No ama a Dios bastante.
   Inútil es repetiros lo que tantas veces ha resonado en vuestros oídos: esto es, la necesidad de caminar a la perfección de nuestro estado, y el deber de aspirar a él.
   Yo no hallo más que un punto esencial, decía el Apóstol S. Pablo: El olvidarme de lo que he hecho hasta ahora. ¿Y de qué se olvidaba? De sus infinitos trabajos, de sus continuas fatigas, de su ministerio apostólico, de tantos pueblos convertidos a la fe, de la fundación de tantas y tan ilustres iglesias, de tantas revelaciones y prodigios. No hallo, pues, otro punto esencial que el olvidarme de cuanto he hecho y adelantar continuamente en el camino que me falta que andar.
   La vida de la fe, con que debe vivir el alma justa, no es más que un continuado deseo de que reine Dios eternamente en nuestro corazón; una ansia santa de formar en nosotros una perfecta imagen de Jesucristo, y de crecer hasta la plenitud del hombre nuevo; una lucha diaria entre la ley del espíritu, que quisiera elevarnos constantemente sobre nuestros sensuales afectos, y la ley de la carne que nos arrastra hacia nosotros mismos; éste es el espíritu de nuestra vocación.
   Tal vez no podamos dedicarnos a la austeridad, ni a los ejemplos exteriores de los Santos; pero sí podemos y debemos reprimir los deseos que se oponen en nuestro interior a la ley de Dios, en mortificar las rebeldes inclinaciones, que con tanto trabajo se sujetan a la obligación y a la regla: en una palabra, en adelantar la perfecta imagen de Jesucristo.
   Pues bien: siempre que condescendemos habitualmente con nuestras inclinaciones (aunque en ello no haya infracción grave y visible del precepto), siempre que con plena deliberación no queremos adelantar en nuestra fidelidad, conociendo en nuestro interior que podíamos establecer una vida más recogida y exacta, desde entonces renunciamos al deseo de nuestra perfección; no procuramos adelantar continuamente para llegar a aquel punto de justicia y santidad a que Dios nos llama; desde entonces se puede decir que abandonamos <*2*> la grande obra de la santidad a que habíamos sido llamados, y en la que nos ha mandado trabajar; despreciamos el cuidado de nuestras almas; no seguimos los designios de su gracia; detenemos sus inspiraciones; somos infieles a Dios.
   Ahora bien, pues: aun cuando este estado de indiferencia no fuera lamentable por tantos conceptos, sólo por las dudas y agitaciones de nuestro corazón, en orden a la salvación, y atendiendo a la falta del deseo de prefección, que es tan esencial a la vida religiosa, y que está apagado en el alma tibia e infiel, sólo por estas dudas sería bastante digno de lamentarse.
   Porque, en primer lugar, el alma se imposibilita para distinguir en su conducta las infidelidades que pueden llegar a parar en culpa grave, de aquéllas que se quedan solamente en simples ofensas. Porque, aunque es cierto, como dice S. Juan, que no todos los pecados guían a la muerte, y que la moral cristiana distingue las faltas que no hacen más que contristar al Espíritu, de aquéllas que lo destruyen absolutamente en nuestras almas; con todo, eso es muy difícil muchas veces en la práctica el determinar hasta qué punto ha llegado la infracción del precepto, cuando se trata no de transgresiones formales, sino de transgresiones dudosas y diarias de inquietudes, vanidades, perezas, negligencias...
   En todas estas faltas solamente puede decirse de su gravedad y malicia por las disposiciones del corazón; y que muchas veces lo que en un justo no es más que fragilidad y flaqueza, es delito y corrupción no solamente en el alma pecadora, sino también en al alma tibia e infiel.

   -----------

   Ejemplos: Saúl, Josué, Buldú, tomo 1.º, pag. 362.
   Pues siendo indudable este principio, ¿en qué nos fundamos para tener por leves nuestras continuas y diarias infidelidades? ¿Conocemos bien la corrupción de nuestro corazón que es de donde ellas dimanan? Dios que es el escudriñador y el juez, la conoce y su vista es muy diferente de la del hombre.
   Pero si es lícito juzgar antes de tiempo, esa pereza, esa <*3*> infidelidad que se halla en nosotros, ¿podrá formar a nuestra vista un estado de un corazón digno de una alma consagrada a Dios?
   Por esto S. Pablo, aquel Apóstol que estaba siempre dispuesto a dar su vida por su Señor, y a ser sacrificado por su fe , aquel vaso de elección a quien nada reprendía su conciencia, nihil mihi conscius sum... [(I Cor. 4,4)], y con todo eso, no sabía si era digno de amor o de aborrecimiento, si conservaba en lo interior de su corazón el tesoro invisible de la caridad, o si le había perdido; y en estas tristes dudas, no podía el testimonio de su conciencia calmar sus temores y sus incertidumbres. David, aquel rey tan penitente, que tenía sus delicias en meditar continuamente la ley del Señor, y a quien el Espíritu Santo llama un rey según el corazón de Dios; David teme no obstante de esto, el que no le sea suficientemente conocida la malicia de sus faltas, y que la corrupción de su corazón le oculte la gravedad de ellas.
   Y nosotros, que no velamos sobre nuestro corazón; que en unas costumbres tibias nos permitimos continuamente, con pleno conocimiento, mil infidelidades, cuya malicia no sabemos cómo la juzga Dios. Nosotros que tal vez nos tenemos que preguntar si nos hemos excedido, ¿podremos persuadirnos a que conocemos el estado de nuestra conciencia? ¿Y podemos vivir tranquilos en orden a nuestras infidelidades visibles y habituales, fundados en un hábito invisible de gracia y de justicia, del cual no vemos señales exteriores?
   He aquí, pues, uno de los grandes perjuicios que produce en el alma el estado de indiferencia e infidelidad: el aumento de esta duda que hasta podría ponernos en peligro, y que de vez en cuando pone en tortura el corazón.
   Porque notad: porque nadie puede juzgar menos de su corazón que el alma tibia, porque es la peor fundada.
   Porque el pecador formal no puede disimularse a sí mismo sus pecados, y conoce que está muerto en la presencia de Dios. El alma justa y fiel, aunque dude si es digna de amor o de odio, tiene a lo menos en sí una conciencia que le dice, que realmente está deseosa de la perfección y que la hace poner los medios; pero el alma tibia e infiel siempre es un misterio inexplicable <*4*> a sí misma. Porque debilitando en nosotros la tibieza las luces de la fe y fortificando nuestras pasiones, aumenta nuestras tinieblas; cada infidelidad es una nueva nube esparcida sobre el entendimiento y sobre el corazón, que obscurece a nuestra vista las verdades de eterna salud; de este modo nuestro corazón se va poco a poco oscureciendo; nuestras luces se amortiguan, y no somos ya como el alma espiritual, que juzga de todo con claridad; tal vez se introducen en nuestro espíritu principios, máximas, aferramientos, que aminoran a nuestra vista nuestros defectos; miramos con más indiferencia nuestras obligaciones; lo que en otro tiempo nos parecía esencial, y no nos parece más que una nimiedad; los juicios y las luces, todo está mudado.
   En este estado, ¿quién nos ha dicho que no nos engañamos acerca del juicio que formamos de la naturaleza de nuestras infidelidades y de nuestras caídas diarias?
   Esta duda y esta fundada intranquilidad son razones poderosas que le deben hacer comprender que está muy lejos de la perfección a la cual debe aspirar.
   Y si quisiéramos ahondar en esta idea, hay otra razón que hace más lamentable la situación del alma tibia: es la incertidumbre aun de la gravedad de su estado.
   Porque el primer efecto de la caridad es llenarnos de aquel espíritu de hijos adoptivos que nos hace amar a Dios como a nuestro Padre, y temer más la pérdida de su amor que todos los males con que nos amenaza. El cuidado, pues, que tiene un alma infiel en disputar a Dios todo lo que no puede negarle sin culpa grave, en examinar si es falta leve o grave, este cuidado no puede nacer sino de un espíritu falso de fe y de caridad; porque solamente los hijos pródigos pleitean de este modo con el Padre de familias y quieren usar, con todo el rigor, de sus derechos. Esta disposición es de una esclava y mercenaria, es decir, que si estuviera segura del mismo perdón y de la misma indulgencia de parte de Dios en la trasgresión de los puntos esenciales de la ley, los quebrantaría con la misma facilidad que quebranta los menos esenciales: es decir, que si para la eternidad no tuviera más resultado una murmuración leve que una grave, no tendría más horror a uno que a otro; es decir, que no está sujeta a los preceptos por el amor de la justicia, sino por el temor de la pena; que no se mantiene fiel a la ley, sino al castigo; que no ama al Señor, sino a sí mismo; porque solamente cuando se interesa su gloria, y cuando no nos ha de resultar daño especial de nuestras infidelidades, por ser leves, no tememos el desagradarle. ¿Esta alma está cercana a su santificación?. <*5*>
   Pero aunque nada de esto fuera, aunque este estado no le indicara cuánto debe temer el alma por encontrarse muy lejos de la perfección a que debe aspirar, debía serle muy repugnante este estado, que la priva de los deberes de perfecta caridad y amor de Dios, pues este estado le advierte que no le ama bastante.
   El mejor bien de la caridad es establecer una amistad perfecta entre el alma y Dios; y el divino Salvador, que no tuvo otro objeto al venir a la tierra que el realizar este acto de íntima unión, roto en mala hora por el primer pecado, decía con este objeto: vos amici mei estis... Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que os mando; ya no quiero llamaros siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; yo os llamo ya con el nombre de amigos porque cuanto he oído del Padre os lo he abierto y manifestado [(Jn. 15,14ss)].
   Ahora bien: consideremos cuánto se opone el estado del alma inactiva e indiferente a la perfección de esta amistad.
   Cuatro condiciones pide este vínculo perfecto, para ser el más estrecho e indisoluble: 1.º Que haya unión de corazones. 2.º Comunicación de bienes. 3.º Ejercicio del mutuo amor 4.º Y firmeza del mismo amor o constancia.
   Pues a todas estas condiciones se opone el estado habitual del alma infiel con faltas leves.
   1.º Y en primer lugar, a la verdadera unión de corazones. Nada es tan indispensable a la verdadera amistad como la unión de afectos de la voluntad. Por esto, S. Agustín decía: eadem velle, eadem nolle... El mismo querer, el mismo no querer: he aquí la perfecta amistad. Es verdad que el estado habitual de faltas veniales no rompe aquella maravillosa unión que hay entre Dios y nosotros por medio de la gracia justificante; pero se enflaquece, pues como hemos dicho, el alma pecando venialmente, aunque no deja de amar a Dios, mas no le ama ni como ni cuando tiene obligación. Minus te, Dómine, amat, decía S. Agustín, menos te ama , Señor aquel que ama contigo alguna cosa, pero que no [la] ama puramente por ti.
   Al alma, pues, que no es bastante fiel a Dios, le falta esa tierna unión de sentimientos que constituye la verdadera amistad, y está vacía de aquel espíritu de hijos adoptivos que nos hace amar a Dios como a nuestro Padre, amar su ley y la justicia <*6*> de sus preceptos, y temer más la pérdida de su amor, que todos los males con que nos amenaza.
   Porque el alma tibia e indiferente ordinariamente se ocupa en sus juicios y exámenes, si sus acciones son una ofensa venial o grave; y esta disposición, este disputar a Dios lo que no puede negarle sin culpa mayor; este estudiar la ley de Dios y su voluntad para saber hasta qué punto le es lícito quebrantarla; este cuidado y este temor no puede nacer sino de un interior vacío de caridad; de un interior en que no reina el espíritu de Dios de un modo absoluto; de aquel espíritu de amor y dilección porque solamente los hijos pródigos pleitean de este modo con el Padre de familias, y quieren usar con todo rigor de sus derechos, y recoger lo que les pertenece.
   Por esto, no hay dulce unión de quereres en todo y por todo, y por lo tanto, le falta la dulzura de la verdadera amistad.
   Pero aún quiero aclarar más esta reflexión. B. 11 pag. 362.
   2.º En segundo lugar, y la segunda condición de la verdadera amistad es la comunicación de bienes. Pues bien: al ofrecernos Jesús su amistad, ofrece al alma que quiere seguirle toda la plenitud de los bienes, y que el alma sea capaz de recibir. ¿Y cuáles son estos bienes? El único objeto que Dios ha tenido al obrar todas las cosas, ya en el orden natural, ya en el de la gracia, después de su propia gloria, ha sido el enriquecer, el engrandecer al hombre. Por ello no sólo ha estado derramando gracias y beneficios en favor de la criatura, sino que también cuando caída ésta, derrochó todos los tesoros de su bondad y de su omnipotencia, entregándoselos por medio de su Hijo Unigénito. Y para que fuese plena esta plenitud de gracias ha dejado abierta la fuente de todos los dones, por medio de la entrega de su Hijo en la sagrada Eucaristía. Y no contento con las riquezas inconmensurables que ha sabido conseguirnos y alcanzarnos, y cuyas riquezas las quiere todas para el alma, ha trabajado para dejarnos y quedarnos en el cielo riquezas que el entendimiento del hombre no puede alcanzar. Todas las riquezas de la divinidad, todos los tesoros de su humanidad, todos los consuelos, gracias y favores que encierra su dulcísimo Corazón, este amigo verdadero desea comunicarlos con el alma, único objeto de sus afanes. <*7*>
   Ahora bien: ¿y qué impedimento pone a la venida de una tan magnífica liberalidad, la indiferencia o más bien le avaricia de un corazón que niega a su Dios cosas tan pequeñas? ¡Si supiéramos lo que son los deseos de la gracia del Señor! ¡La gracia! ¡Oh gracia! La gracia que pudiéramos decir que es un fluido o aire en que Dios se descompone (si es permitida la expresión), la gracia viene a formar como una atmósfera alrededor nuestro. Y así como el aire de la atmósfera no sólo nos sostiene la vida, sino que se está introduciendo continuamente dentro de nosotros a cada respiración, así también la gracia, esa atmósfera que nos rodea, desea introducirse continuamente al interior de nuestra alma; está como apegada a nosotros para derramarse y comunicarse dulcemente. ¡Oh bondad amorosa de Dios! Nos quejamos muchas veces de que nos...
   Es poco lo que se niega...
   Porque ¿qué nos pide Dios para esta comunicación? Que le demos todo nuestro corazón. Que seamos todos suyos. Estando dispuestos a aprovechar todas estas gracias...
   Unicamente así... Número de gracias que se pierden. <*8*>
   En tercer lugar, la amistad pide una ejecución de amor recíproco; y por esto los que se aman con sinceridad, se alegran de tratarse, y de este modo se pueden manifestar los afectos; porque cuando uno ama a otro y éste no lo sabe, aquel amor oculto que el otro le tiene es benevolencia, mas no amistad verdadera, que precisamente debe consistir en un amor recíproco.
   Este amor recíproco, esta familiaridad, el Señor lo desea de nosotros; pero la indiferencia, el apego a las faltas veniales hace dudoso este amor que tenemos a Dios, y el amor que Dios nos tiene. De aquí que agitada el alma entre las dudas y remordimientos e inquietudes, ¿qué lugar puede tener el ejercicio del amor recíproco entre Dios y el alma? Sobre todo en el tiempo de la oración, que entre todos los momentos es el más a propósito para este santo ejercicio de filial comunicación con Dios. De aquí es que el Señor retira aquellas demostraciones de familiaridad que ha usado con el alma en otras ocasiones, y que usa con las almas que le son fieles; y a consecuencia tal vez de esto, el alma como que esto no llena, busca aún más los medios de entretener su disipación y su intranquilidad, y por lo tanto, va poniendo obstáculos a esta familiaridad, ¿y qué sucede en fin? Sucede que así como en las noches tempestuosas de vientos en vano se espera caiga el rocío sobre la tierra, así en vano se esperan caigan los favores y delicias del cielo, sobre este pobre corazón tempestuoso y lleno de tibiezas, de afectos y pasiones desordenadas, y de culpas aunque veniales.
   ¡Si scires donum Dei! ¡Oh alma religiosa! ¡Si supieras lo que es el don de un santo fervor en el servicio de Dios! Costoso es, atendida nuestra fragilidad, pero ¡si supiéramos lo que el Señor tiene encerrado y vinculado a este santo aborrecimiento de todo lo que pueda desagradarle! Si meditáramos los perjuicios y amarguras de un alma, que se siente obligada a sufrir por el conocimiento que Dios le ha dado por la fe, a sufrir, digo, la presencia de Dios, y todas las demás verdades de la fe, en este estado de falta de abandono por su continua santificación.
   Es bastante castigo... <*9*>
   Ultimamente, en la amistad se requiere estabilidad y firmeza.
   Pues bien: nada hay más fácil para romper esta amistad con Dios, que el estado del alma habituada a las faltas veniales.
   Ahora bien, pues: si tantos perjuicios causa al alma, si tanto daña al espíritu las faltas ligeras voluntarias, ¿qué no debe hacer el alma para destruirlas en sí?
   Sta. Catalina de Génova. <*10*>
   De aquí podremos comprender cuán culpables son las almas que no ponen su cuidado en apartarse de las faltas veniales, o no se previenen contra ellas, y las confiesan y detestan con poco dolor y menos propósito de enmendarse, como si fuera no un mal de la voluntad, sino de la naturaleza, fundado en la inclinación natural.
   Habrá uno de temperamento bilioso.
   Y podíamos discurrir en esto.
   Remedios.

Escritos I.º, vol. 11, doc. 55, págs. 1-4





   De Pinamonti

   Tibieza.

   Mis hermanas en el Señor: por más que en varias ocasiones y días de retiro y recogimiento hayamos meditado aquella verdad importante y terrible, mayormente para los que por su estado están dedicados a la perfección, de la tibieza en el alma; conveniente es, sobre todo en los primeros días de ejercicios, revolver aquellas antiguas ideas para ver el estado lastimoso de nuestras almas.
   El mismo S. Ignacio, al proponer los ejercicios, nos dice: Plan para...
   No sólo son, pues, los ejercicios para arrancar los pecados graves del alma, sino para la reforma de nuestro corazón, examinándolo ante Dios, para ver cómo está, por el prisma de más fuertes y vivas consideraciones.
   Al hablar, pues, del estado en que pueda encontrarse nuestra alma, fijemos las señales que, según un ilustrado autor, hacen distinguir el de una alma tibia.
   El alma tibia, dice... <*2*>
   Pues bien: levantemos el velo que cubre nuestra conciencia, y veámosla descubiertamente: ¡quién sabe lo que veremos en ella! El profeta Ezequiel, levantado en espíritu, vio en una ocasión un agujero en la pared del templo de Jerusalén, y le fue dicho: hijo del hombre, fode parietem: agujerea la pared [(Ez. 8,8)]; y miró en el interior del templo, y vio toda semejanza de reptiles y de animales aborrecibles, y vio todos los ídolos de la casa de Israel pintado, (no fabricado), pero sí pintados en la pared, y por alrededor y por todo; (y que 70 de los más ancianos de Israel y hasta el mismo Sofonías estaba delante de las pinturas de los ídolos, y que se levantaba el vapor del incienso hacia ellos).
   Ahora bien: ¿quién sabe si al agujerear la pared de nuestro corazón para considerar su interior, quedamos espantados de ver en él las abominaciones vergonzosas <*3*> que figuraban los reptiles y animales de que aquel templo estaba lleno?
   ¿No es ésta, en efecto, una imagen demasiado fiel de esos malos hábitos, de esas pasiones no domadas, de esas costumbres disolutas, de esos defectos inmundos que hormiguean en una carne que ha llegado al estado de putrefacción?
   ¿Qué más? ¿Es acaso esta nuestra situación?
   Somos por nuestras afecciones desordenadas el...
   O...
   O la higuera plantada...
   Si por desgracia encontráramos nuestro corazón dominado [de] esta lepra, motivos teníamos de temor, por los peligros que acompaña a este estado; porque, en primer lugar, 1.º La tibieza expone al peligro de cometer el pecado grave, y esto por dos motivos: el uno directo, el otro indirecto; directamente, porque el alma tibia se acostumbra a sus faltas, comete sin remordimiento el pecado venial, rara vez reflexiona, y entonces de una manera bien insuficiente, sobre la gravedad del pecado, y sobre los motivos que deben hacerlo evitar. Insensiblemente disminuye el horror que debiera tener al pecado mortal, y su conciencia cesa de temerlo como es debido. <*4*> Ella llega insensiblemente al punto de entretener su imaginación con pensamientos no conformes (impuros), de dudas temerariamente entre la resistencia y el consentimiento a las tentaciones, y de tener que dudar si se ha complacido o no; ella permite a sus sentidos peligrosas libertades, y se forja a sí misma principios fáciles; o más bien, se crea evasivas para buscar vanas excusas en sus pecados. ¿Y qué sucede en este estado si llega a ser un tanto habitual? Que sobreviene un ataque más vigoroso, y cae al punto con todo su peso (el del pecado mortal).
   Por ello, ya habréis leído en esta materia aquellas sentencias del Espíriu Santo...

Escritos I.º, vol. 11, doc. 56, págs. 1-4






   Pero para proceder con verdadero conocimiento de la materia, es preciso distingamos dos clases de tibieza: la una natural e inevitable; la otra voluntaria y obliga a evitarla.
   Sucede muchas veces, hermanos míos...
   Ante todo yo supongo sabéis lo que es la tibieza. La tibieza, y debéis saberlo para vuestro consuelo, no son aquellas imperfecciones hijas de nuestra pobre naturaleza y que más bien son descuidos que infidelidades, las que, como dice S. Agustín, deja el Señor aun en las almas fieles para mantener su humildad, para excitar sus gemidos, para avivar sus deseos, y para aumentar el disgusto de su destierro y la esperanza de su libertad.
   Sino que es aquel estado ordinario, habitual del alma que satisfecha con el cumplimiento superficial de sus obligaciones, ha dejado ya de dirigir su vuelo a cosas mayores.
   Es aquella pacífica y tranquila negligencia en orden a todo lo que es accidental en nuestros <*2*> deberes; es aquel acomodamiento a nuestros gustos e inclinaciones, aquel apego a nuestras imperfecciones, que las justificamos nosotros mismos, a las que nos parece imposible renunciar, y las que miramos como motivaciones necesarias para poder soportar la virtud; y que no viendo en ellas cosa muy culpable que se oponga al plan que nos hemos formado de nuestras costumbres y de nuestro método de vida, forman sin embargo en la presencia de Dios una cadena de imperfecciones y de infidelidades; es, en fin, un corazón donde está apagado el deseo de la perfección tan esencial para el alma que se ha entregado del todo a Dios. <*3*>


   Estado del tibio a los ojos de Dios.
   1.º = Desvirtúa el mérito de las buenas obras.
   2.º = Se llena de remordimientos de conciencia y vive en la duda.
   3.º = Hace pesado el yugo.
   4.º = Falta a la obligación de aspirar a la perfección.
   5.º =


   Consecuencias en el alma fervorosa.
   1.º Vive alegre y contenta.
   1.º - porque tiene conciencia de lo que es Dios - porque vive insegura
   2.º - porque le falta el crisol de la caridad - porque el Señor la acepta
   3.º - porque el Señor la eligió para esto y se lo [?] - porque... <*4*>
   Desvirtúa el mérito de las buenas obras.
   La caridad es el principio de las buenas obras. El Apóstol S. Pablo,
   Como dice S. Francisco de Sales,
   Diferencia del alma tibia.

Escritos I.º, vol. 11, doc. 57, págs. 1-2





   Troncoso.
   De la tibieza.

   (No es una plática. 1.º...)
   Una de las sentencias que más impresión causan en la almas y producen asombro y santo temor, son aquéllas que resonaron al oído del Apóstol S. Juan en su Apocalipsis...
   Adoremos los sentimientos del Corazón de Jesús. Dios amenaza vomitarlos.
   ¡Qué estado tan funesto! ¿Somos nosotros los comprendidos en este estado? Es tibia aquella persona que no es mala ni buena. No grandes males. No grandes pecados: impureza, faltas graves en el cumplimiento, en sus obligaciones diarias.
   Pero en cuanto al prójimo: una burla, [?] desprecio, no le sufre.
   - Las murmuraciones se las bebe y no repara. - La perfección ni precisa, ni la desea, ni la procura. - Las advertencias, avisos.

   -----------

   - Practica la Misa, oración. Pero sus fantasías, vanidades, inmortifi-<*2*> caciones en sus sentidos...
   - Mira de cualquier modo, sabiendo por experiencia sus resul- tados, y los remordimientos que le deja.
   - Se deja llevar de los apetitos: en la comida, en el descanso En las reuniones locuacidades.

   -----------

   - En las tareas que le repugnan; puntualidad en el rezo, en el estudio, en la lectura conveniente; y prefiere dilatarlo, o dejar el estudio, o la lectura propia, por el periódico...
   Muertas.

Escritos I.º, vol. 11, doc. 58, págs. 1-2






   Estado de tibieza.

   Higuera. Plantó una higuera, y vino a buscar frutos en ella, y no los encontró. Y dijo: succidite [(Lc. 13,7)]. Y le dijo el colono... Esta es la parábola, y Jesucristo es el mismo, y te la propone a ti. ------------
   Plantó tu alma. ¿Acaso no era raíz sólo para carbón, y yo te he plantado en esta tierra que no labraste?
   Pues esto te dice a tu alma. Te ha dado el alma racional para que le conocieras y amaras; y te plantó en el seno de la Iglesia; ¡y con cuánto cuidado! ¡cuántos riegos, y luces e inspiraciones y ejercicios!
   ¡Cuántos ejercicios! Y vino y viene...
   Enséñale al Señor lo que has hecho.
   ¿Qué frutos le has dado de celo, de oración, de piedad, de reparación, de mortificación, de [?] y mansedumbre, de [?] [?]?
   ¿A qué grado te encuentras <*2*> de santificación, porque ahí tienes [?]? ¿qué digo? si no tienes más, Apocalipsis.
   Et non invenio... [(Lc. 13,7)]. ¡Oh! Apocalipsis. Tunc quid terram... [(Lc. 13,7)].

   Succidite ergo eam [(Lc. 13,7)].
   ¡Cuántas veces lo habrá dicho el Señor! Ut quid occupat? [(Lc. 13,7)]. Yo llamaré otra alma de la India...
   ¿Quién le ha detenido?

   Dimitte et hoc. Cuántas veces el Angel, nosotros. En aquel [?] enfermedad...
   ¿Y cómo lo hemos cumplido?

Pecados


Escritos I.º, vol. 11, doc. 59, pág. 1






   Pero no estampéis, no, los pecados cometidos; más aún debéis los que hubierais podido cometer, si Dios te hubiese dejado de la mano, como merecías te dejara.
   ¿Qué seríamos si Dios nos hubiese dejado a los impulsos de nuestra voluntad, de nuestros deseos interiores, de los peligros en que hemos estado? ¡Oh! Monstruos.

   -----------

   Cuántas veces con ligereza en el hablar, en mis miradas, en mis maneras exteriores
   No he pecado más porque Dios no ha querido, que por mi disposición mala estaba expuesto a todo, al orgullo, a la envidia grave, al placer, al rencor, a la vanidad, aunque hubiese sabido que ofendía a Dios.
   Si nada he reparado, y me advertían los peligros, y lo miraba como cosa de poco más o menos
   Si me prevenía, y mi voluntad quería excusarlo todo, por no sacrificar una vanidad de traje, o un brillo pasajero, o no perder un afecto momentáneo de la criatura
   Espántate, sí, de los que no has cometido, que si Dios no tiene manga como un talego.

Escándalo


Escritos I.º, vol. 11, doc. 60, págs. 1-18






   Escándalo. <*2*>

   Sermón del escándalo.

   El demonio por sus satélites. <*3*>

   ¿Qué es escándalo, hermanas mías? Es toda palabra o acción que por sí puede dar ocasión a otro para que peque. Es la provocación al mal, ya directamente y con toda voluntad y conocimiento a fin de hacerlos perder la gracia, y en este caso se llama escándalo diabólico, ya sea sin esta malísima intención, pero realmente dando ocasión voluntaria a que...

   -----------

   Ahora bien hermanas mías, la sola idea y definición y anunciación del pecado de escándalo ¿no os da de sí una idea de su gravísima malicia? Contribuir a la ruina espiritual de un alma: abrir los ojos para el mal al que tal vez no lo conocía: facilitar el pecado a quien quizás sin ello no lo hubiera cometido: impulsar a un alma para que caiga en el infierno, ¡oh! ¿quién puede pensarlo y no estremecerse?
   Por ello, hermanas mías, no hay en primer lugar pecado que esté más amenazado y anatematizado de parte de Dios.
   El divino Salvador de los hombres, nuestro amante Cristo Jesús, este corazón tan bueno y tan compasivo, si alguna vez despliega el vigor del lenguaje, si su corazón respira la indignación, es cuando habla de aquéllos que escandalizan a los pequeñuelos: ¡Ay del mundo por los escándalos! exclama. Si alguno recibiese a alguno de los que creen en mí, le miraré como si me recibiere a mí; mas si alguno llegara a escandalizar a alguno de estos pequeños, es decir, <*4*> a los sencillos de corazón, más le valiera ser arrojado en lo profundo del mar con un pesado peñasco en el cuello. Este era entonces, dice S. Jerónimo, el castigo destinado a los más enormes delitos; y la divina Sabiduría [usa] de estas figuras presentes para instruirnos a nosotros de la gravedad de este pecado y de los suplicios eternos que aguardan al que escandalizare.
   Jeroboán fue elegido por las diez tribus de Israel para rey de ellas, y llegó a merecer esta elección la aprobación de Dios por medio del profeta... Pero este príncipe en vez de poner su confianza en el Señor para mantenerse sobre el trono de las diez tribus, en que había sido colocado, temiendo caer, y para asegurarse mejor, acudió a un medio escandal[osí]simo. Sabiendo que sus vasallos iban a Jerusalén a adorar a Dios en el templo santo, recelando no desertasen de su servicio y se sometiesen a los príncipes descendientes de David que reinaban en la ciudad de Jerusalén, para evitar este pretendido peligro, hizo poner ídolos falsos en los montes de Israel para que sus vasallos fuesen allí, y se apartasen de este modo de la religión de sus Padres y del verdadero Dios.
   Tan vivamente se sintió ofendida la Majestad divina por este pecado de escándalo, que mandó le dijeran a este rey que todos los enormes delitos de sus antepasados, todos sus excesos y abominaciones, no tenían comparación con la enormidad del pecado que acababa de cometer. La gravedad del castigo corresponde a la gravedad de la ofensa. El perdió su reino, sus haciendas, sus vasallos; perdió su familia, su vida, su fama, hasta hacer por muchos siglos execrable su memoria. La santa Escritura, siglos después de su muerte, detesta su memoria y <*5*> habla de él como del peor y más perverso de los reyes, que atrajo sobre su cabeza la divina venganza; ¿por qué? no sólo porque pecó, sino porque hizo pecar a Israel.
   Ahora bien: Supuestas estas indicaciones, ¿cuál será la indignación que causará a Dios y el castigo que aguarda a aquellas almas, que no contentas con escandalizar a uno han pasado a hacer pecar a muchos?. (¿Cuál será la pena que Dios te tenga señalada, por ejemplo, a ti, infeliz mujer?) ¿por qué enseñaste a pecar a aquella niña que tú sabes, robándole a Dios un alma inocente, pura, santa? (Un alma que de templo del Espíritu Santo la hiciste establo del demonio: un alma que quizá hubiera podido ser de edificación para muchos, se convirtió en ruina espiritual de muchas almas, de medio pueblo).
   Y aquéllos que con sus palabras libertinas contra la religión y la piedad, sólo por la vanidad de pasar por despreocupados, corrompiendo la sencillez y la bondad de tantos jóvenes, que como hermosas plantas crecían en el jardín de la Iglesia, prometiendo copiosos frutos de virtud y de consuelo, ¿cuál será, hermanas mías, su castigo cuando Dios ponga a su cargo, y les pida cuenta de su irreligión, de su impiedad? Cuando le recuerde sus burlas contra los que practicaban la piedad y la virtud, sus menosprecios de la religión, sus indecentes bromas a tantos oídos inocentes, la seducción de tantas personas, ¿la condenación de tantas almas? ¡Oh, hermanas mías, y cómo le tendría más cuenta el haber sido sumergidos en lo profundo del mar que el haber escandalizado sólo a un alma fiel! Así habla el Evangelio del escándalo, y tal es la idea que nos da de enormidad.
   2.º = Y no lo extrañemos, hermanas mías, no extrañemos esta indignación de Dios, y las amenazas de sus castigos sobre el alma escandalosa; pues el escándalo es el mayor mal que podemos causar a nuestro pró- <*6*> jimo; ¿el mayor mal he dicho? Ah, sí, hermanas mías, más que si le robaran la hacienda, más que si le quitaran la vida.
   Objeto abominable es, ante Dios y ante la sociedad, el que arrebate a otro lo que es suyo; nos horrorizamos ante la idea de un asesinato: nos horroriza la relación de un homicidio alevoso, hecho con las más repugnantes circunstancias.
   Pero ¡ah! si lo pensamos con los ojos de la fe, aún nos causaría más horror el estrago causado [en] un alma por el mal ejemplo y el escándalo.
   ¿Qué son los bienes de la vida comparados con los bienes de la gracia? ¿Qué es la muerte del cuerpo con la muerte del alma que la expone a una desgracia eterna?
   El que llega a infiltrar el veneno del mal en el alma, le roba la gracia santificante que es su riqueza y su hermosura; le arrebata la cualidad de hija de Dios y heredera de su gloria: la hace perder a Dios que es el mejor de todos los padres, su asilo, su esperanza, su soberano bien y única felicidad.
   Y no importa, no, pecador, hermano mío querido que... <*7*>

   Pero hay una circunstancia, hermanas míos, en la que consiste el escándalo, y es que hace oficio de demonio, cuyo oficio único es perder las almas para arrebatárselas a Jesucristo.
   El divino Salvador de los hombres vino al mundo con el único objeto de salvar las almas. Llevado de su inmensa caridad, descendió de lo más alto de los cielos para vestirse en la tierra de la humana naturaleza, y padecer en ella por el rescate humano, sed, hambre, fatiga, cansancio y una muerte afrentosa.
   El demonio, por el contrario, nada apetece, sino la pérdida de estas almas como enemigo irreconciliable de Jesucristo. Para conseguirlo rodea con implacable odio la tierra, tiende lazos, excita tentaciones, mueve discordias, y prepara peligros en todas partes. Alrededor nuestro está, dice S. Pedro, acechando como león rugiente para devorar nuestras almas.
   Pero ¡ah! que cuando él no puede con sus importunas sugestiones, y por sí mismo hace caer en pecado estas almas para devorarlas, se vale entonces de sus satélites.
   Jesucristo envía sus ángeles, sus predicadores y sus ministros para que como tales cooperen al bien de las almas, las instruyan, las purifiquen con su sangre y las sostengan con su gracia. Y el demonio destaca también sus ministros, sus coadjutores, sus delegados para que las pierdan y condenen.
   ¿Y quién os parece que son esos delegados del enemigo de las almas? Ya os lo he dicho: los escandalosos, de ellos se vale como instrumentos, y ¡ay! muchas veces son ellos casi [sin] pensarlo, no hacen sino servir de cebo de Satanás.
   Los que fomentan discordias en las familias y murmuraciones en los corrillos, y odios y enemistades en las casas; <*8*> los que llegan hasta profanar el santuario con miradas licenciosas; todos ellos hacen visiblemente lo que el demonio hace invisiblemente.
   ¡Cuántos hay que sirven de lazo de Satanás y ellos no quieren comprenderlo! Si se les repara que son oficiales del diablo se ofenderían, y sin embargo lo son.
   Pues almas, cualesquieras que seáis, mirad que si habéis provocado al mal a alguna persona con vuestros ademanes y gestos indecentes, con vuestro porte inmodesto, con vuestras acciones y palabras, mirad, repito, que os hacéis semejantes al demonio, os habéis hecho instrumento suyo, y por lo tanto os diré, con el Apóstol S. Pablo, entrad dentro de vosotros mismos, y no queráis destruir las obras del Señor. Noli destruere opus Dei (Rom. 14[21]).
   No queráis contribuir a la perdición de las almas por las cuales Jesucristo murió. Noli perdere illam pro qua Christus mortus est.
   Y bien, hermanos míos, tan bochornosa es la idea de servir de cebo a Satanás, contribuyendo al pecado de los otros, si tan grande es la ofensa que se hace al dulcísimo Corazón de Jesús, al que se le arrebatan las almas por el escándalo, valiendo ellas tanto ¿cuán fatales no deben [ser] las consecuencias del que ha incurrido para con Dios en semejante crimen?
   Dos [son] estas consecuencias, hermanos míos, la confusión del alma escandalosa, sobre todo en la hora de la muerte y ante la idea del juicio de Dios; y el castigo aún más terrible en la eternidad.
   Es cierto que todos hemos de obrar nuestra salvación con temor y temblor, como dice S. Pablo. También es cierto que Dios nos manda estar con miedo del pecado ya perdonado. Pero este temor debe subir de punto respecto del pecado del escándalo. Y ¿por qué?
   El Señor hablando a los Profetas que no corregían a los pecadores les decía: Si mandándote yo que digas al pecador, morte morieris; morirás, no se lo dijeres, y no se convirtiese, él morirá en su pecado; sanguinem <*9*> autem ejus de manu tuam requiram. Mas su sangre, esto [es] su perdición la requerirá de tu mano. Si el Señor decía esto a los profetas de Israel sólo porque no contribuían por medio de sus avisos a la conversión del pecador, aunque de ello no tuvieran que alcanzar resultado, con mucha más razón lo dice al que ha contribuido a la perdición positiva de alguna alma. Mira; aquella alma a la cual has arrastrado al mal, morirá en su pecado si no se convierte; sanguinem autem ejus de manu tua requiram. Mas su sangre, esto es, su perdición, la requeriré de tu mano. [(Ez, 3,18)]. El mismo Jesús nos recuerda: Dentem pro dente. Mat. 5,38.

   Y no lo extrañemos, hermanos míos; Dios no hace sino aplicar la pena del talión, pero que la sociedad aplica en la mayor parte de los casos.
   La pena del talión admitida

   Ahora bien, pues, hermanos míos: podréis comprender el espanto y la confusión, que necesariamente causará esta verdad en
   Y lo digo con sinceridad: es la espina más cruel de las almas santas convertidas...
   Cuántas veces, madres cristianas, habéis dicho: Ah si no hubiera sido aquél, pues lo mismo dirán estas almas. <*10*> ¡Ay! un escandaloso, aun cuando se haya ya arrepentido!

   He contribuido, dirá en su corazón, a la tentación de una alma: tal vez se haya perdido ya; y si no se ha condenado, quién sabe si ya no tendrá la gracia por ello. Y yo habré sido la causa de esta perdición. ¡Oh, pensamiento funesto! Pensamiento terrible, sobre todo a la luz de nuestra próxima eternidad.
   Vedlo prácticamente.
   Y sin necesidad de este ejemplo, creedlo, hermanos míos; os lo digo con sinceridad: es la espina más amarga aun de las almas santas, aun después de convertidas, es el desconsuelo mayor que sufren en la presencia de Dios. Sólo pensar que en alguna cosa de los días de su disipación, pudieron servir de alicientes para el mal, o pudieron impedir el bien, es cosa que no pueden soportar. Y no hay <*11*> para menos, hermanos míos, pues ésta es una verdad que con sólo la razón podemos comprender muy bien.
   Cuántas veces, padres y madres cristianas, ante el extravío de uno de vuestos hijos o vuestras hijas, a quienes habéis procurado guardar como las niñas de vuestros ojos, vuestro corazón, como por instinto, había querido adivinar las causas de aquel extravío, de aquella conducta tan diferente, y habéis exclamado: ¡Ay! tal vez la compañía de aquel amigo o amiga; quizás el haber ido a tal diversión, ha sido la causa de este extravío, de esta ligereza, de este cambio que observo. Y os indignáis contra aquél.
   Cuánto más dirá Dios, en el fondo, del alma que ha podido [ser] ocasión a la falta del prójimo: Mira, recuérdalo bien, en aquella noche de diversión, en aquél espectáculo, en aquella mirada, en aquella chanza, en aquella conversación, en aquella murmuración, con aquella canción, cuando no tenías más que tal edad, causaste la ruina de tal alma; abriste los ojos a su inocencia; la hiciste pensar lo que nunca había pensado, y perdió su candor; encendiste una llama que [fue] principio y causa de su perdición más adelante; y ahora mírala desgraciada y apartada de mí en el tiempo, y quizás por la eternidad.
   ¿Cómo es posible, hermanos míos, que este pensamiento y esta voz no resuene en los oídos del que lo haya ocasionado? ¿Cómo es posible que la voz de estas almas perdidas no le griten, sobre todo, en las agonías de su muerte?

   ----------

   ¡Gran Dios! quién tuviera una voz tan penetrante que llegara hasta los extremos de la tierra para hablar al corazón de todos los hombres y decirles: Hombres que me oís, mujeres que me escucháis, ¿habéis meditado bien esta verdad que no podéis desconocer? ¿Habéis entendido que sois responsables ante Dios de las almas que perdisteis?
   Que Dios ha de poner en la cuenta de vuestro jui-<*12*> cio la condenación de tantas doncellas, de tantos jóvenes, de tantas almas que por vuestro lujo, por vuestra vanidad, vuestras canciones, vuestros malos consejos, vuestras solicitaciones, vuestras burlas, arden ya unos, y arderán otros, en los braseros eternos!
   ¡Ah infelices bailarinas, que con vuestros ademanes habéis, y con vuestros movimientos habéis escandalizado a tantos inocentes! ¡Oh vosotros, diría, jóvenes de ambos sexos que tantos años estáis sosteniendo relaciones y festejos innecesarios, sirviéndoos de peligro mutuo, bajo pretexto de una inocente pasión, qué lástima tengo de vosotros y aun de vuestros confesores que os lo toleran!
   ¡Ricos del mundo, exclamaría yo, que gastáis vuestros caudales en ruina de vuestros prójimos, qué compasión tengo de vuestras almas!
   Escritores de romances y novelas impúdicas, fotógrafos y expendedores de malignas pinturas, clamaría yo: ¡cómo resonará en vuestros oídos en el día de la tribulación y caerá sobre vuestras cabezas la sangre de estas almas a las cuales habéis corrompido y extraviado! Ya que no puedo clamar a todas ellas, que Dios tenga misericordia de sus almas.
   Y pasemos, hermanos míos, a considerar la segunda consecuencia que, he dicho, trae en pos de sí el pecado del escándalo, después de la otra vida.
   Triste cosa es, hermanos míos, el condenarse: terrible el ir a penar en los abismos; pero como Dios obra con número, peso y medida, coloca el alma en aquellos tormentos a que la condujeron sus culpas que permanecerán invariables mientras Dios fuere Dios.
   Pero ¡ah! las penas del escándalo irán subiendo cada día de punto, será a cada instante mayor, a medida que por los escándalos que dio se vayan multiplicando los pecados en el mundo.
   Es cierto, hermanos míos, que en el cielo se aumenta cada día la gloria de aquellos santos especiales, que por sus consejos, <*13*> sus ejemplos y sus escritos condujeron al camino de salvación a las almas; y recibirán nuevas cualidades de gloria, nuevas luces, nuevo gozo, cada vez que por aquellos ejemplos y aquellos escritos (a través de los siglos) se convirtiera una nueva alma y [se] salve. (La salvación de esta alma sería una nueva corona para él) S. Francisco, Sto. Tomás.
   Así también, pues, en el infierno recibirá el escandaloso nuevo tormento, nuevo martirio, por cada alma que cayere allá a consecuencia de los escritos, de los malos ejemplos, de los escándalos obrados por él durante los días de su vida. ¡Y quién sabe, hermanos mios, cuántas veces serán aumentados estos tormentos! ¡Quién es capaz de saber cuán numerosas serán las víctimas de su escándalo!
   Mirad: Mahoma, que hace 1.000 años arrastró a toda una generación, empujándola por los caminos del vicio.
   Lutero que...
   Voltaire.
   Pues en la misma proporción tendrán este aumento de pena cada uno de los que hayan contribuido al mal y perdición de los otros, y a medida que en el mundo se multipliquen las funestas consecuencias.
   Ahora bien; suponed, hermanos míos, ¡ay Dios no lo permita en ninguno de los que están aquí presentes!: Suponed que una madre viera caer junto a sí a una hija, a quien hubiese causado aquella condenación, por haberla condescendido sus caprichos, por haberla inspirado la vanidad, el odio , el orgullo, por <*14*> no haber formado su vocación. ¡Qué nuevo tormento sería esto para su alma!
   Qué horror se apoderará de su padre al ver junto a sí a los hijos a quienes escandalizó por sus murmuraciones, embriagueces, blasfemias con las cuales indujeron con el ejemplo a estos hijos y causaron su ruina! (¡Con qué alternativas tan espantosas de rabias y desesperaciones vivirán, muriendo aquellos infelices por toda la eternidad, que en la tierra vivieron unidos con el lazo del cariño!). ¿Lo comprendéis, hermanos míos?
   Pues ¿cuál será el infierno de un rico, de un poderoso, cuando experimente se le acrecientan los tormentos al paso que van cayendo en el abismo aquellos infelices criados y dependientes, a quienes hizo perder la fe?, ¿a quienes indujo a la maldad? ¿aquéllos que por no desagradarle desagradaron a Dios y se rindieron a la culpa? (aquéllos que adularon sus vicios).
   Qué infierno sería para un Ministro de Jesucristo, al ver bajar a los calabozos eternos aquellas almas, a quienes no amonestó, ni corrigió; aquéllos que irritó con sus discordias; aquéllos que pudo servir de escándalo para el mal. ¡Ah, cuántas condenaciones se irán aumentando sobre su propia condenación!
   ¡Cuánto infierno para los Jefes de gobierno con los superiores todos, civiles, militares, eclesiásticos, que por sus culpables omisiones, y previéndolo fueron causa de la perdición de muchas almas!
   ¡Cuánto tormento para los que hinchados de una ciencia vana y diabólica, escribieron folletos y libros perjudiciales a la fe y a las costumbres! ¡Oh, Dios mío, y cómo maldecirán su desventurada sabiduría, considerando que sólo les sirvió para dañarse a sí mismos y perjudicar a los demás! (Claret, escándalo) (Vestidos indecentes...)
   ¡Qué nuevo tormento, en fin, para cuantos concubinos, <*15*> para cuantos con sus condescendencias, con sus ojos, con su lengua, con sus sentidos todos contribuyeron al mal, cuando vean las almas de muchos infelices que se movieron por ellos a pecar!
   ¡Ay, ay, del mundo por el escándalo, dice Jesucristo: Vae mundo a scandalis: Pero ay, una y mil veces por quienes el escándalo viene y persevera en el mundo! ¡Vae mundo per quem scandalum venit! [(Mt. 18,7)].
   ¡Ay! del escandaloso cuyo pecado pinta la Escritura divina con tan horrible deformidad: cuyo pecado es más funesto al prójimo que todas las demás miserias y calamidades de la vida; cuyo pecado hace al que lo comete tan semejante al demonio; que le constituye toda la vida, aunque llegue a enmendarse, un estado de turbación y de espanto, y le aumenta imponderablemente las penas hasta el fin del mundo, al que cae en el infierno por toda la eternidad.
   ¡Y tan fácil que es cometerle! (Modos).

   Os queda duda ya de lo espantoso... Claret 355.
   Ahora bien, pues, hermanos míos, ¿cuál será el remedio del escándalo? ¡Ah! hermanos míos; casi no quiero tocar esta materia porque me espanto a mí mismo.
   Ya os he dicho que hay algunas consecuencias de este pecado que ya no pueden remediarse con el arrepenti-<*16*> miento. ¡Oh triste y desconsoladora idea! Suponed, hermanos míos, que siendo jóvenes, y aun después, escandalizasteis a alguna persona enseñándola a pecar o provocándola al mal, sea con actos indecentes, o con maldiciones, o embriagueces o hurtos u otros vicios. Aquella persona corrompió a otras; éstas a otras muchas; unos están para morir y otros arden ya en los infiernos por aquella vuestra primera culpa. En el juicio de Dios se ha hecho mención de vosotros varias veces.
   ¿Cómo reparar la pérdida de aquellas almas? ¿Qué conmutación podrá subsanar sus pérdidas, sus ruinas, su condenación? ¿Acaso cambiando de conducta, entregándoos a penitencia, marchando a un desierto a enterraros vivos, y entregaros a completas austeridades, alcanzaríais su salvación? ¡Ah, que no; ya no es posible remediarlo!
   Pero no os entreguéis a la desesperación, hermanos míos. Por que si no hay remedio para la pérdida de aquéllas ya, lo hay por la misericordia de Dios, para el perdón de vuestra culpa. (Aquellas almas condenadas por ocasión tuya, lo fue también por voluntad de ellas)
   ¿Cómo hemos de hacerlo, pues, para borrar tan grandísimo mal? San Eusebio nos señala: Qui cum plurimorum destructione se perdidit, cum plurimorum aedificationes se redimat. Además del arrepentimiento sincero de corazón, dice el Santo, el que se perdió con muchos por escándalo, trate de salvarse con muchos por su edificación y buen ejemplo.
   Oídme, hermanos míos, oídme jóvenes, doncellas; oídme, casados, sacerdotes, almas todas, pues con todas habla el santo. Si tuvieses la desgracia de escandalizar y perder a vuestro prójimo, el remedio es vida nueva, vida nueva: el remedio es procurar ganar las almas para Dios, con santas costumbres, santas palabras <*17*> y santas obras. El remedio es abandonar los lugares de peligro y de disipación, las murmuraciones, las usuras, las maldiciones, las torpezas, la ociosidad, que tantas ocasiones dio a vuestros pecados de escándalo.
   El remedio es entablar una nueva vida, modesta en el vestir, parca en los alimentos y en la bebida, constante en el retiro, frecuente en la oración, rígida en la penitencia sin teneros compasión; vida acompañada de frecuencia de Sacramentos, acompañados de frecuentes lágrimas, aunque el mundo se nos burle; y aprovechando las ocasiones de ganar a otros para Dios, y entonces... termina el Santo: forsitam ignoscet Deus delictis vestris. Acaso el Señor se compadezca de vuestras almas; viendo vuestras lágrimas y verdadera penitencia, podría ser que su divina Majestad nos mire con ojos de misericordia; podrá ser que nos perdone, podrá ser que nos salve. Sí nos salvará, porque El ha puesto en lugar de nuestra alma, que debía ser castigada por la pérdida del alma que escandalizamos, ha puesto, digo, la suya por nosotros.
   Arrepentimiento, pues, y lágrimas; ejemplo y buenas obras, y salvar a otras almas por las que perdimos. He aquí el remedio de nuestros pecados de escándalo. ¡Ay del que así no lo hiciera!
   Ejemplo.

   ¡Ah, hermanos míos, del que así no lo hiciere también en <*18*> cuanto le sea posible! ¡Qué terrible será el pensamiento de las almas que ha perdido en la hora de la muerte!
   Si alguno entre vosotros hubiera, hermanos míos, que después de estas sencillas aunque terribles ideas, no le espantase el temor de haber podido contribuir a la pérdida de algún alma, que se salga ya de este lugar, que vuelva las espaldas a Jesús, que camine gustoso al infierno, pues así es su voluntad.
   Si al contrario, hermanos míos, queréis aprovechar el llamamiento que Dios hace, y reparar lo pasado, hagamos una cosa esta noche: ofrezcamos a Dios nuestra vida para que salve una alma por cada uno de nosotros.
   Sí, Dios mío; si mis ojos, si mis manos, si mis pies, si mi cuerpo, si mi vida, si mi alma, merecen ser oídas de vuestra dignación, yo lo ofrezco todo en satisfacción porque las almas no se pierdan. Sálvense estas almas que os costaron mucho. Sálvense, Dios mío, y no las desamparéis. Al menos, Señor, por vuestra dulce Madre me habéis de conceder alguna. Una pido, no más. Poco es, no queráis negarlo. Una alma sola, Dios mío. En cambio de ella, enviadme penas, enfermedades; todo lo sufriré gustoso. Pero salvad una en cambio de las que he podido escandalizar.
   Pedid, hermanos míos, cada uno de vosotros a Dios esta noche la salvación de un alma. No salgáis de aquí sin ofrecer al Señor vuestra vida por una de ellas, y el Señor os perdonará, y lo que nosotros no podemos conseguir, lo conseguirá El por el mérito de su sangre, pues le diremos:
   ¡Jesús mío, misericordia para las almas. Misericordia para mí! Misericordia y gracia. Amén.

INDICE






Notas previas a la nueva transcripción
Advertencia a la transcripción primera



   Primera parte: VIRTUDES

   1. Fe
   2. Id
   3. Caridad para con Dios
   4. Id
   5. Id
   6. Id
   7. Id. Acción de gracias
   8. Presencia de Dios
   9. Id
   10. Servicio de Dios
   11. Gratitud
   12. Caridad para con el prójimo
   13. Celo por la salvación de las almas
   14. Id
   15. Id
   16. Id
   17. Piedad
   18. Santificación
   19. Id
   20. Id
   21. Id
   22. Id
   23. Id
   24. Conversión
   25. Id
   26. Id
   27. Dolor de los pecados
   28. Penitencia
   29. Id
   30. Id
   31. Mortificación
   32. Id
   33. Inspiraciones
   34. Oración
   35. Id
   36. Id
   37. Humildad
   38. Id
   39. Id
   40. Id
   41. Abnegación y obediencia
   42. Práctica de las buenas obras
   43. Id
   44. Perseverancia
   45. Mansedumbre y dulzura
   46. Id
   47. Varios medios y virtudes
   48. Id
   49. Fragmentos


   Segunda parte: VICIOS

   50. Interés propio
   51. Espíritu humano
   52. Resistencia a las inspiraciones
   53. Tibieza
   54. Id
   55. Id
   56. Id
   57. Id
   58. Id
   59. Pecados
   60. Escándalo


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